Intemperie Sur es un programa curatorial del MUAC cuya labor consiste en invitar a jóvenes artistas a realizar proyectos en los exteriores del recinto. A partir del entrecruzamiento entre espacio público, intemperie y conversación, Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981) dio con Los hablantes, una serie de stickers de gran formato “pintados a mano con grafito y pintura vinílica, que de alguna manera hacen alusión al ‘sticker art’ y la forma en que estas manifestaciones artísticas dialogan o conversan con los habitantes de las ciudades a través de los muros y espacios públicos”, de acuerdo con la artista.
La metáfora a la que se alude funciona en más de un sentido, pues “la conversación es un espacio público que se construye con espacios privados”. Al intervenir precisamente los espacios públicos del MUAC, es decir, los sitios propicios para la conversación, Los hablantes también le hablan al espectador.
Esta intervención fue realizada en las dos terrazas principales y en un patio interior del museo. Representa, mediante la utilización de dos colores y la conjunción de dos elementos aparentemente disímbolos (las nubes de diálogo de los cómics y los diagramas de Venn utilizados en la teoría de conjuntos), las posibilidades de inclusión, disyunción e intersección en una conversación a través de hablantes ignotos de los que quedan sólo los pronombres. A propósito, Verónica Gerber explica: “el negro es la ausencia de luz o de color y el blanco es la totalidad de la luz o la suma de todos los colores. En ese sentido, blanco y negro son, de alguna manera, ausencia y presencia de habla: lo que se dice y lo que no se dice, el ruido y el silencio. En algunos de los universos de los hablantes hay silencio o secretos y en otros hay habla o ruido, y esto se representa con negro o con blanco respectivamente […] Pensamos que conversar es sólo ‘lo dicho’, pero es también ‘lo no dicho’”.
Gerber suele definirse como una artista visual que escribe, y su trabajo oscila entre esos campos. La ilegibilidad (lo no dicho) es una de las constantes que tematiza en su obra: “hay momentos en los que nadie habla y la palabra se vuelve un fantasma” es una frase que aparece en el ensayo visual Los hablantes, incluido en el catálogo de la exposición, y Verónica Gerber parece estar en busca de esos momentos. Así, en Biblioteca ciega invalida la posibilidad de leer (mensajes, a fin de cuentas, que aluden a la imposibilidad de leer los libros de bibliotecas ya inexistentes) al convertir el braille en una escritura visual y no táctil; en Trail —pieza realizada a partir de borraduras en un ejemplar de Portrait of an Invisible Man, de Paul Auster— busca un mensaje dentro del mensaje: silenciando a Auster ella habla; en Diagramas de silencio ese mismo procedimiento elimina al texto, haciendo de la puntuación —las pausas o la respiración del lenguaje— la única habitante de la página. Esos diagramas están enteramente emparentados con los de Los hablantes, donde se representa el “campo de tensiones” que es toda conversación; sin embargo, no sabemos qué provocó esas tensiones, el mensaje ha sido eliminado dejando solamente la representación de acontecimientos de habla, algo que dijeron y algo que callaron.
“La idea es que no sabemos qué pasó, están todos los elementos ahí: personajes, globos de texto, lo dicho y lo no dicho, la forma en que todo eso describe relaciones posibles, pero lo que no sabemos es la historia —afirma Gerber—. Eso es a lo que, en última instancia, te invita Los hablantes: a pensar en esas posibles historias, a construirlas o reconocerte en alguno de sus vacíos. En la inauguración Cuauhtémoc Medina decía que mis dibujos en los muros son una especie de ‘micronovelas visuales’”.
La intención de Gerber Bicecci al realizar esta pieza fue “encontrar y desarrollar un tipo de escritura mural, o mejor: una literatura mural, que me permita hacer narrativas o ensayos visuales” donde pueda ser representado el lenguaje, pero también su ausencia.
Fotografía por Herson Barona.
La exposición estará hasta el 21 de agosto.
Horarios: miércoles, viernes y domingo de 10 am a 6 pm, jueves y sábado de 10 am a 8pm.
Transporte: Metrobus CU, Pumabus ruta 10, Metro Copilco.
Precio: $40 jueves y sábados, $20 miércoles y domingos, sin costo menores de 12 años y miembros de ICOM, AMPROM, CIMAM y 50% estudiantes, maestros y jubilados con credencial vigente.
Miniatura de «Las Siete Partidas» que muestra a Alfonso X, el Sabio, dictando (1221 — 1284). Wikimedia Commons.
Creo ser demasiado joven para dar consejos. Lo que quizá sí estoy en condiciones de dar, es una opinión sobre el oficio, noble y miserable, de traducir.
¿En qué radica su nobleza?
La traducción es un acto cotidiano y esencial en la comunicación, un acto para entender el mundo, para volverlo inteligible y comunicable. El oficio de traducir implica una gran responsabilidad tanto más cuanto se trata de un acto necesario, tanto más cuanto lo traducido ha de publicarse. Todos ejercemos la traducción de alguna manera. En cambio, el traductor de libros la tiene que ejercer de una manera muy específica: a través de la búsqueda de una equivalencia para el libro escrito en una lengua que es ajena para sus nuevos lectores. El traductor, si se toma en serio su tarea, traslada un discurso de una cultura a la otra; traduce las ideas expresadas en un código a otro.
Su papel es tan relevante que lo convierte en un vehículo y en un recipiente. Habría que preguntarse entonces ¿qué habría sido del rumbo de Oriente sin los traductores que trasladaron las ideas de Marx al chino, al vietnamita, al coreano? Del mismo modo, ¿qué habría sido, ideológicamente, de las Indias, recién descubiertas por los españoles, sin la labor de tantos frailes que tradujeron las complejas ideas cristianas a las tan disímiles lenguas de América? El papel más contundente que desempeña, es el de transmisor, el de noble divulgador, de las ideas.
Por más mística que resulte la labor de traducir, pues lo es, está anclada en un fin muy concreto y muy práctico: una traducción se requiere, es precisa para un lector, para una sociedad. Quien traduce, viene a ser el vehículo que vuelve inteligible un discurso de cierta persona (el autor) a otra (el lector). Suelen ser, aunque no en todos los casos, los mediadores de ese vehículo, una editorial y un libro. Esa editorial es la que dispone de los medios para realizar la translación que hará posible que ese vehículo se vuelva concreto. Esa editorial también, es la que representa la exigencia y necesidad existentes de esa traducción. Por ello, resulta natural que una de las exigencias de esa editorial sea que una obra pueda ser entendida por otras personas, y la forma en que esa obra se les presenta, es en forma de libro. La editorial también representa la demanda, cuando es el caso, de la traducción, y ella misma es quien construye la oferta.
La nobleza del oficio de traducir precisamente radica en ello: es un acto de generosidad y de humildad, en la que un mediador, a caballo entre dos culturas, da a entender un libro (de la época que sea) a toda una nueva sociedad. El traductor o las transmite o mantiene vigentes las ideas.
¿En qué radica su miseria?
La miseria de traducir viene de su alta dignidad. ¡Cuánto dolor, cuánta dedicación, cuánto esmero no cuesta traducir al nivel de las ideas sin descuidar la forma en que han sido expresadas! A ningún escritor se le ha reprochado tanto escribir mal como a un traductor. De hecho, el escritor puede darse ese lujo: el traductor, mísero de él, no. La historia registra con obsesión malsana todas las pifias, las erratas y las malas interpretaciones que, por ignorancia, descuido, prisa, miopía e inconstancia, los traductores han cometido a lo largo del tiempo. Pero no celebra los casos en que hipotéticamente, pues es imposible, la traducción superare la obra original. La traducción, a lo más que puede aspirar, es a un empate.
Un escritor, normalmente, tiene todo el tiempo que quiera para escribir una obra. Incluso sucede que los escritores mueren y luego la publican. A Flaubert le tomó cuatro, cinco años escribir Madame Bovary. Sin embargo, ¡oh, a cuántos traductores no les han pedido traducir esta obra maestra en un día y por unos cuántos pesos! Hay quien traduce por afición, porque le gusta, porque quiere entender la obra, —porque sí, es la mejor manera de leer— y lo hace sin más que la exigencia de su propio criterio. Pero, en la mayoría de los casos no es así. Con todo, quien traduce por encargo o por consigna, lleva a cabo un ejercicio gregario que tiene como fin a alguien más allá de él. Suele ser un editor, con otros intereses más allá del libro traducido. Puede ser un lector. Puede ser toda una época. Esa gran responsabilidad es la gran miseria de traducir.
Puede haber soberbia en un traductor, de hecho, la necesita. El traductor de Charles Baudelaire, de Hermann Broch, de Mallarmé, no puede hacer menos que estar a la altura, al menos simbólicamente, de estos escritores. Gran paradoja: el traductor debe también necesitar de una humildad a la altura de esa soberbia. Debe tener siempre presente que él no escribió la obra. Él no desea la gloria que sólo merece el autor, y sólo él. Todo el esfuerzo y responsabilidad que implica traducir, debe exigir una desesperanza de todos los elogios; su único consuelo ha de ser la gran vanidad de estar a la altura del elogio que merezca el autor; la responsabilidad de traducir una obra es su único premio.
Suele decirse que el traductor es un traidor. Resulta un poco ingrato que sea él quien hace posible la lectura de cualquier obra en otra lengua y que, encima, se lo reprochen. El traductor no debe olvidarlo, pero debe aferrarse a que, si bien la construcción de una “tradición” universal sea su gran mérito, también será objeto de las acusaciones de “traición”.
Apología del traductor
Cabría decir, también, como profesión de fe, que el traductor, si quiere afirmar todo lo que hay de digno en su oficio, debería pensarse como pensador (discúlpeseme el poliptoton). El traductor, si realmente es tal cosa, es también un pensador: piensa en su lengua lo que ha sido pensado en otra. También es un escritor, pues debe saber escribir en su lengua tan bien o tan mal o tan flexible como sea necesario. ¿Qué es un traductor? ¿Qué hace? Interpreta, reescribe, hace justicia, traslada. Es un ser generoso que hace posible que las ideas se transmitan; y también es un pesimista que asume lo que hay de imposible en esa responsabilidad.
Cuadrivio ediciones está de fiesta por el lanzamiento de la antología Poetas parricidas (generación entre siglos), que se presentará en el Centro Cultural Bella Época (Librería FCE Rosario Castellanos) el viernes 1 de agosto a las 19 horas.
Esta antología reúne la voz de treinta poetas jóvenes nacidos entre 1989 y 1999, de diferentes lugares de la República. En los textos hay ímpetu matizado por la malicia literaria, subversión y ánimo de ruptura.
Rebecca Lindenberg está bebiendo whisky. Se siente culpable. Está atrapada en uno de esos ciclos de retroalimentación. Es un vacío lleno de vacío. Es una adúltera, una trotacalles, una buscona audaz. Quiere añadirte como amigo. Quiere añadirte como informante. Quiere añadirte como su depredador negro, como su Señor y Salvador. Tiene problemas con los límites. Rebecca Lindenberg mantiene la soledad a raya con frecuentes actualizaciones de estado diseñadas para conseguir un icono de pulgar levantado que venga de ti. A Rebecca Lindenberg le gusta esto, lo rechaza con un movimiento de la mano. Rebecca Lindenberg encierra esto con sus piernas. Tiene un carrete de hilo para que puedas salir de su laberinto. Tiene este laberinto. Rebecca Lindenberg tiene expectativas altas. Tiene alto el nivel de azúcar. Rebecca Lindenberg no quiere ponerte triste. Quiere decir lo que tú quieres oír. Rebecca Lindenberg piensa en la poesía como la práctica de escucharse a uno mismo. Rebecca Lindenberg piensa en el amor. En lazos que aún no han salido del carrete. Rebecca Lindenberg quiere añadirte como una influencia profunda. Quiere añadirte como un asesino leal. Quiere añadirte como su cita para el ajuste de cuentas. Rebecca Lindenberg recuerda la estatua de una niña sin rostro con los pies perfectamente tallados. Rebecca Lindenberg recuerda que en italiano pechuga de pollo se dice petti di pollo y la palabra para kilogramo es kilo y que un kilo son demasiadas pechugas para una familia de tres. Roba tomillo de los jardines de los extraños. Corre. Echa de menos Roma. Echa de menos [a] su familia de tres. Está perdida en su propio poema. Rebecca Lindenberg tiene sueños en los que regresas. Rebecca Lindenberg deja que se alejen. Los crescendos y los decrescendos de Rebecca Lindenberg. Rebecca Lindenberg dice: hey, tú, ven acá. Rebecca Lindenberg dice: tú no eres mi jefe. Rebecca Lindenberg no es tu jefe. Rebecca Lindenberg va al cine. Necesita un bote más grande. Te dio su corazón y tú le diste una pluma. No puede manejar la verdad. Rebecca Lindenberg ama la verdad. Ama el olor de la tierra en el agua y el olor a sueño de tu cuerpo en la mañana. Ama a su gato desordenado, su ventana tan difícil de abrir. Ama las cartas largas. Escribirá pronto.
Participa y enriquece el espacio del Programa Cultural Tierra Adentro. Si eres un escritor joven de la República Mexicana, envíanos una colaboración para la web y la revista Tierra Adentro.
Buscamos los siguientes géneros:
♦Cuento
♦Ensayo literario*
*No buscamos ensayos académicos.
¿Hasta cuando puedes enviar tu colaboración?
La recepción de textos será del 31 de julio al 29 de agosto de 2014.
¿Qué tienes que hacer?
Envíanos tu colaboración a tierraadentro@conaculta.gob.mx, en formato .doc, .docx o .rtf en Times New Roman, 12 puntos a doble espacio, con una extensión máxima de 28 000 caracteres, con espacios. Incluye tu ficha biográfica (nombre, lugar y fecha de nacimiento, estudios y, si lo prefieres, datos más relevantes de tu trayectoria artística) en máximo 500 caracteres.
Antes de enviar tu colaboración, considera revisar nuestras secciones de cuento y ensayo para conocer la oferta del Programa en estos géneros.
No consideraremos propuestas fuera de los géneros planteados, incompletas, que excedan la extensión. No hay acuse de recibido. Los textos tienen que ser inéditos y sólo puedes enviar una propuesta por cada género.
La convocatoria para los demás géneros se abrirá en septiembre.
Quería que el arte llegara a más gente, sacarlo de las esferas intelectuales para evidenciar que ante todo es parte de la vida cotidiana, me dijo alguna vez mi padre refiriéndose a las obras de teatro y danza que presenta en esta ciudad. Crecí con esa idea, pensando que el arte era ante todo dar al otro sin pedir nada a cambio más que aplausos, momentos de felicidad y entrega. Cuando comencé a estudiar literatura, otro mundo chocó con esa pequeña inocencia. El arte era también violencia pura, un diálogo inconcluso que destruye todo lo que damos por hecho y mina así las estructuras del pensamiento, las formas en que el poder nos alcanza y hace partícipes de sus dinámicas de dominación y ceguera.
Donají, la leyenda es una obra de teatro y danza que desde hace treinta años narra una historia simple que parece de amor, pero que en realidad aborda el sacrificio de una mujer por su pueblo, por esta tierra heterogénea, políglota, donde se cuecen distintos modos de ver el mundo. Es una ficción, un espectáculo atractivo y gratuito para un público que no suele tener contacto con estas formas de expresión artística. Es teatro popular, por catalogarlo de alguna manera, que cautiva a un auditorio ubicado en un espacio abierto donde a veces llueve o hace frío, pero que aun así la gente espera pacientemente que comience. Aquí se permite gritar, chiflar, interrumpir, y se sienten las voces de los 11 500 espectadores.
Durante mucho tiempo, Donají, la leyenda se presentó en las noches de los Lunes del Cerro, pocas horas después de haber terminado la Guelaguetza.[1] El mismo auditorio que en la mañana se llenaba de turistas, por la noche lo hacía de familias provenientes de las periferias de esta ciudad, de barrios a donde difícilmente llegan eventos culturales de esta magnitud. Hasta hace algunos años, este espectáculo se mantenía totalmente gratuito, desde sus inicios esa había sido la decisión de sus creadores: Fernando Rosales García y Víctor Vásquez Labastida. Después, el gobierno municipal decidió cobrar el acceso a algunas secciones para solventar una parte de los gastos que se generan.
Quizás la permanencia de esta obra y la cercanía que ha mantenido con el público durante treinta años provengan, por un lado, de su origen. Si bien se desconoce cuándo comenzó a circular esta leyenda, sabemos que desde 1827 el escudo de la ciudad de Oaxaca ostenta la cabeza de Donají, de cuya oreja nace un lirio del valle. De acuerdo a esta historia, a principios del siglo XVI Donají, nombre que en zapoteco significa alma grande, se sacrificó para mantener la paz de su pueblo. Antes de la Revolución, resulta difícil pensar que quienes decidieron utilizar esta imagen para el escudo municipal lo hicieran para legitimar un discurso nacionalista basado en la grandeza del pasado prehispánico. Así que la leyenda debió resonar fuertemente en el imaginario colectivo, debió llegar al sitio profundo donde hablamos de pertenencia y sentimos cariño y respeto por el lugar que nos vio nacer.
Existen por lo menos tres versiones de esta leyenda. La más común narra la última guerra entre zapotecos y mixtecos por el dominio del valle. Los personajes principales, pertenecientes a bandos opuestos, se conocen durante la batalla y se enamoran. Sin embargo, la princesa es ofrecida por su padre como prenda de paz entre estos pueblos, y al no respetarse dicho acuerdo, es degollada por guerreros mixtecos. Su cabeza desaparece en el río Atoyac. Tiempo después, un pastor encuentra un lirio en sus márgenes, le parece extraño que florezca durante el invierno pero sigue su camino; en semanas posteriores, pasa por el mismo sitio y vuelve a ver el mismo lirio. Movido por la curiosidad decide arrancarlo de raíz y al escarbar se da cuenta de que ese lirio nace de la oreja de una cabeza humana que parece dormir. Se trata de la cabeza de Donají, que se encuentra intacta.
Instaurada esta imagen en el escudo de la ciudad, pasó más de un siglo para que un grupo universitario de danza decidiera llevar al teatro dicha historia. Ese fue el origen del espectáculo que durante treinta años ha llenado el auditorio Guelaguetza, en lo alto del cerro que preside esta ciudad. Desde pequeña he asistido anualmente, mi padre es director del Ballet Folclórico de Oaxaca y uno de los creadores de Donají, la leyenda. A lo largo de los años, lo que más me ha sorprendido ha sido la pasión inagotable de mi padre al realizar esta labor y reafirmar así sus convicciones más profundas en un tiempo en que resulta casi imposible creer que alguien decida trabajar tanto sin recibir ningún pago ni, muchas veces, el reconocimiento que merece.
Aunque no me lo diga, sé por qué lo hace. En este espectáculo han participado generaciones de jóvenes, en su mayoría adolescentes, que no tienen experiencia bailando pero sí ganas de colaborar. La danza es disciplina, se trata de liberar el cuerpo bajo ciertos lineamientos, de someterlo a donde nuestra mente quiera llegar. Todos los que quieran participar y asistan a los ensayos pueden hacerlo, sin importar que no tengan experiencia bailando, ni condición física o buen oído. Eso con el tiempo cambia. Los chicos encuentran una parte de sí mismos que no conocían. Salir a un escenario donde se escuchan las voces de 11 500 personas no es fácil, los nervios calan, las equivocaciones y a veces las caídas no faltan.
Al final, este espectáculo habla sobre todo de quienes participan en él. Yo misma lo hice durante algunos años y aún recuerdo cómo se siente el aplauso, percibir que uno pertenece a una ciudad y entrega algo de sí mismo cuando baila. La tierra nos habita desde un corazón que es también el nuestro. Supongo que algo parecido sienten quienes participan en la Guelaguetza, o cuando uno baila con la persona que ama. En todo caso, bailar es disfrutar del propio aliento, dejar que el ritmo nos arrastre hacia lugares de paz y tranquilidad. Cuando uno baila, el mundo desaparece, ya no somos ni estamos.
En Baila, baila, baila, de Murakami, el hombre con máscara de carnero le dice al protagonista después de que éste ha entendido algunas verdades sobre sí mismo, que vivir es parecido a bailar, a seguirnos moviendo aunque no sepamos bien si el camino que elegimos es el correcto. De cualquier forma, hay que hacerlo, seguir esa trayectoria inconclusa y discontinua, interceptada siempre por las trayectorias de los otros. El fantástico documental Pina, de Wim Wenders, comienza precisamente con una frase de la coreógrafa Pina Bausch: “Baila, baila… si no estamos perdidos”. Como mirar, bailar inaugura el tiempo en que dejamos de ser uno y entendemos la importancia de la multiplicidad, de lo colectivo.
Donají la leyenda se presentó los pasados 20 y 27 de julio.
Fotografías por Gerardo Morales Morales.
[1] La Guelaguetza es un espectáculo de danza que desde 1932 reúne a diferentes comunidades del estado para que participen con sus bailes o representaciones en esta fiesta anual. Su nombre proviene del zapoteco gueza; dar gueza significa dar al otro sin pedir nada a cambio y es una práctica común en muchas regiones del estado.
Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplazadesde nuestro barrio alejado del centroal centro;al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la vida
bang
donde la vida
se expande y obedece a todos los fenómenos —etcétera— que dictala astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos porque éramos de letras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que atañen a vocablos tan comunescomo universo, vida, muerte, amor.Ocupáis tres asientos frente a míen la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el centro la niña, la madre a la izquierda.
Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado —igualque los plumieres de tu madre— con un personajeque mi edad y condición soltera ignoran.
Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejaslos rasgos que heredaste de tu padre, y me preguntosi Virginia los maldice—Virginia, ¿los maldices?—a la hora del baño.
Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas?Allá donde entonces combatíamos piojos
ahora
bang
ahora
escondemos el tiempo.
Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven los consejos del cuché,oh tú, tan rubia e inocente?Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en el dedo, con un bolso colmado de galletas:Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia,años luz caídosaños luz quebrados en la comisura de los labios,cerrad los ojos y pedid un deseo
frente a mí
en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos acercaal centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las noches golpean los jardines,cierra los ojos, Virginia,porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en nosotras,en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gentereía y se burlaba.
Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas,tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en tu dedo anular,oh Virginia, oh rubia e inocente,yo he pensado en nosotras,
bang
yo he pensado en nosotras.
No sé si sabes a lo que me refiero.
Te estoy hablando del fracaso.
Este poema pertenece a Chatterton (Premio Fundación Loewe a la Creación Joven XXVI).
En la sociedad contemporánea existe una tendencia irrefrenable hacia la impostura; a la gente le encanta hacerse pasar por lo que no es. Ahí están los portales de Facebook como prueba súbita, o bien, las cuentas falsas en otras redes sociales. Estamos envueltos en la simulación. No es tan importante quien seas sino por quién te haces pasar.
Parecería un complejo lastre sociológico, un trastorno colectivo con el que cada día estamos más conformes de cargar a cuestas. ¿Cuántas de las fotografías de perfil están modificadas, truqueadas o cuando menos manipuladas? De alguna manera se alimenta la idea de que es estimulante y emocionante ser un impostor, todos lo somos un poco.
Ubicándonos en el contexto de la música electrónica, caeríamos en la cuenta de que el anonimato posee una arista más que interesante. Cansados de los desplantes y excesos de muchos integrantes de la cultura rock, varios de los jóvenes que arribaban desde el tecno a la industria comercial de la música decidieron que era mejor ocultar sus rostros y dejar saber muy poco de su persona y entorno; en ocasiones ni siquiera el nombre propio.
A pesar de esa inclinación por el anonimato, actualmente, muchos de los DJs —de los más lucrativos— han caído en los excesos que tanto criticaban de los rockeros. Han desarrollado impresionantes shows con parafernalia costosa y se dejan ver como si fueran mesías recién llegados para oficiar cultos masivos. A la postre, les dio incluso por vocalizar. El canto de las sirenas de la fama terminó por atraparlos. Aunque existen figuras que prosiguen con esa especie de resistencia —no siempre conservada a ultranza— del enigma aparente.
La historia que hoy nos ocupa se centra en una pareja de jóvenes ingleses que de entrada le hicieron creer al mundo que eran gente de color, pues retomaban lo mejor de varios estilos añejos de la negritud: como el soul y el funk. Por lo que tenemos a dos emocionantes protagonistas del llamado soul digital o R&B futurista. Porque además les dio por cantar con falsete; un recurso que encumbró a figuras como Marvin Gaye, Isaac Hayes, Curtis Mayfield y Sugarhill Gang. Estilo vocal que en el mundo indie ha distinguido a Justin Vernon de Bon Iver y otros proyectos, y que a cuentagotas encontramos en el amo de esta corriente: el también jovencísimo, James Blake.
Los integrantes de Jungle eligieron ir soltando sencillos que resultan verdaderas delicias al incorporar mucho de nostalgia melómana con recursos tecnológicos del presente. Esos temas sueltos que se iban yendo como anticipo de un álbum todavía inexistente tenían videos en los que aparecían bailarines virtuosos. El público creyó que se trataba de los verdaderos protagonistas y, nada de eso, se trató de un despiste más.
Intentaron mantenerse únicamente como J y T, pero la maquinaría mediática no para. Hoy sabemos que se llaman Josh Lloyd-Watson y Tom McFarland, que ni son veteranos, ni son negros.
“Platoon” y “The heat” fueron temas que los hicieron visibles con toda esa apropiación de sonidos del pasado catapultados al presente, bajo un concepto de producción que los hacía dialogar con distintas generaciones. Atrás quedaban los días en los que militaban en Born Blonde, un grupo de britpop sin mayor trascendencia.
Prefirieron echarse un clavado en la música negra —especialmente en la de los setenta— y trabajar desde la comodidad de un estudio casero, agregando algunos sintes y guitarras a la amalgama que iban logrando. Por un lado, depuraron su modo de cantar, mientras que en el fondo de los temas colocaban sonidos ambientales o efectos (como una puerta que rechina).
En muy poco tiempo se vieron elegidos como parte de una lista muy influyente que realizan críticos y figuras de la industria musical: la BBC Sound of 2014, y listo su debut en uno de los mejores sellos discográficos XL Recordings, casa de The XX y Vampire Weekend, entre otros.
Este primer disco los muestra cantando a dúo simultáneamente —no alternan las voces— y concentra incluso los lados B de los sencillo previos (“Lucky I Got What I Want”, por poner un ejemplo) que ya habían dado a conocer. Son temas en los que no se desbordan, se contienen elegantemente y van con parsimonia y muchísimo sex appeal. La crítica más severa podría encontrar a las canciones demasiado parecidas unas con otras.
La pareja no ha dejado de lanzar piezas de manera independiente—“Time” y “Busy Earnin”— y expandir su alineación en vivo hasta nueve miembros —en ocasiones siete— para robustecer la fórmula. No dejan de exaltar el baile a media velocidad —tan propio del soul y el R&B. Además han establecido una estratégica alianza comercial con Adidas, lo cual es evidente en el atuendo de los personajes de sus videos.
Por ahí de la mitad del disco, sorprenden con “Smoking Pixels”, un breve interludio que es un homenaje a la música de Ennio Morricone y su spaghetti western, antes de acometer con las inéditas “Julia” y “Son of a Gun”.
Con 12 cortes se ha convertido en uno de los actos más calientes con los que cuenta hoy el Reino Unido, quizá en un punto intermedio entre Disclosure —mucho más fiesteros y veloces— y James Blake —más lento y denso—. Su material parece ser ideal para que lo remezcle Jamie XX —veremos cuánto tarda en suceder.
En México los tendremos como parte del Festival Corona Capital 2014 que se llevará a cabo en octubre, para entonces habrán pasado algunos meses necesarios para aquilatar este trabajo y asegurarnos de su calidad, más allá del hype. Será entonces cuando habremos conocido sus verdaderos rostros, lejos ya del espejismo mercadotécnico.