El Programa Cultural Tierra Adentro felicita a todos los seleccionados del Programa Jóvenes Creadores del FONCA, especialmente a Pedro Acuñay Sergio Téllez-Pon columnistas de los blogs de cine y literatura, respectivamente. Asimismo, extendemos la felicitación a nuestros recientes colaboradores Orfa Alarcón, Marina Azahuay Giorgio Lavezzaro, y a los próximos, César Tejeda, Elma Correa.
Para apoyar la creación artística joven, el Programa de Jóvenes Creadores otorga becas económicas, brinda tutorías con artistas reconocidos, organiza encuentros y fomenta la interdisciplina entre las diversas especialidades.
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Las series de televisión están en su mejor época: producciones colosales, actores laureados —conocidos o no—, historias únicas y, sobre todo, esa atmósfera de libertad creativa que seduce a miles de espectadores que pueden disfrutar la experimentación de la pantalla chica. Esa experimentación, también, hace correr varios millones de dólares por una maquinaria de promoción e inversión de entretenimiento que tiene como punta del iceberg una premiación para reconocer (o eso dice) lo mejor de la televisión: los Prime Time Emmy.
Lo ilógico
Los Emmy son el resultado de decisiones no muy lejanas al prototipo “del buen premio”, heredado de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. El resultado es que muchas veces tenemos galardones políticamente correctos que se camuflajean cuando complacen a la audiencia. Este año quizá sea el mejor ejemplo, sobre todo en la sección de comedia. Bastaría preguntarse por qué muchos premios parecen estáticos, inmóviles, pues se entregan año con año a las mismas manos. El quinto año de Modern Family como Mejor serie de comedia dejó en el olvido a propuestas mucho más novedosas e inteligentes como Veep (HBO, 2012), Silicon Valley (HBO, 2014) y, la gran relegada de la noche, Orange is the New Black (Netflix, 2013).
¿Por qué sigue ganando Jim Parsons Mejor actor de comedia por la agonizante The Big Bang Theory (CBS, 2007)? ¿Por qué nominan a Edie Falco por su simplona Nurse Jackie o a la soporífera Lena Dunham por Girls (HBO, 2012)? El mejor ejemplo fue Jessica Lange, como Mejor actriz en una miniserie o película por su participación en la peor temporada de American Horror Story (FX, 2011). ¿Qué decir del olvido a Laverne Cox, la actriz transexual de Orange is the New Black? Podemos deducir que los Emmy aún no están listos para aventurarse a situaciones incómodas. Así son los premios, difícil complacer a todos e imposible salirse del molde americano.
Justicia
También hay que agradecer el reconocimiento a producciones que lo merecen. Fargo (FX, 2014) es una joya de la televisión que había pasado desapercibida: basada en la película de los hermanos Coen (Fargo, 1996), con una estructura de personajes no muy lejana a Breaking Bad y un estilo que oscila entre el humor negro y la violencia. Otorgarle el reconocimiento como Mejor miniserie fue una de las pocas justicias de la noche (aunque es difícil creer que American Horror Story y su última temporada de brujas adolescentes se haya llevado más premios).
Además, para ser políticamente correctos, se premió a The Normal Heart (HBO, 2013) como Mejor película para la televisión. Su denuncia al sistema político americano homofóbico debe ser premiado, sin hacer menos las actuaciones de Mark Ruffalo y Matthew Bomer, además de la música de Cliff Martínez.
Los dramas
La pelea en la categoría de drama siempre son un drama. Esos premios son los más asediados, los más deseados, los que otorgan reconocimiento internacional automático. Este año había grandes nombres: Mad Men (AMC, 2007) y Dowton Abbey (ITV, 2010) no ejercieron presión importante en las audiencias, mientras Game of Thrones (HBO, 2011) House of Cards (Netflix, 2013) aún están en proceso evolutivo. Al final sólo quedaron dos competidores reales: True Detective (HBO, 2014) y Breaking Bad (AMC, 2008). Desde que finalizó la transmisión de la segunda parte de su última temporada, la serie liderada por Vince Gilligan tenía un camino fácil para cosechar los premios mayores (mejor actor, actriz, dirección y serie dramática). Pero a inicios de este año llegó True Detective, la piedrita en el zapato de Breaking Bad, encabezada por Nic Pizzolatto y Cary Fukunaga.
Ambas series le deben mucho a la inmensa fiebre mediática: en sus últimos dos años de vida, Breaking Bad reafirmó su fuerza al convertirse en un producto de culto masivo. True Detective, por su lado,ganó terreno en redes sociales con sus miles de páginas en donde se resolvían los misterios de una historia que, por momentos, fue incomprensible.
Cada una tuvo sus bondades en la pantalla. En Breaking Bad disfrutamos de un desarrollo de personajes intenso, acompañado de un ejercicio actoral memorable que encumbró a Bryan Cranston como el secreto mejor guardado de la televisión. True Detective supo construir un aura de misterio e incertidumbre desde la transmisión de sus capítulos, hasta los recientes rumores sobre los posibles actores sucesores de Matthew McConaughey y Woody Harrelson; sin embargo, hay que aceptarlo, el mayor regalo de manos de Pizzolatto y Fukunaga, fueron esos chispazos cinematográficos con planos secuencias memorables y el trabajo fotográfico de Adam Arkapaw (Lore, 2012).
El trabajo de Gilligan tenía que despedirse a lo grande. Aaron Paul y Anna Gun volvieron a ganar Mejor actor y actriz de reparto en serie dramática, respectivamente. Al final, los cinco años de trabajo hicieron justicia a su creador, uno de los cabecillas de esta época televisiva. True Detective tuvo que quedarse con un premio de consolación nada despreciable: Cary Fukunaga consiguió Mejor dirección en serie dramática y, con eso, dio una pequeña probada de lo que True Detective es capaz de ser y hacer. Es un final justo, de esta manera el 2015 pinta como un año de transformación en las nominaciones: se quiera o no, es momento de renovar o morir.
A pesar de la disputa complicada, Breaking Bad fue la favorita absoluta: tenía que llevarse el premio a Mejor serie dramática, a modo de despedida y agradecimiento. Sin embargo, los espectadores fueron los verdaderos ganadores al ser testigos de cómo las televisoras pusieron sobre la mesa todo su poderío como creadores de historias. ¿La obligación de la Academia pesó más? Al menos queda un buen diagnostico para el futuro televisivo con las series que ya se conocen y algunas nuevas como Halt and Catch Fire (AMC, 2014), The Leftovers (HBO, 2014), Masters of Sex (Showtime, 2013), The Strain (FX, 2014) y Penny Dreadful (Showtime, 2014), que, sin problemas, pueden ser dignas herederas del legado de Heisenberg y Jesse Pinkman.
Las editoriales cartoneras apuestan por la materialidad del libro, su artesanía y la cercanía que se entabla entre editores, escritores y lectores. Kodama, afincada en Tijuana, es una muestra reciente que reconoce sus influencias y adopta las nuevas tecnologías para armar libros y talleres artesanales que difunden su quehacer artístico.
Kodama Cartonera en la frontera norte de México
Las editoriales cartoneras están marcadas por ecos o referentes de iniciativas previas que contribuyen a la conformación de proyectos nuevos. Kodama Cartonera, en la ciudad de Tijuana, recibió influencias de otros esfuerzos editoriales como el de Santa Muerte Cartonera, en el Distrito Federal, coordinada por los poetas y editores Héctor Hernández Montesinos, de Chile, y Yaxkin Melchy. Su trabajo fue uno de los antecedentes que motivaron la creación de otras empresas con características similares.
Kodama comenzó actividades en noviembre de 2010 con Tijuana de día y de noche. Crónicasurbanas, compilado por Aurelio Meza. En marzo de 2011 se publicó Tijuana es su centro.Muestra de poesía y narrativa joven en Tijuana; a los pocos meses se editó Corto-teatro. Dramaturgiajoven en Baja California, compilado por Daimary Moreno, y después apareció la memoria del 6to Encuentro Internacional de PoesíaCaracol 2011. Estos primeros títulos representaron los primeros esfuerzos para articular el primer proyecto editorial cartonero instalado en la frontera norte de México.
Hacer libros desde un arte nuevo
Actualmente, Kodama Cartonera cuenta con más de veintiséis títulos publicados, distribuidos en siete antologías; dos memorias de encuentros de poesía, trece libros de autor dentro de la colección Fuera de serie, una traducción y dos coediciones con proyectos en el centro del país.
Toda las publicaciones se realizan utilizando dos medios principales: el físico, a través de la revisión editorial, el diseño y la creación de ejemplares con cubiertas de cartón, cartoncillo en impresión offset y papel nuevo o reciclado; y el virtual, con publicaciones digitales de cada título para su descarga gratuita y lectura en páginas como Scribd o Issuu. También se utilizan redes sociales como Twitter, Facebook y Tumblr para la difusión de obras y la creación de redes y contactos. Estas dos vías de publicación son efectivas para llegar a diferentes públicos más allá de los lectores locales, además de formar una comunidad lectora en otros países de América Latina y el mundo. Desde su origen, la creación física de ejemplares fue uno de sus objetivos primordiales, pero también lo fue la publicación en internet para su lectura y descarga gratuita.
En el catálogo de esta cartonera hay un predominio de poesía, aunque es posible encontrar narrativa, teatro, crónica, spokenword y escritura creativa experimental. Decenas de autores —provenientes de ciudades mexicanas, de la mayor parte de los países de Sudamérica y Centroamérica, así como algunos escritores estadounidenses y españoles— han hecho posible la publicación de estos libros a través de sus colaboraciones en antologías, memorias, libros de autor y traducciones.
Otro medio que Kodama uso para compartir sus obras entre los años 2010 y 2013 en Tijuana y otras ciudades de México, fue a través de una gran cantidad de talleres de elaboración de libros cartoneros dirigidos a públicos de todas las edades. Este proyecto se llevó a cabo en escuelas de todos los niveles educativos, desde preescolar hasta nivel superior, así como en festivales de arte y encuentros de poesía en diferentes ciudades de México y Estados Unidos.
La mayoría de sus títulos han requerido una labor en la que se han visto involucrados, además de autores y editores, personas que diseñan, pintan, dibujan, manufacturan, experimentan con soportes materiales o libros digitales, y que han enriquecido este proyecto, dejando su huella de diferentes formas. Los ejemplares con cubierta de cartón llevan pinturas, dibujos o collages con imágenes y diferentes objetos, desde hojas de árbol, arena, botones o telas de colores para la decoración y el diseño exterior.
El sentido de experimentación y colaboración presente en los proyectos editoriales cartoneros como Kodama y muchos otros más hacen reflexionar sobre las transformaciones de ese “arte nuevo de hacer libros”, como lo pensaba Ulises Carrión, para trasladarlo a un “hacer libros desde un arte nuevo”, una labor que, además de la huella del autor y el editor en el proceso editorial, este cimentada y reconocida a partir de colaboraciones con otros creadores.
Aunque el sentido de este “arte nuevo” tiene sus puntos críticos al apostar por lo “nuevo”, hecho que lo vincula con la tradición del pensamiento moderno anclado en el ideal de progreso constante, la gesta de este hacer editorial cartonero se nutre de lo viejo y lo nuevo, renovándose, por lo que más que una novedad, podría pensarse en un redescubrimiento, una revelación.
El tránsito editorial del copyright al copyleft
Actualmente, de manera visible se puede identificar un tránsito entre las editoriales a gran escala, las iniciativas independientes y los proyectos cartoneros. Sin embargo, una cuestión clave que podría establecer una marcada diferencia entre ellos es el uso —o desuso— de los derechos de autor o copyright, al ser intercambiados por otros formatos de protección de derechos como el copyleft o Creative Commons, los cuales abogan por la reproducción total o parcial de las obras, por proteger la autoría y el sello editorial, y así evitar el lucro de terceros. Es por esto que gran parte de los proyectos editoriales cartoneros en México y América Latina hacen uso de este recurso, que marca distancia con otras editoriales que recurren a medidas legales para la protección y violación de sus derechos.
Las apuestas de emprendimientos como Kodama Cartonera y muchos otros a lo largo de México, América Latina y el mundo, son la viva manifestación de que el universo editorial no se ha agotado con el avance de la tecnología, los dispositivos electrónicos o e-books. La gesta editorial se ha adaptado y revitalizado a tal punto que sigue y seguirá transformando a los libros y a los lectores.
Kodama es la primera editorial cartonera en Tijuana.
Una de las cualidades de esta editorial es que mezcla la elaboración artesanal del libro con las nuevas tecnologías.
Kodama promueve la cultura a través de talleres para la elaboración de libros cartoneros.
En la película Mononoke Hime (dir. Hayao Mitazaki, 1998), de donde sale la inspiración para el logo y el nombre de la editorial, los kodama sólo se manifiestan cuando el bosque es puro.
Existen escritores que son lugar recurrente para los que gustan de la lectura, escritores que nacen con estrella, a los que es difícil no querer, escritores cuyas frases son cita obligada en charlas, fiestas y, ahora, estados de facebook cuando pretendemos ser “intelectuales”. Borges, Chejov, Jaime Sabines e incluso, si nos vamos al ámbito teatral, el maestro Beckett son algunos ejemplos; pero de entre todos estos, Julio Cortázar es quizás uno de los más visitados.
Tengo la teoría de que nadie llega arbitrariamente o por obligación escolar a ese mundo. Sostengo que cuando tienes en tus manos un texto del argentino que arrastra la “r” es porque has sido convocado a un llamado del que no hay escapatoria: ser cortazariano es destino.
En mi caso, sucedió una tarde mientras esperaba afuera de la escuela de música en la que entonces estudiaba creyendo que poseía la vocación de esta disciplina. Tenía 16 años, era sábado y me encontraba viendo los libros usados que un señor vendía, por un momento estuve tentada a comprar Los de abajo, de Mariano Azuela, pero cuando estaba a punto de agarrarlo un muchacho moreno y regordete —con quien estaré agradecida por siempre— me lo arrebató y dijo que se lo habían dejado leer de tarea, ahora caigo en cuenta que mi agradecimiento también debe estar dirigido al maestro que le encargó dicha lectura, ya que era imperante que fuera él el comprador y no yo.
Ante su insistencia no tuve corazón para empeñarme en quitárselo, así que mientras sacaba cuarenta pesos de mi bolsa miré un libro que tenía el dibujo en la portada de un hombre barbado fumando y cuyo título era El perseguidor y otros cuentos. Inmediatamente, el vendedor me convenció de que ese también era tan bueno como el otro que se alejaba en la bolsa trasera del pantalón del estudiante cumplido. Me repetí que sí, que además éste costaba la mitad del precio y que la portada no estaba tan fea. Empecé a leer de regreso a casa. Fue el principio del fin. Pasé los siguientes dos años buscando y adquiriendo cuanto texto de Cortázar me encontraba.
Me creí cronopio, lloré una y otra vez con “Ahí pero dónde, cómo” y memoricé el famoso capítulo siete de Rayuela. Así pasaron los años y cuando, tiempo después, empecé el estudio de la dramaturgia, cayó en mis manos un ejemplar pequeño llamado “Nada a Pehuajó”. Emocionada lo abrí y descubrí que estaba frente a una de las obras de teatro que Cortázar había escrito, sobra decir que devoré el texto en un acto y sonreí al corroborar que no me había defraudado.
Esta faceta poco conocida del autor como dramaturgo se puede resumir en: tres piezas teatrales propiamente: “Dos juegos de palabras I” “Pieza en tres escenas II” “Tiempo de barrilete”; además de, si queremos vernos con un criterio más amplio, “Los Reyes”, ya que a ésta el mismo Cortázar la nombró poema dramático;“Adiós, Robinsón”, que por sus características es considerado una especie de guión radiofónico y el que hoy nos atañe: “Nada a Pehuajó”.
De esta última, no se sabe con certeza la fecha exacta en que la escribió; sin embargo, se cree que fue en la década de los setenta por las referencias a las que recurren los personajes.
“Nada a Pehuajó” transcurre en un restaurante donde el piso sugiere un tablero de ajedrez. Las escenas cortas están plagadas del más puro teatro del absurdo, sus diálogos fluidos acertadamente ayudan a darle al texto un ritmo ágil y el humor salpica por aquí y por allá la progresión dramática. Con una anécdota sencilla, Cortázar cuenta cómo una mujer quiere mandar algo a Pehuajó, para después enseñarnos la serie de personajes que desfilan a lo largo de dicha historia.
Si se le puede reprochar algún aspecto, es quizás el hecho de que no se atreviera a acotar con toda la capacidad narrativa de la que era capaz; Cortázar se dedica a indicar con una economía del lenguaje el lugar en que cada elemento de la escenografía debe ir y la posición en la que cada personaje debe estar; cada que regreso a esta obra, echo de menos su capacidad de construir atmósferas y algo dentro de mí muere de ganas por preguntarle el porqué del decoro.
Nunca he tenido la oportunidad de ver un montaje de este texto en el Distrito Federal, cosa que lamento. En alguna ocasión, Alejandro García, dramaturgo, actor, director y amigo querido platicó que él presentó algunas escenas para sus exámenes en Casa del Teatro y que, cuando tuvo oportunidad de viajar a Argentina, vio algunas adaptaciones del original. Seguramente se han hecho representaciones con la obra tal cual la escribió, pero por la fecha de publicación (el mismo año de su muerte) se intuye que él tampoco pudo verlas.
Ahora que se cumplen cien años de su natalicio, se me ocurre que una buena manera también de festejar sería re descubriendo esa cara de Cortázar y mientras se da la tercera llamada, decirle: “Feliz cumpleaños, Cronopio mayor”.
La semana pasada, dos contactos a través de sus redes sociales preguntaron a los demás sobre cómo les recomendaban organizar sus respectivas bibliotecas. Desde luego, por más recomendaciones que les hayan hecho, en mi opinión, una biblioteca debe ajustarse a las necesidades de cada persona, es decir, debe ser una biblioteca personal. Para empezar porque la organización en la biblioteca de un escritor es una imposibilidad: dado que los libros son nuestro instrumento de trabajo están en continuo movimiento y su desorganización es parte intrínseca de ella: cuando uno cree haber puesto orden tiene que sacar libros para estudiar cierto tema o releer por gusto a cierto autor y entonces la tan esmerada organización quedó aniquilada en un santiamén.
Hay un librito muy curioso llamado Bibliotecas llenas de fantasmas (Anagrama, 2010), en el que su autor, Jacques Bonnet, cuenta todas las peripecias por las que tenemos que pasar los bibliófilos: en una cena con un autor italiano, narra Bonnet que rápidamente se hicieron amigos por su afinidad a los libros y por lo tanto “ambos poseíamos una biblioteca monstruosa de varias decenas de miles de obras. Y no una de esas bibliotecas de bibliófilo con libros tan valiosos que el propietario no los abre nunca por temor a estropearlos, sino una biblioteca de trabajo cuyos ejemplares no dudábamos en anotar, en leer en la bañera y en la que conservábamos todo lo que habíamos leído –incluidos libros de bolsillo y múltiples ediciones de una misma obra– o todo lo que teníamos la intención de leer más adelante”. Bonnet dice que incluso tenía libros en la cocina y en el baño y que uno de sus mayores temores es morir aplastado por una torre de libros que se venga abajo mientras él duerme. Y más adelante hace una pregunta muy pertinente: “¿Las bibliotecas deben ordenarse alfabéticamente, por género, por idioma, cronológicamente o, por qué no, como Warburg, siguiendo una invisible red de afinidades desconocida para todos salvo para el interesado?”.
Una vez tuve la oportunidad de visitar la biblioteca de José Luis Martínez en su casa de la colonia Anzures, que en su caso toda la casa era una biblioteca. Estaba tan bien organizada que me dio la impresión de que nunca la usaba, como si nada más los hubiera ido acumulando (una de esas “bibliotecas de bibliófilo”, que dice Bonnet). Los libreros llegaban hasta el techo y en una parte alcancé a ver la colección de La Pléiade, en otro cuarto se encontraban todos los libros de arte y cerca de su escritorio estaban los suplementos culturales del fin de semana pasado. Ahora su biblioteca se alberga en La Ciudadela, pero para que fuera trasladada allí, antes de morir, José Luis Martínez puso como condición que se organizara tal cual él la tenía dispuesta en su casa, de manera que se tuvieron que acondicionar dos celdas del viejo edificio para que se cumpliera con su instrucción. Elena Poniatowska, por poner otro ejemplo, tuvo que quitar la cochera de su casa poder ampliar su biblioteca. Y la de Carlos Monsiváis estaba toda miada por sus numerosos gatos.
En mi caso, mi biblioteca primero estuvo dispersa en tres lugares, ahora por fortuna la tengo en mi pequeño departamento y al alcance de la mano. Está organizada de la siguiente manera: en un pequeño librero, muy cercano a mi cama, están todos los libros de mis autores predilectos sin importar la lengua, el género literario o la edición (sobre este último punto creo que una biblioteca es rara justamente por su diversidad de ediciones, aunque sea el mismo libro o el mismo autor, la portada, la editorial, la tipografía o incluso si tiene añadido o suprimido un prólogo eso la hace todavía más particular). En mi escritorio están todos los libros de consulta: diccionarios, sobre todo. En el buró, justo al lado de mi cama, todos los libros pendientes por leer y que en cuanto eso suceda pasarán a sus respectivas áreas. En las repisas de un librero está toda la literatura gay, en otra una buena cantidad de literatura cubana y un poco de literatura alemana. En otro lado está la poesía en general. En un librero más está todo el ensayo y en uno más la narrativa con un poco de teatro. Finalmente, hay un espacio para los libros de arte y catálogos. Esa organización me permite ubicarlos fácilmente en cuanto necesito alguno.
Sin embargo, durante mucho tiempo mi biblioteca en realidad fue hemeroteca pues colecciono una infinidad de revistas y periódicos (en particular los suplementos culturales), que tienen también sus respectivas áreas en lo que algún día será la sala. Alguna vez, en una de sus clases en la Facultad, Huberto Batis nos recomendó con su característico ímpetu que no coleccionáramos revistas y periódicos porque a la larga se vuelven una lata, ¡cuánta razón tenía y lo desoí pues cada mes sigo comprando revistas y cada fin de semana los periódicos! Por otra parte, una de las cosas que más pregunta la gente cuando me visita es: “¿Y ya los leíste todos?” A fuerza de escuchar esa pregunta tantas veces, tengo preparada la respuesta más obvia: “No, claro que no”. Entonces, ante su desconcierto, tengo que explicar lo que al parecer la gente no entiende: que hay distintos tipos de libros, hay libros de consulta, libros decorativos (en la mesa de centro hay un librito sobre el sky line de Nueva York, que habré visto un par de veces y luego sólo he mostrado a algunos visitantes) y, sobre todo, no tengo el tiempo suficiente para leer todo lo que quisiera (a veces tengo que ponerme a escribir o a editar y eso me quita mucho tiempo para leer).
Ahora no recuerdo quién o en dónde se cuenta que don Artemio de Valle Arizpe tenía una curiosa inscripción a la entrada de su biblioteca: “Esta biblioteca se hizo con libros prestados. No presto libros”.
Parafraseando a James Joyce, para Ingrid Solana dios es un esténcil pintado en la calle. Este volumen, compuesto de veinticinco ensayos, nos propone una lectura fresca y audaz de nuestro entorno, a la vez que propone una manera distinta de leer, de pensar, de escribir, de recordar y quizás hasta de amar. Quien se atreva a entrar a Barrio Verbo encontrará al mismo tiempo un manual de técnicas para la intervención de nuestra cultura y un paseo por las calles donde coinciden las obsesiones Fanz Kafka, Ludwing Wittgenstein y David Lynch. A partir de un listado de verbos en infinitivo y sus nuevas acepciones, la autora propone un juego para el lector valiente que se atreva a conjugarlos.
Un adelanto:
Leer:
Devorar los libros como si fuéramos polillas.
Hundirse en la privacidad morbosa del pervertido que espía: el pervertido que lee.
Apropiarse y desapropiarse a un tiempo de toda la materia del libro: destruir las ideas, reconstruirlas, armar el puzzle y deshacerlo de nuevo.
Surcar el texto amorosamente.
Jugar.
Elogio del subrayado
Tener hambre de libros era mi alegría y mi tormento. Libros, casi no tenía. No hay dinero, no hay libro. Roí en un año la biblioteca municipal. Yo mordisqueaba, y al mismo tiempo devoraba.
Hélène Cixous
Al mirar esa polilla muerta, me llenó de asombro este diminuto triunfo marginal de una fuerza tan grande en contra de un antagonista así de menor. Tal y como la existencia había sido extraña unos minutos antes, extraña era en este momento la muerte. La polilla, habiéndose enderezado, yacía ahora en un sosiego de lo más decente y resignado. Ah sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.
Virginia Woolf
Subrayar es escribir un libro. Los libros subrayados funcionan como un cuaderno de notas porque están hechos de papel y reclaman la tinta del lector. Los subrayados varían en cada libro y en cada lectura. No es lo mismo el subrayado de Seda de Alessandro Baricco que el de Corrección de Thomas Bernhard. El primero es un subrayado tenue, en el que el lápiz se desliza afablemente entre las líneas. El segundo es rabioso, punzante, incisivo. De ahí que cada subrayado sea el andamiaje de lectura de determinado intérprete. Por consiguiente, cada lector escribe el texto todas las veces que lee y subraya para dotarlo de sentido cuando penetra en sus cimientos.
Hay coleccionistas de libros que los adquieren en múltiples ediciones y que encuentran en ellos un fetiche que es necesario conservar, cuidar y proteger. Hay otros, en cambio, cuya biblioteca se encuentra engrosada por libros subrayados en plena ebullición. Es posible que los bibliómanos
conciban el subrayado como algo horrendo, sobre todo los de las primeras ediciones, aunque no hay nada más gratificante que emprender el subrayado de una primera edición y aventurarnos en un viaje triunfal sobre esas aguas vírgenes. Un bibliófilo seguramente se apropiará gustoso de su biblioteca, a la cual, lejos de reverenciar, tachará y marcará hasta el cansancio para hacerla verdaderamente suya.
Numerosas bibliotecas personales acuñan con especial esmero muchas ediciones de un solo libro y utilizan métodos “humanos” para su conservación. Se los limpia, se los impregna de diversos líquidos y son vacunados contra su enemigo potencial: las polillas. Nadie consagrado al mundo de las letras habla con afecto de esos animalillos invisibles que pueblan las oscuridades sagradas de la madera y de los libros. Quizá uno de los pocos en detenerse en estos bichos insignificantes es W.G. Sebald, que en Austerlitz habla con fascinación de su inocencia e incluso les atribuye una imaginaria vida interior. David Lynch, a su vez, declaró haber experimentado una especie de epifanía cuando una polilla se estrelló contra una de sus pinturas y permaneció inmóvil después de haber dejado una carretera dorada sobre el lienzo. Animales del azar, de lo inesperado. Las polillas son rechazadas por los coleccionistas que no admiten la ruindad de la materia, y amadas por los raros, aquellos que se abandonan a los designios de la suerte y están dispuestos a la extinción.
El coleccionista de libros —sea un ávido lector o no— teme y odia a estos roedores de páginas y lucha contra ellas. Habría que pensar si los surcos que las polillas emprende en el interior de los libros son una especie de subrayado. El subrayado con lápiz es un recorrido y el de las polillas bien podría serlo. En general, las odiamos porque nos impiden la lectura íntegra de un libro; al comerse su interior, se tragan parte del contenido que pretendemos leer. Debe existir, no obstante, un encono peculiar por arruinar la materia del texto, porque a las polillas les gustan, sobre todo, las ediciones empastadas, antiguas y de alto valor monetario: esos textos únicos que ya no se editan y que el coleccionista ha conseguido con mucho esfuerzo en el mercado negro de los libros o ha comprado a otros países por Internet, pagando altos costos de envío. Alguien que valora los libros conoce las delicias que proporciona el poder comparar las distintas ediciones del mismo, por ello, es una desgracia que las polillas acaben con esos placeres.
Han existido, desde luego, numerosas bibliotecas carcomidas por esas alimañas de lo oscuro y más allá de la ira que esto suscita en el lector asiduo y en el fetichista, las polillas emprenden su más delicioso festín en esas bibliotecas heredadas que permanecen en silencio porque ninguna generación más se ocupa de su legado; menos mal que lo hacen, porque así la página nunca está vacía, sino colmada por la saciedad de las hambrientas.
Es así que las propias polillas, cuando nadie lee los libros, se encargan de subrayarlos. Emprenden caminos laberínticos que horadan, abren y surcan las letras agolpadas contra su mismidad. Autopista que nos hace pensar en el desorden y sus vueltas de tuerca. Nada más hermoso que esas grietas infinitas que atraviesan todo el cuerpo de un libro y que sugieren vórtices y recorridos, allí donde ellas han clavado sus fauces. El libro electrónico impide a las polillas realizar su tarea y el lector se siente confiado porque no somete al libro a numerosos peligros.
El lector de libros electrónicos, sin embargo, nunca será un coleccionista, ni de libros ni de libros subrayados. Leer un libro electrónico implica que realmente se quiere indagar en el contenido de un texto. Hasta el momento, ningún aficionado a la lectura prefiere leer libros electrónicos; lo hace por necesidad. El amante de los libros, en cambio, hará lo posible por poseerlos y colocarlos en su espacio de trabajo para mirarlos en su sereno y calmado reposo en la habitación.
Tomar un libro entre las manos es dejarse seducir y subrayarlo, seducir al texto. Nada más intenso que apropiarse de los libros; nada más feroz que hacerlo a través del subrayado: amorosa destrucción convertida en acto, porque la lectura, lejos de ser pasiva, es un campo dinámico, múltiple y creativo.
El subrayado hace a los libros, pues consigna todos aquellos rasgos que fueron significativos y contribuyeron a generar el sentido en el texto. De ahí también que las notas al margen sean herramientas fundamentales que delatan la singular visión de ese momento del intérprete que anota sus propias ideas dialogando con lo leído. Todo lector asiduo intuye que cada lectura, aunque se lea el mismo libro dos o tres veces, es particular y obedece a sus propias leyes. Se aconseja leer lo mismo varias ocasiones porque esto nos proporcionará la frescura de una nueva mirada: qué riqueza la de lo literario que cada vez es transformado por nuevas invenciones y muchos más descubrimientos. El subrayado, así, configura la intimidad entablada con un libro. Si el libro no nos gusta tanto, es posible que los subrayados sean esporádicos o nulos. Pero si sucede a la inversa, nos sorprenderá descubrir que cuando leímos la primera vez, subrayamos pasajes cuya señalización, en un segundo momento, nos resulta extraña y ajena.
Los variados y diversos acercamientos que emprendemos de un texto producirán múltiples subrayados que formarán una masa compacta en la comprensión de ese libro. Masa que enriquece y otorga a los textos el sentido infinito y vasto que nunca se agota. Los subrayados se complementan, a su vez, con todas esas notas que el lector deja adentro del libro y que marcan nuestros paseos por él. En efecto, al leer se escribe, y subrayar implica esa cercanía íntima, sensual y amorosa que se hace con un libro, de ahí que la experiencia de lectura sea tan única, que aun con todo lo que se ha dicho de ella, siga pareciéndonos tan extraordinaria. Ya no diré, por consiguiente, que un libro es un mundo, sino que un lector lo es y más aun, que sus diversos subrayados son la verdadera acción por la cual se participa en un libro y se escribe un libro. Si nadie subraya un libro, dejemos entonces que las polillas, sumergidas en su eterna oscuridad, se aventuren en esos interiores para dejar allí, al menos, sus sinuosas huellas, porque los libros son para devorarse.
Eusebio dejó de contar, había llegado a su destino. Desde hacía veinte años, la mitad de su vida, sólo en una cosa era constante: contar cada pasó que daba. Si se dirigía de la cama al baño, tenía que contar hasta el veintidós; del comedor a la entrada de su casa, hasta el treinta. Ahora se encontraba ahí, en la puerta del restaurante, que estaba a ciento ocho pasos de la estación del metro, esperando el momento en que su hermano llegara. Viviendo en una ciudad con varios millones de habitantes, con una relación que se limitaba a mensajes de texto y encuentros en las fiestas familiares, Eusebio anticipó la comida con su hermano como un acontecimiento.
—Te quiero presentar a alguien —le había dicho.
Eusebio pidió una cerveza y sacó la Moleskine, tomó un par de apuntes que le fue imposible anotar en el metro y pensó que escribiría llegando a casa, porque la novela no iba hacia ninguna parte, se estaba convirtiendo en un desperdicio de caracteres. ¿Qué hacer con la protagonista? Ojalá tuviera a alguien de confianza para pedirle su opinión, pero siempre se decía a sí mismo que confiar en el criterio de otro escritor era un suicidio. Golpeaba acompasadamente el lapicero contra la mesa: doce, trece, catorce; alguien tocó su hombro.
—Esta era la sorpresa —le dijo Hernán—. Te presento a mi novia.
Lo saludó de beso una mujer de unos veinticinco años, morena, delgada, a simple vista sin chiste, que en ningún momento le soltó la mano a Hernán.
—Mucho gusto, soy Flor Reyna.
Eusebio cambió de gesto rápidamente. No juegues, dijo. Hernán estaba desconcertado, no sabía de qué se trataba todo; Flor vio a ambos hermanos, guardó silencio.
—Ya, en serio, dime tu nombre —pidió Eusebio. Tras escuchar Flor Reyna otra vez, dijo que no se podía llamar así.
—Así se llama la protagonista de mi novela. Pase días, semanas tratando de inventarle el nombre.
Flor sonrió. Eusebio no dijo nada, y los tres se sentaron. Hernán platicó como se habían conocido: ambos trabajaban en la misma oficina de Correos de México, comenzaron a salir, y un par de semanas después se hicieron novios. Eusebio contó cuarenta pasos desde la mesa en la terraza hasta el baño. El regreso fue más rápido, treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro. No ponía atención a lo que decía Hernán. Pensaba en su novela, en la otra Flor Reyna. Era la protagonista de su primera novela negra, una mujer muy sensual, nada parecida a la casi adolescente que tenía delante; no se imaginaba a la novia de su hermano metiendo las manos en la tierra para esconder los dedos amputados de sus víctimas, abono para las flores que cultivaba con esmero.
—¿Verdad, Eusebio? Cuéntale a Flor de qué se trata tu primera novela.
Eusebio pidió otra cerveza al mesero que llevó la Coca-Cola de Hernán. No le gustaba hablar de lo que escribía; le estaba costando un esfuerzo terrible dar forma a la novela por la que, después de tantos intentos, lo becaron. Sólo dijo que era una novela negra, y que no se preocuparan; cambiaría el nombre de la protagonista.
—Sería maravilloso que lo dejaras como está —dijo Flor. Su voz sonaba ronca—. Con el mismo nombre.
Para no hacer más incómodo el momento, Eusebio se portó cortés, comentó que esa noche llamaría a sus papás a Pachuca y podría darles cualquier recado de parte de Hernán, que la tarde estaba nublada y debía irse porque en menos de una hora doblaría turno en la redacción del periódico. Todo era mentira, se despidió de ambos y avanzo setenta y cinco pasos hasta la esquina, donde tomo el primer camión que pasó y se bajó en la última parada, desorientado por completo al tratar de llegar a su departamento.
Aquella noche tachoneo los apuntes recién hechos en la Moleskine y sólo agregó una cosa a su novela. Flor Reyna tenía la voz ronca.
Pasaron dos semanas antes de que volviera a saber de ella. Eusebio descendió catorce escalones, avanzó dos pasos, otros catorce y salió a la calle. Flor Reyna salía del edificio de departamentos que estaba frente al periódico y se subió a una camioneta blanca, muy vieja, de esas que circulan sólo de milagro. Gritarle hubiera sido inútil. Al llegar a su departamento trato de escribir, avanzar un poco más en la novela para entregar en una semana los avances a su tutor, pero no consiguió escribir ni una línea. Pensó en Flor Reyna y la camioneta blanca. Solo había oído un par de frases salir de su boca, pero a la protagonista ya le atribuía el mismo timbre, y sustituyó los pechos generosos de la florista por el cuerpo ligero de su cuñada. Esa fue la primera vez que pensó en su desnudez. No quería imaginar que su hermano, un hombre recién divorciado a sus treinta y nueve años, le hacía el amor a aquella mujer con nombre inigualable.
Una semana después de enviar el avance a su tutor, Eusebio compró flores. Le había preguntado al dependiente, un señor con olor a rancio, a cuales les funcionaba mejor el abono casero, cuales sobrevivían en diferentes climas, cuales conservaban el olor más tiempo, que opinaba de las flores silvestres. Por compromiso compró un ramo de lo único para lo que le alcanzaba, unas margaritas. Las olió, llenó una jarra de agua y las puso sobre la mesa del comedor, a nueve pasos de la ventana.
Como guiado por una falsa voluntad, llamó a Hernán. En menos de tres minutos acordaron ir a cenar para compensar el almuerzo frustrado de la vez anterior. Flor Reyna también los acompañaría. Eusebio contó doscientos once pasos dando vueltas dentro de su departamento antes de bajar los cincuenta y seis escalones de dos en dos para llegar a la banqueta, donde lo recogió Hernán en su coche. Flor los vería en el bar. Tuvo los treinta minutos del trayecto para hablar con su hermano sobre trivialidades familiares, el divorcio, su nueva relación. Cuando llegaron, ella ya estaba ahí. Eusebio no quiso saber con qué frecuencia se acostaban o que costumbres tenía la frágil Flor Reyna en la cama, detalles que Hernán tampoco hubiera estado dispuesto a revelar.
Eusebio sintió en el cabello marrón de Flor el mismo olor de las margaritas, y estaba seguro de que su hermano gozaba la textura de los pétalos en la piel de su novia, a lo largo de las piernas, la espalda, el contorno de los muslos. Otra vez evadió el diálogo; asentía de vez en cuando o cambiaba drásticamente el tema, porque pensaba más en lo que dirían sus personajes, su Flor Reyna de ficción, que en quienes estaban sentados frente a él. Por petición de Hernán accedió a enseñarle el manuscrito a su cuñada.
Lo que pudo avanzar Eusebio aquella noche, al regresar a casa, era más de lo que había hecho en las últimas semanas. Antes de dormirse leyó un escueto mail de su tutor: Felicidades, pensé que no lo lograrías; las correcciones te las adjunto.
Al cerrar la laptop sintió unos deseos enormes por Flor Reyna, la novia de su hermano; contó setenta pasos en el departamento, llenó sus pulmones con el olor de las margaritas, se metió un pétalo a la boca y creyó que esa era la textura que cubría por completo a Flor Reyna. En las veinte zancadas que dio para ir de la mesa del comedor a su cama prefirió pensar en el vínculo fraternal que en el deseo.
Dos días después de la cena, salió temprano del periódico cargando una carpeta llena de hojas recién impresas. Ciento dieciocho pasos hasta la estación del metro, noventa dentro del subterráneo y luego los pisotones en el vagón para llegar a la estación más cercana a Correos de México, y apresurarse hasta la oficina, ya no contando los pasos sino las personas esquivadas. A las tres y cuarto Flor Reyna ya no estaba en la ventanilla, acababa de irse. Tampoco Hernán seguía en la oficina. Eusebio le rogó a la nueva dependienta que le diera el número de celular de Flor, dijo que era su cuñado y se trataba de una emergencia. Identificó el desdén de todas las secretarias maleducadas, pero consiguió los diez dígitos que necesitaba. Luego de tres bips, escuchó su voz ronca.
Flor Reyna le dijo que lo vería a las siete de la tarde en su departamento, pasaría rápido por el manuscrito antes de regresar a su casa, al norte de la ciudad. Eusebio contó casi cien pasos dentro de su departamento antes de salir a la misma florería para comprar otro ramo de margaritas amarillas y blancas. Pensaba en diálogos, su propia Flor Reyna extorsionadora, cosechando ramilletes, cortando tallos de alhelíes y sosteniendo flores entre sus labios delgados, que se curvaban en una mueca. A las siete y cuarto Flor Reyna se anunció por el interfón. Eusebio contó los cincuenta y seis escalones que separaban el río asfáltico de su puerta e imaginó el ritmo con que ella los subiría. Abrió la puerta y escuchó la voz ronca de su protagonista, dándole las buenas noches, con la cabeza un poco húmeda por el chubasco que acababa de empezar.
—Éstas las cortaron hace cuatro o cinco días —dijo Flor después de examinar las margaritas recién puestas.
—¿Qué sabes de floricultura?
—Lo suficiente como para escribir novelas.
Eusebio pensó en su protagonista. Deseaba a la mujer de su historia, la que tenía la voz de Flor Reyna, la verdadera. Sin que ella opusiera resistencia, aspiro el olor resinoso de su cabello, y bajo la lengua sintió la misma textura que en los pétalos del primer ramo. Aquella Flor Reyna era similar a su personaje, una variante exótica de sensualidad precisa. No vio a la lánguida adolescente, sino que distinguió los labios voluptuosos, una risa fascinante. Flor Reyna dejó que se atascara de su sabor, le dijo que ella también debía saber a tierra húmeda, a neblina en las madrugadas, pero eso era algo que él no tendría el privilegio de conocer en su cuerpo; tenía que irse con el manuscrito, le quedaba un trayecto muy largo y al día siguiente vería a Hernán. Eusebio trató de prestar atención a lo que acababa de escuchar para después transcribirlo en sus apuntes de la Moleskine, pero tenía en la lengua la textura de Flor Reyna, y sólo alcanzó a contar mentalmente los mismos escalones que ella descendió con rapidez.
Eusebio caminó por el apartamento seguro de haber contado ciento veinte pasos, ciento veintidós, ciento veintitrés, comenzó a toser, ciento treinta y dos, ciento treinta y siete, se dejó caer en el sofá de la sala y tosió muy fuerte una, dos, tres veces. A la cuarta escupió varios pétalos de margaritas.
Poetas y artistas nacionales y extranjeros, Casa del Lago y Periódico de Poesía de la UNAM acaban de lanzar el “Primer Concurso del Festival de Poesía en Voz Alta 2015”, para conmemorar el próximo festival Poesía en Voz Alta.
En esta primera edición del concurso, se invita a autores o colectivos a participar mediante propuestas de poesía escénica (poesía representada en un espacio escénico con ayuda de recursos corporales o tecnológicos) con duración de veinte minutos, en español o en cualquier lengua originaria. El evento busca el diálogo y debate entre artistas, a través de la expresión poética, con diferentes tradiciones artísticas.