El miércoles 10 de septiembre se llevó a cabo la primera sesión del Seminario de Estudios de Género en un recinto de la dirección de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Miembros del grupo de investigación de Estudios Literarios del Colegio de Letras Mexicanas y Letras Hispánicas de esta universidad presentaron adelantos de los trabajos que actualmente realizan desde esta perspectiva de estudio.
Comenzó la sesión el maestro Manuel Santiago Herrera Martínez, catedrático especializado en cultura regional y literatura mexicana, con la presentación de su trabajo enfocado en la obra de la escritora judeomexicana, Margo Glantz, específicamente a partir de la novela titulada Las genealogías (1998). En ella se descubre la reconstrucción geográfica de la identidad judía, la influencia cultural de la identidad judeomexicana y el uso de los géneros prófugos, es decir, constructos anteriormente reservados para géneros periodísticos o de divulgación científica, ahora utilizados en textos literarios mediante la fusión de formas literarias y la dilusión de fronteras gerenacionales. Así, una novela es al mismo tiempo un texto antropológico, de divulgación y un documento para la historiografía, sobre todo debido a sus datos étnicos. Herrera Martínez comenta que algunas de las utilidades de esta ambigüedad estilística consiste en el fortalecimiento de la noción de comunidad. Otro de los aspectos fundamentales que el maestro destaca en la obra de Margo Glantz es la idea del cuerpo como herramienta social y política. También menciona al “testigo vicario”, es decir, un testigo empático tan recurrente en la literatura collage, por nombrar algunas de las tendencias literarias híbridas que se han trabajado desde el nacimiento, auge y decaimiento de las vanguardias a mediados del siglo veinte.
A continuación, tomó la palabra la doctora María Eugenia Flores Treviño, especialista en lingüística. Ella compartió parte de sus investigaciones enfocadas en el lenguaje de las mujeres desde la perspectiva literaria con base en la novela Álbum de familia (1985), de Rosario Castellanos. Aprovechó su intervención para mencionar, a pesar de la precariedad del tiempo, sus adelantos en la investigación de discursos de género en la expresión oral, el lenguaje académico y el sexismo normalizado en el habla cotidiana. Sus investigaciones se enfocan en el uso de la ironía y la construcción de género, sobre todo a partir de la adjetivación en el habla cotidiana de la ciudad de Monterrey y el área metropolitana, descubriendo la casi increíble ingenuidad de muchas mujeres universitarias y de grados de estudios superiores en la actualidad, las cuales aún conciben la posesión corporal como medio de empoderamiento ideológico en el terreno social.
Para finalizar tomó la palabra la coordinadora interina del Colegio de Letras, la maestra Tzitel Pérez Aguirre, cuyo tema se enfocó en el estudio semiótico de la voz femenina en la poética de Enriqueta Ochoa. Poeta oriunda de Torreón, Coahuila, y contemporánea de Rosario Castellanos, Jaime Sabines y Dolores Castro, aunque menos celebrada por sus contemporáneos quizás por su carácter periférico y subversivo que la orilla a sufrir la censura de su obra y la excomunión por parte de la Iglesia Católica. Pérez Aguirre, además, encuentra en la obra de Enriqueta Ochoa, a partir del poema “Las vírgenes terrestres” y “El retorno de Electra”, un ejemplo de las teorías de Julia Cristera y Hélène Cixous, quienes aseguran que no existe una literatura o lenguaje femenino o masculino sino que esta concepción se construye a partir de la perspectiva del emisor del discurso.
La coordinadora dio por finalizada la intervención de los participantes y continuó la sesión de preguntas y respuestas, donde pudimos ver un genuino interés por parte de los pocos asistentes, la mayoría estudiantes acarreados de las clases que los profesores no dieron debido a su participación en el evento, lo cual descubre los graves problemas de desinterés, letargo estudiantil y falta de promoción de eventos que desde hace años son lugar común en la facultad de esta institución.
Si acaso la poca relevancia y difusión que se le da a eventos como éste tiene que ver con la desinformación o desinterés de los estudiantes o altos mandos administrativos, tal panorama sólo acentúa la necesidad de invertir recursos y esfuerzo en la investigación de estudios culturales y de género, necesarios para encaminar a la sociedad regiomontana, comenzando por una de sus máximas casas de estudios, hacia el redescubrimiento humanista tan relegado en pos de los intereses pragmáticos y utilitaristas de esta sociedad industrial. Esperamos que esté cercano el día en que éste y no otros eventos, sobre todo de carácter proselitista, puedan llenar con una genuina audiencia espacios públicos accesibles, como el auditorio de la facultad en vez de verse relegados a las profundidades, pocas veces visitadas, de la Universidad, a donde ningún estudiante llegaría por curiosidad, menos por accidente.
El Seminario de Estudios de Género es uno de los enfoques de análisis dados por el Cuerpo Académico de Literatura, grupo integrado por la doctora Dalina Flores Hilerio, Ludivina Cantú Ortiz y Rosa María Gutiérrez García, y en esta primera ocasión, por alumnos y profesores invitados del cuerpo académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. La siguiente sesión será el lunes 20 de octubre, esperemos que en un recinto más accesible. Con el objetivo de conocer y aplicar la perspectiva de género a los estudios literarios, se hace la cordial invitación a asistir a la próxima sesión dirigida a estudiantes, profesores, estudiosos y visitantes interesados en literatura y las distintas formas de analizarla.
La generación que nació en 1985 está por cumplir treinta años y sus memorias del terremoto quedan en la educación que vino después, pero ¿qué sucede con las personas que nacieron el día del temblor? Itzel Lara presenta en esta obra un acercamiento a tres jóvenes que se enfrentan a la pérdida, a la desesperanza y al milagro de haber nacido en una ciudad en ruinas.
Benjamín en su cuarto. Frente a él, un esquema enorme de las partes del cuerpo; lo inspecciona como si hiciera una necropsia y anota en su libreta.
Benjamín: La presión empieza a aumentar y aparece la agitación; muchos expertos relacionan dicha agitación con angustia… pero la angustia es un asunto que concierne a la psicología y a los médicos o aprendices de médicos; analizan lo físico, nada mental o del espíritu. Yo no soy aprendiz de nada, pero me gusta respetar a las personas que usan bata.
Silencio.
Benjamín: Como los pulmones no pueden expandirse, el humano siente la necesidad de respirar más e inhala. Minutos después, se empieza a perder toda proporción de tiempo.
Silencio.
Benjamín deja de revisar el esquema y de anotar en su libreta.
Benjamín: Si pasas más de tres días bajo los escombros, debes tener una capacidad pulmonar impresionante o ser un protegido del Señor; de lo contrario, es cosa del diablo. Mi abuela prefería pensar que los ojos de Dios se posaron sobre mí y los otros dos. Que ese día, mientras la ciudad entera se venía abajo, Dios decidió cubrir con una especie de manto sagrado a tres bebés indefensos sólo para demostrar que, aunque estaba enojado, no era tan malo y que nos perdonaría.
Yo siempre pensé que, de ser cierto, en realidad fuimos para él como las parejas de animales que salvó del diluvio. Elegidos al azar y, para ser sinceros, sin nada especial. No multiplicamos los panes y mucho menos tenemos la capacidad de curar a nadie.
El punto es que… todavía no alcanzo a descubrir por qué prefirió que fuéramos tres y no una pareja. Puesto así, uno de nosotros está viviendo de más, y ese que sobra es el ser humano más inútil, solitario e infeliz del planeta…
Aparece a su lado Laura, vestida de negro.
Laura: ¿Con quién hablas?
Benjamín: Con… migo…
Voltea a ver a todos lados. Nada.
Laura: Ya… es hora…
Benjamín: No voy a ir.
Laura: Pero es tu abuela…
Benjamín: Igual está muerta, ya no importa.
Laura: No digas eso…
Benjamín: Es la verdad…
Laura se acerca al esquema.
Laura: No sabía que estudiaras anatomía…
Benjamín: Sólo los pulmones, no sé nada de lo demás. Ni me interesa. ¿Sabías que uno puede sobrevivir con una capacidad pulmonar del 5% si sabe administrar la respiración?
Laura: Vamos… ya es hora. No podemos esperar. Seguro Pedro ya está en la funeraria.
Benjamín: Bueno, con dos es suficiente. Me cuentan cómo estuvo.
Laura: Como broma es suficiente. Ahorita mismo agarras tu saco y vamos al funeral de tu abuela.
Benjamín: No. Y no insistas. Me quedaré aquí. Debo regar esa planta.
Benjamín señala una planta mal cuidada que está en una maceta cuarteada. Laura, molesta, se levanta; toma un vaso de agua y cuando lo va a vaciar en la maceta, Benjamín se interpone.
Benjamín: ¿Qué haces?
Laura: Si ese es el problema, se soluciona fácil.
Benjamín: Una planta se riega en la noche, de lo contrario se seca. Esperaré aquí hasta que anochezca. Váyanse con cuidado.
Laura: Pero…
Benjamín: Déjame solo.
Laura se marcha. El cuarto luce ahora más grande que antes.
Pedro sentado frente a Benjamín, que sólo observa su maceta.
A su lado, Laura.
Benjamín es un maniquí.
Pedro: ¿Y cuánto tiempo lleva así?
Laura: Pues desde que lo dejé para ir a… ya sabes.
Pedro: No se mueve.
Laura: No. Ni pestañea.
Pedro: ¿Y si le quitamos la maceta?
Laura: Lo intenté hace rato, pero la abraza contra él.
Pedro: ¿Y ahora qué se trae con esa cosa?
Laura: Ni idea… creo que era lo que más quería doña Rosa; hace rato dijo algo de que era su deber regar esa planta hasta el último día, y que cuando ese día llegara, se marchitaría con ella. Dijo “me voy a marchitar con ella, es mi última misión en esta vida”.
Pedro: Ya… Entiendo.
Pedro se levanta y se para frente a Benjamín.
Pedro: Cuando murió mi tío por ese temblor en Albania, pasé un año completo comprando billetes del Melate con los números que él había anotado en un papel que tenía en su saco. Pensé que era una señal… ya sabes… de Dios o algo así… Y que era mi obligación hacer lo que a él no le dio tiempo. Hasta que un día el de los pronósticos se dignó a hablarme y me dijo que no entendía por qué metía el número telefónico del carnicero al Melate con tanta fe.
Entonces pensé: “Pinche tendero, esperó un año para decirme que el número que consideraba casi sagrado era el del carnicero”. Luego recordé que sólo una vez vi a mi tío comprar el Melate y, de pronto, ante su muerte, ese acto cotidiano se convirtió en un rito para mí. No volví a hablarle al de la tienda, ni a comprar esos juegos y mucho menos carne.
Silencio.
Benjamín no se inmuta.
Pedro: Lo que te quiero decir es que no tienes que regar esta planta a cierta hora, ni cuidarla tanto. Se debe quedar en ese rincón, como siempre. Lo que quiero decir es que… uno se levanta todos los días e intenta encontrar su lugar, después de todo.
Pedro se agarra a una de las paredes.
Laura: Siéntate.
Pedro: No, no… es casi imperceptible.
Laura: Benjamín… dónde… es decir… ya pensaste… eh… cómo te digo…
Benjamín: Déjala ahí, en la mesa, junto a la ventana. Le gustaba ese lugar. Ya es tarde, lo mejor será que se vayan.
Laura mira a Pedro, quien afirma con la cabeza. De un bolso grande, Laura saca una pequeña urna. La pone sobre la mesa.
Laura: ¿Está bien ahí?
Benjamín no voltea a verla.
Benjamín: Sí. Gracias.
Laura: ¿Seguro que quieres que nos vayamos? Puedo quedarme y platicamos.
Benjamín: Estoy seguro, no se me antoja platicar.
Laura: Pero…
Pedro: Ok, cualquier cosa…
Benjamín: Buenas noches.
Laura y Pedro se marchan. Benjamín se queda sentado mirando fijamente la maceta.
Es de mañana. Benjamín sigue viendo la maceta. Aparece Laura.
Laura: Buenos días.
Benjamín no responde.
Laura: Traje pan, Pedro viene conmigo… Bueno, está esperando a que pase un temblor en Perú… Eso dijo. Se quedó parado allá afuera. Pobre. ¿No crees que debe ser horrible sentir cada movimiento de la tierra en tu interior? No sé cómo lo soporta, yo no podría…
Suspira.
Laura: Come, anda.
Benjamín: Qué curioso… Que la abuela haya muerto sin decir sus últimas palabras. Yo creía que era un derecho de todos. Ya sabes, te vas a morir, ya nunca más te volverán a ver y entonces se te permite decir algo con lo que te recuerden para siempre.
Laura: Eso suena a una responsabilidad muy grande.
Benjamín: …
Laura: Yo no sabría qué decir… En realidad nunca he dicho nada brillante, y no creo cambiar ante el umbral de la muerte. Yo prefiero así, como doña Rosa, morir mientras duermo.
Benjamín: Se quejó toda la noche y luego, de la nada, se esfumó. No fue nada elegante.
Entra Pedro, luce demacrado.
Pedro: Nunca lucen elegantes. Una noche, mi tío me dijo “hasta mañana” y al día siguiente su cuerpo olía a abandono. La muerte tiene el olor más penetrante que conozco.
Los tres se quedan en silencio. Laura se da cuenta de que la urna ya no está.
Laura: ¿Y doña Rosa?
Benjamín: La tiré a la basura esta mañana.
Laura: ¿Cómo?
Benjamín: Tiré la urna en el camión de la basura. Ahí adentro ya no había nada, sólo cenizas. Además, hace mucho leí que cuando incineran a alguien, su cuerpo se mezcla con los restos de otros cuerpos cremados, entonces la gente no sólo se lleva a su difunto, sino a una fila enorme de cuerpos que no significan nada para quien carga con lo que cree que es su ser amado.
Laura: ¿Tiraste las cenizas de tu abuela pero dejaste este viejo esquema del cuerpo humano? Lo que hiciste es pecado, Benjamín, te puedes ir al infierno. Y nosotros contigo por no impedirlo.
Pedro: Lo que hizo fue justo lo que necesitaba hacer y se acabó. Cada quién lleva lo que trae adentro como puede… Mírate, mírame… míralo. No volveremos a hablar del tema. No volveremos a hablar de nada anterior al día de hoy.
Laura: ¿Ni de la conmemoración del 85?
Pedro: De eso menos, a no ser que Benjamín quiera… ¿Quieres?
Benjamín: Aún no entiendo por qué la abuela se aferró tanto a esta vieja planta. Es tan simple… Tendré tiempo de sobra para descubrirlo…
Pedro: Bueno, supongo que eso es un “del 85” menos.
Laura: Pero es nuestro deber preparar algo para la ceremonia, las personas esperan vernos… a doña Rosa le gustaría…
Benjamín: A mi abuela también le gustaba salir a caminar por las tardes, pero me parece que ya tampoco podrá hacerlo…
Laura: Somos los niños milagro…
Pedro: Fuimos, ahora somos adultos y desempleados. Y con eso tenemos suficiente por ahora.
Silencio. Pedro se levanta y riega la planta. Benjamín le sonríe y se levanta a ayudarle. Laura observa la escena en silencio. Saca el pan, lo coloca en la mesa.
Desde el terremoto del 19 de septiembre de 1985 en el Distrito Federal, México se ha colocado a la vanguardia en materia de planeación, prevención y mitigación de los efectos de los sismos. Sin embargo, persisten mitos y debates acerca de este fenómeno natural y la manera en que nos preparamos para él. Éste no es un tema de interés exclusivo para los habitantes del Valle de México: Baja California, Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero, Chiapas y Oaxaca, por ejemplo, pueden ser epicentro de sismos de gran magnitud. De acuerdo a la información del Centro Nacional de Prevención de Desastres, 33% de la población de México habita en zonas expuestas a un terremoto de alto impacto. Es importante notar, además, que muchas de estas zonas se encuentran en expansión demográfica, y la nueva población no siempre está consciente de lo que implica un sismo en materia de protección civil.
Para esta Conversación abierta entrevistamos a investigadores, expertos y empresarios que dedican su vida a temas relacionados con la prevención y mitigación de los efectos de los sismos. Obtuvimos más de doce horas de grabaciones, sobre las cuales trabajamos para presentar los textos que abordan los estudios y opiniones de cada uno de nuestros entrevistados. Entre sus comentarios podemos encontrar muchas divergencias, pero si en algo coinciden todos es en que la planeación y preparación de toda la sociedad mexicana es la clave esencial para enfrentar un sismo de gran magnitud. De la misma manera en que en el estudio y planeación en materia sísmica intervienen todos los niveles de gobierno, las más altas instituciones académicas, asociaciones civiles y empresas privadas; es necesario que todos nos unamos a esta conversación.
Para apoyar esto, encontrarán una serie de consejos que conforman un plan interno de protección civil.
La aplicación para teléfonos móviles de SkyAlert tuvo un incremento enorme de usuarios a raíz de los temblores que ocurrieron entre abril y mayo del 2014: aproximadamente un millón y medio. Sin embargo, los especialistas se muestran escépticos. ¿Qué es y cómo funciona SkyAlert? ¿Una aplicación puede ser sinónimo de protección civil?[*]
SkyAlert nace como una plataforma de comunicación de mensajería crítica. Esta plataforma se utiliza a nivel mundial para comunicar mensajes durante emergencias. Nosotros la usamos para acercar la alerta sísmica a la sociedad a través de los distintos productos que ofrecemos; la misión de nuestra empresa es salvar vidas gracias a la mejor tecnología disponible. Operamos desde hace dos años y medio y, hasta ahora, seguimos ocupando la fuente de información del CIRES. Tomamos la información de los sismos, la metemos a nuestra plataforma y la entregamos a los diferentes usuarios.
Siempre estamos invirtiendo como empresa, una S.A. de C.V.; es decir, sí tenemos fines de lucro. Es nuestra visión de emprendedores y empresarios la que nos motiva a tener la capacidad de ser innovadores. En nuestra corta vida ya estamos ofreciendo una amplia gama de servicios. Desconozco el alcance del CIRES en los últimos años, pero tengo entendido que en más de veinte años fueron unos cuatrocientos usuarios.
Sin embargo, trabajamos de la mano con el mismo CIRES, el CENAPRED y Protección Civil a nivel federal y local. Compartimos nuestros desarrollos y nuestras próximas metas. Entiendo que se están haciendo regulaciones sobre la calidad de los servicios que se proporcionan en cuanto a las alertas sísmicas. Hemos sido considerados para tomar un punto porque estas alertas se deben realizar con el estándar internacional, no sólo con el mexicano. Estamos muy bien posicionados en esto ya que somos la empresa tecnológica, en cuestión de alerta sísmica, más reconocida del país.
Nuestro sistema ya identifica cuándo tienen señal o no. Eso nos permitió desarrollar la primera alerta sísmica portátil del mundo, SkyAlert USB, o SkyAlert Pro, el dispositivo de oficina portátil. También podemos hacer simulacros masivos. Otra de las ventajas que tenemos es que nuestros dispositivos son esclavos; es decir, ninguno de ellos se puede alertar de forma local. Con eso disminuimos el cien por ciento de las alertas sísmicas falsas.
En el último año hemos hecho inversiones adicionales para traer sistemas de medición y detección de sismos: nuestra red de detección SkyAlert tiene tecnología japonesa y queremos complementar lo que ya existe. Nuestro sistema opera con éxito en Japón e Israel. No estamos experimentando con algo que no sabemos si funciona. Claro que hay complicaciones, como que el celular se quede sin cobertura, y para eso también ofrecemos otros productos. Somos aliados tecnológicos de Microsoft y el desarrollo de SkyAlert está en la nube. Mientras más usuarios tenemos, más crecemos automáticamente. Tenemos el premio al desarrollo social más importante en Latinoamérica y Caribe este año, entregado por Microsoft, y nos nombraron innovadores por el Massachusetts Institute of Technology (MIT).
Contamos con más de un millón y medio de usuarios, lo que nos motiva a dar mejores servicios. Eso nos habla de cómo la sociedad está buscando tecnología para estar prevenidos. Estamos cubriendo esa demanda que la gente buscaba. Este tipo de herramientas pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.
[*] Nota del editor: el lunes 28 de julio, cuatro días después de realizada esta entrevista, SkyAlert tuvo una falla que ocasionó que alertara sobre un sismo fuerte que nunca ocurrió. En un comunicado SkyAlert declaró que “la emisión de la alerta fue generada por la recepción de un mensaje del CIRES, malinterpretado por el sistema […] hemos trabajado en conjunto con personal de CIRES, y se han determinado y ejecutado las acciones necesarias para prevenir este tipo de incidentes”. Las críticas para la empresa fueron mucho más severas.
A partir del terremoto del 85, la ingeniería civil en México despuntó en el ámbito de la investigación y la academia; sin embargo, los resultados no siempre son buenos. Aquí, Gerson Huerta, director de Grupo SAI (dedicados a la supervisión y construcción de todo tipo de estructuras), explica cómo la planeación urbana se dictamina gracias a intereses económicos y no a la estabilidad que ofrece la planeación antisísmica.
Las cosas han cambiado desde el sismo del 85. La ingeniería estructural mexicana tuvo un desarrollo importante y hoy es punta de lanza, en Latinoamérica e incluso en otras partes del mundo. Sin embargo, en el Distrito Federal enfrentamos una doble problemática porque estamos en un mal lugar para cimentar y en una zona de alta sismicidad. No ocurre lo mismo en otras zonas de la República o en otros países, con sismos muy fuertes pero con suelo firme. El resultado es que la ingeniería mexicana está muy avanzada en investigación y en la academia, pero tenemos desventajas en la parte económica. En otros países tienen los recursos para utilizar dispositivos antisísmicos, mejor tecnología; no es así en México: somos capaces de diseñar estructuras que soporten sismos de gran magnitud, pero los recursos destinados a las estructuras son deficientes. Hacemos edificios con muy poco dinero.
Creo que el Distrito Federal debería resistir grandes sismos; los edificios que colapsen, será por otro tipo de condiciones. Además de los edificios existentes desde hace más de treinta años, que no cumplen la actual normatividad, la primera es que el desarrollo urbano no responde a una planeación sísmica, sino a intereses económicos. En la colonia Roma, por ejemplo, se están construyendo edificios que técnicamente no se deberían hacer. Si no lo calculo yo, lo calcula otro, el edificio se hará de todos modos. Al final, se levantan edificios que no deberían hacerse aquí, sino en otras zonas de la ciudad. Obedece a un interés económico de los desarrolladores, en el que está involucrado hasta el gobierno por su condescendencia. Por otro lado existe un problema de arquitectura. La planeación arquitectónica de los edificios, por lo menos en la urbe, responde a las necesidades del automóvil: los estacionamientos condicionan ahora la geometría de un edificio. En donde hace treinta años hubiéramos puesto muros, ahora hay plantas libres porque todo mundo quiere meter coches. Esto ocasiona diseños estructurales bastante audaces —aunque atractivos—, pero si pudiéramos evitarlos tendríamos edificios más seguros. Los arquitectos determinan la forma de los edificios y en ocasiones responden más a cuestiones estéticas o a caprichos personales. A veces llegan diciendo que vieron edificios audaces en Europa o en otras partes del mundo, sin considerar la diferencia de zona sísmica ni cuanto se invirtió en ingeniería antisísmica. Los recursos que se asignan a la ingeniería en un edificio son muy pocos. El desarrollador prefiere invertir más en acabados de lujo que en la estructura misma. Afortunadamente contamos con un reglamento de construcciones, el cual nos protege legalmente si nos apegamos a él. Si se cumple con eso, ya estamos del otro lado. Aun cuando el edificio podría estar mejor.
La ingeniería estructural no es una ciencia exacta. Los números y los cálculos parten siempre de hipótesis (de cómo se comporta el acero o el concreto, por ejemplo). Además hay que contemplar cuantas manos intervienen en los procesos, saber si se le echo más agua al concreto disminuyendo su resistencia, por poner un caso. Nunca vamos a tener todo considerado: las obras son artesanales. Generalmente es un maestro de obra el primero en saber lo que pasa, el primero en encender los focos rojos. Si no se le hace caso, hay negligencia por creer que se sabe todo y que un maestro no tiene nada que enseñarnos. El maestro cuida al residente, el residente cuida al constructor, el constructor cuida al estructurista. Al menos así debería funcionar.
Los edificios que se han construido en los últimos años no deberían tener el mismo destino que los que se cayeron en 1985; las nuevas construcciones tienen mucha más resistencia. El peligro está en todas las construcciones a las que no se les ha hecho nada desde ese sismo, sobre todo los contemporáneos a esa década. Los cambios deberían darse en la reglamentación y en el ordenamiento de la ciudad. Es absurdo que el gobierno no considere a los ingenieros estructurales a la hora de planear el desarrollo de la ciudad. El plan de desarrollo urbano responde a otras necesidades y me parece que es un grave error: hay algo que se llama dinámica estructural que nos dice qué edificios son vulnerables dependiendo del tipo de estructura, número de niveles y del suelo donde se construirán; no sólo es cuestión de poner más varillas o columnas de cierto tamaño, es un fenómeno que se llama resonancia. Es importante que se invierta más en la estructura, que los mismos usuarios tengan más conciencia al respecto. Es cierto que vende más un edificio bonito, con mejores acabados. Pero, si la estructura falla, los acabados se caerán.
Hace falta cultura de la sismicidad en México. Existen reglas sencillas de protección civil que hemos estudiado pero que no se difunden. En vez de eso, abundan los carteles de que hacer en caso de sismo. Dicen “párate debajo del marco de la puerta”. Eso es, muchas veces, absurdo. La cultura de la sismicidad en el Distrito Federal debería ser un tema más serio, para saber que peligros existen en el lugar particular donde vivimos. Por ejemplo, en la UAM han trabajado en mapas de riesgos sísmicos donde se han identificado los edificios vulnerables de la colonia Roma, pero no hay difusión de este trabajo. Sé que habría pánico y que es una parte política-social delicada, pero es mejor a que en el próximo sismo fuerte sea mayor cualquier tragedia.
Hoy contamos con dispositivos que amortiguan los movimientos sísmicos, evitando la resonancia. Durante un sismo, cuando se mueve el suelo, el edificio responde también con movimiento. Es Ley de Newton: la masa se desplaza por la fuerza de inercia. Por el contrario, si el suelo se mueve y no provoca movimientos amplios en el edificio, no se sobreesforzarán las columnas. Eso se logra, por ejemplo, aislando la cimentación, de tal manera que ésta se mueve, pero no la construcción. Otros sistemas amortiguadores tienen control electrónico. Hay mucha investigación y desarrollo en este tema, sobre todo en Japón y Nueva Zelanda, una larga lista de propuestas que se enfocan básicamente a disminuir el movimiento de los edificios. Cuando logremos que el edificio quede estático, se acabara el problema de los daños estructurales.
El sismo del 85 tocó fibras sensibles de la sociedad y significó un cambio muy importante a nivel social, en particular en la ingeniería y la arquitectura. Conozco testimonios de gente que ahora tiene mucho más cuidado con aspectos a los que antes no se les prestaba atención. Entra en juego el dolor: algunos profesores míos, varios años después del sismo, seguían diciendo que lo más triste del mundo es que se cayera un edificio que tú construiste, saber que la gente murió en él. No puedo permitirme eso. Si hoy temblara con la magnitud del 85, la catástrofe sería mucho menor, pero las zonas afectadas serían las mismas de siempre. Quisiera creer que los simulacros nos ayudarán, pero dudo que sea el caso. Estas prácticas no se toman con suficiente seriedad; no se están realizando simulacros que sirvan para cuando suceda el verdadero terremoto, por la ausencia de cultura sísmica. Deberíamos depender más de una conciencia técnica al planear el desarrollo urbano y de una ética para invertir más en la estructura de los edificios.
¿Qué tanto hemos avanzado en cuestiones de protección civil? ¿México está preparado para un sismo de escala similar al de 1985? Carlos Valdés González, Director General del Centro Nacional de Prevención de Desastres, nos habla de lo que pasa antes y después del temblor, la alerta sísmica y las recomendaciones generales para estar más seguros en eventos sísmicos.
Los grandes sismos pueden ser fenómenos que nos obligan a dejar lo que estábamos haciendo. El terremoto de 1985 es el que ha provocado mayor número de víctimas como desastre y mayor costo económico al país, lo que hoy equivaldría a seis mil quinientos millones de dólares. Es por eso que hoy tenemos una visión diferente de los sismos. Podemos anticipar los fenómenos hidrometeorológicos o la actividad volcánica varios días antes de que ocurran, lo que nos permite actuar, enviar gente de protección civil y evacuar a los habitantes. Los sismos son una historia completamente diferente. Cualquier día, en cualquier momento, puede temblar. La prevención puede darse de dos formas: la material, que consiste en revisar la infraestructura con la que contamos, saber bajo que reglamento están, las deficiencias que podría tener el edificio, contratar seguros; y a nivel individual o familiar, incluso en el ambiente laboral: poniendo en funcionamiento el plan interno de protección civil.
El Distrito Federal es un área muy diversa para el comportamiento sísmico, otro aspecto que debe tomarse en cuenta en materia de prevención. El lago de Texcoco fue desapareciendo, aunque hay mínimos remanentes en Xochimilco y cerca del aeropuerto. Este lago sigue inundando y saturando el suelo blando en la zona centro de la ciudad, lo que ocasiona que esas localidades se comporten, básicamente, como gelatina. Si colocamos un recipiente de gelatina en el extremo de una mesa y damos un golpe, podemos ver que la gelatina no sólo da un brinco y se detiene, sino que comienza a moverse. Ese es el comportamiento en la zona centro del Distrito Federal, que conocemos sísmicamente como zona del lago. Por el contrario, en el sur de la ciudad existe un derrame de roca volcánica, por lo que sólo se siente el primer golpe, no el movimiento completo. En la zona blanda, la gente debería estar más preparada.
Otro punto importante es el de las alertas sísmicas. Lo ideal sería que no las necesitáramos; sería deseable que no hubiera alarmas contra incendios porque nadie provoca un incendio, porque revisamos el cableado eléctrico, porque estamos seguros de que las conexiones de gas y todo lo demás funcionan perfectamente. La alerta sísmica es sólo una herramienta. Hay mucha discusión sobre ellas. ¿Cuánto cuestan estas aplicaciones en el teléfono celular? Nada, porque no hay garantía de que transmitan el aviso de manera oportuna. Antes de un sismo no habrá problemas en telecomunicaciones, pero si envió un mensaje a miles de personas, existe la posibilidad de que no llegue a todos cincuenta segundos antes del sismo. Eso puede suceder con las alertas del celular: empiezan a sonar cuando ya pasó todo. Por ello necesitamos saber cómo funcionan, incluso la del Centro de Instrumentación y Registro Sísmico. Estos instrumentos no predicen el sismo, sino que lo registran cuando ya ocurrió. No son sistemas mágicos; están sujetos a su buen funcionamiento, a que la transmisión sea la adecuada, a que no haya robos de estaciones sensoras y de sistemas de comunicación.
Si no estoy preparado y prevenido, cincuenta segundos no alcanzan ni para rezar. En cambio, si atiendo a todas las sugerencias internas de protección civil, pueden sobrarme hasta veinte segundos porque me coloco en el lugar indicado, porque se lo que tengo que hacer. Aunque todas las herramientas son valiosas, no debemos confiar en que por sí solas nos van a salvar la vida si no hemos hecho una serie de ejercicios anteriores. Hay que considerar que un sismo puede provenir de un lugar que no tenga cobertura para nuestra alarma sísmica, por lo que voy a sentir el movimiento, sin que haya habido una alerta.
Cuando revisamos la historia de los sismos importantes, nos damos cuenta que en México han ocurrido más de ciento ochenta sismos mayores de magnitud 6.5 en la escala de Richter en los últimos ciento catorce años. En 2013, por ejemplo, el Servicio Sismológico Nacional registró cerca de cinco mil cien sismos en todo el territorio; un promedio de catorce al día. Se trata de sismos pequeños, pero nos permiten identificar en qué lugares ocurren y cuál es el potencial de sismos mayores. Sin embargo, nadie puede predecir un sismo. Compararnos con otros lugares del mundo no es útil; aquí el sismo importante fue de 8.1, esas son las magnitudes que nos deben preocupar. No tiene tanto sentido pensar en un sismo mayor de nueve; en algunos lugares, un sismo de siete grados es potencialmente dañino. El sismo de Haití, de magnitud 7, provocó cerca de trescientos veinticinco mil muertos y ha impedido que el país termine de reconstruirse. No estamos totalmente preparados, pero al menos los sismos de estas magnitudes no son críticos. Un sismo como el del 85 podría suponer mayor número de daños porque la ciudad ha crecido, y se han habitado muchas otras zonas. Crecen las ciudades, pero el desarrollo no ha sido ordenado.
Debemos insistir en que nadie puede predecir un sismo; la ciencia no ha llegado en ningún lugar del mundo a esa capacidad. Japón tiene la tecnología, el conocimiento y el dinero, pero no les ha ido muy bien desde el sismo de Kobe y después del sismo de 2011 de Tohoku y el tsunami. Si no podemos apostar a la predicción, podemos hacerlo a la prevención. Si las estructuras son seguras, si la gente sabe qué hacer, si existe un plan familiar, las cosas resultarán de forma adecuada ante un sismo. Si sabemos a qué estamos expuestos y cómo atender una situación de riesgo, seremos un mejor país. A Japón le va mejor porque son más ordenados. Les dicen que hacer y no lo discuten. Aquí nos dicen lo mismo y nos quejamos y no lo hacemos. No hay más diferencias, sólo son un poco más ordenados. En el CENAPRED nos encargamos de prevenir desastres, aquellos fenómenos que afectan el quehacer cotidiano, donde la gente no tiene la capacidad para resolverlo internamente. En cuanto llegan todos los que atienden el desastre, intentamos que todo regrese rápidamente a la normalidad. Apostamos a la parte preventiva.
Seguramente vendrán sismos más importantes. Mi sugerencia ante la alerta sísmica es que deberíamos de estar más habituados a lo que hay que hacer y al sonido de la misma. Yo estudié en Estados Unidos, en una zona de tornados, y cada primer miércoles de mes, a las doce del día, hacían funcionar la alerta por un minuto. Recuerdo que estaba uno en el lunch y comenzaba a sonar; esto hacía que tuviéramos siempre presente lo que hay que hacer en caso de tornado. Aquí sólo hacemos un simulacro al año y eso no es suficiente; el sonido de la alerta petrifica a la gente. Cuando suena la alarma todo el mundo se queda estático por varios segundos. Mientras más eficientemente hagamos las cosas que nos han dicho que tenemos que hacer, más fácil será. Lo hemos discutido con médicos. A los doctores les preguntamos qué hacen si están con un paciente, ¿se quedan o salen? Es un tema muy difícil. Mi sugerencia sería que hay que salir porque, viendo las cosas con un poco de frialdad, a mí me sirve mucho más un médico vivo que un médico que intentó salvar sólo a un paciente. También debemos tomar en cuenta los aspectos legales que esto implica, preguntarnos si era posible hacer algo más. Lo mismo sucede con los maestros, cabezas de grupo, ¿deben quedarse con sus alumnos, en vez de abandonarlos en caso de que se sienta un sismo muy fuerte? Podemos prevenir todo esto si llevamos a cabo simulacros; así aprendemos que hacer.
Lo que hay que hacer después de un temblor es salir de los edificios. Es mejor llevar zapatos cómodos, tener a la mano una linterna, actuar de manera eficiente. Existen muchos mitos sobre la protección civil, como el del triángulo de la vida. Éste se practica en Estados Unidos porque ahí los materiales de construcción son más ligeros; por eso, si me pongo al lado de un escritorio, el colapso de esa estructura ligera dejaría un hueco para sobrevivir. En México, las construcciones suelen ser de mampostería (paredes de ladrillo, concreto reforzado o acero). Si se viene abajo un edificio, las probabilidades de que quede un hueco donde resguardarnos serán muy bajas. Hay que cambiar la idea del triángulo por el de la columna de la vida. Buscar las zonas más fuertes; mientras más grande y con más columnas, mejor.
Acerca de las zonas sísmicas, hay algunas en donde la generación de los sismos demora más, por ejemplo en Los Cabos. Hace treinta años en este lugar no había nada; comenzaron a establecerse ahí centros turísticos importantes y, ante un sismo, la gente dice: “Oiga, aquí no nos dijeron que temblaba”. Las personas que habitan Los Cabos vienen del interior de la República, de otros estados, y no saben que ahí hay sismos importantes, de magnitud siete. El Golfo de Baja California es parte de la separación de la gran península, y los sismos son comunes; en Mexicali más todavía: comienza ahí el sistema de fallas de San Andrés y sus habitantes están parados directamente sobre la falla. Mexicali es una de las ciudades en donde las construcciones son más severas, pero también aquí los desarrollos poblacionales crecen en forma explosiva; cuando uno le pregunta a la gente cuántos son originarios de esta ciudad, es difícil encontrar a uno que haya nacido ahí. Todos van llegando de diferentes lugares del país y no tienen idea de qué pasa en un sismo; además, ahí los temblores son más intensos, más violentos, mucho más fuertes que los que sentimos en el Distrito Federal, y todo esto son cosas que necesitamos saber. Debemos informar a la gente, las grandes fábricas deben llevar a cabo simulacros, hay que invertir en capacitación, es todo un proceso que hay que aprender y seguir.
No hay lugar en donde podamos garantizar que no tiembla. Por ejemplo, ahora se ha sentido una serie de sismos entre Linares y Monterrey, y la gente dice que antes no temblaba. Les digo que claro que sí; si vemos este mapa que tenemos en esta pared, la Sierra Madre Oriental sufre un doblez impresionante en este lugar. Esto prueba que en el pasado ahí ocurrieron sismos importantísimos, pero la gente no lo sabe. Los sismos son más frecuentes en la costa del Pacífico que en zonas como Monterrey, o en Delicias, Chihuahua. A la gente que se sorprende con los sismos le digo: “Pregúntenle a los antepasados, pregúntenle a los abuelitos, a los bisabuelos, y les van a decir: ‘Sí, hace mucho sentimos un sismo’”. Incluso en Yucatán se han generado sismos pequeños. ¿Dónde no tiembla? Pues al norte de Canadá, ahí no tiembla pero hace un frío de la fregada. Tampoco tiembla en la parte central de Brasil, pero es una zona inhabitada. Ni en el norte de Rusia, pero ni quien se vaya a meter ahí por el clima. Entonces, si hay zonas donde la sismicidad es muy escasa, pero en términos generales, lo verdaderamente importante es saber qué hacer.
¿Estamos preparados para un sismo como el del 85? Vale la pena que nos lo preguntemos. Protección Civil surgió a raíz de ese fenómeno. Al principio la gente no sabía si éramos un reemplazo de bomberos. Ahora existe la Coordinación Nacional de Protección Civil, y en cada entidad federativa hay una dependencia que se encarga de ello. También tenemos instrumentos financieros que son importantes, como el Fondo Nacional de Desastres Naturales, que actúa ante las emergencias y solventa de inmediato el apoyo, a más tardar en un par de días desde que empieza el desastre. Está por lanzarse —se planea que salga en línea el 19 de septiembre— la carrera de Técnico Básico en Gestión Integral del Riesgo. Se podrá cursar en línea y contempla treinta y tres materias. La idea es que la gente tenga un panorama amplio.
Creo que aún nos queda mucho por caminar. Hemos avanzado desde el gobierno, pero hay que preguntarle a cada una de las personas si lo han hecho también como ciudadanos. Es momento de que la gente sepa qué hacer en caso de sismos, cómo actuar en los simulacros, tener un plan familiar. Quizá después podríamos volver a preguntarnos si avanzamos como personas y responder que sí. Debemos continuar con este esfuerzo porque los fenómenos pueden ser más complicados y diversos. Nuestro grado de vulnerabilidad ha cambiado. Si queremos vivir en las costas, o cerca de un volcán, o en la ciudad, debemos entender que en algún momento nos enfrentaremos al fenómeno y no queremos que se convierta en desastre. Lo único que podemos hacer es entender el fenómeno, aceptar las condiciones de vivir ahí y prevenir.
El CIRES es una asociación civil que opera el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX), que en años recientes alerta sobre sismos a la población de las ciudades de Acapulco, Chilpancingo, Morelia, Oaxaca, Toluca y el Distrito Federal. El ingeniero Juan Manuel Espinosa Aranda, Director General y fundador de este Centro, formado como investigador en la UNAM, explica su funcionamiento, el reto tecnológico y humano que representa su futuro, así como los problemas con las “alarmas sísmicas” y las “apps de alerta sísmica”.
El CIRES fue propuesto por el Dr. Emilio Rosenblueth Deutsch, a través de la Fundación Javier Barros Sierra. Se fundó en junio de 1986 a raíz del terremoto de 1985 en el Distrito Federal, con el objetivo de mitigar daños por sismo al reforzar el trabajo de toma eficaz de datos de los efectos de los temblores en el suelo, desde entonces realiza sus trabajos desde el Instituto de Ingeniería y el Servicio Sismológico Nacional, en la UNAM, con fines de investigación. El número de aparatos que los especialistas en ingeniería sísmica recomendaron se instalaran en un inicio, rebasaba por mucho la capacidad de respuesta del ámbito universitario. Además, se tiene la experiencia de eventuales problemas en el ámbito administrativo de la UNAM, como las huelgas, que ponen en riesgo la continuidad de ciertas tareas: sería desastroso que se perdieran datos por una anomalía administrativa. Por ello, se veía como una ventaja básica que el CIRES fuese una asociación sin fines de lucro, que contara principalmente con el apoyo del gobierno del Distrito Federal, porque es la ciudad más afectada por el riesgo sísmico. Nuestra responsabilidad es buscar que eso se mitigue. En enero de 1986 se publicó Investigación para aprender de los sismos de 1985, un informe técnico en el que se exponen aspectos para investigar diferentes ámbitos en los que el terremoto de 1985 afecto a la ciudad; hemos tenido casi treinta años para prepararnos.
Tenemos a nuestro cargo una red de ochenta instrumentos donados por la Fundación ICA, el Conacyt y el gobierno del Distrito Federal (conocida como la Red Acelerográfica de la Ciudad de México o RACM); esta Red permite obtener el registro de los efectos de los sismos en los diferentes tipos de suelo de la ciudad. Son datos públicos para conocer, estudiar e investigar. El conocimiento obtenido a través del acervo de la RACM ha logrado mejoras sistemáticas en los reglamentos de construcción de la ciudad. Los datos generados por la Red están en función principalmente de sismos fuertes, que son los que preocupan, y sus distancias a la ciudad.
En cuanto a desarrollo de tecnología, fabricamos equipos electrónicos y realizamos los diseños del sistema, aunque se trata de producciones realmente pequeñas. En más de veinte años no ha habido una sola falla provocada por un rayo en las instalaciones a nuestro cargo. Para evitar la corrosión y mejorar la respuesta de los instrumentos, estos operan bajo atmosferas de gas inerte. Proporcionamos desde servicios de operación y conservación hasta diseño y desarrollo de equipos con calidad internacional y refacciones para registro sísmico, incluyendo la renovación de aparatos obsoletos. Formamos recursos humanos de universidades mexicanas, que apoyan las diversas tareas del Centro. Se cuenta además con la asesoría de especialistas en diversas disciplinas y colaboradores con alta disponibilidad y profesionalismo para asegurar que, cuando ocurra un sismo, se tengan los resultados esperados.
La Alerta Sísmica
En 1989, el gobierno del Distrito Federal apoyo el desarrollo y construcción del Sistema de Alerta Sísmica, con el objetivo de proteger a la comunidad escolar y accionar automáticamente algunas medidas de mitigación en caso de que se presentara un sismo fuerte. El sistema comenzó a operar experimentalmente en 1992 en algunas escuelas públicas de formación básica con el apoyo de autoridades de la SEP. La idea original de la alerta funcionó muy bien porque los sismos que llegan a ocurrir en la costa de Guerrero tardan casi sesenta segundos en llegar al Distrito Federal, y los niños eran capaces de realizar acciones de prevención en lapsos menores antes de que el sismo fuera percibido.
La Alerta Sísmica es pionera en el mundo a raíz de que en 1993 se incluyó su difusión pública. Ese año se logró un convenio con la Asociación de Radiodifusores del Valle de México para que retransmitieran la señal de alerta cuando fuera necesario. Desde entonces telecontrolamos muchas de las radiodifusoras del Valle de México y algunas televisoras que han decidido participar. Además de las radiodifusoras, y siguiendo la idea original, la señal llega también a varias escuelas de manera directa. Entre las funciones automáticas que se operan con su aviso, se incluye detener el Metro del Distrito Federal. Es uno de los servicios automáticos que se han logrado involucrar. Empezamos en las escuelas anticipando los efectos de sismos moderados, casi siempre de magnitud mayor a cinco, y llegamos hasta las radiodifusoras con avisos de Alerta Pública si el sismo —según indiquen los parámetros para su pronóstico— se presume como fuerte, posiblemente de magnitud igual o mayor a seis.
El criterio para emitir el aviso de alerta a la población se discutió en grupos multidisciplinarios, cada uno experto en su área. Un sismo de magnitud cinco en la región de Guerrero puede ser percibido por personas que viven en suelo blando del Distrito Federal. Con frecuencia la gente dice: “yo sentí que tembló”, así que se envía un aviso de Alerta Preventiva para estos sismos. Se decidió también que el aviso de Alerta Puública se haría para sismos de magnitud mayor a seis. Debe quedar claro que se trata de un proceso empírico. No teníamos, en ese entonces, ningún referente en el mundo, excepto nosotros mismos.
Contamos con un Sistema Automático Confiable: nadie interviene durante la función final de alertar. Esto se hace automáticamente con software y programas de comunicación muy elaborados que hemos desarrollado en el Centro. Podemos comparar el Sistema de Alerta con un robot y, para asegurar que el robot funciona, tiene que estar haciendo una tarea regular. Si no la hace, nos avisa y revisamos las anomalías. Irónicamente, esto nos convierte en los esclavos del robot, pero con eso logramos un alto porcentaje de éxito.
Ilustración por Claudia Luna.
Desde el punto de vista de la ingeniería, si sabemos dónde se originan los terremotos, podemos colocar sensores en esa región. Como no tenemos la precisión de su localización, instalamos una red densa de sensores que cubren razonablemente las zonas sísmicas probables. Cada sensor utiliza algoritmos de reconocimiento que permiten asignar un rango de magnitud estimado del sismo en el momento en que está empezando a ocurrir para transmitir el aviso de alerta a la población. Actualmente contamos con noventa y seis sensores en servicio. Tal vez con cien sensores adicionales tendríamos la cobertura ideal para la región sísmica del sur de la República Mexicana, que incluya a Chiapas, la zona del Istmo y Veracruz.
Para difundir los avisos de Alerta Sísmica a la población, en 2008 agregamos una herramienta de difusión de avisos de emergencia como la que se utiliza para advertir de peligros naturales en Estados Unidos. La National Oceanic Atmospheric Administration (NOAA) hace la determinación de peligros de diferente tipo, de manera similar a nuestros atlas de riesgo, y transmite avisos a la población que se encuentre en zonas vulnerables. Se trata de radios receptores que, al captar un mensaje de la dependencia a cargo por alguna emergencia, se activan solos, y advierten del peligro. Esa herramienta tiene un grado de desarrollo avanzado y depurado para los fines que fue concebido. Este radio receptor incluye una referencia electrónica para que se tenga conocimiento de en qué lugar del país, ciudad y región está instalado y, dependiendo de los atlas de riesgo, puede alertar sobre diferentes tipos de calamidades. Es una herramienta muy evolucionada, pero que sorpresivamente no servía para avisar de terremotos. Nos dimos a la tarea de revisarla, estudiarla y comprender sus códigos y formatos. Perfeccionamos el radio receptor y lo registramos como Sistema de Alerta de Riesgos Mexicano (SARMEX), y sus mejoras tecnológicas han sido reconocidas internacionalmente, al punto que será propuesto para su utilización en California, Estados Unidos, donde no han liberado alguna alerta sísmica. La forma de alertar sismos a la gente en California sería una copia de lo que hacemos en el Valle de México, lo cual nos parece meritorio.
En México estamos a la vanguardia del desarrollo tecnológico. Se realizó una inversión de cincuenta mil de estos equipos comprados por el Gobierno del Distrito Federal, y otros cuarenta mil adquiridos por la Secretaria de Gobernación, que se entregan a entidades como Guerrero y Oaxaca. Es una herramienta muy elaborada, poderosa y bastante confiable. Además, tiene la ventaja de avisar sobre otros peligros, lo que la convierte en una herramienta ideal como medio de comunicación para protección civil, salud, medio ambiente, etc. Para el caso de sismos, el SASMEX tiene pregrabado el sonido oficial de la Alerta Sísmica. En el mercado sólo hay un distribuidor del radio receptor SASMEX. Se está promoviendo que otras marcas ofrezcan este mismo desarrollo, de manera que pueda ser más económico, ya que ahora es relativamente caro.
Existen otras alertas comerciales, pero no están avaladas por el CIRES. Por ejemplo, SkyAlert presenta varios productos pero sólo uno de ellos ha sido valorado positivamente: SkyAlert USB. Otras compañías ofrecen detectores de movimiento tipo péndulo, que han sido muy cuestionados por su desempeño y servicio. Para regular estas iniciativas comerciales, se prepara a nivel gubernamental una norma sobre este tipo de alertas: que especifique, por ejemplo, la manera de redistribuir la información, de manera que su atraso o su participación no afecte el fin del sistema en cuanto a la rapidez con que se emite la alerta. SkyAlert sólo tiene permiso para retransmitir el aviso de alerta que nosotros generamos en un servicio por medio de radio comunicación tipo bíper. Este no es el caso para el producto SkyAlertApp, cuya aplicación para telefonía celular depende del internet móvil, que no es un buen método dado que su efectividad depende de la demanda, hora del día y del tráfico que pueda haber en la red: si se intenta enviar un mensaje de alerta, este mecanismo de transmisión no da prioridades, porque los teléfonos no están diseñados para esta modalidad. Adicionalmente, SkyAlert ha anunciado que está invirtiendo en sensores, acelerómetros, pero que no tienen la resolución adecuada para medir temblores. A veces los temblores son tan pequeños que hacen falta herramientas de otro tipo para poderlos observar y medir. SkyAlert asume que generar un aviso de Alerta Sísmica es más sencillo de lo que parece, y lo que van a lograr es un servicio que no está certificado ni contrastado con ámbitos serios de la comunidad científica. Es importante que todos los que se sumen a este esfuerzo tengan un mínimo de tecnología y de conocimiento del fenómeno sísmico.[*]
Hay, sin embargo, otra modalidad en los teléfonos celulares. Para comprenderlo, digamos que se trata de un número telefónico comodín que todos los teléfonos celulares reconocen. Cualquiera de los que estemos vinculados a una célula que dirige un mensaje al número comodín recibiremos esa llamada como si fuera un bíper y simultáneamente nos enteramos. Sin embargo, esa función tiene que estar habilitada por el concesionario. El gobierno puede tener la facultad de solicitar al concesionario que le proporcione ese servicio. O el concesionario, en reconocimiento a sus clientes, podría ofrecerlo en las células donde fuese necesario. Esta sería una herramienta que conviene que se integre.
Ahora que el servicio del SASMEX ha probado su utilidad, lo que sigue es incorporar mayor número de herramientas de difusión: a través de radiodifusoras, televisoras, radios especiales, medios de comunicación y dispositivos que surjan, siempre y cuando consideren las restricciones y características para aprovechar el mayor tiempo de oportunidad de la Alerta Sísmica. La tecnología móvil, como lo hemos mencionado, puede servir no sólo para alerta sísmica, sino para advertir de otras amenazas una vez que exista cobertura para la comunicación de datos.
Vamos en la dirección correcta, pero no sé si vamos suficientemente rápido. Es mucho lo que hay que corregir y perfeccionar. Con facilidad nos distraemos porque hay otras prioridades en el día a día y, como se menciona en la sabiduría popular china, “un gran terremoto regresa cuando el anterior ya se nos olvido”. Cuando ocurre un sismo es común que la gente se pregunte cómo obtener un dispositivo o algo que los alerte. Hoy en día contamos con tecnología mejorada y normas de construcción orientadas para reducir daños ante sismos, pero hay que garantizar su continuidad y promover la práctica de simulacros; el éxito de la Alerta Sísmica dependerá en gran medida de conocer que acciones realizar cuando suene la alerta. Este es un tema que escapa a la tecnología y a la ciencia sobre sismos; es un tema de educación, comunicación, sociología, política y cultura de protección civil en torno al contexto de riesgo y sistemas de alerta temprana. Hay escuelas donde algunos profesores no promueven la práctica de simulacros, acciones fundamentales para la cultura de la prevención. A los terremotos no hay que temerles: hay que informarse y tomar medidas de prevención.
[*] Nota del editor: en julio de 2014 el Instituto Federal de Telecomunicaciones emitió un comunicado donde pide calma y prudencia en el uso de aplicaciones para alerta sísmica.
El Servicio Sismológico Nacional fue creado a comienzos del siglo XX y actualmente depende del Instituto de Geofísica de la UNAM, en donde trabaja los trescientos sesenta y cinco días del año. Xyoli Pérez Campos, doctora en Geofísica por la Universidad de Stanford y jefa del SSN, aclara cuáles son sus tareas y disipa algunas dudas y mitos sobre los sismos.
El Servicio Sismológico Nacional es el organismo que se encarga de emitir la información de localización y magnitud de todos los sismos ocurridos en el país, de manera oportuna y con cálculos robustos. De manera oportuna significa: a los cinco minutos de ocurrido un sismo de magnitud mayor a cuatro. Para cualquier sismo menor no necesariamente se genera su información a los cinco minutos, tarda más tiempo.
Esto es con fines informativos pero también de toma de decisiones. Que las autoridades conozcan la localización correcta y la magnitud del sismo les permite detonar protocolos y saber a dónde dirigir los esfuerzos de ayuda y de rescate. La diferencia con el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico, los encargados de la alerta, es que ellos sólo detectan que ha habido un sismo, y que es grande, pero no precisan su localización ni su magnitud. Son dos sistemas muy diferentes. El Servicio Sismológico Nacional tiene estaciones en toda la República —sólo hay tres estados sin estaciones: Tabasco, Tlaxcala y Coahuila—, de tal forma que podemos detectar sismos de magnitudes mayores a 3.8 en cualquier parte del territorio nacional. Esto es una gran diferencia con respecto a la alerta, que solamente está enfocada en sismos de magnitudes intermedias que ocurren en los estados ubicados en las costas del Pacífico.
El Servicio se creó en 1910 y, por decreto presidencial, en 1929 se le encargo a la UNAM. Operamos veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año. Esto es un poco complicado precisamente porque, por un lado, todos los técnicos están contratados bajo los parámetros de la UNAM, en un horario universitario con vacaciones, pero tenemos un esquema de personal de guardia que garantiza la operación continua. No descansamos.
Para mí un día normal en el Sismológico es complicado porque hay muchísimas reuniones de diferentes tipos. Desde cuestiones administrativas, con CENAPRED y Gobernación, hasta reuniones logísticas y de operación con el personal del servicio. Y eso también se combina con mis clases y con el manejo de proyectos de investigación. Es bastante activo.
Actualmente trabajo dos líneas de investigación: estructura sísmica y fuente sísmica. En fuente estamos estudiando el sismo del 18 de abril, viendo cómo liberó la energía, que patrón tuvo, como se deslizó. Todos esos detalles. En lo relativo a estructura, tengo un proyecto muy interesante sobre la placa de Cocos, que tiene una geometría muy particular. Actualmente hay una zona en Oaxaca, Puebla y Veracruz, en la que su geometría no está muy bien definida: ¿cuál es su geometría y por qué ha cambiado? En eso me estoy enfocando ahora.
Este asunto de la geometría de la placa tiene implicaciones muy interesantes, desde qué tipo de sismos se van a tener, porque en unas zonas hay menos sismos que en otras, cómo se relacionan con el vulcanismo. Todo ese tipo de cosas son investigaciones de punta en el mundo.
Sin embargo, existen muchísimas preguntas abiertas que no parece que vayan a tener solución a corto plazo, como la predicción. Hay que plantearse preguntas más simples e irlas resolviendo en periodos de tres, cinco, diez años. Se buscan preguntas que van a dar una respuesta, quizás algo que pueda aplicarse a corto plazo. El problema de la sismología (que es muy diferente a la ingeniería sísmica) es que es demasiado básica. Se trata de entender al sismo en su origen, en su trayecto y en su registro, pero no se va más allá de la superficie. No tiene que ver con los edificios y las estructuras, pero lo que nosotros resolvamos desde la fuente o el trayecto lo van a poder usar los ingenieros para aplicarlo.
Hay demasiadas ramas en la sismología y muchísimos temas de interés, por fortuna. Cada quien va cubriendo una parte. Entonces, una pregunta fundamental puede ser la base para la siguiente, y así se puede llegar a la aplicación en algo que le sirva realmente a la sociedad en términos de su bienestar.
En ese sentido, el del fracking es un tema delicado y no resuelto. No es que el proceso mismo genere una falla, sino que la falla ya existe; entonces el sismo que iba a ocurrir en algunos años, ocurre hoy. No es que la falla por sí sola genere los sismos. Lo mismo ocurre con la extracción o inyección de cualquier fluido; por hundimiento diferencial en las ciudades también se pueden llegar a provocar sismos que van a llegar antes de lo que naturalmente estaban programados.
Para que se libere la energía de un sismo de magnitud siete, parecido al que ocurrió hace algunos días, necesitas treinta y dos sismos de seis. Lo cual no ocurre, siempre hay un déficit de energía liberada. La placa se va a seguir moviendo y acumulará más energía hasta que sea suficiente como para generar otro sismo de esa magnitud u otros más leves. Entonces 1) que haya un sismo grande no quiere decir que no vendrá otro grande después; 2) si hay sismos pequeños no quiere decir que se esté liberando energía suficiente para que no venga uno grande después. Y que ocurran muchos tampoco significa que debemos esperar uno grande. Ese es uno de los problemas de la predicción: no hay un patrón que permita saber qué va a pasar. Sin embargo, hay zonas más propensas a los sismos, como toda la costa del Pacífico o el Golfo de California, incluida la frontera subiendo por Mexicali y hacia Tijuana. También en el centro del país. Por ejemplo, en 1912 hubo un sismo de magnitud 6.9 en Acambay, Estado de México. Xalapa también tuvo uno de gran magnitud, en 1920. Son zonas con un alto potencial sísmico. No existe una amenaza fuerte de sismos muy grandes en el Distrito Federal; sin embargo, su riesgo sísmico es muy alto pues es una zona muy vulnerable debido a las características de su suelo.
Existe mucha desinformación, estamos llenos de mitos y rumores. Una de mis preocupaciones es justamente tratar de difundir información y que se conozca el fenómeno porque, al hacerlo, es menor el pánico y mejor la respuesta.
En la página web del Servicio Sismológico Nacional hay información básica (por ejemplo, tiene un apartado de sismología para niños, y otro con información sismológica general). En septiembre del año pasado salió un libro muy bueno: Lossismos: una amenaza cotidiana, escrito por el Dr. Víctor Manuel Cruz Atienza, que es un investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM. Es adecuado para el público en general y, al mismo tiempo, preciso en lo técnico.