Tierra Adentro
Fotografía por Pixabay.

La semana pasada, dos contactos a través de sus redes sociales preguntaron a los demás sobre cómo les recomendaban organizar sus respectivas bibliotecas. Desde luego, por más recomendaciones que les hayan hecho, en mi opinión, una biblioteca debe ajustarse a las necesidades de cada persona, es decir, debe ser una biblioteca personal. Para empezar porque la organización en la biblioteca de un escritor es una imposibilidad: dado que los libros son nuestro instrumento de trabajo están en continuo movimiento y su desorganización es parte intrínseca de ella: cuando uno cree haber puesto orden tiene que sacar libros para estudiar cierto tema o releer por gusto a cierto autor y entonces la tan esmerada organización quedó aniquilada en un santiamén.

Hay un librito muy curioso llamado Bibliotecas llenas de fantasmas (Anagrama, 2010), en el que su autor, Jacques Bonnet, cuenta todas las peripecias por las que tenemos que pasar los bibliófilos: en una cena con un autor italiano, narra Bonnet que rápidamente se hicieron amigos por su afinidad a los libros y por lo tanto “ambos poseíamos una biblioteca monstruosa de varias decenas de miles de obras. Y no una de esas bibliotecas de bibliófilo con libros tan valiosos que el propietario no los abre nunca por temor a estropearlos, sino una biblioteca de trabajo cuyos ejemplares no dudábamos en anotar, en leer en la bañera y en la que conservábamos todo lo que habíamos leído –incluidos libros de bolsillo y múltiples ediciones de una misma obra– o todo lo que teníamos la intención de leer más adelante”. Bonnet dice que incluso tenía libros en la cocina y en el baño y que uno de sus mayores temores es morir aplastado por una torre de libros que se venga abajo mientras él duerme. Y más adelante hace una pregunta muy pertinente: “¿Las bibliotecas deben ordenarse alfabéticamente, por género, por idioma, cronológicamente o, por qué no, como Warburg, siguiendo una invisible red de afinidades desconocida para todos salvo para el interesado?”.

Una vez tuve la oportunidad de visitar la biblioteca de José Luis Martínez en su casa de la colonia Anzures, que en su caso toda la casa era una biblioteca. Estaba tan bien organizada que me dio la impresión de que nunca la usaba, como si nada más los hubiera ido acumulando (una de esas “bibliotecas de bibliófilo”, que dice Bonnet). Los libreros llegaban hasta el techo y en una parte alcancé a ver la colección de La Pléiade, en otro cuarto se encontraban todos los libros de arte y cerca de su escritorio estaban los suplementos culturales del fin de semana pasado. Ahora su biblioteca se alberga en La Ciudadela, pero para que fuera trasladada allí, antes de morir, José Luis Martínez puso como condición que se organizara tal cual él la tenía dispuesta en su casa, de manera que se tuvieron que acondicionar dos celdas del viejo edificio para que se cumpliera con su instrucción. Elena Poniatowska, por poner otro ejemplo, tuvo que quitar la cochera de su casa poder ampliar su biblioteca. Y la de Carlos Monsiváis estaba toda miada por sus numerosos gatos.

En mi caso, mi biblioteca primero estuvo dispersa en tres lugares, ahora por fortuna la tengo en mi pequeño departamento y al alcance de la mano. Está organizada de la siguiente manera: en un pequeño librero, muy cercano a mi cama, están todos los libros de mis autores predilectos sin importar la lengua, el género literario o la edición (sobre este último punto creo que una biblioteca es rara justamente por su diversidad de ediciones, aunque sea el mismo libro o el mismo autor, la portada, la editorial, la tipografía o incluso si tiene añadido o suprimido un prólogo eso la hace todavía más particular). En mi escritorio están todos los libros de consulta: diccionarios, sobre todo. En el buró, justo al lado de mi cama, todos los libros pendientes por leer y que en cuanto eso suceda pasarán a sus respectivas áreas. En las repisas de un librero está toda la literatura gay, en otra una buena cantidad de literatura cubana y un poco de literatura alemana. En otro lado está la poesía en general. En un librero más está todo el ensayo y en uno más la narrativa con un poco de teatro. Finalmente, hay un espacio para los libros de arte y catálogos. Esa organización me permite ubicarlos fácilmente en cuanto necesito alguno.

Sin embargo, durante mucho tiempo mi biblioteca en realidad fue hemeroteca pues colecciono una infinidad de revistas y periódicos (en particular los suplementos culturales), que tienen también sus respectivas áreas en lo que algún día será la sala. Alguna vez, en una de sus clases en la Facultad, Huberto Batis nos recomendó con su característico ímpetu que no coleccionáramos revistas y periódicos porque a la larga se vuelven una lata, ¡cuánta razón tenía y lo desoí pues cada mes sigo comprando revistas y cada fin de semana los periódicos! Por otra parte, una de las cosas que más pregunta la gente cuando me visita es: “¿Y ya los leíste todos?” A fuerza de escuchar esa pregunta tantas veces, tengo preparada la respuesta más obvia: “No, claro que no”. Entonces, ante su desconcierto, tengo que explicar lo que al parecer la gente no entiende: que hay distintos tipos de libros, hay libros de consulta, libros decorativos (en la mesa de centro hay un librito sobre el sky line de Nueva York, que habré visto un par de veces y luego sólo he mostrado a algunos visitantes) y, sobre todo, no tengo el tiempo suficiente para leer todo lo que quisiera (a veces tengo que ponerme a escribir o a editar y eso me quita mucho tiempo para leer).

Ahora no recuerdo quién o en dónde se cuenta que don Artemio de Valle Arizpe tenía una curiosa inscripción a la entrada de su biblioteca: “Esta biblioteca se hizo con libros prestados. No presto libros”.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.

Parafraseando a James Joyce, para Ingrid Solana dios es un esténcil pintado en la calle. Este volumen, compuesto de veinticinco ensayos, nos propone una lectura fresca y audaz de nuestro entorno, a la vez que propone una manera distinta de leer, de pensar, de escribir, de recordar y quizás hasta de amar. Quien se atreva a entrar a Barrio Verbo encontrará al mismo tiempo un manual de técnicas para la intervención de nuestra cultura y un paseo por las calles donde coinciden las obsesiones Fanz Kafka, Ludwing Wittgenstein y David Lynch. A partir de un listado de verbos en infinitivo y sus nuevas acepciones, la autora propone un juego para el lector valiente que se atreva a conjugarlos.

 

Un adelanto:

 

Leer:

 

Devorar los libros como si fuéramos polillas.

Hundirse en la privacidad morbosa del pervertido que espía: el pervertido que lee.

Apropiarse y desapropiarse a un tiempo de toda la materia del libro: destruir las ideas, reconstruirlas, armar el puzzle y deshacerlo de nuevo.

Surcar el texto amorosamente.

Jugar.

 

Elogio del subrayado

 

Tener hambre de libros era mi alegría y mi tormento.
Libros, casi no tenía. No hay dinero, no hay libro.
Roí en un año la biblioteca municipal.
Yo mordisqueaba, y al mismo tiempo devoraba.
Hélène Cixous

Al mirar esa polilla muerta,
me llenó de asombro este diminuto triunfo marginal
de una fuerza tan grande en contra de un antagonista así de menor.
Tal y como la existencia había sido extraña unos minutos antes,
extraña era en este momento la muerte.
La polilla, habiéndose enderezado,
yacía ahora en un sosiego de lo más decente y resignado.
Ah sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.
Virginia Woolf

 

Subrayar es escribir un libro. Los libros subrayados funcionan como un cuaderno de notas porque están hechos de papel y reclaman la tinta del lector. Los subrayados varían en cada libro y en cada lectura. No es lo mismo el subrayado de Seda de Alessandro Baricco que el de Corrección de Thomas Bernhard. El primero es un subrayado tenue, en el que el lápiz se desliza afablemente entre las líneas. El segundo es rabioso, punzante, incisivo. De ahí que cada subrayado sea el andamiaje de lectura de determinado intérprete. Por consiguiente, cada lector escribe el texto todas las veces que lee y subraya para dotarlo de sentido cuando penetra en sus cimientos.

Hay coleccionistas de libros que los adquieren en múltiples ediciones y que encuentran en ellos un fetiche que es necesario conservar, cuidar y proteger. Hay otros, en cambio, cuya biblioteca se encuentra engrosada por libros subrayados en plena ebullición. Es posible que los bibliómanos
conciban el subrayado como algo horrendo, sobre todo los de las primeras ediciones, aunque no hay nada más gratificante que emprender el subrayado de una primera edición y aventurarnos en un viaje triunfal sobre esas aguas vírgenes. Un bibliófilo seguramente se apropiará gustoso de su biblioteca, a la cual, lejos de reverenciar, tachará y marcará hasta el cansancio para hacerla verdaderamente suya.
Numerosas bibliotecas personales acuñan con especial esmero muchas ediciones de un solo libro y utilizan métodos “humanos” para su conservación. Se los limpia, se los impregna de diversos líquidos y son vacunados contra su enemigo potencial: las polillas. Nadie consagrado al mundo de las letras habla con afecto de esos animalillos invisibles que pueblan las oscuridades sagradas de la madera y de los libros. Quizá uno de los pocos en detenerse en estos bichos insignificantes es W.G. Sebald, que en Austerlitz habla con fascinación de su inocencia e incluso les atribuye una imaginaria vida interior. David Lynch, a su vez, declaró haber experimentado una especie de epifanía cuando una polilla se estrelló contra una de sus pinturas y permaneció inmóvil después de haber dejado una carretera dorada sobre el lienzo. Animales del azar, de lo inesperado. Las polillas son rechazadas por los coleccionistas que no admiten la ruindad de la materia, y amadas por los raros, aquellos que se abandonan a los designios de la suerte y están dispuestos a la extinción.
El coleccionista de libros —sea un ávido lector o no—  teme y odia a estos roedores de páginas y lucha contra ellas. Habría que pensar si los surcos que las polillas emprende en el interior de los libros son una especie de subrayado. El subrayado con lápiz es un recorrido y el de las polillas bien podría serlo. En general, las odiamos porque nos impiden la lectura íntegra de un libro; al comerse su interior, se tragan parte del contenido que pretendemos leer. Debe existir, no obstante, un encono peculiar por arruinar la materia del texto, porque a las polillas les gustan, sobre todo, las ediciones empastadas, antiguas y de alto valor monetario: esos textos únicos que ya no se editan y que el coleccionista ha conseguido con mucho esfuerzo en el mercado negro de los libros o ha comprado a otros países por Internet, pagando altos costos de envío. Alguien que valora los libros conoce las delicias que proporciona el poder comparar las distintas ediciones del mismo, por ello, es una desgracia que las polillas acaben con esos placeres.

Han existido, desde luego, numerosas bibliotecas carcomidas por esas alimañas de lo oscuro y más allá de la ira que esto suscita en el lector asiduo y en el fetichista, las polillas emprenden su más delicioso festín en esas bibliotecas heredadas que permanecen en silencio porque ninguna generación más se ocupa de su legado; menos mal que lo hacen, porque así la página nunca está vacía, sino colmada por la saciedad de las hambrientas.

Es así que las propias polillas, cuando nadie lee los libros, se encargan de subrayarlos. Emprenden caminos laberínticos que horadan, abren y surcan las letras agolpadas contra su mismidad. Autopista que nos hace pensar en el desorden y sus vueltas de tuerca. Nada más hermoso que esas grietas infinitas que atraviesan todo el cuerpo de un libro y que sugieren vórtices y recorridos, allí donde ellas han clavado sus fauces. El libro electrónico impide a las polillas realizar su tarea y el lector se siente confiado porque no somete al libro a numerosos peligros.

El lector de libros electrónicos, sin embargo, nunca será un coleccionista, ni de libros ni de libros subrayados. Leer un libro electrónico implica que realmente se quiere indagar en el contenido de un texto. Hasta el momento, ningún aficionado a la lectura prefiere leer libros electrónicos; lo hace por necesidad. El amante de los libros, en cambio, hará lo posible por poseerlos y colocarlos en su espacio de trabajo para mirarlos en su sereno y calmado reposo en la habitación.
Tomar un libro entre las manos es dejarse seducir y subrayarlo, seducir al texto. Nada más intenso que apropiarse de los libros; nada más feroz que hacerlo a través del subrayado: amorosa destrucción convertida en acto, porque la lectura, lejos de ser pasiva, es un campo dinámico, múltiple y creativo.
El subrayado hace a los libros, pues consigna todos aquellos rasgos que fueron significativos y contribuyeron a generar el sentido en el texto. De ahí también que las notas al margen sean herramientas fundamentales que delatan la singular visión de ese momento del intérprete que anota sus propias ideas dialogando con lo leído. Todo lector asiduo intuye que cada lectura, aunque se lea el mismo libro dos o tres veces, es particular y obedece a sus propias leyes. Se aconseja leer lo mismo varias ocasiones porque esto nos proporcionará la frescura de una nueva mirada: qué riqueza la de lo literario que cada vez es transformado por nuevas invenciones y muchos más descubrimientos. El subrayado, así, configura la intimidad entablada con un libro. Si el libro no nos gusta tanto, es posible que los subrayados sean esporádicos o nulos. Pero si sucede a la inversa, nos sorprenderá descubrir que cuando leímos la primera vez, subrayamos pasajes cuya señalización, en un segundo momento, nos resulta extraña y ajena.

Los variados y diversos acercamientos que emprendemos de un texto producirán múltiples subrayados que  formarán una masa compacta en la comprensión de ese libro. Masa que enriquece y otorga a los textos el sentido infinito y vasto que nunca se agota. Los subrayados se complementan, a su vez, con todas esas notas que el lector deja adentro del libro y que marcan nuestros paseos por él. En efecto, al leer se escribe, y subrayar implica esa cercanía íntima, sensual y amorosa que se hace con un libro, de ahí que la experiencia de lectura sea tan única, que aun con todo lo que se ha dicho de ella, siga pareciéndonos tan extraordinaria. Ya no diré, por consiguiente, que un libro es un mundo, sino que un lector lo es y más aun, que sus diversos subrayados son la verdadera acción por la cual se participa en un libro y se escribe un libro. Si nadie subraya un libro, dejemos entonces que las polillas, sumergidas en su eterna oscuridad, se aventuren en esos interiores para dejar allí, al menos, sus sinuosas huellas, porque los libros son para devorarse.

 

Barrio Verbo

Compra en línea


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Oaxaca, 1980) estudió la licenciatura y la maestría en Letras en la UNAM. Ha escrito los libros de poesía De tiranos, Contramundos y El juego del mundo, y los de ensayo La gacela y el abismo y Barrio Verbo, publicado por el FETA.
Ilustración por Paulina Mendoza.

Eusebio dejó de contar, había llegado a su destino. Desde hacía veinte años, la mitad de su vida, sólo en una cosa era constante: contar cada pasó que daba. Si se dirigía de la cama al baño, tenía que contar hasta el veintidós; del comedor a la entrada de su casa, hasta el treinta. Ahora se encontraba ahí, en la puerta del restaurante, que estaba a ciento ocho pasos de la estación del metro, esperando el momento en que su hermano llegara. Viviendo en una ciudad con varios millones de habitantes, con una relación que se limitaba a mensajes de texto y encuentros en las fiestas familiares, Eusebio anticipó la comida con su hermano como un acontecimiento.

—Te quiero presentar a alguien —le había dicho.

Eusebio pidió una cerveza y sacó la Moleskine, tomó un par de apuntes que le fue imposible anotar en el metro y pensó que escribiría llegando a casa, porque la novela no iba hacia ninguna parte, se estaba convirtiendo en un desperdicio de caracteres. ¿Qué hacer con la protagonista? Ojalá tuviera a alguien de confianza para pedirle su opinión, pero siempre se decía a sí mismo que confiar en el criterio de otro escritor era un suicidio. Golpeaba acompasadamente el lapicero contra la mesa: doce, trece, catorce; alguien tocó su hombro.

—Esta era la sorpresa —le dijo Hernán—. Te presento a mi novia.

Lo saludó de beso una mujer de unos veinticinco años, morena, delgada, a simple vista sin chiste, que en ningún momento le soltó la mano a Hernán.

—Mucho gusto, soy Flor Reyna.

Eusebio cambió de gesto rápidamente. No juegues, dijo. Hernán estaba desconcertado, no sabía de qué se trataba todo; Flor vio a ambos hermanos, guardó silencio.

—Ya, en serio, dime tu nombre —pidió Eusebio. Tras escuchar Flor Reyna otra vez, dijo que no se podía llamar así.

—Así se llama la protagonista de mi novela. Pase días, semanas tratando de inventarle el nombre.

Flor sonrió. Eusebio no dijo nada, y los tres se sentaron. Hernán platicó como se habían conocido: ambos trabajaban en la misma oficina de Correos de México, comenzaron a salir, y un par de semanas después se hicieron novios. Eusebio contó cuarenta pasos desde la mesa en la terraza hasta el baño. El regreso fue más rápido, treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro. No ponía atención a lo que decía Hernán. Pensaba en su novela, en la otra Flor Reyna. Era la protagonista de su primera novela negra, una mujer muy sensual, nada parecida a la casi adolescente que tenía delante; no se imaginaba a la novia de su hermano metiendo las manos en la tierra para esconder los dedos amputados de sus víctimas, abono para las flores que cultivaba con esmero.

—¿Verdad, Eusebio? Cuéntale a Flor de qué se trata tu primera novela.

Eusebio pidió otra cerveza al mesero que llevó la Coca-Cola de Hernán. No le gustaba hablar de lo que escribía; le estaba costando un esfuerzo terrible dar forma a la novela por la que, después de tantos intentos, lo becaron. Sólo dijo que era una novela negra, y que no se preocuparan; cambiaría el nombre de la protagonista.

—Sería maravilloso que lo dejaras como está —dijo Flor. Su voz sonaba ronca—. Con el mismo nombre.

Para no hacer más incómodo el momento, Eusebio se portó cortés, comentó que esa noche llamaría a sus papás a Pachuca y podría darles cualquier recado de parte de Hernán, que la tarde estaba nublada y debía irse porque en menos de una hora doblaría turno en la redacción del periódico. Todo era mentira, se despidió de ambos y avanzo setenta y cinco pasos hasta la esquina, donde tomo el primer camión que pasó y se bajó en la última parada, desorientado por completo al tratar de llegar a su departamento.

Aquella noche tachoneo los apuntes recién hechos en la Moleskine y sólo agregó una cosa a su novela. Flor Reyna tenía la voz ronca.

Pasaron dos semanas antes de que volviera a saber de ella. Eusebio descendió catorce escalones, avanzó dos pasos, otros catorce y salió a la calle. Flor Reyna salía del edificio de departamentos que estaba frente al periódico y se subió a una camioneta blanca, muy vieja, de esas que circulan sólo de milagro. Gritarle hubiera sido inútil. Al llegar a su departamento trato de escribir, avanzar un poco más en la novela para entregar en una semana los avances a su tutor, pero no consiguió escribir ni una línea. Pensó en Flor Reyna y la camioneta blanca. Solo había oído un par de frases salir de su boca, pero a la protagonista ya le atribuía el mismo timbre, y sustituyó los pechos generosos de la florista por el cuerpo ligero de su cuñada. Esa fue la primera vez que pensó en su desnudez. No quería imaginar que su hermano, un hombre recién divorciado a sus treinta y nueve años, le hacía el amor a aquella mujer con nombre inigualable.

Una semana después de enviar el avance a su tutor, Eusebio compró flores. Le había preguntado al dependiente, un señor con olor a rancio, a cuales les funcionaba mejor el abono casero, cuales sobrevivían en diferentes climas, cuales conservaban el olor más tiempo, que opinaba de las flores silvestres. Por compromiso compró un ramo de lo único para lo que le alcanzaba, unas margaritas. Las olió, llenó una jarra de agua y las puso sobre la mesa del comedor, a nueve pasos de la ventana.

Como guiado por una falsa voluntad, llamó a Hernán. En menos de tres minutos acordaron ir a cenar para compensar el almuerzo frustrado de la vez anterior. Flor Reyna también los acompañaría. Eusebio contó doscientos once pasos dando vueltas dentro de su departamento antes de bajar los cincuenta y seis escalones de dos en dos para llegar a la banqueta, donde lo recogió Hernán en su coche. Flor los vería en el bar. Tuvo los treinta minutos del trayecto para hablar con su hermano sobre trivialidades familiares, el divorcio, su nueva relación. Cuando llegaron, ella ya estaba ahí. Eusebio no quiso saber con qué frecuencia se acostaban o que costumbres tenía la frágil Flor Reyna en la cama, detalles que Hernán tampoco hubiera estado dispuesto a revelar.

Eusebio sintió en el cabello marrón de Flor el mismo olor de las margaritas, y estaba seguro de que su hermano gozaba la textura de los pétalos en la piel de su novia, a lo largo de las piernas, la espalda, el contorno de los muslos. Otra vez evadió el diálogo; asentía de vez en cuando o cambiaba drásticamente el tema, porque pensaba más en lo que dirían sus personajes, su Flor Reyna de ficción, que en quienes estaban sentados frente a él. Por petición de Hernán accedió a enseñarle el manuscrito a su cuñada.

Lo que pudo avanzar Eusebio aquella noche, al regresar a casa, era más de lo que había hecho en las últimas semanas. Antes de dormirse leyó un escueto mail de su tutor: Felicidades, pensé que no lo lograrías; las correcciones te las adjunto.

Al cerrar la laptop sintió unos deseos enormes por Flor Reyna, la novia de su hermano; contó setenta pasos en el departamento, llenó sus pulmones con el olor de las margaritas, se metió un pétalo a la boca y creyó que esa era la textura que cubría por completo a Flor Reyna. En las veinte zancadas que dio para ir de la mesa del comedor a su cama prefirió pensar en el vínculo fraternal que en el deseo.

Dos días después de la cena, salió temprano del periódico cargando una carpeta llena de hojas recién impresas. Ciento dieciocho pasos hasta la estación del metro, noventa dentro del subterráneo y luego los pisotones en el vagón para llegar a la estación más cercana a Correos de México, y apresurarse hasta la oficina, ya no contando los pasos sino las personas esquivadas. A las tres y cuarto Flor Reyna ya no estaba en la ventanilla, acababa de irse. Tampoco Hernán seguía en la oficina. Eusebio le rogó a la nueva dependienta que le diera el número de celular de Flor, dijo que era su cuñado y se trataba de una emergencia. Identificó el desdén de todas las secretarias maleducadas, pero consiguió los diez dígitos que necesitaba. Luego de tres bips, escuchó su voz ronca.

Flor Reyna le dijo que lo vería a las siete de la tarde en su departamento, pasaría rápido por el manuscrito antes de regresar a su casa, al norte de la ciudad. Eusebio contó casi cien pasos dentro de su departamento antes de salir a la misma florería para comprar otro ramo de margaritas amarillas y blancas. Pensaba en diálogos, su propia Flor Reyna extorsionadora, cosechando ramilletes, cortando tallos de alhelíes y sosteniendo flores entre sus labios delgados, que se curvaban en una mueca. A las siete y cuarto Flor Reyna se anunció por el interfón. Eusebio contó los cincuenta y seis escalones que separaban el río asfáltico de su puerta e imaginó el ritmo con que ella los subiría. Abrió la puerta y escuchó la voz ronca de su protagonista, dándole las buenas noches, con la cabeza un poco húmeda por el chubasco que acababa de empezar.

—Éstas las cortaron hace cuatro o cinco días —dijo Flor después de examinar las margaritas recién puestas.

—¿Qué sabes de floricultura?

—Lo suficiente como para escribir novelas.

Eusebio pensó en su protagonista. Deseaba a la mujer de su historia, la que tenía la voz de Flor Reyna, la verdadera. Sin que ella opusiera resistencia, aspiro el olor resinoso de su cabello, y bajo la lengua sintió la misma textura que en los pétalos del primer ramo. Aquella Flor Reyna era similar a su personaje, una variante exótica de sensualidad precisa. No vio a la lánguida adolescente, sino que distinguió los labios voluptuosos, una risa fascinante. Flor Reyna dejó que se atascara de su sabor, le dijo que ella también debía saber a tierra húmeda, a neblina en las madrugadas, pero eso era algo que él no tendría el privilegio de conocer en su cuerpo; tenía que irse con el manuscrito, le quedaba un trayecto muy largo y al día siguiente vería a Hernán. Eusebio trató de prestar atención a lo que acababa de escuchar para después transcribirlo en sus apuntes de la Moleskine, pero tenía en la lengua la textura de Flor Reyna, y sólo alcanzó a contar mentalmente los mismos escalones que ella descendió con rapidez.

Eusebio caminó por el apartamento seguro de haber contado ciento veinte pasos, ciento veintidós, ciento veintitrés, comenzó a toser, ciento treinta y dos, ciento treinta y siete, se dejó caer en el sofá de la sala y tosió muy fuerte una, dos, tres veces. A la cuarta escupió varios pétalos de margaritas.

Ilustración por Paulina Mendoza.

Ilustración por Paulina Mendoza.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Campeche, 1988) es narradora. Gano el Premio de Cuento Breve Julio Torri 2017 por Ensayo de orquesta (FETA, 2017) y el Premio Nacional de Narrativa Gerardo Cornejo el mismo año. Se dedica a la música y la literatura.

Poetas y artistas nacionales y extranjeros, Casa del Lago y Periódico de Poesía de la UNAM acaban de lanzar el “Primer Concurso del Festival de Poesía en Voz Alta 2015”, para conmemorar el próximo festival Poesía en Voz Alta.

En esta primera edición del concurso, se invita a autores o colectivos a participar mediante propuestas de poesía escénica (poesía representada en un espacio escénico con ayuda de recursos corporales o tecnológicos) con duración de veinte minutos, en español o en cualquier lengua originaria. El evento busca el diálogo y debate entre artistas, a través de la expresión poética, con diferentes tradiciones artísticas.

La convocatoria queda abierta hasta el 31 de octubre de 2014. Aquí los lineamientos generales.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Feria de Literatura Joven

Te recomendamos asistir a “La Feria de la Literatura Joven” en la Librería Rosario Castellanos del Centro Cultural Bella Época y aprovechar los descuentos de hasta el 40% en poesía, cuento, novela y dramaturgia en más de 95 sellos editoriales, incluyendo las publicaciones del Programa Cultural Tierra Adentro.

La Feria concluye el próximo 31 de agosto, ¡no te lo pierdas!

Consulta las publicaciones en descuento aquí.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Tras muchos años de ser inconseguible en librerías, la editorial madrileña Impedimenta vuelve a editar Vacío perfecto de Stanislaw Lem (1921-2006), autor que es más conocido por el gran público debido a las dos adaptaciones cinematográficas de su novela Solaris; la más reciente, una apenas aceptable versión hollywoodense (Steven Soderbergh, 2002), y la ya clásica del maestro Andrei Tarkovsky (1972), que a decir de los lectores más fervientes de Lem no llega a hacerle justicia a la obra original.

Nacido en Polonia, Lem enfrentó en vida la censura del régimen comunista y dedicó la primera parte de su obra a textos que podrían clasificarse dentro del subgénero de la ciencia ficción, donde pueden incluirse Solaris y Fábulas de robots. Sin embargo, él mismo se alejó de esta corriente literaria al declarar que le parecía que los escritores de ciencia ficción estaban más preocupados en las aventuras que contaban, que en la calidad literaria y la exploración profunda de las ideas. Por tanto, su obra tardía se alejó de las temáticas clásicas de la ciencia ficción y se avocó a explorar directamente la relación entre el hombre, la tecnología y la cultura que lo rodean.

Vacío perfecto pertenece a este periodo. Al estilo de Borges o Swift, en esta obra Lem escribe las reseñas de dieciséis libros imaginarios. La primera reseña es, de hecho, sobre un libro llamado Vacío perfecto, escrito por el polaco Stanislaw Lem, en la cual se hace una antología de reseñas sobre libros imaginarios. De acuerdo con la introducción de esta nueva edición elaborada por Andrés Ibáñez:

Ustedes sin duda ya están cansados de esos juegos de espejos en los que el habla plantea su propia irrealidad o la nuestra, al estilo de Niebla de Unamuno (uno de los grandes precedentes de la actitud posmoderna) o de tantas ficciones de Borges. Pero el tema es inevitable del mismo modo que en Mozart son inevitables los bajos de Alberti o en la pintura barroca las túnicas llenas de pieles.

Sin embargo, Ibañez equivoca la intención del autor en esta primera reseña. Lem (a saber, si el autor del presente libro o el homónimo crítico del texto imaginario) se sirve de la misma para explorar y exponer todos los lugares comunes de la crítica literaria, a prever todas las posibles quejas ante el emprendimiento de esta obra y volverlos en su favor: “Esta introducción sirve a Lem para engañar al lector (y tal vez a sí mismo), ya que Vacío perfecto se compone de unas seudorreseñas que no son, tan sólo, un compendio de chistes”. La argumentación es tan efectiva que la introducción de Ibáñez, a pesar de su poco entusiasta recomendación final, resulta un espejo más en ese juego que tanto le cansa; el cumplimiento punto por punto de la profecía que plantea el texto de Lem. El crítico ha caído en la trampa.

Lo anterior sirve como muestra de uno de los puntos más fuertes de este libro. Cada uno de los textos inexistentes que se reseñan en Vacío perfecto explora un problema literario o humano (que para Lem son la misma cosa) a profundidad. No obstante, cada uno de estos textos se presenta acompañado de una lectura particular. Dicho de otra forma, junto con los dieciséis libros imaginarios, el autor inventa dieciséis personajes, dieciséis críticos con personalidades distintas, cuyos puntos de vista chocan o refuerzan la premisa del objeto de sus reseñas. Así, el anónimo crítica de Nada o la consecuencia de Solange Marriot delata su misoginia al mostrarse cada vez más asombrado de que el autor de esta antinovela, negación de todo, que va incluso más lejos que El grado cero de la escritura, de Barthes, sea del sexo femenino. El lector de Idiota, de Gian Carlo Spallanzani realza por sobre todo la juventud y el ánimo iconoclasta del inexistente autor, que en su obra cuestiona El príncipe idiota de Dostoievski. Igualmente, el reseñista de Gruppenführer Louis XVI (que por momentos recuerda al nada imaginario Harold Bloom) disfruta enormemente la fábula de un oficial que escapa de la caída del Tercer Reich para recrear la corte de Luis XVI en Argentina, pero le reclama no aprovechar la oportunidad de transformar a uno de sus personajes en un nuevo Hamlet.

Quizás esté de más decir, dada la estructura de este microuniverso narrativo, que los imaginarios libros reseñados nos sólo son criticados por sus reseñistas, sino que dialogan entre sí. En el ya mencionado Nada o la consecuencia, por ejemplo, se expone lo siguiente sobre el papel del creador en la sociedad: “No es un parásito aquel que actúa realmente: el médico, el constructor, el técnico, el sastre, la mujer de limpieza, etc. En comparación, ¿qué es lo que produce el escritor? Apariencias. ¿Es ésta una ocupación seria?”.

Los demás libros, de una u otra forma, ensayan una respuesta a esta interrogante. En Les Robinsonades, de Marcel Coscat, por ejemplo, se narra la historia de un náufrago que llena su isla desierta de creaciones imaginarias, hasta que él mismo queda atrapado por las reglas de su propia ficción. Perycalpsis, de Joachim Fersengeld, que parece una respuesta directa al “Fin del mundo del fin”, de Julio Cortázar (la imagen del mundo inundado de libros), plantea la destrucción de todas las obras culturales a fin de resolver su sobreproducción y recuperar su calidad. Además, propone asignar una beca vitalicia a todos aquellos que no practiquen ninguna actividad creadora:

Perycalpsis contiene un índice tabular completo de descuentos para todas las formas de creación. Quien haga un invento o edite dos libros al año, pierde todo derecho a cobrar. Si aumentamos la producción anual a tres títulos, en vez de cobrar, debemos pagar al Fondo una suma prevista. Gracias a este sistema, sólo cometerá un acto de creación un verdadero altruista, un asceta del espíritu que ama al prójimo y no a sí mismo, deteniéndose automáticamente la producción de la basura que se vende ahora.

De manera similar dialoga el Gilgamesh, creación de un novelista irlandés que se propone ser más joyciano que Joyce, con Non serviam, que desde el título repite el tema joyciano, y con La Nueva Cosmogonía, un supuesto discurso de aceptación de un premio Nobel de Física que propone que todas las leyes del universo son en realidad parte de un juego.

Encontrar y disfrutar el resto de estos diálogos y contrastes corresponde, por supuesto, a cada lector. No obstante, no hay que caer en el error de reducir esta referencialidad a un mero juego literario. Vacío perfecto es un texto sobre ideas, y la estructura está diseñada no sólo para ser un divertimento, sino para retar al lector. Cada una de las reseñas de textos inexistentes, junto con sus críticos, han sido elegidos para probar al lector, para que se atreva a cuestionar los planteamientos de las obras y formule sus propias soluciones a la problemática planteada en este libro. Cada nueva reseña, que puede leerse en el orden presentado o al gusto de cada quién, presentará una nueva visión de los problemas planteados y cuestionará de nueva cuenta las conclusiones sacadas por el lector. En este punto no puedo estar más de acuerdo con la introducción: “La lectura de este exiguo volumen, que se lee en tres tardes, equivale, en información y en tiempo mental, a tres meses de apasionante y dedicada lectura”. Vacío perfecto problematiza y ensaya sobre la creatividad del hombre y la forma en la que este genio se extiende y transmite por medio de la cultura.

En nuestra época, ya no queda duda de la calidad literaria de Stanislaw Lem. La traducción del presente volumen, por Jadwiga Maurizio, es prácticamente impecable. La presentación del libro, el cuidado de su edición, hacen de su lectura un goce. Mejor aún, todas las ideas vertidas en Vacío perfecto son quizá más pertinentes en la actualidad que cuando el texto fue editado por primera vez, en 1971. Si bien no puede calificarse como imprescindible, pocas lecturas se pueden encontrar como ésta que combinen con tal acierto el pleno disfrute con la reflexión profunda.

 

Ilustración por Gibrán Julián.

La historia del libro electrónico plantea nuestra capacidad de adaptación al cambio. René López Villamar hace un pertinente corte de caja y analiza el papel del ebook y su repercusión en la industria editorial.

 

De la tableta de arcilla a la tableta electrónica

A principio de la década de los años noventa, cuando comenzó a popularizarse Internet con la creación de la World Wide Web, pocas personas imaginaban el impacto que tendría en todos los aspectos de la vida humana. Ahora más de dos mil millones de personas en el mundo son usuarios de Internet. Es el contenedor de información más grande en la historia de la humanidad. Se dice, cada vez con menos exageración, que “si algo no está en la Red, es porque no existe”. Sin embargo, no es en la Red, si no en los libros, donde la humanidad ha codificado el grueso de sus conocimientos, leyes, expectativas, valores, historia, artes y técnicas.

Que una y otros fueran a encontrarse eventualmente era inevitable. El resultado es el cambio más profundo en el libro desde la invención de la prensa de tipos móviles. La irrupción del libro electrónico no puede entenderse sólo como un cambio de soporte: de la tableta cuneiforme al papiro, del pergamino al códex, del manuscrito a la prensa, y de vuelta a la tableta, pero ahora electrónica. Al igual que la invención del tipo móvil, la llegada del libro electrónico supone un cambio no sólo en el modelo de contenidos que pueden encontrarse en un libro, sino en todos los aspectos. ¿Quién y cómo lo escribe, cómo se produce, dónde puede encontrarse, quién puede tener acceso a él y cuál es su relación con la cultura? Así como la aparición de la imprenta en Europa y América supuso una serie de luchas por controlar las mismas, en nuestra época se libra una batalla similar por el control de los contenidos digitales. Al igual que con la aparición de la imprenta, los efectos que tuvo en la cultura sólo se podrán estudiar con la perspectiva que da el tiempo. Sin embargo, hoy tenemos la oportunidad única de influir en esta historia.

 

El auge del libro electrónico

Mientras escribo estas palabras, en julio de 2011, la pregunta ya no es si el libro electrónico llegó para quedarse o si es sólo una moda, sino qué tan rápida será su adopción. Durante los últimos tres años, el crecimiento de este segmento del mercado ha sobrepasado las expectativas incluso de los analistas más optimistas, que cada seis meses tienen que actualizar sus previsiones al alza. En los Estados Unidos se estima que al menos el diez por ciento de todos los libros comprados en los últimos doce meses son libros electrónicos, de acuerdo a las cifras del International Digital Publishing Forum. En Reino Unido esta cifra está cerca del seis por ciento. Si estos números no parecen demasiado impresionantes, quizá cabe considerar que, desde el año 2007, este porcentaje se ha duplicado cada año. Para finales del año 2015, los más conservadores estiman que el libro electrónico represente un cuarto del mercado total de los libros vendidos en lengua inglesa.

El desarrollo del libro electrónico tiene ya cuatro décadas. Uno de sus primeros antecedentes puede encontrarse en 1971, con la creación del Project Gutenberg en la Universidad de Illinois. El primer libro digitalizado fue la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Hoy, el Project Gutenberg tiene digitalizados más de 30 mil títulos. Sin embargo, durante la mayor parte de estas cuatro décadas el uso de los libros electrónicos ha sido anecdótico. En algunos nichos, la industria editorial adoptó este nuevo soporte desde inicios de la década de los noventa con la llegada de la World Wide Web y ganó popularidad a inicios de este siglo, pero no fue sino hasta el año 2007, con la aparición del Kindle, creado por Amazon, una compañía norteamericana especializada en la venta de libros en línea, que la adopción de los libros electrónicos comenzó a masificarse.

Para entender la importancia de este dispositivo, hay que pensar en el libro no como un objeto, sino como un sistema de transmisión de cultura. En primer lugar, el Kindle utilizaba tinta electrónica, un tipo de pantalla sin iluminación propia, con calidad muy cercana al papel impreso, además de tener un bajísimo consumo de energía. A diferencia de la pantalla de una computadora, esta tecnología permitía la lectura cómoda de textos largos, como novelas o ensayos de largo aliento.

Sin embargo, la tinta electrónica ya había sido utilizada en varios dispositivos que no habían generado ni de lejos el mismo interés. De forma paralela, algunas de las grandes compañías de tecnología, como Microsoft, habían tratado de crear negocios de venta de libros electrónicos que nunca obtuvieron los resultados esperados. Lo que hace al Kindle diferente es su capacidad de acceder a una enorme cantidad de títulos, tanto de paga como gratuitos, desde el mismo dispositivo, sin necesidad de utilizar una computadora para conectarse con Internet. Es decir, el Kindle no es sólo un dispositivo de lectura, sino también una librería y una biblioteca, con una oferta que supera la de las mejores librerías del mundo, en un aparato que pesa menos de 300 gramos y tiene dos semanas de autonomía.Todo sin la necesidad de salir de casa.

No obstante, tampoco se puede atribuir su éxito sólo a los avances en la electrónica y las comunicaciones. Jeff Bezos, el fundador de Amazon, comprendió desde un inicio que el éxito de su librería en línea dependía de conocer los gustos y costumbres de sus clientes, los lectores. Para cuando apareció su lector electrónico, tenía doce años de datos que aprovechar en su diseño. La capacidad de un lector electrónico de cambiar el tamaño de letra provocó que uno de los grupos que más rápido adoptase la lectura electrónica fueran los adultos mayores de cincuenta años, quienes habían dejado de comprar libros por defectos de la vista. De la misma forma, la venta de novelas románticas es todavía uno de los sectores de mayor crecimiento, debido a que pueden leerse en cualquier parte sin temor a ser identificadas por su portada.

Amazon agregó rápidamente la capacidad de compartir en línea los pasajes favoritos de las lecturas y los comentarios a su Kindle. Sus competidores, otras compañías de nuevos medios como Google, Apple, Kobo y Sony, también incorporaron medidas similares a sus “sistemas de lectura”, que es el término con el que los analistas definen a la nueva oferta del libro; un mundo que engloba ya no sólo la lectura, sino también el acceso, la compra, recomendación y discusión de títulos.

Ilustración por Gibrán Julián.

Ilustración por Gibrán Julián.

La nueva industria global de contenidos

En la sección anterior no mencioné el nombre de alguna casa editorial ni de alguna librería tradicional. No es una omisión deliberada. En el panorama del libro electrónico, los grandes actores han sido hasta el momento corporaciones privadas de nuevos medios. Principalmente, se debe a que sólo las empresas globales tienen la infraestructura, el capital humano y los conocimientos para implantar sistemas de lectura.

En este nuevo esquema, los libros forman sólo una pequeña parte de la lucha por el control de contenidos creativos: música, películas, multimedia, fotografías, etc. Para tratar de crear consumidores cautivos de una cierta tecnología, han aparecido los llamados sistemas de gestión de derechos digitales, Digital Rights Management, DRM por sus siglas en inglés. Estos sistemas esencialmente existen para dificultar la creación de copias no autorizadas, pero también permiten controlar el número de veces o el tiempo en que puede leerse un libro, por ejemplo, así como desde qué países puede comprarse. Debido al volumen de información que gestionan y las protecciones que necesitan, sólo pueden ser costeados por grandes compañías. La utilización de estos esquemas de protección es exigida a los editores por autores y agentes, quienes se ven forzados a contratar a un intermediario que proporcione el servicio. Además, con un sistema de DRM, como indica su nombre, no se venden libros sino “licencias de lectura”, que pueden ser revocadas.

Más allá de que una persona con mínimos conocimientos de cómputo puede burlar estos sistemas sin esfuerzo, el principal problema de los mismos es la concentración de la distribución de contenidos en las manos de unos cuantos actores, cuyo carácter global les permite accionar con poca o ninguna regulación de los distintos estados donde operan. Cuando deciden retirar o censurar un título de sus enormes catálogos, la única fuerza que ha demostrado ser capaz de revocar sus decisiones ha sido la de las quejas masivas de sus propios clientes. Claramente, ésta no es una situación óptima.

Desde su propio punto de vista, otro gran acierto de las empresas de nuevos medios es que han dejado la maraña de problemas que provocan los derechos de autor y de los derechos de copia en manos de sus dueños tradicionales: agentes y editores. Los principios que rigen a los derechos de autor datan de la Convención de Berna, en 1886, y obviamente no tomaban en cuenta la posibilidad de la copia y distribución instantáneas a cualquier parte del mundo. Además, en esta convención se estipulaba un monopolio para la explotación de derechos de una obra durante cincuenta años. A lo largo del tiempo, cada país ha variado este periodo, hasta llegar a una media de setenta años. En México, es de cien años.

Más importante aún, estos derechos están estipulados para proteger a productores y distribuidores de copias, que son quienes llevan el mayor riesgo económico, y no a los autores, aunque el nombre “derechos de autor” nos haga pensar lo contrario. Y los problemas legales no terminan ahí. No sólo cada país tiene una legislación distinta, sino que asuntos como los derechos de distribución de un fragmento, por la creación de una obra derivada, e incluso la propia definición de obra derivada es algo que cambia de frontera en frontera. Esta realidad legal se enfrenta directamente a la capacidad de las computadoras y de la Red para manipular y distribuir los textos. Eventualmente, tratados como el Anti-Counterfeiting Trade Agreement (ACTA) tratarán de regular el intercambio global de contenidos. Dependerá de autores y lectores asegurarse de que sus legisladores protejan también sus intereses en estos tratados.

 

¿Hacia dónde vamos?

Autores y editores enfrentan la labor titánica de convertir siglos de cultura impresa a contenidos digitales. Esto abre nuevas posibilidades, por ejemplo, a que la auto publicación deje de ser un estigma para convertirse en una opción real, en la que el autor controle por completo los derechos de sus libros. Todavía falta muchísimo camino por recorrer para que todos los libros estén en línea. Afortunadamente, nos da tiempo para pensar qué haremos cuando todos los libros en cualquier idioma estén siempre disponibles. Es muy probable que en un futuro cercano no existan los libros agotados, descatalogados o difíciles de encontrar. Y si el asunto de los derechos de autor se sigue saliendo de control, tendremos que pagar licencias para leerlos por siempre.

Pero eso sólo es la punta del iceberg. A pesar de que ya es un negocio de miles de millones de dólares, el concepto del libro digital aún es inmaduro. Los dispositivos todavía son lentos y sus capacidades para desplegar textos complejos, como estudios científicos y manuales de instrucción, todavía dejan bastante que desear. Aunque ya es posible incorporar contenidos multimedia, los editores aún no encuentran formas satisfactorias de usarlos de manera que agreguen un valor real a los textos y no se sientan como un añadido superfluo. Algunos despistados, al ver el estado actual de la tecnología, han comentado que el libro electrónico sólo tiene cabida para los bestsellers y los libros de cocina.

Necesitamos tratar de comprender las posibilidades del nuevo soporte para el libro y explotarlas. Desde sus funcionalidades básicas, como el uso de hipervínculos y contenido multimedia, hasta oportunidades propias del contenido digital como la personalización o la actualización de los mismos. Las implicaciones que tiene la posibilidad de compartir notas o impresiones sobre un mismo texto es algo que también es asignatura pendiente, tanto a nivel de derechos de autor como de utilidad.

Quizás el punto más importante de la transición entre el libro impreso y el libro electrónico radica en quién va a poder acceder a estos nuevos sistemas de lectura. Por un lado, cualquier persona con acceso a Internet podrá interactuar con una enorme cantidad de libros. Por el otro, una persona sin acceso a la Red tendrá menores oportunidades de lectura. Queda pendiente discutir, además, cómo es que pagará —y a quién— para leer esos libros o qué parte de ese acceso será gratuita. La tecnología nos brinda la posibilidad de poner en manos de todos algo muy cercano a la totalidad de los conocimientos de la humanidad, pero también nos da la posibilidad de restringir ese acceso por motivos económicos, legales o comerciales. Es un tema amplio en el que hay mucho por discutir. Un caso especial, por ejemplo, es el de los libros escritos en lengua española.

Ilustración por Gibrán Julián.

Ilustración por Gibrán Julián.

El libro digital en la lengua del Quijote

A diferencia de lo que sucede en el mundo de habla inglesa, el libro digital aún no ha ganado tracción en el de habla hispana. Esto se debe, en parte, a los problemas que causa la gestión de los derechos de autor en distintas legislaciones, como ya se ha mencionado, y en parte, a que las compañías de nuevos medios que están tomando control del libro electrónico provienen del mundo anglosajón.

Pero eso no quiere decir que estas compañías no estén vendiendo ya dispositivos y libros en América Latina y España, que representan el segundo mercado editorial en tamaño, después del inglés. La compañía canadiense Kobo, competencia directa de Amazon, se enorgullece de hacer negocios en doscientos países. Al mismo tiempo, editores y agencias norteamericanas se están haciendo de los derechos digitales de autores de habla hispana, en español. Conforme el libro electrónico gana presencia en otras partes del mundo, muchos editores angloparlantes se comienzan a preguntar si no sería mejor traducir ellos mismos los contenidos, en vez de cederlos a un editor local.

En España, un grupo de editoriales —a su vez miembros de grupos globales de contenidos— creó Libranda, un distribuidor de libros digitales, para intentar frenar esta tendencia, a la vez que trataban de proteger a las librerías que siguen siendo sus principales clientes. Sin embargo, quizá por esto último, quizá por un desastre de relaciones públicas que confundió al nuevo distribuidor con una librería, quizá porque los editores españoles no estaban convencidos del futuro del libro electrónico, Libranda ha sido calificada por la mayoría de los especialistas como un fracaso.

Se encuentran, además, valientes iniciativas independientes en toda América Latina y España, que proponen cambios aún más radicales en el modelo del libro. Su éxito, como todo lo que rodea al libro electrónico, es incierto. De momento, la Federación de Gremios de Editores de España estima que la venta de libros electrónicos representa apenas el 2.5 por ciento del mercado. No existen todavía cifras, sin embargo, de cuánto venden las compañías extranjeras en los países de habla hispana, ni de cuánto de ese contenido sea en español.

 

El libro del futuro

Al presentar este “corte de caja” sobre el libro electrónico, no me he propuesto simplemente brindar un panorama general, sino también plantear algunas de las cuestiones sin resolver, que necesitan de un debate público y global.

Muchos se preocupan por la supervivencia del libro impreso y de su cadena de valor (librerías, distribuidores, editores, etc.). El simple hecho de que haya tanto interés en esta cuestión es una seguridad de que el libro impreso no va a desaparecer pronto. La verdadera pregunta es si el libro impreso seguirá siendo un objeto de consumo de masas. Es cierto que la aparición del libro digital ha aumentado el total de lectores y de compradores de libros, pero también es cierto que su crecimiento se hace en parte a costa de su antecesor. Conforme gane más presencia, el libro impreso enfrentará una crisis: bajarán (todavía más) las ventas de las librerías, aumentará el nivel de devoluciones, los autores y agentes negociarán tratos más ventajosos para ellos. Es difícil predecir cuántos sobrevivirán a esa crisis. Lo que sí es seguro es que quienes lo logren se habrán adaptado al nuevo entorno.

Pero en este cambio, como en todos los que he mencionado, el libro del futuro todavía está a medio escribir. El resto nos corresponde escribirlo a todos los interesados en el libro y sus orillas: lectores, autores, editores, diseñadores, promotores, libreros, legisladores, académicos, científicos, ingenieros en tecnologías de la información. Lo cierto es que el libro del futuro no diverge en lo esencial del libro del pasado. Todavía es escrito, planeado, revisado, producido y leído por personas. Sigue siendo el mejor vehículo que conocemos para transmitir ideas complejas a lo largo del espacio y del tiempo. Si queremos aprovechar el potencial del libro electrónico y resolver los retos que presenta, el momento para actuar es ahora. O alguien tomará las decisiones por nosotros.

Ilustración por Gibrán Julián.

Ilustración por Gibrán Julián.

La tecnología del libro electrónico está en su infancia, nos dice René López Villamar, quien está involucrado de lleno como desarrollador de ebooks. En este texto analiza con afán crítico las zonas débiles, los errores y las posibilidades a corto plazo para que el libro digital tenga el uso masivo al que está destinado.

A pesar de su creciente aceptación, la tecnología del libro electrónico todavía está en su infancia. Podemos comparar su estado actual con las televisiones de bulbos. Funciona, hace su trabajo bien, pero todavía le falta mucho para alcanzar su potencial. Los retos que tiene que resolver durante los próximos años serán cruciales para su desarrollo y, por tanto, para el desarrollo de la cultura escrita.

Quizás el problema más notorio que enfrenta el libro electrónico, desde el punto de vista tecnológico, es el aparente divorcio entre los que diseñan la tecnología y aquellos que la utilizan. Los primeros son ingenieros y programadores; los segundos, lectores y editores. Afortunadamente, conforme las nuevas generaciones ganan espacios dentro de esta tecnología, aparecen cada vez más editores con un buen perfil tecnológico e ingenieros con un interés genuino por el mundo editorial.

Esta brecha, sin embargo, se refleja en todos los aspectos de la tecnología actual. Desde el hecho de que ninguno de los estándares para crear libros electrónicos está listo para mostrar correctamente algo tan importante como la poesía, hasta los bizantinos pasos que requiere seguir un posible lector para comprar un libro electrónico o tomar uno prestado de una biblioteca. Hay un componente comercial en este problema, puesto que los fabricantes y desarrolladores de la tecnología desean imponer sus propios sistemas por sobre los demás.

Hay que considerar, no obstante, que ese interés comercial es en gran parte lo que hace atractiva la idea de digitalizar todos los libros impresos producidos hasta el momento que, según estima Google Books, son cerca de 130 millones. La dimensión titánica de la tarea revela un segundo problema y es que sólo podemos depender de los ordenadores hasta cierto punto. Los libros digitalizados con procesos automáticos presentan errores que una computadora no puede detectar, pero que degradan claramente la calidad del texto. Éste es un problema que cobra cada vez más relevancia, tanto a nivel comercial como cultural, puesto que al aumentar el número de lectores de libros electrónicos éstos se vuelven más exigentes.

A los crecientes problemas de estandarización y digitalización, hay que sumar un tercero, que es la idea misma de lo que es un libro electrónico. De momento, los libros electrónicos son poco más que una copia de sus similares impresos. Las capacidades propias de lo digital, como enlazar a contenidos externos o internos o la de compartir texto y comentarios en tiempo real han sido explotadas muy poco. También se habla de “libros enriquecidos”, pero de momento ese concepto sólo engloba la inclusión de audio y video, de manera similar a como se intentó hacer, sin éxito, durante la década de los noventa con los CDs interactivos. Quizás este problema se deje a generaciones siguientes, que comprendan de mejor manera cómo interactúan las nuevas tecnologías con el concepto del libro.

Pero probablemente el reto más importante radica en el aspecto social de la tecnología. El mayor problema de la masificación de los libros electrónicos es qué ocurrirá con aquellos que no tengan acceso a la tecnología. Justo por esta contingencia algunos analistas prevén que habrá una larga convivencia entre los libros impresos y los electrónicos. Lo paradójico de este problema es que precisamente aquellos sectores alejados de esta tecnología serían los que se verían más beneficiados por ella. El libro electrónico puede ayudar a solucionar problemas de acceso al acervo bibliográfico, de almacenamiento y de creación de redes de conocimiento. Para que ello suceda, sin embargo, deben converger actores de todos los niveles y esferas de la cultura. La oportunidad está puesta.