Tierra Adentro
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

¿Qué es lo que tanto irrita de la paz serena de la asexualidad? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo aceptarla o, incluso, siquiera pensarla? En este ensayo que camina indistintamente entre lo íntimo, lo personal y lo político, Alejandra Castro reflexiona sobre la identidad asexual dentro de la constelación de sexualidades en el mundo contemporáneo.

 

Ella era virgen y no tenía intención de dejar de serlo. Nunca uso esa palabra: virgen; con su carga de velos en yeso y ojos desorbitados, pero tampoco escondía o daba mucha importancia al hecho que el término define.

Me enteré por casualidad. En una comida entre amigos que demandaba hablar de intimidades, llegado su turno dijo algo como: «no sé, no tuve sexo con mi novio y no lo tengo ahora con mi novia». Al inquirirle más, reticente, agregó: «quizá si me casara… pero sería un sacrificio que ahora no estoy dispuesta a hacer». Muchos sonreímos en silencio, mirándonos con la complicidad que se da entre adultos cuando un niño expresa una ingenuidad propia de su edad. Ella no dio más justificaciones.

Su elección de no tener sexo no era puritanismo, eso quedaba claro al conocerla. Expresaba su atracción indistinta por hombres y mujeres, sin complejos ni tapujos, mas no anhelaba sexo con ninguno. Para ella eso era todo lo que había que decir. Para mí, durante nuestros primeros años de amistad, ese minúsculo, personal y en muchos aspectos irrelevante detalle, era algo que exigía un porqué, un origen. Pensaba que entre las orillas de su negativa se doblaba un abismo profundo. Creía que quizá con el tiempo, con una escucha atenta y amistosa, podría hacerla hablar del tema, desdoblar el secreto que me develaría capa a capa como un misterio de origami. Mientras más crecía la amistad, mientras pasaban los años y ella no cambiaba de opinión, no «maduraba» o se iniciaba como el resto, yo imaginaba la razón de su negativa como algo peor, veía ese origen sigiloso convertido en una mano oscura y descomunal, flotando sobre un océano abisal, poblado por un gran matiz de sombras; cinco dedos largos y nudosos eclipsando su existencia, quizá su pasado, sus muslos… Muslos pequeños, infantiles, más tiernos e inmaduros a cada centímetro de avance hacia el límite de la tela con la piel; cada vez que lo temía y casi sentenciaba, pensaba: «¿quién pudo hacerle esto? La rompieron». Tenía que ser algo así, algo inefable. ¿Qué otra razón podría haber? Nadie se privaba del sexo sólo porque sí. Años después, me pregunto por qué sentí, por tanto tiempo, que algo tenía que estar forzosamente mal. Quizá ésa sea mejor pregunta que cuestionarme por qué alguien no siente deseo sexual. ¿Por qué esto me pareció a mí, y a todos, un problema, incluso una mentira o un rasgo de inmadurez?

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Ella nunca ha usado la palabra virgen, tampoco el término asexual. Ella es ella sin justificación ni terminología. No obstante, la identidad asexual existe y su existencia se ha popularizado gracias particularmente a una institución en línea, Visibilidad Asexual y Red Educativa (AVEN por sus siglas en inglés), que, a pesar de su reciente creación en el 2001, son reconocidos por visibilizar en medios el empleo del término asexualidad para designar la nula presencia del deseo sexual como orientación: tan válida y real como lo es cualquier otra.

El camino de la AVEN y del término asexualidad no ha sido sencillo, como no lo son tantas veces el autodescubrimiento y la aceptación social. Basta leer algunos testimonios para conocer decenas de versiones únicas de una misma historia: «lo supe siempre», «tenía vergüenza», «nunca tuve con quien hablar, y me sentía raro de querer hacerlo, ¿por qué hablaría de algo que simplemente no tengo, que no me hace falta?».

El término asexualidad se emplea «clínicamente» por primera vez en 1977 en una publicación científica: Mujeres asexuales y autoeróticas: dos grupos invisibles, de Mara T. Johnson, pero antes Alfred Kinsey, conocido como el padre de la sexología, por quien la famosa escala de atracción sexual recibe su nombre, notó desde 1948 que aproximadamente el uno por ciento de sus encuestados seleccionaba la opción X al contestar la pregunta «¿sientes atracción por: mujeres, hombres, ambos o ninguno?». Ninguno era X, y por mucho tiempo así se denominó clínicamente a los asexuados. Orientación X. Carecieron de nombre, de reconocimiento y de comprensión.

Estudios más recientes no tienden a ser más amables con la preferencia asexual. A pesar de que en 2013 se sacó a la asexualidad del Manual de diagnóstico y estadística de enfermedades mentales, en terapias y clínicas aún se liga a la preferencia asexual con el «trastorno del deseo sexual hipoactivo», que consiste en la ausencia reiterada o persistente del deseo sexual, entendiendo el fenómeno como una perturbación. También en 2013, uno de los primeros análisis comparativos sobre salud mental donde se encuesta a personas de identidad asexuada a la par que a individuos sexuados, de identidad hetero y homosexual, los investigadores señalaron que aquellos autoidentificados como asexuales reportan un mayor número de pensamientos suicidas, aunque esto, enfatiza Yule Morgan, principal responsable del estudio, bien puede deberse al estigma y la falta de comprensión social de la que suelen ser objeto todavía.

En el documental (A)sexual, de 2011, hay una escena desgarradora; miembros de la AVEN junto con su fundador David Jay reparten volantes en plena marcha del orgullo gay, y son los únicos a los que algunos huyen o niegan la mano, alguien bromea en secreto y dice sin conciencia de que está siendo grabado: «yo evito a los santurrones de la AVEN como a la plaga, me dan ñáñaras ». La AVEN cuenta actualmente con más de 100 mil miembros registrados. Si esos 100 mil, junto con otros miles o millones más, dicen que son asexuales, lo son y punto. ¿Por qué tendríamos que cuestionarlo? Se les acusa de puritanos, de hipócritas al buscar su inclusión a las siglas LGBTTTI, a una causa que no les compete porque «¿quién los obliga a tener sexo si no quieren?», porque «nadie te mata por no tener sexo». Son reclamos reales que se hacen a los miembros de la comunidad asexual. Su lucha, creen algunos, no tiene opositores, carece de conflicto. Es posible entender de dónde viene ese reclamo mal encauzado, comparado con las terribles estadísticas de penalización legal e ilegal para homosexualidad o identidad trans, por ejemplificar algunos. Es imposible encontrar un rincón del mundo donde abiertamente se penalice el no desear tener sexo en general, pero eso no significa que no haya víctimas y victimarios relacionados con la identidad asexual.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

La discriminación hacia los asexuales es otra. Inicia por esa X en la escala Kinsey, inicia con las miradas disimuladas entre mis amigos y yo en aquella fiesta. Inicia al no dar credibilidad a las distintas formas de ejercer la sexualidad como un valor universal de dolorosa conquista que todos deben anhelar por igual. A lo largo de tres años de licenciatura, mis amigos y yo, sin notarlo, presionábamos con bromas y risitas, frente a ella y a sus espaldas, creyendo sinceramente que sólo era necesario que lo intentara, al menos una vez; con eso cambiaría de opinión, porque confundíamos su identidad con el nerviosismo común ante la primera vez. Minimizábamos sus certezas diciéndonos: «así nos pasa a todos». Si no era con chicos sería con chicas, sólo tenía que intentarlo.

Como mujer gay, pertenezco a la generación de «por qué no tratas, aunque sea una vez, con un chico». Me lo dijo mi mamá. Me lo dijeron amigas y amigos, y sobre todo y más terriblemente me lo dije yo. Entre inseguridades y negaciones pagué mi cuota, lo intenté, tuve un novio por ocho meses. El sexo con él era confuso, el placer físico estaba allí, pero faltaba algo más, algo que nunca llegó con él, pero que se desbordó en un deshielo pausado en mi primera noche con una chica.

Mucho tiempo dije que fue entonces cuando lo supe, pero si lo recuerdo y admito con madurez, yo ya sabía, sólo que ahora tenía las tan ansiadas pruebas. Por años subsecuentes me escudé en esos ocho meses; cada vez que alguien decía «por qué no lo intentas» yo podía sacar mi certificado de desvirgada y mostrar que estaba sellado, que lo había intentado. También sentí erróneamente que aquello validaba mi lesbianismo, «miren, sí sé lo que es un hombre y no me gusta». Ahora todo el episodio me da pena. Pena propia y pena por pertenecer y fomentar una sociedad donde la diferencia tiene siempre que formarse en una fila, hacer trámite y justificarse frente a la norma. Y, sin embargo, allí me tenían con los demás en cada oportunidad insistiendo a mi amiga que probara, aunque fuera una vez. Una vez, como yo me lo exigí por ocho meses.

¿Por qué insistíamos? ¿Qué nos irrita en la paz serena del asexual? No creo que haya una única respuesta. Es un tango absurdo entre la incredulidad y la defensa. Defensa porque sentimos nuestra latente sexualidad juzgada en su inapetencia. Una parte de mí vive para acariciar mis apetitos, lo digo sin miedo, sin pedir perdón, sin bajar la cara, pero sí lo digo a la defensiva. Asocio el sexo a la vida, la plenitud, la unión, también a ser juzgada por mi ejercicio libre de ese impulso. Hasta su amistad, asumía que todo el que ama quiere sexo, y que quienes decían no quererlo o no tenerlo, lo decían con la nariz respingada y parados en un pedestal moral. La palabra virgen, la idea de vivir sin la pulsión, me parecían cárceles… ¿pero no es imponer el sexo a quienes no quieren tener otra cárcel?

¿Cómo se verá este mundo a los ojos de un asexual? Basta intentar huir del sexo para notar que está en todo, es imposible caminar por la calle, hojear una revista, sin ser asaltado por una pasarela cercenada de bustos, glúteos, torsos sin camisa, todo enmarcado entre recuadros con la foto absurda de un desodorante o un champú. Esa liga incoherente está allí porque el sexo es la gran guarnición de los anuncios publicitarios. Paradójicamente, la represión sexual es una herramienta del poder y los poderosos, tanto como lo es la exaltación de lo sexual. ¿El asexual resulta inmune? Acostumbrados a juzgar a nuestras sexualidades como un «pecado» y a que la envasen y nos la vendan como algo debajo del mostrador, sentimos que la falta de deseo de otros nos delata. Pecadores y consumistas.

El deseo, la preferencia, la orientación o la identidad sexual no son ideológicas, políticas ni comerciales; su prohibición o explotación los torna en tales cosas. Las preferencias sexuales, la identidad genérica, cuando son condenadas, se tornan una defensa, una expresión de unicidad y de resistencia. El asexuado, a quien se le acusa de no tener un opresor, tiene a la ceguera de la norma, aun entre los subversivos, en su contra. Su falta de deseo no es en nuestro detrimento, es su esencia, no es para juzgarnos, sólo es.

No había nada de malo con su deseo de nunca tener sexo. Hay algo terrible en el hecho de que lo tuvo. A los 25 años, tras casi cuatro años de noviazgo, cedió por cariño; fue un sacrificio, pero eso ella ya lo sabía desde el día que lo pronosticó en aquella fiesta, justo con la palabra «sacrificio»; lo sabía, aunque varios rodamos los ojos al oírla, lo sabía cuando sus amigos murmuraban a sus espaldas. Lo sabía cuando todos, con cariño real y eufemístico decíamos «pruébalo primero antes de decir que no te gusta» o cuando, quienes nos llamábamos amigas íntimas, veíamos con suspicacia, casi condena, a todos los hombres de su familia pensando al interior «quizá fue él quien la rompió», porque era más fácil creer en un abuso que en otra forma de ser.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ella también checó su tarjeta. Me contó su encuentro con su novia sin detalles y sin ánimo. Había bebido en un esfuerzo por disminuir su reticencia. Había fingido que le gustaba, que lo quería. Pero nada, ni el cariño ni el alcohol pudieron volver ese encuentro menos áspero. Supo de inmediato que eso para ella siempre sería un sacrificio. En el estudio de Mara T. Johnson un porcentaje de las mujeres encuestadas habían estado o estaban aún casadas. Varias decían tener sexo con sus parejas por amor, por sacrificio. Entre la comunidad asexual, muchos hombres y mujeres se definen con intereses románticamente involucrados o no en relaciones. Buscan compañía, apoyo, con quien reír juntos por horas hasta no recordar el chiste, pero no quieren sexo; muchas veces con tal de tener uno ceden en lo otro.

Me duele saberlo. Saber que la exigencia de esta sociedad hipersexualizada le costó algo íntimo y estimado a una amiga tan querida y que aproximadamente 70 millones de personas pueden tener historias semejantes. Saber que, quizá, cada vez que le pregunté si no había cambiado de idea, cada vez que asumí un abuso, ayudé a llevarla a ese áspero cuarto de hotel.

Quiero volver al mar precámbrico que imaginaba en su interior. Al abismo oscuro, deshabitado, que pensaba asaltado o violentado, quiero oír su sordina paz, quiero notar que, al nacer, la vida nació así: asexual. Quiero recordarnos juntas, en un salón de clases sentadas en el suelo oyendo la Suite Bergamasque. El maestro detiene la reproducción, pregunta a la clase: «¿qué tiene esta melodía? ¿Qué figura domina la partitura?». Ningún alumno levanta la mano. «Silencio», dice el maestro con los ojos cerrados acariciando con la lengua el juego del seseo en la palabra si… len… cio. Quiero pensar en la fuerza del silencio, creer que si todos buscamos nuestra plenitud sin imponer límites a los incendios ni fuego en los abismos, el mundo será más pleno, más vasto, más fuerte.


Autores
(Ciudad de México, 1984) es dramaturga y escritora. Fue becaria del programa de dramaturgia de la Fundación para la Letras Mexicanas de 2012 a 2014.

Ilustrador
Lorena Mondragón
(Ciudad Juarez, 1988) es diseñadora gráfica e ilustradora desde 2011. Su trabajo se enfoca en la ilustración editorial, personal y corporativa.
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

En este ensayo se exploran las diversas aristas románticas de la monogamia más tradicional y uno de sus reversos más visibles, el poliamor, para cuestionar y valorar las consecuencias de ambos sistemas de relaciones, muchas de las cuales suelen soslayarse.

 

Entre sí y no, qué infinita rosa
de los vientos.
«Qué tal, López», JULIO CORTÁZAR

 

El amor romántico se cimienta sobre una paradoja: mientras que por un lado es lo más íntimo que existe, en tanto que es un pacto entre dos que a nadie más compete y se gesta mayoritariamente tras las bambalinas de la sociedad, en la privacidad de una casa o de un cuarto de hotel, en las cartas de amor o en los mensajes, por otra parte suele atenerse a un esquema predeterminado que se repite casi sin variantes: se sabe qué esperar y cómo se debe sentir; se presuponen celos, obligaciones y compromisos sociales y, en fin, se codifica en un lenguaje comprensible y aceptado por todos.

Parámetros tan rígidos ponen en entredicho la potestad que tenemos sobre nuestras propias relaciones, sobre todo si consideramos que la mayoría de las parejas ni siquiera se cuestionan las ideologías o intereses que subyacen en los presupuestos del amor. En otras palabras, el amor romántico se encuentra montado en un sistema social y cada pacto individual únicamente replica el pacto colectivo con todos sus dispositivos de poder, asociados principalmente con la regulación de los cuerpos y la perpetuación de los roles sociales que favorecen a unos sobre otros.

Por tanto, si hemos de amar, conviene preguntarnos primero de qué forma queremos hacerlo y qué implicaciones tiene elegir un modelo sobre otro. Muchos han sido los esfuerzos, sobre todo por parte del feminismo, por deconstruir los tipos relacionales para que actúen en beneficio y no en detrimento de los individuos. La principal lucha de ese sector está centrada en el desmantelamiento del heteropatriarcado, el sistema de relaciones sociales que, caracterizado por la supremacía de lo masculino y la heterosexualidad, genera mecanismos de discriminación por razón de género y orientación sexual.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Este sistema se reproduce en casi cualquier arreglo de la vida social y el amor romántico parece ser uno de sus mecanismos de replicación por antonomasia, pues en su nombre se generan dinámicas de posesión, se relega a la mujer a la esfera doméstica y se le niegan derechos a la comunidad LGBTI, tales como el matrimonio con todos sus beneficios legales: herencia, acceso al seguro del cónyuge, etcétera.

Ahora bien, si el heteropatriarcado ha alcanzado tal dimensión es porque sus manifestaciones no suelen recibir siquiera ese nombre; es decir, en tanto regulador de la vida afectiva, habita en los individuos más que como un sistema social, como una sensibilidad que el individuo considera propia y que incluso suele extrapolarse a las relaciones homosexuales.

La monogamia es el mejor ejemplo de ello: el matrimonio monogámico surge históricamente como un mecanismo para dar certeza de la paternidad a los varones. La familia en tanto institución es estratégica para la repartición y perpetuación de la propiedad por medio de la herencia y, por un salto metonímico, deviene también en una forma de propiedad sobre la otra persona, algo que ya se perfilaba desde el matrimonio sindiásmico, en el que el hombre podía tener más de una mujer. No obstante, una vez asimilado, este arreglo social pasa a esconder su dimensión económica y política y se introyecta, en el imaginario colectivo, como la forma «natural» del amor.

La monogamia, pues, no se limita a la exclusividad sexual, sino que, en palabras de la psicóloga social Giazú Enciso, constituye todo un ordenamiento específico a nivel semiótico —es decir, de significados asociados con relaciones y expectativas—, a nivel material —de vivienda y de economía— y a nivel afectivo.

Este ordenamiento, al representar la moral hegemónica, excluye otras formas de relación, y si bien los intereses de la monogamia rebasan a los del heteropatriarcado, su institucionalización la vuelve un instrumento de perpetuación del statu quo, lo que impide la reinvención a nivel individual. Por consiguiente, la reapropiación del amor exige necesariamente cuestionar los principios de la monogamia heteronormada.

EL REVES DE LA MONOGAMIA

El poliamor, que se define como una no-monogamia consensual, ética y respetuosa, lleva la batuta en este cuestionamiento, y si bien resuelve la problemática prescindiendo del todo del contrato monogámico, su denuncia es tanto o más importante que su resolución ya que, en última instancia, no se trata de crear un nuevo modelo prescriptivo, sino de abrir un espacio en donde la comunicación abierta, la negociación y la estipulación de nuevos acuerdos sea posible en cualquier tipo de relación romántica.

El ordenamiento monogámico presupone, por ejemplo, que las parejas han de compartir vida social y familiar, que un noviazgo ha de derivar siempre en matrimonio y que un matrimonio sólo es tal si vive bajo el mismo techo. Si analizamos la explosión de artículos en internet sobre los focos rojos en una relación, la cantidad de sexo óptima o las características que debería tener el hombre o la mujer ideal, encontramos un catálogo vasto de la normatividad implícita en las relaciones de pareja, la cual hace ver cualquier divergencia como un fracaso, sin reparar en el hecho de que dichas divergencias se encuentran presentes en todas las relaciones, incluida la infidelidad.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

De acuerdo a un estudio hecho por el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente en 2015, el 90 por ciento de los hombres y el 70 por ciento de las mujeres casados son infieles, lo que significa que la monogamia guarda dentro de su seno su propia contradicción. Tener una aventura confirma el ordenamiento monogámico (ésa es la razón de la clandestinidad) y la violación de la norma consolida la norma.

Sin embargo, los costos emocionales de un sistema tan ambivalente son muy elevados, pues aunque el deseo sexual por otras personas reaparece una y otra vez, es penado dentro de las mismas relaciones y se vive en términos de culpa y deuda. El poliamor, en ese sentido, es un intento por volver este fenómeno parte de la experiencia romántica, sin los costos que implican su prohibición.

Asimismo, la monogamia suele traer consigo el aislamiento social. Las parejas tienden a privilegiar su vínculo sexoafectivo sobre el resto de sus relaciones y se centran primordialmente en el núcleo compartido, lo que erosiona las redes de apoyo y termina por fragmentar la comunidad.

Esto provoca un estado generalizado de desamparo, ya que priva a los casados de alternativas para disolver su vínculo en caso de necesitarlo, pone presión en la pareja para que sustituya el resto de las relaciones e introduce en los solteros la creencia de que las relaciones románticas son el único medio posible para hacerse acompañar, dado que el resto de las formas de organización colaborativa se encuentran negadas, a mayor o menor grado, por la ideología monogámica.

Los intentos por restaurar el sentido de comunidad aparecen tanto en el poliamor como en el feminismo, que fomenta la sororidad y el apoyo entre mujeres. En cualquier caso, nos regresa a la pregunta sobre el tipo de relaciones que queremos adoptar y la noción de mundo que estamos suscribiendo con cada una de nuestras elecciones relacionales.

LO QUE NOS ENSEÑAN LOS CELOS

El cambio paradigmático hacia el poliamor sería sumamente sencillo e incluso obvio si no fuera por la existencia de los celos. Para combatirlos, la comunidad poliamorosa apela a la compersión, término inventado por ellos mismos para referir a la felicidad empática; es decir, a la felicidad por la felicidad del otro. El poliamor se sustenta en la creencia de que el amor es ilimitado y de que la plenitud del ser amado contribuye a la propia plenitud, aun si ésta involucra a más personas.

Pese a ello, los poliamorosos experimentan celos frecuentemente. En parte esto ocurre porque el poliamor sigue siendo una práctica contracultural y requiere de una reprogramación afectiva que toma tiempo y esfuerzo.

No obstante, reducir la complejidad de las relaciones a una mera cuestión ideológica puede ser un poco ingenuo, pues sería olvidar que el sexo es socialmente problemático de suyo. Vale recordar que la institución matrimonial monogámica ha fungido históricamente como un medio para contener las rivalidades y los conflictos que se detonan en los intercambios sexuales.

En ese sentido, tanto la monogamia como el poliamor buscan hacerle frente a algo que no es propio de un sistema u otro, sino de nuestra programación evolutiva: la tendencia a la rivalidad. La diferencia reside en que, mientras la monogamia busca contenerla por medio de acuerdos, el poliamor le atribuye la rivalidad al sistema monogámico y apuesta por disolverla liberando estos acuerdos, poniendo el énfasis en el papel pernicioso de la represión sexual y no en su razón de origen.

La psicoanalista lacaniana Alexandra Kohan critica esta negación de los celos al considerarla un vehículo más del moralismo del mercado que, disfrazado de trasgresión, exige gozar permanentemente, exigencia que en tanto imposible resulta sádica. «La pretendida libertad del “amor libre” —dice Kohan— no hace sino destacar el individualismo que pregona el credo neoliberal, en un hacer de cada cual, desligado de los otros, desligado de otro, afirmado en el sí mismo».

Desde esa perspectiva, el riesgo más grande del poliamor sería reducir el amor a mero artefacto de satisfacción personal, con su coste implícito: la anulación del otro.

LOS BORDES DE LA OTREDAD

En La agonía del Eros, el filósofo Byung-Chul Han le atribuye la crisis del amor a la erosión del otro, resultado del narcicismo de la época. «El Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo», dice Byung-Chul Han. La otredad no se puede poseer; es decir, el otro es otro en tanto que no lo puedo sustraer a mis propias categorías.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Esto, sobra decir, resulta sumamente frustrante y es en gran medida la razón de los conflictos en las interacciones sociales. No obstante, la apuesta narcisista por desaparecer los conflictos, aligerando la noción del otro y volviéndola más práctica o más cómoda, niega la posibilidad formativa del encuentro, lo que puede tener consecuencias catastróficas a nivel social.

La lógica del consumo aplicada en el amor fomenta esta reducción: si mi mayor aliciente para tener una relación, formal o informal, es extraer el goce que el otro pueda proporcionarme, entonces lo estoy volviendo un mero objeto de consumo y está siendo negado en su condición de otro, condición que es vertiginosa y se escapa de la lógica del intercambio codificada en términos de costo-beneficio.

Cuando pensamos en la posesión del otro, lo que aparece en un primer momento es la posesión monogámica; sin embargo, si la monogamia es tan cerrada es porque reconoce, aunque por vía negativa, el carácter inasible del otro, de ahí la existencia de los celos. El trabajo de este tipo de relación debe versar en torno a la resignificación de esta otredad negativa para acabar de asumir la imposibilidad de su posesión.

No obstante, el poliamor también tiene trabajo en este punto, ya que su misma teoría parece justificar las relaciones superficiales, lo cual deriva en otra forma de posesión, más alarmante quizá: ya no se busca normar al otro sino domesticar su condición de otro para volverlo menos amenazante, y así, poderlo consumir libremente, como si de un objeto se tratase.

La comunidad poliamorosa les llama «polifakes» a quienes dicen ser poliamorosos pero no llevan a cabo el código ético y consensual que forma parte del poliamor. Desde ahí, el otro reducido a condición de objeto podría verse más que como un producto del poliamor, una expresión de polifakismo, pues iría en contra de la creación de comunidad que defiende el poliamor. Sin embargo, no estoy segura que los límites entre uno y otro estén tan bien trazados. El poliamor parte de la convicción de que el otro no puede serlo todo, pero eso, en su arista más peligrosa, puede significar tomar de cada uno sólo lo que conviene, lo que viene bien, ¿pero quién dijo que el otro debía de ser conveniente?

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

En cualquier caso, ni la monogamia ni el poliamor están exentos de conflictos. Quien suscribe el poliamor debe lidiar con la gestión de tiempo y la complejidad emocional para interactuar íntimamente con más de una persona; quien se compromete a la monogamia, buscará formas de reinventarse para que la relación siga siendo fértil y fomente el desarrollo individual sin descuidar el vínculo. En ningún caso existe una respuesta única y ese quizá es el mayor aporte del poliamor: recordarnos que caminamos a ciegas y que, en última instancia, es un contrato que compete únicamente a los involucrados.


REFERENCIAS

Domínguez Enciso et. AL., From Flawed Monogamy to Liminal Polyamory: Suspended transition to alternative affective orderings, Universidad Autónoma de Barcelona, 2015.

HAN, Byung-Chul, La agonía del Eros, Herder, 2014.

Kohan, Alexandra, «Elogio de los celos: el amor, frente al mercado y la moral», en http://www.polvo.com.ar/2017/07/elogio -de-los-celos/, 2017.

Matik, Wendy-O, Redefining Our Relationships: Guidelines for Responsible Open Relationships, Defiant Times Press, 2002.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es escritora, filósofa y psicoanalista, autora de Diez soluciones para el futuro hoy (Secretaría de Cultura, 2016) y Fragmentos de cristal (DEMAC, 2015).

Ilustrador
Lorena Mondragón
(Ciudad Juarez, 1988) es diseñadora gráfica e ilustradora desde 2011. Su trabajo se enfoca en la ilustración editorial, personal y corporativa.
Detalle de ilustración de portada, por Israel G. Vargas


Autores
(Ciudad de México, 1987) es diseñador editorial e ilustrador. Colabora con las revistas Wired, Entrepreneur, Texas Monthly y Expansión. Es editor gráfico de La Peste, revista independiente de literatura e ilustración.
Ilustración de Coral Medrano

Coral Medrano es originaria de la Ciudad de México, nacida en 1985. Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.

Para el número 227 de la revista Tierra Adentro, Coral Medrano se encargó de crear las ilustraciones que les dieron vida a las distopías contemporáneas que cimbraron aquel ejemplar.


Autores
(Ciudad de México, 1985) es diseñadora editorial e ilustradora. Su trabajo ha sido publicado en México, Inglaterra y Hong Kong. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Foto tomada del portal Sul21

Eric Nepomuceno (Brasil, 1948) es escritor, periodista y traductor. Sus crónicas y reportajes pueden encontrarse fácilmente en la red. Sus libros, editados por Almadía, están disponibles para los lectores mexicanos. Las tres estaciones es su libro más reciente, integrado por quince cuentos en los que predomina una atmósfera cargada de recuerdos y su inseparable compañera, la experiencia.

Por medio del correo electrónico, Eric Nepomuceno contestó a las siguientes preguntas sobre Las tres estaciones y su manera de escribir.

 

Antes de Las tres estaciones publicaste Bangladesh, tal vez y antes cinco libros de cuentos más. ¿Ha cambiado tu manera de escribir cuentos, así como tu idea literaria sobre este género?

Tanto Bangladesh, tal vez como Las tres estaciones no son exactamente libros autónomos. Son más bien coetáneos. No sé si mi manera de escribir cuentos cambie o no, o lo que busco desde mis primeros cuentos, y de eso han pasado unos cuarenta y cinco años. Lo que sí cambia, claro, es la misma escritura, los temas. La historia me viene con la forma.

Ahora mismo o, mejor dicho, desde hace ya varios años, trabajo en historias que se vienen mezclando. A lo mejor será un libro con cuentos largos, nouvelles. O a lo mejor me nace una novela… En todo caso, lo que busco es que la atmósfera involucre al lector, y busco siempre dejar el final un tanto abierto.

No tuve nunca una teoría del cuento, como lo hicieron amigos míos que me aclararon muchos aspectos de mi propia manera de escribir, sobre mi propia escritura. Viene una imagen, se va juntando a otras, todo en mi materia prima —la memoria— hasta que vaya al papel. Soy, lo digo siempre, un mecanógrafo muy veloz y un escritor muy lento. Hasta llegar al papel pueden pasarse varios años…

Quisiera agregar un comentario sobre Bangladesh, tal vez y Las tres estaciones. Han sido las ediciones más hermosas de cualquiera de mis libros, tanto en Brasil como en otros países. Raras veces veo un escritor mencionando la edición de sus libros. Ojalá no suene a vanidad, pero la verdad es que me sentí encariñado, abrazado, como un complemento a lo que busqué mientras escribía esas historias.

 

En algunos relatos de Las tres estaciones los narradores expresan cierta nostalgia en sus palabras. ¿El cuento que rememora el pasado necesita del aceite de la nostalgia para funcionar? 

Juro que no soy nada nostálgico. Soy memorioso. Ojo: no es que lo busque, es que así me llega… es una cierta ternura por personajes, situaciones.

 

En el caso del cuento que da nombre al libro, parece que el verano es la estación más socorrida para la música y la literatura. ¿Cuál es la metáfora que encierra el verano?

La verdad es que nunca lo pensé. A lo mejor porque creemos, quizá de manera equivocada, que el verano es siempre el inicio de algo. Cuento algo de lo que no me había percatado, o al menos no me acordaba: el cuento empieza en verano y termina en el otoño. La estación que no hubo fue el invierno. ¿Por qué? Ni idea. Quizá porque así determinaron los personajes la historia.

 

¿Los cuentos de Las tres estaciones fueron creados respecto a un plan o fueron surgiendo cada uno de manera independiente?

De forma independiente. En Las tres estaciones se organizan en una especie de cronología, no de acuerdo con el tiempo en que fueron escritos, sino con un cierto orden narrativo, una especie de hilo conductor para llevar el lector a diferentes etapas de los protagonistas. Esto sí ha sido intencional. Fue como armar una película editando, reordenando escenas de películas anteriores. Ojalá lo haya logrado y funcione para el lector. Traté de crear una atmósfera de continuidad.

 

Se ha hablado mucho durante los últimos años sobre periodismo narrativo y autoficción, que por su necesidad de apegarse a la realidad en busca de la verdad se acerca mucho a la labor del periodista. ¿Cuál es tu postura frente a este debate? ¿De qué lado te sientes más cómodo o prefieres que la literatura y el periodismo no se crucen?

Hoy día mi periodismo se limita a escribir para el diario argentino Página 12, en el que colaboro desde su nacimiento, y La Jornada, de México, donde escribo desde hace ya varios años. Pero es una actividad en la que me estrené hace más de medio siglo, cuando era muy joven. Tengo un solo oficio: escribir, que se divide en tres vertientes: la literatura de ficción, o sea, los cuentos; la literatura de no-ficción, o sea, periodismo; y las traducciones. Considero, sí, que el periodismo, o lo que debería ser el periodismo, es un género literario. Con reglas propias, limitaciones propias, pero un género literario, tanto para crónicas de la prensa como en los libros.

 

La última pregunta: ¿la realidad mata, vivamos la ficción? ¿O es al revés?

Ni uno ni otra. La ficción puede crear y revelar otras realidades. No creo en fantasía, creo en imaginación. La función del hacedor de ficciones es, a partir de un dato de eso que llamamos realidad, inventar mentiras creíbles. Tan creíbles que logre convencer al lector. O sea, mentir para contar verdades.

Eric Nepomuceno, Las tres estaciones, Almadía 2018.


Autores
(Ciudad de México, 1977) es editor y autor de la novela El jardín de las delicias (Jus, 2009).


Autores
(Ciudad de México, 1989) es licenciada en Artes Visuales por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Trabaja en el proyecto de grafica independiente Autoeditoras.

 

Aprendiendo a leer con John Baldessari comienza con un repaso elemental: vemos un abecedario ilustrado, de esos que emparentan cada letra con una palabra que empiece con ella. Aunque de inmediato reconocemos el apoyo didáctico, el orden responde al teclado y las referencias no son las más obvias ni las más adecuadas para el preescolar. En esta pieza el sonido, la letra y la imagen se dislocan muy poco, pero ese quiebre mínimo anuncia un juego constante con la distancia elástica entre texto e imagen. Abrir con el alfabeto también nos da una pista sobre la curaduría. En el perímetro de la exposición, hay una pieza para cada letra.

Frente a una palabra escrita, prácticamente en automático y con bastante convicción, construimos un puente entre la realidad y la representación. Si vemos un texto que acompaña una imagen, los leemos en conjunto y asumimos que la relación entre ellos es directa. La obra de Baldessari examina con qué construimos esos puentes, de dónde a dónde y por qué —propone desmontarlos para establecer puentes alternos, inclusive truculentos—. Baldessari se burla de los pormenores de nuestros puentes, de todos los mecanismos y referencias con los que solemos descifrar el mundo. Nos invita a aprovechar el desconcierto y desaprender, a desviarlos con ironía, irreverencia y mucho sentido del humor.

Montajes fotográficos, pinturas, rótulos, videos, citas, stills de películas, ejercicios y esculturas monumentales ofrecen una manipulación muy interesante del lenguaje. A Baldessari le encanta insistir en la relación escurridiza entre el signo, el significado y el significante. Unas cerezas acompañadas de un letrero que dice «miedo repentino», por ejemplo, pone en evidencia la arbitrariedad de la asociación. Nos recuerda que en dado caso incluso interpretar la imagen como una cereza también parte de una convención. Otras veces juega precisamente con ellas. Un lienzo azul, con un pequeño elemento blanco y una prominente nariz en medio se titula God Nose.

Baldessari es un artista central para el arte conceptual de Estados Unidos. Conviene visitar la exposición con tolerancia a la frustración, inclinación a preguntar y disposición a divertirse ensayando respuestas. ¿La alegría pura de verdad tiene ese tono de amarillo? ¿Tan meditabundo se ve un artista optimista? ¿Por qué escogerías una zanahoria gigante como tu autorretrato? ¿Una plana con la consigna «I will not make any more boring art» basta para lograrlo?


Autores
(Ciudad de México, 1990) es Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.

 

Llámame por tu nombre recorre con delicadeza la línea que separa la admiración intelectual del erotismo. Es una película voluptuosa. Un despliegue de sensaciones placenteras y un homenaje a los peinados, la ropa y los shorts ochenteros. También es la portadora de una pregunta que probablemente cada ser humano se ha hecho y a partir de la cual ha elegido la dirección de su vida personal. Si sientes que quieres devorar de cariño y lujuria a alguien, ¿es mejor hablar o morir?

Para responder esa pregunta, hace falta contar la historia de un usurpador que llega a ocupar una habitación, para luego ganarse la admiración de una familia. Finalmente, se lleva un nombre. Pero no se lo roba en toda la extensión de la palabra porque, a cambio, cede el suyo.

La historia se desarrolla durante el verano de 1983, «en algún lugar al norte de Italia», en un pueblo idílico donde vive una familia idílica. Dentro de este pequeño e improbable universo, unos papás se sientan en las tardes lluviosas a leer fragmentos de novelas con su único hijo, Elio, un músico joven y sensible, además de un devorador de libros. El papá, un arqueólogo sabihondo y bondadoso, invita cada año a un estudiante a viajar a Italia para asistirlo en diversas labores de investigación. En este 1983, Oliver, un hombre con abdomen de lavadero a mitad de sus veintitantos, tiene la fortuna de ser el elegido.

Desde el momento en que baja de un auto para acercarse a la que será su residencia por seis veraniegas semanas, Oliver exuda seguridad. Lo reciben los padres de Elio, que está en su cuarto, observando todo desde la ventana, junto con una amiga. A manera de juego, Elio se refiere a la persona que acaba de llegar como «el usurpador».

En efecto, el cuarto de Elio se convierte en el cuarto de Oliver, que lleva a cabo la más contundente de las colonizaciones domésticas: se recuesta en la cama sin quitarse los zapatos. Ante esta desfachatez, Elio no puede más que sonreír, para luego darse cuenta de que Oliver duerme profundamente. Si fuera posible hacer una radiografía de los sentimientos de un personaje fílmico, aquí podría señalarse el cuadro exacto en el que Elio comienza a darse cuenta de que la habitación no es lo único que Oliver ocupará.

Samuel y Annella Perlman, padres de Elio, no tardan en notar que el recién llegado se desenvuelve con encanto y naturalidad y lo tratan como a un hijo pródigo. Oliver se relaciona con otros habitantes del pueblo como si los conociera de años atrás. Pronto se encuentra bebiendo con los adultos y jugando voleibol con los adolescentes. De noche domina la pista de baile, sobre todo si la canción que suena es «Love My Way» de Psychedelic Furs. Durante su periodo como «el nuevo chico en el pueblo», Oliver parece ignorar los sentimientos que se agitan en el cuerpo y el alma de Elio.

En Llámame por tu nombre, el amor es una bestia rumiante. En principio, la bestia se sugiere y parece que va a salir a la superficie. En un momento cargado de sensualidad, Elio huele los shorts de Oliver para luego ponérselos en la cabeza y así seguir absorbiendo su esencia. La primera hora de la cinta está permeada de un coqueteo sutil y desesperante, una persecución que se consuma en ser un secreto hasta que es gritada a voces. La tensión sexual por momentos es insoportable, lo que sólo resulta en un disfrute total de la segunda parte de la película.

No es sino hasta que Elio y Oliver se encuentran —por fin— solos frente a un monumento erigido para los italianos caídos en una batalla de la Primera Guerra Mundial, que Elio confiesa a Oliver su ignorancia casi socrática de «las cosas que importan de verdad». Pero ¿cuáles son esas cosas y por qué importan? Los dos se separan para rodear el monumento en quizá la escena más cadenciosa de la película: una sola toma larga en la que los protagonistas comienzan a explorar el deseo que existe entre ambos. El tema musical de fondo anteriormente sólo había sido usado para matizar los momentos que cada uno pasaba en soledad.

Oliver le pide a Elio que lo llame por su nombre. Elio le pide a Oli ver que le regale su camisa. Después de todo, ¿qué es el amor si no un intercambio de cosas que solíamos llamar nuestras? ¿Qué si no ponerse en las manos de alguien más hasta donde sea posible, con todo y el riesgo de terminar destrozados? Sobre el desenlace de la historia es importante guardar silencio, pero también recordar estas palabras, salidas de la boca del sabio Samuel Pearlman: «Obligarnos a no sentir nada es un desperdicio»


Autores
(Ciudad de México, 1984) estudio filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente es publicista y traductora.