Tierra Adentro
Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)

 

En un mundo en el que la tecnología parece indisociable de las personas y su toma de decisiones, este cuento juega con los cálculos y recálculos de un sistema complejo de algoritmos que trata de elucidar todos los futuros potenciales de una posible pareja en ciernes, detonados apenas por una primera cita.

 

LifeCoaching encendido. Elige el tipo de análisis.

Análisis interpersonal, futuro comprehensivo. Iniciando. Variable dependiente: tiempo. Calculando parámetros principales. Elección predeterminada de voz: Gary 2.0. Comandos personalizados: presiona una vez en caso afirmativo y dos en caso negativo. Aviso: el programa accederá a tu posición espacio-temporal actual, a tus parámetros biológicos y a los antecedentes de comportamiento pertinentes. La información se utilizará para el análisis, pero no se compartirá a través de ninguna red. Le recordamos que dicho análisis sólo es una proyección a futuro; LifeCoaching no se hace responsable por los resultados ni las acciones subsecuentes. Presione CONTINUAR si está de acuerdo.

Parámetros actuales. Baño. Quinto piso, departamento B. Soria 42, esquina con Bolívar, Benito Juárez. Ciudad de México, 03400. 10:30 pm. Hogar de Álex Carreón. Alimentos en las últimas tres horas: una copa de vino en casa, dos copas más en el restaurante, una entrada de falafel compartida, un plato de cuscús y pastel de chocolate, especialidad del chef (5 de 5 estrellas OutToEat).

Proyección. Existe un 80% de probabilidad de que estés en el baño en este momento porque, teniendo en cuenta tus parámetros de riesgo y considerando tu comportamiento en las últimas cuatro citas, te arrepientes de haber aceptado la invitación a su departamento. ¿Es correcto?

Conclusión. Debido a los altos niveles de norepinefrina y adrenalina deberías salir del baño, no aceptar la copa de vino e irte a casa. Excusas posibles. Tu compañera de departamento acaba de llamarte; tu fecha de entrega para el código en el que has trabajado toda la semana fue cambiada para mañana temprano; hay una emergencia en el trabajo. Todas estas opciones tienen un factor de viabilidad del 0.87. Existen 1:3 posibilidades de que él te crea y te diga que te llamará la próxima semana. Como no te quedaste, y a juzgar por su tendencia cita-llamada global, existe sólo un 15% de probabilidad de que te llame de nuevo.

Recalculando.

Sí, sólo 15%. Si te llama, tú no contestarás (97%). El resultado de esta acción será que él no insistirá después del primer mensaje sin respuesta (94%). Hay un 70% de probabilidad de que en dos semanas te arrepientas de no quedarte; no lo buscarás porque tu orgullo influye en tus reacciones en un 65% de los casos. En seis meses, cuando vaya a la oficina para dar mantenimiento a su instalación, te esconderás en el baño (67%) y te escabullirás de la oficina, fingiendo dolor de estómago (65%). Existe sólo un 20% de probabilidad que vuelvan a verse.

¿Es este escenario satisfactorio? Se detectó una respuesta negativa. Recalculando. Se requiere un análisis de antecedentes para continuar. ¿Acepta?

Revisando datos biológicos e interacciones de red.

Tu señal y la de Álex se cruzaron por primera vez de forma personal y no incidental hace mes y medio. El dueño de la Fundación Sm4rt le comisionó una pieza para la puerta de entrada. Tu historial de búsqueda muestra que revisaste su perfil personal diez veces en las primeras 24 horas después de conocerlo.

Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)


 
 

Desde entonces, han intercambiado ciento diez mensajes personales. El programa de análisis detectó la presencia de cuatro chistes propios, dos de los cuales están relacionados con la diferencia de sus respectivos trabajos. Uno contiene implicaciones sexuales obvias y el último es sobre El señor de los anillos (la película, no el libro) la cual le recomendaste, ya que no podías creer que nunca la hubiera visto.

Se detectó la presencia de un apodo cariñoso y recurrente dirigido a ti. El mote “ñoñis” hace alusión a tu profesión como programadora y muestra intimidad y afecto. Ese apodo aumenta tus niveles de dopamina. Es una reacción positiva. Álex entregó la instalación el lunes pasado. Se detectó una reacción poco favorable en ti: niveles hormonales bajos, los cuales reflejaban tristeza y decepción, debido a la falta de una despedida adecuada y la ausencia de mensajes durante ese día. Sin embargo, el martes te envió una invitación para cenar comida marroquí: “Restaurante nuevo. ¿Viernes, 8:30?” Tu respuesta fue afirmativa e instantánea, a pesar de la sugerencia que te hice de esperar un par de horas ya que todas las estadísticas indican que lleva a mejores resultados. Tus niveles de feniletilamina, dopamina, oxitocina y serotonina se dispararon en cuanto viste su nombre. Esta combinación química dio paso a la reacción visceral de las cien millones de células del tracto intestinal conocida como “mariposas en el estómago”.

Las lecturas de interacciones no verbales, gestos especulares, cercanía y segregación sincronizada de feromonas durante la cita revelan una compatibilidad mayor al 95%. Se percibieron cambios microgestuales en paralelo, interacción comunicativa, ningún silencio incómodo y secreción de norepinefrina constante. Sus bromas te hicieron sonreír en siete ocasiones e, incluso, reíste en dos. Estos factores son favorables para el comienzo de una conexión interpersonal.

Al salir del restaurante, te abrazó y te tomó de la mano. Eso aumentó tus niveles de oxitocina al doble de su rango normal. Cuando te preguntó si querías tomar algo en su departamento, se detectó un aumento del ritmo cardíaco y niveles de norepinefrina que corresponden a una respuesta ansiosa.

De camino a su departamento, en el taxi, te besó. Dicho instante no arroja un resultado concluyente. Se detectó nerviosismo, ansiedad y excitación sexual y emocional, pero la cascada hormonal que se presentó requiere más tiempo de procesamiento y el análisis aparecerá en la pantalla de inicio.

Al entrar a su departamento, los sensores domésticos le recordaron que había olvidado su ropa en la lavandería del sótano. Se disculpó para ir por ella; tú te encerraste en el baño para comenzar este análisis. Te sugiero que en dos minutos, cuando Álex regrese, le informes que acabas de entrar al baño para ganar tiempo y continuar el análisis.

Se ingresó una pregunta específica.

Existe una probabilidad del 90% de que se produzca una experiencia sexual positiva. De todas tus citas este año, Álex presenta el mayor puntaje físico: un promedio de 0.79 en los últimos dos años (tu puntaje es de 0.68, debido a tu último novio). De acuerdo con tus estándares de belleza, Álex es una de las personas estadísticamente más atractivas con las que has salido. Tus reacciones corporales muestran un factor de atracción física del 0.88. Es el índice de atracción más alto del último año.

Conclusión. Si eliges pasar la noche con él, tendrás un encuentro favorable y placentero (probabilidad del 90%).

¿Desea continuar con un análisis a corto plazo? Para iniciar es necesario acceder a la información de Álex Carreón. Conforme a sus parámetros de seguridad bajos, no es ilegal, pero hay un 88% de probabilidad de que se moleste por este análisis. Presione CONTINUAR si está de acuerdo.

Calculando.

Mañana es sábado. Por su comportamiento en encuentros previos, existe un 78% de probabilidades de que Álex te ofrezca desayunar en su departamento. A juzgar por lo que tiene en la cocina, preparará huevos rancheros con jugo de naranja y café. Su calendario está vacío, pero un análisis rápido revela que no tiene la costumbre de calendarizar el 60% de sus planes.

Tú sí tienes planes. Vas a comer con tu madre en la Condesa. Esta cita está programada desde hace tres semanas. Recomiendo que vuelvas a tu departamento alrededor del mediodía. Sin embargo, con base en pronósticos de comportamiento, saldrás de su departamento cerca de las dos y llegarás quince minutos tarde al restaurante, todavía vestida con la ropa de anoche. El sexo habrá aumentado tus niveles de dopamina y, por tanto, las probabilidades de que la comida con tu madre sea una experiencia favorable se incrementarán, dentro de lo que cabe, si se toma en cuenta la relación entre tú y tu madre quien, como siempre, estará preocupada por tu soledad.

¿Desea continuar con un análisis a mediano plazo por interpolación? Aviso importante: A partir de este momento, los resultados de la proyección están basados en especulación automatizada. Estas proyecciones tienen un índice de confianza del 0.87, dependiente del tiempo. Presione CONTINUAR si está de acuerdo.

Calculando.

Según sus tendencias de comportamiento y al comparar sus prioridades, después de que salgan durante un mes y medio, tendrán su primera pelea debido a que Álex no llegará a una cita por estar terminando una pieza (87%). No llamará (90%) y, cuando por fin se comunique, te quejarás. Él te echará en cara que eres fría y distante. ¿Estarías dispuesta a hablarlo? Al día siguiente de la pelea, se presentará en tu casa con una película y pasarán el fin de semana juntos, sin interrupciones. A los tres meses, por fin le presentarás a tu madre, quien no dejará de mandarte mensajes acerca de sus deseos de conocerlo. Tu madre quedará encantada con él desde la primera comida. Esto te exasperará (100%).

A los nueve meses, se habrán agregado mutuamente al comunicador central de sus respectivos apartamentos, pero tardarás algunos meses en permitir que el sistema central de su casa tenga acceso a tus stats; sus niveles de seguridad serán cada vez un mayor problema. Te preocuparás constantemente y él no entenderá cuál es el problema porque considera que la seguridad de la información es una pérdida de tiempo. Eso te lastimará. Respuesta negativa. Recalculando. Existe un 60% de probabilidad de que se solucione: probablemente él actualice sus parámetros de seguridad y se den entrada a sus respectivos stats. En ese caso, él verá que realizaste este análisis. ¡Cuidado! Has pasado 20% más tiempo en el baño que el promedio (212 segundos) en una primera cita. Te recomiendo que le jales.

Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)

Después de catorce meses se percatarán de que él pasa más tiempo en tu apartamento que tú en el suyo (87%); habrás tenido un problema con algún compañero del trabajo y él te aconsejará adecuadamente (65%); te regalará y dedicará alguna de sus obras (90%); él tendrá, por lo menos, una mala crítica (67%) y esto hará que peleen por alguna tontería sin ninguna relación como tu obsesión de agendar y programar todos tus días (35%), su mochila que siempre deja a la mitad del pasillo (40%) o tu necesidad de mayor privacidad virtual (25%). Sin embargo, en tres de cada cinco escenarios encontrarán la manera de llegar a acuerdos y seguir juntos.

El final de tu contrato de renta, el aumento de sus ventas y un ascenso en tu trabajo ayudarán a que consideren mudarse juntos (73%). La probabilidad de que su cohabitación sea positiva es del 80%. Tras analizar las costumbres domésticas de cada uno, recomendaría que rentaran un departamento por lo menos de dos cuartos, de tal forma que él pueda tener un estudio y sus materiales artísticos no llenen la sala, lo que desencadenaría una serie de incidentes y peleas que terminaría con la relación (98%). Considerando el pronóstico de ingresos, probablemente encontrarán un departamento en Cuauhtémoc y se mudarán juntos a los dos años, tres meses ± quince días.

Álex pasará más tiempo en casa y se encargará de las compras y la cocina. Un análisis rápido de sus hábitos actuales muestra que olvidará echarle agua a los platos antes de ponerlos en el lavatrastes. Otros factores de riesgo son: él querrá una mascota (78%); tus horarios no tendrán flexibilidad (90%); él tendrá demasiados compromisos sociales (85%). Ninguna de estas situaciones romperá la relación. Un análisis de efectos positivos indica que, mientras estés con él, viajarás más, harás nuevas amistades y, en varias ocasiones, te encontrarás a las siete de la mañana de un sábado de fiesta en la casa de algún coleccionista de arte (65%) o en el estudio de algún pintor (62%). Él comenzará a recibir más órdenes gracias a que reorganizaste su página personal y su perfil electrónico (89%), también dejará de llegar tarde a citas importantes (77%) y tendrá, por lo menos, dos camisas que no tengan los puños quemados (95%).

¿Continuar a un análisis a largo plazo?

Para evitar sospechas, recomiendo que te laves las manos mientras corre la fase final del análisis. No olvides secarte. La probabilidad de que la cohabitación dure más de dos años es menor al 34%. Al juzgar por la tendencia de sus vidas profesionales, éstas serán divergentes con el tiempo (86%). Hay una probabilidad del 70% de que comiences a escalar posiciones en la compañía, pasando de ser programadora a liderar proyectos cada vez más importantes.

A su vez, por la cantidad de piezas que Álex está vendiendo y galerías que lo están buscando, con una seguridad del 81% en los siguientes tres años tendrá que mudarse a Berlín (38%), Tokio (32%) o Lahore (30%) para avanzar su carrera profesional. Cuando llegue el momento. ¿Consideraría dejar su trabajo? Respuesta negativa. Esto es consistente con tus prioridades en las que señalaste tu crecimiento profesional sobre el personal o romántico. Sin embargo, lo más probable es que pasen un tiempo a larga distancia (50%). ¿Consideraría esta opción? Calculando. Cabe la posibilidad de que vayas a visitarlo y te enamores de alguna de las ciudades (25%, por factores inesperados). A juzgar por tus prioridades, tu necesidad de presencia física y tiempo compartido, es probable que sus pequeños problemas se vuelvan insostenibles con la distancia. Con un 87% de probabilidad, él estará muy ocupado y terminará sus conversaciones a los pocos minutos y tú tendrás poca paciencia al escuchar de las nuevas personas y lugares que lo rodean.

Con una certeza del 70%, quedarte en la Ciudad de México te creará resentimiento, ya que mientras él está experimentado una nueva vida, tú seguirás viviendo en la sombra de su vida compartida. Las visitas y llamadas se volverán más esporádicas; la residencia de un año se aplazará a dos; tú no podrás pedir tiempo en el trabajo por tus nuevas responsabilidades y, en la quinta visita (± una), no encontrarán una fecha cercana para volverse a ver.

Conclusión. La relación tiene una vida máxima de cinco años, dos meses, una semana y tres días, ± nueve horas. El periodo de duelo durará alrededor de un tercio del total. Recalculando. Este número es el resultado de una proyección con un factor de viabilidad del 0.99 si los parámetros previos no cambian. Recalculando. Mi sugerencia final es que no pases la noche con él, salgas ahora mismo de su apartamento y no comiences una relación.

Recalculando. Análisis interrumpido.

Reiniciando análisis.

Parámetros actuales. Baño. Quinto piso, departamento B, Soria 42, esquina con Bolívar, Benito Juárez. Ciudad de México, 03400. 10:37 pm. Se ha detectado un aumento del ritmo cardíaco y en el nivel de serotonina. Álex te llama desde la sala. Respiras profundamente seis veces. Se detectó una nueva pregunta. La compatibilidad es del 95%. Se detectan cambios en la microgestualidad. Se genera una decisión. Recalculando escenarios posibles.

Sistema apagado.


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

 

En pleno mundial de 1974 en Alemania, un sobreviviente del Holocausto judío encara, devastado, a un ex soldado nazi que, contra todo pronóstico, lo recibe con cerveza en mano, un abrazo y una invitación a ver el futbol como si nada. Este texto es el primer cuento del libro El desconocido del Meno (FETA, 2017), ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2017.

 

Lo encontró por casualidad, en una calle cualquiera. Lo vio de espaldas, por eso lo reconoció; de frente no habría podido, de frente lo habían ultrajado los años inmisericordes, como a él; pero de espaldas era idéntico al que fue treinta años atrás. Lo siguió durante la mañana entera con la esperanza de haberse equivocado, que todo fuera una mala jugada del rencor que ya otras veces había hecho aflorar en una mirada, en un perfil o en los ademanes de un inocente a los odiados, a los malditos, y entre ellos a aquél, Ulbrecht Schweinhart, más que a ningún otro. Pero esta vez no había confusión; al poco le conoció el modo de andar, y cuando pudo mirarle el rostro no le costó revertir la deriva de sus rasgos hasta dar con aquellos que recordaba. Al final, cuando el hombre entró en la miscelánea y se puso a bromear con el tendero, se esfumaron todas sus dudas: aquélla era su risa, un latigazo en la memoria adolorida.

Lo siguió hasta dar con su morada, una casona en la otra orilla del Meno. Se quedó un par de horas sentado en un parque aledaño, mordiéndose los labios, presa del ruido y la furia, del caudal de recuerdos que amenazaba con desbordarlo y reventar su cabeza. Volvió a casa, sacó del fondo del armario una caja con una pistola y se sentó en la cama mirándola, sin atreverse a tomarla. Cuando al fin la sacó, se levantó de un salto y se enfrentó al hombre arrumado que le salió al paso en el espejo; desenfundó, apuntó y guardó el arma varias veces, evitando sostenerse la mirada. Regresó a la cama, se abrazó de la almohada y se echó a llorar, sin recato.

Eran cerca de las ocho cuando volvió a cruzar el río. La casa era grande y vieja, parecía deshabitada; las ventanas de la fachada estaban tapiadas y la madera del entramado era pasto de la carcoma. El hombre se detuvo ante la puerta, vacilante. Se preguntaba cuál sería la mejor forma de proceder: apenas Schweinhart abriera la puerta, soltarle un balazo entre los ojos o en pleno pecho, directo al corazón; decirle primero quién era él, hacerlo repetir su nombre mil veces y luego apretar el gatillo; obligarlo a arrodillarse y suplicar por su vida, luego llevarlo ante los tribunales de Alemania o Israel, daba lo mismo, siempre y cuando aquel desgraciado terminara en la horca.

Al fin tocó.

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)


 
 

Schweinhart, en mangas de camisa y con una cerveza en la mano, abrió la puerta. Antes de que el hombre pudiera decir nada o sacar el arma del bolsillo, Schweinhart le dirigió una sonrisa de pocos dientes y, contra toda expectativa razonable, lo abrazó. Olía igual que en los días del láger.

—¡Null-Vierzen, es usted! ¡Qué grata sorpresa!

—Schweinhart —balbuceó, sorprendido tanto por la inesperada bienvenida como por la facilidad con la que lo reconoció, en apenas segundos, luego de tres décadas; recordaba incluso el mote con el que lo llamaban, los tres últimos dígitos de la cifra marcada a hierro en su antebrazo.

—Pero no se quede ahí; pase, por favor. El partido ya comenzó.

Mientras lo empujaba al interior de la casa a través de habitaciones y corredores llenos de cachivaches, le hizo un resumen de lo ocurrido en el juego hasta ese momento. Alemania había estado más cerca de anotar luego de varios tiros de Wolfgang Overath, Gerd Müller y Rainer Bonhof, pero ese endemoniado Ronnie Hellström había atajado todos. Franz Beckenbauer también lo había intentado con un tiro de larga distancia, sin éxito. Los suecos, por su parte, estuvieron cerca sólo una vez con un tiro libre, nada que inquietara a Sepp Maier. El hombre no entendió de qué le estaba hablando hasta que desembocaron en una habitación en cuyo centro había unas cuantas sillas, una hielera y un televisor puesto en el suelo. Alemania Federal se enfrentaba a Suecia en la segunda ronda del mundial de futbol. Schweinhart lo invitó a sentarse mientras le alcanzaba una cerveza, la cual aceptó, rebasado por el desarrollo del encuentro. Tomó asiento y miró el televisor: la imagen se desplazaba hacia arriba, pero un puñetazo dado por Schweinhart la volvió más estable. El marcador seguía cero a cero.

—Cuénteme, Null-Vierzen, ¿qué le trae a Frankfurt?

—He vivido aquí toda mi vida, excepto por aquel año.

—¿Y decidió volver después de la guerra? Creí que todos ustedes se habían ido a Palestina. O a América.

—No tenía por qué; también soy alemán.

—Claro, claro —bebió de su cerveza y se quedó mirando el partido, luego prosiguió—: Yo estoy aquí desde el 47. Me hallaba en Flossenburg hacia el final de la guerra; supe de buena fuente que iban a evacuar el láger y nos llevarían a Dachau, así que me fingí enfermo. Se llevaron a todos los que podían caminar y a los que estábamos en la enfermería nos abandonaron; tres días después, llegaron los americanos. Unos cuantos meses más bajo la nueva administración y nos dejaron libres. Entonces vine aquí. Soy de la otra Frankfurt, ¿sabe?, pero no quise volver y quedar bajo las zarpas rusas. ¿A usted cómo le fue?, ¿cómo regresó de Polonia?

—Todavía estoy allá —murmuró, pero Schweinhart no le prestó atención. Luego de que Hans-Georg Schwarzenbeck intentara despejar el balón de su área usando la cabeza, Ralf Edström remató de volea al ángulo derecho de la portería alemana, fuera del alcance de Sepp Maier. Suecia se ponía arriba en el marcador. Tras la andanada de improperios de rigor, Schweinhart se quedó en silencio, enfurruñado. Parecía haberse olvidado del hombre a su derecha, quien tampoco dijo nada, asediado por aquellos recuerdos, por la noche y el frío, por un camino nevado que parecía no tener fin. Apartó aquello de la memoria con un largo trago de cerveza, luego miró a Schweinhart. El cabello había desertado de la frente a la coronilla, mantenía su posición tan sólo sobre las orejas y en el cogote, desde donde se había lanzado a la conquista de los hombros y la espalda; le hacían falta por lo menos cuatro dientes y los demás estaban estropeados, tenía una barriga abultada y al parecer estaba enfermo, pues su piel tenía un tono amarillento. Casi nada quedaba del orgulloso ario que, no obstante, había acabado en Monowitz, quién sabe por qué delitos; lo único que conservaba, además de la risa, era su mirada, una mirada de predador en la que brillaba la astucia pero jamás la empatía. Aunque Schweinhart nunca se tentó el corazón para cometer las atrocidades que sus amos alemanes le indicaran, no era de ordinario violento, ni arbitrario, la mayoría del tiempo solía delegar sus responsabilidades en Dabrowski y Krawiec, dos polacos que le eran en todo leales. Aquello que no podía eludir, lo hacía sin pasión, placer o culpa. Quizá por ello, a pesar de su ordinaria mansedumbre, el hombre lo odiaba aún más que a ningún otro, porque asesinaba como quien se hurga la nariz y luego reía, no para burlarse de sus víctimas, no para celebrar sus crímenes, sino, sencillamente y en medio de ese horror, porque era una persona alegre. Aquella risa era peor que todo el odio cerril de los polacos, que toda la sevicia de los SS; aquella risa lo hacía sentir más humillado que cualquier bofetada o escupitajo, anulaba sin más cualquier vestigio de dignidad que luchara por conservar.

Pavel Kazakov pitó el final del primer tiempo, el marcador continuaba a favor de los nórdicos. Schweinhart destapó dos cervezas más, siguieron bebiendo en silencio.

—Y bien, ¿a qué debo el honor de su visita, Null-Vierzen?

—Intento cobrar viejas deudas.

Schweinhart sonrió.

—¿Deudas, dice? No recuerdo deberle nada, ni a usted ni a nadie; quizás a Häfner, el tendero, pero no a usted.

—Dígame algo, ¿se ha escondido en este chiquero todos estos años?

—¿Esconderme?, ¿de quién?, ¿de usted?

—De la justicia, de pagar por los crímenes que cometió en Monowitz.

—Yo ya purgué mis culpas, así lo decretó el tribunal americano. Estoy limpio como un recién nacido —Schweinhart se empinó la botella hasta terminarla, antes de continuar—. Yo ni siquiera soy antisemita, ¿sabe?, ni entonces ni ahora; no tengo nada contra usted ni los suyos, pero estábamos en una situación comprometida, de vida o muerte. Sólo hice lo necesario para sobrevivir. Mire, empieza el segundo tiempo.

Los jugadores, perdidos en la escarcha de estática de aquel viejo televisor, iban y venían por el campo en pos de un balón que no se distinguía. Schweinhart dio al aparato otro puñetazo, pero la imagen no llegó a restablecerse.

—¿En serio? ¿Alegará esa canallada en su defensa?

—Esa canallada no es tal, es la verdad. No estuve allí por gusto, usted lo sabe; también pasé hambre y frío, también estuve a un traspié de la muerte. Maldito cacharro, no logro ver nada —se levantó y dio un puntapié al televisor, esta vez la imagen se volvió más nítida.

—Las condiciones en las que usted se encontraba no eran las mismas, había diferencias: para usted era el fondo del perol con el potaje, para usted una parte de todo aquello que sus allegados conseguían “organizando”; nadie lo ultrajaba, se iba a dormir la siesta en mitad de la jornada y dejaba la porra en manos de aquellos dos polacos degenerados. Comparado con lo que yo viví, con lo que vivimos miles de “nosotros”, sus días allá fueron unas vacaciones. Usted no dejó jamás de ser una persona, Schweinhart; yo conozco su nombre, el nombre de los polacos; usted no sabe de mí nada más que estos malditos números.

—No me odie por haber sido ingenioso. Pero tiene razón, no conozco su nombre. ¿Usted se llama?

Antes de que pudiera contestar, Overath remató desde el manchón penal un balón perdido por Gerd Müller. Hellström no pudo detener aquel disparo y golpeó el suelo con rabia. Schweinhart se levantó, dio unos saltitos y se dirigió a la hielera por otra cerveza. Aún estaba de espaldas al televisor cuando los alemanes robaron de nuevo el balón y se lanzaron al ataque por la banda izquierda; Berti Vogts logró colarse al área rival por la derecha, pasó en corto para Hoeness, éste retrocedió hasta quitarse la marca de Björn Nordqvist y centró al área. Müller, de espaldas, cabeceó el esférico al suelo, Bonhof lo alcanzó y tiró al arco: Hellström se lanzó por el balón y aunque logró rozarlo, no consiguió sacarlo del campo. La pelota rebotó en el poste izquierdo y, tras recorrer toda la portería sobre la línea de meta, acabó por golpear el poste derecho y meterse a la red.

—Eso les enseñará, así es como se juega al futbol —chilló Schweinhart, fuera de sí por la emoción; pero no hubo tiempo de celebrar, pues no bien el balón se puso en juego, Edström centró al área alemana y aunque Schwarzenberg intentó repeler de un cabezazo, el balón acabó en los pies de Roland Sandberg, quien adelantó el balón para quitarse la marca de Bogs y tiró con la izquierda, haciendo morder el polvo a Maier. Schweinhart se dejó caer en su silla—. Bueno, esto lo volverá más interesante. ¿Pero qué pasa, Null-Vierzen? Tres goles en tres minutos y usted no parece emocionado.

—Nunca me ha gustado el futbol, no le encuentro el sentido.

—Yo siempre lo he amado. Mi padre me llevó a Berlín en el 36, consiguió boletos para los partidos de la olimpiada en el Post-stadion. Vimos a Alemania golear a Luxemburgo nueve a cero y a Polonia derrotar a Hungría por tres goles. Teníamos fe en que Alemania llegaría más lejos, que ganaríamos el oro, pero los noruegos nos derrotaron en cuartos de final —se llevó la mano al mentón y se la pasó por el cuello—. Él estaba ahí, ¿sabe?

—¿Quién?

—El Führer. Estaba ahí con toda su camarilla. Desde nuestro lugar en las gradas sólo se distinguía de los demás por la mancha parda del bigote. Fue lo más cerca que nunca estuve de él. Esa tarde decidí, y así se lo hice saber a mi padre, que sería futbolista profesional y que algún día ganaría para Hitler la medalla de oro o la copa del mundo, o ambas. No se vaya a reír, tenía catorce años. Pero iba en serio: entrené como energúmeno, con miras a los Olímpicos en Helsinki y al mundial del 42, que sin duda se celebraría en el Reich, sin importar lo que quisieran los sudamericanos. Pero ya ve, vino la guerra y todo se fue a la mierda. Malditos ingleses entrometidos.

El hombre, que escuchaba la evocación sin mayor interés, sintió que las entrañas se le incendiaban al escuchar aquello.

—¿Los ingleses?, ¿va a culparlos de la guerra?

—¡Por supuesto! Si nos hubieran dejado en paz luego de la campaña de Polonia…

—¡Y un cuerno! ¡Usted es un cínico hijo de puta o un imbécil descerebrado si se atreve a afirmar esa infamia!

—Baje la voz, y mida sus palabras, recuerde que está en mi casa.

—No voy a callarme, estoy harto de callar y de ver cómo todos buscan justificarse: que si fueron los ingleses, que si fueron los rusos, que si fueron los jerarcas del partido, que fue Hitler y sólo Hitler. Nadie asume su culpa, nadie se hace responsable, nadie quiere mirarme de frente y pedirme perdón o explicarme por qué decidieron tomar parte en ese crimen monstruoso, sólo apartan la vista y afirman que fue alguien más; ellos sólo cumplían órdenes, sólo hacían lo necesario para sobrevivir. ¿A costa de qué, Schweinhart?

—Cálmese, no sea dramático.

—No lo soy, sucede que usted es de piedra, no siente ni puede imaginar lo que sienten los otros; vengo hasta aquí, usted me deja entrar y me pone delante de este cacharro tratándome como si fuéramos viejos amigos, como si no lo hubiera visto matar con sus manos, como si no me hubiera cruzado el rostro a bofetadas. ¿No ve que me estoy muriendo de rabia? ¿No entiende que he venido a matarlo?

—¿A mí?, ¿por qué?

—¿Todavía lo pregunta?

—Yo no le hice aquello, Null-Vierzen; busque a los verdaderos culpables. Vaya y mate a Hitler, él fue quien ordenó la destrucción de su raza.

—No diga estupideces, Hitler está muerto.

—¡Qué va! El tío Adolf escapó de Berlín y se largó a Bavaria disfrazado de Groucho Marx; lo acompañaban Goebbels y Bormann vestidos de Laurel y Hardy. Himmler se afeitó el bigote y trató de pasar por Harold Lloyd, pero su cara mofletuda lo delató; no le quedó más remedio que recetarse su propia medicina.

—¿Está loco? ¿Todo es una broma para usted? Porque yo hablo en serio, mire.

Sacó el arma del bolsillo y apuntó a la cabeza de Schweinhart, pero él, sin pestañear siquiera, siguió mirando la televisión y bebiendo su cerveza.

—Por favor, no se ponga en ridículo. Usted no es capaz de usar esa pistola.

—Usted no sabe nada de mí; no pretenda conocerme porque no es verdad.

—Lo conozco mejor de lo que cree; usted es incapaz de matar, aunque le fuera la vida en ello, no podría. No es ese tipo de hombre. Ahora baje eso. No se le vaya a escapar un tiro y entonces lo lamentaremos los dos.

El hombre siguió apuntando, pero Schweinhart permaneció imperturbable. El brazo se le cansó, la mano empezó a hormiguearle y los ojos se le anegaron de lágrimas. No pudo apretar el gatillo. En el juego, los alemanes se hallaban en el área rival; Hoeness centró a Müller, Kent Karlsson lo marcaba y consiguió arrebatarle el balón, pero Bernd Hoezelbein lo recuperó y pasó de primera intención a Jürgen Grabowski, quien tiró a portería y consiguió anotar. Schweinhart, loco de alegría, saltó de su silla con los brazos alzados, el disparo lo tomó por sorpresa.

—¿Qué demonios? ¿No le dije que bajara el arma?

—Lo siento, me asusté.

—¿No ve que intento disfrutar del partido? ¡Maldición!

—Lo siento —repitió el hombre, derrumbándose sobre su silla.

—Olvídelo, hombre, no pasó nada; la próxima vez no cierre los ojos al apretar el gatillo.

Luego de un momento de silencio en el cual Schweinhart no se dignó a mirarlo, el hombre preguntó, con voz entrecortada:

—¿Cómo lo hace?

—¿Qué?

—No pensar en ello, reír, andar por el mundo como si no hubiera estado allí. ¿Cómo lo hace?

—No es tan difícil, dese cuenta: ya pasó, acabó hace treinta años, ¿qué sentido tiene? A estas alturas muchos de los que entonces murieron ya habrían muerto de todas formas. Nadie puede quitarnos nada que el tiempo, al final, no vaya a arrebatarnos; ni siquiera Hitler.

—Pero no en ese momento, no de esa manera. Pensando de ese modo justificaríamos cualquier iniquidad. ¿Dónde quedaría la justicia?

—Deje la justicia a Dios, que sea Él quien se encargue de eso.

—¿Y si Dios no existe, Schweinhart?

—Entonces, con mayor razón, lo que pasó no tiene importancia. Vamos, Null-Vierzen, mírese el rostro; ha dejado que el rencor le devore las entrañas. Yo no soy un modelo de belleza, pero he vivido, me he agotado a mí mismo abrazado a la llama de la vida; comí, bebí y forniqué en exceso, no me he quedado con ganas de nada. ¿Y usted? Si no fue para vivir, ¿para qué se salvó? ¿Por qué no dejó su lugar a otro? ¿Qué diablos hace aquí?

—Recuerdo, intento dar testimonio por los que murieron.

—Hágalo si quiere, pero no se permita seguir en el láger, no permita que Hitler le robe el resto de su vida; esa sería la mayor injusticia y nadie se la estaría infligiendo sino usted mismo. ¿Eso que le dije sobre el tío Adolf y sus secuaces? Se esfumaron hace tanto tiempo que lo mismo da lo que pasó realmente. Dígame usted, ¿cómo hubiera querido que Hitler terminara?

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

El hombre apretó la mandíbula hasta que los dientes le dolieron. Lo había pensado ya, había soñado con ello, lo había pen¬sado muchas veces durante noches enteras.

—Me hubiera gustado que los rusos lo atraparan vivo, lo metieran en una jaula y lo exhibieran como un animal en todos y cada uno de los pueblos a los que su ejército, como la plaga, llevó el dolor y la muerte; que lo arrastraran hasta Moscú y así, metido en esa jaula, Stalin lo conservara como mascota por el resto de sus malditas vidas. Entonces, muerto al fin, que su cadáver fuera pasto de los cerdos. Ése es el final que merecía.

—Hecho, eso pasó; que nadie lo convenza de otra cosa.

—No. Se pegó un tiro sentado en su sillón. No debió morir así, no después de tanto mal. Debió sufrir más, mucho más.

El hombre se soltó a llorar, como lo hiciera horas atrás en su recámara. Schweinhart dio el último trago a su cerveza y se quedó mirando la etiqueta; era la última.

—De nuevo el asunto de la justicia. Escuche, si le parece bien, hagamos lo siguiente: dejaré que sea usted quien me lleve a los tribunales a buscar la justicia que tanto necesita. A fin de cuentas no me queda mucho tiempo, estoy enfermo del hígado y moriré en unos meses, qué más da que sea en la horca. Sólo le pido que sea después del mundial; estoy seguro de que vamos a ganarlo y no quiero perdérmelo ni enterarme desde una celda. Cúmplame ese capricho.

—¿Qué sentido tiene? Si Alemania gana el mundial, lo último que querrán es traer esos asuntos del pasado.

—Seguramente así será, pero podemos intentarlo.

—Creo que debo irme —el hombre se levantó y caminó hacia la puerta de la habitación—. No debí venir, sólo conseguí probarme una vez más que soy un cobarde. En Monowitz me decía que era imposible, pero me prometí tomar venganza si lograba salir con vida. Ya ve cómo resultó.

—No es un cobarde, simplemente es un buen hombre. Nada se puede hacer contra eso. Pero quédese, faltan pocos minutos; luego podríamos salir a comer algo, celebrar.

—En otra ocasión, quizá. Cuando venga a entregarlo a la justicia.

—Se me ocurre otra cosa: tengo boletos para el próximo partido de Alemania que será aquí, en el Waldstadion. Pensaba ven¬der uno porque no tengo a quién llevar. Es suyo, si lo quiere.

—Ya le dije que no me gusta el futbol.

—Eso es lo de menos. Jugamos contra Polonia; véalo como un ajuste de cuentas con sus amigos Dabrowski y Krawiec; le aseguro que vamos a patearles el trasero. Piénselo, al menos.

—Lo haré.

—Excelente, compañero, lo acompaño a la puerta.

Inge Eiderstedt, desesperado ante la inminente derrota y la insistencia germana en su área, le metió una zancadilla a Müller quien, aunque alcanzó a esquivarla, se tiró a propósito. Pavel Kazakov marcó penal. Schweinhart miró el televisor, miró a su visitante e hizo una mueca de angustia. El hombre se encogió de hombros.

—Quédese, Schweinhart; recuerdo el camino.

—El partido es el 3 de julio. Confírmeme antes de esa fecha, por favor. Venga cualquier día por la tarde, aquí me encontrará.

—Bien. Hasta entonces.

Mientras se alejaba, oyó a Schweinhart celebrar el gol. Salió a la calle. Aunque era noche cerrada, decidió detenerse de nuevo en el parque. Quería reflexionar sobre lo ocurrido, por qué no pudo disparar y por qué se sentía tan triste y a la vez tan aliviado. ¿Acaso Schweinhart tenía razón y todo aquello había dejado de importar? Después de todo, el mundo entero estaba en Alemania, jugando al futbol, olvidado de lo que aquella nación les había hecho, olvidado de los horrores, de la sangre y el fuego, de los campos en los que sólo se cosechó muerte, día tras día, mes tras mes, sin tregua, sin por qué, sólo porque sus líderes creyeron que podían hacerlo impunemente.

Todo el mundo volteaba hacia otro lado mientras él se empeñaba en recorrer aquel camino blanco e infinito. Quizá Schweinhart tenía razón y lo mejor era ceder, olvidar, vivir.

Vivir.

Dejaría de ser un paria, iría a ese partido, se volvería amigo de Schweinhart; después de todo y dadas las circunstancias, no lo había pasado tan mal en su casa. Volvería al día siguiente y esta vez él invitaría las cervezas.

Esa misma noche se tiró al río.


Autores
(Guadalajara, 1985) es autor de El desconocido del Meno (FETA), libro ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2017.
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Los relatos para niños que escribió Clarice Lispector no pueden ser considerados una parte menor de su obra, sino que son centrales dentro su narrativa. Martha Riva Palacio Obón explora el abisal y tumultuoso imaginario de la brasileña y nos muestra que la infancia será siempre un territorio amenazante.

Más de una vez me he topado con textos que califican la literatura infantil de Clarice Lispector como un desvío en su trayectoria que debe leerse con benevolencia, pero nunca con la misma atención que se le prestaría al resto de sus libros. Por ejemplo, en el prólogo de una de las ediciones en español de ¿Cómo nacieron las estrellas? se incluye, cual si se tratara de la entrada al infierno de Dante, la siguiente advertencia:

Los cuentos infantiles de Clarice Lispector representan un doble desafío para los padres, maestros y otros mediadores: superar el respeto y conocimiento que tengan de su obra y entrar con los niños en este aspecto más maternal y juguetón de unos relatos que parecen contados por una abuela en una ronda. [1]

Pareciera que la literatura infantil, al igual que una niña que olvida que no debe interrumpir una conversación entre adul¬tos, debe pedir constantemente perdón por atreverse a existir. Bicho raro, se filtra por las grietas del canon exponiendo —para incomodidad de muchos— la verdadera hondura de esa abuela capaz de abarcar toda la experiencia humana con sus rondas. Así que no, a los cuentos infantiles de Clarice Lispector hay que tratarlos con el mismo respeto con el que abordamos el resto de su obra. Son parte de la conversación y sin ellos no es posible apreciar cabalmente la visión de una de las autoras más emblemáticas del siglo XX, con todos sus matices y contradicciones. Hay que dejar que la selva crezca en maraña. No importa si es el Amazonas o una maceta en un apartamento de Río de Janeiro. ¿Será que podremos establecer de nuevo un diálogo sin prejuicios entre su literatura infantil y adulta y disfrutarlo?

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Antes que nada, habría que tener cuidado de no confundir lo sencillo con lo simple. Los relatos infantiles de Clarice se alejan de lo literal y se adentran en lo simbólico. Parafraseando a Walter Benjamin, [2] narran con precisión lo extraordinario, pero sin forzar la conexión psicológica; permitiendo así que cada quien saque sus propias conclusiones. Para comprenderlos hay que tomar en cuenta también sus silencios:

Una vez, en el mes de enero, había muchos indios que desarrollaban sus actividades habituales: cazaban, pescaban, combatían. Pero no hacían nada en las tabas: solo tumbarse en las redes, dormir y roncar.

¿Y la comida? Solo las mujeres se encargaban de prepararla y de tener todo para comer. [3]

Lo no dicho, lo que se infiere. Situaciones que se dan en dos tiempos: el cósmico y el histórico. Mujeres que habitan en un mundo previo a la creación de las estrellas pero que también podrían ser cualquier ama de casa del siglo XX o XXI, para el caso. Lo mismo sucede con “El negrito pastor” en el que lo fantástico se funde con lo real. La octava historia de ¿Cómo nacieron las estrellas? trata sobre fuerzas sobrenaturales pero contiene también un testimonio sobre la esclavitud y el pasado colonial en Brasil. El final es feliz, pero Clarice pone en duda la moraleja que ha acompañado a este relato durante siglos. Después de todo, nos aclara que el villano se hinca ante la Virgen por miedo y no por arrepentimiento:

¿La moraleja de esta historia será que el bien siempre gana?

Bueno, todos sabemos que no siempre sucede así. Lo mejor es que nos vayamos arreglando como podamos y tratemos de encontrar una manera de ser buenos y quedarnos con la conciencia tranquila. [4]

Las reglas del juego no siempre son fáciles de comprender y cuando creemos saber qué sucederá, surge lo inesperado. Es un hecho que, en la literatura infantil de Clarice, los seres humanos —en especial, los adultos— no siempre salen bien parados. En La vida íntima de Laura, por ejemplo, un extraterrestre siempre preferirá establecer contacto con una gallina porque considera que ésta, a diferencia de nosotros, no es cuadrada. Habría que tener, tal vez, criterio de… pollo.

Los relatos para niños de Lispector parten del mundo ordinario y nos transportan, sin que nos demos cuenta, hasta esa franja donde los objetos cotidianos son y no lo que aparentan. La selva de ¿Cómo nacieron las estrellas? forma parte de una geografía intangible que nace de los lugares comunes, provocándonos desconcierto; está poblada por criaturas anfibias que viven y mutan entre lo real y lo imaginario. Bichos que son hormigas, onzas, niños, astros, dioses. Son doce leyendas brasileñas al modo de Clarice, en las que retumba con fuerza la voz de esa abuela sabia que trae todo el trópico a cuestas. Sus historias, en apariencia sencillas, apelan a nuestro inconsciente colectivo. Bichos que son también arquetipos. Clarice es experta en cartografiar esos mundos imaginarios que –como dice Vlady Kociancich– todos tenemos en la cabeza y sin los cuales nuestra experiencia se vería empobrecida. [5] Mundos que se empalman con la vida cotidiana en donde los niños de la selva siempre harán hasta lo imposible por evitar que los regañen:

Cuando las indias regresaron se asustaron porque les pareció que sus hijos subían hacia el cielo por los aires. Decidieron subir también ellas atrás de los chicos para, luego, cortar la liana por debajo de ellos.

Sucedió entonces algo que solo ocurre cuando creemos: las madres se cayeron al suelo transformándose en onzas. En cuanto a los curumins, ya que no podían volver a la tierra, se quedaron en el cielo, transformados en brillantes y redondas estrellas. [6]

Una voz de bufona que trastoca las relaciones de poder, dentro y fuera del libro. Vulnerable, irreverente, fumadora empedernida, es por momentos adulta y niña. En textos como La mujer que mató a los peces, Clarice interpela a los niños desde una posición igualitaria en la que ellos pueden o no decidir aliarse con ella. Estos últimos tal vez no son la figura central del relato pero sí del debate que se construye al margen, en el que la ironía juega un papel fundamental: “Les contaré antes unas cosas muy importantes para que no se pongan tristes con mi crimen. Si tuviese la culpa se los diría, porque yo no miento a las niñas ni a los niños. Solo miento a algunas personas mayores porque es la única manera de tratar con ellas”. [7]

En los cuentos infantiles de Clarice encontramos el germen de esos grandes temas, que también explora en su obra para adul¬tos. Uno de ellos, como plantea Sonia Monnerat, [8] es la propia infancia; entendida ésta no como un proceso reversible regido por la tensión constante entre la formación del yo y su aniquilación:

Ella estaba en su primera infancia y sin miedo a que la angustia sobreviniera; estaba en estado de encantamiento por los colores orientales del Sol que dibujaba figuras góticas en las sombras (…). Descubriendo lo sublime en lo trivial, lo invisible bajo lo tangible — ella misma deshecha como si hubiese sabido en ese momento que su capacidad de descubrir los secretos de la vida natural todavía estaba intacta. [9]

Para Lispector, la infancia nunca termina del todo y a lo largo de sus libros desarticula aquellas estructuras internas que sustentan la ilusión del yo como una continuidad. Cualquier cosa, hasta una cucaracha bajo la puerta, puede catapultarnos a ese momento terrorífico en que deseábamos y temíamos ser absorbidos por esa masa informe a la que luego aprendimos a llamar mundo. El bicho —que en su nombre tiene en sí algo indefinido, ya que puede referirse a un ave, insecto o protozoario— representa la irrupción de lo abyecto en nuestra vida cotidiana. Lo abyecto es el crujido de la concha de un caracol bajo la suela de nuestro zapato o el silencio de un pez muerto de hambre; es lo que, como diría Julia Kristeva, “nos confronta con esos estados frágiles en donde el ser humano erra en los territorios de lo animal”. [10] En ¿Cómo nacieron las estrellas?, por ejemplo, lo abyecto huele a selva virgen. Es el territorio de Curupira, el escupe-fuego, azote de cazadores furtivos:

No es un cangrejo, pero sus pies salen hacia atrás, como si estuviera caminando al revés. Nadie sabe nunca dónde está. ¿Huye siempre? Puede ser. Y de repente surge como una aparición aterradora. Cuando se va, no deja rastros en la tierra. Si solo se oye un susurro en lo matorrales, pueden estar seguros: es él. [11]

Bichos que también son fósiles vivientes, memoria encapsulada de un pasado distante en el que nos hicimos esa primera pregunta que nos permitió ser nosotros mismos. Porque como reflexiona Lori, la protagonista de Aprendizaje o El libro de los placeres, somos la continuación de un impulso que inició hace millones de años. Nuestra historia es la de ese instante en el que la materia inerte cobró vida por primera vez… “Como si pasara del hombre-mono al Pithecanthropus erectus. Y entonces no había medio de retroceder: era la lucha por la supervivencia entre misterios. Y a lo que más aspira el ser humano es a volverse un ser humano” [12].

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Lo abyecto nos produce terror porque nos reconocemos en él:

El horror será responsabilidad mía hasta que se complete la metamorfosis y el horror se transforme en luz. No la luz que nace de un deseo de belleza y moralismo, como antaño, cuando no sabía lo que me proponía; sino la luz natural de lo que existe, y es esta luz natural lo que me aterra. Aunque yo sepa que el horror, el horror soy yo ante las cosas. [13]

A lo largo de su obra, Clarice Lispector explora desde distintos ángulos los mecanismos que nos permiten procesar esos impulsos primitivos que amenazan con desintegrarnos. Para resguardarse de ese placer extremo que se parece demasiado a la angustia, Lori recurre a la rutina. La repetición como un baño de muerte para adormecer los nervios al rojo vivo. En contraposición a eso, la protagonista de La pasión según G.H. elige crear a partir del caos y fabricar incluso palabras que le permitan transcribir lo incomprensible. En una dimensión mítica, sin embargo, operan otras leyes y es posible jugar con fuego sin quemar¬se. Como sucede en el relato de septiembre de ¿Cómo nacieron las estrellas?, basta con nombrar en voz alta a nuestros demonios para exorcizarlos:

Bueno, lo mejor es empezar confesándote que soy un poco cobarde, sí, tengo mis temores. Y te vas a reír de mí cuando sepas qué es lo que temo tanto. Es… bueno, es… (Voy a tomar mucho coraje y decirlo de una vez.) Tengo mucho miedo del… ¡Saci Pereré! Qué alivio haberlo confesado. Y qué vergüenza. [14]

Pero el goce no consiste en anunciar únicamente al lobo sino en intercambiar lugares con él. Si con el Curupira la autora decidió mantener su distancia, con el Saci Pererê sucede todo lo contrario. En este relato que inicia con un tono similar a La pasión según G.H., la narradora se desdibuja hasta convertirse en ese demonio de una sola pierna que tanto miedo le inspira. Se invierten los papeles y ella es ahora el monstruo. Clarice, de gorra roja y una sola pierna, se apropia del corazón mismo de la jungla:

Una vez me vengué. Cuando me pidió fumar, le di. Pero mezclé con el tabaco… un poco de pólvora (no demasiada, porque yo no quería matarlo). Y cuando dio la primera pitada, ¡se oyó el estruendo!

Porque yo también soy un poquito Saci Pererê… de él aprendí las mañas. [15]

En el universo de Lispector, no sólo es necesario reconocer la existencia del bicho sino que hay que intentar descifrarlo aun si esto —como se plantea en La pasión según G.H.— significa perderse en un infierno. Cobrar conciencia de que existe vida más allá de la escala humana implica reconfigurar nuestra concepción del universo y de nosotros mismos de tal forma que podamos revelarnos también como un organismo vivo. Rastrear nuestra historia de vuelta hasta el último ancestro en común del que surgen todos los bichos del mundo:

Tener bichos es una experiencia vital. Y a quien no convivió con un animal le falta cierto tipo de intuición del mundo vivo. Quien se rehúsa a la visión de un bicho tiene miedo de sí mismo (…) Pero yo no humanizo a los bichos, creo que es una ofensa —hay que respetarles la naturaleza— soy yo quien me animalizo. [16]

El último estertor de una criatura, el forcejeo mudo de un cuerpo que no ha sido atravesado por el lenguaje. Devolver la mirada al otro es reconocer también su fragilidad. En Aprendizaje o El libro de los placeres, Clarice vuelve a esa lucha entre la vida y la muerte, la poética del cuerpo y lo abyecto:

Lúcida y calmada ahora, Lori recordó que había leído que los movimientos histéricos de un animal apresado tenían como intención liberarse, por medio de uno de esos movimientos, de la cosa ignorada que le estaba apresando —la ignorancia del movimiento único, exacto y liberador era lo que volvía histérico a un animal: apelaba al descontrol—; durante el sabio descontrol de Lori ella ahora había tenido para sí las ventajas liberadoras que procedían de su vida más primitiva y animal…[17]

Descontrol y agonía que también se lee entre líneas en La mujer que mató a los peces; donde, antes de confesar su crimen, la narradora explica ante un tribunal imaginario de niños que en realidad ella es buena con los bichos. Bichos que han vivido desde siempre con ella y que han llegado, muchas veces, sin ser invitados. Al final, sin embargo, no le queda otra opción más que reconocer su falta:

Deben de haber pasado hambre, como nosotros. Pero nosotros hablamos y reclamamos, el perro ladra, el gato maúlla, todos los animales hablan con sonidos. Pero los peces son tan mudos como un árbol y no tenía voz para reclamar y llamarme. Y cuando fui a verlos estaban quietos, delgados, coloraditos, y, desgraciadamente, muertos de hambre.

La muerte, nos dice Walter Benjamin, es el respaldo de todo lo que el narrador puede contar. [18] Es la historia natural contenida en todos sus relatos y a los que volverá una y otra vez. En La mujer que mató a los peces, Clarice Lispector no sólo no teme dirigirse a los niños con esa autoridad que le brinda la muerte sino que, a través de la protagonista, nos recuerda que también nosotros somos capaces de matar lo que queremos. Tal vez por eso es mejor dejar que los bichos anden sueltos por el mundo sin tratar de poseerlos:

A los pájaros los quiero en los árboles o volando pero lejos de mis manos. Tal vez algún día, en contacto más prolongado en Largo do Boticário con los pájaros de Augusto Rodrigues, llegue a ser íntima de ellos, y pueda gozar de su levísima presencia. [19]

La literatura infantil de Clarice Lispector es también un instante suspendido en el tiempo que —si sabemos prestar atención— nos habla de la fascinación que ésta sentía de joven por las historias y los bichos. Aunque llegó a Brasil cuando tenía poco más de un año de edad y creció en el trópico, Clarice también cargaba con el exilio de su familia, el horror de los pogromos, la muerte de su madre y los efectos transgeneracionales de esa violencia que arrasa con todo y no se detiene sino hasta conseguir aniquilar al otro. Bicho extraordinario, su primer nombre contenía toda la amplitud del verde: Chaya, vida en hebreo. En una entrevista de grande, ella menciona que siempre tuvo la “saudade de ser bicho”. [20] Saudade, nostalgia intraducible al español. La palabra en sí nos deja mirarla únicamente de reojo. Tristeza exquisita, mágoa, morriña, melancolía de no poder aprehender la levísima presencia del otro. Ya sea persona o bicho. Bicho tal vez del Amazonas, mutante feérico que en sí mismo —en su ADN— es relato puro. Saudade que tiene algo de placer y que se remedia, tal y como hacía Clarice, paseando una tarde por el Jardín Botánico de Río de Janeiro para participar ahí —en un acto gratuito— del misterio de la savia que recorre como sangre los troncos oscuros y rugosos de los árboles. [21]

A veces, cuando decido ser de mente abierta como una gallina, alcanzo a vislumbrar entre líneas el asombro que debió sentir esta niña de origen ucraniano cuando se percató por primera vez de que compartía la casa y el mundo con un bicho.

Aviso al Saci: por favor, no quieras vengarte de mí poniendo pólvora en mi tabaco ¡porque yo les meteré fuego a todos los matorrales!

He dicho. [22]


Notas

[1] Clarice Lispector, ¿Cómo nacieron las estrellas? (Buenos Aires: V&R Editoras, 2014), 60 pp. En realidad, salvo por este detalle, es una buena edición y, por lo mismo, muy recomendable.

[2] Walter Benjamin, “The Storyteller”. En Selected Writings: Volume Three (Belknap Press, 2006), 480 pp.

[4] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[4] Idem.

[5] Vlady Kociancich, “El escritor, el lector y la literatura”. En Encuentro Internacional de Cultura Lectora, tomo II (México: DGP-Conaculta, 2012), 41-46.

[6] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[7] Clarice Lispector, La mujer que mató a los peces (Sabina Editorial, 2008), 32 pp.

[8] Sonia Monnerat Barbosa, “Clarice Lispector para crianças”, Cadernos de Letras da UFF-GLC, núm. 27 (2003): 141-157.

[9] Clarice Lispector, Aprendizaje o El libro de los placeres (Siruela, 2010), 142 pp.

[10] Julia Kristeva, Poderes de la perversión (México: Siglo XXI, 1988), 288 pp.

[11] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[12] Aprendizaje o El libro de los placeres.

[13] Clarice Lispector, La pasión según G.H. (Siruela, 2013), 156 pp.

[14] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[15] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[16] Clarice Lispector, “Bichos I”. En Revelación de un mundo (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2004) 330 pp.

[17] Aprendizaje o El libro de los placeres.

[18] “The Storyteller”.

[19] La mujer que mató a los peces.

[20] Citada por Sonia Monnerat Barbosa.

[21] “Un acto gratuito”. En Revelación de un mundo.

[22] ¿Cómo nacieron las estrellas?


Autores
(Ciudad de México, 1975) es escritora, poeta y artista sonora. Su libro más reciente es Ella trae la lluvia.
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

 

Dentro de la prolija obra de Clarice Lispector, Agua viva —a pesar de su brevedad— ocupa un espacio significativo. Karla Montalvo desenreda la madeja narrativa de estas páginas inclasificables, contándonos de la propensión orgánica que las anima, en la que escritura y cuerpo permanecen co(n)fundidos.

 

Se suele hablar del gran libro, de la obra maestra, de aquel poema, aquel cuento, aquella colección o novela en la que el o la escritora llegó a su cumbre. Pero hay autores de los que es difícil —por no decir imposible, incluso fuera de lugar— afirmar semejante cosa. Clarice Lispector es una. La obra de la escritora brasileña puede leerse como una serie de búsquedas estéticas, espirituales, expresivas, que en conjunto no forman una línea ascendente, sino, más bien, ondulaciones, digresiones, tanteos que se abren paso en la oscuridad, a través de la tierra, en distintas direcciones. Cada una implica dificultades o estados distintos.

En 1973 Clarice publicó Agua viva, que ocupa un lugar especial dentro de esas búsquedas. Se trata de una muy particular. Es posterior a La pasión según G.H. (1964) y a Aprendizaje o El libro de los placeres (1969). Nádia Battella Gotlib y Benjamín Moser, biógrafos de Lispector, coinciden en que le llevó tres años de trabajo, aunque en términos de extensión es bastante breve (menos de cien páginas en algunas ediciones). Aprendizaje…, en cambio, como cuenta Battella, fue escrita en nueve días. La pasión… en no más de un año. Si bien había trabajado en la edición de La ciudad sitiada (1948) el mismo tiempo, tres años, esa obra tiene el doble de extensión. La manzana en la oscuridad (1961), uno de sus textos más largos, lo trabajó y editó en once versiones. Pero con Agua viva el asunto era otro: “Lo interrumpí —dice Clarice— porque no llegaba a lo que quería alcanzar”. [1] Según Olga Borelli, la gran amiga y secretaria de Lispector, ésta nunca había dudado tanto antes de entregar un manuscrito a un editor. “Este librito tenía 280 páginas—dijo Clarice en una entrevista—; lo fui cortando —y torturando— durante tres años. Ya no sabía qué más hacer. Estaba desesperada. Tenía otro nombre. Era tan distinto… Era Objeto gritante, pero no funcionaba. Prefiero Agua viva, algo que burbujea. En la fuente…”.[2]

Fue un proceso tortuoso, frustrante, largo, aunque eso no se transmita en la lectura, que suele ser fluida e hipnótica.

Una de las primeras versiones se llamó Más allá del pensamiento, tenía 151 páginas y contenía varias referencias autobiográficas. En la siguiente, Objeto gritante, esas referencias fueron eliminadas, pero curiosamente creció en páginas. El miedo y las dudas venían, podemos intuir, de que en términos forma¬les Agua viva es un texto sumamente radical. Monólogo, diario ficcional, narración poética, ensayo, no cuenta una historia, no tiene una trama en el sentido convencional del término. Según Moser, [3]

Olga Borelli la ayudó a encontrar la estructura final del libro. No es extraño: al no tener una historia, una trama, su mayor dificultad radicaba justo en el orden de ese fluir del yo y de sus instantes.

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Más allá del pensamiento, como título, apela a esa parte abstracta, ensayística del fluir; Objeto gritante, a la personificación de ese objeto textual. Agua viva, por su parte, sugiere el organismo. Algo que “burbujea”. Algo que vive. La propuesta va más allá de no contar una historia. Se trata de una manera de entender y de indagar la relación de la palabra con la realidad. Cuando se escribe, ¿se copia el mundo?, ¿se representa? En esta obra, se crea. Se genera. Al menos, es la intención. Agua viva no es un libro, es un organismo. Algo así como un Frankenstein, pero que no pretende humanidad; no trata de imitar la forma, el cuerpo, la apariencia de lo humano. No busca lo autobiográfico, sino lo “bio”: lograr un mecanismo vital. Hacia allá apunta la cita de Seuphor, epígrafe del texto: “Debería existir una pintura libre de la dependencia de la figura —el objeto— que, como la música, no ilustra nada, no cuenta una historia y no lanza un minuto. Esa pintura se contenta con evocar reinos incomunicables del espíritu, donde el sueño se convierte en pensamiento, donde el trazo se convierte en existencia”. El trazo que es. La palabra que vibra, late, respira.

Pero, ¿cómo lograrlo? No de una vez por todas. No llegamos al texto y aquello, lo bio, la vida, el organismo, ya está hecho. No. La obra es el proceso, el intento que nos lleva a ello. Para lograrlo la narradora-escritora parte de sí. De su cuerpo. De su mundo. Recurre, sí, a la representación, pero apenas, con muy pocos elementos, aludiendo, bosquejando. Casi sin descripciones. “Después de un cierto tiempo cada uno es responsable de su cara. Voy a mirar ahora la mía. Es un rostro desnudo”. [4] Mención breve y ambigua, no vemos el rostro, sino el efecto que le produce a ella. Los detalles y la apariencia no se nombran. Pero la narradora alude a sí, a su cuerpo. Ése con el que fuma y teclea en la máquina de escribir… Ése que, aunque a veces le cueste trabajo creerlo, sabe mortal. “Siento ahora mismo el corazón latiendo desordenadamente dentro del pecho” (71). De forma simultánea, el personaje siente su cuerpo y lo escribe. Pero la cita implica dos tiempos, dos planos: el del cuerpo que experimenta el corazón en el pecho y el de la escritura-representación de ese cuerpo. “Para escribirte antes me perfumo toda” (57). Antes: el tiempo fuera de la escritura. Pero que, en cierto sentido, llega a ella a partir del perfume en el cuerpo que escribe. Cuerpo origen. Primigenio. Que se mueve en la realidad del teléfono y los floreros y São Paulo. Esa escritora —pensemos en las primeras versiones donde se hacían claras referencias autobiográficas— se lleva al texto, se desdobla en él: “… intento dar los primeros pasos de una convalecencia débil. Estoy consiguiendo equilibrarme” (23). El cuerpo que llega a las palabras intenta avanzar en ese otro plano. La experiencia del cuerpo en el lenguaje, en esa realidad creada, es una experiencia menos limitante que la del cuerpo “real”. Es menos estable, también. No, no es uno, es muchos. Cuerpos varios, sólo posibles en la escritura, cuerpos que aparecen como en un caleidoscopio: “… soy caleidoscópica, me fascinan mis mutaciones centelleantes que aquí caleidoscópicamente registro” (37). La narradora pasa de tener el cuerpo de un animal, “…lamo mi hocico como el tigre después de haber devorado el venado” (27, las cursivas son mías), a tener un cuerpo vegetal, “De madrugada despierto llena de frutos” (42), “Mis raíces están en las tinieblas divinas” (76). Incluso, a través de la analogía, sugiere uno mineral: “No pienso, como un diamante no piensa” (46). Pero después dice: “Brillo nítida. No tengo hambre ni sed: soy” (46, las cursivas son mías). Se ha convertido en un diamante y, sin embargo, un punto y seguido después, vuelve a transformarse: “Tengo dos ojos que están abiertos. Hacia la nada. Hacia el techo” (46). Un ser que no piensa, brilla y pareciera ser esa piedra que no tiene hambre ni sed pero que en el fluir, al crearse a sí misma, de pronto, adquiere ojos. ¿O los recupera?

Pero ella no es la única que se desdobla. Hay un tú al que le habla: “Hoy por la tarde nos encontraremos. Y no te contaré ni siquiera eso que escribo y que contiene lo que soy y te regalo sin que lo leas. Nunca leerás lo que escribo” (78). Un tú que es al menos dos, ése con el que ella se verá en la tarde —y fue su amante— y, aquel otro, al que se dirige en el texto. Él también se desdobla, ella lo desdobla: “Te estoy dando la libertad. Antes rompo la bolsa de agua. Después corto el cordón umbilical. Y estás vivo por tu cuenta” (38). La narradora ayuda a ese tú a nacer en el plano de la escritura. Pero ese nacimiento no está expresado en términos abstractos, sino corporales: la bolsa, el cordón… Es ese mismo espacio donde ella, de pronto, dice: “… tengo a mis pies todo un mundo desconocido que existe pleno y lleno de rica saliva” (34). Mundo construido en el lenguaje — en la voz—, que se conforma de saliva, elemento que está en la frontera entre el cuerpo y la enunciación. Y ahí el lector también adquiere otro cuerpo, otra existencia.

Pero, como dije más arriba, en ese plano, en el de la palabra, hay una mayor inestabilidad, no sólo por las variaciones, sino, también, porque la narradora establece otros intentos, búsquedas en distintas direcciones, para multiplicarse, despersonalizarse, perderse en ese nuevo organismo que está creando:

Dentro de la caverna oscura centellean colgados esos ratones con alas en forma de cruz los murciélagos. Veo arañas peludas y negras. Ratones y ratas corren espantados por el suelo y por las paredes. Entre las pie-dras el escorpión. Cangrejos, iguales a sí mismos desde la prehistoria, a través de muertes y nacimientos, que parecerían bestias amenazadoras si fuesen del tamaño de un hombre. Cucarachas viejas se arrastran en la penumbra. Y todo eso soy yo. (17)

Los murciélagos cuelgan, los ratones y las ratas corren, las cucarachas se arrastran. Acciones que implican el cuerpo de los animales, al tiempo que los caracterizan. Un espacio que contiene múltiples seres vivos, formas y acciones. Cuerpo diverso, lo mismo animal que piedra: es ella. La cita va de lo múltiple e impersonal a lo singular y personal. Pero a veces la dirección es la opuesta: “Y si digo ‘yo’ es porque no me atrevo a decir ‘tú’, o ‘nosotros’ o ‘uno’. Estoy obligada a personalizarme empequeñeciéndome pero soy el eres-tú” (15). O, más adelante, con una forma más radical: “Yo es” (40). “Yo es” alude a los desdoblamientos, a la capacidad de multiplicarse y sucederse en un caleidoscopio y, al mismo tiempo, a la posibilidad del yo de introducirse como parte de ese nuevo ser que es la obra. Acto que, al mismo tiempo que la constituye, la despersonaliza. Yo es, como ese nombrarse en el texto y a la vez convertirse en él. No deja de nombrarse (yo), pero al mismo tiempo se transforma en algo distinto (es): la obra. “¿Qué soy en este instante? Soy una máquina de escribir que hace sonar las teclas secas en la húmeda y oscura madrugada. Hace mucho que ya no soy humana. Quisiera que fuese un objeto. Soy un objeto. Soy un objeto que crea otros objetos y la máquina nos crea a todos nosotros… si tengo que ser un objeto, que sea un objeto que grita” (91). Se introduce en ese nuevo organismo como un yo, para sucederse, mezclarse, multiplicarse, transfigurarse. Ser escritura: “Lo que te estoy escribiendo no es para leer; es para ser” (41). La propuesta de la que hablaba: no quiere crear un libro, un texto; no busca copiar la vida o representarla, sino crearla, hacerla: “… ésta es la vida vista por la vida” (16). Se pierde en las palabras para que éstas logren vivir por cuenta propia, sin dependencia del referente. Un organismo, como vemos, que a su vez está hecho de múltiples cuerpos. Escritura-cuerpo: “Sé qué estoy haciendo aquí: cuento los instantes que gotean y son de sangre gruesa” (25).

Nuevo organismo, con su propia corporalidad.

“Veo que nunca te dije cómo escucho música: apoyo levemente la mano en el fonógrafo y la mano vibra y transmite ondas a todo el cuerpo: así oigo la electricidad de la vibración, sustrato último en el dominio de la realidad, y el mundo tiembla en mis manos” (13). La acción de sentir la música a través del tacto, del cuerpo todo, es un elemento que ayuda a configurar en el texto la forma en que la mujer quiere ser leída: “También con todo el cuerpo pinto mis cuadros y en el lienzo fijo lo incorpóreo, yo cuerpo-a-cuerpo conmigo misma. No se comprende la música: se escucha. Escúchame entonces con todo tu cuerpo” (12). El personaje pinta con el cuerpo, aunque lo que busque sea fijar lo incorpóreo, aquella parte inasible de la realidad. Y es que para experimentar lo inefable se requiere de un cuerpo: “Espero que vivas ‘X’ para que sientas esa especie de sueño creador que se despereza a través de las venas. ‘X’… sólo le sucede a lo que tiene cuerpo. Aunque sea inmaterial necesita de nuestro cuerpo y del cuerpo de la cosa” (84). Y, así como pinta y escucha música, espera que el lector la escuche. De esa forma, llama la atención sobre el sonido del texto, sobre su dimensión material. El sonido se percibe tanto con el oído como con el tacto. “Y si tengo que usar aquí palabras, tienen que tener un sentido casi únicamente corpóreo, estoy en guerra con la vibración última” (13); “Al escribir no puedo fabricar como en la pintura, cuando fabrico artesanalmente un color. Pero estoy intentando escribirte con todo el cuerpo… Mi cuerpo incógnito te dice: dinosaurios, ictiosauros y plesiosauros, con sentido tan sólo auditivo…” (14). El cuerpo del lenguaje, su parte material, sonido, vibración, es el cuerpo que ella descubre en la escritura, al que traslada lo inefable de sí. Los dinosaurios, los ictiosauros y los plesiosauros no se mencionan en términos figurativos, sino en cuanto a su materialidad, su sonido. La relación entre el sonido y el cuerpo es clara. Así, la narradora conforma un cuerpo más.

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Ese cuerpo incógnito, hecho de sonido, es una línea recta. No puede ser de otra forma, pues el lenguaje es sucesivo, no simultáneo. “Lo que digo es puro presente y este libro es una línea recta en el espacio” (20). No importa si entre las palabras que se suceden hay o no lógica o relación causa-efecto, concordancia temporal o gramatical, de todas formas, una palabra sigue a otra, y otra la sigue a ella. “Hay una línea de acero atravesando todo esto que te escribo” (43); la sonoridad de las palabras es la columna vertebral de ese ser múltiple y cambiante que llamamos Agua viva.

Para verlo, para entenderlo como una unidad, sin embargo, se requiere mirar desde el aire: “Este texto que te doy no es para ser visto de cerca: obtiene su secreta redondez antes invisible cuando se ve desde un avión en vuelo alto” (29). Unidad que respira, late, que tiene su propia anatomía; un organismo en tensión constante consigo mismo, con sus diversas partes. Por un lado, la línea recta, implacable en su naturaleza sucesiva, lo atraviesa y lo sostiene; por otro, la capacidad del lenguaje de crear imágenes, de representar, rompe esa linealidad: “Se me ha ocurrido de repente que no es necesario tener orden para vivir. No hay ningún patrón que seguir y ni siquiera existe el propio patrón: nazco” (41). Es en ese nivel —en el de la representación, en el de la capacidad del lenguaje para crear imágenes— donde la narradora puede romper con lo lineal. Así, logra establecer otra forma: no nace al inicio sino cuando quiere, muere o fracasa en el intento, vuelve a surgir. Se trata de otro orden, que escapa a la rigidez del tiempo y de la narración convencional. “Lo que te escribo no tiene un comienzo: es una continuación” (55). Continuación de la vida, probablemente del cuerpo de la narradora-escritora. Y, como se llega a sugerir, lo que escribe continuará en el cuerpo del lector. Así, ese otro cuerpo, que es la obra en su conjunto, se crea con menos límites y fronteras que el “real” o humano.

Multiplicar el cuerpo a través de la escritura es un acto vital. La narradora, más que multiplicarse ella misma como individuo, multiplica la existencia. Lo cual tiene mayor sentido si consideramos que hacia el final dice que no quiere morir y se rebela ante esa dimensión. Podría parecer contradictorio que quiera huir de la muerte a través de la multiplicación del cuerpo; podría pensarse, por ejemplo, en capturar el alma, categoría que, por otra parte, sí menciona y en dicotomía con el cuerpo. Sin embargo, la narradora no copia el cuerpo primigenio, aquel que pertenece a la realidad de la máquina de escribir; más bien, a partir de él y de esa acción física que es escribir, crea otros seres, cambiantes, independientes que, cada vez que un lector los lea, surgirán.

Por eso, como dije al inicio, Agua viva no es un cuerpo terminado, tampoco una unidad que se advierta desde el principio. Se va haciendo, generando, y el lector requiere distancia para percibirlo como tal. El proceso se origina en el cuerpo que escribe. Ese cuerpo, temeroso de la muerte, busca salir de sí, volverse otros, dar vida, expandirse, ir más allá de sus fronteras y lograr el mecanismo de lo vivo. Mecanismo, porque la narradora sabe que se trata de un artificio: “No, todo esto no sucede en la realidad sino en el dominio de… ¿un arte?, sí, de un artificio a través del cual surge una realidad delicadísima que pasa a existir en mí: la transfiguración me ha sucedido” (23). Así, entre la tensión de lo individual y lo múltiple, entre el cuerpo de quien escribe y los cuerpos de la escritura, la narradora crea un organismo que triunfa sobre la muerte. O, al menos, así será mientras haya un lector dispuesto a crearse con él.


Notas

[1] Nádia Battella, Una vida que se cuenta. Bibliografía literaria de Clarice Lispector. Trad. de Álvaro Abós (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2007), 453.

[2] Ibídem.

[3] Cfr. Benjamin Moser, Why this World. A Biography of Clarice Lispector (Nueva York: Oxford University Press, 2009).

[4] Clarice Lispector, Agua viva. Trad. de Elena Losada (España: Siruela, 2003), p. 39.

Nota del editor: La revista Tierra Adentro usa el manual de estilo Chicago- Deusto para citar documentación; sin embargo, de esta cita en adelante, la autora utiliza la misma fuente (Agua viva de Lispector) y, por lo mismo, decidimos dejar el resto de sus referencias sin notas al pie, sólo señalando la página entre paréntesis, para privilegiar la fluidez de la lectura.


Autores
(Ciudad de México, 1975) es actriz, escritora y profesora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, autora de Los personajes que soy. Ensayos autobiográficos (FETA).
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Traducción de Paula Abramo

 

Una dimensión significativa de la obra de la autora brasileña es su correspondencia. Este ensayo deshebra el extenso epistolario de Clarice dirigido a Elisa y Tania, sus hermanas. Más allá del enorme valor documental de las misivas, que nos permiten asomarnos a una intimidad, Nádia Battella Gotlib descubre que en estas cartas se pone a prueba la escritura de Lispector.

 

No sólo de ficción se alimentó la escritura de Clarice Lispector. Además de novelas y relatos, cuentos para niños y una obra de teatro, escribió artículos periodísticos: cuando era joven, reportajes y entrevistas —en los últimos años de su vida, entrevistó a muchos personajes relevantes, entre ellos artistas e intelectuales—, y en las décadas de los cincuenta y principios de los sesenta, publicó casi quinientas columnas y páginas femeninas en periódicos que estaban, pues, destinados a un público compuesto por mujeres.

También escribió crónicas —textos breves redactados para periódicos y revistas, un género muy practicado en tierras brasileñas— que se inmortalizaron una vez que parte de esa producción se reunió en libros.

Y Clarice escribió cartas. Muchas cartas. No tantas como nuestro escritor modernista Mário de Andrade, autor de la novela Macunaíma, cuya correspondencia enviada y recibida, resguardada en el Instituto de Estudios Brasileños de la Universidad de São Paulo, suma un total de casi siete mil seiscientas cartas. El conjunto de la correspondencia de Clarice Lispector, pese a no ser tan voluminoso, es importante por su hábil registro de hechos e impresiones.

La correspondencia de Clarice obedece a ciertas circunstancias de su vida: la distancia de aquellos a quienes escribe. En un primer momento, su ausencia se da durante un breve período vacacional cerca de la ciudad de Río de Janeiro, donde residía. Su segunda ausencia tiene una duración de seis meses, período en que residió en Belém do Pará, al norte de Brasil, acompañando a su marido diplomático, que estaba en servicio. A continuación, la distancia aumenta: pasa quince años primero en Europa y luego en Estados Unidos, también con su marido, que asume cargos diplomáticos en Nápoles, Berna, Torquay y Washington. Clarice escribe además cartas desde Río de Janeiro a personas que se encontraban fuera de esa ciudad.

Sus destinatarios son diversos. Escribe a amigos escritores, como Rubem Braga y Erico Verissimo, entre muchos otros. Escribe a traductores, editores, críticos y familiares. Esta correspondencia, que suma más de trescientas cartas resguardadas en la Fundación Casa de Rui Barbosa, en Río de Janeiro, [1] se encuentra parcialmente publicada: 129 cartas se reunieron en el volumen titulado Correspondências, de 2002. [2]

Otro conjunto, conformado por las cartas que intercambiaron Clarice Lispector y Fernando Sabino, se publicó también en un libro, Cartas perto do coração, compilado por el mismo Sabino, escritor y amigo de Lispector, que incluyó en el volumen la totalidad de esa correspondencia: 50 cartas, 27 de las cuales están escritas por Clarice y 23 por él. [3]

Más recientemente han salido a la luz las cartas que escribió Clarice Lispector a sus hermanas, que permanecieron guardadas durante décadas por sus destinatarias: primero por su hermana mayor, Elisa Lispector y, tras la muerte de ésta en 1989, por su hermana de enmedio, Tania Kaufmann, que falleció en 2007.

Ilustración de Inés de Antuñano

Ilustración de Inés de Antuñano


 
 

En el mismo año de 2007, una selección de 120 cartas dirigidas por Clarice a sus hermanas, de un total de 180, se publicó en un volumen titulado Queridas mías, que ya se editó en francés y en español. [4]. Este volumen no incluye doce de las cartas de Clarice dirigidas a sus hermanas, que ya se habían publicado en el libro Correspondências, mencionado anteriormente.

¿Qué dicen las cartas que Clarice Lispector escribió y remitió a Elisa y Tania, sus dos hermanas?

Las primeras cartas, incluidas en Queridas mías, datan de principios de los años cuarenta. En ese tiempo, Clarice vivía en la ciudad de Río de Janeiro. Su familia judía, que había emigrado de Ucrania a fines de 1920, ya había vivido momentos difíciles en las ciudades de Maceió y Recife, en el nordeste de Brasil, donde se había establecido desde principios de 1922 con los escasos recursos que reunía su padre, Pedro, que trabajaba como vendedor ambulante.

Aunque estas cartas están dirigidas a las hermanas de Clarice —a las dos al mismo tiempo, o unas veces a una y otras, a la otra—, dejan ver una peculiaridad: hay fundamentalmente tres personas involucradas en la comunicación, tres mujeres, pero con una limitante, una triste limitante: no hay respuestas. Todas las cartas están escritas por Clarice Lispector. Ésta, al parecer, no conservó las cartas que le enviaron sus hermanas…

Aun sin ese diálogo, ambas destinatarias están presentes a través de las menciones que hace Clarice: comentarios, preguntas, sugerencias, recados, encargos, lamentos y advertencias.

En una de estas primeras misivas, escrita en enero de 1942, ya se manifiesta la futura Clarice escritora. Con sólo 21 años, afirma: “No he escrito ni una línea, lo cual perturba mi reposo. Vivo en espera de la inspiración con una avidez que no me da tregua. De hecho he llegado a la conclusión de que escribir es lo que más quiero en el mundo, incluso más que el amor” [las negritas son mías].

También da noticias de su noviazgo con su futuro marido, Maury Gurgel Valent.

“He recibido cartas formidables de Maury. Tuvimos un pleito porque él interpretó como literaria una carta que le mandé. Bien sabes que eso es lo que más puede ofenderme. Yo deseo una vida-vida, y por eso quiero dejar la literatura en un apartado distinto. Y además, yo había escrito la carta con entera espontaneidad” [las negritas son mías].

Escrita en plena juventud, esta carta registra un momento importante: el de la decisión. La literatura se presenta como la primera opción. Entre el amor y la literatura, Clarice afirma preferir la literatura.

Hay que advertir, también, que Clarice está ofendida porque Maury considera que su carta es “literaria”. Clarice se defiende diciendo que no, que estaba siendo completamente espontánea, y que no se trataba más que de una manifestación de “vida”. Y que su proyecto, o mejor, su “deseo”, era mantener la “literatura” aparte de la “vida”.

Ahora bien, en un primer momento podría parecer que Maury “malinterpretó” a Clarice. Ella estaba siendo sincera y él leyó la carta como si fuera “literaria”, o sea, no reconoció la carta como una construcción de su novia (léase: mujer), sino de la escritora.

Coincidimos con Maury porque Clarice estaba siendo literaria. Y coincidimos con Clarice porque estaba siendo naturalmente sincera. Y la concomitancia de estas acciones es posible sencillamente porque Clarice no puede separar la literatura de la vida. Escribe naturalmente siendo literaria. En este sentido, Maury comprendió bien a Clarice, yo diría que incluso mejor de lo que se comprendía ella a sí misma…

Si la carta de 1942 deja clara la opción de Clarice por la literatura, en una carta del 8 de julio de 1944, Clarice relata a su hermana una crisis conyugal. Al sumergirse en las entrañas de su propia experiencia, compleja e intensa, recurre a detalles parecidos a los que adoptará para construir personajes femeninos, como Joana, de la novela Cerca del corazón salvaje, publicada un año antes, en 1943. He aquí un fragmento:

“Me siento como una persona que de no hacer algo que la rehabilite, se va a ahogar. (…) Me estoy volviendo cínica y sin pudor. ¿Qué me importa que esto le suceda a otras mujeres? Lo que para unas es una condición de su propia feminidad, para otras es la muerte de ésta, y de todo lo que tienen de más delicado. Yo sé que yo misma soy un caso perdido. Pero te lo digo: nací para no someterme (…) Si cambiara, no me convertiría en una mujer normal y común, sino en algo tan apático y miserable como una mendiga. (…) Es horriblemente difícil vivir conmigo”.

Por coincidencia, o no, la vida se acerca a la literatura. Clarice parece construirse en esta carta como un personaje de su propia ficción.

La fuerza de la literatura en la vida de la pareja tiene un nuevo episodio. Quince años después de contraer matrimonio, Maury, el marido de Clarice, se servirá de la literatura para intentar acercarse a su esposa escritora. Poco después de su separación, en una carta de julio de 1959, remitida desde Washington, se sirve de una novela de Clarice para persuadirla de reanudar su relación conyugal. La novela es Cerca del corazón salvaje. En la carta, Maury se identifica con Otávio, el protagonista. Clarice sería Joana. Todo por acercarse a su exesposa, la escritora Clarice… [5]

Además del registro de una vida de pareja novelesca, la característica más evidente de esta correspondencia es, quizá, la de la ternura que Clarice manifiesta por sus hermanas. Y que está mezclada con cariño, amistad, compañerismo, amor y nostalgia. En este sentido, estas cartas son singulares. El afecto es patente no sólo en la forma de saludar a sus destinatarias —que va de “queridas mías” a “bichinha” (“bichita”, expresión afectiva empleada en el nordeste brasileño)—, sino en el modo cariñosísimo en que se refiere a ellas a lo largo de todas las cartas, incluso cuando se queja por la falta de respuestas.

Se trata de un afecto sin afectaciones, un flujo de discurso que parece (por lo menos a nosotros, lectores) nacer al calor del momento, como si Clarice estuviera conversando con sus dos hermanas. Y es una conversación, de hecho. Una conversación “entre mujeres”. Hay un lazo de familia que las une, a lo largo de esas casi dos décadas de correspondencia, mediante afinidades y complicidad. Complicidad entre mujeres.

Estas cartas se apoyan en el registro propio de la epistolografía —se especifica el lugar de escritura, hay un saludo al destinatario, una despedida final y la firma del remitente—; sin embargo, precisamente porque están escritas a gusto, como si Clarice estuviera charlando, y siempre a partir de un estado de intimidad, se acercan a otros géneros practicados por la autora.

Clarice cuenta en sus cartas, por ejemplo, hechos de su vida, y de esta manera se acerca a lo que podríamos considerar un discurso de índole autobiográfica. Sin embargo, se trata de una narrativa que incluye una profusión de datos biográficos referentes a personas que conviven con ella. A través de las cartas nos enteramos de las actividades y del excesivo trabajo de Tania y de Elisa. También nos enteramos de lo que pasa en Río de Janeiro cuando Clarice glosa los comentarios de sus hermanas.

Al registrar lo que le ocurre de principio a fin, con detalles, a veces con comentarios, estableciendo un pacto de complicidad entre hermanas mujeres, estas cartas pueden leerse como una especie de diario íntimo. De hecho, la materia prima de las cartas es el registro detallado de la cotidianeidad. No importa si estos hechos se consideran menores o banales. En el conjunto de las cartas importan porque integran un conjunto de circunstancias y documentan el desarrollo de una vida: la de Clarice.

Ilustración de Inés de Antuñano

Ilustración de Inés de Antuñano

Dado que el gran objetivo de las cartas es precisamente posibilitar a Clarice la cercanía con sus hermanas, las cartas son para ella un ejercicio de aproximación. No sólo refuerzan sus lazos, sino que intentan, en todo momento, ponerlos a prueba. Clarice exige un contacto por medio las cartas. Se queja cuando no recibe respuestas. Es más: se desespera cuando los contactos escasean. Sus cartas son, pues, una forma de valorar la seguridad afectiva familiar. No son simples vehículos para hacer llegar noticias a sus hermanas. Éste es, tal vez, el principal objetivo de sus misivas. La tranquilidad de Clarice depende del correo. Si recibe cartas, todo está bien. Si no recibe cartas, todo va mal. En este sentido, las cartas son, más que una liberación, el medio para alcanzar un estado de serenidad y, más aún, para lograr la salvación.

No hay que olvidar que estas cartas también tienen valor como documentos. Pero, en este caso, el remitente aparece a partir de la intimidad de la autora. Clarice cuenta qué ve, piensa, siente, escribe, critica y desea.

Al detenerse en los hechos y partir de alguna noticia, su texto adquiere un tono periodístico. Tal es el caso, por ejemplo, de un pasaje de una carta fechada el 7 de agosto de 1947 en que Clarice describe la visita de Evita Perón a Berna, ocasión en que la política argentina fue blanco de unos jitomatazos lanzados por el pueblo.

Al describir las ciudades europeas donde vive o por las que pasa, algunos relatos se acercan a la literatura de viajes. O diario de a bordo… Como ejemplo puede mencionarse el viaje navideño a Nápoles, pasando África y Portugal, que consta en una carta del 7 de agosto de 1944.

Al detenerse en los detalles de algunas ciudades por las que pasa, describiendo paisajes o tipos humanos con algún pormenor que llame la atención, la escritura de las cartas se acerca a la crónica, y se asemeja a muchas crónicas que la autora escribió, por ejemplo, todos los sábados de 1967 a 1973 para el Jornal do Brasil. Esto sucede en las 53 cartas remitidas desde Berna, en las que Clarice expone con detalle cómo era su vida en la pequeña ciudad suiza.

Cuando la autora hace comentarios sobre los libros que ella misma escribe, edita o intenta editar (La araña, La manzana en la oscuridad) y sobre libros escritos por otras personas, como Além da fronteira [Más allá de la frontera], novela de autoría de Elisa, u obras de otros escritores (son muchos los que se mencionan), los pasajes de sus cartas constituyen un aporte para una historia de la literatura brasileña y de otros países.

En sus cartas, Lispector comenta también las soluciones que encuentra en su narrativa, como en el caso de La araña, y soluciones que halla en obras de otros autores. Estas observaciones pueden considerarse dentro del marco de ese campo que llamamos crítica literaria, aunque amateur. Discute con sus hermanas el primer título de su novela La manzana en la oscuridad, a saber: A veia no pulso [La vena en la muñeca], criticado porque a veia [la vena] podía confundirse con aveia [avena].

Las diversas historias que conforman esta narrativa epistolográfica forman distintas capas de sentido que se complementan: hay una historia personal, una historia familiar, una historia de la diplomacia brasileña, una historia de las ediciones de libros y una historia de la literatura brasileña, de la crítica literaria brasileña y extranjera.

Finalmente, las cartas constituyen una narrativa de los afectos, y no sólo entre hermanas. Ya lo subrayamos al referirnos al registro de la historia sentimental conformada por la pareja de Clarice y Maury. Hay una trama hilvanada a lo largo de esas cartas, que aflora sobre todo cuando la angustia devora a Clarice y ésta se sumerge con más intensidad en su territorio interior. Acompañamos a la autora-narradora-casi-personaje desde su juventud hasta la plenitud de su madurez, dos años antes de su separación.

En este caso, las 120 cartas se convierten en una especie de esbozo de novela. Una novela que tiene 120 brevísimos capítulos…

Y que tiene también imágenes dignas de nota, sorprendentes desde el punto de vista literario. Cito un ejemplo: al describir la ciudad de Berna, en una carta fechada el 17 de julio de 1946, recurre a la imagen del recorte, plegado y pegado de papel para montar un escenario, como si la ciudad realmente fuera el resultado de ese proceso.

“A Berna parece que la recortaron; recortaron un arroyito verde y brillante, al lado recortaron un atardecer color rosa vivo, al lado recortaron una casa que termina aguda y otra que termina llana; pusieron un puente aquí, otro allá, recortaron las calles principales con sus arcadas (que hacen que las banquetas siempre estén cubiertas como una casa). Ahora estoy pensando que no les he mandado ninguna vista de Berna. Lo voy a hacer”.

Es interesante observar cómo un género no ficcional puede adecuarse al registro de los vericuetos de la producción literaria femenina y convertirse, así —mucho más que en un simple registro documental, pese a sus múltiples y amplias configuraciones—, en el núcleo mismo de la acción del lenguaje literario. Y construirse ahí como literatura. Como buena literatura.


Notas

[1] Valéria Franco Jacintho, Cartas a Clarice Lispector: correspondência passiva da escritora depositada na Fundação Casa de Rui Barbosa (São Paulo: Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da Universidade de São Paulo, 1997) [Tesis de maestría].

[2] Clarice Lispector, Correspondências. Org. por Teresa Montero (Río de Janeiro: Rocco, 2002).

[3] Fernando Sabino y Clarice Lispector, Cartas perto do coração (Río de Janeiro: Record, 2001).

[4] Clarice Lispector, Minhas queridas. Org. y prefacio por Teresa Montero (Río de Janeiro: Rocco, 2007)/ Queridas mías. Trad. por Elena Losada (Madrid: Siruela, 2010)/ Mes chéries. Trad. por Claudia Ponciani y Didier Lamaison, introducción (“Le pouvoir des lettres”) por Nádia Battella Gotlib (París: Ed. des Femmes, 2015).

[5] Analizo esta carta en: Nádia Battella Gotlib, “A voz do marido”. En Clarice, uma vida que se conta (São Paulo: Edusp, 2013), pp. 393-398. En español: “La voz del marido”. En Clarice, una vida que se cuenta (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2007), pp. 354-359.


Autores
(São Paulo, Brasil, 1946) es investigadora y profesora de literatura brasileña en la Universidad de São Paulo. Es autora de Clarice, una vida que se cuenta y de la Fotobiografía de Clarice Lispector.

 

Clarice Lispector suscita lo mismo entusiasmos y filiaciones que alergias y fastidios. La autora de este texto examina la impronta que ha dejado su obra o la indiferencia que ha merecido a distintos autores latinoamericanos, lo que da cuenta de la incógnita que representa la brasileña.

 

BRASIL, UN ANIMAL DESCONOCIDO DE
8.516 MILLONES DE KILÓMETROS

Aun con escritores de la talla de Joaquim Maria Machado de Assis, Carlos Drummond de Andrade, João Guimarães Rosa, Rubem Fonseca, Hilda Hilst o Nélida Piñón, entre otros, la literatura brasileña se ha proyectado como una sombra extraña dentro del panorama de la literatura latinoamericana contemporánea. Tal vez por el simple hecho de estar escrita en otra lengua, aún hoy la narrativa o la poesía producidas en Brasil demoran en circular, con la naturalidad que debieran, incluso entre sus países limítrofes. Y viceversa. Autores de ambos lados del idioma permanecen ocultos, a la espera de que algún editor los traslade y complete la topografía inabarcable de nuestro imaginario, tanto en la ficción como en la crónica. Un imaginario que no merece fronteras. João Gilberto Noll y Luiz Ruffato siguen ocupando el lugar de lo nuevo, mientras las nuevas generaciones permanecen ocultas. O filho eterno (2007), la novela más premiada de la última década en Brasil, de Cristóvão Tezza, es desconocida en Argentina, a pesar de haber sido traducida en México. La obra de Paloma Vidal, nacida en Buenos Aires y criada en Brasil desde los dos años, fue publicada recientemente por una editorial porteña y en todas las entrevistas se hacía hincapié en su costado argentino, aunque escriba en portugués.

Que las letras de ese país quedaran fuera del denominado boom latinoamericano parece sintomático. Ese fenómeno editorial y publicitario que puso a Europa a leer modos americanos de narrar lo propio con un lenguaje nuevo, pero que a base de querer devorar el mundo como prodigio mercantil terminó devorado, no incluyó a Brasil más que de soslayo. Por otro lado, pocas latinoamericanas en ambas lenguas suscitaron interés en esos años. Elena Garro, Silvina Ocampo, María Luisa Bombal y Clarice Lispector fueron leídas a medias. Olvidadas en el mismo acto de ser incluidas, exiliadas de lo masivo, y por eso, tal vez, liberadas de las grandes ligas. Demasiado oscuras, inclasificables.

 

VIAJERA DEL LENGUAJE

Y, sin embargo, Clarice Lispector, esta brasileña nacida en Ucrania de familia judía, pobre primero, distinguida después, mundana, huidiza y desconcertante, es quien ocupa desde hace algunos años nuestras lecturas y conversaciones. Ella, tan fuera del mapa de lo regional, tan periférica, atrae como un centro. Y es traducida, genera contagio. Viaja en otras lenguas desarticulando la idea de lo territorial, de la pertenencia. Hace del lenguaje un desvío tal como su biografía hizo con ella.

“Hacer de mí una palabra”, escribió Lispector. “Sólo podré ser madre de las cosas cuando pueda agarrar una rata con la mano”. Clarice bucea en su bestiario, que incluye lo humano, con la distancia que impone la conciencia. Escribir con palabras anteriores al acto mismo de ser capturada por ellas. “Las palabras me preceden y me superan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas serán dichas sin que yo las diga” (“Felicidad clandestina”).

Hay una conciencia poética y filosófica en la fatalidad de su obra en prosa que parece contradecir la candidez de sus crónicas. La cuentista moral, que hace de lo doméstico una fábula, desaparece cuando nos sumergimos en sus textos. Cuando se desvanece la urgencia por reconocer una trama y es leída en su arrebato, logra la altura que produce un pozo visto desde arriba. Un vértigo para sí. ¿Acaso la soledad se hereda?

“Ese esfuerzo que he de hacer ahora para dejar subir a la superficie un sentido, cualquiera que sea, ese esfuerzo se vería facilitado si fingiese escribir para alguien” (La pasión según G.H.).

 

LA PEQUEÑA MALDAD DE TENER UN CUERPO
(DE MUJER)

Tal vez su belleza, la tragedia de una muerte prematura, el accidente en llamas y el útero enfermo después, la hayan ubicado como un símbolo de lo femenino. Esa palabra incómoda que ella había utilizado para dejar en evidencia los modos de sumisión frente al aburrimiento que padecían muchas mujeres de la época: Bovarys de clase media que contemplaban con pavor su propio extrañamiento.

“Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, al pie de la cama de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía dolor” (“Devaneos y embriaguez de una muchacha”, en Lazos de familia).

Pero Lispector es una poeta. Y la poesía no sabe de géneros ni de especies. En su escritura, además de hombres y mujeres, los animales, las plantas o el tiempo son confabulaciones por resolver: una gallina puede poner un huevo sólo porque se pone nerviosa (“Una gallina”, Lazos de familia), una muchacha pelirroja y un perro basset, tan pelirrojo y miserable como ella se encuentran en la calle y se atraen sin necesidad de palabras (“Tentación”, La legión extranjera). Un niño frente a una araña muerta inventa “un juego de palabras con nuestra esperanza y el insecto” (“Una esperanza”, Felicidad clandestina) y un día cualquiera se define por su apariencia física como “la piel estirada y lisa de una fruta…” (Agua viva).

En La manzana en lo oscuro asistimos al principio del pensamiento: el hombre nace de su crimen. Un hombre que, como todos, imita la inteligencia y la idea de existir, los actos de bondad o su propia cara, hasta que cierta incomodidad se le revela. A partir de una falta es trasfigurado, recuperado por el lenguaje. “Lo bueno del acto es que nos supera”.

Y, sin embargo, hay quien se resiste a su lectura. Por prejuicio: demasiado bella. Por la desmesura de su imaginación extravagante: excedida, ensimismada en su manera de narrar. Por prescindir del lenguaje descriptivo: tan sensible. “Había pasado por el misterio de querer. Como si le hubiera tomado el pulso a la vida”.

Todos pecados imperdonables.

 

INFLUENCIA O RECHAZO

Frente a semejante despliegue escritural, nos preguntamos sobre su influencia en la literatura latinoamericana, y encontramos la contradicción, la tensión que provoca. He preferido hacer un recorte y no abarcar toda Latinoamérica, porque, de hecho, tampoco leemos con asiduidad, en el Cono Sur, a los escritores mexicanos o centroamericanos.

Para no hacer adivinación, preferí trasladar la intriga a diversos narradores de Argentina, Uruguay, Perú, Bolivia y Ecuador. Hubo respuestas, esquivas de algunos (hombres y mujeres, escritores y editores), quienes se excusaron por no tener tiempo o no haberla leído en profundidad y de quienes prefiero no revelar más datos. He recibido, sí, diversos comentarios que dan cuenta de la dificultad en el rastreo de una obra tan original como desmarcada.

“A mí me interesa mucho Clarice Lispector —reconoce Patricio Pron (Rosario, Argentina 1975)—, pese a lo cual (me temo) soy incapaz de reconocer su grandeza. Naturalmente, me gusta una parte importante de su trabajo, como La pasión según G.H. y Agua viva (más: también los cuentos), pero a menudo veo en su literatura una especie de invalidez que le impide ser una mejor escritora, alguien menos dependiente de ciertos recursos (el fragmento, la ininteligibilidad, la insinuación) que se repiten demasiado en su obra. Dos problemas añadidos: por una parte, la exaltación de su figura parece corresponderse con el cliché de la escritora demasiado sensible para este mundo que permite a las escritoras ser “toleradas” en una escena principalmente masculina y misógina, pero también las confina a ser un mero soporte de una “sensibilidad” de género. Por otro, cuando la leo, a veces me veo impedido de continuar porque leo, en ella, a sus imitadores. Pero esto no es culpa de Clarice, por supuesto. Aunque tampoco es culpa mía, creo”.

Claudia Salazar Giménez (Perú, 1976), por el contrario, dice: “Reconozco la influencia de su mirada, de su cadencia, de un modo Lispector de afrontar la escritura que vibra en el vacío de la existencia y tiembla al rozar el misterio. Sí”.

Elvio Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) descubrió a Clarice Lispector hace muchos años, con “El huevo y la gallina”: “Un breve texto aún hoy explosivo, que publicó Rodríguez Monegal en su revista Mundo Nuevo. También tiene algo extremo La pasión según G.H.: una y otra vez uno siente la sorpresa de la exclamación interna: ‘Esto no puede ser’. Y me pareció un logro excepcional, totalmente en otro territorio, La hora de la estrella. Capítulo aparte merecen las recopilaciones de sus crónicas y textos de diarios. En una época se decía que dos garantes anglosajones de los que leíamos y escribíamos eran, por ejemplo, Henry James y Samuel Beckett. Siendo latinoamericanos, es gratificante que al lado de Jorge Luis Borges (el mejor whisky para lectores y escribidores) haya una bella, misteriosa, salvaje donna super móbile”.

Eduardo Varas Carbajal (Guayaquil, Ecuador, 1979) recuerda a una tal Clarice, una heroína de ficción, que en su infancia “cuestionaba y perseguía a Hannibal Lecter. A mis 20 años me cayó del cielo La pasión según G.H. Una novia brasileña me la dio. Te va a volar la cabeza. Clarice se volvió realidad. Recuerdo ese “yo” que entra en cuestionamiento por las acciones realizadas. Esa prosa traducida como música, algo que siempre pensé como sensualidad, como responsabilidad. La leo en todos lados, en cada novela y relato en los que una mujer narra hacia dentro, lo que pasa, lo que sufre y la agobia. No puedo dejar de leer a Ariana Harwicz, por ejemplo, sin pensar en Clarice Lispector. En Mariana Enríquez, en Samanta Schweblin (¿las argentinas han leído mejor a Lispector?)”.

Leila Sucari (Buenos Aires, 1987) recuerda el instante en el que la leyó por primera vez: “Sentí una especie de electricidad en el cuerpo. Agua viva significó un quiebre. Cuando conocí a Clarice Lispector comprendí el instinto de supervivencia que hay detrás de la lengua y volví a sumergirme en ese estado de lectura/locura febril. Nunca más pude soltarla. Cuando me pierdo, juego con ella al oráculo. No sé si es influencia la palabra, pero sí una intimidad apasionada, un guiño a través del tiempo y el espacio. Una epifanía que alimenta la búsqueda de eso que está latiendo y que es imposible de atrapar”.

“No sé si podría hablar de influencia”, reconoce Ramiro San¬chiz (Montevideo, Uruguay, 1978) “Pero sí que mi lectura de La pasión según G.H., allá por 1999, marcó notablemente mi vida de lector y de aspirante a escritor. Me pareció encontrar en ese libro la clave de una atmósfera tensa e inquietante, de una observación extrañada ya no tanto (o no tan sólo) de los objetos o del mundo en general sino del yo, de la conciencia y sus espejismos, como si fuese el equivalente en el paisaje interior del que hablaba J.G. Ballard de los monstruos del espacio exterior escritos por Lovecraft”.

Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, Argentina, 1948) dice que cuando piensa en Lispector piensa en sus textos breves: “Esos fragmentos en busca de un resplandor. La pienso en un mismo sincro que René Char y Edmond Jabès, que Simone Weil y Marguerite Duras. Hay una forma en la que se define. “Ahora tengo miedo. Porque voy a decirte algo. Espera que el miedo pase”, dice ella. Y esa forma del decir confesional, entre líneas, es puro contenido. Es decir, poesía, algo infrecuente, subversivo, cuestionador de la superficie de lo cotidiano. Lispector, al confesar, denuncia, va contra Dios, nada menos. ‘Esta es la palabra de quien no puede’, admite. Es verdad que cuando se la menciona se la pone del lado de la literatura femenina, de las sufrientes. Pero con el sufrimiento, está probado, no se escribe. Se escribe con la salud. La arranco del anaquel de sufriente: prefiero el de sobreviviente que sobrevive para contar, como Ismael”.

Giovanna Rivero (Montero, Santa Cruz, Bolivia, 1972) señala que “las influencias de una obra y, en ocasiones, de la imagen de un escritor operan de diversas maneras. La influencia consciente es la que podemos reconocer como la tradición a la que uno desea adscribirse. En ese sentido, mis primeros libros buscaron, bien o mal, conectarse con las matrices de una escritura en la que esa joya oscura que es la extrañeza —lo uncanny— permea y penetra, a modo de consustanciación, esa pequeña vida que uno está contando: los personajes, el ethos, la catarsis y la memoria. Clarice me dio el permiso de hacer de la onomatopeya un brevísimo himno poético. Y está esa otra influencia, la colectiva, la que se instala en el gran subconsciente del mundo y emerge, como sueño de época o como tensión generacional, el rato menos pensado. Lo que quiero decir es que mucha escritura contemporánea bebe, acaso sin saberlo, de la libertad casi surrealista, casi psicótica y hondamente existencial que la poderosa escritura de Lispector ha dejado como impronta en el estado de ánimo de estos tiempos”.

Facundo Abal (Buenos Aires, 1977) en su doble rol de editor y escritor apunta que “enigmática como una esfinge, la imagen de Clarice Lispector se multiplicó en los últimos años en las vidrieras argentinas. No quedó casi material por editar en castellano y hasta tuvo su versión en libro infantil. De ser un objeto de culto, pasó a ser un material masivo, leído a medias y diseccionado en frases simples, resumibles en 140 caracteres. Si bien se cree que la popularidad es un horizonte anhelado por cualquier escritor, en su caso conviene echar las creencias al fuego. Justamente porque ella no era como cualquier escritor. Su estilo dinamitó todas las convenciones de la literatura, hasta volverlas escombros. Ese derrumbe fuerza al mundo literario a empezar todo de nuevo. Definitivamente, Clarice dejó un mundo incómodo para sus herederos. Quien se anime al caos podrá levantar su bandera. El resto, en el mejor de los casos, será bestseller”.

Navegando por la web, encuentro algunas reflexiones de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) en torno a Clarice, que tomo prestadas: “Digo lo que tengo que decir, sin literatura, escribe Clarice Lispector en ‘La relación de la cosa’, un cuento bello y muy extraño destinado a investigar la ‘infernal alma tranquila’ de un reloj despertador. No conozco una mejor definición del acto de escribir, al menos no una más precisa, pues realza un hecho, para mí, esencial: que para hacer literatura es necesario no hacer literatura. Los libros dicen que no a la literatura. Algunos. Otros, la mayoría, dicen que sí al mercado, al espíritu santo, a los gobiernos, o a la plácida idea de una generación, o a la aún más plácida idea de una tradición. Yo prefiero los libros que dicen que no. A veces, incluso, prefiero los libros que no saben lo que dicen”.

 

CAVILACIONES FINALES

Hay escritores que son fáciles de clonar, aunque el imitador desconozca a su fuente. Nadie dice con exactitud de quién es heredero. Un poco por falsa humildad, otro poco para no ser descubiertos. Los escritores solemos enmascarar nuestras herencias, intentando hacer de nuestra pequeña pólvora un asunto íntimo que recién se enciende.

Frente a la pregunta particular en torno a la influencia de Lispector, recibí más disculpas que textos, por lo que intuyo que es su nombre y su imagen lo que más circula, y no tanto su obra.

Como escritora he sido invitada dos veces a La Hora Clarice, un evento que se celebra en Buenos Aires el día de su nacimiento, y debo decir que el público y los creadores convocados eran, arrasadoramente, mujeres. He presenciado debates en que autores misóginos la tildaban de blanda y sobrevalorada.

Cuando se trata de definiciones, los hombres eligen, casi invariablemente, a otro hombre como referencia, frente al que puedan medirse como hijos pródigos. Se inscriben en una tradición que es casi exclusivamente masculina. Percepciones y lecturas se contaminan por una idea sexuada de la escritura.

Heredar de una mujer sigue siendo un acto de vergüenza al que pocos se animan. Si además es latinoamericana, el asunto empeora.

Por eso y entre nos, siendo yo quien soy, a la hora oscura de este domingo desolado, yo te invoco, Clarice.

Desde la desobediencia.


Autores
(Mendoza, Argentina, 1966) es escritora, dramaturga y poeta. Su libro más reciente es la novela Nación vacuna.
(Ciudad de México, 1982) es maestra en Diseño y Comunicación Visual por la UNAM. Obtuvo mención honorífica en el Catálogo de Ilustradores de la Secretaría de Cultura (2017). Actualmente colabora con la gestión y diseño del espacio cultural Casa Tomada.

 

No voy a pedirle a nadie que me crea de Juan Pablo Villalobos, ganadora del XXXIV Premio Herralde de Novela, narra la accidentada aventura de un personaje homónimo al autor que pone en riesgo su vida y la de su familia por inmiscuirse accidentalmente con una peligrosa mafia internacional. Esta obra, hilarante en el particular estilo de Villalobos, explora los límites del humor, aprovechando del absurdo en el que ha caído la realidad mexicana, para sugerir una aproximación crítica e incisiva a la criminalidad, lo políticamente correcto, la corrupción, la comicidad y la delincuencia organizada.

 

Valeria Villalobos: ¿Qué piensas de la tradición de literatura de humor en México?

Juan Pablo Villalobos: Veo dos tendencias muy marcadas. Por una parte, un humor oscuro, tétrico, incluso macabro, que tendría como máximo exponente a Francisco Tario y que conectaría con autores contemporáneos como Enrique Serna o Guillermo Fadanelli. Aquí también cabría una lectura humorística de Cartucho, el libro de relatos de Nellie Campobello. Y del otro lado, un humor de raíces populares, inspirado en la picaresca, en Fernández de Lizardi o José Tomás de Cuellar en el siglo XIX, y que sería el humor de Efrén Hernández, de Salvador Novo, del Arreola más juguetón o de Juan Villoro en la actualidad. Sintetizando las dos tendencias estaría nuestro gran humorista: Jorge Ibargüengoitia. Por supuesto, esta clasificación es una lectura personal.

¿Qué te inclina a hacer literatura que mezcla el humor con situaciones amargas como la delincuencia organizada o el narcotráfico?

Intento escribir un libro como los que a mí me gusta leer (algo, por cierto, que dice el Juan Pablo personaje de No voy a pedirle a nadie que me crea). Y tengo una tendencia, como lector, a la ficción que aborda esos temas amargos con una mirada irreverente. El humor apocalíptico de Kurt Vonnegut, por ejemplo, que es la respuesta que encuentra para poder escribir después del Holocausto. O los disidentes de los totalitarismos, sean de derechas o de izquierdas, que tienden casi siempre a la parodia o al cinismo como vía de escape y de resistencia. Mentiría si dijera que tengo una preocupación, a priori, por abordar los “grandes problemas del país”, por intentar proponer, a través de mis libros, una interpretación de la violencia que está viviendo México. Eso viene después, cuando la novela está publicada y hay que construir un discurso coherente para explicarla. Es un ejercicio muchas veces demagógico, porque esconde la verdad, que es muy banal: el hecho de que lo único que me interesa es leer y escribir y que escribo para mantener ese estilo de vida.

Pasando a tu última novela, No voy a pedirle a nadie que me crea es una obra de lectura accesible. A pesar de que la comicidad de ciertos chistes en el libro tiene un carácter, si bien no fundamental, sí importantemente cultural, hay puntadas afortunadas en chistes que podríamos denominar “de dominio público” sin por ello quedarse en el cliché, como es el caso de la hiperbolización de la oralidad de ciertas latitudes. Pero lo interesante es que más allá de esto logras construir guiños cómicos que se vuelven transculturales porque están sostenidos en la técnica literaria, por ejemplo, las reiteraciones en las cartas de la madre o la insistencia necia del primo. ¿Consideraste un obstáculo la raigambre cultural que hay en ocasiones en la comicidad? De ser así, ¿piensas que lograste superar estas dificultades o crees que la lectura cómica de tu libro está limitada a ciertas geografías?

Creo, en general, más allá de esta novela, que un escritor no puede plantearse los posibles problemas de comprensión o interpretación de lo que escribe. Esto sería una especie de auto-censura. Evidentemente hay un riesgo, que puede llegar al extremo de lo críptico o lo incomprensible, pero no se debe subestimar al lector. En toda lectura hay cosas que se pierden y, en el otro extremo, hay cosas que se sobreinterpretan, siempre hay un lector que viene y te dice que las cucarachas en tu novela son el símbolo del infinito o de la muerte. Eso forma parte de la apropiación que el lector hace y que es condición necesaria para la literatura. Nadie lee un libro de la misma manera. Con el humor pasa lo mismo, podría decirse que nadie ríe de la misma manera. No había otra manera de escribir esta novela: la concebí como una novela transnacional, es decir, que intenta romper la pertenencia exclusiva a una sola tradición literaria, la mexicana, y dialogar también con la tradición española, catalana y latinoamericana. Implica un riesgo, sí, porque el “lector ideal”, como lo entendía Eco, sería alguien que hubiera tenido el mismo recorrido vital que yo, entre México y Cataluña, y que, por lo tanto, podría entender todos los sentidos del texto, incluyendo los chistes. Pero yo no escribo para ese lector ideal, yo trato de escribir para el lector que “distorsionará” con su lectura la novela, que se apropiará de ella, que la hará suya. Creo que sólo ahí se completa la literatura.

La comedia suele estar ligada desde siempre a la crítica. En tu libro me parece que hay dos etapas en la risa del lector. Una aparentemente inocente y otra un tanto incómoda. La risa responde al ingenio: nos burlamos de Juan Pablo porque, de cierta manera, nos sentimos superiores a él. La ingenuidad, algo impermisible en la actualidad, se muestra como debilidad risible. Juan Pablo puede llegar a parecernos un ingenuo que no sabe responder a las desventuras que se le presentan, aunque en realidad, conforme avanzan los acontecimientos comenzamos a incomodarnos porque nosotros, lectores, sabemos tan poco como el personaje. Peor aún, esa superioridad que sentíamos se desvanece al percatarnos de que todos somos vulnerables frente al crimen organizado. La risa, atorada en la garganta por el absurdo y la falta de respuestas, crean una hilaridad sobrecogedora, contradictoria. Es, sin duda, una operación interesante. ¿Crees que “Lo cómico, la potencia de la risa está en el que ríe y no en el objeto de la risa” 1?, ¿crees que tu obra además de ser una crítica a la situación trágica de nuestro país es un escarmiento al lector que la padece? ¿El chiste depende de quién lo cuente o de quién se ría de él?

La risa es problemática por naturaleza, porque es involuntaria, y lo involuntario muchas veces muestra cosas de nosotros que no nos gustan. Si reímos de un chiste misógino, por ejemplo, y si de inmediato, en cuanto se nos corta la risa, nos arrepentimos y “corregimos” mentalmente nuestra actitud, eso no quita el placer que nos produjo la risa, y entonces sentimos culpa. Pero hay que pensar de qué nos estamos riendo. ¿Nos estamos riendo de lo que dice el chiste, es decir, nos estamos riendo porque creemos de verdad que las mujeres son inferiores? ¿O nos estamos riendo del mecanismo del chiste, de su gracia retórica? O incluso más complicado: ¿nos estamos riendo irónicamente de una visión del mundo que considera a las mujeres inferiores? Y la pregunta verdaderamente importante es: ¿podemos reírnos del chiste sin que eso nos haga misóginos? Yo pienso que sí. El chiste, al fin y al cabo, es una ficción. Quién cuenta el chiste sólo determina las fronteras de lo políticamente correcto, quién está “autorizado” o no a contar un chiste. Pero la corrección es el peor enemigo del humor.

En la novela eliminas las variables clásicas del crimen y sólo las insinúas. La tiranía de la criminalidad no se ejercita en el control del dinero de Juan Pablo o en la violencia física perpetrada hacia él o sus familiares, sino en aspectos que parecerían imprácticos a la mafia: una serie de irrupciones injustificadas en la vida privada de Juan Pablo, como la elección del tema de su tesis doctoral o, bien, su relación de pareja. En No voy a pedirle a nadie que me crea casi todos son sospechosos, la mafia está por doquier. Esto parece responder a la situación mexicana contemporánea, donde la delincuencia organizada controla el día a día de la sociedad cada vez más íntimamente, desde todos lados. ¿Tienes una mirada pesimista en torno a la actual situación político-social mexicana o crees que la infiltración de la criminalidad es reversible?

La principal estrategia narrativa que utilizo en la novela es la elipsis. Hago un uso político de la elipsis. La elipsis, lo que no se cuenta, se corresponde con esos vacíos narrativos que tenemos los mexicanos ante la realidad social, política o económica del país. Pensemos en la versión oficial de la historia reciente de México. Pensemos en Ayotzinapa, Tlatlaya, en los escándalos de corrupción. ¿Cuál es el común denominador de estas historias? Que están pésimamente mal contadas. Violan las más elementales leyes de la lógica narrativa. Y lo peor es que no importa, al gobierno ya ni siquiera le interesa que le creamos. Si le creemos, bien. Si no, da igual. Hemos llegado a niveles de cinismo propios de la literatura del absurdo. El neoliberalismo aliado con el crimen organizado se sabe intocable.

Es muy interesante que en tu obra eliminas la espectacularización del crimen, con excepción del final. Durante la novela no hay escándalo mediático, algo extraño para los tiempos que corren; todo se mantiene en secreto, en comunicaciones cortas (un diario, un manuscrito, cartas, diálogos de no más de tres o cuatro personas). Esto nos recuerda a la novela negra, incluso a la comedia de enredo. ¿Qué piensas de la espectacularización del crimen? ¿Cómo crees que la literatura deba comportarse frente a esta espectacularización?

Esa supuesta espectacularización tiene que ver también con lo políticamente correcto. A mí me encantan las películas de Tarantino, yo me rio a carcajadas con las novelas negrísimas de Tibor Fischer, y al mismo tiempo odio las armas y tengo muchísimo miedo de la violencia física, ¡nunca me he peleado en mi vida!, ni siquiera de niño. Echarle la culpa a una supuesta cultura de la violencia promovida desde los medios o desde el arte es una excusa para no reflexionar en las condiciones educativas, culturales, económicas, sociales, familiares, que están detrás de la violencia. Tenemos un modelo económico, educativo y de salud que excluye a millones de personas, tenemos una crisis social marcada por la violencia de género, por la emigración forzada, etc., y le echamos la culpa de la violencia a internet, a una película de mal gusto, a un libro que supuestamente promueve la violencia…

En tu libro ridiculizas constantemente la supuesta superioridad moral del literato, ¿puedes ahondar más en esto?

En el mundo cultural y literario hay la misma corrupción que en otros ámbitos, lo cual, en primera instancia, podría parecer chocante. ¿No se supone que el saber y la cultura, nuestra sensibilidad, nos deberían hacer sujetos conscientes, éticos? Está claro que no. No somos superiores. A veces nos creemos superiores, escribimos desde una posición de superioridad, pontificamos, criticamos, señalamos los males del mundo. Pero la verdad es que la literatura no nos ha hecho mejores personas. Y eso no es un drama, es algo normal. La literatura puede salvarte de muchas cosas, pero no puede evitar que seas un cretino. Lo más “triste” del asunto es que el que cree que con la literatura se puede cambiar el mundo suele ser un pésimo escritor. El humorista, o el clown, subvierte de manera radical esa moralidad. No quiere ser superior, no quiere tener la razón, no quiere entender nada, no quiere explicar nada, vive para la fugacidad del instante en que estalla la risa.

Creo que, para escribir con humor, y para leer con humor desde luego, se necesita cierta dosificación de malicia. Tu novela opera a través de varios registros, narradores y géneros. Los acontecimientos resultan tragicómicos para quienes los viven y humorísticos para quienes los leen. ¿Cuáles fueron las complicaciones de encontrar el tono de tu novela para mantener la comicidad sin incurrir en un exceso de malicia que cayera en la crueldad? Es decir, ¿cuáles son los límites del humor cuando se quiere hablar de delincuencia?

El humor no debería tener límites, como tampoco se les exigen límites a otros tipos de ficción. No veo a nadie preguntándose dónde están los límites del melodrama en las telenovelas. Aquí estoy siguiendo lo que dice Darío Adanti en su ensayo gráfico sobre los límites del humor. Suele decirse que el límite estaría en no herir a las víctimas. ¿Herir? ¿Cómo puede herir un chiste? Si alguien hace un chiste sobre un enfermo de VIH, un chiste que a mí no me haría ninguna gracia porque yo tuve un amigo que murió de esa enfermedad, ¿ese chiste me hiere más allá de la incomodidad pasajera que me produce? Lo pregunto como una provocación, porque creo que es una pregunta muy relevante. Un chiste que se burla de una religión, ¿de qué manera hiere a sus fieles?, ¿esa gente queda herida para siempre, es algo de lo que no se pueden recuperar? Creo que hay mucha exageración para encubrir la verdad: un esfuerzo de censura que intenta imponer una determinada visión del mundo y de la que no se tolera disentir. Al escribir, los únicos límites que deberían existir son los mismos que impone el proceso de escritura, la trama, la estructura, el código de verosimilitud y la lógica narrativa que se hayan elegido.

Además de exponer la gran inmigración que hay en España, ¿qué potencialidades le encuentras a la mezcla y exposición de diversas oralidades lingüísticas?, ¿por qué es tan constante esta hibridación en tu novela?

Esto surge de una crisis personal. Después de vivir trece años fuera de México, diez de ellos en España y tres en Brasil, me di cuenta de que mi manera de hablar y escribir se había transformado sin remedio. Mi español se había “contaminado” por el habla del español de Cataluña, por el contacto cotidiano con amigos argentinos, peruanos o colombianos, y también por el portugués (mi compañera es brasileña y en casa se habla portugués). Llevaba un tiempo haciendo un esfuerzo por “purificar” mi español para recuperar su mexicanidad. Lo hice en mi anterior novela, Te vendo un perro, que escribí viviendo en Brasil. Lo hacía también (lo sigo haciendo), cada vez que voy a México y tengo que concentrarme muchísimo para que no se me escape un “gilipollas” o un “vosotros”. Pero al final me di cuenta de que no podía seguir luchando contra ello, o mejor: que no quería. Esto es lo que soy: así hablo, así escribo. Esta novela, en su mezcla de registros lingüísticos, es un primer paso para reconocerlo. Y debo decir que disfruté muchísimo escribiéndola.

El infortunio nos da risa usualmente mientras no alcance un desenlace fatal, ¿por qué suspender la risa con el súbito final de tu novela?

La idea original de la novela era ésa: una novela que no se puede seguir contando porque se queda sin narradores, porque sus narradores desaparecen. Eso tiene una lectura política, que, como ya dije antes, es posterior a la escritura. La verdad es que me seducía mucho la idea como estrategia narrativa, llevar el uso de la elipsis al límite, jugar con las expectativas del lector, con su frustración. Últimamente me ha dado por pensar que cuando termino un libro “redondo”, con un final bien escrito donde se anudan todos los hilos sueltos y donde se encuentran todas las respuestas, me queda una satisfacción de “buena lectura” que, al cerrar el libro, me permite volver a la vida, a la realidad, “como si nada hubiera pasado”. En cambio, cuando el libro no se soluciona del todo, cuando queda abierto o inconcluso, tengo el sentimiento de que se mete en la realidad, que se extiende hacia la vida, que no te deja en paz y te acompaña, aunque sea un poco más después de terminar su lectura.

¿Crees que todo drama con el tiempo se vuelve comedia?

No me parece una regla certera. Habría que determinar cuánto tiempo tiene que pasar, porque al menos yo tengo algunos dramas de mi pasado que siguen siendo dramas. Y también algunas comedias que ya perdieron todo su chiste.

¿La verdad tiene estructura de ficción o la ficción tiene estructura de verdad? ¿Por qué crees que es pertinente generar literatura humorística hoy en día?

Esa frase de Lacan la perfeccionó Daniel Sada: porque parece mentira la verdad nunca se sabe. En eso sí que creo. ¿Por qué nos reímos? Porque sí. Porque nos hace humanos. Hay que hacer literatura humorística porque sí.

 

1 Baudelaire: Sobre la esencia de la risa.


Autores
(Ciudad de México, 1994), se dedica al periodismo cultural. Ha publicado varios artículos sobre literatura y arte en distintos periódicos y revistas culturales.

Ilustraciones: Donají Martínez

 

El encuentro entre una joven aspirante a escritora y un poeta maldito y famoso sirve de pretexto en este relato para ahondar en las complicadas relaciones entre mujeres y hombres, en las inercias que provoca la soledad, el ego de los creadores y la futilidad de la literatura.

 

Para Salma E. y Noel René C.

 

La cita era a las 6:30 de la tarde, en un bar de la colonia Narvar-te. Contraria a su costumbre, Julia llegó puntual al lugar, demasiado puntual: su nulo conocimiento de la metrópoli la obligó a salir con anticipación, esperaba padecer por lo menos alguno de los innumerables contratiempos por los que la capital es famosa: una manifestación, las calles cerradas, embotellamientos, cualquier cosa que la hiciera arribar al Pool Fiction con los diez minutos de retraso que dicta el buen gusto femenino. Pero no. El metro estaba despejado, las indicaciones que le dio la amiga con la que se hospedaba fueron claras y precisas, el trayecto era corto y los tacones de charol negro (que estrenó exprofeso) nada incómodos.

La vista del lugar la desconcertó: un bar con mobiliario de plástico de la cerveza Carta Blanca y unas seis mesas de billar. Todo muy limpio, eso sí (incluidos los parroquianos), aunque nada acorde con su vestido de coctel. «Menos mal que no me puse las perlas», pensó. Sacó el celular de la bolsa para enviarle un mensaje a su cita, que todavía no llegaba: «Hola, ya estoy aquí, ¿dónde andas?». La respuesta demoró unos minutos: «Tuve que reunirme con mi hermano, se me hizo tarde, voy para allá». Julia suspiró. «No tardes mucho, estoy afuera», escribió. Él contestó con una orden: «Entra. Llego en diez»

Julia se apostó en la barra, se sentía ridícula con su cabello castaño oscuro peinado en un chongo y aquel pesado bolso de piel que se le resbalaba del regazo a cada instante. El cantinero la miró con un gesto que dejaba claro lo que ella era: un personaje fuera de contexto.

—¿Qué va a tomar?

—¿Me puede mostrar la carta, por favor? —respondió Julia, con ese tono falsamente tímido que usan las mujeres cuando quieren agenciarse la simpatía ante una amenaza potencial.

—Sólo vendemos cerveza —bufó el cantinero.

—¡Ah!.. ¿de cuáles tiene? —el hombre soltó una retahíla de marcas que Julia intentó, sin éxito, retener en la memoria—, mejor ahorita le digo, es que estoy esperando a alguien.

El cantinero asintió con desgano y se trasladó a la otra orilla de la barra para atender a la gente que sí venía a consumir. Julia tomó de nuevo el celular para disimular la espera solitaria.

Illich llegó con veinticinco minutos de retraso. Para entonces Julia ya se había convencido de la estupidez que era haberse citado en un bar con un desconocido nomás porque le gustaba su poesía (y también porque en las fotos de sus libros no se veía tan mal). «Qué tal si es un pervertido o, peor aún, qué tal si es un mamón», pensaba. Pero luego de extrapolar un par de tragedias al más puro estilo de serie policiaca norteamericana, Julia recordó que estaban en un lugar público y siempre contaba con el viejo truco de la falsa llamada de emergencia. En conclusión, más que peligrosa, esa cita era una estupidez inocua.

Sin embargo, en cuanto Illich cruzó el umbral del Pool Fiction, Julia supo que el único contratiempo que podría presentársele era la posibilidad de tener que chutarse una conversación soporífica: Juan Illich Rodríguez (Licho, para sus familiares y amigos cercanos), poeta maldito de la generación inexistente, adorado por la crítica y los lectores, famoso por su carácter agrio, se dirigió a la barra para encontrarse con ella. Las amistades escritoriles en común, así como una editorial independiente en cuya antología de escritores alternativos habían sido incluidos ambos, los había impelido a hacerse amigos en las redes sociales. Cuando Julia mencionó que durante el verano pasaría una semana en la Ciudad de México quedaron de verse con el pretexto de que él le vendiera su más reciente poemario.
Juan Illich Rodríguez era un hombre casi al final de sus treinta, alto, de bigote y barba tupida, cabello lacio y escurrido, ojos pequeños, su piel blanca acusaba una larga temporada bajo te¬cho. Flotaba a su alrededor un cierto aire de mortificación perpetua, como si recién hubiera cruzado a pie una estepa cubierta de nieve, quizá por eso llevaba botas de trabajo, camisa de franela a cuadros y pantalón de mezclilla. Todo el conjunto resaltaba su delgadez. Extendió a Julia una mano delicada, escurridiza, en un saludo al que le faltaba vigor.

—Hola —le dijo esbozando una sonrisa que evidenció que sus padres no creían en la ortodoncia.

—Por fin —espetó ella y, en un impulso fraternal injustificable, se puso de pie para abrazarlo— llegas tarde, llevo casi media hora esperándote.

—Lo siento, después de comer con mi hermano intenté terminar un soneto en el que llevo trabajando dos meses, pero todavía no encuentro una palabra que haga rima consonante con «mariscal».

—¿Qué te parece «trigal»? — sugirió Julia. Illich hizo un gesto de desagrado.

—No. No tiene nada que ver con el sentido del poema. Además, dije rima consonante. Mejor no hablemos de literatura, no quiero pelearme contigo.

Julia asintió, desconcertada: si no hablaban de literatura, ¿en¬tonces de qué iban a platicar? Pidieron cerveza oscura y aguardaron a que una mesa se desocupara. A decir de Licho, el Pool Fiction era muy popular gracias a la amplia variedad de cervezas que ofrecía, además de ostentar la virtud de servirlas bien heladas. No hubo tiempo para silencios incómodos gracias a que él rara vez le permitía interrumpir su monólogo sobre lo insufrible que le resultaban su madre y la ciudad norteña donde había na¬cido. Con todo, era un tipo divertido.

Bebieron como cosacos. Hacia las once de la noche Julia se encaminó al baño de mujeres haciendo gala de lo que ella consideró un seductor contoneo de caderas, pero que el resto de los presentes únicamente podría haber calificado como el inseguro serpentear de una borracha piernuda. Por supuesto, Illich no desaprovechó la oportunidad para lanzarle un piropo oblicuo:

—Cuando fuiste al tocador el barman volteó a verme y me hizo un gesto de aprobación. Creo que ahora sí me admiran aquí —Julia sonrió, entornando los párpados. Illich hizo una pequeña pausa y continuó—. La verdad es que preferiría que me respetaran por mi poesía, pero qué se le va a hacer.

—Bueno, puedes contarles que me conquistaste con tus poemas —dijo ella, al tiempo que lo abanicaba con sus pestañas.

Illich hizo caso omiso del comentario y siguió narrando su aventurera juventud: cuando dejó la preparatoria, porque no soportaba los sistemas alienantes, se vio obligado a ejercer los oficios más diversos: intendente en un cine, pintor de brocha gorda, carnicero y una larga lista de etcéteras que se solazaba en detallar, jactándose de que él sí sabía trabajar duro, a diferencia de sus contemporáneos, meros poetas de diván sin experiencia vital.

—Por eso su poesía es mala: no saben nada de la vida, sólo conocen lo que les enseñan en sus escuelitas de escritores, gracias a sus pinches bequitas. A mí el trabajo me ayudó a forjar el espíritu. Mi poesía es honesta y simple, como los obreros, como yo.

«Está tan desesperado por ser diferente… pero eso como quiera, el problema es que no deja de hablar de su mamá. Freud estaría encantado con su caso. Pobre», se dijo para sus adentros Julia. Y, sin embargo, decidió que se iría a la cama con él.

Hacia la medianoche el cantinero malencarado bajó la cortina metálica. Dentro del bar sólo quedaron ellos y los clientes habituales. Julia escuchaba, una tras otra, las inagotables anécdotas de Illich sobre su adolescencia en el norte. A estas alturas ya había corroborado su presentimiento de la tarde: Licho era un mamón de la peor clase, de los que se saben talentosos, pero cuya genialidad no les alcanza para construir una modestia verosímil. En cuanto tuvo esta epifanía, Julia comenzó a sentir aquella atracción por los narcisistas que tantas veces la perdió. Estaba dañada, es cierto. Le consolaba saber que al menos ahora se metía en relaciones conflictivas consciente de que lo hacía por un complejo de Electra mal resuelto. Eso, en palabras de su terapeuta, ya era un avance. «Como entrar en la boca del lobo con un cerillo encendido», añadía ella con una sonrisa tristona.

Abandonaron el lugar dos cervezas después, tambaleándose. Julia aprovechó para asirse del brazo de Illich, quien pretendía escoltarla hasta la estación del metro más cercana. ¿Al metro?, ¿así nomás? Estaba desconcertada: justo cuando todo parecía indicar que la noche se alargaría y de pronto él salía con esto. Ella quería coger, así que le sugirió seguir la fiesta. Él no opuso resistencia, dijo que podían tomar un par de cervezas más en su departamento. Hicieron escala en un Oxxo y compraron un doce de repulsivas Tecate light. Luego tomaron un pesero e hicieron una travesía de cuarenta minutos en los que él se dedicó a hacerle una serie de preguntas sobre poesía que le recordaron aJulia sus clases de literatura de bachillerato. «¿Pues no que no quería hablar de literatura conmigo?», renegó para sus adentros.

El departamento de Illich era blanco, de techos bajos y paredes vacías, sin más muebles que una mesa pequeña, dos sillas, un viejo televisor sobre un banquito y un sofá cama incomodísimo sobre el que descansaba una gata arisca que no se dejó acariciar. «No te le acerques mucho: no le agradan las mujeres, es muy celosa», le aconsejó él. La cocina era un cuartucho en el que se hacinaban un refrigerador grande, una alacena y la tarja con la cantidad habitual de trastes sucios para un soltero. Como la luz del baño no servía, Julia se secó las manos con unos bóxers de Licho por error. Todo estaba dispuesto de manera que no dieran ganas de quedarse ahí más tiempo del necesario. Evidentemente se trataba de una casa que no consideraba a los invitados como una opción bienvenida. El único lugar agradable era el estudio: dos paredes cubiertas de repisas con libros del piso al techo, un par de cuadros e, incluso, una planta junto al escritorio. El único espacio con vida. Licho puso música en la computadora y siguieron bebiendo hasta que Julia pidió algo de comer para controlar un ataque inminente de gastritis. En el refri tampoco había gran cosa. Illich preparó totopos y le acercó un tazón con nueces que, por supuesto, le había mandado su madre.

Hasta ese momento Julia se acordó del libro, le pidió que se lo firmara. Él accedió con una media sonrisa. Cuando se lo devolvió, ella leyó la dedicatoria más estúpida de su vida: «Para Julia: me caes más que súper bien», seguida de un alcoholizado guiño que pretendía ser coqueto. La escena de seducción empezaba a convertirse en un cuadro lastimero, pero Julia había decidido seguir hasta el final, así que fingió chivearse. Illich rio, complacido de sí mismo. Se miraron a los ojos. Ella se preguntaba hasta qué hora se animaría a besarla. Cuando finalmente él la jaló hacia sí, el beso fue, más que placentero, un descanso tras la tensión que implicaba haber estado tratando de interpretar las señales de Licho. El trayecto a la cama fue corto y atropellado. La habitación no podía ser sino austera: apenas una cajonera rústica, otro televisor anticuado y una bata de toalla colgando de un clavo en la pared.

Illich entró en Julia con la voracidad de alguien rescatado de una isla desierta. «Voy a hacerte mía de todas las formas posibles», le dijo él. A ella le sorprendió semejante cursilería de parte de aquella lumbrera de la lírica nacional, prefirió pasarla por alto y dejarse contagiar por sus ansias; quiso arañarlo, morderlo, dejar su marca en ese cuerpo terso y delgado, muy delgado, frágil. Cogieron con una furia muy parecida al amor. Illich era un hombre incoherente: no parecía del tipo al que le gustaran los besos negros, pero los daba; en cambio, en lugar de roncar mientras dormía, emitía unos suspiros dulces y melancólicos.

A la mañana siguiente, él se levantó sin hacer ruido y fue a la tienda por lo necesario para prepararle hot-cakes; tuvo que ponerse una bufanda antes de salir para ocultar los moretones que Julia le había dejado en el cuello. Ella aprovechó ese momento a solas para tomar sus pastillas, en su camino a la cocina por un vaso de agua, la gata salió de quién sabe dónde y trató de morderle un tobillo. Después de desayunar ya no había mucho por decir. Él se acercó a la ventana del estudio que daba a una pequeña arboleda entre los edificios multifamiliares. Los álamos habían comenzado a dejar caer los vilanos, esas semillas que semejan copos de algodón.

—Cuando todo se cubre de blanco me gusta pensar que ha nevado y estoy en otra parte, un lugar mejor que éste —dijo Illich con afectación.

—¿Sientes nostalgia del invierno norteño? —preguntó Julia. Él agitó la cabeza y su cara se trabó en un gesto de amargura.

—Claro que no. Lo que pasa es que mis papás eran comunistas. Nuestro sueño siempre fue irnos a vivir a la Unión Soviética, pero luego se divorciaron y todo se fue al carajo.

—Ah —musitó Julia, incómoda ante ese instante de vulnerabilidad. No supo qué más decir.

—Ya casi es mediodía. Yo creo que ya es hora de que te vayas, ¿no? Quedé de comer con un amigo a las dos y no me gusta llegar tarde.

—Ah —volvió a musitar Julia—. Sí, mejor vámonos. Yo también tengo cosas qué hacer.

Se acicalaron un poco y caminaron hasta la parada del pesero. Era un día claro, de pronto Julia se sintió de buen humor. Después de todo, había sido una noche entretenida y los hot-cakes no estuvieron nada mal. Illich la contempló con detenimiento. Ella le sonrió.

—¿Siempre eres así de alegre? —preguntó él.

—No, la verdad es que estoy diagnosticada como depresiva crónica, por suerte ya existen medicamentos de nueva generación que se encargan de todo —respondió, entre risas.

Illich rió también, luego se quedaron en silencio. Cuando subieron al pesero charlaron un poco sobre nimiedades. Él la acompañó hasta la parada del metro donde había pretendido dejarla la noche anterior. Se despidieron con un beso en la mejilla y la promesa de volver a verse antes de que ella dejara la ciudad. Pero no se vieron de nuevo.


Autores
(Durango, 1984) es narradora y autora de Ecos, publicado por el FETA (2017).