Tierra Adentro
David Toscana. Foto tomada del sitio Sistema Nacional de Noticiarios/Instituto Mexicano de la Radio

Platicamos con David Toscana, autor de Las bicicletas, novela publicada en 1992 en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Además, es ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 por su novela Olegaroy.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1977) es editor y autor de la novela El jardín de las delicias (Jus, 2009).

 

Por circunstancias familiares, mi cuerpo aprendió a reaccionar con ansiedad y pánico ante la sensación de bienestar como forma de defensa. Cuando hice consciente este patrón de comportamiento, me di cuenta de que se presentaba este desequilibrio de manera particular en mis sueños. Por ello, comencé a anotarlos en un diario con el propósito de encontrar algún tipo de significado.

A partir de este registro, construyo estas escenas con los elementos más recurrentes, jugando con lo cotidiano, la ilusión y lo imaginario. Plasmo visualmente estas referencias a manera de exteriorizar mis estados mentales y anímicos. Uso esta otra realidad a modo de detonante para adentrarme en mi inconsciente y mostrarme a través de él. Los sueños son un medio fundamental para la introspección y el autodescubrimiento. Con este proyecto busco que el espectador pueda sentirse identificado, ya sea como un espejo donde se reconozca y apropie de las escenas o motivarlo a prestar atención y reflexionar sobre su propio mundo onírico.

Parálisis, imagen digital, 2015.

Parálisis, imagen digital, 2015.

Origen, imagen digital, 2015.

Origen, imagen digital, 2015.

Inundación, imagen digital, 2015.

Inundación, imagen digital, 2015.

El sueño, imagen digital, 2015.

El sueño, imagen digital, 2015.

Edén, imagen digital, 2015.

Edén, imagen digital, 2015.


Autores
(Ciudad de México, 1984) estudio ciencias de la comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México y fotografía en la Escuela Activa de Fotografía. Gano la categoría Autorretrato en los Mobile Photography Awards 2017 y el concurso Selfexpression de la Galería Saatchi, en Londres.
Sergio López Vigueras, en la librería Educal del Centro Cultural Elena Garro en Coyoacán (CDMX). Foto: José A. Rogerio/Correo del Libro.

Sergio López Vigueras (Ciudad de México, 1985) es el autor de La bala, obra con la que obtiene el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2017 y que se incluye en el volumen Teatro de la Gruta XVII.

La bala es la historia de Lauro y Valeria, dos jóvenes que siempre se encuentran en la misma ruta de transporte público que los lleva a su trabajo y que, sin embargo, y a pesar de los años, nunca se han atrevido a hablarse. En uno de esos traslados sufren un asalto a mano armada.

En esta entrevista, Sergio López habla sobre escribir, estudiar y montar teatro como una experiencia colectiva que no se limita únicamente al acontecimiento escénico, sino a todo lo que lo rodea.

Además, relata cómo fue participar en el concurso de dramaturgia en el que su obra resultó ganadora, sin demérito de las otras tres obras que conforman Teatro de la Gruta XVIIRumis, de Manuel Barragán; Ataraxia o las ganas siempre sobran, de José Manuel Hidalgo; Aviones, de Manolo Díaz, y El hombre que escuchaba baladas de Alejandra Guzmán, de Víctor Hugo Velo Muruato, con un prólogo de Bertha Hiriart, Alejandro Román y Javier Malpica. Piezas que en conjunto, como lo dice el propio Sergio López, se pueden ver como “un prisma para darle otra vuelta a la idea de violencia, a la idea de país en general”.

 

Sergio, ¿qué significa para ti haber recibido el Premio Nacional de Dramaturgia por La bala?

Es muy importante en términos de carrera, además de la publicación del texto, lo cual permite circulación e intercambio. Todo eso lo facilita el libro y que llegue a las librerías Educal de todo el país. Eso te da una circulación inmediata, cosa que sería difícil en otras condiciones. Además el premio incluyó la puesta en escena en el Centro Cultural Helénico. Aunque he trabajado en teatro desde hace algunos años, como dramaturgo es de mis primeros trabajos, así que darle esta salida tan pronto es un gran incentivo.

 

¿Cómo fue el proceso creativo?

Todo comienza entre 2015 y 2016, cuando se me ocurre la idea. Tenía muchas referencias de gente que había sufrido asaltos en el transporte público. Era un tema que traía en la cabeza, al mismo tiempo tenía ganas de explorar a un personaje internamente, abordar el pensamiento del personaje. Eran dos ideas que venían rondándome y pensé: “claro, el asalto es la situación ideal”, porque todo pasa muy rápido, son muchas emociones encontradas y hay mucho terreno a donde ir emocionalmente con los personajes. Suena un poco maquiavélico como escritor, pero ahí encontré un campo fértil para poder asomarme.

El primer personaje al que me asomé fue Lauro. Primero tuve la historia contada desde la perspectiva de Lauro, y era casi un monólogo. Después empecé a necesitar a otros personajes para darle profundidad a la situación, otros puntos de vista que completaran el volumen de este acontecimiento. No sólo verlo desde una perspectiva, sino desde otras. Así es como entran en escena Valeria y Jonathan, así como El Gordo, un personaje al que se conoce por medio de la voz de los otros. Eso me parece como darle otra capa a la convención teatral desde el texto escrito. Es una potencia para la puesta en escena. Después, integrar las voces de los otros personajes en realidad fue un trabajo de ponerlos a nivel de la primera voz que yo tenía. No quería que fuera la única la voz principal, sino tener tres voces con igualdad de fuerzas.

 

¿Cuánto tiempo te llevó todo esto?

Fueron varias etapas a lo largo de 2016. No fue un trabajo continuo, fueron momentos. Entendía alguna cosa y a la computadora. Luego me atoraba en algún punto, leía, daba una vuelta y regresaba.

 

¿Fue un proceso en solitario?

Sí, bastante solitario. Cuando participé en el certamen de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo me encontré con tres maestros, porque la primera parte del premio consiste en un taller y conmigo fueron muy generosos Javier Malpica, Bertha Hiriart, Alejandro Román; fungieron como verdaderos maestros y nos guiaron a los finalistas. Más o menos todos pasamos por un proceso similar: completar la obra según nuestros objetivos tanto como podíamos. Pero al tener los conocimientos de los maestros a la mano, ellos sí nos reportaron mucha claridad, sobre todo una perspectiva nueva sobre nuestra voz, una perspectiva que nosotros mismos no podíamos tener.

 

Al leerla, por la forma en que fue escrita, fácilmente se te olvida que La bala es teatro.

Para mí es importante que la palabra suba al escenario, que los personajes se sustenten en la palabra. La palabra leída es importante en tanto que lo confronta con uno mismo, el libro se vuelve un espejo en donde uno dialoga con sus pensamientos; sin embargo, siento que cuando la palabra sube al escenario hay algo como de asamblea, como de ágora, al estilo del teatro antiguo… Creo que ésa es la esencia del teatro. Es antiguo pero es nuevo. Sigue ocurriendo cada vez que uno va a sentarse a una butaca. No nos igualamos, pero al tener una palabra sobre el escenario, todos negociamos sobre la misma palabra. Vengamos de donde vengamos, llegamos a la sala, cada quien con sus historias, con sus preocupaciones, con sus necesidades y tenemos una palabra en el escenario que nos dice: “vámonos por allá y pensemos sobre esto”.

Esa negociación me interesa mucho llevarla a partir de la palabra porque siento que es el combate, es la forma de enfrentar el mundo de imágenes que nos satura en la vida cotidiana, un mundo con el cual difícilmente podemos negociar, un mundo que en realidad se nos impone por medio de la moda, de los discursos informativos, televisivos. Es difícil entrar en negociación con un noticiario, donde te dicen: “ayer hubo cincuenta mil muertos”, y ves la foto del bombardeo, el video del bombardeo en no sé dónde. Es difícil negociar con eso, no le puedes dar representación en tu vida. Siento que cuando la palabra está en el escenario ocurre el proceso: “lo está diciendo el otro, pero me lo digo yo mismo, entonces, ¿cómo entiendo, cómo me pongo en el lugar del otro?”. Siento que ahí hay una serie de negociaciones que para mí son interesantes.

 

Aparte de la emoción que proyecta el teatro, destaca la energía que hay durante la representación escénica…

En la vida cotidiana, generalmente tendemos a protegernos; nos encerramos en la casa, luego salimos a una especie de cuartito que es el coche, vamos a la oficina que es otro cuartito. Siento que vivimos siempre encerrándonos en cajitas y justo el trabajo del actor es de los pocos que consisten en romper, en presentarse, en abrirse a la mirada, en enfrentarse al escrutinio del espectador, y la dramaturgia provee un andamiaje para eso. La dramaturgia es esa estructura que permite que ese encuentro se dé poéticamente.

 

¿Qué piensas sobre la violencia que se maneja en La bala?

Me interesaba no afrontar la violencia como tema principal, pero al mismo tiempo no la podía negar. Siento que en La bala la violencia funciona como un marco.

 

También corre en forma paralela una historia de amor…

Sí, una historia de amor, una historia sobre los miedos, sobre vencerse a uno mismo. El viaje de Lauro es interno, y lo tiene que hacer. Es como la historia de un nadador y la violencia es el mar. La obra es sobre Lauro, sobre lo que él atraviesa, sobre su viaje, y la violencia es esta cosa que lo rodea. Es el medio donde está inmerso y dentro del cual desarrolla su viaje; sin embargo, el tema no es la violencia. Para mí es importante que el tema fuera Valeria, Lauro y Jonathan, quien siendo un asaltante representa a la violencia; sin embargo, a mí lo que me interesa de él es su relación con El Gordo.

Además hay una violencia de las pistolas, de las armas y los golpes. Es la violencia tangible, la violencia explícita. No obstante, me interesaba también que los procesos internos de los personajes sean violentos en tanto que destruyen lo anterior, es decir, viven un cambio de paradigma, de vida y ese cambio necesariamente es un parto de algo nuevo, lo que implica una renuncia a lo anterior, y como en todo parto hay dolor, sangre, lágrimas y va a dar luz a algo nuevo. Esa es otra forma de la violencia, que implica una ruptura radical, que también me interesaba explorar.

 

¿De los demás finalistas al premio qué nos puedes decir?

Para mí fue grato trabajar con ellos; en primer lugar, fueron compañeros con los que pude compartir mi proceso, ellos también fueron abiertos con respecto a su proceso. Hicimos generación en cierto sentido. Aunque sólo nos reunimos una semana, compartimos intensamente esos días. Todos leímos las obras de todos, todos servimos como lectores de los otros y como comentaristas, entonces como que fuimos cuidadosos en abrir nuestros procesos, en comentarnos, en enriquecernos mutuamente.

 

¿Estarías de acuerdo en que cualquiera pudo ganar?

Totalmente. No sé de qué dependa el primer lugar, pero considero que todas las obras finalistas tienen mucha calidad. Todas tienen enfoques muy particulares. En todos los casos pasaba esto de la violencia como marco. Si uno lee las cinco obras son un prisma como para darle otra vuelta a la idea de violencia, a la idea de país en general.

 

¿En quién te inspiras para crear a los personajes?

En nadie en especial. He tomado un poco de quienes me rodean y de mí mismo. Crear un personaje es un poco asomarse a uno mismo, poner una especie de reflejo de ciertos rasgos. A quien más conoces es a ti mismo. Entonces es un poco un proceso de cómo reaccionaría yo en tal situación, qué haría yo si mi historia de vida fuera ésta. Un poco ir jalando hilos, extrapolando situaciones, extrapolando emociones, extrapolando modos de pensar, para ir conformando una entidad completa.

 

Luego de trabajar como director, dramaturgo, diseñador escénico, ¿en dónde te sientes mejor?

Estudié la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la unam, donde había tres áreas de especialización: actuación, dramaturgia y dirección, desde entonces tuve la necesidad de conocer el fenómeno escénico desde sus distintas aristas. Considero que el fenómeno escénico necesariamente es colaborativo e integra perspectivas muy distintas; es el espectador, el actor, el director, el taquillero, el técnico, el empresario.

No es un fenómeno unitario, tiene una multiplicidad de voces, de intereses, de encuentros que se dan cada noche para que el telón se levante, y esa complejidad me interesó mucho. Sentía la necesidad de complementar mi formación acercándome en primer lugar a los diseñadores porque era un mundo que me era ajeno, yo estaba más cercano a la literatura, y el mundo del diseño me atrapó, el de los diseñadores de escenografía, de iluminación, de vestuario. Pasé mucho tiempo asistiendo a escenógrafos, vestuaristas, etcétera, y poco a poco hice, sobre todo de la iluminación, mi oficio de batalla.

Es una labor que me ha dado la oportunidad de conocer gente, de viajar mucho, con distintas compañías y me ha permitido ver esa complejidad a la que me refería. Paralelamente, desarrollé proyectos como director, en los que la dramaturgia surgía más colectivamente, de intereses comunes con los actores. Con otros miembros del equipo íbamos formando los textos y es hasta hace poco cuando me intereso por la dramaturgia como un fenómeno anterior al del ensayo o al de la puesta en escena, como un fenómeno literario en sí mismo. Como este fenómeno doble, que por un lado es palabra para ser leída, pero también es palabra para ser encarnada por el actor. Y ese carácter doble me interesa mucho como dramaturgo.

 

Para terminar, ¿qué prefieres: teatro comercial o teatro no comercial?

Hay fronteras que se han ido borrando, sobre todo debido a las políticas públicas, de hace unos quince años a la fecha y han fomentado que las compañías, en esta idea de grupos y de compañías que había en los años ochenta, ahora se enfoquen como empresas culturales. Esa es un poco la tendencia actual dentro de los modelos de política cultural, y eso ha llevado a que las fronteras se borren un poco. Sin embargo, hay producciones de vocación más experimental o investigativa que requieren un subsidio, que sí necesitan subvención, porque de otra manera hay cosas que uno no puede explorar en un escenario. Uno no explora por simple curiosidad de “vamos a ver qué pasa”. Lo que me parece fundamental del artista es que lleve los límites del lenguaje más lejos, que el teatro no siga siendo siempre esa cosa que está uno acostumbrado a ver porque eso se agota y tiende a morir. Uno lleva los límites más lejos en un intento por acercarse más a la vida, por acercarse más a las formas múltiples de la vida de los seres humanos y esa exploración necesita apoyo gubernamental.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

En este texto, Juan Pablo García Moreno desmenuza los lados poco transitados de la soledad, ésa a la que muchos temen y pocos tienen el privilegio de vivir. La que provoca el autoconocimiento, la añoranza, el disfrute y la reflexión, en contraposición al mundo contemporáneo en el que las redes sociales ni siquiera nos dan licencia para empezar a extrañar a las personas que supuestamente queremos.

 

The time is shorter now for company,
And sitting by a lamp more often brings
Not peace, but other things.

PHILIP LARKIN

 

«Toda soledad es egoísta», sentenció Larkin en Vers de Société. Y me parece que en el momento en el que lo escribió tenía razón. La soledad voluntaria, aquella que se elige, conlleva necesariamente la renuncia a la compañía, asumiendo lo que implica para aquellos que se abandona. Sin embargo, es posible amar en soledad. Es posible pensar, añorar, desear al otro, desde el aislamiento. Más aún, la soledad magnifica los componentes melancólicos de la experiencia amorosa. La imposibilidad de un amor, de la reciprocidad del ser amado, o factores externos que lo impidan o lo terminen, es incluso un componente fundamental de las expresiones artísticas de aquello que entendemos por amor romántico.

Los tiempos, sin embargo, han cambiado. Y los días en los que Larkin escribió su poema —el no tan lejano año de 1971— han quedado atrás. En la actualidad, la soledad se ha convertido en un lujo. Una opción que, como el silencio, sólo se encuentra al alcance de aquellos con los bienes materiales suficientes para dejar de participar en el sistema de producción y consumo; o bien, para aquellos dispuestos a renunciar al mismo —con todas las consecuencias que esto conlleva.

No es una exageración afirmar que nunca hemos estado menos solos. Al contrario, resulta incluso una obviedad reconocer que vivimos en los días de la mayor interacción humana en la historia de nuestra especie, y que las conexiones que lo permiten no harán más que crecer, extenderse y ramificarse con cada día que pasa.

Notificaciones de mensajería instantánea, de noticias urgentes; avisos de reacciones a algo que dijimos o preguntamos o compartimos en redes sociales saturan las pantallas de nuestros teléfonos celulares, sumergiéndonos en un eterno presente. Nunca hemos estado menos solos y, sin embargo, nunca antes habíamos estado tan aislados.

En La agonía del Eros, Byung-Chul Han explora la viabilidad de la experiencia erótica en nuestros días. Su diagnóstico no es alentador. El neoliberalismo, a través de la uniformización de la sociedad, la degradación de la alteridad, la reducción de nuestros horizontes temporales y físicos, y la positivación sexual del amor, ha vuelto cada vez más difícil la experiencia erótica.

¿Es posible, en estas condiciones, amar? ¿Sigue teniendo sentido intentarlo?

EL INFIERNO DE LO IGUAL

No sé si sólo me suceda a mí, pero al parecer soy la única persona con una cuenta activa de Instagram que no está en Tulum. El ejemplo, lo admito, es burdo. Pero no por eso deja de ser ilustrativo. Cualquier persona que use esa red social puede comprobarlo: cientos de miles de fotografías, ordenadas de manera aparentemente aleatoria en un scroll infinito se vuelven completamente indistinguibles unas de las otras. Playas, paisajes, ciudades; celebridades o gente común, que lucra o que aspira a hacerlo con la exhibición de lo que aparentemente es un momento normal.

Cientos de miles de imágenes que pueden ser clasificadas en pocas, contadas, categorías. Todas venden algo: sean cremas para adelgazar o la apariencia de un estilo de vida. A primera vista, la cuadrícula interminable de imágenes puede parecer un desorden fragmentado, pero si se toma un poco de distancia puede apreciarse que describe una imagen coherente: una panorámica detallada de la homogeneización de los gustos, de los patrones de consumo, de los individuos.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Nadie utiliza Instagram, o ninguna otra red social, intentando sorprenderse. Nadie busca encontrar algo o alguien completamente distinto. Nadie accede a ese flujo de información aspirando a hallar al otro. Al contrario: no sólo no buscamos al otro, sino que buscamos incesantemente proyecciones de nosotros mismos en el mundo. Ejemplos de validación y confirmación de prejuicios, actitudes, aspiraciones y fracasos, que, paradójicamente, tienden cada vez más hacia la homogeneización, hacia el aplanamiento.

Este páramo de la uniformidad es llamado por Han el infierno de lo igual[1], y describe a una sociedad en donde no sólo el amor, sino cualquier experiencia erótica, es imposible. Eros se alimenta del otro, requiere necesariamente de la alteridad para existir. Sócrates, recuerda Han, se refirió a sí mismo en tanto amado como Atopos, dado que: «El otro, que yo deseo y que me fascina, carece de lugar»[2]. El neoliberalismo y su producto, la sociedad del rendimiento, ha avanzado hacia la eliminación de la alteridad atópica, en donde «todo es aplanado para convertirse en un objeto de consumo»[3].

En una sociedad en la que no es posible encontrar al otro, el sujeto busca, al menos, encontrarse, reconocerse, a sí mismo en el mundo. Y para ello busca proyecciones de sí mismo en el exterior, que por su parte, le devuelve, como a Narciso, una imagen de sí mismo, en la que se ahoga. El resultado es una sociedad completamente narcisista, en donde la experiencia erótica es imposible. La consecuencia de ese narcisismo, argumenta Han, es la depresión, opuesta por completo al Eros.

La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo. Carece de mundo y está abandonado por el otro. Eros y depresión son opuestos entre sí. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo[4].

Vivimos, en teoría, en un momento en el que todos somos libres. Nadie, salvo nuestras propias aspiraciones y capacidades, dicta el límite de cuánto dinero podemos generar y acumular, o cuántos bienes podemos consumir. Si uno trabaja, se nos dice, el mercado demandará lo que hagamos y a su vez proveerá lo que necesitemos. En el infierno de lo igual, despojados de toda alteridad, es imposible amar. Es posible, sin embargo, consumir. Y si es posible consumir, es posible entonces cuantificar y medir ese consumo en la lógica del rendimiento.

De acuerdo a Han: «El amor se positiva hoy como sexualidad, que está sometida, a su vez, al dictado del rendimiento. El sexo es rendimiento. Y la sensualidad es un capital que hay que aumentar. El cuerpo, con su valor de exposición, equivale a una mercancía»[5].

La pesadilla neoliberal es trágica principalmente porque no es posible ver una salida —y al mismo tiempo es fácil pensar en su desarrollo factible. Lo mismo aplica para este aspecto específico de la sociedad del rendimiento. No es descabellado imaginar un futuro no muy distante en donde la positivación del amor en tanto sexualidad se lleve al extremo. Aplicaciones que midan tu rendimiento sexual a partir del número de encuentros; usuarios que intercambien calificaciones públicas —«colaborativas»— del desempeño sexual. Tal como sucede con el número de estrellas que determina el valor en el mercado laboral, o el jitomate que define el retorno de la inversión de una película, no es difícil de imaginar un sistema de reconocimiento en donde un número establezca tu lugar en la escala del mercado sexual.

De la misma manera en que no se puede consumir a alguien que se ama, es imposible amar a alguien que se consume. Frente al consumo no existe otredad; existe una representación asimilable al esquema de rendimiento. La positivación del amor es el primer gran riesgo para su sobrevivencia.

PRESENTE OPTIMADO

La homogeneización y la desaparición de la alteridad no es el único aplanamiento que amenaza la viabilidad de la experiencia erótica. De la misma manera que el otro se ha diluido, el tiempo y la distancia han ido desapareciendo. El amor, para serlo, implica aspectos y sensaciones negativas: es necesaria la ausencia para poder añorar; es necesario el futuro para imaginar o el pasado para recordar; es necesaria la distancia para ansiar el reencuentro.

Nada de lo anterior es posible en la eterna inmediatez que nos asedia por todos los costados. ¿Para qué un ser narcisista, volcado en sí mismo, querría experimentar las sensaciones negativas provenientes de la ausencia del ser amado teniendo a la mano gratificación instantánea? ¿Para qué entrar en contacto con la otredad, en muchos sentidos, de manera no placentera pudiendo cuantificar el rendimiento de su placer?

El individuo del rendimiento no puede esperar. Sabe que no tiene que hacerlo. Su horizonte temporal está limitado al instante: es su tiempo definido en sus términos. La otredad implica un tiempo distinto al propio cuya implicación es la inaccesibilidad permanente.

El deseo erótico está ligado a una presencia especial del otro, no a la ausencia de la nada, sino a la «ausencia en un horizonte del futuro». El futuro es el tiempo del otro. La totalización del presente como tiempo de lo igual hace desaparecer aquella ausencia que sitúa al otro fuera de lo disponible. […] El amor, en la medida en que hoy no significa sino necesidad, satisfacción y placer, es incompatible con la sustracción y la demora del otro.[6]

Todo parece indicar que nuestro progresivo aplanamiento temporal seguirá su curso. Soy uno de los así llamados nativos digitales y aún así me ha costado trabajo adaptarme a las redes sociales efímeras: videos de escasos segundos de duración que desaparecen a las horas de haber sido publicados. No es difícil imaginar que esa duración seguirá acortándose, enfocando nuestra concentración en un permanente instante cada vez más breve, más fugaz. Más vacío.

LA ANTIPODA DEL EROS

Existe un espacio en donde el carácter narcisista se encuentra con la anulación de la alteridad y la gratificación instantánea: la pornografía.

El portal pornográfico más visitado del mundo presume almacenar, hasta ahora, 10059,213 videos, equivalentes a 1,515,627 horas, o 173 años de reproducción continua[7]. Durante el año pasado, transfirió 118 gigabytes de información cada segundo[8]. Una persona podría pasar la totalidad de su vida, y después una o dos más, viendo videos de sexo explícito sin siquiera tener que repetir un solo fotograma. Cientos de miles de falos, culos, senos y rostros contorsionados únicos e irrepetibles desfilando frente a los ojos del onanista eterno. La opción existe, y una persona podría renunciar a cualquier tipo de interacción con otro ser humano, y de la realidad misma, con tal de entregarse a la monotonía, en este caso insufrible, de su narcisismo.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

El crecimiento de producción y consumo de pornografía no es casualidad, sino que es la consecuencia lógica de la positivación del amor como sexualidad. La pornografía, o de manera más general lo porno, es la exposición de la sexualidad en tanto mercancía. «El capitalismo —dice Han— no conoce ningún otro uso de la sexualidad. Profaniza al Eros para convertirlo en porno»[9].

La pornografía no sólo es un ejemplo ilustrativo de la desarticulación del otro en diversas categorías o subproductos, sino que además amenaza la viabilidad de la experiencia erótica por dos frentes: mediante la anulación de cualquier tipo de misterio, primero, y la sustitución de la fantasía por una falsa representación permanentemente accesible. «Lo obsceno del porno no consiste en un exceso de sexo, sino en que allí no hay sexo. La sexualidad hoy no está amenazada por aquella “razón pura” que, adversa al placer, evita el sexo por ser algo “sucio”, sino por la pornografía»[10].

No ha habido un solo año en el que disminuya el número de visitas al mayor sitio pornográfico: el año pasado fueron 28.5 mil millones.

GERMEN DE LO UNIVERSAL

Podría pensarse que la doctrina platónica, aquella en donde el Eros mueve el alma hacia la procreación de la belleza, debería ser suficiente para preservar la vigencia del amor. Pero la realidad demuestra que no es así. De ahí que el argumento de Han resulta tan convincente: las consecuencias de la ausencia del Eros son su mejor defensa y su reivindicación más urgente.

Pero sería algo absurdo que ésa fuera su única defensa. La reivindicación del amor debe pasar, también, por lo que activamente representa. Por un lado, es un refugio del utilitarismo: «El Eros es, de hecho, una relación con el otro que está radicada más allá del rendimiento y del poder»[11]. Reconocer al otro más allá de los límites del rendimiento —en donde se le ama y no se le consume— nos abre a la posibilidad de ser transformados por su alteridad.

«El amor es una conclusión absoluta porque presupone la muerte, la renuncia a sí mismo. La “verdadera esencia del amor” consiste en “renunciar a la conciencia de sí mismo, en olvidarse de sí en otra mismidad”» [12]. Esa renuncia, ese abandono, nos transforma y nos hace pensar no sólo en el otro sino en lo otro. «Es necesario haber sido un amigo, un amante, para poder pensar»[13], y acaso ahí resida su reivindicación más subversiva.


Notas

[1] Byung-Chul Han, La agonía del Eros, Herder. Kindle, posición 45-48.

[2] Idem.

[3] Byung-Chul Han, op. cit., posición 52-54.

[4] Ibid., posición 60-62.

[5] Ibid., posición 176-178.

[6] Ibid., posición 223-230.

[7] Celebrating 10 Years of Porn… and Data!, en https://www.pornhub.com/insights/10-years

[8] 2017 Year in Review, en https://www.pornhub.com/insights/2017-yearin-review

[9] Ibid., posición 439.

[10] Ibid., posición 389-390.

[11] Ibid., posición 156.

[12] Ibid., posición 321-323.

[13] Ibid., posición 678.


Autores
(Cuernavaca, 1991) estudio ciencia política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y es editor en línea de la revista Nexos.

Ilustrador
Lorena Mondragón
(Ciudad Juarez, 1988) es diseñadora gráfica e ilustradora desde 2011. Su trabajo se enfoca en la ilustración editorial, personal y corporativa.
Foto tomada del sitio Darío Alvarado Noticias

La posibilidad de imaginar un museo en tu ciudad y de verlo construirse décadas después parece una utopía. Las razones son muchas; la más relevante es que  “los museos juegan un papel crucial para mediar entre el mundo real y el mundo que se imagina”, como nos dice el sociólogo Pascal Gielen, y desde el siglo xviii, cuando los museos transformaron la mirada del público, también establecieron un lugar decisivo para la cultura. Tener un museo que alberga una colección, una biblioteca, salas de exposición, un foro abierto, talleres y un jardín,  nos permite construir ideas que no sólo pertenecen al arte, sino también a los lazos, los afectos, las historias y las memorias de una comunidad en relación con su propio contexto local y global.

Desde sus inicios, el proyecto del mmac Juan Soriano fue concebido para unir geográficamente a las distintas colonias que se encuentran a su alrededor, y en consecuencia, para reconfigurar la relación de sus habitantes con Cuernavaca. En su centro se entrecruzan dos colonias emblemáticas por medio de un jardín escultórico que día con día es apropiado por sus visitantes, quienes observan los árboles que echaron raíces hace más de doscientos años y a su vez descubren las esculturas de Juan Soriano, inspiradas en los antiguos griegos, en la poesía y la literatura. El geógrafo Yi-Fu Tan nos dice que “las esculturas tienen el poder de crear un sentido del lugar únicamente por su presencia física”[1], aunque también nos transportan, junto con el propio jardín, a un lugar imaginario y mítico que crea espacios de reflexión para la agitada vida cotidiana.

De Juan Soriano (1920-2006), Octavio Paz escribió que era un artista con una “inteligencia eléctrica”, quien creaba entre la tradición y la invención, un ser que “venía de muy lejos. No de otro planeta sino de las profundidades del tiempo. Un ser muy antiguo y, simultáneamente, muy joven”[2]. Es decir, alguien que puede ser considerado como uno de los artistas modernos más contemporáneos de su época.

Al albergar su colección y archivo, el mmac tiene el privilegio de poder entablar relaciones desde la antigüedad hasta el arte contemporáneo, pero también de generar rupturas, como el mismo artista lo hizo en su momento con algunas vanguardias y tendencias, para indagar en otras experiencias que extienden las posibilidades de ver y entender el arte hoy en día.

El tener un museo de arte moderno y contemporáneo en Cuernavaca nos permite conocer las distintas miradas que han configurado el arte por los últimos cien años y, a su vez, provocar intersecciones y encuentros múltiples con el arte más significativo del panorama actual. Por ello, pensar en el futuro de un museo es vencer la anquilosada idea del mouseion para adentrarnos en un espacio de convivencia y participación, en donde las obras de arte, el cine, la música, la literatura, la arquitectura y el teatro son detonadores de experiencias colectivas. En el mmac, la confluencia de artistas modernos y contemporáneos, locales y nacionales, emergentes y con trayectoria —en diálogo con distintas disciplinas—tiene la intención de abrir un lugar común para el pensamiento crítico y creativo en relación con nuestro tiempo. Pues imaginar, por medio del museo, es también imaginarnos como sociedad en el mundo, en donde nuestra propia experiencia construye la historia para un futuro.

[1] Tuan Yi-Fu. Space and Place, The Perspective of Experience, The University of Minnesota Press, 2008. P.162

[2] Paz, Octavio. Juan Soriano en Los privilegios de la vista II, Arte de México, Fondo de Cultura Económica, México D.F, 1993 p. 351.


Autores
es curadora del Museo Tamayo, y miembro del consejo editorial de la revista Tierra Adentro. Tiene un máster en estudios curatoriales por el Bard College.

02 Donají Martínez

Ilustración publicada en la revista Tierra Adentro No. 210-211, diciembre 2015 – enero 2016

 


Autores
(Ciudad de México, 1985) es ilustradora y diseñadora. Su trabajo ha sido expuesto tanto México como en el extranjero.
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

¿Qué nos dice el uso de redes sociales y de aplicaciones tecnológicas para ligar sobre el estado actual de nuestras relaciones románticoafectivas? Este texto desmitifica algunos de los argumentos más comunes que suelen esbozarse al respecto.

 

Ooh I don’t know
what to do
About this dream and you
We’ll make this dream come true
«Digital Love», DAFT PUNK

 

El amor digital es, en primer lugar, una canción de Daft Punk. Con esta denominación también suele hacerse referencia a toda clase de fenómenos relativos a los vínculos sentimentales que se iniciaron y/o se mantienen gracias a internet. Pero aun el amor romántico que ha surgido o se aviva con ayuda de la red es complicado, húmedo y confuso como cualquier otro que tenga el infortunio de experimentarse fuera de línea, de ahí que el apelativo «digital» salga sobrando. Entonces, el amor digital es, en primer y en último lugar, una canción de Daft Punk.

Aunque el sentimiento no es digital, sí puede expresarse de esa manera. Los múltiples iconos de corazones con los que usted inundó anoche el celular de alguien más, quizá sin respuesta, dan cuenta de ello. Las apetencias del amor también pueden manifestarse digitalmente, de ahí que en estas líneas haré referencia a un estudio más extenso que a lo largo de los últimos años he desarrollado para entender y describir el fenómeno de las representaciones digitales del deseo. Dicho trabajo se centra en los atributos que tienen los retratos y las descripciones verbales de las personas que buscan pareja en portales especializados como Match.com, OK Cupid y Zoosk[1].

Esta investigación abreva de las humanidades digitales. De acuerdo con Katherine Hayles[2], los antecedentes del ámbito datan de la década de los cuarenta, teniendo como antecedente inmediato las llamadas humanidades computacionales. El término continuó madurando, cristalizándose en publicaciones especializadas y grupos de investigación, hasta que adquirió nuevo auge en 2009, cuando Schnapp y Presner publicaron el indescifrable Manifiesto de las humanidades digitales 2.0[3]. Pese a su naturaleza críptica, el manifiesto sirvió como un pulso, seguido de otras señales de vida de este vibrante campo de estudios.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 

Al año siguiente, en el marco de la No Conferencia sobre Humanidades Digitales, That Camp Paris, se hizo público el Manifiesto por unas humanidades digitales, un poco más legible que su antecesor. De acuerdo con dicho manifiesto, por tales se entiende «una “transdisciplina” portadora de los métodos, dispositivos y perspectivas heurísticas relacionadas con procesos de digitalización en el campo de las Ciencias Humanas y Sociales»[4].

La propia Hayles describe las humanidades digitales como:

(…) diversos campos de práctica asociados con las técnicas computacionales y que van más allá de la letra impresa en sus modos de cuestionamiento, investigación, publicación y diseminación, incluyen, entre otro tipo de proyectos, codificación y análisis de texto, ediciones digitales de textos impresos, investigaciones históricas que recrean arquitectura clásica en formato de realidad virtual, como los sitios de archivo y geoespaciales, Roma Renacida y del Teatro de Pompeya, y dado que hay una vibrante conversación entre el trabajo académico y creativo en este campo, literatura electrónica y arte digital que abreva en, o remedia la tradición de las humanidades.[5]

Así, las humanidades digitales aluden a un campo o a una serie de campos del conocimiento, antes que a una forma de experimentar nuestro ser en contraposición con otro ser más «real» o analógico.

Primero por motivos amorosos y después por una curiosidad incontenible que fui profesionalizando con los años, desde fines de los noventa pasé mucho tiempo explorando los mensajeros y canales de charla por internet, tan populares en ese tiempo; el resultado de estas indagaciones se sintetizó en el artículo «Los renglones torcidos del chat», publicado en coautoría con Lorena Saucedo[6]. Con aquellas líneas respondimos a diversas creencias relacionadas con el uso de estos recursos, tales como: «las personas que usan las salas de chat tienen problemas para socializar en la “vida real”», «los usuarios de ICQ[7] mienten acerca de sí mismos», «la gente que entra al chat sólo busca sexo»

Ya en aquel año (2003), los vínculos sociales —decantaran o no hacia el territorio amoroso— mediados por internet se equiparaban con la comida chatarra o las compras de pánico. Utilizar los chats para conocer personas se consideraba escandaloso («¿tan desesperado/a estás?») y con frecuencia se refería al riesgo de que las personas al otro lado de la pantalla pudiesen falsear su identidad e información.

Entonces abordamos una a una esas creencias, partiendo de nuestras propias prácticas como usuarias de los canales de charla para darles respuesta. Años más tarde me resulta obvio que aquel afán fue insuficiente, pues los mismos prejuicios sobrevuelan a quienes usan los recursos de socialización por internet en general, con énfasis en las aplicaciones de geolocalización como Tinder, Grindr y Bumble, por mencionar algunas.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

A continuación, abordaré (con mejores argumentos que entonces, espero) algunas de las afirmaciones más frecuentes en relación con las personas que buscan pareja mediante aplicaciones digitales, en el ánimo de contribuir a una mejor comprensión del fenómeno, así como a una mayor empatía con quienes utilizan estos recursos.

1. LOS USUARIOS MIENTEN ACERCA DE SI MISMOS

Alguna vez conocí el caso de una pareja cuya relación comenzó en una fiesta. Durante tres años, él le hizo creer a ella que era un jugador profesional de futbol argentino, cuando en realidad es un administrador de empresas mexicano. Esto significa que durante ese tiempo él realizó toda clase de cabriolas, no precisamente en un campo de futbol, fingiendo una rutina deportiva y un acento extranjero para convencer a su novia de que era otra persona.

La anécdota respalda la creencia, que no el prejuicio: efectivamente, las personas que usan estos recursos para conocer a otros interlocutores mienten tanto como mentimos todos en otros ámbitos de la vida.

Gracias a la economía del comportamiento recientemente laureada con el Nobel[8], en particular los extensos estudios de Dan Ariely[9] acerca de las prácticas del engaño, sabemos que las «mentirillas» son ajustes que las personas realizan de manera más o menos consciente para acortar la brecha entre su ser y su representación ideal.

Por su parte, la literatura especializada en sitios de citas por internet nos indica que los hombres modifican más frecuentemente su estatura, mientras que las mujeres suelen cambiar más a menudo los datos acerca de su edad y su talla: es así como el deseo se manifiesta, declarando lo alto o lo delgada que me gustaría ser.

Para muchos usuarios de los portales de citas en línea, las decisiones de auto-presentación constituyen situaciones de evitar-evitar, porque decir la verdad implica parecer menos atractivo, pero decir una mentira puede acarrear repercusiones negativas. En pocas palabras, los usuarios en línea deben lidiar con la tensión entre la auto-presentación honesta y positiva en un contexto en el que el engaño puede concretarse casi sin esfuerzo, cosa que potencialmente resulta dañina para los objetivos relacionales y la auto-percepción. Argumentamos que las decisiones de los usuarios sobre cómo conciliar estas demandas competitivas están influenciadas por tres factores clave asociados con la Comunicación Mediada por Computadoras (CMC): las señales reducidas, la asincronicidad y las expectativas contextuales compartidas.[10]

Cabe hacer notar que estos ajustes para cerrar la brecha no necesariamente se viven como una mentira. Cada mañana rodamos de la cama y tomamos una serie de decisiones de diseño para lograr que ese ser legañoso y con aliento de centavo viejo tenga apariencia humana, así que nuestro quehacer para garantizar una pertenencia más o menos funcional al mundo humano incluye ajustar la representación material y simbólica cada día de nuestras vidas, al menos hasta que decidamos que hemos vivido lo suficiente como para dejar que la gárgola que nos habita se manifieste sin disimulo.

En este mismo sentido, al analizar 347 retratos publicados por usuarios de una plataforma para buscar pareja por internet[11] hallé que el 88 por ciento de los casos presentaban evidencia de rasurado, depilación y/o maquillaje facial.

Es decir que la mayor parte de los usuarios reproduce icónicamente un uso fuera de línea, que consiste en modificar su apariencia en algún sentido —retirando el vello facial, enfatizando los ojos, los pómulos, los labios, enmarcando el rostro con el rasurado de la barba— para mostrar una versión mejorada de sí mismos.

El 93% de los retratos de los varones heterosexuales, el 92% de los varones homosexuales, el 88% de las mujeres heterosexuales y el 69% de las mujeres homosexuales utilizan alguno de estos acentos.[12]

Esto sin mencionar las posibles alteraciones que no pueden apreciarse en las fotografías, como el rebaje de vello nasal y de orejas, el uso de fajas modeladoras, las inyecciones de bótox en el rostro, las inyecciones de ácido hialurónico en talones y genitales, entre muchos otros recursos que hombres y mujeres hetero y homosexuales utilizan para resolver la tensión entre su representación y sus aspiraciones.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 

Entonces, ¿a qué viene tanta sorpresa? El experto en comunicación mediada por computadoras Joseph Walter[13] señala que una característica de la interlocución en este rubro es que la distancia física y la dilación conversacional permiten una autoedición más estratégica, un diseño más meticuloso al servicio del deseo de ser; lo importante es que estas tácticas editoriales constituyen una extensión de las decisiones que tomamos fuera de línea, de ahí que la distinción analógico/digital se vuelva relativa.

2. LOS USUARIOS TIENEN PROBLEMAS PARA
SOCIALIZAR EN EL MUNDO REAL

Ésta es una creencia extendida, pero sencilla de despejar. Diversos estudiosos de los portales para buscar pareja por internet ya se han dado a la tarea de evaluar el perfil de quienes lo usan, facilitándonos la tarea.

Wera Aretz[14], Tania Kang[15], Mikyoung Kim[16] y Patti Walkenburg[17], entre otros autores, han examinado de manera formal los atributos psicosociales de los usuarios de sitios de citas, corroborando que no existen diferencias sustantivas con respecto a los no usuarios. Sencillamente, las personas que utilizan estos recursos tienen tantos o tan pocos problemas para socializar como cualquier otro individuo y no necesariamente restringen su interacción a la comunicación mediada por computadoras, sino que acuden a ésta como un recurso más de interlocución, al igual que hace cualquier sujeto armado de un teléfono celular cuando intercambia frases románticas al grado de la diabetes con alguien a quien ya ha conocido en persona.

No todos los usuarios de estas herramientas tienen problemas para socializar, así como no todas las personas no usuarias salen victoriosas de sus interacciones en vivo. La comunicación humana es un hecho sumamente complejo y susceptible de aberraciones, así que no debe extrañarnos que en general seamos más o menos torpes para vincularnos con nuestros congéneres.

3. LOS USUARIOS SOLO BUSCAN SEXO

Esta crítica se lleva el gran premio al doble discurso. Si los usuarios de las herramientas para buscar pareja por internet no buscaran sexo, probablemente esas soluciones serían un despropósito: el equivalente es ir a una farmacia en busca de un par de zapatos bostonianos.

La creencia de que los usuarios buscan sexo es en parte cierta, tanto como que las personas en general tendemos a buscar sexo a lo largo de la vida. Es de esperarse (y agradecerse) que en una plataforma creada específicamente para conocer a otros individuos con fines amorosos, la expectativa de sostener relaciones sexuales forme parte del paquete. Lo que requiere un matiz es la afirmación de que los usuarios única y exclusivamente buscan sexo, la cual considero errónea.

La interlocución de los usuarios puede estar motivada por el sexo, pero también por el anhelo de compañía en sus diversas variantes: amistad con sexo ocasional, matrimonio, concubinato, coito estable sin compromisos, más las que guste añadir. Y aun en los casos en los que los internautas tuvieran como única finalidad el sexo salvaje y sin ataduras, la búsqueda resulta legítima y no requiere mayor justificación.

Los expertos antes señalados coinciden también en el hecho de que las relaciones sentimentales que se inician por mediación de internet aspiran a la misma calidad que las que comenzaron en misa. Los vínculos amorosos pueden ser tan poco exitosos en un ámbito o el otro, la semejanza es tal que, en este terreno, la distinción entre analógico y digital nos estorba.

Lo que es un hecho es que las personas que utilizan estos recursos desafían la convención al admitir públicamente su deseo de transitar de un estadio determinado (soltería, matrimonio monógamo, viudez, incertidumbre galopante) a otro que les supone un cambio de segundo orden, una mejora significativa. Eso les merece, por lo menos, todo nuestro respeto.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

El estudio que realicé me permitió identificar los usos semejantes y diferentes del lenguaje icónico y verbal en hombres y mujeres que buscan a hombres y mujeres. Los hallazgos incluyen datos como que el 74.6 por ciento de los retratos analizados utilizan planos cerrados (cercanía simbólica), el 82 por ciento de las personas retratadas aparecen mirando a la cámara, que el 65.7 por ciento de los retratos muestran a sujetos sonrientes, que en el 80 por ciento de los casos las personas se representan con vestimenta casual y que la acción que representan el 97 por ciento de los retratos es posar frente a la cámara, entre otras tendencias en lo que hace a los usos del lenguaje gestual y corporal en las plataformas para buscar pareja por internet. Vistos de esta forma, los códigos del deseo parecen bastante simples, sin mayores cortapisas.

Las apariencias se complejizan cuando entendemos que, al igual que la pipa de Magritte en El engaño de las imágenes o el retrato de la Reina Isabel II referido por Umberto Eco en el Tratado de semiótica general, esas imágenes que apreciamos no son personas en sí, sino representaciones de personas que sostienen con los sujetos de carne y hueso una relación cierta, pero atravesada por una gigantesca brecha. Le sugiero no perder de vista este importante hecho la próxima vez que salga en busca del mal llamado «amor digital»


Notas

[1] Los resultados de todo el estudio están contenidos en el libro Busco pareja, ¿es demasiado pedir? Un estudio acerca de las representaciones del deseo en Internet, Bonobos, 2017. El estudio se centra en revisión de perfiles publicados por usuarios de Plenty of Fish.

[2] K. Hayles, How We Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis, The University of Chicago Press, 2012.

[3] Véase http://humanitiesblast.com/manifesto/Manifesto_V2.pdf, recuperado el 25 de febrero de 2018.

[4] Véase http://tcp.hypotheses.org/487, recuperado el 21 de febrero de 2018.

[5] Traducción de la autora.

[6] El Universo del Búho, núm. 44, pp. 22-24.

[7] Servicio de mensajería instantánea, el primero en popularizarse a nivel mundial. Véase https://icq.com/windows/en

[8] Richard H. Thaler recibió el Premio Nobel de Economía 2017. Véase Misbehaving. The Making of Behavioral Economics, W.W. Norton & Company, 2015.

[9] Véase The Honest Truth About Dishonesty: How We Lie to Everyone—Especially Ourselves, Harper Perennial, 2013.

[10] N. Ellison, J. Hancock y C. Toma, «Profile as Promise: A Framework for Conceptualizing Veracity in Online Dating Self-Presentations», New Media & Society, vol. 14, 2012, pp. 45-62. Traducción de la autora.

[11] Plenty of Fish, fundada en 2003 por Markus Frind y adquirida por InterActiveCorp en 2015.

[12] Véase Busco pareja, op. cit., p. 76.

[13] J. Walther, «Selective Self-Presentation in Computer-Mediated Communication: Hyperpersonal Dimensions of Technology, Language and Cognition», Computers in Human Behavior, vol. 23, 2007, pp. 2538-2557.

[14] Véase W. Aretz, I. Demuth, K. Vierlein y J. Schmidt, «Partner Search in the Digital Age. Psycological Characteristics of Online-Dating-Service-Users and its Contribution to the Explanation of Different Patterns of Utilization», Journal of Business and Media Psycology, 2010, pp. 8-16.

[15] Véase T. Kang y L. Hoffman, «Why Would You Decide to use an Online Dating site? Factors That Lead to Online Dating», Communication Research Reports, 2011, pp. 205-203.

[16] Véase M. Kim, K. Kwon y M. Lee, «Psychological Characteristics of Internet, Dating Service Users: The Effect of Self-Esteem, Involvement, and Sociability on the Use of Internet Dating Services», CyberPsychology & Behavior, vol. 12, núm. 4, 2009, pp. 445-449.

[17] P. Walkenburg y J. Peter, «Who Visits Online Dating Sites? Exploring Some Characteristics of Online Daters», CyberPsychology & Behavior, 2007, pp. 849-852.


Autores
(Ciudad de México, 1975) es directora de la especialidad en diseño del mañana en Centro, institución enfocada en el diseño, los medios de comunicación y el cine. Autora de El documental como crisol. Análisis de tres clásicos para una antropología de la imagen (UV/CIESAS, 2007), Pobre amor heterosexual (Lenguaraz, 2008) y Busco pareja, ¿es demasiado pedir? Un análisis acerca de las representaciones del deseo en Internet (Bonobos, 2017).

Ilustrador
Lorena Mondragón
(Ciudad Juarez, 1988) es diseñadora gráfica e ilustradora desde 2011. Su trabajo se enfoca en la ilustración editorial, personal y corporativa.
Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

¿Qué es el amor romántico, qué consecuencias tiene su reproducción irreflexiva como modelo relacional y por qué tiene que importarnos? Sin miedo a la polémica y la controversia, Sofía Mosqueda encara una de las ideas más enraizadas en las relaciones amorosas incluso contemporáneas.

 

I have suffered the atrocity of
sunsets.
«Elm», SYLVIA PLATH

 

El amor se concibe, tanto en las investigaciones filosóficas como en las expresiones artísticas, como el alimento primitivo del alma, el eje pasional de nuestras vidas. Sin embargo, estas reflexiones discurren en ideales ontológicos y abstractos. Poco solemos examinar la puesta en práctica del amor, los modos en que debemos ejercerlo para que funcione bien.

Sin ánimos de elaborar aquí una guía para amar, este texto busca, por el contrario, reflexionar sobre el modelo de relación que es el amor romántico y cómo lo reproducimos; busca, igualmente, incitar al lector a romper con los vicios de este modelo o a romper el modelo entero.

Para pensar sobre esta expresión específica, reconozcamos que el amor no sólo se circunscribe a lo romántico. El amor, en abstracto, no se concentra en un objeto de afecto ni se limita en cantidad. Antes del amor romántico, está el amor sin adjetivos. El amor que, según El Banquete de Platón, es la motivación o el impulso para contemplar la belleza; el conocimiento apasionado, puro y desinteresado de la esencia de la belleza; se aman, entonces, las formas o ideas eternas, inteligibles y perfectas. Si partimos del amor platónico, podemos hablar de amor romántico cuando nos referimos específicamente a las dinámicas de una relación sentimental, generalmente sexual, que se circunscriben, por lo general, a un modelo normativo asumido y reproducido por generaciones.

El modelo integra una serie de reacciones orgánicas. Lo que más tarde, tal vez, llamaremos amor es el resultado de un proceso neuroquímico que empieza con la atracción y que se convierte en infatuación, un patrón psicobiológico similar a la obsesión. En la década de los ochenta, el psiquiatra Michael Liebowitz asoció el regocijo de la atracción con la feniletilamina, que está químicamente vinculada con las anfetaminas y con la acción de neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la norepinefrina en el sistema límbico. Y asoció la etapa del apego y las sensaciones de tranquilidad y paz con la producción aumentada de endorfinas, neurotransmisores químicamente relacionados con la morfina. Al desapego, en cambio, lo han relacionado con la desensibilización de los receptores de endorfinas, oxitocina y vasopresina, u otros neurotransmisores.

La atracción y el apego son emociones universales, tanto como lo son el miedo, el enojo y la sorpresa; productos del sistema límbico de los mamíferos. Por eso hay quien afirma que los animales aman. Sin embargo, con la evolución de la corteza cerebral de los primeros homínidos se fueron construyendo, a raíz de estas emociones, sentimientos románticos complejos y tradiciones que los celebraban, derivando así en lo que las culturas europeas llamarían amor romántico (Fisher, 1994). No obstante, si desde una perspectiva darwiniana la monogamia es rarísima (sólo el tres por ciento de los mamíferos se emparejan bajo circunstancias muy específicas), ¿cómo es que en los seres humanos ese proceso psicobiológico se traduce en la institucionalización de relaciones de pareja monogámicas y permanentes?

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Después de las monarquías absolutas, por ejemplo, en donde los matrimonios solían estar arreglados, las sociedades modernas idearon un pacto de acceso al cuerpo de las mujeres, entre hombres libres e iguales. Teóricos del contrato, como Rousseau[1], Hobbes, Locke y Kant, escribieron sobre la construcción de las democracias modernas basadas en la libertad para suscribir contratos económicos y políticos; bajo la misma lógica se diseñó el contrato matrimonial. El matrimonio del derecho canónico y el derecho de los contratos se construyeron al mismo tiempo con un mismo aparato metodológico, por un mismo grupo de teólogos y juristas, resultando así en una misma estructura doctrinaria (Vela, 2011).

El contrato sexual, una idea desarrollada por Carol Pateman en 1995, muestra cómo en las relaciones románticas se subordina a las mujeres ante los hombres en una lógica de explotación laboral. Kate Millet, en Sexual Politics, explica que las relaciones románticas son eminentemente políticas, siempre que se estructuren a partir del poder, con acuerdos que otorgan control a un grupo sobre otro. Las relaciones entre hombres y mujeres han sido de dominación y subordinación a diferentes niveles, aquello a lo que llamamos patriarcado.

La institución que guía al patriarcado es la convención original del matrimonio: la unidad que ejerce control para que las otras autoridades no resultan suficientes, otorgándole al esposo la posesión y el control sobre la esposa y los hijos (Millet, 2000). El matrimonio es, hasta el día de hoy, la herramienta de control del Estado para regular la sexualidad y la planificación familiar, para reproducir un modelo de familia y de relaciones sentimentales. A partir de este mecanismo de control social, las personas son compensadas o castigadas en función de su estado civil, tanto en términos de acceso a derechos, seguridad social o estatus migratorios como en términos netamente sociales.

Michel Foucault explica cómo el poder es consecuencia del conocimiento sobre el mundo que moldea al sujeto, los mecanismos que producen y reproducen las normas. En la medida en que las normas se internalizan se reemplazan las formas directamente coercitivas o violentas por un poder «suave». Los sistemas que controlan las prácticas sexuales (Rubin, 1984) se ajustan convenencieramente. La sexualidad suele entenderse como prácticas que se consideran normales o naturales, con el matrimonio monogámico heterosexual como epítome, y las anormales[2]. Por ello, el paso de lo inaceptable a lo aceptable no cuestiona el sistema, lo refuerza. Parejas que viven juntas sin casarse o parejas homosexuales que se casan y viven bajo el modelo tradicional de familia refuerzan el sistema. El matrimonio celebra las prácticas sexuales aceptables y recompensadas, y reprueba las prácticas inaceptables, que son sancionadas; por ello, la búsqueda de reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo va en contra del proyecto más grande de desmantelar las jerarquías sexuales que los regímenes de normalización heteropatriarcales imponen (Spade y Wilse, 2016).

A través de generaciones reproducimos e idealizamos este modelo de ejercicio del amor que parte de principios de dominación, control y posesión y, probablemente sin cuestionarlo, terminamos romantizando conductas tóxicas que perpetúan modelos de vida que no son necesariamente los más justos[3]. Independientemente de su sexo, identidad de género o preferencia sexual, el ideal del amor romántico encamina a las personas hacia el matrimonio; rechaza de forma grosera los rumbos de vida y las personalidades de quienes deciden no ejercer el amor romántico. El sistema condiciona el amor con vicios y comportamientos tóxicos retratando, con todos sus recursos, el no emparejamiento como un fracaso.

El amor romántico está construido sobre un ideal poco alcanzable: aquel mito de Aristófanes de las dos mitades de un cuerpo, que son separadas y condenadas a buscarse por el resto de su vida. La idea de la media naranja o el alma gemela en un planeta con siete mil millones de personas nos hace pensar que hemos de encontrar a quien nos hace falta, porque nos crea la necesidad de estar completos.

Que el único objetivo del amor sea cumplir con una expectativa social y política de reproducción es francamente ridículo, además de ser estadísticamente imposible.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Escapar de la soledad, como lo describió Bertrand Russell, es una imposición social y se asume como el pilar de la realización personal; si el amor se concibe como la búsqueda de una pareja para satisfacer una necesidad, la de no quedarse, el amor se corrompe y la persona pierde la oportunidad de practicar otras formas del amor que no sólo contrarresten a la soledad (a la cual, por cierto, también habríamos de reivindicar), sino que nutran profundamente su vida.

El amor romántico se queda absurdamente corto al idealizar la búsqueda y desvirtuar la práctica. Las películas de Disney terminan cuando la princesa y el príncipe se casan, pero el ejercicio de poder se vuelve más evidente cuando se consolida la relación, dando pie a los vicios del amor romántico: normalizar el dolor, el sufrimiento, la violencia; a justificar los celos, la manipulación, el control.

A las personas se les subyuga en una relación de poder bajo el argumento del amor: «te controlo porque te amo, te manipulo porque te amo, te objetivizo, infantilizo, domino, porque te amo». El amor, bajo esta óptica contractual de dominación, implica posesión. El ansia de control sobre aquello que se posee se manifiesta en la invasión de la privacidad, en la limitación de libertades, en la invalidación de la identidad propia, en la violencia. Qué peligrosa es la justificación de la violencia en nombre del amor; violencia simbólica, económica, emocional, física, violencia homicida. Violencia que, lejos de escandalizar, se manifiesta en la normalización de los celos como indicador del amor, y en otras ideas falsas pero aprendidas: la idea de que el amor es suficiente a pesar de las incompatibilidades irresolubles en una relación, la idea de que el amor hacia una persona anula o imposibilita la atracción hacia otras personas (la vinculación automática e incuestionable entre compromiso y exclusividad), la idea de que el matrimonio y la reproducción son la única justificación válida para estar en una relación, la idea de que es responsabilidad de una pareja resolver las inseguridades de uno; de que el valor que se otorga a una pareja está dado en función del tiempo y la energía que se invierte en ésta; que la responsabilidad de que una relación funcione recae en una persona y no en un acuerdo mutuo que, además, está viciado de inicio por una serie de constructos sociales idealizados.

La facilidad con que una dinámica de atracción, enamoramiento, pasión y pajaritos cantando se transforma en un padecimiento, que ya debería haber provocado una revolución relacional, y sexual, hace muchísimos años. Sin embargo, seguimos aguantando insatisfacciones y dolores. El dolor es la forma que tiene nuestro cuerpo de avisarnos que algo está mal; si el dolor emocional es un signo de alerta, ¿no deberíamos dejar de romantizarlo? Sensatamente, ¿cómo podemos concebir, y tolerar, que lo que llamamos amor lastime?

La crítica al amor romántico ha recibido (curiosamente de la misma forma que lo han hecho las denuncias de acoso, otra forma de violencia) una sentencia que versa sobre la muerte del Eros, entendido como la pasión, el erotismo, el romance que comprende una relación sexual o de seducción. Sin embargo, la intención de deconstruir el modelo de relación que actualmente impera en nuestras sociedades pretende todo menos hacer que las personas dejen de amar [pasionalmente]. La lucha no es contra la pasión, es contra la violencia, contra la imposición, contra el ejercicio deliberado de poder y la consiguiente subordinación de los sujetos-objetos.

Las personas no están obligadas a enamorarse, a apegarse o a desapegarse; ni están obligadas a actuar específicamente a partir de un protocolo social. Claro, biológicamente tiene sentido que todos los seres nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran. Sin embargo, el matrimonio o el diseño heteronormativo de pareja no es la única forma de preservar la especie (cada vez hay más expresiones de familias y modelos de relaciones diversas sin dominación vertical). Social y culturalmente, ya hay muchas más opciones a casarse creyendo ingenuamente que se vivirá feliz
para siempre, sólo hay que visibilizarlas, explorarlas y aceptarlas.

Habría que pensar nuevos ideales del amor, que se sostengan en la renuncia al poder, al control, a la dominación y que, por el contrario, creen pilares solidarios y equitativos de resistencia y de desarrollo. El amor erótico-afectivo no tiene por qué ser exclusivo ni excluyente de otras fuentes y expresiones de amor; es más, úrgenos reivindicar el papel del amor en las relaciones que no necesariamente incluyen un componente romántico y/o erótico.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Y en las relaciones en las que sí hay un componente eróticoafectivo, no vamos a matar al Eros (quien probablemente, en caso de que resultara herido, se lo buscó al querer comprender en una sola figura mitológica la atracción sexual y el amor), vamos a reivindicarlo y a purificarlo; que ya nos toca, en medio de este clima de odio, revolucionar la forma de amarnos y de disfrutarnos. Lo romántico es también político, y esta revolución es una en la que podemos participar todos, incluso rendiría frutos inmediatos, directos y personales.

Cuestionemos las categorías y los términos en los que el sexo, el amor y el romance son controlados y diseñados. Imaginemos un mundo en el que la sexualidad y la reproducción no estén vinculados con el diseño tradicional de pareja y la familia marital, en el que se desmantelen los parámetros para medir el éxito de una relación, en donde las pasiones no deriven en abusos o crímenes, resultado de no poder controlar a alguien más ni a nosotros mismos; donde las personas no pasen su vida buscando pareja ni se queden en relaciones hirientes a causa de coerciones emocionales, físicas o económicas; donde el matrimonio sea una opción y no un destino y donde procuremos la igualdad fuera del marco opresivo del heteropatriarcado.


REFERENCIAS

FISHER, HELEN, «The Nature of Romantic Love», The Journal of NIH Research, vol.6, pp. 59-64, 1994.

FOUCAULT, MICHEL, The History of Sexuality. Vol. 1, Penguin, 1978.

MILLET, KATE, Sexual Politics, University of Illinois Press, 2000.

PATEMAN, CAROL, El contrato sexual, Anthropos / UAM, 1995.

RUBIN, GAYLE S., «Thinking Sex: Notes for a Radical Theory of the Politics of Sexuality», en Carol Vance (ed.), Pleasure and Danger, Routledge, 1984.

SPADE, DEAN Y CRAIG WILSE, «Norms and Normanization», en Disch, Lisa y Mary Hawkesworth (eds.), The Oxford Handbook of Feminist Theory, Oxford University Press, 2016.

VELA, ESTEFANÍA, «La Suprema Corte y el matrimonio: una relación de amor», tesis para obtener el título de licenciatura en derecho, ITAM, 2011.

WERBER, CASSIE, «The Idea of Monogamy as a Relationship Is Based on Flawed Science», en Quartz Media, disponible en: https://qz.com/938084/the-idea-of-monogamy-as-a-relationship-ideal-is-based-on-flawed-science/


Notas

[1] Rousseau, quien en un par de ocasiones definió al cortejo y las relaciones románticas en términos bélicos, llamándole la batalla amorosa, y expresando cómo en esa batalla estaría permitido usar toda la violencia permitida en el amor para arrancar un consentimiento, puesto que las mujeres, de todos modos, estarían «destinadas a dejarse vencer» (sic).

[2] El círculo virtuoso comprende la heterosexualidad, el matrimonio, la monogamia, la procreación, la sexualidad no comercial, entre dos personas, en una relación, de la misma generación, en privado, la no-pornografía, solamente con cuerpos, sexo de vainilla; el círculo anormal incluye la homosexualidad, las relaciones casuales, la promiscuidad, vivir en pareja sin casarse, la sexualidad que no procrea, comercial, individual o en grupos, entre generaciones, en público, con objetos, la pornografía, el sadomasoquismo.

[3] Un estudio de la Universidad de Michigan arrojó el año pasado que no hay forma de determinar si la monogamia es la forma ideal de relacionarse, puesto que la premisa que la defiende sesga la manera en que los investigadores construyen y prueban teorías sobre el amor y la intimidad (Werber, 2017).


Autores
(San Luis Potosí, 1986) escritora y consultora. Escribe para un par de medios digitales. Estudio economía, relaciones internacionales, y es maestra en ciencia política por El Colegio de México.

Ilustrador
Lorena Mondragón
(Ciudad Juarez, 1988) es diseñadora gráfica e ilustradora desde 2011. Su trabajo se enfoca en la ilustración editorial, personal y corporativa.