Cómic 226


Esa mañana Google adornó su navegador con una ilustración de Elvia Carrillo Puerto —la más conocida sufragista mexicana— dibujada por Hilda Palafox, artista y también mexicana. El doodle recibió el aplauso de los usuarios de las redes sociales, que retuitearon la imagen hasta que se copió cientos, no, miles de veces. Una coincidencia quiso que ese mismo día, algunas horas más tarde, Vértigo Galería inaugurara Estereotipas. Romper para construir nuevas miradas, una muestra del trabajo de más de una treintena de ilustradoras. Me pareció entonces que ese día, peculiar como pocos, había planeado —de antemano y en secreto— dedicarse a la aportación de las mujeres.
A las aportaciones, debería escribir, por la variedad de técnicas, estilos y temas reunidos esa misma noche en Estereotipas. “No encontraremos homogeneidad”, se lee en el comentario de María José Ramírez que acompaña, junto con los textos de otras escritoras, las piezas. Pero no resisto el intento de hacer una lectura de sus semejanzas, como tampoco lo hicieron las curadoras Abril Castillo y Clarisa Moura.
Si algo tienen en común —la mayoría de ellas, al menos— es una apuesta por la figura femenina que rechaza el male gaze y, a cambio, ofrece otras versiones del cuerpo de las mujeres, dibujadas a partir de una autonomía indiscutible. Las hay rebeldes —como aquel de Pamela Medina en que una mujer abandona la concha que vestía hace apenas unos segundos para huir de la extraña (pero, ay, tan familiar) sociedad de personas-caparazón. Las hay también inquietantes y perversas: es el caso de la mujer a la que le crece una cola de gato de las nalgas, el de las mujeres hipnotizadas e hipnóticas de Elisa Malo. Aun las más sugerentes se apartan del deseo masculino para ser —mejor— desnudos marciales, empoderados. Del mismo modo, los antirretratos de Liz Melville son un sano repudio a la selfie. Sí, por su desafío, Estereotipas es un buen título para la muestra.
Pero cómo evitar que la lectura del recorrido se limite a una que —sin querer— oscurezca otras —un riesgo de las exposiciones que reúnen obras diversas bajo la justificación de que fueron hechas por mujeres. Y por qué hacer el combo de mexicanas y argentinas. Pese a ello, la coincidencia de ilustradoras, escritoras, curadoras, galeristas —la feliz declinación de las profesiones al género femenino— consiguió que ese día la igualdad no se sintiera distante, sino concreta. Un alivio porque, como se sabe, no es algo que ocurra todos los días.
En un lugar de la Mancha… El día en que lo iban a matar… Era el mejor de los tiem¬pos, era el peor de los tiempos… Hay muchos inicios de novela memorables, pero pocos finales lo son. ¿Quién recuerda la última frase, la última palabra, del Quijote, ya no digamos de En busca del tiempo perdido? Con el cine, al menos con algunas películas, sucede otra cosa. El final de El ciudadano Kane es más recordado que su toma inicial, lo mismo que Michael cerrándole la puerta en la cara a Kay en El padrino (una excepción sería Sombras del mal y su mítico plano secuencia inicial en la frontera México-Estados Unidos). Pero es difícil pensar en un final más icónico que el de El planeta de los simios (Schaffner, 1968): Charlton Heston arrodillado en la playa (alerta de spoiler) ante una Estatua de la Libertad derruida.
¿De qué trata esta película? A primera vista, de una malograda expedición espacial y de un astronauta que intenta recuperar su libertad y su dignidad frente a una especie de homínidos inteligentes que dominan al planeta en el que ha aterrizado y a sus habitantes humanos. ¿De qué trata realmente? La trama principal sólo nos dice lo que sucede, las tramas secundarias son las que abordan el tema de fondo. En este sentido, son varias las interpretaciones posibles. Hoy, a 50 años de haber sido proyectada por primera vez en las salas de cine, una de las que tal vez tenga más resonancia es la capacidad destructiva que tienen la ciencia y la tecnología y nuestra incapacidad de hacernos responsables de sus efectos.
La ciencia de los simios se muestra como obtusa. George Taylor, el capitán de la expedición, y sus compañeros son sometidos a cualquier cantidad de vejaciones a manos del grupo de investigadores simiescos que se hacen cargo de ellos, todo a nombre del progreso. Pero el secreto de la película está en que la ciencia de los humanos es mucho más terrible.
El ideal de la ciencia como una maquinaria prístina y perfecta, escribe el sociólogo inglés Harry Collins, es como ese tren que siempre acaba de partir cuando uno apenas está llegando a la estación. Las décadas de los cuarenta y cincuenta sumieron a la sociedad en el shock de la destrucción nuclear (ver El café atómico, de Loader y Rafferty, 1982); los sesenta vieron despertar una nueva conciencia ambientalista (leer Primavera silenciosa, de Rachel Carson, 1962, el primer clásico sobre el tema), así como el relativismo epistémico (leer La estructura de las revoluciones científicas, de Kuhn, también de 1962). En los setenta el cisma se haría todavía más profundo, gracias a los trabajos de autores como Bruno Latour y Karin Knorr Cetina, quienes propusieron que la ciencia no se produce por medio de una estructura racional-lógica (por lo menos no exclusivamente), ni a partir del método científico, sino de las prácticas cotidianas en el laboratorio. El planeta de los simios aparece a la mitad de todo eso.
La película es una rara avis de origen estadounidense, pero también es producto de la tradición francesa de ciencia ficción, por vía de la novela original, obra de Pierre Boulle (1963). En este sentido, no sorprende que tanto la novela como la película presenten temas que se encuentran ya en una obra como La Jetée (Marker, 1962), también francesa (el apocalipsis ambiental y las paradojas temporales).
Las prácticas de laboratorio de El planeta de los simios están marcadas por una cultura jerárquica y hegemónica. Los chimpancés, como Zira, hacen el trabajo científico cotidiano mientras que los orangutanes, como el Dr. Zaius, representan a las academias, los colegios y las élites intelectuales, contrarios a las ideas nuevas y con miembros que se otorgan premios entre sí y pueden decidir sobre el trabajo de los demás: las prácticas de laboratorio como relaciones de poder.
Hay en El planeta de los simios una crítica abierta al cientificismo. ¿Pero cuál es la idea de la ciencia que pone sobre la palestra? ¿El escolasticismo (conocimiento obtenido por autoridad)? ¿La religiosidad (conocimiento obtenido por revelación)? ¿O el dogmatismo (conocimiento obtenido sólo por el razonamiento lógico-formal)? La novela de Boulle es más rotunda, pero la película se decanta por una mezcolanza de las tres y están todas representadas allí: en la Estatua de la Libertad como símbolo de nuestro fracaso.
A diferencia de los temas que trata, El planeta de los simios no ha envejecido bien. Es una cinta que ya no se suele ver y cuyo conocimiento proviene sobre todo de fuentes indirectas, residuales: homenajes, parodias y los recientes remakes. Pero su imagen final sigue gozando de cabal salud.
Nada es perfecto, nada es permanente, nada está completo: es la premisa bajo la que se guía el wabi-sabi, corriente estética japonesa que celebra la magia de lo imperfecto. Encontrar belleza en el caos; esto es, precisamente, lo que Hiromi Kawakami presenta al lector en Los amores de Nishino (Alfaguara, 2017), un retrato a diez voces de Yukihiko Nishino: galán de horas de oficina, infiel por naturaleza, pero sobre todo, un misterioso hombre lleno de incógnitas.
Lo sabemos: vamos a enamorarnos de Nishino. Ya lo sentencia una de las mujeres que han pasado por su vida: “aunque querer a Nishino no reportaba demasiados beneficios, tenía su punto placentero. Era una condena por la que merecía la pena pasar”. A través de los relatos de diez de sus amantes, la enigmática figura de Yukihiko Nishino comienza a develarse al correr de las páginas, sin llegar a dibujarse por completo. Imprudente, pero siempre galante, entra en la vida de las mujeres con un silencio que nadie se atreve a interrumpir. Bastan dos semanas o seis meses para que deje su huella: en ocasiones, representa el simple recuerdo de un bollo de anko cubierto de semillas de amapola; otras tantas, el doloroso desencuentro del primer amor.
Los diez cuentos en los que Hiromi Kawakami dibuja la silueta de Nishino son suficientes para reflexionar sobre el amor, sus síntomas y sus condiciones a través de mujeres que, en secreta complicidad, construyen historias llenas de nostalgia, cubiertas del manto de la fugacidad amorosa. Nunca sabemos del todo quién es Yukihiko Nishino: hay pocas certezas, pero, finalmente, la verdadera historia la edifican esas diez voces femeninas que se balancean en la cuerda floja de la memoria y el olvido, a la vez que construyen una poderosa reflexión sobre la vida y las relaciones modernas.
A Kawakami hay que agradecerle que Nishino sea un fugitivo y se nos escape como agua: hay que seguir sus pasos, adivinar sus movimientos, anticipar su pasado y predecir su futuro. Hay que reconstruirlo a él y a las diez mujeres que lo acompañan: sólo así podremos reconocer esa vorágine, ponerle nombre a sus recuerdos y, con suerte, conocer una pequeña parte de sus vidas. Los amores de Nishino traza esa delgada línea entre lo efímero y lo perdurable; a final de cuentas nada es permanente, y es imposible atravesar estas páginas sin enamorarnos, aunque sea un rato, de ese tal Yukihiko Nishino.
—Exacto, tiene usted toda la razón, el
paraíso es igualito a esto nada más que sin
mosquitos.
Hay empresas extraordinarias y amorosas que las personas realizan por la pura belleza de inspirar y compartir la alegría de la existencia. Cruzar Europa en tren y luego el Atlántico en barco para asistir al llamado del hijo que no se conocía y que está tocado por la muerte. Escribir esa travesía en compañía de personajes maravillosos y legendarios. Arropar esa historia con documentos testigos de la genialidad y la locuacidad humanas. Conocer esa escritura en su lengua original y peregrinar, insistir y confiar en que debe conocerse en otra lengua y traducirla para que alguien la lea y se comparta la empresa con una editorial generosa que fragüe un libro cuidadosamente impreso y disfrutable. Y así, inspirar y expirar respiraciones en sabrosa y rítmica canción infantil:
Row, row, row your boat,
Gently down the stream.
Merrily, merrily, merrily, merrily
Life is but a dream.
Si la vida se respira en ese ritmo que acompaña al padre que busca al hijo, la vida fluye y se reconoce en las acciones de los compañeros de travesía que disertan sobre la vida con las más maravillosas elucubraciones:
Y la gente de primera clase se divierte más. ¡Ah, sí se divierte! Los que no tienen un dios en el corazón parecen divertirse mucho más que los que lo tienen. Pero se divierten ahora. Ya quiero verlos después. Cuando se acabe esta vida y venga la otra, la vida después de la vida. La vida de verdad. Ahí sí que vamos a ver quién se divierte. Las Olivitas dejaron de hablar; movían la cabeza en señal de asentimiento, aprobando con ese gesto sus propias palabras. Lo único malo, dijo por fin la Olivita de pantorrillas gruesas, sería que no hubiera otra vida y que la vida de verdad fuera ésta, la vida de las orgías en la cocina.
Así, en cada capítulo que se avanza hacia el lecho donde el hijo espera al padre, suceden maravillas llenas de estrambóticas situaciones donde nada se detiene y vertiginosamente acontece la maravilla de personajes que comparten la existencia; como en la escena in crescendo donde los niños juegan con Margarida, una perra, bestiecita que va y viene del tonel sobre la cubierta del barco donde los niños chapotean, a la que para reventar la escena terminarán todos los personajes gritándole, junto con el lector:
¡Margariiiiiiida, vuelve, por favor, vuelve con nosotros! No podemos vivir sin ti.
De esta forma la narrativa juguetea y se solaza en la alegría del viaje, que además hace múltiples referencias al movimiento antropófago del modernismo brasileño tan revitalizador para reconsiderar las identidades de este lado del Atlántico y la compleja configuración latinoamericana, encarnadas en el personaje Bopp, de quien se construye un delicioso compañero de viaje que recupera algo o mucho del autor de Cobra Norato, Raul Bopp; aunque una puede pasar de esas referencias sin sufrir ni angustiarse por no entenderlas todas.
Viajar para descubrirse en el encuentro con el otro es una de las invitaciones más generosas de este libro escrito por Verónica Stigger, de quien no sólo recibimos una historia entrañable sino una cuidadosa lista de deudas que nos recuerdan que las maravillas siempre se recobran en compañía. Opisanie swiata está traducido en un cadencioso y entrañable español por Paula Abramo, quien gozosamente lleva esta novela, de forma rica y precisa, a nuestra lengua.
Que la empresa de publicar esta belleza haya sido asumida por Antílope es garantía de que el libro que tenemos en las manos está cuidado de cabo a rabo, como un ticket de lujo para cruzar Europa y el Atlántico, y encontrarse con la bullente, infantil y animal, vida:
Hasta allí, hasta la ventana de Natanael, se oyeron las carcajadas del niño y luego los ladridos del perro. Era como si él, también se riera, imitando la alegría del niño, una misma alegría, infantil y animal.
Narrativa vital que nos anima a emprender viajes y encuentros, para maravillarse, reír o soltar el llanto cuando sea preciso y detenerse cuando llegue el caso. Porque sí, este es un libro que camina hacia el encuentro de un padre con la muerte de su hijo, recordándonos magistralmente que la vida fluye, fluye, fluye.
“Uno no puede escribir que tiene miedo de morir / a menos que sea anna frank”, advierte Martha Mega en un largo poema sin título, que junto con otros diecinueve conforman Vergüenza, su primer poemario. Sin embargo, la poesía de Mega no manifiesta un temor a la finitud, se trata más bien de un canto emitido desde la postcatástrofe, desde los escombros, las ruinas, los fierros retorcidos y el polvo que rodean a los sobrevivientes que habitan un presente derrumbado por la losa de un futuro más imposible que incierto.
Quienes hemos escuchado a Martha performancear sus poemas, tenemos la posibilidad de leer estos textos con la percusión en off de sus manos sobre su pecho marcándoles el ritmo. Quienes no, con seguridad podrán apreciar su musicalidad y vértigo, tanto en sus versos mínimos, como en sus versículos. Para construir esta fluidez, Mega utiliza el encabalgamiento y la elipsis, así como la casi total ausencia de signos de puntuación que puedan interrumpir el telúrico devenir de sus palabras.
Los poemas de Vergüenza son terremotos diminutos. Hay en ellos un desenfado salvaje; un enfebrecimiento ante la belleza de lo breve; una orfandad que se traduce en furia, mordidas, ladridos, pero también en luminosas grietas; el legado del exilio de quien recibe de su madre un país ajeno como herencia; el aullido de la que, desbaratada, increpa a un dios que está sordo o no contesta o no puede sostenerle la mirada; el amor en tiempos de Tinder y leído siempre, desde David Foster Wallace, como una historia de fantasmas.
Mención especial merecen “Groupie”, dividido en cinco tracks y el metapoema sin título que aborda los poemas muy al modo de Leónidas Lamborghini en El jardín de los poetas. El primero, por la intertextualidad entre canciones populares y la mitología griega; por su revisitación de Orfeo, Eurídice y Perséfone con un soundtrack de José Alfredo Jiménez, Álvaro Carrillo y Silvio Rodríguez. El segundo, por plantear las posibilidades del poema desde el poema mismo: “hay poemas que son remixes refritos re-interpretaciones/ formas (rrrrr)evolucionadas del poema originario”; por plantear una poética que apuesta por aquellos “poemas mutantes deformes freaks”.
No es verdad que escribir vaya a salvarlo a uno, eso parecen decirnos los poemas de Mega, y quizá de ahí provenga la confusión, el desorden y el desconcierto —todas acepciones de la RAE para la palabra vergüenza, entendida como turbación—, de aceptar la posibilidad de que, como en Vergüenza, escribir sólo sea arder.
Un libro fragmentario es un mapa. Territorio de encuentros difusos, fronteras mudas, montañas en constante disolución; amplitudes sin márgenes: mares infinitos. Los románticos, entre ellos Schlegel y Novalis, consideraron que, en las breves partículas atómicas del fragmento —una aparente escritura dispersa—, se escondía una totalidad que resumía el universo: escritura de enigmas. Jorge Fernández Granados advierte algo similar cuando dice: “El camino de la brevedad tiene dos sentidos: el que baja hacia la raíz de una síntesis y el que sube como fronda de un enigma. Este último lleva más lejos”. Su libro titulado Vertebral, estructurado como un conjunto sistematizado, incluso por apartados temáticos, muestra la capacidad de agrupación dentro del ámbito disperso; hay que decir que no es necesario imponerles la prerrogativa, los fragmentos se agrupan solitarios en el ámbito esencial de la compañía distanciada, y conversan aunque se encuentren supuestamente lejos en el espacio textual, como plantea Blanchot en La escritura del desastre: “Los fragmentos se escriben como separaciones no cumplidas: lo que tienen de incompleto, de insuficiente, obra de la decepción es su deriva…”.
La escritura fragmentaria esconde un mensaje que la atraviesa silenciosamente: es el llamado sagrado, el nombre impronunciable. Al fragmento no se acerca una mente demasiado inquieta porque se trata de una escritura madura y rigurosa: demasiado silenciosa para ser…, para ser el ruido de una tumba indecisa. Dado que entrega la desnudez, es implacable y categórica, un dardo de fuego sin providencias ni azares. Es una voz ciega e iluminada, una semilla profética; la caracterización de Novalis al llamar a los fragmentos “gérmenes” evoca su carácter de explosión demorada. Los fragmentos atraviesan el espacio sin tiempo, lentamente, con su laberinto fugaz de meteoros profundos. Cuando destellan y se proyectan en un haz incontenible nos permiten entrever su estrella: “El aforismo es un género hermafrodita, mitad poema, mitad ensayo. Pequeño monstruo entre la belleza y la razón. Quimera”. Escritura en trizas: rompe y quiebra con los nombres de los antecesores; la voz surge sin la cita, pero la lleva a cuestas; se trata de un paseo con las adivinanzas, en él recolectamos diálogos. Vertebral enhebra hilos desde un epígrafe de Paz, ronda abiertamente a Brecht, a Kafka, pero encubre conversaciones con Cioran, Michaux, Nerval, Jabés.
La filosofía, en sus vertientes contestatarias y rebeldes, también encuentra en el fragmento una manera de traspasar los sistemas, escapar del pensamiento vertical y arbóreo, incrustarse en los senderos de la misteriosa poesía. El fragmento es reflexivo, su tiempo no es histórico sino sagrado. La pregunta de Vertebral, su sentido hondo, se esconde en un ámbito fulminante: Fernández Granados se está olvidando a sí mismo (“Procura que tus más hondas preguntas no tengan sujeto”). Borra al hombre para escuchar lo que traspasa la carne y los huesos. El ego, en cambio, es sentencioso, moralino, tutea al lector. Cuando la escritura rompe con el yo —no se trata del caprichoso uso o desuso de los pronombres— entonces se aclara aquella sentencia que reza: “Vivir fue un libro”. La voz está consagrada a una tarea que va más allá del deseo, las intoxicaciones, los laberintos que cruzan los fantasmas de nuestra carne. La escritura es susurro a lo otro, la síntesis de lo distinto, el llamado ardoroso de la imaginación desbocada. La trama oculta, incluso desconocida para el que escribe, late pidiéndonos una sacrificada anulación. La literatura es una actividad solitaria porque en las formas breves se convierte en escucha y, sobre todo, en interrogación.
Vertebral es un libro que incita dudas e interpela al presente, tiempo que gesta una escritura de nudos y de aliento corto. Los planteamientos sobre el poder o el amor, por ejemplo, merecerían discusiones. Hay también fragmentos fulminantes en su destello; fuego reunido: “Interior o intemperie. Buscamos salir a la intemperie. Refugiarnos en el interior. El cuerpo es también una pequeña casa. A mitad de camino entre la intimidad y la intemperie está la casa. Es un espacio intermedio que no es naturaleza ni imaginación, sino ambas…”. Allí, entre llamas, ensoñamos lo que el otro dicta en un nebuloso cielo encendido.
¿Estrellas o maquillaje, poesía o filosofía? ¿Qué palabra puede nombrar la esencia del polvo? Limpiar, quitar, soplar, aspirar; ver volar el polvo en el aire. El polvo; no la arena, no la tierra, no la ceniza, no la naftalina, no la cocaína. El polvo que cae del cielo, que entra por la ventana para colarse en las letras de nuestra computadora, el polvo que guardan los libros y el que tendremos que barrer una vez que nuestros pies estén sucios, negros de polvo.
Si en la primera mitad del siglo XX la filosofía se dio cuenta que el hombre había dejado en el olvido la pregunta que interroga por el ser, hoy, a dos décadas del siglo XXI, podemos afirmar una verdad poética, lo que realmente la literatura no se ha preguntado o de alguna forma ha querido olvidar está frente a nosotros: ¿qué es el polvo?
Apología del polvo (Sexto Piso-Secretaría de Cultura, 2017) nos lleva de la mano por cada rincón en donde se acumula esa tesitura del mundo que queremos limpiar y que aún no hemos visto o imaginado; más allá de la metáfora, es la presencia de nuestra existencia pero también de lo que no es: “el polvo ni es cosa, ni es algo, pero está lejos de ser nada”. ¿Qué sustancia es y no es al mismo tiempo? Esta ontología del polvo es el comienzo para inaugurar también una historiografía, para escarbar en la antigüedad del polvo que nos ha rodeado toda la vida pero que hemos ignorado e intentado borrar. Pero de borrar también sale polvo.
Arnoldo Kraus toma como pretexto la obra de Vicente Rojo, la purpurina y las arenas de los colores que usa en su obra, para investigar y narrarnos una historia sobre quién ha visto el polvo, en qué parte de la historia es protagonista, qué poetas han sido cómplices en la nomenclatura que encarna el polvo, pero, sobre todo, ¿qué relación tenemos personalmente con él? “Algunos polvos tienen presencia y otros tienen memoria”, afirma el autor.
Quizá haya una sola objeción: la obra de Vicente Rojo en algún punto deja de ser importante, no porque sea menor sino porque la pregunta sobre el polvo logra ser más trascendental que la técnica y/o el sentido estético de una obra de arte.
¿Cómo hablar de un libro que evoca el origen y fin de las cosas? El polvo; no el talco, no la harina, no la arena: el polvo antes de flotar en el aire, antes de caer sobre nuestro tiempo. Ya éramos polvo antes de conocerlo y cuando la humanidad deje de existir, cuando las montañas mueran, cuando el sol se coma nuestro planeta, cuando todos los asteroides choquen, cuando esto se termine, sólo quedará el polvo en el universo.
El libro reflexiona acerca de aquello que está presente en todo momento y que no hemos escuchado. ¿Qué dice el polvo de nosotros? Ahora mismo, mientras el lector pasa sus ojos sobre estas palabras podrá notar que hay polvo cerca de él y que esa sustancia es universal, no será diferente al que cubre una ventana en un cuarto piso o el polvo que se mete en las páginas de una revista o el que se pega en la pantalla de la computadora, es el mismo polvo del verso de Quevedo, el mismo que constituye el rubor y el mismo que quedará suspendido cuando la existencia diga ya no más.