Tierra Adentro

 

Ciruelo

El árbol había resistido la sequía,
el casi eterno vendaval
y aquella plaga
que lo despojó de toda grandeza.
Pese a ello y con obstinación de roble
permaneció en pie.

Vivió como un barco encallado,
una casa de juegos
para la niña que fui.
Quizá por ello mi madre
—en contra de su obsesión
por llenar el patio sólo de árboles
majestuosos, fuertes y sanos—
le concedió más vida.

Por meses creí
que ella premiaría la perseverancia
del ciruelo,
su voluntad para seguir anclado
a este mundo.
Pero me equivocaba,
la prórroga llegó a su fin:
A veces la voluntad no es suficiente,
la escuché decir,
mientras el árbol era derribado.

Nadie supo en casa
por qué no protesté, ni pude llorar,
como tampoco supieron
que por años odié al ciruelo,
lo desprecié
por no haber resistido
la mano de mi madre,
por ser árbol
y no quedarse.

 

Cama individual para dos

Acomodamos nuestros cuerpos
de tal forma que ese espacio
fuera suficiente para ambos.

Pensamos que embonarnos frente a frente
y respirar el mismo aire
era la seguridad de jamás separarnos,
de permanecer.
En 90 centímetros
no podrían caber dudas
ni miedos.

«Ya cómprense una cama matrimonial»
nos decían y nosotros necios:
estábamos seguros
que más espacio
nos separaría,
que la lejanía iba a destruirnos.

Nos bastaba algo pequeño.

Si yo hubiera sabido que todo iba a terminar,
habría comprado una cama grande
—que fuera de los dos
donde pudiéramos recorrernos libremente
y donde nuestras preguntas también tuvieran espacio
e incluso los miedos, las inseguridades.

Después de todo,
y lo pienso ahora que es de noche
y hace frío,
ahora que duermo sola
en mi propia cama individual
y aunque me duele tener espacio para moverme.

Después de todo

una cama individual

jamás es para dos.


Autores
Poeta bilingüe (tu´un savi-español) promotora cultural y tallerista. Ha participado en distintos recitales, talleres y festivales tanto en México, India, Colombia, Estados Unidos, Guatemala, Puerto Rico, Venezuela y Cuba. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía del 2015 al 2017. En 2017 Recibió el Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle, en 2018 obtuvo el Premio Nacional de la Juventud, en 2019 el Premio Juventud Ciudad de México, en 2020 el Premio CaSa de Literatura para Niños, así como mención honorífica en el Premio Antonio García Cubas en la categoría de Libro Infantil, en 2021 el Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón. Desde 2018 es miembro de Latin American Studies Association (LASA). Autora de los poemarios Ñu´ú Vixo /Tierra mojada, Pluralia Ediciones, México, 2018, Tikuxi Kaa/El Tren, Almadia, México, 2019, Isu ichi/ El camino del venado, UNAM, México, 2020 y Las formas de la lluvia/ বৃষ্টিধারার নানা রূপ, JOLDHI, Bangladesh, 2021. Su obra ha sido traducida al árabe, inglés, francés, bengalí, hindi y catalán.
Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

 

Entre la angustia y la desesperanza, Rodrigo Flores Santín nos lleva en este relato, por medio de su personaje principal, a un recorrido interminable e intermitente del subsuelo agobiante (tanto real como metafórico) de la Ciudad de México.

 

Adolfo corrió a la entrada de la estación como si hubiera llegado a la meta. Estaba empapado de pies a cabeza, sin embargo, pensó que había valido la pena. Compró un boleto en la taquilla y lo pasó por el torniquete. El policía que resguardaba la estación lo miró un segundo y volvió a clavar los ojos en el periódico que tenía en las manos. Adolfo abrazó su portafolios y sintió el olor del cuero mojado, descendió por las escaleras rápidamente, como los oficinistas asiduos al metro saben hacerlo. Llegó al andén y sintió tibia la humedad de su saco; tal vez llegaría a secarse para cuando estuviera en su departamento.

Esperó casi veinte minutos antes de que apareciera el tren. Sin afán, miró a su derecha y, al fondo del andén, vio a tres o cuatro personas además de una pareja de novios que no paraban de besarse y luego reír a carcajadas. Recordó otra vez a Carolina despidiéndose de él, con un beso tímido que tal vez decía otras cosas, un par de horas antes. Por el túnel de la izquierda se escuchó lejana la marcha del Metro y sus luces iluminaron el pasaje hasta aparecer en el andén. El vagón paró y las puertas se abrieron justo frente a él; descendieron tres personas antes de que Adolfo pudiera entrar y una de ellas, una mujer gorda que parecía sin edad, lo miró directo a los ojos como si adivinara sus pensamientos. Subió y el tren comenzó su marcha.

Se sentó y pegó la cabeza a la ventana con los ojos cerrados. Pensó en el día horrible que había tenido en la oficina y seguramente el siguiente sería igual. Lo único que valía la pena allí era Carolina. Abrió los ojos un segundo y notó que para ser uno de los últimos trenes de la noche llevaba bastantes pasajeros. De cualquier modo, se sintió afortunado de haber alcanzado tal vez el penúltimo. De haber salido quince minutos más tarde, hubiera encontrado la estación cerrada y habría tenido que tomar un taxi que le cobraría mucho más hasta su departamento.

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)


 
 

Cerró de nuevo los ojos y calculó en la mente las estaciones que faltaban para llegar a Hidalgo: nueve paradas más, lo que equivalía a veinte minutos y después caminar siete cuadras. Se imaginó caminando en las calles oscuras y se arrellanó en el asiento. Si todo salía bien, llegaría a casa después de las doce. Sentía la marcha del tren bajo sus pies, se detenía, se abrían y cerraban las puertas y continuaba a la próxima estación. Pensó una vez más en Carolina y sonrió levemente; era la primera mujer de la que se enamoraba desde el divorcio. Su corta estatura, disimulada a diario con tacones altos, su cabello liso que olía a un perfume que no lograba descifrar, y esos ojos que tímidamente lo miraban y después le sonreían, detrás de esos lentes delgados como Carolina: era como si volviera a tener veinte años, la misma edad que ella. Sintió un escalofrío al imaginarse contra su cuerpo desnudo y apretó las piernas.

Abrió los ojos y vio que el vagón del Metro llegaba a la siguiente estación. Se detuvo, se abrieron las puertas y miró los señalamientos en las paredes del andén: no coincidían con lo que calculó. Según Adolfo, faltaban todavía cuatro estaciones más para llegar a la suya, pero al mirar el mapa en la pared del vagón se dio cuenta de que la estación Hidalgo había quedado varias paradas atrás. Se levantó de un brinco y, antes de que se cerraran las puertas, salió al andén y pensó que tal vez se había quedado dormido mientras pensaba en Carolina. Su primer miedo fue no alcanzar el tren de regreso. Del segundo y del tercero no fue consciente, pero fueron la soledad en dos de sus formas. Miró su reloj: eran cinco minutos antes de las doce. Corrió por los pasillos de la estación Potrero como si de eso dependiera su vida, bajó y subió escaleras, cruzó puentes y, después de tres minutos, estaba tan agitado que tuvo que sostener sus manos en las rodillas para recuperar el aire; sin embargo, estaba ya en el otro andén esperando el último tren del Metro que lo llevaría hasta Hidalgo.

Tuvo que esperar unos cuantos minutos antes de que apareciera sonando la bocina que anunciaba el tren. Se abrieron las puertas y Adolfo entró, mirando a los pasajeros que, también en ese vagón, eran numerosos considerando la hora. Quizá por alguna razón de la que no se enteró, el servicio de transporte se había alargado ese día, pues en los asientos contiguos había hombres, mujeres y niños, como si fueran las siete u ocho de la noche. Se sentó en el asiento cerca de la puerta y mientras recuperaba por completo el aliento, el tren comenzó a avanzar. Se sintió aliviado, aunque ahora no despegaba la vista del mapa que le indicaba cuál era la siguiente estación. Sólo tenía que avanzar cuatro más y al fin llegaría. Se asombró de cómo lo distraía la simple idea de Carolina; pensaba en ella y se formaba una imagen tan nítida en la cabeza que podía dejar de pensar cualquier otra cosa. Sonó la bocina del Metro, indicando que había llegado a la siguiente parada, pero, cuando se detuvo, Adolfo miró en la pared otra vez los rótulos de una estación que no correspondía. De hecho, esta vez la estación a la que había llegado ni siquiera pertenecía a la Línea 3. Se abrieron las puertas y Adolfo salió corriendo del vagón como persiguiendo algo y no miró atrás para ver si lo mismo le había ocurrido a alguien más. Intentó encontrar a algún trabajador del Metro para explicarle lo que le había ocurrido, pero nadie más caminaba por los pasillos. Miró su reloj, marcaba otra vez las doce menos cinco, y pensó que seguramente se había quedado sin pila. Sus pensamientos buscaban las justificaciones más absurdas: el último tren en el que viajaba debió haberse desviado de la línea para terminar su jornada y dejar a los pasajeros en otra estación terminal. Se resignó y se dispuso a encontrar la salida; si la estación ya estaba cerrada, de cualquier forma habría un policía o alguien que lo dejara salir.

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)


 
 

Caminó con calma y se dio cuenta de que su saco ya se había secado, pero su portafolios seguía húmedo. Sacó las monedas de su bolsillo para contarlas: no le alcanzaría para pagar el taxi. Hasta ese momento recordó que debía pasar al banco desde el mediodía. Si tomaba un taxi y le pedía que lo llevara al cajero automático, después a su casa y, además, tomando en cuenta que ahora se encontraba más lejos… Era la única opción, aunque sin duda afectaría su economía de los días siguientes; en la Ciudad de México no se podían permitir esos lujos a diario.

Seguía los señalamientos de salida y de pronto escuchó a lo lejos el ruido de los trenes; primero uno y luego otro. Pensó que si había más de uno tal vez alcanzaría el que lo llevara a Hidalgo o al menos a alguna estación más cercana. Sacó su celular para ver la hora y marcaba la misma que su reloj varios minutos antes: las doce menos cinco. Apretó su portafolios bajo la axila y echó a correr por los pasillos otra vez como si estuviera en permanente lucha contra el tiempo. Bajó las escaleras, tomó el túnel, se aseguró de que fuera en la dirección correcta y bajó otras escaleras para llegar al andén justo cuando sonaba el timbre que indica el cierre de las puertas. Dio un brinco y entró al vagón. Sintió cómo sus piernas y su espalda se relajaban al fin y se sentó para respirar profundo y recuperar el aliento. Esta vez el vagón estaba vacío y el único ruido que se escuchaba era el andar mecánico de los trenes; uno, en el que iba, y el otro en la dirección contraria que se alejaba junto con su sonido. Se acercó a la ventana entre vagones para intentar ver si había otros pasajeros, pero no vio a nadie. A lo lejos, a dos o tres metros de distancia, vio a un anciano que parecía haberse quedado dormido en el asiento, con su bastón sujeto entre las piernas. Adolfo pensó que al llegar a cualquiera que fuera la última estación seguro alguien lo despertaría y eso lo libró de preocuparse por el viejo.

Una vez más escuchó la bocina del tren indicando la llegada a la estación. Esperó de pie junto a la puerta, preparado para salir si volvía a ocurrir un cambio en la ruta. En cuanto miró los señalamientos, se dio cuenta de que cada vez se alejaba más; ahora estaba en otra línea distinta a la anterior y del otro lado de la ciudad. Su angustia aumentaba y cada vez tenía menos idea de lo que pasaba. Una vez más corrió por la estación en la que ahora leía «Constitución de 1917», en busca de un trabajador de limpieza o un guardia de seguridad que patrullara el lugar. Los pasillos bien iluminados con luces blancas como de oficina, el olor a orines y a gente amontonada, que lentamente se iba disipando, y el silencio que de pronto se interrumpía por el sonido de las máquinas de control le provocaban una terrible calma que lo hacía sentir seguro de que, al menos, ningún otro usuario podría hacerle daño. Escuchó de nuevo la marcha del tren seguido del sonido que anunciaba su llegada. Sin muchas esperanzas y más bien por mera curiosidad, regresó rápidamente al andén del que había salido; si tenía suerte, el Metro lo llevaría a cualquier otra estación que tal vez por azar estuviera más cerca de su departamento y pudiera llegar al fin.

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)


 
 

Lo abordó con las piernas cansadas de tanto correr. Otra vez el vagón estaba vacío y miró por las ventanillas: él era el único pasajero en los cuatro o cinco vagones que su vista alcanzaba. Esta vez no tomó asiento y permaneció cerca de la puerta con la mirada fija en el cristal, como si así pudiera controlar el curso del Metro. Una vez más escuchó y vio lo mismo: el sonido, el frenar del tren y otra estación que no correspondía al mapa y que lo alejaba aún más de su destino.

Suspiró largamente con ganas de tirarse al piso y echarse a llorar como un niño perdido. Se abrieron las puertas y salió del vagón; el tren avanzó ruidosamente a sus espaldas y desapareció del andén. Ahora no había anuncio alguno en las paredes. Era como si esa estación no perteneciera a las líneas del Metro. Desesperanzado subió todas las escaleras hasta llegar a la salida; estaba bloqueada por una reja de seguridad y unos candados grandes la sujetaban al piso. Afuera caía una de esas tormentas nocturnas que suelen durar hasta el amanecer; miró con anhelo la calle oscura, por la que casi no pasaban coches y no la reconoció. Volteó hacia el reloj de la entrada y leyó lo mismo que antes: las doce menos cinco. Gritó un par de veces con la fuerza que le quedaba, sacudiendo la reja con las manos; nadie contestó. Mientras escuchaba a lo lejos, casi como un murmullo, el trajín de los trenes que pasaban, se detenían y seguían su marcha en el fondo del subsuelo, Adolfo supo que al menos esa noche no saldría. Caminó de vuelta un poco y se sentó en el piso debajo de una de las lámparas que más iluminaban el pasillo, recargó la espalda en la pared y se puso a pensar en el cuerpo de Carolina: pequeño, delgado, tan blanco como su cuello.

Al menos adentro estaba protegido de la inclemencia de la lluvia.


Autores
(Metepec, 1987) estudio composición en el Conservatorio Nacional de Música de México. Ha sido antologado en La ciudad es nuestra y Una ciudad tan bella, conmemorativas al 2do y 3er Encuentro Nacional de Escritores de la Ciudad de Toluca.

Ilustrador
Mariana González Roldán
(Hidalgo, 1994) es licenciada en diseño grafico e ilustradora. Curso el diplomado Ilustración: Narrativa de las Imágenes en la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Aunque sigue un orden cronológico, Nahui Olin, de Adriana Malvido, originalmente publicado por Diana en 1992, no es una biografía convencional sino una recopilación de testimonios acerca de Carmen Mondragón, mujer excepcional, que rompió con las normas de su tiempo.

Malvido entrevistó tanto a Manuel y Lola Álvarez Bravo como a Andrés Henestrosa, revisó los diarios de Paul Weston y otros libros en que se le menciona, sin faltar, claro, Gentes profanas en el convento, de Gerardo Murillo, el Dr. Atl, con quien tuvo una tormentosa relación durante cinco años. Además, Malvido entrevistó al viudo de una prima de Carmen, a una sobrina, y a uno de los discípulos de Rodríguez Lozano. En fin, realizó una investigación apasionante y meticulosa que da como resultado un bello libro, ilustrado con retratos de la protagonista y algunas de sus obras. Reeditado hace unos meses, vale la pena regresar a Nahui Olin en estos días.

En general, Adriana Malvido se limita a exponer las diferentes versiones de los hechos, y en el caso del matrimonio de Carmen Mondragón con Manuel Rodríguez Lozano, sólo menciona que no se llevaban bien y que tuvieron un hijo que falleció poco después, dando lugar a relatos diversos. Todos los que conocieron a Rodríguez Lozano “coinciden en que, según él les aseguró, Carmen asfixió al niño poco después de nacer, él la repudió por eso y ya no pudo soportarla… También dicen que ella lo perseguía para satisfacer sus necesidades sexuales, pero que él no le correspondía. Dicen que a ella no le gustaba el grupo de bohemios que frecuentaba Rodríguez Lozano y que asfixió al niño cuando se dio cuenta de que su marido era homosexual. Dicen que él estaba dispuesto a rectificar su vida cuando naciera su hijo y que sus ilusiones desaparecieron cuando el niño murió. Dicen que la muerte del niño provocó la locura paulatina de Carmen Mondragón. Otros dicen que la muerte del niño pudo deberse a un accidente y que Rodríguez Lozano inventó el argumento para justificar sus relaciones homosexuales. Otros dicen que no era homosexual”.

Se trata, como ven, de un bellísimo párrafo, completamente borgeano, con las anáforas características del argentino y, como remate, un espléndido anticlímax.

Anota, por cierto, que Rodríguez Lozano usaba ese membrete por conveniencia y que su relación con los Contemporáneos se dio por medio de Antonieta Rivas Mercado, según uno de sus discípulos.

También es muy cauta en lo que se refiere a las relaciones de Carmen con sus parientes, pues sólo menciona que “la familia la empezó a eliminar de sus reuniones sociales”; “Era rechazada [pero] tenía sus aliados: Maruca, su hermana María Luisa y sus sobrinos Yolanda y Benjamín”.

Ya en su vejez, Nahui Olin “cuenta con una aliada predilecta: su sobrina Beatriz Nieto Pesado, hija de Benjamín”, que iba a traerla a su casa para comer con ellos los domingos, y, cuando Beatriz cumplió diecisiete años, todos los miércoles recogía a Nahui y se la llevaba al centro a comer en el Sorrento y luego al cine Metropolitan;  más tarde volvían a su casa, por cierto “de tres pisos” y en “cuya planta baja había un estanquillo”. Al entrar “olía a viejo… los techos eran altísimos. Su habitación con muebles antiguos, su tocador, el retrato en su mesita de noche y los libros de Alejandro Dumas”. En esa casa, que “le heredó su padre”, vivía con sus gatos. Sus parientes, según su sobrina, no sabían ni lo que hacía… “Simplemente no era tema de conversación”. Se había convertido en una pariente incómoda, por su escandalosa relación con el Dr. Atl, su divorcio de Rodríguez Lozano y las fotos en que posó desnuda.

En los cincuenta trabajó como profesora de dibujo en una escuela primaria vespertina que dirigía su hermana Guadalupe, quien se la llevó a una secundaria a la que fue ascendida.

Aunque Adriana Malvido relanzó el libro con fotos inéditas y un epílogo donde recopila todo lo que ha pasado a partir de los años noventa, cuando Tomás Zurián y Blanca Garduño organizaron la exposición sobre ella en el Museo Estudio Diego Rivera, no le hizo algunos retoques al libro, aprovechando algunos datos que han aflorado.

Menciona el “borrador de la impugnación al testamento de su madre, Doña Mercedes Valseca, y las hojas referentes al juicio testamentario que finalmente ella y su cuñada María Teresa, viuda de Manuel Mondragón Valseca, establecen contra la validez de una herencia de la que han sido excluidas” y “el documento en que su hermano Guillermo defiende la voluntad de su madre”,  pero no entra en detalles.

Tampoco da mucha información sobre el pintor y caricaturista Matías Santoyo, con quien Carmen Mondragón viajó a Los Ángeles hacia 1927-28.

Anota que, según Henestrosa, era “un hombre hermoso”, pero ni siquiera registra que cuando viajó a Hollywood con Nahui, ella tenía treinta y cuatro años, y él sólo veintitrés.

Ahora incluso hay algunas notas en “la nube”, según las cuales él había estado becado en Nueva York, donde publicó algunas caricaturas en revistas; posteriormente hizo algunos murales en Cuernavaca y en Baja California, en el Hotel Rosarito Beach, donde pintó una sirena cuyos ojos, se dice, recuerdan a los del retrato que hizo de Nahui Olin.

En Ensenada se conserva el mural que pintó en el casino, ahora Centro Social, Cívico y Cultural Riviera, pero el que se hallaba en el vestíbulo del Hotel Rosarito Beach corrió al parecer la misma suerte que el mural pintado por el Dr. Atl en el colegio de San Pedro y San Pablo, donde aparecía Nahui desnuda. Vasconcelos ordenó vestir a los personajes que lucían sus órganos sexuales y más tarde los mandó raspar “otro funcionario”, según Malvido, que no quiso mencionar al culpable Narciso Bassols.

Tampoco aporta mucha información sobre Antonio Garduño y ni siquiera menciona el viaje que hizo a Nautla, Veracruz, con un amigo y Carmen para tomarle fotos con traje de baño en la playa, y del que se publicó una crónica en la revista El Automóvil de México (mayo, 1926), mencionada por Elena Poniatowska en Las siete cabritas (2000), y que ahora cualquiera puede ver en “la nube”.

En una entrevista, Malvido declaró que “Nahui sigue enamorando a muchos, como al empresario Samuel Podolsky”, quien “compró la casa de Tacubaya donde ella nació y murió para convertirla en bodegas, pero alguien le regaló el libro y se enamoró de Nahui… Decidió que no la iba a demoler. Tiene toda la intención de restaurarla. Sería como de sueño que se convirtiera en un centro cultural o en un museo de sitio”[1]. Desafortunadamente, en el libro no lo menciona.

[*]  Adriana Malvido. Nahui Olin: la mujer del sol. Barcelona: Circe, 2017.

[1] http://www.excelsior.com.mx/expresiones/2018/03/11/1225580

 


Autores
(Xalapa, 1944) es ensayista, crítico literario, traductor y narrador. Ha reunido sus ensayos en los libros Versiones (2000),Ficción-historia: la nueva novela histórica hispanoamericana (2001) y La gata revolcada (2009).
Foto tomada del perfil en Facebook Rendija Luis-Caballo

El ovillo de una mujer recostada apenas se distingue en la plataforma elevada de una torre en medio de la vegetación frondosa. La mujer se recuesta en un capullo más grande que ella, su cuerpo mucho más pálido destaca en la superficie. La toma desde arriba parece que nos da un acceso completo a ella. Sin embargo, en la siguiente fotografía la vemos dormida de nuevo, la lejanía del encuadre introduce columnas que la rodean y apreciamos la sinuosidad arquitectónica, las escaleras truncas que invitan directo al horizonte.

En algunas de las fotografías, las formas florales y caprichosas del espacio asemejan las costillas o los huesos de una bestia gigantesca. Esta mujer desnuda podría estar atrapada en su interior, explorando su anatomía con su andar y su dormir. En la mayoría de las composiciones, la figura del cuerpo femenino genera una armonía con las líneas del jardín surrealista de Edward James en Xilitla. La suavidad de su piel contrasta con la textura rugosa de la piedra; ciertas imágenes difuminadas que registran este cuerpo en movimiento evocan la cascada que aparece en varias.

El libro En el cauce del sueño se compone de una serie de cuarenta fotografías análogas saturadas por la presencia y la ausencia de una mujer desnuda en medio del jardín fantástico en la Huasteca. El espacio escultórico, más que un escenario, funge casi como coprotagonista. Las fotografías fueron tomadas por Luis/Caballo hace cerca de diez años. Una mirada atenta y reiterativa identifica la participación de dos modelos para realizar las fotografías. Esta discrepancia enaltece la cualidad onírica de las fotografías y añade un matiz de tensión narrativa.

Si observamos la secuencia de las fotografías, parece que empiezan con una mujer dormida que se levanta para deambular entre las excéntricas edificaciones. Su transitar oscila entre una libertad despreocupada y una angustia palpable. Las primeras invitan al deseo y la añoranza de una experiencia similar. Sin embargo, las segundas perturban. La angustia se expresa por completo en la mujer que yace en el bosque. No sabemos si fue violentada.

En una de las pocas fotografías en la que tenemos un acercamiento, la vemos parcialmente sumergida en el río, cubierta por una delgada tela que la asfixia, las manos tensas. Enseguida vemos el cuerpo rígido dentro de una piedra que recuerda por su forma alargada más un ataúd que un capullo. En la última fotografía, este mismo recipiente está vacío.

La serie está acompañada por un ensayo de Jorge Esquinca titulado “El agua que se canta”. Este ensayo entreteje la leyenda de Surya Bai, con fragmentos de Nadja, de Breton, un guiño a En el castillo de Argol, de Julien Gracq y un verso de Valentine Penrose. Comparte estas lecturas que recordó al mirar las fotografías como pautas de reflexión directa. Las citas de Sontag sobre la fotografía nos invitan a evaluar su efectividad como instrumentos de deseo, especulación y fantasía. Las menciones a Bachelard dan un punto de partida para pensar hasta qué punto se le puede llamar hogar a la creación de James en Xilitla.

Quizás la idea más sugerente del ensayo sea que las fotografías de Luis/Caballo de estas mujeres desnudas “tenían que hacerse”. Al identificarlas como intrínsecas a la idea misma con la que fue concebido el jardín, la serie cobra una cualidad mítica. La arquitectura por sí misma es atemporal, la desnudez quita cualquier marca histórica que pudiera contener la ropa. Las fotografías de En el cauce del sueño no acarrean el tiempo pasado, sino el de la fantasía.


Autores
(Ciudad de México, 1990) es Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.

¿Qué hay del otro lado de la soledad? En este cuento, Atenea Cruz narra la historia de una mujer que, en medio de su nada extraordinaria rutina, encuentra un misterio que dislocará su experiencia cotidiana por completo.

“Una mujer solitaria”, cuento de Atenea Cruz con ilustraciones de Jimena Estíbaliz, en revista Tierra Adentro, No. 227.


Autores
(Ciudad de México). Estudió Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha dibujado siempre, pero hace 730 días lo hace con particular intensidad.
Ilustración de Selena Ramírez

Tren Nocturno a Lisboa

Ilustración publicada en la revista Tierra Adentro No. 214, abril 2016.


Autores
(Estado de México, 1979). Ha publicado como ilustradora desde 2003 en diversas revistas y periódicos nacionales.
Restos del acueducto de Matlala, símbolo perdido de la comunidad.

 

Pocas construcciones de Lorenzo Martínez de la Hidalga siguen en pie. El Teatro Nacional y el Mercado del Volador ya no existen, y de su proyecto para el Zócalo capitalino no queda rastro. El terremoto del 19S tiró una de sus últimas obras: un acueducto colosal en Puebla, próximo al epicentro del sismo. En Matlala, más de mil campesinos se quedaron sin agua y sin el símbolo de la comunidad. ¿Reencontrarán su historia, su legado e identidad en el tubo de pvc que sustituirá al acueducto?

 

A excepción de Matlala, el 19 de septiembre de 2017 nadie notó un poco más de piedra y polvo sobre la memoria de Lorenzo Martínez de la Hidalga —también transcrito como Martínez de Lahidalga, La Hidalga o incluso Hidalga—, arquitecto antaño ilustre en México. Ese día, un gran terremoto asoló el centro de México y las urgencias fueron otras. Pero hoy, Rutilio Figueroa —72 años, labrador, sombrero blanco de ala ancha— aparece frente a la iglesia acordonada de la ex hacienda de Matlala, Puebla, y se aferra al portafolio traslúcido que trae en una mano. Dentro se entrevé, impreso en blanco y negro, el reportaje que una web comarcal había dedicado al acueducto de Matlala años atrás: la misma tipografía, el mismo título y, ante todo, la misma pintura del XIX con la familia De la Hidalga distraída, achicada por el acueducto, descomunal al fondo. De ese reportaje, y de su cuadro, el temblor hizo un obituario. Pero ahora, aunque no lleva sus lentes, Rutilio saca las hojas y lee con tesón, solemne por la pérdida, pero con orgullo de anfitrión intacto.

«Andaba yo ayer buscando el lugar donde se paró el pintor », dice Rutilio, aferrado a su carpeta. «Y lo encontré. ¿Tiene tiempo?»

Rutilio Figueroa observa el punto desde donde se pintó Vista de la hacienda de Matlala (1857).

Rutilio Figueroa observa el punto desde donde se pintó Vista de la hacienda de Matlala (1857).

Las cimas volcánicas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, en el centro del país y a 18 kilómetros entre sí, forman una barrera entre los valles de México y Puebla. Si tirásemos una línea entre ambas y la prolongáramos dos veces hacia el sur, caeríamos con precisión esotérica sobre Matlala. Pero, desde la capital, 165 kilómetros en un bus y dos combis significan cinco horas. A otra media hora de allá, entre sembradíos, Lorenzo Martínez de la Hidalga (Maeztu, Álava, España, 1810 – Ciudad de México, 1872) trazó en su hacienda familiar un acueducto de 50 metros de alto y unos 250 de largo. Gracias a esa gran arcada, el agua, tomada arroyo arriba, libraba la barranca sobre el cauce del Ahuehueyo, mantenía la cota necesaria para irrigar por gravedad la caña de los campos altos y, ya en el casco de la hacienda, activaba el trapiche azucarero al caer sobre una noria.

El cuadro Vista de la hacienda de Matlala (1857) lo encargó el propio De la Hidalga al italiano Eugenio Landesio, a quien conocía de la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México. En él, durante un día de campo, la familia De la Hidalga se sitúa entre el pintor y un cactus descomunal de muchos brazos, como los que crecen en la zona. Al fondo se ve el Popo. Pero, al mismo tiempo, todo en el cuadro enmarca al acueducto. La pintura fue una de las primeras del paisajismo nacional y la mejor embajadora del acueducto, que, tan a desmano, era desconocido para muchos. Ya en 1908, el escritor y biógrafo Manuel G. Revilla denunciaba que muchas de las obras de De la Hidalga habían sido demolidas o alteradas y «nada remoto sería que de su labor artística no quedara a la postre vestigio ni memoria». En la capital ya no existen el Teatro Nacional, su obra maestra, ni el Mercado del Volador, ni el Zócalo como él lo diseñó. Que fuera precursor del funcionalismo en el país no afectó el ritmo con que la ciudad cambiaba.

Las copas de los árboles hacen de techo del antiguo casco de la hacienda.

Las copas de los árboles hacen de techo del antiguo casco de la hacienda.

El boletín número 19 del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) trataba al acueducto como «uno de los más interesantes de México». Los investigadores Antonio de las Casas e Isabel García lo habían comparado con el Pont du Gard romano, que inspiró el billete actual de cinco euros. Y aún traía agua cuando los sismógrafos, el día 19 de septiembre, marcaron 7.1. Las coordenadas, que no entienden de curvas ni de terracería, situaron Matlala a 30 kilómetros en línea recta del lugar del epicentro. El acueducto tenía algo más de siglo y medio; ahora pertenece al tiempo previo al sismo. Y en cuanto a Rutilio, ni siquiera en aquel otro 19 de septiembre negro, el de 1985, su mundo se había resentido tanto.

AGUA QUE CAE

A poco de salir por un camino de tierra, Rutilio remonta una loma hacia el jagüey, una balsa de dos hectáreas que acaba de llenarse de golondrinas migratorias. Rutilio es, aun sin lentes, quien leerá el paisaje. Primero muestra un «1880» grabado en la compuerta para el agua. Luego, alrededor descubre jacarandas, mezquites y guamúchiles, huizaches y cubatas, tecolhuistles y tlachichinoles. Y colaguas, guajes, los zapotes de su huerto. Dice que el jagüey es, también, donde mejor se habla con Nueva York. Desde aquí llaman a quienes, como su hijo mayor —y casi uno por familia, según cuentan—, buscaron prosperar allá y, a diferencia de las golondrinas, no regresan año a año. Pero en Matlala, hogar de 700 habitantes y alta marginalidad según datos oficiales, toda familia es labradora. Y ahora llega la estación seca y en el jagüey cubre sólo metro y poco, la mitad de lo que debería.

Muros agrietados forman parte de viviendas y rediles para el ganado.

Muros agrietados forman parte de viviendas y rediles para el ganado.


 
 

«Esto es un plantío de cebolla», dice Rutilio al reanudar. «Quiere agüita y se está secando»

La red de acequias y canales de la zona ya había asombrado al propio Hernán Cortés. Hoy, una torre extrae agua de pozo para las casas, pero no es opción para la jícama y la cebolla, los cultivos esenciales. Y a 600 pesos la pipa de agua, usarían diez camiones para regar una sola hectárea.

A lo lejos, entre el follaje de la cañada, se entrevén ya unas columnas de piedra. Fueron el eslabón más débil: el canal debería seguir sobre ellas, pero algunas, desmochadas, ya no sostienen nada.

Tras unos portones de palo y alambre, las hileras azuladas del último cebollar tienen una cruz hincada en medio. Al lado, el canal, un lecho ahora seco y lleno de hojas, dibuja una curva progresiva que pronto se encarama sobre el valle con estribos de piedra y patas de ladrillo. Luego, ya en la altura, se pierde entre las copas de árboles que lo alcanzan, pero más allá sólo emergen dos secciones cercenadas. Debido a la humedad, algunas raíces furtivas cuelgan de los extremos.

Chimenea de la antigua hacienda, aún en pie junto al ingenio.

Chimenea de la antigua hacienda, aún en pie junto al ingenio.

Conocí a Rutilio por Anahí Vázquez, la intendente de Matlala, de apenas 22 años. «Aquí todos se dedican al campo», insistía ella. «Algunos estaban trabajando, se asustaron y corrieron a avisar». Víctor, el hijo menor de Rutilio, rescató un video en que un labrador relata un gran estruendo. El hombre cuenta que donde estaban los arcos quedó una gran nube de humo. Ahora, Rutilio desciende el valle entre florecillas amarillas y se va haciendo pequeño bajo los pilares huérfanos. Abajo, alrededor, ya sólo hay montones brillantes de escombro que el paisaje aún no ha asumido, pero allá es más fácil recrear lo que mostraba el video: un chorro de agua que formaba un arco y se precipitaba grotesco hacia el vacío. Hoy, 180 hectáreas de San Lucas Matlala, Morelos Matlala y San Felipe Tepemaxalco tienen un futuro incierto, y con ellos cerca de mil vecinos.

SAN LUCAS

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) sumó 2178 edificios históricos afectados por los sismos del 7 y del 19 de septiembre. Y hasta ahora, el mayor daño en la zona se veía en las iglesias. En Tlapanalá y Tilapa estaban acordonadas y aún había escombros; en la ex hacienda de Rijo o en la de Colón, la misa del domingo se ofrecía afuera. Eso también abría el campo a lo subjetivo: en Atzala, la cúpula cayó sobre una familia entera y alguien insinuaba, sin querer queriendo, que fue por bautizar en martes. En Matlala, en cambio, no hubo muertos, pero sí casas afectadas porque muchos muros ruinosos de la hacienda forman parte de ellas; también la iglesia del complejo, la única del pueblo. Anahí Vázquez, menuda y de voz fuerte, a su cargo desde los 19, decía que había oído de todo por su edad, sexo y estatura. Pero nada, dice, había sido como el sismo. Son una población de 98 por ciento católicos y no pueden ir a rezar.

Escombros de hace más de 100 años se revuelven con los del 19 de septiembre.

Escombros de hace más de 100 años se revuelven con los del 19 de septiembre.

La iglesia, físicamente entera, es como un enfermo en coma. «Está de lado y los muros a punto de colapsar», dice Anahí, que no permite el acceso. Pero, cuando tembló, los vecinos corrieron a rescatar las tallas. Sobre todo a san Lucas, que se salvó por medio palmo. Rutilio dice que esa imagen no es como otras de la zona y que fue el propio Vicente, sobrino de Lorenzo y muy devoto, quien mandó hacerla de su tamaño. El INAH estimó que las reparaciones se prolongarán hasta 2020. Pero su dictamen particular y el de otros entes tienen al pueblo en vilo. «No ven por dónde sostenerla, pero no nos hacemos a la idea de que se tenga que demoler», dice Anahí. Las lápidas de al menos tres De la Hidalga permanecen entre el escombro. Anahí dice que eso es mucha historia.

Mientras tanto, parece tiempo de atender una urgencia que se antoja principal: Matlala se seca.

«No es sólo el agua», recalca al fin Anahí. «La hacienda nos representa, claro. Pero, en sí, en sí, Matlala era su acueducto»

IDENTIDAD

La mitad del acueducto está ahora a los pies de Rutilio, junto a una excavadora erguida, un insecto mínimo de color naranja entre el escombro húmedo. Cuando regrese, su operario cavará la zanja que suavizará las dos laderas y alojará un tubo de pvc. Desde Huaquechula, la cabecera del municipio de Matlala, dicen que eso devolverá el agua.

En cambio, Rutilio abre su portafolio, alza el cuadro y busca el Popo en blanco y negro.

«Ya encontré dónde se puso el pintor», insiste, y señala una zona boscosa. «Es por ahí, ¿vamos?»

Los campos de jícama son parte esencial de la economía de Matlala.

Los campos de jícama son parte esencial de la economía de Matlala.

Lorenzo Martínez de la Hidalga había llegado a México en 1838 reclamado por su tío para administrar la hacienda adquirida por sus antepasados. Pero tomó las riendas Vicente, su sobrino, y él, que había estudiado arquitectura en Madrid y París, prefirió la capital. Allí, Lorenzo se casó con Ana García Icazbalceta —hermana de Joaquín, el ilustre historiador—, y comenzó a ganar proyectos. Levantó el ciprés que un día tuvo la Catedral y, justo enfrente, un zócalo que debía acoger la columna de la Independencia. Y como la columna no llegaba, los capitalinos hicieron de esa palabra, que sólo significaba «base», la plaza mayor de cualquier pueblo de México. Lorenzo, eso sí, también levantó la nueva cúpula del museo hoy llamado Ex Teresa después que a la antigua la derribara otro temblor.

Hasta el 19 de septiembre, el paisaje pintado por Landesio podía conectar con el paisaje actual. Pero el nuevo recuerda a los de otro maestro, Claudio de Lorena: del verdor asoma una Arcadia clásica, casi celestial, idílica y campestre, llena de imponentes ruinas.

Hoy la neblina no deja ver el Popo, pero importa poco, la pérdida es atroz de cualquier forma. Sin embargo, Rutilio no para: quita matas, saca los papeles una y otra vez y estira los brazos como si fotografiara con una tablet a dos manos, tratando de recomponer su cuadro. «¿Tú crees que la familia de Lorenzo… no quisiera ayudar para que los arcos queden como antes?»

Habría que ver si allá existe tal familia. En Maeztu, su pueblo natal, sí consta que hubo remesas desde México, pero el apellido quedó relegado. Según Rufino López de Alda, historiador local, los Martínez de la Hidalga eran molineros. Cambiaban de pueblo si les concedían otro molino, y sólo alguno era constructor rural. Para Jesús Ruiz de Gordejuela, autor de Vivir y morir en México, «no migraba quien quería, sino quien podía». Dos de los cinco hijos de Lorenzo, Eusebio e Ignacio, levantaron el primer Palacio de Hierro, y a él lo enterraron en México, en el mismísimo Tepeyac.

Por su parte, Matlala terminó partido en dos. La carretera topa con los muros de la hacienda y allí forma una T. A la izquierda, legalmente Morelos Matlala, donde ocurre esta historia, perdió el nombre de San Lucas Matlala, su escisión, que hoy queda a la derecha. Ahora, el temblor los dejó sin acueducto y quizá demolerán la iglesia. «Solamente no nos mande otro para tirarnos lo poco que nos queda», dice otra vecina, quizá para que le oiga Dios, los técnicos o quien sea que llegue.

El río Ahuehueyo mantiene sus aguas cristalinas entre los ahuehuetes.

El río Ahuehueyo mantiene sus aguas cristalinas entre los ahuehuetes.

De regreso, un caballo recorre un campo y jala el arado más sencillo imaginable, y tras él, el hombre que presiona para hundirlo da fe del adelanto que representaba un acueducto. Rutilio muestra otras huellas de la hacienda. En un cruce, comido por las enredaderas, destapa los extremos de una vagoneta usada para mover caña; en la escuela señala los últimos rieles que él mismo desenterró, fundidos en 1912, y que hoy forman la valla; al fin, en el patio de Cenobio Domínguez, una tolva que antes de ser trastero recibía el caldo del azúcar. Pero todo esto, piensa uno, son retazos de un sistema productivo colonial que mutó a una legalidad muy cuestionable: los obreros eran maltratados, obligados a endeudarse en las tiendas de raya y los ingenios, poseedores de la tierra, acaparaban el agua.

Cenobio responde en parte a la cuestión. Dice que los zapatistas —unos 1400 en Matlala, según cálculos— vertieron gasolina al acueducto y que, tras la Revolución, el trabajo duro se volvió necesidad. Los dos concluyen que no hubo empleo y fueron años de pistoleros. Lo cierto es que, en 1924, la viuda de Vicente, Herlinda Llera, terminó vendiendo Matlala a William Jenkins, uno de los personajes más favorecidos por la política posrevolucionaria y que en poco tiempo monopolizó el negocio del azúcar. Rutilio dice que Vicente fue un buen hacendado, que pedía a los peones que fueran a rezar. Que los malos, los maltratadores, eran los capataces.

«Quieras o no» —dirá finalmente Anahí— «es el espacio donde vivieron nuestros abuelos».

Mito o realidad, así es hoy Matlala, que tiene algo de pueblo ferrocarrilero al que le han quitado el tren. Pero ahora, cuando la tierra es de lo poco que se posee, el piso tiembla y se lleva el agua, y hay que confiar en que un tubo enterrado va a devolver el riego. Anahí, que dice que sí funcionará, insiste: «Pero, ¿y la historia? O sea, ¿cómo vamos a volver a levantar el acueducto?»

Los acueductos, desde luego, no son de pvc. Y si bien habrá que esperar a 2020, rehacer la obra de De la Hidalga sería como tratar de pintar hoy la que Eugenio Landesio realizó en 1857, Vista de la hacienda de Matlala*.


 

*Al cierre de estas líneas, el tubo de pvc ha sido instalado y el jagüey vuelve a recibir agua. Respecto al acueducto, no se tienen más noticias.


Autores
(Vitoria-Gasteiz, País Vasco, España, 1982) es escritor y cronista, autor de Los acentos perdidos (Lumen, 2010) y Un fin de semana en la coladera (Montena, 2014).

Ilustrador
Pablo Zulaica (Fotografía)
Jorge Mendoza, Rubí Tsanda y Juventino Gutiérrez.

La Feria de las Lenguas Indígenas Nacionales: México multilingüe, crisol de pensamientos, durante la edición del año en curso, encumbró gran diversidad de actividades que abarcaron desde la venta de artículos originarios de comunidades de diferentes Estados de la República, hasta talleres recreativos, muestras gastronómicas, lecturas de poesía, conciertos y gran variedad de eventos culturales.

En la mañana del sábado 11 se llevó a cabo el recital de poesía “La voz del árbol: raíces que se elevan”, en el que participaron Rubí Tsanda, poeta p’urhépecha, y Juventino Gutiérrez, poeta ayuujk. Rubí, además de escribir poesía, se dedica a la traducción y a la docencia en el Departamento de Idiomas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo; publicó K’arhánkuntskuecha / DeliriosNáandi pireku ma cheti sapiini / Cantos de una mamá purépecha a su hijo. Juventino, por otro lado, ha sido antologado en Los Coleópteros Enfebrecidos, publicado por la uacm, y en Poetas de Reserva.

En palabras de Jorge Mendoza, moderador de la mesa, en México conviven alrededor de trescientas sesenta y siete lenguas, incluyendo sus variantes lingüísticas, de las cuales trescientas sesenta y cuatro son lenguas indígenas, mientras que solamente dos son romances —y la que predomina evidentemente es el español— y la última es el mascogo, una lengua criolla.

Durante la participación de los poetas, ambos tomaron una postura firme —cargada, además, con una genuina preocupación— con respecto a la preservación tanto de su lengua como de sus costumbres: ellos, como hablantes, y junto con el resto de su comunidad, tienen la obligación de transmitir su lengua a las nuevas generaciones. De manera independiente frente a la decisión de los jóvenes de usar o no el idioma, los hablantes, fueran padres, madres o abuelos, deben salvaguardar esa puerta de conocimiento que lleva siglos en nuestro país y, en la actualidad, se encuentra amenazada.

“Pensaba que el p’urhépecha era lo único que se hablaba en todo el universo; yo fui monolingüe hasta los nueve años”, confiesa Rubí en una de sus intervenciones, y continúa: “no sé hasta qué punto la literatura ayudará a la conservación de la lengua, pero al menos quedará un registro”. Juventino, después de su compañera de mesa, comenta la dificultad que hay de llevar de la oralidad a la escritura, un reto de traducción e imaginación que rodea gran parte del espectro de lenguas que existen en nuestro país.

El recital se transformó en un diálogo con los espectadores, entre los que se encontraban varios hablantes de alguna lengua indígena y con los que se intercambiaron palabras en los distintos idiomas, así fueran sólo algunos cuantos los que la emplearan. Cabe destacar que, entre las actividades culturales como forma de reforzar la difusión y práctica de la lengua, existe el ingrediente político que le da mayor peso a su lucha contra la extinción, un factor que debe ser tomado en cuenta en cuestión de políticas públicas, entre otras.

La mañana del sábado dio paso a las numerosas actividades culturales que fueron congregando más gente. Los poetas se levantaron, intercambiaron palabras con curiosos e interesados que los rodearon una vez que bajaron de la mesa, y el diálogo e intercambio de ideas continuó, como debe ser en todos los espacios de convivencia y aprendizaje.

Wunmänyjëtspy

Ëy yi ejt tëjts

tsijk kää´këxp

ja ujst äy

xäm näjxkixpy

piri xäp nkupäjk ujts jëtspy

ximi n´expääjtp tujk´jats

miuxpitsëmtip ja tsujx mäjts

mët ja tyujxk äy.

 

Memorial

Deshojará

el otoño

los ahuehuetes

de la tierra

pero en el bosque de mi memoria

veré levantarse una a una

inmensas ramas

de verdes hojas.

(poema de Juventino Gutiérrez).

 

 

 

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.