Tierra Adentro

 

Muere el sol en los montes
Con la luz que agoniza,
Pues la vida en su prisa,
Nos conduce a morir.

«Dios nunca muere»,
MACEDONIO ALCALÁ

 

La sensible investigación de la cronista Diana del Ángel, Procesos de la noche, rastrea el hilo del origen de la palabra «desollado», palabra alrededor de la cual se reconstruirá no sólo el rostro de Julio César Mondragón, sino todos los rostros, voces y cuerpos dispuestos a recorrer el proceso restaurador de la verdad alrededor de la noche de Ayotzinapa. Con esta investigación léxica se inicia una crónica meticulosa y atenta de todo el proceso judicial en busca de la verdad que diera certeza sobre lo acontecido a Mondragón la noche del 26 de septiembre, y cómo la monumental verdad histórica se levanta sobre un armatoste de impunidad.

Cuando Julio César fue encontrado, el 27 de septiembre de 2015, las autoridades responsables detallaron que la ausencia de rostro se debía a que la fauna nociva lo había roído; luego dijeron que los otros compañeros, cuarenta y tres personas que forman parte de los más de cincuenta mil desaparecidos en los últimos cinco años, habían sido asesinados y calcinados en un basurero municipal.

La viscosa «verdad» de las autoridades, que desconoce otras (entre ellas lo que es «hacer la milpa»), fue nombrada como «Histórica» por el entonces procurador general de la República, y ésa es la «verdad » que se desmenuza sutilmente detrás de cada una de las acciones jurídicas que se relata en este libro, que, en paralelo, realiza un amoroso trabajo de restauración de Julio César Mondragón en cada uno de los testimonios de personas cercanas a él, quienes generosamente brindan anécdotas que ofrecen un retrato no sólo de Julio César, sino de los jóvenes normalistas que defienden un modelo educativo resistente a las políticas públicas neoliberales.

Me parece que es en la crónica y el documental donde más estrategias narrativas combativas se han desarrollado en los últimos tiempos en México y en Latinoamérica, que responden a la necesidad de nombrar el presente, en un imprescindible afán de comprender lo que nos acontece como comunidad, para poder establecer resistencias críticas y esperanzadoras contra visiones económicas para las que la vida no está en el centro. Los trabajos de Daniela Rea, Nadie les pidió perdón, de Tatiana Huezo, La tempestad, o de Sara Uribe, Antígona González de Sara Uribe son materiales, entre otros igual de valiosos, que trascienden el formato estético que los contiene, y es con esa pléyade de trabajos contingentes y precisos con los que Procesos de la noche está hermanado: en tanto reelaboración del lenguaje, de lo dialógico, de la puesta en escena de las voces colectivas y sobre todo del profundo respeto por cada una de las historias que presentan: deja ver con la dignidad de los testimonios, también, la poco compasiva y lamentable actuación de los funcionarios y autoridades involucrados.

Estas búsquedas relatan, a su vez, otras búsquedas, otros procesos para restaurar no sólo la realidad sino también cómo contamos las cosas: el lenguaje es dúctil y las estructuras narrativas permiten o impiden que otros experimenten y establezcan sus propias verdades. Todos éstos son trabajos sumamente cuidadosos que nombran y aprovechan el lenguaje como un ejercicio forense que busca esclarecer una verdad.

En uno de los momentos más profundamente sensibles del libro, en el que los trámites burocráticos y las actitudes de los funcionarios retrasan o pervierten la necesidad de reinhumar los restos de Julio, Diana del Ángel se pregunta: «¿qué hay que hacer, además de poner los muertos, para tener un funeral?»

La precisión de la pregunta es también el principio de la respuesta: no olvidar, no dejar de nombrar, no dejar de incomodar preguntando. Eso es lo que este libro hace, incomodar; lo mismo que las mantas, lo mismo que las marchas y las cuentas exigiendo justicia, hasta que se establezca un espacio en el que todo el horror de la monumental verdad histórica sea convertido en respeto y honor a las víctimas, como lo hacen las escritoras que cuidadosamente acomodan y cuidan la memoria de un Estado olvidadizo, cochambroso y brutal, aunque no eterno.


Autores
(Ciudad de México, 1977) escribe a escondidas en la oficina donde trabaja. Ha escrito algunos libros, poemas y ensayos, el más reciente, ¿Cómo en una lengua precisa, anémona? fue laureado con el Premio Clemencia Isaura, 2018.

¿En qué momento debe concluir un taller? ¿Desde qué ángulo debe dirigirse? Orlando Ortiz (Tampico, 1945) tiene treinta años de experiencia coordinando talleres literarios en la Ciudad de México y en el interior de la república como coordinador de talleres para el Instituto Nacional de Bellas Artes (inba), Secretaría de Cultura y la Fundación para las Letras Mexicanas (flm). En la siguiente entrevista, Ortiz reflexiona acerca de esta experiencia, así como sus ideas con respecto del cuento.

Orlando Ortiz llegó a la Ciudad de México durante la época de las revueltas estudiantiles con la idea de estudiar Letras hispánicas. Ahora trae a sus espaldas más de cuarenta libros, —novela, cuento, ensayo, crónica y literatura infantil—. Destacan títulos como Vidrios rotos, De entonces y de ahora, Última espera y Ofrenda en el asfalto. También ha colaborado en diversos periódicos y semanarios, entre ellos, La Jornada Semanal.

 

Con los años te ha tocado impartir diversos talleres en los Estados de la República, ¿cómo se vive el papel del tallerista en estos lugares?

Siempre me interesó acabar con una idea con la que me había topado en Tampico. En su momento, me llamó Miguel Donoso para que me hiciera cargo del taller que iba a dejar Tito Monterroso; después, me comentó que en tal ciudad estaban pidiendo un coordinador de talleres y se trataba de ir una vez al mes, o cada quince días, y quedarme un fin de semana. Así fue como comencé a salir, además de tener el taller aquí. Me llamó la atención porque antes había coordinado un taller en la Universidad de Puebla y me había dado cuenta, aunque ahí no era el ambiente, de que aún se tenían que combatir esos prejuicios que todavía permanecían en la mentalidad de algunos sectores: que uno se va a morir de hambre por dedicarse a la literatura. Por ejemplo, mi padre escribía poesía, pero una poesía, si se le puede decir así, muy tradicional. Y cuando le dije que quería ser escritor me dijo: “estás loco, primero estudia una carrera que te dé dinero y luego ya te dedicas a lo que desees”. Y fue así como comencé a ir a varias partes del país; incluso cuando Miguel Donoso había fijado que fueran jóvenes nada más, siempre llegaban las “glorias locales”, personas de edad que se consideran grandes poetas, con dos o tres libros, y son ajonjolí de todos los moles en las bodas, quince años, llegan con sus poemas y sonetos rimados. Pero trabajaba fundamentalmente con jóvenes para hacerles entender la idea de que este oficio es de trabajar y leer. Además, teníamos el problema de que las librerías en los estados son muy escasas. Entonces, les llevaba fotocopias para comentar lecturas.

 

Empezaste con teatro y leyendo a los naturalistas franceses porque eran los libros que podías conseguir en Tampico. ¿Qué cuentistas te empezaron a interesar?

Comencé a leer cuentistas mexicanos, que eran los que más se conseguían aquí por las ediciones del Fondo de Cultura Económica. Comprar autores de otros lugares estaba fuera de mis bolsillos. Fundamentalmente, el primero que me interesó fue Juan Rulfo. Había leído novelas y creo que entre los primeros libros que empecé a leer, ya como libros de cuentos, estuvo El llano en llamas. También Ramón Rubín, un cuentista que creo que es bastante bueno y que está muy olvidado por prejuicios extraliterarios; porque en una época, aunque creo que todavía, los escritores serios no ejercen oficios de la chusma.

 

¿Cuál ha sido tu mecánica a la hora de escribir tus libros de cuentos?

Yo soy consecuente de escribir lo que quiero escribir y como quiero escribirlo. No me pongo a pensar si hay o no un sentido, un simbolismo. A la hora de publicar, sí busco un eje; entonces, incluso cuando un cuento pueda aparecer el año próximo, a lo mejor lo escribí hace cinco o seis, pero no lo incluí en ningún libro porque desentonaba. A veces hay un tema o un asunto que se te presentan y más vale escribirlos, aunque no vayan a entrar de inmediato en un volumen. Lo que me gusta de hacer cuentos es que te permite estar escribiendo y, sobre todo, es común que te pidan alguno para una antología. Por eso digo que no hay que sujetarse a eso de que el cuento tiene que tener equis extensión, sino que quede impresionante tanto en eficacia, como en satisfacción propia. Y ya si es cuento, si es relato, si es poema en prosa, es lo que menos importa.

 

Eso nos lleva a otro tema: la mecánica del taller. En el taller de la Fundación para las Letras Mexicanas, la primera regla es que alguien más lee el texto, no su autor; primero comentan los asistentes, luego el tallerista. Además, existe un compendio de lecturas que revisar. ¿Cómo armas estas estructuras y qué objetivo tienen en tus talleres?

Que vayan asumiendo, en particular, la responsabilidad de su texto. Falta anotar que yo pido a los asistentes, aunque no soy impositivo tampoco, que no defiendan su texto; porque son libres de aceptar o no las observaciones que le hagamos todos los integrantes, ni siquiera las mías son obligatorias. Yo me he dado cuenta de que en muchas ocasiones en los talleres comenzaban a hacerse observaciones, el autor corregía, la siguiente sección todos opinaban; y a final de cuentas, todos los textos se parecían. ¿Por qué? Porque todos habían metido la mano. Además, imaginemos que se publicaba un texto del taller y alguien, al leerlo, dijera: “oye, el texto está muy mal, tu personaje es inverosímil”, y casi casi de inmediato, el autor saltaba y decía: “eso me lo dijeron en el taller”. Uno empieza a lanzarle las deficiencias de su texto a los integrantes del taller o al coordinador de éste.

 

¿Crees que haya un límite en las cosas generales que se pueden enseñar en un taller?

Por supuesto. Por eso me ha llamado la atención mucho más que dar clases, porque mi criterio nunca ha sido enseñar sino escuchar y orientar. Es como el oficial en el medievo, los pintores y los escultores eran los oficiales y tenían aprendices. Entonces, la madre le llevaba al hijo para que aprendiera el oficio, porque en aquella época siempre debían de pagarles, y el chavo empezaba barriendo el taller y poco a poco, sobre la marcha, se le enseñaban cosas; y cuando se veía que tenían disciplina, ya se les pedían cosas como poner la base de cierta tela o madera. Y así iban transmitiendo, en forma de práctica, no teórica. Por eso la idea que hubo mucho tiempo, en especial en provincia, de que tal o cual maestro de literatura manejara el taller tenía sus problemas: quizá sí leyeran poesía y quizá tuvieran conocimiento de la preceptiva pero no tenían el oficio de escritor. Entonces, creo que un taller debe de coordinarlo un escritor, para que tenga más que aportar con sus experiencias. Porque ésta es la que le dará a uno colmillo para decirle al asistente con qué problemas se toparán.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Hay poetas con quienes uno quisiera comulgar en un plano etéreo, como si fueran nuestras musas particulares, con tal de canalizar su esencia. Luego, hay poetas con quienes uno quisiera echarse un trago y soltar la lengua un rato. Después de todo, el alcohol y la poesía han sido cofrades desde sus principios bacanales: la uva y la épica comparten el mismo dios.

Con Omar Khayyam, por ejemplo, sería cuestión de ordenar una jarra completa de vino:

A Book of Verses underneath the Bough,
A Jug of Wine, a Loaf of Bread—and Thou

¿Y si fuera Oscar Wilde nuestro interlocutor? Champaña sobre hielo sin duda o, en todo caso, absenta si se pone ríspida la cosa. Con Dorothy Parker, mejor un whiskey sour para aguantar el filo de su ingenio. Con Dylan Thomas, un whiskey solo, o máximo dieciocho —para entrar a esa buena noche, mas no dócilmente.

En el caso de César Silva Márquez, igual que con Charles Bukowski, la poesía es algo que sucede mientras estamos tomando una cerveza. O, mejor dicho, echándonos una cheve, aquel “buen desinfectante de verduras no causa enfisema, cura ganglios y arregla gargantas”.

Y así podemos soltar la carga del ego que lleva como lastre aquella figura del poeta solemne, soberbio, sobrio, y comenzar a dirigirnos a los muertos, ya sean del averno de las letras, o de nuestro panteón familiar: una elegía para la abuela, por ejemplo.

Quizás de ese modo averigüemos, como escuché a César Silva leer en una feria hace unos meses, “que morir en san luis potosí / era lo mejor que sucedería esa noche” —verso que tuvo la temeridad de lanzar ante unos potosinos, quienes afortunadamente no lo pusieron a prueba.

Este poemario, que sucede en un jardín de invierno que se nos antoja improbable desde Xalapa, el hogar actual del poeta juarense, entabla un diálogo etílico, una especie de juerga poética con los diversos epígrafes que elige. Porque la poesía nos permite justamente esa imposibilidad de no sólo abordar, sino charlar con los muertos, como nos recuerda César:

El poema no es como la vida real

en la vida real

no hay puentes como en los poemas

que unen el pasado con el futuro

sin embargo, soy yo en la proa

Desde su proa, el poeta entabla varias tête-à-tête que parten de diversos poemas, por ejemplo, éste de Bukowski, que arroja una breve pregunta desde su libro icónico, El amor es un perro del infierno:

un solo perro

caminando las calientes veredas

del verano

aparenta poseer los atributos

de diez mil dioses

¿por qué?

Aunque, para mí, la pregunta de aquel gran desaliñado cartero sin pretensiones parece haber sido lanzada hacia atrás, buscando el origen del cinismo en aquel can que encarna Diógenes, César Silva toma la estafeta desde el presente y corre:

porque en el perro va el mundo

y en su mordida

queda el rezo para el amo que no fue

porque en el aullido del perro

está la tierra

el grillo

la llamada

la llama del vagabundo

y la sed eterna

como si fueran dos antorchas

en la lengua del aire

una locomotora de voces

que cimbra el pavimento

para que los rabiosos se asomen

a contemplar los nuevos náufragos

porque la tranquilidad es morder la carnaza

que dios deja en las escaleras

a las tres de la tarde

y el sudor sea la sed que se siembra

para terminar abruptamente con

Es un diálogo maravillosamente truncado, interrumpido no ahora, sino en un futuro por alguna voz desconocida que retomará la imagen del perro sobre la banqueta para seguir deshaciéndola, como un origami que se desdobla hacia otras metáforas.

Además de los coloquios etílicos que emprende con Becerra, Pacheco, Anderson, etcétera, vislumbro también una reflexión oculta, enterrada si quieren, dentro de este poemario sobre la herencia del modernismo: de Martí y Darío, Rodó y Gutiérrez Nájera, Nervo y Lugones, los primeros poetas hispanos de este hemisferio que contagiaron a Europa con su ejemplo, y no viceversa. Ellos creaban paisajes de fantasía parnasianos donde princesas con sus bocas de fresa escuchan el canto de la monja paloma y el cisne marqués bajo soles dorados o lunas ebrias en jardines exóticos. Nuevamente, el jardín: Silva actualiza aquel locus amoenus que sirve de motivo imprescindible en la poesía modernista —y hace lo mismo con esas princesas que languidecen en sus sillas de oro, convirtiéndolas en muchachas que se maquillan mientras manejan por el boulevard.

A partir de Marco Antonio Campos, quien se pregunta, “¿volveré a mirar en parís el luxemburgo / y las hojas que huellan mis pisadas?”, César nos recuerda que aquellos jardines afrancesados son para nosotros tan ajenos como “el reino interior” de Darío, porque desde nuestro entorno, un jardín en invierno califica como un oxímoron. Hasta nos hace dudar de su existencia, ciscados como lectores por aquel juego que emprende César en las redes sociales de fingir viajes de pluma, ironizando frente a los jardines de Luxemburgo sobre el tono de aquel poeta solemne (soberbio y sobrio) que es capaz todavía de firmar sus poemarios, “París en tal año”.

pido una cerveza en un bar

frente al luxemburgo

y mientras la espero

pienso en lo que he visto

en los últimos días

y sé que necesitaré 20 años más

para nombrar este presente

porque hoy el sena es tan sólo

una trenza de río, un agua sin reflejo

una palabra que apenas rasga la superficie

de un crimen lavado vidrio a vidrio

de cerveza y cuchillo por cielo

¿tendré el valor de volver en 20 años?

pienso mientras llega mi cerveza

desde aquí percibo el perfil

de los jardines en flor

veo nueve chimeneas inclinadas

sobre la calle san juan

nueve palomas que picotean la acera

nueve años que se fueron volando

antes de llegar aquí

los vidrios beben

mientras

yo bebo

Este Jardín de invierno donde se empalman París y Xalapa, Phoenix y Montreal, África y San Luis Potosí, desde el improbable Júpiter hasta Puerto Vallarta, se ubica en sitios que, aunque estén aquí, están en otra parte —igual que la vida del poeta. Esa otra parte que, para su gran fortuna, invariablemente cuenta con un bar donde César Silva puede beber y escribir.

Con lo cual, tal y como exhortó Per Abbat desde los albores de la tradición poética española, al cerrar así el Cantar de Mio Cid: “el romanz es leído / dadnos el vino”.

O mejor aún: una cheve bien fría.

Ilustración de Abril Castillo (Morelia, 1984)

 

Las relaciones personales, de por sí complejas, se han reconfigurado a lo largo de los últimos años en gran medida gracias a la tecnología. Y en este mundo cada vez más interconectado ya no se antoja tan sencillo identificar dónde está el punto de quiebre entre confianza y privacidad. Fernando Bustos Gorozpe y María José Ramírez reflexionan al respecto.

 

El acoso de las fantasías

Fernando Bustos Gorozpe

Al inicio de Gone Girl (David Fincher, 2014), se observa a Amy (Rosamund Pike) recostada mientras, con voz en off, su esposo Nick (Ben Affleck) se hace preguntas elementales sobre ella: «¿Qué estás pensando? ¿Cómo te sientes? ¿Qué nos hemos hecho el uno al otro?». Los cuestionamientos, de alguna forma, terminan por relacionarse con la trama de otra cinta, Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999). Aquí, el conflicto se destapa en una plática que sostiene la pareja integrada por Bill (Tom Cruise) y Alice (Nicole Kidman). Mientras fuman, ella decide confesarle una fantasía. Le recuerda a su esposo unas vacaciones pasadas y le menciona que, entonces, en el lobby del hotel había un hombre uniformado que le gustó y que, si él le hubiera propuesto una aventura, ella habría dejado todo por irse con él aunque sólo fuera algo casual. Bill por supuesto se muestra confundido y se queda en silencio. Algo se disloca.

A lo que asistimos el resto de la cinta es a una pesadilla de Bill, en la que todo el tiempo se imagina a Alice cogiendo con ese sujeto, a quien ni siquiera recuerda, pero a quien le ha puesto incluso un rostro ficticio: el acoso de la fantasía (de su esposa). Lo terrible de la pesadilla que invade a Bill es que nada de lo que piensa es real. Alice nunca habló con aquel hombre. No engañó a Bill. Las imágenes que invaden su pensamiento no son verdaderas: la fantasía es siempre una mentira primordial.

Ambas películas sirven como referente para dialogar y problematizar, desde las relaciones de pareja, la importancia de la confianza y de la privacidad, que se han vuelto un eje causal de conflictos, cada vez más común en la actualidad. La desconfianza, la vigilancia de los movimientos (stalkear) de aquel con quien compartimos nuestra vida, ha estado ahí en diferentes generaciones. Sin embargo, el hecho de que las relaciones actuales estén mediadas, y hasta cierto punto validadas, a través de redes sociales ha vuelto todo más frágil. La confianza y la privacidad ya no sólo se juegan en lo real sino también en ese desdoble del espacio que es la realidad virtual: likes, comentarios, interacciones y más devienen ahora también en abismo para la seguridad de la exclusividad del amor y del deseo.

Gone Girl y Eyes Wide Shut tienen que ver con aquello a lo que no podemos acceder de nuestra pareja: sus deseos, sus fantasías, sus secretos: ¿Qué es lo que piensa esa persona con la que comparto la cama por las noches? ¿Con qué sueña? ¿Con qué fantasea? ¿Me lo cuenta todo? Nunca podremos acceder por completo al otro que tenemos junto y el mensaje de este par de cintas es claro: a veces es mejor no hacerlo.

La confianza al interior de una relación se construye, nunca es mera cuestión individual. La privacidad debe respetarse. Cuando se quiebra esto, se entra, al igual que Bill, al acoso de las fantasías, un mundo plagado por fantasmas que es capaz de engullir a cualquier amor, incluso el propio.

 

La vida secreta privada del Catedrático
(fragmento)

María José Ramírez

Para hablar de los límites de la privacidad y de la confianza, baste un cuento en el que una mujer dependiente y con temor al abandono se encuentra en una relación con un hombre celópata y narcisista. La dinámica de esta pareja nos permite ver que, cuando de privacidad se trata, el respeto al derecho ajeno es la paz.

El Catedrático le decía que no debía tuitear tanto. Decía que era adicta a las redes sociales y que por eso no terminaba la tesis, entonces ella se sentía culpable, porque ambas cosas eran, en cierta medida, verdad. Apenas sospechaba de la vigilancia que el Catedrático mantenía sobre su actividad en internet. Si tuiteaba o posteaba algo, él le hacía comentarios negativos al respecto. Si se conectaba a Facebook durante las pocas horas que pasaban separados, igual. También le decía que nadie debía enterarse de sus problemas de pareja, ni siquiera —o sobre todo— sus mejores amigos. El Catedrático parafraseaba a Arjona Gabo y decía: «Todos tenemos una vida pública, una privada y una secreta». El problema era que ella confundía privacidad con intimidad, y le entregaba la primera a un tercero que temía ver modificada su impecable vida pública.

Un día, el Catedrático, no conforme con el noventa y ocho por ciento del tiempo que ella le dedicaba, con las ofertas laborales que rechazaba para ayudarle con su trabajo, con el abandono en el que tenía a sus amigos (por no hablar de sí misma) y con su casi total ausencia en las redes, entró «accidentalmente» a su cuenta de Facebook y «accidentalmente» leyó sus mensajes privados, entre los que se encontraba una conversación que había tenido con uno de sus ex novios, ése al que ella, «tramposamente », llamaba su «amigo». El Catedrático nombró el hallazgo como «El monstruo»: un chat en el que ella y su ex trataban de ponerse de acuerdo para tomar un café y fallaban. «Ya no puedo confiar en ti. Ya no te amo», dijo el Catedrático y se fue, azotando la puerta. Ella se sintió devastada, rara, enojada, culpable por haberle ocultado a su pareja una nimiedad.

Días después, ella ligó con una chica y se metieron a un cuarto a lamerse las heridas: las dos estaban tristes a causa de una ruptura. Cuando alguien les abrió la puerta y las vio teniendo sexo, a ella no se le ocurrió considerar que en la fiesta había amigas del Catedrático que podrían hacerle saber qué estaba y qué no estaba haciendo después de que él la hubiera cortado. Pero los agentes del patriarcado no conocen el descanso y el Catedrático tenía santo y seña del momento íntimo y privado que ella había compartido con alguien más. Su vida privada no era suya, se anulaba fuera de su alcance, bajo el escrutinio público.

Movido por los celos, una de las muestras de violencia más normalizadas, el Catedrático la buscó para reiniciar el círculo vicioso. Guardando la distancia de quien procura no asustar a la presa y después de cuestionarla largamente, le hizo sentir que le otorgaba el perdón. Entonces, por un tiempo, ella volvió a fingirse amparada bajo el manto tibio de la aceptación: quien cela, ama.


Autores
(Xalapa, 1983) es profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a doctor en filosofía por la Universidad Iberoamericana.
(Ciudad de México, 1982) es escritora e ilustradora. Ha colaborado en distintas publicaciones, entre ellas Granta y Este País. En 2011 obtuvo el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada.

Ilustrador
Abril Castillo
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.

“La historia de la antipoesía contada por Nicanor Parra es la de un combate lento y complejo para poder decir en voz alta lo que pensaba en secreto y silencio desde que nació en San Fabían de Alico, sur de Chile, en la primavera del año 1914”.

Ensayo de Rafael Gamucio. Ilustraciones de Hernán Gallo.


Autores
(Ciudad de México, 1987). Es ilustrador y artista gráfico. Ha colaborado en revistas para Chile, México y Colombia. Actualmente trabaja en proyectos independientes y colabora en libros y revistas.

Jorge Esquinca, Luis/Caballo y yo nos conocemos desde hace tanto tiempo que se impone, me parece, una mirada hacia atrás, no con ánimo nostálgico sino queriendo con ello contextualizar el significado de este libro que es producto de la creatividad y el talento, pero también, estoy seguro, de la amistad.  Aunque no lo sea, me siento un poco autor y me siento parte del resultado de este libro, aunque sea solamente por tantos años compartidos.  Además, ellos y yo hemos cruzado ya el umbral de eso que se conoce como “tercera edad”, y ya se sabe que a estas alturas a uno le da por revisar las cosas del pasado.

Jorge, Caballo y yo coincidimos hace más de cuarenta años en una carrera universitaria, la de Ciencias de la comunicación, del iteso, en un momento en el que compartíamos una especie de desorientación vocacional. Llegamos ahí muy jóvenes, indecisos, sin saber muy bien qué hacer con nuestros respectivos intereses artísticos. Por diferentes motivos no nos animábamos a afrontar una carrera de artes y encontramos en la comunicación un espacio con un relativo prestigio, generoso y amplio —y también, hay que decirlo, vago e impreciso— como para tratar de encauzar ahí aquella vocación artística en ciernes.

Yo tenía un indudable interés por la música, Jorge por la literatura y Caballo aún no se encontraba, me parece, con este oficio al que habría de dedicarse después, la fotografía, pero tenía sin duda una vocación humanística que se expresaba de varias maneras, sobre todo mediante ese espíritu rebelde y la personalidad contestataria y desafiante que conserva hasta el día de hoy. (Entre paréntesis recuerdo que comenzamos a llamar “caballoica” a cualquier ocurrencia extravagante).

En aquella carrera coincidimos también con varios personajes más o menos afines con quienes compartíamos esa misma comprensible desorientación vocacional: Ricardo Orta, Juan Carlos Ramírez, Memo Corona, Rubén Orozco, y emprendimos juntos algunos proyectos escolares que, sin embargo, buscaban un lugar fuera de las aulas. También tuvimos maestros inspiradores, quienes en mayor o menor medida contribuyeron a abrirnos cauces de exploración para nuestros intereses. Pienso en Xaviercito Gómez Robledo, José Luis Pardo, Jorge Paredes, Laura Magaña, por citar solamente a algunos.

Con los años pasaron muchas cosas: nos casamos nos descasamos y volvimos a casar, tuvimos hijos —y ya estamos en edad de tener nietos—, fuimos definiendo con más claridad nuestros intereses profesionales. Yo me he dedicado por partes casi iguales a la música y al periodismo, Jorge se decantó decididamente por las letras y, por medio de diversos proyectos editoriales y muchos libros publicados, ha ido consolidando un prestigio que lo coloca como uno de los mejores poetas del país; Luis/Caballo ha hecho de la fotografía su medio de expresión y supervivencia en facetas diversas: la enseñanza, el trabajo con niños, los proyectos editoriales, la promoción de la foto, el rescate de insólitas y casi arcaicas técnicas —como las cámaras estenopeicas y los procesos como el del platino-paladio, entre otras cosas— y, por supuesto, su trabajo personal como fotógrafo, del que hoy tenemos con este libro una muestra que para mí es muy representativa de sus intereses artísticos.

En todo este tiempo transcurrido ha habido temporadas en las que nos hemos visto más que en otras, pero tengo la certeza de que ha permanecido entre nosotros la amistad, el cariño y la admiración. Creo, pues, que este libro es una celebración del talento, la perseverancia y la amistad.

Sé que este proyecto se ha venido cocinando desde hace años. Caballo hizo muchas tomas fotográficas en Xilitla, en San Luis Potosí, hace tiempo. Se trata de ese lugar alucinante que se conoce como Las Pozas y que es un jardín escultórico en plena huasteca potosina concebido por Edward James. Se llevó su cámara y congregó a un par de modelos a quienes les pidió que posaran desnudas entre las construcciones y la vegetación exuberante. La idea de hacer algo especial con ese material fotográfico estuvo siempre ahí y tanto a Jorge como a mí, Caballo nos ha compartido esa inquietud en diferentes momentos. Sin embargo, por una u otra razón no se había podido concretar.  Hoy, gracias a complicidades varias, entre las que hay que destacar la del magnífico impresor Elías Ortiz, es una realidad. Y un ingrediente adicional, que sin duda ha contribuido a hacer realidad este proyecto, es el exilio voluntario de Jorge y Caballo al hermoso pueblo de San Antonio Tlayacapan, en la ribera de Chapala, donde ahora son vecinos.

En el hermoso y sugerente texto que ha escrito Jorge para el libro habla, entre otras cosas, de ese “otro mundo” creado por Caballo con sus imágenes, y eso es precisamente lo que a mí me ha fascinado más de este proyecto. Son varios los mundos de los que Caballo ha echado mano para crear el suyo propio, mundos que interactúan: el de la naturaleza salvaje y exuberante de la selva potosina; el de las construcciones surrealistas que Edward James edificó ahí como una especie de contraste con la brutal naturaleza; el de las desnudas y durmientes bellezas que aparecen como elementos oníricos; y el “otro mundo” imaginado por Luis con todos los ingredientes anteriores y que se hace visible gracias a su pericia fotográfica y su buen ojo. El resultado es todo lo anterior pero también otra cosa: no es la selva, no es el surrealismo, no son los desnudos: es el ojo de Caballo imaginando un mundo inexistente.

La riqueza de sugerencias que podemos encontrar en estas imágenes es inagotable: las “bellas medio durmientes y medio despiertas” a las que se refiere Jorge en su texto aportan un ingrediente vital, el de la “belleza convulsiva” de la que hablaba André Breton, citado por Esquinca. Y las lecturas de estas imágenes caballoicas son también, como sugiere Jorge, múltiples, cada espectador puede construir su propia historia a partir de ellas. Una posibilidad es, dice Esquinca, pensar este conjunto de imágenes a la manera surrealista, como “una maquinaria que no solamente produce sueños, sino que atrae a soñadores cómplices”.

Yo digo que contemplar largamente estas fotografías es adentrarnos en un sueño y convertirnos justamente, como quiere Jorge, en cómplices soñadores.


Autores
Es músico, compositor y periodista cultural. Formó parte del legendario grupo El personal. Como solista ha lanzado dos discos: Primeros pasos y Soñé que dormía. Recientemente publicó un libro donde reúne crónicas de la vida cultural de Guadalajara: De memoria.

Dio la casualidad de que, de niño, mis hermanas y mis primos y yo tuvimos la oportunidad de ir a Ixtapa Zihuatanejo de vacaciones, en más de una ocasión. Cuando íbamos, nos quedábamos siempre en una casita que estaba en el fraccionamiento desarrollado en los años setenta por fonatur. Nos encantaba. A diferencia de la ciudad, en Ixtapa podíamos estar solos, por nuestra cuenta, sin la vigilancia de los adultos mientras paseábamos por ese lugar selvático que tenía para nosotros un aura medio fantástica. Durante los días que pasábamos ahí, nos sentíamos en plena libertad de “explorar” el sitio, invadiendo propiedad privada o atravesando la selva como si nada, hasta el día en que una boa salió de ahí adentro y se estacionó a media calle frente a nosotros.

Ixtapa era un lugar raro. Medio vacío, medio abandonado, medio tragado por la selva que alguna vez habían tratado de talar para desarrollar el turismo. Era como un lugar en ruinas. Aquel fraccionamiento estaba lleno de casas abandonadas o de casas horribles que según esto pertenecían a gringos y canadienses pero que nunca estaban abiertas, además de muchas construcciones a medio terminar, obras negras que la selva ya había vuelto a devorarse. En las calles había coches oxidados que ya no prendían, lanchas maltrechas, pilas de cascajo que nadie se llevó nunca. Otro tanto podría decirse del pueblo, construido en un estilo pseudocolonial: fuera de tres o cuatro negocios exitosos, el resto de los locales habían tronado o nunca se habían ocupado en primer lugar. ¿Y esas calles que no llevaban a ningún lado, que se interrumpían de repente frente a los árboles cubiertos de enredadera? Todo Ixtapa era así. Así era.

Los arqueólogos cuentan historias. Escarban entre las piedras, descubren pirámides que al ojo común parecen cerros, trabajan con los restos materiales que el tiempo preservó e indagan en las leyendas, mitos e historias que perduran en la memoria colectiva de la gente. A partir de estos fragmentos trabajan, no tienen nada más. Especulan, aventuran, infieren, discuten entre ellos. Todo arqueólogo sabe que hay un componente de ficción en sus teorías, en las historias que nos cuentan de las civilizaciones del pasado, porque desde sus propias vidas y su propio tiempo, con recursos muy limitados, tratan de reconstruir una forma de vida ajena y distante. Quizá por eso las ruinas que más nos cautivan son a menudo las que también nos resultan más lejanas, más raras, menos posibles, menos modernas.

En una de las memorables reflexiones que abundan en Tristes Tropiques, Lévi-Strauss habla de esto y de la apasionante dificultad de indagar en un pasado del que no parece quedar evidencia alguna:

La base de nuestra especulación es tan precaria que incluso el reconocimiento más insignificante del terreno pone al investigador en un estado de incertidumbre en el que oscila entre la más humilde de las resignaciones y la más loca ambición […]. Nada es posible, así que todo es posible. La oscuridad que tratamos de asir es tan gruesa que no nos permite hacer ningún pronunciamiento al respecto: ni siquiera podemos decir que esté condenada a durar.[1]

¿Pero qué historia nos contaban las ruinas de Ixtapa, ruinas casi contemporáneas a nosotros y ciertamente contemporáneas a la generación de mis padres? Uno podría imaginarse que ciertas casas contaban la historia de políticos demasiado ambiciosos, que otras —las más ornamentadas— hablaban de corrupciones y lavados de dinero, que el mexican curio o el estilo south beach relataban las historias de gringos que se habían quemado su fortuna en cocaína o a los que no les había alcanzado para retirarse en Florida. En conjunto, sin embargo, contaban la historia de un progreso que se había anunciado a tambor batiente en los setenta y que nunca terminó por cuajar en Ixtapa. Como en tantos otros lugares del país, el desarrollo había llegado un buen día en busca de fortuna y se había alejado en el momento exacto en el que ésta dejó de parecer factible, dejando a su alrededor un sitio sin terminar, a medias, en ruinas. Más adelante en su historia nuevas promesas traerían nuevas oleadas de desarrollo, pero tampoco éstas durarían demasiado. Por lo que a mí respecta, sólo en retrospectiva entendí que el aura fantástica que yo le adjudicaba a Ixtapa tenía que ver con todo esto: era la visión de un niño de la Ciudad de México cautivado por un lugar muy diferente, con otro clima y otro ritmo, con plantas y animales que no veía nunca en la ciudad, un lugar que además parecía haberse quedado congelado en una promesa del pasado.

Cuando entré por primera vez a Las Pozas —el “jardín” o “espacio escultórico” o lo que sea, de Edward James en Xilitla—, recordé de inmediato la fascinación que me provocaban de niño las ruinas en general y las ruinas modernas de Ixtapa en particular. No creo que sea difícil dejarse fascinar con esas estructuras y construcciones tan raras, tan fragmentarias, tan entretejidas con la selva de la Huasteca. Las Pozas es otra ruina, otra ruina moderna, pero una pensada en estos términos desde el principio. Una imaginación infantil podría volverse loca ahí adentro, especulando sobre la civilización a la que James dio forma en su imaginación arquitectónica. ¿Quiénes eran las gentes que nadaban desnudas en esas albercas naturales? ¿Qué lenguas hablaban? ¿Qué gobernante había ordenado la construcción de esos pasillos vigilados por serpientes de piedra? ¿Cómo se llamaba ese príncipe caprichoso que había mandado hacer una escalera nada más para sobrepasar la selva y ver el cielo de noche? ¿A qué culto pertenecían esos dioses representados como pájaros y orquídeas? ¿Qué profecías escuchadas dentro de esa esfera cubierta de musgo habían predicho el fin de su hegemonía? Xilitla es también una ficción, una ficción escrita con piedras, concreto, plantas, animales y agua. Me recuerda a Kalpa Imperial, uno de los proyectos literarios de Angélica Gorodischer: una serie de contadores de cuento buscan reconstruir toda la historia de un cierto imperio, pero para hacerlo sólo disponen de un puñado de ruinas, fragmentos y memorias a la mitad. El resto se lo tienen que inventar ellos mismos, como los arqueólogos.

Pero Xilitla, la Xilitla de James y sus Pozas, es parte también de la historia del progreso y de la modernidad en México. James no llegó por mera casualidad a la Huasteca, mucho menos de milagro. Su llegada a México, para no ir más lejos, es parte de los mismos intercambios cosmopolitas de la primera mitad del siglo xx que trajeron a Trotsky a Coyoacán, a Breton a la Ciudad de México dos años antes de la exposición surrealista del 40 o a exiliados españoles como Luis Buñuel o Remedios Varo, por mencionar sólo algunos casos más o menos relacionados con el surrealismo, como el propio James. Y James veía a México, además, con lo que Mary Louise Pratt llamó alguna vez “ojos imperiales”. Los ojos de los conquistadores, de los colonizadores, de los naturalistas para quienes América fue, desde su descubrimiento, un espacio para ser explotado económica, política y científicamente. Un espacio que además era considerado exótico y fantástico porque era ajeno y, en teoría, irracional. En Surreal Eden, la biografía de Margaret Hooks sobre James, la autora misma se deja llevar por estas nociones cuando dice que “fue sólo en esta remota región de México, en este ‘otro’ mundo, lejos de los críticos enloquecedores, donde [James] pudo convertirse en un artista de verdad”.[2] Después nos recuerda que la mansión aristocrática de su infancia estaba plagada de los tesoros, objetos y animales disecados que sus tíos traían de sus expediciones y cacerías por el mundo. Y cuando James emprendió la ida a la Huasteca en 1945 en busca de una orquídea salvaje que le dijeron que crecía ahí, estaba repitiendo —conscientemente o no— la narrativa de cientos de exploradores, naturalistas y antropólogos (incluyendo a Lévi-Strauss) que se habían adentrado en el territorio con promesas de riqueza financiera, científica, artística o intelectual. Una narrativa que El abrazo de la serpiente (2015), la película del colombiano Ciro Guerra, captura mejor que nadie.

A decir verdad, en un principio, antes de las esculturas, James concibió Las Pozas como el sitio ideal para coleccionar plantas y animales exóticos que mandó traer o fue a buscar a distintas partes del mundo. Surreal Eden contiene varias anécdotas al respecto: cocodrilos muertos en tinas de hotel, boas enredadas en las patas de una cama, orquídeas que perecieron en un incendio. La idea era convertir a Las Pozas en un archivo viviente de todas aquellas especies que a James le parecían ajenas y, por lo mismo, extrañas y fascinantes. Zoológico, aviario, jardín botánico, estos espacios prototípicos del proyecto colonial —que es el proyecto moderno— yacen en los orígenes de Las Pozas.

En una anécdota interesante del libro de Hooks, la autora relata que fue gracias a la fortuna e influencia de James que el pueblo de Xilitla pudo terminar de electrificarse. James en un principio no quería llevar electricidad a Las Pozas, pero finalmente se dejó convencer con la esperanza de volverlo un lugar más rentable económicamente (quería poner una fábrica de enlatados en una parte del terreno). Una vez convencido, decidió darle una dimensión estética al asunto. Construyó entonces esculturas para los cables y realizó todo tipo de instalaciones de luz entre las plantas, las piedras y las cascadas. Hooks recupera el testimonio de Abdón Martínez, uno de los albañiles de Las Pozas, el día en que James prendió el switch por primera vez:

Todo mundo estaba ahí… Don Eduardo [James] había subido solo a las cascadas, al lugar a donde iba a meditar…. Habían puesto luces para alumbrar las cascadas, luces verdes, luces rojas, luces amarillas. Entonces encendieron el interruptor y, de repente, hubo una explosión de color por toda la selva, todo se encendió, y había una luz en cada detalle, una roca aquí, un árbol allá. Y él estaba tan contento, sentado allá arriba en las cascadas, viéndolo todo.[3]

El progreso había llegado, nada menos que de la mano de James, el mecenas aristócrata, el artista surrealista, el tío Eduardo. Había llegado, además, en la forma de un espectáculo en medio de la selva, un acontecimiento artístico cuyo creador vigilaba desde la cascada. Por eso creo que hay que tener cuidado de esas opiniones que se lamentan del estado actual del sitio y proyectan una imagen de unas Pozas perdidas entre la selva, inmaculadas, secretas. Para ellos, Las Pozas es un sitio que antecede y nada tiene que ver con la modernidad que ahora trae turistas por la carretera. Pero no hay pureza en Xilitla, lo que hay es contaminación, algo que queda claro al ver esa arquitectura tan ecléctica e imaginativa como un álbum orientalista medio comido por las plantas. Arquitectura exótica y arabesca, empresas coloniales, novelas de aventura, bestiarios, invernaderos, todo se condensa ahí, todo se materializa. Las Pozas es uno de esos sitios cuyo poder estético surge justamente del hecho de que logran entramar los sueños, ambiciones, violencias y dinámicas que rodean al paso de la modernidad en una periferia como México. No digo que no deba discutirse la cuestión de cómo preservar y qué hacer —o no— en y alrededor de un sitio como éste, al contrario. Sólo digo que esa ficción de la Xilitla de James como un paraíso premoderno no aporta demasiado a la discusión, sobre todo porque nunca existió.

En el fondo yo creo que James era consciente de todo esto. Pienso que sabía muy bien que él representaba una modernidad que en un lugar tan aislado como Xilitla estaba condenada a llegar por oleadas, a medias, con violencia, dejando a su paso una serie de ruinas en la forma de edificios abandonados, líneas férreas oxidadas, hoteles a medio acabar o calles de asfalto quebradas por la mala hierba. Justo como Ixtapa. Creo de hecho que el carácter inconcluso que caracteriza a Las Pozas tiene que ver con esto. Ahí radica el punto mismo de construir una ruina con cemento moderno, de levantar una serie de estructuras, fragmentos y promesas para luego dejarlas a la mitad y permitir que el tiempo y la vegetación hagan su trabajo. Y así, sin terminar, volverlas, al igual que las ruinas de Ixtapa, una permanente obra negra.

[1] Claude Lévi-Strauss. Tristes Tropiques. New York: Penguin, 2012: 260. Traducción mía.

[2] Margaret Hooks. Surreal Eden. Princeton: Princeton Architectural Press, 2006: 9. Traducción mía.

[3] Margaret Hooks. op. cit.: 150. Traducción mía.


Autores
(Ciudad de México, 1988) es escritor y académico. Actualmente, estudia un doctorado en la Universidad de California, Berkeley, donde escribe sobre literatura, arquitectura y urbanismo en el México posrevolucionario. Ha publicado en revistas impresas o electrónicas como Discurso Visual, Arquine, Tercera Vía o Cuadrivio. En 2018 publicó la novela Una línea que cae y se deshace (Camelot América).
Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

 

En este ensayo, Penélope Córdova nos invita a reflexionar sobre la senectud y sus consecuencias, distinguiendo entre la longevidad venerable y la que es, por el contrario, abominable.

 

De todas las ruinas del mundo, la
ruina del hombre es, con seguridad,
la más triste de contemplar.

T. GAUTHIER

 

El paramédico Martín Fregoso le limpiaba a mi abuela la sangre seca encima del labio con un algodón remojado en Isodine. Mientras, quizá por cortesía innecesaria hacia nosotras, se explayaba en dulces devaneos sobre las bondades y ternuras de la vejez. Aseguraba que él, un hombre de unos treinta y pocos años, deseaba, si Dios quiere, llegar a esa edad tan bonita; quiero que me cuiden y que me consientan, que se ocupen de mí, que me cuenten historias. Mi tía y yo nos miramos y supongo que en ese momento las dos pensamos lo mismo: no, no quieres.

Mi abuela nació en Málaga y tiene noventa y cinco años, pero en su acta de nacimiento, por un dato alterado seis años a propósito por su madre cuando llegaron a México, indica que ahora tendría ochenta y nueve. Mi anciana abuela, la madre de mi padre, que cada enero desde hace veinte años aseguraba que no llegaría a diciembre, ya no tiene ahora ni voluntad ni dientes para pronunciar esa frase que en ella era tradicional. «Yo ya no tengo que estar aquí», suspiraba a modo de conclusión. Vivió con mi tía durante algunos meses cuando fue evidente que ya no era capaz de valerse por sí misma, cuando llegábamos a su casa y le encontrábamos moretones en el cuerpo, resultado de caídas que nunca nos contaba, pero que eran cada vez más frecuentes. Los primeros signos empezaron hace unos ocho años. Sus primeras alucinaciones, si se les puede llamar así, eran olfativas; juraba que el vecino del piso superior se embriagaba hasta la inconsciencia; que el olor del alcohol trasminaba hacia su departamento; que esa fetidez era mortal: ese hombre la quería matar. El tufo etílico detonó la historia y el motivo por los cuales subió a discutir con el presunto alcohólico, quien no tenía idea de lo que la vieja decía. Entonces empezó a temerle y a evitarnos también a nosotras en las escaleras cada vez que íbamos a visitarla. Una vez encontré a mi abuela durmiendo debajo de la mesa del comedor para protegerse del olor que sentía que la envenenaba. «¿No hueles?», me preguntaba. Luego dejó de tejer, de ver, se le cayeron uno a uno los dientes, oía cada vez menos, empezó a tomar pastillas para las alucinaciones, la hipertensión, la úlcera y la ansiedad, pero todavía se levantaba para calentarse la comida, llamarnos por teléfono e ir al baño.

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)


 
 

Ya en casa de mi tía, se levantó una noche para ir a la cocina y se cayó, se golpeó el rostro y se fracturó la mano al intentar amortiguar la caída. Pedimos una ambulancia para que la trasladaran al hospital, pero ella no quiso moverse de la casa. Nunca ha sido de médicos; la última vez que pisó el hospital fue cuando murió mi padre. Acaso por eso los evita. Aseguraba con necedad, en presencia de los paramédicos, que no le dolía nada, con todo y el rostro morado y la mano inmóvil envuelta en una venda improvisada. Pocas semanas después vino la dislocación del hombro, la fractura de cadera, la imposibilidad de levantarse para ir a orinar, el insomnio, la falta de hambre, los vituperios hacia nosotros, los «me quiero ir», la cuidadora de doce horas y, finalmente, hace un par de días, el asilo. El espanto en ella y la culpa en nosotros. «Es lo mejor», nos decimos e intentamos creerlo genuinamente tanto para ella como para nosotros.

Hablamos de la muerte para prepararnos: hacemos lo que hacemos porque morimos; escribimos, amamos, leemos y viajamos no sólo porque nos gusta, más bien nos gusta porque morimos. Y el caso es que vivir no nos prepara para el fin. Ni para el propio ni para el de las personas cercanas. La muerte está ahí, en un futuro ignoto, esperando su turno para cernirse sobre nosotros, en el momento menos esperado, dicen, pero es que son pocas las veces en que existe un momento esperado; pensamos en ella y le tememos, aunque lleguemos a asegurar e incluso a creer que no. Pero nadie nos prepara ni nos habla de la vejez, esa edad indeseable que los discursos políticamente correctos eufemizan de incontables maneras, pues qué es un adulto en plenitud sino un cuerpo gastado cuya lucidez se alimenta de historias propias y ajenas. No pensamos en la vejez porque no es obligatoria, uno puede perfectamente morirse sin llegar a los sesenta. No vemos la vejez hasta que está demasiado cerca, aunque de lejos tiene apariencia de blandura y experiencia. Y así es hasta cierto punto y en algunos casos, cuando las narrativas individuales permanecen intactas o sin boquetes demasiado peligrosos, de los que se puede salir con lesiones menores. Son dos edades distintas, la vejez con historias y la que ya las perdió. La primera es la longevidad venerable; la segunda, la abominable.

Cada vez que alguien asegura que desea llegar a viejo, «esa edad tan bonita», probablemente se imagina como un anciano bonachón o cascarrabias, según el temperamento, pero con mucha sabiduría, experiencia y otros sentidos encomiables perfeccionados con los años, como el común, el del humor y el de la dignidad. Recuerdo la bella apología de Cicerón, en la que argumenta los motivos por los que la vejez no es miserable. Se menciona, entre otros temas, que las grandes cosas no se hacen con el cuerpo, sino con la mente. Y que sí, la pérdida de memoria es un problema, pero hay ancianos que pueden recitar sin dificultad pasajes enteros de los dramas griegos; vaya, el deterioro de la curiosidad intelectual no es una norma, Sócrates y Catón eran ya unos ancianos cuando aprendieron uno a tocar la lira y el otro la lengua griega. Estos argumentos son hermosos, optimistas y efectivamente persuasivos porque se refieren a la edad venerable. Cicerón tenía sesenta y dos años cuando escribió el diálogo, aunque el personaje mediante el cual habla sea un octogenario. Lo que Voltaire muchos siglos después define como «una extraña enfermedad que se cuida para hacerla durar» para el romano era un don. Pienso que la vejez puede acotarse, con sus matices, como el desmoronamiento de la narrativa personal, aunque no todos estos desmoronamientos la implican.

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

La muerte abre un vacío. La vejez, en cambio, causa repulsión cuando se le mira a los ojos y se aspira de cerca su aliento de materia orgánica en proceso de descomposición. No se sabe de qué forma se morirá, pero existe la percepción entre los que se quedan de que suele ser demasiado pronto. Para la vejez no: para ella siempre hay tiempo, un día, una semana, unos segundos más. El tiempo se vuelve indeseable, detestable, se descoyunta, pierde el sentido, nos cambia el rostro.

El fin sin vejez representa dos situaciones simultáneas: es el término y el inicio de la ficción. Mi padre murió cuando tenía la edad que yo tengo en el momento en que escribo estas líneas. Un accidente en motocicleta acabó con su vida cuando yo acababa de nacer. Su muerte inauguró una ficción a la que me he aferrado durante más de treinta años a falta de una persona y un rostro de carne. El hombre que fue mi padre es distinto, quizá completamente opuesto a la persona que no recuerdo pero imagino, y que es casi lo mismo. Es un héroe dentro del mito familiar porque está muerto. La narrativa alrededor de él no sólo no está incompleta, sino que ha alterado su dimensión y ha crecido con los años. A nadie del resto de la familia le ha pasado algo tan significativo como morirse joven. De él no tengo nada cierto más que su nombre.

En su novela fragmentaria Desarticulaciones, Sylvia Molloy narra la relación entre dos mujeres, una que padece Alzheimer y otra, su amiga, la narradora, que va a visitarla e intenta mantener una relación que poco a poco se va llenando de olvidos. El relato de Molloy no es sobre la vejez o el padecimiento, es principalmente una historia acerca de la pérdida de las historias y el lenguaje. La condición de ML —la amiga enferma de la narradora— y la de mi abuela son pérdidas de la narrativa propia. Porque todo empieza y termina por ahí, por las historias que nos contamos sobre nosotros mismos y también por las que nos dejamos de contar, por el beodo asesino del piso de arriba, por el olvido de los muertos y de los vivos, de los nombres, de las cosas. Molloy se pregunta «¿Cómo dice yo el que no recuerda?» Uno sólo puede contarse su historia en primera persona. Pero cuando ese recurso se desbarata, ¿entonces qué?

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)


 
 

La primera etapa de la psicología infantil consiste en identificar ese yo para después construir la primera historia sobre el mundo que lo rodea. En la vejez, esas ficciones personales son lo último que queda, lo último en caer. Cuando los sentidos están atrofiados y realizar actividades tan básicas como escuchar la radio, distinguir el rostro de quien acaba de entrar en la habitación, llevarse la comida a la boca, ponerse de pie y caminar resultan hazañas más allá de las fuerzas, lo único que queda es la narrativa. Lo que se puede contar sobre los otros y sobre sí mismo, que a estas alturas ya está incompleto, está prendido a la delgada carne con alfileres. Los hombres, dice Pascal Quignard, somos los únicos animales que estamos sometidos al relato. Somos seres narrativos. Qué es darle sentido a la existencia sino contarse historias sobre por qué es bueno seguir vivo, darse a uno mismo una muy buena razón para no dejarse matar por el aburrimiento, por las frustraciones o por la mierda del mundo.

Los últimos días de mi abuela antes de internarla los pasó postrada en la cama. Pedía ayuda cada dos minutos para que le alcanzaran los zapatos, porque quería levantarse e irse a su casa, la de su infancia, que actualmente ya ni siquiera existe. Su mente no recordaba que sus piernas ya no podían sostenerla, y estaba convencida de que en cuanto se pusiera los zapatos se levantaría e iría a su casa. Se preocupaba porque, decía, su madre se iba a enojar si no sabía dónde estaba. «¿Ya le avisaste a mi mamá?», me preguntó varias veces.

Los ancianos suelen causar algo que a menudo confundimos con el asco. Nos perturban porque, como en el caso de los dementes clínicos, han perdido la historia que los sustenta y les da identidad. La suya es una narrativa dislocada donde se forma un cuadro en el que la persona y su discurso no se corresponden. La narrativa es la medida del tiempo. Cuando se pierden las historias, se pierde también el tiempo. Mi abuela pasaba dos días continuos despierta porque estaba enferma, pero también porque no tenía noción de lo temporal; la luz natural del día y la artificial de la noche no significaban nada para ella. El tiempo, para ella, era el mismo instante alargado hasta la eternidad. Así ha sido desde hace un par de años.

La ficción es instinto de vida en el niño, y también lo es en la senectud, porque cuando algunos capítulos comienzan a borrarse, el anciano se aferra a los que todavía están más o menos claros. Son ésos los que surgen y vuelven, sin importar qué tan lejanos en el tiempo estén, para integrarse a la cotidianidad, cambian de lugar según se les necesite, tapan huecos y crean historias falsas para justificar su presencia fuera del momento que las originó. De modo que ese instinto de vida es también una pena de muerte anunciada. Es el punto sin retorno. La última ficción como antesala de la muerte.

Y cuando finalmente desaparece toda narrativa, tan sólo quedan personas sin nombre. Mentes incapaces de anclar. Bolsas de carne y huesos sin palabras ni lenguaje que no distinguen entre recuerdos e imaginación, presente ni pasado.

De la condición de mi abuela sólo puedo tocar la cáscara exterior. Fuera de mi percepción, su vejez es para mí un misterio. En realidad, por más que intente escribirlo y desentrañarlo, no sé lo que ocurre dentro de su cabeza. Sólo intuyo que la ficción es el primer y último instinto vital; que antes y después de eso, un ser humano no es más que un mamífero.


Autores
(Salvatierra, 1982) es escritora. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Publico el libro de ensayos Locus, variaciones sobre ciudades, cartografía y la torre de Babel (Posdata, 2013) y el de cuentos Panteón familiar (La Pereza Ediciones, 2016).

Ilustrador
Pamela Medina
(Ciudad de México, 1992) es ilustradora y diseñadora gráfica. Ha colaborado con Ediciones Castillo y Planeta. Obtuvo mención honorifica en el Catálogo de Ilustradores de la Secretaria de Cultura (2017).