Tierra Adentro
Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)

 

¿Qué hay al otro lado de la soledad? En este cuento, Atenea Cruz narra la historia de una mujer que, en medio de su nada extraordinaria rutina, encuentra un misterio que dislocará su experiencia cotidiana por completo.

 

Llamó al trabajo y dijo una mentira para faltar ese día. No fue difícil que le creyeran: era una empleada con historial impecable, reconocida por una puntualidad tan exagerada que irritaba a sus colegas. A Margarita le tenían sin cuidado las miradas de desagrado cada vez que se colgaba su retrato en aquella pared tapizada de fotos suyas con la leyenda «Empleado del mes»: el rostro serio, la cabeza erguida, ni un cabello fuera de su lugar; tal y como debe posarse ante la cámara. Tampoco le incomodaban los cuchicheos a la hora del almuerzo, las espaldas siempre volteadas hacia ella; ya en el colegio había tenido tiempo de sobra para practicar el fino arte de la indiferencia. Su trabajo era su vida, no tanto porque tuviera un alto cargo (a final de cuentas, no era más que una simple contadora), sino porque su dedicación y compromiso la habían vuelto una pieza indispensable en el engranaje perfecto de Tuercas y Tornillos Rodríguez, S. A.

Era una mujer de placeres simples: lo único que le causaba más satisfacción que escuchar a su patrón reiterarle que el día que ella se retirara la empresa iba a venirse abajo, era regresar por la noche a su departamento y tomar un té de azahar sentada a la mesa. Desde el octavo piso donde vivía bastaba mirar por la ventana para tener una panorámica privilegiada de la ciudad: decenas de edificios grises, idénticos al suyo; el asfalto por el que circulaban apresurados automóviles, los peatones como una hilera de las hormigas rojas a las que era alérgica. Todo era una entelequia, un universo que gustaba de contemplar como desde un telescopio.

Su departamento era más bien pequeño: una recámara, la sala-comedor, un pasillo que a duras penas podía llamarse cocina y el baño. Sin embargo, algunas tardes las paredes parecían contraerse, como si el exterior intentara derruirlas; en esos momentos Margarita experimentaba una opresión idéntica a cuando Boris, su gato, se acostaba sobre su pecho y le provoca pesadillas. Pero, en general, el departamento era el lugar en el cual se sentía más cómoda: un espacio armónico y de gusto exquisito donde los objetos se correspondían en limpio ordenamiento. Si alguna vez alguien le hubiera preguntado a qué olía la felicidad, habría respondido sin dudarlo: a cloro y a lavanda. Casi todas las religiones hablan de la pureza como un requisito fundamental para la paz espiritual y, puesto que el mundo le parecía un lugar cubierto de basura y mugre, Margarita estaba convencida de que el camino más corto a la tranquilidad del alma era una botella de desinfectante.

Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)

Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)


 
 

Por eso fue tan inesperado el descubrimiento de aquella mancha en el espejo situado encima del lavabo: un puntito negro (aproximadamente del tamaño de la cabeza de un alfiler), más o menos a la altura de su ojo derecho. Primero percibió algo extraño en su mirada, la posibilidad de tener un raspón en la retina la asustó, pero una vez pasado ese instante de sorpresa, cayó en cuenta de lo absurdo de su pensamiento: no era posible tener algo así en el ojo sin dolores o ardor. Respiró profundo un par de veces para terminar de calmarse y se dirigió al viejo tocador de su cuarto, herencia de una tía abuela solterona, como ella. La luz que entraba por la ventana fue suficiente para suspirar con alivio tras constatar que su ojo derecho no había sufrido ningún cambio.

Regresó al espejo del lavabo y lo inspeccionó con sumo cuidado. Una mancha. Una mancha en su casa. ¿Cómo era posible? Apresurada tomó un trapo, lo humedeció con líquido limpiavidrios y frotó, al principio con suavidad y después frenéticamente. Fue inútil. Por más fuerza que aplicara, aquel puntito negro se negaba a desaparecer. No supo cuánto tiempo llevaba intentando limpiar el espejo hasta que las campanadas de una iglesia cercana la sacaron de aquel trance aséptico. Miró el reloj de la sala y calculó que si tomaba un taxi llegaría al trabajo justo a la hora de entrada y no con sus acostumbrados 15 minutos de anticipación. Estuvo de mal humor el resto del día.

Esa noche, apenas volvió a casa, se despojó del saco sastre y se dedicó a tratar de eliminar aquel punto. Probó con todos los limpiadores que tenía (que no eran pocos), incluso los abrasivos, a riesgo de estropear el espejo. De nada sirvieron. Intrigada por el origen de la persistente mancha, Margarita se fue a la cama sin cenar, aunque no pudo pegar el ojo hasta bien entrada la madrugada.

Por la mañana, apenas se levantó, corrió al espejo y contempló con azoro que en una sola noche el punto había triplicado su diámetro. Margarita se talló los ojos con furia, en un intento por despejarse de la modorra y arrancar de su vista aquella mancha que parecía haberle quemado la retina como cuando se mira el sol. Pese a que tuvo el presentimiento de que sería en vano, pasó de nueva cuenta un trapo con cloro por la superficie del espejo. La mancha permaneció incólume. Con todo y desazón, Margarita logró recomponerse y decidió que no podía desperdiciar el tiempo del mismo modo que la mañana anterior. Tomar taxi más de una vez a la semana era un lujo innecesario. Quizá fuera la falta de sueño, lo cierto es que le temblaban tanto las manos que no pudo siquiera prepararse un café, así que optó por abandonar su hogar cuanto antes. Si había oportunidad, ya en la oficina se prepararía un té de manzanilla, aunque fuera de bolsita.

La noche en vela afectó su capacidad de concentración a tal grado que incluso un par de compañeros, acostumbrados al actuar enérgico y diligente de Margarita, se mostraron extrañados ante la lentitud de sus movimientos y constante titubeo. No obstante, lo que al principio fue una contrariedad, más tarde se convirtió en una ventaja: sus equivocaciones a lo largo del día la obligaron a olvidarse de aquel condenado punto casi por completo. Camino a casa acarició la certeza de que el agotamiento le ayudaría a conciliar el sueño. No contaba con que el horror aguardaba por ella en el espejo, materializado en una mancha negra del tamaño de una moneda de diez pesos. Pasó el trapo sólo una vez, casi por compromiso. Como no supo de qué modo proceder, hizo limpieza general. Fregó cada pedazo de piso, cada traste, cada vidrio con auténtica rabia. La frustración la hizo caer rendida aquella noche de sueño inquieto.

Eran las 10 de la mañana del día siguiente cuando Margarita, ya en la oficina, abrió el directorio telefónico en la letra E: «espejos, instalación de; véase también marcos y molduras». Escogió un negocio cuyo anuncio a todo color ocupaba la mitad de la página: la empresa se jactaba de ser la mejor en su ramo, 60 años de experiencia la avalaban. Margarita apuntó el número en su agenda de bolsillo y llamó, unos minutos después le dictaba su dirección a una señora de voz atiplada y exasperante rapidez al hablar. Acomodó la cita para su hora de comida y dio por resuelto el problema.

Dentro de la inmensa lista de cosas que Margarita detestaba en los demás —y en sí misma— se encontraba que los demás la vieran comer, así que resolvió no preparar alimento: era preferible no probar bocado a ser interrumpida por un extraño. Treinta minutos después de la hora acordada, cuando por fin llegó el empleado, Margarita se arrepentía de su decisión debido al ataque de colitis nerviosa que el hambre y el retraso de aquel hombre le estaban provocando.

Con toda la parsimonia del mundo, el sujeto enfundado en un overol azul parduzco con el nombre del negocio en la espalda y mugre bajo las uñas crecidas observó la mancha, que ahora ostentaba el tamaño de una de las micas de sus lentes. El empleado se rascó la cabeza y se limitó a hacer preguntas estúpidas, para luego pasar por el espejo una jerga apestosa que Margarita hubiera incinerado con suma alegría.

—Los espejos se deterioran con el tiempo, señora.

—Eso ya lo sé —respondió Margarita, irritada— lo que no entiendo es por qué crece tan rápido esa mancha.

—¿Cómo rápido?

—Apareció hace un par de días y se va extendiendo.

—Eso está muy raro. Normalmente se van desgastando poco a poco. No crecen.

—¿Y entonces?

—No sabría decirle, seño.

—¡Pero si en su negocio se anuncian como los expertos!, usted debería poder explicarme.

—Pues mire, lo que sí puedo decirle es que este espejo ya no va a servir. Nosotros vendemos unos muy buenos, garantizados. Si quiere ahorita mismo tomo las medidas y le hago un presupuesto.

Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)

Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)

En lugar de aceptar la propuesta, Margarita narró a detalle la aparición y crecimiento de la mancha. El empleado guardó un displicente silencio durante un momento, suspiró con fastidio e insistió en instalar un espejo nuevo. Como única respuesta Margarita lo corrió de la casa sin pagar el diagnóstico, igual que a otros seis chalanes de distintos negocios de la ciudad. No obstante, el fin de semana se dio por vencida, aceptó que instalaran otro espejo y movió el viejo a una esquina de su habitación. Para entonces la mancha había alcanzado las dimensiones de un platito pastelero.

Como Margarita no tenía amigos cercanos (ni lejanos) renunció a la posibilidad de desahogarse platicando. Tampoco estaba dispuesta a quedar como una chiflada frente a sus compañeros de trabajo, no quería proporcionarles más material para sus críticas cotidianas. Demostrar debilidad o desequilibrio ante cualquier persona era inaceptable para Margarita. Decidió guardar silencio. Y vaya que no hablar de ello era un verdadero reto. Durante las horas laborales, por mucho que se empeñara en resolver los pendientes con su característica eficiencia, una pequeña, casi ínfima parte de su cerebro no hacía más que pensar en aquella mancha, la obsesión se expandía hasta nublar su mirada. Cada noche, de vuelta en casa, se dedicaba a observarla largamente, presa de una angustiosa fascinación que poco a poco la fue llevando a realizar todos los deberes domésticos posibles frente a ella. Había notado que su crecimiento ya no era tan rápido como al principio, igual que sucede con el ser humano al llegar a la edad adulta; también su apariencia había cambiado: ahora lucía opaca y menos sólida que el resto de la superficie.

Una mañana se animó a tocarla. Todo su cuerpo se sacudió por la impresión de aquella textura inesperada: tibia, blanda, de una suavidad próxima al terciopelo. Pasó la yema de su dedo índice izquierdo por la mancha, palpó los bordes. Un impulso eléctrico recorrió su brazo. Asustada, salió de la casa. Ese día trabajó como una autómata, consumida por esa negrura que demandaba ser tocada de nuevo. La jornada le pareció eterna.

Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)

Ilustración de Jimena Estíbaliz (Ciudad de México, 1990)

Una vez en su departamento, Margarita se dirigió a su habitación y se apostó frente al espejo, determinada a indagar aquello. Le sorprendió descubrir que la mancha había mudado no de tamaño, sino de forma: se había transformado en un largo óvalo, un poco más oscuro en las orillas que en el centro. Margarita posó su mano con lentitud, tapándolo, notó que despedía un leve calor que aumentó su temperatura también. Repasó los bordes con cuidado (no recordaba con exactitud, pero estaba casi segura de que todavía unas horas atrás no era más que una superficie lisa y dura): se habían vuelto esponjosos.

Lo siguiente era explorar el centro. Con la punta de los dedos índice y medio Margarita fue tanteando la profundidad de la ranura, una cosquilla deliciosa viajó por toda su piel conforme los introducía. Un gozo desconocido la invitó a meter un dedo más. Otra forma de ansiedad, hasta ahora desconocida, le dictó una cadencia que era preciso seguir. Sintió cómo el golpetear de la sangre iba elevando el pulso en todo su cuerpo y reparó de pronto en el vértice superior del óvalo: se alcanzaba a distinguir el primer punto, la primera mancha, ahora en forma de protuberancia. Lo tocó y un espasmo incontrolable la fulminó. No pudo contener sus gemidos ni el grito de éxtasis. Esa noche durmió plácidamente.

En Tuercas y Tornillos Rodríguez, S.A., por el contrario, la situación fue tornándose más y más fatigosa: si ya antes la sola existencia de la mancha le hacía difícil concentrarse, ahora le era imposible pensar en cualquier otra cosa. En el colmo de la neurosis (que creía haber alcanzado años atrás), los detalles más inocuos le resultaban chocantes: desde el respaldo de la silla giratoria hasta la charla plana de sus colegas a la hora del descanso. Las cifras, los antes amados libros de gastos, los cobros, las facturas fueron vaciándose de significado porque no había método en el mundo para aquilatar lo que experimentaba frente al espejo: ¿qué número podría denotar el grado máximo de plenitud que Margarita alcanzaba con sólo tocar la diminuta protuberancia al norte de aquella enigmática ranura? Con el inicio de mes llegó un anuncio inverosímil: por primera vez en años Margarita no era la empleada de mejor desempeño. Más sorprendente aún fue que no le importó en absoluto.

El deseo de penetrar aquella oscuridad inexplicable consumía a Margarita de manera literal: su estómago aprendió a resistir los largos periodos de hambre a los que era sometido y acabó por acostumbrarse a pedir apenas lo necesario para mantenerla con vida; no así el cuerpo, que pedía placer en cantidades cada vez mayores. Incapaz de satisfacer tales demandas con apenas tres dedos, Margarita probó introducir el antebrazo derecho y luego la pierna. El vaho que la proximidad de su rostro dejaba en el espejo le dio una idea. Insegura primero y con notable voracidad después, descubrió que pasear su lengua por las orillas de la mancha y succionar la protuberancia le proporcionaban un goce indescriptible. Esa noche fue apenas un suspiro junto a las delicias de la mancha.

La alarma del despertador regresó a Margarita a una deslucida realidad: dentro de hora y media tenía que estar checando la tarjeta de entrada. Se levantó para encaminarse al cuarto de baño, pero se detuvo en el marco de la puerta. Recorrió la habitación con la mirada, dilatándose en llegar al objeto de su atención. La mancha seguía ahí, inagotable, exigiéndole más; una ligera brisa proveniente de ésta acarició el rostro de Margarita. Tuvo una revelación. Volvió a cerrar la puerta del cuarto y, como hipnotizada, regresó ante el espejo.

Contempló su desnudez con una sonrisa que se extendía hacia el lado izquierdo de su rostro y extendió las piernas con lentitud, echándose sobre las nalgas y apoyando su peso en los codos. La oscuridad era una boca que recibió los dedos de sus pies con húmeda tibieza. Margarita se deleitó en la lujuria de esas cosquillas y fue metiéndose cada vez más. Algo más grande que la felicidad la envolvió cuando su bajo vientre tocó la negrura por primera vez. Sus pezones endurecidos la hicieron gritar al cruzar el límite. Cerró los ojos.

Cuando el último de sus cabellos fue engullido, la mancha comenzó a encogerse, devorándose a sí misma. Los cambios eran vertiginosos y en sentido inverso: un largo óvalo, una mancha del tamaño de un platito, de un lente, de una moneda, de un punto. Se escuchó un chasquido apenas perceptible y después no hubo nada.


Autores
(Durango, 1984) es narradora y autora de Ecos, publicado por el FETA (2017).

Ilustrador
Jimena Estíbaliz
(Ciudad de México, 1990). Estudio Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha dibujado siempre, pero hace 730 días lo hace con particular intensidad.

 

Y qué si este día no camino sobre la noche, me he acostumbrado a caminar descalza sobre piedra. Qué si los girasoles al pasar me voltean su cara, he aprendido a caminar viendo espaldas. Qué si la naturaleza un día rechaza mi nombre, comprendo que no fue ella quien me lo dio. Qué si un día lo que pensé creer se desmoronara, he aprendido a buscar ilusión bajo la tierra. Qué si un día siento tu abandono, me has enseñado a verte en la oscuridad, a encontrarte en el silencio, a tocarte en el vacío, a ser parte de ti cuando siento ser parte de nada.

—Sandra Arias

 


Autores
(Ciudad de México, 1988) estudio Cinematografía con especialidad en Cinefotografía en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Como director de fotografía, con Nunca regreses (2014) de Leonardo Diaz, gano el premio a Mejor Cortometraje Iberoamericano en el 29 FICG.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

Desde el urbanismo se empiezan a identificar diversas tendencias que anuncian un futuro distópico en las megalópolis del mundo. Intercalando la revisión de la literatura técnica con la descripción de obras cinematográficas de las últimas décadas, Salvador Medina especula sobre el futuro ciberpunk de las ciudades.

 

Hay un orden en las cosas. Eso es lo
que hacemos aquí. Mantenemos el
orden… El mundo está construido con
un muro que separa cada clase.

BLADE RUNNER 2049

 

No hay ciudades sin tecnología, éstas han estado ligadas desde sus orígenes. Desde la Revolución Industrial, es en la ciudad donde acontece la modernidad: un futuro promisorio para un nuevo tipo de sociedad que trabaje menos, conviva mejor, resuelva sus necesidades y goce de las comodidades fruto del ingenio humano. Pero también está su otro rostro. Las ciudades pueden ser escenarios de sociedades divididas, manipuladas con la tecnología dispuesta al servicio de las grandes corporaciones para controlar gobiernos. Un futuro distópico es posible. De hecho, se pueden identificar ocho tendencias que anuncian un futuro urbano mundial distópico, como ha sido incluso retratado por diversas películas ciberpunks.

La primera tendencia identificable es el crecimiento demográfico y la urbanización de la población a nivel mundial. A mitad de siglo llegaremos a 10 mil millones de personas, aproximadamente el 70 por ciento vivirá en ciudades y muchas de ellas serán megalópolis. Cúmulos de ciudades interconectadas agruparán varias decenas de millones de personas en un continuo urbano, donde convivirán las grandes densidades habitacionales verticales, como se plantea en la ciudad de New Port City en Ghost in the Shell (el ánime y su versión hollywoodense); al tiempo que se expanden los suburbios por centenares de kilómetros, como Mega-City One que ocupa toda la costa oeste de Estados Unidos, en Judge Dread (2012). Esto pareciera una fantasía, pero ya China planea la creación de la megalópolis de Jing-Jin-Jin, para 130 millones de personas[1].

El debilitamiento de los gobiernos de las ciudades es la segunda tendencia. Tanto por la fragmentación administrativa que necesita el tamaño de estas urbes, como por la tendencia a adoptar políticas en que se cede a las corporaciones privadas el control de bienes y servicios públicos. Lo anterior, por ejemplo, se plantea en RoboCop (1993), en donde todos los servicios de la ciudad de Detroit han sido privatizados y son controlados por la megacorporación Omni Consumer Products. Casos semejantes ya existen en la realidad. En el condado de Sandy Springs, suburbio de Atlanta, fuera de la policía y bomberos, los empleados administrativos públicos son sólo siete.[2], prácticamente todos los servicios han sido privatizados a diferentes compañías. En Londres, entre muchos otros servicios públicos privatizados, hay al menos 50 «espacios seudopúblicos», parques, plazas, de acceso controlado por policías privadas[3].

Como tercera tendencia, y complemento de las anteriores, se avizora un control y vigilancia policial cada vez más intrusiva en las ciudades. Un panóptico omnipresente que nos vigilará con drones con inteligencia artificial en cada rincón de la ciudad, un Big Brother que controlará el comportamiento social con sistemas electrónicos de autovigilancia, gracias al Big Data (como en el capítulo «Nosedive» de la serie Black Mirror).

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)


 
 

China ha anunciado que para 2020 todos los ciudadanos y empresas tendrán que adoptar la Sesame Credit, una app para obtener crédito de acuerdo a una calificación basada en redes sociales, compras e información gubernamental, así como multas. Un sistema de control basado en el dinero, en el que si compras algo que el gobierno considere ilegal, como libros o noticias del extranjero, la puntuación bajará. También está el ejemplo de Río de Janeiro, Brasil, en donde, por iniciativa del gobierno, IBM ha instalado miles de cámaras de video en el espacio público, controladas por un centro de operaciones usado para la imposición de un Estado de vigilancia policiaco panóptico. En palabras del ex alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes: «El centro de operaciones nos permite tener gente buscando en todos los rincones de la ciudad, las 24 horas del día, los siete días de la semana»[4].

A lo largo de las últimas décadas, la desigualdad a nivel mundial se ha incrementado y no hay indicios de que vaya a reducirse. Esta cuarta tendencia es hoy tal que el uno por ciento de la población concentra el 38 por ciento de la riqueza mundial, mientras que en 1990 sólo controlaba el 33 por ciento[5]. México no está exento de esto y se calcula que el uno por ciento acapara el 26 por ciento de los ingresos del país[6]. Las proyecciones a futuro no son halagüeñas y en el peor de los escenarios el uno por ciento podría concentrar el 40 por ciento de la riqueza en 2050[7]. Un fenómeno que en conjunto con otras tendencias generará un separatismo social de los más ricos, así como una erosión de la democracia. Con el poderío económico que tiene el uno por ciento se puede financiar a los candidatos que se desee, crearlos y hasta comprarlos.

La quinta tendencia es una fragmentación cada vez mayor de las ciudades, tanto del espacio público como de los mismos barrios habitacionales. El espacio público de las nuevas ciudades es dominado por vialidades y grandes infraestructuras que separan a la población al evitar la accesibilidad a pie o en transporte público. Esto a pesar de los ejemplos en el mundo de reconquista del espacio público por los peatones. Al mismo tiempo que las ciudades se expanden, las clases altas, cada vez más ricas, se aíslan del resto de la población. Barrios cerrados en la periferia, departamentos de lujo en rascacielos, barrios gentrificados para colocar vivienda de lujo, mientras que las personas de bajos ingresos no tienen otra opción más que vivir en barrios alejados, con pocos servicios o hacinados. Esto se nota en la película Elysium (2013), donde los ricos viven en una ciudad sin violencia ni pobreza ni enfermedades, al mismo tiempo que los trabajadores viven en una ciudad decadente y precaria. No hay que ir lejos, se puede comparar fácilmente a los habitantes de los desarrollos cerrados en Santa Fe o Huixquilucan contra las condiciones en que se vive en Ecatepec o Nezahualcóyotl, donde se filmó esta película.

La desigualdad y la fragmentación del espacio público sólo pueden llevar a acentuar las diferencias sociales, presentándose mayor clasismo y menores servicios públicos para las zonas pobres, para los olvidados. Sitios en donde no reinará ninguna autoridad, los trabajos serán precarios y el crimen será rampante.

Las cinco primeras tendencias son las que marcan el surgimiento de un Estado autoritario, títere de las grandes corporaciones, de pérdida de libertad, elementos clásicos de las distopías; las tres últimas tendencias relacionadas con el uso de la tecnología y el deterioro del medio ambiente son, hasta cierto punto, las que crearán una distopía ciberpunk.

La omnipresencia de la tecnología, en especial de la conexión a internet, es algo que continuará creciendo y penetrando a los grupos de menores ingresos. Aquí es donde el uso del Big Data podrá ser utilizado en contra de la población. Hay muchos ejemplos de tecnologías basadas en datos masivos que están generando mayor desigualdad y erosionando la democracia al ofrecer créditos a quien no los pagará, al criminalizar la pobreza o al manipular el voto de las personas en Estados Unidos[8]. A esto hay que acompañarlo con la creciente robotización y automatización de empleos. No parece lejano el surgimiento de autos que se conducen solos, de vehículos personalizados que vuelan, de drones que entreguen volando paquetería, como ya lo planea Amazon. Uber transportará a sus clientes con vehículos autónomos que compitan con el transporte público, lo que dividiría aún más a la sociedad: pocos podrán pagar un transporte de calidad y el resto se verá obligado a utilizar servicios públicos deficientes, si es que pueden costearlos ante la desaparición de empleos por la automatización y la robotización. Ante esta tendencia no es difícil ver cómo puede suceder una mayor separación de la población. Una en donde las élites no tengan que cruzarse en las ciudades con nadie en ningún momento, como sucede también en Elysium, donde el capataz de la fábrica llega en un auto volador rodeado de robots guardaespaldas, sin tener que cruzar la ciudad de los pobres, mientras los trabajadores llegan en autobuses que son chatarra.

La séptima tendencia son los avances en la manipulación genética y de implantes cibernéticos. En un futuro cercano, la posibilidad de modificar completamente a un ser humano ya no será sólo poder elegir el sexo de los hijos, la altura o el color de sus ojos, sino elegir ventajas en cuanto a fuerza, capacidad de memoria, etcétera. Además de que un recién nacido podría recibir un implante con acceso inmediato a todo el conocimiento acumulado u otras habilidades físicas extraordinarias. No obstante, no cualquiera podría pagarlo y se podría generar así una desigualdad mayor, un nuevo tipo de guerra de clases entre ricos súper humanos vs. humanos no manipulados y pobres, como ha señalado Slavoj Žižek[9]. Es el camino a la creación de una posthumanidad: humanos manipulados, clones, cíborgs y mutantes. Aún peor sería que algún régimen o corporación decidiera manipular a la población genéticamente o mediante implantes cibernéticos, con el fin de controlar su psique y atributos. Para hacer dóciles a los trabajadores, incrementar la opresión a las mujeres, eliminar las tendencias naturales homosexuales o para crear súper policías o súper soldados, como sucede en el manga y ánime Ghost in The Shell. Mientras, las élites aseguran ser más fuertes y longevas. Futuros como en Gattaca (1997) o Æon Flux (2005), donde la manipulación genética, la clonación y el clasismo están entrelazados para determinar profesiones y vidas, podrían volverse realidad.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

La última tendencia, la contaminación omnipresente y crisis ambientales masivas a futuro son altamente posibles; megaciudades contaminadas y rodeadas de paisajes estériles, como en Blade Runner 2049 (2017), podrían ser la norma. Las estimaciones actuales mencionan que el cambio climático será un hecho: el aumento de la temperatura del planeta sucederá, el incremento de los niveles del mar también, y con ello vendrán otras consecuencias inesperadas. Ciudades costeras desaparecerán, otras se volverán un desierto en donde el agua será ultravaliosa, enfermedades tropicales llegarán a ciudades del norte, otras serán abandonadas al volverse inhabitables, y veremos no sólo conflictos locales derivados de ello, sino que migraciones masivas sucederán. Por ejemplo, este año, Ciudad del Cabo, Sudáfrica, podría ser la primera ciudad del mundo en quedarse sin agua debido a una gran sequía[10], probablemente agravada por el cambio climático.

Así, no es difícil imaginarse diferentes tipos de ciudades ciberpunks en el futuro, dependiendo del grado de desarrollo de cada nación. Ciudades gigantes, con gran concentración de población, densas, altamente tecnificadas, pero socialmente divididas, con masas precarizadas y controladas. Con sectores de altos ingresos que se separan del resto de la población tanto por barreras físicas y por nivel de riqueza como por alteraciones en su misma naturaleza humana. Con acceso a los avances tecnológicos: autos voladores, robots; y a los avances en la medicina, a una vida más larga. Dueños de las corporaciones que tendrán el control de la ciudad y en donde la policía se encargará de protegerlos. Con controles masivos de vigilancia cada vez más omnipresentes y a la vez sutiles. Probablemente Ghost in The Shell (1995 y 2017) o Akira (1988) ilustren muy bien cómo podrían verse las megaciudades desarrolladas, mientras que Elysium y RoboCop 3 (1993) cómo podrían ser las ciudades subdesarrolladas y en proceso de desindustrialización.

Estas tendencias que pueden marcar un futuro distópico ciberpunk no son la pauta de futuros posibles. Éstas se pueden tanto revertir como poner al control de un verdadero beneficio social. El uso de las ciudades y la tecnología hasta ahora parece encaminado a beneficiar a pocos, socavando la democracia y tratando de controlar a las poblaciones de las urbes, donde la humanidad ha encontrado modos de vivir sin la opresión, de liberarse, de encontrar modos democráticos y solidarios de vivir. Dadas estas tendencias, es indispensable desplegar una lucha por el derecho a la ciudad, a la Henri Lefevbre: [11] a ser un lugar de encuentro, al valor de uso de lo urbano, a la igualdad, a decidir colectivamente sobre el aprovechamiento del espacio, el derecho a la vida urbana lúdica y transformadora. No es difícil pensar cómo los avances tecnológicos pueden socializarse para tener menores horarios de trabajo, más tiempo para convivir, mejor medio ambiente, mayor salud, mayores diversiones, una vida plena. Claro está que esto requiere un control democrático de la tecnología y de su uso para una justicia social mayor.


Notas

[1] New York Times, «As Beijing Becomes a Supercity, the Rapid Growth Brings Pain», 19 de julio de 2015.

[2] The Economist, «Here’s how to do it», 28 de junio de 2012.

[3] The Guardian, «Reveled: the insidious creep of pseudo-public space in London», 24 de julio de 2017.

[4] Anthony Townsend, Smart Cities: Big Data, Civic Hackers, and the Quest for a New Utopia, W.W. Norton & Co Inc., New York, 2013, p. 67.

[5] World Inequality Lab, World Inequality Report 2018, 2017.

[6] Gerardo Esquivel, Desigualdad extrema en México, OXFAM, México, 2015.

[7] World Inequality Lab, op. cit.

[8] Cathy O’Neil, Weapons of Math Destruction: How Big Data Increase Inequality and Threatens Democracy, Crown, New York, 2016.

[9] Slavoj Žižek, «Bring me my Philips Mental Jacket», en London Review of Books, vol. 25, núm. 10, 22 de mayo 2003.

[10] BBC Mundo, «Ciudad del Cabo: el “día cero” en el que por primera vez una gran ciudad del mundo podría quedarse sin agua», disponible en http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-42742476

[11] Henri Lefevbre, El derecho a la ciudad, Capitan Swing, 2017.

*Agradezco a Dulce Colín por sus comentarios.


Autores
(Ciudad de México, 1977) es economista y maestro en urbanismo. Trabaja temas de movilidad y sustentabilidad urbana.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

Vivimos en un mundo en el que los antibióticos están por doquier y a veces parecen la única opción al momento de curar infecciones. A propósito de esto, Alejandra Ortiz nos invita a reflexionar sobre el uso indiscriminado de los antibióticos y sus posibles consecuencias distópicas en el futuro.

 

Mr. X. has a sore throat. He buys some penicillin and
gives himself, not enough to kill the streptococci but
enough to educate them to resist penicillin. He then
infects his wife. Mrs. X gets pneumonia and is treated
with penicillin. As the streptococci are now resistant to
penicillin the treatment fails. Mrs. X dies. Who is pri-
marily responsible for Mrs. X’s death?

ALEXANDER FLEMING, descubridor de la penicilina

 

Que levante la mano aquel que nunca haya ido a una farmacia de similares por una receta de antibióticos. Que tire la primera piedra quien no le haya pedido específicamente este tipo de fármacos a un médico para aliviar un resfriado. Que diga «yo» aquella persona que pueda presumir con certeza que no es responsable de la muerte de Mrs. X.

Los antibióticos son, sin duda, uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX y probablemente de toda la historia de la medicina. En el mundo preantibióticos cualquier infección cargaba el riesgo de muerte: una caries mal atendida, un accidente en la bicicleta, ni hablar de cirugías. Poco antes del uso de antibióticos perdían un miembro una de cada 10 personas que contraían una infección en la piel provocada por una cortada o raspada; las principales causas de muerte alrededor del mundo eran enfermedades infecciosas como cólera y neumonía; la esperanza de vida al nacer en países industrializados no pasaba de los 50 años. Entonces, en 1928, llegó la penicilina.

A partir de entonces los antibióticos son un elemento clave para lo que consideramos un estilo de vida moderno, es decir, la vida de cualquiera que esté leyendo esto. No nada más son útiles durante infecciones, sino también para prevenirlas en pacientes en quimioterapia o con enfermedades crónicas como diabetes o artritis; sin antibióticos las cirugías, desde una remoción de apéndice hasta un trasplante de órganos o de ligamentos, serían imposibles. Los procedimientos dentales y heridas cotidianas supondrían grandes riesgos. Vivimos en un mundo de bacterias y estaríamos a merced de ellas, constantemente, de no ser por los antibióticos. Lo sabemos bien, pues durante prácticamente toda la historia de la humanidad, excepto los últimos 100 años, había sido así. Las principales causas de muerte en países como México ya no son infecciones, sino enfermedades cardiovasculares, cáncer, y diabetes. Gracias a los antibióticos, junto con las mejoras en salubridad y vivienda, la esperanza de vida al nacer ha aumentado por lo menos 30 años. Los antibióticos nos parecen tan habituales, que seguramente varios guardamos algunos de ellos en el botiquín de nuestro hogar, por si se ofrecen.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)


 
 

Antes de que en 2010 en México se regulara la venta de antibióticos con receta médica, eran el segundo medicamento más consumido en el país. Se calcula que más del 70 por ciento de los antibióticos se utilizaban inapropiadamente, cifra que no dista mucho del cálculo actual, en la que ya sea por mal diagnóstico, malas indicaciones, o mal uso, la terapia con antibióticos es incorrecta entre el 30 y 50 por ciento de los casos en que se receta. El patrón es mundial: hay un uso exagerado e inútil de antibióticos para casos que no se necesitan.

Este uso indiscriminado e incorrecto de antibióticos es lo que paradójicamente nos está ofreciendo un futuro en el que ya no podamos confiar más en ellos. El mundo postantibióticos se parece mucho al pasado en el que no los teníamos.

 

EL MUNDO POSTANTIBIÓTICOS

Dudé mucho en relatar una historia real de infección resistente a antibióticos. Todas suenan alarmistas y siguen más o menos la misma trama: una persona joven y sana entra a una cirugía rutinaria, se infecta ahí con alguna cepa bacteriana resistente a
antibióticos y su vida se convierte en una pesadilla al tratar de acabar con la infección, que va colonizando varias partes del cuerpo. Siguen operaciones para remover los tejidos infectados (por ejemplo huesos o piel), tratamientos sin fin de antibióticos con efectos secundarios. Los finales felices tienen siempre puntos suspensivos, pues existe el riesgo de que la infección regrese. Las historias con otros finales terminan en muerte.

Las variaciones de estas narraciones van desde accidentes aparatosos en los cuales se contraen diversas bacterias resistentes, hasta infecciones de oído contraídas en el kínder. Al googlear «apocalipsis bacteriano» me encontré con varios artículos titulados de esa manera. Muchos se escribieron a raíz de las declaraciones de la directora médica del Reino Unido sobre este asunto: «el mundo se enfrenta a un apocalipsis de los antibióticos ». En ese lugar se considera la resistencia a antibióticos como una emergencia civil tan grave como una pandemia de influenza o una gran inundación, y se encuentra, junto con el terrorismo, en una lista de los mayores riesgos para la nación.

Es complicado no parecer alarmista.

Los números tampoco ayudan mucho. Según un informe oficial, también del Reino Unido, en 2050 la resistencia a antibióticos podría causar 10 millones de muertes al año, si es que desde ahora no se empieza a poner más atención al problema. Esa cifra es mayor que las muertes actuales por cáncer y diabetes juntas.
Pero aún no estamos ahí.

Hoy en día se calcula conservadoramente que al año mueren 700 mil personas directamente por este tipo de infecciones. En Estados Unidos, la cifra por esta causa es mayor que las de personas que mueren por VIH y sida, enfisema, y homicidio combinadas. Si bien todavía no estamos en el escenario de los 10 millones, vamos en camino. Y este camino está lleno de antibióticos.

 

¿QUÉ ES LA RESISTENCIA A ANTIBIÓTICOS?

La penicilina comenzó a recetarse para tratar infecciones en 1937, siendo de gran ayuda para los soldados durante la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después, ya se había detectado resistencia bacteriana a este antibiótico. En 1950 aparecen las tetraciclinas, una nueva clase de antibióticos, cuyo destino fue el mismo que el de las penicilinas, pues para 1959 la resistencia había aparecido. La historia continúa hasta 1987, cuando se desarrolló la última clase de antibióticos, para la cual se detectó resistencia en 2005.

Si esto parece una carrera es porque lo es. Y gracias a las condiciones de la pista, las bacterias están destinadas a ganar invariablemente.

La resistencia a antibióticos es una condición que adquieren las bacterias por un proceso evolutivo totalmente natural y, sobre todo, constante. En cualquier especie hay individuos que tienen características que les permiten reproducirse y sobrevivir más que otros; dado que estos individuos tuvieron más hijos que los demás, si esas características son heredables entonces en la siguiente generación habrá más individuos con esos rasgos en la población. Eso es básicamente la evolución por selección natural. La resistencia a antibióticos es un gran ejemplo de lo poderoso y simple que puede ser este proceso.

Pensemos en una persona que consume antibióticos. Si el antibiótico es efectivo, como esperamos que lo sea, muchas bacterias morirán. Pero no todas. De forma natural, y por mutaciones que ocurren azarosamente, habrá algunas bacterias que resisten a esta muerte. Y, gracias al tratamiento con antibióticos que mató a muchas otras, tienen ahora la cancha libre.

Las bacterias tienen además otro as bajo la manga. Pueden «contagiarse» o compartir la capacidad de resistencia no solamente a su progenie, sino de forma horizontal hacia otras bacterias contemporáneas, incluso de diferentes especies. En pocas palabras, pueden compartirse genes, como los de la resistencia. Y donde haya más bacterias, es más probable que ocurra este intercambio. Por ejemplo, dentro de nuestros cuerpos.

Mediante estos mecanismos han evolucionado las bacterias resistentes a antibióticos, y en particular, las resistentes a todos los antibióticos. Por tanto, la emergencia de la amenaza no es un evento único; la resistencia ha evolucionado en repetidas ocasiones, en diversos lugares, y lo seguirá haciendo. El monstruo que
perseguimos (o nos persigue) no son las bacterias, es un proceso que tiene como múltiples escenarios a cada uno de nuestros cuerpos, y el de 20 mil millones de animales más.

 

ANTIBIÓTICOS EN LOS ANIMALES

Como en México, en muchos países la venta de antibióticos está controlada con receta médica, pero esto sólo para el consumo humano. En animales de granja los antibióticos permiten un mayor crecimiento con menos alimento, por lo que medicar a todos los animales, sanos o enfermos, es una práctica común que no requiere de recetas. Los antibióticos usados en esta industria superan por mucho a los antibióticos para uso humano; en Estados Unidos, el 80 por ciento de los antibióticos vendidos son para consumo animal.

Quienes están en esta industria argumentan que sería peor para la humanidad no medicar a los animales, y probablemente tengan razón. Entre todos los pollos, el ganado y los cerdos que existen superan por más del triple a la población humana actual, y sus condiciones de vida hacinadas e insalubres vuelven a sus confinamientos caldos de cultivo ideales para la emergencia y propagación de cepas bacterianas resistentes (y de algunos virus, como las influenzas).

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)


 
 

El contagio de animales a humanos puede ocurrir de diversas formas. Una es ingiriendo carne contaminada, ya sea porque se coció mal o porque otros alimentos se contaminaron (por ejemplo, una lechuga en el fregadero donde antes estuvo un pollo descongelándose). Prácticamente todas las pechugas de pollo y la mitad de las chuletas de cerdo están contaminadas con bacterias intestinales, de las cuales la mitad son resistentes a por lo menos tres clases de antibióticos.

 

QUÉ SE PUEDE HACER

Nada de esto es algo nuevo. Hemos lidiado con la resistencia a antibióticos desde la aparición de éstos, hace casi 100 años. La solución ha sido desarrollar nuevas clases de antibióticos, algo que ya no sucede desde los ochenta. Durante varios años la creación de nuevos antibióticos proveyó de cierta tranquilidad, hasta que las empresas farmacéuticas dejaron de invertir en ello. Un fármaco que está inevitablemente destinado a la obsolescencia no es negocio.

El panorama podría parecer digno de una distopía en la que la gente teme a cualquier raspón y al contacto con otros humanos. Sin embargo hay ciertas medidas que podemos tomar para contener ese futuro, donde si bien las cepas resistentes que ya existen no desaparecerán, se puede prevenir la rápida emergencia de otras y sobre todo de infecciones.

Evitar el consumo de antibióticos es tal vez lo mejor que se puede hacer: entre menos antibióticos usemos, menos probabilidad de que evolucionen más bacterias resistentes. Consejos clásicos como lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño, y desinfectar frutas y verduras, son en realidad muy relevantes, aunque habría que ajustarlos a lo que sabemos que está causando más infecciones. Hay que poner atención en lo que comemos y las condiciones en que esos productos fueron tratados desde su origen, especialmente si se trata de animales.

La prevención de contagios inicia con mantener sano al sistema inmune. No es casualidad que el mayor riesgo de infecciones resistentes a antibióticos ocurra en hospitales. En estos lugares se tiene por un lado un alto uso de antibióticos, y por el otro una población humana enferma, con sistemas inmunes comprometidos y débiles, en los que las bacterias pueden prosperar. Si la atención a nuestra salud es vista como un proceso continuo y no como eventos disruptivos de enfermedad, las probabilidades de infecciones se reducirán. Y si es absolutamente necesario ir al médico, entonces hay que ser críticos en estas visitas.

¿Cuándo fue la última vez que les dijeron exactamente qué bacteria estaba causando su enfermedad? ¿Qué análisis se llevaron a cabo para determinarlo? De parte de los gobiernos se tiene que educar al personal médico y a la población sobre los riesgos individuales y sociales de recetar antibióticos en casos que no son necesarios y, por lo tanto, de la importancia de reducir la incertidumbre en los diagnósticos.

En los problemas complejos como el de la resistencia a antibióticos las causas son tan diversas que señalar responsables se vuelve elusivo e incluso inútil. Sería absurdo tratar de encontrar quién mató a Mrs. X. Pero no por esto se debe pasar por alto la agencia que tenemos cada uno de nosotros en el asunto, tanto en su emergencia como en su solución.


Autores
(Guadalajara, 1984) es bióloga y ha ganado el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia en dos ocasiones. Se desempeña como Directora de Innovación Educativa en la Universidad del Medio Ambiente.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

Los futuros opresivos están de moda: el regreso del conservadurismo, la subyugación sistemática de la mujer conviven en la programación televisiva y en las marquesinas de los cines. ¿Por qué ahora? Wensceslao Bruciaga se pregunta por el verdadero origen de estas historias y explora dónde realmente están las distopías, dentro o fuera de la pantalla.

 

1

El año pasado, The Handmaid’s Tale fue probablemente la serie más diseccionada en medios, y la más premiada en la ceremonia de los Emmy; sacudió la aparente estabilidad social de la audiencia por su historia, la de Offred y todas las mujeres de la otrora Norteamérica rebautizada como Gilead, quienes pierden su libertad y dignidad, condenadas por un gobierno teocrático, un sistema de castas de autoritarismo machista, que condiciona el valor de la vida de la mujer a su capacidad reproductiva.

The Handmaid’s Tale cimbra nuestra fragilidad moral, cuestiona nuestro sistema de valores y, así, tradiciones enteras que por años consideramos infalibles.

La premisa horroriza. Un horror que, por lo visto, es irresistible y tan exitoso que la serie de Hulu fue también una de las series más comentadas en redes sociales. Quizá, en esa reacción desenfrenada y masiva, hemos atestiguado una de las primeras cosechas de otra distopía que ya nos gobierna sin darnos cuenta.

Tal vez lo más perturbador de la serie The Handmaid’s Tale, cuyo tráiler de la segunda temporada ya circula en internet, no es la acaso involuntaria y perversa nostalgia por viejos tiempos (incluyendo los tribales, en los que la colonización, al parecer, nos mantenía en un estado de pureza casi celestial), sino su atemporalidad hiperrealista. Ambientada en una época moderadamente tecnificada, la historia bien puede acontecer en un mañana o pasado inmediatos, o en el presente que respiramos hoy día, contaminado de gadgets y redes sociales que permiten la diseminación de opiniones e ideas sin ningún tipo de filtro, producto de fobias y paranoias. La ebullición digital resulta, muchas veces, en linchamientos virtuales sin sustento.

 

2

No es la primera vez que The Handmaid’s Tale llega a la pantalla: existe una muy oscura versión fílmica con Faye Dunaway en el papel de Offred, de 1990, cuando arrancaba la última década del siglo XX y del milenio (a tan sólo 11 años del tan profetizado 2001, en muchos sentidos tiempos de libertad más sencillos: el VIH y el sida generaban estragos quizá más devastadores que los zombies de The Walking Dead o Dead Set), cuando la indignación se movía en terrenos más tolerantes, en ausencia de la viralidad. Y ni hablar de la reacción que la novela distópica de Margaret Atwood, en la cual se basan la película y la serie, causó en 1985, año de su publicación.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)


 
 

¿Qué es la distopía sino la pesadilla contraria al estado de bienestar ideal que sueña la utopía? Es una «sociedad indeseable en sí misma», escribe Sergio Hernández-Ranera en el prólogo de la novela Nosotros de Yevgueni Zamiatin (1921), sobre una sociedad tiranizada por una policía represora, que serviría de inspiración para el Gran Hermano de 1984 de George Orwell, probablemente uno de los primeros antecedentes de la distopía como la entendemos hoy día.

Si nos ponemos estrictos con los orígenes de estas «nuevas» distopías que actualmente invaden la televisión online, nos daremos cuenta de que no son especulaciones surgidas de estos tiempos de aceleradísima evolución tecnológica, más bien fueron escritas en un periodo específico: la segunda mitad de los ochenta, los noventa del siglo pasado y hasta 2002, cuando William Gibson publicó Historia cero. Y de ahí no parecen moverse.

Pensemos en el primer capítulo de la cuarta temporada de Black Mirror, aquel del experto en videojuegos virtuales que hurga en la basura para robar el ADN de sus compañeros, ingrediente orgánico que le sirve para clonarlos en un mundo virtual programado por él mismo, donde reivindica su torpeza social en el mundo real. Los personajes virtuales toman conciencia de su existencia a merced del creador del juego y luchan por recuperar su condición humana. La estética a gogó del capítulo es de la época en la que Philip K. Dick ya escribía sobre la inteligencia artificial autoconsciente y sentimental, con robots o replicantes en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), de donde salió Blade Runner, la de 1982 de Ridley Scott y la del año pasado en manos de Denis Villeneuve.

No hay espacio para mencionarlos a todos, pero además de Philip K. Dick, William Gibson, Neal Stephenson y sobre todo J. G. Ballard fueron los escritores que engendraron el caldo de cultivo para las «nuevas» distopías que actualmente vemos en televisión. Sin ánimos de provocar, Atwood es considerada la Ballard femenina, la pitonisa de las distopías contemporáneas.

Aprovechando la moda, Netflix no quiso quedarse fuera de la atwoodmanía y decidió hacer lo propio al producir una miniserie basada en otra novela de Atwood, Alias Grace, que, aunque ubicada en el siglo XIX (la época es sólo un pretexto, una ficción basada en la especulación histórica también conocida como ucronía), desboca, una vez más, sus obsesiones: el papel de la mujer en las sociedades patriarcales, la biología y sensibilidad femenina como constructo individual y arma, la búsqueda de la identidad canadiense frente a los valores norteamericanos.

Para mantenerse en la competencia, Amazon Prime ha anunciado estruendosamente la producción de una serie basada en la tremenda novela de Neal Stephenson de 1992, Snow Crash, sobre las aventuras de una especie de héroe maldito y el «metaverso». En su momento de publicación, Snow Crash sentó el antecedente de la realidad virtual: el desdoblamiento de los seres humanos en redes sociales en un universo virtual que, conforme se actualiza, genera sus propias leyes digitales: premia la buena conducta y castiga los comentarios ofensivos, por ejemplo, con la prohibición del acceso a la cuenta por días, semanas, meses o años.

Así como Snow Crash penaliza a los personajes excluyéndolos para diseñar una sociedad paralela y libre de mal, dos capítulos de Black Mirror, ahora bajos las riendas de Netflix, también cuestionan cómo afecta nuestro desarrollo humano el estar desaparecido de las redes sociales. Dichos capítulos, «White Christmas » y «Nosedive», recuperan las preocupaciones ontológicas de Snow Crash; en particular, «Nosedive» se fusila el corrosivo tono de comedia y la destreza juvenil que tanto particularizan a Snow Crash, y que la diferencian de otras novelas ciberpunk, donde la angustia es lo imperante.

 

3

Se dice que las distopías son las profecías hechas realidad de la ciencia ficción, pero, en realidad, su indiscutible marcapasos es el ciberpunk.

La ciencia ficción casi siempre ha idealizado la tecnología. La obsesión por la tecnología perdió de vista el componente humano y por eso centra las aventuras en rayos espaciales y marcianos. Los libros de Isaac Asimov narran aventuras intergalácticas de heroismos épicos, hasta la madre de moralejas, como La guerra de las galaxias. Y 2001: Odisea del espacio, tanto la novela de Arthur C. Clarke como la obra maestra de Kubrick, envejecieron de forma acelerada (al menos en términos estéticos), caducaron mucho antes de que el 2001 llegara, porque no se ensucia las manos complejizando la mentalidad de sus personajes. Como dice J. G. Ballard en el prólogo de Crash, novela sobre un grupo de depravados que sienten placer al tener accidentes automovilísticos deliberados:

2001: Odisea del espacio comunicaba esta impresión de un modo particularmente conmovedor. Este film anuncia a mi juicio el fin de la época heroica de la ciencia ficción moderna. Los paisajes y el vestuario cuidadosamente concebidos, las maquetas espectaculares, me hicieron pensar en Lo que el viento se llevó; la epopeya tecnológica se transformaba en una especie de novela histórica al revés, un mundo cerrado donde nunca se permitía que entrase la luz cruda de la realidad contemporánea.

Todas las comparaciones son odiosas, pero si enfrentamos 2001: Odisea del espacio con Snow Crash, es relativamente fácil deducir que la novela de Stephenson tiene más posibilidades de llegar a ser una realidad (si no es que, en parte, ya lo es) por la sencilla razón de su espíritu ciberpunk puro, como la distopía debe ser; es decir, la crudeza con la que una obra es capaz de predecir la psicología y la conducta humana, sobre todo occidental, amenazada por el bombardeo publicitario programador de sensaciones de éxito o fracaso; la enajenación del entretenimiento, el uso voraz de la tecnología, el engaño de la vida virtual, donde todos, como en la reacción multitudinaria a The Handsmaid’s Tale, desvían su activismo hacia los caracteres, en vez de luchar por un cambio en la vida real.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

El consumo de la serie de Hulu, la revuelta virtual que detonó The Handsmaid’s Tale, cumple la predicción de aquellas distopías del ciberpunk original. Con una producción multimillonaria pensada para el streaming, sin horarios estelares, tan sólo con un día de lanzamiento oficial, los miércoles, la distopía, más allá de la trama, está fuera de la pantalla, en la audiencia; una consecuencia calculada por el progreso tecnológico del entretenimiento, un efecto que hasta no hace mucho hubiéramos interpretado como una extravagancia de la ciencia ficción. Mientras los totalitarismos se pelean por el poder, los ciudadanos debaten en redes sociales la desigualdad.

 

4

Si Dick y Gibson fueron los artífices de las distopías instaladas en el existencialismo tecnológico, aquel que cuestiona la conciencia como un ente independiente del cuerpo humano y que lo mismo puede sobrevivir en una neurona o en microchip, es J. G. Ballard el visionario que más ha acertado al disloque cultural de las nuevas distopías (no sólo las que vemos, sino en las que participamos). Su capacidad para desgranar las obsesiones de los ciudadanos de occidente, incapaces de huir de convencionalismos como crecer para trabajar, casarse, reproducirse, parámetros de éxito inducidos por la publicidad.

Decía Ballard, en el mismo prólogo de Crash, que «nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo —en un plano social y psicológico— […] el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable». Lo cierto es que, hoy, el acceso a internet ha facilitado el reforzamiento y glorificación de muchos prejuicios que en 2002 considerábamos arcaicos.

Más tarde, en una entrevista que concedió al fanzine Re/ Search en 1982, Ballard definía el futuro como un «enorme y resignado suburbio del alma, nada nuevo va a surgir, ninguna evasión tendrá lugar otra vez, esto es lo que puede pasar y es mi gran temor».

¿Soñábamos, por ejemplo, con un futuro en el que condenaríamos libros como Lolita de Nabokov por considerarse un estimulador social de la pedofilia mediante peticiones de internet cuyas firmas aumentan a la velocidad de la luz apoyando el retiro de cuadros de Balthus por sexualizar la infancia?

Algo que Ballard también ya veía venir: «Puedo ver que el reloj retrocede, aunque no creo que eso vaya a ocurrir de una manera tan evidente. Creo que podríamos entrar en una nueva era victoriana donde quizá se empiecen a aplicar las mismas restricciones. Quizá la coerción venga de un lugar diferente, pero el resultado será igual de represivo», respondió el escritor en aquella entrevista de 1982.

Hoy, basta ver cómo los escándalos de abuso sobre la figura de Kevin Spacey pusieron un inesperado intermedio al revolucionario título de Netflix, House of Cards, pionero en los contenidos exclusivos para la televisión personalizada impulsada por megabytes. Salidas del clóset, interrupciones de contratos millonarios, exclusiones, denuncias de acoso con más de 30 años de atraso, sentencias de culpabilidad, todas provocadas por la presión de algoritmos circulando en nubes informáticas e intangibles, sin un proceso legal de por medio. Tan sólo motivados por apetitos personales.

Poco a poco, las leyes del mundo virtual van imponiéndose por sobre las constituciones, para dar paso a un conglomerado de fobias e intolerancias personales, como las que sirvieron para fundar el Gilead de The Handmaid’s Tale.

Es el caso de un fenómeno al que llamo «La primavera moral», un movimiento social surgido desde aplicaciones instaladas en tabletas y teléfonos que pretende liberar a la sociedad de conductas nocivas, resultado de la colonización de los imperios económicos y blancos, el patriarcado, el machismo, la misoginia o la homofobia. «La primavera moral», sin embargo, no distingue (o no quiere, o se resiste) entre el rencor del trauma y los deseos de venganza, y la erradicación de la violencia; se pronuncia desde el anonimato, un anonimato voluntario que recuerda el anonimato impuesto a las mujeres rebautizadas de The Handmaid’s Tale.


Autores
(Torreón, 1977) es escritor, periodista especializado en diversidad sexual, cronista, columnista. Bareback Juke-Box (2017) es su más reciente novela.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

¿Por qué todos sabemos usar una computadora pero no sabemos programarla? ¿Cuál es el futuro de una sociedad controlada por una tecnología que al facilitarnos la vida cotidiana aparenta liberarnos? Irene Soria identifica posibles formas de opresión y nos cuestiona por qué no somos hackers.

 

Tan sutil que es casi invisible a los ojos, tan cómoda que ni siquiera la tocamos con los sentidos, y tan vital para algunas personas, que podrían defenderla a capa y espada. Hablar de una distopía tecnológica es hablar del presente, de nuestra rutina, de nuestra vida diaria.

Sin bien la ciencia ficción ha ofrecido durante décadas imágenes de diversos mundos posibles, donde los robots se apoderan de nuestra voluntad o donde viajamos en autos voladores, es en fechas recientes que algunas series y películas nos plantean la suerte de un futuro muy inmediato. Series como Black Mirror relatan situaciones tan escalofriantes como verosímiles (por supuesto, más logrado en unos capítulos que en otros) en un futuro tan cercano que podríamos estarlo viviendo hoy.

Si el futuro ya está aquí, o al menos una pequeña prueba de lo que podría llegar a ser, ¿qué tan conscientes somos de ello? ¿Hay manera de modificarlo? ¿Podríamos incluso decidir si deseamos vivir o no ese futuro? ¿Está en nuestras manos revertir la distopía?

 

LA DISTOPÍA QUE SE VEÍA VENIR

Si hasta aquí sospecha usted que contravendré la tan proliferada idea de que la tecnología digital ha potenciado la libertad de expresión, la democratización de los medios, el conocimiento abierto al mundo y la producción de contenido más allá de la hegemonía, permítame decirle que tiene razón. Pero antes de que me queme en leña verde, me remontaré a la década de los ochenta, cuando inició el consumo tecnológico digital en masa y cuando algunas personas comenzaron a vislumbrar un futuro bastante oscuro.

Fue en 1984 cuando salió al mercado estadounidense la Macintosh. Con ella, el fundador de la empresa que la fabricó, Steve Jobs, aspiraba a que el cómputo estuviera al alcance de cualquier persona y no sólo de algunos conocedores del lenguaje de programación (como había sucedido hasta entonces). La Macintosh era tan fácil de usar como un electrodoméstico.

Esta tendencia a «hacer todo más fácil» se apoderó del mercado de Apple y de otras empresas que se apresuraron a fabricar tecnología cada vez más intuitiva y sencilla. Esta «facilidad» que hoy ha hecho que muchas y variadas personas puedan acceder y usar computadoras en sus casas, escuelas u oficinas, así como la invención de nuevos materiales, devinieron en la necesidad de utilizar estos equipos en cada vez más actividades de la vida diaria y hacer aquellas computadoras personales más portables y pequeñas; convirtiéndose, además, en un aparato íntimo e indispensable.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Hoy en día estas computadoras caben en nuestros bolsillos y son parte de nuestra identidad, guardamos en sus memorias nuestra vida entera. La tendencia es lograr que sean cada vez menos visibles, al grado de traer gadgets pegados al cuerpo o incrustados en la piel.

Sin embargo, la portabilidad, la comodidad y la accesibilidad de los gadgets se han convertido en un arma de dos filos. Estos procesos que «facilitan» la vida requieren de muchísimas acciones detrás, que siempre están veladas para las personas usuarias comunes. Dicho de otro modo, si bien la comunicación con nuestros equipos tecnológicos es eficaz e inmediata, ésta también nos oculta los procesos que ocurren detrás, lo cual vuelve estos mecanismos desconocidos para el usuario y lejanos a su entendimiento, ¿o tiene idea de la cantidad obscena de información que recolecta sobre usted una empresa, al momento que solicita su servicio de taxis por medio de una aplicación? Este pequeño detalle del «ocultamiento» del proceso, tan cotidiano e imperceptible en nuestros días, podría ser el campo de cultivo de una sociedad distópica que supere ampliamente la ficción.

Sin embargo, este ofuscamiento de procesos sólo lo es para las personas usuarias finales, pues el know how, el código o la receta de cocina con la que se hace dicha tecnología, sólo será visible y modificable para pocos agentes: el proveedor del servicio, el fabricante o la empresa, es decir, un tercero.

Así entonces, en nuestra presente-futura sociedad distópica, cada paso, actividad, palabra, conversación, canción, ubicación, signo vital, estado de ánimo, ciclo menstrual, hábito de consumo y de conducta, frustración, ruptura, reacción ante el conflicto y más, quedarán registrados en bytes almacenados como cúmulo de datos completamente correlacionables, a la disposición de un cúmulo de intereses, los del proveedor-dueño del servicio.

 

LA DISTOPÍA PRESENTE-FUTURA

Aunque, hoy en día, esto parece no alterar mucho al inconsciente colectivo a pesar de las declaraciones de diversos personajes[1], las repercusiones de una sociedad súmamente vigilada distan mucho de poder ocultarse; es muy probable que, mientras que otras generaciones soñaron con ser famosas, nuestra sociedad distópica soñará con tener privacidad. En el «mejor» de los casos, estos datos son recolectados con fines de consumo, pero ¿qué pasaría si cruzamos esta posibilidad con contextos políticos, sociales y/o económicos de ciertas regiones del mundo? Imaginemos algunos escenarios.

En un mundo donde los datos de los ciudadanos son tan fácilmente recolectables y relacionables, es completamente posible conocer las preferencias ideológicas, sexuales y hasta debilidades psicológicas y hábitos de conducta, tanto de individuos como de masas, lo cual permitiría estudiar de manera más precisa a los votantes, por ejemplo, y lograr gracias al uso y manipulación de estos datos que un hombre millonario con nula idea de política y con claras tendencias sociópatas se convierta en presidente de una nación.[2].

En este mismo escenario, el motor de búsqueda del proveedor de servicio, (cuya infraestructura está alojada en el país cuyo presidente es el millonario sociópata) podría impedir el acceso a ciertos artículos de opinión o investigación donde esto se hace evidente, o peor aún, imposibilitaría la búsqueda de ciertos libros icónicos vinculados con teorías críticas o pensamientos libertarios.

En esta distopía presente-futura, será imposible encontrar ciertos libros digitalizados, pues los temas y las ideas políticas de las personas que hacen la búsqueda, contravendrían los intereses del poder dominante; se sabría por los registros en bases de datos, qué periodistas hacen qué tipo de investigación y a quién investigan, facilitando su desaparición antes de que completen su nota periodística.

De igual forma, cada persona tendrá una evaluación con base a sus acciones tanto sociales como privadas, permitiendo clasificarlos como buenos o malos ciudadanos y con ello permitirles o no el acceso a servicios que provengan del Estado.[3].

La neutralidad en la red, que permite que los paquetes de información que circulan en internet no sean «discriminados» por su contenido, sería regulada en nuestra sociedad distópica, impidiendo que podamos compartir videos de detenciones arbitrarias en las manifestaciones públicas, pues «no es posible enviar videos» a nuestros contactos a menos que subamos el rango de pago de nuestro paquete de internet.

En esta sociedad distópica, sería imposible ver una película producida en los dosmiles, pues habría sido retirada de todo repositorio, sin copias físicas suficientes, habría que pagar un derecho para verla una vez, cubriendo con el costo sólo la exhibición y restando la posibilidad de almacenarla, o preservarla como hicieran las antiguas filmotecas con el celuloide; mucho menos, podríamos compartirla o mostrarla en una clase.

Porque, además, se habrían hecho más rígidas las leyes de derecho de autor apoyadas en gran medida por los escritores, pintores, cineastas y artistas que creyeron el cuento de que dichas leyes «protegerían su obra» para fomentar la creación. Así fue como las corporaciones pudieron poner copyright o legislaciones similares a las fijaciones de la memoria humana en soportes físicos, una vez que los avances tecnológicos hicieron posible poner en imágenes los recuerdos de las personas.[4].

En esta sociedad distópica será más fácil acceder a una obra del siglo XVII, que a una obra digital del siglo XXI.

 

EL FUTURO LO PREDIJERON LOS HACKERS

Richard Stallman, padre del software libre.[5], ya había vislumbrado en 1983 las implicaciones que tendría en la sociedad este velo en los procesos y las recetas de cocina secretos y cerrados. Desde su visión como programador en los años setenta, y con la imposibilidad de poder modificar algunos software para mejorar su vida cotidiana, Stallman y otras personas advirtieron las amenazas de dejar la tecnología en manos de las corporaciones.[6]. La sociedad les llamó paranoicos.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Quizá por eso no sea gratuito que la figura del hacker, como se le ha considerado a Stallman, sea visto de manera negativa en la cultura popular. El hacker ha sido malinterpretado como un pirata informático, alguien con conocimientos profundos de computación que vulneran la seguridad digital y cometen delitos informáticos. Sin embargo, una de las aproximaciones del término hacker proviene de hack, que significa «golpe», un golpe que ayuda a que algo funcione mejor. Aunado a esto, el propio Stallman dice que hacker es alguien que usa de manera lúdica sus conocimientos y habilidades. Lo cierto es que las comunidades de hackers contemporáneas se conciben como personas que gustan de solucionar retos informáticos por el placer de enfrentarse y solucionar problemas. Algunas de estas comunidades se han dedicado a abrir repositorios en internet para el libre acceso a libros, revistas, películas, artículos y arte digitalizados que sería imposible conseguir de otro modo.

Hombres y mujeres hackers entienden la tecnología desde otro punto de vista que no es el del consumo, el elitismo o el individualismo aislado. Su mirada es desde la soberanía, la comunidad, la apropiación y el saber cómo funcionan las cosas.[7]. Gracias a ello y a su conocimiento técnico, conocen gran parte del funcionamiento de las tecnologías digitales y la importancia del cuidado de la privacidad, la necesidad del anonimato y el acceso a la información.

Así pues, en nuestra sociedad distópica, hacker es la persona disidente tecnológica que nos ayudará a entender los problemas de la dependencia tecnológica y que, a su vez, impulsará la apropiación y conocimiento profundo de la tecnología. Por supuesto que estos hackers serán señalados y mal vistos, incluso, se les buscará por diversos medios y se hará popular el uso de la palabra hackear para referirse al robo de una contraseña o a la intromisión ilegal en un sistema con fines negativos y lucrativos.

 

SEAMOS HACKERS

Es muy probable que en un mundo distópico la resistencia esté conformada por hackers que han vivido la comunidad como una realidad posible y palpable, lo cual contraviene la idea de consumidores aislados compitiendo entre sí; sabrán que las tecnologías no se fabrican aisladamente y que han sido desarrolladas en comunidades; sabrán también que nadie inventa o desarrolla si no es a partir de los avances de alguien más. Sabrán, ¿o saben ya?, que hay que trabajar en comunidad.

La gran resistencia hacker no será fabricar tecnologías propias únicamente, sino enseñar a otros y otras a hacerlo; compartiendo y fomentando habilidades técnicas y su manera de entender y hacer la tecnología. Desde hoy, podríamos comenzar con una educación tecnológica en la infancia, vinculada con el aprendizaje de programación y no limitada al uso de una herramienta. Usted, por ejemplo, podría comenzar a usar software libre y aplicaciones más seguras y confiables en su celular (como Telegram o Signal para enviar mensajes instantáneos), leer las cláusulas de términos y condiciones de los servicios tecnológicos que usa y preguntarse si de verdad es necesario compartir todos los detalles de su vida en redes sociodigitales.

Si bien las estrategias para desmantelar la distopía aún son obtusas, comenzarán a clarificarse cuando cada uno de nosotros use su ingenio para el bien común, cuando seamos críticos y rompamos reglas injustas, pero sobre todo, cuando decidamos cambiar en cada uno de nuestros actos nuestra propia realidad… es decir, cuando seamos hackers.


Notas

[1] Ver el documental Citizenfour, de Laura Poitras, Estados Unidos, 2014.

[2] Para saber más: «The Data That Turned the World Upside Down», disponible en: https://motherboard.vice.com/en_us/article/mg9vvn/how-our-likes-helped-trump-win

[3] «China calificará a sus ciudadanos como en Black Mirror», disponible en: http://www.elfinanciero.com.mx/tech/china-calificara-a-sus-ciudadanoscomo-en-black-mirror.html

[4] Conferencia del Dr. Alejandro Miranda hablando de la nota: «Scientists Use Brain Imaging to Reveal the Movies in Our Mind», disponible en http://news.berkeley.edu/2011/09/22/brain-movies/

[5] Programa de cómputo cuya licencia de uso permite ser estudiado, copiado, distribuido y mejorado.

[6] Richard Stallman cuenta su anécdota con una impresora del MIT y cómo ésta dio origen al proyecto GNU y al movimiento del software libre en el libro: Software libre para una sociedad libre.

[7] Varios autores, Soberanía tecnológica 2, Barcelona, Descontrol, 2017, disponible en: https://www.ritimo.org/IMG/pdf/sobtech2-es-with-covers-web-150dpi-2018-01-13-v2.pdf


Autores
(Ciudad de México, 1983) es doctoranda en estudios feministas, académica y activista del movimiento de software y cultura libre.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.
Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

 

Aunque parezca contraintuitivo, el 90 por ciento del futuro está aquí. Las distopías que consumirán a nuestras sociedades se pueden entrever en las problemáticas contemporáneas. En este ensayo, Diego Castañeda recorre los pormenores económicos de estas distopías que, lejos de conjugarse en tiempo futuro, empiezan a estar cada vez más presentes en nuestra cotidianidad.

 

El mundo de las utopías y distopías es uno entrelazado desde el comienzo. Es imposible separar las utopías de Francis Bacon en la Nueva Atlántida o de Thomas More en Utopía de su contraparte en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Si las primeras son paraísos, las segundas son paraísos perdidos. Es común que hoy imaginemos mundos distópicos del futuro lejano y no tan lejano como mundos postapocalípticos, de caos y destrucción, donde la humanidad paga las consecuencias de su hibris; sin embargo, lo que realmente tienen en común, desde los despliegues de autoritarismo y trivialidad de la sociedad liliputiense o la inmoralidad de la que escapan los marineros rescatados en Bensalem hasta los clásicos del siglo XX o las nuevas distopías del siglo XXI, es algo mucho más sutil. Una distopía es, en su corazón, una historia sobre la desintegración social.

Ya sea el conflicto de los humanos con los Murlocks en The Time Machine de H.G. Wells, la sociedad perfectamente segregada en clases y ocupaciones de A Brave New World de Aldous Huxley; la sociedad profundamente superficial, vanidosa y manipulable de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury; o los humanos amenazados por la máquina, como en The City and the Stars de Arthur C. Clarke, Caves of Steel de Isaac Asimov o Do Androids Dream of Electric Sheep? de Phillip K. Dick, las distopías siempre han representado los temores e inseguridades de la sociedad en un momento específico del tiempo. Son historias que obedecen a las rápidas transformaciones de las sociedades, sus promesas y sus peligros, incluidas las tramas donde el cambio climático y la globalización ¿amenazan? a la humanidad, como en de The Windup Girl de Paolo Bacigalupi.

Wells se inspiró en los debates sobre el socialismo en el siglo XIX, Huxley en la Gran Guerra y en la desintegración de la primera globalización y del patrón oro de inicios del siglo XX. Para muchos otros, la posguerra de las dos guerras mundiales, la subsecuente Guerra Fría y los avances tecnológicos consecuentes (avances derivados del proyecto Manhattan, de los Laboratorios Bell y de la carrera espacial) guiaron sus historias.

El nacimiento de la era digital encauzó preocupaciones sobre la mente humana y la conectividad, novelas como Neuromancer de William Gibson o películas como The Matrix, por ejemplo, exploran esta relación.

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Si las distopías son un reflejo de su tiempo y si en su esencia tratan sobre la decadencia o la desintegración social, ¿cuáles pueden ser las distopías de nuestro tiempo?

Para intentar contestar esa pregunta, necesitamos pensar en cuáles son los grandes problemas de nuestro tiempo. ¿Cuáles son sus grandes transformaciones? Charles Stross, uno de los escritores de ciencia ficción más reconocidos de nuestra era, dice seguir una regla simple para imaginar el futuro: el 90 por ciento de lo que vemos hoy seguirá ahí en 10, 20 o 30 años. Los edificios seguirán ahí, las máquinas mejorarán pero conservarán sus funciones. El 10 por ciento restante es incertidumbre, todo puede pasar. Por lo tanto, las distopías del futuro en alguna forma ya deben estar aquí.

En el mundo interconectado del siglo XXI, dos de los grandes problemas globales son la creciente desigualdad económica y la degradación del medio ambiente. Las grandes transformaciones que vivimos son el cambio tecnológico exponencial, el fin de la hiperglobalización, la ruptura del orden global establecido desde la segunda mitad del siglo XX y el surgimiento, nuevamente, de un mundo multipolar, donde no existe una única superpotencia y la cooperación y el entendimiento entre países es más importante para resolver los problemas mundiales.

La desigualdad y el cambio climático son, en gran medida, producto de nuestra forma de vida, de la forma en que decidimos estructurar la actividad económica en el mundo. Son una consecuencia del desarrollo que elegimos, lo que los marxistas llamarían el modo de producción capitalista. Sus efectos son, en el mejor de los casos, alarmantes. La desigualdad hace a las sociedades vulnerables más propensas a la violencia, acaba con la cohesión social. La brecha entre los que tienen todo y los que no es causa de detrimento en la calidad de vida de las sociedades de todo el mundo al grado de distorsionar la vida democrática o incluso terminarla; la desigualdad creciente es una señal del advenimiento de la plutocracia global. Por su lado, la degradación ambiental, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad son igualmente dañinas, limitan nuestra capacidad de sobrevivir en el largo plazo y ponen en riesgo a todos o casi todos los subsistemas de nuestras sociedades. Las regiones más pobres del mundo ven estos problemas en sus manifestaciones más agudas y exhiben una fragilidad enorme.

No es de extrañarnos que muchas distopías de nuestra época incorporan en alguna medida la creciente desigualdad o los peligros del clima extremo. El arte, después de todo, es una representación de la sociedad en un instante en el tiempo: la respuesta a la zozobra que produce una utopía que nos contamos todo el tiempo los unos a los otros en la vida real, la del tecno-optimismo y la disonancia cognitiva que nos produce ver que la realidad y nuestras expectativas no coinciden. No todas las utopías o distopías necesitan una manifestación literaria o cinematográfica, algunas, quizá las mejores, nos las contamos en la calle; las leemos en los periódicos, las escuchamos de comentaristas en programas de opinión o debate. Escuchamos cómo nuestros avances tecnológicos nos protegerán de nuestra desmesura o sobre cómo el modelo económico imperante es nuestra mejor opción y nos llevará al primer mundo, a ser «una potencia». La historia que nos contamos todo el tiempo es la de un futuro esplendoroso aunque al presente se le preste poca atención.

Lo que en nuestra hibris nos decimos tiene otra cara, la de las distopías de la vida real. Huxley auguraba que el precio del orden en la sociedad era la segregación en clases. Hoy la clase sigue siendo una forma de dividirnos; de hecho, la desigualdad en el mundo actual se mueve en una trayectoria que nos encamina a niveles parecidos a los del siglo XIX, donde la diferencia de clase dominaba. Bradbury temía que un gobierno totalitario controlara a tal grado la información, la cultura, que ordenaría la quema de libros y la censura de opiniones divergentes y que esto conduciría a la sociedad hacia la vanidad y vacuidad. Hoy no necesitamos que ningún gobierno queme libros o censure —aunque algunos gobiernos en el mundo lo hacen— nuestra superficialidad es producto de una dictadura más inescapable, la del tiempo, el trabajo y la productividad.

En el año 1930, John Maynard Keynes (el economista más importante del siglo XX) escribía «Economic Possibilities for Our Grandchildren», un ensayo imaginando el futuro 100 años adelante. Keynes esperaba que en el año 2030 trabajaríamos apenas 15 horas a la semana, menos del 30 por ciento de lo que hoy se trabaja en México de acuerdo a la OCDE; por lo tanto, en el ideal keynesiano, tendríamos, por gracia del crecimiento de la productividad y de los avances tecnológicos, tiempo para dedicarnos a la buena vida: a leer, al arte, a filosofar con amigos, a escribir grandes trabajos literarios, incluso al ocio. Sin duda Keynes imaginaba una especie de utopía para el trabajador. En aquel momento de los años treinta la sobreexplotación era norma en casi todo el mundo, con escasos si no es que inexistentes derechos laborales. Imaginaba una sociedad donde el progreso técnico vería sus frutos compartidos y disfrutados por todos.

Ochenta y ocho años después del pronóstico de Keynes estamos en un mundo muy distante. Los estándares de vida y la productividad sí cambiaron como Keynes esperaba, pero no las horas de trabajo. Hoy trabajamos mucho más, incluso si somos más productivos. México es un gran ejemplo de ello, es el país que más horas trabaja de la OCDE y también un país donde los trabajadores siguen sin disfrutar de derechos laborales plenos.

Vivir en un mundo que demanda cada vez más horas de trabajo, en ciudades que son como agujeros negros que capturan y devoran el tiempo de las personas en largos trayectos, siguiendo vidas cada vez más concentradas en el trabajo —la iteración de una larga rutina de la cama a la oficina y de la oficina a la cama— y menos en los placeres de la vida, es una distopía real y tangible de nuestro tiempo. Como resultado no hace falta quemar libros, la gente simplemente no tiene tiempo para leer, su información proviene más y más de fuentes que curan e interpretan información para ser consumida rápidamente con todos los sesgos que esto implica. Cada vez existe menos espacio para ejercitar el pensamiento crítico. El antídoto es tener tiempo, ¿de qué manera nuestra estructura económica podría permitirnos que ese tiempo exista para la mayoría?

Las distopías nos obligan a preguntarnos cómo es posible que una sociedad con nuestro nivel de sofisticación no sea capaz de prevenir o resolver problemas sistémicos como la degradación del planeta, la desigualdad y el cambio climático. Nuestra distopía del mundo real es estar atrapados en un mal equilibrio en el cual es difícil generar la coordinación necesaria para proveer un bien público global (nuestro medio ambiente).

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Ilustración de Coral Medrano (Ciudad de México, 1985)

Frente a la dictadura de la organización social que nos hemos construido, las soluciones que suelen aparecer no son perfectas y contienen dentro de sí mismas el potencial para nuevas distopías. Una de ellas es el llamado ingreso básico universal, una transferencia mínima de recursos para todo ciudadano, que busca que nadie viva por debajo de cierto estándar. En principio, se piensa que nos haría libres, nos regresaría la capacidad de elegir sobre el tipo de vida que deseamos vivir, encontrar trabajos que nos agradan sin vernos obligados a elegir uno que nos desagrada para subsistir. Nos regresaría el dominio del tiempo para hacer lo que queramos; la solución responde al perenne temor de ser sustituidos por una máquina y vivir en el desempleo. Es una reacción al cambio tecnológico en el que vivimos, aunque en ocasiones sea exagerado. ¿Acaso esto no podría fácilmente conducir a otra distopía? Desde los clásicos del siglo XIX como Weber o como Marx sabemos que el trabajo es parte esencial de las personas. Las investigaciones modernas nos dicen que el sentirnos productivos, tener ocupación, es parte básica de nuestra salud mental y emocional; soluciones que parten de la premisa de no tener que trabajar o que faciliten la posibilidad de no trabajar, en lugar de generar las condiciones para que esos empleos existan contienen, por lo tanto, dentro de sí mismas las semillas de otra potencial causa de desintegración social. Un futuro donde no necesitemos trabajar bien podría ser una distopía del futuro.

En palabras de Ursula K. Le Guin: «Toda utopía desde Utopía también ha sido, claramente u obscuramente, realmente o posiblemente, en el juicio del autor o del lector, tanto un lugar bueno como uno malo. Toda utopía contiene una distopía, toda distopía contiene una utopía»

Un mundo profundamente desigual, donde el tiempo para todo aquello diferente del trabajo es casi un lujo y donde el daño que le hacemos a nuestro planeta nos pone en peligro existencial es un caldo de cultivo para las distopías literarias del mañana porque están inspiradas en las distopías del mundo real en el presente. Pero no tiene que ser así. Vivimos en un mundo de subóptimos, no en el paraíso; por tanto, no tenemos un paraíso que perder.

Podemos adaptarnos a los cambios actuales, al cambio tecnológico. La automatización no necesariamente implica la obsolescencia humana, la tecnología puede hacernos más productivos sin reemplazarnos, siempre y cuando nos demos a la tarea de movernos a nuevos sectores, tal como hicimos durante la primera Revolución Industrial. El cambio climático no tiene por qué destruir nuestras sociedades, no lo hará si podemos tomar medidas de adaptación y mitigación, si podemos encontrar la forma de cooperar y proveer bienes públicos globales. La desigualdad no tiene por qué seguir desintegrándonos si recordamos las lecciones de la historia, sobre cómo la desigualdad contribuyó al final de la primera globalización del siglo XIX, si recordamos que las relaciones económicas en el mundo tienen efectos distributivos y actuamos para que las ganancias y costos se distribuyan de una forma mucho más equitativa.

No existen problemas sociales que no tengan soluciones dentro de las sociedades. Esas soluciones requieren menos sueños tecnológicos, menos escapismo hacia el futuro y más política en el presente. En una época de transformaciones profundas es sencillo ver al mundo como el mejor de los mundos posibles… o el peor de ellos. La realidad es mucho menos extrema, vivimos al mismo tiempo en el peor y mejor mundo posible en algunos aspectos. Ver al mundo a través de los lentes de la utopía o la distopía es simplificar demasiado nuestra realidad. Aun así, lo utópico y lo distópico tienen una función importante, no en el futuro sino en el presente: hacernos pensar sobre mundos de desilusión y, con ello, pensar en los problemas de nuestros tiempos, concentrarnos en ese 90 por ciento que podemos prever y no en el 10 por ciento que quizá nunca exista.


Autores
(Saltillo, 1984) es economista por la University of London.

Ilustrador
Coral Medrano
(Ciudad de México, 1985). Es diseñadora editorial e ilustradora. Sus ilustraciones se han publicado para editoriales de México, Hong Kong y China. Es socia de la revista de literatura e ilustración La Peste.

 

Se abren las compuertas del elevador. Luis Antonio de Villena sale hecho un dandy −ya desde temprano−; lleva un sombrero panamá blanco a juego con el blazer con que viste.

Con un fular rojo se cubre el cuello; su camiseta a rayas va bien fajada dentro de un pantalón negro y holgado, que sostiene con dos tirantes. Sus zapatos de suela lisa son de tela; el calzado combina con el fular.

Una vez que nos encontramos y nos saludamos, vamos a la pequeña terraza del Hotel Stanza que en esquina se abre, brevemente, hacia la avenida Álvaro Obregón, paseo que Villena califica como el más “joto” de la Ciudad de México: dice que esconde una lectura secreta, y que el número de estatuas desnudas masculinas en sus camellones dan cuenta de ello. Nos sentamos, uno frente al otro, en una pequeña mesa blanca. Su bastón descansa pegado al cristal que nos separa del comedor del hotel. Sus ojos, resguardados por gafas de sol, apenas y se ven a través de los cristales ahumados de sus lentes. Los dedos de sus manos, que tiemblan un poco, llevan varias sortijas; en la derecha un anillo hecho con un denario, y otro de cristal de murano color aguamarina. En la izquierda lleva uno muy gordo con lapislázuli incrustado y también otro de murano italiano, éste rojo.

Le pregunto por su anterior visita a Xalapa, donde presentó la antología editada por la Universidad Veracruzana. También le pregunto por un amigo en común, el poeta y editor Jorge Lobillo. Empezamos hablando de su particular amistad con el poeta xalapeño:

En afan desmedido

Luis Antonio de Villena: Jorge dijo en la presentación de la antología “nosotros somos amigos hace diez años”, y yo estuve por decirle: “Bueno, somos amigos desde hace diez años, es verdad,. Ahora bien, en esos diez años no nos habíamos visto, es hoy la primera vez que nos vemos, y nos hemos visto, menos los tres cuartos de hora de la lectura, seis minutos”. La amistad que tengo con él es mandarnos correítos cada cinco o seis meses. A Édgar Valencia[1] le conté que yo le escribí un prólogo a Jorge Lobillo para una antología o para un libro, no me acuerdo ya muy bien, suyo, que amablemente me mandó. Lo leí, me pareció bien y le escribí el prólogo. Luego el libro no salió nunca.

Jorge, ahora que lo conocí, me pareció raro, de una extrema timidez. Sin embargo, en efecto somos amigos de hace años, y él ha hecho –toma el ejemplar que he traído de Afán desmedido − esta nueva antología de mi poesía, cosa que le agradezco muchísimo.

Lino Monanegi: Para dejarlo bien claro, la génesis de la antología es iniciativa de Jorge. Su manufactura toda −me refiero a la selección y organización del libro− es enteramente de él. Según lo veo es el amoroso homenaje de un admirador de tu poesía.

LAdeV: Sí, el origen es Jorge Lobillo. Él me dijo si podía hacer una antología de mi poesía porque le gustaba mucho, y yo le dije que sí.

Entonces, él hizo el libro, y mientras lo fue haciendo me preguntó: “¿quieres que te diga los poemas que voy a poner?”, yo le respondí: “No hace falta, los poemas pones los que tú quieras, eso es una elección tuya como antólogo. Lo único que te voy a pedir es que al título sí me gusta darle el visto bueno, si lo pones tú, lo pones tú, pero si por un casual, a mí el título no me gustase, entonces sí te lo diría para poner otro”. Sacó éste: Afán desmedido, que es una parte de un verso mío. Eso lo suelen hacer muchos antólogos.

LM: Me parece una grata coincidencia que justo en 2017, cuando se conmemoraron los sesenta años de la Editorial de la Universidad Veracruzana, la edición de tu libro haya refrendado, simbólicamente, el compromiso de la UV por editar en nuestro país a autores españoles. No hay que olvidar que la editorial de la Veracruzana recibió entre sus libros a varios autores españoles republicanos en el exilio. ¿Qué opinión te merece esta suerte de coincidencia?

LAdeV: yo conocí la editorial de la Universidad Veracruzana porque he sido y soy un devoto de uno de los grandes escritores en España, bueno no sólo de España, sino en español, que es Luis Cernuda.

Luis Cernuda tiene un libro de prosas poéticas admirable que empezó a hacer en Londres, cuando estaba ya exiliado, que se llama Ocnos; ese libro tiene la primera edición en una editorial de Londres que se llamaba The Dolphin Press, que salió en 1942. Entonces era un libro pequeñito. Hay una segunda edición aumentada que se editó en España, a pesar de que él estaba exiliado aquí en México. Esta edición apareció en 1949, con el sello de Ínsula, que era una editorial pequeña, vinculada a una revista homónima. La tercera edición, la definitiva, que en realidad era la suma de las dos primeras, porque todas habían ido aumentando, aunque esta tercera edición, más que las anteriores, se editó en la Universidad Veracruzana en 1963, el mismo año de la muerte de Cernuda. El de la Universidad Veracruzana me lo encontré en España todavía como un libro nuevo, aunque entonces, cuando lo compré, hacía cinco o seis años que había salido. A partir de ese momento siempre me acordé de ese sello editorial porque era el que había editado la tercera versión de Ocnos, la definitiva, la que ya tiene el libro completo. Cernuda no editaba si no tenía muchas garantías de que iba a salir bien, él era un señor muy refinado con todas estas cosas, exigía mucha calidad, y si él dijo que sí a la Universidad Veracruzana es porque le debió parecer un sello muy respetable y muy bien hecho, si no, hubiera dicho que no.

LM: En Lenguaje y silencio, George Steiner dice “Cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y de mentira, nada más resonante que el poema no escrito”. Modifico las palabras de Steiner para preguntarte, ¿cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y de mentira, nada más resonante que la voz del poeta? Agrego un poco más: ¿Crees que el poeta, el poeta intelectual, tenga el deber de levantar su voz en un escenario como éste? Pienso por ejemplo en Octavio Paz al preguntarte esto.

LAdeV: Eso ocurría en otro tiempo, hoy día no. Paz fue criticado y tenía enemigos por esto, tenía polémicas enormes aquí en México. En España Octavio iba a descansar. En España sí tenía críticos, pero no armaban gran escándalo. En España él era recibido con los brazos abiertos, allí era un dios, y los que estaban en su contra más bien se callaban, no iban a nada de él, no compraban sus libros, no tenían una actitud beligerante en su contra. En cambio, en México sí me tocó ver una actitud beligerante en contra suya. De hecho, él tenía una polémica con Carlos Monsiváis, a quien Paz detestaba; Paz tendía, cosa que es elegante, a no hablar de sus enemigos, a no ponerles nombre. Corrijo: hablar de sus enemigos hablaba mucho, pero no les ponía nombre, decía “yo aquí tengo muchos enemigos, la mayoría de la sociedad mexicana no me entiende, no entienden lo que yo quiero decir”. A mí me llegó a decir de Monsiváis al que descalificó diciendo que era una persona de ínfima categoría, de ahí la molestia por una broma que yo le hice un día a Octavio al decirle que él pertenecía a los mexicanos que iban en carro y Monsiváis de los que iban a pie, entonces él lo entendió como una cuestión de identidad, y me dijo: “¡Me estás diciendo que yo no soy mexicano, yo tengo dieciséis generaciones mexicanas más que Monsiváis!”. Yo no me iba a poner a contar en ese momento.

LM: Este año, el 19 de abril, se cumplen veinte años de la muerte de Octavio Paz. Tú lo conociste en 1974, Cuéntame qué significó para ti el premio Nobel mexicano.

LAdeV: Sí. El último año de su vida no lo vi porque ya estaba muy mal, físicamente muy deteriorado. La última vez que lo vi fue en el noventa y siete y él murió en el noventa y ocho. Tuve muy buena amistad con él. Octavio y yo éramos jurados del Premio Loewe, él era presidente del jurado. Él empezó siendo parte del jurado antes de recibir el Premio Nobel, en el año ochenta y nueve, y pensamos que cuando le dieron el Nobel, igual y ya no iba ser jurado, pero lo siguió siendo, y marcó mucho el premio, pues instituyó una cosa que me parecía muy buena: que los jurados discutieran el libro que preferían, defenderlo sostenidamente, al menos un cuarto de hora.

Luis Antonio de Vilena

Luis Antonio de Vilena


 
 

Aunque hay poemas maravillosos, los de Piedra de Sol me parecen de lo mejor de Octavio. Siendo un gran poeta, −y esto lo digo sabiendo que a él no le gustaría oírlo− a mí me parece un mejor crítico, mejor intelectual. Sus libros de ensayo son libros muy bien escritos, le parigualan a Ortega y Gasset, que fue un pensador que escribía muy bien, no fue un pensador “profesor de instituto”, un pensador “profesor de una universidad” que escribiera regular. Entonces uno puede leer El laberinto de la soledad no sólo para enterarse qué es México, sino porque está muy bien escrito, para mí ese es el Paz que me ha influido más, más que el poeta me ha influido el crítico y me ha influido esa idea de que la crítica cuando se hace bien es también literatura; la crítica buena ha de ser también literatura.

LM: Para vislumbrar la poética de tu vida, tomaré prestada la conocidísima línea de Octavio Paz que dice: “la biografía del poeta está en sus poemas”, y me gustaría agregarle lo que en una anterior ocasión te escuché confesar, citando a Jaime Gil de Biedma: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. Luis Antonio de Villena está en sus poemas, no porque en ellos habite su autor, sino porque él es el poema.

LAdeV: Lo que tú has dicho son cosas que van uniéndose la una a la otra. Es decir: “la biografía del poeta está en sus poemas”, sí, pero sólo de fondo, porque hay poemas que no son muy biográficos. Yo parto de la base de que todos los que escribimos, lo hacemos desde un fondo personal, tanto que en el fondo de los poemas de Octavio Paz está Octavio Paz, está su vida, está su circunstancia. Él no hubiera escrito Ladera Este si no hubiera vivido en la India. Entonces en la poesía puede haber un fondo personalísimo, pero puede haber más, un fondo, directamente, autobiográfico con un tanto por ciento de ficción. Y luego, finalmente, uno sabe que –aunque eso ya se escapa al poema mismo− la pervivencia de un poeta, a nivel académico, está en sus libros pero a nivel popular está en su figura. Esto puede ser bueno o malo, quizá es malo en la medida que te está diciendo que la gente no lee, se deja guiar más por el personaje, pero si el personaje logra además de ser buen escritor, fíjate que estoy poniendo primero ser buen escritor, además de eso logra tener un aura mítica −vamos a llamarlo así− tiene todo hecho. De ahí que, efectivamente, yo quiero ser poema, o sea que los poemas de los otros hablen de mí, y si los poetas hablan de mí, es porque no sólo me he convertido en poesía, sino que me he convertido en un mito; en un mito estupendo.


Notas

[1] Se refiere a Édgar Valencia, Director de la Editorial de la Universidad Veracruzana, desde 2013 a la fecha.


Autores
(Coatzacoalcos, Ver., 1988) Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UV. Es miembro del Consejo de Redacción de la revista La Palabra y el Hombre. Durante 2017 fue becario de la FLM, en el género de ensayo.