Tierra Adentro

 

Quizá todos tenemos un amigo o conocido al que se le ha ocurrido en algún momento esa transgresora y nunca antes concebida idea de hacer una revista. En el fondo, la iniciativa responde a la decisión de implantarse en el presente, de incidir en el contexto cultural, de insertarse y ser partícipe del diálogo contemporáneo. Dudo que alguien piense que al hacer una revista se está asegurando el estudio posterior de ese corpus hemerográfico. La revista no está necesariamente proyectada hacia el futuro y la permanencia, como sí podría estarlo un libro. Nadie piensa en la revista como un artefacto para ser leído al paso de los años, porque, se sabe, su envejecimiento es casi inmediato y puede llegar a ser patético.

Hacer una revista es la mano levantada de un grupo de escritores, intelectuales o entusiastas diciendo, aquí estamos y también tenemos una opinión. Y en el fondo, esa amenazante expresión —¡hagamos una revista!— es al mismo tiempo otra de decir ¡hagamos política cultural! Ese universo del presente en el que se desenvuelve o sobre el que se toman decisiones en una revista tiene que ver con la intención y voluntad de intervenir en el presente y modificarlo. Al final, la revista termina siendo un pulso del estado cultural y libresco, es donde se desarrolla la discusión de la producción literaria, pensada más hacia el futuro: una arena en tensión, un termómetro de lo inmediato.

Se piensa en la revista, aun hoy, como un apéndice de la cultura del libro, como un corpus menor y pocas veces como un órgano fundamental que ayuda a dar salida a los opiniones sobre la producción literaria. Lo cierto es que a través del estudio de las revistas culturales se puede dar cuenta de la historia de las ideas o historia intelectual, las relaciones de poder, prestigio y costumbres que muchas veces no se logra discernir en los libros editados en ese mismo contexto temporal. Es decir, la historia intelectual de los libros y la historia  intelectual de las revistas, aunque no sean del todo discordantes, sí son al menos correlativas y ayudan, en su conjunto, a reconstruir un momento cultural determinado.

Por otro lado, pienso en un comité de redacción hipotético —esto no pasa en la vida real— que tiene que debatirse entre publicar un texto muy bueno, afín a sus consideraciones estéticas o uno que responde más a una coyuntura, a un momento que podría beneficiar a la revista a la hora de ganar lectores y generar un diálogo interno o una discusión mayor con otras revistas. Las decisiones que se tomen al respecto, número tras número, van dibujando, o desdibujando, en su caso, algo que podríamos llamar la política de la revista; pero pensemos que la política de la revista está siempre en constante tensión, no es algo terminado ni inflexible, porque justo el carácter inmediato —el presente— es lo que va generando discurso, marcando pautas y reelaborando los principios de una revista. Retomaría aquí algo que Beatriz Sarlo ha llamado sintaxis de la revista, como una forma de organizar, discriminar y hacer selección. Esta sintaxis abarca también ámbitos como el diseño, el tamaño de una tipografía, la forma de titular, el lugar en el que se inserta un texto, el aprovechamiento de la coyuntura y la alineación de enfoques y puntos de vista.

Las decisiones de un comité de redacción corresponden a una política implícita, pero también a una estrategia para buscar o conservar lectores, identificar los temas y las posturas que podrían generar una discusión, no sólo con otras revistas, sino dentro de un mismo número, en el microuniverso que representa cada revista.

Otra de las formas de ejercer la sintaxis tiene que ver con la inclusión de otras tradiciones, cuando se trata de revistas que insertan otras literaturas, al momento de decidir qué obras y autores es pertinente traducir. Y todo esto tiene que ver con lo juicios de valor, tanto de la selección de textos como de su organización.

En cierto modo, la revistas son cápsulas del tiempo. Revisarlas a la distancia nos permite conocer la temperatura de aquel momento, las discusiones, pasiones y  la valoración que un grupo hacía de su presente. Y sí, también era un intento de fijar y promover a ciertos grupos, porque, ya lo dijimos, la selección siempre es un acto de discriminación y poder.

Finalmente, y sólo para dejar el tema sobre la mesa, haría falta hablar sobre los retos de la nuevas revistas digitales. El grito ya no es ¡hagamos una revista!, sino ¡hagamos una revista digital! Estas revistas son, por un lado, herederas de una larga tradición y, por otro, pioneras en la exploración de las nuevas formas de leer. El oficio de los editores y los comités de redacción ahora deberían estar tan pendientes de los textos como de las nuevas tecnologías, diseños y formas de desplegar contenido en un celular, una tableta o una computadora. La proliferación de revistas digitales responde también a la necesidad de diálogo y socialización de los nuevos discursos y contenidos, ya no hablamos solo de libros y pintura, sino de cómic, cine, transmedia, espectáculo, series de televisión, deportes; es decir, la cultura entendida como una realidad en la que puede caber todo. Pero hacer una revista digital no es subir un pdf del impreso para que sea descargado, sino que llega a ser un trabajo sustancialmente distinto al de una revista impresa: tiene su propia sintaxis, exige ordenamientos distintos, incide, incluso, en la extensión y jerarquización discursiva interna de los textos. El reto es precisamente entender que las formas de lectura sí han cambiado y que en las posibilidades de lo digital se encuentran las herramientas necesarias para paliar la progresiva desaparición de las revistas impresas. Habría que preguntarnos dónde están aquellos lectores que se enfrentaban al papel. ¿Desaparecieron? O están ahí, detrás de una pantalla, a la deriva, en un vertedero de información, esperando que aparezca ante sus ojos algo que los haga dar click. La migración digital es inminente y hoy por hoy hablamos de una coexistencia de lectores en papel y digitales.

Habría que preguntarse también por aquéllos que nunca se enfrentaron al impreso, los nativos digitales que no conciben otra forma de acceder a contenidos, esa comunidad que, en unos años, ni siquiera echará de menos a las revistas que, al menos durante el siglo pasado, fueron tan relevantes para la historia de la cultura en México. No son los lectores quienes deben sobrevivir a los cambios, son los editores los que tiene que adaptarse a esas nuevas formas de leer.


Autores
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.


Somos de ese reino,
donde como en Chuang-tsé, el filósofo, se mezcla sueño y vida.
Donde amar es provocación y goce, y un cuerpo el misticismo.

LUIS ANTONIO DE VILLENA

 

I

El sábado, mientras miles de personas se reunían en el centro de la Ciudad de México para celebrar un año más la marcha del orgullo homosexual y el triunfo de México sobre Corea (2-1), acudí al Centro de la Imagen. Gocé de una contemplación solitaria. El detenimiento ante la obra de arte, un mirar lo que está enfrente sin prejuicios, sirve para afinar la percepción. Después, como en todo, vendrá la interpretación; las tres exposiciones que reúne el museo se prestan para una erótica lúdica y filosófica. Si hay un concepto guía en el recorrido de las tres salas es la seducción.

La primera, y acaso más significativa por encontrarnos en el mes del orgullo gay, es Piratas en el Boulevard. Irrupciones Públicas, 1978-1988 de Agustín Martínez Castro, fotógrafo nacido en Veracruz en 1950. La tradición cultural de bolsillo a la que tenemos acceso en nuestro interés snob lo ha alejado del reflector que ilumina las obras de otra época, hasta ahora. Situación que probablemente tuviera sin cuidado al artista. Se las ingenió para trabajar sin descanso y, a costa de las “buenas conciencias” que tan tranquilas estaban con la invisibilización de la comunidad LGBTTTQI, reunió un archivo analógico sobre el estilo de vida homosexual y travesti, visible sobre todo en la serie De 10 a 11 p.m. que retrata el preludio metamórfico de los travestis que trabajaban en la discoteca Spartacus, fundada en los años 80 en Ciudad Neza y actual sobreviviente del vaivén destructivo al que los centros nocturnos suelen entregarse.

A su vez registró y exhibió en la serie Estética del consumo (1980) su visión mordaz, desoladora y crítica de la sociedad capitalista que como borrego se dirige a un matadero disfrazado cada día de un escaparate distinto. Eva, Paradise, Marylin de mis desvelos, ¿Nos echamos un jarabe?, son algunos de los títulos utilizados por el fotógrafo para ilustrar las contradicciones del progreso.

Para comprender sus intenciones poéticas basta acudir a su Decálogo para combatir la artistitis (documento presente en la exposición):

1.- Ignore que la fotografía es un ARTE
2.- Espíe a la vida
3.- Desprecie concursos, exposiciones y currícula
4.- Protagonice y retrate sus fantasías
5.- Convierta su cámara en cómplice
6.- Revise su álbum familiar con más frecuencia
7.- No compre tantas revistas de fotografía
8.- No admire a Álvarez Bravo, entiéndalo
9.- Póngase a hacer fotografía
10.- Recuerde que el camino hacia el Arte no es camino, es un estado de ánimo

Su oficio era personal, íntimo y a su vez político. Siendo tan gay como era, en medio de un ambiente hostil y discriminatorio, participó en la lucha por los derechos expresivos y humanos de las diversas identidades sexuales. Se había creado en 1971 el Frente de Liberación Homosexual de México; Nancy Cárdenas, junto con Carlos Monsiváis, Juan Jacobo Hernández y Luis González de Alba publicaron el primer manifiesto homosexual del país en la revista Siempre!. Efecto del activismo y su constancia fue la realización en 1979 de la primera marcha del orgullo gay. Ese mismo año, como triunfo de la visibilización social y del estilo literario, se publicó El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata. Martínez Castro se encargó de producir la propaganda del frente. Se pueden apreciar en la primera sala del museo los coloridos y atractivos diseños de los carteles que invitaban a los más tímidos a salir del silencio hermético del armario para marchar. Gays, lesbianas, travestis, prostitutos y chichifos salían del anonimato y transgredían los límites que la historia “oficial” les imponía. Entraban por una puerta extravagante, lasciva y hermosa al mundo de la representación.

La exposición muestra la cercanía que Agustín Martínez tuvo con el FHAR, así como la lucha personal que lo llevó a continuar aun cuando el frente se desintegró en 1981, mismo año en que él, debido al éxito de su trayectoria, participó en la exhibición por parte del Grupo de Fotógrafos Independientes en la galería Álvarez Bravo, ironizando sobre el #8 de su Decálogo. Su investigación visual lo llevó a documentar el estilo de vida nocturno, artístico y social homosexual durante dos décadas, la curaduría de César González-Aguirre da cuenta de ello de un modo ordenado y emotivo.

En 1983 el gobiernohizo pública la existencia del “primer caso” de VIH, enfermedad que llevaría a la muerte en 1992 a Agustín Martínez Castro. El fotógrafo combatió los estigmas acerca del virus por medio del arte. En El Hoyo, ruina convertida en guarida radical de experimentación sexual y artística tras el terremoto de 1985, tuvieron lugar múltiples reuniones donde se pudo establecer un diálogo creativo y sociológico. La visibilización de su obra se suma, en este mes celebratorio, a los archivos históricos de la comunidad LGBTTTQI compartidos con el público, y si en algún cajón de la memoria ha de guardarse la experiencia contemplativa de los reflejos de Martínez Castro por este mundo será en el de lo sublime.

II

La segunda exposición que puede encontrarse en el Centro de la Imagen hasta el 15 de julio es Experimental Sights, 1971-1996 de Ricardo Valverde. Un recorrido por una obra híbrida y fascinante. Mediante la superposición de negativos, el uso de pintura acrílica sobre las imágenes fotográficas, la intervención con bolígrafos, objetos y colores pastel, así como el empleo de distintos formatos de impresión (polaroid, 35mm, litografía offset tricolor, revelado sobre papel para pintar acuarela, etc) y la aparición de algunos videos que llevan al espectador a vivir la extrañeza del espía, el fotógrafo residente de Los Ángeles revela, gracias a una curaduría impecable a cargo de Cecilia Fajardo-Hill, la riqueza de una obra cuyo eje central fue la pasión ritual por lo cotidiano: los retratos de Espie y June (su esposa e hija), los propios, las fotografías de la mítica celebración del día de muertos en una zona norte habitada por muchas personas con raíces latinoamericanas, y su entusiasmo y devoción por los autos lowrider dan fe de ello.

Ricardo Valverde

Valverde no dejó nunca de jugar con el arte. Sometía la reputaciónde las técnicas a sus atrevimientos y echaba a volar en cielos tormentosos, crepusculares y dinámicos, el papalote de la realidad asociada a la fotografía como documento y pieza de un archivo serio, hasta hacerlo tornar irreconocible y misterioso. La creatividad, la intuición transgresora, como puede verse en las obras “Mientras en Los Ángeles…”, “El ladrón del pan santificado”, “El santo de los de abajo” y “I see what you never saw” (esta última es un retrato de la serie dedicada a su querido amigo y mecánico que se hacía cargo de su Triumph TR3), permiten que una escena intrascendente vista en una tarde lluviosa por el lente de un hombre más de una ciudad que cada día rebasa sus límites adquiera, tras un diálogo de quemar, pintar o rasgar los negativos, un estado de ánimo cercano al folclor y al misticismo. Si hay acaso algo semejante a una moraleja en la obra del artista, está en recordarnos que negar la ciencia de ciertas estructuras y técnicas a favor de la experimentación nos permite, como habitantes de la región de lo desconocido, en la que poco o nada comprendemos, revivir el carácter lúdico y placentero del arte y plasmar sobre una superficie estática el fluir constante de las emociones sin que lo principal sea la claridad y verosimilitud de la fotografía.

Ricardo Valverde

III

Teo Hernández es para muchos un desconocido. De ser así, es el desconocido perfecto. Alguien que provocará asombro en las mentes más afiladas por la razón, aquellas que gustan de la complejidad filosófica. La tercera sala del Centro de la Imagen alberga la exposición Estallar las Apariencias que reúne fragmentos de la vida y obra del autor. Con su cámara de super 8 grabó ciudades, visiones delirantes, ensayos que ahondaban en la fragilidad caleidoscópica de las imágenes, largometrajes, y otras cosas. Su ars poetica está contenida en la frase “sueño sin film”. La vida es eso que transcurre mientras intentamos bloquear el vacío al que todo está condenado con nuestro grano de arte, esa aportación minúscula en medio de la gran ruina imaginaria llamada historia, estética y en su forma más fina, olvido. Todo escapa. La obra de arte posee un aura de santidad incomprendida. Refleja el instante, su belleza, un dejo de la perspectiva del creador, pero niega siempre la realidad desnuda; posee límites en su semejanza corpórea con otras entidades. Su carácter sagrado es indefinible, pero existente.

Teo Hernández

Las salas a oscuras que reproducen constantementelas cintas cortas de Teo Hernández; las líneas del tiempo que muestran su tenacidad de viajero y de fiel creyente de la autobiografía como forma de mitificación; las fotografías y cuadernos con información sobre los largometrajes que dirigió; así como dos ensayos cinematográficos hacen estallar la mente y estimulan esa zona creativa que como esclavo del asombro tenemos.

Teo Hernández 2

El reto, proclaman las tres exposiciones, es hacer de la obra de arte un ejercicio constante y un diálogo capaz de sacudir los cimientos de la verdad e interrogar no sólo a nosotros mismos, sino a ese lenguaje imponente y mágico que da vida a la representación. El desciframiento de cada pieza no será, por lo tanto, el interés principal de los espectadores sino su gozo, su entrega y el reconocimiento de lo particular de cada visión.


Autores
(Xalapa, 1991) Estudió Lengua y literatura hispánicas en la UV. Ha publicado reseñas y artículos en La Palabra y el Hombre, comentarios sobre cine en la revista F. I. L. M. E. y traducciones y ensayo en Liberoamérica. Participó en el área de poesía en la décimo cuarta generación de la FLM.

 

Piscinas verticales de Gabriela Torres Olivares sitúa al lector frente a un texto complejo, rico en metáforas, generosas descripciones y que a fuerza de entretejerse con otros se va construyendo y deconstruyendo al mismo tiempo.

Esta novela, ganadora del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2017, narra la historia de una escritora enferma (presumiblemente norteamericana) que viaja hacia Tijuana en busca de una cura milagrosa una vez que ha agotado las posibilidades que la ciencia ofrece. La obra de Torres Olivares carece de nombres propios o diálogos. El texto está habitado por seres que se antojan fantasmagóricos al carecer de identidad. Sin embargo, a través de un muy astuto uso del lenguaje, la autora logra imprimir en ellos rasgos que no sólo les devuelven la humanidad sino que incluso les otorgan personalidad.

Torres Olivares transita de lo cinematográfico a lo poético, permitiendo que ambos mundos se crucen, jueguen y tracen párrafos enteros. Lo mismo es capaz de escribir una escena en donde llueven animales («Los hijos de la humedad no siempre llueven en gotas. A veces llega el pescado, a veces las lagartijas, ranas, tortugas, pájaros») que jugar con las palabras y dedicarle varias líneas a hacer una minuciosa y exhaustiva descripción de una uña presa de la micosis.

No escapa al lector la recurrencia por parte de la autora de situar a la enfermedad como la gran protagonista de sus obras. Entre sus primeras publicaciones se encuentra Enfermario (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010), una colección de cuentos cortos cuyo hilo conductor son las enfermedades. Piscinas verticales no resulta la excepción. Los males del cuerpo como motor de una economía clandestina, proyecto documental de un narrador que persigue los últimos pasos de la escritora enferma o profesión apócrifa de quienes fungen como enfermeros en las clínicas de la frontera que prometen, a base de tratamientos experimentales, curar diversos males. La enfermedad como un común denominador en pobres y ricos, en quienes cruzan la frontera en ambas direcciones, en quienes se alimentan y viven de ellas.

Esta novela destaca por la forma en que la autora juega con los tiempos y los escenarios y la manera en que envuelve al lector a base de una narrativa que resulta poética. Tanto que nos hace olvidar, aunque sea por momentos, que la muerte es la gran inspiración del texto.


Autores
(Ciudad de México) trabaja como freelancer generando contenidos editoriales.

 

1.

Cuestión fundamental de la obra escrita, el tono. Sucede, sin embargo, que con las obras que se plantean divulgativas, el tono es aún más preponderante. ¿Cómo dar un repaso por las variedades de plantas amazónicas sin romperse la quijada a bostezos o explicar las complejidades de la antropología social sin inducir migrañas? La decisión no es sencilla y la ejecución lo es mucho menos. Quizá esta variedad de texto —la que tiene un propósito anterior y claro; la que existe para acercar un tema a un público específico— es la más exigida de precisión y la que mayor grado de dificultad tiene en la elección de acrobacias retóricas. Dispuestos así los obstáculos, el ensayo —libérrimo y heterodoxo, inconstante y exploratorio— parece la forma mejor adaptada para superarlos. Porque el ensayo hace de guía a través del dato y el argumento —porque permite digresiones y reiteraciones, aparición de voces autorales, enumeración de postulados, evaluación de silogismos— es la forma de la conversación con uno mismo.

2.

La colección Caja Chica, publicada por la Dirección General de Publicaciones, incorporó nuevos títulos recientemente. Tres de estas novedades abordan temas pulsantes y actuales: nuestra mortalidad y sus angustias con Te vas a morir, de Arturo Vallejo; la modificación corporal y las ideas preestablecidas de belleza con Cambiamos para ser más como somos, de Raquel Castro, y el torbellino de la violencia y sus complejidades con No es normal, de Jacobo Dayán Askenazi (todos de 2017). Temas bien ceñidos pero vastos que hacen de estos libros breves —ninguno rebasa las 100 páginas— una aproximación inicial, un punto de partida. Ninguno, sin embargo, se ostenta como introducción al tema, porque propiamente no lo son. Estos tres libros, vinculados por el sello al que pertenecen, comparten ese rasgo de familia, esa seña de identidad: la búsqueda de lectores —quizá jóvenes en especial— a quienes interesar en estos tópicos. En todo caso, son tres intentos personales por dirimir cuestiones particulares dentro de un tema amplísimo. Los tres, para lograrlo, hacen del ensayo el vehículo mediante el cual conseguir su propósito propedéutico. Y aquí, una vez más, el tono.

3.

En el tono está el lector; por lo menos el que imagina el autor del texto informativo. En la elección de qué suprimir y dónde ahondar, sí, pero también en la persecución de quimeras como la «prosa amena» o el «estilo desenfadado». Estas categorías de tono, asociadas frecuentemente con la promoción de la lectura y con el cortejo de lectores potenciales entre el demográfico más joven, llevan a modismos peculiares no del todo efectivos. Por ejemplo, la transcripción literal de un habla pretendidamente adolescente —espolvoreado con «¿eh?», de puntos suspensivos que remedan la pausa antes del punchline—, o el didacticismo excesivo o la sustitución de terminología precisa por aproximaciones consideradas más sencillas. (Motivo de otro texto y tarea pendiente: quizá sería interesante desarrollar un índice —el Índice «¿eh?» podría llamarse— para evaluar el abuso de estos tropos nocivos y redundantes en las obras informativas y juveniles). Estos modismos me parecen perniciosos porque dan forma a una lectora imaginada. Aunque ésta tenga aproximados o similitudes con lectoras en el mundo real, simplificar, reducir el lenguaje al habla transcrita, limita las potencialidades del texto. Ciñe la prosa y sus exploraciones, las restringe. Hace que el resultado final sea menos ensayo de lo que en realidad podría ser.

4.

En cuanto al género del ensayo, los tres libros son muy parecidos. Salvo por la crónica en la sección final del texto de Castro, los argumentos se suceden con exégesis y explicaciones personales, en párrafos secuenciales. No hay mucho más en términos de exploración formal —convenciones importadas de otros géneros, salidas irónicas del argumento, actos autorreferenciales, duda o puesta en entredicho del lenguaje mismo—. Acercarse a lectores nuevos es siempre deseable y aplaudible. Lo que quizá vendría bien sería experimentar con el tono y la forma para imaginar nuevos e insospechados lectores.


Autores
(Querétaro, 1980) es editor, traductor, ensayista, ilustrador y locutor de radio.
Ilustración de Abril Castillo (Morelia, 1984)

 

¿No es el humor otro acercamiento a lo trágico? Hacer o no hacer chistes sobre la tragedia es el dilema de muchos humoristas. ¿Cuándo, sobre qué, se vale reírnos de lo que sucede? Los escritores Guillermo Espinosa Estrada y Laura Sofía Rivero discurren al respecto.

 

El baile de la diosa Hathor

Guillermo Espinosa Estrada

Cómo reír en un contexto como el nuestro, de qué, para qué… Desde que vivimos en el país de los 200,000 ejecutados, los 33,000 desaparecidos y los incalculables desplazados, suelo hacerme estas preguntas. Concluyo, las más de las veces, que las cosas no están para bromas, que tiene «su tiempo el llorar/ y su tiempo el reír», y que sólo un duelo colectivo —«una generación de silencio»— podría honrar a tantos muertos. Pero estamos poco inclinados a la contrición, y la seriedad (ya no se diga la solemnidad) parece provocarnos alergia, así que me conformo con exigirle a la comedia contemporánea que encuentre una nueva forma de hacerme reír, inútilmente. Imagino una risa que no sólo se aleje de su innata crueldad y despotismo, sino que, además, me permita reír de nuestra circunstancia presente sin temor a trivializarla o frivolizarla. No es que busque un tipo de comicidad «políticamente correcta», ni que abogue por las virtudes del «humor blanco»: trato más bien de detectar remanentes, en nuestros días, de lo que Vladimir Propp llamó la «magia de la risa».

Existe un mito etiológico que cuenta cómo la vida volvió a la tierra gracias a la risa. En su versión egipcia, la más antigua que conocemos, se dice que Ra, el dios del Sol, se ocultó en una cueva después de que Babi, el dios de la fertilidad, se burlara de él diciéndole que su culto no tenía seguidores. La ausencia de luz pronto provocó pavor entre los miembros de la corte celestial, pero nadie pudo convencerlo de salir; sólo lo hizo después de que Hathor, la diosa del amor, la alegría y la danza, interpretara para él un baile erótico que provocó sus carcajadas. En todas sus versiones —he podido compilar, además de la egipcia, la griega, la japonesa, la tepehua, la kurnai y la yanomami— se repite el mismo esquema: hay una situación de estabilidad que se ve alterada por algún capricho divino; esto provoca un escenario terrible donde la ausencia de sol, de agua o de fuego amenaza la vida de la comunidad, y sólo haciendo reír al dios la situación logra revertirse. Lo que me gusta del relato egipcio es que hay una pugna entre dos tipos de risa: los efectos perniciosos de la comicidad violenta con la que humilla Babi sólo pueden ser resarcidos con la comicidad mágica (y sexual, reproductiva) que provoca Hathor en Ra.

Pero entonces, ¿quién va a hacer reír a Dios? ¿Cómo vamos a restablecer el orden de la vida? «Nadie», «de ninguna manera», concluyo cada mañana cuando leo el titular de El gráfico, reviso los cartones políticos, consumo mi dosis diaria de memes, y me veo a mí mismo y a mi generación esforzándonos por ser chistosos en las redes sociales. Nuestra comicidad es estéril si sólo puede provocar, de vez en cuando, una carcajada a costa de los otros. Pero el mito asegura que hay otras formas de reír, y algunas son tan poderosas que las comunidades pueden seguir adelante al descubrirlas. ¿Cuál es el chiste? ¿Dónde está Dios? En el baile de la diosa Hathor hay un secreto digno de desentrañar, podríamos empezar a discutirlo.

 

No es por ofender, pero usted es un imbécil

Laura Sofía Rivero

Todos hemos tenido que callarnos un chiste alguna vez. La risa puede ser inoportuna; un espasmo escandaloso y transgresor. Los añejos protocolos de comportamiento tratan a la risa como al bostezo y al estornudo. Los igualan y les exigen someterse a la voluntad, no al ímpetu; las carcajadas deben dominarse como se controlan los esfínteres. «El chiste en sociedad necesita de gran pulso para que no se convierta en una necia y ridícula impertinencia», dicta el Manual de Carreño.

La urgencia de contener el humor, como si fuera otra de tantas excreciones, muestra su naturaleza catártica. Funciona como una válvula de escape capaz de exponer que todo lo que damos por cierto no es más que una posibilidad entre tantas. Alega que la realidad sólo es algo ilusorio. Por eso es que fijarle límites pareciera absurdo e ir en contra de su propia naturaleza. Desestabilizar las verdades unívocas suena bastante bien a pesar de que el piso se tambalee y nos produzca una sensación de malestar, ¿o no? La risa y la crítica son incómodas como una comezón. Parece sencillo ondear la bandera de la autonomía humorística y ampararnos en su carácter rebelde hasta que alguien hace una broma en el funeral de nuestra abuela y esa sensación de malestar que se veía lejana nos aqueja directamente. La risa hiriente como una navaja nos hace pensar que quizá, cuando nos preguntamos si el humor tiene límites, el verdadero cuestionamiento que nos hacemos es sobre qué tan sutil es la brecha entre una broma y un insulto.

La Policía del Pensamiento tiene muy clara su respuesta. Abundan casos de internautas perseguidos por publicar bromas en redes sociales que son malinterpretadas como agresiones. Cassandra Vera no necesitó más que de 13 mensajes en Twitter con chistes sobre Luis Carrero Blanco para ser sentenciada a un año de prisión por «humillar a las víctimas del terrorismo». ¿Cómo distinguir la ocurrencia de una ofensa? No basta con decir que una broma tiene un componente de ficción, es imaginativa; mientras que la agresión es directa y sin dobles sentidos. El humor traspasa temas y tabúes, pero en las bromas sí hay fronteras trazadas por el contexto. La risa goza de una diversidad tan envidiable que quizá por eso la definimos como si habláramos en el idioma de las papilas gustativas: agria, amarga, ácida… La carcajada más cercana al insulto es aquella que nos hace reírnos de los otros verticalmente: nos causa gracia saber que lo que le ha pasado a otro no nos pasó a nosotros, establece una jerarquía. Pero el humor busca una horizontalidad que no está en la comedia sencilla, ésa donde las caídas y los errores garrafales nos hacen desternillarnos. Sin dejar de ser crítico, nos permite comprender que lo que hoy nos causa gracia por ser ajeno también es parte de nosotros mismos.

Pero cómo no confundir lo corrosivo de una broma con el escarnio mordaz si nos empeñamos en desdibujar sus lindes en todas esas ocasiones en las que, luego de sincerarnos, y decir que el jefe de departamento es un inepto, que el pavo quedó reseco o el sexo no fue tan bueno, no nos queda de otra más que tapar nuestros agravios bajo la nada verosímil aclaración de que «sólo era un chiste». El límite entre ser un cínico o quedar como un idiota también es tenue y borroso.


Autores
(Puebla, 1978) es ensayista. Es autor de La sonrisa de la desilusión (2012) y de Entre un caos de ruinas apenas visibles (2017).
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.

Ilustrador
Abril Castillo
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.
Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)

 

En esta crónica, Rodrigo Jardón nos pasea entre los elementos más icónicos de la cultura mixteca que se encuentran enraizados en las comunidades oaxaqueñas de California, Estados Unidos.

 

Nacimos en la pobreza porque Dios quiso que viva-
mos en este lugar. Aunque el mixteco salga, luego
se arrepiente y regresa a su tierra porque lo llama la
Virgen Magdalena y tiene que obedecer su llamado.
Y otros, los que salen lejos y andan muchas leguas,
cuando les cae encima la enfermedad, recuerdan que
aquí nacieron y regresan a morir a su tierra.

Fernando Benítez, Los indios de México.

 

XIXI

Mi abuela Adelaida tiene la creencia de que el cordón umbilical de un recién nacido debe ser enterrado bajo un árbol en el lugar donde el bebé fue parido, una antigua tradición de las comunidades indígenas que le da a la criatura un sentido de arraigo a la tierra: un hogar. En la década de 1940, Adelaida emigró a la Ciudad de México desde la Mixteca Alta de Oaxaca en busca de aventuras y una mejor vida. Cincuenta años más tarde regresó para construir una pequeña casa en Santiago Nundiche, su pueblo natal.

La palabra «Xixi» significa «tía» en lengua mixteca y es como los jóvenes llaman respetuosamente a una mujer mayor como Adelaida en los pueblos de la Mixteca Alta, región que por su complicada geografía aislada entre valles y montañas, ha conservado fuertes rasgos de su identidad prehispánica, como si el tiempo se hubiera detenido.

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)


 
 

FRESNO YOSEMITE INTERNATIONAL AIRPORT

El perro policía se alborota, mete la nariz entre la enorme bolsa llena de tlayudas y la caja de huevos amarrada con mecate donde la señora de canas trenzadas ha empacado mole, chocolate y chapulines. El oficial jala la correa del canino y le sonríe a la anciana sin obtener respuesta, ella está ocupada discutiendo con su esposo, un hombre pequeño y bigotón que usa sombrero y viste chamarra de mezclilla con borrega.

No hay ningún turista típico a la vista, es evidente que la vida de la mayoría de personas en esta fila de migración está ligada al campo. El par de viejitos camina lentamente hacia la agente que no les pregunta nada, sólo los mira y pide sus papeles. La mujer de trenzas mete la mano en el hueco entre su pecho y su rebozo gris para tomar un sobre con dos pasaportes y sus tarjetas de residentes permanentes (la green card)

Dos jóvenes reciben a la pareja en el área de llegadas del pequeño aeropuerto adornado con secuoyas falsas. Los llaman desde lejos «Xixi y Xitó»: tía y tío.

 

FRESNO CITY

La televisión muestra un documental sobre el asesinato de John F. Kennedy. Elio se levanta y corta una sandía, su fruta favorita, luego toma un par de botellas de agua del garaje; aquí el agua de la llave no se puede beber porque está mezclada con los químicos utilizados para regar los campos. Regresa al lado de su padre, termina su plato de sandía y ambos caen dormidos.

El graznido de los cuervos anuncia el amanecer, las últimas estrellas de la noche se van perdiendo entre las siluetas que delinean el maizal, para donde uno voltee hay field. Adormilado, Elio se rasca el bigote y toca la puerta del cuarto de sus padres para despedirse de ellos en el mixteco de la región de Santiago Juxtlahuaca mezclado con algunos términos en español, un idioma poco utilizado en esta casa.

A diferencia de la generación de sus padres, Elio no trabaja en el campo sino que acude a la Universidad de Fresno State. Hace varios años, él y otros jóvenes de la comunidad oaxaqueña de los valles centrales de California, inmigrantes o hijos de inmigrantes principalmente mixtecos, zapotecos y mixes que llegaron a la universidad, comenzaron a organizar el Oaxaqueño Youth Encuentro (OYE), un espacio para hablar de la doble discriminación que sufren por ser mexicanos y por ser indígenas.

Antes de formar parte del OYE, Elio quiso cumplir sus sueños con un grupo de coaching motivacional llamado Visión Efectiva, uno de los mayores fraudes del mundo contemporáneo que opera torturando psicológicamente a sus víctimas, haciéndolas sentir miserables para después venderles cursos de cómo ser exitosas y poner en práctica sus aprendizajes al reclutar a otras. Según él, la mayoría de los asistentes son oaxaqueños provenientes de comunidades muy pobres que dan todo su dinero a esta secta. Los que pertenecen a ella se identifican con un saludo especial doblando el pulgar hacia adentro, como si contaran cuatro.

Por el contrario, en el OYE se ofrecen talleres como: «Derechos legales para inmigrantes», «Cómo valorar el conocimiento no escolarizado», «Identidad indígena e identidad sexual» y «Cómo descolonizar tu dieta», reuniendo a casi 100 adolescentes en las montañas de Tulare County una vez al año durante el otoño, con la intención de sanar las heridas provocadas por la discriminación. Para los organizadores, preservar su cultura oaxaqueña no es sólo un tema folclórico sino una forma de resistir los abusos de un mundo que históricamente los ha tratado como inferiores. Es por eso que Elio maneja a tempranas horas de la mañana a través de los caminos que delimitan los campos de maíz, y que al salir el sol se convierten en calles que desembocan en la ciudad de Fresno, para recoger de las oficinas del Frente Indígena de Organizaciones Binacionales los trajes y vestidos típicos de Xiadani del Valle, el grupo de baile folclórico al que él pertenece.

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)


 
 

Un letrero en la avenida Van Ness anuncia Fresno: The best little city in the U.S.A. El auto de Elio pasa frente a un car wash, los Bail Bonds, un Pare de Sufrir, la Taqueria Yarelis, famosa por el gigante Burrito Anaconda y licorerías merodeadas por vagabundos, todos estos lugares adornados con banderas norteamericanas. Fresno es la ciudad más deprimida económicamente en la región de California, el llamado Estado Dorado, y una de las más pobres de los Estados Unidos. Lo que los gringos llaman The wrong side of the tracks.

 

WEST FRESNO

Con una mirada penetrante, desde la sombra que produce la visera de su gorra, Rey mira fijamente a los ojos de las personas cuando les estrecha la mano. Con su enorme cuerpo carga una montaña de sacos, látigos y máscaras de madera para ponerlos en la cajuela de su automóvil. Antes de acomodar las cosas toma uno de los látigos y lo azota una y otra vez en el estacionamiento del parque de remolques donde vive con sus dos hermanos y su madre; ella los trajo aquí desde el pueblo de San Miguel Cuevas, Oaxaca, cuando eran niños.

Cansado, se sienta en el borde de la defensa del auto, deja el látigo y toma las chiveras, tiras de cuero cubiertas de pelos largos de animal con las que los danzantes del Baile de los Diablos y el Baile de los Rubios cubren sus pantalones. Con una delicadeza que contrasta con el latigueo anterior comienza a peinarlas y piensa: «Esto es muy caro… You know?»

Dentro de la casa está Jorge, el hermano mayor de Rey, pintando obsesivamente cuadros que muestran a personajes de las celebraciones mixtecas, hombres posando con máscaras de diablos, mujeres con vestidos de manta, un guerrero jaguar y un campo agrícola con jornaleros. Entre un cesto de frutas, algunos tópers y latas de refresco vacíos, las pinturas vinílicas de Jorge permanecen a la mano, su brazo encogido sostiene el pincel que traza el marco garigoleado de un cuadro mientras él mira de reojo a Leonardo DiCaprio y Cameron Diaz bailando en Gangs of New York: lo emociona la fantasía romántica de algún día conocer una chica que lo ame incondicionalmente.

Al fondo persiste el sonido de una máquina de coser proveniente de un cuarto esquinado y cerrado con seguro, aparentemente el único con acceso a luz natural. Detrás de la puerta hay una mujer cosiendo pedazos de tela, remendando vestidos, haciendo y deshaciendo mecánicamente piezas de ropa para conseguir dinero y comprar comida, principalmente para ella y Jorge, quien jamás ha conseguido trabajo debido a su autismo.

Con todas las máscaras, chaquetas y látigos adentro de la cajuela, Rey se dirige a una gasolinera para llenar el tanque y comprar un breakfast burrito. Los hombres de la fila para pagar los alimentos traen puestos gorras o sombreros: la mitad se ve muy joven, la otra mitad muy vieja. Algunos sostienen cajas de cerveza con sus manos callosas: es fin de semana y están lejos de sus familias. Rey prende el motor una vez más y pone un álbum del rapero 50 Cent: Get Rich Or Die Tryin’. El sol californiano de la mañana hace que su piel morena brille y se vea dorada.

 

CALWA PARK

Miguel supervisa el montaje del escenario principal, su largo cabello amarrado en una sola trenza y a rape de los lados no sólo le ayuda a soportar el calor húmedo del Calwa Park sino que le da un aire heroico a sus rasgos indígenas. También conocido por su nombre artístico como Una Isu, «Ocho Venado»,(tributo al rey mixteco Ocho Venado Garra de Jaguar), Miguel es líder de su comunidad y un rapero profesional trilingüe que mezcla en sus canciones el mixteco con el inglés y el español.

El olor a barbacoa de borrego llega envuelto en humo desde la esquina de los foodtrucks estacionados en el parque. Una familia calienta el manjar, preparado la noche anterior, al lado de las tlayudas de tasajo y chorizo, el mole, pozole, chocolate, tejate, chapulines y otros platillos típicos de Oaxaca. Los aromas que recorren los puestos traen recuerdos de las abuelas cocinando con ollas de barro en sus casas de adobe. Para los niños hay nieve tradicional de leche quemada.

Elio arregla los trajes en el perchero colocado dentro de una carpa ubicada detrás del escenario de baile; poco a poco sus compañeros de grupo van llegando. Las mujeres se prueban vestidos y ponen maquillaje, y los hombres amarran sus cintos encima de la ropa de manta. Sus hijos los esperan jugando en los columpios.

Mientras su carrera en el rap despega bajo el nombre artístico de Mixteko, siguiendo los pasos de Una Isu, Rey trabaja en la organización Centro La Familia por la defensa legal de los migrantes, apoyando en la difusión y la realización de eventos para recaudar fondos. Coloca una mesa con mantel azul y sobre ella varios folletos: «¿Abuso doméstico? NO MÁS / Domestic abuse? STOP», «Conoce tus DERECHOS / Know your RIGHTS», «Atención beneficiarios DACA / Attention DACA beneficiaries». Una mujer lleva a un niño tomado de la mano y otro en su rebozo, se acerca temerosa a mirar la mesa. Rey le da un bonche de folletos, un par de plumas y una gorra.

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)


 
 

Al fondo del parque, frente a las paredes grafiteadas que lo separan de un conjunto residencial, se extiende un mercado con artesanías de barro negro, alebrijes, sarapes, sombreros, morrales, ceniceros de pasta decorados con soles aztecas, collares, aretes, rebozos, huaraches, juguetes de madera y playeras de Frida Kahlo. Entre huipiles bordados triquis, istmeños y mixes, una muñeca rubia viste un traje tricolor híbrido, típico de las meseras de Sanborn’s.

Un padre le ajusta a su hijo una máscara de luchador, no precisamente oaxaqueña pero sí asociada a la cultura mexicana; la paga con billetes verdes cuando repentinamente comienza el estruendo de la banda de viento. Todos voltean a ver la silueta de un monstruo: se ve gigante por los cuernos que adornan su cabeza, porta una máscara de diablo y camina tomado de la mano con dos niñas. Le sigue una docena de diablos bailarines que levanta el polvo con su zapateado y el golpe de sus látigos.

 

GUELAGUETZA

En años recientes, la mezcla cultural entre México y Estados Unidos ha abierto nuevos caminos identitarios a través del arte, con generaciones enteras de niñas y niños indígenas nacidos o llevados a distintos estados de la Unión Americana que hablan su lengua materna en casa y la mezclan con el inglés que aprenden en las escuelas. Ellos han encontrado en el lenguaje universal de la danza y la música una forma de preservar sus raíces a pesar de las fronteras, creando así nuevas identidades como en el caso de los «oaxacalifornianos».

Una vez al año, a mediados de septiembre, los oaxacalifornianos de Fresno y sus alrededores recrean en el Parque Calwa el evento más importante de su comunidad: la Guelaguetza. Con orígenes en la época prehispánica, en esta celebración de identidad indígena tanto niños como personas de tercera edad participan en las danzas folclóricas tradicionales como el baile Flor de Piña, baile del Torito Serrano, jarabe ejuteco, jarabe mixteco, los sones istmeños que se bailan con huipiles de tehuana o la Danza de la Pluma, que retrata simbólicamente la conquista de los españoles sobre el Imperio azteca.

La Guelaguetza es representada por muchos otros grupos de mexicanos que viven en los Estados Unidos, orgullosos de sus costumbres, música, forma de pensar y valores. Pero aquí, por la concentración de población mixteca del municipio de Santiago Juxtlahuaca, destacan la Danza de los Rubios —que representa la vida rural de los hombres mixtecos quienes al final de su jornada de trabajo prenden fogatas y beben aguardiente—, así como los terribles monstruos de la Danza de los Diablos, una tradición que parece salida de una pesadilla del fin del mundo.

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)


 
 

Actualmente existen una decena de grupos de diablos en Fresno como el Nosave y el Nuu Yuku, entre los cuales hay conflictos sobre la autenticidad de sus bailes: están los más conservadores, quienes piensan que las máscaras no deben ser modificadas ni siquiera con la laca para proteger la madera, hasta los que hacen máscaras con influencia de personajes de la cultura popular estadounidense como Spider-Man, los Transformers o los Power Rangers.

Los bailes son representados en fiestas patronales y carnavales de Oaxaca, donde se danza la chilena mixteca y se portan máscaras, chiveras, lazos, látigos, sacos, botas y paliacates de colores para contagiar el entusiasmo a todos los espectadores.

Cuando los migrantes de Santiago Juxtlahuaca se estaban organizando aquí, hace más de 15 años, sólo tenían un grupo de baile y cualquiera era bienvenido; eran tiempos en los que todos tenían un fin común. Al asentarse y cubrir sus necesidades básicas con trabajo y vivienda fijos, cada quien «jaló agua para su pozo»; pareciera ésta la naturaleza de los grupos humanos en el proceso de la globalización.

 

CASA SAN MIGUEL

Cadenas de papel picado de colores rezan: «Bienvenido a San Miguel». ¿En dónde está Mixteko?», preguntan unos niños a sus padres. Rey, quien algunas veces realiza en las fiestas presentaciones en vivo de sus temas de rap, llegará tarde a la celebración porque tuvo un evento de fundraising de su trabajo.

No importa, un primo abre la primera Bud Light y la bebe mientras sostiene a su hijo en el regazo; van llegando los demás primos, cargando 12 packs y acomodan sus sillas bajo un árbol en la esquina de las calles Santa Clara y B Street, en el barrio conocido como Casa San Miguel. La comunidad migrante originaria del pueblo de San Miguel Cuevas en Oaxaca, México, celebra su fiesta patronal por el día de San Miguel Arcángel, jefe de los ejércitos de Dios, el 29 de septiembre de cada año.

Tras atender al saludo de la figura del Santo Patrono, adornado con cientos de flores y veladoras en una vitrina colocada al centro del garaje de la casa del mayordomo, los asistentes son invitados a sentarse. Las tías salen, entran y vuelven a salir de la cocina apareciendo platos de mole negro con pollo y arroz rojo. Los ponen al lado de las tortillas envueltas en servilletas bordadas, sobre las mesas de plástico rentadas, abarrotadas de botellas de Coronitas que hombres y mujeres beben por igual.

Una vez que todos han comido, por fin es hora de que entren los diablos, el orgullo de la comunidad. Sorprende la cantidad de niños y niñas involucrados. Rey —Mixteko— aparece en su Honda blanco, salió tarde de trabajar porque al final del evento de beneficencia en el cual fungió como mesero se quedó tomando de las botellas sobrantes. Se sienta con los primos, está muy cansado para bailar pero no para ayudarlos a terminarse las Bud Light. Mientras las tías recogen, Rey y sus amigos Eddie y Joseph siguen bebiendo hasta olvidar si están en California o back in Oaxaca.

Al caer la noche, una patrulla se detiene en el extremo de la calle todavía cerrada, con niños corriendo, baños portátiles y hombres disfrazados de diablos. Un oficial desciende de ella; se queda unos minutos a observar el baile, luego pregunta si todo está en orden. Uno de los primos corre a decirle que no hay ningún problema.

Rey, con la mirada fija que lo caracteriza, observa en silencio el baile y piensa en su traje guardado en la cajuela, el que no pudo sacar en la Guelaguetza por estar atendiendo su puesto de volantes y que tampoco se pudo poner hoy porque llegó tarde y cansado.

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)

Fotografía Rodrigo Jardón (Ciudad de México, 1987)


 
 

Cuando Rey se viste y baila como diablo se transforma en otra persona, se olvida de todo, de las peleas familiares, de su novia celosa, de la falta de dinero y de sus problemas con la ley. Él siempre bromea con sus amigos: Dancing gets me high. Bailando piensa en cómo sería su vida si se hubiera quedado en el pueblo cuyas tradiciones tanto añora, sin haber ido a la escuela, sin dinero, sin la oportunidad de grabar sus discos de rap y seguramente sin los breakfast burritos que tanto le gustan. Sabe que algunas veces es más fácil querer de lejos porque sólo se tiene la idea abstracta de algo, cuando se vuelve real se pierde la ilusión. ¿Es ésta su naturaleza por no ser ni gringo ni mexicano, ni oaxaqueño ni californiano? Para él no será fácil encontrar su lugar en el mundo y lo tiene muy claro.

Rey regresa a casa y estaciona su auto. Antes de apagarlo, los faros frontales iluminan las escaleras de madera en donde yace tirado su hermano menor con las manos tiesas, juntas entre sus piernas como si estuviesen amarradas a sus botas puntiagudas: «Anduvo de loco». El sombrero le cubre la cara y al levantarlo para llevarlo a la cama, Rey queda embarrado de su saliva. Es imposible no pensar en los hombres tirados en las calles después de las borracheras en los pueblos de la Mixteca, los compadres felices que no pudieron abrir la puerta de su casa o los hombres tristes y solos que simplemente no tienen a dónde ir.

Su madre despierta con el ruido que hace al entrar a casa arrastrando a su hermano, les grita reclamos en una lengua que sólo entiende la gente de San Miguel Cuevas, la especificidad del mixteco en cada pueblo es producto de su aislamiento en feudos durante cientos de años. Jorge está muy aturdido, pero es difícil decir si realmente está asustado, no levanta la mirada de su cuaderno de rayas en el que practica su escritura con la misma frase una y otra vez: I deserve to be loved. Rey lo abraza para tranquilizarlo y le dice en voz baja y serena: Don’t worry. I’m gonna make it and when I make it, I’m taking you with me.


Autores
(Ciudad de México, 1987) es fotógrafo documental enfocado en los efectos de las políticas económicas globales sobre pequeñas comunidades.
Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

 

Rafael Gumucio resalta la lucha interna y externa del legendario físico y poeta por librar a la poesía de la solemnidad, y nos recuerda que el legado de Parra no sólo es la antipoesía, sino también la resistencia.

 

La historia de la antipoesía contada por Nicanor Parra es la de un combate lento y complejo para poder decir en voz alta lo que pensaba en secreto y silencio desde que nació en San Fabían de Alico, sur de Chile, en la primavera del año 1914. Su infancia y adolescencia las pasó en Lautaro, Santiago y Chillán, cerca de cementerios, prostíbulos y circos pobres. Quizá por eso no pudo creer en ninguno de los grandes metarrelatos de su época. La belleza y la pureza le resultaban mentiras piadosas. Le parecía que la poesía al intentar embellecer el diálogo, olvidaba justamente el poder de la real conversación. Le interesaba la realidad real, pero sabía que hablar de eso, de todo eso, lo obligaba al peligro de quedar expuesto y solo en un mundo cultural que se dividía entre el surrealismo místico del grupo Mandragorista y su maestro Vicente Huidobro y la retórica fundacional de Pablo Neruda y su banda.

Así, poder hablar, permitirse el derecho a hablar, fue su único combate. Preguntas que a finales de los años cuarenta pasaron de su cabeza a su garganta, y de ahí a sus pulmones impidiéndole a comienzos de 1952 pronunciar ninguna palabra de más de dos sílabas.

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)


 
 

«Cuando niño, yo me asustaba mucho con las caras, con los trajes y con las voces de los interlocutores, y quedaba prácticamente inhibido para comunicarme —les decía a los estudiantes de la Universidad de Chicago en 1987, invitado por el catedrático americano René de Costa a dar un seminario sobre su poesía—. Quedaba pegado, por ejemplo, en un par de anteojos; si alguien me miraba con unos anteojos chiquititos así, entonces yo me quedaba pegado en los anteojos, o en si la nariz era demasiado gruesa. De eso se trataría, de encontrar un método que le permita a uno efectivamente llegar al interlocutor, sin enredarse, sin quedarse pegado en el mar de Sargazos. De a poco empecé a perder la voz. Podía decir palabras aisladas: árbol, árabe, sombra, tinta china. Pero juntar las cosas no podía. Por ejemplo: podía yo decir “qué”, “hora”, “es”, pero “¿qué hora es?” no me podía salir. No podía hablar, no era una simple especulación».

Tenía 38 años. Trabajaba como profesor de mecánica teórica, una rama de la física en la Facultad de Física y Matemática de la Universidad de Chile. Su incapacidad de hablar lo obligó a desplazarse de la docencia a las labores administrativas. Se convirtió en subdirector de la escuela. Ni joven ni viejo, era entonces un hombre delgado, moreno, casi siempre impecablemente trajeado de tweed y corbata, casi siempre serio, alerta, aun cuando lograba salir de los monosílabos usaba el tono altisonante e irrisorio de los payasos de circo pobre. Eso eran sus hermanos, rumoreaban sus colegas y alumnos en tono de burla. Los habían visto alguna vez en bares, carpas desvencijadas, cantando en prostíbulos, Roberto, Eduardo, Lautaro y Óscar (alias Tony Canarito).

La vergüenza era aún la moneda más corriente en su intercambio con el resto de los colegas y alumnos que sabían sin saber del todo una serie de rumores sobre el subdirector de la carrera, un señor formal y puntual que más o menos abandonó a tres hijos por ahí junto a su madre, Ana Troncoso, reemplazada por una misteriosa sueca igualita a Ingrid Bergman en Stromboli, de Rosellini, una película en la que una sueca, por desesperación económica, se casa con un pescador siciliano que la lleva a una miserable isla volcánica donde nadie intenta entenderla.

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Sin aire, a veces el profesor repasaba su vida larga y angosta, una serie de logros que eran fracasos, un libro que ganó el premio municipal que le daba vergüenza, una beca en Oxford en que se dedicó a no estudiar nada, y la impresión de comprender todo, de tener todo más claro que nadie y no poder decírselo a nadie. «Me morí una vez haciendo clases en la Escuela de Ingeniería —le contó a la periodista Ximena Torres Cautivo en 2001—. Vi un rectángulo con mis dos manos encima: después me di cuenta de que era un libro. Fue una secuencia en tres etapas. Lo vi al frente mío, después lo mismo en negativo, el mismo rectángulo negro. De repente, volví. Estaba sentado frente a mis alumnos y eso me produjo cierto terror, una molestia tremenda. Y dije: ah, pero claro. Ellos son mis estudiantes; yo soy Parra. Habían transcurrido los nueve segundos en el ring; yo llegué hasta ocho. Al décimo, uno está listo: knock out».

Resucitado salía a la calle después de hacer clases y era víctima de alucinaciones criminales. Ganas de mear sobre los muros y escribir con su orina consignas terribles. Ganas de encabezar rebeliones de mendigos, ganas de morir y de matar.

«Yo estaba tartamudeando —explicaba Parra a los alumnos de Chicago— para conquistar un discurso plausible. Entonces, como los discursos no me parecían plausibles, no podía hablar. Me parecía una mentira, una comedia, hablar como habla un profesor, por ejemplo, o como habla cualquier sujeto, o como habla un poeta establecido».

«Un terror al significado, un horror al significado, una conquista, un discurso plausible», se diagnosticaba a sí mismo en la consulta del psiquiatra que le hizo ver que llevaba ya tres sesiones hablando perfectamente.

Si quiere seguir viniendo, venga, pero ya no es necesario.

Aunque hablaba, sentía que seguía siendo mudo.

Cuento eso como un hecho después de otro. La historia de un hombre de clase media atormentado por su pasado y aterrorizado por su futuro. Pero Parra contaba la historia como una leyenda medieval, como una lucha de fuerzas míticas, como una broma.

No podía hablar, ni menos escribir, así que pegoteaba palabras con Enrique Lihn y Alejandro Jorodowsky, dos jóvenes de menos de 20 años, que mezclaban en enormes cartulinas titulares y fotos del diario que luego colgaban en la calle para provocar a los paseantes.

ANTROPÓLOGOS COMPRAN MUERTOS O HERIDOS EN FRASCOS.

O

GORDO ESPECTACULAR HA SOBREPASADO TODO LÍMITE DE CONSIDERACIÓN Y RESPETO.

O

EN UN ASILO DE HUÉRFANOS SE DISPUTAN OJOS Y OÍDOS.

Quebrantahuesos, como le puso Parra por un pájaro terrible del sur, y provocó un pequeño escándalo con carabineros, y opiniones encontradas en la ciudad resfriada de 1952. Y después el silencio, la carga académica, los permisos sin sueldos, los exámenes finales. Rumiando versos mientras tanto, inventando defensas para no publicarlos, para terminar de terminar esas frases oídas de pasada en la calle. Hasta que sin aviso previo Pablo Neruda lo retó a duelo.

«A ver, Parrita, léenos algo si te atreves, lee esos esquinazos tan graciosos…».

«El poeta —abría los ojos y las manos Nicanor Parra en Las Cruces para señalarte la importancia del momento—, así se decía entonces, “el poeta”, y todo su círculo, todos esperando ahí para destruirme. No se le podía decir que no así nomás al poeta. Eso sí que no».

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Y sus cejas y sus uñas amarillas crispadas para que supiera que venía el salto mortal. «Qué se hace en esos casos, me pregunto yo», se seguía preguntando Parra como si se tratara de una película del Oeste, o más cerca aún, unas coplas del Martín Fierro. Neruda quería unos «Esquinazos», unos poemas semifolclóricos que le habían gustado cuando conoció a Parra en Chillán en 1938. Parra sabía que si le daba eso se encerraría para siempre en el personaje que Neruda le había inventado. Tenía que hablar, tenía que lanzar su voz o morir para siempre. Así que, agitado, buscó entre las hojas fusiladas por la máquina de escribir. Las vacas sagradas a su alrededor sostenían el silencio. Hacía frío, como siempre de noche en La Reina, Los Guindos, Michoacán, como llamaban la casa que compartía el poeta con la Hormiguita, Delia del Carril, «tú ubicas con la Hormiguita, la mujer del Pablo». Todos eran redondos, gordos, imponentes. Sólo Parra se sostenía en sus huesos como un pararrayo al que se colgara una cresta de indomable pelo negro.

Carraspeó. Su garganta atravesó varias capas de hielo hasta encontrar la voz rotunda y falsa de sus hermanos en el circo. Esa voz que habla directamente desde los pulmones. Fingió leer el poema que sabía de memoria, porque llevaba años y años redondeando cada palabra, cada exabrupto:

Los delincuentes modernos
están autorizados para concurrir diariamente a parques y jardines,
provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo […]

La cara redonda de Acario Cotapos, del ex policía Diego Muñoz, la complicada cara de bandido rural de Tomás Lago, la Hormiguita Delia del Carril y las ojeras anfibias de Pablo Neruda que no entiende: «¿dónde va Parrita? ¿Qué pretende este cabro ahora?» Parra sintió la obligación de seguir, aunque el frío le hiciera doblar las rodillas y bajo sus zapatos de cuero, cubiertos de una delgada capa de polvo, se abriera un vacío de mil metros:

[…] entran a saco en los quioscos favorecidos por la muerte
e instalan sus laboratorios entre los rosales en flor.
Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que deambulan por los
alrededores
procurando levantar un pequeño templo a la miseria
y si se presenta la oportunidad llegan a poseer a un lustrabotas
melancólico.

«Cáspita, recórcholis, sorpresa general, escándalo, silencio totaaaaal. ¿Qué es eso? ¿Qué pasó aquí?», contaba Nicanor Parra 50 años después de aquel día, en casa de Neruda, en el centro mismo de su círculo, que asombrado le quitó las hojas de las manos buscando el truco:

«¿Cómo hiciste eso, Parra? ¿De dónde sacaste eso?»

Agitando las hojas para ver si caía la trampa, las palabras, algo. El resto no se atrevía a pronunciarse antes de que lo hiciera el propio Neruda, que dejó pasar varios segundos para luego levantar las cejas, el pecho gigantesco, la voz nasal, y decretar que lo aprueba total y parcialmente, que incluso lo prologaría.

Era 1954. Cumplía 40, había recuperado su propia voz, y fue el año en que, de una u otra manera, Nicanor Parra admitía haber nacido.


Autores
(Santiago, Chile, 1970) es escritor y dirige el Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales en Santiago. Su novela más reciente es El galán imperfecto (2017).

Ilustrador
Hernán Gallo
(Ciudad de México, 1987). Es ilustrador y artista gráfico. Ha colaborado en revistas para Chile, México y Colombia. Actualmente trabaja en proyectos independientes y colabora en libros y revistas.