¿Qué es lo que llamamos hogar? ¿El lugar más radical al que nos llevan nuestros pasos o la cueva más segura que resguarda nuestro corazón? La autora argentina María Luque se revela con su reciente publicación Casa transparente (Sexto Piso, 2017) como una voz atractiva en el panorama de la novela gráfica. Ya había dado un primer golpe de autoridad con La mano del pintor (Sigilo, 2016), donde narra la historia del encuentro de su tatarabuelo, el médico Teodosio Luque, con el pintor Cándido López; y cómo el fantasma de este último coincide con María a través del misterio de un cuadro.
En Casa Transparente el acercamiento viene también de lo autorreferencial, sin embargo, con Luque la obra es un mapa, un impulso y una posesión. El mapa de esta casa nos pierde, para bien, por las ciudades de Buenos Aires, Rosario, Bariloche, Cusco y Ciudad de México; y en el cobijo de sus miniaturas nos adentramos en lo cotidiano, en lo real y por consecuencia en lo fantástico.
El personaje de María se dedica a cuidar las casas de sus amigos que salen de viaje. Para ser ciudadano del mundo se necesita de una llave, de varias o, mejor, de ninguna. Basta ser alguien digno de confianza (o sólo tener una buena memoria) para vivir una vida memorable.
María es también una brújula desde el nomadismo, ante las recientes crisis inmobiliarias en España y Estados Unidos. Así, la imposibilidad de hacerse de un piso o de un pedazo de tierra donde caernos muertos abre una coordenada a los desplazamientos humanos por un mundo que nos pertenece y al mismo tiempo nos pone fronteras.
El trabajo gráfico es un impulso de viveza particular, con colores brillantes, una paleta amplia que se desborda en escenas clave. En lo literario transita hacia lo fantástico: sueña María que sueña una puerta debajo del mar. En lo visual contrapone el comentario de una madre a su hija al referirse a la nómada María: «No tiene casa porque es pobre». Pero es todo lo contrario: porque no se puede ser pobre si se vive el mundo como lo ve María. Es que Luque dibuja, dibuja y dibuja con pasión. Y no puedo sino celebrar esa fuerza a la luz, pero como lector le reclamo paciencia en sus escenas nocturnas.
La posesión de María es, pues, la desposesión: cuando uno hace una maleta se lleva todo y nada. Ser y estar es lo que define a esta casa transparente, acaso la visibilizamos en Bariloche por los manifestantes del despido de trabajadores del transporte, en Rosario cuando Pedro la nombra «maga espectral blanca» o en Cusco en ese muro donde quedaran retratados los rostros de los amigos pasajeros. La vemos en las decisiones que tomamos y en las que no, porque en todas ellas hay vasos comunicantes.
En una entrevista, Luque afirma: «La ilustración es un lugar a donde uno llega y ya se siente cómodo», y al mirar el libro entendemos el amplio sentido de su obra, donde el dibujo es un cuerpo, una casa, una ciudad, un continente de posibilidades. En inmejorable momento aparece la voz de Luque. Las nuevas horas del viejo tiempo se pueblan de dibujantes como ella, que ven en el cómic la roca y la seda para visibilizar el espacio que ya merecían como autoras. El futuro les pertenece.
Foto: Marco Antonio Murillo, Lorena Ventura y Moriana Delgado.
Esta década se ha encargado de elevar a la memoria centenaria a grandes escritores mexicanos. Octavio Paz, José Revueltas, Efraín Huerta en 2014; Juan Rulfo en 2017 y Alí Chumacero en este año que corre.
Para conmemorar los cien años del poeta nayarita, la Secretaría de Cultura organizó en el marco del homenaje Miro nacer la tempestad. Cien años de Alí Chumacero una plática con autores de Tierra Adentro en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, junto con la proyección del documental Alí Chumacero. Palabras en reposo, que hace un recorrido por los noventa años del escritor, en el que se rescatan varias de sus facetas personales, su visión casi fatalista y su incuestionable humor. Con voz cansada aunque severa, Chumacero aparece leyendo sus poemas, algunos de los más conocidos y por los que está seguro que su nombre seguirá vigente, como “Poema de amorosa raíz”:
Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.
En la charla, una vez que la reunión congregara más gente, participaron Marco Antonio Murillo, Lorena Ventura y Moriana Delgado como moderadora, quienes profundizaron en la figura de Alí Chumacero y su importancia en el trabajo tanto literario como editorial en el campo cultural. Chumacero, a pesar de ser un escritor que tiene asegurado su lugar en la historia de la literatura mexicana no siempre es muy difundido, y su obra tiene el acierto de enraizarse en cierta complejidad. Ventura comenta al respecto: “Entre más barroco, mejor. Chumacero encabeza este grupo, el de los herméticos y barrocos”.
Tras un intercambio de comentarios, breves interrupciones y un corresponsal que se mostró como ferviente opositor de las fotografías hechas por celulares, Marco Antonio dio paso a la lectura de “Monólogo del Viudo”, mientras Ventura concluyó que quizá una de las premisas que rige la poesía de Chumacero sea: “Estamos solos en el mundo y vamos a morir, pero a veces ocurre que nos enamoramos, y el amor logra detener el tiempo”.
Abro la puerta, vuelvo a la misericordia
de mi casa donde el rumor defiende
la penumbra y el hijo que no fue
sabe a naufragio, a ola o fervoroso lienzo
que en ácidos estíos
el rostro desvanece. Arcaico reposar
de dioses muertos llena las estancias,
y bajo el aire aspira la conciencia
la ráfaga que ayer mi frente aún buscaba
en el descenso turbio.
No podría nombrar sábanas, cirios, humo
ni la humildad y compasión y calma
a orillas de la tarde, no podría
decir “sus manos”, “mi tristeza”, “nuestra tierra”
porque todo en su nombre
de heridas se ilumina. Como señal de espuma
o epitafio, cortinas, lecho, alfombras
y destrucción hacia el desdén transcurren,
mientras vence la cal que a su desnudo niega
la sombra del espacio.
Ahora empieza el tiempo, el agrio sonreír
del huésped que en insomnio, al desvelar
su ira, canta en la ciudad impura
el calcinado son y al labio purifican
fuegos de incertidumbre
que fluyen sin respuesta. Astro o delfín, allá
bajo la onda el pie desaparece,
y túnicas tornadas en emblemas
hunden su ardiente procesión y con ceniza
la frente me señalan.
¿Te imaginas saber exactamente el día y la hora en la que morirás? ¿Qué harías mientras esperas ese fatídico momento? ¿Tratarías de evitarlo? Justamente es lo que nos presenta Alejandro Hernández Palafox en su novela Los últimos días de Ramón Pagano, una situación inevitable, pero que ni siquiera el condenado quisiera cambiar.
Ramón Pagano, protagonista de esta peculiar historia, se encuentra entre la espada y la pared: está condenado a la pena de muerte por ser el supuesto asesino de su jefe. Lleva poco más de ocho años en la cárcel y por fin llegó el momento del veredicto: será el primero en darle “vida” a la pena de muerte para hacerle justicia a los inocentes. Sin embargo, Pagano sabe que no todo fue su culpa y le duele ver a su familia sufrir por él.
A lo largo de la historia podemos darnos cuenta de las habilidades tan impresionantes de Ramón: tiene una memoria privilegiada y gran facilidad para las matemáticas, los números y el dinero, por lo que mucha gente lo busca para trabajar con él. Gracias a esto, realizó discursos para el presidente de la República y asesoró a su gabinete. No todo fue bueno en su vida, pues desde chico cometía delitos de todo tipo, que cada vez subían de magnitud, hasta llegar a pertenecer a un poderoso cártel. En Los últimos días de Ramón Pagano se cuenta cómo es que él se hacía cargo del dinero que entraba a dicha organización y que, a veces, la relación con su jefe no era muy buena.
Vemos que ser condenado a la horca no lo deprime del todo: se siente tranquilo, pues pronto terminará su sufrimiento, ya que no tiene sentido seguir vivo en calidad de preso. Y aunque por momentos puede ser incómodo ver a su madre llorar por su culpa y por decepcionar a los que confiaban en él y lo querían, sigue pensando que es alguien afortunado por tener la fecha exacta de su muerte.
Tampoco pierde la ocasión para pensar acerca de la existencia de Dios y si él, quizá, pueda ver todas las fechorías que hizo hasta llegar a este punto, o si tal vez pueda perdonarlo después de hacer algo tan malo.
Los últimos días de Ramón Pagano es una novela que invita a reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre lo que pensamos que está bien y lo que no, y si aprovechamos nuestro paso por este mundo.
Una narración divertida, entretenida y un tanto sarcástica, que nos demuestra que nadie tiene el futuro asegurado y que quizá mañana podría ser nuestro último día.
“Señor Pagano, ¿entonces para qué es la vida? No sé, dije, lo que sé es que los seres humanos somos como los automóviles: empezamos a depreciarnos en cuanto salimos de la agencia”.
En el prólogo de El ensayo mexicano moderno, José Luis Martínez describe algunas de las que denominó “formas afines” al ensayo, entre ellas cuenta al artículo, al estudio crítico, a la monografía, a la crítica y al tratado. Más ambiguas que esclarecedoras, estas categorías cuando menos sirven de punto de partida para reflexionar sobre las fronteras y los tránsitos entre géneros textuales, formas discursivas, saberes y estilos. “Mezclándose, confundiéndose o apartándose de estas formas afines vive en el pensamiento moderno este cuerpo fluido que es el ensayo”, escribió Martínez. En su taxonomía, conformada por diez clasificaciones, incluye al final a lo que llama “Ensayo breve, periodístico”, y al cual define como “el registro leve y pasajero de las incitaciones, temas, opiniones y hechos del momento, consignados al paso, pero con una agudeza o una emoción que lo rescaten del simple periodismo […]”. Para José Luis Martínez es claro que el ensayo puede tomar muchas formas y nutrirse de géneros diversos, pero su espíritu es reconocible aun si congrega distintos estilos o si, por el contrario, forma parte de un todo mayor en el que “lo ensayístico” es un recurso o componente.
La cercanía del ensayo con el periodismo, con la crítica y la interpelación pública de ideas viene de mucho antes que la publicación de la antología ya canónica de José Luis Martínez de 1958. El talante crítico del ensayo y su relación con el ejercicio del criterio para el análisis de su tiempo se remonta a por lo menos el siglo XIX. Su genealogía puede rastrearse hasta El Renacimiento, publicación cultural y literaria de Ignacio Manuel Altamirano que comenzó a circular a inicios de 1869 y que incluyó, además de textos literarios, artículos y ensayos, tanto del propio Altamirano como de otros autores de la época (Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Justo Sierra, por mencionar unos cuantos). El arco histórico se proyecta hacia las revistas del modernismo, Revista Moderna y Revista Azul, luego descansa en Contemporáneos y Ulises, continúa con Plural y Vuelta, y desemboca en las actuales Nexos y Letras Libres. En el camino proliferan las publicaciones de todo tipo, con filiaciones y vocaciones diversas, algunas de ellas fundamentales para entender la cultura mexicana: Barandal y Taller, Revista Mexicana de Literatura y Diálogos, S.Nob y El corno emplumado, Revista de la Universidad de México y La palabra y el hombre, entre muchas otras.
La constante de la gran tradición hemerográfica mexicana es clara: el ensayo tiene un papel central. Históricamente su función en las revistas ha sido la de establecer un territorio para la discusión intelectual, casi siempre del presente, o del pasado resignificado por su peso en ese presente. El ensayo ha tenido una relación tensa con la actualidad porque no parece ser su terreno natural del todo y, sin embargo, suele ser vehículo para la confrontación literaria y, muchas veces también ideológica, de tipo coyuntural. “El ensayo es lo que fue desde el principio: la forma crítica par excellence, y precisamente como crítica inmanente de las formaciones espirituales, como confrontación de lo que son con su concepto, el ensayo es crítica de la ideología”, escribió Theodor Adorno en “El ensayo como forma”. Cuántos ensayos no fueron escritos de forma exclusiva para su momento y acabaron trascendiendo su tiempo y sus circunstancias. Están para confirmarlo el Manual del distraído, de Alejandro Rossi o Cómo leer en bicicleta, de Gabriel Zaid, por mencionar apenas dos ejemplos arbitrarios. El ensayo, aunque se despliegue en el presente continuo, se proyecta hacia la posteridad. A este arte, a veces impredecible y caprichoso, le ha llamado Hugo Hiriart el arte de perdurar.
Las propias publicaciones han sido espacios para la reflexión ensayística (en todas sus variantes, formas, vertientes, inclinaciones). En Viaje de Vuelta. Estampas de una revista, Malva Flores documenta cómo gracias a la insistencia de Adolfo Castañón, ensayista emérito de nuestras letras, el ensayo tuvo un espacio de reflexión fomentado por la propia revista. No ha sido esa la única para la que el ensayo ha sido epicentro reflexivo. Desde hace años, el ensayo se discute y se piensa no sólo como vehículo de la historia de las ideas (esa forma ancilar de la que hablaba Alfonso Reyes) sino como escritura autónoma en su especificidad estética. Revistas que han dedicado números monográficos al ensayo mexicano han sido, por ejemplo, en años recientes: Luvina, de la Universidad de Guadalajara, cuyo número 63 (verano de 2011), “Contraensayo”, fue editado después en forma de libro por la UNAM en 2012; o la revista Biblioteca de México, que en su edición de septiembre-octubre 2013 reunió textos de varios escritores nacidos entre los años cuarenta y los años setenta. Letras Libres y el suplemento cultural del diario Milenio, Laberinto, albergaron una álgida polémica entre Luigi Amara, Rafael Lemus y Heriberto Yépez acerca de la naturaleza indómita del ensayo. Y cuántas revistas reconocen la función preponderante del ensayo en sus páginas: Crítica, de la BUAP, que siempre se nutrió de ensayos de altísima calidad, solía comenzar sus números con “El sueño de la aldea”, una sección de ensayos literarios que se volvió un clásico. Así como las épocas recientes de las revistas Tierra Adentro,Revista de la Universidad de México y La Tempestad que han conformado dossiers de ensayos sólidos, bien documentados, bien escritos, que no privilegian las ideas sobre el estilo, sino que, conscientes de la importancia de ambas instancias o dimensiones, suelen ser muy exigentes editorialmente con la calidad estética de las colaboraciones, mismas que no apelan a la autonomía de sus ideas frente a su prosa. Gracias a este corpus histórico y viviente, se desarrollaron y consolidaron subgéneros de la escritura en su interacción con la publicación periódica, como la reseña, el artículo de divulgación, la columna. No todos pueden ser considerados ensayos, pero siempre serán un espacio de producción idóneos para el ensayista, esa especie de escritor subterráneo, que está presente siempre, aunque no lo parezca, aunque su labor no se reconozca del todo o, incluso, se menosprecie.
De donde vengo, se le conoce como el “uno y uno” a ese hallazgo civilizatorio en el que los automovilistas, en un acuerdo tácito que todos respetan, avanzan por las calles bajo la consigna de que “yo no soy el único que quiere llegar a donde voy”, de tal modo que, en la convergencia inevitable de dos autos en una encrucijada urbana, habrá de operar ese convenio en términos de ceder el paso al otro sin protestar. En Aguascalientes, mi ciudad, el “uno y uno” no sólo es respetado por todos: es que a nadie se le ocurriría violar esa norma no escrita. El “uno y uno” organiza los encuentros entre dos voluntades, guía las direcciones y los turnos para avanzar. Funciona como estructura y como principio de orden. ¿Qué pasaría el día en que, en un arrebato de egoísmo colectivo, dejara de respetarse ese esquema armonioso?
Imaginemos un escenario. Extraigamos quirúrgicamente al ensayo de las revistas y suplementos del país. En vez de reseñas críticas tendríamos textos tipo cuarta de forros o ya de plano banners publicitarios; en vez de números monográficos bien pensados, editados y equilibrados, obtendríamos dossiers ambiguos en los cuales las ideas brillarían por su ausencia; en lugar de columnistas con algo que decir, habría secciones con datos aleatorios tipo de Playground, Cultura Colectiva, Pijamasurf o, peor aún, Buzzfeed. Hay que decirlo, todo esto ya lo hemos empezado a ver.
Recurro nuevamente a Adorno: “En el ensayo se reúnen en un todo legible elementos discretos, separados y contrapuestos; no es el ensayo andamiaje ni construcción. Pero, como configuraciones, los elementos cristalizan por su movimiento. La configuración es un campo de fuerzas, como en general, bajo la mirada del ensayo toda formación espiritual tiene que convertirse en un campo de fuerzas.”
El ensayo ha sido el semáforo organizador de fuerzas encontradas en nuestra literatura. Las ha articulado, combinado, secuenciado; les ha inyectado una lógica, ha formulado una dinámica que me recuerda a ese “uno y uno” de las calles de mi ciudad. A las revistas literarias las sostiene una presencia constante en sus páginas, una estructura convencional, que no por ello esclerótica. Un esquema que está ahí, casi invisible o soterrado. El ensayo es su sistema articulatorio (también circulatorio, nervioso y, por qué no, respiratorio) y prescindir de su presencia sería convertir al periodismo cultural en algarabía. El ensayo funciona como principio de orden para el tránsito de autores, de tradiciones, de posturas estéticas, de diatribas y polémicas; las organiza en un espacio de diálogo que ha logrado consolidarse como esa forma por antonomasia en la que circula la cultura, particularmente, la discusión literaria. El ensayo ha dotado de sustancia, consistencia, cohesión y sostén a nuestras letras. En el idioma común de la cultura, el ensayo se ha convertido en la sintaxis de la literatura mexicana.
En “El ensayista que no quería citar y otras historias”, Eduardo Huchín Sosa traza un retrato irónico sobre el gremio ensayístico a partir de un ensayista que reflexiona sobre el porvenir del género. “‘El futuro está en las compilaciones; es una de esas cosas que presintieron quienes más saben de negocios: los piratas y los pornógrafos’”, sentencia, resuelto, el ensayista hipotético. Luego, continúa el relato especulativo: “Pasaron los años y el ensayista nunca publicó un libro individual. ‘Me siento como los bajistas de las bandas de rock que transitan de disco en disco y de grupo en grupo, mientras son los otros los que se vuelven solistas’”. Ése es el don y la maldición del ensayista: en la banda de rock de la literatura, su rol es obrar en la tiniebla, en el fondo inaudible del escenario literario, y desde ahí marcarle el ritmo de los demás. Mejor aún: ser necesario siempre. Un amigo bajista me dice: la ventaja de tocar el bajo es que siempre eres requerido en algún lado, a las bandas nunca les hace falta vocalista o guitarrista, siempre necesitan un bajista, y como casi nadie lo es, siempre somos imprescindibles. ¿Qué hermana al ensayista en una publicación y al bajista en una banda de rock? La modesta labor ordenadora de su arte.
El primer fanzine del que tuve noticia fue un pequeño libro de dibujos e historias que fabriqué de niña con ayuda de mi tía. Ella dobló las hojas para formar un cuadernito, numeró las páginas, estructuró más o menos la alucinada historia de princesas, sapos, matrimonios y divorcios que le dicté, me dio unas crayolas, transcribió abajo de cada dibujo las frases que les correspondían, y, una vez terminado todo, procedió a coserlo cuidadosamente. Todavía lo guardo con enorme cariño. ¿Qué diría mi tía si supiera que implantó el germen de un espíritu punk en mi interior?
Saliendo de la carrera, empecé a trabajar en distintas editoriales. Regresando del trabajo, pensaba que debía haber algo más que los interminables ires y venires en metro, las correcciones de estilo, las planas, las acartonadas presentaciones de libros. Una manera de saltarse la fila, de tomar una ruta alterna. Finalmente, la vida me llevó, no sé muy bien cómo, a un taller de fanzines que organizaba el colectivo Cráter Invertido, que en ese entonces estaba a unas cuadras del metro San Antonio Abad, en la Obrera. Ahí aprendí que el término fanzine viene de fan magazine (revista de fans, para fans), y que nació en el ámbito de la Ciencia Ficción, en los años cuarenta, en Estados Unidos. Al principio, los fanzines eran publicaciones amateur de pequeño tiraje, con una función semejante a la que hoy día cumplen los blogs, las listas de correos o los grupos de WhatsApp: compartir información. Algo así como una plática entre amigos, con mayor alcance. No estaban pensados para un gran público, sino para uso interno. Solían ser gratuitos, y el trabajo de aquéllos que lo fabricaban no era remunerado.
Durante las sesiones del taller, pude entrever el sentimiento poético que se oculta detrás de una máquina fotocopiadora, y llena de entusiasmo escuché hablar durante horas acerca de Walter Benjamin y La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Hallé así las bases de un arte político, que busca salirse del marco meramente artístico para restituir su vínculo con la vida y con la sociedad —vínculo que la llegada de la modernidad había roto—. También me di cuenta de la delgada línea que separa al espíritu punk, anti-institucional, y la academia. A pesar de la voluntad fanzinera de compartir información entre la banda, desde abajo, muchos de los escritos acerca del fanzine son absolutamente incomprensibles para aquéllos que no están familiarizados con la filosofía y la teoría literaria. Como en todo, las cosas son más complejas de lo que parecen.
Poco a poco empecé a ver revistas y fanzines por todos lados, como aquellas mujeres que, al embarazarse, notan que la calle está llena de mujeres embarazadas. La ciudad estaba rebosante de pequeños folletitos llenos de letras y dibujos. El café de la esquina vendía una revista barrial, el señor del puesto de periódicos fabricaba un pequeño periódico con sus vecinos, y la tienda de ropa y artesanías de la otra cuadra vendía libros cartoneros. Mis amigos me empezaron a regalar las revistas estudiantiles en las que habían participado, les compré sus fanzines a los del café zapatista, y hasta me puse a hojear con nuevos ojos el Machetearte. Los cuadernillos de los discos me parecieron fanzines, los programas de los conciertos en la sala Neza me parecieron fanzines, los libros de Material de lectura me parecieron fanzines. Sentía que el mundo entero cabía en un cuadernillo de hojas engrapadas.
Los fanzines y la contracultura
Los fanzines no poseen inherentemente un carácter político. Sin embargo, en la década de los sesenta, se volvieron un medio de expresión contracultural importante. A partir de entonces, distintos grupos contraculturales —anarquistas, feministas, queer, ecologistas, etc.— adoptaron esta forma de publicación por tener características con las que se podían identificar y que podían usar a su favor. La primera de ellas es, por supuesto, su carácter práctico y económico. El bajo costo de producción del fanzine lo volvió ideal para llegar a grupos sociales marginados: podían ser repartidos gratuitamente, vendidos por casi nada, intercambiados por algún otro producto u ofrecidos a cambio de una “cooperación solidaria” indefinida, es decir: dame lo que puedas. Las siglas diy —do it yourself/hazlo tú mismo— resumen la forma en que los punks, al apropiarse de los medios de producción —comprando una fotocopiadora, usando las impresiones gratuitas de alguna oficina, haciéndose amigos del chavo de la papelería, o usando la impresora de sus vecinos—, pudieron saltarse las distintas etapas burocráticas que requiere una publicación —la corrección de estilo, la corrección de galeras, la corrección ortotipográfica, las pruebas finas, etc… — para llegar directamente a la médula de la cuestión: el intercambio de toda clase de contenidos, fueran artísticos, políticos, informativos o de cualquier otra índole. De esta manera, el fanzine ofrecía —y sigue ofreciendo— una alternativa frente a las grandes editoriales, cuya producción masiva está sometida a valores económicos, y donde no suelen estar representadas las voces del margen. Existen fanzines consagrados al desmadre, pero también existen fanzines hechos por colectivos involucrados en luchas sociales concretas, como el fanzine penitenciario Leelatú, hecho por mujeres de Santa Martha Acatitla, que busca darles voz a las presas.
El trabajo amateur cuestiona la división del trabajo: todos los implicados en hacer un fanzine suelen hacerle a todo, idealmente sin jerarquías, aunque en la práctica esa parte sigue siendo complicada. En ese sentido, se trata también de una actividad sumamente pedagógica, en el sentido que Ivan Illich le da al término: se forma un conocimiento a partir de la práctica y el intercambio libre del saber, sin necesidad de diplomas, títulos o demás formas institucionales de acumular y privatizar la información. En los años ochenta, la aparición de la licencia copyleft, para propiciar el libre uso y distribución de una obra —en contraposición al copyright, restrictivo, generalmente en beneficio del editor—, abonó a este impulso, y en muchos fanzines actualmente se puede encontrar el signo de una C invertida en un círculo —del Copyleft—, o los signos de la licencia Creative Commons —“algunos derechos reservados” — que surgió en el 2001. Cuestionar la noción de propiedad en el terreno de la información condujo también a discutir nociones como la autoría; por lo que muchos fanzines son anónimos, usan pseudónimos o identidades colectivas. Las ferias de fanzines se vuelven espacios para intercambiar ideas, saberes, formas distintas de ver y hacer las cosas, donde el dinero pasa a segundo plano. La colaboración solidaria es también una forma de re-pensar las relaciones humanas.
Todo esto es, por supuesto, la teoría. A la hora de poner en práctica la utopía del fanzine, suceden cosas tan absurdas y desgastantes como discutir durante horas si la tipografía de los textos debe llevar o no serifas (patitas); si la bebida que se ofrecerá en la presentación del fanzine debe ser cerveza artesanal o un tipo de fermentado de jamaica colado en calcetín; si imprimir el precio en la contraportada en cucs —pesos cubanos convertibles— es o no capitalista. Uno se encuentra, en el camino, a toda clase de personajes, desde los más idealistas y románticos —entre los que, hasta cierto punto, me incluyo— hasta los más estrafalarios, pasando por los decididamente solemnes. Los egos y los orgullos no tienen ideología, y tomar decisiones en asamblea no es tan fácil como parece. Y después de esfuerzos descomunales por juntar el varo —porque al fin de cuentas, no queremos que nuestro fanzine se vea taaan rupestre—, apenas alcanza para un tiraje de doscientos ejemplares que, en vez de penetrar las grietas del sistema, y la consciencia de los trabajadores, acaban en manos de nuestras tías y nuestras abuelitas. No importa. Tal vez no cambiamos al mundo, pero conseguimos un montón de experiencias valiosas, y amistades chingonas. El fanzine, al fin de cuentas, es simplemente una manera de seguir viviendo y caminando.
Impresión
La enorme diversidad en el terreno de los fanzines no se relaciona únicamente con la variedad de contenidos o con las perspectivas ideológicas. El abanico de técnicas de impresión se ha vuelto también muy amplio. Algunos fanzineros rescatan máquinas análogas, mecánicas, que han sido hechas a un lado por la impresión digital. De esta forma le dan la vuelta a la obsolescencia programada: los objetos estaban mejor hechos antes, tanto así que siguen dando batalla las hermosas impresoras alemanas offset de la Obrera y la Doctores. Aquellos editores interesados en cuestiones plásticas han explorado alternativas de impresión que puedan renovar la estética de las publicaciones. La serigrafía, el esténcil, el mimeógrafo y más recientemente la impresora risográfica —que es una especie de mezcla entre la serigrafía y las fotocopias— han abierto las puertas a la experimentación visual. Por supuesto, esta exploración no es exclusiva del fanzine; también ha dado frutos en otros tipos de publicaciones independientes mexicanas, como los bellísimos libros hechos con tipos móviles de Juan Pascoe. La experimentación y la vanguardia suelen abrevar del pasado mucho más de lo que solemos darnos cuenta.
Distribución
El fanzine pone en cuestión todas las etapas editoriales: el contenido, la edición, la impresión, y por supuesto la distribución. Los circuitos de difusión de este tipo de publicaciones son muy variados, pero suelen diferir del circuito comercial. Difícilmente encontraremos fanzines en Gandhi o en el Sótano. Es posible que encontremos algún tipo de fanzine sofisticado en el Péndulo, pero también es poco probable. Generalmente se distribuyen de mano en mano; también suelen hallarse en librerías alternativas, ferias del libro independientes, prepas y universidades, festivales de poesía alternativos, conciertos de rock, etcétera. Por supuesto, dependiendo del lugar, y de la concurrencia, el tipo de fanzines cambia.
Se pueden encontrar fanzines de artista en librerías como Aeromoto o Wiser Books. La diferencia entre un fanzine y una plaquette de poesía puede llegar a ser muy delgada en ese terreno. En el extremo opuesto, he visto fanzines sumamente “rústicos” en el Foro Alicia, en el mercado del Chopo, y en la Facultad de Filosofía y Letras, entre otros espacios. Estos fanzines, aunque también son muy variados, suelen darle más peso a la difusión de información alternativa que al objeto impreso mismo, aunque por supuesto, dentro de esta “rusticidad”, también existe una propuesta estética que puede ser igual de interesante que la de los “fanzines de arte”, por llamarles de alguna manera. Algunos espacios con perspectiva y personalidad propias son la Cafeleería, que tiene un enfoque barrial, y donde se pueden encontrar fanzines de distintas índoles; la Casa del hijo del Ahuizote, centro cultural anarquista, en cuyos eventos se pueden encontrar libros y fanzines que apuestan por la calidad y que a la vez tienen una perspectiva política; el espacio cultural feminista Punto Gozadera; o la librería El Merendero de Papel que está en la Casa de Ondas, en Santa María la Ribera, uno de los pocos espacios en donde se pueden encontrar propuestas de publicación alternativa de otras partes del mundo. Finalmente, una forma importante de difusión fanzinera son los festivales y bazares itinerantes, como la Feria de libros y publicaciones anarquistas, el Autogestival, el ZinFuturo (de Guadalajara), o el Encuentro de libros, artistas e impresores en el museo Carrillo Gil. Además, por supuesto, de todos los espacios y bazares que no conozco, pues casi es imposible seguirles el paso. Si en la Feria del Maíz de Topilejo pude encontrar fanzines, es posible encontrarlos en los lugares más inesperados.
La escena fanzinera es tan viva y variada como efímera. Sin embargo, existen espacios con un carácter de preservación, puesto que, pasado el tiempo, estas publicaciones trazan una historia de nuestra contracultura, que puede ser de gran utilidad para estudiosos del tema, así como para los propios editores. El fanzine, siendo una propuesta de vanguardia, tiende a pensarse a sí misma como un género sin precedentes, como una ruptura total; sin embargo, tiene ya una tradición y un recorrido en nuestro país que vale la pena conocer. De entre los lugares que preservan fanzines, el más destacado es la Fanzinoteca del Museo Universitario del Chopo, cuyo catálogo es extenso e interesante. La Librería Social Reconstruir cuenta asimismo con excelente colección de fanzines mexicanos. En mi opinión, hacen falta más espacios como estos, que nos permitan conocer con mayor profundidad el lado B de la historia de las publicaciones impresas en nuestro país.
Conclusión
La cultura del fanzine puede ser abordada desde el punto de vista de los medios libres, desde la historia del rock y del punk, desde la gráfica y la literatura, desde la historia de los movimientos sociales, desde la historia de las publicaciones independientes, e incluso desde la historia de las técnicas de impresión. Su carácter anti-institucional y anti-sistémico los vuelve un bastión de resistencia cultural; sin embargo, la cultura “under” y la cultura “mainstream” se permean una a la otra más de lo que solemos admitir, al grado que se dan fenómenos como la revista El Fanzine, que sinceramente tiene muy poco de fanzinero. Pero, más allá de lo histórico y lo social, me parece que la libertad que ofrece el fanzine es semejante a la que siente un niño frente a una hoja blanca y unas crayolas. Se trata de la posibilidad del acto gratuito: escribir, dibujar, editar, por el puro placer de hacerlo, sin presiones sociales, intelectuales o económicas, sin pretensiones de demostrar nada. Un espacio donde nos podemos vaciar de todo, para reencontrarnos con nuestros propios rayones interiores.
Con un lenguaje sencillo, ameno y con toques de humor, Paraíso en casa, novela de Adrián Curiel Rivera, nos demuestra lo fácil que puede ser engañar a los demás, el cinismo y la despreocupación al mentir, incluso a nosotros mismos.
La novela cuenta la historia de Regino Félix y, al mismo tiempo, la del personaje creado por éste: Humberto Rodríguez Mézquita. Esto da como resultado una narración enmarcada o del tipo “la historia dentro de la historia”. Ambos personajes viven una situación similar con sus respectivas familias. Y es que la vida de Regino da un cambio de ciento ochenta grados grados tras ser víctima de un asalto; a partir de ese día, todo lo que tenía desapareció.
No sólo tiene que lidiar con el desprecio de su esposa Nayelli, quien después de varios años de casados decidió que lo mejor era separarse, sino también con no poder ver a sus hijos como antes, pues quedaron bajo la custodia de su madre.
En Paraíso en casa, nombre de la novela que al mismo tiempo está escribiendo Regino, a Humberto o Beto Bala (reconocido escritor) lo persigue la desgracia, pues Ileana, su esposa, lo deja al descubrir su infidelidad gracias a una foto publicada en redes sociales. Sin posibilidad alguna de negar lo sucedido, Beto Bala ahora tiene que lograr que esta situación no afecte su imagen como escritor.
Y aunque los dos traten a toda costa de salvar su matrimonio, Regino y Humberto, en el camino cometen errores irreparables. Uno se relaciona con la persona menos indicada; el otro, con alguien que quizá le hace cambiar de parecer o, más bien, de esposa.
Paraíso en casa es una novela que entrelaza historias de amor, de complicidad, atracción y al mismo tiempo de dolor, sufrimiento, infidelidad. Incluso incesto. Este libro representa el día a día de una persona común y corriente, relatando anécdotas con las que el lector puede identificarse o, quizá, con las que en algún momento pensó en hacer, pero no lo hizo.
A lo largo del libro se descubrirá qué tan difícil puede ser cumplir las expectativas no sólo de una pareja, sino de la propia vida. Sabremos qué pasa con la vida de cada uno de estos peculiares hombres y de las personas con las que se relacionan. Veremos cómo la novela que escribe Regino (o quizá podríamos llamarlo Jimeno, pues su nombre no es tan fácil de recordar como muchos podrían pensar), se va modificando y no precisamente por gusto, sino por la opinión de otros.
¿Podrá publicar su historia tal como la creó? ¿Regino se enamorará de alguien más o seguirá esperando el amor de Nayelli? ¿Humberto logrará convencer a su esposa de que él no es el de la foto y que jamás sería infiel?