Foto tomada del sitio Correo del libro .
Cuando empecé a leer sobre Pita Amor y la obra poética de Guadalupe Amor, me di cuenta que me encontraba frente a dos mujeres y al mismo tiempo la misma. La obra Las dos Fridas podría ilustrarlo muy bien, pero tampoco es precisa, porque, en el cuadro de Frida Khalo, se trata de dos Fridas unidas por una intravenosa, pero es ella, Frida. En el caso Pita/Guadalupe, es la misma y no es la misma a un mismo tiempo, lo que significa que Aristóteles y su principio de no contradicción se quedan en un nivel primitivo. Ante esta circunstancia, las paradojas y las preguntas se cruzan por mi cabeza: ¿cómo puede ser la misma mujer y según el lente del observador, ser dos personas muy distintas?, ¿se podría desvincular la obra literaria de la vida del autor? Casi de inmediato me respondí a la segunda interrogante: NO, jamás, una no podría ir sin la otra. Sin embargo, en el caso de la escritora Amor esta escisión es muy evidente; Guadalupe y Pita, Pita y Guadalupe, pertenecen a un mismo universo, pero se separan en el abismo de una existencia que no tiene cabida para ambas, donde una de ellas es censurada, la otra es aplaudida y viceversa.
Pita Amor dice: “Mi poesía, más real que yo misma, está escrita por Guadalupe Amor. Mis amigos y enemigos personales, insisten en llamarme Pita”. Michael Schuessler, su biógrafo, también lo menciona: “Pita era una figura conocida, esto se debía sobre todo al estrafalario personaje que ella había construido, personaje que había devorado a Guadalupe Amor”. De manera similar lo refiere José Revueltas: “Hay dos Pitas, una de día, con sus vestidos interminablemente escotados, cuajada de joyas y centro de incontables relaciones amorosas. La otra nocturna, que penetra en la inmensidad del intelecto con la esperanza de hallar una verdad absoluta para luego perderse en el infinito de la nada”.
Pita y Guadalupe, las dos mujeres que se complementan porque una necesita de la otra, podrían pensarse como un yo lírico y un yo poético, donde el primero pareciera que se aleja del autor y no necesariamente está de acuerdo con él y el segundo expresa directamente la voz de quien lo escribe. Pero la autora Amor subvierte también este estamento, porque estaría más de acuerdo con Octavio Paz cuando dice: “el poeta tiene una voz que misteriosamente es y no es suya”. Sin embargo, no se trata de una voz, se trata de dos personalidades diferentes habitando un mismo cuerpo, caracteres que dialogan, un Jekyll y Hyde mucho más definidos, que van perteneciendo a dimensiones diferentes, donde cada vez se tocan menos, pero es necesario que cohabiten. En su poemario Más allá de lo obscuro (1951), la autora lo infiere:
I
Dos escaleras existen
en el fondo de mi ser;
si por una al descender
me voy hundiendo en el suelo,
por la otra me elevo al cielo.
¡Entre ambas he de escoger!
Al final de la primera
todo es ya serenidad;
se terminó la ansiedad,
pero también la esperanza,
y en implacable alianza
con descarnada verdad,
para siempre se confunden
el helado pensamiento
y la nada. Un desaliento
todo el cerebro ha invadido.
El ser no tiene sentido,
es sólo un experimento
de la mudable materia,
¡Ay!, suelo desolador,
¿por qué congelé mi ardor
y descendí la escalera?
Si por la otra yo subiera
cesaría mi pavor.
Es más difícil subir:
el corazón se sofoca
y en cada peldaño toca
espacios que son locura.
Así se llega a la altura…
¡Quisiera volverme loca!
Una de las personalidades, la extrovertida, la exterior, es Pita. Fue la menor de siete hermanos, creció como la niña consentida, la pequeña admirada y fotografiada desnuda, amante de los espejos, de voz clara, firme, directa, extravagante, excéntrica, narcisista, clasista, donde el mundo era pequeño para su enorme ego, abarcando sus grandes ojos y las miradas codiciosas por tocarla. Se desnudaba a la menor provocación, la echaban a la cárcel, acudía con los amigos, muchas de las veces, desde el chantaje. En esta personalidad, que llamaré Afrodita , diosa del amor y la belleza, la sensualidad, el erotismo, quien también representa la fertilidad y la libertad sexual, podemos observar a Pita como temperamental, expresiva, sensible. Decidí utilizar a los mitos griegos, porque finalmente en cada uno de ellos seguimos asomándonos, son la personificación de nuestros constructos, de nuestros patrones o posibilidades de existencia. Pita es por ello Afrodita, sin embargo, viviéndose desde la carencia, como ella misma lo dice: “Era necesario que lo que no me habían dado los demás se recompensara con una afirmación de mi personalidad. Necesitaba hallar una manera de expresión; hubiera querido ser la mujer más halagada del mundo, la estrella de cine más popular, la actriz eximia. Y para lograrlo estaba tan impaciente que esperaba un milagro”. Por ello, Pita cultiva un Yo de fantasía, su propia imagen idealizada, que sólo se encontraba en su imaginación, quiso hacerla realidad por medio de la vestimenta estrafalaria, por medio de un disfraz; sin embargo, se perdió en él. Por ello, en su ancianidad, se le veía correr por las calles, golpeando a vagabundos, gritando ser la mejor de todos, en un delirio que para muchos era risible y la nombraban “la anciana que huele a meados”. Pero su memoria estaba intacta, seguía declamando poemas de Sor Juana, de Santa Teresa, de García Lorca y, por supuesto, los suyos.
La otra, Guadalupe, emerge desde la soledad y sobre todo en la angustia, una personalidad que se identifica más con la introversión, el ensimismamiento, el ser reservada y la búsqueda de una autenticidad diferente, una originalidad por medio de la palabra. En Guadalupe hay una necesidad de recogimiento, de querer ser invisible, de no llamar demasiado la atención: una personalidad Atenea , estratégica, inteligente, introspectiva y sobre todo muy racional, difícil de participar en el mundo, una virgen que busca el encuentro con su verdadera esencia. Esta Guadalupe aparecía en la desnudez anímica de Pita, en el duelo, en la muerte de lo cotidiano. Salía para hablar en verso, para recordarle a Pita que detrás de los velos de la existencia, el ser verdadero se esconde y se puede expresar por medio de la palabra. Algunas veces Pita la escuchaba, pero otras no. Guadalupe le dictaba los poemas y Pita los enunciaba con gran naturalidad, como si fueran suyos. Tal vez por ello o por mera maledicencia, se decía que ella no había escrito sus poemas, porque esa voz era truqueada, falseada, propia de hombres.
Para hablar de Pita —nuestra Afrodita— es necesario detenerse en el escándalo, en el chisme, en las habladurías, en su amistad con diversos artistas plásticos que la pintaron desnuda: Diego Rivera, Juan Soriano, Antonio Peláez, Roberto Montenegro —no quiso que la pintara José Clemente Orozco porque la iba a pintar muy fea—. Tendríamos que navegar en que su desinhibición la llevó a ir más allá de la idea de las mujeres de su generación. Pita nos llevaría a pensar en la madre que dejó a su pequeño hijo a cargo de su hermana Carito, y lo encontró muerto:
Maté a mi hijo, bien mío
lo maté al darle la vida
la luna estaba en huida
mi vientre estaba vacío.
Mi pulso destituido
mi sangre invertida
mi conciencia dividida.
Era infernal mi extravío
y me planté tal dilema
es de teología el tema.
Si a mi hijo hubiera evitado
ya era bestial mi pecado.
Pero yo no lo evité:
vida le di y lo maté.
No es complicado encontrar trabajos donde se narra el andar de la vida de Pita; por ello, me inclino más en hablar sobre su parte introvertida, es decir, su vínculo entre el mundo y la poesía.
Guadalupe —nuestra Atenea—, la mujer que de nuevo volvió a la infertilidad, la que por medio del útero estéril se inundó de palabras y le dejó el luto a Pita. Para hablar de Guadalupe es necesario que Pita nos declame al oído el llanto del hijo perdido, porque la disociación desde ahí fue más evidente y Pita empezó a llevar el control de la dupla. Porque la cobarde Guadalupe se refugió en los misterios del ser, encontrándose a sí misma, pero sin invitar a Pita. Vemos a Guadalupe asomarse tímidamente, vemos a Pita reflejarse claramente en un pozo donde su rostro ya no está. ¿Por qué Pita, en su dolor, no se quedó en el teatro, en el cine o en la farándula de la vida, bailando, cantando o gritando? Simplemente porque la poesía era su refugio, el lugar donde encontraba su eco sin temores, el sitio donde podía abrazar a Guadalupe y regresar al remanso de la casa, o como lo dice ella en 1946: Yo soy mi casa.
Guadalupe Amor no hace nada diferente de lo que antes hizo San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Sor Juana, Hölderlin, Rilke o escritores como Bonifaz Nuño o Alí Chumacero, es decir: la búsqueda de la verdadera existencia por medio de la palabra, pero no de cualquier frase, sólo aquéllas que brotan de lo más esencial de la existencia. Éste es un cuento que se repite incesantemente a lo largo de la historia. Kant, Hegel, Schopenhauer, Heidegger, buscan acercarse al noúmeno, a la cosa en sí, al Absoluto, a la Voluntad, a la existencia apropiada o auténtica, por medio de diversas herramientas. Para Heidegger fue la poesía, para Schopenhauer es por medio de la experiencia estética, mística o ascética. Kant quiere atravesar el fenómeno, aunque sabe que es imposible llegar a la cosa en sí; Hegel considera que un pensamiento auto-pensante, es decir, un pensamiento que se piensa a sí mismo, esta re-flexión, podría tocar el absoluto, como espíritu auto-alineado. Pita y Guadalupe lo hicieron evidente, la búsqueda de ir hacia el llamamiento esencial se presentó por medio de la palabra: la paz, el reposo, el descanso, la tranquilidad en medio de las exigencias de lo cotidiano. Ellas lo explican en estos versos. Más allá de lo obscuro (1951)
V
Si penetro en el recinto
misterioso en el que moro,
cuando atormentada exploro
de mi ser el laberinto;
si obedeciendo a un instinto
escudriño mi morada,
me dice una voz helada:
“Sólo hay vacío en el centro,
y más allá, más adentro,
sola una imagen, la nada”.
Significaría, entonces, que ¿hay una nostalgia por ese noúmeno, cosa en sí, ser esencial o como se le quiera llamar, y buscamos regresar a él de alguna manera? Yo considero que sí; sin embargo, los fenómenos me atrapan y quedo sumergida a merced de los deseos, de la voluntad. Tal vez, se trata de una nostalgia por regresar al “Paraíso”, porque, finalmente, hemos sido arrojados de él, para ser proyectados a un mundo estructurado, al mundo de los fenómenos; luego, nos olvidamos de nuevo de la necesidad de voltear a vernos. En ese juego de ir y venir, en la búsqueda, se quedó Pita, pero por momentos, por medio de Guadalupe, logró verse frente a frente.
Elegir la poesía para emprender el regreso hacia el ser esencial se da porque se busca una forma de lenguaje que no sea predicativa, sino otra que alcance un matiz revelador. Un lenguaje que ante todo muestre, que no diga tanto, sino que en su decir, me revele esa parte que se esconde en las estridencias del mundo, un lenguaje que sea capaz de ir más allá de las capacidades expresivas y funja como desvelamiento de la dimensión ontológica. Tal vez por ello, Heidegger ve en el poeta precisamente a aquél que propicia la mostración del ser y, es en esa mostración, que se puede observar una existencia auténtica, que significa el llamamiento de la conciencia: un comprender desde el silencio y con angustia, la posibilidad de observarnos en la nada. Esta existencia resuelta, apropiada, es ante todo un modo privilegiado del conocimiento. Solamente ella está de forma absoluta en la verdad, porque la define. Sólo ella aporta la perfecta transparencia consigo misma, mientras que la existencia de la vida ordinaria, la inauténtica, se establece y se mueve en la no-verdad. La autenticidad no es un estado permanente, sino que se asoma por momentos, abre la posibilidad de reconocer lo que se es y no trata de arrancarnos de nuestras tareas cotidianas; quiere que no nos perdamos en ellas, que las veamos en su valor real, que es no tener valor.
Por supuesto, que Pita o Guadalupe no tuvieron que leer a Heidegger para comprender esto, simplemente, lo vivían. Pita fungía como una representante de lo óntico, de la apariencia, del ser que se pierde en el mundo, del Dasman , un ser, in-apropiado, perdido en una existencia in-auténtica, simple y sencillamente porque considera que es lo único que hay. Pero hay otra parte, la apropiada, el Dasein , que intuye que la poesía es el medio para tener atisbos de una existencia que prescinde de arrojarse a los requerimientos del ser-en-el-mundo, y emerge Guadalupe por medio de pequeños arrobos o instantes para esconderse de nuevo y darle paso a Pita.
La poesía, entonces, como esencia del lenguaje, desempeña una vía de acceso para llegar al encuentro de una existencia auténtica y la escritora Amor, lo vivió, no sólo lo supo. Porque la poesía nombra la esencia de las cosas. Ser tocados por la poesía significa que estamos en presencia de nuestro ser mismo. El poeta está expuesto a los relámpagos de Dios, nos dice Heidegger. Es tarea del poeta, por consiguiente, escuchar lo que se quiere decir, pero no se puede, porque se ha perdido esa capacidad, y él es el encargado de interpretarlo y ofrecerlo. “El poeta es un mediador entre los dioses y los hombres”, parafraseando de nuevo a este filósofo alemán.
Esto quiere decir que el poeta responde a una apelación, a un llamamiento desde el silencio: oye a la voz de la conciencia , continuando con Heidegger. Pita escuchaba por momentos el llamamiento, pero no era ella, quien acudía a ese grito, era Guadalupe y luego, al recibir el rayo divino e interpretarlo, lo pasaba, como una estafeta a Pita, para que ella lo entregara mucho más digerido a quienes decidían escucharla. En el prólogo de Décimas a Dios (1953) Guadalupe dice: “Dios existe en la mirada/ más que en el alma del ser;/ Dios, en toda su potencia, es entender y entender./ En la más breve criatura/ y en el espacio más hondo, se han dado cita tus voces:/ yo en mi silencio te ahondo”. Cuando ella se refiere a ese silencio, implica que está escuchando a su voz de la conciencia, una voz cimentada en un arrobamiento silente, que para la escritora Amor era inminente expresarlo en palabras, rompiendo el círculo de seguridad que le ofrecía lo cotidiano.
Ese llamamiento del lenguaje esencial, que se convierte en poesía, es mucho más evidente cuando estamos angustiados. Pero una angustia comprendida a la manera de Kierkegaard, que trata de un enfrentamiento ante la incertidumbre, dotándonos de libertad, una angustia que se interpreta como un motor para desarrollo humano. La angustia, como lo dice este filósofo danés, “es el vértigo de la libertad”.
Por ello, no es extraño encontrarnos con el poemario de Guadalupe Amor, titulado Círculo de angustia, donde al permitirse angustiarse, da paso al ser verdadero.
Círculo de angustia (1948)
III
Hay un eco de mi aullido,
Que noche a noche me busca,
Y torna mi sombra brusca,
Cual espectro aborrecido.
Que todo mi contenido
En la oscuridad resalta,
Pues cuando la luz me falta
Entro en un mundo de locura,
Pierdo voz, pierdo figura,
Sólo mi esencia se exalta.
En medio de esta angustia y para poder que el poema se exteriorizara, Guadalupe y Pita tenían que participar. Una no podía existir sin la otra, se necesitaban, Pita era la voz resonante, mientras que Guadalupe cantaba en el silencio. No se trata que Pita sea peor o mejor que Guadalupe, o que una sea el lado oscuro o la sombra junguiana de la otra, son complementos, como las alas de un pájaro, el cual no puede emprender el vuelo al hacerle falta una. A Pita, la poesía la salvó de matarse o de quedar atrapada en un psiquiátrico, la poesía era su terapia. Sin embargo, parecería que el personaje, Pita, devoró a Guadalupe, la fue nulificando, dejándola enterrada en un limbo del cual ya no pudo salir. El dolor de Pita, la evasión, la protección, la destrucción, la impulsó a llevarla a la sordera y a que la voz de Guadalupe se esfumara, pero hoy, a través del tiempo, a quien recordamos es a Guadalupe, celebramos su poesía y es Pita la que regresa, como niña regañada y obediente, por las rejillas de la temporalidad, para acompañar sus poemas, pero finalmente, es Guadalupe la que triunfó, lo cual significa que en esta Troya, gana de nuevo Atenea y no Afrodita, aunque parezca lo contrario.
Autores
(Culiacán, Sinaloa, 1974). Narradora, dramaturga, guionista y psicoterapeuta mexicana. Estudió la Licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa, el Diplomado en Guión Cinematográfico en el Centro de Capacitación Cinematográfica y la Maestría en Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México.
En 1936, un aeroplano aterrizaba bajo el cielo tosco de América Central. Antonin Artaud, la plaga, cercado de ratas y culebras, portador de la peste, pisaba la tierra ruin con la mirada rota de los locos. Un objetivo: terminar con el juicio de Dios —esa filosofía supurante de lugares comunes— por tratamiento de raíz; el culto y el único antídoto contra el escorbuto, el sol. Las caries ya corroían los dientes de Occidente y las muelas del racionalismo excretaban sangre negra.
A finales de 2016, en la sierra rarámuri, una radio comunitaria transmite un poema delirante. Los mezquites escuchan; una roca sostenida como un pez en la tierra seca, entre árboles antiguos y perezosos. La figura de Artaud nos vigila en la sala de una exposición, ahogado en su propia porquería.
Un diario de febrero de 1936 anunciaba una serie de conferencias que el poeta dictaría en la Escuela Nacional Preparatoria; otro publicaba una serie de artículos en parcos títulos como «Lo que vine a hacer a México» y «Viaje al país de los tarahumaras»; Artaud arremete contra los americanos, se queja del semen muerto de los niños.
En 2018, una sala solitaria del Museo Tamayo expulsa a sus visitantes con el estertor de un buey que muere sacrificado por un chamán. Sólo algunos entienden el diálogo entre el buey y el viejo del asilo de Ivry-sur-Seine, donde pronunciaría sus últimas palabras: «… de seguir convirtiéndome en este hechizado eterno, etcétera, etcétera»
En Artaud 1936 , el Museo Tamayo exhibe los puntos clave de la visita de Artaud a México y el mítico viaje a la sierra Tarahumara. Un montaje que conversa con cerca de treinta autores, representantes del legado del poeta en México, y con objetos disímiles: ceremonias necias, pactos con lo siniestro y lo solar que transitan entre el documento antropológico, la fotografía, la pieza arqueológica, el videoarte, la nota periodística y la pintura, en un intercambio de signos que presenta el pacto determinante entre Artaud y México: la huella que han de dejar uno sobre otro; un rastro de símbolos, referencias y sincronismos; magia fuera del lugar común. Basta con exponer las reacciones que Artaud ha desencadenado, —su injerencia en el movimiento hippie , la forma en que trastoca, cuestiona y escenifica en carne propia algunos papeles dislocados de la psiquiatría, la exposición de la realidad mística de los grupos indígenas del norte de México, el serio rompimiento con la filosofía del arte occidental y su influencia en el teatro contemporáneo— para que la exposición del Tamayo muestre que son vigentes los entrecruces del arte contemporáneo con realidades sociales, no así los facilismos de la abstracción. En contra del folclor, el ungüento: matar el sol para instalar el reino de la noche negra . Las bubas abiertas de pus se oponen al fuego. ¿Qué provoca un montaje como éste? Lo que la plaga negra. No somos los hijos del cetro místico del chamán ni la piel de plata de la poesía; somos esa enfermedad de manos sudorosas y arquetipos retrógrados, estamos listos para que la ceremonia negra nos sacuda el esqueleto. ¿Qué significa la palabra «matahierba»? ¿Adónde hemos ido a parar? A lo que se esconde detrás del desierto, en una pantalla de veinticinco pulgadas: ninguna otra cosa que una conversación rota con el pasado.
Detrás de nosotros, el poeta y su noche; al frente, la segunda noche.
Autores
(Cuernavaca, 1991) es escritor y gestor cultural egresado de la licenciatura en escritura creativa y literatura de la Universidad del Claustro de Sor Juana, así como codirector de El Ojo Ediciones. Ha publicado la
plaquette de poesía
Frente a la ficción (Lago, 2013) y el
ebook Trilogía del ruido (El Ojo, 2016).
En Phantom Thread , Paul Thomas Anderson, como director, guionista y cinematógrafo, captura interiores inmaculados que junto con la música de Jonny Greenwood hipnotizan al espectador para adentrarse, una vez más, a su misterioso, encantador y surreal universo. Ese universo donde viven personajes como la estrella porno Dirk Diggler (Mark Wahlberg), el furioso (de amor) Barry Egan (Adam Sandler) y el teleseductor Frank T.J. Mackey protagonizado por el mejor Tom Cruise de su carrera. Todos ellos obsesionados con el éxito, con el reconocimiento de los demás, deseosos de aceptación, inseguros, adorados, y solitarios. Continúan ahora con Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) y Alma (Vicky Krieps).
Woodcock es un artista de la alta costura en los años cincuenta que vive en su propio mundo, donde todo lo que le rodea emana de su mente. Su casa, su madre, su hermana, sus clientas, todo es parte de un punto de vista construido desde y para él. Alma es un cuerpo más para vestir; la musa del artista. Él es increíblemente sensible, débil, pero paradójicamente es incapaz de expresar sus sentimientos fuera del cuarto de costura. Ella entiende su conflicto emocional y lo desafía sutilmente cuando, en su primera cita, convertida en una prueba de vestidos, ella advierte una declaración de principios: «si quieres tener un concurso de miradas conmigo vas a perder». El aparente dominio masculino de Woodcock resulta la mejor arma de Alma para domarlo y cautivarlo.
Es fascinante observar el trabajo de Woodckock a través del lente de Anderson: las telas, la piel, los hilos y los mensajes ocultos, mensajes con miedos, deseos y fantasmas, transforman los vestidos en piezas de arte. Y es igual de fascinante observar a Daniel Day-Lewis (quien coescribió el guión de la película con Anderson) hacer su último papel en el cine, construyendo el personaje de un hombre obsesionado con su trabajo, intentando descubrir un mundo desconocido fuera de su profesión: donde se permita sentir y ser dominado, donde pueda expresarse de otras formas más allá de los hilos y las telas.
Una vez más Anderson cuestiona los paradigmas de los modos en que los seres humanos coexisten. Cuestiona el arte, pero sobre todo el amor, concepto que el director nos ha enseñado a entender de otras formas. En Magnolia , Punch Drunk Love , The Master y ahora en Phantom Thread , Anderson habla del amor como un elemento, una necesidad, que todos buscamos en lugares distintos, a veces oscuros, desconocidos e incomprensibles para la mayoría. Para muestra, la ya memorable línea de Woodcock, quien al saberse envenenado por Alma sentencia: «Kiss me before I’m sick »
Phantom Thread trata del padecimiento de una enfermedad como un lindo y al mismo tiempo perverso ritual de amor. Sentir que mueres, para despertar después de la agonía y darte cuenta que has sufrido una metamorfosis. Que ya no puedes vivir sin ella.
Paul Thomas Anderson, incomprensiblemente, no ha ganado más que un Oscar por diseño de vestuario. Por el contrario, en Europa ha sido galardonado con el Oso de Oro en Berlín por Magnolia, el León de Plata en Venecia por The Master , y mejor director en Cannes con Punch Drunk Love . Este año, Phantom Thread no es la excepción. Obtuvo seis nominaciones al Oscar incluyendo mejor película, mejor actor y mejor director. Anderson deja claro que es uno de los mejores directores americanos de nuestros tiempos y esta película una de las mejores del año.
Autores
(Ciudad de México, 1986) es economista de día y cinéfilo de noche.
La cuarta de forros de La ciudad blanca es generosa en elogios para la novela de Karolina Ramqvist: «una narración de alta tensión, pasmosa profundidad, reverberación perdurable», «una voz única en la literatura sueca contemporánea», «escrita con una pericia increíble », «una pequeña joya», «una novela sin fisuras y perfectamente controlada» y un extenso etcétera sobre las mismas líneas. Se le compara incluso con La carretera , de Cormac McCarthy. ¿Cómo no iniciar su lectura con altas expectativas?
La ciudad blanca es la historia de cómo la ostentosa vida de Karin se va al abismo cuando John, su novio que trabajaba con una mafia indefinida, desaparece del panorama y las autoridades suecas se dan a la tarea de embargarle su mansión, carro de lujo y cuentas bancarias. Lo único que le queda es su hija bebé, Dream, y una caja fuerte llena de armas. Desde el inicio de la novela, las cosas no pintan bien: el teléfono y demás servicios de la casa, incluida la calefacción, han sido desconectados por falta de pago. El invierno eslavo amenaza con congelar a madre e hija. Karin termina comiendo las últimas latas en su alacena y cereal rancio, mientras trata de vender sus bolsos y zapatos de diseñador en línea, colgándose del internet de los vecinos, para hacerse de algo de dinero. A cambio de pizza gratis todos los días debe tener sexo mecánico con el joven repartidor. Al mismo tiempo, no deja de cuidar de su bebé y se desplaza por todos lados con ella a cuestas, como una condena. Su antigua vida de opulencia se ha reducido a las variadas funciones escatológicas que definen la maternidad. Cuando los funcionarios de la Autoridad Sueca contra Crímenes Económicos le dejan claro a Karin que embargarán sus posesiones en un día específico, ella por fin sale del estupor que la ha mantenido durante semanas sin hacer nada por su situación.
La novela posee una trama muy básica, simple. La ambientación y descripciones del entorno podrían ser rescatables, pues la gélida ciudad con sus tejados a punto de sucumbir a la nieve llega a ser una metáfora de la frialdad, desdén y falta de solidaridad de los seres humanos con los que se topa Karin; sin embargo, la historia se atora cada tantas páginas como un vehículo que encalla en la nieve y le es imposible avanzar. Ramqvist detalla cada berrinche, cada siesta, vómito, amamantamiento, cambio de pañal, cosa que la niña se mete a la boca, y los hitos que toda madre ha experimentado con su primer bebé. Karin se pierde en las memorias románticas de su amante muerto y en las necesidades de su hija de manera tan repetitiva y constante, que como una madre primeriza yo misma llegué a temer en cada capítulo que llegara otro momento en el que su blusa se manchara de leche, sobre todo porque no se aseaba jamás, o que la niña despertara y tuviera que arrullarla otra vez.
Si bien a primera vista Karin parece ser un personaje tenaz, fuerte y resiliente, nos muestra también que es verdaderamente inútil. Cierto, su familia le ha dado la espalda por haberse relacionado con un mafioso, pero ella prefiere intentar buscar a terceros antes que intentarlo una vez más con sus parientes. Además, al parecer no posee ningún tipo de ahorros propios o tarjetas de crédito: es como si hubiera vivido siempre en una burbuja de privilegios y no hubiese tenido un pasado previo a su amante, lo cual es extraño considerando lo autosuficientes que suelen ser las mujeres en una cultura como la sueca. Sin embargo, en ningún momento se le ocurre buscar un trabajo para sostenerse a sí misma o acudir al ministerio de ayuda social, que seguramente es espléndido en aquel país de primer mundo. La única solución para la protagonista es buscar a los colegas mafiosos y exigirles el dinero que asume le correspondería a John. Pero ellos, al igual que sus novias y antiguas amigas, no le regresan las llamadas, se rehúsan a verla y muestran una pasmosa indiferencia para con ella y la bebé.
Aunque la editorial que publica a Ramqvist en español se refiere al libro como parte thriller y parte novela psicológica, yo no encuentro la tensión y ritmo que caracterizan al primero, ni la profundidad en los personajes que debería poseer la segunda. El final de la obra es la parte más interesante porque parece que por fin sucederá algo, pero la autora lo resuelve de manera apresurada e inverosímil, con una escena muy elíptica y sacada de la manga. No todas las novelas son para uno y ciertamente la de Ramqvist no lo fue para mí.
Autores
(Durango, 1974) es autora de las novelas
Residuos de espanto (Ficticia, 2013),
Pandora (Tusquets, 2015) y
El monstruo pentápodo (Tusquets, 2017), así como de varios libros de cuentos.
«Amanece y ya está con los ojos abiertos». Con esta oración, Juan José Saer hilvana los retazos que conforman El limonero real , una novela que, en una primera vista, retrata a Wenceslao, un pescador y agricultor argentino, acosado por el luto de su único hijo. En una segunda mirada, encontramos que el valor de esta narración no radica en la trama, sino en su construcción y tratamiento del tema principal: la vida y la muerte. Aun así, este acierto puede generar una barrera entre el lector y el libro.
El limonero real es una novela complicada por el uso exhaustivo de descripciones —aunque preciosistas y poéticas. Pareciera que el epígrafe que abre el libro es una advertencia adelantando que Saer prioriza lo que circunda a la esencia, creando un tejido grueso que obliga al lector a mirar entre los hilos y así descubrir lo realmente importante, lo que, finalmente, es imposible ignorar: brilla como el limonero detrás de la casa de Wenceslao. Es precisamente el descubrimiento lo que hace que el lector entre de lleno en el festejo familiar para recibir el año nuevo.
Si pudiéramos dibujar la novela, descubriríamos un círculo que se cierra en diversos puntos. Así es como el autor crea la humanidad de sus personajes: el continuo cierre de ciclos en una vida que termina siempre en el mismo resultado, la muerte. Algunos terminan cerrándose inesperadamente, como el del hijo de Wenceslao. El interés del autor se centra en la sobrevivencia de los personajes a la pérdida del hijo: en el aletargamiento de la esposa de Wenceslao y en la continuidad de Wenceslao. En ambos sólo existen reacciones silenciosas ante el mismo hecho, después de seis años sólo quedan certezas, como el porqué de su distanciamiento. Situaciones a las que no hay nada más que agregar. El lector presencia el silencio, lo mira y termina conviviendo con él; es cuando las descripciones responden a lo que se cuenta, lo importante es lo visible y lo que se calla no es prioritario, porque para los personajes dejó de serlo.
Aunque la novela tiene como centro el luto y el silencio, existen más círculos que complementan la vida de Wenceslao: las peripecias de su familia; las hijas perdidas de Agustín, su yerno; el alcoholismo y el trabajo como estrategia para olvidar; las inquietudes de los niños y los personajes del campo que hablan sin sentido aparente. Es así como la novela tiene dentro de sí, respirando con vida propia, un universo verosímil. El narrador funge como ojos para el lector, creando conjuntamente un testigo sin injerencia.
La descripción minuciosa complica la lectura, pero la persistencia, enmarcada en un ambiente estrictamente poético, recompensa con una historia entrañable que, sin tregua, obliga a cuestionarse sobre la muerte y la vida. Una travesía delimitada por el goce estético que permea en el testigo, y concluye en la comprensión del lugar al que pertenece el lector que, casi sin notarlo, habita esta compleja historia.
Autores
(Ciudad de México, 1995) es egresada de escritura creativa y literatura del Claustro de Sor Juana. Actualmente trabaja en su primera novela inédita:
Odaliscas .