Tierra Adentro
Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

 

Las langostas son arrojadas vivas a una olla de agua hirviendo para evitar que las proteasas descompongan su carne. Es probable que David Foster Wallace viera en ese violento acto culinario un reflejo de su propio dolor interno, que en este texto se analiza bajo el influjo de una intensa, cegadora y amarga migraña.

 

1

Un taladro me perfora las meninges. La migraña también incluye náusea, taquicardia y fotofobia. Mas no basta con eso. Me abate una tristeza tan honda que la muerte parece un buen prospecto. Sé que este pesar suicida es efecto de la migraña, y que un cuarto oscuro y ocho gotas de Tradol® podrán reconciliarme con la vida (al menos con esa forma pálida de existir que es la rutina).

De niño las migrañas eran peores; suplicaba que me cortaran la cabeza (en vez de una guillotina, me administraban un supositorio). Dejar de sufrir era lo único que me importaba. Hay una turbia secta de origen brasileño que opera en México bajo ese lema: Pare de Sufrir. David Foster Wallace lo hizo el 12 de septiembre de 2008. Saltó desde la cima de la celebridad literaria y quedó colgando de una soga, en lo alto para siempre, como en el título del mejor relato suyo que he leído («Forever Overhead»). Sospecho que la tristeza que siento con la migraña es una versión en miniatura del dolor psíquico que él padecía. Imagino su mente como una caldera lacerante, y cada palabra de su obra como una burbuja huyendo del calor.

2

Si no anduviera tan triste últimamente, este ensayo se llamaría «Hipsters & Lobsters» y sería un panfleto contra la gentrificación de la literatura mexicana. Dadas mis circunstancias anímicas, me limitaré a hablar sobre Wallace y las langostas.

La buena literatura brota a veces en lugares imprevistos como la revista Gourmet. Entre sus páginas —tan triviales como apetitosas— se publicó «Consider the Lobster», crónica del viaje de Wallace al Maine Lobster Festival en el verano de 2003. Los editores de dicha publicación culinaria probablemente esperaban que el autor aplicaría su talento como retratista a uno que otro de los ochenta mil asistentes al festival, y que lograría grandes efectos cómicos al describir, con la precisión quirúrgica que lo caracterizaba, sucesos como el concurso de belleza Diosa Marina de Maine o la Gran Carrera dominical de jaulas para atrapar langostas.

Lo que seguramente no esperaban esos editores era que se concentraría en el aspecto más oscuro del festival: en la Olla para Langostas más Grande del Mundo se cocinan cada año decenas de miles de langostas vivas. La pregunta medular del texto es: ¿Está bien hervir viva a una criatura sintiente sólo para nuestro placer gustativo? Debo confesar que no me acordé de esta interrogante cuando llegué a la costa de Nueva Inglaterra años después de haber leído «Consider the Lobster», y lo primero que hice fue ir a cenar langosta en un tugurio pintoresco donde la servían con mantequilla derretida en platos de unicel. Lo que entonces me intrigaba era saber qué se sentía comer uno de los alimentos más suntuosos que existen. Como casi toda «primera vez», no fue tan especial como esperaba. Tenía una carne suave y blanca, de sabor sutil, marino y almendrado. Estaba sabrosa, pero no tanto como para que valiera la pena pagar fortunas por ella e ignorar el problema ético de cocinar vivo a un animal.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

La postura difundida por el festival es que, dado que las langostas carecen de las estructuras nerviosas con las que se asocia la experiencia de dolor en los humanos, echarlas a hervir despiertas no implica ninguna crueldad. A muchos, incluido Wallace, no los convence este argumento, y apelan al hecho de que las langostas tienen receptores de dolor y presentan conductas de evasión del daño —como tratar de escapar de las ollas de agua hirviente— para creer que estos artrópodos sí sienten dolor. Algunos afirman que sentir dolor no es lo mismo que sufrirlo, y que las langostas justamente carecen de las facultades para hacer esto. El debate continúa (y no cabe en este ensayo), pero la balanza de las razones me inclina hacia la prudencia: hay que considerar a las langostas y tratarlas con lo que burocráticamente llamaré protocolos de compasión.

Más allá del problema bioético, me intriga por qué Wallace decidió dedicar la parte más sustancial de su artículo en Gourmet al problema del dolor de las langostas. ¿Por qué lo atrapó justo ese tema? ¿Por qué no, por ejemplo, desarrollar el magnífico ensayo contra el turismo que está latente en la nota seis del texto[1]? ¿Por qué no extender al ámbito psicológico o al socioeconómico la pregunta sobre la validez de infligir dolor a otros para nuestro usufructo? ¿Por qué no abordar el sadismo o la sobrexplotación laboral? ¿Por qué no divertirnos, como buen humorista que era, describiendo la torpeza de la gente al manipular langostas? ¿Por qué no aprovechar las multitudes de adultos comiendo con babero para hablar de la infantilización progresiva de nuestra sociedad? Tantos temas apetecibles, y escribió sobre la experiencia atroz de las langostas. ¿Por qué?

3

«La persona deprimida realmente sentía que lo que era realmente injusto era que no podía… comunicar la terrible e incesante agonía de su depresión en sí misma, la agonía que era la realidad imperante y a priori de cada minuto de su vida —i.e. no poder compartir la forma en que eso se sentía[2]…»

4

Leo «Consider the Lobster» como expresión de una psique atormentada. Esta lectura, a su vez, puede leerse como expresión de una psique atormentada (sin duda lo es). Antes que un alegato animalista, el texto de Wallace es testimonio de un sufrimiento incomprensible para las personas que lo rodeaban. Esta condición lo hermana con las langostas. Supo qué se sentía ser langosta en la medida en que se identificó con ellas: «de pie junto a los tanques burbujeantes de la Olla de Langostas más Grande del Mundo, mirando a las langostas recién capturadas apilarse unas sobre otras, agitar con impotencia sus tenazas amarradas, apretujarse en las esquinas posteriores, o alejarse con pánico del vidrio cuando uno se les acerca, es difícil no sentir que ellas están infelices, o asustadas, aunque se trate de una versión rudimentaria de estos sentimientos». Nadie conoce el sufrimiento ignoto como alguien que padece depresión crónica. «Échale ganas», le dice la gente con menosprecio hacia sus quejas, y le recuerdan que podría estar mucho peor, como los niños con leucemia, las costureras de Bangladesh o los habitantes de la Franja de Gaza. «Mírate: tienes piernas, ojos, plaza de funcionario, lavadora y secadora, ¿de qué te quejas?» Si el deprimido responde, como en el relato «The Depressed Person», que tiene «sentimientos insoportables de pérdida y abandono, así como mareas de resentimiento y autocompasión», la gente le dice «No mames». Cuando yo me sentía apesadumbrado en la adolescencia, mi padre juzgaba que me encontraba en un estado de ánimo particularmente «mamón». Casi todo lo que pueda explicar una persona deprimida sobre su padecimiento será una «mamada» para la vox populi. Mamar parece ser el acto esencial del deprimido, un mamar al aire, en vano, con una nostalgia irremediable por el seno materno en el que fue feliz. Felices los mamones, porque de ellos será el reino de los cielos.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).


 
 

Las hordas de comensales que acuden al Maine Lobster Festival ignoran por completo la agonía que David Foster Wallace reconoce en las langostas. La indiferencia de los otros debe haber multiplicado su compasión hacia ellas. A pesar de que sus padres y su novia lo acompañaron al festival, debe haberse sentido muy solo, tan solo como las langostas en espera de ser hervidas. «Me da curiosidad si el lector puede identificarse con alguna de estas reacciones, reflexiones e incomodidades», escribe casi al final del artículo. Para eso apela a la literatura: para ver si hay alguien por ahí que lo comprenda, alguien a quien pueda comunicar lo que siente, con quien pueda conjurar la soledad. Leo «Consider the Lobster» como un reproche, un desafío, como algo que, más que una pregunta, es un ruego desesperado.

5

Mil trescientos gramos de grasa con sueños. Nadie entiende cómo se aviva la materia y experimenta aromas, sonidos, colores. Nadie sabe dónde empieza la vigilia: ¿acaso los gusanos son animales zombis? ¿Las almejas, los grillos? La tristeza destaca entre los muchos enigmas de la mente. ¿Cómo es que duele eso tan vago que es la conciencia? Sabemos que si un antidepresivo inhibe la reabsorción de cierta molécula mensajera entre neuronas (la serotonina, por ejemplo), el cerebro se comunica mejor y la persona experimenta una patente mejoría en su estado de ánimo. El antidepresivo que Wallace usó durante más tiempo operaba bajo el mismo principio: al impedir que ciertas enzimas degradaran los neurotransmisores, aumentaba la disponibilidad de estos mensajeros y el escritor ya no sentía ese pánico terrible, la angustia, el desamparo. Así de simple, así de raro. El mundo es del color que nos lo pinta la fenelzina (Nardil®) o la fluoxetina (Prozac®). En 2007, dejó la fenelzina debido a sus efectos secundarios. Al año siguiente se colgó de una viga. ¿Cómo es posible que una píldora de inhibidores enzimáticos pudiera más que su pasmosa inteligencia para mantenerlo a salvo del abismo? Este hecho puede darnos una lección de humildad intelectual. ¿Por qué habrían de sufrir menos los organismos que carecen de sistemas nerviosos tan complejos como el nuestro? En «Consider the Lobster», el autor contempla que, precisamente debido a su desamparo cognitivo, las langostas sufren aún más que nosotros al sentir estímulos nocivos como una olla gigante de agua en ebullición. Al parecer no importa qué tan inteligentes seamos: hervir es doloroso.

6

Cuando se activaban las alarmas de tornado en Illinois, la familia Wallace corría a refugiarse al lugar más seguro de su casa, que en ausencia de sótano era el vestíbulo, junto a la entrada. Entonces, cuando sus padres se distraían, el pequeño David Foster Wallace salía corriendo a abrir la puerta y asomarse para ver el temible monstruo de aire. Su madre le gritaba que volviera adentro de inmediato, pero él, poseído por la curiosidad, respondía: «Lo veré antes de que me lleve»[3].

7

Los imbéciles y los genios son un peligro para sí mismos. Les conviene que una fuerza externa modere, respectivamente, sus apetitos y razonamientos, sus arrebatos y obsesiones, caprichos y certezas. Las pasiones siempre tiñen el pensamiento, y la desdicha sugiere premisas que, con suficiente necedad o inteligencia, pueden llevar a conclusiones fatales.

Me acuerdo de san Agustín, ese filósofo excelso cuya obra ya nos queda tan lejos. Se percató de la decadencia romana (de eso, en última instancia, tratan sus Confesiones) y postuló una salida ideológica por la puerta del cristianismo, hacia la Ciudad de Dios. David Foster Wallace diagnosticó en su obra la decadencia de nuestra cultura —la del entretenimiento y la farmacodependencia en Infinite Jest; la de la alienación y la burocracia en The Pale King. Pero él no halló salida. No hubo ciudad de Dios para ese hombre. Le faltó evangelio —no encontró a la Pachamama new age ni a los tecnoapóstoles del futuro cyborg. San Agustín y Wallace: he aquí una tesis doctoral que nunca escribiré. San Agustín y David Foster Wallace: canarios en la mina de sus imperios. La obra de Wallace denuncia y padece el egotismo cultural de Estados Unidos. Por más minuciosa que sea la descripción de sus escenarios y personajes, siempre parece estar reflexionando. Acaso era demasiado inteligente para ser novelista. Acaso sus grandes libros son novelas por accidente (sólo porque la novela es el género más trendy desde el siglo XVIII), pero convenga leerlos como tratados de filosofía moral. La prosa deslumbra, el mensaje cala hondo. Se trata de un mensaje de compasión, de empatía: borrachos de cinismo, estamos cada día más solos. Hay que buscarnos. Al escribir, ya sea sobre una tenista caída en desgracia, una anciana rezando tras el ataque a las Torres Gemelas o una langosta acorralada contra el vidrio de la pecera, Wallace se esfuerza por entender al otro.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

¿Por qué, entonces, si hizo tanto por entender a un artrópodo marino, no pudo ser más empático con Mary Karr, la escritora a la que acosó y violentó durante una relación atroz? ¿Por qué, uno se pregunta neciamente, no fue capaz de resistir la tentación de suicidarse, por qué no «aguantó» por compasión hacia su familia, y en especial hacia su esposa, la artista Karen Green, a la que condenó a vivir con el recuerdo de su esposo desnucado? Las pasiones no sólo tiñen el pensamiento, también pueden volverlo venenoso, letal.

8

El año pasado renuncié a la empatía sin darme cuenta. Fui un compañero inepto a través de una depresión que, a pesar de ser bastante moderada y razonable, no supe compartir; en vez de sentirla y de aliviarla con afecto, traté de gestionarla con sensatez. Mi presencia se convirtió en un distante y opresivo «échale ganas». Con la mente sumergida en problemas lógicos —cursaba un estéril posgrado en filosofía—, me ausenté del cuerpo. El reproche desde entonces me taladra la memoria. Ahora entiendo mejor cómo funciona el llanto. Amanezco y la belleza del jardín no me consuela. La vida es una olla hirviendo a cien grados de absurdo. Escribir es una forma de empujar la tapa tratando de escapar.


Notas

[1] Considero que la abundancia de notas en la obra literaria de David Foster Wallace es un rasgo capitalista de acumulación insaciable y proliferación caótica. Habrá quien aplauda las bifurcaciones y paralelismos discursivos que las notas producen en obras como Infinite Jest o Brief Interviews with Hideous Men, habrá quien celebre la manera en que las notas suplementan (trastornan) el sentido de lo anotado; la forma en que anotar resignifica un dispositivo textual característico de la escritura académica y lo pone al servicio de la literatura. A mí me gustaban antes, pero ya no. ¿Quién querría desviarse del discurso para atender una farragosa nota a pie de página?

[2] «The Depressed Person», David Foster Wallace, Harper’s, enero de 1998. Todas las traducciones en este artículo pertenecen al autor, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]

[3] Esta anécdota es referida por Amy Wallace, hermana del autor, en el documental Endnotes de la BBC.


Autores
(Ciudad de México, 1987) es narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017).

Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).
Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

 

A lo largo de su vida, David Foster Wallace enfrentó a dos enemigos: la depresión y la fama. La primera terminó por matarlo; la presión de la segunda fue, quizá, el detonante de su suicidio.
¿Qué hacer con la popularidad no deseada que atrapa y seduce con su irremediable coqueteo? La fascinación por el escritor y el personaje son los temas del siguiente texto.

 

When young, Pinch considered human
connections the refuge of those
who couldn’t make art. Or is art
just the refuge of those who cannot
connect?
Tom Rachman,The Italian
Teacher

 

En 1996, David Lipsky, entonces reportero de una Rolling Stone que todavía se asemejaba a lo que una vez fue, propuso a sus editores entrevistar a David Foster Wallace. «¿Cuál es la historia? —le preguntaron—. Tiene que haber una historia[1]

Wallace no era rocanrol. No era siquiera Ernest Hemingway, cuyas aseveraciones eran tan contundentes que resultaban tan irrefutables como dogma tan sólo ser enunciadas. Era lo contrario. Si Hemingway era el arquetipo de lo sexy y lo que debía ser un escritor, aquí había un gigante de dos metros, con una pañoleta alrededor del pelo y ropa con más semejanza a un sintecho que a alguien que pocos años después ganaría la beca MacArthur, popularmente conocida como el «genius grant», o «la beca para genios»

David Foster Wallace era el autor de Infinite Jest, un libro de más de mil páginas, atiborrado de notas al pie, de digresiones, de comentarios, de lo que bien podría ser un ensayo disfrazado de novela que abarcaba el presente y el futuro, todo y nada. Era, como lo que a la postre es cada crónica de la Rolling Stone, según Lester Bangs: alguien que comenzaba a enfrentarse al concepto de la fama, al mismo tiempo que luchaba con sus propias limitaciones frente a ella.

Para Wallace la fama —como para cualquier ser humano, si somos honestos— era un arma de doble filo, en particular en el aspecto práctico. Podía servir para cumplirle alguno que otro capricho, como conocer a Alanis Morissette, pero también para ser objeto de acoso. No sólo él, sino sus papás, en un caso extremo.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

En un plano existencial ni se diga. Alguien que luchó —¿por qué siempre la relación con las enfermedades se traduce a verbos como luchar y batallar?— contra la depresión y terminó por ser vencido. La idea de que sus palabras dejaran de ser suyas y se convirtieran en propiedad de alguien más, ya fuera única o compartida —porque uno termina por apropiarse de lo que lee, a fin de cuentas—, era apabullante.

Pero, por otro lado, no dejaba de ser un masaje al ego. Como describe Lipsky en Although of Course You End Up Becoming Yourself, el libro que publicó en 2010, dos años después del suicidio de Wallace: «Intenta mostrar cuánto es que no le gusta la publicidad. Salvo que si no es un genio, no hay una buena razón para leer la novela. No abres un libro de mil páginas porque has escuchado que el autor es una buena persona. Lo abres —una vez que en efecto decides abrir el libro— porque entiendes que el autor es brillante»[2].

La fama. Te pone en boca de todos, pero te roba aquello que te hizo famoso. No tu talento, no tu habilidad, sino la privacidad para crear sin que los demás definan y decidan qué hiciste.

Dado lo anterior, y antes de avanzar, es pertinente responder la siguiente pregunta a manera de advertencia: ¿Alguna vez he leído a David Foster Wallace? Sí, pero no me gusta su ficción.

Me gusta el personaje. Me es fascinante. Por eso, quizá, es que he leído la mayor parte de su obra de no ficción. Cierto es —y él mismo le admite a Lipsky de forma velada— que todo es autobiográfico, como alguna vez dijo García Márquez. Pero esa autobiografía encerrada dentro de la literatura no deja de ser construida. Es Wallace, de manera mucho más consciente de lo que admite, mostrándose como quiere ser.

Es como el epitafio en la lápida de Royal Tenenbaum en The Royal Tenenbaums: «Murió trágicamente al rescatar a su familia de la destrucción de un buque de guerra que se hundía». En el fondo, toda ficción es una cuestión de control.

Dice David Foster Wallace al respecto, en un momento meta sobre la creación misma de la imagen: «Me encantaría hacer un perfil de uno de ustedes que hace un perfil sobre mí. Sería demasiado posmoderno y bonito de hacer. Pero sería muy interesante. Sería la manera en la que yo podría hacerme de parte del control. Porque, si tú quisieras —dentro de los parámetros de no poder mentirle abiertamente a quien verifica lo que escribes, porque yo se lo negaré. Pero si quisiera, digo, vas a poder, esencialmente, darle la forma que quieras a esto. Y para mí eso es verdaderamente perturbador. Porque yo quiero tener la capacidad de formar y administrar la impresión de mí que vas a dar a conocer. Y quizá es por eso que los escritores somos entrevistados tan pinches»[3].

Por eso, tal vez, es más interesante leer a Wallace en su faceta de no ficción. No porque lo otro no sea grandioso, sino porque, aunque también haya un disfraz en la narración de lo real —a fin de cuentas el autor quiere transmitir lo que ve y que el lector opine no sólo sobre eso, sino sobre cómo lo transmite—, hay mayor honestidad.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Tomemos, por ejemplo, uno de los textos que escribió para Harper’s, «Shipping Out», en enero de 1996, justo un mes antes de que Infinite Jest fuese publicado[4]. «Shipping Out» es la experiencia de alguien que nunca antes se ha subido —y probablemente nunca más se suba— a un crucero.

Los primeros siete párrafos de la crónica-ensayo empiezan con la palabra yo. «Yo he visto», «Yo ahora sé», «Yo he aprendido». No queda duda de que se trata del intento del autor por establecerse en el texto: un novato en la experiencia y lo que ha aprendido de ella tras sobrevivirla. «Vengan conmigo, yo tampoco sé de qué se trata esto. Les prometo algo de voyerismo a cambio de unos cuantos dólares: así viven los demás, los que hacen esto por gusto propio. Esa gente.»

Pero también es un acto de desaparición: esa manera de desprenderse del contexto, de narrar la historia a manera de representación del lector —ese yo podría ser cualquiera. Es una manera de ponerse cómodo sin exponerse. Es el mejor mundo posible para Wallace. Cualquier crítica que haga es posible trasladarla al lector. Toda proporción guardada, recuerda un poco a uno de los shows de stand-up de Louis C.K. antes de que cayera en desgracia: si te ríes de uno de sus chistes políticamente incorrectos, no puedes fingir ofensa cuando hace otro igual, te dice, y de paso rompe la cuarta barrera. El yo de «Shipping Out» es en realidad el lector y es parte del chiste. No por nada Wallace da un nombre falso al barco que aborda, el Nadir, o el Punto más Bajo.

Así, al borrarse, en realidad genera una relación profunda. No finge pero sí amolda a escondidas. Nos está diciendo qué sentir, pero lo comparte con nosotros.

Algo similar sucede en otra de sus piezas más recordadas, «This Is Water», el discurso de graduación que dio a los alumnos del Kenyon College, en Ohio, el 21 de mayo de 2005. La puesta en escena de «This Is Water» es aún más compacta que en «Shipping Out». En tan sólo dos líneas ya sabemos quién es él y a quiénes va dirigido el discurso: «Hay dos peces jóvenes que van nadando por ahí, y se encuentran a un pez mayor, que nada en dirección contraria, inclina la cabeza y les dice, “Buenos días, jóvenes, ¿qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadan un poco más, hasta que eventualmente uno voltea hacia el otro y le dice “¿Qué demonios es agua?”» [5].

Para «This Is Water», David Foster Wallace ya es el escritor consumado. Pero aún no ha publicado el follow-up, o la siguiente novela —la tercera— de su carrera. Aunque escribió The Broom of the System en 1987, no fue sino hasta Infinite Jest que apareció en el radar literario estadunidense. Por eso, se piensa, resulta que su tercera novela es, para efectos prácticos, la segunda. Aquella que, en términos de Rolling Stone, dirá si es un one-hit wonder o no. A pesar del éxito avasallador de Infinite Jest, en un mundo tan cruel como el literario, su estatus sigue siendo frágil.

(Wallace, para quien no lo sepa, jamás completará otra obra de ficción. Junto a su cuerpo, en 2008, quedó parte del manuscrito de The Pale King. )

Aquí vemos, una vez más, lo complicado del encuadre, lo difícil de mantener control sin revelar demasiado. El autor tiene cuarenta y tres años, asume el papel de pez viejo, mientras que para la crítica literaria —y pop, porque el fenómeno de Wallace transgrede esa frontera desde Infinite Jest; Lipsky ganó un premio nacional de periodismo por un reportaje que, según sus editores, no tenía punto— sigue sin serlo.

Wallace vive dos existencias paralelas; por eso la representación del pez, que en realidad no es más que un preludio a un discurso sobre las capas dentro de la banalidad de la vida adulta. Y es, claro está, un tratado sobre la mortalidad y el significado de la vida. El discurso cierra: «La verdad con V mayúscula es sobre la vida antes de la muerte. Es sobre llegar a los treinta o quizá a los cincuenta sin querer pegarte un tiro en la cabeza. Es sobre simple conciencia —conciencia de aquello que es tan real y tan esencial, tan escondido frente a nuestras narices que nos tenemos que recordar a nosotros mismos, una y otra vez: “Esto es agua, esto es agua”».

Lo que puede interpretarse como una versión simplista de la vida es mierda, y para no pensarlo hay que recordar que, ante todo, es vida, es en realidad Wallace enfrentando su fama, su imagen y su mortalidad.

No sólo es tomar el control de la narrativa, es hacer partícipes a los alumnos en una versión sombría del viaje en el crucero. Es conectar con ellos a través de una situación típicamente estadunidense, en la que se formó y a la vez aborrece el autor: el discurso de graduación. En esencia, David Foster Wallace es una vez más el narrador omnisciente que refleja lo que el lector —en este caso, los alumnos— tiene en la cabeza en un momento que la sociedad infla a más no poder: la graduación es uno de los símbolos más importantes del estatus cultural estadunidense; en cada pared de cada casa está la foto con toga y birrete.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

En un momento tan banal, y tan coreografiado, es cuando vemos al escritor más honesto. No al de ficción, donde tiende a esconderse, sino al que se expone cuando narra lo que ve. Yo sé que esto es agua. Sépanlo ustedes también.

Hace unos meses, Junot Díaz, quien ganó el Pulitzer con su primera novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao (Random House, 2011), escribió un ensayo personal en The New Yorker, «The Silence: the Legacy of Childhood Trauma». El texto es el primer ajuste de cuentas público del escritor con su pasado. Ahí confiesa el horror de haber sido violado en repetidas ocasiones cuando tenía nueve años.

Díaz narra al inicio que en una firma de autógrafos se reencuentra con X, un personaje de su pasado. X le hace una pregunta incómoda que desata esta introspección irónicamente pública: ¿El abuso sexual que sugiere Díaz en su obra es autobiográfico[6]? No es hasta que alguien más se da cuenta que la verdad surge como torrente.

Con Lipsky, con el tedio en el crucero y con «This Is Water» ocurre lo mismo. Aquello que se atisba en su ficción está al descubierto en su no ficción. La depresión, el suicidio, lo abrumador de la sociedad estadunidense. La representación de sí. Porque aunque tanto en ficción como en no ficción siempre haya un interés por controlar la narrativa, en lo que se ve —mas no en lo que se crea— es donde la apertura es brutal. Ahí se expone Wallace al mundo porque ahí es donde puede conectar y alejarse de la soledad del oficio que requiere cientos de horas de encierro. Al introducirse, y avisar que lo está haciendo, nos dice que son sus palabras. Pero, a diferencia de la ficción, en la que de inmediato se las transfieres al lector para perderlas por siempre, en la no ficción de David Foster Wallace, y en la conversación con Lipsky, hay algunos instantes en los que las palabras no son ni de uno ni del otro: son de ambos, porque hay una conexión fuerte que sólo podrá ser rebanada por un punto final.


Notas

[1] Todas las traducciones en este artículo pertenecen al autor, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]

[2] David Lipsky, Although of Course You End Up Becoming Yourself: A Road Trip with David Foster Wallace, Broadway Books, 2010, p. 44.

[3] Ibid., pp. 17-18.

[4] El texto completo está disponible en la edición digital de Harper’s. Véase: https://harpers.org/wp-content/uploads/2008/09/HarpersMagazine-1996-01-0007859.pdf [consulta: 10 de abril de 2018].

[5] Una transcripción del discurso está guardada en el archivo de la universidad. Véase http://bulletin-archive.kenyon.edu/x4280.html [consulta: 10 de abril de 2018].

[6] Junot Díaz, «The Silence: the Legacy of Childhood Trauma», The New Yorker, 16 de abril de 2018. Véase https://www.newyorker.com/magazine/2018/04/16/the-silence-the-legacy-of-childhood-trauma [consulta: 10 de abril de 2018].


Autores
(Ciudad de México, 1986) es escritor. Su más reciente libro es Fake News, la nueva realidad (Grijalbo, 2018).

Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).
Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

 

El atractivo social, estético y político del rap atrajo en los años noventa la mirada de intelectuales y artistas ajenos a la experiencia afroamericana para tratar de entender y luego explicar la idiosincrasia de una manifestación creativa fundamentalmente identitaria.
David Foster Wallace fue uno de ellos con
Signifying Rappers, intento poco afortunado y condescendiente de acercarse a este género para tratar de desmenuzarlo.

 

Some say that rap is just madness
I say I’m glad that I had this.
Schoolly D, «Education of a
Black Man»

And I just don’t have the patience
to deal with these cocky caucasians.
Eminem, «The Way I am»

 

El rap, como pocas expresiones culturales, tiene capacidades de autoempoderamiento que ponen pálida a cualquier hegemonía. En 1990, poco antes de que este género fuera integrado y luego cooptado por el corporativismo convenenciero que ha herido de muerte a la industria musical, la comunidad minoritaria que se encargaba de producirlo en barrios de las grandes ciudades de Estados Unidos, principalmente afroamericanos y latinos, aún mantenía la pureza urbana y social que marcó su debut comercial.

La potencia del rap para proyectar la realidad marginal de las minorías, la capacidad simultánea que representa para generar esparcimiento y olvidarse un rato del caos o la agresividad con la que es capaz de denunciar cualquier asimetría social o política resultaron fascinantes para la tribuna blanca de la sociedad gabacha del momento.

Desde su posición intrínseca de merecedores incuestionables o celosos observadores autorizados, intelectuales, escritores, artistas, conductores, opinadores y, en general, un grueso importante de la sociedad estadunidense enfocaron la mirada crítica en el rap. Ya sea por supuesta violencia explícita y su «destructiva » influencia, o por el vehículo de expresión y catarsis social que representaba para los sectores oprimidos de Estados Unidos, el rap pasó a hospedarse en la lista de temas recurrentes de conversación. Tal como ocurrió con el blues, el rocanrol o el jazz, el rap empezó a ser el nuevo fenómeno exótico que provenía de las calles. Su perfecta estridencia urbana y su estrategia creativa de guerrilla para encontrar ritmos, diseccionarlos y luego coserlos espalda con espalda para producir algo completamente nuevo, resultaron ser el puente posmoderno perfecto para cruzar hacia el nuevo milenio.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Y mentes inquietas como la de David Foster Wallace no quedaron exentas de su atractivo estético, social y urbano. En 1990, el mismo año que salieron placas clave del canon rapero como «Fear of a Black Planet», de Public Enemy, «Mama Said Knock You Out», de L.L. Cool J. o «One for All», de Brand Nubian, Wallace publicó Signifying Rappers, un intento poco afortunado por acercarse al rap y tratar de desmenuzarlo. Y aunque las intenciones del escritor por entender y luego explicar la idiosincrasia de una manifestación creativa íntimamente vinculada con la experiencia afroamericana pudieran ser genuinas, las metidas de pata no son menores.

Me considero un contento seguidor de la autodeconstrucción que Wallace era capaz de generar con su prosa. Siempre me ha sorprendido la habilidad que tenía para abstraerse y ubicarse en contextos tan disparatados y luego describirlos con una agilidad literaria maestra y sensible. Quizá no sea sobrado decir que Infinite Jest, su obra más conocida, revolucionó la idea de novela como formato literario. El uso astuto de estrategias metatextuales, tratando de desplegar significados alternativos o secundarios, me representa una multiplicidad de dimensiones temáticas y una cartera de recursos narrativos que definitivamente merecen mención honorífica. La búsqueda de vacíos existenciales como gasolina literaria me obliga a reconocer el riesgo que tomaba para darle nuevos bríos a su escritura.

Sin embargo, es verdad que se acercó al rap con una miopía social avasalladora.

Su acercamiento naive sólo acentuó la grieta social que hay entre un blanco pudiente como él, estudiando un posgrado sofisticado en una de las universidades con más renombre del mundo, y el rap, una expresión artística urbana originada en el seno del contexto racista de Estados Unidos.

Además de constantemente referirse a este género como «música negra urbana hecha por y para afroamericanos»[1], para Wallace, el rap se mantuvo como un fenómeno ajeno: «For outsiders, rap is easy to move to, hard to dissect. The more we listened and thought and drank beers and argued, the more we felt that the stuff ’s appeal for two highbrow upscale white was just incongruous»[2].

Las conjeturas en Signifying Rappers resaltan esa otredad con la que veía a sus paisanos afroamericanos raperos. Wallace aclara desde el principio: «Please know we’re very sensitive to this question: what business have two white yuppies trying to do a sampler on rap?» [3]. Se percibe una amabilidad forzada. Pareciera que estaba haciéndoles el favor explicativo a otros blancos intelectualoides interesados en el rap. Y resulta imposible perdonarle la posición de superioridad, voluntaria o no, que denota a lo largo del texto.

Bakari Kitwana, un activista e intelectual afroamericano que en 2005 publicó un libro titulado Why White Kids Love Hip-Hop, sale al rescate. La tesis principal reconoce el cambio de paradigma social y político que ha caracterizado las generaciones que han venido después de los famosos baby boomers. Para Kitwana, la generación postsegregacionista de jóvenes se ha embarcado en procesos distintos a los que generaciones previas usaron para digerir el panorama de desigualdades raciales. Ahora, Kitwana asegura que las generaciones tienen estructuras culturales mucho más potentes; templetes culturales como el hip hop permiten una absoluta inmersión en la nueva codificación de la política racial en Estados Unidos. El problema, Kitwana continúa, es que hay un intermediario metiéndole distorsión a la percepción que hay del hip hop y de cualquier manifestación cultural con origen en minorías: los medios de comunicación. La audiencia de la corriente principal se embarca en procesos de consumo que se limitan a captar una versión mediática del rap, orillando la cultura afroamericana original a una posición secundaria, incluso a una distorsión relegada del producto comercial.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).


 
 

La fascinación que Estados Unidos ha tenido con la cultura afroamericana no es nada nueva. Y la obsesión de Wallace por entender el rap es la versión noventera de esa fascinación, filtrada por su pedigrí intelectual. Entonces, al leer el ejercicio ensayístico que hizo del rap, vale la pena tener presente que «cuando se absorben/incorporan aspectos de la cultura juvenil afroamericana, generalmente a través de la cultura popular, se empieza a engendrar una subcultura completamente nueva»[4]; blanca y foránea en el caso de David Foster Wallace y el rap: «The lyrics are about […] how sex and violence and yuppie toys represent the perfectly urban black lifedrive to late 80s American glory»[5].

Al final, solamente fue capaz de ver el rap como un fetiche. La otredad con la que se refiere a este género es un constante recordatorio de que su acercamiento es más bien una especie de safari musical local.

Más adelante, tratando de explicar las peripecias que en ese momento representaba acceder a información sobre el rap, Wallace confiesa que los únicos fanzines que no lograba tener eran los que «circulaban en las secciones más inmundas del Bronx, las partes del barrio en las que era igual de difícil para un blanco aprender de rap que conectar perico o armas de calibre grueso». Igualmente, recordando un concierto de Slick Rick The Ruler en el gimnasio de una prepa, más allá de apuntar la destreza y la delicadeza del flow inmortal de Slick Rick para rapear, sólo permite ver lo intrépido que era para él ir, y lo preocupado que estaba por vestirse acorde al evento: «We left our dates at home, in their paisley skirts. Decided to dress mean —fatigues, old sneakers, bowling shirts only half-buttoned. Didn’t shave. We were scared, but we liked it, the “danger” involved in just liking rap, from the outside. Talk about a music with an edge…[…] Evidently the cops had the same stuff about rap that we had. They and we were suffering a kind of delicious enforced paranoia»[6].

Desde una posición mucho más privilegiada que la del gringo blanco promedio, incluso reconociendo que un policía y él se relacionan igual con el rap, pareciera que el trato condescendiente de Wallace tiene más que ver con la barranca cultural y social que había entre los raperos del momento y él, que con el complejísimo entramado musical y lírico que el rap representa, aunado a su capacidad para navegar fronteras, culturas y adaptarse sin perder esa esencia expositora y contestataria. En 1990, ese mismo año que Wallace nos compartió su fijación por este género, el Muro de Berlín acaba de ser derrumbado, el apartheid en Sudáfrica se estaba desmantelando y los disturbios en el barrio angelino de Watts, ocasionados por una brutal madriza captada en VHS, estaban por explotar. David Foster Wallace no fue capaz de conectar todo eso con el rap.

En 1993, tres años después de la publicación de Signifying Rappers, salió un libro que vino a dar el manotazo en la mesa de los estudios críticos culturales. Paul Gilroy, un académico británico con orígenes afrocaribeños (Londres-Guyana, 1953), publicó The Black Atlantic. Modernity and Double-Consciousness. Y justamente, utilizando manifestaciones musicales como el jazz o el rap, además de apoyarse en algunos intelectuales negros que sentaron bases ideológicas fundacionales (W.E.B. Du Bois, Toni Morrison, Frederick Douglass), Gilroy designa el espacio geográfico entre el continente africano y el Caribe —el Atlántico negro—, reconocido como el principal paso comercial en el traslado de esclavos, como pieza clave para entender —y retar— la idea occidental de modernidad y su orden económico global.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

El Atlántico negro de Paul Gilroy y su idea de doble conciencia me permiten entender la absoluta desubicación de Wallace. Un híbrido de culturas y naciones (africano, caribeño, americano, británico), el Atlántico negro ubica el intercambio de esclavos como factor indispensable para el funcionamiento del engranaje capitalista occidental. Para los afroamericanos, Gilroy explica, el trabajo moderno termina siendo un sinónimo de servidumbre, subordinación, infelicidad y marginalización. Y al mismo tiempo, el Atlántico negro también se convierte en la fuente primaria de capital cultural para todas las personas impactadas por la esclavitud. Se empiezan a construir discursos alrededor de una autenticidad cultural híbrida. La configuración de la identidad ya no es desde una posición únicamente nacionalista. Su desterritorialización y la búsqueda de la libertad colectiva se convierten en parte de la esencia multicultural del Atlántico negro. Consecuentemente —Gilroy termina—, además de ser intrínsecamente contraculturales, el ejercicio creativo y la posibilidad artística cobran sentidos liberatorios y antinacionalistas. La esencia del rap es eso, un ejercicio creativo de empoderamiento y de liberación física, mental y social.

A través de lo que David Foster Wallace escribió, me animo a decir que no captó que se trata de una mixtura de identidades culturales que se manifiesta desde el aislamiento social. No logró ver el rap como una herramienta creativa que permite el empoderamiento social construyendo imaginarios culturales nuevos desde la marginalización.

Rakim, contemporáneo al momento en que Wallace estuvo escuchando rap, y probablemente el rapero mas devaluado de la historia, casi no pasa por las páginas de Signifying Rappers. La descalificación en automático que hace de los Beastie Boys también señala su falta de puntería («serious rap is not J.J. Fad or Tone Loc or Beasties, Egyptian Lover of Fat Boys»)[7]. Al final, aunque su lugar en la rotonda de grandes escritores estadunidenses ya está, al parecer, asegurado, y aunque se le haya designado mártir por excelencia de la depresión con fines literarios, como un Kurt Cobain de la literatura (o mejor como un Elliott Smith o Mark Oliver Everett), Wallace nunca pudo desmarcarse totalmente de su identidad eurocentrista. Y aunque sin duda trató de desmantelar su privilegio, en Signifying Rappers no pudo negar la cruz de su parroquia anglosajona: «The music’s paranoia, together with its hermetic racial context, maybe helps explain why it appears just as vibrant and impassioned as it does scary and alien, to us, from the outside»cada segundo[8].

La distancia social que indirectamente marcó las opiniones de David Foster Wallace sobre el rap y sus exponentes es la misma que ha marcado parte de nuestra identidad como mexicanos/ latinos. Si se hubiera permitido seguir entre nosotros, ¿con qué ojos se hubiera acercado al reguetón? A lo mejor hubiera sido un campeón defensor de este ritmo, como un símbolo de cultura afrolatina contemporánea. Quizá lo hubiera reconocido como un espacio que vive del talento creativo y de la transformación de ritmos con un marcado acento afrolatino, declarando su victoria al evitar el blanqueamiento que otros géneros musicales han sufrido. Probablemente se hubiera chutado los libros de Paul Gilroy y, al igual que el Atlántico negro, hubiera reconocido el capital cultural del reguetón y su posibilidad para proveer un espacio que se alimenta de todas las intersecciones sociales y culturales actuales en Latinoamérica. Y al igual que el rap, quizá hubiera podido ver la capacidad de autoempoderamiento que tiene.

Igualmente, con suerte también hubiera registrado los discursos actualizados de autenticidad latina y afrolatina que el reguetón permite, así como su natural dimensión para dibujar y compartir cualquier contexto urbano. Y ni qué decir de la simbiosis que hay en este género entre estudio de grabación y pista de baile. Una bomba de ritmo y candela que no necesita de las reglas ortodoxas de la composición musical europea, algo que a estas alturas Wallace quizá sí hubiera sentido. Como no lo sintió con el rap. Pero a lo mejor no, a lo mejor sólo nos hubiéramos acordado de David Foster Wallace a través de algún dardo-tuit de Aleks Syntek citándolo para justificar su feliz ignorancia.


Notas

[1] Todas las traducciones en este artículo pertenecen al autor, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]

[2] «Para los de afuera, es fácil moverse con el rap, pero difícil diseccionarlo. Entre más escuchábamos y pensábamos y bebíamos cervezas y discutíamos, más sentíamos que para dos blancos de alto nivel el atractivo del rap era simplemente incongruente.» [Trad. de los eds.]

[3] «Por favor, sepan que somos muy sensibles a esta pregunta: ¿qué derecho tienen dos yuppies blancos a intentar hacer un muestrario de lo que es el rap?» [Trad. de los eds.]

[4] Bakari Kitwana, Why White Kids Love Hip-Hop. Wankstas, Wiggers, Wannabes, and the New Reality of Race in America, Basic Civitas Books, 2005, p. 124.

[5] «La letras tratan de […] cómo el sexo y la violencia y los juguetes yuppies representan a la perfección el impulso vital de la población negra urbana hacia la gloria americana de finales de los ochenta.» [Trad. de los eds.]

[6] «Dejamos a nuestras parejas en casa, con sus faldas estampadas de cachemir. Decidimos vestirnos como tipos duros: pantalones militares, tenis viejos, camisas de bolera abotonadas a medias. No nos rasuramos. Teníamos miedo pero al mismo tiempo nos gustaba el peligro que implicaba el simple hecho de que nos gustara el rap siendo de fuera. Hablamos de música peligrosa… […] Evidentemente la policía sabía lo mismo que nosotros sobre el rap. Tanto ellos como nosotros estábamos sufriendo una especie de deliciosa paranoia impuesta.»[Trad. de los eds.]

[7] «El rap serio no son J. J. Fad ni Tone Loc ni Beastie Boys, Egyptian Lover o Fat Boys.» [Trad. de los eds.]

[8] «La paranoia de la música, junto con su hermético contexto racial, quizá explique por qué, para nosotros que venimos de fuera, nos parece tan vibrante y apasionada como aterradora y extraña.»[Trad. de los eds.]


Autores
(Ciudad de México, 1980) es periodista freelance. Fue becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología para investigar el hip hop mexicano. Actualmente estudia un posgrado en la University of Wisconsin en Madison.

Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).
Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

 

David Foster Wallace es un autor que hay que leer, aunque nadie sepa decir por qué. Este texto propone liberarse de la imposición a cambio del disfrute, en una lectura minuciosa que descubre, por ejemplo, que sus personajes femeninos son sombras mal dibujadas en un universo cien por ciento masculino.

 

En abril de 2017, Deirdre Coyle escribió un ensayo en la revista electrónica Electric Literature titulado «Men Recommend David Foster Wallace to me», donde afirma estar tan harta de la situación a la que alude en el título de su texto, que la próxima vez que le pregunten cómo es posible que no haya leído a este icónico autor estadunidense, que en 2018 cumple diez años de muerto, responderá que la razón es simple: «No sé leer».

Feel you, sister! En México pasa lo mismo con Roberto Bolaño.

Los argumentos contra quienes le insistieron a leer al autor de Infinite Jest son contundentes y la crítica de Coyle ni siquiera va tan dirigida a la obra de David Foster Wallace, salvo porque se pone pinta a la compilación de cuentos Brief Interviews with Hideous Men, en la que «El tipo de los entrevistados repulsivos son profundamente familiares: artistas del ligue, artistas del truene, apologistas de la violación, hombres que pontifican sobre lo que las mujeres “realmente” quieren. […] Los hombres que me recomendaron a Wallace no se dan cuenta de que son los hombres repulsivos en cuestión, o bien, piensan que el hecho de darse cuenta de eso es lo mejor que puede esperarse de ellos»[1].

Deirdre Coyle tiene razón. Creo que en México, además de la superioridad moral que debemos tragarnos de los intelectuales de cepa, es muy difícil que las mujeres encontremos medios donde nos paguen por dar nuestra opinión sobre autores tan masculinizados como Wallace y, quizá por eso, nos relacionamos de otra manera con su obra. En Notas sobre el Estado, la cultura nacional y las culturas populares en México, Carlos Monsiváis afirma: «Los espacios constitutivos de esta cultura nacional han sido la familia, el Estado, la Iglesia, los partidos, la prensa, la influencia de las metrópolis, las constituciones, la enseñanza primaria, la universidad, el cine, la radio, las historietas, la televisión». Su literatura abarca todas y cada una de estas instancias, unque en otro contexto. Sin embargo, en este sentido, podría decir que Wallace es un escritor mexicano (kill me), como no lo es Octavio Paz, por ejemplo (double kill me). La Feria Estatal de Illinois que describe Wallace me parece algo más remotamente cercano a la Expo Ganadera de Guadalajara que El laberinto de la soledad a… ¿mí?

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Considero que el gran premio a la lectura dedicada (como si todo alrededor de la literatura tuviera que ser recompensado o reconocido) de la obra de David Foster Wallace es el entretenimiento. Esta idea le parecería horrorosa a él, pero era muy contradictorio, ya que siempre se preocupó por registrar extenuantemente todo lo que pasaba por su cabeza de una forma tan precisa y extraordinaria que resulta apabullante. Y luego no quería los reflectores encima.

Leí A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again, en la edición que reúne otros ensayos sobre tenis, televisión; una crónica en la que visita la Feria Estatal de Illinois (cuya lectura provocó que me echaran de la Vasconcelos por reírme de una manera que los guardias de seguridad consideraron peligrosa); una reseña en la que destroza el libro de un tal H.L. Hix, y el que da nombre a esta obra —y que es uno de mis favoritos—, tal vez únicamente superado por el primero de este mismo libro, «Derivative Sport in Tornado Alley», en el que habla de cómo se volvió un tenista semiprofesional gracias a su constelación en la que configuró su nueva vida lejos de casa y cómo, en un arranque suicida, él y otro adolescente se quedaron luchando en la cancha de tenis por ganar una contienda en medio de un tornado, algo que lo impresionó al punto de dejar este deporte.

Su ensayo «“E unibus pluram”: Television and U.S. Fiction» me permite ofrecer una explicación de por qué sigo disfrutando su lectura, a pesar de que me sienta problematizada frente a posturas tan válidas y sensatas como la de Coyle. En este texto, cuya premisa es que la nueva narrativa estadunidense se alimentó, sobre todo, de la televisión, Wallace afirma: «No conozco a ningún narrador que viva en un hogar medio americano. […] En realidad nunca he visto un hogar americano. Solamente en la tele». Pues bien, yo tampoco conozco un hogar americano promedio, salvo en la televisión abierta, con voces dobladas al español. Y he visto muchos programas por el estilo, al igual que, creo, la mayoría de quienes nacimos en los ochenta en hogares de clase media y sin antena parabólica. Pienso en series como La vida sigue su curso, que retrataban familias a las que hace referencia Wallace cuando habla de esa falsa cotidianeidad y creo que en gran parte se debe a ellas mi nostalgia por cosas que nunca conocí como las casas con jardines al frente, las cocinas integrales, las escuelas de niños sin uniforme y que siempre, sin importar que sea un kínder, parecen preparatorias (que no se parecen a nuestras preparatorias) y las diurnas cenas (el mismo concepto de «cena» suena impostado, igual que cualquier préstamo lingüístico del registro televisivo como «césped » o «piscina»)

He podido leer a David Foster Wallace gracias a la traducción del barcelonés Javier Calvo. En mi mente, habla como Javier Cámara en su ensayo para Narcos[2]. La traducción, desde luego, es en español ibérico. Ya mucho se ha alegado de por qué las editoriales trasnacionales (la única, digamos, Penguin Random House Targaryen, First of Her Name, the Unburnt, Queen of the Andals, etcétera) realizan sus traducciones en la variante peninsular del castellano y no en un español más estándar, pero todo parece indicar que los españoles, y sobre todo los barceloneses, son quienes mantienen a flote las ventas de los libros.

Pero, para mi fortuna, di con una traducción del cuento «Encarnaciones de niños quemados», de María Teresa Macouzet Menéndez, estudiante de la licenciatura en lengua y literatura modernas inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la revista Punto de Partida (núm. 181). Se trata de un cuento en el que un niño pequeño se quema con agua hirviendo mientras sus padres maniobran con lo que tienen a la mano para aliviar su dolor. Esta nueva versión me pareció más cercana y transparente a la recogida en el libro Extinción. Es la primera vez que leo a Wallace sin el filtro del español gachupín. La traductora hace una gran salvada: este relato cierra con la palabra «yoyo»

La traducción de Calvo corre el trágico sino de decir «yoyó», y se tambalea el efecto devastador que había generado la narración. En el texto de Macouzet no es así, la devastación del relato permanece completa. La traducción es la única forma en la que muchos podremos acercarnos a su obra; si algunos de sus textos resultan en partes intransitables en español, yo me declaro incapaz de leer un enunciado suyo en inglés, entre ese bosque de subordinaciones gramaticales e imágenes poéticas que resplandecen como claros entre el follaje de las palabras que conforman su absoluto entendimiento. Estoy segura de que si empieza a ser traducido por mujeres, tendremos una lectura completamente nueva de su obra, otro acercamiento.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

He empezado Infinite Jest tres veces, pero siempre he quedado bofeada en el escalón de las cien primeras páginas. En el tercer intento, la novela me estaba gustando tanto como para considerar empezarla por cuarta ocasión e, incluso, terminarla en el próximo episodio de desempleo, justo como en el que me encuentro en este momento de semindigencia doméstica. Fue entonces que me encontré con el ensayo de Coyle.

La autora me hizo caer en cuenta de que la mayoría de los personajes centrales de los relatos y, en este caso, la novela de David Foster Wallace son hombres; hay muy pocas mujeres. Y las que aparecían, como la señorita Pemulis, no parecían muy inteligentes de entrada o eran caricaturizadas con un trazo estereotípico, como las referencias a Persona, es decir, cualquier mujer que hiciera visitas sexuales a Orin Incandenza (ni siquiera estoy segura de que se trate de él).

No estoy capacitada para hablar de Infinite Jest. De hecho, no me siento capacitada para hablar de ninguno de los libros que he leído o releído de Wallace. Mi lectura de su obra es deficiente. Además de leer mal, leo lento. Soy perezosa. No puedo leer y leer con la exigencia y constancia de otros. Los momentos en los que he leído algún libro suyo se han convertido en temporadas.

En «Enough David Foster Wallace, Already! We Need to Read Beyond our Bubbles», publicado en The Guardian coreando a Coyle, Jessa Crispin confiesa que «Infinite Jest fue la mayor pérdida de tiempo de un verano que jamás haya tenido. Y ése es el punto. El gusto es subjetivo. […] El gusto es político». Y tiene razón. Pero, hey, al menos Crispin tiene veranos de, asumo, vacaciones para leer esa novela. Mi amiga Bárbara, la única mujer que conozco que la ha leído, lo hizo durante su recuperación de una fractura de clavícula que la mandó a casa, lejos de su demandante trabajo.

En «Brief Interviews with Hideous Men: The Difficult Gifts of David Foster Wallace», Zadie Smith dice: «[Los hombres repulsivos viven] atrapados en el lenguaje. Las preguntas en dichas entrevistas (representadas con la letra P) no sólo están “ausentes” de manera formal en las conversaciones, sino que quienes las responden las han internalizado. Estos hombres anticipan todas las preguntas y además las respuestas que ellos mismos esperan, así como las reacciones que dichas respuestas ya concluidas van a provocar. De hecho, todo referente externo ha sido tragado por el lenguaje y orbitado siempre sobre sí mismo. En esta espiral, otras personas simplemente no pueden existir. “Tú” se ha convertido sólo en otra palabra, flanqueada por signos de interrogación, y los resultados son, en efecto, repulsivos»

Esto nos encamina hacia una lectura que evidencia los mecanismos de poder que estos hombres han ejercido sobre las mujeres.

Puede que la idea para escribir Brief Interviews with Hideous Men haya surgido de su primera compilación de cuentos, Girl with Curious Hair, en el que la mayoría de los personajes son mujeres y donde hay también una historia («Here and There») donde una pareja está narrando en terapia, por separado, su punto de vista de la ruptura.

Este libro está lleno de personajes femeninos, como en «Little Expressionless Animals», que resultan hermosamente trazados y fuertes, con narrativas propias que fluyen como corrientes marinas, tirando para un lado y otro de la historia, y dejando algo en medio, eso que el autor siempre deja flotando en soledad y que provoca una angustia infinita y un alivio al mismo tiempo.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).


 
 

En «“…”: Language, Gender, and Modes of Power in the Work of David Foster Wallace», Clare Hayes-Brady trae a cuento esta discusión sobre la pertinencia de una lectura con perspectiva de género en la obra de Wallace y a qué se debe que sus personajes femeninos en general permanezcan callados. «Mientras las mujeres son conspicuas en la escritura de David Foster Wallace, ya sea por su ausencia o su falta de desarrollo, esta ausencia emerge como consecuencia de la conciencia de su alteridad. Su sobreentendimiento de la diferencia de géneros, paradójicamente, paraliza su capacidad autoral de empatía, dejando un compromiso oblicuo con la feminidad como única intención posible de explorar los problemas de género. […] La pasividad del sujeto femenino en la obra de Wallace tiende a derivar en una lectura masculinista de su trabajo. […] Las funciones femeninas están ausentes —no tanto aisladas— sino en contraste, cooperación y combate con el hombre activo y presente. Esta estrategia de oposición es un componente central del gran proyecto de Wallace sobre la subjetividad y la identidad. De igual manera, mientras una lectura aislada de lo femenino resulta desesperanzadora, se convierte en un personaje aparte cuando se lee contra y al margen del masculino.»

Así, podemos afirmar que el silencio de los personajes femeninos en gran parte de su obra se refiere a un claroscuro que delimita lo contrario, la otredad.

Adoro «Getting Away from Already Being Pretty Much Away from It All», la crónica sobre la Feria Estatal de Illinois. En ella, Wallace regresa al lugar donde creció, acompañado por la que él llama Compañera Nativa y que es una tipa divertidísima a quien le encanta enseñar los calzones en los juegos mecánicos, y gracias a la cual el autor muestra una fragilidad medio boba que lo aleja un poco de su pulsión por desarmar todo con su entendimiento. Se trata de una feria ganadera y agrícola, de algo en la tierra. Creo que en esta crónica hay una diversión genuina y vital que también se manifiesta en el autor, sin el hálito a veces mortecino de su humor cuando se encuentra en el crucero o volando dentro de un tornado. En esta crónica David Foster Wallace vivió realmente, más allá del exoesqueleto de intelectualización con el que nos es presentado.

Nos acercamos a autores como él con miedo, porque nos han explicado que ésa es la manera correcta. Que debemos leerlo. ¿Por qué escuchar a los hombres repulsivos que imponen, entre otras cosas, su lectura? ¿Por qué no quitar la valla de sobreinterpretación que nos aleja de él? Nada se pierde si dejamos de leerlo, sobre todo en un país como México, donde la violencia de género, desde sus expresiones más inocuas hasta las más terribles, es normalizada. Pero lo que se gana al hacerlo, al menos en mi caso, se relaciona más con nuevos ritmos de lectura y hallazgos en esa percepción absoluta, más allá de un espectáculo literario. Para mí leer a Wallace es instaurarme en un tiempo paralelo, uno que me aleja de los ritmos y las lecturas impuestas por muchos (algunos de los cuales también son sus fans).


Notas

[1] Todas las traducciones en este artículo pertenecen a la autora, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]

[2] Veáse https://www.youtube.com/watch?v=1nwRaahZdRY&ab_channel=Rioja2.com


Autores
(Guadalajara, 1982) es poeta. Su libro más reciente, Jaws [Tiburón], obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2015.

Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).
Foto de Berenice Huerta

Jair Cortés nació en 1977, en Calpulalpan, Tlaxcala. Su obra poética ha sido influenciada por venas anímicas y geográficas: la paterna, correspondiente a la del Altiplano central de México, y la materna, en el espíritu de la Huasteca veracruzana, en la que comenzó su actividad literaria.

Autor de los libros A la luz de la sangre (feta, 1999), Caza (Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2006), Historia solar (Lunarena, 2015) y Laboratorio tropical (Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura 2016). Ahora que vuelvo a decir ahora: una reconciliación poética (Eternos Malabares-inba, 2013) reúne su obra poética publicada entre 1999 y 2013. Parte de su obra se ha traducido al náhuatl, maya yucateco, portugués, tzotzil, mayo, inglés, catalán, alemán, francés e italiano. Actualmente es columnista del suplemento cultural La Jornada Semanal del diario La Jornada.

En esta entrevista, Jair Cortés comparte una concentrada reflexión sobre su ejercicio de escritura y su concepción de la poesía.

En A la luz de la sangre te preguntas “¿Para quién escribo?/ Para la piedra. Para dejar que me escuche./ Para dejarme en ella”. Diecinueve años después de la publicación de ese primer libro, ¿qué responderías a esa pregunta?
A la luz de la sangre fue un libro que escribí para cuatro lectores específicos: mi madre, mi padre, mi hermana y mi hermano. Comencé a escribirlo cuando dejé mi casa en Tuxpan, Veracruz, y me fui a Tlaxcala a estudiar la licenciatura en literatura. Yo quería que mi primer libro fuese un homenaje a ellos, al amor que nos tenemos. El tiempo, las circunstancias terribles en las que México se ha visto envuelto en los últimos años y las búsquedas de cada uno, nos han situado en países diferentes. Después de A la luz de la sangre comencé a percibir que la figura del lector variaba según la circunstancia que provocaba el poema, pero también me percaté de que pensar constantemente en el lector resulta enfermizo, y a veces hasta nocivo, aunque es casi imposible no hacerlo —recordemos aquellos versos de Baudelaire: “Hipócrita lector, mi semejante, ¡mi hermano!”—, pero cuando por instantes su presencia desaparece, también se alcanza cierto éxtasis, porque estás tan metido en tu propia escritura, tan adentro del poema, que todo lo demás se disipa, y es como si alcanzaras un estado de soledad absoluta, una especie de totalidad del presente.

¿Cómo llegaste a la poesía y qué te interesó de ella?
Como lector llegué a la poesía cuando era un niño. Antes de entrar a esa terrible —y divertidísima— penitenciaria llamada escuela, mis padres ya me habían enseñado a leer y a escribir. En mi casa había una pequeña pero nutrida biblioteca que abarcaba temas tan variados que iban desde las matemáticas hasta diccionarios médicos, pasando por estudios esotéricos y literatura, mucha literatura. Los primeros poemas que leí eran de sor Juana Inés de la Cruz y de Amado Nervo. Pero de niño no distinguía entre géneros, y lo mismo que me fascinaba en la poesía me atraía en la novela o en el cuento: sentir cómo, por medio de las palabras, se revelaba un mundo maravilloso, ya fuera desde lo cotidiano o lo extraordinario.

Como autor, el acercamiento a la poesía fue muy diferente, fue más una irrupción que algo previsible. Era junio, y mi mamá estaba cocinando agobiada por el tremendo calor veraniego de la huasteca veracruzana, salí de casa y me subí al coche de mi papá —llevando conmigo una libreta que él me había regalado—, y de pronto me sentí poseído por una irrefrenable necesidad de escribir, y entonces comencé, sin detenerme siquiera para releer, un poema de diez páginas cuyo tema era simple: un hombre que sueña ser lobo, que a su vez sueña ser hombre, y destruye todo lo que le rodea. Eufórico por haber escrito mi “primer poema”, corrí a leérselo a mi mamá —pero antes cubrí mi libreta con otro libro para que pareciera que el poema estaba en un libro ya publicado—, y le dije: “te voy a leer un poema y me dices qué te parece”. Se lo leí completo, y una vez que terminé, me dijo que la había conmovido mucho y que la forma en la que planteaba el sueño dentro de otro sueño la había emocionado. Me preguntó de quién era y yo le dije que mío, ella no podría creerlo hasta que le mostré la libretita con los versos recién escritos, ella se emocionó aún más y me dijo que era maravilloso que lo hubiera escrito yo, y celebró con tal emoción mi primer poema que creo que eso definió en mí el grado de confianza que siempre he tenido frente a las cosas que hago y escribo. Fue justo a partir de ese momento que supe que sería poeta.

Hasta ahí la anécdota, pero ésta sólo responde a cómo fue qué escribí mi primer poema, y no por qué elegí la poesía o, mejor dicho, por qué la poesía habría de elegirme. Con frecuencia me preguntaba por qué, sinceramente, había elegido ser poeta si durante mi infancia y adolescencia había demostrado ser bueno en muchas cosas que, hasta el día de hoy, me apasionan —como el dibujo o la ciencia—, y aunque elaboraba serias y meditadas respuestas ninguna me convencía del todo. Fue hasta hace seis años, cuando leí un ensayo de Roberto Calasso, que tuve la impresión de haber encontrado la respuesta en un pasaje de mi vida que me había sucedido unas semanas antes de sentirme poseído por la poesía: yo solía nadar en las aguas del río Tuxpan todas las tardes, y un día, al llegar a casa comencé a tener fiebre y mi piel comenzó a enrojecerse y llenarse de pequeñas ámpulas. Esta “reacción” se repitió varias veces hasta que me llevaron con un médico que determinó una posible alergia al agua del río. Cuando me dijo que probablemente no podría volver a nadar sentí que algo en mí se apagaba. Triste y desconsolado, suspendí la natación un par de semanas, mismas en las que padecí unas terribles fiebres acompañadas de pesadillas. Uno de esos días visitamos a mis abuelos maternos que vivían en Potrero del llano, un pueblo petrolero de la Huasteca veracruzana. Al contarles lo sucedido, mi abuela me dijo que me habían raptado las Tepas, espíritus femeninos que vivían en el agua y que me volverían loco. Ella y mi abuelo se ofrecieron a hacerme una “limpia” para que las Tepas me permitieran volver a nadar en el río. Por supuesto que, en aquel entonces, yo no creía en nada de eso y sólo accedí por mero cariño. Después de experimentar el ritual —mezcla de santería con rezos católicos) y pasar un par de días durmiendo, volvimos a Tuxpan, y lo primero que hice fue nadar en su río. Y nada volvió a sucederme, salvo que, unos días después, escribí mi primer poema.

El ensayo de Calasso que mencioné se titula “La locura que viene de las ninfas”, y habla sobre cómo Apolo mata a la ninfa Telfusa y se apropia de su culto. En ese ensayo, entre otras cosas, Calasso cita a Festo: “Por antigua tradición se dice que quienes vean una aparición emerger de una fuente, o sea, la imagen de una ninfa, deliran; los griegos los definen nympholeptous mientras que los latinos los llaman lymphaticos”. Y adelante, Calasso detalla: “El delirio suscitado por las ninfas nace entonces del agua y de un cuerpo que emerge de ella, así como la imagen mental que aflora del continuo de la conciencia […]”. El ensayo de Calasso concluye que quien es poseído por las ninfas se vuelve loco o se convierte en poeta, y quien delira (el nymphólēptoi) sólo podrá curar ese delirio por medio de la poesía. Leer ese ensayo me hizo atar los cabos sueltos de mi propia historia y de mi iniciación como poeta. Hasta hace unos años yo había atribuido al azar mi inclinación por la poesía pero en realidad habían sido fuerzas de origen sobrenatural las que habían intervenido. Lo asombroso del asunto es cómo ese conocimiento clásico tenía su equivalente en la mitología del Golfo de México, una mitología alimentada por lo africano y caribeño y que mis abuelos conocían muy bien.

¿Cuál fue el procedimiento en términos poéticos, creativos, para explorar tu propia historia familiar por medio de la escritura poética?
Había dos formas de escribir sobre mi familia: abordar, por ejemplo, el arquetipo del padre y adaptarlo a mi propio padre, o hacer de mi padre un arquetipo; opté por lo segundo, pero lo hice de manera intuitiva, de esta forma fundé también una mitología personal que sigue presentándose y desarrollándose en mi poesía, aunque de formas diferentes a las iniciales y a veces de maneras muy sutiles, casi cifradas.

¿Cómo te relacionas con la tradición?
A propósito del tema, hay un ensayo maravilloso que escribió T. S. Eliot titulado “La tradición y el talento individual”, en el que dice que no sólo las mejores partes [de la obra de un poeta] sino las de mayor individualidad de su obra quizá sean aquéllas en las que los poetas desaparecidos, sus antecesores, reafirman su inmortalidad con mayor vigor. Y con esto no me refiero a la etapa impresionable de su adolescencia sino a la de su plena madurez. Por eso creo que la tradición es el diálogo que se suscita entre todas las obras de arte existentes a lo largo de la historia, ese diálogo está aconteciendo todo el tiempo, y antes de hablar, uno debe escuchar con atención lo que se dice. La relación que establecemos con la tradición va a definir, paradójicamente, nuestro grado de libertad creativa, cuanto más conozcamos nuestra tradición mayor será nuestra libertad porque podremos tender lazos de manera consciente y dirigida con todas las obras de arte. Autores como Charles Bukowski, que la gente suele señalar —erróneamente— como un poeta distante de la tradición, conocen la importancia de este diálogo. Él escribió un famoso poema que se titula “A la puta que se llevó mis poemas”, que tiene su antecedente ¡nada más y nada menos que dos mil años atrás!, en el poema conocido como “Devuélveme mis escritos”, de Cayo Valerio Catulo, en el que podemos leer: “¡Acudan, endecasílabos, todos,/ de todas partes, acudan todos!/ Una desvergonzada puta me toma por loco/ y dice que no me devolverá mis escritos. Si no les parece mal,/ persigámosla y exijamos que los devuelva […]”. Este ejemplo ilustra claramente mi idea respecto a la tradición.

En una entrevista anterior, Balam Rodrigo me decía que como poeta uno tiene parentela más allá de lo sanguíneo. Para ti, ¿quiénes son tus parientes poéticos?
Tomo por pariente a casi todo aquel que encuentre en la poesía una forma de vivir en el mundo. Como en toda familia, algunos son primos lejanos y otros hermanos o padres. Hay figuras que fulguran más que otras para cada quien: Catulo, Arthur Rimbaud, Anne Sexton, sor Juana Inés de la Cruz…

El rastro de un escritor tal vez se encuentre en buena medida en sus lecturas. Entre los autores con los que te encontraste más identificado y los más disímiles a tu poética, ¿cuáles fueron los que más influyeron en tu escritura y cómo?
Siempre he creído que la verdadera influencia que un autor ejerce sobre otro es hacerlo hablar con su voz propia más allá de los rasgos estéticos que puedan compartir. De esa forma, poetas que parecerían distantes entre sí, en realidad están más cercanos de lo que aparentan, porque no es cierto parecido formal lo que los relaciona sino la motivación, el impulso vital que hace brotar el lenguaje y esa forma específica de expresarse. Algunos de esos poetas, en mi caso particular son —además de los que he mencionado como parientes poéticos—: Safo, Charles Baudelaire, Emily Dickinson, José Carlos Becerra, Jaime Reyes, Ramón López Velarde, Blanca Varela, T. S. Eliot, Catulo, John Donne, Oliverio Girondo, y los autores anónimos que escribieron los libros fundacionales y religiosos de diversas culturas, entre otros. Algunas veces no es la obra de arte sino la actitud frente a ella la que determina una influencia. Así, me he sentido influenciado también por Duchamp, Wolfgang Paalen, Chet Baker o Manu Chao.

Hablando de ese fundamento de identificación, ¿cómo opera la relación entre el yo y el nosotros en la poesía?
Hay una tensión todo el tiempo entre el yo y el nosotros, cuando uno es consciente de esa tensión entonces hay una comunión entre ambos elementos. El poema fomenta la tensión y otras veces la relaja, hay ocasiones en las que (Yo) escribo para tener la última palabra, y otras en las que un Nosotros se desborda por encima del diálogo y asume una identidad colectiva.

En tu libro Caza escribiste: “¿Todo empieza con el padre?/ y la música ¿en dónde empieza?”. Actualmente, a partir de tu experiencia en la escritura poética, ¿te inclinarías por buscar las respuestas, o es más importante para ti la idea de que la poesía no da respuestas sino interrogantes?
El poema, aunque sea pregunta, ya es una respuesta. Existe, apareció de una duda o de una certeza. La angustia ante el silencio, la pregunta sin respuesta, la asfixia de la página en blanco, todo ello se mitiga cuando el poema emerge y se presenta, latiendo, recién venido al mundo, diciendo “algo” que debemos aprender a interpretar, aunque se formule como otro cuestionamiento.

Comentando tu obra, el poeta y ensayista Marco Antonio Murillo señala dos momentos: uno que va desde A la luz de la sangre hasta La canción de los que empiezan, preocupado por una poesía clara, musical; y un segundo, que se manifiesta desde el poema “Enfermedad de talking”, pasando por “Historia solar” y “Laboratorio tropical”, más concentrado en explotar los límites entre la sonoridad, la textura de las palabras, y su significado, una “alquimia de las palabras”, además del empleo de otros materiales para explorar temáticas específicas, como manuales y cuadernos de expedición en el caso de tus últimos dos libros. ¿Qué tan de acuerdo estás con esta lectura y qué determinó ese salto estilístico entre un momento y otro?
Poder dialogar con un poeta como Marco Antonio Murillo es una experiencia que enriquece el ejercicio reflexivo. A su pasión poética se le suma una pasión crítica que descubre zonas poco exploradas en la obra de muchos poetas que hemos leído. Efectivamente, “Enfermedad de talking” es un antes y después en mi poética. Dicho sea de paso, ese poema ha provocado diversas reacciones entre lectores y poetas, ha sido incluido en varias antologías y traducido a diversas lenguas —incluyendo algunas originarias de México, como el náhuatl, tzotzil y maya yucateco, entre otras— e incluso a un género como el ensayo, como el que hizo Berenice Huerta.

Cuando leí que Heidegger hablaba de la poesía como un “desocultamiento” de la realidad, me pregunté si también podría ocurrir lo contrario en términos poéticos, y eso quise hacer en “Enfermedad de talking”, ocultar el mundo y desestabilizar al lector entrecruzando retazos de realidades diferentes. Eso puede explicar que el poema tenga sus detractores y defensores. Después de haberlo escrito sentí una libertad nunca antes experimentada y es por ello que comencé a tender puentes con otras áreas que frecuenté en mi infancia, como la electrónica y la física, en Historia solar, y los manuales y bitácoras de exploradores, en Laboratorio tropical. Esta fase de mi vida y trabajo creativo puede explicar su motivación en aquello que dijo Lezama Lima: “Es posible porque es imposible”.

Después de “Enfermedad de talking”, entendí que la poesía es una energía que no se limita a retratar la realidad, porque extrae de ésta su substancia pero también le inyecta una carga que la modifica; la realidad que uno vive, si la vive desde la poesía, siempre será en estos términos: la historia personal deja de ser un recuento de sucesos personales y se convierte en una leyenda, en mito, en reinterpretación del pasado y del futuro, y con cada poema todo el conjunto se reescribe.

Además de un medio para revisitar la historia personal, la poesía también sirve para poner en crisis lo que supuestamente ya se conoce, la aparente realidad inmediata del entorno. ¿Cuál es tu experiencia en este sentido?
Vivir en México, en estos tiempos, resulta aterrorizante. La guerra que nunca terminó de declararse se institucionalizó como una forma de gobierno. Y ese horror, ese miedo, esa sangre también nutren nuestra literatura. Muchas veces al tratar de explicarme lo que pasa en México sólo me vienen a la mente esos versos de Robert Lowell: “si vemos una luz al final del túnel/ es la luz de otro tren que se aproxima”. Y a pesar de todo esto, me considero un hombre que cree en la esperanza, en el amor, en la poesía, en la imaginación capaz de inventar mundos nuevos sobre las ruinas de esto que nos dejaron la ambición y el hambre de poder. Por eso Bere, mi esposa, y yo decidimos vivir en lo que muchos llaman el sureste y otros el Caribe y que es, en realidad, un centro geográfico de “algo” milenario y vivo como la civilización maya. Aquí en Bacalar, en Quintana Roo, a unos kilómetros de Belice, puedes convivir con todas las culturas del mundo: lo mismo escuchas una conversación en creole que en alemán o maya yucateco, en este lugar puedes intercambiar ideas con un sinfín de artistas procedentes de diversos continentes. Aquí podemos recomenzar de nuevo lo que la realidad nos arrancó de tajo en el altiplano con su despiadada violencia.

A más de veinte años de haber comenzado a escribir poesía, ¿qué has encontrado? ¿Cómo divisas tus primeras intuiciones y certezas con respecto a la poesía hasta hoy?
He aprendido, entre otras cosas, a diferenciar el mundo de la poesía del mundo literario. El mundo de la poesía es el mundo de lo sagrado, de lo mítico, de lo sobrenatural, que nutre incluso lo que pensamos cotidiano y común, mientras que gran parte del mundo literario se parece más a un partido político que a una comunidad consciente del dolor humano. Aprendí, también, que la poesía es una segunda oportunidad, y que en esa segunda oportunidad puedo defender aquello en lo que creo, siendo yo mismo en mis palabras, siendo yo mismo mis palabras.


Autores
(Guadalajara, Jalisco, 1993) Poeta. Textos suyos han sido publicados en la revista Buenos Aires Poetry, Círculo de Poesía, La Otra y Río Grande Review, de la Universidad de Texas en El Paso; ha colaborado para la revista mexicana de teatro Paso de Gato, Revista de la Universidad de México, Este País, el suplemento cultural La Jornada Semanal y en Poéticas. Revista de Estudios Literarios. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.

Llevar al cine la vida —o sólo parte— de un personaje tan complejo en obra y esencia es un reto complicado; la traición es un riesgo latente en obras de esta naturaleza. Sin embargo, cuando el trabajo conjunta inteligencia, sensibilidad y no presume de la voluntad explícita de retratar exactamente a quien se ha elegido, el resultado es digno y entrañable. Esto ocurre con Los Adioses (2017), película dirigida por Natalia Beristáin y que narra fragmentos de la vida de Rosario Castellanos inspirados en el epistolario de la escritora chiapaneca, Cartas a Ricardo.

Los Adioses recrea, desde la ficción, episodios de la vida conyugal de Rosario Castellanos junto al filósofo Ricardo Guerra, con quien estuvo casada por casi trece años. Recorre la juventud y la madurez de la pareja por medio de pasajes que se van intercalando en una dinámica de voces construida por analepsis narrativa, es decir, al mismo tiempo que transcurre la etapa madura de Rosario y Ricardo —interpretados por Karina Gidi y Daniel Giménez Cacho—, se forjan sus personalidades y temperamentos iniciales como compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras —interpretados por Tessa Ía y Pedro de Tavira—.

La historia se desarrolla en el México de los años cincuenta, cuando una joven Rosario, fiel a su vocación como escritora —vocación alimentada por su inquietud prematura—, se encuentra con Ricardo Guerra en la universidad. Ambos comienzan una relación amorosa que emerge sobre las contradicciones y la dualidad que representa la vida y la escritura. De esta manera se muestra un mundo en el que sólo habitan ambos personajes y en el que la imagen intelectual de Rosario, brillante y frágil, se levanta sobre la de Ricardo y, a la vez, se derrumba ante sus engaños e infidelidades, mostrando una íntima confrontación consigo misma por sostener su vida literaria al mismo tiempo que es esposa y madre.

Esta película traza un significativo recorrido por algunos episodios biográficos que Rosario dejó como testimonios en parte de su obra: las cartas enviadas a Ricardo desde España en las que se refiere a él como “niño Ricardo”, el tiempo que vivió con su medio hermano Raúl en Comitán, los indígenas tzeltales que no caminan por donde lo hace el claxán y los abortos antes del nacimiento de su hijo Gabriel.

Pero no habremos de equivocarnos y esperar en este filme un retrato fiel de la escritora porque no es así. El guión —escrito por María Renée Prudencio y Javier Peñalosa— se sirve de las licencias que otorga la fascinante vida de Rosario para construir una historia sobre los conflictos de pareja, sobre los problemas de la feminidad en determinado contexto y que, además, es lo suficientemente reveladora para desmitificar su figura. La verdadera Rosario presta parte de su voz e historia a la Rosario de Los Adioses mientras navega por una superficie tenue, por medio de su poesía e inteligencia.

La directora Natalia Beristáin ha explicado que la idea inicial no contemplaba llevar esta parte de la poeta a la pantalla. Sin embargo, al tener la intención de contar una historia que reuniera los conflictos sociales e intelectuales de la mujer en determinado tiempo del México contemporáneo y a un personaje femenino con capacidad de verter crítica y reflexión al hablar de lo habitual y cotidiano, descubrió a Rosario Castellanos.

Beristáin es congruente con la forma en cómo trae a la escritora hasta nuestros días porque, aunque no abandona el sufrimiento latente en ella y que puede mal entenderse con esta preponderante idea de que el poeta tiene que sufrir para lograr la consagración, se preocupa porque Rosario conserve la ironía y mordacidad con la que, en realidad, sus alumnos de la Facultad  la recuerdan: “una mujer de gran sabiduría que aunaba la erudición y el talento a una gran simpatía y sentido del humor”.

Este filme no queda exento a los detalles, pues habrá que recordar que el discurso “La abnegación: una virtud loca” fue pronunciado por Castellanos el 15 de febrero de 1971 en el marco del Día Internacional de la Mujer, y no —como se infiere en la película— a inicios de los sesenta, pues cuando este episodio es recreado, Gabriel Guerra Castellanos es apenas un infante y no el casi adolescente que era cuando su madre evocó a la necesidad de alcanzar una igualdad plena.

Para quien acuda a las salas con la intención de apreciar un biopic convencional que narre de principio a fin la vida de Rosario Castellanos, es preciso aclarar que no es así, sin embargo, sí encontrará una historia construida con inteligencia y fondo, una historia sobre la vida en pareja contada por medio de una mujer que dio voz a otras mujeres —e indígenas— frente al androcentrismo cultural y social de una época que hasta hoy no es distinta.


Autores
Es licenciado en Comunicación y Periodismo con Mención Honorífica por la Facultad de Estudios Superiores Aragón, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cursa la maestría en Literatura Mexicana Contemporánea, en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Ha colaborado como reportero, reseñista e investigador literario en la sección de Cultura de El Universal, así como en el suplemento cultural Confabulario y otros medios web. Su línea de investigación se centra en las narradoras mexicanas, especialmente en la narrativa y vida de Rosario Castellanos.

PerfÓpera Rota, pieza escénica interdisciplinaria con una estructura surrealista, mezcla elementos del performance, distintos géneros musicales y teatralidades. La autora, Daniela Falcon, es una compositora musical y artista transdisciplinaria de origen italo-mexicano, egresada de la carrera de composición musical de la Escuela Superior de Música del inba y estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas de la unam.

Perfópera

La obra deviene de un proceso alejado de las convenciones del teatro, pues Falcon pone en escena a una cantante de ópera, una actriz-performer y un actor-performer, junto al Ensamble Interdisciplinario de Música Experimental conformado por nueve músicos que interactúan, para llevar a cabo un performance de su propia obra.

Este proceso busca romper con la tradicional distancia que el compositor establece respecto de su propia obra, una vez transcrita en una partitura, para dejar que la autora se envuelva en ella misma.

Gracias a la imagen de “la mujer” valorada como un recurso y objeto de explotación, al igual que nuestros recursos naturales en el sistema contemporáneo capitalista, y olvidándose del valor del medio ambiente y la Tierra, esta obra muestra el tránsito de la desvirtuación de dichos temas en analogía del valor simbólico de “lo femenino”, llevada a la exageración y esquizofrenia de las formas establecidas que vive el mundo actual.

Perfópera 2

Se busca deconstruir los símbolos de poder relacionados al machismo que van desde las religiones, sistemas políticos, sistemas culturales, etc., que la sociedad tiene arraigados en el inconsciente colectivo, para recrearse desde otro lugar, desde una voz del cuerpo.

Un personaje que no representa el valor impuesto de “ser mujer” —aunque ha nacido con dicha sexualidad—, ha perdido su propia identidad, lo que le ha provocado un desarraigo de las imposiciones sociales. Por medio de la voz y el cuerpo se presenta en un estado de vulnerabilidad, recorre la pieza escénica siendo confrontada y confrontando a los personajes que representan al sistema en el que vivimos.

Perfópera 4

PerfÓpera Rota ganó el primer lugar del Premio a la Creación Escénica Contemporánea por parte de Un Teatro.

Daniela Falcon ha participado, además, como colaboradora y creadora en diversos festivales, laboratorios, workshops, foros de teatro y encuentros del Centro Cultural del Bosque, Centro de Cultura Digital, Museo el Eco, Festival Internacional de Cine de Morelia, el Festival Internacional de Cine de Guanajuato, el Festival y Encuentro de Música Experimental Random en CDMX, Festival de Paisaje Sonoro Pierre Schaeffer del Phonurgia Nova en París, Performing Arts Forum en Francia, International Darmstadt Musikinstitut en Alemania, Festival de Videodanza CINEDANS, en Ámsterdam, UMBRAL en la Ciudad de México, Ciclo de Improvisación Interdisciplinaria del Laboratorio Mexicano de Improvisación Sonora y Festival Hysteria, entre otros.

 

Temporada
Jueves del 9 de agosto al 27 de septiembre del 2018
Ubicación
Nuevo León 46, Hipódromo Condesa, Un Teatro. 20:30 horas
Entrada General: $200
Escribe a: https://www.facebook.com/perfoperarota/ … y pregunta por los descuentos y 2×1

Perfópera 5


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

 

Conforme leía las más de mil páginas de Infinite Jest, la autora de este ensayo atestiguaba cómo la única persona con la que podría hablar de la novela que convirtió a David Foster Wallace en celebridad se encaminaba en la misma dirección de aquel que el 12 de septiembre de 2008 terminó con su vida. ¿Hay libros que determinan el destino de una amistad?

 

Compré mi ejemplar de Infinite Jest una tarde de invierno del año 2009. Estaba de vacaciones en Nueva York; faltaban pocos días para navidad. Iba mal preparada para el clima: llevaba un gorro de lana que no me tapaba las orejas y unos guantes de leñador incomodísimos que me quité esa tarde para ver libros en Strand.

Fui primero a buscar una novela de Faulkner y luego otra de Ursula K. Le Guin y después me detuve en la mesa de recomendaciones. Me acerqué a un ejemplar llamado Everything and More: A Compact History of Infinity, de un tal David Foster Wallace. Había escuchado el nombre antes, pero no sabía dónde. Junto estaba otra obra del mismo autor, que también tenía la palabra infinito en el título: Infinite Jest. Tenía una portada más bien fea, con un letrero verde fosforescente y era tremendamente gordo. Lo tomé y alguien junto a mí dijo «Ése es el mejor libro que he leído en mi vida». Era un señor de unos cuarenta y cinco años, calvo, de cara simpática. Le sonreí, y mientras se iba me pareció ver en su gesto que estaba pensando en ese texto, recordando pasajes y reafirmando para sí mismo que era el mejor libro que había leído en su vida. Decidí comprarlo.

En el avión de regreso me llevé Infinite Jest en el equipaje de mano para leer un rato. Cuando pasé por seguridad, el oficial me pidió que abriera la maleta y lo escuché decirle al hombre de los rayos X: «Te dije que era un libro». Al final no leí por ver Inglourious Basterds, de Tarantino.

Volví a clases, al último semestre de la carrera. Mi compra se quedó unos meses en la repisa encima de mi escritorio, con el resto de los libros que pretendía leer muy pronto. Un mes o dos más tarde, algunos amigos quedaron de juntarse en mi casa para ir a un concierto de LCD Soundsystem. En lo que llegaban los demás, pasaron a la sala Samuel y otro amigo al que llamábamos el «Rojo». El ejemplar de Infinite Jest estaba en la mesa, donde lo dejé después de sentarme a hojearlo y decidir no leerlo todavía, porque sus mil ochenta páginas me parecían un compromiso demasiado grande. Samuel me preguntó si lo estaba leyendo; dije que lo estaba pensando. Él me pidió que lo leyera, por favor, porque era su libro favorito y no tenía nadie con quién comentarlo, no conocía a nadie más que lo hubiera leído.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Samuel era uno de mis amigos más antiguos, aunque durante muchos años fue más un conocido. Estuvimos juntos en la primaria un par de años. Luego se fue y me lo volví a encontrar en la secundaria. En ese entonces no lo soportaba. No me daban risa sus chistes, contaba muchos, todo el tiempo, porque (alguna vez me dijo) tenía una madre muy difícil de complacer y se había vuelto bromista para mantenerla alegre. No sé en qué momento me comenzaron a parecer divertidas sus bromas. Quisiera reproducir aquí el tipo de chistes que hacía, pero no tengo buena memoria y soy mala inventando bromas, aunque sí soy buena para reírme. Nos vimos forzados a ser amigos, porque desde el primer día de la licenciatura tuvimos todas las clases juntos, y no conocíamos a nadie más. Poco a poco nos conseguimos un grupo de dos o tres compañeros con los que pasábamos las horas libres y que por las noches iba con nosotros a conciertos y celebraciones. Yo iba menos a las fiestas que los demás, pero cuando iba, Samuel me acompañaba. Pasaba por mí en un Tsuru azul y ponía unas playlists memorables, tanto que después la música de las fiestas sonaba mal. Casi siempre me iba más temprano que él, y luego me enteraba de lo que pasaba entrada la noche, de sus intentos fallidos de conquista y sus peleas y borracheras.

Fue por él que decidí leer Infinite Jest, porque lo admiraba y confiaba en su gusto. Las primeras cien páginas fueron las más difíciles. No lograba acomodarme al volumen del libro. Leía en la cama, pero tenía que usar de apoyo dos o tres cojines, hasta que hallé la combinación de almohadas perfecta. Tardé más en adecuarme a un ritmo de lectura, porque si lo hacía durante mucho tiempo dejaba de entender. Requería mucha concentración recordar el sujeto original en esas oraciones kilométricas, recordar qué personaje estaba hablando en los párrafos enormes de esos monólogos larguísimos. Llegué a usar tres separadores: uno para el cuerpo del texto, otro para las notas al pie (que podían extenderse varias páginas) y otro para las notas al pie de las notas al pie. A veces tenía que releer páginas enteras, porque para cuando terminaba de leer una nota y volvía al texto original ya no recordaba en qué iba la trama.

En clases estábamos leyendo el Ulises de Joyce, un capítulo a la semana con las notas correspondientes en el Ulises anotado, que tiene casi el doble de extensión que el Ulises mismo. Me costaba mucho más trabajo leer Infinite Jest pero perseveré, a un ritmo de más o menos cinco páginas diarias. Persistí por su sentido del humor, neurótico y brillante, por los personajes extraños, entrañables, por la tensión creciente, por la idea vaga de que las historias paralelas se encontrarían en un final espectacular y por ciertos temas de los que David Foster Wallace escribía como nadie que yo hubiera leído hasta entonces.

Por ejemplo, las drogas. De eso yo sabía muy poco. Baste decir que a los veintidós años había fumado mariguana una sola vez en la vida, o más bien algo parecido a la mariguana que encontré en la cocina de mi padre y que no me hizo sentir absolutamente nada distinto de la expectativa de sentir algo distinto. Tampoco había estado nunca borracha. En las fiestas me servía agua mineral y, para que no me molestaran, fingía que tenía vodka. Las drogas me daban terror, pero también un poco de curiosidad. Al leer ciertos párrafos de Infinite Jest pensaba: «Así debe sentirse. De ese placer tan intenso me estoy perdiendo, de esa pasión por algo tan terrible pero también tan grande que se vuelve tu madre, tu amante, tu dios y compadre».

Cuando David Foster Wallace ingresó a rehabilitación, a los veintisiete años, ya se había intentado suicidar una vez. Era adicto a la mariguana y alcohólico, y ahí le dijeron que si seguía con ese nivel de consumo se moriría en menos de tres años. De su experiencia en los centros de rehabilitación, de las historias que escuchó y los personajes que conoció, de su incomodidad con los aforismos y la religiosidad de los programas, y también de la compañía y el consuelo que encontró ahí, surgieron algunos de los pasajes más memorables de Infinite Jest. Ahora que busco, encuentro estas frases entre mis subrayados: Sobre el peor momento de una adicción: «You cannot get drunk and you cannot get sober; you cannot get high and you cannot get straight… You are in a kind of a hell of a mess that either ends lives or turns them around»[1].

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

 

Sobre la imposibilidad de creer en el Dios que invocan los 12 pasos: «That’s what it feels when he tries to understand something to really sincerely pray to. Nothingness… never hitting Anything out there… Much much less Something with an ear that could possibly give a rat’s ass»[2].

Y sobre el dolor después de la sobriedad: «At least this sober pain now has a purpose»[3].

Primero fue esa noche, cuando el «Rojo» tuvo que manejar el Tsuru al salir de un bar, y no logramos convencer a Samuel de que metiera la cabeza al coche y dejara de gritar por la ventana que quería morirse. Después, esa mañana en que me habló su madre, desesperada, porque llevaba dos días sin saber de él y su celular estaba muerto —se reportó unas horas más tarde desde el after de algún after. Pasó lo mismo con su novia, que estuvo tres días sin poder localizarlo: cuando escuché su voz en el teléfono, gritó enfurecido que lo dejáramos en paz, que dejáramos de controlarlo. Después de esa noche en que lo vi romper el espejo del Tsuru con el puño, en un ataque de rabia consigo mismo, le dije que estaba preocupada por él. Me respondió que su vida era muy estresante, llevaba unos meses trabajando de asistente para un cineasta que le exigía mucho y necesitaba liberar esa tensión cada tanto. Yo trataba de entender. Un día le dije que quería probar la coca con él y me dijo que era ridículo que a mi edad empezara a probar drogas. Poco a poco dejamos de ir a fiestas juntos. Era absurdo que todos los invitados se fueran al baño mientras yo me quedaba sola en la sala. Ser la única sobria, pensé varias veces, se parece mucho a ser la más borracha: se es la única que está en un plano de realidad distinto.

Nos seguíamos encontrando a veces en reuniones de amigos, y cuando me veía me preguntaba cómo iba con Infinite Jest, pero se rehusaba a comentarla conmigo antes de que leyera el final, para no echármela a perder. Yo avanzaba en la lectura con más facilidad y sentía que ese mundo era un lugar que visitaba, un espacio familiar. Llevaba tanto tiempo con esa novela que se había vuelto parte de mi vida diaria; era como un cuarto más de mi casa.

«Alguna vez voy a explicarte mi teoría sobre David Foster Wallace y John Kennedy Toole», me dijo un día Samuel. «¿Qué teoría?», le pregunté. «La de por qué los escritores con mejor sentido del humor terminan suicidándose.» Le pedí que me explicara, pero cambió de tema con la velocidad con la que pensaba y hablaba, medio tartamudeando. Creo que fue después de esa plática que adquirí una superstición extraña, parecida a las que tenía cuando era niña. Pensé que Samuel estaría bien mientras yo siguiera leyendo Infinite Jest. No le pasaría nada malo, sobreviviría a todas las drogas y las fiestas y a esos comentarios inquietantes sobre el suicidio mientras yo siguiera leyendo. La protección se acabaría cuando terminara de leer, pero prolongar la lectura no era una opción. En mi superstición, tenía que seguir leyendo esas cinco páginas diarias.

Tardé más de un año en terminar Infinite Jest. Leí muchos otros libros al mismo tiempo, pero no había noche en que no leyera religiosamente las cinco páginas. Samuel tenía nuevos amigos del mundo del cine y cada vez nos encontrábamos menos. Conforme las páginas faltantes se iban reduciendo, comencé a inquietarme. Al terminar la novela tuve una reacción física que no he tenido con ningún otro libro: me enfurecí y lo aventé. Le había tomado a David Foster Wallace mil ochenta páginas llevarme hasta la orilla de un precipicio gigante y ahí me había dejado. Ésa era la broma infinita: una novela larguísima que en realidad era eterna, porque el final era sólo el comienzo. O algo así.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).


 
 

Unos días antes del punto final, Samuel pasó por mí en un taxi (el Tsuru lo perdió en un choque, aunque él no sufrió ni un rasguño) para ir a la despedida de uno de nuestros amigos de la carrera que se iba a vivir a Inglaterra. No eran ni las once de la noche cuando Samuel ya estaba dando tumbos por la fiesta. El festejado se me acercó y me preguntó si podía ayudar a la novia de Samuel a llevarlo a su casa, que al fin y al cabo estaba cerca. Después nosotras podíamos volver a la fiesta. Entre las dos lo metimos a un taxi y a medio camino el chofer dijo que por favor no vomitáramos su coche. Samuel se enojó y lo insultó. Entonces Samuel y su novia empezaron a discutir y el taxista estuvo a punto de bajarnos, pero, mientras ellos gritaban, yo le pedí comprensión al taxista y conseguí que nos llevara de mala gana.

En cuanto nos bajamos, la novia de Samuel se volvió a subir al taxi, azotó la puerta y se fue. Con trabajos logramos subir al primer piso. Ahí el asunto se empezó a complicar. Samuel sacó un bonche de llaves de su pantalón, pero no logré que me dijera cuál era la de la entrada. Empecé a probar una por una, mientras trataba de sostenerlo con la otra mano, porque lo vi balancearse cerca del borde de las escaleras. Ninguna de las llaves abría. Samuel se desesperó y se puso a patear la puerta. Entonces el perro del vecino empezó a ladrar y Samuel fue a patear esa puerta, con tanta fuerza que la tumbó. El perro dejó de ladrar. Era una puerta vieja, de madera, y una de las tablas se desprendió por completo. Samuel la tomó y entró al departamento del vecino. Escuché vidrios rotos. Samuel salió de nuevo, sin la tabla, y lo obligué a bajar del edificio y a sentarse en la banqueta. Esa noche durmió en el sillón de mi casa. A la mañana siguiente no se acordaba de nada: cuando le conté lo que había hecho, le dio risa. Luego supe que el vecino lo perdonó con un par de botellas de vino. Se las tomaron juntos y terminaron haciéndose amigos.

La maldición que yo había atribuido a mi lectura de Infinite Jest existía pero de forma distinta. A Samuel no le pasó nada cuando terminé la novela, pero nuestra amistad no sobrevivió. No lo volví a ver después de esa noche. Supe que se fue con el director de cine a filmar a Europa y allá se enroló en una maestría. Nunca pudimos comentar Infinite Jest.

En los meses y años siguientes presté tres veces mi ejemplar a distintos amigos para que lo leyeran y así tener con quién comentarlo. Los tres me lo devolvieron al cabo de un tiempo sin haberlo terminado, casi sin haberlo empezado.


Notas

[1] «No puedes emborracharte y no puedes recobrar la sobriedad; no puedes ponerte pacheco y no puedes desintoxicarte… Estás en una suerte de desorden infernal, de esos que o terminan con una vida o la mejoran.» [Trad. de los eds., a menos que se indique lo contrario.]

[2] «Así se siente cuando trata de entender algo a lo que rezarle genuinamente. Nada… nunca alcanzando Algo allá afuera… Muchísimo menos Algo dispuesto a escuchar o que le importe un carajo.»

[3] «Al menos este dolor sobrio ya tiene un propósito.»


Autores
(Ciudad de Mexico, 1988) estudio la maestría en escritura creativa en español en la New York University. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Es autora de Cuaderno de faros (FETA, 2017) y de Cuerpo extraño, galardonado con el Premio Latin American Voices 2013. Es parte del equipo de Ediciones Antilope.

Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).