Tierra Adentro
Foto tomada del blog de Haltestelle Iberoamerika

Dana Gelinas (Monclova, Coahuila, 1962) es poeta, traductora y narradora de cuento y novela infantil y juvenil. Ha traducido al español autores ingleses, irlandeses y estadounidenses. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (beca Salvador Novo, 1982-83), del Instituto Nacional de Bellas Artes (1987-88) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para Jóvenes Creadores (1992).

Sus poemarios Bajo un cielo de cal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991), Poliéster (VIII Premio Nacional de Poesía Tijuana 2004), Altos Hornos, (Editorial Praxis, 2006), Boxers (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, Joaquín Mortiz, 2006) y Los trajes nuevos del emperador (Editorial Fósforo, 2011), la han perfilado como una de las autoras más interesantes y representativas de la poesía mexicana de su tiempo.

Sobre las motivaciones de su ejercicio poético desde su primer libro, compromiso creativo, los referentes que comprenden su tradición y los temas que impulsan su escritura, habla Dana Gelinas en esta entrevista.

Penélope, Gea, Afrodita, Era, Cassandra, Minerva, Diana… tu poesía primera refleja en nuestro entorno actual a las mujeres mitológicas, nos familiariza con ellas, remarca su actualidad. Y en esa vitalidad, se reivindican, se revelan o subrayan la vigencia de su condición. ¿Cómo fuiste llegando a estos personajes y qué te llevó a hacerlas aparecer en nuestro tiempo y reinterpretarlas?
Las diosas de la mitología griega y romana me parecieron impresionantemente modernas, actuales. En la tradición judeocristiana, se subraya la diferencia entre Dios y los humanos, en cambio, en la tradición griega y romana incluso se desglosa la condición humana mediante la diferenciación de los caracteres mitológicos. El deslumbramiento que me llevó a escribir “Lápida para una mujer liberada”, tiene que ver también con la fascinación que siento por la cultura griega, sus tragedias y comedias, y la romana, sus preciosos y eficaces epigramas.

Desde tu primer libro, Bajo un cielo de cal, abordas lo cotidiano y lo doméstico por medio de la poesía, recuperando para la poesía motivos que se consideran lugar común, para darles un nuevo brillo. ¿Qué referentes influyeron en tu perspectiva de lo poético? ¿De dónde viene tu perspectiva poética en ese sentido y cómo se ha ido reforzando o modificando con el paso del tiempo?
Vengo de la tradición grecorromana, que está presente en la poesía estadounidense de una manera fascinante. Ambas me nutrieron desde los comienzos de mi escritura. Bajo un cielo de cal es un libro al que por suerte le cupo tanto un acercamiento a lo mitológico como a mi familia, a mi amor por mi madre, mi padre, mis hermanos. Es curioso, pero ahora me doy cuenta de que fue un libro en el que traté de decir esto es lo que soy, esto y aquello me importa.

El epígrafe de ese libro, que más adelante encontramos como parte del poema “Ciudad de cal”, presenta la rabia como un elemento que repta bajo el recuento de la infancia y la historia familiar. En tu proceso de escritura, ¿cómo fue esa exploración de los lindes entre la rabia y la nostalgia (y la ironía, en tus libros posteriores)?
Es curioso, yo no recordaba haber usado la palabra rabia, que es muy usada en América del Sur, por ejemplo. En “Ciudad de cal”, por ejemplo, me refiero definitivamente a esos bríos que impulsan a la vida, como sinónimo de rabia, y nada más. Nostalgia sí, en todos nosotros existe una especie de nostalgia por algunos momentos de la infancia, pero creo que definitivamente la nostalgia no ha sido mi especialidad por lo menos hasta ahora. La ironía, en cambio, sí. Creo que la ironía está presente en un poema como “La calle de las novias”, por ejemplo, y este poema ya pertenece a Bajo un cielo de cal.

En Hábitat, tu antología personal, aparecen interesantes modificaciones con respecto a su versión original. Los virajes son muy interesantes. (Por ejemplo, en el poema anteriormente titulado “Dios”, un gato toma el lugar del protagonista, retitulando el texto como “La pupila vertical”). Háblame un poco acerca de lo que determina esa suerte de reescrituras.
De verdad creo que un poema siempre se está leyendo a sí mismo, corrigiéndose. No puedo evitarlo, si un poema hay que reimprimirlo, pues entonces probablemente lo corrija.

Aparecen estos versos en tu libro Altos Hornos: “Todo esto es real, estallé, / ¿cómo demonios me piden / que escriba sobre cosas que no existen?” ¿Cómo concibes los conceptos verdad y realidad en la poesía?
Cuando digo realidad, digo realidad ante los ojos de la mayoría. Cuando me refiera a verdad, es desde luego mi verdad, experimentada y percibida a la vez.

Altos Hornos no sólo da cuenta de una catástrofe del mundo moderno. En Monclova, Coahuila, empleas el poema como señalamiento a un gobierno, a un funcionario. Hay una suerte de compromiso intrínseco en tu escritura. ¿Cómo concibes la responsabilidad como componente del oficio del poeta?
Todo escritor siente compromiso o responsabilidad consigo mismo o con alguien más. Yo hablo de temas que pertenecen al ámbito colectivo, social o político, y también a mi ámbito personal, al de mi existencia. Compromiso es el de decir lo más posible y de la mejor manera, esforzándose en cada palabra y en cada silencio por decir lo más cercano a la verdad total, porque la verdad absoluta nadie la tiene.

Tus libros van del desierto a los centros comerciales a los grandes recintos del poder. La relación de las personas con la naturaleza se refleja en un ejercicio de desconexión consigo mismas. En el mundo moderno, ¿qué sentido tiene para ti abordar el entorno natural desde la poesía?
Yo escribo acerca de la naturaleza humana principalmente, no me gusta tanto, pero supongo que sucumbí a esa fascinación que no sé a qué se debe, pero allí ha estado en la escritura de mis libros. En Poliéster escribo acerca de ese afán de destrucción de los seres humanos al desconectarse a sí mismos de la naturaleza. ¿Sabes que estoy convencida que adicciones como el tabaco trastornan el dibujo del cerebro? Así las ciudades y el estrés y el consumo desmedido trastornarían los escaneos del cerebro, y desde luego, influyen siempre en lo que se escribe. Por otra parte, En Boxers se da la exploración de la naturaleza humana en ese afán desmedido por consumir, para ser. Por supuesto que nadie es gracias al consumo, pero el consumidor de corazón sí que lo cree instantáneamente. Recintos de poder, sí, los medios masivos de comunicación. Boxers es literalmente una zambullida en el mundo de la enajenación. Y Los trajes nuevos del emperador, pues también.

“No, señora, / usted que escribe / no haga bromas con Dios”, dice un hombre en uno de tus poemas. ¿Cuál ha sido tu experiencia con las restricciones implícitas a la hora de escribir (tanto en el sentido de lo que puede decirse sobre Dios o sobre el gobierno, como en el sentido de lo que puede decirse siendo una mujer escritora)?
Yo no tuve restricciones al escribir. Ni como mujer ni como, digámoslo así, integrante de la polis. Me gusta poder decir eso ahora, me hace feliz.

En tu poesía es notable una perspectiva de género y una postura feminista, al tiempo que desarrollas un tratamiento de una femineidad. ¿Con qué autores te sientes identificada desde esa postura, cuáles han sido influyentes en tu poética en este aspecto?
Desde luego, mi querida Rosario Castellanos. Aunque siempre me hicieron sonreír también los decires de Sor Juana, de Anna Ajmátova, Aristófanes, Eurípides, Ibsen, Emily Brönte, y un largo etcétera.

Los libros Altos Hornos y Los trajes nuevos del emperador abordan acontecimientos y personajes públicos que han sido cubiertos por los medios de comunicación. Esos libros remiten a los procedimientos de la investigative poetry o poesía documental, por lo menos en el soporte del que se apoyan, la factura a partir de algunos hechos concretos que de hecho han sido noticia en la televisión y en los periódicos. ¿Qué tanto hay de influencia de esta escuela en la escritura de esos dos libros? ¿Cómo fueron concebidos estos dos poemarios?
Altos Hornos incluye un hecho que fue cubierto por los medios, pero el poemario no gira alrededor de ese hecho, en Los trajes… en cambio, sí. Por qué, pues porque por fortuna no conozco en persona a los íconos de la modernidad que participan en él. ¿Y quién los conoce verdaderamente?, me pregunto, pues casi todos ellos tienen un actor que desplazó al personaje. Los conozco tanto como cualquiera que les preste algo de atención. Y ésa es la búsqueda del libro. Nosotros sí los podemos conocer desde el sillón en el que leemos el periódico y podemos opinar acerca de ellos. El hecho de que ellos hayan invadido nuestra privacidad de una manera agobiante nos da el derecho de opinar, de hacer crítica, de deshacer al ícono, desnudarlo de las vestiduras que este desea que adoremos.

Al día de hoy podemos decir que en 2011 una poeta ya advertía algo que ahora vemos operando mucho más peligrosamente. En Los trajes nuevos del emperador escribiste: “Cada vez que escucho a Donald decir ‘You are fired’, / son las mismas veces en que me siento incapaz de escribir / un solo verso”. ¿Qué experimentas al releer esos versos, y qué sentido adquiere para ti la escritura ahora que ese mismo emperador aparecido en tu libro porta nueva investidura?
En realidad, debo insistir en algo. Las noticias de Los trajes… no son el poema. El poema es, en este caso, quizá, la indignación ante los deseos pueriles de manipulación de alguien como Donald que, por cierto, de ninguna es el único. En Shakespeare, por ejemplo, son notabilísimos y son multitud también, los sujetos que se quieren pasar de listos como él.

En ese mismo poemario está escrito: “este libro, / un álbum que no es / de almas inocentes”.  De pronto Godzilla aparece entre esas almas, como un monstruo entre los monstruos. ¿Y cómo opera, entonces, la belleza en tu escritura? ¿Tu poesía busca algún tipo de belleza?
Yo creo que la belleza puede sorprendernos. Sólo falta que le echemos un ojo a la pintura de los expresionistas. Pero volvamos primero a Shakespeare: la belleza es casi siempre algo terrible.

A lo largo de tu obra encontramos miradas recrudecidas o irónicas del mundo consumista, corrupto, frívolo, desarraigado, reflejado en los ídolos mediáticos, en las personas robustecidas por el poder político, en los indígenas y los obreros que se quedan sin trabajo y sin casa, en la desventaja social que enfrentan las mujeres desde la historia antigua hasta la actualidad… ¿Qué papel juega la poesía en medio de todo ese universo?
La poesía es la voz que nos une con nosotros mismos en un mundo consumista, corrupto, etc. La poesía es el deseo de ser, de estar aquí, de participarlo a los demás y de leer en voz alta.


Autores
(Guadalajara, Jalisco, 1993) Poeta. Textos suyos han sido publicados en la revista Buenos Aires Poetry, Círculo de Poesía, La Otra y Río Grande Review, de la Universidad de Texas en El Paso; ha colaborado para la revista mexicana de teatro Paso de Gato, Revista de la Universidad de México, Este País, el suplemento cultural La Jornada Semanal y en Poéticas. Revista de Estudios Literarios. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.

Nacido en San Sebastián, España, en 1968, Imanol Caneyada llegó muy jove a nuestro país huyendo del ambiente de terror generado por ETA, y eligió Hermosillo como lugar de residencia. En la capital sonorense ha sido periodista, editor y tallerista; es ahí donde silenciosa y tenzamente construye una obra narrativa cuya principal influencia proviene de la novela negra.

 

Antes de iniciar la entrevista Imanol y yo hablamos de su reciente viaje a España. Me contó la impresión que tuvo al llegar a su país de origen después de un tiempo sin haber pisado su suelo, sobre todo en contraste con Inglaterra, donde estuvo unos días antes. Se refirió al movimiento de los indignados como algo utópico, con fuerte impacto en el extranjero más no en su propio país, sobre las últimas elecciones españolas y de la ideología del partido gobernante; además hizo un breve esbozo histórico de los últimos presidentes que han llegado al poder.

 

Josué Barrera: ¿Qué buscabas cuando saliste de España?

Imanol Caneyada: Yo salgo muy joven con la idea de ser escritor e influido por la Generación perdida, estos autores que de alguna manera viajaban por todo el mundo y que hacían de su existencia una forma de literatura. Por otro lado tenía una visión muy aventurera: yo quería conocer el mundo, diferentes países, diferentes culturas. Me asfixiaba estar en una ciudad pequeña: San Sebastián. Además en la época cuando salgo —finales de la década de los años ochenta—, fue un tiempo donde la ciudad estaba atrapada en la dinámica del terrorismo.

 

JB: ¿Qué habías leído en España de literatura mexicana?

IC: Octavio Paz y Carlos Fuentes eran mis referencias de escritores mexicanos. Ya en México empecé a conocer más a fondo su literatura y a entender un poco de dónde viene y hacia dónde va. Estos dos autores, de alguna manera, sobre todo Fuentes con La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz e incluso La cabeza de la Hidra, me ayudaron a conocer a priori la realidad mexicana. Me dio ciertos códigos para entender aspectos de la cultura. Aunque ahora es un autor del cual prescindo totalmente.

 

JB: Tienes una larga trayectoria como periodista, ¿de qué manera influye el periodismo en tu obra de ficción?

IC: Muchísimo. Para mí son inseparables, desde el estilo, el fraseo, el ritmo, los temas, que tienen que ver mucho con la urgencia y claridad del periodismo. Este último te permite estar dentro de la realidad de una manera múltiple porque estás comiendo con unos diputados y al día siguiente estás en el barrio más miserable de la ciudad. Eso te marca. Me concibo como un escritor encerrado en la biblioteca o en la torre de marfil haciendo literatura desde la literatura, principalmente por esa vocación periodística y que, por cierto, no he dejado.

 

JB: Los libros que has publicado recientemente han sido premiados en concursos de literatura. ¿Por qué preferir los concursos y no buscar editoriales comerciales?

IC: No fue una preferencia sino que así se dio. De hecho ahora se han abierto algunas puertas en editoriales comerciales. Los concursos son una circunstancia de estar en provincia, lo cual te aísla. Independientemente de que tu obra supere los dictámenes o que cumpla con el perfil de una casa editorial comercial, definitivamente estar en provincia te condiciona para acceder a esas formas de publicar. Los premios son una fuente inmediata para la publicación. Creo que todavía para muchos editores de grandes casas editoriales la cuestión geográfica pesa. Todavía los autores que no estamos en la ciudad de México batallamos mucho más para que se abran las puertas. Hay escritores que lo están logrando, están marcando el sendero. Pero todavía no hay una descentralización de la literatura desde la perspectiva del lado comercial. Quizás haya una descentralización desde lo gubernamental, pero en el aspecto comercial no sucede así.

 

JB: Tardarás un rato en morir es tu libro que ha recibido más comentarios, también el más leído…

IC: Tardarás un rato en morir es una novela de género negro en donde trato de abordar uno de mis temas recurrentes que es la política; pero el aspecto más corrupto, más agusanado de la política mexicana. Por otro lado está el tema del exilio. Porque aunque ya estoy integrado a la cultura mexicana, no dejo de ser un extranjero. Desde joven lo he sido. La escribí a partir de estas dos obsesiones. Es una novela que transita de México a Canadá y de Canadá a México, en donde uno de los personajes es un ex gobernador que tiene que salir huyendo porque se le vincula con el crimen organizado y llega al país del norte. Decidí abordar el tema del exilio, la soledad, la angustia, el hecho de que un exiliado siempre tiene un punto de no identificación en la cultura a la que llega. Eso provoca una forma de sentir. Sin olvidar el deseo de contar una historia lo mejor posible, que atrape al lector.

 

JB: Háblanos un poco también sobre el libro La nariz roja de Stalin, que ganó el Concurso Nacional de Cuento Efrén Hernández.

IC: Yo escribo pensando en unidades. Cuando empiezo a escribir cuentos, pienso en un libro de cuentos que los contenga. En el camino se va ajustando y cambiando. Creo que en este libro hay una unidad temática: los protagonistas de cada cuento son individuos que están muy solos, muy desesperados y que no encuentran su lugar en el mundo. Es una constante en todos los textos. La derrota es otro punto que también los une.

 

JB: Además eres un excelente tallerista. Por qué no nos hablas sobre los cursos que impartiste con reclusos.

IC: Impartí un taller de literatura en el Cereso II de Hermosillo. También he participado en actividades como pláticas y charlas en el correccional de menores para hombres y mujeres. Del taller en sí, lo que puedo decir es que entras con una idea y sales transformado. Pienso que lo más trascendente de la experiencia de encerrarte dos veces por semana con un grupo de reos, entre los que encuentras asesinos, secuestradores, asaltantes, es la humanización del interno. Hasta que no estás ahí dentro, la visión que tienes del preso es a partir de su delito. En general todos preferimos pensar que si están entre rejas es porque lo merecen y no queremos ver más allá; hacerlo implicaría reconocer una realidad que existe intramuros y que por su naturaleza no podemos tolerar. Cuando uno de los internos se te acerca para que, por favor, saques a escondidas una carta dirigida a su hijo de cinco años que está en otra ciudad, una carta en la que le expresa el amor que le tiene y el arrepentimiento por sus actos, se te empiezan a caer los estereotipos. Cuando convives con ellos y participas en un partido de futbol entre los integrantes del taller de teatro contra los integrantes del de literatura, y formas parte del equipo, y les cubres y te cubren las espaldas deportivamente hablando, y te abrazan y abrazas por el gol anotado, entiendes que cualquiera de las personas que están en la libre en ese momento, podrían hallarse en ese patio, en esa celda, con todas las contradicciones propias de la condición humana. Entonces, los victimarios se convierten en víctimas de un sistema corrupto, en el que los mínimos derechos humanos son pisoteados cada minuto; el interno es carne de cañón y los negocios que hacen a su costa enriquecen de manera inimaginable a los carceleros, en quienes hemos depositado la confianza para que mantengan encerrados a quienes supuestamente han atentado contra el orden social. Imagino que es un proceso de empatía que te cambia en muchos sentidos.

 

JB: En México encontraste lo que buscabas al salir de España?

IC: La verdad es que sí. Al llegar a España me siento como un visitante y al regresar a México siento que estoy regresando a mi hogar. Cuando experimentas eso, es que has encontrado un lugar en el mundo. El reconocer las texturas, los sabores, los sonidos de México cuando llego a él, los de Sonora específicamente, como míos, es un sentimiento que desde hace mucho me acompaña y que lo he puesto a prueba en muchas ocasiones. He regresado a España y pienso: ¿qué se te mueve cuando regresas? Entonces empiezo a añorar la alimentación de México, hasta los colores, los olores, incluso el caos y las desgracias que vivimos porque no estamos en una situación idílica. Soy una persona muy consciente y crítica de la realidad mexicana, y siento que soy parte de eso y que trato de aportar algo para ser mejores. No ser mejores como… sino en nuestra ruta. En ese sentido he sido un defensor de que México encuentre un camino propio para mejorar muchas cosas. Pecamos mucho de voltear a ver a los vecinos del norte o hacia Europa buscando modelos que son ajenos y que no nos pertenecen y que tampoco garantizan la felicidad ni el desarrollo de una sociedad. Creo que debemos encontrar ese camino y me entusiasma mucho participar en esa búsqueda… además, soy más mexicano que los mexicanos porque yo decidí ser mexicano y no como ustedes.

*Entrevista publicada el 2 de septiembre del 2013


Autores
es narrador y poeta. Ha publicado en revistas literarias del país y medios electrónicos de España, México y Estados Unidos.

 

Cuando la inocencia no puede darle alimento al limonero, hojas de
ruda amargan al corazón.

En el fondo del estanque ya no hay lodo. Los labios de mi padre
parecen gusanos quemadores. Remolinos de polvo invaden el aire y
mi sonrisa de niña está callada.

Al rancho lo abandonó la luna.

En ese tiempo nos poníamos a rezar alrededor de mi abuela y
cantábamos salmos al Dios que jugaba a escondernos el agua.

Mi abuelo llegaba a casa después de revisar los sembradíos, nos
regalaba besos de canela y alzando su voz de chanate repetía: Está
de ir a ver al juez y no decirle nada. Palabras que se estamparon
en mi cerebro como grietas ávidas de humedad. Y parece que estoy
oliendo su voz y esa frase ahora arde en mi cabeza.

Abuelito, le pregunto, quién es ese juez al que no se le puede decir
nada. Mi abuelo se ríe y me abraza. Yo me quedo mirándolo y
pienso que un juez así es como un maestro regañón.

Yo creo que mi abuelo al leer esto me diría: Qué es eso de escribir
sobre la sequía, el rancho y sus fantasmas. Debería hacer poesía en
versos y dejar los recuerdos fermentar. Pero yo creo que todavía hay
un poco de arroz en el costal de los sueños, y aunque algo dentro
terminará por acabarse, mañana cantará un chanate que me dejará
sorda la memoria. Escribir esto me hace reír.

No te rías Irene, deja que te vea la cara mojada de lágrimas y
ayúdame a llenar el estanque de peces y corales. Alimenta tus
árboles, llénalos de fruta y cómetela para que la palabra esté florida
y esplendorosa entre los dientes.

Yo me callo. Tú no sabes nada de mis recuerdos, ve con tu juez,
híncate frente a él, y no le digas nada.


Autores
(Mexticacán, 1991) es poeta y maestra en literatura hispanoamericana. Ganó el primer lugar del Certamen de Literatura Femenina Fantástica Felicia Fuster de España en 2016 y fue becaria de Interfaz en el mismo año.

 

Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria.
Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es
verdad que estoy debajo de la hierba.
ALEJANDRA PIZARNIK

 

Debajo de la hierba nuestros nombres verdaderos clausurados

en la piedra del encono duermen ignorantes

de los significados que andan sin carcasa para defenderse.

Qué extrañeza es para los otros

el mirarnos deshechas rehechas nauseabundas reinas de burdeles
imaginarios de bosques imperiosos y habitaciones vacías

qué gracia les causa con qué conmiseración leen nuestras palabras
líquidas los cúmulos de atrocidades que no van ni vienen porque no
tienen nada que los mantenga fijos en una sola palabra. Si digo
retórica quiero decir engaño pero también que me equivoco y no
hay modo de organizar este big bang de ideas que no llegan a la
siguiente neurona.

Todo esto para decir que si vieras cómo de cuántas maneras
distintas ensayo la coherencia y esta prodigiosa manera de fracasar
soy yo

pero no podrás nombrarme no seré el ejemplo de tu caso clínico

la portentosa mujer que no sabía hablar

porque ¿recuerdas?

nuestros nombres están clausurados no hay nombres y tú estás
destinado a escuchar y al olvido

estás escuchándome no digo nada para qué decir

cuando cierres la página

la ausencia de puntos será la continuidad de tu vida


Autores
(Puebla, 1991) es traductora, poeta y eterna estudiante. Colabora en Círculo de Poesía. Ganó el Premio Herminia Franco Espinoza en la categoría a la Mejor Tesis en 2017.
Detalle. Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

 

El aventurero que regresa a Shanghái después de muchos años descubrirá que aquel lugar de arrozales junto a un río ya no existe. En la más occidental de las urbes chinas, cuyos rascacielos compiten con los de Manhattan, el futuro es el presente. Cuando el gigante asiático despertó, esta ciudad aceleró su historia hasta alcanzar una velocidad de vértigo.

 

Nunca había estado en China, pero cuando desperté en Shanghái tuve la impresión de no estar ahí. Eran las 7:00 de la mañana y me había quedado profundamente dormido. Una hora antes, había aterrizado en el aeropuerto de Pudong. Pasé por migración —un agente palomeó mi visa con su pluma— y subí al Metro. Acomodé la maleta entre mis rodillas y, pum, me quedé dormido. Empecé a soñar: un estanque turbio y lodoso, algas ondulantes y en la corriente flotaba una tortuga que, poco a poco, se transformaba en otra cosa: una criatura con picos y garras; algo así como un dragón.

Entonces desperté.

Abrí los ojos y vi: ventanas traslúcidas y neblina, plástico gris y azul, pasamanos de reluciente acero. Allá afuera: edificios plomizos bajo nubes plomizas que flotaban en un cielo plomizo. Aquí adentro: algunas siluetas de ropa brillante y nueva. Olvidé por un momento dónde estaba. Me limpié los ojos desmañanados y noté que una docena de miradas asiáticas me escudriñaban. Estaba en Shanghái.

Hace 25 años Shanghái no era gran cosa: un puñado de edificios junto al río. Una ciudad provinciana en un país que se había convertido en una provincia del mundo, en actor secundario. El río Huangpu era una estampa perezosa y dominguera. El Bund —la vera del río donde están las construcciones coloniales— se había convertido en una colección de sastrerías y talleres para motocicletas, con algún hotel para los pocos excéntricos que superaran los trámites que exigía un viaje a China. Shanghái no era, para el resto del orbe, relevante. Un sitio de importancia mínima, remoto como un puesto de soldados olvidado en medio de un país inmenso. Una zona adormilada en los márgenes del globo terráqueo.

Y de pronto, un día China despertó de un siglo de letargo y cambió a una velocidad que nadie esperaba. Entre 1988 y 2004, su economía creció 900 por ciento. Es un desarrollo —una transformación social— sin precedentes en la historia del planeta. En menos de tres décadas, 500 millones de personas —la población de Norteamérica— salieron de la pobreza extrema. China pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a convertirse en la segunda mayor economía de la Tierra.

En 1952, la escolaridad del chino promedio era de 0.74 años; hoy, la tercera parte de los extranjeros que estudian posgrados en Estados Unidos proviene del territorio asiático. En 1960, China sufrió la mayor hambruna del siglo XX; medio siglo más tarde, es la nación con más sucursales de Kentucky Fried Chicken.

Según predicciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), falta muy poco para que esta potencia emergente supere a Estados Unidos como la mayor economía global. La última vez que China ocupó este puesto fue hace 900 años, en tiempos de la dinastía Song. De niño, en la escuela nos contaban que si todos sus habitantes brincaban al mismo tiempo, el planeta entero se sacudiría. China lo ha comprobado sin tener que coordinar una danza nacional: cuando el país dio el salto a la economía de mercado, los efectos se sintieron de inmediato en las fábricas acereras de Michigan, en los puertos de México, en las minas de Angola, en los campos de soya de Argentina…

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

Quizá por eso me desconcierta que al llegar a East Shanxi Road, en el centro de Shanghái, parece que estoy en una ciudad fantasma: a las 7:13 de la mañana Shanxi es una calle peatonal ancha y gris donde ruedan latas vacías y bolsas de plástico. Parece la avenida principal de un territorio abandonado. Se siente raro estar en el centro de una metrópoli de 20 millones de personas y que todas estén en otras partes. Como toda gran ciudad, Shanghái es una máquina que no funcionará hasta que alguien active el interruptor. Los letreros apagados de las grandes tiendas me llevan a deducir que todo esto abrirá en algún momento y se llenará de compradores. Pero ahora los únicos que paseamos por esta calle somos un barrendero y yo, viajero que arriba en un vuelo de horario inhóspito: un fantasma del jetlag.

Media hora más tarde, los primeros engranes comienzan a moverse: la estación de Metro empieza a escupir filas de abrigos negros y paraguas; me asomo por la ventana de una estación de policías y distingo a cuatro oficiales que fuman; un niño de ocho años camina rumbo a la escuela sin despegar los ojos de un libro de texto; en el McDonald’s veo oficinistas desmañanados bebiendo café. Los sonidos de la ciudad: cinco millones de tarjetas de Metro haciendo bip; 15 millones de personas que bostezan, y 10 millones de despertadores rompiendo el sueño del dragón.

LA CARA FALSA

Se supone que Shanghái no es China; o es la menos china de todas: el puerto que de tan internacional contaminó su identidad. Shanghái: la cara falsa de China, la fachada occidental, el lugar donde los extranjeros se pueden sentir cómodos haciendo negocios o turismo. El sitio donde los mapas del Metro están en inglés y donde la arquitectura característica tiende más al art déco que a la pagoda.

Me lo dicen una y otra vez: «Shanghái no es China». «Si quieres ir a China tienes que ir al interior: Fujian, Hunan, Sichuan.» «Tienes que salir de esta ciudad impostora.»

El símbolo más exacto de Shanghái quizá se halla en el kilómetro y medio de edificios que los extranjeros llaman Bund y los chinos Waitan, la antigua zona de bancos, casas comerciales y consulados europeos que datan de cuando franceses y británicos ocuparon y controlaron este territorio. Se trata de una fila de inmuebles indistinguibles de Londres o Nueva York con un siglo de antigüedad. Hace 100 años, más de uno quedó sorprendido al cruzar medio mundo y encontrar, al borde de un río del Lejano Oriente, construcciones de columnas grecolatinas, torres con relojes, moles neoclásicas. La impresión debió ser similar a la que siente un hombre de negocios que arriba hoy a esta ciudad esperando encontrarse con la China de los caminos de polvo y los campos de arroz, y en su lugar descubre rascacielos que dejan enanas las edificaciones de Nueva York.

La confusa identidad de Shanghái resulta de su turbulenta historia. En el siglo XIX imperó ahí un concepto único en el mundo: la extraterritorialidad jurídica. Los comerciantes extranjeros habían alcanzado tanto poder que decidieron ya no acatar la regla número 1 de todo foráneo que sale de viaje: respetar las leyes y costumbres del país que se visita.

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

El resultado fue la creación de las concesiones inglesa, francesa y estadunidense. Cada una de ellas era un microcosmo imperial, regido por sus propias normas, sin responder a ninguna autoridad china. Eran sitios donde coexistían lo lujoso y lo deplorable. Un ejemplo: durante décadas las concesiones británica y francesa albergaron la mayor concentración de burdeles del mundo. Mientras que a Bangkok la describían como la Venecia de Asia y Nom Pen era llamada la Perla, Shanghái recibió durante años un apodo infame: La Puta de Oriente.

El control europeo sobre esta región era tal que se decía que el centro del poder político de la ciudad no era la oficina del emperador, sino el Consulado británico. Shanghái no era china, ni colonial, ni puramente europea. Desde el inicio, fue un territorio híbrido. Exigirle ser más china sería pedirle traicionar sus orígenes.

Paseando al lado del río, descubro a unos chinos del interior fotografiándome con sus celulares: para ellos, Shanghái es un punto de contacto con el mundo que está más allá. Un lugar tan exótico que es posible ver extranjeros.

PLAZA DEL PUEBLO

En mi segundo día en Shanghái, despierto a las 7:04 de la mañana y me asomo por la ventana. El cielo es pesado; un vaho amarilloso y tóxico que ondula como una gran neblina: los tosidos de un dragón con enfisema. La polución en China es tan severa que los meteorólogos reportan, sobre todo en meses fríos, el avance de los enormes frentes de contaminación que recorren el continente como huracanes.

Camino por las calles del centro y las escenas asemejan una epidemia o un hospital al aire libre: cientos de espectros que aparecen entre la niebla con los rostros tapados por cubrebocas. La visibilidad es de apenas unos metros, como en un fumadero de opio.

Hoy el espacio público más grande de la ciudad es la Plaza del Pueblo, una explanada en la que algunas plantas y edificios interrumpen el concreto gris. En la plaza hay museos, macetas donde crecen flores y estafadores que se aproximan a los turistas incautos. El parque adyacente es famoso por ser el sitio en el que, cada domingo, madres con hijos solteros llevan fotos de su prole y los ofrecen en algo que llaman mercado conyugal.

Hace 100 años, la plaza fue un hipódromo exclusivo para extranjeros: No Chinese Allowed. Shanghái: la ciudad china en la que, durante casi un siglo, sus ciudadanos eran de segunda y tenían prohibido entrar a los parques, ya ni se diga participar en la vida política.

Uno de los muchos edificios de la Plaza del Pueblo es el Museo de Shanghái. Dada la contaminación callejera, opto por pasar el día ahí admirando jarrones antiguos, esculturas de marfil y papiros pintados con bella iconografía. En algún momento, mientras descanso en una banca, se acerca Cheng, un cincuentón acicalado y de complexión liliputiense, como de muñequito de pastel de boda. Cheng es músico y profesor de inglés, y me habla con emoción sobre sus amigos extranjeros. Quiere saber mi opinión sobre Cuba y Raúl Castro, sobre México y el narco, sobre Estados Unidos y sus guerras. Al poco tiempo caigo en la cuenta de que Cheng me usa como periódico: recibe mis opiniones en directo.

En un país donde el internet se censura, donde la línea del partido controla los temas que se discuten en la televisión, conversar con un forastero es una buena forma de esquivar los firewalls.

CONFUCIO EL INGENIERO

Para ordenar el territorio, el comunismo chino inventó una unidad macropolítica: el plan de cinco años. Este programa dirime prioridades políticas: control demográfico, crecimiento económico, educación, industrialización, saneamiento ecológico. El pueblo se somete a las decisiones con obediencia marcial. Los lineamientos revelan que los gobernantes intentan controlar el flujo del país como si fueran las aguas de un río. China entiende algo del tema: construyó la represa de las Tres Gargantas, la más grande del mundo. Gobernar una nación tan poblada obliga a los políticos a pensar como ingenieros. «Solos somos apenas gotas de agua, pero juntos somos el Yangtze», reza un viejo eslogan comunista. El partido presume hacer eso: controlar el cauce de las personas para llevarlo en una sola y poderosa dirección.

El confucianismo es la religión predominante en China, pero es más una filosofía que una serie de escritos sagrados. Aunque se prohibió durante tiempos de Mao por formar parte de las «viejas ideas», algunas lecciones se preservaron: el confucianismo enseñaba a venerar a los padres. Mao Zedong aprovechó esto y se convirtió en el padre simbólico al que todo chino debía someterse.

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

La obediencia irrestricta a la autoridad es perversa, y en China sirve para impulsar el proyecto económico. Al gobierno le basta poner un dedo en el mapa para expropiar tierras y sacar a las personas del camino. Esto, que en los años sesenta sirvió para redistribuir tierras a favor de los campesinos, funciona ahora para tender las vías de los trenes de alta velocidad encima de campos agrícolas, construir represas que inundan aldeas de 100 mil personas y convertir barrios antiguos en centros financieros. Para beneficiar al gran capital chino, pues.

El ingeniero calcula a partir de fórmulas inamovibles. Para ser dignos de convertirse en ellas, los individuos deben ser predecibles y obedientes. «El clavo que sobresale merece un martillazo », reza un viejo refrán chino. El pragmatismo de Confucio se volvió justificación para un nuevo tipo de ingeniería social: una donde la persona se sacrifica en aras del crecimiento económico.

REINTERPRETANDO EL OBELISCO

A principio de los años noventa, Pudong era un parque junto al agua, unas casas de madera y estanques con arrozales. Hoy se ha convertido en la concentración de rascacielos más impresionante en el mundo fuera de Manhattan. Contrario a Nueva York, que permite en sus edificios contemplar un siglo de progresión formal —del funcionalismo al modernismo y de ahí a la estructura posmoderna—, Pudong es un conjunto de falta de atributos: construcciones de vidrio y acero que, más allá de sus alturas estratosféricas, carecen de pretensiones estéticas y no dialogan con el pasado: más que obras de arquitectura, son desplantes de ingeniería.

En Pudong las torres se erigieron a una velocidad extraordinaria. La primera, que data apenas de 1994, fue la Oriental Pearl Tower, una aguja gigante que atraviesa tres perlas de vidrio. Le siguieron la Torre Jin Mao, de 454 metros, y el Shanghai World Financial Center, que parece un destapador de medio kilómetro de altura. En 2015 se inauguró la Shanghai Tower de 632 metros, la segunda edificación más alta del mundo. Cada rascacielos es un atractivo para lo que Michel de Certeau llamó voyeristas de ciudades. Desde los miradores en el piso 130, los transeúntes adquieren dimensión microscópica; hormiguean las banquetas y los parques como columnas. La única forma de totalizar el tamaño de aquello que excede lo que la mente entiende es reduciéndolo. En China, país de mil millones, la única forma de comprender la escala de lo gigante es mirando desde lo alto.

Pudong no nació del sueño de un arquitecto, sino de los terremotos de la historia. En específico, surgió como respuesta a la perestroika y las manifestaciones estudiantiles de Tiananmén. A finales de los ochenta, las utopías socialistas de Europa se desmoronaban en cadena. La Unión Soviética fue la primera en fracturarse y le siguió Polonia. La muerte en 1987 de Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista de China, incendió los ánimos de los todos chinos que deseaban un cambio social. El estallido ocurrió cuando los estudiantes tomaron la plaza de Tiananmén, en Pekín, con el deseo de sumar a este país a la oleada de cambios que recorrían el mundo.

El gobierno no lo aceptó; respondió a los reclamos con fuego. De las manifestaciones queda el recuerdo de un hombre que reta a un tanque y le exige detenerse.

Las protestas fueron reprimidas, pero no ignoradas. El Partido Comunista chino decidió que la mejor manera de preservar el poder y aplacar el descontento sería mejorando el nivel de vida del habitante promedio. Cambio de época: se pasó del comunismo colectivo al capitalismo de Estado, dictado por las autoridades. Shanghái se reabrió a la inversión extranjera y se convirtió en la sede de las grandes empresas chinas. El partido decidió que la zona de Pudong sería el epicentro del nuevo capitalismo chino. Los rascacielos simbolizan el sistema político por excelencia en el siglo XXI: el libre mercado autoritario.

Hoy estas construcciones son la imagen del poderío económico chino. En la zona rural hay menos retratos de Mao Zedong que fotos de las torres de Pudong. Estas edificaciones son los nuevos monumentos de China: obeliscos socialistas revestidos de acero y vidrio.

EL FUTURO ES EL PRESENTE

Provengo de un país paciente y ceremonioso, donde la política nos enseñó las bondades de la arenga pero no de la acción. En México, el gobierno se caracteriza por la lentitud y los obstáculos burocráticos. Ejemplo: entre 2006 y 2012, en la Ciudad de México se construyó una línea del Metro, la doceava. Fue un acontecimiento nacional. Dos años antes de inaugurarse, cuando no se terminaban ni las excavaciones, las estaciones de la hipotética línea ya se habían incorporado a los mapas oficiales del Metro, confundiendo a los turistas y usuarios de ocasión.

El día de la apertura de la Línea 12, estuvieron ahí el presidente y el alcalde. Tanta pompa es reflejo de la lentitud: en esos mismos seis años, Shanghái agregó siete líneas subterráneas. El Metro de Shanghái, que abrió en 1992, ya supera tanto en número de estaciones como en kilometraje al de la Ciudad de México, que data de 1969.

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).

Shanghái ha cambiado tan rápido, y todo es tan nuevo y reluciente, que ya es una ciudad futurista. «Todo lo que esperaba ver en Tokio lo vi en Shanghái», me confesó un amigo que visitó ambas ciudades. Y sí, Japón se asocia con nociones del futuro utópico: representa el orden incólume de una sociedad perfeccionista, ciudades de 22 millones donde nadie tira basura en la calle. Pero el porvenir al que nuestro planeta se avecina —de problemas sin solución, represivo, hacinado, de economías en competencia y fábricas donde filas de hombres y mujeres producen iPhones a cambio de platos de arroz— es más obvio en China. «El futuro ya existe, pero está mal distribuido», escribió William Gibson. En Shanghái coexisten el autoritarismo más rancio de la centuria pasada con los trenes más modernos del siglo XXI.

El futuro mal distribuido que Gibson profetizó es Shanghái.

SHANGHAI BREWERY

A inicios del siglo XX, la riqueza de China había generado grandes fortunas para muchos europeos arraigados en Shanghái, los llamados shanghailanders. Los extranjeros de esa ciudad gozaban de una metrópoli moderna y arbolada. Los chinos, en cambio, vivían en la miseria y el atraso, y cada mañana el camión de cadáveres hacía una ronda para levantar a los muertos de hambre y frío. El escritor J.G. Ballard, que nació en esta ciudad en 1930, confesó que escribía novelas distópicas para evocar el lugar de su infancia, donde los chinos morían en las calles mientras, en los modernos cines, los niños shanghailanders se divertían con Blanca Nieves de Disney.

Una noche voy con dos amigos —uno ruso y una china— a un restaurante en la ex Concesión Francesa, famoso por sus cervezas artesanales. La carta del lugar presume nachos, fettuccine Alfredo, y cervezas muy poco tradicionales, más bien pensadas para expatriados nostálgicos de la grasa y los carbohidratos. El lugar está repleto de extranjeros: en una mesa cercana, una docena de argentinos discuten un plan de negocios; en una barra, gringas con sudaderas de college football asemejan gringas de cualquier pueblo universitario; en otras mesas hay chinos comiendo pizza y mirando con aprobación a los forasteros, de la misma forma que yo me he complacido en México de estar rodeado de asiáticos en un restaurante chino. Toman los tenedores con la misma torpeza que mis compatriotas toman los palillos y, sospecho, piensan: «El lugar está lleno de extranjeros, debe ser auténtico»

DE LA BICICLETA AL MAGLEV

Chicago y Nueva York prefiguraron el siglo XX; fueron los modelos para la ciudad vertical. Shanghái, en cambio, es prototipo de lo que viene —la metrópoli hipermoderna, desigual: el futuro mal distribuido de la ciencia ficción, donde pobreza y tecnología coexisten. En mi última mañana en Shanghái, abordo el tren que comunica la ciudad con el aeropuerto, y cuyo nombre —Maglev, apócope de magnetic y levitation— evoca un estudio de yoga. Es uno de los trenes más rápidos y modernos del mundo; al tiempo que flota sobre los rieles, alcanza hasta 600 kilómetros por hora. A los pocos segundos de arrancar ya viajamos a 320 kilómetros por hora. Varios pasajeros fotografían un medidor de velocidad, incrédulos ante la velocidad de Shanghái. Miro por la ventana: los rascacielos se encogen poco a poco hasta convertirse en puntitos metálicos y distantes. Ocho minutos después, el convoy hace su llegada al aeropuerto de Pudong.

Antes de que el tren se construyera, el viaje tomaba al menos una hora.

¿Cuántos segundos tardará mañana?


Autores
(Ciudad de México, 1984) creció en distintos países de América del Norte y el Caribe. Es escritor y traductor. Ha publicado crónicas y ensayos en distintos medios. Su primer libro, El paralelo etíope (FETA, 2015), ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.

Ilustrador
Sharet Ubaldo
(Ciudad de México, 1989) es una exploradora de la imagen que pretende mejorar el mundo con dibujos.
Detalle. Todos en la misma fiesta, técnica mixta sobre madera, 75 × 125 cm.

 

La pintura de Guillermo Martínez Rochín es inquietante. Bajo la apariencia de lo tierno, basta profundizar en ella para encontrar un diálogo patente de estímulos visuales. El trabajo evoca, convoca y coloca dentro de un mismo ambiente: el de la imaginación sin límites propia de un artista.

El tratamiento de su obra gráfica nos lleva a descifrar su argumento; academia y accidente, línea y mancha, formalidad y deconstrucción. Todo converge, todo empata. Se trata de la seña de lo concreto, de la forma en totalidad: Gestalt llena de signos y símbolos, unión y comunión de la creatividad, de las artes plásticas y del diseño.

Maestría joven que se potencia y que va en un armónico crescendo, Guillermo Martínez nos muestra que la vida es una tragicomedia posmoderna, selfies transformadas en un falso documental. Su lenguaje personal abraza tanto a nuestra cultura consumista como a la belleza del rostro humano, a las formas abstractas y al nido de la figuración.

César Bernal

 

*Esta serie, aún en proceso, está conformada por autorretratos melancólicos basados en la actriz española Ana Torrent, con imágenes tomadas de las películas Cría cuervos y El espíritu de la colmena.

Niña con conejos, técnica mixta sobre madera, 18.5 x 18.5 cm.

Niña con conejos, técnica mixta sobre madera, 18.5 x 18.5 cm.

Si yo fuera Ana II, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Si yo fuera Ana II, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Si yo fuera Ana I, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Si yo fuera Ana I, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Sin hambre, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Sin hambre, técnica mixta sobre madera, 17.5 × 17.5 cm.

Todos en la misma fiesta, técnica mixta sobre madera, 75 × 125 cm.

Todos en la misma fiesta, técnica mixta sobre madera, 75 × 125 cm.


Autores
(Durango, 1993) forma parte del taller-galería La Casa, un foro cultural que apoya a artistas duranguenses emergentes. Ha participado en diversas muestras individuales y colectivas en México.
Rafael Cadenas, Jalisco, 2009. FOTO Claudia Posadas (Detalle)

Con el otorgamiento al venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, Lara, 1930) del XXVII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018, el más prestigioso del género en los países de lengua española y portuguesa, se refrenda su figura como una de las conciencias críticas más importantes de América Latina en tanto su obra poética y ensayística ha significado un riguroso análisis del hombre contemporáneo.

La coherencia de su pensamiento y poesía con su actual discurso, vertido en sus dos recientes libros de poemas, Sobre abierto y En torno a Basho y otras cuestiones (Pre-textos, España, 2012 y 2016), y en Contestaciones (Fundación para la cultura urbana, Venezuela, 2016), una especie de diálogos incisivos y breves que ejerce con la escritura de diversos autores, demuestran la continuidad, fuerza y vigencia de una obra fincada en la honestidad, acorde con la preocupación fundamental en su obra: la búsqueda de una ética universal de lo humano a partir de la aceptación y el concilio con el misterio de la existencia desde la disolución del yo.

En octubre próximo, Cadenas recibirá el galardón iberoamericano en el paraninfo de la Universidad de Salamanca entidad que, junto con Patrimonio Nacional de España, concede dicho reconocimiento. Ha recibido, además, y entre otros, el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca 2015, el Premio Nacional de Literatura en Venezuela 1985, el Premio fil de Literatura en Lenguas Romances 2009 y el Premio Andrés Bello de la Academia Venezolana de la Lengua 2015.

La presente entrevista revisa temas fundamentales de su reflexión poética y de su biografía. Para conocer más en torno a su trabajo y complementar aspectos vertidos en esta conversación, se puede consultar el ensayo “La observancia como quietud que aguarda el instante”, realizado por Claudia Posadas, en este enlace.

Un aspecto central de su pensamiento es la búsqueda del concilio con nuestra condición humana, que se ha resuelto en el ethos clásico. ¿Cuál es el origen de esta búsqueda y cómo se fue conformando? ¿Cuál es el balance de este proceso, cuál es la distancia entre el Cadenas del desasosiego al Cadenas de la gratitud?

El origen está en una especie de quiebra psíquica al comienzo de los años sesenta, la cual me llevó a hacerme preguntas que creía resueltas. Fue un despertar, pues hasta entonces yo había vivido conforme a ideas procedentes de un esquema que a todo responde, que todo lo explica, cuando en realidad no existe nada que esté fuera del misterio, de ese misterio de fondo que también nos constituye, y cualquier explicación no trasciende el campo de lo relativo donde sí puede tener validez. Es allí donde funciona el pensamiento, más allá no, más allá tiene que enmudecer, lo que no está mal pues es muy hablador, porque ha de toparse con lo desconocido, con la fuente infranqueable, con lo que ha recibido muchos nombres, pero en realidad no puede tener ninguno. Es asombroso ¿verdad?, que en rigor no podamos dirigirle la palabra a nuestro fundamento esencial. En cuanto al balance, no me atrevo a hacerlo, pues me parece que implica un cierre. Se asemeja a un inventario espiritual, lo que exigiría más espacio del que ofrece una entrevista. Espero, sin embargo, que mis otras respuestas complementen las que acabo de darte.

Una de las maneras de emprender esta búsqueda es a través de un cuestionamiento del yo. Este proceso es paulatino: ante la derrota, hay un enfrentamiento crudo y descarnado con los diversos yo (Falsas maniobras); después, se presenta un estado de vacío (Intemperie —1977—). En Memorial se estanca este proceso hasta llegar a Gestiones (1992) y Anotaciones (1983), donde se da un concilio. ¿Qué implica este enfrentamiento como método? ¿Qué yo permanece?

Cuestionar el yo, enfrentarlo suena contradictorio. Es lo que suele hacerse, pero no creo que resulte difícil darse cuenta de que eso lo realiza el mismo yo. Así, además de dividirse, termina fortaleciéndose. Ésta es una lucha que se refleja, como bien lo señalas, en los libros que mencionas, todos escritos desde cierta depresión, especialmente Intemperie. En Memorial confluyen las diversas formas usadas en los libros anteriores. Gestiones también las mantiene, pero hay más despersonalización, un intento de expresarme indirectamente, mediante motivos, algo que, claro, tampoco estaba ausente en los demás libros. Yo no rehúyo la primera persona, ni creo que usarla signifique egotismo; muchos, en cambio, la evitan, pero carecen de humildad. Me preguntas qué yo ha quedado. Pues el actual, el que traza estas líneas para pasarlas a la pequeña Olivetti y enviártelas; el que se interrumpe para ir a comprar Tal cual, periódico que dirige Teodoro Petkof, periódico padrísimo, como dicen ustedes, los mexicanos; el que intenta darse al instante, habitarlo, pues sólo existe el presente y un incesante devenir, de manera que el que escribió mis libros es otro, el de ayer es otro, el de hace unos minutos, ya que cambiamos, es otro, otro y el mismo, pero ese mismo es sólo la sensación de ser, de sentirse siendo. “El presente es perpetuo”, dice un verso de Octavio Paz, quien siempre insistió en el valor absoluto del presente y del origen. ¿Habrá diferencia entre ellos? Estas dos constantes de Paz me parecen vitales para sus lectores, siempre que las tomen en serio.

El fracaso como lucidez

El cuestionamiento es en torno al yo pero también del orden; además, ambos aspectos, están ligados al concepto de derrota: se parte de un sentimiento de no pertenencia (Los cuadernos del destierro —1960—), que se expresa en el famoso poema “Derrota”. Después, dicho sentimiento se convierte en un espacio de libertad que desemboca en un estado de vigilancia y cuestionamiento de un sistema que nos presiona y que se manifiesta en el poema “Fracaso”, donde éste es una actitud ética. ¿Qué significó ese estadio de tal modo que fue punto de partida? Actualmente, ¿se encuentra en los poemas citados? ¿Su actitud surge de la experiencia que vivió en su exilio?

Los cuadernos del destierro es un poema en prosa sobre mi experiencia como exiliado en Trinidad (1952-1956), isla muy próxima a la costa oriental de Venezuela. Era entonces todavía colonia inglesa, de modo que durante cuatro años fui súbdito involuntario, pero gustoso, de la reina Isabel. A este periodo le debo un idioma que leo mucho, pero que hablo sólo cuando viajo a Estados Unidos o a Inglaterra. El libro recoge también mi situación íntima de los años sesenta que te mencioné. Hoy no me encuentro en “Derrota”, pero no porque crea tener éxito, esta palabra no forma parte de mi vocabulario, lo que ocurre es que ese poema lo escribió un joven con quien ya casi no hablo, es decir, yo hace cuarenta años. Te daré un ejemplo: en el poema se aprueba en cierta forma la lucha armada y hoy la rechazo. Hace muchos años me di cuenta de que no es ésa la vía para lograr determinado cambio social. Ahora pienso en términos de reforma, no de revolución. Ésta se me antoja, después de las experiencias del siglo que acaba de concluir, un sangriento anacronismo que en todos los casos terminó en dictadura. En cambio, hay revoluciones que no suelen tenerse por tales como la que ha ocurrido en la física, cuyas implicaciones filosóficas apenas comienzan a vislumbrarse o la comunicacional tan prodigiosa o la del movimiento ecológico, y tal vez estén en camino otras que no podemos anticipar. Mi atención está puesta en el individuo más que en lo colectivo. Siento más cercano el poema “Fracaso”; y actitud crítica siempre he tenido, sólo que ahora no procede de ninguna postura previa, sino del simple ver. Al menos me vigilo para que sea así. Cualquier ideología es perversa, aunque esté guiada por la buena intención, porque separa a los seres humanos. El bien que se busca termina trocándose en mal. Las revoluciones traen violencia, se vuelven sangrientas, instauran dictaduras, destruyen y se autodestruyen, todo por el bien del pueblo. Prefiero el sentido común, que es ajeno a carismas, redencionismos, salvaciones, a todas esas grandiosidades hipócritas cuyos promotores nunca se han visto a sí mismos. Si lo hicieran se darían cuenta de que el mal que pretenden combatir está también en ellos y eso es igualmente valedero para los que se les oponen, quienes, sin embargo, por estar más cerca de la realidad —al menos su retórica no tiene pretensiones mesiánicas— podrían acercarse al autoconocimiento.

La necesidad del “autohacerse”

Tanto en su poesía como en su ensayo, la crítica se orienta a cuestionar cualquier fundamentalismo ya sea económico, religioso o político, y se centra en cuestionar la realidad. ¿Por qué este escepticismo como método para sus indagaciones?

El politólogo alemán Thomas Meyer definió el fundamentalismo como “movimiento de exclusión arbitrario” muy opuesto a la modernidad y el cual “pretende ofrecer, en la medida en que condena toda posible alternativa, certezas absolutas, sostén firme, auxilio permanente y orientación incuestionable”. Esta definición que encontré en el libro El fundamentalismo religioso, de Klaus Kienzler (Alianza Editorial), permite detectar dicho fenómeno en muchos otros ámbitos. En todo caso, su auge se debe probablemente a que suministra a la persona que elige una creencia cerrándose totalmente, una seguridad que ella siente como inexpugnable. En realidad, no se trata de una elección. La creencia procede inicialmente del hogar, la escuela, el ambiente, y es sólo más tarde cuando puede afirmarse con carácter absoluto, impermeable a todo interrogar. Aparte de la religión, donde hay más propensión a incurrir en fundamentalismos es en el terreno de la política. Los estragos que causa este fenómeno y su acompañante inseparable, el fanatismo, están a la vista con una contundencia inaudita debido al terrorismo que es en su expresión extrema. En cuanto a mi método, en realidad no tengo ninguno salvo la cautela de ese ver que he mencionado.

¿Considera que esto debería ser un centro de reflexión contemporánea, dada la situación de las confrontaciones a gran escala a partir de lo religioso que observamos?

En realidad, todos los fanatismos son religiosos, pues entrañan una absolutización de lo relativo. En ellos subyacen las funestas deificaciones de causas. Fanático es el que extrema su adhesión a una ideología. Según Arthur Koestler “el problema de nuestra especie no es un exceso de agresión, sino una excesiva capacidad de fanática devoción”. El fanático se identifica totalmente con un credo, que puede estar representado por su tribu, patria, iglesia, Dios, historia, futuro, revolución, caudillo. Para reiterar lo que he dicho sobre el condicionamiento, agrego estas otras palabras de Koestler: “Para una vasta mayoría de hombres a lo largo de la historia, el sistema de creencias aceptado, por el cual estuvieron dispuestos a vivir o morir, no fue de su propia factura o elección; fue impelido hacia sus gargantas por los azares del nacimiento”, lo cual nos dice cuánto peso tiene en la historia lo que se acepta sin examen. A propósito de lo que vengo diciendo, pienso en el peligro que encierran las grandes palabras, pues en su nombre se suelen suspender la razón, la ética y la piedad, y entonces todo desmán, toda inhumanidad, todo horror se tornan posibles. Las citas que he hecho de Koestler proceden de su ensayo “La explosión cerebral”. Este escritor, testigo y víctima de las tragedias del siglo xx, que se prolongan en éste, no creía posible un cambio en el ser humano. Confiaba sí en que la ciencia pudiera crear una sustancia que impidiese las locuras del cerebro arcaico, el reptiliano, pues sólo a él se las atribuye, librando así de responsabilidad a la neo-corteza, el cerebro propiamente humano, que para mí, al contrario, es el más acusable. También Peter Sloterdijk apela a la tecnobiología con un fin parecido, en su libro Normas para el parque humano.

¿De qué manera refrenda su visión al observar la situación de su país?[1]

Me preocupa mucho la división del país. Estamos ante un gobierno que trata de fabricar una revolución que en ningún momento ha definido claramente, y ante una oposición que la rechaza por considerar que conlleva un propósito de dominación con miras a implantar un régimen hecho de retazos ideológicos de la vieja izquierda, militarismo y caudillismo, todo ello cubierto con el nombre de Bolívar cuyo uso desmedido da la impresión de que el gobierno ha literalizado el poema de Neruda a este héroe: “Todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada”, etc., lo que está bien en un poema, pero en la realidad resulta un exceso. En el país existe, sin duda, libertad de expresión, pero los llamados círculos bolivarianos —tenían que llamarse así, ¿verdad?— constituidos por el propio gobierno para su defensa, amenazan, insultan y agreden a periodistas y a manifestantes de la oposición. La justicia adolece de una falla radical: los poderes públicos —contralor, fiscal y defensor del pueblo— son personas que están al servicio del régimen y no al de la sociedad. También los magistrados del Tribunal Supremo fueron escogidos con la misma intención, pero últimamente dieron una muestra inesperada de independencia para consternación del gobierno que reaccionó inmediatamente con insultos y amenazas a los magistrados que no votaron como éste lo deseaba.  En una democracia es esencial que los poderes públicos sean realmente autónomos. A mi ver tal ha sido aquí el problema central pues sin justicia la verdad es inoperante. La división de poderes ideada por Montesquieu tenía el propósito de cerrarle el paso al despotismo y moralizar el Estado, urgencia por la que claman en vano desde su nacimiento los países de nuestro continente. “Es una experiencia constante —piensa— que todo hombre que posee poder tiende a abusar de él y esto último es, precisamente, lo que hay que impedir”, dice José Luis Aranguren en su libro Ética y política (Guadarrama). Por eso dije en una declaración que ese francés ha sido muy infortunado en nuestro país, sobre todo en el actual periodo. De tal anomalía —a la cual se suma el control de la Asamblea Nacional por el gobierno— se derivan los otros males que no voy a mencionar para no extenderme. Finalmente, no puedo pasar por alto que la cultura ha estado muy relegada. Daré un solo ejemplo: la Editorial Monte Avila tiene más de un año sin recibir el aporte del Estado para la publicación de libros. Es necesario sobre todo en Latinoamérica —permíteme insistir en esto— limitar el poder de los presidentes, tengan o no inclinación autoritaria, pues a veces actúan como reyes del periodo absolutista cuando simplemente son empleados públicos al servicio del país, y nunca al de una parcialidad, lo cual sería una aberración. Ellos son elegidos por el pueblo, denominación que incluye a todos los sectores de una nación, no por una divinidad. Ponerles coto mediante la constitución contribuiría a evitar que el poder los enloquezca, tal vez dejarían de sentirse importantes, y hasta se vuelvan humildes al perder los “humos de propia estimación”, para decirlo con frase de Santa Teresa. Después de todo, el brillo que presta el cargo dura poco, y al concluir, el mandatario pasa o debería pasar a ser un ciudadano corriente.

Misterio y realidad

Hay cierta trayectoria del espíritu que inicia con una negación “de los caminos de gracia”; posteriormente acepta un “hambre de gracia”, hasta que llega a la aceptación del fluir con la vida. Así, concilia dos aspectos, la razón y esta apertura “al misterio de vivir”, es decir, llega a una “mística personal”, como dice. ¿El concepto del ethos clásico es la manera de conciliar estos aspectos?

Sí, procuro ir con la vida sin oponerle resistencia. Casi me dejo llevar, aunque a veces me atasco. Dependemos de esa fuente, pero no la poseemos, más bien le pertenecemos. Ver, sentir eso es una apertura que puede significar mucho para quien esté muy envuelto por su ego. Debo decir que siempre evito la palabra mística porque se presta a confusión. Al usarla conviene tener la precaución de precisar qué tratamos de decir con ella. Razón y misterio no se oponen, lo que pasa es que ella llega a un punto después del cual no puede seguir. Allí se encuentra con el espacio del misterio, palabra que por cierto tiene la misma etimología del término místico. Deriva como éste de mistés, que designaba en Grecia a la persona iniciada en los ritos secretos. Si lo que se llama certeza religiosa tiene que ver con creencia, pues no tengo ninguna. ¿Creer significa religión? Pienso que no, aunque es lo que piensan los más. Pero sentir el misterio que nos rodea y nos constituye sí me parece religiosidad.

Como ha dicho, en sus concepciones hay un privilegio de lo existente, e incluso, el concepto del misterio de vivir, se afinca en la realidad (por ejemplo, niega cualquier concepción que privilegie otra realidad más allá de ésta). ¿De qué manera esta visión se fue conformando dentro de su proceso crítico? ¿Qué se deja de lado o qué se gana?

La palabra realidad para mí es otro nombre de lo desconocido, que nunca será conocido. Es todo cuanto sucede, pero también lo nouménico. Detrás de lo existente hay una especie de inteligencia ¿verdad? Marco Aurelio tiene una frase que me gusta y viene al caso. Él habla de “la mente gobernadora del universo”. Piensa, por ejemplo, en nuestro cuerpo. Ahí tienen lugar innumerables y complejos procesos que afortunadamente no dependen de nuestra mente consciente. El yo no podría manejarlos, produciría un desastre como pasa con todo lo que toca. Es otra mente absolutamente impersonal la que los lleva cabo. Alan Watts tiene sobre esto páginas esclarecedoras. Preguntas qué se gana. Creo que nada y todo. Se deja de lado la mezquindad, y si aparece en nosotros nos damos cuenta. En realidad, no somos dueños de nada. El yo se apropia de todo empezando por el cuerpo, lo que le es más próximo. Si alguien, pongamos por caso, tiene un don, cualquiera que sea, el yo se lo apropia cuando en rigor el mérito de éste estribaría en lo que haga con él, pero básicamente no le pertenece. Comprender esto puede ponerle fin a la vanidad. Acabo de notar que estoy hablando como alguien que sabe y eso me alarma; pido me disculpen.

De pronto se vuelve la sombra, al yo que todo lo trastoca; por ejemplo, en Memorial: “hoy descubrí que el borde maligno aún existe”. Después escribe “Caemos, recaemos”. Una vez llegado al concilio, ¿éste permanece? ¿Qué es lo alcanzado entonces?

Porque no existe ninguna garantía. Podemos deprimirnos o sentirnos ansiosos o ser visitados por el miedo. Aunque se haya lidiado con el yo, es posible que esos estados se aparezcan y se trate de hacer algo, pero no creo que enfrentarlos con la idea de vencerlos sea lo más conveniente. Tal es el impulso habitual. Como si se tratara de una pelea, pero en este caso la inveterada agresividad de los humanos no tiene cabida. Ellos quieren siempre dominar, controlar, triunfar. Uno de los poemas de D. H. Lawrence que traduje hace tiempo es precisamente “Triunfo”. Lo copio.

Me parece que durante cinco mil años por lo menos
los hombres han querido triunfar, triunfar, triunfar,
triunfar sobre sus semejantes, triunfar sobre obstáculos
                                       triunfar sobre el mal
hasta que ahora la palabra misma es asqueante, no la
                                       podemos oír más.

 Si miráramos en nuestros corazones, veríamos
que detestamos la idea del triunfo,
estamos hartos de eso.

El trayecto no es lineal. Tampoco la palabra resultado sería apropiada y nada tiene permanencia, como lo sabía bien Heráclito.

El erario del poeta

Una característica de su escritura es un discurso contundente, pero sobrio, temperado, ajeno a la “verbosidad abundosa”, como usted dice, que se da a la par de un proceso de escritura meditado. Estos aspectos se reflejan en temas escritos a partir de una auto exploración honesta. ¿Desde qué convicción surge esta actitud de vida y escritura? ¿La asume como una estética?

Hoy pienso más las palabras, lo que tal vez no sea conveniente para la poesía, pero ¿qué puedo hacer? En su reino no caben las decisiones. Los cambios se dan un poco solos. Van apareciendo sin que uno se dé cuenta, aunque están vinculados con nuestro movimiento interior. Mi actitud no es estética, si bien le doy, claro, mucha importancia a la forma, sin ella no hay poema ni nada, y lo que haya de ética en mi trabajo nace de un sentimiento de unidad, de esa unidad que subyace en todo lo existente. Uno puede rechazar posiciones ideológicas de otros sin perder de vista que son seres humanos, y lo más importante es esta condición. Percatarse de que ella está por encima de todo es muy saludable en este mundo tan lleno de violencia. El crimen en política comienza con la palabra enemigo. Usarla es ya prepararlo.

Su escritura tiene varios registros: el poema breve y metafórico escrito en sus primeros libros; los poemas en prosa, abundantes y plenos de imaginería, y por último los aforismos y los “dichos”, donde sintetiza su pensamiento. ¿De qué manera este proceso estético se ha desarrollado a la par del proceso existencial? ¿Qué trayectoria de decantación implica el haber llegado a los aforismos?

Trayectoria existencial y proceso estético son inseparables. Los cuadernos del destierro fueron escritos desde la depresión, luego, poco a poco, iba saliendo de ella, lo cual se puede palpar en los libros siguientes. Junto a los de poesía fueron surgiendo los de prosa y por eso están como entrelazados. Las lecturas han sido vitales para mí. Me interesa mucho el pensamiento vedántico, el taoísmo, el zen, y del lado de acá Whitman, Rilke, Lawrence, Pessoa, Ungaretti, Milosz (Czeslaw), Michaux; han sido una presencia constante en mí. También Jung, Watts, López Pedraza. He leído mucho a los clásicos, sobre todo los españoles, y de los modernos a Ortega, Unamuno, Machado, Salinas y Guillén. De Hispanoamérica me han acompañado siempre sus maestros, Reyes, Henríquez Ureña (Pedro), Sanín Cano, Borges, Paz, pero en fin sólo puedo mencionarte algunas de mis lecturas. Es cierto, me atrae el apunte como el de Anotaciones, la forma gnómica de Dichos, el aforismo. Tal vez eso se deba a cierta urgencia por ir derechamente al blanco sin todo el acompañamiento explicativo que suelen llevar los escritos más completos. Tal vez influya también mi gusto por leer, que no me deja salir de la escritura breve. Tal vez mi propia limitación, no sé, pero confieso que admiro a los poetas abundantes, mis opuestos, aunque los leo poco. Los veo como a príncipes que hunden sus manos cada vez que quieren en su erario verbal y de ahí sacan toda clase de joyas. Yo soy más bien lento, paso semanas, meses, años revisando un poema, indeciso, avergonzado, pobre.

Un tema constante a lo largo de sus libros es una revisión del lenguaje, del poema y del poeta. Para usted, la poesía es contrapeso del poder, una ofrenda. En cuanto al autor “uno sólo espera de los poetas un óbolo que sirva para el trayecto”. Pero ante la barbarie, ¿el poema y poeta tiene algún sentido?

La poesía, el arte, el pensamiento son como contrapeso del poder y de la sociedad. Aquél tiende a volverse perverso y ésta a aletargarse. Se requieren antídotos fuertes para contrarrestar esas calamidades ¿y dónde encontrarlos sino dentro de la cultura? Se suele pensar que la poesía puede muy poco frente a la barbarie porque sólo le interesa a una ínfima minoría, pero ésta es una legión del espíritu y por medio de ella actúa la poesía llegando así a ámbitos más amplios. En todo caso, lo más importante es el desarrollo de la conciencia; en tal sentido la lectura, pero no sólo de poesía, es decisiva.

El hombre crucificado por su existencia

¿Cómo se puede conciliar esta búsqueda de la dignidad, este “autohacerse”, con el escepticismo que siente hacia el ser humano? ¿Éste es permanente y definitivo?

Escepticismo, para lo que uno siente en este momento, es un término eufemístico. Basta ver lo que ocurre todos los días en el mundo para no incurrir en optimismos, que nos colocan, voy a usar una frase que le robo a Juan Goytisolo, en las afueras de la realidad. La verdad es que nos hemos acostumbrado al horror. Ni siquiera el más extremo, el de los genocidios, no conmueve a la mayoría de los seres humanos. Voy a citar sólo uno. Según Mathieu Ricard, en un diálogo con su padre Jean Francois Revel, los chinos asesinaron un millón de tibetanos además de destruir seis mil monasterios y oprimen el Tíbet, todo ello ante la indiferencia mundial. En casi todos los países se violan los derechos humanos. Los más civilizados son los que fabrican más y mejores armas. El último aporte de Italia a la cultura, por medio de la fiat, es el haber perfeccionado las minas antipersonas. Ahora no las hace de metal sino de plástico para que no puedan ser detectadas. Mujeres y niños seguirán siendo las víctimas de esas bombas. Las armas atómicas y químicas continúan siendo una amenaza. No se le ve fin a la insania antirreligiosa de las religiones más mortíferas. El más inteligente de los depredadores sigue hiriendo la tierra, que es como si hiriera su propio cuerpo. Los brotes de violencia aparecen en cualquier parte, cesan en un lugar y surgen en otro. La delincuencia, el terrorismo y la corrupción son enfermedades endémicas y a todo lo anterior se añade el crecimiento desmedido de la población, que reproduce sin cesar los problemas; pero no seguiré esta enumeración. Son tan sabidos los males que nos rodean. En cuanto a los países hispanoamericanos, parecen destinados a no acertar. Suelen ser víctimas de caudillismos militaristas o de regímenes democráticos que terminan destruidos por la viveza criolla. En nuestras naciones lo único que parece prosperar es el ego. ¿Cuándo tendremos gobiernos donde realmente prevalezca la honestidad, una honestidad que sea inexpugnable? Yo siempre espero que aparezca el hombre ético. Sin embargo, a la democracia, aunque siempre nos deja insatisfechos, hay que cuidarla; esto se lo digo, con abuso de confianza, a mis queridos mexicanos, y la mejor manera de hacerlo es ampliándola, despojándola de sus vicios, haciéndola socialmente más justa y por tanto más sólida. Casi siempre es posible mejorarla, a menos que haya fuerzas diabólicas que lo impidan. Termino, a modo de desquite, con una pregunta. ¿Cómo anda la de ustedes?

[1] Cabe señalar que esta pregunta se le realizó todavía en el contexto del gobierno de Hugo Chávez.

Rafael Cadenas, Jalisco, 2009. FOTO Claudia Posadas

Rafael Cadenas, Jalisco, 2009. FOTO Claudia Posadas


Autores
(Ciudad de México, 1970) Poeta, periodista y promotora cultural mexicana.
Detalle de portada del libro Sobre abierto

I.- Decantación después del camino

La atención, en el instante justo del abrir de la rosa (“Flor, / el que te mira / en este instante / se aparta / para hacerte sitio”[1]) o del saltar de la rana al estanque (“No desdeñes nada. / Una rana le dio a Basho / su mejor poema”[2]); el silencio y la celebración ante la belleza y el misterio de mundo y la disolución del yo, si bien han sido aspectos fundamentales en el pensamiento y obra poética de Rafael Cadenas (Barquisimeto, Lara, 1930), XXVII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018, estos se decantan y logran su expresión más certera en sus dos recientes libros de poemas, Sobre abierto y En torno a Basho y otras cuestiones (Pre-textos, España, 2012 y 2016).

Se trata de dos volúmenes hermanos, casi gemelos, de este autor venezolano a quien, en octubre próximo, le será conferido el galardón iberoamericano en el paraninfo de la Universidad de Salamanca entidad que, junto con Patrimonio Nacional de España, concede dicho reconocimiento, el más prestigioso del género en los países de lengua española y portuguesa.

Dos libros unidos si bien por una brevedad expresiva, más por el temperamento de un haijin (juglar) errante quien, como Basho, haijin mayor y maestro del haiku a quien admira Cadenas, después de haber recorrido amplias regiones sin explorar, se mitiga en la quietud del observador escindido, aunque conforme, por los territorios movedizos de la conciencia.

Quizá, para algunos, esta depuración sería un retroceso ya que, de esa poesía narrativa y de largo aliento expresada en soberbias manifestaciones del lenguaje (que puede consultarse, entre otras antologías, en Obra entera. Poesía y prosa —1958-1995—, FCE, Col. Tierra Firme, México, 1ª ed., 2000; 2ª ed., 2009; en el CD Rafael Cadenas, ECOS, en voz del autor, Conaculta, INBA, FCE, col. Entre voces, México, 2011 y en Obra entera, Editorial Pre-textos, España, 2007), Rafael Cadenas llega a una poesía, como él ha señalado, “menos exuberante”. A dicha extrañeza, el poeta ha respondido, dentro de su acostumbrada discreción: “La poesía a cierta edad es un desaprendizaje”[3].

OBRA ENTERA 2009

Sin embargo, esta trayectoria es inherente al desarrollo del ethos del escritor ya que ha implicado el zambullirse en las aguas de otro estanque de más hondura, el de la psique, estanque anegado de una sabiduría y templanza que siempre estuvieron aguardando el momento preciso: “La rana estuvo esperando a Basho, / tal vez ella sabía cuan atento / era el haijin errante”[4].

CD ENTRE VOCES RAFAEL CADENAS

De esta forma, el pensamiento poético del autor desemboca en una lucidez y precisión absolutas manifestadas en la gran contención poética plena de significado que observamos en estas recientes obras.

Por ello, no es ajeno que esta voz incisiva e irónica sea la que conteste a diversos pensadores, políticos y escritores con los que Cadenas mismo comulga, en esa curiosidad de libro, también de reciente publicación, que es Contestaciones[5]:

“A Takuboku”

Hay un prisionero
en el corazón
de cada hombre.

Suéltalo cuanto antes,
si esperas, aumenta de tamaño
y no podrá escapar.

 

“A Ernesto ‘Che’ Guevara”

El revolucionario es el más alto escalón
de la especie humana.

Al menos debió agregar: modestia aparte.

 

II. La derrota del yo

Como se dijo, vigilancia del instante, aceptación del misterio y reducción del yo, son las premisas de la obra poética del también Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca 2105, Premio Nacional de Literatura en Venezuela 1985, Premio fil de Literatura en Lenguas Romances 2009 y Premio Andrés Bello de la Academia Venezolana de la Lengua 2015.

Dichas instancias significan fuerzas a las que se ha accedido por medio de un proceso de redención y que han desembocado en un concilio definitivo con la existencia (“No somos la fuente de nuestro vivir, pero por nosotros pasan las aguas”[6]) y en el disolverse, como dice el autor, citando a Teresa de Ávila, de “los humos de la propia estimación”, aspecto consustancial a la observancia ya que una psique desbordada es imposible que se mantenga vigilante.

Sin embargo, el camino a esta libertad ha sido arduo y pleno de confrontaciones con la conciencia y la propia biografía (recordemos que el autor sufrió cárcel y fue exiliado por cuatro años en la isla de Trinidad durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez debido a su militancia en el partido comunista, hasta que en 1957 regresó a Caracas, meses antes de la caída del tirano) pero ante todo, con la praxis de una civilización contemporánea basada en el “entronizamiento” del yo y de sus manifestaciones extremas: la violencia, los totalitarismos y el anhelo de poder:

En el mundo no señorea el ser sino otra fuerza. Existe una desconexión con el fundamento. Esta quiebra forma el telón de fondo del caos actual[7].

Ante esta fractura, la poesía y el pensamiento de Cadenas se erigen como una referencia de análisis del ser humano contemporáneo y de sus órdenes. Su crítica parte de un diagnóstico de conciencia, estancia generadora de nuestro desgarramiento, de la que se extrae una sola condición:

El ser humano víctima de su propia psique […], de sus prejuicios […]; el ser humano que ‘proyecta’ su angustia en todo lo que hace creando división, sufrimiento, agonía […]; el ser humano atenazado por sus propios productos: odio, afán de notoriedad, deseo de poder […]; el ser humano consciente del desastre que ha creado y sigue creando, pero como imposibilitado para detenerse […][8].

Frente a este panorama, sus planteamientos apuntan a considerar “la vida como totalidad” y no a partir del fragmento que conlleva la visión del ego. Así, busca un equilibrio entre la psique, el espíritu y lo axial para llegar “al autohacerse” de un hombre que reconozca y se reconozca en el misterio del ser por lo que su reflexión desemboca en la práctica de un “ethos clásico de la gratitud y de la aceptación de la existencia finita (Schajowicz)[9]”, un ethos construible, universal, que trascienda el dogma: “Sólo en un sitio puede ser derrotada una sociedad: en el pecho de cada hombre”[10].

Para Cadenas, la poesía ha sido la fuente en donde ha buscado esta perspectiva y en la cual ha ejercido una revisión profunda y descarnada del yo, tal como lo enuncia en su poética:

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir
brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. […]
Quiero exactitudes aterradoras[11].

Su creación es el espejo de un hombre que busca el centro de quietud donde la barbarie sea transfigurada y el escenario del “autohacer” de su visión de lo humano y de la justa expresión en las diversas estaciones del yo en las que se ha detenido en sus libros, estados que transcurren desde la psique atormentada de ese volumen emblemático que es Falsas maniobras[12], hasta el equilibrio alcanzado por la voz poética en las recientes obras.

Falsas maniobras es el poemario en el que simbólicamente podemos observar aspectos representativos de ese yo atormentado en tanto que, como ha declarado el autor, fue escrito en medio de una honda depresión. En él, la subjetividad se enfrenta a sus sombras:

Cada vez que tenía un momento de reposo, me asaltaban las imágenes de transformaciones, llevándome al aislamiento. La multiplicidad se lanzaba contra mí. […] / Era el desfile de los habitantes desunidos[13];

y también se reconoce, con dolor, en ese hombre que

complica, complica. / Si se le entrega un pequeño laberinto, un laberinto de juguete con pocas vueltas, con un número razonable de trampas, […] / en pocos días lo convertirá en un enrevesado órgano de tortura[14].

Aun así, en este páramo, la conciencia poética asienta su expectativa de templanza:

Tal vez el secreto de lo apacible esté allí, entre líneas, como un resplandor innominado, y mi soberbia […] ceda el paso a una gran paz, una alegría sobria, […]. / Hasta entonces.[15]

Entonces al que se llega, finalmente, en esas actas epilogales en las que desemboca todo maestro-juglar-errante que son Sobre abierto y En torno a Basho donde, a la vera del zen, se privilegia la transparencia y brevedad de un discurso avenido con el yo y el misterio, pero, ante todo, a una comprensión de éste bajo la sombra-luz del Tao.

SOBRE ABIERTO

Por otra parte, destacando más el papel de Falsas maniobras dentro del habla aterida, cabe señalar que en él se incluyó uno de los poemas más gustados de Cadenas, “Derrota”, que expresa la visión del vencido frente al sistema:

Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
[…]
que he sido negado anticipadamente y encarnecido por los más aptos…[16].

Sin embargo, pese al continuo entusiasmo lector, el poeta del presente, atemperado, ha dicho que ya no se reconoce en ese joven de treinta y dos años que escribió dicho texto y ha explicado que su éxito se debió al contexto en que fue escrito, una compleja Venezuela posdictadura de los años sesenta.

 

III. Otro temple

Aunque el tipo de escritura de Sobre… y En torno a…, es decir, soles diminutos que alumbran el universo, lo podemos encontrar en Memorial[17]: “Nada pides. Sabes que estás completo. Lo sabes con tu piel. Ni de ti eres dueño”[18] y, en mayor medida, en los “aforismos” de Dichos: “Si lo que existe nos parece poco, ¿qué puede sosegarnos?”[19], los recientes libros son cauces definitorios.

Empero, en Sobre… se mantiene en cierta medida aquella voz del desamparo de Memorial y Dichos por lo que aún quedan resquicios de aquel habitante desunido:

“El que está siempre
Rehaciéndose
no tiene idioma,
se contiene, balbuce, anota.
[…]
Disfraza la intemperie con su quehacer…[20]

que todavía mantiene restos de intemperie, como se observa en el poema “Ser”:

Si lo vislumbraste
[…]
¿por qué tu idioma es el mismo?
[…]
Ah, es que el viejo camino
no se desprende de tu paso[21].

De cualquier manera, el camino está andado y este libro da entrada a esa completud que observamos en En torno a… en tanto que las preocupaciones de Cadenas se depuran al grado de que los poemas se constituyen en una especie de contestación o de cauce a las mismas, y son desarrolladas en un solo y certero golpe.

Pero sobre todo, Rafael Cadenas, como si fuese un Haijin trasplantado de la antigüedad oriental a nuestra época, condensa en este libro el entendimiento del Tao como el Todo circundante y urdidor de la existencia: “… la mayoría es indiferente, / pero él, que propiamente no existe, / maneja los hilos”[22], al contrario que en Sobre…, donde apenas si se le nombra como una entidad perdida en la memoria y, en la relación de los elementos a los que alude, en honor al famoso haikú de Basho (“Un viejo estanque: / salta una rana, /ruido de agua”), es decir, la rana, el estanque, el agua, poco se entrevé su hilo de predestinación:

… Sin el estanque
tampoco Basho y la rana
hubieran escrito el poema.

 

No podía faltar
el prodigioso Tao
pero está acostumbrado al olvido[23].

De ahí que, en En torno a… para Cadenas, la rana-símbolo, el estanque-espejo-de-conciencia y el salto a lo profundo son presencias y acciones arquetípicas de la naturaleza para expresar el orden y por tanto son consecuencia de esa corriente que es el Tao por la cual las cosas suceden como deben, de ese Todo que juega para que eso aparentemente inocuo, el estanque, la rana, el zambullirse, el agua, el sonido, ocurran en el instante preciso pero ya transfigurados en fuerzas en tensión y representaciones de ese tejido mayor:

Basho no habría oído zambullirse
la rana y hacer ruido en el agua
sin el permiso del indecible Tao[24].

De esta forma, siguiendo a su maestro oriental, en estas recientes brevedades el autor llega a una esencia que trasciende lo ya explorado en su trayectoria poética. En este orden, el misterio de la existencia, su gran tema, de ser un fluir ajeno que nos escinde:

el misterio es una gravitación poderosa; se hace sentir por ráfagas (…) que nos hienden y nos dejan expuestos, en la extrañeza[25],

se logra la imbricación de sus hilos en la inconmensurable urdimbre del Tao: “Eres oculto apuntador[26].

Es entonces cuando el yo guarda silencio y abre la puerta a la atención y al honrar de las manifestaciones del Tao en esas perlas-soles-diminutos que son estos recientes poemas:

El viento lo lleva
no hace resistencia y pierde
su ilusorio yo[27].

Sin embargo, para ello, y como se mencionó, la poética-conciencia tuvo que hundirse en ese estanque oscuro del ser, pero el camino y, como Rafael Cadenas diría, “el desaprendizaje” valió la pena ya que esta gran voz de la poesía hispanoamericana halló su certidumbre:

Nunca encontramos el Grial.
[…]
Sólo la fatiga de los caminos acompañó
a los que se aventuraron.

 Sin embargo, concluido el viaje
sentimos que en nosotros
[…]
había nacido/ otro temple.[28]

Así, Sobre Abierto y En torno a Basho y otras cuestiones, significan la perfecta y natural desembocadura de la trayectoria estética y reflexiva de Rafael Cadenas, pero llevada a cabo de la mano del zen, conocimiento que ha atemperado por completo a este espíritu que, como la rana de Basho, sonríe ante el camino elegido:

Te has dejado llevar.
Tal vez otro camino esperó en vano.
Eres una contramarcha sonriente[29].

ub. la cruz del sur

* Para conocer más en torno a la obra del Rafael Cadenas, consultar la entrevista con el autor “Contra los humos de la propia estimación”, realizada por Claudia Posadas, en este enlace:

[1] Cadenas, Rafael, Sobre abierto, Editorial Pre-textos, España, 2012, p. 24.

[2] Cadenas, Rafael, Op. cit, Editorial Pre-textos, España, 2012, p. 16.

[3] Lucas, Antonio, “La poesía debe agitar”. Entrevista con Rafael Cadenas, Periódico El mundo, España, versión digital, 19 de octubre de 2014, http://www.elmundo.es/cultura/2014/10/18/54417be322601d6d648b4582.html  Fecha de consulta: agosto de 2018.

[4] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones, transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en  PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae, 2014, https://www.youtube.com/watch?v=OzlMgQ4W63g  Fecha de consulta, agosto de 2018.

[5] Cadenas, Rafael, Contestaciones, Fundación para la cultura urbana, Venezuela, 2016.

[6] Cadenas, Rafael, Obra entera. Poesía y prosa —1958-1995—, Dichos (1992), FCE, Col. Tierra Firme, México, Primera edición, 2000, p. 660.

[7] Ibídem, p. 664.

[8] Cadenas, Rafael, Op. Cit., Realidad y literatura (1979), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 468.

[9] ——, Op. Cit., Anotaciones (1983), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 552.

[10] ——, Op. Cit., Dichos (1992), FCE, Col. Tierra Firme, México, Primera edición, p. 662.

[11] ——, Op. Cit., Intemperie (1977), “Ars poética”, FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p157.

[12] Cadenas, Rafael, Op. cit., Falsas maniobras (1966), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p.106.

[13] Ibídem, p. 107.

[14] Ibídem, pp.109-110.

[15] Ibídem, p. 107.

[16] Ibídem, p. 137.

[17] Cadenas, Rafael, Op. cit., Memorial (1997), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 159.

[18] Ibídem, p. 177.

[19] Cadenas, Rafael, Op. cit., Dichos (1992), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p. 664.

[20]  ——, Op. cit., 2012, p. 52.

[21] Ibídem, p. 45.

[22] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones, transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en  PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae, 2014, Op. cit.

[23] Cadenas, Rafael, Op. cit., Editorial Pre-textos, España, 2012, p. 34.

[24] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones, transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en  PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae, 2014, Op. cit.

[25] Cadenas, Rafael, Op. cit., Dichos (1992), FCE (Col. Tierra Firme), México, Primera edición, 2000, p.660.

[26] ——, Op. cit., 2012, p. 61.

[27] Poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones, transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae, 2014, Op. cit.

[28] Cadenas, Rafael, Op. cit, 2012, p. 64.

[29] ——, poema perteneciente al libro En torno a Basho y otras cuestiones, transcrito de la lectura videograbada a propósito de la participación del autor en PoeMAD, Festival de Poesía de Madrid, Fundación Aquae, 2014, Op. Cit.


Autores
(Ciudad de México, 1970) Poeta, periodista y promotora cultural mexicana.