Dana Gelinas (Monclova, Coahuila, 1962) es poeta, traductora y narradora de cuento y novela infantil y juvenil. Ha traducido al español autores ingleses, irlandeses y estadounidenses. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores (beca Salvador Novo, 1982-83), del Instituto Nacional de Bellas Artes (1987-88) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para Jóvenes Creadores (1992).
Sus poemarios Bajo un cielo de cal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991), Poliéster (VIII Premio Nacional de Poesía Tijuana 2004), Altos Hornos, (Editorial Praxis, 2006), Boxers (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, Joaquín Mortiz, 2006) y Los trajes nuevos del emperador (Editorial Fósforo, 2011), la han perfilado como una de las autoras más interesantes y representativas de la poesía mexicana de su tiempo.
Sobre las motivaciones de su ejercicio poético desde su primer libro, compromiso creativo, los referentes que comprenden su tradición y los temas que impulsan su escritura, habla Dana Gelinas en esta entrevista.
Penélope, Gea, Afrodita, Era, Cassandra, Minerva, Diana… tu poesía primera refleja en nuestro entorno actual a las mujeres mitológicas, nos familiariza con ellas, remarca su actualidad. Y en esa vitalidad, se reivindican, se revelan o subrayan la vigencia de su condición. ¿Cómo fuiste llegando a estos personajes y qué te llevó a hacerlas aparecer en nuestro tiempo y reinterpretarlas? Las diosas de la mitología griega y romana me parecieron impresionantemente modernas, actuales. En la tradición judeocristiana, se subraya la diferencia entre Dios y los humanos, en cambio, en la tradición griega y romana incluso se desglosa la condición humana mediante la diferenciación de los caracteres mitológicos. El deslumbramiento que me llevó a escribir “Lápida para una mujer liberada”, tiene que ver también con la fascinación que siento por la cultura griega, sus tragedias y comedias, y la romana, sus preciosos y eficaces epigramas.
Desde tu primer libro, Bajo un cielo de cal, abordas lo cotidiano y lo doméstico por medio de la poesía, recuperando para la poesía motivos que se consideran lugar común, para darles un nuevo brillo. ¿Qué referentes influyeron en tu perspectiva de lo poético? ¿De dónde viene tu perspectiva poética en ese sentido y cómo se ha ido reforzando o modificando con el paso del tiempo? Vengo de la tradición grecorromana, que está presente en la poesía estadounidense de una manera fascinante. Ambas me nutrieron desde los comienzos de mi escritura. Bajo un cielo de cal es un libro al que por suerte le cupo tanto un acercamiento a lo mitológico como a mi familia, a mi amor por mi madre, mi padre, mis hermanos. Es curioso, pero ahora me doy cuenta de que fue un libro en el que traté de decir esto es lo que soy, esto y aquello me importa.
El epígrafe de ese libro, que más adelante encontramos como parte del poema “Ciudad de cal”, presenta la rabia como un elemento que repta bajo el recuento de la infancia y la historia familiar. En tu proceso de escritura, ¿cómo fue esa exploración de los lindes entre la rabia y la nostalgia (y la ironía, en tus libros posteriores)? Es curioso, yo no recordaba haber usado la palabra rabia, que es muy usada en América del Sur, por ejemplo. En “Ciudad de cal”, por ejemplo, me refiero definitivamente a esos bríos que impulsan a la vida, como sinónimo de rabia, y nada más. Nostalgia sí, en todos nosotros existe una especie de nostalgia por algunos momentos de la infancia, pero creo que definitivamente la nostalgia no ha sido mi especialidad por lo menos hasta ahora. La ironía, en cambio, sí. Creo que la ironía está presente en un poema como “La calle de las novias”, por ejemplo, y este poema ya pertenece a Bajo un cielo de cal.
En Hábitat, tu antología personal, aparecen interesantes modificaciones con respecto a su versión original. Los virajes son muy interesantes. (Por ejemplo, en el poema anteriormente titulado “Dios”, un gato toma el lugar del protagonista, retitulando el texto como “La pupila vertical”). Háblame un poco acerca de lo que determina esa suerte de reescrituras. De verdad creo que un poema siempre se está leyendo a sí mismo, corrigiéndose. No puedo evitarlo, si un poema hay que reimprimirlo, pues entonces probablemente lo corrija.
Aparecen estos versos en tu libro Altos Hornos: “Todo esto es real, estallé, / ¿cómo demonios me piden / que escriba sobre cosas que no existen?” ¿Cómo concibes los conceptos verdad y realidad en la poesía? Cuando digo realidad, digo realidad ante los ojos de la mayoría. Cuando me refiera a verdad, es desde luego mi verdad, experimentada y percibida a la vez.
Altos Hornos no sólo da cuenta de una catástrofe del mundo moderno. En Monclova, Coahuila, empleas el poema como señalamiento a un gobierno, a un funcionario. Hay una suerte de compromiso intrínseco en tu escritura. ¿Cómo concibes la responsabilidad como componente del oficio del poeta?
Todo escritor siente compromiso o responsabilidad consigo mismo o con alguien más. Yo hablo de temas que pertenecen al ámbito colectivo, social o político, y también a mi ámbito personal, al de mi existencia. Compromiso es el de decir lo más posible y de la mejor manera, esforzándose en cada palabra y en cada silencio por decir lo más cercano a la verdad total, porque la verdad absoluta nadie la tiene.
Tus libros van del desierto a los centros comerciales a los grandes recintos del poder. La relación de las personas con la naturaleza se refleja en un ejercicio de desconexión consigo mismas. En el mundo moderno, ¿qué sentido tiene para ti abordar el entorno natural desde la poesía? Yo escribo acerca de la naturaleza humana principalmente, no me gusta tanto, pero supongo que sucumbí a esa fascinación que no sé a qué se debe, pero allí ha estado en la escritura de mis libros. En Poliéster escribo acerca de ese afán de destrucción de los seres humanos al desconectarse a sí mismos de la naturaleza. ¿Sabes que estoy convencida que adicciones como el tabaco trastornan el dibujo del cerebro? Así las ciudades y el estrés y el consumo desmedido trastornarían los escaneos del cerebro, y desde luego, influyen siempre en lo que se escribe. Por otra parte, En Boxers se da la exploración de la naturaleza humana en ese afán desmedido por consumir, para ser. Por supuesto que nadie es gracias al consumo, pero el consumidor de corazón sí que lo cree instantáneamente. Recintos de poder, sí, los medios masivos de comunicación. Boxers es literalmente una zambullida en el mundo de la enajenación. Y Los trajes nuevos del emperador, pues también.
“No, señora, / usted que escribe / no haga bromas con Dios”, dice un hombre en uno de tus poemas. ¿Cuál ha sido tu experiencia con las restricciones implícitas a la hora de escribir (tanto en el sentido de lo que puede decirse sobre Dios o sobre el gobierno, como en el sentido de lo que puede decirse siendo una mujer escritora)? Yo no tuve restricciones al escribir. Ni como mujer ni como, digámoslo así, integrante de la polis. Me gusta poder decir eso ahora, me hace feliz.
En tu poesía es notable una perspectiva de género y una postura feminista, al tiempo que desarrollas un tratamiento de una femineidad. ¿Con qué autores te sientes identificada desde esa postura, cuáles han sido influyentes en tu poética en este aspecto? Desde luego, mi querida Rosario Castellanos. Aunque siempre me hicieron sonreír también los decires de Sor Juana, de Anna Ajmátova, Aristófanes, Eurípides, Ibsen, Emily Brönte, y un largo etcétera.
Los libros Altos Hornos y Los trajes nuevos del emperador abordan acontecimientos y personajes públicos que han sido cubiertos por los medios de comunicación. Esos libros remiten a los procedimientos de la investigative poetry o poesía documental, por lo menos en el soporte del que se apoyan, la factura a partir de algunos hechos concretos que de hecho han sido noticia en la televisión y en los periódicos. ¿Qué tanto hay de influencia de esta escuela en la escritura de esos dos libros? ¿Cómo fueron concebidos estos dos poemarios? Altos Hornos incluye un hecho que fue cubierto por los medios, pero el poemario no gira alrededor de ese hecho, en Los trajes… en cambio, sí. Por qué, pues porque por fortuna no conozco en persona a los íconos de la modernidad que participan en él. ¿Y quién los conoce verdaderamente?, me pregunto, pues casi todos ellos tienen un actor que desplazó al personaje. Los conozco tanto como cualquiera que les preste algo de atención. Y ésa es la búsqueda del libro. Nosotros sí los podemos conocer desde el sillón en el que leemos el periódico y podemos opinar acerca de ellos. El hecho de que ellos hayan invadido nuestra privacidad de una manera agobiante nos da el derecho de opinar, de hacer crítica, de deshacer al ícono, desnudarlo de las vestiduras que este desea que adoremos.
Al día de hoy podemos decir que en 2011 una poeta ya advertía algo que ahora vemos operando mucho más peligrosamente. En Los trajes nuevos del emperador escribiste: “Cada vez que escucho a Donald decir ‘You are fired’, / son las mismas veces en que me siento incapaz de escribir / un solo verso”. ¿Qué experimentas al releer esos versos, y qué sentido adquiere para ti la escritura ahora que ese mismo emperador aparecido en tu libro porta nueva investidura? En realidad, debo insistir en algo. Las noticias de Los trajes… no son el poema. El poema es, en este caso, quizá, la indignación ante los deseos pueriles de manipulación de alguien como Donald que, por cierto, de ninguna es el único. En Shakespeare, por ejemplo, son notabilísimos y son multitud también, los sujetos que se quieren pasar de listos como él.
En ese mismo poemario está escrito: “este libro, / un álbum que no es / de almas inocentes”. De pronto Godzilla aparece entre esas almas, como un monstruo entre los monstruos. ¿Y cómo opera, entonces, la belleza en tu escritura? ¿Tu poesía busca algún tipo de belleza? Yo creo que la belleza puede sorprendernos. Sólo falta que le echemos un ojo a la pintura de los expresionistas. Pero volvamos primero a Shakespeare: la belleza es casi siempre algo terrible.
A lo largo de tu obra encontramos miradas recrudecidas o irónicas del mundo consumista, corrupto, frívolo, desarraigado, reflejado en los ídolos mediáticos, en las personas robustecidas por el poder político, en los indígenas y los obreros que se quedan sin trabajo y sin casa, en la desventaja social que enfrentan las mujeres desde la historia antigua hasta la actualidad… ¿Qué papel juega la poesía en medio de todo ese universo? La poesía es la voz que nos une con nosotros mismos en un mundo consumista, corrupto, etc. La poesía es el deseo de ser, de estar aquí, de participarlo a los demás y de leer en voz alta.
Nacido en San Sebastián, España, en 1968, Imanol Caneyada llegó muy jove a nuestro país huyendo del ambiente de terror generado por ETA, y eligió Hermosillo como lugar de residencia. En la capital sonorense ha sido periodista, editor y tallerista; es ahí donde silenciosa y tenzamente construye una obra narrativa cuya principal influencia proviene de la novela negra.
Antes de iniciar la entrevista Imanol y yo hablamos de su reciente viaje a España. Me contó la impresión que tuvo al llegar a su país de origen después de un tiempo sin haber pisado su suelo, sobre todo en contraste con Inglaterra, donde estuvo unos días antes. Se refirió al movimiento de los indignados como algo utópico, con fuerte impacto en el extranjero más no en su propio país, sobre las últimas elecciones españolas y de la ideología del partido gobernante; además hizo un breve esbozo histórico de los últimos presidentes que han llegado al poder.
JosuéBarrera: ¿Qué buscabas cuando saliste de España?
Imanol Caneyada: Yo salgo muy joven con la idea de ser escritor e influido por la Generación perdida, estos autores que de alguna manera viajaban por todo el mundo y que hacían de su existencia una forma de literatura. Por otro lado tenía una visión muy aventurera: yo quería conocer el mundo, diferentes países, diferentes culturas. Me asfixiaba estar en una ciudad pequeña: San Sebastián. Además en la época cuando salgo —finales de la década de los años ochenta—, fue un tiempo donde la ciudad estaba atrapada en la dinámica del terrorismo.
JB: ¿Qué habías leído en España de literatura mexicana?
IC: Octavio Paz y Carlos Fuentes eran mis referencias de escritores mexicanos. Ya en México empecé a conocer más a fondo su literatura y a entender un poco de dónde viene y hacia dónde va. Estos dos autores, de alguna manera, sobre todo Fuentes con La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz e incluso La cabezade la Hidra, me ayudaron a conocer a priori la realidad mexicana. Me dio ciertos códigos para entender aspectos de la cultura. Aunque ahora es un autor del cual prescindo totalmente.
JB: Tienes una larga trayectoria como periodista, ¿de qué manera influye el periodismo en tu obra de ficción?
IC: Muchísimo. Para mí son inseparables, desde el estilo, el fraseo, el ritmo, los temas, que tienen que ver mucho con la urgencia y claridad del periodismo. Este último te permite estar dentro de la realidad de una manera múltiple porque estás comiendo con unos diputados y al día siguiente estás en el barrio más miserable de la ciudad. Eso te marca. Me concibo como un escritor encerrado en la biblioteca o en la torre de marfil haciendo literatura desde la literatura, principalmente por esa vocación periodística y que, por cierto, no he dejado.
JB: Los libros que has publicado recientemente han sido premiados en concursos de literatura. ¿Por qué preferir los concursos y no buscar editoriales comerciales?
IC: No fue una preferencia sino que así se dio. De hecho ahora se han abierto algunas puertas en editoriales comerciales. Los concursos son una circunstancia de estar en provincia, lo cual te aísla. Independientemente de que tu obra supere los dictámenes o que cumpla con el perfil de una casa editorial comercial, definitivamente estar en provincia te condiciona para acceder a esas formas de publicar. Los premios son una fuente inmediata para la publicación. Creo que todavía para muchos editores de grandes casas editoriales la cuestión geográfica pesa. Todavía los autores que no estamos en la ciudad de México batallamos mucho más para que se abran las puertas. Hay escritores que lo están logrando, están marcando el sendero. Pero todavía no hay una descentralización de la literatura desde la perspectiva del lado comercial. Quizás haya una descentralización desde lo gubernamental, pero en el aspecto comercial no sucede así.
JB: Tardarás un rato en morir es tu libro que ha recibido más comentarios, también el más leído…
IC: Tardarás un rato en morir es una novela de género negro en donde trato de abordar uno de mis temas recurrentes que es la política; pero el aspecto más corrupto, más agusanado de la política mexicana. Por otro lado está el tema del exilio. Porque aunque ya estoy integrado a la cultura mexicana, no dejo de ser un extranjero. Desde joven lo he sido. La escribí a partir de estas dos obsesiones. Es una novela que transita de México a Canadá y de Canadá a México, en donde uno de los personajes es un ex gobernador que tiene que salir huyendo porque se le vincula con el crimen organizado y llega al país del norte. Decidí abordar el tema del exilio, la soledad, la angustia, el hecho de que un exiliado siempre tiene un punto de no identificación en la cultura a la que llega. Eso provoca una forma de sentir. Sin olvidar el deseo de contar una historia lo mejor posible, que atrape al lector.
JB: Háblanos un poco también sobre el libro La nariz roja de Stalin, que ganó el Concurso Nacional de Cuento Efrén Hernández.
IC: Yo escribo pensando en unidades. Cuando empiezo a escribir cuentos, pienso en un libro de cuentos que los contenga. En el camino se va ajustando y cambiando. Creo que en este libro hay una unidad temática: los protagonistas de cada cuento son individuos que están muy solos, muy desesperados y que no encuentran su lugar en el mundo. Es una constante en todos los textos. La derrota es otro punto que también los une.
JB: Además eres un excelente tallerista. Por qué no nos hablas sobre los cursos que impartiste con reclusos.
IC: Impartí un taller de literatura en el Cereso II de Hermosillo. También he participado en actividades como pláticas y charlas en el correccional de menores para hombres y mujeres. Del taller en sí, lo que puedo decir es que entras con una idea y sales transformado. Pienso que lo más trascendente de la experiencia de encerrarte dos veces por semana con un grupo de reos, entre los que encuentras asesinos, secuestradores, asaltantes, es la humanización del interno. Hasta que no estás ahí dentro, la visión que tienes del preso es a partir de su delito. En general todos preferimos pensar que si están entre rejas es porque lo merecen y no queremos ver más allá; hacerlo implicaría reconocer una realidad que existe intramuros y que por su naturaleza no podemos tolerar. Cuando uno de los internos se te acerca para que, por favor, saques a escondidas una carta dirigida a su hijo de cinco años que está en otra ciudad, una carta en la que le expresa el amor que le tiene y el arrepentimiento por sus actos, se te empiezan a caer los estereotipos. Cuando convives con ellos y participas en un partido de futbol entre los integrantes del taller de teatro contra los integrantes del de literatura, y formas parte del equipo, y les cubres y te cubren las espaldas deportivamente hablando, y te abrazan y abrazas por el gol anotado, entiendes que cualquiera de las personas que están en la libre en ese momento, podrían hallarse en ese patio, en esa celda, con todas las contradicciones propias de la condición humana. Entonces, los victimarios se convierten en víctimas de un sistema corrupto, en el que los mínimos derechos humanos son pisoteados cada minuto; el interno es carne de cañón y los negocios que hacen a su costa enriquecen de manera inimaginable a los carceleros, en quienes hemos depositado la confianza para que mantengan encerrados a quienes supuestamente han atentado contra el orden social. Imagino que es un proceso de empatía que te cambia en muchos sentidos.
JB: En México encontraste lo que buscabas al salir de España?
IC: La verdad es que sí. Al llegar a España me siento como un visitante y al regresar a México siento que estoy regresando a mi hogar. Cuando experimentas eso, es que has encontrado un lugar en el mundo. El reconocer las texturas, los sabores, los sonidos de México cuando llego a él, los de Sonora específicamente, como míos, es un sentimiento que desde hace mucho me acompaña y que lo he puesto a prueba en muchas ocasiones. He regresado a España y pienso: ¿qué se te mueve cuando regresas? Entonces empiezo a añorar la alimentación de México, hasta los colores, los olores, incluso el caos y las desgracias que vivimos porque no estamos en una situación idílica. Soy una persona muy consciente y crítica de la realidad mexicana, y siento que soy parte de eso y que trato de aportar algo para ser mejores. No ser mejores como… sino en nuestra ruta. En ese sentido he sido un defensor de que México encuentre un camino propio para mejorar muchas cosas. Pecamos mucho de voltear a ver a los vecinos del norte o hacia Europa buscando modelos que son ajenos y que no nos pertenecen y que tampoco garantizan la felicidad ni el desarrollo de una sociedad. Creo que debemos encontrar ese camino y me entusiasma mucho participar en esa búsqueda… además, soy más mexicano que los mexicanos porque yo decidí ser mexicano y no como ustedes.
Cuando la inocencia no puede darle alimento al limonero, hojas de ruda amargan al corazón.
En el fondo del estanque ya no hay lodo. Los labios de mi padre parecen gusanos quemadores. Remolinos de polvo invaden el aire y mi sonrisa de niña está callada.
Al rancho lo abandonó la luna.
En ese tiempo nos poníamos a rezar alrededor de mi abuela y cantábamos salmos al Dios que jugaba a escondernos el agua.
Mi abuelo llegaba a casa después de revisar los sembradíos, nos regalaba besos de canela y alzando su voz de chanate repetía: Está de ir a ver al juez y no decirle nada. Palabras que se estamparon en mi cerebro como grietas ávidas de humedad. Y parece que estoy oliendo su voz y esa frase ahora arde en mi cabeza.
Abuelito, le pregunto, quién es ese juez al que no se le puede decir nada. Mi abuelo se ríe y me abraza. Yo me quedo mirándolo y pienso que un juez así es como un maestro regañón.
Yo creo que mi abuelo al leer esto me diría: Qué es eso de escribir sobre la sequía, el rancho y sus fantasmas. Debería hacer poesía en versos y dejar los recuerdos fermentar. Pero yo creo que todavía hay un poco de arroz en el costal de los sueños, y aunque algo dentro terminará por acabarse, mañana cantará un chanate que me dejará sorda la memoria. Escribir esto me hace reír.
No te rías Irene, deja que te vea la cara mojada de lágrimas y ayúdame a llenar el estanque de peces y corales. Alimenta tus árboles, llénalos de fruta y cómetela para que la palabra esté florida y esplendorosa entre los dientes.
Yo me callo. Tú no sabes nada de mis recuerdos, ve con tu juez, híncate frente a él, y no le digas nada.
Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba. ALEJANDRA PIZARNIK
Debajo de la hierba nuestros nombres verdaderos clausurados
en la piedra del encono duermen ignorantes
de los significados que andan sin carcasa para defenderse.
Qué extrañeza es para los otros
el mirarnos deshechas rehechas nauseabundas reinas de burdeles imaginarios de bosques imperiosos y habitaciones vacías
qué gracia les causa con qué conmiseración leen nuestras palabras líquidas los cúmulos de atrocidades que no van ni vienen porque no tienen nada que los mantenga fijos en una sola palabra. Si digo retórica quiero decir engaño pero también que me equivoco y no hay modo de organizar este big bang de ideas que no llegan a la siguiente neurona.
Todo esto para decir que si vieras cómo de cuántas maneras distintas ensayo la coherencia y esta prodigiosa manera de fracasar soy yo
pero no podrás nombrarme no seré el ejemplo de tu caso clínico
la portentosa mujer que no sabía hablar
porque ¿recuerdas?
nuestros nombres están clausurados no hay nombres y tú estás destinado a escuchar y al olvido
estás escuchándome no digo nada para qué decir
cuando cierres la página
la ausencia de puntos será la continuidad de tu vida
Detalle. Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).
El aventurero que regresa a Shanghái después de muchos años descubrirá que aquel lugar de arrozales junto a un río ya no existe. En la más occidental de las urbes chinas, cuyos rascacielos compiten con los de Manhattan, el futuro es el presente. Cuando el gigante asiático despertó, esta ciudad aceleró su historia hasta alcanzar una velocidad de vértigo.
Nunca había estado en China, pero cuando desperté en Shanghái tuve la impresión de no estar ahí. Eran las 7:00 de la mañana y me había quedado profundamente dormido. Una hora antes, había aterrizado en el aeropuerto de Pudong. Pasé por migración —un agente palomeó mi visa con su pluma— y subí al Metro. Acomodé la maleta entre mis rodillas y, pum, me quedé dormido. Empecé a soñar: un estanque turbio y lodoso, algas ondulantes y en la corriente flotaba una tortuga que, poco a poco, se transformaba en otra cosa: una criatura con picos y garras; algo así como un dragón.
Entonces desperté.
Abrí los ojos y vi: ventanas traslúcidas y neblina, plástico gris y azul, pasamanos de reluciente acero. Allá afuera: edificios plomizos bajo nubes plomizas que flotaban en un cielo plomizo. Aquí adentro: algunas siluetas de ropa brillante y nueva. Olvidé por un momento dónde estaba. Me limpié los ojos desmañanados y noté que una docena de miradas asiáticas me escudriñaban. Estaba en Shanghái.
Hace 25 años Shanghái no era gran cosa: un puñado de edificios junto al río. Una ciudad provinciana en un país que se había convertido en una provincia del mundo, en actor secundario. El río Huangpu era una estampa perezosa y dominguera. El Bund —la vera del río donde están las construcciones coloniales— se había convertido en una colección de sastrerías y talleres para motocicletas, con algún hotel para los pocos excéntricos que superaran los trámites que exigía un viaje a China. Shanghái no era, para el resto del orbe, relevante. Un sitio de importancia mínima, remoto como un puesto de soldados olvidado en medio de un país inmenso. Una zona adormilada en los márgenes del globo terráqueo.
Y de pronto, un día China despertó de un siglo de letargo y cambió a una velocidad que nadie esperaba. Entre 1988 y 2004, su economía creció 900 por ciento. Es un desarrollo —una transformación social— sin precedentes en la historia del planeta. En menos de tres décadas, 500 millones de personas —la población de Norteamérica— salieron de la pobreza extrema. China pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a convertirse en la segunda mayor economía de la Tierra.
En 1952, la escolaridad del chino promedio era de 0.74 años; hoy, la tercera parte de los extranjeros que estudian posgrados en Estados Unidos proviene del territorio asiático. En 1960, China sufrió la mayor hambruna del siglo XX; medio siglo más tarde, es la nación con más sucursales de Kentucky Fried Chicken.
Según predicciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), falta muy poco para que esta potencia emergente supere a Estados Unidos como la mayor economía global. La última vez que China ocupó este puesto fue hace 900 años, en tiempos de la dinastía Song. De niño, en la escuela nos contaban que si todos sus habitantes brincaban al mismo tiempo, el planeta entero se sacudiría. China lo ha comprobado sin tener que coordinar una danza nacional: cuando el país dio el salto a la economía de mercado, los efectos se sintieron de inmediato en las fábricas acereras de Michigan, en los puertos de México, en las minas de Angola, en los campos de soya de Argentina…
Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).
Quizá por eso me desconcierta que al llegar a East Shanxi Road, en el centro de Shanghái, parece que estoy en una ciudad fantasma: a las 7:13 de la mañana Shanxi es una calle peatonal ancha y gris donde ruedan latas vacías y bolsas de plástico. Parece la avenida principal de un territorio abandonado. Se siente raro estar en el centro de una metrópoli de 20 millones de personas y que todas estén en otras partes. Como toda gran ciudad, Shanghái es una máquina que no funcionará hasta que alguien active el interruptor. Los letreros apagados de las grandes tiendas me llevan a deducir que todo esto abrirá en algún momento y se llenará de compradores. Pero ahora los únicos que paseamos por esta calle somos un barrendero y yo, viajero que arriba en un vuelo de horario inhóspito: un fantasma del jetlag.
Media hora más tarde, los primeros engranes comienzan a moverse: la estación de Metro empieza a escupir filas de abrigos negros y paraguas; me asomo por la ventana de una estación de policías y distingo a cuatro oficiales que fuman; un niño de ocho años camina rumbo a la escuela sin despegar los ojos de un libro de texto; en el McDonald’s veo oficinistas desmañanados bebiendo café. Los sonidos de la ciudad: cinco millones de tarjetas de Metro haciendo bip; 15 millones de personas que bostezan, y 10 millones de despertadores rompiendo el sueño del dragón.
LA CARA FALSA
Se supone que Shanghái no es China; o es la menos china de todas: el puerto que de tan internacional contaminó su identidad. Shanghái: la cara falsa de China, la fachada occidental, el lugar donde los extranjeros se pueden sentir cómodos haciendo negocios o turismo. El sitio donde los mapas del Metro están en inglés y donde la arquitectura característica tiende más al art déco que a la pagoda.
Me lo dicen una y otra vez: «Shanghái no es China». «Si quieres ir a China tienes que ir al interior: Fujian, Hunan, Sichuan.» «Tienes que salir de esta ciudad impostora.»
El símbolo más exacto de Shanghái quizá se halla en el kilómetro y medio de edificios que los extranjeros llaman Bund y los chinos Waitan, la antigua zona de bancos, casas comerciales y consulados europeos que datan de cuando franceses y británicos ocuparon y controlaron este territorio. Se trata de una fila de inmuebles indistinguibles de Londres o Nueva York con un siglo de antigüedad. Hace 100 años, más de uno quedó sorprendido al cruzar medio mundo y encontrar, al borde de un río del Lejano Oriente, construcciones de columnas grecolatinas, torres con relojes, moles neoclásicas. La impresión debió ser similar a la que siente un hombre de negocios que arriba hoy a esta ciudad esperando encontrarse con la China de los caminos de polvo y los campos de arroz, y en su lugar descubre rascacielos que dejan enanas las edificaciones de Nueva York.
La confusa identidad de Shanghái resulta de su turbulenta historia. En el siglo XIX imperó ahí un concepto único en el mundo: la extraterritorialidad jurídica. Los comerciantes extranjeros habían alcanzado tanto poder que decidieron ya no acatar la regla número 1 de todo foráneo que sale de viaje: respetar las leyes y costumbres del país que se visita.
Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).
El resultado fue la creación de las concesiones inglesa, francesa y estadunidense. Cada una de ellas era un microcosmo imperial, regido por sus propias normas, sin responder a ninguna autoridad china. Eran sitios donde coexistían lo lujoso y lo deplorable. Un ejemplo: durante décadas las concesiones británica y francesa albergaron la mayor concentración de burdeles del mundo. Mientras que a Bangkok la describían como la Venecia de Asia y Nom Pen era llamada la Perla, Shanghái recibió durante años un apodo infame: La Puta de Oriente.
El control europeo sobre esta región era tal que se decía que el centro del poder político de la ciudad no era la oficina del emperador, sino el Consulado británico. Shanghái no era china, ni colonial, ni puramente europea. Desde el inicio, fue un territorio híbrido. Exigirle ser más china sería pedirle traicionar sus orígenes.
Paseando al lado del río, descubro a unos chinos del interior fotografiándome con sus celulares: para ellos, Shanghái es un punto de contacto con el mundo que está más allá. Un lugar tan exótico que es posible ver extranjeros.
PLAZA DEL PUEBLO
En mi segundo día en Shanghái, despierto a las 7:04 de la mañana y me asomo por la ventana. El cielo es pesado; un vaho amarilloso y tóxico que ondula como una gran neblina: los tosidos de un dragón con enfisema. La polución en China es tan severa que los meteorólogos reportan, sobre todo en meses fríos, el avance de los enormes frentes de contaminación que recorren el continente como huracanes.
Camino por las calles del centro y las escenas asemejan una epidemia o un hospital al aire libre: cientos de espectros que aparecen entre la niebla con los rostros tapados por cubrebocas. La visibilidad es de apenas unos metros, como en un fumadero de opio.
Hoy el espacio público más grande de la ciudad es la Plaza del Pueblo, una explanada en la que algunas plantas y edificios interrumpen el concreto gris. En la plaza hay museos, macetas donde crecen flores y estafadores que se aproximan a los turistas incautos. El parque adyacente es famoso por ser el sitio en el que, cada domingo, madres con hijos solteros llevan fotos de su prole y los ofrecen en algo que llaman mercado conyugal.
Hace 100 años, la plaza fue un hipódromo exclusivo para extranjeros: No Chinese Allowed. Shanghái: la ciudad china en la que, durante casi un siglo, sus ciudadanos eran de segunda y tenían prohibido entrar a los parques, ya ni se diga participar en la vida política.
Uno de los muchos edificios de la Plaza del Pueblo es el Museo de Shanghái. Dada la contaminación callejera, opto por pasar el día ahí admirando jarrones antiguos, esculturas de marfil y papiros pintados con bella iconografía. En algún momento, mientras descanso en una banca, se acerca Cheng, un cincuentón acicalado y de complexión liliputiense, como de muñequito de pastel de boda. Cheng es músico y profesor de inglés, y me habla con emoción sobre sus amigos extranjeros. Quiere saber mi opinión sobre Cuba y Raúl Castro, sobre México y el narco, sobre Estados Unidos y sus guerras. Al poco tiempo caigo en la cuenta de que Cheng me usa como periódico: recibe mis opiniones en directo.
En un país donde el internet se censura, donde la línea del partido controla los temas que se discuten en la televisión, conversar con un forastero es una buena forma de esquivar los firewalls.
CONFUCIO EL INGENIERO
Para ordenar el territorio, el comunismo chino inventó una unidad macropolítica: el plan de cinco años. Este programa dirime prioridades políticas: control demográfico, crecimiento económico, educación, industrialización, saneamiento ecológico. El pueblo se somete a las decisiones con obediencia marcial. Los lineamientos revelan que los gobernantes intentan controlar el flujo del país como si fueran las aguas de un río. China entiende algo del tema: construyó la represa de las Tres Gargantas, la más grande del mundo. Gobernar una nación tan poblada obliga a los políticos a pensar como ingenieros. «Solos somos apenas gotas de agua, pero juntos somos el Yangtze», reza un viejo eslogan comunista. El partido presume hacer eso: controlar el cauce de las personas para llevarlo en una sola y poderosa dirección.
El confucianismo es la religión predominante en China, pero es más una filosofía que una serie de escritos sagrados. Aunque se prohibió durante tiempos de Mao por formar parte de las «viejas ideas», algunas lecciones se preservaron: el confucianismo enseñaba a venerar a los padres. Mao Zedong aprovechó esto y se convirtió en el padre simbólico al que todo chino debía someterse.
Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).
La obediencia irrestricta a la autoridad es perversa, y en China sirve para impulsar el proyecto económico. Al gobierno le basta poner un dedo en el mapa para expropiar tierras y sacar a las personas del camino. Esto, que en los años sesenta sirvió para redistribuir tierras a favor de los campesinos, funciona ahora para tender las vías de los trenes de alta velocidad encima de campos agrícolas, construir represas que inundan aldeas de 100 mil personas y convertir barrios antiguos en centros financieros. Para beneficiar al gran capital chino, pues.
El ingeniero calcula a partir de fórmulas inamovibles. Para ser dignos de convertirse en ellas, los individuos deben ser predecibles y obedientes. «El clavo que sobresale merece un martillazo », reza un viejo refrán chino. El pragmatismo de Confucio se volvió justificación para un nuevo tipo de ingeniería social: una donde la persona se sacrifica en aras del crecimiento económico.
REINTERPRETANDO EL OBELISCO
A principio de los años noventa, Pudong era un parque junto al agua, unas casas de madera y estanques con arrozales. Hoy se ha convertido en la concentración de rascacielos más impresionante en el mundo fuera de Manhattan. Contrario a Nueva York, que permite en sus edificios contemplar un siglo de progresión formal —del funcionalismo al modernismo y de ahí a la estructura posmoderna—, Pudong es un conjunto de falta de atributos: construcciones de vidrio y acero que, más allá de sus alturas estratosféricas, carecen de pretensiones estéticas y no dialogan con el pasado: más que obras de arquitectura, son desplantes de ingeniería.
En Pudong las torres se erigieron a una velocidad extraordinaria. La primera, que data apenas de 1994, fue la Oriental Pearl Tower, una aguja gigante que atraviesa tres perlas de vidrio. Le siguieron la Torre Jin Mao, de 454 metros, y el Shanghai World Financial Center, que parece un destapador de medio kilómetro de altura. En 2015 se inauguró la Shanghai Tower de 632 metros, la segunda edificación más alta del mundo. Cada rascacielos es un atractivo para lo que Michel de Certeau llamó voyeristas de ciudades. Desde los miradores en el piso 130, los transeúntes adquieren dimensión microscópica; hormiguean las banquetas y los parques como columnas. La única forma de totalizar el tamaño de aquello que excede lo que la mente entiende es reduciéndolo. En China, país de mil millones, la única forma de comprender la escala de lo gigante es mirando desde lo alto.
Pudong no nació del sueño de un arquitecto, sino de los terremotos de la historia. En específico, surgió como respuesta a la perestroika y las manifestaciones estudiantiles de Tiananmén. A finales de los ochenta, las utopías socialistas de Europa se desmoronaban en cadena. La Unión Soviética fue la primera en fracturarse y le siguió Polonia. La muerte en 1987 de Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista de China, incendió los ánimos de los todos chinos que deseaban un cambio social. El estallido ocurrió cuando los estudiantes tomaron la plaza de Tiananmén, en Pekín, con el deseo de sumar a este país a la oleada de cambios que recorrían el mundo.
El gobierno no lo aceptó; respondió a los reclamos con fuego. De las manifestaciones queda el recuerdo de un hombre que reta a un tanque y le exige detenerse.
Las protestas fueron reprimidas, pero no ignoradas. El Partido Comunista chino decidió que la mejor manera de preservar el poder y aplacar el descontento sería mejorando el nivel de vida del habitante promedio. Cambio de época: se pasó del comunismo colectivo al capitalismo de Estado, dictado por las autoridades. Shanghái se reabrió a la inversión extranjera y se convirtió en la sede de las grandes empresas chinas. El partido decidió que la zona de Pudong sería el epicentro del nuevo capitalismo chino. Los rascacielos simbolizan el sistema político por excelencia en el siglo XXI: el libre mercado autoritario.
Hoy estas construcciones son la imagen del poderío económico chino. En la zona rural hay menos retratos de Mao Zedong que fotos de las torres de Pudong. Estas edificaciones son los nuevos monumentos de China: obeliscos socialistas revestidos de acero y vidrio.
EL FUTURO ES EL PRESENTE
Provengo de un país paciente y ceremonioso, donde la política nos enseñó las bondades de la arenga pero no de la acción. En México, el gobierno se caracteriza por la lentitud y los obstáculos burocráticos. Ejemplo: entre 2006 y 2012, en la Ciudad de México se construyó una línea del Metro, la doceava. Fue un acontecimiento nacional. Dos años antes de inaugurarse, cuando no se terminaban ni las excavaciones, las estaciones de la hipotética línea ya se habían incorporado a los mapas oficiales del Metro, confundiendo a los turistas y usuarios de ocasión.
El día de la apertura de la Línea 12, estuvieron ahí el presidente y el alcalde. Tanta pompa es reflejo de la lentitud: en esos mismos seis años, Shanghái agregó siete líneas subterráneas. El Metro de Shanghái, que abrió en 1992, ya supera tanto en número de estaciones como en kilometraje al de la Ciudad de México, que data de 1969.
Ilustración de Sharet Ubaldo (Ciudad de México, 1989).
Shanghái ha cambiado tan rápido, y todo es tan nuevo y reluciente, que ya es una ciudad futurista. «Todo lo que esperaba ver en Tokio lo vi en Shanghái», me confesó un amigo que visitó ambas ciudades. Y sí, Japón se asocia con nociones del futuro utópico: representa el orden incólume de una sociedad perfeccionista, ciudades de 22 millones donde nadie tira basura en la calle. Pero el porvenir al que nuestro planeta se avecina —de problemas sin solución, represivo, hacinado, de economías en competencia y fábricas donde filas de hombres y mujeres producen iPhones a cambio de platos de arroz— es más obvio en China. «El futuro ya existe, pero está mal distribuido», escribió William Gibson. En Shanghái coexisten el autoritarismo más rancio de la centuria pasada con los trenes más modernos del siglo XXI.
El futuro mal distribuido que Gibson profetizó es Shanghái.
SHANGHAI BREWERY
A inicios del siglo XX, la riqueza de China había generado grandes fortunas para muchos europeos arraigados en Shanghái, los llamados shanghailanders. Los extranjeros de esa ciudad gozaban de una metrópoli moderna y arbolada. Los chinos, en cambio, vivían en la miseria y el atraso, y cada mañana el camión de cadáveres hacía una ronda para levantar a los muertos de hambre y frío. El escritor J.G. Ballard, que nació en esta ciudad en 1930, confesó que escribía novelas distópicas para evocar el lugar de su infancia, donde los chinos morían en las calles mientras, en los modernos cines, los niños shanghailanders se divertían con Blanca Nieves de Disney.
Una noche voy con dos amigos —uno ruso y una china— a un restaurante en la ex Concesión Francesa, famoso por sus cervezas artesanales. La carta del lugar presume nachos, fettuccine Alfredo, y cervezas muy poco tradicionales, más bien pensadas para expatriados nostálgicos de la grasa y los carbohidratos. El lugar está repleto de extranjeros: en una mesa cercana, una docena de argentinos discuten un plan de negocios; en una barra, gringas con sudaderas de college football asemejan gringas de cualquier pueblo universitario; en otras mesas hay chinos comiendo pizza y mirando con aprobación a los forasteros, de la misma forma que yo me he complacido en México de estar rodeado de asiáticos en un restaurante chino. Toman los tenedores con la misma torpeza que mis compatriotas toman los palillos y, sospecho, piensan: «El lugar está lleno de extranjeros, debe ser auténtico»
DE LA BICICLETA AL MAGLEV
Chicago y Nueva York prefiguraron el siglo XX; fueron los modelos para la ciudad vertical. Shanghái, en cambio, es prototipo de lo que viene —la metrópoli hipermoderna, desigual: el futuro mal distribuido de la ciencia ficción, donde pobreza y tecnología coexisten. En mi última mañana en Shanghái, abordo el tren que comunica la ciudad con el aeropuerto, y cuyo nombre —Maglev, apócope de magnetic y levitation— evoca un estudio de yoga. Es uno de los trenes más rápidos y modernos del mundo; al tiempo que flota sobre los rieles, alcanza hasta 600 kilómetros por hora. A los pocos segundos de arrancar ya viajamos a 320 kilómetros por hora. Varios pasajeros fotografían un medidor de velocidad, incrédulos ante la velocidad de Shanghái. Miro por la ventana: los rascacielos se encogen poco a poco hasta convertirse en puntitos metálicos y distantes. Ocho minutos después, el convoy hace su llegada al aeropuerto de Pudong.
Antes de que el tren se construyera, el viaje tomaba al menos una hora.