Tierra Adentro
Foto tomada del sitio Tablet (www.tabletmag.com)

Una de las series que más polémica ha causado se estrenó el pasado 10 de agosto en Netflix: Insaciable. Desde que la cadena liberó el teaser en junio de este año, la intensa reacción de varias personas no se hizo esperar. El real juzgado de la opinión pública, también conocido como redes sociales, se prendió (otra vez). Tanta fue la antipatía que despertó que varios inconformes organizaron una colecta de firmas en el sitio Change.org para impedir la aparición de los doce capítulos de su primera temporada, todo en nombre de la comprensión y la tolerancia. Argumentaban que la premisa de la serie buscaba avergonzar a los gordos, que era ofensiva, que sexualiza a las adolescentes y un largo etcétera. Afortunadamente, pese a los cientos de firmas en su contra, no los escucharon y se puede ver en la comodidad de su cuenta.

Patty Bladell, una adolescente que cumple con todos los estereotipos de la gordura (depresión, soledad, torpeza social), golpea a un vagabundo defendiendo su dignidad (y una barra de chocolate). El indigente le propina un puñetazo que la manda al hospital con la mandíbula quebrada, cosa que le impide comer alimentos sólidos durante tres meses. Esto provoca un giro inesperado en su vida: se vuelve delgada. De un momento a otro todo cambia para Patty, pasa de ser una paria a, bueno, básicamente cualquier cosa que su recién adquirida belleza le pueda otorgar. ¿Cómo va su sensibilidad? ¿Ya se ofendió? Aún hay más. El coprotagonista de la serie es nada más y nada menos que Bob Armstrong: un mediocre abogado, amante de los concursos de belleza para adolescentes acusado de pederastia y cuyo destino está misteriosamente ligado al de Patty. Se volverán fuerzas complementarias en la larga escalinata hacia la mayor gloria a la que puede aspirar toda adolescente americana: ganar el certamen de belleza más grande del país.

Lejos de lo que se pueda pensar en un primer momento, la serie logra desmarcarse con efectividad de la estructura típica del “patito feo”. No se trata de una historia positiva de superación, aprendizaje o esperanza, tan sólo es el punto de arranque hacia el largo descenso por lo peor de sí misma, motivada por la venganza contra las personas que le han hecho sufrir toda su vida.

Este universo está plagado de figuras brutalmente estereotípicas: la cougar, la virgen insaciable, la ama de casa insatisfecha, el gay de clóset, el joven atleta, el hombre perfecto. Todos parecen acomodarse a la perfección en figuras tan sobadas que cabrían perfectamente en un video porno gringo. Llama la atención el buen desarrollo de personajes durante toda la temporada: descubrimos facetas que, dentro de su convencionalidad, los vuelven complejos, vívidos, contradictorios, grotescamente humanos.

Varias reseñas destacan que esta “comedia” da todo menos risa. No podría estar menos de acuerdo, es tan incómoda e incorrecta que resulta hilarante para quien guste de este tipo de humor. Me parece más afortunado analizarla dentro de las dimensiones de su propio terreno: la farsa. La falta de comprensión de las características de este género parece explicar tantas malas críticas. Esperan la aleccionadora moraleja cómica que sólo destaca los vicios de algunos para establecer bandos morales donde unos están bien y otros mal; en cambio encontramos personajes caricaturizados que empujan los límites de la verosimilitud, listos para restregar prejuicios y estereotipos ofensivos, precisamente para burlarse, antes que nadie, del propio espectador, de sus creencias y limitaciones. Así problematiza el hecho de que, nos guste o no, muchas personas viven y piensan así. En cambio, donde otros esperan un drama políticamente correcto que aborde con solemnidad lo triste que es encontrarse en desventaja en una sociedad injusta, encuentran un universo donde resulta difícil sentir piedad por los protagonistas y sus circunstancias, todos tienen motivaciones controvertibles, egoístas y superficiales.

Ni comedia, ni drama: un universo complejo donde lo más doloroso de nuestra existencia (los deseos que nos han impuesto), lo más sanguinario de nuestro egoísmo (la enfermiza manera en que justificamos los discursos victimistas) y lo más ridículo de nuestros pequeños autoengaños se dan cita en la licuadora para prepararnos un amargo batido de dulces y nerviosas carcajadas, para ésta, la época de la hipercorrección política, bastante difíciles de tragar.

Las reacciones parecen estar mucho más ligadas a una idea pedagógica del arte (o el entretenimiento). Se mide moralmente lo presentado para balancear si es conveniente o no como material de aprendizaje, como modelo de comportamiento. Es decir, los mismos argumentos que afirman que jugar videojuegos, escuchar metal o ver películas de Tarantino involucra el riesgo de volverse asesino en serie. El mono ve, el mono imita, piensan.

No hay duda, debemos cuidar nuestras palabras, es innecesario ofender a otros para probar nuestros puntos, se sabe, pero es lamentable que busquemos extinguir (especialmente en el terreno de la imaginación) todo aquello con lo que no comulgamos y a todos los que no piensan como nosotros, es lamentable que, motivados por la superioridad moral, venga de donde venga, contribuyamos a la polarización de posturas que cancelan todo diálogo.

La farsa no es el hilo negro. Aristófanes se burló de las fuerzas divinas, Jarry de la necesidad de poder y la obediencia pusilánime, Beckett del infructífero absurdo de la existencia, Scorsese de la ambición y el culto al dinero. La farsa es una rica y larga tradición dramática que pone en entredicho los valores de las sociedades en crisis, nunca ha pretendido respetar sus códigos morales y precisamente por esto es necesaria, porque nos permite dudar de nuestras propias certezas.

Insaciable no es sólo ofensiva, también toca sin ninguna clase de freno o concesión asuntos de género, acoso escolar, hipersexualidad, culto al cuerpo, vida familiar, hipocresía religiosa, oportunismo político y lo hace justo donde duele.

La serie guarda varias sorpresas, el mundo de la belleza encierra lecciones desgarradoras que les mantendrán al filo de la risa (y la incomodidad). Relájense, disfruten de un viaje lejos de su cámara de ecos. Los invito a permanecer pendiente de la trayectoria de Patty Bladell, de su lucha por sanar su alma motivada por el odio y el resentimiento. Patty es la paladina de la indignación posmoderna. ¿Quién detendrá su apetito? ¿Quién detendrá el nuestro?


Autores
(Puebla, 1988) estudió Letras Hispánicas en la UNAM y guion cinematográfico en el CCC. Amante de la música y el arte. Trabaja en su primer libro de cuentos.
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Cada página dividida en dos: un dibujo y un verso en inglés: un bosque y una idea, un hombre subiendo por una cuerda y la segunda frase, «There was perhaps/ no illusion at all», o tal vez la tercera, o quizá la cuarta o la quinta o, si se quiere, la décima quinta, «There was perhaps/ a darkness inside». Dar vuelta a uno o a ambos fragmentos de la página, cambiar de imagen o cambiar de frase. Adelantarse hasta encontrar el par más atractivo, tal vez el más coherente, el más ilógico, el más brillante, el más conmovedor, el más confrontativo o el más revelador; el par que a uno le haga mejor sentido y quiera guardarse.

Aunque cada texto corresponde a una imagen, y a pesar de que uno, lector entumido, se empeñe en ¿leer? este libro de principio a fin, víctima de la necesidad de comprender el poema visual y textual que se construye desde la primera hasta la última página e incapaz de independizarse de la organización dispuesta por la autora, la estructura de este libro, por suerte, nos obliga a jugar con el orden para combinar las ilustraciones con las palabras, y así resignificar ambos. Cada palabra es sugerente a su manera: se trata de pensamientos por los cuales se asoman preguntas filosóficas que acompañan dibujos que por sí mismos demandan interpretación. Las composiciones entre unos y otros son a veces armoniosas y en el mejor de los casos inauditas, en mayor o en menor medida cómplices, y lúdicas como la poesía: siempre se descubre la relación secreta que entre ellos escondían.

There was perhaps es uno y muchos libros al mismo tiempo: un libro, sin duda, de artista; un provocativo libro conceptual; un hermoso no-libro de colección para manosearlo, para hojear de vez en cuando y sorprenderse de vez en cuando; un afortunado antilibro bidireccional, del que es consecuencia involuntaria la creación. El lector, pues, resulta un explorador que ha de perderse en las posibilidades que otorga la inestabilidad de los pares. En virtud de la fluidez, las combinaciones vuelven el libro, y la poesía, inagotable. Dentro de estas hojas fragmentadas habita su propio infinito.


Autores
(Ciudad de México, 1983) es locutora y productora de radio (conduce el programa Las partículas elementales en el 105.7 FM). También es escritora, editora y profesora de literatura hispanoamericana.
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Al estar leyendo Libros, la historia del libro en México que escribe Tomás Granados Salinas, recordé la famosa aseveración de Roland Barthes en Introduction à l’analyse structurale des récits: «Innumerables son los relatos del mundo». Así, mientras que el germen del relato propuesto por el teórico francés implica curiosidad por conocer alguna historia, el del texto de Granados apela al interés de un público por demás curioso en nuestra sociedad: el de los escritores, editores, libreros, bibliófilos y, sobre todo, el de los lectores. De tal suerte que, así como aseguró el autor en la presentación, la obra pretende un recorrido histórico, cronológico muchas veces, por los hechos que han marcado la pauta para crear, multiplicar y comerciar libros en México, al tiempo que sirve de escenario para la convivencia de fuentes primarias en torno a la historia de un objeto tan importante para el desarrollo de las sociedades como lo es el libro.

En una edición ilustrada de poco más de doscientas páginas, el escritor mexicano intenta dar respuestas históricas a ciertos problemas que tienen una explicación de siglos. Al abordar la historia del libro a partir de las antiguas civilizaciones del periodo Clásico en Mesoamérica, Granados no sólo hace un recuento histórico de la labor del códice como objeto en una comunidad, sino que otorga a la lectura del mismo un lugar preponderante. Amén de las diferencias filológicas y materiales entre las denominaciones codex y libro, el autor también pondera la importancia del sentido comunitario de la lectura a la hora de la descodificación que opera en torno a los compendios prehispánicos de pinturas y caracteres.

Granados también intenta rastrear el momento en que la invención de Gutenberg arribó a la recién nombrada Ciudad de México. Si bien es cierto que las circunstancias de la llegada de la imprenta a nuestro país se desconocen, el historiador presenta una cronología de hechos que, aunque claramente no indican quién, cuándo y cómo produjo las primeras impresiones en la Nueva España, sí establece un contexto inicial de recepción, producción y comercialización del libro, en un catálogo de impresores, editores, trabajadores de imprenta, incluso de obispos, comendadores y oficiales del Santo Oficio. Libros muestra la vida del objeto recién masificado en Europa una vez que llegó a territorio novohispano.

En la segunda parte del texto, el autor promueve una suerte de historia crítica de las librerías y editoriales que en este país comenzaron a producir, distribuir y catalogar estos productos. Con fotografías verdaderamente emblemáticas —como la que hace alusión a la Librería Murguía a comienzos del siglo XX y su ambiente cercano a las boticas—, en este apartado de la obra el lector puede complementar su curiosidad y abrevar de las fuentes primarias de una historia libresca en México. Desde la primera librería, cuyo catálogo se exhibía abiertamente al público, hasta la famosa zona en cuyo vértice confluyen la avenida Miguel Ángel de Quevedo y Universidad, al sur de la Ciudad de México, la investigación de Granados pasa por la inauguración —y muchas veces fracaso— de librerías, casas editoras y libreros que han desfilado por el amplio campo cultural mexicano. El portal Agustinos, la calle Madero, la Librería de Porrúa Hermanos y la de Andrés Botas, Ediciones Era, Siglo XXI Editores y el Fondo de Cultura Económica, todas, incluso las librerías itinerantes, encuentran sitio entre las páginas que entrega el escritor y que sirven para mapear el campo cultural mexicano.

Granados finalmente reflexiona sobre el papel del libro en nuestra sociedad y asegura que no basta con que conozcamos la historia de los códices mesoamericanos, acaso tampoco que la imprenta se haya diseminado por el territorio novohispano o que el Santo Oficio ya no controle la oferta editorial, sino que hace falta construir una sociedad lectora sólida. Por eso adapta la metáfora del ajolote que Roger Bartra empleó para describir a la sociedad mexicana: «también en lo que toca a los libros, somos una larva que no logra —no se propone— alcanzar la madurez, aunque en ese estado logre reproducirse», y así como esa adolescencia puede parecer pesimista, también puede servir de aliciente: el México del siglo XXI debe abogar por un presente donde el papel ya no del libro, sino de la lectura, sea un eje fundamental en la reconstrución de nuestro país.


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.

Una mujer pierde a su hijo, otra se lo llevó. El niño autista no hizo ruido cuando una desconocida lo tomó de la mano, lo cubrió con un paraguas y terminó llevándoselo lejos de ese parque. Ella quedó tan cautivada por la belleza del niño que ni siquiera se dio cuenta de su condición. Tras poner a sus personajes en sendos aprietos en Casas Vacías (Kajanegra, 2018), Brenda Navarro se limita a ser dos cosas: amanuense y proveedora de problemas. La autora escucha atentamente a sus personajes, a ese par de mujeres que cuentan su propia historia, y anota. Anota la culpa de una por no saber cuidar a su hijo, mientras anota el deseo de la otra de tener una familia, a tener un niño “bonito”. La copista registra los sentimientos de sus personajes: enojo,  frustración, autocompasión, piedad, esperanza, miedo. Tan bien escucha que registra esos fugaces momentos de claridad, de autoperdón, de discernimiento.

Pero que la libertad de sus personajes no confunda. La autoridad de la escritora se deja sentir en cada giro tortuoso, en cada desgracia que se suma, en cada esperanza que descarta: Brenda ahorca, ¿pero no mata?

La historia se trata de dos mujeres sin nombre. La primera goza de ciertos privilegios, pues no se preocupa por dinero, viaja a Europa, está casada con un catalán y se permite adoptar a su sobrina política. La segunda, en cambio, es una mujer pobre cuya miseria se refleja menos en su estatus económico —se gana la vida vendiendo paletas que ella misma fabrica— que en la evidente familia disfuncional (la palabra no hace justicia a la violencia que representa) de la que viene, primero, y la que trata de formar, después. En medio de ellas dos está Daniel/Leonel un niño autista y, desde luego, más personajes, pero de los demás sólo sabemos lo que estas mujeres nos cuentan.

La maternidad y la desaparición son los temas que se han barajado para explicar esta novela. Pero más allá de estos motivos, la materia fundamental de la novela es la soledad. Si algo tienen en común estas mujeres tan diferentes, es la profunda pesadumbre de saber que no están acompañadas. Ambas están ahí contando su historia a un interlocutor incierto. Tal vez a ellas mismas. Porque no hay nadie en su entorno que las escuche, que las entienda. Jalando de este hilo, el autismo del niño que cruza ambas historias cobra un sentido simbólico: ¿qué mejor alegoría de la soledad que un niño autista?

Hay dos imágenes que persisten a lo largo de la novela.  Con lo dicho hasta aquí, la reiterada imagen de la casa vacía apenas merece describirse. Varias veces las narradoras-personaje se identifican como casas vacías, como si lo esencial de ellas, por alguna razón, no estuviera. Se encuentran como existencias sin sentido.  La imagen es efectiva y sutil porque comunica abandono, alejamiento, silencio, y se traduce en preguntas: ¿qué sentido tiene una casa sin habitantes? ¿Qué es una madre sin sus hijos?

Sin embargo, la reiterada imagen de los pájaros que se estrellan contra los edificios es más secreta, menos accesible. ¿Qué significa esta poderosa y recurrente imagen de un pájaro que embiste los rascacielos y al caer nadie lo ve, nadie lo recoge? Los pájaros, se dará cuenta el lector, acompañan cada página.

Los recursos de la narradora se traducen en una prosa ágil que prefiere la brevedad en párrafos, oraciones y capítulos. El ritmo de la novela le debe mucho a la alternancia de estilos que remarcan la diferencia entre las narradoras: una tiene un habla estándar y la otra utiliza giros populares. De esta manera, Navarro hace un alarde de su oído y su capacidad para construir personajes complejos, profundos.

Brenda Navarro escribió una novela costumbrista que fija distintas expresiones de violencia, desde la estructural y económica hasta la física, pasando por temas cruciales como el feminicidio, la impunidad, la desaparición —fenómeno que poco a poco va consolidando un corpus en Latinoamérica— y la incompetencia institucional. Todos sus personajes, hombres y mujeres, ricos y pobres, sufren un sistema que los oprime. Tras el primer párrafo:

Daniel desapareció tres meses, dos días, ocho horas después de su cumpleaños. Tenía tres años. Era mi hijo. La última vez que lo vi estaba entre el subibaja y la resbaladilla del parque al que lo llevaba por las tardes. No recuerdo más.

… la asfixiante sensación de angustia se intensifica a la par de la esperanza del lector porque, como se sabe, la esperanza muere al último.

Brenda Navarro
Socióloga por la UNAM. Actualmente está estudiando el máster de Estudios de Mujeres, Género y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona. En el proyecto Enjambre Literario, busca —junto a otras mujeres— la creación de redes de escritoras y abrir espacios de difusión para nuevas voces literarias en Iberoamérica. Antes de Casas Vacías publicó cuentos y poesía.

*El libro se puede descargar sin costo en el sitio de Kaja Negra


Autores
Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y especialista en Literatura Mexicana por la Universidad Autónoma Metropolitana. Actualmente imparte cursos de Historia, Español y Literatura para jóvenes que buscan ingresar tanto a la preparatoria como a la universidad.
Ilustración: Abril Castillo (Morelia, 1984).

 

Al paso del tiempo, el hip hop se ha convertido en una importante manifestación de la cultura que dejó de ser sólo del barrio y para el barrio: tras conquistar nuevos públicos, su mensaje impulsa visiones críticas sobre la sociedad.

 

Hipi Hapa

Dr. Montiverzo

De fondo suena el bum bap inconfundible del hip hop en estado puro, el que nació en los barrios más bajos de Estados Unidos para darle voz a una comunidad silenciada por el gran desarrollo, imperceptible a los ojos del gran capital. Suena el compás de un gigante dormido que se levantó para no olvidar y con un grito desesperado decir: «¡Aquí estamos, esto somos!». Un mensaje tan importante no puede existir sin ser escuchado.

Esa mezcla de realidades, habilidades, esperanzas, aspiraciones, inspiraciones, contradicciones, lucha y paz, encontró en el grafiti, break dance, DJ, en el ritmo y la poesía la correspondencia perfecta para danzar en la oscuridad e iluminar todo a su paso.

El hip hop abrió el apetito de los guetos para comerse al mundo.

Hoy, la realidad es que la cultura urbana dio lugar a un monstruo que creció a sus costillas; le llaman industria. Las letras contestatarias y honestas, las paredes multicolores, los ritmos africanos moviendo cuerpos y cabezas de arriba abajo contagiaron a las personas y de alguna manera pasaron a ser parte de un contenido digerible, entretenido y bailable para el grueso de la gente; la premisa inicial fue perdiendo energía, pero la música es capaz de transmitir, trasgredir y transmutar; es resiliente, fuerte, amable, y el hip hop no es la excepción.

El planeta entero se inundó con su esencia; hoy no existe un lugar en el mundo libre de su poder hiptonizante. Los puristas claman por el alma perdida de aquella revolución cultural y observan atónitos la inclusión al poder de la globalización de lo que ellos llaman música real. El hip hop ya no es sólo del barrio para el barrio, es ahora una fusión de culturas, conciencias, pensamientos, intereses y negocios; ha salido de casa, creció y está tomando su propio rumbo, forcejeando entre lo bueno y lo malo, forjando su propio camino.

Si bien es presa de un jefe capitalista que lo maneja a su antojo, existe también libre y creativo, desordenado y lleno de energía; nos transporta a otros universos; sigue escupiendo verdades desde abajo: «¡Aquí estamos, esto somos!». Acapara lo que puede y como puede, con hambre insaciable, desde una pequeña trinchera, desde el lugar más recóndito del barrio más pobre hasta el escenario más imponente del globo, ha llegado a todas las clases y estratos sociales, no importa dónde lo escuches, no importa dónde lo veas, desde el boom de los setenta hasta lo mainstream de los 2000, el hip hop siempre será del mundo o quizá el mundo siempre será del hip hop porque «el mundo es un barrio, homs».

 

Hip hop deslactosado light

Roco Casillas

«Llaves, teléfono y cartera…». Así empieza una de las canciones más famosas de Lng/SHT, rapero que dedica su lírica a temas del adulto joven clasemediero. En muchos sentidos, la realidad de la que habla es a la que pertenezco. No cargo con armas (en mi vida he sostenido una en mis manos) y mi encuentro más grave con la policía consiste en que invadí el carril del Metrobús de Eje 4.

Más allá de su regular habilidad como MC, hay algo en sus letras que me repele por soso. No creo que sea una cuestión de que Gastón (su verdadero nombre) no sea true. Realmente creo que cada aseveración que expresa corresponde a su vida y a sus experiencias. Y aunque las temáticas de sus canciones son bastante cercanas a la realidad que vivo, éstas no me ponen. Siento que estoy tomando leche deslactosada light. Hay algo agresivo en el Hip Hop (con mayúsculas) que me atrae intensamente. Incluso cuando hay opulencia en las rimas, ésta es sórdida, ponzoñosa… y eso me hace falta cuando escucho a este tipo de raperos.

Entonces sale a flote mi contradicción: cuando veo de frente la realidad que es campo fértil para el hip hop más espeso, cuando se me queda viendo a los ojos, le rehuyo. Para muestra, un botón: un día iba en el pesero y subió un vato a tirar rimas por monedas; era un virtuoso. Como constantemente busco músicos con quiénes colaborar intercambiamos perfiles de Facebook. Días después, el susodicho subió un álbum de fotos donde posaba con armas. Lo eliminé de mi lista de amigos. Lo que yo admiraba como la violenta ficción del hip hop resultó ser real.

El hip hop y su crudeza me atrae como cuando juego Grand Theft Auto o veo películas de guerra. Me gusta habitar ficciones por un rato y luego volver a mi vida, donde estoy en problemas porque el portal del SAT no me deja subir mi declaración anual de impuestos. Me gusta salir de la ficción para volver a mi realidad gastonesca. Con las letras de Lng/SHT siento que viajo como turista. Es como ver un documental particularmente aburrido en vez de una película de superhéroes.

Hay otra cosa que me incomoda cada que escucho este tipo de rap, algo más profundo. Sospecho que no trago el hip hop condechi porque está escrito desde una posición de privilegio social y económico. A pesar de que escribo desde un estado muy similar al de Gastón, no creo que uno deba andar presumiéndolo: «Nuestro crew haciendo bulla/ ¿Y la tuya mi artista?/ No pagan cover, mejor ponlos en la lista». Así reza un tema donde Lng/SHT y Sabino (otro deslactosado light) hacen una apología de sus temas y los autoproclaman como una novedad. Pero ni novedad, virtud, virtuosismo o destreza caracterizan a estos raperos.

¿Será que lo que los ha proyectado tanto se llama privilegio? Al tener una carga verbal tan importante, el hip hop se volvió el arte mainstream para transmitir leyendas, pesares y fantasías de sociedades marginadas. Para ponerlas en el reflector, apreciarlas y validarlas; para empoderar a la gente que ahora vomita todas las palabras que tuvo que tragarse durante tanto tiempo. Así que, ¿realmente vale la pena tomar el micrófono para rapear de nuestro privilegio sin siquiera cuestionarlo?


Autores
(Ciudad de México, 1992) es egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se desempeña como cirujano dentista de día, rapero en su tiempo libre y escritor por terapia. Pertenece al crew AlfaOmega. Fue ganador del concurso Cervantes en Rap de 2016.
(Ciudad de México, 1990) es musico y egresado de letras inglesas en la UNAM. Actualmente trabaja en su nuevo disco con el proyecto El Monstruo son los Otros.
Detalle. Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

 

David Bowie dijo alguna vez que Berlín era la mayor extravagancia cultural que uno podría imaginar. En este ensayo, el narrador, a la manera de Virgilio, conduce al lector por calles y barrios de esta ciudad para ofrecer una visión construida como una cadena que eslabona fotografías instantáneas, postales, recuerdos y sueños.

 

BÚNKER

Penetré hoy en el búnker de la Colección Boros, una fortaleza nazi del centro de la Welthauptstadt Germania (la Berlín imperial de Adolf Hitler), que fue cárcel de guerra después de la toma de la capital alemana por el Ejército Rojo, y luego, durante la era socialista, almacén de frutas tropicales que provenían de los satélites soviéticos, y más tarde, con el Muro derrumbado, un antro de música techno, en cuyas celdas oscuras cientos de berlineses se extraviaban.

El búnker ha condensado como pocos edificios de Berlín cada una de las eras desde la última guerra mundial: hoy está privatizado, según la gentrificación más exquisita, y funciona como una prisión de Piranesi particular sobre la que el capital de Christian Boros, un magnate de los medios de comunicación, erigió un refugio para su arte —y encima de él un penthouse aeróbico, donde vive. El giro hacia la elegancia era el destino del búnker: los nazis ya planeaban recubrirlo de mármol cuando ganaran la guerra. Este fortín sobrevivió los raids del siglo XX, pero Boros supo sitiarlo y obtuvo permiso para horadar el techo. Tres meses tardaron en perforar la techumbre, cuyo grosor era casi el mismo que la altura del propio Muro de Berlín —tres metros con sesenta centímetros.

TRES METROS CON SESENTA CENTÍMETROS
Mi amigo Juaritos tiene complejo de Dante Alighieri, y yo, en consecuencia, elegí como un Virgilio la vía purgativa, la vía mística, el ascenso. Salimos de Boxhagener Straße, una calle de Berlín Oriental, para cruzar las aguas del Spree y encontrar a la mujer de Juaritos.

Iba dándole a mi amigo, que es poeta, los signos para que pudiera regresar, en caso de que yo me devolviera antes que él. La tensión pasaba por el infiernillo de los antros de la Warschauer Straße, por los orines y los pordioseros. No abandonamos toda esperanza, porque había probabilidad de comedia. Sin ninguna advertencia hice que el poeta cruzara por el Muro. Lo llevé a tientas y lo dejé frente a los tres metros y sesenta centímetros de cemento con varilla y aerosol, para que llegara erizado al Chatel y encontrara su Finlandia en carne y hueso. No hubo tiempo de enseñarle el beso soviético de Brézhnev y Honecker: el muchacho dantesco estaba en ascuas. Vi su cara excitarse ante el Ángel de la Historia y esbocé una mueca y le guardé escombro como souvenir. El paso del infierno comunista al purgatorio capitalista, vigilado por la Mercedes Benz Arena y el mall laxante, requirió de catarsis.

Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

Fuimos desde la Colina de Federico hasta la Montaña de la Cruz. Almitas del Purgatorio penaban en el Berghain y el Tresor y en el resto de los antros electrónicos; hasta nosotros llegaba la radiación de sus tachas. Caminamos sobre las aguas del Spree, dejamos atrás el Leteo. Del otro lado torcimos a la izquierda a fin de buscar el Chatel. Pasamos por las tierras eslavas, por los canales de Treptow, y olí en el aire los mármoles con el nombre de Stalin grabado en letras doradas, tanto en el alfabeto cirílico como en el latino. Había animación en los bares: la Berolina twerkeaba. Llegamos al Empíreo, pero no teníamos señal. El guardián nos impidió el paso por no parecer de este rumbo, pero pude pronunciar algunas señas en la lengua del siglo. Dije: «Mi amigo tiene una muchacha dentro», y el cadenero accedió. Entramos al club de techno, que festejaba su quinto aniversario. Afuera había fogatas: el cielo también olía a ceniza. Dentro nos dividimos, a fin de buscar el agua, la mujer y los venenos. Yo iba a la barra; Juaritos encontró a Beátrix en un resplandor de láser y hielo seco y disco de los años noventa. Ella venía con Rami, un geógrafo finés con cara de viejito que me escupía en la oreja cada vez que me hablaba al oído para superar el volumen de la música electrónica. Nos apartamos. Los dejamos disfrutando la anagnórisis. Nos reunimos cuando dio la hora precisa y dejamos el Chatel.

Volvimos sin Rami por los tres sectores, Paraíso, Purgatorio, Infierno, y el tufo de Warschauer Straße dejó de importar porque se había visitado el Empíreo. Caminamos hacia el origen del Infierno, la Stalin-Allee —y llegamos al hotel Best Western de la Frankfurter Allee, donde la finesa temporalmente hibernaba.

FRANKFURTER ALLEE
Esta vez no me quedo en la Pequeña Estambul, sino en una Suave Moscú. De Boxhagener Straße, donde rento un cuarto, camino unas cuadras y de pronto parece que estoy en la perspectiva Kutuzovsky de Moscú o en la Plaza Konstytucji de Varsovia: es la Frankfurter Allee de Berlín, de arquitectura estalinista que, algunas cuadras monumentales más lejos, yendo hacia Alexanderplatz, se vuelve la Karl-Marx-Allee, aunque el estilo arquitectónico se mantiene.

Ambos tramos recibieron el nombre de Stalin (Stalin-Allee) hacia finales de los años cuarenta. Al regalo posbélico para el Padrecito de los Pueblos («una avenida en ruinas», dice cierta placa) pronto se le imprimió el estilo imperial del eclecticismo de Moscú: los colores crudos, los órdenes romanos, la discreta adición por aquí y por allá de dos masones de yeso que sostienen, uno, el mazo, y otro, el ladrillo, y que prefiguran las labores para crear el Muro de Berlín una década más tarde y dividir ambos mundos. Hoy el capitalismo hace negocios con la Ostalgie: DDR Limited, una tienda de la Strausberger Platz, ofrece decoración soviética a precios cosmonáuticos: mil seiscientos euros por una mesita esquinera fabricada con un medallón de la Stalin-Allee.

Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

La gran huelga de la República Democrática Alemana del 17 de junio de 1953, a unos meses de la muerte de Stalin, explotó justo entre los masones que levantaban esta avenida a imagen y semejanza de Moscú, y recibió su respectiva matanza. Esa sublevación se conmemora actualmente en la misma vía donde se erigió el monumento a los hombres soviéticos caídos durante la toma de Berlín —la Calle del 17 de Junio, que parte de las Puertas de Brandenburgo y atraviesa hacia el oeste el Jardín de las Fieras.

EL JARDÍN DE LAS FIERAS ROSADAS
(A PARTIR DE BORGES)

Venía de las Puertas de Brandenburgo, donde me había protegido de la lluvia entre contingentes de turistas y camaradas LGBT. Todos estábamos empapados. Cuando paró la lluvia, caminé contracorriente del desfile del orgullo, hacia la Columna de la Victoria, atravesando el Jardín de las Fieras. En las orillas circulaban la cerveza y los cocteles. En la parte final del desfile, en la Calle del 17 de Junio, vi a un hombre encuerado con un anillo de metal que asfixiaba sus genitales. El diámetro de su pene sería de tres o cuatro centímetros, pero ahí atrás había doscientos millones de espermatozoides sin tacha como para poblar de vikingos la Tierra. Vi el bosque alemán, vi sus osos, vi valquirias. Vi un avatar en tacones. Vi que el Oriente Cercano mandaba belleza hacia el norte. Vi los efectos atroces del sol del sur en la piel albina. Vi carros alegóricos como naves de los locos de Alemania. Vi los tráileres de los turcos, de los sadomasoquistas, de los seropositivos, de los osos. Vi músculos al aire. Vi una mujer rapada sin chichis. Vi un hombre blanco vestido de Aladino con una esvástica tatuada en el pecho. Vi quince de los rostros más hermosos de mi vida. Vi un pene tremendo del tamaño del tuyo erecto, pero estaba flácido. Vi un lubricante de última generación que producen en Berlín. Vi cómo un chaparrito reconocía a su gigante y saltaba de un camión para treparse en él. Vi dos o tres paquetes inmamables. Vi tatuajes enteros que sólo había visto parcialmente. Vi a dos locas que bailaban para el fin del mundo. Vi a un hombre con máscara de perro que saludó a otros hombres con aullidos (era BDSM). Vi una sinécdoque que llevaba el sustantivo Wurst. Vi pasar plataformas gigantes con música pop y techno, con sus séquitos de hombres en trance y en tacha. Vi que existía el pasto pelirrojo. Vi un hombre en tanga que twerkeaba contra el suelo como bestia. Vi la quimera feroz de lo que había sido en otra vida una Beátrixxx, hoy efebo. Vi otros testículos, y en los testículos me volví a figurar las hordas de la Tierra, y en la Tierra los testículos, los pitos, las vulvas y las tetas que esos testículos a su vez producirían. Vi su cara, me dio un mareo y chillé, pues había visto en su cara bronceada y en sus ojos la belleza inconseguible que angustia, y quise ser los matorrales del Jardín de las Fieras Rosadas para que todos esos borrachos preciosos me orinaran encima —e hiciéramos del Jardín un pantano.

PANTANOS Y BRUMA
El sábado a la medianoche fui a ver Octubre de Serguéi Eisenstein en el cine Babylon: cumplía cien años la Revolución bolchevique. La proyección combinaba el ciclo sobre esa revolución con uno de películas mudas, musicalizadas en vivo, que se exhibían con cooperación voluntaria cada sábado a esa hora, en ese lugar. Antes de tomar el tranvía hacia la Rosa-Luxemburg-Platz, le expliqué a mi vecino el finlandés que su broma sobre que no era oportuno ver una película llamada Octubre en pleno noviembre no funcionaba si se tomaba en cuenta que el cañonazo del buque de guerra Avrora (o Aurora) y el asalto al Palacio de Invierno ocurrieron el 7 de noviembre, según el calendario gregoriano, mientras que en Rusia todavía era el 25 de octubre, según el calendario juliano. En un clima menos radical que el del Golfo de Finlandia (donde erigieron hace tres siglos San Petersburgo), los revolucionarios franceses le dieron a este mes el nombre meteorológico de brumario por la brume, o bruma, que encaminaba al invierno. A estas alturas del año en Berlín oscurece a media tarde. Para la medianoche del sábado yo ya llevaba varias horas en la oscuridad recorriendo de arriba abajo los barrios de Prenzlauer Berg, Mitte, Kreuzberg, Weißensee.

El cine Babylon fue construido en los años veinte con el estilo de la nueva objetividad y ni la Segunda Guerra Mundial pudo destruirlo. Me metí a la película muda de Eisenstein como a una especie de sueño espectral, valga la redundancia. Las figuras de los revolucionarios de Petrogrado se me introducían como los fantasmas de la medicina griega después de la digestión (el pneuma de Aristóteles, que Giorgio Agamben estudia en Estancias y que conocí en las clases de literatura medieval, cuando hacíamos ensayos de crítica textual sobre el Tratado del dormir y despertar y del soñar y de las adevinanças y agüeros y profeçía de Lope de Barrientos, con la doctora Laurette Godinas). En la película, el claroscuro casi tenebrista y la contrapicada de la marcha popular revolucionándose, a la manera de Ródchenko, cimbraba porque fue pánico el suceso y aparecía representado con una tecnología hoy primitiva, que otorga a las imágenes un peso luciferino, es decir, un peso angélico. Miles de trabajadores padecieron ese frío brumoso, húmedo, cuando tuvieron que cimentar con troncos la capital del Imperio ruso sobre pantanos para tener la prometida ventana a Occidente, dos siglos antes de la Revolución rusa, por decreto de Pedro el Grande. (Quizá por un atavismo, Tarkovski hijo se enfrasca obsesivamente por aquí y por allá con la inmersión en el agua con todo y capote.)

Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

Ilustración de Édgar MT (Guadalajara, 1988).

Estaba yo tan cansando, y ya era tan tarde, que caí al sueño por instantes y lo mezclé con las escenas del asalto al Palacio de Invierno y la música de Shostakóvich, en una sucesión entrecortada, que oscilaba entre espectros mentales y espectros ópticos. Salí del cine con mareo, en parte por culpa de Eisenstein y Shostakóvich, en parte por culpa de la cruda (era sábado).

Hoy, en el centenario de la Revolución rusa, volvieron las imágenes, porque llegó la niebla densa y bajó el clima: esta noche andamos a dos grados centígrados y se alarman los fantasmas de Berlín Oriental: vivo frente a un cementerio protestante y el otoño desnuda los árboles y expone las tumbas. También en el mes de brumario, pero de hace cinco siglos, Martín Lutero comenzó otra revolución. 1517, 1917, 2017 —número, número, número y bruma.

NÚMERO Y BRUMA (TRIGÉSIMA REFUTACIÓN
DEL TIEMPO)

Soñé un sueño realista: visitaba San Petersburgo con mi hermano Mauricio. Llegábamos a la casa de un ruso, Víktor, que vestía con ropa femenina y peluca, aunque en la vida real es homófobo y odia a Chaikovski, y es alto y hermoso y por eso lo apodan «Jirafa». De acuerdo con el sueño, San Petersburgo también era Moscú, y en planos aéreos subsecuentes mis ojos visitaban oníricamente el parque Gorki y la iglesia del Cristo Salvador. Luego nos dirigíamos todos al Museo del Hermitage; nos llevaba Víktor en su coche. Las afueras de San Petersburgo se parecían a las aldeas de Vladímir y Súzdal, que conocí hace cinco años: pueblos típicos rusos con mucha vegetación descuidada e iglesias de cebollas ortodoxas. Al llegar al centro de San Petersburgo, dejaba de ser Súzdal o Vladímir y se empezaba a parecer a la calzada Zaragoza de la Ciudad de México.

El sueño que soñé era tan realista que desperté con la convicción de que estaba en Rusia y no en mi cuarto de Berlín. Salí del sueño. Luego recordé que cumplía treinta años: me estaba hablando una señora en alemán al celular para decirme que me traía flores y que le abriera la puerta. Tardé mucho en poderle responder porque la lengua era ajena y yo venía de Rusia. Las flores llegaban por encargo desde México y formaban un ramo de lilis, gerberas y crisantemos. En la cocina estaba Diana, que es tártara y nació en Ufá —una ciudad rusa en la cordillera de los Urales, donde colindan Asia y Europa. Le dije que cumplía treinta años y me abrazó. Luego le conté que había soñado que estaba en Rusia y hablamos con extrañeza de su patria, y entonces la confusión de Chuang Tzu —entre ser hombre que sueña que es mariposa o ser mariposa que sueña que es hombre— se erigió en parábola cardinal.


Autores
(Veracruz, 1987) es ensayista y traductor. Estudió la licenciatura y la maestría en la Universidad Nacional Autónoma de México; actualmente realiza el doctorado en Postdam. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Es autor de Gótica del búho. Sobre el Insomnio tercero de José Gorostiza (Siglo XXI, 2018), libro ganador del 15 Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) es ilustrador y artista visual. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero.
Detalle. Ilustración de Daniela Ladancé (Chihuahua, 1989).

 

Este cuento sobre migrantes no es un retrato costumbrista con tintes patrióticos o melodramáticos; tampoco es una denuncia. Relata la historia de dos primos que trabajan en una granja piscando moras. Cuando ella, Alma, se enferma gravemente, él rememora sus días de infancia al tiempo que atestigua cómo su vida se consume. Luego, no queda más, sólo seguir trabajando esa tierra extranjera que ella no quiere abandonar.

 

Parecía que iba a quebrarse o a desmoronarse. Quizá eso hubiera sido lo mejor, pensabas: que una ráfaga de viento bajara de alguna sierra vecina, o subiera desde algún mar no muy distante, y que la esparciera por todo el rancho como a un montículo de arena, haciendo remolinos y asentándose finalmente para darle descanso. Pero aquí, en esta extensa planicie, no había sierras ni mares, sólo muros o, mejor dicho, el rumor de muros. Te dolía verla así: enferma, frágil, emaciada. Nada quedaba de la mujer que viajó contigo hacinada en un vagón atiborrado de cuerpos. Ni el destierro ni el desierto la habían intimidado. Ahora, en cambio, el miedo la tenía arrinconada. Cualquier lugar, hasta el hospital, le parecía inhóspito, hostil. Y no ibas a juzgarla: sus temores eran los de todos. En el rancho vivían en un estado de alerta permanente, de ansiedad constante, esperando una redada, desquiciados por los rumores sobre el muro, murmurando siempre algo sobre una vida sin angustias en un santuario, esas ciudades sobre las cuales también corrían rumores inverificables. «Primero muerta antes que regresarme», te dijo Alma. «Pues ya estás medio muerta, prima», estuviste a punto de responderle, pero mejor te quedaste callado, y aceptaste su decisión con la misma resignación con la que tomaste por buena la disculpa del patrón, que en su español accidentado alegó lo complicado de los tiempos y que, sin papeles, no podía hacer nada por ella. «De todas formas ya es muy tarde —pensaste—, de todas formas el final está cerca.»

Habías empezado, como Alma, en la pisca de fresas y moras orgánicas. Berries llamaban ahí a esas frutas cuyo abanico de colores se extiende por todos los matices del rojo hasta llegar casi al azul. De tanto piscar, los bordes de tus uñas llevaban un marco rojizo que sólo desapareció meses después de haber dejado la recolección. Para entonces ya te dedicabas a la composta; prepararla era una labor exigente. Comenzaste haciéndola manualmente, junto con otros jornaleros. Había que removerla de manera constante para dejarla respirar, para que la bacteria buena hiciera su trabajo, decía el patrón. Organismos diminutos, casi invisibles, hacían la labor esencial. Y sin embargo para ustedes, los paleros, el desgaste era brutal. Recuerdas tus manos en aquellos tiempos: llenas de ampollas, callos y otros resabios de la pala. Para tu fortuna, cuando la prosperidad llegó al rancho, tu patrón se hizo de créditos para comprar maquinaria. Entonces cambió la naturaleza del trabajo. Ahora tu ocupación consistía en sentarte al volante de un tractor o un camión y apretar botones, manipular palancas, supervisar un tablero con luces que parpadeaban y te arrojaban advertencias. Comandabas toda una legión de máquinas: una para recolectar el insumo: ramas, fruta podrida, estiércol de los establos e, incluso, restos animales (aunque con ellos había que irse con cuidado, porque podían traer bacteria de la mala y estropear la mezcla); otra para triturarlo todo y reducirlo casi a polvo, y una más para formar los altos y largos muros de desperdicio, abono en potencia.

Ilustración de Daniela Ladancé (Chihuahua, 1989).

Ilustración de Daniela Ladancé (Chihuahua, 1989).

Sólo una parte del proceso te perturbaba, casi te angustiaba. Había días fríos en que los desechos en proceso de descomposición despedían un denso vaho blanco, un humo que huía apresurado de la tierra. «Tiene algo que ver —te explicó el patrón— con el metano y el oxígeno, y con las bacterias buenas haciendo su trabajo.» Era como si la composta ardiera en sus entrañas, formando un pequeño infierno. Tu trabajo, de hecho, consistía precisamente en mantener ese infierno vivo, en resguardar esas columnas de humo que salían del suelo. Aquí también queman la tierra, pensabas, pero la queman desde dentro. Mirar ese aliento caliente fugándose era para perturbar a cualquiera. No a ti. Los infiernos que tu habías conocido eran mucho peores.

Nunca imaginaste que la salud de Alma pudiera deteriorarse tan rápidamente. En el rancho empezó a trabajar menos. Apenas empezaba a recoger las moras y ya estaba exhausta, sin aire. El patrón la toleraba y la defendía de las quejas de los demás porque era tu prima. Pero en el fondo él también estaba harto. Alma dejó de ir para allá cuando las manos y los pies ya no le respondían. Los frutos se le escapaban entre los dedos como si fueran agua. A veces perdía el equilibrio y rozaba un arbusto, derribando y pisoteando las moras. Luego se afectó su concentración. Era imposible seguir el hilo de sus palabras y se le olvidaba todo, hasta los nombres de las cosas y de las personas. Después llegaron las migrañas y se volvió irascible. Sus amigas dejaron de visitarla porque no era una compañía grata y porque no querían contagiarse del mal de Alma. Probablemente muchas de ellas tampoco habrían querido asumir el riesgo de visitar al médico, aunque al final habrían cedido. Pero Alma era terca.

Te hizo jurarle que no ibas a llevarla al hospital, ni a contarle a los conocidos, a las organizaciones, a nadie. «No vayas a entregarme, primo», te imploró. Y no tuviste otra opción que hacerle la promesa y cumplírsela.

De niños te sentaba en su regazo y te pedía que cerraras los ojos. Apenas se hacía la oscuridad y ya podías sentir su cálido aliento escalando por tu cuello y un ligero escalofrío recorriendo tu espalda. En voz baja, para inyectarle algo de misterio a sus palabras, comenzaba a susurrarte cuentos al oído. «Uno por día», te decía. A veces era el mismo que el del día anterior, pero a ti no te importaba. Siempre esperabas con anticipación el del día siguiente.

Pero los relatos llegaron a su fin. Tu madre y la suya se distanciaron por peleas de hermanas, y tú y Alma dejaron de verse. Ella tenía entonces once años; tú, seis. Cuando se restableció la armonía entre ellas, mucho tiempo después, Alma reapareció en tu vida, pero sólo brevemente, como para reavivar aquella sensación de abandono. Una mañana fueron juntos al mercado y ahí, con un entusiasmo que jamás habías visto en ella, te compartió la noticia: una amiga le había conseguido trabajo en la ciudad, en casa de gente adinerada, y se iría del pueblo el siguiente fin de semana. Le ofrecían un cuarto propio, trescientos pesos al mes y algunos fines de semana libres. «Mejor que podrirse en este pueblo», te dijo. Ibas a pedirle que no se fuera, explicarle que una parte de tu mundo se derrumbaría si te dejaba, pero te refrenaste. Alma advirtió tu tristeza y trató de mitigarla con un abrazo y la promesa de visitarte seguido, expresión que no hizo nada para consolarte. La noche antes de la despedida te dejó acompañarla mientras empacaba su pequeña maleta y, cuando concluyó la tarea, insistió en que te quedaras. Acostados en su cama, te repitió que volvería y que no dejarías de verla. Después de un largo silencio, dijiste en broma que no estabas en edad de cuentos, pero ella ya estaba profundamente dormida. Y te quedaste a su lado, sin conciliar el sueño por horas. El día que se marchó cumplía veinte años; tú, quince. Cuando pensabas en ella después de su partida, podías figurártela con claridad barriendo frente a un portón, paseando a unos perros diminutos por la calle o cargando el mandado del supermercado. En tu imaginación, su cuarto era inmenso y luminoso, con una cama amplia y cómoda, y te preguntabas si alguna noche podrías entrar en ella y, como aquella vez, quedarte a su lado toda la noche.

Ilustración de Daniela Ladancé (Chihuahua, 1989).

Ilustración de Daniela Ladancé (Chihuahua, 1989).

Alma volvía al pueblo cada quince días y se quedaba un fin de semana entero. Pero tú convivías con ella cada vez menos y poco a poco te alejabas del centro de sus prioridades, hasta quedar desplazado y volverte testigo silencioso. Veías cómo en las fiestas de su pueblo, o del tuyo, le salían puñados de pretendientes. Porque desde niña había sido hermosa. Eso a su madre la atormentaba en lugar de halagarla. Decía que ser chula era una condena. Tenía razón.

Un fin de semana, cediendo a esa ineludible atracción que ejercía su presencia en el pueblo, fuiste a buscarla a su casa. Afuera reinaba un silencio ominoso. Entraste y nadie reparó en tu llegada. En la sala se llevaba a cabo una pequeña asamblea de mujeres. A juzgar por el semblante impasible de todas ellas, parecía que discutían algo de poca gravedad. Pero ocurría todo lo contrario. Deliberaban sobre un tema muy serio y había, los identificaste de inmediato, dos grupos en disputa: las partidarias de la resignación contra las de la indignación. Una de las mujeres hablaba de justicia y derechos, mientras que otra, la madre de Alma, aconsejaba el olvido: «la venganza y la denuncia —decía— acarrearían mayores males». Las opiniones se intercambiaban como si se tratara de la distribución de las tareas para la fiesta del pueblo, o de los turnos para limpiar y decorar la iglesia. El contraste entre la sustancia de lo discutido y la forma en la que se expresaba no te extrañó en lo absoluto. La violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, ya se había vuelto rutina en el pueblo. Entendiste todo de inmediato y concluiste que ése no era lugar para ti, así que te retiraste tal y como entraste, discreta y sigilosamente, tratando de pasar desapercibido. Después supiste que prevalecieron las partidarias de la resignación, lo cual agradeciste. Sobre algo hubo unanimidad: Alma no debía volver al pueblo. Se fue sin despedirse y no se lo reprochaste nunca. No la volviste a ver en meses y sólo se comunicó contigo cuando se enteró de que planeabas marcharte del pueblo rumbo al otro lado. Te dio sus ahorros, y probablemente todos los de su madre, y te rogó que la dejaras acompañarte. No hacían falta las súplicas.

La llevaste a vivir a tu tráiler, muy cerca del rancho. Las noches habían cobrado una nueva vida desde entonces y se habían hecho muy largas, más largas que los días. En la oscuridad casi absoluta, escuchabas con claridad la respiración de Alma que, acompasada y monótona, se había convertido en el pulso de la noche. Tú llevabas su registro exhaustivo, y cuando perdías el rastro de sus exhalaciones, te quedabas callado, inmóvil, expectante, temiendo haber escuchado, sin apenas advertirlo, su último aliento. Otra persona habría percibido de manera equivocada que aquella respiración rezumaba calma y placidez. Tú, en cambio, advertías ese ligero carraspeo, como si algo estuviera agazapado en su garganta, rozándola, raspándola, tratando de salir con cada tenue exhalación. A partir de entonces, interrumpido intermitentemente por esa vigilia, tu sueño dejó de ser reparador. Y tus sueños, que nunca antes habías conseguido recordar a la mañana siguiente, ahora se fijaban a tu memoria como si estuvieran incrustados en ella. Todos acababan mal.

Las pocas horas al día en que estaba despierta, Alma entreabría los ojos y los enfocaba trabajosamente. Te miraba con sus ojos vidriosos, que parecían no fijarse en nada en concreto, e intentaba hablar. Su voz era un plano y suave quejido, casi tan tenue como su respiración. Ya no reunía las fuerzas para producir frases enteras y coherentes. Las que salían de su boca no tenían principio, a veces no tenían fin, y casi siempre contenían retazos de palabras. Eran frases desmembradas, desarticuladas. Aún recuerdas una de las últimas oraciones que consiguió hilar con nitidez: «Primo, me viene migra». La migraña, quiso decir, que le concedía pocas treguas.

Entraron al rancho muy temprano por la mañana; parecía que estaban tomándolo por asalto. Escuchaste gritos. Viste a la gente correr desesperada buscando una salida en vano, pero los perseguidores tenían todo cercado. Tú observabas todo a lo lejos, sentado en tu tractor. Parecía que nadie te veía y llegaste a pensar que quizá pasarías inadvertido entre tus máquinas. Eso deseabas: seguir siendo invisible como hasta ahora, dentro y fuera del rancho. Pero entonces tu mirada y la suya (suponías que había un par de ojos detrás de esos lentes oscuros) se cruzaron a la distancia. Parecía que te había estado buscando por todos lados. Era inmenso y musculoso y tenía la cabeza rapada. En un segundo atravesó la distancia que los separaba. Tú tenías las manos al volante, en actitud inofensiva, pero él te arrancó del tractor como si hubieras estado armado y a punto de dispararle. No se esforzó para someterte y tú no opusiste resistencia.

De repente ya estabas en el piso, bocabajo, su suela en tu quijada y en tu pómulo, presionándolos con fuerza desmedida, como si quisiera quebrarlos. Tú escuchabas el doloroso crujido de tus huesos, y sentías cómo tu párpado presionaba a la retina y cómo la retina se hundía en su cuenca hasta romperse como un huevo. Contra el suelo, tu oreja plana escuchaba los gruñidos del suelo. Tu cabeza estaba a punto de reventar bajo el peso de la bota y de la humillación. Pero no cedieron tus huesos sino la tierra, que poco a poco fue volviéndose suave, tan suave como tu adorado abono. Y comenzaste a hundirte en ella hasta que te tragó por completo, su calor quemándote y consumiéndote lentamente…

El sobresalto te sacó de tu sueño. Estabas acostado en el suelo de plástico del tráiler, empapado en sudor, pero con la boca seca y los labios agrietados. Sentías un dolor punzante en la cabeza y un zumbido ensordecedor taladraba tu cerebro. Era como si las migrañas de Alma se hubiesen saciado de ella y ahora se ensañaran contigo. Con las manos en la frente, aún aturdido por el dolor, buscaste a Alma con la mirada. Estaba recostada en la cama. Todavía respiraba.

«Algún día teníamos que llegar a esto», pensaste mientras la tomabas entre tus brazos y la sentabas en una frágil silla de plástico, que habías colocado en la ducha para que ella pudiera bañarse sola. Ese día no sumaba fuerzas ni para eso. Cuando su espalda ya se apoyaba en el respaldo, comenzaste a quitarle el camisón que, casi pegado a su piel, cedía poco a poco. Al final la sacaste de aquella prenda vieja y almidonada. Dudaste si encender la luz. Habría sido como desvestirla una segunda vez, o correr el último velo que la cubría. Pero te diste cuenta de que, en esas circunstancias, aquella impostura de recato y pudor era absolutamente ridícula. Apretaste el interruptor con resolución y, cuando la luz iluminó su cuerpo y la miraste desnuda, tus palpitaciones, que se habían acelerado y martillaban tus oídos con fuerza, se detuvieron de tajo. «Eso ya no es un cuerpo», pensaste, con un asombro en el cual se entreveraban el asco y el dolor.

Después de contemplarla por un largo rato, desviaste tu mirada hacia el grifo de la ducha y lo abriste con precipitación. Estabas tan impresionado que ni siquiera te preocupaste por modular la temperatura del agua antes de dejarla correr por su cuerpo. Ella no pareció resentir el latigazo helado. ¿Sentiría algo ese cuerpo maltrecho y árido? Sin buscar una respuesta, comenzaste a frotar su cuerpo con el jabón. Mientras tallabas sus hombros y bajabas lentamente tu mano hasta sus pechos, rozaste la comisura de la areola donde se erguía un pezón endurecido por el frío, rojo, redondo y agrietado como una mora. El color de la areola contrastaba con el morado de las manchas que cubrían sus brazos y sus pechos. Te preguntabas cómo habrían llegado ahí esos moretones. Era como si alguien la hubiera golpeado por todo el cuerpo con mucha saña. La diferencia entre el rojo y el morado te recordó la escala de colores de los frutos del rancho. Y mientras bañabas a tu prima, pensaste que era casi como si regaras un campo de moras. Cerraste la llave de la regadera y lo único que escuchaste algunos segundos después fue el alarido del agua que se escurría por la rejilla de la coladera, como si exhalara su último aliento.

Ilustración de Daniela Ladancé (Chihuahua, 1989).

Ilustración de Daniela Ladancé (Chihuahua, 1989).

Llegaste al racho a las cuatro de la mañana, mucho más temprano que de costumbre; aún no amanecía. No habías dormido un solo instante porque le habías dedicado la noche entera a Alma, empleándote a fondo como nunca antes en tu vida. Subiste maquinalmente al tractor, lo pusiste en marcha, y lo usaste para alimentar la trituradora con los insumos para la composta. Como lo anticipaste, hizo falta repetir el procedimiento: la materia prima era más dura que de costumbre, y la trituradora, nunca quejumbrosa, ahora realizó protestas inusuales. Después recogiste el producto y lo dispusiste en hileras a lo largo del vasto terreno. Hiciste tu trabajo como siempre: de manera mecánica y sin perturbaciones. Cuando apagaste el tractor, observaste tus manos con detenimiento y notaste que el borde de las uñas estaba teñido de un ocre rojizo, como cuando trabajabas en la pisca, pero éste era un tono más penetrante. En ese preciso momento sentiste cómo aquel enorme peso que venías cargando desde hacía mucho tiempo progresivamente se levantaba. Al mismo tiempo algo, tal vez ese mismo peso, se introducía en tu pecho, lo oprimía con fuerza, y luego formaba un nudo apretado y tenso en tu garganta, que te dejaba completamente mudo. Te sentías confundido, alterado, pero no podrías decir que estabas triste o arrepentido, tal vez un poco desorientado, pero ni eso consiguió robarte esa tranquilidad que viene con la liberación; estabas en paz. Los trabajadores comenzaban a llegar al rancho y el sol ya resplandecía, como si nada fuera de lo ordinario hubiera ocurrido esa madrugada. Ellos qué iban a saber.

El día en que te aprehendieron no viviste la agonía de tu sueño. Todo ocurrió sin escándalo y sin violencia. Los perseguidores no eran hombres rapados y musculosos, sino dos individuos con algo de sobrepeso, sin mucha agilidad, y con aire de aburrimiento. Puede ser que olfatearan tu pestilencia, pues ibas ahogado en ron. O tal vez llamara su atención tu ligereza al caminar; hueco como estabas, apenas pisabas el suelo. Casi flotabas. Por lo que fuera, advirtieron tu presencia y te pidieron una identificación, que no mostraste por no tener ninguna. Acto seguido, te esposaron, te subieron al vehículo y en unas cuantas horas estabas en una pequeña oficina, contando los días. Ya todo estaba decidido. Te quedaba un consuelo: al menos Alma sería capaz de evadir a los perseguidores. En el rancho a todos les explicaste que había vuelto a su tierra. «A nuestra tierra», fueron tus palabras y no diste más explicaciones. No mentías: había vuelto a la tierra de todos nosotros, a formar parte de otro ciclo orgánico en el abono, a volverse volutas de humo, volubles e insignificantes.


Autores
(Indiana, 1978) es académico, ensayista y narrador. Autor de El hombre que lo podía todo, todo, todo. Ensayo sobre el mito presidencial en México (El Colegio de México, 2004) y profesor investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas.

Ilustrador
Daniela Ladancé
(Chihuahua, 1989) estudio la licenciatura de diseño para la comunicación gráfica en la Universidad de Guadalajara. Se dedica a la ilustración social, cultural y con perspectiva de género.
Foto tomada de la Enciclopedia de la Literatura en México.

En Principia, Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) intenta hacer coincidir a dos viejos conocidos: ciencia y literatura, dos reinos de la imaginación cada vez más ajenos que es preciso volver a enlazar.

Después de terminar la Licenciatura en Letras Inglesas en la unam, Elisa Díaz Castelo cursó una maestría en escritura creativa en la Universidad de Nueva York. Su talento le ha merecido los primeros lugares en diversos certámenes, lo que le ha valido ser becaria por la Fundación para las Letras Mexicanas.

Los poemas de este libro se agrupan en dos secciones: “Sobre el sistema del mundo” y “Sobre el movimiento de los cuerpos”. Al ir pasando por las páginas del libro encontramos piezas como: “Agujero negro”, “Radiografías” y “Apocalipsis”, poemas en los que ciencia y literatura se encuentran; o “Eclipse de luna”, donde somos testigos de la unión de dos personas; así como “Escala de Richter”, poema que compara la ruptura amorosa con un cataclismo.

En entrevista, Elisa Díaz Castelo nos introduce a este libro de principios, palabra que se usa tanto en su sentido de comienzo, como en el de concepto o fundamento científico.

Elisa, ¿en qué momento se definió tu gusto por la literatura?
Mi mamá y mi papá son médicos, y como siempre estuve expuesta a todo lo relacionado con su profesión, primero quise estudiar medicina. Aunque cuando estaba chiquita, a la edad de diez años, mi mamá me regaló un libro sobre mitología que me fascinó, tanto que lo leía una y otra vez. Puede decirse que entré a la literatura a partir de la mitología.

¿Era mitología griega?
Recuerdo que trataba sobre mitología universal; eran adaptaciones de los mitos del mundo. Así fue como comencé a leer más y a los dieciséis años estaba segura que quería estudiar algo relacionado con la literatura. Quise estudiar letras inglesas porque de chica viví en Tucson, así que aprendí inglés y estuve más expuesta a ese idioma. Leía más que nada en inglés, así que me interesó la literatura inglesa porque me sentía más cómoda.

¿Y por qué inclinarse por la poesía?
Las carreras de letras en la unam van más hacía la crítica, la traducción y la enseñanza. Yo escogí especializarme en crítica. En realidad escribí mucho antes de la carrera, en la adolescencia, aunque ya en la universidad dejé de hacerlo. Es muy imponente leer a grandes poetas como T. S. Eliot, Yeats o Auden, etc. Estar en contacto con ellos inhibió mi propia escritura. Creí que me iba a dedicar a la crítica, y fue saliendo de la carrera cuando dejé de tener estas figuras imponentes. Entonces pude retomar la escritura, bueno, escribir más seriamente.

¿Qué es lo que te mueve como poeta?
Recuerdo que en la adolescencia tenía un diario y ahí de repente empecé a cortar los renglones y a escribir poemas en lugar de simplemente prosa. Inicialmente estaban muy ligados a la búsqueda de mi identidad y mi interioridad. Entonces siempre he tenido esos intereses: por un lado, poesía muy íntima y por el otro, poesía escrita por personajes, lo que quizás está más ligado a la narrativa.

En Principia encontramos textos en prosa libre y otros en líneas y párrafos fragmentados.
Es diferente para cada poeta, pero para mí tiene más que ver con un ritmo. Y de repente el ritmo te pide un quiebre versal, aunque a veces el ritmo es más alargado, más prosaico, lo que te permite que no haya quiebres versales y escribas seguidito.

Hay quienes acostumbran leer poesía en voz alta, buscando ritmo, quiebres, énfasis, sentido.
Es una buena técnica porque mucha poesía está hecha para leerse en voz alta. En su origen la poesía estaba hecha para recitarse, para memorizarse, por eso el ritmo es tan importante. La poesía es también música y a veces puede uno enfocarse más en la parte musical.

¿Por qué titulaste así tu libro?
La idea es hacer una referencia a Principia mathematica, de Isaac Newton. Pero prefiero que se pronuncie en español porque alude a que es mi primer libro. Aunque también me gustó la palabra porque es un principio femenino.

Si tuvieras que recomendarlo a alguien, ¿qué le dirías?
La idea de mi libro es encontrar en los nuevos descubrimientos científicos una veta poética, porque me parece que antes la ciencia y la literatura estaban más cercanas. En la actualidad ya no se piensa en muchas teorías científicas en términos literarios, así que Principia busca rescatar ese pensamiento científico, y no de una forma fría, sino tratando de humanizarlo para hacerlo más cercano y darle un valor emocional a un discurso que en ocasiones parece distante.

Por ejemplo, el poema “Escoliosis”…
La escoliosis es una leve desviación de la columna y yo la tengo desde los diez años. Un día cuando estaba reflexionando acerca de lo que para mí es tener este padecimiento, salió el poema, donde también quise jugar con los quiebres versales y el ritmo, buscando un ritmo y una sintaxis a veces interrumpida, atravesada, quebrada.

Esa experimentación formal recorre todo el libro…
Para mí, la poesía siempre es estar buscando. Es experimental por naturaleza, no se conforma con lo hecho. Siempre estoy buscando algo nuevo, una manera más íntima de expresar lo que pienso, o lo que quiero decir, como que estás jugando siempre con la forma, y en ese sentido mis poemas sí son experimentales.

Por cierto, en “Agujero negro” recuerdas lo que sientes tras la muerte de un perro…
En casa, mis papás siempre han tenido perros y gatos, y justo la idea era que a partir de esa primera muerte de una mascota, uno aprende o entiende lo que es el fin de la vida.

Destaca el optimismo de “Apocalipsis”, pese a que trata del fin del mundo…
En varios poemas quise rescatar algunas ideas religiosas porque de niña yo también fui muy creyente, así que la idea fue establecer puntos de encuentro entre conceptos religiosos y conceptos científicos, por eso también tengo un poema que se llama “Credo”. En “Apocalipsis” estaba tratando de contrastar la idea católica del apocalipsis con la teoría de cómo realmente va a acabar la Tierra. Dicen que el sol va a crecer, que la tierra va a ser un lugar totalmente yermo y baldío, pero el sol va a crecer hasta devorar a todos los planetas. Cuando eso ocurra, según yo, ese va a ser el verdadero apocalipsis. Ahí trato también de ligarlo con la muerte de mi abuela y su cremación.

¿Cuál fue el reto más importante que enfrentaste para hacer Principia?
El reto principal fue lograr que los conceptos científicos, que a veces son complejos, pudieran entenderse para que luego el poema tuviera sentido. Por ejemplo, eso me pareció especialmente difícil en “Materia oscura”, donde es necesario que se entienda qué es “la materia oscura”, un concepto difícil de explicar. El mayor reto fue poder aterrizar esos conceptos de una forma sencilla. Para eso tuve que leer muchos libros de ciencia, especialmente de Neil De Grass Tyson, quien logra humanizar y explicar cuestiones científicas de forma sencilla.

Además de poesía también has hecho traducción. ¿Cómo experimentas el acto de traducir?
En un futuro, me gustaría ser poeta y traductora. Traduje el libro de Ocean Vuong [poeta estadounidense de origen vietnamita, ganador del Premio T. S. Eliot] que se llama Night Sky With Exit Wounds (Cielo nocturno con heridas de fuego). Me interesa mucho la traducción y la escritura en inglés. Yo me inicié escribiendo en inglés, y me gustaría seguir escribiendo en los dos idiomas, traducir al español, que es mi lengua materna, y seguir escribiendo.

¿Qué piensas de aquella frase que dice: Traduttore, traditore?
En mi experiencia, como traductora del libro de Ocean, hay veces que uno no puede traducir todos los sentidos, es decir, todo lo que denota una idea o una serie de palabras, y entonces tiene que escoger si traducir en el sentido literal o bien, el ritmo, y lo que el ritmo está sugiriendo también, porque el ritmo crea un significado. Por ejemplo, la aliteración crea significado. Entonces uno a veces tiene que escoger y finalmente siempre se está traicionando alguna parte del original y sacrificando algo. Es una especie de paratexto, un texto que depende del original, pero ya es otro texto, otra cosa en sí misma, y esa calidad de la traducción como paratexto, me parece súper interesante, porque justamente se crea un nuevo objeto literario y esa creación también es válida. No sólo es traicionar, también es crear algo totalmente nuevo.

El poema “Zona habitable” se lo dedicas al poeta Antonio Deltoro…
Sí, fue mi tutor en la Fundación para las Letras Mexicanas; lo admiro mucho y le tengo muchísimo aprecio. Es como una guía espiritual de la poesía. La relación que hay entre mi poema y su obra es un libro suyo que se llama ¿Hacia dónde es aquí? El primer verso de mi poema “Zona habitable” es un poco una reelaboración de esa idea de Antonio Deltoro.

“Escala de Richter” es una especie de metáfora entre un sismo y la ruptura de una pareja…
Sí, ésa es la idea. Aclaro que escribí ese poema antes del sismo del 19 de septiembre de 2017. Me parece que a veces las rupturas amorosas pueden sentirse como un desastre natural de gran escala.

Luego viene “Disertación sobre el origen de la vista”, que bien podría ser una alegoría sobre el
proceso de enamoramiento…
Para mí funciona como una metáfora del deseo. Pensar que en realidad la vista inicialmente sea una forma de tacto es una forma de paliar un deseo que nunca se cumple. El poema, por supuesto, también tiene un propósito irónico, pues saber intelectualmente que la vista es tacto no satisface la pulsión de tocar.

¿A qué otros autores admiras?
El primer poeta esencial para mí fue T. S. Eliot. Lo estudié a los dieciséis años, Cuatro cuartetos es mi libro favorito. A partir de ahí, también me encantan: César Vallejo, Wisława Szymborska, Rosario Castellanos y Joan Margarit i Consarnau.