Tierra Adentro

¿Qué hay del otro lado de la soledad? En este cuento, Atenea Cruz narra la historia de una mujer que, en medio de su nada extraordinaria rutina, encuentra un misterio que dislocará su experiencia cotidiana por completo.

“Una mujer solitaria”, cuento de Atenea Cruz con ilustraciones de Jimena Estíbaliz, en revista Tierra Adentro, No. 227.


Autores
(Ciudad de México). Estudió Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha dibujado siempre, pero hace 730 días lo hace con particular intensidad.
Ilustración de Selena Ramírez

Tren Nocturno a Lisboa

Ilustración publicada en la revista Tierra Adentro No. 214, abril 2016.


Autores
(Estado de México, 1979). Ha publicado como ilustradora desde 2003 en diversas revistas y periódicos nacionales.
Restos del acueducto de Matlala, símbolo perdido de la comunidad.

 

Pocas construcciones de Lorenzo Martínez de la Hidalga siguen en pie. El Teatro Nacional y el Mercado del Volador ya no existen, y de su proyecto para el Zócalo capitalino no queda rastro. El terremoto del 19S tiró una de sus últimas obras: un acueducto colosal en Puebla, próximo al epicentro del sismo. En Matlala, más de mil campesinos se quedaron sin agua y sin el símbolo de la comunidad. ¿Reencontrarán su historia, su legado e identidad en el tubo de pvc que sustituirá al acueducto?

 

A excepción de Matlala, el 19 de septiembre de 2017 nadie notó un poco más de piedra y polvo sobre la memoria de Lorenzo Martínez de la Hidalga —también transcrito como Martínez de Lahidalga, La Hidalga o incluso Hidalga—, arquitecto antaño ilustre en México. Ese día, un gran terremoto asoló el centro de México y las urgencias fueron otras. Pero hoy, Rutilio Figueroa —72 años, labrador, sombrero blanco de ala ancha— aparece frente a la iglesia acordonada de la ex hacienda de Matlala, Puebla, y se aferra al portafolio traslúcido que trae en una mano. Dentro se entrevé, impreso en blanco y negro, el reportaje que una web comarcal había dedicado al acueducto de Matlala años atrás: la misma tipografía, el mismo título y, ante todo, la misma pintura del XIX con la familia De la Hidalga distraída, achicada por el acueducto, descomunal al fondo. De ese reportaje, y de su cuadro, el temblor hizo un obituario. Pero ahora, aunque no lleva sus lentes, Rutilio saca las hojas y lee con tesón, solemne por la pérdida, pero con orgullo de anfitrión intacto.

«Andaba yo ayer buscando el lugar donde se paró el pintor », dice Rutilio, aferrado a su carpeta. «Y lo encontré. ¿Tiene tiempo?»

Rutilio Figueroa observa el punto desde donde se pintó Vista de la hacienda de Matlala (1857).

Rutilio Figueroa observa el punto desde donde se pintó Vista de la hacienda de Matlala (1857).

Las cimas volcánicas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, en el centro del país y a 18 kilómetros entre sí, forman una barrera entre los valles de México y Puebla. Si tirásemos una línea entre ambas y la prolongáramos dos veces hacia el sur, caeríamos con precisión esotérica sobre Matlala. Pero, desde la capital, 165 kilómetros en un bus y dos combis significan cinco horas. A otra media hora de allá, entre sembradíos, Lorenzo Martínez de la Hidalga (Maeztu, Álava, España, 1810 – Ciudad de México, 1872) trazó en su hacienda familiar un acueducto de 50 metros de alto y unos 250 de largo. Gracias a esa gran arcada, el agua, tomada arroyo arriba, libraba la barranca sobre el cauce del Ahuehueyo, mantenía la cota necesaria para irrigar por gravedad la caña de los campos altos y, ya en el casco de la hacienda, activaba el trapiche azucarero al caer sobre una noria.

El cuadro Vista de la hacienda de Matlala (1857) lo encargó el propio De la Hidalga al italiano Eugenio Landesio, a quien conocía de la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México. En él, durante un día de campo, la familia De la Hidalga se sitúa entre el pintor y un cactus descomunal de muchos brazos, como los que crecen en la zona. Al fondo se ve el Popo. Pero, al mismo tiempo, todo en el cuadro enmarca al acueducto. La pintura fue una de las primeras del paisajismo nacional y la mejor embajadora del acueducto, que, tan a desmano, era desconocido para muchos. Ya en 1908, el escritor y biógrafo Manuel G. Revilla denunciaba que muchas de las obras de De la Hidalga habían sido demolidas o alteradas y «nada remoto sería que de su labor artística no quedara a la postre vestigio ni memoria». En la capital ya no existen el Teatro Nacional, su obra maestra, ni el Mercado del Volador, ni el Zócalo como él lo diseñó. Que fuera precursor del funcionalismo en el país no afectó el ritmo con que la ciudad cambiaba.

Las copas de los árboles hacen de techo del antiguo casco de la hacienda.

Las copas de los árboles hacen de techo del antiguo casco de la hacienda.

El boletín número 19 del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) trataba al acueducto como «uno de los más interesantes de México». Los investigadores Antonio de las Casas e Isabel García lo habían comparado con el Pont du Gard romano, que inspiró el billete actual de cinco euros. Y aún traía agua cuando los sismógrafos, el día 19 de septiembre, marcaron 7.1. Las coordenadas, que no entienden de curvas ni de terracería, situaron Matlala a 30 kilómetros en línea recta del lugar del epicentro. El acueducto tenía algo más de siglo y medio; ahora pertenece al tiempo previo al sismo. Y en cuanto a Rutilio, ni siquiera en aquel otro 19 de septiembre negro, el de 1985, su mundo se había resentido tanto.

AGUA QUE CAE

A poco de salir por un camino de tierra, Rutilio remonta una loma hacia el jagüey, una balsa de dos hectáreas que acaba de llenarse de golondrinas migratorias. Rutilio es, aun sin lentes, quien leerá el paisaje. Primero muestra un «1880» grabado en la compuerta para el agua. Luego, alrededor descubre jacarandas, mezquites y guamúchiles, huizaches y cubatas, tecolhuistles y tlachichinoles. Y colaguas, guajes, los zapotes de su huerto. Dice que el jagüey es, también, donde mejor se habla con Nueva York. Desde aquí llaman a quienes, como su hijo mayor —y casi uno por familia, según cuentan—, buscaron prosperar allá y, a diferencia de las golondrinas, no regresan año a año. Pero en Matlala, hogar de 700 habitantes y alta marginalidad según datos oficiales, toda familia es labradora. Y ahora llega la estación seca y en el jagüey cubre sólo metro y poco, la mitad de lo que debería.

Muros agrietados forman parte de viviendas y rediles para el ganado.

Muros agrietados forman parte de viviendas y rediles para el ganado.


 
 

«Esto es un plantío de cebolla», dice Rutilio al reanudar. «Quiere agüita y se está secando»

La red de acequias y canales de la zona ya había asombrado al propio Hernán Cortés. Hoy, una torre extrae agua de pozo para las casas, pero no es opción para la jícama y la cebolla, los cultivos esenciales. Y a 600 pesos la pipa de agua, usarían diez camiones para regar una sola hectárea.

A lo lejos, entre el follaje de la cañada, se entrevén ya unas columnas de piedra. Fueron el eslabón más débil: el canal debería seguir sobre ellas, pero algunas, desmochadas, ya no sostienen nada.

Tras unos portones de palo y alambre, las hileras azuladas del último cebollar tienen una cruz hincada en medio. Al lado, el canal, un lecho ahora seco y lleno de hojas, dibuja una curva progresiva que pronto se encarama sobre el valle con estribos de piedra y patas de ladrillo. Luego, ya en la altura, se pierde entre las copas de árboles que lo alcanzan, pero más allá sólo emergen dos secciones cercenadas. Debido a la humedad, algunas raíces furtivas cuelgan de los extremos.

Chimenea de la antigua hacienda, aún en pie junto al ingenio.

Chimenea de la antigua hacienda, aún en pie junto al ingenio.

Conocí a Rutilio por Anahí Vázquez, la intendente de Matlala, de apenas 22 años. «Aquí todos se dedican al campo», insistía ella. «Algunos estaban trabajando, se asustaron y corrieron a avisar». Víctor, el hijo menor de Rutilio, rescató un video en que un labrador relata un gran estruendo. El hombre cuenta que donde estaban los arcos quedó una gran nube de humo. Ahora, Rutilio desciende el valle entre florecillas amarillas y se va haciendo pequeño bajo los pilares huérfanos. Abajo, alrededor, ya sólo hay montones brillantes de escombro que el paisaje aún no ha asumido, pero allá es más fácil recrear lo que mostraba el video: un chorro de agua que formaba un arco y se precipitaba grotesco hacia el vacío. Hoy, 180 hectáreas de San Lucas Matlala, Morelos Matlala y San Felipe Tepemaxalco tienen un futuro incierto, y con ellos cerca de mil vecinos.

SAN LUCAS

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) sumó 2178 edificios históricos afectados por los sismos del 7 y del 19 de septiembre. Y hasta ahora, el mayor daño en la zona se veía en las iglesias. En Tlapanalá y Tilapa estaban acordonadas y aún había escombros; en la ex hacienda de Rijo o en la de Colón, la misa del domingo se ofrecía afuera. Eso también abría el campo a lo subjetivo: en Atzala, la cúpula cayó sobre una familia entera y alguien insinuaba, sin querer queriendo, que fue por bautizar en martes. En Matlala, en cambio, no hubo muertos, pero sí casas afectadas porque muchos muros ruinosos de la hacienda forman parte de ellas; también la iglesia del complejo, la única del pueblo. Anahí Vázquez, menuda y de voz fuerte, a su cargo desde los 19, decía que había oído de todo por su edad, sexo y estatura. Pero nada, dice, había sido como el sismo. Son una población de 98 por ciento católicos y no pueden ir a rezar.

Escombros de hace más de 100 años se revuelven con los del 19 de septiembre.

Escombros de hace más de 100 años se revuelven con los del 19 de septiembre.

La iglesia, físicamente entera, es como un enfermo en coma. «Está de lado y los muros a punto de colapsar», dice Anahí, que no permite el acceso. Pero, cuando tembló, los vecinos corrieron a rescatar las tallas. Sobre todo a san Lucas, que se salvó por medio palmo. Rutilio dice que esa imagen no es como otras de la zona y que fue el propio Vicente, sobrino de Lorenzo y muy devoto, quien mandó hacerla de su tamaño. El INAH estimó que las reparaciones se prolongarán hasta 2020. Pero su dictamen particular y el de otros entes tienen al pueblo en vilo. «No ven por dónde sostenerla, pero no nos hacemos a la idea de que se tenga que demoler», dice Anahí. Las lápidas de al menos tres De la Hidalga permanecen entre el escombro. Anahí dice que eso es mucha historia.

Mientras tanto, parece tiempo de atender una urgencia que se antoja principal: Matlala se seca.

«No es sólo el agua», recalca al fin Anahí. «La hacienda nos representa, claro. Pero, en sí, en sí, Matlala era su acueducto»

IDENTIDAD

La mitad del acueducto está ahora a los pies de Rutilio, junto a una excavadora erguida, un insecto mínimo de color naranja entre el escombro húmedo. Cuando regrese, su operario cavará la zanja que suavizará las dos laderas y alojará un tubo de pvc. Desde Huaquechula, la cabecera del municipio de Matlala, dicen que eso devolverá el agua.

En cambio, Rutilio abre su portafolio, alza el cuadro y busca el Popo en blanco y negro.

«Ya encontré dónde se puso el pintor», insiste, y señala una zona boscosa. «Es por ahí, ¿vamos?»

Los campos de jícama son parte esencial de la economía de Matlala.

Los campos de jícama son parte esencial de la economía de Matlala.

Lorenzo Martínez de la Hidalga había llegado a México en 1838 reclamado por su tío para administrar la hacienda adquirida por sus antepasados. Pero tomó las riendas Vicente, su sobrino, y él, que había estudiado arquitectura en Madrid y París, prefirió la capital. Allí, Lorenzo se casó con Ana García Icazbalceta —hermana de Joaquín, el ilustre historiador—, y comenzó a ganar proyectos. Levantó el ciprés que un día tuvo la Catedral y, justo enfrente, un zócalo que debía acoger la columna de la Independencia. Y como la columna no llegaba, los capitalinos hicieron de esa palabra, que sólo significaba «base», la plaza mayor de cualquier pueblo de México. Lorenzo, eso sí, también levantó la nueva cúpula del museo hoy llamado Ex Teresa después que a la antigua la derribara otro temblor.

Hasta el 19 de septiembre, el paisaje pintado por Landesio podía conectar con el paisaje actual. Pero el nuevo recuerda a los de otro maestro, Claudio de Lorena: del verdor asoma una Arcadia clásica, casi celestial, idílica y campestre, llena de imponentes ruinas.

Hoy la neblina no deja ver el Popo, pero importa poco, la pérdida es atroz de cualquier forma. Sin embargo, Rutilio no para: quita matas, saca los papeles una y otra vez y estira los brazos como si fotografiara con una tablet a dos manos, tratando de recomponer su cuadro. «¿Tú crees que la familia de Lorenzo… no quisiera ayudar para que los arcos queden como antes?»

Habría que ver si allá existe tal familia. En Maeztu, su pueblo natal, sí consta que hubo remesas desde México, pero el apellido quedó relegado. Según Rufino López de Alda, historiador local, los Martínez de la Hidalga eran molineros. Cambiaban de pueblo si les concedían otro molino, y sólo alguno era constructor rural. Para Jesús Ruiz de Gordejuela, autor de Vivir y morir en México, «no migraba quien quería, sino quien podía». Dos de los cinco hijos de Lorenzo, Eusebio e Ignacio, levantaron el primer Palacio de Hierro, y a él lo enterraron en México, en el mismísimo Tepeyac.

Por su parte, Matlala terminó partido en dos. La carretera topa con los muros de la hacienda y allí forma una T. A la izquierda, legalmente Morelos Matlala, donde ocurre esta historia, perdió el nombre de San Lucas Matlala, su escisión, que hoy queda a la derecha. Ahora, el temblor los dejó sin acueducto y quizá demolerán la iglesia. «Solamente no nos mande otro para tirarnos lo poco que nos queda», dice otra vecina, quizá para que le oiga Dios, los técnicos o quien sea que llegue.

El río Ahuehueyo mantiene sus aguas cristalinas entre los ahuehuetes.

El río Ahuehueyo mantiene sus aguas cristalinas entre los ahuehuetes.

De regreso, un caballo recorre un campo y jala el arado más sencillo imaginable, y tras él, el hombre que presiona para hundirlo da fe del adelanto que representaba un acueducto. Rutilio muestra otras huellas de la hacienda. En un cruce, comido por las enredaderas, destapa los extremos de una vagoneta usada para mover caña; en la escuela señala los últimos rieles que él mismo desenterró, fundidos en 1912, y que hoy forman la valla; al fin, en el patio de Cenobio Domínguez, una tolva que antes de ser trastero recibía el caldo del azúcar. Pero todo esto, piensa uno, son retazos de un sistema productivo colonial que mutó a una legalidad muy cuestionable: los obreros eran maltratados, obligados a endeudarse en las tiendas de raya y los ingenios, poseedores de la tierra, acaparaban el agua.

Cenobio responde en parte a la cuestión. Dice que los zapatistas —unos 1400 en Matlala, según cálculos— vertieron gasolina al acueducto y que, tras la Revolución, el trabajo duro se volvió necesidad. Los dos concluyen que no hubo empleo y fueron años de pistoleros. Lo cierto es que, en 1924, la viuda de Vicente, Herlinda Llera, terminó vendiendo Matlala a William Jenkins, uno de los personajes más favorecidos por la política posrevolucionaria y que en poco tiempo monopolizó el negocio del azúcar. Rutilio dice que Vicente fue un buen hacendado, que pedía a los peones que fueran a rezar. Que los malos, los maltratadores, eran los capataces.

«Quieras o no» —dirá finalmente Anahí— «es el espacio donde vivieron nuestros abuelos».

Mito o realidad, así es hoy Matlala, que tiene algo de pueblo ferrocarrilero al que le han quitado el tren. Pero ahora, cuando la tierra es de lo poco que se posee, el piso tiembla y se lleva el agua, y hay que confiar en que un tubo enterrado va a devolver el riego. Anahí, que dice que sí funcionará, insiste: «Pero, ¿y la historia? O sea, ¿cómo vamos a volver a levantar el acueducto?»

Los acueductos, desde luego, no son de pvc. Y si bien habrá que esperar a 2020, rehacer la obra de De la Hidalga sería como tratar de pintar hoy la que Eugenio Landesio realizó en 1857, Vista de la hacienda de Matlala*.


 

*Al cierre de estas líneas, el tubo de pvc ha sido instalado y el jagüey vuelve a recibir agua. Respecto al acueducto, no se tienen más noticias.


Autores
(Vitoria-Gasteiz, País Vasco, España, 1982) es escritor y cronista, autor de Los acentos perdidos (Lumen, 2010) y Un fin de semana en la coladera (Montena, 2014).

Ilustrador
Pablo Zulaica (Fotografía)
Jorge Mendoza, Rubí Tsanda y Juventino Gutiérrez.

La Feria de las Lenguas Indígenas Nacionales: México multilingüe, crisol de pensamientos, durante la edición del año en curso, encumbró gran diversidad de actividades que abarcaron desde la venta de artículos originarios de comunidades de diferentes Estados de la República, hasta talleres recreativos, muestras gastronómicas, lecturas de poesía, conciertos y gran variedad de eventos culturales.

En la mañana del sábado 11 se llevó a cabo el recital de poesía “La voz del árbol: raíces que se elevan”, en el que participaron Rubí Tsanda, poeta p’urhépecha, y Juventino Gutiérrez, poeta ayuujk. Rubí, además de escribir poesía, se dedica a la traducción y a la docencia en el Departamento de Idiomas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo; publicó K’arhánkuntskuecha / DeliriosNáandi pireku ma cheti sapiini / Cantos de una mamá purépecha a su hijo. Juventino, por otro lado, ha sido antologado en Los Coleópteros Enfebrecidos, publicado por la uacm, y en Poetas de Reserva.

En palabras de Jorge Mendoza, moderador de la mesa, en México conviven alrededor de trescientas sesenta y siete lenguas, incluyendo sus variantes lingüísticas, de las cuales trescientas sesenta y cuatro son lenguas indígenas, mientras que solamente dos son romances —y la que predomina evidentemente es el español— y la última es el mascogo, una lengua criolla.

Durante la participación de los poetas, ambos tomaron una postura firme —cargada, además, con una genuina preocupación— con respecto a la preservación tanto de su lengua como de sus costumbres: ellos, como hablantes, y junto con el resto de su comunidad, tienen la obligación de transmitir su lengua a las nuevas generaciones. De manera independiente frente a la decisión de los jóvenes de usar o no el idioma, los hablantes, fueran padres, madres o abuelos, deben salvaguardar esa puerta de conocimiento que lleva siglos en nuestro país y, en la actualidad, se encuentra amenazada.

“Pensaba que el p’urhépecha era lo único que se hablaba en todo el universo; yo fui monolingüe hasta los nueve años”, confiesa Rubí en una de sus intervenciones, y continúa: “no sé hasta qué punto la literatura ayudará a la conservación de la lengua, pero al menos quedará un registro”. Juventino, después de su compañera de mesa, comenta la dificultad que hay de llevar de la oralidad a la escritura, un reto de traducción e imaginación que rodea gran parte del espectro de lenguas que existen en nuestro país.

El recital se transformó en un diálogo con los espectadores, entre los que se encontraban varios hablantes de alguna lengua indígena y con los que se intercambiaron palabras en los distintos idiomas, así fueran sólo algunos cuantos los que la emplearan. Cabe destacar que, entre las actividades culturales como forma de reforzar la difusión y práctica de la lengua, existe el ingrediente político que le da mayor peso a su lucha contra la extinción, un factor que debe ser tomado en cuenta en cuestión de políticas públicas, entre otras.

La mañana del sábado dio paso a las numerosas actividades culturales que fueron congregando más gente. Los poetas se levantaron, intercambiaron palabras con curiosos e interesados que los rodearon una vez que bajaron de la mesa, y el diálogo e intercambio de ideas continuó, como debe ser en todos los espacios de convivencia y aprendizaje.

Wunmänyjëtspy

Ëy yi ejt tëjts

tsijk kää´këxp

ja ujst äy

xäm näjxkixpy

piri xäp nkupäjk ujts jëtspy

ximi n´expääjtp tujk´jats

miuxpitsëmtip ja tsujx mäjts

mët ja tyujxk äy.

 

Memorial

Deshojará

el otoño

los ahuehuetes

de la tierra

pero en el bosque de mi memoria

veré levantarse una a una

inmensas ramas

de verdes hojas.

(poema de Juventino Gutiérrez).

 

 

 

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
David Toscana. Foto tomada del sitio Sistema Nacional de Noticiarios/Instituto Mexicano de la Radio

Platicamos con David Toscana, autor de Las bicicletas, novela publicada en 1992 en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Además, es ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 por su novela Olegaroy.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1977) es editor y autor de la novela El jardín de las delicias (Jus, 2009).

 

Por circunstancias familiares, mi cuerpo aprendió a reaccionar con ansiedad y pánico ante la sensación de bienestar como forma de defensa. Cuando hice consciente este patrón de comportamiento, me di cuenta de que se presentaba este desequilibrio de manera particular en mis sueños. Por ello, comencé a anotarlos en un diario con el propósito de encontrar algún tipo de significado.

A partir de este registro, construyo estas escenas con los elementos más recurrentes, jugando con lo cotidiano, la ilusión y lo imaginario. Plasmo visualmente estas referencias a manera de exteriorizar mis estados mentales y anímicos. Uso esta otra realidad a modo de detonante para adentrarme en mi inconsciente y mostrarme a través de él. Los sueños son un medio fundamental para la introspección y el autodescubrimiento. Con este proyecto busco que el espectador pueda sentirse identificado, ya sea como un espejo donde se reconozca y apropie de las escenas o motivarlo a prestar atención y reflexionar sobre su propio mundo onírico.

Parálisis, imagen digital, 2015.

Parálisis, imagen digital, 2015.

Origen, imagen digital, 2015.

Origen, imagen digital, 2015.

Inundación, imagen digital, 2015.

Inundación, imagen digital, 2015.

El sueño, imagen digital, 2015.

El sueño, imagen digital, 2015.

Edén, imagen digital, 2015.

Edén, imagen digital, 2015.


Autores
(Ciudad de México, 1984) estudio ciencias de la comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México y fotografía en la Escuela Activa de Fotografía. Gano la categoría Autorretrato en los Mobile Photography Awards 2017 y el concurso Selfexpression de la Galería Saatchi, en Londres.
Sergio López Vigueras, en la librería Educal del Centro Cultural Elena Garro en Coyoacán (CDMX). Foto: José A. Rogerio/Correo del Libro.

Sergio López Vigueras (Ciudad de México, 1985) es el autor de La bala, obra con la que obtiene el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2017 y que se incluye en el volumen Teatro de la Gruta XVII.

La bala es la historia de Lauro y Valeria, dos jóvenes que siempre se encuentran en la misma ruta de transporte público que los lleva a su trabajo y que, sin embargo, y a pesar de los años, nunca se han atrevido a hablarse. En uno de esos traslados sufren un asalto a mano armada.

En esta entrevista, Sergio López habla sobre escribir, estudiar y montar teatro como una experiencia colectiva que no se limita únicamente al acontecimiento escénico, sino a todo lo que lo rodea.

Además, relata cómo fue participar en el concurso de dramaturgia en el que su obra resultó ganadora, sin demérito de las otras tres obras que conforman Teatro de la Gruta XVIIRumis, de Manuel Barragán; Ataraxia o las ganas siempre sobran, de José Manuel Hidalgo; Aviones, de Manolo Díaz, y El hombre que escuchaba baladas de Alejandra Guzmán, de Víctor Hugo Velo Muruato, con un prólogo de Bertha Hiriart, Alejandro Román y Javier Malpica. Piezas que en conjunto, como lo dice el propio Sergio López, se pueden ver como “un prisma para darle otra vuelta a la idea de violencia, a la idea de país en general”.

 

Sergio, ¿qué significa para ti haber recibido el Premio Nacional de Dramaturgia por La bala?

Es muy importante en términos de carrera, además de la publicación del texto, lo cual permite circulación e intercambio. Todo eso lo facilita el libro y que llegue a las librerías Educal de todo el país. Eso te da una circulación inmediata, cosa que sería difícil en otras condiciones. Además el premio incluyó la puesta en escena en el Centro Cultural Helénico. Aunque he trabajado en teatro desde hace algunos años, como dramaturgo es de mis primeros trabajos, así que darle esta salida tan pronto es un gran incentivo.

 

¿Cómo fue el proceso creativo?

Todo comienza entre 2015 y 2016, cuando se me ocurre la idea. Tenía muchas referencias de gente que había sufrido asaltos en el transporte público. Era un tema que traía en la cabeza, al mismo tiempo tenía ganas de explorar a un personaje internamente, abordar el pensamiento del personaje. Eran dos ideas que venían rondándome y pensé: “claro, el asalto es la situación ideal”, porque todo pasa muy rápido, son muchas emociones encontradas y hay mucho terreno a donde ir emocionalmente con los personajes. Suena un poco maquiavélico como escritor, pero ahí encontré un campo fértil para poder asomarme.

El primer personaje al que me asomé fue Lauro. Primero tuve la historia contada desde la perspectiva de Lauro, y era casi un monólogo. Después empecé a necesitar a otros personajes para darle profundidad a la situación, otros puntos de vista que completaran el volumen de este acontecimiento. No sólo verlo desde una perspectiva, sino desde otras. Así es como entran en escena Valeria y Jonathan, así como El Gordo, un personaje al que se conoce por medio de la voz de los otros. Eso me parece como darle otra capa a la convención teatral desde el texto escrito. Es una potencia para la puesta en escena. Después, integrar las voces de los otros personajes en realidad fue un trabajo de ponerlos a nivel de la primera voz que yo tenía. No quería que fuera la única la voz principal, sino tener tres voces con igualdad de fuerzas.

 

¿Cuánto tiempo te llevó todo esto?

Fueron varias etapas a lo largo de 2016. No fue un trabajo continuo, fueron momentos. Entendía alguna cosa y a la computadora. Luego me atoraba en algún punto, leía, daba una vuelta y regresaba.

 

¿Fue un proceso en solitario?

Sí, bastante solitario. Cuando participé en el certamen de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo me encontré con tres maestros, porque la primera parte del premio consiste en un taller y conmigo fueron muy generosos Javier Malpica, Bertha Hiriart, Alejandro Román; fungieron como verdaderos maestros y nos guiaron a los finalistas. Más o menos todos pasamos por un proceso similar: completar la obra según nuestros objetivos tanto como podíamos. Pero al tener los conocimientos de los maestros a la mano, ellos sí nos reportaron mucha claridad, sobre todo una perspectiva nueva sobre nuestra voz, una perspectiva que nosotros mismos no podíamos tener.

 

Al leerla, por la forma en que fue escrita, fácilmente se te olvida que La bala es teatro.

Para mí es importante que la palabra suba al escenario, que los personajes se sustenten en la palabra. La palabra leída es importante en tanto que lo confronta con uno mismo, el libro se vuelve un espejo en donde uno dialoga con sus pensamientos; sin embargo, siento que cuando la palabra sube al escenario hay algo como de asamblea, como de ágora, al estilo del teatro antiguo… Creo que ésa es la esencia del teatro. Es antiguo pero es nuevo. Sigue ocurriendo cada vez que uno va a sentarse a una butaca. No nos igualamos, pero al tener una palabra sobre el escenario, todos negociamos sobre la misma palabra. Vengamos de donde vengamos, llegamos a la sala, cada quien con sus historias, con sus preocupaciones, con sus necesidades y tenemos una palabra en el escenario que nos dice: “vámonos por allá y pensemos sobre esto”.

Esa negociación me interesa mucho llevarla a partir de la palabra porque siento que es el combate, es la forma de enfrentar el mundo de imágenes que nos satura en la vida cotidiana, un mundo con el cual difícilmente podemos negociar, un mundo que en realidad se nos impone por medio de la moda, de los discursos informativos, televisivos. Es difícil entrar en negociación con un noticiario, donde te dicen: “ayer hubo cincuenta mil muertos”, y ves la foto del bombardeo, el video del bombardeo en no sé dónde. Es difícil negociar con eso, no le puedes dar representación en tu vida. Siento que cuando la palabra está en el escenario ocurre el proceso: “lo está diciendo el otro, pero me lo digo yo mismo, entonces, ¿cómo entiendo, cómo me pongo en el lugar del otro?”. Siento que ahí hay una serie de negociaciones que para mí son interesantes.

 

Aparte de la emoción que proyecta el teatro, destaca la energía que hay durante la representación escénica…

En la vida cotidiana, generalmente tendemos a protegernos; nos encerramos en la casa, luego salimos a una especie de cuartito que es el coche, vamos a la oficina que es otro cuartito. Siento que vivimos siempre encerrándonos en cajitas y justo el trabajo del actor es de los pocos que consisten en romper, en presentarse, en abrirse a la mirada, en enfrentarse al escrutinio del espectador, y la dramaturgia provee un andamiaje para eso. La dramaturgia es esa estructura que permite que ese encuentro se dé poéticamente.

 

¿Qué piensas sobre la violencia que se maneja en La bala?

Me interesaba no afrontar la violencia como tema principal, pero al mismo tiempo no la podía negar. Siento que en La bala la violencia funciona como un marco.

 

También corre en forma paralela una historia de amor…

Sí, una historia de amor, una historia sobre los miedos, sobre vencerse a uno mismo. El viaje de Lauro es interno, y lo tiene que hacer. Es como la historia de un nadador y la violencia es el mar. La obra es sobre Lauro, sobre lo que él atraviesa, sobre su viaje, y la violencia es esta cosa que lo rodea. Es el medio donde está inmerso y dentro del cual desarrolla su viaje; sin embargo, el tema no es la violencia. Para mí es importante que el tema fuera Valeria, Lauro y Jonathan, quien siendo un asaltante representa a la violencia; sin embargo, a mí lo que me interesa de él es su relación con El Gordo.

Además hay una violencia de las pistolas, de las armas y los golpes. Es la violencia tangible, la violencia explícita. No obstante, me interesaba también que los procesos internos de los personajes sean violentos en tanto que destruyen lo anterior, es decir, viven un cambio de paradigma, de vida y ese cambio necesariamente es un parto de algo nuevo, lo que implica una renuncia a lo anterior, y como en todo parto hay dolor, sangre, lágrimas y va a dar luz a algo nuevo. Esa es otra forma de la violencia, que implica una ruptura radical, que también me interesaba explorar.

 

¿De los demás finalistas al premio qué nos puedes decir?

Para mí fue grato trabajar con ellos; en primer lugar, fueron compañeros con los que pude compartir mi proceso, ellos también fueron abiertos con respecto a su proceso. Hicimos generación en cierto sentido. Aunque sólo nos reunimos una semana, compartimos intensamente esos días. Todos leímos las obras de todos, todos servimos como lectores de los otros y como comentaristas, entonces como que fuimos cuidadosos en abrir nuestros procesos, en comentarnos, en enriquecernos mutuamente.

 

¿Estarías de acuerdo en que cualquiera pudo ganar?

Totalmente. No sé de qué dependa el primer lugar, pero considero que todas las obras finalistas tienen mucha calidad. Todas tienen enfoques muy particulares. En todos los casos pasaba esto de la violencia como marco. Si uno lee las cinco obras son un prisma como para darle otra vuelta a la idea de violencia, a la idea de país en general.

 

¿En quién te inspiras para crear a los personajes?

En nadie en especial. He tomado un poco de quienes me rodean y de mí mismo. Crear un personaje es un poco asomarse a uno mismo, poner una especie de reflejo de ciertos rasgos. A quien más conoces es a ti mismo. Entonces es un poco un proceso de cómo reaccionaría yo en tal situación, qué haría yo si mi historia de vida fuera ésta. Un poco ir jalando hilos, extrapolando situaciones, extrapolando emociones, extrapolando modos de pensar, para ir conformando una entidad completa.

 

Luego de trabajar como director, dramaturgo, diseñador escénico, ¿en dónde te sientes mejor?

Estudié la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la unam, donde había tres áreas de especialización: actuación, dramaturgia y dirección, desde entonces tuve la necesidad de conocer el fenómeno escénico desde sus distintas aristas. Considero que el fenómeno escénico necesariamente es colaborativo e integra perspectivas muy distintas; es el espectador, el actor, el director, el taquillero, el técnico, el empresario.

No es un fenómeno unitario, tiene una multiplicidad de voces, de intereses, de encuentros que se dan cada noche para que el telón se levante, y esa complejidad me interesó mucho. Sentía la necesidad de complementar mi formación acercándome en primer lugar a los diseñadores porque era un mundo que me era ajeno, yo estaba más cercano a la literatura, y el mundo del diseño me atrapó, el de los diseñadores de escenografía, de iluminación, de vestuario. Pasé mucho tiempo asistiendo a escenógrafos, vestuaristas, etcétera, y poco a poco hice, sobre todo de la iluminación, mi oficio de batalla.

Es una labor que me ha dado la oportunidad de conocer gente, de viajar mucho, con distintas compañías y me ha permitido ver esa complejidad a la que me refería. Paralelamente, desarrollé proyectos como director, en los que la dramaturgia surgía más colectivamente, de intereses comunes con los actores. Con otros miembros del equipo íbamos formando los textos y es hasta hace poco cuando me intereso por la dramaturgia como un fenómeno anterior al del ensayo o al de la puesta en escena, como un fenómeno literario en sí mismo. Como este fenómeno doble, que por un lado es palabra para ser leída, pero también es palabra para ser encarnada por el actor. Y ese carácter doble me interesa mucho como dramaturgo.

 

Para terminar, ¿qué prefieres: teatro comercial o teatro no comercial?

Hay fronteras que se han ido borrando, sobre todo debido a las políticas públicas, de hace unos quince años a la fecha y han fomentado que las compañías, en esta idea de grupos y de compañías que había en los años ochenta, ahora se enfoquen como empresas culturales. Esa es un poco la tendencia actual dentro de los modelos de política cultural, y eso ha llevado a que las fronteras se borren un poco. Sin embargo, hay producciones de vocación más experimental o investigativa que requieren un subsidio, que sí necesitan subvención, porque de otra manera hay cosas que uno no puede explorar en un escenario. Uno no explora por simple curiosidad de “vamos a ver qué pasa”. Lo que me parece fundamental del artista es que lleve los límites del lenguaje más lejos, que el teatro no siga siendo siempre esa cosa que está uno acostumbrado a ver porque eso se agota y tiende a morir. Uno lleva los límites más lejos en un intento por acercarse más a la vida, por acercarse más a las formas múltiples de la vida de los seres humanos y esa exploración necesita apoyo gubernamental.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

En este texto, Juan Pablo García Moreno desmenuza los lados poco transitados de la soledad, ésa a la que muchos temen y pocos tienen el privilegio de vivir. La que provoca el autoconocimiento, la añoranza, el disfrute y la reflexión, en contraposición al mundo contemporáneo en el que las redes sociales ni siquiera nos dan licencia para empezar a extrañar a las personas que supuestamente queremos.

 

The time is shorter now for company,
And sitting by a lamp more often brings
Not peace, but other things.

PHILIP LARKIN

 

«Toda soledad es egoísta», sentenció Larkin en Vers de Société. Y me parece que en el momento en el que lo escribió tenía razón. La soledad voluntaria, aquella que se elige, conlleva necesariamente la renuncia a la compañía, asumiendo lo que implica para aquellos que se abandona. Sin embargo, es posible amar en soledad. Es posible pensar, añorar, desear al otro, desde el aislamiento. Más aún, la soledad magnifica los componentes melancólicos de la experiencia amorosa. La imposibilidad de un amor, de la reciprocidad del ser amado, o factores externos que lo impidan o lo terminen, es incluso un componente fundamental de las expresiones artísticas de aquello que entendemos por amor romántico.

Los tiempos, sin embargo, han cambiado. Y los días en los que Larkin escribió su poema —el no tan lejano año de 1971— han quedado atrás. En la actualidad, la soledad se ha convertido en un lujo. Una opción que, como el silencio, sólo se encuentra al alcance de aquellos con los bienes materiales suficientes para dejar de participar en el sistema de producción y consumo; o bien, para aquellos dispuestos a renunciar al mismo —con todas las consecuencias que esto conlleva.

No es una exageración afirmar que nunca hemos estado menos solos. Al contrario, resulta incluso una obviedad reconocer que vivimos en los días de la mayor interacción humana en la historia de nuestra especie, y que las conexiones que lo permiten no harán más que crecer, extenderse y ramificarse con cada día que pasa.

Notificaciones de mensajería instantánea, de noticias urgentes; avisos de reacciones a algo que dijimos o preguntamos o compartimos en redes sociales saturan las pantallas de nuestros teléfonos celulares, sumergiéndonos en un eterno presente. Nunca hemos estado menos solos y, sin embargo, nunca antes habíamos estado tan aislados.

En La agonía del Eros, Byung-Chul Han explora la viabilidad de la experiencia erótica en nuestros días. Su diagnóstico no es alentador. El neoliberalismo, a través de la uniformización de la sociedad, la degradación de la alteridad, la reducción de nuestros horizontes temporales y físicos, y la positivación sexual del amor, ha vuelto cada vez más difícil la experiencia erótica.

¿Es posible, en estas condiciones, amar? ¿Sigue teniendo sentido intentarlo?

EL INFIERNO DE LO IGUAL

No sé si sólo me suceda a mí, pero al parecer soy la única persona con una cuenta activa de Instagram que no está en Tulum. El ejemplo, lo admito, es burdo. Pero no por eso deja de ser ilustrativo. Cualquier persona que use esa red social puede comprobarlo: cientos de miles de fotografías, ordenadas de manera aparentemente aleatoria en un scroll infinito se vuelven completamente indistinguibles unas de las otras. Playas, paisajes, ciudades; celebridades o gente común, que lucra o que aspira a hacerlo con la exhibición de lo que aparentemente es un momento normal.

Cientos de miles de imágenes que pueden ser clasificadas en pocas, contadas, categorías. Todas venden algo: sean cremas para adelgazar o la apariencia de un estilo de vida. A primera vista, la cuadrícula interminable de imágenes puede parecer un desorden fragmentado, pero si se toma un poco de distancia puede apreciarse que describe una imagen coherente: una panorámica detallada de la homogeneización de los gustos, de los patrones de consumo, de los individuos.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

Nadie utiliza Instagram, o ninguna otra red social, intentando sorprenderse. Nadie busca encontrar algo o alguien completamente distinto. Nadie accede a ese flujo de información aspirando a hallar al otro. Al contrario: no sólo no buscamos al otro, sino que buscamos incesantemente proyecciones de nosotros mismos en el mundo. Ejemplos de validación y confirmación de prejuicios, actitudes, aspiraciones y fracasos, que, paradójicamente, tienden cada vez más hacia la homogeneización, hacia el aplanamiento.

Este páramo de la uniformidad es llamado por Han el infierno de lo igual[1], y describe a una sociedad en donde no sólo el amor, sino cualquier experiencia erótica, es imposible. Eros se alimenta del otro, requiere necesariamente de la alteridad para existir. Sócrates, recuerda Han, se refirió a sí mismo en tanto amado como Atopos, dado que: «El otro, que yo deseo y que me fascina, carece de lugar»[2]. El neoliberalismo y su producto, la sociedad del rendimiento, ha avanzado hacia la eliminación de la alteridad atópica, en donde «todo es aplanado para convertirse en un objeto de consumo»[3].

En una sociedad en la que no es posible encontrar al otro, el sujeto busca, al menos, encontrarse, reconocerse, a sí mismo en el mundo. Y para ello busca proyecciones de sí mismo en el exterior, que por su parte, le devuelve, como a Narciso, una imagen de sí mismo, en la que se ahoga. El resultado es una sociedad completamente narcisista, en donde la experiencia erótica es imposible. La consecuencia de ese narcisismo, argumenta Han, es la depresión, opuesta por completo al Eros.

La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo. Carece de mundo y está abandonado por el otro. Eros y depresión son opuestos entre sí. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo[4].

Vivimos, en teoría, en un momento en el que todos somos libres. Nadie, salvo nuestras propias aspiraciones y capacidades, dicta el límite de cuánto dinero podemos generar y acumular, o cuántos bienes podemos consumir. Si uno trabaja, se nos dice, el mercado demandará lo que hagamos y a su vez proveerá lo que necesitemos. En el infierno de lo igual, despojados de toda alteridad, es imposible amar. Es posible, sin embargo, consumir. Y si es posible consumir, es posible entonces cuantificar y medir ese consumo en la lógica del rendimiento.

De acuerdo a Han: «El amor se positiva hoy como sexualidad, que está sometida, a su vez, al dictado del rendimiento. El sexo es rendimiento. Y la sensualidad es un capital que hay que aumentar. El cuerpo, con su valor de exposición, equivale a una mercancía»[5].

La pesadilla neoliberal es trágica principalmente porque no es posible ver una salida —y al mismo tiempo es fácil pensar en su desarrollo factible. Lo mismo aplica para este aspecto específico de la sociedad del rendimiento. No es descabellado imaginar un futuro no muy distante en donde la positivación del amor en tanto sexualidad se lleve al extremo. Aplicaciones que midan tu rendimiento sexual a partir del número de encuentros; usuarios que intercambien calificaciones públicas —«colaborativas»— del desempeño sexual. Tal como sucede con el número de estrellas que determina el valor en el mercado laboral, o el jitomate que define el retorno de la inversión de una película, no es difícil de imaginar un sistema de reconocimiento en donde un número establezca tu lugar en la escala del mercado sexual.

De la misma manera en que no se puede consumir a alguien que se ama, es imposible amar a alguien que se consume. Frente al consumo no existe otredad; existe una representación asimilable al esquema de rendimiento. La positivación del amor es el primer gran riesgo para su sobrevivencia.

PRESENTE OPTIMADO

La homogeneización y la desaparición de la alteridad no es el único aplanamiento que amenaza la viabilidad de la experiencia erótica. De la misma manera que el otro se ha diluido, el tiempo y la distancia han ido desapareciendo. El amor, para serlo, implica aspectos y sensaciones negativas: es necesaria la ausencia para poder añorar; es necesario el futuro para imaginar o el pasado para recordar; es necesaria la distancia para ansiar el reencuentro.

Nada de lo anterior es posible en la eterna inmediatez que nos asedia por todos los costados. ¿Para qué un ser narcisista, volcado en sí mismo, querría experimentar las sensaciones negativas provenientes de la ausencia del ser amado teniendo a la mano gratificación instantánea? ¿Para qué entrar en contacto con la otredad, en muchos sentidos, de manera no placentera pudiendo cuantificar el rendimiento de su placer?

El individuo del rendimiento no puede esperar. Sabe que no tiene que hacerlo. Su horizonte temporal está limitado al instante: es su tiempo definido en sus términos. La otredad implica un tiempo distinto al propio cuya implicación es la inaccesibilidad permanente.

El deseo erótico está ligado a una presencia especial del otro, no a la ausencia de la nada, sino a la «ausencia en un horizonte del futuro». El futuro es el tiempo del otro. La totalización del presente como tiempo de lo igual hace desaparecer aquella ausencia que sitúa al otro fuera de lo disponible. […] El amor, en la medida en que hoy no significa sino necesidad, satisfacción y placer, es incompatible con la sustracción y la demora del otro.[6]

Todo parece indicar que nuestro progresivo aplanamiento temporal seguirá su curso. Soy uno de los así llamados nativos digitales y aún así me ha costado trabajo adaptarme a las redes sociales efímeras: videos de escasos segundos de duración que desaparecen a las horas de haber sido publicados. No es difícil imaginar que esa duración seguirá acortándose, enfocando nuestra concentración en un permanente instante cada vez más breve, más fugaz. Más vacío.

LA ANTIPODA DEL EROS

Existe un espacio en donde el carácter narcisista se encuentra con la anulación de la alteridad y la gratificación instantánea: la pornografía.

El portal pornográfico más visitado del mundo presume almacenar, hasta ahora, 10059,213 videos, equivalentes a 1,515,627 horas, o 173 años de reproducción continua[7]. Durante el año pasado, transfirió 118 gigabytes de información cada segundo[8]. Una persona podría pasar la totalidad de su vida, y después una o dos más, viendo videos de sexo explícito sin siquiera tener que repetir un solo fotograma. Cientos de miles de falos, culos, senos y rostros contorsionados únicos e irrepetibles desfilando frente a los ojos del onanista eterno. La opción existe, y una persona podría renunciar a cualquier tipo de interacción con otro ser humano, y de la realidad misma, con tal de entregarse a la monotonía, en este caso insufrible, de su narcisismo.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

El crecimiento de producción y consumo de pornografía no es casualidad, sino que es la consecuencia lógica de la positivación del amor como sexualidad. La pornografía, o de manera más general lo porno, es la exposición de la sexualidad en tanto mercancía. «El capitalismo —dice Han— no conoce ningún otro uso de la sexualidad. Profaniza al Eros para convertirlo en porno»[9].

La pornografía no sólo es un ejemplo ilustrativo de la desarticulación del otro en diversas categorías o subproductos, sino que además amenaza la viabilidad de la experiencia erótica por dos frentes: mediante la anulación de cualquier tipo de misterio, primero, y la sustitución de la fantasía por una falsa representación permanentemente accesible. «Lo obsceno del porno no consiste en un exceso de sexo, sino en que allí no hay sexo. La sexualidad hoy no está amenazada por aquella “razón pura” que, adversa al placer, evita el sexo por ser algo “sucio”, sino por la pornografía»[10].

No ha habido un solo año en el que disminuya el número de visitas al mayor sitio pornográfico: el año pasado fueron 28.5 mil millones.

GERMEN DE LO UNIVERSAL

Podría pensarse que la doctrina platónica, aquella en donde el Eros mueve el alma hacia la procreación de la belleza, debería ser suficiente para preservar la vigencia del amor. Pero la realidad demuestra que no es así. De ahí que el argumento de Han resulta tan convincente: las consecuencias de la ausencia del Eros son su mejor defensa y su reivindicación más urgente.

Pero sería algo absurdo que ésa fuera su única defensa. La reivindicación del amor debe pasar, también, por lo que activamente representa. Por un lado, es un refugio del utilitarismo: «El Eros es, de hecho, una relación con el otro que está radicada más allá del rendimiento y del poder»[11]. Reconocer al otro más allá de los límites del rendimiento —en donde se le ama y no se le consume— nos abre a la posibilidad de ser transformados por su alteridad.

«El amor es una conclusión absoluta porque presupone la muerte, la renuncia a sí mismo. La “verdadera esencia del amor” consiste en “renunciar a la conciencia de sí mismo, en olvidarse de sí en otra mismidad”» [12]. Esa renuncia, ese abandono, nos transforma y nos hace pensar no sólo en el otro sino en lo otro. «Es necesario haber sido un amigo, un amante, para poder pensar»[13], y acaso ahí resida su reivindicación más subversiva.


Notas

[1] Byung-Chul Han, La agonía del Eros, Herder. Kindle, posición 45-48.

[2] Idem.

[3] Byung-Chul Han, op. cit., posición 52-54.

[4] Ibid., posición 60-62.

[5] Ibid., posición 176-178.

[6] Ibid., posición 223-230.

[7] Celebrating 10 Years of Porn… and Data!, en https://www.pornhub.com/insights/10-years

[8] 2017 Year in Review, en https://www.pornhub.com/insights/2017-yearin-review

[9] Ibid., posición 439.

[10] Ibid., posición 389-390.

[11] Ibid., posición 156.

[12] Ibid., posición 321-323.

[13] Ibid., posición 678.


Autores
(Cuernavaca, 1991) estudio ciencia política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y es editor en línea de la revista Nexos.

Ilustrador
Lorena Mondragón
(Ciudad Juarez, 1988) es diseñadora gráfica e ilustradora desde 2011. Su trabajo se enfoca en la ilustración editorial, personal y corporativa.