Tierra Adentro

“La historia de la antipoesía contada por Nicanor Parra es la de un combate lento y complejo para poder decir en voz alta lo que pensaba en secreto y silencio desde que nació en San Fabían de Alico, sur de Chile, en la primavera del año 1914”.

Ensayo de Rafael Gamucio. Ilustraciones de Hernán Gallo.


Autores
(Ciudad de México, 1987). Es ilustrador y artista gráfico. Ha colaborado en revistas para Chile, México y Colombia. Actualmente trabaja en proyectos independientes y colabora en libros y revistas.

Jorge Esquinca, Luis/Caballo y yo nos conocemos desde hace tanto tiempo que se impone, me parece, una mirada hacia atrás, no con ánimo nostálgico sino queriendo con ello contextualizar el significado de este libro que es producto de la creatividad y el talento, pero también, estoy seguro, de la amistad.  Aunque no lo sea, me siento un poco autor y me siento parte del resultado de este libro, aunque sea solamente por tantos años compartidos.  Además, ellos y yo hemos cruzado ya el umbral de eso que se conoce como “tercera edad”, y ya se sabe que a estas alturas a uno le da por revisar las cosas del pasado.

Jorge, Caballo y yo coincidimos hace más de cuarenta años en una carrera universitaria, la de Ciencias de la comunicación, del iteso, en un momento en el que compartíamos una especie de desorientación vocacional. Llegamos ahí muy jóvenes, indecisos, sin saber muy bien qué hacer con nuestros respectivos intereses artísticos. Por diferentes motivos no nos animábamos a afrontar una carrera de artes y encontramos en la comunicación un espacio con un relativo prestigio, generoso y amplio —y también, hay que decirlo, vago e impreciso— como para tratar de encauzar ahí aquella vocación artística en ciernes.

Yo tenía un indudable interés por la música, Jorge por la literatura y Caballo aún no se encontraba, me parece, con este oficio al que habría de dedicarse después, la fotografía, pero tenía sin duda una vocación humanística que se expresaba de varias maneras, sobre todo mediante ese espíritu rebelde y la personalidad contestataria y desafiante que conserva hasta el día de hoy. (Entre paréntesis recuerdo que comenzamos a llamar “caballoica” a cualquier ocurrencia extravagante).

En aquella carrera coincidimos también con varios personajes más o menos afines con quienes compartíamos esa misma comprensible desorientación vocacional: Ricardo Orta, Juan Carlos Ramírez, Memo Corona, Rubén Orozco, y emprendimos juntos algunos proyectos escolares que, sin embargo, buscaban un lugar fuera de las aulas. También tuvimos maestros inspiradores, quienes en mayor o menor medida contribuyeron a abrirnos cauces de exploración para nuestros intereses. Pienso en Xaviercito Gómez Robledo, José Luis Pardo, Jorge Paredes, Laura Magaña, por citar solamente a algunos.

Con los años pasaron muchas cosas: nos casamos nos descasamos y volvimos a casar, tuvimos hijos —y ya estamos en edad de tener nietos—, fuimos definiendo con más claridad nuestros intereses profesionales. Yo me he dedicado por partes casi iguales a la música y al periodismo, Jorge se decantó decididamente por las letras y, por medio de diversos proyectos editoriales y muchos libros publicados, ha ido consolidando un prestigio que lo coloca como uno de los mejores poetas del país; Luis/Caballo ha hecho de la fotografía su medio de expresión y supervivencia en facetas diversas: la enseñanza, el trabajo con niños, los proyectos editoriales, la promoción de la foto, el rescate de insólitas y casi arcaicas técnicas —como las cámaras estenopeicas y los procesos como el del platino-paladio, entre otras cosas— y, por supuesto, su trabajo personal como fotógrafo, del que hoy tenemos con este libro una muestra que para mí es muy representativa de sus intereses artísticos.

En todo este tiempo transcurrido ha habido temporadas en las que nos hemos visto más que en otras, pero tengo la certeza de que ha permanecido entre nosotros la amistad, el cariño y la admiración. Creo, pues, que este libro es una celebración del talento, la perseverancia y la amistad.

Sé que este proyecto se ha venido cocinando desde hace años. Caballo hizo muchas tomas fotográficas en Xilitla, en San Luis Potosí, hace tiempo. Se trata de ese lugar alucinante que se conoce como Las Pozas y que es un jardín escultórico en plena huasteca potosina concebido por Edward James. Se llevó su cámara y congregó a un par de modelos a quienes les pidió que posaran desnudas entre las construcciones y la vegetación exuberante. La idea de hacer algo especial con ese material fotográfico estuvo siempre ahí y tanto a Jorge como a mí, Caballo nos ha compartido esa inquietud en diferentes momentos. Sin embargo, por una u otra razón no se había podido concretar.  Hoy, gracias a complicidades varias, entre las que hay que destacar la del magnífico impresor Elías Ortiz, es una realidad. Y un ingrediente adicional, que sin duda ha contribuido a hacer realidad este proyecto, es el exilio voluntario de Jorge y Caballo al hermoso pueblo de San Antonio Tlayacapan, en la ribera de Chapala, donde ahora son vecinos.

En el hermoso y sugerente texto que ha escrito Jorge para el libro habla, entre otras cosas, de ese “otro mundo” creado por Caballo con sus imágenes, y eso es precisamente lo que a mí me ha fascinado más de este proyecto. Son varios los mundos de los que Caballo ha echado mano para crear el suyo propio, mundos que interactúan: el de la naturaleza salvaje y exuberante de la selva potosina; el de las construcciones surrealistas que Edward James edificó ahí como una especie de contraste con la brutal naturaleza; el de las desnudas y durmientes bellezas que aparecen como elementos oníricos; y el “otro mundo” imaginado por Luis con todos los ingredientes anteriores y que se hace visible gracias a su pericia fotográfica y su buen ojo. El resultado es todo lo anterior pero también otra cosa: no es la selva, no es el surrealismo, no son los desnudos: es el ojo de Caballo imaginando un mundo inexistente.

La riqueza de sugerencias que podemos encontrar en estas imágenes es inagotable: las “bellas medio durmientes y medio despiertas” a las que se refiere Jorge en su texto aportan un ingrediente vital, el de la “belleza convulsiva” de la que hablaba André Breton, citado por Esquinca. Y las lecturas de estas imágenes caballoicas son también, como sugiere Jorge, múltiples, cada espectador puede construir su propia historia a partir de ellas. Una posibilidad es, dice Esquinca, pensar este conjunto de imágenes a la manera surrealista, como “una maquinaria que no solamente produce sueños, sino que atrae a soñadores cómplices”.

Yo digo que contemplar largamente estas fotografías es adentrarnos en un sueño y convertirnos justamente, como quiere Jorge, en cómplices soñadores.


Autores
Es músico, compositor y periodista cultural. Formó parte del legendario grupo El personal. Como solista ha lanzado dos discos: Primeros pasos y Soñé que dormía. Recientemente publicó un libro donde reúne crónicas de la vida cultural de Guadalajara: De memoria.

Dio la casualidad de que, de niño, mis hermanas y mis primos y yo tuvimos la oportunidad de ir a Ixtapa Zihuatanejo de vacaciones, en más de una ocasión. Cuando íbamos, nos quedábamos siempre en una casita que estaba en el fraccionamiento desarrollado en los años setenta por fonatur. Nos encantaba. A diferencia de la ciudad, en Ixtapa podíamos estar solos, por nuestra cuenta, sin la vigilancia de los adultos mientras paseábamos por ese lugar selvático que tenía para nosotros un aura medio fantástica. Durante los días que pasábamos ahí, nos sentíamos en plena libertad de “explorar” el sitio, invadiendo propiedad privada o atravesando la selva como si nada, hasta el día en que una boa salió de ahí adentro y se estacionó a media calle frente a nosotros.

Ixtapa era un lugar raro. Medio vacío, medio abandonado, medio tragado por la selva que alguna vez habían tratado de talar para desarrollar el turismo. Era como un lugar en ruinas. Aquel fraccionamiento estaba lleno de casas abandonadas o de casas horribles que según esto pertenecían a gringos y canadienses pero que nunca estaban abiertas, además de muchas construcciones a medio terminar, obras negras que la selva ya había vuelto a devorarse. En las calles había coches oxidados que ya no prendían, lanchas maltrechas, pilas de cascajo que nadie se llevó nunca. Otro tanto podría decirse del pueblo, construido en un estilo pseudocolonial: fuera de tres o cuatro negocios exitosos, el resto de los locales habían tronado o nunca se habían ocupado en primer lugar. ¿Y esas calles que no llevaban a ningún lado, que se interrumpían de repente frente a los árboles cubiertos de enredadera? Todo Ixtapa era así. Así era.

Los arqueólogos cuentan historias. Escarban entre las piedras, descubren pirámides que al ojo común parecen cerros, trabajan con los restos materiales que el tiempo preservó e indagan en las leyendas, mitos e historias que perduran en la memoria colectiva de la gente. A partir de estos fragmentos trabajan, no tienen nada más. Especulan, aventuran, infieren, discuten entre ellos. Todo arqueólogo sabe que hay un componente de ficción en sus teorías, en las historias que nos cuentan de las civilizaciones del pasado, porque desde sus propias vidas y su propio tiempo, con recursos muy limitados, tratan de reconstruir una forma de vida ajena y distante. Quizá por eso las ruinas que más nos cautivan son a menudo las que también nos resultan más lejanas, más raras, menos posibles, menos modernas.

En una de las memorables reflexiones que abundan en Tristes Tropiques, Lévi-Strauss habla de esto y de la apasionante dificultad de indagar en un pasado del que no parece quedar evidencia alguna:

La base de nuestra especulación es tan precaria que incluso el reconocimiento más insignificante del terreno pone al investigador en un estado de incertidumbre en el que oscila entre la más humilde de las resignaciones y la más loca ambición […]. Nada es posible, así que todo es posible. La oscuridad que tratamos de asir es tan gruesa que no nos permite hacer ningún pronunciamiento al respecto: ni siquiera podemos decir que esté condenada a durar.[1]

¿Pero qué historia nos contaban las ruinas de Ixtapa, ruinas casi contemporáneas a nosotros y ciertamente contemporáneas a la generación de mis padres? Uno podría imaginarse que ciertas casas contaban la historia de políticos demasiado ambiciosos, que otras —las más ornamentadas— hablaban de corrupciones y lavados de dinero, que el mexican curio o el estilo south beach relataban las historias de gringos que se habían quemado su fortuna en cocaína o a los que no les había alcanzado para retirarse en Florida. En conjunto, sin embargo, contaban la historia de un progreso que se había anunciado a tambor batiente en los setenta y que nunca terminó por cuajar en Ixtapa. Como en tantos otros lugares del país, el desarrollo había llegado un buen día en busca de fortuna y se había alejado en el momento exacto en el que ésta dejó de parecer factible, dejando a su alrededor un sitio sin terminar, a medias, en ruinas. Más adelante en su historia nuevas promesas traerían nuevas oleadas de desarrollo, pero tampoco éstas durarían demasiado. Por lo que a mí respecta, sólo en retrospectiva entendí que el aura fantástica que yo le adjudicaba a Ixtapa tenía que ver con todo esto: era la visión de un niño de la Ciudad de México cautivado por un lugar muy diferente, con otro clima y otro ritmo, con plantas y animales que no veía nunca en la ciudad, un lugar que además parecía haberse quedado congelado en una promesa del pasado.

Cuando entré por primera vez a Las Pozas —el “jardín” o “espacio escultórico” o lo que sea, de Edward James en Xilitla—, recordé de inmediato la fascinación que me provocaban de niño las ruinas en general y las ruinas modernas de Ixtapa en particular. No creo que sea difícil dejarse fascinar con esas estructuras y construcciones tan raras, tan fragmentarias, tan entretejidas con la selva de la Huasteca. Las Pozas es otra ruina, otra ruina moderna, pero una pensada en estos términos desde el principio. Una imaginación infantil podría volverse loca ahí adentro, especulando sobre la civilización a la que James dio forma en su imaginación arquitectónica. ¿Quiénes eran las gentes que nadaban desnudas en esas albercas naturales? ¿Qué lenguas hablaban? ¿Qué gobernante había ordenado la construcción de esos pasillos vigilados por serpientes de piedra? ¿Cómo se llamaba ese príncipe caprichoso que había mandado hacer una escalera nada más para sobrepasar la selva y ver el cielo de noche? ¿A qué culto pertenecían esos dioses representados como pájaros y orquídeas? ¿Qué profecías escuchadas dentro de esa esfera cubierta de musgo habían predicho el fin de su hegemonía? Xilitla es también una ficción, una ficción escrita con piedras, concreto, plantas, animales y agua. Me recuerda a Kalpa Imperial, uno de los proyectos literarios de Angélica Gorodischer: una serie de contadores de cuento buscan reconstruir toda la historia de un cierto imperio, pero para hacerlo sólo disponen de un puñado de ruinas, fragmentos y memorias a la mitad. El resto se lo tienen que inventar ellos mismos, como los arqueólogos.

Pero Xilitla, la Xilitla de James y sus Pozas, es parte también de la historia del progreso y de la modernidad en México. James no llegó por mera casualidad a la Huasteca, mucho menos de milagro. Su llegada a México, para no ir más lejos, es parte de los mismos intercambios cosmopolitas de la primera mitad del siglo xx que trajeron a Trotsky a Coyoacán, a Breton a la Ciudad de México dos años antes de la exposición surrealista del 40 o a exiliados españoles como Luis Buñuel o Remedios Varo, por mencionar sólo algunos casos más o menos relacionados con el surrealismo, como el propio James. Y James veía a México, además, con lo que Mary Louise Pratt llamó alguna vez “ojos imperiales”. Los ojos de los conquistadores, de los colonizadores, de los naturalistas para quienes América fue, desde su descubrimiento, un espacio para ser explotado económica, política y científicamente. Un espacio que además era considerado exótico y fantástico porque era ajeno y, en teoría, irracional. En Surreal Eden, la biografía de Margaret Hooks sobre James, la autora misma se deja llevar por estas nociones cuando dice que “fue sólo en esta remota región de México, en este ‘otro’ mundo, lejos de los críticos enloquecedores, donde [James] pudo convertirse en un artista de verdad”.[2] Después nos recuerda que la mansión aristocrática de su infancia estaba plagada de los tesoros, objetos y animales disecados que sus tíos traían de sus expediciones y cacerías por el mundo. Y cuando James emprendió la ida a la Huasteca en 1945 en busca de una orquídea salvaje que le dijeron que crecía ahí, estaba repitiendo —conscientemente o no— la narrativa de cientos de exploradores, naturalistas y antropólogos (incluyendo a Lévi-Strauss) que se habían adentrado en el territorio con promesas de riqueza financiera, científica, artística o intelectual. Una narrativa que El abrazo de la serpiente (2015), la película del colombiano Ciro Guerra, captura mejor que nadie.

A decir verdad, en un principio, antes de las esculturas, James concibió Las Pozas como el sitio ideal para coleccionar plantas y animales exóticos que mandó traer o fue a buscar a distintas partes del mundo. Surreal Eden contiene varias anécdotas al respecto: cocodrilos muertos en tinas de hotel, boas enredadas en las patas de una cama, orquídeas que perecieron en un incendio. La idea era convertir a Las Pozas en un archivo viviente de todas aquellas especies que a James le parecían ajenas y, por lo mismo, extrañas y fascinantes. Zoológico, aviario, jardín botánico, estos espacios prototípicos del proyecto colonial —que es el proyecto moderno— yacen en los orígenes de Las Pozas.

En una anécdota interesante del libro de Hooks, la autora relata que fue gracias a la fortuna e influencia de James que el pueblo de Xilitla pudo terminar de electrificarse. James en un principio no quería llevar electricidad a Las Pozas, pero finalmente se dejó convencer con la esperanza de volverlo un lugar más rentable económicamente (quería poner una fábrica de enlatados en una parte del terreno). Una vez convencido, decidió darle una dimensión estética al asunto. Construyó entonces esculturas para los cables y realizó todo tipo de instalaciones de luz entre las plantas, las piedras y las cascadas. Hooks recupera el testimonio de Abdón Martínez, uno de los albañiles de Las Pozas, el día en que James prendió el switch por primera vez:

Todo mundo estaba ahí… Don Eduardo [James] había subido solo a las cascadas, al lugar a donde iba a meditar…. Habían puesto luces para alumbrar las cascadas, luces verdes, luces rojas, luces amarillas. Entonces encendieron el interruptor y, de repente, hubo una explosión de color por toda la selva, todo se encendió, y había una luz en cada detalle, una roca aquí, un árbol allá. Y él estaba tan contento, sentado allá arriba en las cascadas, viéndolo todo.[3]

El progreso había llegado, nada menos que de la mano de James, el mecenas aristócrata, el artista surrealista, el tío Eduardo. Había llegado, además, en la forma de un espectáculo en medio de la selva, un acontecimiento artístico cuyo creador vigilaba desde la cascada. Por eso creo que hay que tener cuidado de esas opiniones que se lamentan del estado actual del sitio y proyectan una imagen de unas Pozas perdidas entre la selva, inmaculadas, secretas. Para ellos, Las Pozas es un sitio que antecede y nada tiene que ver con la modernidad que ahora trae turistas por la carretera. Pero no hay pureza en Xilitla, lo que hay es contaminación, algo que queda claro al ver esa arquitectura tan ecléctica e imaginativa como un álbum orientalista medio comido por las plantas. Arquitectura exótica y arabesca, empresas coloniales, novelas de aventura, bestiarios, invernaderos, todo se condensa ahí, todo se materializa. Las Pozas es uno de esos sitios cuyo poder estético surge justamente del hecho de que logran entramar los sueños, ambiciones, violencias y dinámicas que rodean al paso de la modernidad en una periferia como México. No digo que no deba discutirse la cuestión de cómo preservar y qué hacer —o no— en y alrededor de un sitio como éste, al contrario. Sólo digo que esa ficción de la Xilitla de James como un paraíso premoderno no aporta demasiado a la discusión, sobre todo porque nunca existió.

En el fondo yo creo que James era consciente de todo esto. Pienso que sabía muy bien que él representaba una modernidad que en un lugar tan aislado como Xilitla estaba condenada a llegar por oleadas, a medias, con violencia, dejando a su paso una serie de ruinas en la forma de edificios abandonados, líneas férreas oxidadas, hoteles a medio acabar o calles de asfalto quebradas por la mala hierba. Justo como Ixtapa. Creo de hecho que el carácter inconcluso que caracteriza a Las Pozas tiene que ver con esto. Ahí radica el punto mismo de construir una ruina con cemento moderno, de levantar una serie de estructuras, fragmentos y promesas para luego dejarlas a la mitad y permitir que el tiempo y la vegetación hagan su trabajo. Y así, sin terminar, volverlas, al igual que las ruinas de Ixtapa, una permanente obra negra.

[1] Claude Lévi-Strauss. Tristes Tropiques. New York: Penguin, 2012: 260. Traducción mía.

[2] Margaret Hooks. Surreal Eden. Princeton: Princeton Architectural Press, 2006: 9. Traducción mía.

[3] Margaret Hooks. op. cit.: 150. Traducción mía.


Autores
(Ciudad de México, 1988) es escritor y académico. Actualmente, estudia un doctorado en la Universidad de California, Berkeley, donde escribe sobre literatura, arquitectura y urbanismo en el México posrevolucionario. Ha publicado en revistas impresas o electrónicas como Discurso Visual, Arquine, Tercera Vía o Cuadrivio. En 2018 publicó la novela Una línea que cae y se deshace (Camelot América).
Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

 

En este ensayo, Penélope Córdova nos invita a reflexionar sobre la senectud y sus consecuencias, distinguiendo entre la longevidad venerable y la que es, por el contrario, abominable.

 

De todas las ruinas del mundo, la
ruina del hombre es, con seguridad,
la más triste de contemplar.

T. GAUTHIER

 

El paramédico Martín Fregoso le limpiaba a mi abuela la sangre seca encima del labio con un algodón remojado en Isodine. Mientras, quizá por cortesía innecesaria hacia nosotras, se explayaba en dulces devaneos sobre las bondades y ternuras de la vejez. Aseguraba que él, un hombre de unos treinta y pocos años, deseaba, si Dios quiere, llegar a esa edad tan bonita; quiero que me cuiden y que me consientan, que se ocupen de mí, que me cuenten historias. Mi tía y yo nos miramos y supongo que en ese momento las dos pensamos lo mismo: no, no quieres.

Mi abuela nació en Málaga y tiene noventa y cinco años, pero en su acta de nacimiento, por un dato alterado seis años a propósito por su madre cuando llegaron a México, indica que ahora tendría ochenta y nueve. Mi anciana abuela, la madre de mi padre, que cada enero desde hace veinte años aseguraba que no llegaría a diciembre, ya no tiene ahora ni voluntad ni dientes para pronunciar esa frase que en ella era tradicional. «Yo ya no tengo que estar aquí», suspiraba a modo de conclusión. Vivió con mi tía durante algunos meses cuando fue evidente que ya no era capaz de valerse por sí misma, cuando llegábamos a su casa y le encontrábamos moretones en el cuerpo, resultado de caídas que nunca nos contaba, pero que eran cada vez más frecuentes. Los primeros signos empezaron hace unos ocho años. Sus primeras alucinaciones, si se les puede llamar así, eran olfativas; juraba que el vecino del piso superior se embriagaba hasta la inconsciencia; que el olor del alcohol trasminaba hacia su departamento; que esa fetidez era mortal: ese hombre la quería matar. El tufo etílico detonó la historia y el motivo por los cuales subió a discutir con el presunto alcohólico, quien no tenía idea de lo que la vieja decía. Entonces empezó a temerle y a evitarnos también a nosotras en las escaleras cada vez que íbamos a visitarla. Una vez encontré a mi abuela durmiendo debajo de la mesa del comedor para protegerse del olor que sentía que la envenenaba. «¿No hueles?», me preguntaba. Luego dejó de tejer, de ver, se le cayeron uno a uno los dientes, oía cada vez menos, empezó a tomar pastillas para las alucinaciones, la hipertensión, la úlcera y la ansiedad, pero todavía se levantaba para calentarse la comida, llamarnos por teléfono e ir al baño.

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)


 
 

Ya en casa de mi tía, se levantó una noche para ir a la cocina y se cayó, se golpeó el rostro y se fracturó la mano al intentar amortiguar la caída. Pedimos una ambulancia para que la trasladaran al hospital, pero ella no quiso moverse de la casa. Nunca ha sido de médicos; la última vez que pisó el hospital fue cuando murió mi padre. Acaso por eso los evita. Aseguraba con necedad, en presencia de los paramédicos, que no le dolía nada, con todo y el rostro morado y la mano inmóvil envuelta en una venda improvisada. Pocas semanas después vino la dislocación del hombro, la fractura de cadera, la imposibilidad de levantarse para ir a orinar, el insomnio, la falta de hambre, los vituperios hacia nosotros, los «me quiero ir», la cuidadora de doce horas y, finalmente, hace un par de días, el asilo. El espanto en ella y la culpa en nosotros. «Es lo mejor», nos decimos e intentamos creerlo genuinamente tanto para ella como para nosotros.

Hablamos de la muerte para prepararnos: hacemos lo que hacemos porque morimos; escribimos, amamos, leemos y viajamos no sólo porque nos gusta, más bien nos gusta porque morimos. Y el caso es que vivir no nos prepara para el fin. Ni para el propio ni para el de las personas cercanas. La muerte está ahí, en un futuro ignoto, esperando su turno para cernirse sobre nosotros, en el momento menos esperado, dicen, pero es que son pocas las veces en que existe un momento esperado; pensamos en ella y le tememos, aunque lleguemos a asegurar e incluso a creer que no. Pero nadie nos prepara ni nos habla de la vejez, esa edad indeseable que los discursos políticamente correctos eufemizan de incontables maneras, pues qué es un adulto en plenitud sino un cuerpo gastado cuya lucidez se alimenta de historias propias y ajenas. No pensamos en la vejez porque no es obligatoria, uno puede perfectamente morirse sin llegar a los sesenta. No vemos la vejez hasta que está demasiado cerca, aunque de lejos tiene apariencia de blandura y experiencia. Y así es hasta cierto punto y en algunos casos, cuando las narrativas individuales permanecen intactas o sin boquetes demasiado peligrosos, de los que se puede salir con lesiones menores. Son dos edades distintas, la vejez con historias y la que ya las perdió. La primera es la longevidad venerable; la segunda, la abominable.

Cada vez que alguien asegura que desea llegar a viejo, «esa edad tan bonita», probablemente se imagina como un anciano bonachón o cascarrabias, según el temperamento, pero con mucha sabiduría, experiencia y otros sentidos encomiables perfeccionados con los años, como el común, el del humor y el de la dignidad. Recuerdo la bella apología de Cicerón, en la que argumenta los motivos por los que la vejez no es miserable. Se menciona, entre otros temas, que las grandes cosas no se hacen con el cuerpo, sino con la mente. Y que sí, la pérdida de memoria es un problema, pero hay ancianos que pueden recitar sin dificultad pasajes enteros de los dramas griegos; vaya, el deterioro de la curiosidad intelectual no es una norma, Sócrates y Catón eran ya unos ancianos cuando aprendieron uno a tocar la lira y el otro la lengua griega. Estos argumentos son hermosos, optimistas y efectivamente persuasivos porque se refieren a la edad venerable. Cicerón tenía sesenta y dos años cuando escribió el diálogo, aunque el personaje mediante el cual habla sea un octogenario. Lo que Voltaire muchos siglos después define como «una extraña enfermedad que se cuida para hacerla durar» para el romano era un don. Pienso que la vejez puede acotarse, con sus matices, como el desmoronamiento de la narrativa personal, aunque no todos estos desmoronamientos la implican.

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

La muerte abre un vacío. La vejez, en cambio, causa repulsión cuando se le mira a los ojos y se aspira de cerca su aliento de materia orgánica en proceso de descomposición. No se sabe de qué forma se morirá, pero existe la percepción entre los que se quedan de que suele ser demasiado pronto. Para la vejez no: para ella siempre hay tiempo, un día, una semana, unos segundos más. El tiempo se vuelve indeseable, detestable, se descoyunta, pierde el sentido, nos cambia el rostro.

El fin sin vejez representa dos situaciones simultáneas: es el término y el inicio de la ficción. Mi padre murió cuando tenía la edad que yo tengo en el momento en que escribo estas líneas. Un accidente en motocicleta acabó con su vida cuando yo acababa de nacer. Su muerte inauguró una ficción a la que me he aferrado durante más de treinta años a falta de una persona y un rostro de carne. El hombre que fue mi padre es distinto, quizá completamente opuesto a la persona que no recuerdo pero imagino, y que es casi lo mismo. Es un héroe dentro del mito familiar porque está muerto. La narrativa alrededor de él no sólo no está incompleta, sino que ha alterado su dimensión y ha crecido con los años. A nadie del resto de la familia le ha pasado algo tan significativo como morirse joven. De él no tengo nada cierto más que su nombre.

En su novela fragmentaria Desarticulaciones, Sylvia Molloy narra la relación entre dos mujeres, una que padece Alzheimer y otra, su amiga, la narradora, que va a visitarla e intenta mantener una relación que poco a poco se va llenando de olvidos. El relato de Molloy no es sobre la vejez o el padecimiento, es principalmente una historia acerca de la pérdida de las historias y el lenguaje. La condición de ML —la amiga enferma de la narradora— y la de mi abuela son pérdidas de la narrativa propia. Porque todo empieza y termina por ahí, por las historias que nos contamos sobre nosotros mismos y también por las que nos dejamos de contar, por el beodo asesino del piso de arriba, por el olvido de los muertos y de los vivos, de los nombres, de las cosas. Molloy se pregunta «¿Cómo dice yo el que no recuerda?» Uno sólo puede contarse su historia en primera persona. Pero cuando ese recurso se desbarata, ¿entonces qué?

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)

Ilustración de Pamela Medina (Ciudad de México, 1992)


 
 

La primera etapa de la psicología infantil consiste en identificar ese yo para después construir la primera historia sobre el mundo que lo rodea. En la vejez, esas ficciones personales son lo último que queda, lo último en caer. Cuando los sentidos están atrofiados y realizar actividades tan básicas como escuchar la radio, distinguir el rostro de quien acaba de entrar en la habitación, llevarse la comida a la boca, ponerse de pie y caminar resultan hazañas más allá de las fuerzas, lo único que queda es la narrativa. Lo que se puede contar sobre los otros y sobre sí mismo, que a estas alturas ya está incompleto, está prendido a la delgada carne con alfileres. Los hombres, dice Pascal Quignard, somos los únicos animales que estamos sometidos al relato. Somos seres narrativos. Qué es darle sentido a la existencia sino contarse historias sobre por qué es bueno seguir vivo, darse a uno mismo una muy buena razón para no dejarse matar por el aburrimiento, por las frustraciones o por la mierda del mundo.

Los últimos días de mi abuela antes de internarla los pasó postrada en la cama. Pedía ayuda cada dos minutos para que le alcanzaran los zapatos, porque quería levantarse e irse a su casa, la de su infancia, que actualmente ya ni siquiera existe. Su mente no recordaba que sus piernas ya no podían sostenerla, y estaba convencida de que en cuanto se pusiera los zapatos se levantaría e iría a su casa. Se preocupaba porque, decía, su madre se iba a enojar si no sabía dónde estaba. «¿Ya le avisaste a mi mamá?», me preguntó varias veces.

Los ancianos suelen causar algo que a menudo confundimos con el asco. Nos perturban porque, como en el caso de los dementes clínicos, han perdido la historia que los sustenta y les da identidad. La suya es una narrativa dislocada donde se forma un cuadro en el que la persona y su discurso no se corresponden. La narrativa es la medida del tiempo. Cuando se pierden las historias, se pierde también el tiempo. Mi abuela pasaba dos días continuos despierta porque estaba enferma, pero también porque no tenía noción de lo temporal; la luz natural del día y la artificial de la noche no significaban nada para ella. El tiempo, para ella, era el mismo instante alargado hasta la eternidad. Así ha sido desde hace un par de años.

La ficción es instinto de vida en el niño, y también lo es en la senectud, porque cuando algunos capítulos comienzan a borrarse, el anciano se aferra a los que todavía están más o menos claros. Son ésos los que surgen y vuelven, sin importar qué tan lejanos en el tiempo estén, para integrarse a la cotidianidad, cambian de lugar según se les necesite, tapan huecos y crean historias falsas para justificar su presencia fuera del momento que las originó. De modo que ese instinto de vida es también una pena de muerte anunciada. Es el punto sin retorno. La última ficción como antesala de la muerte.

Y cuando finalmente desaparece toda narrativa, tan sólo quedan personas sin nombre. Mentes incapaces de anclar. Bolsas de carne y huesos sin palabras ni lenguaje que no distinguen entre recuerdos e imaginación, presente ni pasado.

De la condición de mi abuela sólo puedo tocar la cáscara exterior. Fuera de mi percepción, su vejez es para mí un misterio. En realidad, por más que intente escribirlo y desentrañarlo, no sé lo que ocurre dentro de su cabeza. Sólo intuyo que la ficción es el primer y último instinto vital; que antes y después de eso, un ser humano no es más que un mamífero.


Autores
(Salvatierra, 1982) es escritora. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Publico el libro de ensayos Locus, variaciones sobre ciudades, cartografía y la torre de Babel (Posdata, 2013) y el de cuentos Panteón familiar (La Pereza Ediciones, 2016).

Ilustrador
Pamela Medina
(Ciudad de México, 1992) es ilustradora y diseñadora gráfica. Ha colaborado con Ediciones Castillo y Planeta. Obtuvo mención honorifica en el Catálogo de Ilustradores de la Secretaria de Cultura (2017).

 

Ciruelo

El árbol había resistido la sequía,
el casi eterno vendaval
y aquella plaga
que lo despojó de toda grandeza.
Pese a ello y con obstinación de roble
permaneció en pie.

Vivió como un barco encallado,
una casa de juegos
para la niña que fui.
Quizá por ello mi madre
—en contra de su obsesión
por llenar el patio sólo de árboles
majestuosos, fuertes y sanos—
le concedió más vida.

Por meses creí
que ella premiaría la perseverancia
del ciruelo,
su voluntad para seguir anclado
a este mundo.
Pero me equivocaba,
la prórroga llegó a su fin:
A veces la voluntad no es suficiente,
la escuché decir,
mientras el árbol era derribado.

Nadie supo en casa
por qué no protesté, ni pude llorar,
como tampoco supieron
que por años odié al ciruelo,
lo desprecié
por no haber resistido
la mano de mi madre,
por ser árbol
y no quedarse.

 

Cama individual para dos

Acomodamos nuestros cuerpos
de tal forma que ese espacio
fuera suficiente para ambos.

Pensamos que embonarnos frente a frente
y respirar el mismo aire
era la seguridad de jamás separarnos,
de permanecer.
En 90 centímetros
no podrían caber dudas
ni miedos.

«Ya cómprense una cama matrimonial»
nos decían y nosotros necios:
estábamos seguros
que más espacio
nos separaría,
que la lejanía iba a destruirnos.

Nos bastaba algo pequeño.

Si yo hubiera sabido que todo iba a terminar,
habría comprado una cama grande
—que fuera de los dos
donde pudiéramos recorrernos libremente
y donde nuestras preguntas también tuvieran espacio
e incluso los miedos, las inseguridades.

Después de todo,
y lo pienso ahora que es de noche
y hace frío,
ahora que duermo sola
en mi propia cama individual
y aunque me duele tener espacio para moverme.

Después de todo

una cama individual

jamás es para dos.


Autores
Poeta bilingüe (tu´un savi-español) promotora cultural y tallerista. Ha participado en distintos recitales, talleres y festivales tanto en México, India, Colombia, Estados Unidos, Guatemala, Puerto Rico, Venezuela y Cuba. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía del 2015 al 2017. En 2017 Recibió el Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle, en 2018 obtuvo el Premio Nacional de la Juventud, en 2019 el Premio Juventud Ciudad de México, en 2020 el Premio CaSa de Literatura para Niños, así como mención honorífica en el Premio Antonio García Cubas en la categoría de Libro Infantil, en 2021 el Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón. Desde 2018 es miembro de Latin American Studies Association (LASA). Autora de los poemarios Ñu´ú Vixo /Tierra mojada, Pluralia Ediciones, México, 2018, Tikuxi Kaa/El Tren, Almadia, México, 2019, Isu ichi/ El camino del venado, UNAM, México, 2020 y Las formas de la lluvia/ বৃষ্টিধারার নানা রূপ, JOLDHI, Bangladesh, 2021. Su obra ha sido traducida al árabe, inglés, francés, bengalí, hindi y catalán.
Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

 

Entre la angustia y la desesperanza, Rodrigo Flores Santín nos lleva en este relato, por medio de su personaje principal, a un recorrido interminable e intermitente del subsuelo agobiante (tanto real como metafórico) de la Ciudad de México.

 

Adolfo corrió a la entrada de la estación como si hubiera llegado a la meta. Estaba empapado de pies a cabeza, sin embargo, pensó que había valido la pena. Compró un boleto en la taquilla y lo pasó por el torniquete. El policía que resguardaba la estación lo miró un segundo y volvió a clavar los ojos en el periódico que tenía en las manos. Adolfo abrazó su portafolios y sintió el olor del cuero mojado, descendió por las escaleras rápidamente, como los oficinistas asiduos al metro saben hacerlo. Llegó al andén y sintió tibia la humedad de su saco; tal vez llegaría a secarse para cuando estuviera en su departamento.

Esperó casi veinte minutos antes de que apareciera el tren. Sin afán, miró a su derecha y, al fondo del andén, vio a tres o cuatro personas además de una pareja de novios que no paraban de besarse y luego reír a carcajadas. Recordó otra vez a Carolina despidiéndose de él, con un beso tímido que tal vez decía otras cosas, un par de horas antes. Por el túnel de la izquierda se escuchó lejana la marcha del Metro y sus luces iluminaron el pasaje hasta aparecer en el andén. El vagón paró y las puertas se abrieron justo frente a él; descendieron tres personas antes de que Adolfo pudiera entrar y una de ellas, una mujer gorda que parecía sin edad, lo miró directo a los ojos como si adivinara sus pensamientos. Subió y el tren comenzó su marcha.

Se sentó y pegó la cabeza a la ventana con los ojos cerrados. Pensó en el día horrible que había tenido en la oficina y seguramente el siguiente sería igual. Lo único que valía la pena allí era Carolina. Abrió los ojos un segundo y notó que para ser uno de los últimos trenes de la noche llevaba bastantes pasajeros. De cualquier modo, se sintió afortunado de haber alcanzado tal vez el penúltimo. De haber salido quince minutos más tarde, hubiera encontrado la estación cerrada y habría tenido que tomar un taxi que le cobraría mucho más hasta su departamento.

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)


 
 

Cerró de nuevo los ojos y calculó en la mente las estaciones que faltaban para llegar a Hidalgo: nueve paradas más, lo que equivalía a veinte minutos y después caminar siete cuadras. Se imaginó caminando en las calles oscuras y se arrellanó en el asiento. Si todo salía bien, llegaría a casa después de las doce. Sentía la marcha del tren bajo sus pies, se detenía, se abrían y cerraban las puertas y continuaba a la próxima estación. Pensó una vez más en Carolina y sonrió levemente; era la primera mujer de la que se enamoraba desde el divorcio. Su corta estatura, disimulada a diario con tacones altos, su cabello liso que olía a un perfume que no lograba descifrar, y esos ojos que tímidamente lo miraban y después le sonreían, detrás de esos lentes delgados como Carolina: era como si volviera a tener veinte años, la misma edad que ella. Sintió un escalofrío al imaginarse contra su cuerpo desnudo y apretó las piernas.

Abrió los ojos y vio que el vagón del Metro llegaba a la siguiente estación. Se detuvo, se abrieron las puertas y miró los señalamientos en las paredes del andén: no coincidían con lo que calculó. Según Adolfo, faltaban todavía cuatro estaciones más para llegar a la suya, pero al mirar el mapa en la pared del vagón se dio cuenta de que la estación Hidalgo había quedado varias paradas atrás. Se levantó de un brinco y, antes de que se cerraran las puertas, salió al andén y pensó que tal vez se había quedado dormido mientras pensaba en Carolina. Su primer miedo fue no alcanzar el tren de regreso. Del segundo y del tercero no fue consciente, pero fueron la soledad en dos de sus formas. Miró su reloj: eran cinco minutos antes de las doce. Corrió por los pasillos de la estación Potrero como si de eso dependiera su vida, bajó y subió escaleras, cruzó puentes y, después de tres minutos, estaba tan agitado que tuvo que sostener sus manos en las rodillas para recuperar el aire; sin embargo, estaba ya en el otro andén esperando el último tren del Metro que lo llevaría hasta Hidalgo.

Tuvo que esperar unos cuantos minutos antes de que apareciera sonando la bocina que anunciaba el tren. Se abrieron las puertas y Adolfo entró, mirando a los pasajeros que, también en ese vagón, eran numerosos considerando la hora. Quizá por alguna razón de la que no se enteró, el servicio de transporte se había alargado ese día, pues en los asientos contiguos había hombres, mujeres y niños, como si fueran las siete u ocho de la noche. Se sentó en el asiento cerca de la puerta y mientras recuperaba por completo el aliento, el tren comenzó a avanzar. Se sintió aliviado, aunque ahora no despegaba la vista del mapa que le indicaba cuál era la siguiente estación. Sólo tenía que avanzar cuatro más y al fin llegaría. Se asombró de cómo lo distraía la simple idea de Carolina; pensaba en ella y se formaba una imagen tan nítida en la cabeza que podía dejar de pensar cualquier otra cosa. Sonó la bocina del Metro, indicando que había llegado a la siguiente parada, pero, cuando se detuvo, Adolfo miró en la pared otra vez los rótulos de una estación que no correspondía. De hecho, esta vez la estación a la que había llegado ni siquiera pertenecía a la Línea 3. Se abrieron las puertas y Adolfo salió corriendo del vagón como persiguiendo algo y no miró atrás para ver si lo mismo le había ocurrido a alguien más. Intentó encontrar a algún trabajador del Metro para explicarle lo que le había ocurrido, pero nadie más caminaba por los pasillos. Miró su reloj, marcaba otra vez las doce menos cinco, y pensó que seguramente se había quedado sin pila. Sus pensamientos buscaban las justificaciones más absurdas: el último tren en el que viajaba debió haberse desviado de la línea para terminar su jornada y dejar a los pasajeros en otra estación terminal. Se resignó y se dispuso a encontrar la salida; si la estación ya estaba cerrada, de cualquier forma habría un policía o alguien que lo dejara salir.

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)


 
 

Caminó con calma y se dio cuenta de que su saco ya se había secado, pero su portafolios seguía húmedo. Sacó las monedas de su bolsillo para contarlas: no le alcanzaría para pagar el taxi. Hasta ese momento recordó que debía pasar al banco desde el mediodía. Si tomaba un taxi y le pedía que lo llevara al cajero automático, después a su casa y, además, tomando en cuenta que ahora se encontraba más lejos… Era la única opción, aunque sin duda afectaría su economía de los días siguientes; en la Ciudad de México no se podían permitir esos lujos a diario.

Seguía los señalamientos de salida y de pronto escuchó a lo lejos el ruido de los trenes; primero uno y luego otro. Pensó que si había más de uno tal vez alcanzaría el que lo llevara a Hidalgo o al menos a alguna estación más cercana. Sacó su celular para ver la hora y marcaba la misma que su reloj varios minutos antes: las doce menos cinco. Apretó su portafolios bajo la axila y echó a correr por los pasillos otra vez como si estuviera en permanente lucha contra el tiempo. Bajó las escaleras, tomó el túnel, se aseguró de que fuera en la dirección correcta y bajó otras escaleras para llegar al andén justo cuando sonaba el timbre que indica el cierre de las puertas. Dio un brinco y entró al vagón. Sintió cómo sus piernas y su espalda se relajaban al fin y se sentó para respirar profundo y recuperar el aliento. Esta vez el vagón estaba vacío y el único ruido que se escuchaba era el andar mecánico de los trenes; uno, en el que iba, y el otro en la dirección contraria que se alejaba junto con su sonido. Se acercó a la ventana entre vagones para intentar ver si había otros pasajeros, pero no vio a nadie. A lo lejos, a dos o tres metros de distancia, vio a un anciano que parecía haberse quedado dormido en el asiento, con su bastón sujeto entre las piernas. Adolfo pensó que al llegar a cualquiera que fuera la última estación seguro alguien lo despertaría y eso lo libró de preocuparse por el viejo.

Una vez más escuchó la bocina del tren indicando la llegada a la estación. Esperó de pie junto a la puerta, preparado para salir si volvía a ocurrir un cambio en la ruta. En cuanto miró los señalamientos, se dio cuenta de que cada vez se alejaba más; ahora estaba en otra línea distinta a la anterior y del otro lado de la ciudad. Su angustia aumentaba y cada vez tenía menos idea de lo que pasaba. Una vez más corrió por la estación en la que ahora leía «Constitución de 1917», en busca de un trabajador de limpieza o un guardia de seguridad que patrullara el lugar. Los pasillos bien iluminados con luces blancas como de oficina, el olor a orines y a gente amontonada, que lentamente se iba disipando, y el silencio que de pronto se interrumpía por el sonido de las máquinas de control le provocaban una terrible calma que lo hacía sentir seguro de que, al menos, ningún otro usuario podría hacerle daño. Escuchó de nuevo la marcha del tren seguido del sonido que anunciaba su llegada. Sin muchas esperanzas y más bien por mera curiosidad, regresó rápidamente al andén del que había salido; si tenía suerte, el Metro lo llevaría a cualquier otra estación que tal vez por azar estuviera más cerca de su departamento y pudiera llegar al fin.

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)


 
 

Lo abordó con las piernas cansadas de tanto correr. Otra vez el vagón estaba vacío y miró por las ventanillas: él era el único pasajero en los cuatro o cinco vagones que su vista alcanzaba. Esta vez no tomó asiento y permaneció cerca de la puerta con la mirada fija en el cristal, como si así pudiera controlar el curso del Metro. Una vez más escuchó y vio lo mismo: el sonido, el frenar del tren y otra estación que no correspondía al mapa y que lo alejaba aún más de su destino.

Suspiró largamente con ganas de tirarse al piso y echarse a llorar como un niño perdido. Se abrieron las puertas y salió del vagón; el tren avanzó ruidosamente a sus espaldas y desapareció del andén. Ahora no había anuncio alguno en las paredes. Era como si esa estación no perteneciera a las líneas del Metro. Desesperanzado subió todas las escaleras hasta llegar a la salida; estaba bloqueada por una reja de seguridad y unos candados grandes la sujetaban al piso. Afuera caía una de esas tormentas nocturnas que suelen durar hasta el amanecer; miró con anhelo la calle oscura, por la que casi no pasaban coches y no la reconoció. Volteó hacia el reloj de la entrada y leyó lo mismo que antes: las doce menos cinco. Gritó un par de veces con la fuerza que le quedaba, sacudiendo la reja con las manos; nadie contestó. Mientras escuchaba a lo lejos, casi como un murmullo, el trajín de los trenes que pasaban, se detenían y seguían su marcha en el fondo del subsuelo, Adolfo supo que al menos esa noche no saldría. Caminó de vuelta un poco y se sentó en el piso debajo de una de las lámparas que más iluminaban el pasillo, recargó la espalda en la pared y se puso a pensar en el cuerpo de Carolina: pequeño, delgado, tan blanco como su cuello.

Al menos adentro estaba protegido de la inclemencia de la lluvia.


Autores
(Metepec, 1987) estudio composición en el Conservatorio Nacional de Música de México. Ha sido antologado en La ciudad es nuestra y Una ciudad tan bella, conmemorativas al 2do y 3er Encuentro Nacional de Escritores de la Ciudad de Toluca.

Ilustrador
Mariana González Roldán
(Hidalgo, 1994) es licenciada en diseño grafico e ilustradora. Curso el diplomado Ilustración: Narrativa de las Imágenes en la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Aunque sigue un orden cronológico, Nahui Olin, de Adriana Malvido, originalmente publicado por Diana en 1992, no es una biografía convencional sino una recopilación de testimonios acerca de Carmen Mondragón, mujer excepcional, que rompió con las normas de su tiempo.

Malvido entrevistó tanto a Manuel y Lola Álvarez Bravo como a Andrés Henestrosa, revisó los diarios de Paul Weston y otros libros en que se le menciona, sin faltar, claro, Gentes profanas en el convento, de Gerardo Murillo, el Dr. Atl, con quien tuvo una tormentosa relación durante cinco años. Además, Malvido entrevistó al viudo de una prima de Carmen, a una sobrina, y a uno de los discípulos de Rodríguez Lozano. En fin, realizó una investigación apasionante y meticulosa que da como resultado un bello libro, ilustrado con retratos de la protagonista y algunas de sus obras. Reeditado hace unos meses, vale la pena regresar a Nahui Olin en estos días.

En general, Adriana Malvido se limita a exponer las diferentes versiones de los hechos, y en el caso del matrimonio de Carmen Mondragón con Manuel Rodríguez Lozano, sólo menciona que no se llevaban bien y que tuvieron un hijo que falleció poco después, dando lugar a relatos diversos. Todos los que conocieron a Rodríguez Lozano “coinciden en que, según él les aseguró, Carmen asfixió al niño poco después de nacer, él la repudió por eso y ya no pudo soportarla… También dicen que ella lo perseguía para satisfacer sus necesidades sexuales, pero que él no le correspondía. Dicen que a ella no le gustaba el grupo de bohemios que frecuentaba Rodríguez Lozano y que asfixió al niño cuando se dio cuenta de que su marido era homosexual. Dicen que él estaba dispuesto a rectificar su vida cuando naciera su hijo y que sus ilusiones desaparecieron cuando el niño murió. Dicen que la muerte del niño provocó la locura paulatina de Carmen Mondragón. Otros dicen que la muerte del niño pudo deberse a un accidente y que Rodríguez Lozano inventó el argumento para justificar sus relaciones homosexuales. Otros dicen que no era homosexual”.

Se trata, como ven, de un bellísimo párrafo, completamente borgeano, con las anáforas características del argentino y, como remate, un espléndido anticlímax.

Anota, por cierto, que Rodríguez Lozano usaba ese membrete por conveniencia y que su relación con los Contemporáneos se dio por medio de Antonieta Rivas Mercado, según uno de sus discípulos.

También es muy cauta en lo que se refiere a las relaciones de Carmen con sus parientes, pues sólo menciona que “la familia la empezó a eliminar de sus reuniones sociales”; “Era rechazada [pero] tenía sus aliados: Maruca, su hermana María Luisa y sus sobrinos Yolanda y Benjamín”.

Ya en su vejez, Nahui Olin “cuenta con una aliada predilecta: su sobrina Beatriz Nieto Pesado, hija de Benjamín”, que iba a traerla a su casa para comer con ellos los domingos, y, cuando Beatriz cumplió diecisiete años, todos los miércoles recogía a Nahui y se la llevaba al centro a comer en el Sorrento y luego al cine Metropolitan;  más tarde volvían a su casa, por cierto “de tres pisos” y en “cuya planta baja había un estanquillo”. Al entrar “olía a viejo… los techos eran altísimos. Su habitación con muebles antiguos, su tocador, el retrato en su mesita de noche y los libros de Alejandro Dumas”. En esa casa, que “le heredó su padre”, vivía con sus gatos. Sus parientes, según su sobrina, no sabían ni lo que hacía… “Simplemente no era tema de conversación”. Se había convertido en una pariente incómoda, por su escandalosa relación con el Dr. Atl, su divorcio de Rodríguez Lozano y las fotos en que posó desnuda.

En los cincuenta trabajó como profesora de dibujo en una escuela primaria vespertina que dirigía su hermana Guadalupe, quien se la llevó a una secundaria a la que fue ascendida.

Aunque Adriana Malvido relanzó el libro con fotos inéditas y un epílogo donde recopila todo lo que ha pasado a partir de los años noventa, cuando Tomás Zurián y Blanca Garduño organizaron la exposición sobre ella en el Museo Estudio Diego Rivera, no le hizo algunos retoques al libro, aprovechando algunos datos que han aflorado.

Menciona el “borrador de la impugnación al testamento de su madre, Doña Mercedes Valseca, y las hojas referentes al juicio testamentario que finalmente ella y su cuñada María Teresa, viuda de Manuel Mondragón Valseca, establecen contra la validez de una herencia de la que han sido excluidas” y “el documento en que su hermano Guillermo defiende la voluntad de su madre”,  pero no entra en detalles.

Tampoco da mucha información sobre el pintor y caricaturista Matías Santoyo, con quien Carmen Mondragón viajó a Los Ángeles hacia 1927-28.

Anota que, según Henestrosa, era “un hombre hermoso”, pero ni siquiera registra que cuando viajó a Hollywood con Nahui, ella tenía treinta y cuatro años, y él sólo veintitrés.

Ahora incluso hay algunas notas en “la nube”, según las cuales él había estado becado en Nueva York, donde publicó algunas caricaturas en revistas; posteriormente hizo algunos murales en Cuernavaca y en Baja California, en el Hotel Rosarito Beach, donde pintó una sirena cuyos ojos, se dice, recuerdan a los del retrato que hizo de Nahui Olin.

En Ensenada se conserva el mural que pintó en el casino, ahora Centro Social, Cívico y Cultural Riviera, pero el que se hallaba en el vestíbulo del Hotel Rosarito Beach corrió al parecer la misma suerte que el mural pintado por el Dr. Atl en el colegio de San Pedro y San Pablo, donde aparecía Nahui desnuda. Vasconcelos ordenó vestir a los personajes que lucían sus órganos sexuales y más tarde los mandó raspar “otro funcionario”, según Malvido, que no quiso mencionar al culpable Narciso Bassols.

Tampoco aporta mucha información sobre Antonio Garduño y ni siquiera menciona el viaje que hizo a Nautla, Veracruz, con un amigo y Carmen para tomarle fotos con traje de baño en la playa, y del que se publicó una crónica en la revista El Automóvil de México (mayo, 1926), mencionada por Elena Poniatowska en Las siete cabritas (2000), y que ahora cualquiera puede ver en “la nube”.

En una entrevista, Malvido declaró que “Nahui sigue enamorando a muchos, como al empresario Samuel Podolsky”, quien “compró la casa de Tacubaya donde ella nació y murió para convertirla en bodegas, pero alguien le regaló el libro y se enamoró de Nahui… Decidió que no la iba a demoler. Tiene toda la intención de restaurarla. Sería como de sueño que se convirtiera en un centro cultural o en un museo de sitio”[1]. Desafortunadamente, en el libro no lo menciona.

[*]  Adriana Malvido. Nahui Olin: la mujer del sol. Barcelona: Circe, 2017.

[1] http://www.excelsior.com.mx/expresiones/2018/03/11/1225580

 


Autores
(Xalapa, 1944) es ensayista, crítico literario, traductor y narrador. Ha reunido sus ensayos en los libros Versiones (2000),Ficción-historia: la nueva novela histórica hispanoamericana (2001) y La gata revolcada (2009).
Foto tomada del perfil en Facebook Rendija Luis-Caballo

El ovillo de una mujer recostada apenas se distingue en la plataforma elevada de una torre en medio de la vegetación frondosa. La mujer se recuesta en un capullo más grande que ella, su cuerpo mucho más pálido destaca en la superficie. La toma desde arriba parece que nos da un acceso completo a ella. Sin embargo, en la siguiente fotografía la vemos dormida de nuevo, la lejanía del encuadre introduce columnas que la rodean y apreciamos la sinuosidad arquitectónica, las escaleras truncas que invitan directo al horizonte.

En algunas de las fotografías, las formas florales y caprichosas del espacio asemejan las costillas o los huesos de una bestia gigantesca. Esta mujer desnuda podría estar atrapada en su interior, explorando su anatomía con su andar y su dormir. En la mayoría de las composiciones, la figura del cuerpo femenino genera una armonía con las líneas del jardín surrealista de Edward James en Xilitla. La suavidad de su piel contrasta con la textura rugosa de la piedra; ciertas imágenes difuminadas que registran este cuerpo en movimiento evocan la cascada que aparece en varias.

El libro En el cauce del sueño se compone de una serie de cuarenta fotografías análogas saturadas por la presencia y la ausencia de una mujer desnuda en medio del jardín fantástico en la Huasteca. El espacio escultórico, más que un escenario, funge casi como coprotagonista. Las fotografías fueron tomadas por Luis/Caballo hace cerca de diez años. Una mirada atenta y reiterativa identifica la participación de dos modelos para realizar las fotografías. Esta discrepancia enaltece la cualidad onírica de las fotografías y añade un matiz de tensión narrativa.

Si observamos la secuencia de las fotografías, parece que empiezan con una mujer dormida que se levanta para deambular entre las excéntricas edificaciones. Su transitar oscila entre una libertad despreocupada y una angustia palpable. Las primeras invitan al deseo y la añoranza de una experiencia similar. Sin embargo, las segundas perturban. La angustia se expresa por completo en la mujer que yace en el bosque. No sabemos si fue violentada.

En una de las pocas fotografías en la que tenemos un acercamiento, la vemos parcialmente sumergida en el río, cubierta por una delgada tela que la asfixia, las manos tensas. Enseguida vemos el cuerpo rígido dentro de una piedra que recuerda por su forma alargada más un ataúd que un capullo. En la última fotografía, este mismo recipiente está vacío.

La serie está acompañada por un ensayo de Jorge Esquinca titulado “El agua que se canta”. Este ensayo entreteje la leyenda de Surya Bai, con fragmentos de Nadja, de Breton, un guiño a En el castillo de Argol, de Julien Gracq y un verso de Valentine Penrose. Comparte estas lecturas que recordó al mirar las fotografías como pautas de reflexión directa. Las citas de Sontag sobre la fotografía nos invitan a evaluar su efectividad como instrumentos de deseo, especulación y fantasía. Las menciones a Bachelard dan un punto de partida para pensar hasta qué punto se le puede llamar hogar a la creación de James en Xilitla.

Quizás la idea más sugerente del ensayo sea que las fotografías de Luis/Caballo de estas mujeres desnudas “tenían que hacerse”. Al identificarlas como intrínsecas a la idea misma con la que fue concebido el jardín, la serie cobra una cualidad mítica. La arquitectura por sí misma es atemporal, la desnudez quita cualquier marca histórica que pudiera contener la ropa. Las fotografías de En el cauce del sueño no acarrean el tiempo pasado, sino el de la fantasía.


Autores
(Ciudad de México, 1990) es Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.