Tierra Adentro
Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

 

En pleno mundial de 1974 en Alemania, un sobreviviente del Holocausto judío encara, devastado, a un ex soldado nazi que, contra todo pronóstico, lo recibe con cerveza en mano, un abrazo y una invitación a ver el futbol como si nada. Este texto es el primer cuento del libro El desconocido del Meno (FETA, 2017), ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2017.

 

Lo encontró por casualidad, en una calle cualquiera. Lo vio de espaldas, por eso lo reconoció; de frente no habría podido, de frente lo habían ultrajado los años inmisericordes, como a él; pero de espaldas era idéntico al que fue treinta años atrás. Lo siguió durante la mañana entera con la esperanza de haberse equivocado, que todo fuera una mala jugada del rencor que ya otras veces había hecho aflorar en una mirada, en un perfil o en los ademanes de un inocente a los odiados, a los malditos, y entre ellos a aquél, Ulbrecht Schweinhart, más que a ningún otro. Pero esta vez no había confusión; al poco le conoció el modo de andar, y cuando pudo mirarle el rostro no le costó revertir la deriva de sus rasgos hasta dar con aquellos que recordaba. Al final, cuando el hombre entró en la miscelánea y se puso a bromear con el tendero, se esfumaron todas sus dudas: aquélla era su risa, un latigazo en la memoria adolorida.

Lo siguió hasta dar con su morada, una casona en la otra orilla del Meno. Se quedó un par de horas sentado en un parque aledaño, mordiéndose los labios, presa del ruido y la furia, del caudal de recuerdos que amenazaba con desbordarlo y reventar su cabeza. Volvió a casa, sacó del fondo del armario una caja con una pistola y se sentó en la cama mirándola, sin atreverse a tomarla. Cuando al fin la sacó, se levantó de un salto y se enfrentó al hombre arrumado que le salió al paso en el espejo; desenfundó, apuntó y guardó el arma varias veces, evitando sostenerse la mirada. Regresó a la cama, se abrazó de la almohada y se echó a llorar, sin recato.

Eran cerca de las ocho cuando volvió a cruzar el río. La casa era grande y vieja, parecía deshabitada; las ventanas de la fachada estaban tapiadas y la madera del entramado era pasto de la carcoma. El hombre se detuvo ante la puerta, vacilante. Se preguntaba cuál sería la mejor forma de proceder: apenas Schweinhart abriera la puerta, soltarle un balazo entre los ojos o en pleno pecho, directo al corazón; decirle primero quién era él, hacerlo repetir su nombre mil veces y luego apretar el gatillo; obligarlo a arrodillarse y suplicar por su vida, luego llevarlo ante los tribunales de Alemania o Israel, daba lo mismo, siempre y cuando aquel desgraciado terminara en la horca.

Al fin tocó.

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)


 
 

Schweinhart, en mangas de camisa y con una cerveza en la mano, abrió la puerta. Antes de que el hombre pudiera decir nada o sacar el arma del bolsillo, Schweinhart le dirigió una sonrisa de pocos dientes y, contra toda expectativa razonable, lo abrazó. Olía igual que en los días del láger.

—¡Null-Vierzen, es usted! ¡Qué grata sorpresa!

—Schweinhart —balbuceó, sorprendido tanto por la inesperada bienvenida como por la facilidad con la que lo reconoció, en apenas segundos, luego de tres décadas; recordaba incluso el mote con el que lo llamaban, los tres últimos dígitos de la cifra marcada a hierro en su antebrazo.

—Pero no se quede ahí; pase, por favor. El partido ya comenzó.

Mientras lo empujaba al interior de la casa a través de habitaciones y corredores llenos de cachivaches, le hizo un resumen de lo ocurrido en el juego hasta ese momento. Alemania había estado más cerca de anotar luego de varios tiros de Wolfgang Overath, Gerd Müller y Rainer Bonhof, pero ese endemoniado Ronnie Hellström había atajado todos. Franz Beckenbauer también lo había intentado con un tiro de larga distancia, sin éxito. Los suecos, por su parte, estuvieron cerca sólo una vez con un tiro libre, nada que inquietara a Sepp Maier. El hombre no entendió de qué le estaba hablando hasta que desembocaron en una habitación en cuyo centro había unas cuantas sillas, una hielera y un televisor puesto en el suelo. Alemania Federal se enfrentaba a Suecia en la segunda ronda del mundial de futbol. Schweinhart lo invitó a sentarse mientras le alcanzaba una cerveza, la cual aceptó, rebasado por el desarrollo del encuentro. Tomó asiento y miró el televisor: la imagen se desplazaba hacia arriba, pero un puñetazo dado por Schweinhart la volvió más estable. El marcador seguía cero a cero.

—Cuénteme, Null-Vierzen, ¿qué le trae a Frankfurt?

—He vivido aquí toda mi vida, excepto por aquel año.

—¿Y decidió volver después de la guerra? Creí que todos ustedes se habían ido a Palestina. O a América.

—No tenía por qué; también soy alemán.

—Claro, claro —bebió de su cerveza y se quedó mirando el partido, luego prosiguió—: Yo estoy aquí desde el 47. Me hallaba en Flossenburg hacia el final de la guerra; supe de buena fuente que iban a evacuar el láger y nos llevarían a Dachau, así que me fingí enfermo. Se llevaron a todos los que podían caminar y a los que estábamos en la enfermería nos abandonaron; tres días después, llegaron los americanos. Unos cuantos meses más bajo la nueva administración y nos dejaron libres. Entonces vine aquí. Soy de la otra Frankfurt, ¿sabe?, pero no quise volver y quedar bajo las zarpas rusas. ¿A usted cómo le fue?, ¿cómo regresó de Polonia?

—Todavía estoy allá —murmuró, pero Schweinhart no le prestó atención. Luego de que Hans-Georg Schwarzenbeck intentara despejar el balón de su área usando la cabeza, Ralf Edström remató de volea al ángulo derecho de la portería alemana, fuera del alcance de Sepp Maier. Suecia se ponía arriba en el marcador. Tras la andanada de improperios de rigor, Schweinhart se quedó en silencio, enfurruñado. Parecía haberse olvidado del hombre a su derecha, quien tampoco dijo nada, asediado por aquellos recuerdos, por la noche y el frío, por un camino nevado que parecía no tener fin. Apartó aquello de la memoria con un largo trago de cerveza, luego miró a Schweinhart. El cabello había desertado de la frente a la coronilla, mantenía su posición tan sólo sobre las orejas y en el cogote, desde donde se había lanzado a la conquista de los hombros y la espalda; le hacían falta por lo menos cuatro dientes y los demás estaban estropeados, tenía una barriga abultada y al parecer estaba enfermo, pues su piel tenía un tono amarillento. Casi nada quedaba del orgulloso ario que, no obstante, había acabado en Monowitz, quién sabe por qué delitos; lo único que conservaba, además de la risa, era su mirada, una mirada de predador en la que brillaba la astucia pero jamás la empatía. Aunque Schweinhart nunca se tentó el corazón para cometer las atrocidades que sus amos alemanes le indicaran, no era de ordinario violento, ni arbitrario, la mayoría del tiempo solía delegar sus responsabilidades en Dabrowski y Krawiec, dos polacos que le eran en todo leales. Aquello que no podía eludir, lo hacía sin pasión, placer o culpa. Quizá por ello, a pesar de su ordinaria mansedumbre, el hombre lo odiaba aún más que a ningún otro, porque asesinaba como quien se hurga la nariz y luego reía, no para burlarse de sus víctimas, no para celebrar sus crímenes, sino, sencillamente y en medio de ese horror, porque era una persona alegre. Aquella risa era peor que todo el odio cerril de los polacos, que toda la sevicia de los SS; aquella risa lo hacía sentir más humillado que cualquier bofetada o escupitajo, anulaba sin más cualquier vestigio de dignidad que luchara por conservar.

Pavel Kazakov pitó el final del primer tiempo, el marcador continuaba a favor de los nórdicos. Schweinhart destapó dos cervezas más, siguieron bebiendo en silencio.

—Y bien, ¿a qué debo el honor de su visita, Null-Vierzen?

—Intento cobrar viejas deudas.

Schweinhart sonrió.

—¿Deudas, dice? No recuerdo deberle nada, ni a usted ni a nadie; quizás a Häfner, el tendero, pero no a usted.

—Dígame algo, ¿se ha escondido en este chiquero todos estos años?

—¿Esconderme?, ¿de quién?, ¿de usted?

—De la justicia, de pagar por los crímenes que cometió en Monowitz.

—Yo ya purgué mis culpas, así lo decretó el tribunal americano. Estoy limpio como un recién nacido —Schweinhart se empinó la botella hasta terminarla, antes de continuar—. Yo ni siquiera soy antisemita, ¿sabe?, ni entonces ni ahora; no tengo nada contra usted ni los suyos, pero estábamos en una situación comprometida, de vida o muerte. Sólo hice lo necesario para sobrevivir. Mire, empieza el segundo tiempo.

Los jugadores, perdidos en la escarcha de estática de aquel viejo televisor, iban y venían por el campo en pos de un balón que no se distinguía. Schweinhart dio al aparato otro puñetazo, pero la imagen no llegó a restablecerse.

—¿En serio? ¿Alegará esa canallada en su defensa?

—Esa canallada no es tal, es la verdad. No estuve allí por gusto, usted lo sabe; también pasé hambre y frío, también estuve a un traspié de la muerte. Maldito cacharro, no logro ver nada —se levantó y dio un puntapié al televisor, esta vez la imagen se volvió más nítida.

—Las condiciones en las que usted se encontraba no eran las mismas, había diferencias: para usted era el fondo del perol con el potaje, para usted una parte de todo aquello que sus allegados conseguían “organizando”; nadie lo ultrajaba, se iba a dormir la siesta en mitad de la jornada y dejaba la porra en manos de aquellos dos polacos degenerados. Comparado con lo que yo viví, con lo que vivimos miles de “nosotros”, sus días allá fueron unas vacaciones. Usted no dejó jamás de ser una persona, Schweinhart; yo conozco su nombre, el nombre de los polacos; usted no sabe de mí nada más que estos malditos números.

—No me odie por haber sido ingenioso. Pero tiene razón, no conozco su nombre. ¿Usted se llama?

Antes de que pudiera contestar, Overath remató desde el manchón penal un balón perdido por Gerd Müller. Hellström no pudo detener aquel disparo y golpeó el suelo con rabia. Schweinhart se levantó, dio unos saltitos y se dirigió a la hielera por otra cerveza. Aún estaba de espaldas al televisor cuando los alemanes robaron de nuevo el balón y se lanzaron al ataque por la banda izquierda; Berti Vogts logró colarse al área rival por la derecha, pasó en corto para Hoeness, éste retrocedió hasta quitarse la marca de Björn Nordqvist y centró al área. Müller, de espaldas, cabeceó el esférico al suelo, Bonhof lo alcanzó y tiró al arco: Hellström se lanzó por el balón y aunque logró rozarlo, no consiguió sacarlo del campo. La pelota rebotó en el poste izquierdo y, tras recorrer toda la portería sobre la línea de meta, acabó por golpear el poste derecho y meterse a la red.

—Eso les enseñará, así es como se juega al futbol —chilló Schweinhart, fuera de sí por la emoción; pero no hubo tiempo de celebrar, pues no bien el balón se puso en juego, Edström centró al área alemana y aunque Schwarzenberg intentó repeler de un cabezazo, el balón acabó en los pies de Roland Sandberg, quien adelantó el balón para quitarse la marca de Bogs y tiró con la izquierda, haciendo morder el polvo a Maier. Schweinhart se dejó caer en su silla—. Bueno, esto lo volverá más interesante. ¿Pero qué pasa, Null-Vierzen? Tres goles en tres minutos y usted no parece emocionado.

—Nunca me ha gustado el futbol, no le encuentro el sentido.

—Yo siempre lo he amado. Mi padre me llevó a Berlín en el 36, consiguió boletos para los partidos de la olimpiada en el Post-stadion. Vimos a Alemania golear a Luxemburgo nueve a cero y a Polonia derrotar a Hungría por tres goles. Teníamos fe en que Alemania llegaría más lejos, que ganaríamos el oro, pero los noruegos nos derrotaron en cuartos de final —se llevó la mano al mentón y se la pasó por el cuello—. Él estaba ahí, ¿sabe?

—¿Quién?

—El Führer. Estaba ahí con toda su camarilla. Desde nuestro lugar en las gradas sólo se distinguía de los demás por la mancha parda del bigote. Fue lo más cerca que nunca estuve de él. Esa tarde decidí, y así se lo hice saber a mi padre, que sería futbolista profesional y que algún día ganaría para Hitler la medalla de oro o la copa del mundo, o ambas. No se vaya a reír, tenía catorce años. Pero iba en serio: entrené como energúmeno, con miras a los Olímpicos en Helsinki y al mundial del 42, que sin duda se celebraría en el Reich, sin importar lo que quisieran los sudamericanos. Pero ya ve, vino la guerra y todo se fue a la mierda. Malditos ingleses entrometidos.

El hombre, que escuchaba la evocación sin mayor interés, sintió que las entrañas se le incendiaban al escuchar aquello.

—¿Los ingleses?, ¿va a culparlos de la guerra?

—¡Por supuesto! Si nos hubieran dejado en paz luego de la campaña de Polonia…

—¡Y un cuerno! ¡Usted es un cínico hijo de puta o un imbécil descerebrado si se atreve a afirmar esa infamia!

—Baje la voz, y mida sus palabras, recuerde que está en mi casa.

—No voy a callarme, estoy harto de callar y de ver cómo todos buscan justificarse: que si fueron los ingleses, que si fueron los rusos, que si fueron los jerarcas del partido, que fue Hitler y sólo Hitler. Nadie asume su culpa, nadie se hace responsable, nadie quiere mirarme de frente y pedirme perdón o explicarme por qué decidieron tomar parte en ese crimen monstruoso, sólo apartan la vista y afirman que fue alguien más; ellos sólo cumplían órdenes, sólo hacían lo necesario para sobrevivir. ¿A costa de qué, Schweinhart?

—Cálmese, no sea dramático.

—No lo soy, sucede que usted es de piedra, no siente ni puede imaginar lo que sienten los otros; vengo hasta aquí, usted me deja entrar y me pone delante de este cacharro tratándome como si fuéramos viejos amigos, como si no lo hubiera visto matar con sus manos, como si no me hubiera cruzado el rostro a bofetadas. ¿No ve que me estoy muriendo de rabia? ¿No entiende que he venido a matarlo?

—¿A mí?, ¿por qué?

—¿Todavía lo pregunta?

—Yo no le hice aquello, Null-Vierzen; busque a los verdaderos culpables. Vaya y mate a Hitler, él fue quien ordenó la destrucción de su raza.

—No diga estupideces, Hitler está muerto.

—¡Qué va! El tío Adolf escapó de Berlín y se largó a Bavaria disfrazado de Groucho Marx; lo acompañaban Goebbels y Bormann vestidos de Laurel y Hardy. Himmler se afeitó el bigote y trató de pasar por Harold Lloyd, pero su cara mofletuda lo delató; no le quedó más remedio que recetarse su propia medicina.

—¿Está loco? ¿Todo es una broma para usted? Porque yo hablo en serio, mire.

Sacó el arma del bolsillo y apuntó a la cabeza de Schweinhart, pero él, sin pestañear siquiera, siguió mirando la televisión y bebiendo su cerveza.

—Por favor, no se ponga en ridículo. Usted no es capaz de usar esa pistola.

—Usted no sabe nada de mí; no pretenda conocerme porque no es verdad.

—Lo conozco mejor de lo que cree; usted es incapaz de matar, aunque le fuera la vida en ello, no podría. No es ese tipo de hombre. Ahora baje eso. No se le vaya a escapar un tiro y entonces lo lamentaremos los dos.

El hombre siguió apuntando, pero Schweinhart permaneció imperturbable. El brazo se le cansó, la mano empezó a hormiguearle y los ojos se le anegaron de lágrimas. No pudo apretar el gatillo. En el juego, los alemanes se hallaban en el área rival; Hoeness centró a Müller, Kent Karlsson lo marcaba y consiguió arrebatarle el balón, pero Bernd Hoezelbein lo recuperó y pasó de primera intención a Jürgen Grabowski, quien tiró a portería y consiguió anotar. Schweinhart, loco de alegría, saltó de su silla con los brazos alzados, el disparo lo tomó por sorpresa.

—¿Qué demonios? ¿No le dije que bajara el arma?

—Lo siento, me asusté.

—¿No ve que intento disfrutar del partido? ¡Maldición!

—Lo siento —repitió el hombre, derrumbándose sobre su silla.

—Olvídelo, hombre, no pasó nada; la próxima vez no cierre los ojos al apretar el gatillo.

Luego de un momento de silencio en el cual Schweinhart no se dignó a mirarlo, el hombre preguntó, con voz entrecortada:

—¿Cómo lo hace?

—¿Qué?

—No pensar en ello, reír, andar por el mundo como si no hubiera estado allí. ¿Cómo lo hace?

—No es tan difícil, dese cuenta: ya pasó, acabó hace treinta años, ¿qué sentido tiene? A estas alturas muchos de los que entonces murieron ya habrían muerto de todas formas. Nadie puede quitarnos nada que el tiempo, al final, no vaya a arrebatarnos; ni siquiera Hitler.

—Pero no en ese momento, no de esa manera. Pensando de ese modo justificaríamos cualquier iniquidad. ¿Dónde quedaría la justicia?

—Deje la justicia a Dios, que sea Él quien se encargue de eso.

—¿Y si Dios no existe, Schweinhart?

—Entonces, con mayor razón, lo que pasó no tiene importancia. Vamos, Null-Vierzen, mírese el rostro; ha dejado que el rencor le devore las entrañas. Yo no soy un modelo de belleza, pero he vivido, me he agotado a mí mismo abrazado a la llama de la vida; comí, bebí y forniqué en exceso, no me he quedado con ganas de nada. ¿Y usted? Si no fue para vivir, ¿para qué se salvó? ¿Por qué no dejó su lugar a otro? ¿Qué diablos hace aquí?

—Recuerdo, intento dar testimonio por los que murieron.

—Hágalo si quiere, pero no se permita seguir en el láger, no permita que Hitler le robe el resto de su vida; esa sería la mayor injusticia y nadie se la estaría infligiendo sino usted mismo. ¿Eso que le dije sobre el tío Adolf y sus secuaces? Se esfumaron hace tanto tiempo que lo mismo da lo que pasó realmente. Dígame usted, ¿cómo hubiera querido que Hitler terminara?

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)

El hombre apretó la mandíbula hasta que los dientes le dolieron. Lo había pensado ya, había soñado con ello, lo había pen¬sado muchas veces durante noches enteras.

—Me hubiera gustado que los rusos lo atraparan vivo, lo metieran en una jaula y lo exhibieran como un animal en todos y cada uno de los pueblos a los que su ejército, como la plaga, llevó el dolor y la muerte; que lo arrastraran hasta Moscú y así, metido en esa jaula, Stalin lo conservara como mascota por el resto de sus malditas vidas. Entonces, muerto al fin, que su cadáver fuera pasto de los cerdos. Ése es el final que merecía.

—Hecho, eso pasó; que nadie lo convenza de otra cosa.

—No. Se pegó un tiro sentado en su sillón. No debió morir así, no después de tanto mal. Debió sufrir más, mucho más.

El hombre se soltó a llorar, como lo hiciera horas atrás en su recámara. Schweinhart dio el último trago a su cerveza y se quedó mirando la etiqueta; era la última.

—De nuevo el asunto de la justicia. Escuche, si le parece bien, hagamos lo siguiente: dejaré que sea usted quien me lleve a los tribunales a buscar la justicia que tanto necesita. A fin de cuentas no me queda mucho tiempo, estoy enfermo del hígado y moriré en unos meses, qué más da que sea en la horca. Sólo le pido que sea después del mundial; estoy seguro de que vamos a ganarlo y no quiero perdérmelo ni enterarme desde una celda. Cúmplame ese capricho.

—¿Qué sentido tiene? Si Alemania gana el mundial, lo último que querrán es traer esos asuntos del pasado.

—Seguramente así será, pero podemos intentarlo.

—Creo que debo irme —el hombre se levantó y caminó hacia la puerta de la habitación—. No debí venir, sólo conseguí probarme una vez más que soy un cobarde. En Monowitz me decía que era imposible, pero me prometí tomar venganza si lograba salir con vida. Ya ve cómo resultó.

—No es un cobarde, simplemente es un buen hombre. Nada se puede hacer contra eso. Pero quédese, faltan pocos minutos; luego podríamos salir a comer algo, celebrar.

—En otra ocasión, quizá. Cuando venga a entregarlo a la justicia.

—Se me ocurre otra cosa: tengo boletos para el próximo partido de Alemania que será aquí, en el Waldstadion. Pensaba ven¬der uno porque no tengo a quién llevar. Es suyo, si lo quiere.

—Ya le dije que no me gusta el futbol.

—Eso es lo de menos. Jugamos contra Polonia; véalo como un ajuste de cuentas con sus amigos Dabrowski y Krawiec; le aseguro que vamos a patearles el trasero. Piénselo, al menos.

—Lo haré.

—Excelente, compañero, lo acompaño a la puerta.

Inge Eiderstedt, desesperado ante la inminente derrota y la insistencia germana en su área, le metió una zancadilla a Müller quien, aunque alcanzó a esquivarla, se tiró a propósito. Pavel Kazakov marcó penal. Schweinhart miró el televisor, miró a su visitante e hizo una mueca de angustia. El hombre se encogió de hombros.

—Quédese, Schweinhart; recuerdo el camino.

—El partido es el 3 de julio. Confírmeme antes de esa fecha, por favor. Venga cualquier día por la tarde, aquí me encontrará.

—Bien. Hasta entonces.

Mientras se alejaba, oyó a Schweinhart celebrar el gol. Salió a la calle. Aunque era noche cerrada, decidió detenerse de nuevo en el parque. Quería reflexionar sobre lo ocurrido, por qué no pudo disparar y por qué se sentía tan triste y a la vez tan aliviado. ¿Acaso Schweinhart tenía razón y todo aquello había dejado de importar? Después de todo, el mundo entero estaba en Alemania, jugando al futbol, olvidado de lo que aquella nación les había hecho, olvidado de los horrores, de la sangre y el fuego, de los campos en los que sólo se cosechó muerte, día tras día, mes tras mes, sin tregua, sin por qué, sólo porque sus líderes creyeron que podían hacerlo impunemente.

Todo el mundo volteaba hacia otro lado mientras él se empeñaba en recorrer aquel camino blanco e infinito. Quizá Schweinhart tenía razón y lo mejor era ceder, olvidar, vivir.

Vivir.

Dejaría de ser un paria, iría a ese partido, se volvería amigo de Schweinhart; después de todo y dadas las circunstancias, no lo había pasado tan mal en su casa. Volvería al día siguiente y esta vez él invitaría las cervezas.

Esa misma noche se tiró al río.

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