Las palabras y las imágenes






















A la luz de la reciente aparición de Lo innumerable (Ediciones Era, 2018), en esta conversación que sostuvo Hamlet Ayala con Jorge Fernández Granados se reflexiona acerca de las inquietudes y motivaciones que han ido perfilando una poética propia a lo largo de la obra del autor.
Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965) ha publicado los libros de poesía La música de las esferas, El arcángel ebrio, Resurrección (Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1995), El cristal, Los hábitos de la ceniza (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2000), Principio de incertidumbre (Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer 2008) y Si en otro mundo todavía. Antología personal (2012), además del volumen de ensayos El fuego que camina (2014). Parte de su poesía ha sido traducida al inglés, francés, portugués y chino.
Hamlet Ayala: En una entrevista contaste que recuerdas ciertos días en que tu abuelo tomaba la palabra, y todos callaban y escuchaba. Entonces descubriste en la palabra misma un instrumento especial. Tomar la palabra y escucharla te remitía a una tribu reunida alrededor de una fogata.
Jorge Fernández Granados: Bueno, ya he comentado por ahí sobre esa aproximación quizás inconsciente a lo que es la palabra: el empuñar la palabra como si fuera una joya, un talismán, eso solía ser importante en el ámbito doméstico. Pero también yo creo que desde los ojos de uno cuando es niño, uno observa lo que tiene relevancia para el grupo, va aprendiendo de lo que ve. Particularmente he contado ese momento en que, no sólo mi abuelo, sino en general los mayores, se levantaban para decir unas palabras, y cómo esas palabras eran algo importante que los demás escuchaban con mucho respeto, como si estuvieran blandiendo un objeto precioso, una reliquia muy valiosa. Eso yo creo que sí lo percibe uno como desde cierta perspectiva mitológica, porque esas palabras son las mismas palabras que empleamos todos los días en la vida cotidiana, pero hay un momento en donde se vuelven parte como de una ceremonia ancestral, porque van a tomar un significado trascendente. Para mí fue una luminosa interrogación que estaba en mi cabeza: ¿por qué de pronto esas palabras son como hechizos, como algo que va a producir un cambio emocional en los demás? Y bueno, hay esas otras expresiones que son muy tradicionales en nuestra cultura, como decir “me dio su palabra”, “va a cumplir su palabra”, o “traicionó su palabra”. Cosas que incluso son muy importantes en algunas culturas prehispánicas, sobre todo en el norte de México. Lo más valioso que podía tener una persona, y lo último que podía perder una persona, era el honor de su palabra. Ese tipo de cosas yo creo que no son gratuitas, creo que van quedando como una marca muy profunda y también implican la pertenencia a una cultura, a una tradición. Posiblemente en otras culturas la palabra hablada, la palabra proferida, en determinados momentos no tiene la misma relevancia. Hay culturas de pocas palabras, culturas más basadas en los hechos. Lo supondría de algunas culturas orientales, que más bien buscan omitir palabras, donde no se ve bien que haya demasiada palabrería, se ve mejor que haya brevedad, que haya concentración en los actos. Creo que esas fueron algunas de las primeras aproximaciones.
La otra etapa, la otra ala de este camino, fueron las lecturas, los libros. Aunque yo insisto que no fue precisamente la mía una formación libresca, fue más una formación de experiencias, más de actos cotidianos, de ver la vida de los demás, la vida del entorno. Los libros fueron llegando poco a poco, y creo que fueron llegando como debían llegar, no estaban ahí. Fueron en parte una herencia y en parte una búsqueda, una persecución. Hasta donde yo recuerdo, muchos de mis libros los busqué, los encontré, los fui cazando, no solamente en librerías sino a veces en casas de otras personas, donde de pronto uno encuentra que ahí estaba un libro que uno había buscado y, bueno, es como tener una reliquia. O por casualidad, por azar, que es otra de las cosas que a mí siempre me han sorprendido mucho, porque pienso que son todo un mecanismo de la realidad. El por qué ciertos libros se nos aparecen en determinados momentos, por qué ciertas lecturas nos abren o cierran ciertas etapas de la vida. En fin, me parece que esas fueron las dos maneras en que yo me acerqué a la palabra.
Aquí podemos preguntarnos sobre tu postura frente a la existencia de esas palabras. La palabra te es dada en la ceremonia de la escucha, y la atesoras. Pero en tu poesía, la palabra —la palabra poética en particular— es constantemente interrogada o puesta en tela de juicio, sobre todo frente a lo que no se puede nombrar. Y, sin embargo, no hay renuncia. En ese sentido, la palabra conlleva cierta condición de fatalidad para quien la porta, parece que resulta cuestionable, pero irrenunciable.
Yo creo que es la certeza de que la palabra humana es una herramienta, un instrumento para atravesar la vida. También para comunicarse, para sobrevivir, para todo eso. Pero es tener la certeza de que a lo último que aspira la expresión humana —y quizá no solamente la palabra, sino todo código, todo lenguaje— es alcanzar algo para lo que finalmente resultará insuficiente ese lenguaje. Me parece que con esto me aproximo a otra de las zonas de atracción para mi trabajo que es cierta idea de lo inefable, cierta idea mística, quizás, cierta aproximación a distintas nociones de la divinidad. No soy una persona de fe, pero sí soy una persona con muchas interrogaciones acerca de esos límites últimos de la consciencia, aquello que llamamos el Destino, quizás.
Creo que la palabra es uno de los instrumentos más finos, más perfectos que hay para comunicarnos. Pero cuando digo comunicarnos no quiero decir solamente comunicar entre uno y otro, sino para comunicarnos a nosotros mismos nuestra propia consciencia, porque creo que ésta no es solamente un hecho, es un devenir. Y si esa consciencia no tiene cómo comunicarse consigo misma, no está completa. Entonces, yo creo que el lenguaje es una profunda herramienta de conocimiento, de autoconocimiento y también de comunicación con el prójimo. Además es un instrumento que logra atravesar el tiempo, que es otra de las fronteras de la realidad humana. Pensar que el pensamiento de alguien que vivió hace mil años sigue estando aquí, y que es plausible de decodificar y desentrañar, me sigue pareciendo revelador. Pero sí es verdad que en muchos momentos hago patente esa consciencia de los límites, y que es posible que ante la existencia en su sentido más pleno, los momentos más profundos de la realidad son más verticales, son prácticamente inaccesibles a cualquier lenguaje. No seré yo el primero que lo haya dicho de esta manera, hay una importante veta en el pensamiento místico que habla de que finalmente los últimos peldaños de la consciencia no son susceptibles a la codificación, son mera experiencia. De hecho, en el Tractatus, Wittgenstein lo dice: “de lo que no se puede hablar, es mejor callarse”.
Justo en ese extremo de la escala de profundización mística, por así decirlo, se hace presente otro componente de la musicalidad: el silencio. Y lo señalas en los momentos de más concentración, de una enunciación más sintética o más detenida en tus poemas. En Lo innumerable escribiste: “callar para oír al dios”, y “hay poetas con la boca cerrada.” Aquí el silencio aparece también como una manifestación callada de la poesía.
Hay un proverbio atribuido a la sabiduría árabe que dice: “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor calla.” Creo que ésa es una profunda consciencia de lo que es el silencio. Es decir, el silencio es la primera forma de la plenitud de la belleza. Y quienes amamos o estudiamos la música en algún momento de la vida, sabemos que su definición también se parece mucho a una definición de la poesía. La música es el arte de los sonidos y los silencios en el tiempo. Son tres elementos: sonido y silencio —que son como la palabra y el blanco del papel—, forzosamente tiene que haber uno para que haya el otro; y todo en un tercer plano, que es el tiempo —la pauta, la partitura—. Eso se parece mucho a la poesía también: la poesía es el arte de las palabras y el silencio en el tiempo. Por eso el silencio para mí es tan importante como la palabra misma, porque es exactamente su otredad, el otro lado del espejo donde la palabra tiene que estar desdoblándose o repercutiendo. Hay palabras que si no tienen el silencio adecuado, no puedes escucharlas. Esto lo digo en un sentido metafórico. Cuando una persona está a punto de morir, sus últimas palabras toman una fuerza impresionante. Pero si esas palabras no estuvieran dichas en ese momento, quizá se perderían, o significarían otra cosa. Voy a poner un ejemplo con una historia por demás popular: cuando está muriendo, Wolfgang von Goethe pide que abran las cortinas. Y cuando las abren, dice: “¡Luz, más luz!”. Esas fueron sus últimas palabras. En la vida cotidiana, pueden pasar desapercibidas. Pero siendo las últimas palabras de Goethe, que además de poeta y escritor fue un científico, ¿qué quieren decir? Esas palabras, en ese momento, en ese plano de tiempo, se disparan totalmente hacia muchos significados. Y creo que el silencio es finalmente lo que rodea ese espacio como imantado de palabras. Valorar el silencio es tan importante como valorar cada bocado. O, volviendo al símil de la música, darle su dimensión al silencio es tan importante como entender la presencia de cada sonido, ésa es la dualidad por excelencia.
A propósito de tu libro más reciente, podemos observar el título abarcador de cada una de las estancias que lo conforman: Lo innumerable, aquello que no se puede contabilizar o tener bajo un registro estricto, que siempre está sucediendo desbordado de sí mismo. El granizo, la lluvia, el viento, la memoria, el tiempo… Y frente a eso, es curioso que un libro que señala esa condición de innumerabilidad sí lo pauta, versifica sobre de ello. Pareciera que subyace una fe en que el lenguaje poético tiene el alcance de hablar de todo aquello que rebasa cualquier registro posible, y que puede presentarlo con plenitud y profundidad. Háblame de eso.
El título para mí es una clave para entender mucho de este libro. En primer lugar, junto con él, viene un epígrafe de Roberto Juarroz, de su poesía vertical: “el mundo es sólo un dios que se deshizo”. Lo innumerable es la divinidad, Lo innumerable es el mundo. Y si lo pudiéramos reunir de nuevo sería una totalidad. Pero esa totalidad está fragmentada. Es como el Big Bang, ya está convertido en la multiplicidad de las cosas existentes. Y si todas esas cosas existentes pudieran volver al punto inicial, serían la divinidad misma. Entonces hay un guiño ahí con lo que sería una idea de la divinidad. Acepto que soy una persona que se interroga con frecuencia acerca de la divinidad, de lo que sería un dios, pero el mundo como un dios que se deshizo, que todo lo que vemos es una entidad, pero una entidad que no se nos puede revelar sino con lo innumerable. Eso por un lado. Por otro, éste es el libro más ambicioso que he escrito en sentido formal y temático. Si me preguntas de qué trata Lo innumerable, te diría que quise que tratara de todo lo que ha constituido mi experiencia de la vida. Es un libro que habla del tiempo, de la luz, de la oscuridad, de la infancia, de la poesía, del amor, de la soledad, de la enfermedad. En fin. Podrían decirme que estoy loco si quiero meter todo eso en un libro. Pues sí. Como nos demostró James Joyce en el Ulises, en un solo día de la vida pueden estar presentes todas ellas. La eternidad puede caber en un día o puede caber incluso en un instante. Eso innumerable es, desde la aproximación posible de cada uno de nosotros, la propia vida, los propios fragmentos de nuestras vidas, que están ahí como flotando todo el tiempo en el devenir.
Es un libro que me tomó veinte años escribir, hay que decirlo, porque iba surgiendo por episodios, por secuencias. De hecho, yo ni siquiera pensaba que pudiera ser un solo libro, yo pensaba que estaba escribiendo cuatro o cinco libros. Hasta que me di cuenta que todo eso era parte de una misma posibilidad abarcadora, pero era un desafío tanto en su creación en términos formales como para la lectura. Espero que no sea demasiado complicado, aunque sí conlleva una cierta exigencia entender este libro. Pero yo creo que el epígrafe sí señala más o menos por dónde va, “el mundo es sólo un dios que se deshizo”.
Poetas como Antonio Gamoneda o Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, han insistido en su momento en separar la poesía de la literatura, como si, a propósito de estos componentes que mencionábamos al hablar de la poesía y sus procesos de escritura —el silencio, las palabras, la memoria y la experiencia—, estuviéramos tratando sobre ‘otra cosa’. ¿Qué piensas de eso?
Hay una noción que viene del romanticismo sobre todo: la esencia aurática de la poesía. Esto refiere a que el poeta es una especie de médium, o que de alguna manera transmite algún mensaje suprahumano o de un estado de consciencia superior. Esto está históricamente comprendido como una idea romántica. Yo en lo particular no la sostengo. Me parece muy interesante, y tendría incluso alguna raíz antropológica que podríamos sondear incluso en ciertas técnicas chamánicas, que todos los pueblos han tenido en cierto momento, la identificación con lo mágico, o de ciertos estados o actos de la magia con palabras. Y, generalmente, hay alguien en las tribus que esto lo puede hacer: el curandero, el chamán, el medicine man, como lo llaman los indios de Norteamérica. Es muy interesante esa idea, pero yo creo que la poesía moderna no pude creer en ello. Y si lo cree, estaría buscando más una justificación extraliteraria de la poesía. Sin embargo, lo que sí creo es que la poesía sería la concentración más alta posible del significado en un grupo verbal. La definición de Pound me sigue pareciendo la más certera: poesía es el arte de llenar a las palabras de significado. Lo que sucede es que no sólo se hace poesía cuando se escriben versos, hay momentos de la poesía en la novela, en el ensayo… Es decir, sí existe la poesía como un momento de concentración y plenitud del lenguaje, pero no está necesariamente en lo que llamamos versos o en el formato de un poemario. Yo pienso que Paradiso, de José Lezama Lima es una novela llena de poesía, pienso que Juan Rulfo es prácticamente un poeta todo el tiempo. Y hay libros de “poesía” absolutamente carentes de ella. Hay poesía cuando el lenguaje alcanza ese grado de concentración. O como diría Alfonso Reyes, cuando las palabras alcanzan “la temperatura de una creación”. Esos momentos no se detectan sólo en el género poético, incluso diría que hay conversaciones o momentos del diálogo cotidiano que están llenos de poesía. Entonces, ésta sería mi síntesis al respecto: sí existe la poesía como profunda concentración y plenitud de lenguaje, en ciertos momentos. Pero no, no es un género en el sentido de un formato predestinado a ser poesía.
Ahora que traes a cuento a Paradiso, alguna vez confesaste que tu libro El cristal es un libro un tanto lezamiano, y has dicho que Paradiso es un libro de los que más te han cimbrado. Podríamos ir detectando algunos momentos, detectando ciertas motivaciones a lo largo de tus libros. En un primer momento, que abarcaría tus primeros cuatro libros, se adivina una motivación de deseo y de descubrimiento, la voz poética siempre está buscando y respondiendo al pasmo, al hallazgo, hay una exaltación frente al lenguaje mismo; tal como en el barroco (otro gusto tuyo), que por acumulación va generando texturas, concentración, enfoques. Pero después entramos en una segunda fase, que se percibe a partir de Los hábitos de la ceniza, en donde se instala un ánimo de dar cuenta de ciertas certezas, ya no hay tanto esa sensación de estar abriendo la puerta al mismo tiempo que el poeta, más bien parece que el poeta viene a decirnos algo así como: “éste ha sido mi camino, y tengo dos palabras qué decirte”. A diferencia de las motivaciones de deseo y de descubrimiento de los primeros libros, el discurso del poeta se vuelca en otro tono a los detalles de la vida transcurrida, de las ausencias y las certidumbres, de los anhelos que se han adquirido con el tiempo. Quisiera saber si estás de acuerdo con esta lectura y qué marcó esas dos regiones de tu escritura, a qué se deben.
Creo que sí hay dos vertientes, pero lo curioso es que son simultáneas. Se publican al mismo tiempo, en el año dos mil, dos libros que por lo menos para mí marcan ya una voz muy definitoria, muy definitiva de lo que pretendo decir, que son El cristal y Los hábitos de la ceniza. Pero ambos se escriben casi paralelamente. Mientras que El cristal es un libro onírico, con muchos tintes del neobarroco, del lenguaje lezaminano, —lo acabas de decir muy bien— es un deslumbramiento hacia el vocablo, hacia las posibilidades prismáticas o poliédricas de los vocablos, y por supuesto hacia la imagen poética como un elemento central del discurso poético. Los hábitos de la ceniza es un libro introspectivo, meditativo, más hacia la experiencia personal y la memoria, hacia la narratividad de ciertos elementos, ciertos personajes cotidianos, en fin. Y, sin embargo, los dos son parte de lo mismo y son casi coetáneos. Creo que en mí ha habido estas dos necesidades expresivas que son: por un lado la parte formal, de búsqueda de lenguaje y sus posibilidades —podemos decir que hay una especie de alquimia o de laboratorio con el lenguaje—; y por otro lado una necesidad introspectiva, una necesidad autorreferencial de un discurso directo. Me gusta mucho narrar, contar. No creo que esté yo diciendo nada sorprendente, pero creo que tengo una veta de contar historias, una veta narrativa que siempre me ha acompañado. Me gusta que las cosas digan algo, que traten referentes externos, historias, personajes. La gran dificultad para mí ha sido cómo fusionar esas dos escuelas, esas dos tendencias. Espero que tanto en el libro Principio de incertidumbre como en Lo innumerable por lo menos se estén fundiendo o se estén intentando trenzar en un caduceo creativo esos caminos. Pero tienes toda la razón, creo que ambos están siempre en mí como una feliz esquizofrenia.
Me pregunto si esta doble condición de confianza e insuficiencia de las palabras, que parecen ser la materia indicada para decir aquello que se intuye, pero que muchas veces no alcanzan a decir, genera una tensión particular en la poesía. La palabra que afirma al mismo tiempo que es puesta en duda, me parece que está siempre a lo largo de tu escritura. Entonces pareciera que subyace siempre una fe. Finalmente lo innumerable, lo indecible, lo inasible, está nombrado desde libros antes en tu obra. Y, sin embargo, la palabra continúa. ¿Cómo experimentas esa fe en las palabras frente a la incomunicabilidad de algunas cosas?
No parto de la idea de que esto sea un ejercicio predecible. Aunque yo respeto muchísimo el oficio, y por supuesto sé que en el fondo todo artista es un buen artesano, tal vez la diferencia entre el artesano y el artista sea que el artesano confía en su materia, la sabe trabajar y continúa siempre trabajándola como sabe hacerlo, y sabe que todos los días va a seguir siendo así; el artista siempre está interrogando su propio oficio, rompiendo, destruyendo su materia, probando hasta dónde llega. Es decir, mientras uno reproduce con confianza lo que sabe hacer, el otro todo el tiempo está cuestionándolo, aun a riesgo de autodestruirse en esa gran interrogación sobre su oficio. Y en ese sentido, yo sí creo que el lenguaje puede llegar a ciertos niveles de significado, y me gusta ver si yo soy capaz de lograrlo con mi propio lenguaje. Por supuesto que otros lo han alcanzado, y yo lo admiro y lo aprendo, pero me gusta ver en lo que yo hago hasta dónde me digo lo que me quiero decir, si puedo hacerlo con lo que sé. También por eso no me conformo, y de un libro a otro estoy como cambiando, como probando, como jugándomela con otra cosa. Yo creo que en el momento en que sienta que no digo más o que ya no hay algo más que pueda darme eso, también entenderé que hay que dejarlo. No me pongo necio en ese aspecto ni espero que esto sea inagotable, simplemente veo que aparece otra línea en el horizonte que me permite seguir, que me indica que ahí hay algo, que todavía se puede. Decía Pablo Picasso: “Yo no busco; yo encuentro”. Creo que ésa es la idea. No es que uno esté necesariamente buscando, es que aparece más y aparece más. Pero, sobre todo, creo que aquí lo importante es ser honesto y ser genuino con lo que uno mismo se plantea. No importa que los demás lo aplaudan o lo critiquen, el único que realmente sabe si está tocando lo que quería tocar es uno mismo.
A pesar de que el artista cuestiona su oficio hasta ponerlo incluso en crisis, aun así hay una implicación de confianza en la materia de su trabajo y sus alcances. Me interesa ahondar en eso, retomando unas líneas tuyas que aparecen en El fuego que camina. En medio de un ensayo escribiste: “la poesía me enseñó a detectar una verdad, aunque la forma de su aparición sea lo único que la sostiene”. Esto a mí me dice que a pesar de que la forma sea lo primero que se percibe, cuando tal vez no su fondo, hay una confianza en una manifestación formal, y ahí opera cierta fe de alguna manera. También lo encuentro en tu libro El cristal, donde hay un verso que dice: “Era hermoso el mundo, era extraño”. Ta vez la condición del extrañamiento, y la belleza que implica, sea ese factor que te vale cierta fe.
Aquí hay dos avistamientos que me parecen centrales en mi trabajo literario. El primero es la preocupación por la forma. Para mí el tema de la forma no es solamente necesario, yo diría que es central en un verdadero artista. En el arte la forma no es importante, lo es todo, porque, finalmente, el arte no es otra cosa que dar forma, y por medio de esa forma, si existe la expresión y existe comunicación, se da. Ningún artista serio cree en esa idea de la forma y el contenido, ésa es una idea de los comunicólogos o de los comunicadores —que no desprecio, ni desdeño la profesión—, la idea de que hay una manera de decir y otra cosa es lo que se dice. En el arte están irreversiblemente fundidas. Yo no creo que lo que dijo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina lo haya dicho de una forma determinada como si hubiera podido elegir entre varias formas de pintarla. O era o no era lo que pintó, y si existe la fuerza de su obra es por lo que aparece ahí, o por lo que no aparece. En el arte, el artista le da forma a todo, y ahí está todo su testimonio y toda su expresión. De hecho, ésa es su obra, lo que tiene esa forma. En el arte, la forma lo es todo. Así que un artista debe trabajar con mucha preocupación y mucha inquietud toda su vida acerca de la forma de lo que está diciendo o pintando o componiendo.
El otro tema es para mí un gran misterio, el cómo es que de pronto la forma que toma algo trasciende lo que uno mismo sabía que iba a decir. Es decir, cómo logra adquirir innumerables significados algo que a veces ni el mismo artista estaba consciente de estar transmitiendo. No quiero decir que se trata del burro que tocó la flauta. Quiero decir que la enorme proliferación de significados que tiene una obra, por ejemplo la gran cantidad de cosas que se pueden decir del libro Un tiro de dados jamás abolirá el azar, ¿podrían haber sido previstas y calculadas por Mallarmé en el momento en que hizo ese juego, ese poema, esa acumulación de vocablos? Yo creo que la respuesta es que no. ¿Sabía él el significado que iba a tener eso en la historia del arte? ¿Sabía él todo lo que esa obra y sus traducciones iban a desencadenar en otras mentes? Yo creo que no. Entonces estamos ante un misterio central de la obra de arte: algo se comunica por medio del arte con otros seres en el tiempo, y el artista quizás no fue ni siquiera más que un pretexto para que apareciera. Hay un poema inquietante de Paul Valery que se llama “La idea maestra”, que trata de una idea dentro de la cabeza de una persona, y la idea le dice a la persona: “Yo no soy tu idea, tú eres la mente que yo necesitaba para manifestarme. Yo soy la idea maestra. Tú no me creaste a mí, yo hice que tú existieras para poder existir. Yo estaba antes de ti y voy a estar después de ti. Solamente fuiste mi pretexto”. A mí eso me pareció inquietante, que una idea, como si fuera una entidad anterior —y posterior— a la mente humana, usara la mente para existir. Esto tiene visos casi como de posesión, como una especie de ente que existe y que usa el vehículo de la consciencia o la mente de alguien para manifestarse, pero así como usó esa mente pudo haber usado otras. Y así como su objetivo era manifestarse, sabe que va más allá de esa mente que no fue realmente su creadora, ella ya existía. Supongo que esto no viene solamente de Paul Valery que la puso en un poema muy hermoso que alguna vez traduje precisamente porque me inquietó mucho, yo sé que esta idea proviene de toda una escuela de pensamiento, de que quizás las ideas son algo que preexiste a la mente y a la consciencia, que incluso los pensamientos son algo que está flotando en lo que podríamos llamar una gnósfera, una esfera de consciencia en el planeta, y que ciertas mentes simplemente, como si fueran antenas, las catalizan, las metabolizan o las expresan.
Todo esto creo que tiene que ver de alguna manera con tu pregunta. Sí, por un lado creo que la forma lo es todo, el artista serio trabaja dando forma. Pero también es posible que las formas, incluida la misma mente humana, no sean más que vehículos para que algo más poderoso o preexistente se manifieste. Eso dejémoslo ya en la delgada línea que separa la razón de lo esotérico, por llamarlo de alguna manera.
La idea puede quedar ahí, pero me gustaría remarcar que la inclinación hacia una idea de belleza por medio del extrañamiento está presente en tu escritura. Esa sensibilidad a la que apunta el verso tuyo que citaba: “Era hermoso el mundo, era extraño”, también la encuentro en mitad de un comentario tuyo a un poema de Alejandra Pizarnik, cuando dices: “Hay un título y un texto en particular muy extraño (y tal vez por lo mismo muy hermoso)…” Esa impresión justo habla de colocarse en el umbral del extrañamiento porque se conoce que ese umbral puede ser revelador, que asomarse a lo extraño puede ser asomarse a la belleza. Inclinación que se presenta con más convicción, como decíamos, en tus primeros libros.
Has atinado con mucha intuición en algo de lo que apenas recientemente me he dado cuenta. Que para mí la idea de belleza está cercana a la idea de misterio. Tampoco soy el primero que lo ve de esta manera, es una idea de Rilke que dice: “Todo ángel es terrible”, esa fusión entre la última expresión de la belleza y el principio de lo terrible, lo inefable, lo que nos hace ya bordar un territorio desconocido que lo mismo nos puede producir desconcierto que miedo. Y sí, yo creo que eso está presente en mi trabajo, no porque yo lo haya querido así sino que me he dado cuenta. Es como cuando uno va caminando por la playa, y de pronto voltea hacia atrás y observa sus huellas. Uno se da cuenta con mucha extrañeza lo que esas huellas han ido dejando. Ver uno sus propias huellas, la clase de huellas que deja uno, es un acto de asombro. A lo mejor sorteando las olas, a lo mejor sólo queriendo ir el línea recta, y lo que uno creía que era una línea recta resulta que era una curva. Ese acto en el que volteamos y vemos lo que hemos venido recorriendo es siempre algo inquietante, y creo que lo que acabas de decir es justamente eso. Está en un verso, “Belleza y dolor”. Y sí, están juntos: belleza y dolor, la belleza y lo inefable, la belleza y lo terrible, siempre están como danzando, como dos moléculas que están siempre girando en torno a un elemento central. Sí, es muy cierto, y celebro que lo hayas visto de esa manera, pero no tengo una explicación plausible. Quizá sea un asunto mío, una forma personal de concebir el trabajo estético, o quizás sea una intuición que hemos tenido muchos a lo largo del tiempo y que nos hace sentir esa diabólica belleza del mundo, como diría Enrique Molina.
Virando un poco hacia otro tema, tal vez lo que está operando en ese asunto sea tal vez el ángulo desde el que se mira. En Vertebral, donde plasmas buena parte de tu pensamiento reflexivo en esa suerte de pequeños y numerosos aforismos, aparece una idea que nos sirve para plantearlo en concreto: “Oír las voces del pasado es fundar la gramática de un idioma futuro”. Me parece que ese es un posicionamiento decisivo, porque hay una diferenciación entre la nostalgia que puede generar el voltear hacia atrás y la novedad que puede generar ese mismo acto. Las impresiones distan una de otra por efecto del tratamiento del tipo de mirada, por decirlo así, del tratamiento de lo que se mira. Tal vez lo que determina el tono o el ángulo a la hora de hablar del pasado en tu poesía sea ese factor de perspectiva. La memoria está operando ahí de una manera particular.
Cuando estamos diciendo belleza aquí, estamos hablando de aquello que bordea lo inefable, estamos hablando de una frontera, no de “lo bonito”, no de un estado tranquilo y cómodo de la realidad. Desde ese punto de vista sí quisiera hacer ese pequeño deslinde. No estamos hablando de un estado de confort o de lo conocido. No, aquí estamos hablando justamente de lo contrario, estamos hablando de cuando algo está a punto de convertirse en otra cosa. Ahora, con respecto a lo que mencionas, esta manera de mirar hacia atrás es una manera de reconocerse, pero no como una nostalgia o para buscar retroceder, sino al contrario, para emprender el futuro por medio de lo que uno logra asimilar, de lo recorrido. Sí, para mí esto es fundamental. Me han preguntado varias veces acerca de esta idea de la memoria y de la infancia. Podríamos decir, por ejemplo, que en Lo innumerable abunda esta idea del pasado, la memoria, la infancia. Lo primero que yo tengo que decir es que Lo innumerable no es un libro sobre la infancia, es un libro sobre el destino. El acto de recordar, de entender lo recorrido, es precisamente para entender el significado de lo vivido y hacia dónde tiene un significado mayor. No recuerdo ahora de quién es la cita, pero dice: “La infancia es la novela que todos llevamos dentro”. Exactamente ésa es la idea. Es decir, hay algo que nos compromete con una unidad, que nos resulta el todo por el cual estamos aquí. Pero eso no es la infancia, la infancia es una etapa privilegiada de aprehensión del mundo, de reconocimiento de las cosas. El mismo idioma lo recibimos en esa etapa, no nacemos con un idioma, y ese idioma nos va a convertir en lo que somos, estos seres que hablan este idioma para intentar expresar con él algo que estaba ya, incluso antes de nuestra propia vida. Eso lo abordo en este libro —y creo que en los anteriores también— más cerca de la idea de destino. Lo que a mí me importa es el destino. Lo que yo busco con la memoria, con la infancia, con el recuerdo, es entender el destino. No es buscar el pasado, porque el pasado para mí es simplemente algo que ya no está aquí —mas es capaz de hacernos conscientes de estar aquí—. Podríamos poner una idea sencilla: es como creer que todo el Quijote está en la última palabra. Claro que no, el Quijote es todo lo recorrido a lo largo de más de seiscientas páginas. Al llegar a la última palabra, uno cierra el libro y entiende toda la obra. No existe en un solo lugar, en un solo punto. El punto de encaje —como se le llama a esto en la física—, el único punto de encaje posible es el presente, que es la última palabra, pero esa palabra es imposible de ver sin todo el recuerdo, toda la memoria, todo el significado de todas las otras palabras hasta llegar a esa última. Ésa es la forma en la que yo pido que se entienda mi interés por la memoria, la infancia, el recuerdo: no como una nostalgia, sino como una forma de entender la esfericidad del destino.
En Lo innumerable, creo que conviven muy bien esos dos intereses, el de ahondar en tus inquietudes sobre lo inefable y lo indeterminado, sobre lo efímero, y al mismo tiempo mantener un fundamento decididamente anecdótico y autobiográfico. En su creación, que dices que te ha llevado alrededor de veinte años, ¿cuáles fueron los procedimientos? ¿Cuáles han sido los puntos de llegada en el trabajo de su escritura?
El primero que descubre aquello que estaba detrás de lo que quería escribir creo que es el propio escritor. No creo ser ni el primero ni el único que lo ha experimentado. Cuando uno quiere escribir un libro puede tener alguna idea, algún proyecto, algún tema; lo más metódicos pueden hacer hasta un esquema, lo que llamamos una escaleta o un guión. Pero la verdad es que el proceso de escribir es una revelación para uno mismo, para quien lo está haciendo. Es hasta el primer momento en que uno le logra dar forma —volviendo a ese tema— a los pensamientos y a las ideas, que uno se topa con ellas. No creo que preexistan como algo absolutamente independiente del lenguaje. Aquí yo no estaría de acuerdo, por ejemplo, con el poema de Paul Valery, no creo que sea algo que esté por encima del lenguaje, creo que es el lenguaje el que nos permite corroborar su realidad para nosotros mismos. Entonces sí, el proceso de escribir éste y otros libros ha sido irme encontrando con los temas y las formas que yo necesitaba para expresarme y tal vez para autoconocerme. Aunque mi objetivo no creo que haya sido ése, era más bien proseguir en el trabajo de ir abriendo y abriendo, como en las minas. No me planteo mucho, o no me preocupa mucho, ver dónde va a terminar un libro desde antes de hacerlo, digamos que mi trabajo es más como lanzarse a un viaje de exploración, es más como el de un explorador que como el de alguien que ya tiene una idea muy fija de a dónde quiere llegar. Pero recomiendo en general que se trabaje con cierta disciplina y cierta estructuración lo más acuciosa posible, porque si no se puede volver infinito el trabajo. Hay que hacer altos de perspectiva para ver de dónde venimos, a dónde vamos, e ir cerrando esos episodios que se van volviendo capítulos o secuencias de libro. Y en cuanto a si tengo una técnica particular, pues no. Solía trabajar más de noche, hoy trabajo más de día; solía creer mucho en el desbordamiento y en el delirio, ese plano romántico en el que uno siente que está hablándonos algo. Hoy no, hoy creo más en el pequeño trabajo del oficio, en el cotidiano acto de estar labrando pedacitos de algo que se va juntando y va formando algo mayor. Quizá sean momentos de la edad, o de la propia consciencia.
En “Trama del estremecimiento”, sección de tu libro Vertebral dedicada al arte y a la literatura, escribiste: “Cada generación contrae desde su juventud las enfermedades que debilitarán su vejez”. ¿Puedes vislumbrar cómo esto se manifiesta en tu propia generación de poetas? ¿Cuál es el lastre que les tocó arrastrar?
La mía fue una generación dañada por la hipercrítica lingüística. Creo que lo puedo decir hoy desde la perspectiva que tenemos de la generación anterior a la nuestra —y desde la perspectiva que tenemos de las generaciones emergidas posteriormente, algunas ya bastante perfilables—. La generación anterior, que nace en los cincuenta, es una generación llena de un ímpetu expresivo, una generación muy prolífica en la que se escriben grandes, largos y complejos poemas, se participa mucho en política, se participa mucho en todas las experiencias límite del lenguaje. Es una generación marcada también por el sesenta y ocho, por todas estas búsquedas del rock y de los estados alterados que hubo en los setentas. Y comparo esa generación con la mía, que fuimos siempre una generación muy hipervigilante del vocablo, de la forma, y también una generación con menos deseo de cambiar el mundo, una generación más libresca que de plaza pública, por decirlo de alguna manera muy general. Para bien o para mal —no estoy haciendo una sentencia—, porque algunas de las mejores obras de mi generación están escritas con esa hiperconsciencia del lenguaje, del vocablo y de la forma, de lo que debe estar y no estar en el poema. Eso creó obras muy interesantes, pero también creo que esterilizó mucho este deseo de hablar y de ver hasta dónde puede uno llegar. Esto comparado con generaciones anteriores o con generaciones posteriores, que veo que, sobre todo, tienen menos miedo o menos preocupación por desbordarse o por equivocarse. Esas podrían ser las enfermedades que pudieran delimitar la vejez de mi generación, esa especie de contención hipercrítica que hizo que algunos de los mejores poetas de mi generación más bien fueran de muy pocos poemas, de muy cerrados, extraños y herméticos juegos del lenguaje, y que a la fecha creo que es una generación que escribió muy poco. Creo que se debió sobre todo a eso, esa sombra crítica. Aunque también hay que entender que es como todo en la historia. La historia siempre es un péndulo. Después de una generación con todas esas experiencias psicodélicas, tenía que venir otra generación autocontrolada, hipercrítica, neoliberal quizá —nos han acusado de neoliberales, posmodernos, escépticos, en fin—. Creo que esas tres palabras ayudan a definir muy bien a mi generación: escepticismo, conservadurismo (somos una generación que más bien se fue hacia atrás en la búsqueda de lo tradicional, lo conocido, lo clásico) e hipercrítica, con un miedo a equivocarse. Y, como en todo, habrá sus excepciones, habrá voces diferentes, otros ejemplos.
Respecto a esos tres factores que para ti perfilan a tu generación en contraste con la generación anterior, sería interesante saber si ese escepticismo, esa hipercrítica y esa inclinación por remitirse de nuevo a la tradición, estaba motivada por sus maestros o si fue una reacción a la personalidad que tenía en su escritura la generación de los cincuenta, su postura ante el desbordamiento, la frontalidad, la experimentación.
Creo que fue una mezcla de varias cosas. Unas fueron las que estás mencionando. Pero, en particular, la influencia y la sombra de las grandes figuras, que siempre importa y siempre es decisiva en una tradición. Recuerdo una anécdota que leí de los poetas argentinos que hoy llamaríamos de medio siglo, que decían: “Siempre queríamos saber qué estaba escribiendo Borges”. El entrevistador pregunta: “¿Lo admiraban tanto?”. Y la respuesta fue: “No, era para irnos en el otro sentido”. La figura de Borges era tan poderosa en Argentina —marcó no solamente un siglo, yo creo que toda una literatura— que nacer después de Borges era tener que ver qué posición tomar frente a esa literatura. Entonces, obviamente que estaban pendientes de lo que estaba haciendo Borges, para no repetir eso, para hacer todo lo contrario y desmarcarse como generación en su tradición. Eso pasa con todas las literaturas que tienen a un gigante. En nuestro caso, en México, eso nos pasó con Octavio Paz, y a nuestra generación le pesó un poco eso también. Aunque a la que más le pesó yo creo que fue a la anterior, a la generación de los cincuenta y a la de los cuarenta, creo que son las que crecieron definitivamente bajo la clara sombra de la gigantesca obra de Octavio Paz. A mi generación le tocó más ya el ocaso, pero también le tocó esa figura importante, decisiva, que nos marcaba lo que era la poesía. Y luego, como además se gana el premio Nobel en 1990, casi cuando estábamos todos empezando a escribir, bueno, se volvió el incuestionable gran poeta que tuvo este país. Así que por supuesto Octavio Paz fue uno de los imanes y rechazos permanentes que tenía mi generación. Pero, insisto, creo que ya nos tocó un poco crepuscularmente, ya no nos tocó el momento más poderoso de su dominio.
Lo que sí marcó más a mi generación, curiosamente, fueron otras figuras que en su momento eran nuestros gurús, eran como los escritores de culto, secretos, pero que había que leerlos porque ellos tenían la última verdad, eran como los profetas que nos marcaban el camino del futuro. Podría yo decir que Gerardo Deniz, o figuras críticas como Eduardo Milán, nos hicieron mucho daño y mucho bien. Mucho bien por el lado crítico, porque tenían una visión crítica diferente de la poesía y además estaban totalmente en otro lado, distinto al de Octavio Paz. Un poeta como Gerardo Deniz era la antifigura de Paz, y entones muchos secretamente leíamos a Deniz como lo otro, lo diferente, lo que no se parecía nada a la tradición mexicana, lo que estaba en las antípodas de Paz. Y luego, sí, una figura como Eduardo Milán, que marcó una época en que él era el gurú que decía lo que era y lo que no era la poesía, porque además él traía la verdad de las vanguardias latinoamericanas, históricas, venía del sur contestatario, el de las luchas políticas y las dictaduras, en fin. Yo creo que con el tiempo causó por un lado, sí, una posición crítica, una duda crítica sobre nuestra propia tradición, pero también dejó muchos engaños. Igual que Gerardo Deniz. Hay un momento en que hay que sacudirse todo ese escepticismo; así como hay que sacudirse la esperanza para que no intoxique, también hay que sacudirse el descreimiento para que no destruya. A mí generación yo creo que esas figuras la marcaron: Octavio Paz, Gerardo Deniz y Eduardo Milán (como crítico sobre todo, más que como poeta). Pero también creo que mi generación hizo algo que no era muy frecuente en su momento, que es que dejó de ver la poesía mexicana como algo que sólo viene de México, y realmente muchas de nuestras principales influencias ya no eran mexicanas, creo que nos influía más lo que estaban haciendo los neobarrocos en Argentina, lo que estaban haciendo poetas como Raúl Zurita, Gonzalo Rojas o Enrique Lihn en Chile; o las locuras que hacen de pronto algunos poetas españoles como Leopoldo María Panero, o algunos colombianos o peruanos. Es decir, de pronto yo veo a mi generación y ya no era una que sólo leía a los mexicanos y que se identificaba con Sor Juana, Los Contemporáneos, Paz y Rulfo, sino que de pronto su diversificación de lectura ya era hispanoamericana (por no decir universal: anglosajona, francesa…). Ya no era tan remitida a lo que nos rodea de inmediato, sino que se remitía a una contemporaneidad mucho más amplia. A mí, por ejemplo, me marcó mucho más leer a Gonzalo Rojas que leer, por ejemplo a Octavio Paz; descubrir todas esas cuestiones del neobarroco que leer a Los Contemporáneos. Aunque, por supuesto, los conozco, los leí y los admiro, ya era más bien leer otras cosas que venían de otros lugares y que eran capaces de estremecer más los cimientos de lo que uno creía. Por otro lado, el que ignora su tradición está condenado a imitar torpemente lo que ya se hizo bien. Yo sí creo que un buen escritor debe conocer bien su tradición inmediata, pero también su tradición hispánica. Eso es la consciencia de lo que uno está haciendo ahorita.
Ningún genio nace de la nada, ningún escritor creativo puede de pronto sacar una obra genial de la nada, obviamente tiene que saber dónde está parado y de dónde viene y a dónde va todo lo que está diciendo. La misma palabra tradición a mí me molesta cuando suena a conservar, guardar, la palabra tradición tiene un alto de museo. Pero no, desde mi concepto, es algo más parecido a lo que llama Harold Bloom “la angustia de las influencias”. Cuando uno está escribiendo —y eso debes haberlo experimentado como todo aquél que ha escrito—, tienes aquí las voces y las influencias de tus autores. No es una cosa de ir a un museo o a una biblioteca y sacar a Gorostiza o a Sor Juana Inés de la Cruz. No. Literalmente, cuando uno está redactando oye cómo está Octavio Paz, Juan Rulfo, Lezama Lima, Paul Celán. Ahí están, siente uno “si digo así, esto ya está muy paceano; si digo así, voy a sonar muy rulfiano; si hago para acá se va a ver muy neobarroco”. Uno trae las influencias como angustias, como voces adentro de uno (que es lo que propone Harold Bloom). La tradición es algo que introyectas a tu propia manera de pensar las cosas y de pensar la literatura misma. Son un sistema planetario de gravedades que lo jalan y lo rechazan a uno. Entonces, lo que uno busca con inquietud es no parecer, no “sonar a”. En fin, eso es a lo que me refiero con tradición, es una presencia permanente de las grandes fuerzas creativas que están ya dentro de una lengua, y, por lo tanto, quien escribe hoy en día las trae ahí metidas. Retomando lo que comentábamos antes, acerca de si esto nos volvió más hipercríticos o nos hizo como centrarnos en un rechazo a ciertas figuras, pues yo creo que sí, sí nos hizo cerrarnos a dudar de lo escrito, porque ya veníamos de una época donde se pudo decir de todo, se hizo de todo —cosa que yo celebro, creo que la época de los setenta y una parte de los ochenta fue la gran fiesta creativa en muchos sentidos; a mí me tocó ya más bien ese momento en el que venimos a recoger los restos de la fiesta, como a barrer un poquito el festín de aquello, y por lo tanto ya llegamos con un poco de dudas, de cansancio, de escepticismo. Ya sólo acotaría un último punto: los más jóvenes, las generaciones que veo que se van abriendo camino, nunca olviden que todo aquello que no hayan leído, estarán condenados a escribirlo de nuevo. Por eso creo que el acto más inteligente de cualquier escritor es leer, leer lo que se ha escrito, leer lo que ha sucedido, simplemente para no perder tiempo, para no extraviarse.
Nocturno del viaje
Voy resuelta
contra los lestrigones
para canjearles
lo que no seré.
Me precipito entre resuellos
y empaco
los sobrantes de certezas.
Ya mi vientre armoniza
un redoble de platillos y
marca un beat
cuatro por cuatro.
Voy resuelta contra el viento del Sur
que me susurra antiguos consejos.
Aquí surco una calzada.
Entre la multitud
silenciosa de la plaza
advierto que arribé
a un puerto cuyos rostros
me son familiares:
hombres y mujeres celebran
el nacimiento de un
niño con la primavera,
alzan sus copas,
se revuelcan unos con otros,
escupen mientras ríen.
¡Empeñaron su alegría
en el dolor del Hombre!
Huyo de ahí como el
músico después del concierto,
que se dirige a otra escena
con su idéntico repertorio
y la misma gente.
En cualquier lugar seremos bufones,
jamás el rey.
Avanzo hacia el malecón
con mi féretro Samsonite.
Aspiro hondo:
quise exiliarme de la amargura
pero la empaqué junto con el traje de baño.
Postal
Bienaventurados aquellos que
volverán
al tiempo y a la esquina del primer beso
frente al Walmart,
donde saborearon unos Chesterfield
para cuando reine la obligación
y el aburrimiento
consortes de la adultez
Guarda aquella imagen
para continuar pese a Nosotros.
Bienaventurados los amantes
que continuarán asistiendo
como los perros al basurero
porque de ellos será
la tierra baldía.
Background
Sonrisa de niño en la feria
(aquí ya no está tu nombre)
el mío se fue tras de aquél
—nos vemos pronto.
Mudanza
En usted Señorita,
—joven prisionera
de sus insomnios—:
Hay más de veinte tazas de café,
medio millón de músculos en tensión que se
pulsan bajo la mesa
e inventariados por la espuma voyerista
trago a trago:
es el miedo a equivocarse.
Hay decenas de miradas
de quédate,
vamos por unos Marlboro —dices—
Una invitación para que el otoño llegue
Tantos kilómetros de lluvia
sobre Insurgentes
dentro el Peugeot 206
hasta topar con tantos
ven a mi habitación y quédate.
El drama histórico The Crown, de Peter Morgan, es una coproducción de las empresas Left Bank Picttures y Sony Pictures Television y se estrenó a nivel mundial el 4 de noviembre de 2016, por medio de la empresa de entretenimiento Netflix. La serie muestra dos facetas de la biografía de la reina Isabel II (Claire Foy), la pública y la privada. En la página oficial de Netflix se describe la serie como un “drama que narra las rivalidades políticas y el romance de la reina Isabel II, así como los sucesos que moldearon la segunda mitad del siglo xx”. En efecto, en el centro del drama histórico está el romance, eje y fuerza vital para el desarrollo de la serie.
En tanto, el primer suceso significativo y que podría interpretarse, en principio, como un paso más hacia la renovación de las costumbres en la casa Windsor es la transmisión televisiva de la coronación de la reina en 1953. En el drama es el príncipe Felipe (Matt Smith), Duque de Edimburgo y esposo de Isabel II, quien insiste en la importancia del tiempo de cambio y cree necesario que la monarquía deba estrechar relaciones con el pueblo, es decir, hacerlos partícipes de su nueva historia, se trataba pues de un gesto de comunión. Ya que tras haber sido víctimas de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y testigos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y con todos los avances tecnológicos que hicieron posible vencer al nazismo, entre éstos, la máquina de Turing, continuar gobernando un país mediante sistemas imperiales resultaba anquilosado; no obstante, los jóvenes al tanto de su pasado histórico traen nuevas ideas. Esta decisión del joven matrimonio repercutiría en su futuro concediéndonos a los espectadores contemporáneos asomarnos a la vida íntima de Isabel y Felipe.
Este representativo cambio a las normas en la casa Windsor afirmará no sólo un pacto con su pueblo, sino también con su tiempo. Simbolizará el tránsito y continuidad hacia la modernidad en el sentido paciano: “[…] un método de investigación, creación y acción” (Paz: 1990, p.32), que conduce al cambio constante pero que tiene en su anverso las utopías, el Romanticismo, por ejemplo. Hay, pues, desde entonces, en la propuesta de los jóvenes monarcas innovación y cambio. En resumen, son modernos en tanto que románticos.
Para Octavio Paz, la crítica es un rasgo distintivo y señal de nacimiento de la Modernidad. “Comienza como una crítica de la religión, a la filosofía…” (ibid). De aquí que, según el poeta, el Romanticismo tiene una relación filial y polémica con la Modernidad como “Hijo de la Edad Crítica, su fundamento, su acta de nacimiento y su definición son el cambio” (1990, p.35).
En el drama histórico seguimos no sólo el periplo de estos amantes que se enfrentan a los intereses ajenos y propios y agitan las pasiones más elementales en su microcosmos; la ambición, la ira, la vanidad, la envidia, etcétera, son per se la naturaleza humana. No es gratuito que en reiteradas ocasiones personajes más “racionalistas” como Winston Churchill (John Lithgow) citen a William Shakespeare. Si bien este guiño con la literatura inglesa actualiza el espíritu de las tragedias del dramaturgo inglés, también brinda homenaje a su literatura. Por otra parte, para quienes hemos leído al dramaturgo, observamos que su referencia en el drama histórico viene a ser otra propuesta de lectura donde considero se comparte o bien, recupera el concepto cosmogónico shakesperiano, en el que el orden del mundo es un estira y afloja pasional entre ser y no ser.
Por ejemplo, el Romanticismo —en su sentido más amplio, entendiéndolo como una actitud subversiva espiritual e intelectual, no como movimiento literario— echó sus raíces en el palacio de Buckingham desde la abdicación de Eduardo VIII (Alex Jennings) a la corona en 1936, el tío de Isabel II. Con su decisión, Eduardo, Duque de Windsor, cuestionó al deber, se enfrentó a él y asumió las consecuencias. Qué acción tan liberadora, el hombre había renunciado a ser ungido, por amor, por la carne, por el mundo y, como un rebelde, fue expulsado.
En las dos temporadas que van de la serie se hace hincapié en este hecho, poniéndonos a pensar sobre si fue un cobarde, un traidor o un soñador que hizo posible la utopía, “el sueño de la razón”, en palabras de Octavio Paz. En la serie, Isabel II hace lo posible para mantener el equilibrio entre el deber y el ser, entre la razón y la preeminencia de los sueños y con ello nos recuerda también la difícil tarea de existir, de permanecer ante una modernidad que disolvió el tiempo porque desvalorizó la creencia en la eternidad, al ser crítica con la religión, la modernidad entonces tiene su razón de ser sólo en el presente —el cambio y la actitud crítica también son perpetuos— donde irónicamente y contra todo la humanidad “levanta montones de cemento / […] donde caeremos todos en la última fiesta de taladros”, ya denunciaba García Lorca hacia 1929.
El Romanticismo es “hijo rebelde, hace la crítica de la razón crítica […] y opone al tiempo de la historia el tiempo de las pasiones, el amor y la sangre” (Paz: 1990, p.35). En la serie también atestiguamos el romance de la hermana de Isabel II, la princesa Margarita, una versión moderna del Werther de Goethe. A ésta la vemos renunciar al amor de su vida, el capitán Peter Townsend, mientras el pueblo inglés tomaba partido del suceso e incitaba a los enamorados a romper las reglas y ser felices. “¡Cásate con él, Margarita!”, se leía en la primera plana de la prensa periódica, según registra la serie. Luego, la reina Isabel II verá a su hijo Carlos divorciarse de Lady Di, ya todos sabemos cómo acabó esta tragedia. Se prevé que para la tercera temporada este romance también sea tratado.
¿Por qué nos ha gustado tanto The Crown? Técnicamente es una ambiciosa producción, no hay nada que reprocharle: las tomas, la música, los escenarios y las actuaciones son fascinantes. Nos ha gustado porque nos recuerda que, sobre todo, estamos hechos de pasiones y quizá, que para sobrevivir al cambio, hay que ser diligente. Isabel II porta la diligencia como parte de su ideología, cualidad que le ha valido sus sesenta años sosteniendo la Corona. Lo que hace recordar a El rey Lear, personaje de la tragedia homónima de William Shakespeare, quien dijo: “Sé guardar secretos honrados, montar a caballo, correr, estropear un cuento complicado al contarlo, y llevar por las buenas un mensaje sencillo: soy capaz de todo aquello de que son capaces los hombres corrientes, y lo mejor que hay en mí es mi diligencia” (1998, p.177).
Este personaje literario tiene consciencia de ser más aún similar a los hombres corrientes, y sólo es la diligencia la que lo separa del resto haciéndolo mejor a aquéllos. Me parece que esta consciencia de virtudes ha sido compartida también entre los miembros de la casa Windsor desde la abdicación de Eduardo hasta el divorcio de Carlos y Lady Di. Como sea, nosotros espectadores, hijos de la Modernidad, asistiremos a cada episodio para reivindicar el espíritu del Romanticismo.
Bibliografía:
García Lorca, Federico. (1971). “New York”, en Antología de la poesía moderna y contemporánea en la lengua española. México, D. F: Universidad Nacional Autónoma de México.
Paz, Octavio. (1990). “Ruptura y convergencia”, en La otra voz. México, D. F: Seix Barral-Biblioteca Breve.
hotel lois
el puerto era una flor cortada en nuestras manos
j. c. becerra
salgo a la noche y entro en la playa
las arenas reciben mis pies
el fresco viento arrastra
olas, hambre
y voces
sobre todo la voz que acaricia
la moneda que es el mar
aquí estuve en 1993
el hotel lois era azul y la ciudad
se construía alrededor
la vida era una pelea constante
pero entonces qué es la vida
cuando con cerveza
cruzas la mitad del país en auto:
a media mañana te despides
del pacífico
y una noche después
el golfo de méxico pesa como una perla en tu mano
no te percatas
de que este puerto es tuyo
una flor como dijo el poeta
una puerta que cierra
para que el sol caliente los huesos
y el aire nos despeine
y enumere olas y pájaros
y el brillo en el ojo de la cerveza
en el bar del lois el arpa desgaja notas
parte en dos la música
y la fiesta es el anzuelo
que atrapa una flor de barcos
tampoco sabía que mis amigos
se destrozarían poco a poco
yo que viví el naufragio dulce de la fiesta
cómo iba a saberlo
si las ciudades se arremolinaban
en el licor
y la vida era libros
que pensaba escribir
el júbilo estaba a mis pies
y la pasajera edad
tomaba el sol a sus anchas
en 1993 tenía 19 años
ahora el lois esplendoroso me llama
el bar abre tantas cervezas para recibirme
en efecto, una palabra
¿un trazo?
¿una palabra que anotas?
¿explica tu universo?
¿[…] nada recuerdas?
eduardo langagne, “una palabra”
mientras el calor se abre paso
con ventarrones y arenas
los parques universan y la piedra se rompe
el árbol bebe
del mismo aire
levanta-papeles
rompe-ventanas
azota-puertas
pero no explica
ni la ceniza ni la flor
ni de los amores el rostro
y no recuerdo
los faros de los autos en mi copa
no siento el párpado mordido de la mañana
ebrios polvos adherirse a la mejilla
no recuerdo
la batalla que dura toda la noche
cuando se vive al borde de los ojos
las ruedas mientras la ciudad
mientras avanza la tarde
historias de vaso
la tú, la mulata
la bautismal regina como reloj a la muñeca
tan delgada como la manecilla de los minutos
tú, mi silla y vaso
la improbable júpiter
artificiosa y fiada y porfiado mapa
del beso el beso y sobre la palma el gallo
regina de perfil como de frente
niña abierta y borracha
de cabello que luna en la mejilla
ilustrada para retener y tragar
niña de ti
tragedia del papel en la mano izquierda
la tú, la viga de tus ojos
que templos sostiene
tus dientes son el maíz
para el whisky clandestino
tus dientes que se hincan en la carne
de la trasquilada oveja
tu cuello es la botella
para la greguería
los valientes y curiosos
la de los pechos
que los gemelos impacientes
en la otra orilla desean
y el hombre de la puerta protege
no hay miel ni leche bajo tu lengua
porque el licor lava
lánzate responde
acciona bombas de vino a la hora de la hora
si tus piernas fueran de mármol
las tajaría pintaría mi nombre en rojo
sería sansón amigo de los filisteos
niña el corazón gotea
te pagaría te presumiría con mi madre
te llevaría con mis amigos
te serviríamos en plato y mientras te comemos
darías a mis oídos el poema
en los diarios hablaría de tus ojos
como azules frutas de mundos desconocidos
como índigos atardeceres salpicados en otras galaxias
tierna como el cabrito
ven sirve y protege la comanda
el gallo está por cantar
I. El desollado
Juan José Arreola nació el 21 de septiembre de 1918:
El mismo día en que Marcel Proust sufrió la primera crisis de vértigo y se desplomó por las escaleras de su casa, día de san Mateo Evangelista y santa Ifigenia Virgen, justamente en la noche en que Rainer Maria Rilke le escribió la primera carta a la que iba a ser su amiga para siempre (Arreola, citado en Del Paso, 2003, 23).
Era Virgo, y se dice que los Virgo tienen (Arreola incluido) una predisposición natural para trabajar con las manos, lo que los vuelve artesanos diestros. En el caso de Arreola, él es un artesano de la palabra. Sin embargo, posee un signo especial y personalísimo, que tuvo un peso muy importante en su vida y obra: el del borrego negro.
En Memoria y olvido de Juan José Arreola (2003), el autor le cuenta a Fernando del Paso cómo fue que cayó bajo el mal presagio del borrego negro, un animal, de los muchos que había en casa de Arreola —él mismo admite haber nacido entre burros, caballos y vacas— que se escapó de su corral y persiguió al autor de La feria, en ese entonces de dos o tres años de edad. Junto al pánico, Arreola experimentó una sensación que ya no lo abandonaría: el vértigo.
Después de esa persecución y de la angustia producida por ésta, Arreola comprendió que estaba, ya para siempre, destinado a vivir permanentemente consciente de la naturaleza del ser humano y de sus imposibilidades. Esto lo supo Arreola desde muy niño, cuando dormía entre sus padres y escuchaba los “canjes respiratorios” (2003, 17) de su madre. Este sonido, además de despertarle al autor una “sensación de inmensidad” (2003, 17), lo hacía pensar en un tiempo anterior al nacimiento, cuando él se encontraba en su Paraíso (el vientre de su madre), de donde fue expulsado y al que ya no le sería posible volver.
La sensibilidad de Arreola lo hacía vivir como desollado, además, hace que experimente la belleza de forma directa, pues ella pasa derecho a las entrañas; no hay una barrera (una piel) que filtre el dramatismo de la vida, y, sobre todo, el drama de no poder unirse con el ser amado. Quizá por eso, al desollado la belleza y el amor le duelen y le parecen un abismo duro y frío que causa vértigo, y que le hace vivir en un suplicio constante.
Encontramos la desesperación del desollado, causada por el borrego negro, en “Tres días y un cenicero” (incluido en Palindroma),[1] probablemente el mejor cuento de Arreola. Aquí también hay un símbolo animal, y, aunque no se trata del borrego negro, sí es algo igual de fatal: la garza llamada “morena”, pero cuyo plumaje es de un azul intenso. Además, la garza morena tiene, como todas las de su especie, garbo, elegancia y orgullo naturales, incluso cuando son cazadas. Así lo leemos en el cuento, cuando los personajes van al río de Zapotlán el Grande, Jalisco, a cazar patos y aves, al momento de darle una pedrada a la garza, ésta hace “como todas, como si no le hubieran dado” (2013, 275-276), y luego se desploma en el agua.
El signo de la garza morena prefigura el encuentro del protagonista con la escultura, en el fondo del río lamoso y verde de Zapotlán. Este encuentro se produce entre juncos, patos, güilotas, zopilotillos, un lagunero y los acompañantes del protagonista, los cazadores Pato grande y Pato chico. Después de matar a la garza morena y de ir a sacarla del agua, el narrador encuentra la estatua, griega sin duda, de una Venus. A partir de ahí, empiezan tres días de delirio para el narrador quien, indefenso y desollado como está, no podrá hacer otra cosa que rendirse, caer de rodillas ante la belleza, aunque también tratará de descifrarla con ayuda de enciclopedias, tratados históricos, historia del arte, e incluso algunos precedentes de otras Venus, halladas también en el lodo.
Como se ve, el desollado lo mismo siente mucho que piensa mucho. El narrador de “Tres días…”, como el propio Arreola, posee una biblioteca personal inmensa, inabarcable, y de naturaleza omnívora. En el cuento sobre la Venus de Zapotlán se citan la Enciclopedia de la farsa, un poema de Rubén Darío —cuya obra fue capital para los cuentos de Arreola—, y la historia de la Venus de los nabos. Pero este conocimiento enciclopédico está presente en todo Arreola; eso, junto con el elemento poético, es lo que constituye su complejidad: un cuento de apenas cinco o seis párrafos, de una cuartilla y media, se abre como juego de muñecas rusas, y cada muñeca nos enseña una posibilidad.
En el cuento “La noticia”, incluido en Cantos del mal dolor (2013), por ejemplo, de apenas siete párrafos, las muñecas rusas se visten de la mitología propia de los “asuntos de mujeres”: desde Marat y Carlota Corday, pasando, en desordenada cronología, por Margarita de Borgoña, Teodora de Bizancio, Coatlicue, Betsabé y las sabinas. En este microuniverso, el lector puede encontrar de qué manera construye Arreola una de sus más grandes obsesiones: lo femenino. De nuevo, Arreola, como el narrador de “Tres días…” construye su propia mitología, es decir, su propia explicación, del hecho femenino por medio de otras referencias culturales y mitológicas. Sin embargo, el mito de lo femenino según Arreola no llega nunca a una conclusión definitiva, sino a una certeza melancólica, pues el hombre se queda, en su “soledad hombruna” (2013, 104), acariciando las “estatuas rotas” (2013, 104), figuras femeninas tan rotas y tan incompletas como él mismo, pero no por ello con menos poder. Al contrario, las mujeres del universo de Arreola tienen poder sexual y pueden decidir sobre la vida y la muerte de los hombres. Arreola no las idealiza ni las desprecia, como muchos críticos han querido ver en su obra, sino que acepta que el problema de lo masculino y lo femenino es tan complejo como el arte, la cultura y los mitos que lo arropan.
El sufrimiento del desollado, desatado por el borrego negro, es algo que está muy cerca de la imposibilidad artística; de hecho, en la obra de Arreola podemos encontrar, también, la angustia del escritor que sólo puede “parir ridículos ratones”.
II. El artista
El narrador y protagonista de “Parturient montes” (Confabulario) dice:
Abrumado y sin salida, haciendo un total acopio de energía, me propuse acabar con mi prestigio de narrador. Y he aquí el resultado. Con una voz falseada por la emoción, trepado en un banquillo de agente de tránsito que alguien me puso debajo de los pies, comienzo a declamar las palabras de siempre, con los ademanes de costumbre. (2013, 171).
Afortunadamente para sus lectores y para la literatura mexicana, Arreola no perdió su prestigio como narrador ni como recitador o actor de su propia obra, pero en ésta podemos encontrar personajes que sí temen no obtener el reconocimiento que se le debe a un artista. En “Parturient montes”, la imposibilidad toma otro cariz, pues no se trata ya del gemido de los amantes que, bien lo saben, nunca podrán unir sus almas, sino del lamento de un escritor que, con las palabras y los ademanes ya gastados, sabe que sólo puede dar a luz a minúsculos ratones.
De nuevo, en “Parturient montes” encontramos el conocimiento enciclopédico y omnívoro de Arreola. Ya se ve desde el título y el epígrafe, que hacen referencia a la fábula de Esopo, “El parto de los montes”, que Horacio recupera en su epístola a los pisones. Aquí, Horacio hace una crítica a los escritores que hacen gala de pirotecnia retórica pero que, al final, no tienen un contenido sustancioso.
En “Parturient montes”, el narrador-protagonista, con “las palabras de siempre y los ademanes de costumbre” (y también después de mucho esfuerzo y angustia) logra sacar de su axila un ratón pequeño. La multitud que lo escucha se sorprende y aplaude, pero la emoción no dura mucho tiempo. Luego, una mujer se acerca al narrador y le pide el ratón, porque quiere darles un susto a su marido y a su gato, quienes viven con ella en un departamento de lujo; “Nadie sabe allí lo que significa un ratón” (2013, 173), reflexiona el narrador-prestidigitador que hace aparecer al ratón.
Es verdad que al principio del cuento hay angustia, vergüenza y hasta un poco de desazón, pero al final nos encontramos con una esperanza, la esperanza que yo llamaría estética o artística, ya que la mujer del cuento le pide el ratón al narrador para llevarlo a un lugar donde los “ridículos ratones” sí son una novedad. De hecho, lo estético o artístico de la esperanza radica en lo nuevo del ratón en un espacio que suponemos limpio, ordenado, sin alimañas. El narrador, aun con los trucos ya varias veces repetidos, es capaz de sorprender a un lector u oyente y lo hace en un lugar nuevo, en donde la frase “Hay un ratón en la casa” no se ha dicho nunca. Podríamos extrapolar esto a la literatura en general, puesto que el hecho literario sucede cuando algo logra conmover o emocionar al lector de tal manera que éste piensa que lo señalado por el autor no se había dicho antes. Entonces, aunque el narrador de “Parturient montes” crea que es un estafador, en realidad es capaz de emocionar a sus lectores mostrándoles algo insólito para ellos: un ratón. Además, la realidad textual del narrador, es decir, la aparición del ratón, se lleva al plano de la “vida real” de la historia, cuando la mujer pide el animalito para llevarlo a su casa. El deseo de empatar la realidad textual con la vida real es, en “Parturient montes”, una idea esperanzadora. Y aunque en el caso de Juan José Arreola vida y literatura son dos cosas que están entrelazadas, en “El discípulo”, otro cuento de Confabulario, esta relación se expresa con el regusto del deseo imposible.
Hay dos personajes en “El discípulo”: el “maestro” pintor, Salaino, de sólo 18 años y su aprendiz. La jerarquía está marcada desde el principio por los sombreros que usan ambos: el de Salaino es de piel de armiño; y el del discípulo, de fieltro gris. Después de dar un corto paseo por Florencia y de servir como modelos de pintura el uno del otro, el discípulo le muestra su cuadro al maestro y éste le dice: “Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta en tu dibujo una línea, pero sobran muchas” (2013, 187).
Después de su veredicto, el maestro realiza un dibujo que representa la belleza; inicia dibujando líneas que forman el rostro de una mujer: “Estos dos huecos sombríos son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Esta es la belleza” (2013, 187). En este cuento, la belleza es un fenómeno que carece de contorno, es decir, de una forma concreta. Incluso cuando lo bello es una estatua de Venus, como en “Tres días…”, no se trata de la hermosura de una mujer real. Además, al final del cuento el protagonista pierde su estatua, de quien sólo conservará el cenicero, que no es otra cosa que la concha en la que la Venus estaba parada. Ella, por su parte, no será más concreta que el humo que ascenderá del cenicero. En “Parturient montes”, la belleza es sólo un conjunto de líneas simples, a la manera de algunos dibujos de Picasso que, de tan sencillos, son complejísimos. Sin embargo, Salaino “destruye la belleza” cuando convierte sus líneas en algo real, en el rostro de Gioia.
Por medio de los cuentos breves que he citado aquí, pero también a lo largo de la obra de Juan José Arreola, podemos observar que la belleza es algo platónico, irreal y abstracto. Es, además, un misterio y una incógnita, porque, tal como se ve en “Tres días y un cenicero”, el narrador-protagonista busca arduamente en libros y enciclopedias el origen de la Venus de Zapotlán, a quien acaba perdiendo irremediablemente. Mientras tanto, en “El discípulo”, luego de dibujar a Gioia, el maestro arroja su obra al fuego; el aprendiz comprende, entonces, que no será artista y que Gioia tendrá una vida de mujer común, puesto que se “casará con el hijo de un mercader” (2013, 188). Aquí nos topamos de nuevo con la imposibilidad, no sólo con la que tiene que ver con el amor de Gioia y el discípulo, sino con la que está relacionada con los ideales artísticos de éste. Hacia el final del cuento, el aprendiz reflexiona: “Pero sigo creyendo en la belleza. No seré un gran pintor, y en vano olvidé en San Sepolcro las herramientas de mi padre” (2013, 188). El pintor de este cuento, como el narrador oral de “Parturient montes”, se creen estafadores, aprendices que todavía no dominan la belleza ni la forma; por el contrario, la belleza y la maestría artística es una búsqueda que los artistas de esos cuentos realizan por medio de su obra, pero que también viven en su realidad cotidiana. Así lo afirma el discípulo: “El panorama de Florencia se oscurece lentamente, como un dibujo sobre el cual se acumulan demasiadas líneas” (2013, 188).
El artista atormentado es otro de los símbolos presentes en la obra de Juan José Arreola. La búsqueda de la belleza, el amor artesanal por el lenguaje y las palabras, y la curiosidad por diversos temas son, todos ellos, elementos que caracterizan a los “ensayos” (en el sentido de acercamientos o reflexiones) sobre la belleza, la mujer y la imposibilidad, tres temas que parecen estar íntimamente relacionados en la obra de Arreola.
Además de la extrema sensibilidad, tanto en el tratamiento del lenguaje como en la observación y en la reflexión sobre temas cotidianos, hay que tener en cuenta otras cosas para leer a Arreola. Si quisiéramos buscar las raíces verdaderas de su estilo, quizá tendríamos que buscar en sus lecturas europeas (Papini, Paul Claudel, Francisco de Aldana), en las lecturas que aquí he llamado “omnívoras” (Bachofen, Freud y otros libros de ciencia e historia) y también en el uso de la intertextualidad y la ironía. Todo ello hace que todavía no hayamos terminado de leer a Juan José Arreola (y ojalá nunca acabemos).
III. El último juglar
De Arreola se pueden decir muchas cosas: que fue actor, tepachero, vendedor de telas, editor en el Fondo de Cultura Económica, entre otros miles de oficios; que dirigió talleres en donde pulió la obra de José Agustín, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y de muchos autores más; que su obra de corte fantástico o absurdo es la más destacada en la literatura mexicana de mediados del siglo XX. Pero de Arreola también se puede decir que es un autor poco leído en nuestro país. A pesar de que su obra es “editorialmente plástica”, es decir, que sus textos pueden ser puestos en página de muchas maneras,[2] la crítica y los lectores la han mantenido a la sombra. El estilo de Arreola, al igual que el estilo de autores tan importantes como Sergio Pitol o Francisco Tario, es poco común en México, pero también es bastante complejo en su aparente sencillez. Sin embargo, esto no debe desalentar a los lectores, puesto que la obra de Arreola es francamente fascinante. A veces, adentrarse en sus cuentos es como entrar en un río o en unos rápidos. El uso del lenguaje, las múltiples referencias, los hipertextos y las fusiones de géneros se vuelven un conjunto que fácilmente arrastra al lector hacia un abismo. Pero creo que parte de la seducción de Arreola es dejarse arrastrar, seguirlo, ir corriendo tras él tratando de no perder el tren que va a T., e intentando, también, dejarse caer en su garlito.
Referencias
Arreola, Juan José. 2013. “El discípulo”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.
Arreola, Juan José. 2013. “La noticia”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.
Arreola, Juan José. 2013. “Parturient montes”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.
Arreola, Juan José. 2013. “Tres días y un cenicero”. En Narrativa completa. México: Alfaguara.
Del Paso, Fernando. 2003. Memoria y olvido de Juan José Arreola. México: Fondo de Cultura Económica.
[1] La obra breve de Arreola sufrió varios cambios en cuanto al orden de publicación. Algunos cuentos aparecían, primero, en cierto volumen, y luego se incluían en otro. En este ensayo, sin embargo, se seguirá el orden presentado en la Narrativa completa de Juan José Arreola publicada por Alfaguara en 2013.
[2] Como ejemplo está “La migala”, cuento que ha sido editado en formato de libro álbum por La caja de cerillos, e ilustrado por Gabriel Pacheco.
— ¡Aguas, manita! Porque ésos son los que matan.
Me lo dijo antes de irme con el Vicente, con esa voz que da permiso pero que también reprocha. Como las mamás cuando te dicen: “tú sabrás”, y es como si dijeran: “haz lo que quieras, pero aquí no vengas a llorar cuando la cagues”.
¡Yo qué le iba a andar haciendo caso! Si es un preocupón, el pobre Eduardo. Se la pasa cuidándonos como si fuéramos de porcelana y aquí somos todas puras indias.
Le solté todo en una noche. Así éramos antes de azotadas. Nos miraba un hombre y nos sentíamos elegidas por la virgen. Te agarraban chava y ni cómo defenderte. Tiene ya sus añitos que lo conocí. Ya ni vive por aquí ese malnacido. Estaba yo chamaca, maciza, bien buenota. Era la reina, la que más chambeaba y la que cobraba más caro. Claro que no siempre fue así. Menos después, que quedé toda madreada.
Empecé bien chiquita en el negocio. Habré tenido diecisiete cuando pasó esto que te cuento. Ésta siempre ha sido mi casa. El Eduardo me recogió de la calle y yo lo veo más que nada como un padre. Andaba yo limpiando parabrisas en Fray Servando cuando me encontró; dormía por ahí en unos cartones. Me trajo y acá lo tuve todo. Techo, comida, ropa buena.
Las chichis me las puse a los catorce. Esto yo ya lo sabía desde los doce. Las primeras eran una porquería. Me inyectaron aceite de bebé o una cosa así. Cuando estás chava se te hace fácil meterte cualquier cosa, yo creo que ni lo piensas. Además, no habría entendido del peligro ni aunque me lo hubieran explicado. Figúrate que ni la primaria tengo terminada. Si era aceite de bebé o de carro o de cocina, pues a mí me daba igual.
El caso es que un día me desperté y ya no tenía media chichi izquierda. Se me había reventado como a la Martina. ¡Sentía yo un dolor! Como si me hubieran azotado. Que llegan el Eduardo y la Sandrita y que me encuentran toda despechugada. Pegaba unos gritos tan fuertes que yo creo que desperté a toda la colonia. Todas las chavas vinieron luego-luego. Ahí ya habían llegado la Patricia, Martita y creo que la Chayito. La Lola todavía no; ésa llegó después del terremoto. A ella su familia la apoyaba. Le pagaron bubi, nalga, todo. Pero se los llevó la fregada con lo del temblor y se quedó tan sola como todas.
Me llevaron a la clínica de urgencias que está por el mercado. Ahí nada más me auxiliaron para que no me pusiera yo más grave, pero me dijeron que tenía que ver a un cirujano. Andábamos de un doctor al otro, viendo quién me atendía. Todos le sacaban, que porque había yo actuado mal. Que me había operado un doctor sin los permisos y ellos no iban a meterse en un problema. Y, pues, menos por una vestida.
Total, que nos encontramos con un médico que dijo que nos iba a dar apoyo. Por la Narvarte. Hasta allá fuimos a dar. Nos prometió un descuento y dijo que ‘ora sí iba a tener yo unas chichis de las buenas. De silicona de ve-tú-a-saber-qué. Yo no tenía nada de dinero, pero las chavas se armaron la vaquita. Se pusieron guapas, la verdá. Lo que pasa es que yo era como su hermanita. Todas me llevaban, de menos, cinco años. Entonces como que se veían reflejadas en mí, les daba yo ternura. Juntaron el billete y me pusieron unas chichis de lujo, como Dios manda. Éstas que ves. Mira nada más. Toca, toca. Puro material del fino. No pesan, no se maltratan ni te hacen daño. Eso sí, las tienes que cambiar cada quince años. Pero yo me he hecho guaje.
Con el cuerpazo que tenía en ese entonces y con estas chichis, me volví la reina de la noche. Claro que ese título no se puede ostentar toda la vida, pero en su momento nos rindió. Y digo “nos rindió” porque todas comimos de ahí. Todas las noches tenía trabajo y, cuando alguna tenía una noche floja, yo me mochaba. ¡Pues cómo no! Si me habían pagado estas tetotas. Malagradecida sería yo si no hubiera compartido el pan.
Ese año conocí a Vicente. Era muy diferente a los hombres que nos venían a visitar. Haz de cuenta que todos eran más abiertos. Pon tú que no eran unas jotitas, pero sí tenían más trabajado lo que es el asunto de la putería. De la homosexualidad, pues, como la llaman ‘ora. Nosotras lo que atendíamos era más bien puro viejito. Ya con sus canas, discretos, pero que nunca se habían escondido. Puro viejito o peluquera. Así de esas feítas que no tienen mucho éxito. Sí, sí, lo que es. ¡Pues por eso nos venían a visitar! Uno guapo no tiene que andar pagando. Closetero casi no atendíamos. Muy de vez en cuando, pero casi no.
¿Pa’ que nos hacemos pendejas? Todas queremos un chacal. Con el brazo bien fuerte, de la construcción, esas caras de macho, del Indio Fernández, y una buena reata. Un hombre con todas las de la ley. Lo malo es que ésos no nos quieren a nosotras. Se buscan a una de a de veras, que les haga su sopita, que les dé unos chamaquitos, que no ande de piruja…
El Vicente era un hombre muy en forma. Grandote, con su espaldota, sus piernotas, mecánico. Trabajaba en el taller de acá a la vuelta, cuando todavía era el jefe Don Antonio. Tenía su mujer y dos chamacos. Los trataba re-bien. Se veía que era buen padre. Yo a él nunca me lo hubiera imaginado de loco con una piru-qué-barbaridad.
Lo trajeron sus amigos, los cabrones del taller. A veces venían nada más a echarse unas caguamas o a cotorrear con las muchachas. Nunca se quedaban con ninguna, venían más bien como a burlarse.
A mí me tocaba meserear una vez a la semana. No era como ahora que tenemos a la Toña nada más para la barra. Cada una se tenía que fletar un día y entre todas nos tocaba hacer quehacer. A mí me tocaba, haz de cuenta, los martes y ese día era jueves. Yo descansaba de la barra pero la Chayo estaba enferma y me tocó suplirla. Entonces que llegan estos chavos y ya sabes, que aunque no te guste los tienes que atender.
Medio mulas al principio, pero sin pasarse de la raya. El Eduardo siempre nos ha tenido bien cuidadas y bien sabe el diablo a quién se le aparece. El Vicente ni una miradita me echaba. Así era de díscolo. Todo lo pedían sus cuates y él no podía ni encargarme una cerveza. Pasaba yo y él se volteaba pa’ otro lado.
Esa vez se pidieron un cartón. Raro, porque ellos no tomaban tanto, pero yo creo traían ganas de pachanga. El Vicente siempre fue muy serio. Con todo y sus tequilas seguía siendo muy formal, muy calladito. Le hacían un chiste y se reía, porque sí se reía, pero no te hacía escándalo. Como muy medidito él. Pero ya entrados en el chupe que se empieza a soltar más.
Me empezó a hablar de a poquito. Primero que le llevara otro tequila. Y yo como si nada. Claro que lo guapo se lo vi desde un principio, pero tampoco va a andar una sintiéndose soñada nada más porque le pidieron un tequila. Entonces ya se lo llevé y me dice “gracias, chula”, y como que me agarra la manita. Me saqué de onda, pero me fui a seguir chambeando. Cuando regresé se puso más pesado.
Estaba yo limpiándoles la mesa. Me agacho y que me pega una nalgada este cabrón. Que me volteo y le suelto una cachetada. Pero nomás por quedar bien, manita. Porque, no te voy a echar mentiras, la verdad es que yo me emocioné. Y es que una es rependeja cuando es joven, mija. Aunque se sienta una la muy chiles, la que lo puede todo, la vida no es tan fácil. Allá afuera la gente es culera. Y los hombres primero ahí andan, hablándote bonito, bajándote la Luna, pero después se convierten en unas bestias.
Así empezó a subir de tono. Que si el jalón de brazos, que si otra nalgadita, que si “cómo estás, chulita”, “¿por qué tan sola?”, y cosas así. Y yo volada. No me podía creer que me estuviera coqueteando ese chacal. A una la educan para sentirse peor que caca. Porque como eres vestida, pues ¿cómo te va a querer un hombre? Te va a querer un maricón, una peluquera, o hasta un anciano. Pero un hombre, con todas las de la ley, jamás. Las otras muchachas nada más me miraban como con lástima. Yo creo que sintieron tan feo que no pudieron ni burlarse. Y es que todas aquí hemos pasado ya por esto. Bruta y mensa es la que vuelve a caer… Bueno, cuando te dan chance de volver a caer. De tener esa elección.
Total que, para no hacerte el cuento largo, se quedó solo el Vicente como a eso de la una. Ya todos sus cuates se habían ido y él estaba necio y necio que no se quería ir. “Pu’s quédate”, le dijeron y se quedó chupando solo. De repente llega la Chayito, estaba yo sirviendo unos tequilas en la barra, y que agarra y que me dice:
— Que salgas a tomarte una cerveza con un cliente.
“¡En la madre!”, dije yo. Porque claro que ya sabía qué cliente. Entonces voy y le digo al Eduardo: “Oye, fíjate que un cliente quiere tomarse una copa conmigo. ¿Cómo ves? ¿Me das permiso?”. Y me dice que sí.
— Pero nomás una copita, mi Ofe. Para tener contento al cliente. Eso sí, no te me confundas, porque hoy tú andas de mesera.
Haz de cuenta que le habló a la pared. Iba yo con toda la intención de que el otro me pidiera un servicio. Lo que es peor, manita: tenía yo la fantasía de que me llevara de a gratis. De no cobrarle. De decirle “usté no paga; usté nomás tráteme suave”.
Y ahí voy de pendeja. Me senté con él y empezamos a platicar. Pura cosa sin sentido me decía, ya andaba medio jarra. Yo creo me habré tomado unas dos cervezas, pero de la emoción ya andaba tan peda como él. Me empezó a dedicar todas las canciones que sonaban. Las de José Alfredo, Julio Jaramillo, Cuco Sánchez. Una antología completa de rancheras me cantó. “La Paloma Negra”, me estuvo diciendo toda la noche. Que porque a leguas se veía que yo era una mujer muy turbia. No se lo tomé a mal, pero no supe qué quería decir. “Me vas a hacer llorar, Ofelia. Vas a ser la reja de un penar”.
Todavía no cerrábamos cuando me pidió que me fuera con él. “Va a estar en chino”, pensé. Por el Lalo. Me esperé a que se metiera a la cocina y en chinga agarré mi bolsa y metí unos calzones limpios. Pa’ la noche. “Ya me voy, manita”, le dije a la Patricia. “Échame la mano con el patrón”. A regañadientes, pero me dijo que sí. Me salgo corriendo con el Vicente y ya en la calle que me encuentro con Eduardo. Sereno él, como que ya lo había visto todo. “Cuanto tú vas, yo ya vengo, mamita”. Y así es, el Lalo se las sabe de todas-todas. Imagínate que ni se enojó, ni me regañó, ni nada. Nada más me gritó desde la puerta:
— ¡Aguas, manita! Porque ésos son los que matan.
“Éste está pendejo”, pensé. Y me fui bien mona con Vicente.
Nos subimos a su coche, un vochito, y nos fuimos hasta el centro. Pasamos primero a los tacos de Bolívar, para que se le bajara tantito la peda. Fíjate, hasta me acuerdo exactamente qué pedí. Nomás dos de suadero, aunque tenía rete harta hambre. Pero una no se puede mandar con la comida antes de irse pa’l hotel. Él sí se pidió como unos ocho. De lengua. Salsita roja.
Me llevó al Mazatlán. Así que tonto-tonto no era. Porque ese hotel no lo conoce uno por casualidad. Por aquel entonces el cuarto andaba en unos ochocientos pesos, ¡imagínate! Ahora te cuesta unos setenta. Esos todavía no eran los nuevos pesos. Claro que lo pagó él. Entramos y ya sabes, los pasillos llenos de chichifos, puertas abiertas, los gritos. Lo que es el Mazatlán, ¿no? Desde entonces ya lo era. A mí me gustaba que me vieran, pero el Vicente era más reservado. Nos metimos al cuarto y yo me pasé luego-luego pa’l baño. A ponerme más cómoda.
Salgo yo bien mona, calzoncito rojo y el brasier que traía. No hacía juego, pero era el que traía. Y él tirado en la cama, esperándome desnudo. Te lo juro que me sentí yo en película de Jóligu. Como ésa de la Yulia, la de Mujer Bonita. Todavía no salía, pero haz de cuenta así. Me puso unos besos que para qué te cuento. ¡Fuertes, mijita! ¡Duros! Unos cuantos besos, no más, pero con esos tuve pa’ encularme.
Y ya, manita, empezó la acción. ¿Qué te voy a contar yo de eso? Si tú te las sabes de todas-todas. Eres una perinola, ¿verdá? Ya me han dicho. No, no, mijita, lo que es. Aquí no hay que sentir pena. Somos todas hermanas.
Ahí nos estábamos besando. Que si las caricias, que si las mordidas. Bien apasionados. Pero ahí también fue donde torció la puerca el rabo. Primero me quitó el brasier. Ya sabes cómo les gustan las chichis a los hombres. Y luego éstas tan caras, pues el otro estaba como niño en dulcería. Después de un ratito que se baja a los calzones. Yo lo traía bien acomodado, para que no se me notara, pero ya sin calzón no iba a haber cómo ocultarlo. Sudé frío, manita. Se me puso la piel de gallina. Me agarra de la cintura y me los baja. Aquello se me soltó todo, ya bien duro, y que me avienta pa’ la cama.
Primero pensé que se había calentado, que todo era parte del juego. Se monta en mis piernas, me agarra de los hombros, me zarandea y me suelta un cachetadón. En todo el hocico, mana.
— ¿Qué chingados es esto?
Me grita, agarrándome la reata. Me estaba lastimando, me enterraba los dedos en los huevos.
— ¡Dime qué chingados es esto!
Ay, manita, pero yo no sé si era pendejo o nada más se hacía, porque aquí, aparte del Lalo, no hay ninguna que trabaje y no sea vestida. ¡Pues si ése es el giro del bar! Aquí ninguna nació hembrita. Yo me saqué mucho de onda. No pensé que le fuera a sorprender. O que se fuera a hacer maje. El caso es que no supe responder. Me quedé como babosa allí tirada. Desnuda y con aquello de fuera. Y entonces empezaron los madrazos.
Uno tras otro, sin parar. En la cara, en los brazos, en la boca. Yo nomás veía su cara; estaba hecho una bestia. Me escurría sangre de los labios y salía volando para todos lados. Me tenía atrapada de las piernas. No me podía mover. Le salía casi espuma de la rabia. “¡Pinche puto!”, me gritaba. “¡Me mentiste, pinche puto!”. Me jalaba los pelos, me mordía las chichis. En algún momento hasta allá abajo me mordió.
Desperté en la cajuela. Primero no sabía ni dónde estaba. Traía el brasier sucio, de que había guacareado, y estaba medio vestida. Me había orinado. “Ora sí ya me chingué”, iba pensando. “Por pendeja, por pendeja, por pendeja”. ¡Vieras qué dolor de cabeza, manita! ¡Qué dolor de todo! Quería yo morirme, de verdad. Nada más quería que acabara ese dolor. Nunca he vuelto a sentirme así de mal. Era un ardor de chichi, de huevo, de todo.
Con la cola entre los cuernos, empecé a rezar. “Sálvame, padrecito santo”, iba diciendo. Porque no me lo vas a creer, manita, pero no me sabía yo ni una oración. Ni el padrenuestro. De niña mi mamá no me enseñaba nada de eso. Decía que los hombres no servían para nada y pues ella creía que yo era un hombrecito. No me llevó ni al catecismo ni nada. Lo poco que sabía de Diosito lo sabía por mi abuela. Ya ahora te sé mucho, pero por la Paty, por la Lola, que me han enseñado. Pero en ese entonces ahí como podía le iba rezando.
Se detiene el carro y abre el Vicente la cajuela.
— ¡Bájate, puto!
Pero yo no podía ni moverme, manita. De verdad. Él a fuerzas quería que me bajara yo solita y no había forma. Me había deshecho los huesos. Lo volvió a gritar un par de veces, pero yo estaba en calidad de bulto. Pues que me agarra de la cintura con un solo brazo. Tenía mucha fuerza el canijo o yo creo que era el coraje. Me carga y me avienta allí en el suelo. Ya tirada le siguió a los chingadazos.
Lo último que pensé fue en nuestra virgen. En la guadalupana. Pensé en su manto, en san Juan Diego, y le pedí que me llevara. Porque en este mundo hay que saber vivir, mijita, pero también hay que saber morir en paz. ¡Cuántas de las muchachas no se han ido así! Yo creí que a mí también me iba a tocar. Me encomendé a la Santísima y le dije “soy toda tuya, madrecita. Y que sea lo que tú quieras”.
El Vicente me desmayó a pura patada. “Puto, puto, puto, puto”, gritaba. Porque cómo les gusta esa palabra. Por eso usté no la repita, mija. Por respeto a las que matan con esos gritos.
Recuperé la consciencia en un hospital. Otra vez allá en urgencias, donde me atendieron de la chichi. Lo demás me lo contaron después. Que me habían hallado en la tarde, que fue un milagro que no estuviera desangrada. El pendejo me fue a aventar allá al Peñón, junto a la base militar. Unos soldados que andaban de descanso me encontraron y dieron aviso a la ambulancia. Ése yo creo que fue el otro milagro, porque los militares, así como son, bien pudieron haberme abandonado o pudieron acabarme de matar.
Me aventé unas tres semanas en el hospital. Se turnaban las chavas y el Eduardo pa’ cuidarme. Bien derechos ellos, porque ni una mala palabra me soltaron. Ni un regaño. Puro buen trato mientras estaba internada. Yo creo porque sabían que la lección la iba a aprender solita. Bien dicen que uno no aprende en cabeza ajena. Y es verdad, manita. Por eso yo lo más que puedo hacer es contarte mi historia.
Cuando regresé a la casa, todavía me tocó que me desgreñara la esposa del Vicente. ¡Pinche vieja! Se metió bien encabronada al bar a preguntar por mí. Como nadie le quiso dar razón se empezó a madrear a todas. Vino hasta la barra a sacarme de las greñas. Hasta la calle me llevó. De no ser por la Lola ésta tampoco te la cuento. La vieja gritaba y gritaba:
— ¡Pinche puto! ¡Querías violar a mi marido!
Hazme el chingado favor. Por eso todas me aconsejaron mejor no hacer denuncia. Porque así me iban a tratar en el mp. Yo dije: “ahí le paramos y cada quien se queda con su golpe”. Claro que el mío estuvo más grave. Pero qué le va a andar importando eso a la gente.
Desde entonces no me he vuelto a enamorar. No te miento, manita. Una ya no ve a los hombres igual. Hasta te empiezas a creer eso de que son todos unos cabrones. No te voy a decir que me desmadraron la vida, pero sí me marcaron para siempre. Y a Dios gracias que puedo vivir para contarlo.
Lo que yo te digo es: mira, yo no soy quien para prohibirte nada. Usté puede andar de novia con quien quiera. Si ‘orita crees que el Ramón es buen muchacho, ¡pues espérate un ratito! Que te lo demuestre. Porque eso de que tenga esposa, tenga hijos, y te quiera a ti andar ocultando, a mí no me huele nada bien. Te paso al costo el consejo del Eduardo: ¡Aguas, manita! Porque ésos son los que matan.