Tierra Adentro

YA ES HORA_COMIC (1)


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.
José Francisco Conde Ortega (1951-2021)

El ahijado de la muerte tuvo el desatino de hacerle honor a su epíteto el 1 de noviembre; pero contaré estas historias —la del nombre y de su sino— un poco más adelante; baste con decir que comenzaron hace setenta años, en algún terruño despoblado de Atlixco, la Heroica, en Puebla. Y si escribo heroica es porque casi una centuria antes de que la historia que nos ocupa comenzara a delinearse, la ciudad se ganó el egregio mote cuando cobijados por las faldas del cerro de San Miguel, los soldados del ejército comandado por el general Tomás O’Haran derrotaron a la milicia conservadora de Leonardo Márquez, lo que provocaría que éste no pudiera ayudar a las tropas de Lorencez en la batalla del día siguiente, aquel en el que las armas nacionales se cubrieran de gloria. El insigne apelativo, sin embargo, no le quitaba a la otrora Villa de Carrión —ya en los años que nos incumben— cierto cariz idílicamente agreste: largas campiñas bordeadas de flores en donde la labrantía le rendía honores a su fértil condición de designio.

En esa tierra nació José Francisco Conde Ortega, hijo primero de Lauro Conde Gómez y Rosa María Ortega Juárez; el zafral se encargaría de agregar a la familia a cinco hermanos más: Lauro, Víctor, Jorge, Estela y Fernando. De ellos, sólo los dos primeros nacerían en Atlixco, los demás enquistarían sus pasos prístinos en la promisoria Ciudad de México, en la abstracta “ciudad negra o colérica o mansa o cruel, / o fastidiosa nada más: sencillamente tibia”, como escribiría Efraín Huerta en su “Declaración de odio”. Atlixco —poblada de ahuehuetes y agua cristalina y volcánica—, sin embargo, dejaría su impronta indeleble en la piel del poeta al recordar cómo su sol quemaba el gesto endurecido por la intemperie de la soledumbre y la pobreza de su padre. El poema 11 del “Canto segundo” del Canto del guerrero lo atestigua:

11

Un zócalo morisco y La Parroquia,

con la loca del pueblo

en el atrio antiquísimo.

La casa suavemente iluminada

de la muchacha-imagen.

A media noche suenan las guitarras

para la serenata,

inevitablemente

tributo de la voz de los amigos

a la muchacha-sueño.

Desde muy lejos se oyen los murmullos

de la mañana incierta,

que anuncia sus primicias

de luz incandescente a la muchacha

imagen, sueño y vida.1

Este Canto del guerrero es una larga silva que recoge los últimos poemas publicados por José Francisco Conde Ortega. Certeramente implacable, con la precisión del solitario que encuentra en el prodigioso mecanismo del tiempo el pretexto para alargar sus noches, el poeta construye una épica labrada durante más de cincuenta años: novecientos versos distribuidos, simétricamente inclemente, en tres cantos; cada uno de ellos conformado por veinte triadas y cada una de ellas por tres liras; la andadura que el poeta forja son los versos endecasílabos y heptasílabos, dispuestos cuidadosamente para sostener su ritmo y contar la balada de su padre, con la sombra de las Coplas de Manrique y Trilce de Vallejo  —¿acaso Sabines?— a un lado. Esta historia vagaría entre la fábrica “La Concepción”2—“La Concha” para los iniciados”— y el billar México, en el centro, en donde Lauro Conde compartiría cervezas y cigarros y canciones con Gabriel Siria Levario. Ante el inminente cierre de la fábrica y las condiciones impertérritas de la provincia mexicana, su padre, junto a los audaces ojos de Rosa María, su esposa, y las manos infantiles e inquietas de sus dos primeros hijos, delinearía un nuevo romance entre nuevas calles. El poema que cierra el “Canto segundo” reza:

20

Después la sombra suave del olvido,

a fuerza de esperanza,

en sitio que promete

razones más propicias y lejanas,

como huerto cerrado.

Muy atrás van quedando los balcones,

la flor entristecida,

un perro solitario,

el cerro azul que le concede otoño

y rezos de las beatas.

Del giro de las aves nace el agua

cercana del recuerdo,

aún por enconarse.

Otro lugar, otro combate espera

la insignia del guerrero.3

En la Ciudad de México del medio siglo, el padre-guerrero libraría nuevas lides. Y en la última de ellas —como esa copa postrera y traidora de ron que obnubila el alma y los sentidos y descubre los demonios que yacían agazapados en la medula de los huesos—, el guerrero caería abatido el 31 de julio de 1970 por la sevicia de la ciudad y “los roncos emboscados y los asesinos de la alegría” —otra vez Huerta—. Arropados sólo por el desamparo, su madre —ahora viuda a los treinta y cuatro años—, sus cinco hermanos menores —el menor de ellos todavía en brazos— y el poeta deambularon entre vecindades, barrios y oficios para subsistir. Pero también comenzaba a esbozarse una nueva vida, ésta, quizás más promisoria, aunque no por eso menos incierta:

16

Último día de julio del setenta.

Ya no hay razón de ser

para este mundo, ahora inacabado.

La muerte en plena vida.

Nada sirvió la familiar plegaria.

Yo era el hijo mayor. Tenía dieciocho

años, la prepa a punto,

unas cuantas lecturas, pocos versos.

Vi llorar a mi madre

hasta su muerte, a solas. No es metáfora.

Más de un cuarto de siglo de viudez

templaron el orgullo.

Crecieron mis hermanos con su abrigo.

Yo comencé esta línea:

Pensemos en la noche, en la inquietud…4

De la incertidumbre de aquel aciago día, José Francisco Conde recuerda: “pensé que debía hacerle un homenaje distinto, un homenaje con lo único que yo aprendí a hacer en la vida, que era leer y escribir versitos”. Esos “versitos” —citando a otro poeta mayor, Guillermo Fernández— encontrarían su forma final cinco décadas después; cada uno de ellos —de los novecientos— nacería y moriría en innumerables libretas de formato imperceptible manchadas con la tinta de una pluma fuente. Las volutas de sus sílabas se perderían hasta que la pavesa del tiempo se apagara y las dejara libres en la página. Mientras tanto, la escritura del novel poeta comenzaba a encandecerse entre sus huérfanas manos.

El tráfago posterior a aquel día sea, tal vez, sólo dolorosamente anecdótico; interesante para algún inadvertido hagiógrafo o recurrente en el tedioso corro familiar: la compañía del mejor y más antiguo amigo; la generosidad de muchas personas que se atravesaron en el camino del poeta y le ofrecieron refugio y abrigo; su primer —y último— día como albañil y su inmediato ascenso a “sobrestante”; la primera prueba de honestidad que la vida le brindó; lo amores y sus calosfríos ignotos; el barrio y los perros noctívagos que acompañaban sus noches febriles; el futbol y el equipo de la colonia, el “Faja de oro”; la esquina de las calles de Victoria y Norte 72; la camiseta del Cruz Azul obtenida por un buen partido —¿sería la de Fernando Bustos?—; el rigor de la ausencia; los primeros días en la Facultad de Filosofía y Letras; los primeros libros en francés; las primeras clases en la preparatoria Bertrand Russell; el enésimo despecho y también la primera estrella de la tarde de sus veinticinco años.

Cada uno de estos días inmisericordemente resumidos en unas cuantas líneas son, también, las cartas de navegación para descubrir en el oficio del poeta las señales y “esa piel de lobo” para reencontrarse en su ardua y paciente labor, y saber también de las obsesiones y las lecturas y el rigor de su poesía; de la luminosidad de su preclara ensayística y del deleite y el solaz de sus crónicas. Estos días, en fin, están contenidos en sus más de treinta libros publicados, pero estarían inconclusos sin un lector atento y desocupado que se reconozca en sus líneas, que comparta sus calles o que recuerde con codicia la piel empotrada en la memoria o que descubra la sed de los cuerpos.

En 1985, el poeta comenzaba una vida dedicada a las aulas de la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana. Con treinta y cuatro años a cuestas, compartía el escaso pan, el lecho y las paredes de un minúsculo cuarto de cuatro por cuatro con quien sería su contrafuerte y su puntal; su escudo y adarga; pero también la cicuta que dejaba su acre resabio entre los labios de ambos. Aun así, su compañera, “Guadalupe, que no Sandra”, aparece en los poemas del primer libro publicado por Conde Ortega: Vocación de silencio. En él está la amada, sí, pero muy lejana de la abstracción de Melibea: en sus versos hay un diálogo con ella, un ir y venir de palabras de un código compartido que conforma las ansias de nombrar al amor por vez primera:

Cada palabra tuya

Mientras las horas pasan

y se mueren

cayendo sobre el lento otoño,

el fuego de tus ojos recuerda tu palabra,

tu voz sencilla y ávida,

tus manos saciadas de infinito.

Y cada palabra tuya es otro aroma,

otra lengua quizás,

otro —renovado— intento del alba.

Por eso cada hora contigo,

cada sonido de tus labios

es una brizna de mar

o un perfume de volcanes

bajo los ecos extraviados

de una tarde que,

lejana ya,

parece que revive en tu palabra.5

El poeta comienza a entrever en la cárcel de la forma la libertad anhelada, la patria en donde sólo él es quien controla el designio del verso. La disposición estrófica, la irregularidad de sus versos, pero, sobre todo, la cadencia sostenida por el léxico certero son ya una apuesta que encontrará nuevos cauces en toda su poesía. Este primer libro, y como una curiosidad anecdótica, lo iba a presentar Conde Ortega en la icónica sala Ponce del Palacio de Bellas Artes el 19 de septiembre de 1985. Con ese fiero ingenio que lo caracterizaba solía decir que era una señal del mundo que él no quiso escuchar. Cabe recordar que los poemas de este libro fueron escritos en servilletas no con la impostada frivolidad del “artista”, sino con la distraída mirada de quien sabe que es más complicada la cotidiana lucha que la fútil búsqueda de posteridad. Y otra vez la fortuna del solitario: gracias a la paciencia de Vicente Quirarte —quien recogió estoicamente las servilletas y mecanografió los versos escritos en ellas—, el primer libro saldría al amparo de la UAM.

El trabajo incansable, febril, del poeta lo llevó a publicar, en 1988, La sed del marinero que regresa, también bajo el sello de su Universidad, en donde aparece ya la palabra que, en todo su esplendor, quizás defina la poesía de Conde Ortega: anacreónticas:

La hora

La hora exacta del licor,

la certera copa

donde nacen los milagros;

donde caben el amor y la ternura:

la lúcida destrucción de la mañana.

Es un impostor el sueño

y todo se sabe y todo es fácil,

hasta la quieta soledad.

El dominio de la sed: la flama

que impone y no su señorío;

la prometida urgencia: los fragmentos

de la noche ferozmente consumida.

La hora exacta; la espera

que completa los minutos.

Un milagro que nace de la noche.

Y cada alba es oro;

y oro y luz, la madrugada.6

La celebración del amor y de la compañía, de la certidumbre del nuevo día y afrontarlo con las heridas cerradas, quizás en falso, pero que no escuecen la piel son la poética de este libro. Así aparecen nombres que se convertirían en el rito necesario de la amistad transitada por cantinas, presentaciones, ferias y suplementos culturales. Arturo Trejo Villafuerte, Ignacio Trejo Fuentes y Emiliano Pérez Cruz habitan sus versos, lo mismo que el preguntarse por las “primeras sílabas del poema”; comienzan, también, a vislumbrarse sus lecturas: Efraín, Bonifaz y Neruda, pero también Aleixandre y Machado, San Juan, Garcilaso, Quevedo y Rilke, Baudelaire y Eliot. Y al lado de ellos la vida misma: los amigos que comienzan a morir, las bienhechoras cantinas como “La curva” y “La flor de Oaxaca”, refugio de solitarios y de hombres tristes “repitiendo los poemas tan sabidos —de poetas casi ángeles— que obsesivamente herían nuestra memoria”;7la familia que crece y se multiplica: Jorge, su sobrino de seis años —el primero de toda la segunda estirpe—, el hijo “de los dos años y meses [que] desordena el silencio”. Es el ímpetu de querer nombrarlo todo, porque el poeta sabe, pese al insano placer de estar vivo, que la vida es frágil y frágil también la permanencia de las cosas, por ello el asombrarse siempre; el querer, aunque sea por un instante, asirlo todo después de haberlo designado. Y junto a la cotidiana jornada, siempre la presencia inevitable de la compañera:

Tu beso

Tu beso, fresca sal, licor.

que sube del silencio.

Tus labios atisban el beso

y lo convierten en fiebre y humedad:

en mar de arena.

Tu beso, final escolio

en las letras de mi nombre. 8

Después del fervor, el poeta publica, en la Universidad Autónoma de Zacatecas, Para perder tus ojos, en 1992, poemario con el nunca se sintió satisfecho; comentaba que lo único que valía la pena era el título, y al releerlo uno atisba la imposibilidad de la voz poética para decirlo todo y, como quisiera Rubén, “de otro modo lo mismo”. El poeta rebusca en su repertorio y en las hojas amarillentas una forma de encontrar una salida al desenfreno de sus primeros dos libros. La forma lo acompaña porque la ha decantado, sabe de sus amarres que evitan la deriva y se aferra a la celebración, pero hay algo en su oficio que debe serenarse, hay veces en que el arrebato lleva al agotamiento y es necesario dar paso a la calma:

Celebración

Es de noche

y sigues siendo mi amada medieval

bajo el signo del amor cortés.

Es otra noche de julio

cuando el escudo de Amadís

convierte el vino en luna llena;

tus ojos cruzan el arco de los leales amadores

y tus labios deciden el triunfo

en esta corte de amor.

Es la noche de la ternura inacabable,

de tu fresca piel bajo mi espada;

la noche del triunfo de los cuerpos

y de los vinos en francés.

Es tu noche, y del poeta

—o algo así—

que amó otra vez tus manos infantiles

que abrieron rutas en mi frente

y mis cabellos.

Es tu noche, amor;

es nuestra noche.9

Pese la incomodidad de su tercer libro, Conde Ortega se reinventa, y con la serenidad de la primera madurez concibe Los lobos viven del viento, publicado por la UNAM en su ya icónica colección “El ala del tigre”. El título es un verso de François Villon, y nunca lo ocultó; al contrario, siempre compartía algún verso que su oído sabía pronosticar como la carta de presentación de un poemario. En él, está la “exploración de una ciudad cuya geografía se descubre paulatinamente a través de la vivencia introspectiva, de la deambulación, del discurso amoroso en segunda persona o del alcohol compartido […] se vuelve eco de textos anteriores, en una red de correspondencias internas, lo cual proporciona una sensación de plenitud poética: no es frecuente encontrar semejante coherencia en la configuración de una cosmología personal”,10como escribiera Frédéric-Yves Jeannet, en la presentación del libro el 20 de mayo de 1993, en Coyoacán. Y es también la contemplación, el “soy este que va a mi lado sin yo verlo”, como escribiera Juan Ramón Jiménez. Es el proferir un mea culpa y saberse falible; la voz no es ya “un pequeño dios”, a la manera de Huidobro, más bien es —a la manera del “Vampiro”, Francisco Cervantes— pedir “piedad para mí mismo y que mi obra te responda”. Ese ligero matiz en donde el poeta sabe que esa otra vida, tan inesperada e intempestiva, es azarosa; que aquel que no puede verse así mismo de frente es incapaz de encontrar “la verdad”, la que está vedada como el fuego de Prometeo y que, por ventura, sólo se alcanza cuando sin reparos se conciben ambas promesas como igualmente irrealizables.

5

Es vidrio que uno ve secarse

van gastándose las horas.

Nada se parece a la historia

de sed y olvidos voluntarios.

Una broma de la memoria.

Y entonces la mañana es víspera

que acoge los remordimientos:

el juego se repite muchas veces

y es arena que busca distinguirse

en el descaro de una playa imaginada,

Entonces regresar

y sorprender el vidrio intacto;

y en el prodigio de un minuto

saber de los pies entumecidos

por el tacto feroz del mismo suelo.11

Y es “el sabor de la noche [que] deja su huella en la pared” o “cada palabra que sabes/ después de las cinco de la tarde” (192 PDL) el pretexto del lobo para afilar sus dientes y saber que escribir con todo el cuerpo es también una labor solitaria que demanda la observación de los símbolos propios y los signos que éstos fraguan en el mundo. La imagen, derrotero y senda, se construye así en la voz del poeta.

A Los lobos viven del viento se sucedieron Imagen de la sombra e Intruso corazón, ambos de 1994, en donde la apuesta escritural se vislumbra continuum depurado. En el primero, Conde Ortega escarcea con un ars poetica que deviene pregunta interminable; por eso la “sombra”, el “olvido”, la “noche” y la “vigila” templan el antes fragoroso estruendo del decir.

26

Aprendiz de olvidos,

el invierno medita su condena

sobre la banca de un parque.

Las palomas afilan su pico en la piedra,

un niño tropieza y llora;

el esbelto movimiento del aire

desordena sus cabellos.

Cerca el ruido de los coches,

la múltiple celebración del mediodía.

El invierno cede su piel

a la gastada condición del sueño.12

Por su parte, en Intruso corazón, la voz antes macilenta se trastoca al sonido de un bolero. Y suenan una vez más los hielos que entrechocan en vasos jaiboleros repletos de Appleton blanco y agua mineral —siempre en la proporción exacta—, el milagro de las madrugadas compartidas y el refugio del poeta que se encuentra detrás de las puertas: el amor como juramento que despunta con el sol del oriente de la Ciudad de México —tal vez sea por la privilegiada vista que desde las ventanas de la otrora ciudad-dormitorio (Nezayork) se aprecia del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl—. Escribe Enrique López Aguilar que:

en el cruce de caminos, Conde se permite jugar con la inserción de versos o imágenes provenientes de otros poemas para completar alguno de los propios […] en ellos consta una línea y una voz poética que han ido madurando y afianzando tesituras y coherencias temáticas.13

El oficio del poeta, en sus seis primeros libros, está constituido como un obstinato, un bajo continuo sobre el cual Conde Ortega puede armonizar voces, calles e historias en una partitura para desventura y orquesta con ciudad.

Vigilia

Fumo para espantar la noche.

Tengo por delante el claro día

y me despierto desnudo

para adivinar el sol de otoño.

(Ella duerme aún).

Nos esperan olores nuevos,

calles por caminar

y la ceremonia de todos los días

en la severa fiesta de la vida.

Fumo para espantar la noche.

(Parece que las estrellas

dejan la luz sobre sus hombros).14

La apuesta está dada, y sólo un golpe de los dados hará que la voz, antes trémulamente serena, vire hacia otro puerto. La muerte de su madre, quien había sostenido con “terco orgullo” el endeble lazo familiar, obligó a Conde Ortega a volcar su furia en la página. Como Argos que espera a Ulises, la cárcel de la forma fue, una vez más, la fiel escudera de su voz poética. Construido en verso blanco, en sonetos, el poemario Rosa de agosto es el primer homenaje que le rinde a la matriarca ausente, quien sobrellevó treinta y cinco años de viudez junto a sus seis hijos que supieron muy pronto del desazar. Aunque nacida en abril, Rosa María Ortega celebraba su cumpleaños el 30 de agosto, día de Santa Rosa de Lima, la primera santa de América. El porqué es, quizás, una anécdota más, pero el engranaje de la poesía de Conde Ortega nunca es esquivo. El libro contiene 29 poemas, uno antes del 30, porque, como diría José Alfredo —otro de los poetas que habitan la poesía de Conde—, “ahí me hiere el recuerdo”. Ya no hay celebraciones ni sicalipsis, tampoco la ciudad ni sus resquicios, tan sólo la efigie de la entereza: otra forma del amor.

IV

Y mantener la imagen de tu muerto

fue la forma inviolable del amor.

Tu cuerpo erguido, tus anhelos, solos

como la filigrana de tu tiempo,

alejaron los aires del verano,

el agua de los mares incompletos

—reclamos de la vida y su impaciencia—.

Y todo para atesorar, intacta,

la voluntad —virtud del indefenso—

para elegir la muerte con la vida;

o la otra vida que se gesta a solas.

O una fuerza feroz, la del aliento

que socava la inútil mansedumbre

de aferrarse, tenaz a la memoria.15

Desgarrado, el poeta comienza a callar. La febril premura languidece y prefiere la adusta paciencia del rigor, de saber que el silencio es una forma también de estar vivo. Estudios para un cuerpo, Codicia de la calle —el único acercamiento formal al poema en prosa de Conde Ortega— y La arena de los días preludian un sigilo de más de un lustro. De este último, resalta el primer poema:

1

Y hablo contigo,

a solas;

te dibujan

las palabras

que nacen del silencio.16

Un hablar a solas que se verá interrumpido por Cuaderno de febrero y Fiera urgencia del día. Éste, como una ofrenda a la vida de sus muertos: los abuelos, sus padres, sus amores: Martín Quirarte, Luz Castañeda de Quirarte, Severino Salazar, César Rodríguez Chicharro, Miguel Ángel Ongay, Jesús Arriaga Padilla —el cómplice inusitado—, Nacho Quirarte, Rafael Velazco, entre otros, son labrados en la memoria mediante la forma del soneto, compañero inseparable de quien sabe de los entresijos de la poesía y sus ardides. Y como adenda, el libro, de pequeña circulación y tiraje limitado, contiene doce ilustraciones del pintor guerrerense Leonel Maciel, hechas exprofeso para estos poemas.

Sin embargo, este silencio en la poesía fue acompañado de su labor incansable como periodista, cronista y estudioso de la literatura mexicana. Sus libros de ensayo Diálogo de octubre, Diálogo inmediato y Diálogo en voz baja son necesarios para conocer la literatura mexicana, desde el siglo XIX hasta las postrimerías del XX, y su propio andamiaje —quedaron en el tintero Diálogo de soledumbre y Diálogo cervantino—. Su crónica puede admirarse en La esquina de los hombres solos, Que nada cambiará bajo tu piel, Asombro de silencios: casi oro, casi ámbar, casi luz y Luces de Nezayork, todos compilaciones de su andar incansable por suplementos y revistas literarias. Su obra poética puede consultarse en Práctica de lobo —obra reunida 1985-1999—, Fiel de amor —antología de poemas amorosos— y Espina del tiempo —antología personal—. Su labor en vida culminó con Canto del guerrero, el último poemario que pudo ver impreso en 2017: el libro que abre con la primera línea que escribió, pero no la última que su pluma fuente pergeñó entre las páginas amarillentas de sus libretas que se revolvían en su inseparable morral con sus actas de calificaciones, los suplementos y los talones de pago de la Universidad, junto a las fichas de depósito del banco que atestiguan que el poeta vivió, amó y bebió como sólo la fortuna le concede a sus hijos pródigos.

Entre la búsqueda incansablemente tortuosa de los papeles que siempre hay que llenar en la cruel tramitología de la muerte, entre sus actas de nacimiento y los indicios de una vida plena, aquella compañera que Conde Ortega atisbó cuando él tenía tan sólo veinticinco años y se volvió guerrera admirada por las batallas libradas en sus propios términos encontró dos poemarios inéditos: Itinerario de lunas —dedicado a Sandra Arriaga Rico, la guerrera— y De este licor oscuro, que aguardan pacientemente el momento de salir y de dejar nuevas señales. De este último —y la palabra, ahora sí, adquiere todo su significado—:

Testamento

1

Quizás sea cierto,

como dice el poeta rumano,

que la mejor herencia para un hijo

sea el nombre impreso

en la hoja de un libro.

Y así mantener unido al mundo,

aunque nadie sepa qué pasa

cuando la lluvia nos obliga

a caminar descalzos

o a inventar un pájaro

para ver si existe el aire.

Pero creo que no sobran

algunos bienes de la otra fortuna:

un techo seguro

para que el aire no despeine los cabellos,

una sopa caliente y un pan

para saber si hay dios

cuando se tiene la ventana abierta,

una camisa limpia y calcetines

para no pasar de largo

cuando se escucha la palabra amor.

2

¿A dónde me lleva todo esto?

Tal vez a redactar en el papel,

antes de que los signos

comiencen a gastarse,

todo lo que no quisiera dejar

para mi hijo,

lo que llevo en las manos y en la espalda:

la palabra que dijo una promesa

cuando ya no hacía falta,

un traje de fiesta

solamente para no estar triste,

el soñarme desnudo

para buscar en medio de la gente

un pantalón y unos zapatos

a la medida exacta del insomnio,

el deseo ilegítimo

de morir sin preguntarme nada.

No quiero legarle

mi miedo a las alturas.

Para sentirme menos culpable

acudo al diccionario:

A C R O F O B I A.

En algún libro de ciencias

leí la profecía:

mi destino final es el suicidio.

3

Miro hacia atrás.

Recuerdo una sonrisa

que nace de la luz como una idea.

Muevo las manos

y toco al mundo de costado.

Es como una pared

que tiene dibujado mi nombre.

Tiene huellas de orines y de lluvia.

Miro hacia adelante.

Encuentro un espejo infiel

que a fuerza de mirarme

me conoce de memoria:

sabe que soy

el que duerme a la orilla de la cama,

el que despierta y orina largamente

mientras la madrugada

acuchilla las puertas de la casa.

Hago como el espejo.

Me observo detenidamente.

Ése que mira soy yo:

la misma estatura adocenada,

el sobrepeso,

el insomnio gastado sin provecho,

el orgullo imprudente

de ser el último invitado

que sale de la fiesta.

4

Acaso mi nombre

limpiamente impreso

sobre la cubierta de un libro

sea un buen legado para el hijo.

Algunos he dejado en el camino.

Sé lo que no quiero heredarle.

Está escrito y lo sostengo.

Pero sí le dejo el corazón

y mi cerebro hastiado de preguntas,

unos cuantos cientos de libros,

música, pinturas, amistades,

el gusto por el buen vino y los cigarros,

la paciencia generosa de su madre

y el arrojo para vivir.

Y claro, de la historia del sobrenombre de ahijado de la muerte, que prometí al principio, como diría José Francisco Conde Ortega —mi padre, el poeta— ya les contaré “un día que venga con más calma”.

Tlalpan, octubre 2021


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Si tienes fe en las paredes, soy Dios

Garrett Cook

¿Qué es una casa? La pregunta pareciera sencilla, un lugar, el locus amenus donde la vida privada existe, palpita. Donde la familia se desarrolla, la bienamada familia, la terrible familia. Una casa es la extensión de la cueva, de la protección bajo los árboles, del lugar alto que protege la piel de la picadura de los ponzoñosos. Una casa es el lugar para mantenerse seguro, a resguardo, el Heimlich alemán que Freud desmenuza en su ensayo Lo siniestro (1919), hablándonos, con esa paciencia propia del doctor, sobre lo que significa lo familiar, y por qué al mismo tiempo esto es tenebroso. ¿Cómo lo conocido se transforma en aquello inverso, en terror?

Si examinamos la literatura de terror, gran almacén en el que se encuentran los miedos de generaciones, al menos en Occidente, nos damos cuenta de que al principio (in illo tempore, diría Mircea Eliade), lo terrorífico yacía en castillos medievales situados en geografías lejanas para quienes detentaban la pluma y el espíritu de lo que después se llamaría “Gótico”. La primera novela del gótico como tal, esa corriente que primero surgió en la arquitectura, fue El castillo de Otranto (1764) del extrañísimo Horace Walpole, quien construyó una casa extravagante llena de arquitecturas diversas y, entre ellas, el Gothic Revival. Esa fantasía llamada Strawberry Hill1 sirvió como inspiración para la creación de ese castillo situado en algún rincón perdido de Italia.

¿Tiene alguna importancia que los castillos de estas primeras novelas “de terror” hubieran sido erigidos en países no anglosajones? Por supuesto, y la razón es que en el momento en que surgen las narradoras y narradores de este tipo de literatura, el Siglo de las Luces concebía un mundo habitado solamente por la razón. ¿Cómo hablar de fantasmas si el método científico era lo único válido para interpretar la realidad? La respuesta posible se dirigía hacia el pasado y hacia la lejanía. Las historias están situadas en un contexto medieval lleno de piratas y armaduras sangrantes y crímenes horribles que se veían como propios de “La Edad Oscura”. Los historiadores modernos se han encargado de demostrar que el Medioevo no era esa oscuridad e ignorancia, como afirmaron los ilustrados, queriéndose alejar del todo de esas formas bárbaras, pues el adjetivo “gótico” proviene de los godos, pueblos provenientes de Europa Oriental, e incluso más lejos, algunos de ellos de origen iranio o túrquico, que asolaron Roma y terminaron asentándose en Europa y conformando reinos.

El barbarismo fue una moda tanto en Roma como para los Ilustrados. Porque esos “bárbaros” incluso conformaron una civilización asentada en las religiones cristianas, hasta su caída final que derivó en “la gloria” del Renacimiento y la subsecuente Ilustración. Y es en este momento, en el siglo XVIII, al lado de Rousseau o Richardson, que la oscuridad emerge como una forma de decadentismo, de romanticismo exacerbado. Tan sólo hace falta leer algunos pasajes de Los misterios de Udolfo (1794) donde la heroína de Ann Radcliffe, Emily St. Aubert llora mientras contempla la tormenta que asola el afuera, los mares tempestuosos que giran alrededor de su propia alma arrebatada. La estética de lo Sublime se conjunta con los sentimientos derivados del romanticismo. No importa la razón sino lo visceral. Y en medio de todo ello, el ser malvado que se dedica a torturar a Emily durante toda la novela, que sigue ocurriendo en Italia.

Tanto Los misterios de Udolfo como El Italiano o incluso El castillo de Otranto ocurren en Italia, en el sur del imaginario europeo y anglosajón. Italia salvaje, o en todo caso, la España perdida entre los moros y las guerras intestinas, como elige Jan Potocki como locación de su Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805 y 1810), o incluso más lejos, en oriente, como el caso del Vathek de William Beckford, quien también construyó una monstruosidad como morada, la Fonthill Abbey2.

¿Qué tiene, entonces, la casa? Es una pregunta interesante. ¿Por qué la literatura de terror tal cual la conocemos surgió con un locus o un cronotopo tan focalizado como la casa? Fustel de Coulanges en La ciudad antigua (1864) hace un recorrido sobre las tradiciones, tanto legales como de otras índoles, de los romanos, adentrándose en el derecho que abarca, por supuesto, la materia del hogar. La casa tiene distintos sinónimos, desde “edificio conyugal” hasta hogar. Y el hogar es el lugar donde arde el fuego, donde se calienta el habitáculo, donde la comida se prepara. Hogar entonces es comida, es calor y luz.

Siguiendo a Coulanges, cuando una mujer se casaba, abandonaba el apellido del pater familias, y dejaba de pertenecer a aquella institución en la que había nacido, y por un momento quedaba abandonada. El último paso del rito lo conforma un gesto que se sigue haciendo en nuestra sociedad contemporánea: el esposo carga a su esposa antes de cruzar el umbral de su propio hogar, y la deposita una vez han penetrado por esa “puerta abierta”. El último vestigio de ese apellido familiar se abandona cuando el hombre la levanta del suelo, desvinculándola de su pasado, para ahora hacerla parte de su familia, o si se quiere, de su propiedad. La puerta es el umbral por el que entra la luz, por el que se accede, el límite entre lo público y lo privado, y hay que recordar que los lugares liminales siempre están habitados por fantasmas (no en vano existen tantas leyendas sobre apariciones de fantasmas o demonios justo en los cruces de caminos).

La puerta es un no-lugar que se volverá importante para la literatura victoriana, e incluso aquella erigida a principios del Siglo XX, principalmente en Inglaterra, donde escritoras como Marjorie Bowen, Margaret Oliphant, Elizabeth Gaskell, Mary Wilkins Freeman, Edith Nesbit o Edith Wharton, dejaron entrever la imposibilidad de los mundos mezclados, de los señores y la servidumbre, del afuera y del adentro, y transgredieron, mediante la literatura de terror, este paso infranqueable dominado, nuevamente, por las costumbres constituidas por el Patriarcado.

Hablamos de casas embrujadas, y aún no me he detenido a reflexionar sobre lo que son. ¿Qué las embruja? ¿Son los fantasmas? Si seguimos diversas propuestas de historias sobre las casas encantadas, podemos asegurar que son los fantasmas, los aparecidos, quienes constituyen la primera manifestación de que una casa está embrujada. Érica Couto-Ferreira incluso titula su libro sobre este tema Infestación, aludiendo al fenómeno en el que la casa es invadida, no por ratas ni por ladrones (el subgénero del Home Invasion es famoso en el cine de terror), sin por los fantasmas.

El argumento es sólido, no sólo si pensamos en las apariciones espectrales de la novela gótica, y que el Castillo (al fin y al cabo, una casa de enorme tamaño) se convirtió en el cronotopo más visible de esta narrativa, sino también por el inicio de las historias espectrales en Occidente. Plinio el Joven en sus cartas menciona la existencia de una casa embrujada en Atenas, en la que se oyen lamentos y el sonido de cadenas. La casa está “embrujada”. Y después de varias apariciones y fenómenos “fantásticos”, nos cuenta Plinio que el asunto fue resuelto por un grupo de magistrados, quienes acudieron a la casa y cavaron en ella hasta encontrar huesos de un hombre encadenados. El cadáver exhumado es vuelto a enterrar, de acuerdo con las costumbres de Atenas, y la casa queda liberada del fantasma3. La casa entonces se infesta cuando un ser queda atrapado entre sus paredes. Esta es una de las hipótesis manejadas por los interesados en los fenómenos que aparentan trascender la realidad.

¿Existen otro tipo de causas que provoquen el “embrujamiento”? La palabra elegida por los ingleses es “haunt”, la casa embrujada está “haunted”. Y “haunting” es un verbo y también un adjetivo. Visitar con frecuencia, habitar el lugar. “Haunting” deriva del francés “hanter”, visitar. Todo esto nos lo explica en Infestación (2021) Couto-Ferreira, para ahondar en el significado más profundo de la palabra, que como nos dice también, no existe en español. Haunt es habitar, como cuando Mariana Enríquez hace hablar a Rosario en Nuestra parte de noche (2019) y pronuncia un mantra cargado de un sentimiento de nostalgia y amor: Haunt me, un mensaje para su esposo, Juan, el médium que sirve a la Orden de la Oscuridad en la novela. Haunt me, habítame, como declaración de intenciones, como muestra de lo que significa el amor. Nosotros somos una casa habitada por nosotros, y a veces por otros más.

La casa, pues, para que esté embrujada necesita estar habitada por algo más. La casa, sin embargo, no necesariamente requiere a un fantasma, pues ella misma, como estructura, representa también lo siniestro. Heim es casa en alemán, y como nos explica Freud en Lo Siniestro, los vocablos Heimlich y Unheimlich están unidos en su vinculación con la casa, con lo conocido, que también puede ser siniestro. El primer concepto hace alusión a la casa y a lo familiar, a lo que provoca cierto bienestar. Sin embargo, esta misma palabra también tiene una acepción siniestra (siniestro, lo que se encuentra al lado izquierdo, lo otro, que evoca lo desconocido, lo impenetrable y cerrado). Y es en este significado donde entra el afamado Unheimlich:

De modo que Heimlich es una voz cuya acepción evoluciona hacia la ambivalencia, hasta que termina por coincidir con la de sus antítesis, unheimlich¸ Unheimlich es, de una manera cualquiera, una especie de Heimlich. (Freud, 21)

Lo familiar, por lo tanto, tiene también un velo que puede rasgarse, con su subsecuente castigo al hallar aquello que no debería mostrarse: “En cambio, nos llama la atención una nota de Schelling, que enuncia algo completamente nuevo e inesperado sobre el contenido del concepto unheimlich: Unheimlich sería todo lo que debía quedar oculto, secreto, pero que se ha manifestado” (18).

La casa embrujada es un habitáculo de fantasmas, o un monstruo que se manifiesta por medio de Poltergeists o alucinaciones. Son sus habitantes, permanentes o de pasada, quienes sufren y atisban lo que yace detrás del velo de lo familiar: la violencia, la muerte, la depresión, el suicidio, la violación.

Edgar Allan Poe nos mostró una casa más allá del castillo gótico, lo mismo que hizo Nathaniel Hawthorne al hablar de su casa ancestral. El horror ya no está tan lejos del propio mundo, porque el horror no es el fantasma ni lo sobrenatural, sino lo que habita, the things that haunt me, haunt us, yace dentro del cuerpo y al mismo tiempo más allá de él. La casa es un reflejo de nosotros. Mircea Eliade enuncia: “Cualquiera que sea la estructura de una sociedad tradicional —ya sea una sociedad de cazadores, pastores o de agricultores o una que esté ya en el estadio de la civilización urbana—, la morada se santifica siempre por el hecho de constituir una Imago Mundi y de ser el mundo una creación divina (25).

La imagen del mundo es la casa, pero la casa también es una imagen de nosotros. “Puesto que la morada constituye una Imago Mundi, se sitúa simbólicamente en el «Centro del Mundo».” (27) Por eso es por lo que Daphne Du Maurier, la fabulosa escritora imaginadora de peligros volátiles, como en Los pájaros (1952) o La posada de Jamaica (1937) donde los personajes experimentan el horror de la humanidad y del pillaje, constituye una de las evocaciones modernas más impresionantes en cuanto a “casas embrujadas”, la poderosa Rebeca (1938), que fue adaptada, como las anteriores novelas mencionadas, por Hitchcock.

En Rebeca asistimos al desdibujamiento del personaje principal, también narrador, quien habla de un pasado terrorífico en el que sueña con volver a su casa embrujada: “Anoche soñé que volvía a Maderley”, pronuncia la narradora, y encontramos la manifestación de un universo que ya está habitado por otra presencia. La narradora, que no tiene nombre, pues Du Maurier quiere que el lector se encuentre ante la absoluta soledad y la invasión del otro. No importa el nombre, porque el verdadero es el de Rebeca, el único que existe. En la novela de Du Maurier se nos presenta a una mujer que ha terminado casándose con el aristócrata de Winter. No hay que pensar ya en la perspectiva victoriana, sin embargo, no acaba de sacudirse esta aura la sociedad de principios del siglo XX, y esto es perfecto para Rebeca, porque ese rancio abolengo funciona para alejar aún más a la narradora del mundo de Manderley. Como mostraron las escritoras del XIX y principios del XX, la casa victoriana estaba dividida entre la servidumbre y “los verdaderos habitantes”. En estas narraciones se concebía el mundo desde estos últimos. Sin embargo, en Rebeca es distinto, pues la narradora se halla a gusto con ellos, pues no tiene la seguridad de dirigir una casa que no es suya, aunque se haya casado con el dueño, y nunca lo será. La casa es de la difunta esposa, de Rebeca, quien mantiene a todo el hogar subyugado con su presencia, con sus cosas, con sus iniciales talladas o cosidas, con sus habitaciones resguardadas del polvo, siempre frescas, como si el espectro jamás hubiera salido de ahí.

Esta casa asfixiante es llevada a otro nivel por Shirley Jackson, la escritora responsable de Hangsaman (1951), El reloj de sol (1958) o cuentos como “La lotería” (1948), “La bruja” (1949) o “Los veraneantes” (1950). Shirley Jackson siempre pareció estar imbuida en el escándalo, desde su obra que fue caracterizada como “Domestic Chaos” a las declaraciones de su marido y de editores quienes afirmaban que era una bruja (se cuenta que practicaba el Tarot, la Planchette y otras formas de adivinación). Además, el escándalo que provocó la publicación de “The Lottery” en el New Yorker le valió centenares de cartas en las que se quejaban los lectores de que denostaba a la población de Nueva Inglaterra, o incluso algunos preguntaron dónde se encontraba el pueblo en el que se practicaba “La Lotería”.

La obra de Jackson está enmarcada por la profunda y lírica prosa de la escritora, así como por sus juegos e intereses enmarcados por la independencia de las mujeres, el conflicto entre hombres y mujeres, la institución del matrimonio, y los fantasmas que habitan en el cuerpo y en el alma. La maldición de Hill House (1959), junto con Siempre hemos vivido en el castillo (1962) conforman una cumbre de lo encantado, de la casa embrujada (aunque hay algunos intentos posteriores interesantes). En Hill House el lector asiste a un experimento convocado por el doctor Montague, quien ha reunido a tres jóvenes con cierta experiencia o dotes para lo sobrenatural, al menos dos de ellas lo tienen: Theodora y Eleanor. El tercer miembro es Luke, descendiente de la familia propietaria de la casona y heredero, y el doctor mismo. Además, la casa está habitada momentáneamente por una pareja de cuidadores, los Dudley, extraños y desagradables.

La maldición de Hill House muestra el interior de una casa diseñada para asustar, para incomodar, habitada quizá por los fantasmas de la vieja familia, de las niñas que vivieron muchos años atrás, y que permanecían solas durante largos periodos. Los invitados no hacen más que exacerbar la naturaleza malévola de la casa, que se manifiesta por medio de poltergeists y apariciones, cambios de temperatura y pensamientos que “invaden” a los habitantes. La novela, además, es llevada por Eleanor, Nelle, una mujer inmadura que ha escapado de un lugar al que no pertenece, creyendo encontrar uno donde sí. La niña abandonada sufre la infestación en carne propia de la naturaleza ruin de la casa.

La casa embrujada de Jackson nos habla de lo humano, del miedo hacia el otro, y de la naturaleza siniestra siempre presente en aquello que llamamos realidad. Por eso es una novela tan inquietante La maldición de Hill House. En ella encontramos la irrealidad, el deseo, la soledad, el ansia y la necesidad que pica y arde, esa que busca pertenecer a un hogar a como dé lugar, sin importar las consecuencias.

Además de Jackson, han surgido centenares de escritores interesados en las casas embrujadas. Algunos incluso anteceden a Jackson para construir realidades ultramundanas, como el caso de Hodgson y su La casa en el confín de la tierra (1908), o quienes siguieron después de la autora estadounidense, como el mismo Richard Matheson con Hell house (1971), una especie de tributo a la novela de Jackson, aunque éste no se manifieste, o el mismo Stephen King, quien ha reconocido la enorme influencia de la escritora en su obra, comprobable desde Salem’s Lot (1975). Sin embargo, me interesa cerrar este breve recorrido/reflexión en torno a las casas embrujadas, con tres casos contemporáneos: el de Mark Z. Danielewski, el de Garrett Cook y el de Mariana Enríquez.

Mark Z. Danielewski causó conmoción con la publicación de House of Leaves (2000), pues esta novela debut constituye un laberinto que atraviesa no sólo una casa, sino varias vidas y medios para hablar de casas y de psicologías. La novela, además, juega con montones de recursos de edición que conforman, físicamente, en el papel, cuadros especulares, escaleras, laberintos y notas que van de un lado al otro provocando la desorientación del lector. Sin embargo, por muy ardua que pueda parecer, la novela es sencilla de leer, aunque por momentos uno tarde buscando la marca dejada, la miga de pan y regresar entonces a la narración “principal”

La historia comienza con Johnny Truant quien nos habla de su vida deslavazada, caótica y enfermiza. Pero no siempre fue ésta así, y el elemento principal es la llegada de una casa, sólo que de manera indirecta, pues Truant se encuentra con un documento guardado por un vecino extraño, desconocido, que acaba de morir, Zampanó. Lo que guardaba este último era una especie de tesis en la que critica un documental hecho por el famoso William Navidson, fotógrafo galardonado con el Pulitzer, cuyo nombre es Casa de hojas. En este documental se narra la mudanza del director y su familia a una casa que, aparentemente, es más grande por dentro que por fuera.

De esta manera, Danielewski nos sumerge en tres principales niveles narrativos. Si hacemos caso a Eugenio Trías y su análisis del filme Psycho (1960), de Hitchcock, basado en la novela de Robert Bloch, los pisos funcionan, como también prefiere pensarlo Bachelard, en los tres niveles de la mente según Freud, el ello, el yo y el super yo. En este caso, entreverados en una maraña que extrapola el laberinto en El resplandor (1977) de Stephen King, se manifiestan tres niveles de profundidad, pues estamos, en apariencia, asistiendo a la imposibilidad: una crítica hecha por un hombre que nació ciego, sobre un documental que parece no existir. En el documental, la pieza principal es la casa.

¿Pero qué es la casa? La casa es un laberinto y un verdadero monstruo. Lo que está tratando de hacer Danielewski, como lo hace Jackson de una manera más sutil, es hacernos dudar sobre el plano de existencia en el que nosotros nos movemos como seres pensantes, como individuos, como yoes. La falsedad, lo que hay detrás de ese velo, nos lo muestra Danielewski con esta capa que va de un lado al otro sobre una casa que puede existir o no, pero que en realidad no importa su dimensión física, pues se halla adentro de nosotros. Nuestra casa es la mente, y nuestra propia mente puede poseernos.

El caso de Garrett Cook es mucho más sencillo, pero igualmente interesante. La visión de la casa de Ash Tree Lane, en Casa de hojas la seguimos con la guía de Truant, Zampanó, el documental mismo o de Navidson. Sin embargo, la casa de Un dios de paredes hambrientas no necesita de la visión de nadie. El punto de vista es manejado por ella misma. Lo que se nos dice desde la primera parte de la novela es que “Si tienes fe en las paredes, soy Dios”. Lo que habita la casa está entremezclado con la propia naturaleza física de ella. La casa no está infestada, la casa infesta y atrapa.

Los habitantes de esta casa, incluidos los fantasmas, son meras marionetas que son controladas con mayor o menor gracia por el Dios de la Casa. Para ello, es necesario el vínculo que genere uno de sus habitantes con ella, el tiempo. Lo que hay dentro de la novela, y de la casa, es sexo, mucho sexo y violaciones, vejaciones, sangre y asco, asco por el mismo cuerpo, y seres hambrientos de aceptación. De cierta manera, todos aquí son Nelle. Todos buscan su casa y el hogar, pero éste no deja de arder, porque la casa así lo quiere, porque la casa destruye a los habitantes, y estos son corroídos de manera física y espiritual.

El Dios-Casa está hambriento, y la carne de sus habitantes servirá para la inmolación.

Por último, Mariana Enríquez ha construido una serie de universos narrativos a través de sus cuentos y novelas. No hace falta ya una presentación para esta autora argentina. Sin embargo, llama la atención la importancia de las casas en su obra. Enríquez es una gran conocedora de la tradición de literatura de terror, no sólo de casas embrujadas. Y si hay algo “necesario” para los escritores de este género, es su conocimiento de causa. Hay una larga tradición que seguir, pues si no se conoce ésta, no hay forma de continuar, o incluso destrozar, trascender, convertirla en otra cosa. Mariana Enríquez, como afirmo, lo sabe, y por ello se manifiesta esa cercanía casi costumbrista que viene desde las perspectivas de Stephen King y de la misma Shirley Jackson.

Los personajes de Mariana Enríquez no tienen apellidos extranjeros, no son foráneos, aunque vivan en Inglaterra, aunque sus antepasados provengan de Italia. Lo que muestra la autora es un universo nacido de su propia aldea: de la Argentina que la vio nacer, del macrocosmos sureño de los límites y los mares y las fronteras del sur de América. Así, constituye un mundo donde los santos populares conviven al lado de las historias de asesinos en serie locales. Es Nuestra parte de noche, quizá, el compendio de este universo que proviene desde “La casa de Adela” o “Los chicos que vuelven” o “La virgen de la tosquera”, pues en ella asistimos al encuentro de Juan y de su hijo Gaspar con su familia, con el rito que llama al Dios de la Noche, al Dios de Oscuridad. Juan es un médium capaz de hacer contacto con este dios, y la familia de su difunta esposa lo necesita. A cambio, requiere que su hijo esté en paz, aunque tal vez jamás pueda estarlo.

Durante la travesía, padre e hijo encuentran la casa de la Orden, casa de la familia de la esposa de Juan, Rosario. Sin embargo, estas casas se multiplican en la novela, pues la casa también está en el lugar donde viven padre e hijo, así como la casona inglesa donde la Orden tiene su origen, una casa que también sirve para asentar lo que hay entre mundos, así como otra más donde una niña llamada Adela, se pierde, a quien de cierta forma ya vimos en el cuento de “La casa de Adela”.

Lo que sucede en Nuestra parte de noche, y en toda la narrativa de terror de la escritora argentina, es una extrapolación de la casa. La casa es el mundo, y los fantasmas somos nosotros. La oscuridad yace en una barriada, en quienes asesinan a un niño de la calle y se lo dedican al Señor de la Oscuridad, en los corazones de los policías que avientan al río a jóvenes asaltantes, sabiendo que no se van a salvar, en el de los hombres que terminan provocando que las mujeres conformen grupos donde la iniciación consiste en quemarse el cuerpo de gasolina para no ser deseables, para dejar de ser objetos.

Las casas de Mariana Enríquez se encuentran no ya en Italia, en Oriente, en la campiña inglesa, sino en la misma ciudad, en el mismo pueblo que habitamos, e incluso, dentro de nuestras cabezas, donde verdaderamente yacen los fantasmas.

El hogar embrujado, entonces, no es un lugar al que se pueda asistir buscando sustos. Se puede hacer, claro, pero la verdadera posesión no se halla en la geografía, sino en la mente, aunque los dioses y los fantasmas existan, el horror último, la Madre Terrible que hace nacer todos estos lugares embrujados, es la mente de todos nosotros, visitantes de lo macabro, quienes nos atrevemos a rasgar el velo, y mostrar el lado invertido, el sendero siniestro.

 

Bibliografía

Autores, Varios. Tres piezas góticas. Madrid: Valdemar, 2006. Impreso.

Bajtín, Mijail. Yo también soy. Ciudad de México: Taurus, 2000. Impreso.

Beckford, William. Vathek. Madrid: Valdemar, 2015. Impreso.

Cocuto-Ferreira, Érica. Infestación. Alicante: Dilatando Mentes, 2021. Impreso.

Cook, Garret. Un dios de paredes hambrientas . Tarragona: Orciny Press, 2019. Impreso.

Coulanges, Fustel de. La ciudad antigua. Ciudad de México: Porrúa, 2003. Impreso.

Danielewski, Mark Z. Casa de hojas. Barcelona: Pálido Fuego, 2020. Impreso.

Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. 4ta. Madrid: Guadarrama, 1981. Impreso.

Enríquez, Mariana. Las cosas que perdimos en el fuego. Barcelona: Anagrama, 2016. Impreso.

—. Nuestra parte de noche. Barcelona: Anagrama, 2019. Impreso.

Freud, Sigmund. Lo Siniestro. Madrid: Archivos Vola, 2020. Impreso.

Hodgson, William Hope. La casa en el límite. Madrid: Cátedra, 2016. Impreso.

Jackson, Shirley. La maldición de Hill House. Madrid: Valdemar, 2008. Impreso.

Joven, Plinio el. Cartas. Madrid: Gredos, 2015. Digital.

Maurier, Daphne du. Rebeca. Madrid: Debolsillo, 2019. Impreso.

Potocki, Jan. Manuscrito encontrado en Zaragoza. Madrid: Valdemar, 2014. Impreso.

Radcliffe, Ann. Los misterios de Udolfo. Madrid: Valdemar, 2012. Impreso.

Trías, Eugenio. Lo bello y lo siniestro. 4ta reimpresión. Madrid: Debolsillo, 2016. Impreso.

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración de Julissa Montiel

Colgó el teléfono y se concentró al volante. Ese es el momento que Carola recuerda como el principio, aunque en realidad todo empezó con su primera vez. Sucedió casi un mes antes, con un güey con el que parecía que empezaría a salir, pero eso ya no importa.

La preocupé con mi llamada, sé que casi no me entendió porque apenas y podía hablar del llanto. Me dijo voy para allá, fiel en las buenas y en las imaginarias. Durante esas horas las dos pensamos en Londres, en la noche que prometimos junto con Alina que ninguna de las tres se casaría jamás, ni se embarazaría, que seríamos jóvenes y libres por siempre, que no dejaríamos el alcohol y las drogas por nada ni por nadie.

Creo que estoy embarazada, le dije, estoy embarazada y es el fin de mi vida. Y de alguna manera lo sería, pues con un hijo todo termina: adiós antros hasta la madrugada, adiós sueños profesionales, adiós cuerpo firme y hombres deseosos, adiós. Me causaba pánico contárselo a mi novio (apenas llevábamos seis meses), a mi jefe de la oficina y a mis papás. Me aterraba que fuera cierto.

Recuerdo estar sentada en el piso, abrazándome las piernas afuera de la farmacia Las Américas. Sentía los ojos ardiendo y la cara mojada. Lloré aún más cuando la vi llegar.

—¿Ya la compraste? — me preguntó.

Negué. Susurré que no, que no podía. Háztela conmigo, le supliqué, y, a pesar de que era estúpido, accedió. Entramos a un Sanborns y nos metimos al baño. Era un cubículo para discapacitados, yo apañé el escusado y ella tuvo que hacerse la prueba meando en el lavabo. A pesar del nervio, nos reíamos. Una, dos, tres: un par de chorros de pipí contra la cerámica. Me temblaban las manos y la boca, esos tres minutos de espera fueron el silencio más largo de aquella tarde, seguidos de un alivio tan grande, grité ¡Negativa! Y nos abrazamos y lloré tranquila. Agarré las pruebas para tirarlas a la basura y la escuché decir “vámonos”, pero no me moví, quedé petrificada. ¿Ésta es la tuya?, pregunté agitando una prueba, su prueba, con las dos malditas rayas rojas. Tenía que estar mal.

Fuimos a la farmacia a comprar más; la segunda le salió positiva y la tercera y la cuarta también.

—Pero si solo lo hice una vez y fue con condón y no se rompió y creo que ni se vino adentro. Es obra del espíritu santo o de satanás. ¿Qué hago? Puta madre, no hay salida, no debí hacerlo nunca. Mi mamá tenía razón, mejor hasta el matrimonio.

Todo esto lo decía Carola sin hacer ni una pausa y respiraba tan agitada que pensé que iba a explotar, como un pollito. Yo tomaba sus manos calientes entre las mías.

—Hay una solución, algo que podríamos hacer, aunque no te guste.

—Toni, para mí no es opción — me dijo con tremenda jeta.

Estaba molesta. No quería demostrarlo, pero la enfureció quedarse con mi suerte, como si al hacernos la prueba al mismo tiempo en ese baño hubiéramos confundido a Dios y se hubiera implantado un huevo en la matriz equivocada. Ese día no hizo más que repetirse lo mismo una y otra vez. Incluso cuando nos despedimos, la escuché murmurando: pero sólo lo hice una vez y fue con condón y no se rompió…

Se desliza sobre el mar, está sobre un par de esquís, pero ninguna lancha arrastra su cuerpo. Debe ser el mar muerto, piensa, porque flota sin dificultad y ahora que se fija también es color rojo. Sabe que no debe caerse, que en aquel mar hay algo terrible. Toca el bulto que le estira el vientre, lo presiona con fuerza y en un instante es como si nunca hubiera estado ahí. Se agacha para tocar el agua y al agitar la superficie deja al descubierto un rostro de ojitos hinchados. El agua en realidad es sangre y ella flota porque está parada sobre una fosa de cadáveres, de fetos, algunos mutilados, todos berrean y al mismo tiempo empiezan a gritar: mamiiii.

Al día siguiente pasé por ella para llevarla al doctor. Tenía ojeras profundas y cara de que no se bañó que, aunada a su mal humor, me dejó claro que había pasado una mala noche. En lugar de ir al hospital quiso que fuéramos a la Merced, que le habían contado de una curandera que tal vez podría ayudarla, que ahí tenía su changarro.

—¿Quién te contó eso?

—Internet — me contestó muy confiada.

Después de una pausa agregó:

—Algo está mal. — Y de ahí ya no pude sacarla.

Ay, Carola, te miras incrédula en el espejo ese vientre plano. Nunca has matado nada ¿qué harás ahora? Tú no lo querías, no lo pediste; y hay tantas que sufren y lloran por estar en tu lugar. Cada vez que cierras los ojos ves ese rostro arrugado, marchito, con el pelo hecho nudos que despide un olor a cebo acumulado con los años. Los dientes casi amarillos. Cuando atravesaste la cortina de conchas y la viste ahí, sentada de piernas cruzadas sobre una almohada, agitaba el humo del incienso mientras recitaba en náhuatl o en otomí o en maya unas palabras que a ti te sonaron a conjuro, a salvación. En ese momento sentiste paz, ¿recuerdas? Pero en cuanto te tocó con esos dedos secos quisiste salir corriendo. Nada de eso, jamás permitirás que una bruja te meta las manos entre las piernas. Acercó esa cara de anciana a la tuya, podías inhalar sus pensamientos cuando dijo: Mija, tu niño no es de hombre, sino de maldad y de miedo, es un tumor que debe extirpase o te comerá viva, mientras duermas sentirás que una rata te roe los órganos, tic tic tic, para salir por tu ombligo, tic tic tic. Saliste corriendo, como si alejarte del sonido de esa voz borrara su mensaje, pero crees que decía la verdad. Me dices que lo que hay en tu cuerpo es oscuro, que no es una persona. Sientes una tarántula o una solitaria que se alimenta de ti, que te debilita para hacerse más fuerte para tomar control de tu cuerpo, de aquello que más quieres.

Le dije que se mudara a mi casa hasta que naciera la criatura. Ya que estuviera aquí, veríamos qué hacer. Tal vez adopción, tal vez hacernos cargo entre las dos. Así de amigas éramos: problema de una, problema de dos. En las siguientes semanas su panza creció a la par de sus pesadillas, no volvió a descansar desde el día del Sanborns. Nunca entendí por qué no quiso ir con un médico común y corriente, más después del susto con la chamana. Ella contestaba cosas rarísimas. ¿Qué tal que aparecía un reptil en el ultrasonido? ¿Y si su hijo era del diablo? Tal vez le salía Huitzilopochtli vestido de guerrero rasgándola en dos y se reía, y yo con ella, sin saber si era broma o no. Miraba su panza en el espejo y luego la encontraba pensativa en la cocina, absorta mirando un bote de vinagre, o un cuchillo, o la canasta de limones.

Está acostada sobre la cama. No reconoce el cuarto, se le hace extraño verse a sí misma ahí durmiendo. No puede moverse. Ella es una pared de la habitación, entiende, solo puede estar y contemplarse. La ventana está abierta y el árbol de afuera se agita con el viento, creando siluetas sobre la colcha, sombras que por instantes figuran monstruos. Una de las formas se desprende de la cama y se sienta sobre la ventana como un mono. Desaparece poco a poco su apariencia espectral para solidificarse, se va definiendo el volumen y el contorno de un ser cubierto de piel de elefante, reseca y gris; se le hacen rollos debajo de la panza y el cuello. Brinca a la cama y destapa a la chica, deja al descubierto su cuerpo desnudo que de tan blanco contrasta en la oscuridad. Entonces la acaricia con garras puntiagudas. Ella se estremece, pero no despierta. El demonio se agarra la piel que parece lonja y se la baja como si fuera un pantalón, dejando al descubierto un falo de hielo. Ella lo ve todo desde la pared, su cuerpo inerte sobre la cama, las garras del monstruo extendiéndole las piernas para insertarle ese pedazo congelado, su rostro agobiado por alguna pesadilla, pero, de cualquier forma, dormido. La pared grita y grita. Nadie escucha.     

Se despertó asustada y gritando del dolor, y ahora sí, ignoré sus reclamos. La subí al coche y manejé directito al hospital.

***

Carmen, hoy tuve el caso más extraño en urgencias, yo creo que desde el internado. Hace unas semanas llegó una joven con contracciones, tenía la cara roja y apretada del dolor. Hacía unos ejercicios de respiración raros, diferentes a los del psicoprofiláctico. La acompañaba una amiga, al principio pensé que eran pareja, a ella le pregunté quién había sido el doctor de la paciente hasta el momento, ya sabes, para llamarle. Me dijo que nadie, que solo habían ido con la Pachita. Debe tratarse de una aprendiz porque esa chamana lleva muerta como treinta años.

No me veas así, nosotros tenemos que saber de esas cosas, siempre hay que andar remendando los desastres que le deja la superstición a la gente. Lo extraño era que estas no parecían el tipo de persona que cae en esos engaños, no. La amiga traía una bolsa cara y ya sabes. La embarazada pegaba tales gritos que no pude analizarla y decía pura idiotez: ¡No me toques! y ¡sácamelo, es el diablo, sácamelo! y ¡si lo sacan nos matará a todos! Así que la sedé para poder revisarla. Según le indicaron a la enfermera la paciente tenía al menos seis meses de embarazo, pero cuando le hice un ultrasonido… ¿Qué crees? No había nada ¡Nada! Una panza llena de líquido, tal cual. Le hicimos un pequeño corte y salió una cascada de agua, a presión de manguera. Con razón le dolía tanto… Lo peor es que no era líquido amniótico, era una porquería café y espesa, parecían aguas negras. Un olor asqueroso llenó la sala, nos tuvimos que salir y llamar al pobre de Justino para que limpiara el desmadre. Luego regresé a desinfectarla, pues ve tu a saber qué traía… Despertó horas después gritando ¿Dónde está? ¿Dónde está? Es normal cuando las madres pierden la conciencia durante el parto. Llamé a la otra chica para que la acompañara a escuchar las noticias… Le expliqué que no estaba en ningún lado porque no había nada, nunca lo hubo. Se trata probablemente de un embarazo psicológico, extraño, pero suceden. Ella insistió que no era posible, que dónde lo había dejado. Había que aniquilarlo, sino él nos mataría a todos. ¡A todos! Iba a pedirle a la enfermera que la sedara de nuevo cuando me dijo con voz llorosa, ya no de loca sino con mucho miedo: Doctor, si no encontró nada, entonces sigue adentro de mí, se lo ruego, se lo suplico, sáquemelo… y pues ya, la dimos de alta.

Y hoy, dos semanas después, me contaron que entró a urgencias ahora con una herida en el estómago. Una cortada que parecía más bien un hoyo. Dicen que no se lo hizo ella misma, sino que le pidió a su amiga el favor. Ahora una está en recuperación y la otra está detenida. Qué cosas ¿no?


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
Ilustración de Jal Reed

La escuché decir que así era mejor, que la belleza debía morir joven para poder permanecer. Que si los bellos envejecían, poco a poco descubriríamos que no eran perfectos, y nadie quiere eso; hay que recordarlos grandes, hermosos.

Qué gran y absoluta estupidez. Es una idiota.

Queríamos salir. Conocer, a lo mejor no el mundo, pero sí muchos lugares. El poco dinero que teníamos lo habíamos ahorrado desde hacía mucho tiempo para cuando fuera el momento adecuado. Escapar. Eso decía él. Lo repetimos tantas veces que terminé por creerlo. ¿De qué o de quién? No sabíamos. Había que hacerlo, no parar de movernos, porque es sabido que la tristeza siempre va detrás de ti, a veces a diez kilómetros, a veces a metros, pero siempre con paso firme. Así que todo el tiempo pensábamos en irnos, en simplemente partir un día, y para eso necesitábamos dinero, porque en este mundo solo consigues largarte si tienes los recursos para moverte.

Cada que podíamos nos encerrábamos por la noche en alguno de los cuartos. En mi casa había que ser silenciosos, pero en la suya parecía no importar tanto. Nos quedábamos juntos y siempre había una sensación de festejo. No parábamos de tragar porquerías: pizza, hamburguesas, tacos, hot dogs; solo una vez tuvimos la brillante idea de hacernos un huevo. Subimos de peso, pero no nos importó, pues nos imaginábamos que las largas caminatas que hacíamos juntos compensaban tanta harina y tanta grasa en nuestro cuerpo. Además, solo lo hacíamos cuando podíamos compartir la noche.

Cerrábamos las cortinas. Las de su cuarto eran tan gruesas que al principio parecía que estábamos en completa oscuridad, como si el universo nos hubiera tragado y escupido en un lugar sólo para nosotros, al que ni la luz era capaz de penetrar. Nos deslizábamos y comenzaban los besos, las caricias y las mamadas. Nadie se la metió a nadie jamás, no porque no quisiéramos, más bien creo que nos daba miedo que doliera. Habíamos escuchado, y por supuesto visto, el placer que, una vez acostumbrados, podíamos obtener, pero no nos animábamos a dar ese paso. Pero una lengua es un regalo del cielo, de la naturaleza o de lo que sea que nos haya puesto aquí. Si el placer de un pene cogiéndote es como un trueno, el de una lengua queriendo entrar en ti es como una canción.

Ya fuera cuerpo, culo o pene entre los labios, el mundo se iba abriendo. Los ojos comenzaban a comprender la oscuridad, distinguiendo las siluetas, las sonrisas, los destellos de los dientes. En medio de la oscuridad, nuestras cogidas eran un pequeño génesis en el que poco a poco se iba haciendo la luz. Nuestras miradas se iban acostumbrando a esos chispazos que venían desde el mundo exterior, o a lo mejor desde nosotros. Nunca he comprendido la vida mejor que en medio de esa penumbra.

En el cuarto de al lado, seguro que ella nos escuchaba, claro que lo hacía, no puede ser de otra forma. La primera vez que le deslicé mi lengua desde los testículos hasta el ano en un movimiento, gimió tan fuerte que había que ser prácticamente sorda para no darse cuenta. Y ella nunca fue tonta. Nunca. Las sábanas y almohadas quedaban entre cafés y amarillas por el sudor, la saliva y la mugre que acumulábamos durante el día. Teníamos esos pequeños paraísos y aun así queríamos escapar, decir “a la mierda, nosotros no queremos ser un ejemplo de nada para nadie”.

Lo bueno de los sueños que no se cumplen es que siempre puedes pensar que si los hubieras perseguido, habrías tenido éxito…

¿A dónde íbamos a irnos? ¿Cuánto tiempo? ¿Y si después de dos meses o dos semanas juntos a toda hora descubríamos que ya no era lo mismo y en realidad todo estaba en nuestra mente?

Tal vez ella lo sabía y por eso no se entrometía, nos dejaba vivir engañados, a puerta cerrada, imaginando que, si no el amor, por lo menos el cuerpo podía ser el reino de lo absoluto, de lo verdadero. Tan verdadero que, aunque el orgasmo solo dure unos segundos, deja un tatuaje en la memoria. Tan verdadero que sólo sobrevive a esa burbuja de tiempo-espacio en la que dos que se quieren se tocan. Ella debió tenerlo claro, y por eso nos aguantaba. Por eso nunca preguntó sobre las manchas de fluidos en la cama. Ni por el olor que salía de nuestros cuerpos al momento de ir al baño.

Estoy seguro de que se dio cuenta del odio que causó en mí cuando la escuché decir que así era mejor. Que la belleza debía morir joven para poder permanecer. Que si los bellos envejecían, poco a poco descubriríamos que no eran perfectos, y nadie quiere eso; hay que recordarlos grandes, hermosos.

 

Estúpida. ¿Por qué no lloraba igual que yo? No se lamentó de ya no encontrarlo al abrir una puerta ni de habernos quedado sin un quinto al despedirte. Solo estuvo callada, casi borrándose. La idiota me daba mi espacio, igual que siempre.

Escapar. Así se sentía este odio a todo. Darte cuenta de que la desdicha estaba mucho más cerca de lo que siempre supusiste. Que, aunque se viera a cien metros, con un simple pasito podía meterse en tu camino.

Escapar.

Me levanté de golpe. No como una canción, sino como un trueno. Y justo cuando estaba por largarme, ella lo dijo:

–Puedes quedarte si quieres. No he cambiado las sábanas. Siguen oliendo a ustedes.

 

Lo hice.

Y era verdad.


Autores
Dramaturgo. Egresado del Colegio de Teatro de la UNAM. Fue Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de dramaturgia en los periodos 2018-2020 y representante mexicano en la Residencia de creación Dínamo 7 de Interdram (Chile). Sus obras han tenido montajes y lecturas en distintos recintos, encuentros y festivales en México y Chile. Por mencionar algunas, se han montado sus obras El dilema del erizo (2017), Memoria en el Asfalto (2018-2019) y Que la vida iba en serio (2020; seleccionada para el ciclo Conexión inestable de Teatro UNAM y la Universidad de Buenos Aires), entre otras. De 2016 a 2018 trabajó como asistente e investigador en el programa "Descorche. Conversaciones con los que hacen nuestro teatro" para el Centro Nacional de las Artes.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

Lo he escuchado en los salones de clase, en las conversaciones y reclamos. Si leer es una actividad que poco apetece a algunos es porque, según dicen, resulta muy aburrida dado que no tiene los efectos especiales del cine, los colores vibrantes de los videojuegos o la experiencia física a la que nos someten tantas otras ocupaciones. Eso arguyen quienes nunca han encontrado algún aliciente en los libros, pero incluso ciertos lectores suelen reprocharles a los textos algunos defectos asociados con el tedio: detestan las enumeraciones largas (dignas del Antiguo Testamento), les repelen las palabras raras (en desuso), desestiman referencias que desconocen (pues resultan casi crípticas). Rechazan, para decirlo pronto, los obstáculos.

Entiendo que resulte sencillo asociar la diversión al ocio y la satisfacción rápida. ¿No es ése, hoy mismo, el camino más al alcance? Somos particularmente intolerantes con el aburrimiento casi al punto de desconocerlo, pues los teléfonos se han convertido en apaciguadores que nos regalan gratificaciones instantáneas. No obstante, cuando los días (más ahora que nunca) se suceden uno tras otro con una monotonía pasmosa, con el mismo sonsonete del reloj, leer esos libros aburridos tan ajenos a nosotros parece la mejor manera de acceder a un ritmo distinto que corte de tajo con la uniformidad insípida. Poner un pie en otro mundo ayuda a descansar del propio, verlo con frescura. Pensar con otra cabeza acalla ese rumor mental que se vuelve pesado si no es interrumpido por una voz diferente.

A manera de ejemplo confesaré que encuentro muy divertido husmear en los libros no literarios de épocas pasadas. Me da la sensación de colarme a donde no pertenezco, como ese reflejo involuntario que los curiosos solemos tener al asomarnos por las ventanas de una casa con las luces prendidas. Los libros viejos son tesoros para comprender otras costumbres. El Manual de Carreño (Venezuela, 1853) es una lectura inagotable, su deficiencia estriba en que no se le puede leer de una sentada, pues se corre el riesgo de experimentar ataques de pomposidad, buen gusto y refinamiento. (Ninguna de esas tres cosas se las deseo a nadie). Nunca dejará de sorprenderme que codifique con tal minuciosidad las interacciones humanas al punto de parecer, más bien, un código penal. En el apartado sobre la etiqueta del baile señala: “No es lícito a un caballero invitar a bailar a una señora con quien no tenga amistad; a menos que el afecto se haga presentar ocasionalmente a ella, en la forma que quedó establecida en el párrafo XII de la página 167”. Para aprender a ligar, el joven lector tiene que regresar sesenta páginas. Qué falta de decoro, me gustaría decirle a su autor.

Manuel Antonio Carreño advierte de los deberes morales, aseo general, arreglo interior de la casa, temas de conversación, duración de las visitas, banquetes, entierros, compostura de la mesa, juego… Incluso señala la forma más conveniente de levantarnos por la mañana: “Guardémonos de entregarnos nunca al rudo y estéril placer de dormir con exceso, y no permanezcamos en la casa sino por el tiempo necesario para el natural descanso”. Agrega posteriormente: “es signo de mal carácter y muy mala educación, el levantarse de mal humor”. Me pregunto qué pensaría de nuestros hábitos. Aún con más intriga, me gustaría saber cuáles son los textos que damos por sentados ahora y que resultarían motivo de risa o asombro para un ser humano de otro tiempo.

En los libros que parecieran condenados al hastío (manuales, catálogos, crónicas, ciencia antigua, hagiografías, tratados, gramáticas) hay una potencial lectura vívida. Permiten satisfacer la curiosidad ávida de otros territorios, se puede jugar a leerlos como si fuesen literatura. De hecho, bajo una premisa similar la magnífica Wislawa Szymborska mantuvo durante muchos años una columna de reseñas que redefinen el género mismo por su capacidad inventiva. Con el ingenio que la caracterizó, se propuso el ejercicio de escribir sobre los libros que jamás interesarían a la crítica: modelos de redacción, de divulgación científica, históricos, pseudociencia (Piedras preciosas: embellecen y sanan), diarios, superación personal (Cómo dejar de preocuparte y empezar a vivir). Más que hacer resúmenes o juicios críticos, sus textos se convirtieron en reseñas de su propio acto de leer: habla de las ideas que le detonaban, lo que le hubiera gustado que se incluyese o, incluso, boceta libros inexistentes que le encantaría encontrar alguna vez.

(En sintonía con la autora polaca, hace poco descubrí que un poeta mexicano al que admiro mucho se decidió a reseñar el máximo libro de consulta: “Esta inquietante obra titulada Diccionario de la lengua española es una obra bastante conocida, escrita por diferentes autores. En la mayoría de las ediciones el contenido está distribuido a doble columna y, aunque parezca muy tradicional en su formato, es una obra muy transgresora: no hay un orden específico para leerla, ustedes pueden pasar libremente de la página 50 a la página 324, luego regresar a la 126″).

La reseña de imaginación nos recuerda que la lectura es también un acto creativo. No sólo recibimos mensajes dictados por otro, sino que nos convertimos en interlocutores, estamos insertos en un diálogo. Leer es conversar. (Quizá por eso el ensayo, el género platicador por excelencia, se vuelve una manifestación por escrito de esa misma voluntad: no sólo absorbe, sino que crea; resignifica las voces de los otros).

¿Qué libros nos faltan por explorar y traer a la conversación? ¿Qué otros textos viven aún ocultos entre paréntesis? La mejor razón para lidiar ingeniosamente con nuestro aburrimiento es que puede devenir en un hallazgo. Hay un placer gozoso en inventar la literatura, disfrutarla como un juego; descubrir que incluso en la prosa más estéril el paso del tiempo ha comenzado a revestir a las palabras con un sutil halo de fantasía.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.
Portada Tierra Adentro ilustrada por Rosario Lucas

Acercarnos a primeras obras es siempre un misterio y al mismo tiempo un deleite, estamos acudiendo a indagaciones primigénias, cargadas de instinto y de una búsqueda real, sin los manierismos y las mañas que nos dan, algunas veces, el tiempo y la llamada trayectoria. Como lectores, siempre estamos ante una apuesta: elegir dedicar nuestro tiempo a un autor o autora con algunos libros publicados, optar por leer publicaciones canónicas u obras de autores clásicos o darles una oportunidad a los nuevos autores y acercarnos a ellos, casi sin ninguna expectativa, esta elección puede llevarnos a grandes sorpresas.

Sapos en la lluvia (FETA/2021), el primer libro de la novísima escritora Ghada Martínez, es una muestra de esto, es decir, un conjunto de cuentos cargados de instinto, pericia que sorprenden a su lector. En esta ópera prima, su autora nos presenta seis cuentos de largo aliento con paisajes en los que conviven la infancia y lo terrible que se susurra, se intuye, se guarda.

Sus personajes se contienen ante lo siniestro y casi impronunciable que está siempre cerca, en casa, en la intimidad de la familia, en los secretos. Y esta contención no es otra cosa más que la certeza de que no hay otra salida. Guardamos silencio o eso nos dijeron, para no hacer daño con una verdad que rompería con el orden establecido y lastimará al otro que nos oye pronunciándola.

Son cuentos que se narran desde diferentes voces y ópticas; la de un niño, la de una maestra, la de una adolescente cristiana, por mencionar algunas, pero en todas ellas se puede percibir la pérdida de la inocencia, es decir, nadie está a salvo en este libro.

Los vínculos de los personajes con la madre serán un hilo conductor definitivo desde el cual se desenvuelven. Son madres terribles, tiránicas, cómplices, que prefieren mirar hacia otra parte antes que hacer algo que confronte su propia existencia o rompa con enseñanzas heredadas por sus congéneres. En estos relatos, la autora desmitifica la idea de la madre santa y protectora y la hace incluso una fuente de violencia más.

No obstante, no solo la figura de la madre es puesta al ruedo, en Sapos en la lluvia, encontramos que en general, los vínculos familiares, que se nos han presentado como sagrados e intocables son sometidos al escrutinio de la narradora, para decirnos que la familia glorificada y perpetuada como un lugar seguro, no lo es tanto, dicho de otro modo; el lobo se viste de oveja en nuestro propio techo.

En estas historias, la autora también da un vistazo a los rituales religiosos y a la fe cristiana, ciega a necesidades reales, como sucede en “El vestido de los domingos”, en el que el personaje se avergüenza de la sobreexposición física y espiritual a la que es sometida.

Los ambientes en los que se construyen estas atmósferas son oscuros, sórdidos en muchas de las ocasiones. Sus personajes están perenemente sometidos al abuso sistemático y a la violencia como el pan de sus días, sin encontrar una salida o un remedio más allá de ser resilentes al maltrato. La derrota y la soledad serán denominadores comunes en estos relatos.

La autora logra incomodarnos y replantearnos el silencio y la complicidad de quien permite ser vulnerado hasta el extremo de desconocerse a sí mismo, como es el caso del

personaje central de “La madre espera” o del pequeño Arturo, el protagonista de “Caminitos de tierra”, el primer relato de Sapos en la lluvia. Ambos sometidos a violaciones e improperios recurrentes, negados a una justicia:

“Arturo sabe que si se queda quieto todo es más rápido. Cierra los ojos, aprieta los dientes y aguanta en silencio. Después de un rato Vicente le arroja el carrito azul sin una rueda y le dice que no puede contarle a nadie porque si se enteran de que es puto le va a ir como en feria. Los tres chicos salen del cuarto. Arturo se levanta lentamente, siente tantas ganas de orinar que le duele. Observa los hilillos cafés que bajan por sus muslos, caminitos de tierra y sangre seca”.

Solamente con seis relatos, porque no necesita más, Ghada Martínez, explora, asedia y somete a su lector hasta volverlo espectador, a la manera de los circos romanos, de la tragedia y el dolor que viven los otros.

Es una narradora que se permite mostrarnos la brutalidad en su forma más descarnada y pura en Sapos en la lluvia, sin endulcorarnos la violencia o el abuso con trucos literarios rebuscados o juegos del lenguaje que confundan a su lector. Y es justo esto uno de los más grandes aciertos en estos relatos: mostrar uno de los rostros más reales y por lo tanto más necesarios de narrar de la existencia humana, quiero decir, por desgracia: el de la brutalidad.

Y lejos de lo que podría esperarse a la hora de retratar barbarie y violencia, Ghada Martínez no recurre al morbo o al melodrama que podría resultar de las tramas en las que sitúa a sus personajes, por el contrario, echa mano de la lucidez y la lógica, incluso de la objetividad a la hora de relatar la crudeza de las vejaciones que sufren, que prefieren contener.

Sapos en la lluvia, es un libro perturbador, pero también que nos da la posibilidad de confrontar nuestra realidad con la otredad, la desigualdad de libertades e incluso nos plantea y nos invita a salir de nuestra zona de confort para descubrir panoramas nuevos en nuestra literatura mexicana, cada vez más poblada de libros de escritoras jóvenes, ambiciosas y arriesgadas como Ghada Martínez.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Portada Debolsillo, Mantra de Rodrigo Fresán

El lugar donde transcurre la novela Mantra de Rodrigo Fresán ya no existe. Probablemente nunca existió. El Distrito Federal, la Ciudad Monstruo que puebla las páginas del monstruo del autor, ha desaparecido. Ahora está ocupada por otra urbe con la que comparte la misma mitología, el tiempo y el imaginario: la CDMX. Y ambas transpiran el mismo pasado fantasmal: otra ciudad, la antigua Gran Tenochtitlan.

El autor de Mantra no existe ya, el editor tampoco. Esta obra fue ideada en Barcelona por un español: Claudio López Lamadrid, quien falleció en 2019. Le encomendó la tarea de hacer un fresco de las dimensiones de un Guernica a un argentino autoexiliado en Cataluña. Digo que el autor de Mantra ya no existe porque fue un prototipo que se utilizó en un solo experimento. Tal fue su misión, y luego desapareció. Y así entre estos tres elementos que ya no están con nosotros, el Distrito Federal, el autor y el editor, Mantra a 20 años de su publicación ha alcanzado su cenit: es una aparición espectral.

Por sus primeros cuentos, por Esperanto y, por sus múltiples artículos, se sabía que Fresán eran un gringólogo consumado. Escritores, series de televisión, músicos: el pedigrí gringo del autor es inconmensurable. Lo abarca todo, desde autores desconocidos, hasta las grandes leyendas, pasando por un conocimiento de la cultura rock que reverencia por encima de todas las cosas a Bob Dylan. Pero nadie sospechábamos que con ese Fresán gabacho conviviera en el mismo cuerpo este otro aspecto: el mexicano. Su conocimiento de lo mexa es tan deslumbrante que pareciera que ha vivido varias vidas, todas en México. Como una especie de revancha del karma que lo obliga a reencarnar siempre en este país.

Desde su portada, la foto de un niño con una máscara de luchador, Mantra ejerce su poder de seducción. La Lucha Libre es una parte central de la vida emocional de este país. Antes que la figura del narco fuera admirada por los oprimidos, era El Santo, el Enmascarado de Plata, el héroe que todos los mexicanos idolatraban. Partiendo de una imagen, cuya carga simbólica es doble, la foto que como la magdalena de Proust dispara la historia, y la del niño como un homenaje a los álbumes de barajitas de luchadores, conocemos a Martín Mantra, hijo de dos actores de telenovelas, otro fantasma que carga una pistola.

El viaje de la Ciudad de la Furia a la Ciudad de la Transa, con escala en Barcelona, lo hace Fresán enmascarado. Y es el súper poder que le otorga el ocultar su identidad lo que le permite escribir la mejor novela sobre la Ciudad de México de los últimos 25 años. Quizá sea verdad eso de que hay que alejarse un poco de las cosas para poder observarlas más detenidamente. Pero Mantra también produce el efecto de que Fresán es más mexicano que una lata de jalapeños de la Costeña. Pareciera ser que él siempre ha estado en México. O que México siempre ha estado en su interior. No es difícil imaginarlo de niño, sentado un domingo por la mañana frente al televisor viendo En familia con Chabelo.

Mantra es un experimento, es una parodia, es un homenaje, es una carta de amorodio a la Ciudad Monstruo. Es la ciudad que él inventó. De la vida que él se inventó para sí mismo. Porque queda claro que Martín Mantra es un alter ego de Fresán. Es un largo, larguísimo viaje de peyote en el que él vislumbró su vida como si hubiera sido mexicano. Y las visiones de este viajezote son el auténtico jardín de las delicias chilango. Mantra es como el mole. Una bomba para el estomago, pero al que no podemos resistirnos, aunque sepamos que al día siguiente las agruras nos estarán matando. No lo perdonamos. Y hasta nos dobleteamos.

Mantra es una reencarnación en sí misma, en la que todo cabe: Cortázar, vampiros aztecas, el metro, los Godínez, los vendedores ambulantes, las estatuas de Reforma, los hoyos fonquis, Burroughs, Rulfo, Comala City, López Tarzo, y un largo etcétera que se va desdoblando por las páginas de este platillo servido a rebosar. Que a cada bocado te hace repetir con fascinación. La primera reencarnación es el mismo Martín, la segunda el mundo de los muertos, en el que Rulfo se revela como el Santo Patrono y máxima autoridad en la materia. Y por último la presencia de ese otro santo maldito que fue William Burroughs. Momento en el que Fresán se quita la máscara para sacar a bailar su lado más beatnik.

Y es que, si Chabela Vargas es mexicana, el Tío Bill lo es también. Y no podía faltar en ese platillo la presencia del perpetrador de uno de los momentos más locos de la historia de la literatura: el asesinato de su esposa. Porque esas cosas sólo suceden en nuestras tierras. Esos episodios llevan tatuada la leyenda Made in Mexico. La misma Mantra sólo pudo ocurrir aquí. Narrada por un escritor que no existe, editada por un editor que ha muerto y desarrollada en una ciudad que dejó de existir, pero en la que en su actual reencarnación todavía se encuentran los tacos de tripa bien dorada más chingones y sabrosos del universo.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.