temblor de aproximaciones
José Carlos Becerra
Uno de los avatares del héroe romántico es el nómada, el viajero que se busca a sí mismo, o construirse en el camino.
«El testimonio más importante y el más penoso del mundo moderno, aquel que reúne tal vez a todos los otros testimonios que esta época se encuentra encargado de asumir, en virtud de quién sabe qué decreto o de qué necesidad (pues también ofrecemos testimonio del agotamiento del pensamiento de la Historia), es el testimonio de la disolución, de la dislocación o de la conflagración de la comunidad».
Quince años después de la publicación de Nadie me verá llorar, creo que sería poco menos que innecesario explicar quién es Cristina Rivera Garza, no al menos en su papel como una de las novelistas más relevantes de los últimos años en la literatura mexicana; novelas como la ya mencionada Nadie me verá llorar, Verde Shangai o El mal de la taiga han tenido una respuesta favorable entre lectores, críticos y una porción importante de la academia mexicana y estadounidense.
Cada calle es una calle sola sin otras que a simple vista la crucen por amenazantes, son pocas y bien largas, lo suficiente para huir a tiempo si vivís justo en el medio de una calle que está en una manzana larguísima equivalente a tres cuadras y escuchás el ruido de los invasores o de los que quieren deportarte, llevarte a una guerra matarte de frío, de hambre, de venenos buscarte para ir a lugares desconocidos que tienen demasiadas calles, tres calles donde en las colonias hay una sola, con el número correspondiente de esquinas por donde doblan y pueden acceder rápido a todas las casas robar chicos, secuestrar comida, usurpar violar a las rubias, rayar los pisos, desparramar las piedritas, arrastrar macetas romper los jardines y las verjas pintadas.