Antes que nada me es necesario hacer una aclaración inicial: soy homosexual, crecí en un ambiente rural del norte de México a finales del siglo XX, hijo de jornaleros, estudié Historia en la universidad pública de mi estado (toda mi vida académica ha sido en instituciones públicas); opto por la enunciación en primera persona para señalar que soy yo quien afirma —y líbreseme de caer en tentación de una falaz objetiva voz pasiva—.
Caminamos por las calles de la Alejandría de hace un siglo, a nuestro paso la nariz se inunda con la fragancia de las especias —cúrcuma, canela, azafrán, romero— y a nuestros ojos el colorido de las telas y de los tapices en las tiendas, las conversaciones a veces a gritos nos abruman, incluso las que son pronunciadas en los cafés, cuyo aroma también nos embriaga, sobre todo, lo que nos hemos de encontrar es con la diversidad de rostros alejandrinos: los jóvenes estibadores y vendedores griegos embutidos en sus raídos trajes, los trabajadores egipcios, los turcos, también es posible encontrar en el trajín de las calles gente de Europa occidental, sobre todo los funcionarios ingleses—no hace mucho también se veía a soldados británicos—, pero también franceses e incluso italianos.
En 1968 la Academia Sueca decidió otorgar el Premio Nobel a Yasunari Kawabata “por su maestría narrativa, con la cual expresa con gran sensibilidad la esencia de la mente japonesa.
A la memoria de Enrique Servín
En 2005, en un café del centro de Chihuahua, escuchaba a Enrique Servín; los cafés se nos enfriaban mientras toda nuestra atención estaba en su voz y las imágenes que recreaba.