Alondra
ESTO SOLO LO SABE QUIEN PUEDE LEER EL INTERIOR DE UN HUEVO
Yo sé que todo lo que dice mi abuela es verdad.
Su verdad es la verdad de todas las abuelas.
Palabra universal, micelio debajo de las breñas.
Tembloroso y desatado andaba con mis primos en el
monte de don Silvino Cásares,
parecíamos una parcela de ratones flacos.
Traíamos las patas chuecas, con garrapatas y tierra negra,
una cosa de locos.
El Topollín y el Humberto sacaron una navaja dizque
pa zafar las yacas,
nos dijeron a la Alondra y a mí que les echáramos las
aguas,
pero cómo me iba quedar callado nomás de ver la
navaja pichera,
una cosa enjuta y débil, digna de cuatro ratonzucos
guangos.
No cabe duda que la fantasía es recia, una cosa brava.
Y ese era nuestro pan de cada día, verdad de Dios que sí.
Vi a lo lejos un hombre peludo que se acercaba.
Alondra no vio nada. Esa está más ciega
que un bebé recién parido.
Pues que volteo y los chamacos no se veían.
Ya iba ir a buscarlos, pero Alondra me dij o
que el Kiwíkgolo me iba a perder.
Así hace, te da vueltas en el monte hasta que sientes
que ya te tronó la nuez, entonces te
tumba y te vomitas y ya.
Le caemos mejor los que olemos a niño.
Hay señores a los que sí les da la cara, pero los pierde
hasta dentro de varios días.
Y para encontrarlos las abuelas tienen que hacer un
altar,
abrir un hueco en el aire, meter la mano, mucha
oración,
sahumar la ofrenda, curar con aguardiente.
Yo una vez quise curar, pero se me torció el hocico en
un escupitajo.
Acabé tatemado y todo tieso.
Se me olvidó dormir por muchos días.
La Alondra sacó un pedacito de mezonte y un
chocolate.
No sé pa qué trae esas cosas. Aparte de ciega está
medio tonta.
Abrió una boca entre las plantas y metió la mano.
Yo creo que la Alondra es una bruja,
así como mi abuela y todas las abuelas.
Una niña vieja con orejas de animala.
Vuelta caída de cascada, creer una vez no es suficiente.
Discurrir adentro de un vaso, en el pensamiento grácil
de una rama,
a cada minuto con la sombra de la mano.
Así descubren ellas los secretos del mundo.
Así encontraron al Topollín y al Humberto,
con el alma de una idea hecha cascajo.
Yo creo que el señor peludo se los llevó y encontramos
ranas de aguas claras.
Estos ya no se parecen a mis amigos,
estos tienen cara de palo.
Dos pozos negros me persiguen alrededor de mis ojos.
Hay noches en que dejo de asomarme un rato
y oigo las piedras regresar desde el nacimiento del
agua.
Escucho a la perra ladrar a un lado de mi cuerpo.
Gruñe. Se están atacando.
Unas gotas me salpican por detrás.
Su aliento está aquí, pasan su lengua por mi oreja.
Mi perra llora, creo que a ella también la han
lastimado.
Regreso corriendo hasta el vacío de mis pupilas.
No duermo, dormito, con una vela encendida en la
esquina del cuarto.
Dormito en una cama a un lado de mi padre, de mi
madre, de mis cuatro hermanos.
Ojalá pudiera pegar bien el ojo, pero apenas dejo de
asomarme en este otro lado, siento
clarito cómo me hacen manzana
y el viento me mece en la punta de un árbol.
Se esparcen mis semillas más allá del suelo.
Estoy seco, pero siguen recorriéndome los gusanos.
Quiero dormir liviano, como si no me doliera nada.
Me salieron muchos pelos en todo el cuerpo.
Tengo miedo de volverme uno de ellos.
Odio a mi papá y a mi hermano. Odio que lleguen a quitarse los zapatos y apesten toda la casa. Odio que les hieda el hocico y nunca se lo laven. Odio que nos quieran ordenar todo el tiempo como si fueran los reyes del puto mundo. Odio que apesten a muerto y sigan vivos. Odio que no levanten su plato. Odio que tengan la última palabra. Odio que la carne siempre sea para ellos. Odio que les moleste vernos llorar y debamos quejarnos a gatas, susurrándole a la pared del baño. Odio sus voces. Odio que opinen. Odio sus oídos ríspidos sordos. Odio que se piensen superiores a nosotras. Odio que me metan el dedo a la oreja. Odio que insulten a mamá y se sientan con libertad de hacernos lo que sea. Odio que mamá les sirva. Odio que mamá coma al final y siempre las sobras. Odio que mamá crea que esto que sucede es amor.
Isla de lumbre. Así vivo, aquí. No puedo tener un hijo de mi padre. Nada de lo que hacemos le gusta a Dios. Hay coralillos que bajan por mi cuello a mitad de las palabras. En el metate perejil y canela. La masa oscura y tibia entró en mi cueva. Mi madre llegó con agua de ruda y albahaca. Sobre el piso de la entrada caminó un escorpión. Había permiso. Ella llegaría pronto para sacarme las entrañas negras. Una nube que descendió. Pasa entre las velas. Mi niño es una minucia, lo sentí como un amanecer naranja. Jugó varias tardes entre mis huesos. Pez en el universo. Ahora es alimento de dragón. Todavía lo veo en sueños. Ella está detrás del lago y carga a mi hijo. Se lo come como una loba al cabrito. Y es que sus huesitos son tiernos y su brillo grano de girasol. Estoy bañada de nuestra sangre. Despierto cada día y mi vientre está hueco. Dice mi mamá que esto pasa siempre. Que a cada año le toca la ofrenda en una familia diferente y ahora nos tocó a nosotros. Que así tendremos intacta la cosecha y a nuestros animalitos. Voy a enterrar en el jardín una parte de mí. Ojalá en algún lugar de la tierra florezca mi sonrisa, aunque pasen muchos años y yo no la pueda ver. Si pasa lo sentiré. Delgadez de alga entre las medusas. Amaneceré en otra vida desnuda, durmiendo debajo del lago. Mi hijo tendrá una canción aprendida en su boquita. Será del tamaño de una nuez. De eso estoy segura.

“Alondra”, Ana Basilio. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025. Disponible aquí




