Tierra Adentro
Fotografía de Mao Tse Tung, 1963. Archivos Nacionales de los Países Bajos. Dominio público.
Fotografía de Mao Tse Tung, 1963. Archivos Nacionales de los Países Bajos. Dominio público.

a mi abuelo Genaro

 

Una vez vi a los ojos a Mao, ¿te he contado? Nos vimos, de hecho. Tuve una oportunidad y la tomé, días después estaba parada sobre la plancha extensa que es la plaza de Tiananmén, en el centro de Beijing, al Sur de la Ciudad Prohibida, al Norte del mausoleo de Mao Tse-tung, al Este de Europa y al Oeste de casa. Y Mao me miraba desde su imagen colosal. Años después quiero entender quién fue Mao.

Cargo su libro rojo con la esperanza que entre en mí el maoísmo por puro contacto físico. Pero no entra nada. Más que el color rojo. Y una estrella.

Paso las páginas, las palabras las entiendo, también los conceptos, sin embargo, me pierdo entre ellas, no logro entender de inmediato de qué va el maoísmo; yo, otra víctima más de la era de la inmediatez, desespero, desisto. Acudo a otra herramienta de investigación: la entrevista, le pregunto a quien se deje qué sabe de Mao; que si lo ha leído, que qué es lo que se le viene a la mente cuando oye de un tal Mao Tse-tung.

Uno que vende libros viejos en Pino Suárez me habla del culto a la personalidad, y aventura alguna comparación con Andrés Manuel; una amiga me recomienda ver La chinoise de Godard; mi papá me atiborra de libros color rojo y me dice que vale la pena leer su ensayo Sobre la contradicción; mi mamá dice que mi abuelo, ferrocarrilero sindicalizado, comentaba sus lecturas en la sobremesa, leía a Mao y, también, por curiosidad, leyó Mi lucha; finalmente, una historiadora muy querida me recomienda un artículo sobre marxismo maoísta, del cual, a resumidas cuentas, deduzco que escribir un ensayo sobre Mao es un reto mayúsculo. Así que haré como Mao, lo intentaré con toda mi fuerza de voluntad y de convencimiento, aunque en el camino incurra en errores trágicos, de los que aprenderé al paso de las décadas. Éste, mi primer intento.

El libro rojo de Mao se encuentra en casi cualquier librería de viejo, en realidad son varios, distingo dos: el de las Citas del presidente Mao Tse-tung y el de Cinco tesis filosóficas de Mao Tse-tung, uno de los libros de mayor tiraje en la historia de la humanidad, corriendo parejas con la Biblia. Durante la Revolución Cultural, los integrantes de la guardia roja lo llevaban como amuleto en sus bolsillos, mientras recorrían China derrocando, con violencia, las viejas tradiciones, para dar paso a una nueva China, la maoísta. Entre sus páginas afloran palabras firmes, ideas contundentes: partido, movimiento de masas, pueblos y naciones oprimidas, práctica, heroísmo revolucionario, la ley de la unidad de los contrarios, lo viejo y lo nuevo, acción y reacción, contradicción.

Sobre la portada del libro tamaño pocket, las yemas de los dedos recorren la imitación de piel roja —probable plástico— y los relieves dorados que enuncian el nombre del famoso mandatario, que no sólo revolucionó a su país, también impuso moda, dejando su nombre para un tipo de cuello que antes llamaban mandarín.

Mis dedos se detienen en el relieve de la estrella que brilla minúscula bajo el nombre de Mao. Es satisfactorio que el libro quepa en mi mano, fácil de asir, práctico para leer en movimiento, cargar en el bolsillo y asomarte a las palabras, palabras firmes dijimos, por decir alguna cosa.

Es difícil la lectura, yo dispersa, impaciente, contradictoria, dispersa de nuevo: “debería leer a Marx y Engels”, pienso errante entre las letras. Abro el Manifiesto comunista, me brinco siete prefacios y aterrizo en una frase que se queda dando vueltas en la cabeza y en algún rincón del cuerpo. Que hay un fantasma que recorre Europa, dice, que el fantasma del comunismo, dice. “Fascinante”, pienso. Simplemente me parece un gran inicio. Por supuesto, no sigo mucho más, mi mente ya está atrapada en historias de fantasmas. Y pienso que un fantasma, quizá, es el que me llevó de la mano hasta la imagen descomunal de Mao, que se sostiene impasible sobre el portón sur de la Ciudad Prohibida, abarcando con su mirada paternal la vasta extensión de la plaza de Tiananmén, hasta la lejana visión del mausoleo en el que reposa su cuerpo momificado.

Yo, una turista más, un poco anticuada para el 2018, cargando con mi guía de China editorial Lonely Planet, que parece más un instrumento de defensa personal que un libro cómodo para el viajero; habría sido más cómodo llevar las citas del presidente Mao, menos útil para moverme entre las calles de China, pero sí mucho más práctico; y eso, la práctica, importa.

Debe existir una palabra que se me escapa para nombrar eso que sentí al detenerme frente al retrato de Mao en la inmensidad de Tiananmén, observada meticulosamente por dos postes atravesados por aproximadamente quince cámaras cada uno, apuntando a cada rincón posible de la plaza y de mi cuerpo. Sentí algo que se asemeja al asombro, también al miedo. Parada ahí, sola, abrazada a mi guía, bajo la mirada serena de Mao, pleno en su habitar de imagen eterna, detenido para siempre en el instante de la emisión de luz que lo capturó; mirando frente a sí pasar todo: masas, pueblos, escoltas, práctica y contradicción, más escoltas, turistas, estudiantes enfurecidos, tanques, eslóganes pro democracia, turistas de nuevo, olvido, silencio.

En el verano de 1989, Mao, desde su apacible retrato, vio cómo estudiantes de la escuela de artes de Beijing erigían la estatua de una diosa que nombraron de la democracia: una mujer de espuma y papel maché de aproximadamente diez metros de altura, con el cabello en pleno vuelo y una antorcha entre ambas manos, un símbolo de esperanza de una lucha que al poco tiempo se extinguiría. La diosa lo miraba a los ojos y en su encuentro de miradas afloraban las preguntas, también las contradicciones. Sus miradas coincidieron por poco tiempo, puesto que en menos de una semana, tanques y militares del Ejército Popular de Liberación arrasaron con la multitud de manifestantes y con la estatua misma, dejando una cifra silenciosa de muertes que pasarían a la historia como una omisión fundamental en el entramado histórico contemporáneo del gigante asiático.

La diosa jamás volvió, poco a poco llegaron las cámaras, las mismas que me analizaron, que analizan a toda China, para que cualquier detalle que se le escape a Mao, no pase desapercibido por los ojos mecánicos y escrutadores que vigilan las calles de las grandes ciudades de China, sus carreteras y sobre todo a cada habitante que no escapa de la escrupulosa vigilancia del famoso gran firewall de China (Great Firewall of China), el sistema que filtra el tráfico de la red, regulando el contenido y las búsquedas de toda la población china.

Un fantasma recorre China, el fantasma del maoísmo.

Entiendo, mientras escribo, que algo que no alcanzo a vislumbrar aún, me impide acceder al enigma de este fantasma. Una suerte de contradicción burguesa: nieta de un ferrocarrilero, orgulloso de serlo, pero obrero al fin, proletario; y yo, ahora, una pequeña burguesa, que reflexiona sobre la injusticia social mientras come un pollo agridulce en el restaurante chino de su barrio privilegiado. Es contradictorio incluso el pollo: es dulce, también es agrio.

Lucha de clases, opresores y oprimidos… viejas palabras. Lo viejo y lo nuevo se encuentran. Y la contradicción siembra una semilla de conciencia, un acertijo que, verdaderamente, está en chino. La mirada de Mao, viéndome mirarlo, me hace una invitación, quizá un llamado. Y el pollo -más dulce que agrio- transita en digestión progresiva entre mis vísceras. Tal vez, un día, sabré escribir un ensayo sobre maoísmo.


Autores
(Ciudad de México, 1993) Dramaturga, directora de escena y docente. Tiene la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Fue ganadora del Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niños, Niñas y Jóvenes “Perla Szuchmacher” 2021, por su obra Oppa, y del Premio Nacional de Dramaturgia Jóven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo” 2023, por su obra Sobre el sonido de un derrumbe. Desde el 2014, con su compañía La voz de las cosas, ha dirigido y adaptado obras de teatro para público jóven y adulto; así mismo se ha especializado en el trabajo y diálogo con jóvenes audiencias, desde la docencia en nivel secundaria, hasta su participación en diversos eventos de difusión cultural entre niñas, niños y jóvenes.