Tierra Adentro

TODO, ya lo saben, fue una cosa seria que pasó e hizo que la Tierra habitada cambiara tanto que ya no quedaron espacios grandes, verdes o grises, donde alguna autoridad constituida quisiera o pudiera poner nada que cualquiera llamaría frontera y en la que pudieran elegir vallas o poner alambradas electrificadas. Pues nada de eso. Ahora los países son parcelas cubiertas, como si fueran grandísimos almacenes, y cubiertos. Eso de que un país estuviera presumiendo de su espacio aéreo y fuera capaz de emitir señales amenazantes de radio a los que lo violaran terminó cien años después de la muerte de un lidercito con un cuello escaso llamado Kim Jon Un. Aquel líder enano tuvo tanta fama que la unidad de medida de la tolerancia cero recibió su nombre, o casi: kimjonun. Fue la manera en que se creía que quien tuviera la tolerancia de un solo kimjonun era un santo, alguien que hablaría de paz, aunque un tercio de su país estuviera anegado con orina de sus enemigos.

Decíamos que los países ya no eran tales, sino parcelas que las autoridades y los ciudadanos tuneaban a medida, siendo un común denominador de ellos el que todos estuvieran cubiertos. Se había perdido la memoria de cómo se había decidido el tamaño de las parcelas de los países, o bien aquello era una verdad tan conocida que causaba tanto sarpullido, que la mayoría de los dirigentes se abonaron a la amnesia general, hacer como si la decisión de parcelar el resto de las consecuencias del TODO hubiera ocurrido en tiempos inmemoriales. Habría que recordar que precisamente lo que se llamó TODO estaba bien estudiado, siendo uno de sus predicadores, porque predijo que aquello pasaría, un escritor gabonés que había desarrollado sus teorías en un libro delgado titulado Panga Rilene.

Hablando de aquel escurridizo autor, que fue contemporáneo del ya mencionado Kim Jon Un, se cree que si no se hubiera parcelado el mundo pertenecería a un país enano llamado Equatorial Guinea, país que se extinguió o fue disuelto durante la parcelación, y por lo pusilánimes y apáticos que habían sido sus habitantes. Entonces, y también porque eran escasos en número, y no tenían producciones científicas de relevancia, fueron repartidos entre Gabón y Sri Lanka. En la actualidad muchos nativos de la antigua Guinea estarían en la parcela de Gabón, el único país que se atrevió a meter una manada de elefantes en su parcela, y otros estarían en una zona en que sus nativos verían una vaca y harían la señal de la cruz, porque allí se había dictado que la vaca era sagrada desde hacía siglos. Claro, la señal de la cruz sería una forma de implorar la ayuda divina para no dar festines con tanta vaca suelta y hacer de aquel país alargado, Sri Lanka, el hogar de Pantagruel.

En tiempo de la parcelación, la identidad nacional se mostraba en la forma en que habían tuneado sus países. Vanuatu, por ejemplo, tenía forma de riñón, un hecho del que estaban muy orgullosos, aunque no estaban seguros que sus habitantes lo habían sobrevolado, sentando la teoría de que creerse el cuento de que su país tenía forma de riñón era una forma de practicar una religión. Lo que sí se sabía, era que los países fronterizos con la coqueta Vanuatu se quejaban ante la Autoridad Itinerante porque sus sinuosos bordes no permitían que las fronteras fueran rectas, así que no era tan fácil decidir cómo poner los mojones políticos que marcaran las lindes nacionales. Ante semejantes reclamaciones, la autoridad suprema de Vanuatu respondía que lo que debía definir los países en la era posterior al TODO era la imposibilidad de que cualquier líder reclamara o acusara a otro de la invasión de su espacio aéreo, pues cubrir los países no había sido un capricho salido de la manga de cualquier gurú. Pero sus vecinos, erre que erre, reclamaban bordes rectos, quizá para recordar que en algunas fronteras del pasado había habido alambrada de espinos para disuadir a los que venían del oriente o del sur. De hecho, en las oficinas de la Autoridad Itinerante había funcionarios, se decía, cuyo único motivo de existencia era el tratamiento del tema Sur, como si fuera una prioridad, habiendo otros cuyo interés en exclusivo era Oriente. Como los temas de interés de la Autoridad Itinerante eran oscuros, o desconocidos, no se conocía el cometido concreto de los funcionarios que fungían bajo la rúbrica de uno u otro cardinal punto, pero existían.

Como resultado de aquella parcelación, que no había sido nada más que asignar territorios a los grupos humanos que representaban o se hacían depositarios de los sentimientos de los países existentes antes del TODO, México compartía bordes, o era vecino, de Irán. Pero los nativos del México, que habían desarrollado una especial forma de ser, existían creyendo que Irán, el país vecino, estaba muy atrasado, así que sus habitantes eran, como poco, unos tarugos. Quizá aquella apreciación llena de prejuicios tenía que ver con el carácter especial de su gente, y por unas condiciones geográficas que le otorgaban aquella peculiaridad. Se decía, o se sabía a ciencia cierta, que Irán era uno de los pocos países cuya extensión no se limitaba al espacio recibido luego del reparto, sino que el país tenía un subsuelo tan desarrollado que se podía decir que tenía las dimensiones de un país doble. Quizá sea por aquello que en Irán regían dos husos horarios distintos, uno para lo que se veía y el otro que regía sobre los moradores y todas las actividades que se realizaban en aquel segundo nivel. No estaba claro de si había algún consenso de cómo se había llegado a aquel resultado ventajoso para aquel país, o el desconocimiento era la nota imperante.

Lo que sí era del conocimiento de muchos, dado por sentado que era la comidilla de los mexicanos, con los que el país duplicado compartía frontera, era que en Irán celebraban cada año el Día del Partido. Era fiesta nacional, así que de celebración obligatoria. Por aquello, los vecinos mexicanos decían que sus vecinos eran unos topos alegres, pero avergonzados de ello, de ahí que necesitaran esconderse. Aquella apreciación tenía que ver con la existencia del segundo nivel habitable del país. Pero lo que desataba la mofa de los mexicanos era la naturaleza extraña del Día del Partido. Ocurría que en el día de aquel nombre, todos los iraníes, juntos o de manera individual, reservaban una hora para seguir precisamente un partido de fútbol que se jugó durante el mandato de un dirigente llamado Ronald Reagan, de aquello hacía muchos siglos atrás. El hecho que hizo que consagraran aquella efeméride tenía que ver con que, en aquel partido, el país se enfrentaba a otro que no fue parcelado con el mismo nombre, pero que en el pasado se llamaba Estados Unidos. Pues en el Día del Partido precisamente se retransmitía aquel partido, en el que Irán venció por dos goles a uno, y estos celebraban como si el partido estuviera siendo televisado en directo.

Ocurrió que las risas de los mexicanos devinieron en llanto, y por esto arreciaron las quejas cuando observaron que el jolgorio, en cualquier forma posible de celebrar esta alegría, pudiendo ser gritos desaforados o improvisadas coreografías golpeando el suelo para celebrar los goles vistos hasta la saciedad, causaban pequeños sismos que se sentían con cierta intensidad, y con ciertos efectos no deseados, en casa propia, en México, y plazas. Decían, además, que los efectos eran tangibles en el lado mexicano por la respuesta festiva del segundo nivel, precisamente el de los topos que antaño recibieron epítetos peyorativos. “No puede ser”, decían los mexicanos, “que por algo que creíamos que era una broma vamos ahora a padecer un terremoto, aun sea de magnitud cero”. Lo que parecía que ignoraban, y era porque se dejaban llevar por la desesperación, o porque no era para ellos tan fácil abandonar la vena cómica, era que si la magnitud del sismo fuera cero nadie lo notaría, sobre todo si estuvieran adormecidos en el recuerdo del tequila, una bebida que se había prohibido cuando una destilación casera causó una explosión que mostró las vergüenzas del país entero.

Todo lo que pasaba entre México e Irán, los sentimientos encontrados o los desencuentros habidos, eran del pleno conocimiento de la Autoridad Itinerante, llamada en muchos sitios “la pisada del elefante”. Ocurría que aquella autoridad tenía miembros reconocibles y se sabía que estos bípedos de carne y hueso se habían asentado en el área geográfica del antiguo Amazonas, mítico río que se había convertido en un gran lago de tamaño superior a muchos países parcelados juntos. Al haberse producido este hecho de convertirse en lago, mucha de la flora y fauna que existía alrededor había sido engullida o arrasada por las impetuosas aguas. De hecho, la parcelación de los países fue una de las consecuencias de los efectos devastadores de la degeneración del Amazonas. Fue a partir de aquel hecho, o su consolidación progresiva, que la Autoridad Itinerante se instaló allá, con el intento apenas disimulado de controlar aquel proceso de “lacustrificación” y obtener beneficios de la naturaleza circundante. Aquello que se llamó “la pisada de elefante” era la manifestación de sorpresa por el hecho de que, siendo reconocibles los miembros de aquella autoridad, su presencia no se producía en la forma convencional de hombres o mujeres que interactuaran con nadie, sino que su aparición se manifestaba como la de un cortejo montado sobre varios paquidermos que, en aquel caso, habían adquirido la capacidad de la levitación, aunque los efectos de sus pisadas, acompañadas de vibraciones de diversa intensidad, se notaban en todo el espacio inmediato. Aquello no era solamente teletransportación, sino que la presencia virtual era evidente, a veces molesta.

Se creía que, aparte de las actividades para tener un control aceptable sobre el Amazonas, había un equipo de científicos de la Autoridad Itinerante que se dedicaba a producir lluvias artificiales, aprovechando el entorno húmedo del Amazonas, río del que se decía, pero no precisamente en voz alta, que tenía un gemelo debajo, de la misma manera que Irán tenía su doble en una parte oculta que causaba el desvelo de los mexicanos.

Aparte de los problemas que tenía por su vecindad con Irán, México era un país-parcela que había luchado por mantener su singularidad, sea cual fuere lo que aquello significaba e implicaba. Era, por ejemplo, uno de los países que, de cuando en cuando, abría la techumbre que lo cubría, exponiéndolo a la incertidumbre de un espacio exterior hostil, contraviniendo los consejos de la Autoridad Itinerante. Cuando la inercia anímica se hacía simultánea, acordaban abrir el techo a la intemperie y exponer al país a como diera lugar. Para aquella empresa empleaban a doce mil personas que, reunidas a una hora determinada, prestaban y aunaban su esfuerzo para mover las mamparas que constituían el techo patrio. Situados todos a cierta altura se hermanaban para lograr un objetivo que se había convertido para todos en ritual. No se sabía con certeza lo que conseguían exponiendo su país a los peligros de un exterior cada día más hostil. Se creía que, con su país abierto al cielo poluto y plomado, aprovechaban aquellas alturas para pegar tiros con sus armas, las mismas que no se sabía que existían, en una actividad que los reconciliaba con un pasado añorado en que pegar tiros formaba parte de su cotidianidad.

Se decía, además, que aquella actividad, o el resultado simple de abrir las puertas, generaba un montón de hollín, sin embargo, no se podía decir que eran los efectos naturales de aquellos disparos o de la apertura de puertas, por más oxidadas que estuvieran tanto las puertas como las armas de los reunidos. La dificultad para hacer una afirmación certera sobre aquella realidad hizo que se empezara a decir que aquel hollín no era el producto de las actividades mencionadas, sino que circulaba de antes. De hecho, se decía que aquel hollín era considerado como las cenizas de San Judas Tadeo, patrón de emprendedores voluntariosos, siendo un material casi venerado por los paisanos. Estaba claro que había mucho de imperceptible en todo lo relacionado con la apertura de las puertas cenitales, como la profusión de disparos con armas que no se sabía que existían. Del hollín-ceniza de santo se decía que podría no ser lo que se decía que era, sino algo más sustancioso que los elevaba a un estado de ser que justificaba precisamente el estado de ánimo colectivo.

Los mexicanos, teniendo a Irán por vecino, eran muy peculiares en la forma de ser. En ese tiempo en que la forma predominante de hablar era en binario estricto, en México, cuando no se centraban en hacer mofa de Irán, o en las quejas anticipadas por las consecuencias de la celebración del Día del Partido, cultivaban la idea de que no había habido tanto esfuerzo por defender el legado de Don Hernán, así que abonaron al uso del latino estándar, esta forma de hablar que les permitía formar frases como “quiero un vaso de tequila, carajo”.

Los asiduos en el uso del latino sacudían a veces la cabeza y decían que había sido un milagro que se hubieran librado de Falafai, aludiendo al pasado que los había hecho ser vecinos de aquel país llamado Estados Unidos de Norteamérica y, después, América Simple. Decían que si con Irán padecían ahora los sismos cada Día del Partido, lo que habían vivido siendo vecinos de América Simple había sido peor, obligados a perfeccionar el arte del lanzamiento de gargajos para mancillar a los peatones de marchas forzadas de lo que se conocía como América Mixaco, aquellos que dejaban sus países porque habían oído por las radios que en América Simple se vivía mejor, algo que nunca fue demostrado, y si no que se lo digan a los defensores acérrimos de Don Hernán.

En aquellos años, trescientos años después de la muerte de la única mujer que ocupó la presidencia mexicana, estaba en la silla presidencial un tal Machado, mandatario que no se dejaba ver, y no por una severa bizquera que padecía, sino porque no quería que se especulara con que era un devoto seguidor de los defensores de Don Hernán, y de ahí que fuera hablante del latino estándar. Alguna gente juiciosa decía que no tenía sentido que un mandatario hablara el binario que tanto les eñoñecía y que dejaran de dar la lata con aquel asunto. Más tarde se empezó a decir que había una razón detrás de la práctica colectiva de abrir el techo: cada día aumentaba el número de los seguidores de Don Hernán, entonces el número de hablantes del latino estándar aumentaba, hecho que contribuyó al sobrecalentamiento de los servidores que los conectaban con el exterior y con la Autoridad Itinerante. De estas consecuencias se aliviaban abriendo el techo. Como se vio, el abandono paulatino del binario simple trajo unas consecuencias inesperadas, una de las cuales fue la explosión de un teléfono de un mexicano seguidor de Don Hernán, del que se sabía que tenía contacto con unos terraplanistas que vivían fuera del techo. Fue un hallazgo que sorprendió a todos, pues se sabía que había una gente casi forajida que vivía fuera de las parcelas, pero no se sabía que habían llegado al extremo de saber justificar su estilo de vida. Y fue que aquellos terraplanistas decían que durante siglos habían sido blanco de mofas de todo el mundo porque, entre otras cosas, defendían que una cubierta como los techos que cubrían los países era lo que protegía la Tierra, evidentemente plana, y que ahora que se había demostrado la veracidad de sus ideas, sólo volverían al redil comunitario cuando les dieran la razón de manera pública.

Mirando una posición imparcial no se ve con claridad que tuvieran razón, pero este relato es la historia de ellos, que será desarrollada en las próximas lunas. Ah, en México no podían dejar de ver la luna, aunque el cielo estuviera cenizo e impidiera el lucimiento de la hermana pequeña del sol.

Debía haber más razones para estar abriendo el techo.

Malabo, 9 de julio de 2026.


Autores
Juan Tomás Ávila Laurel (Malabo, 1966) hizo una transición desde el mundo de los cuidados médicos, es enfermero de profesión, al mundo de la literatura, aunque la poesía siempre estuvo ahí, porque su primer libro, Poemas, vio la luz cuando nada estaba dicho. Nacido en Malabo en 1966 y de padres de la isla de Annobón, ha hecho incursiones por todos los géneros literarios, aunque es en narrativa donde ha acabado encontrado mejor acomodo. Observador atento de la realidad de Guinea Ecuatorial, ha escrito cientos de artículos en la revista electrónica Fronterad, donde expone sus opiniones sobre la aciaga suerte de su país, del que es uno de los escritores más prolífico. Entre sus obras podemos destacar el ensayo Guinea Ecuatorial, Vísceras (2006) el poemario Historia íntima de la humanidad (1999), el cuento Rusia se va a Asamse (2002) y las novelas La Carga, (1999) Arde el Monte de Noche, (2008) El juramento de Gurugú, de la que sólo existen las ediciones francesa e inglesa, Red Burdel (2020), Cuando a Guinea se iba por mar (2019), Panga Rilene (2016) Dientes Blancos, piel negra (2022). Su novela Arde el monte de noche fue finalista al IFFP en 2015 y ha sido traducida al inglés, al francés y al finlandés. De su relato inédito Los elefantes en la luna se hizo el documental Un día vi 10 mil elefantes y la novela gráfica Diez Mil elefantes (Random House, 2022). Desde el año 2011 en que hiciera una huelga de hambre para protestar contra la dictadura de su país, estableció su residencia en Barcelona, donde puso fin a la misma luego de siete días.