Consejos de Obatalá a mi hija en un tren. De La Habana a Matanzas, del cielo a su vida
Ir de la sala a la cocina es un viaje.
Todo viaje es espacial.
J. L. Borges
Hersey, un tren humilde, pequeño, eléctrico y habanero que el tiempo ha igualado a todos los colores: y el color es una luz organizada amaneciendo en la estación de Matanzas, es el camino que ocupan mis piernas, con un maletín que iguala mi peso y lo equilibra formando una balanza con mi cuerpo; acabada de cumplir una edad a favor del agua y el viento, y tal parece como si agua y viento se convirtieran en un tren que por las noches narra los secretos placeres de esta ciudad en provincia que me enseñó a amar un solo color, mientras fui niña.
Por lo desconocido pasan sombras, estas sombras me empujan por un camino estrecho, largo, inmensamente largo, oigo el chirrido de un cerrojo, entonces puedo divisar el cielo, y el viento de esta hora en la noche me cubre el rostro, aparece una estación de trenes y las sombras empujan hacia aquel abismo. Mientras… un anciano se aferra en limpiar una línea del tren al margen de esta soledad.
Es una lástima que en este tren no existan ferromozas que vendan café, el café es como si fuera parte de mi familia; él cambia de sueño cuando uno se lo vierte en el paladar temprano y de mañana. Mientras el café se cuela, la casa está en silencio, los ruidos en el exterior se unen al rito o se retiran; sólo a ratos se escucha el gorjeo de algún animal plumoso a lo lejos, o tan cerca pero que la niebla del oído al amanecer, iniciada también como neófita, casi no logra distinguirlo. Esta costumbre me recuerda a mi madre y sus pies pequeños dando pasos entretejidos y cortos en la cocina, aumentando el sonido del silencio acostumbrado en el amanecer de mi provincia. El café llega a ser la infusión que no se duerme e invita a una ceremonia tibia cada mañana.
El tren había logrado ese ritmo en que perdemos el sentido de su movilidad, creyendo olvidada la inercia en los frenajes de una velocidad silenciosa y larga como un texto de fugacidad; genera sonidos con una disciplina tal que se inclinan para saltar medio leves hacia el oído. Estaba en ese trance, donde la variación de aquel recinto de la conciencia y el relieve mudo de las formas sólo cambia por los excesos y la transformación que la luz suele ejecutar sobre la naturaleza, fingiendo a través de la ventanilla.
En el pasillo del coche veo a un hombre aparecer con un sortilegio similar al que salió ante Moisés en el Sinaí, sus gestos eran el eterno retorno de su avance fluir, advertí desde el comienzo de su marcha que la verdadera realidad consiste en esa materia de corpúsculos invisibles, que el vacío es tan concreto como los cuerpos sólidos. Del pecho le colgaba un collar con una mano hecha en miniatura que empuña un cetro y dos huevos de marfil, un sol y una luna, ambos de metal que igualan multiplicando su ritmo. Su pelo largo en forma de rasta —plateado por la vejez— parecía una cofia de malla de un guerrero medieval, acentuando esa dignidad clásica de los hombres que salen ilesos de los libros. En una de sus manos —la izquierda—, sostiene un poliedro de cuarzo con estampas de orishas yorubas —elegguá-changó-yemayá— que juegan entre sus dedos. Las figuras pretenden salir de esa magia, pero las ranuras de cada falange lo impiden, obligándolas a caer continuamente del metacarpo al cuenco de la mano; a pesar de ir atrapadas en ese breve abismo, continúan riendo el privilegio de su continuidad.
—¿El asiento está ocupado?
—No.
—Gracias.
Sabía desde que lo vi venir buscando que era muy difícil continuar el viaje completamente aislada. ¿De dónde habrá salido este negro vestido de blanco? Siempre alguien que no tiene que ver con mis pensamientos se interpone entre el silencio y los… ¿Cómo sabré los elementos que se animaron para formar el trazo de este hombre?, quizás fueron plomo, coral, dieciséis plumas de loro, hojas de metal, un cometa, hojas de cebada, o todos a la vez en menor o mayor cantidad de figuras que se necesitan para diseñar a un hombre, ahora tendré que pensar con la voz baja de la memoria, si no podría escucharme.
—¿Eres hija de Oxala-Obatalá? ¿Tú nombre es Mercedes? —Me dijo al rato de estar a mi lado. Algo que yo hubiese sido capaz de imaginarme, si antes alguien me hubiese dicho que era un Iyawó.
—Mi segundo, me llamo Talía Mercedes Vidal, —¿por qué?, ¿cómo usted lo sabe?, acaso es amigo de mi abuela. Es ella quien desde pequeña me aconseja que vista mis pensamientos de blanco como las Mercedes, virgen con la cual me había bautizado apenas tuve colocado un tibio dedo fuera del vientre; diciendo, además, que en el panteón yoruba se conocía con el nombre de Obatalá, padre de los orishas…
Sin darme cuenta comencé a recordar con ligero curiosismo infantil las veces que abuela me bañaba los sábados, llevando con ella una vasija de barro con tres cucharadas de azúcar o miel, cascarilla, flores mariposas, perfume y leche; lo último era lo que más me gustaba, bañarme con leche era un sublime milagro de mi niñez, aún más cuando me cantaban…
viertes leche en tu televisor y azúcar en la bañadera/ no resuelve nada una canción ni un corte nuevo en tu cabeza/ huellas de tus pasos, una foto no te acuerdas/ no das más, no das más te, mareas/
Nada más justo para mis gustos de esa época. Aunque abuela siempre decía que sólo los ricos y los creyentes cometen el vicio noble de tales locuras necesarias. En casa siempre fui tratada como si la historia no transcurriera. La independencia que fui logrando y mi criterio sobre las cosas, prevaleciera o no, hicieron que ante mis amigas siempre fuera escuchada. En cambio, en mi “dulce hogar”, soy la misma desde que nací, sólo que ya no uso pañales, aunque decidan por mí como una párvula y a todos les cueste cargarme, si no lo harían. Mis criterios siempre sufrieron de escasa escucha, nadie se acercaba ni siquiera a olerlos, fue una lástima, a veces tenía cosas interesantes que contar…
—No te diré mi nombre —dijo interrumpiendo sin tosquedad mis pensamientos—, además, eso no va a significar nada en ti; sí te diré que nací en el siglo XVI, y mi madre fue esclava de origen francés, yo también lo fui. Desde hace algún tiempo soy amigo de tu abuelo Abraham Olano. Nos conocimos primero en una sesión espiritual y después en una misa que le hicimos en el barrio de la Marina.
Confieso que sabía mentir y que el impulso de su voz, leve como una gota de agua, recordaba débilmente la humilde humedad de una maleta. Era evidente que venía de un lugar donde los hombres ya no pueden dudar de la existencia de las cosas. ¿No es posible que alguien haya premeditado este vínculo?
—¿Usted tiene más de doscientos años? ¿Piensa que yo seré capaz de creerle o desea verme sonreír? ¿Qué es eso de una misa y sesión espiritual?
—¿Nadie te ha dicho que tu abuelo —el que murió— te acompaña a todas partes y te protege como si fueses un péndulo galopando en la campana de su cuerpo? Todo eso ayuda a que tengas un ángel de la guarda muy fuerte, dueño de todo lo blanco y los cocos por donde todos los santos hablan. Es posible que yo tenga alguna edad risible o no, pero lo único que niega mi existencia ante ti es tu asombro y una cifra que sólo sirve para definir el estado rudimentario y banal de cosas en un tiempo determinado por otras mentes. Claro, que así con esa capacidad y límites que pones a tu entendimiento, te falta el sentido que te permitiría entender la edad de los colores, o la de los cuerpos, que no tienen edad, o al menos no necesitan que alguien se las cuestione; pues las plenitudes no son comparables con las demás experiencias cotidianas —respondió manteniendo la voz en el mismo tono; hundiéndose más las líneas que marcaban su rostro a los costados de la boca.
—Esta realidad que poseemos tú y yo es un mundo de impresiones evanescentes, un laberinto infatigable, un caos, un sueño. Todos colocados en el tiempo somos un minucioso trajín presente y continuo, eso dura la historia del universo, mejor dicho, no hay historia, la historia es una pesadilla de la cual deseo olvidarme. Como no hay vida de un hombre, ni siquiera una de sus noches. Cada momento que vivimos existe, no su imaginario conjunto, porque si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto indescifrable del espacio, si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo, si somos una gran esfera y su centro está en cada individuo, entonces: ¿dónde están los límites de esa circunferencia?
Después que hizo esta pregunta, o el favorable azar quiso que llegara a ella, pensé que los límites podríamos ser nosotros mismos, o los contornos de nuestras siluetas, que cada hombre podía ser pequeños fragmentos en curvas que formaran una figura geométrica infinita. Pero no di signos de haber condicionado este razonamiento; él me miró y sonrió. Tenía los dientes parejos y muy blancos, empezaba a preguntarme si no sería capaz de sonreír. Era la sonrisa de un hombre cuyos criterios no estaban sonriendo.
Dijo todo este discurso como espiritista o como Jesús en el trono de un trance, que espera siglos y su silencio blanco para ejecutar un acto como un mandato, una consulta, un evangelio. Apenas podía respirar, parecía refugiado en otro universo, había algo en sus ojos más antiguo que las losas de granito de la esfinge Armachis, consagrada al sol en el valle de Gizeh. Quizá esto le puede haber ocurrido en otras ocasiones.
—Tendrás buen camino, —me dijo, recuperando el estado ordinario de su respiración. —Y mucha salud, —agregó. —Ah, se me olvidaba; una sesión espiritual es una reunión de médiums que se comunican con Olofi a través de sus deidades tras una bóveda espiritual (una mesa con vasos de agua, cascarillas, crucifijos y otros elementos). Esto se hace para que los espíritus alcancen un desarrollo espiritual más alto. Y en la misa “espiritual” se llama a este mundo a los familiares fallecidos para que alcancen un rayo de luz y regresen a descansar en paz a su mundo.
Me dio unas palmadas muy leves en los hombros y se levantó. Después de entregarme en silencio —ya que el silencio fue mi conversación privada dentro del diálogo— la figura que un rato antes se había guardado en uno de sus bolsillos.
El muchacho de la boina carmelita simuló frente a nosotros cierto ensueño con la cabeza recostada sobre las piernas de su novia. Aparente vigilia que no le sirvió sino para ver un rito de labios que se mecían, pues no pudo descifrar lo que el mulato habló, porque lo hizo —yo sin imaginarlo en ese momento— en lengua nagó, yorùbá. Un rasgo muy especial de esta lengua es que es tonal, los sonidos son parte de la palabra, tanto las consonantes como las vocales, y resulta, por consiguiente, que las palabras que tienen la misma ortografía, no poseen el mismo significado cuando llevan diferentes marcas tonales. Sólo los pobladores de Ilé-Ifẹ̀, ciudad sagrada de los yorùbás, pueden traducir sus cantos, sus ritos y el habla cotidiana, porque hasta los tambores los construyen capaces de repetir los tonos de la lengua, y no a la manera del método Morse, sino repitiendo las ligaduras y niveles tonales exactos del habla. Después supe esto, pero allí varié el tono y él no se detuvo. Su retorno hubiese sido la violación de una regla; atonal en esa lengua es mudarse al silencio, es el cese del fluir de la memoria y la fiesta de morir con las piernas velludas por el sudor y los pliegues de la noche; con discreta majestuosidad medieval, su figura fue desdibujando la línea visual que daba en el pasillo del coche, con su avanzada edad, acelerando el rito. Abandonando ese espacio que unió lo visible con la unidad de su discurso. Esta pulverización de la realidad se extendió hábilmente a los efectos que reflejaban sus atuendos, parece que su mayor preocupación era quitar poco a poco todo el peso de su cuerpo y dejar que su levedad disminuyera suavemente como el paso de una breve voz lunar. Con el poliedro de cuarzo entre las manos, comencé a moverlo y me di cuenta que mientras lo mareaba, se encendían pequeñas luces. Tuve que resignarme al rato, con la luz de aquellos nimios relámpagos, por la prisa con que me había llegado nuevamente la ausencia.
Cuando una vida no se compone más que de acción y movimientos, todo se comunica de forma cálida. Pero cuando se ha pasado las regiones o límites oscuros y sutiles del pensamiento, nuestra historia puede parecer difusa. Los lugares que uno acostumbra a visitar en la memoria ya no son los mismos cuando ha pasado la sombra del mediodía. Cada vez son menos las cosas que me rodearon en la infancia, por eso soy capaz de escribirlas antes de que llegue al fondo de esa bahía de bolsón desmesurado, bahía de La Habana. Debo modelar mis palabras en la arena hasta que se ajusten minuciosamente a lo que pienso ahora. Estoy creciendo, me doy cuenta que estoy recuperando hacia mí nuevamente el tranquilo reino de mis reflexiones. Sé que cuando termine este viaje, seré si no distinta al menos diferente. Por haber perdido algunas ilusiones y haber ganado otras. Sólo ese contraste hará de mí la abeja que se dilata en los rebaños de la sangre. Por un momento ya no puedo pensar en nada, excepto que soy una reina marchando hacia el exilio, un ser sensible apuñalado por un nuevo milagro secreto de esas aguas de la memoria, que reflejan un mundo olvidado o su túnica de duelo. Hay días que el proceso del tiempo retrocede y se agrupa, se vuelve inmóvil, y nuestros nuevos instintos de la fe, de ingenuos, se convierten en ritos de memoria, en “lenguaje de citas”, en historias contadas dos veces. Todo ser humano piensa cosas extravagantes después de un encuentro o peligro mortal, estoy inmóvil, no esperaba estas reflexiones y un diálogo hábil sobre las líneas del tren. Ese hombre encontró ante mí su forma de encarnar a otro Jesús, por la vía unitaria que correspondió a la fantástica secta de los “docetistas”, para quienes Jesús no nació, sino que un buen día apareció, cual fantasma, en las márgenes del Jordán, impuesto a los hombres por Dios mediante la ilusión de los sentidos; simple imagen impresa momentáneamente en el aire, como un adelanto de la increíble invención de Morel. Ahora pienso que cada edad, cada estado de vida, tiene cierta perfección de la razón, una adecuada propiedad en su madurez. No debo acelerar más el reflujo del tiempo en un tren como el de Hersey, sin antes convertir esta experiencia desleída en un sueño.
Sólo así volví a sentir cómo el tren con su andamiaje comenzó a avanzar nuevamente en la hierática procesión, sin pisar la tierra, sin peso ni angustias que sostener en una historia de espectros que arrastran su existencia, por el fango sagrado que forman dos líneas sobre un tiempo de infinitos desórdenes.




