Tierra Adentro
Portada de "Fauna Snuff", Fidel Blanco. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026.
Portada de “Fauna Snuff”, Fidel Blanco. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026.

BUFFET CALLEJERO

Dianita se rehúsa a soltar la roñosa pierna de Jaime, el célebre vagabundo que acostumbra dormir a un costado del metro Chilpancingo. Lo primero que ve al abrir los ojos es a una niña de uniforme azul que devora su extremidad. No sabe a ciencia cierta si es real, ya que se encuentra aturdido por el Tonayán y las monas multisabores que se metió en la tarde junto a otros teporochos de la cuadra. Ya sea por el vicio o la niña carnívora, su cuerpo se zarandea como si estuviera en una cita con el proctólogo. Para intentar huir, suelta a diestra y siniestra una serie de puntapiés con la pierna que tiene libre.

—¿Qué mierda haces? —grita Jaime con los ojos fuera de sus órbitas—. ¡Deja de morderme, pinche chamaca!

La niña de coletas se niega a responder, prefiere mordisquear la carne con más enjundia. Muerde sin rehuir a las patadas. A pesar del tamaño de sus brazos, tiene la habilidad de soltar pellizcos que te dejan la piel colorada. Poco a poco se exhibe un cacho del peroné de Jaime.

Al indigente se le escapan las fuerzas, lo abandonan ante el terrible castigo del que es víctima. Tal vez, si hubiera cambiado el alcohol de veinte pesos por el agua sucia del Parque México y las monas por tacos que les pepenaba a los taqueros de la zona, tendría el poderío necesario para quitarse a la chiquilla. Pero no, está a punto de perecer en una jardinera sin flora. No hay testigos cerca, ni siquiera lo pela la pareja de perros que le hace honor a la posición sexual que lleva su nombre. Jaime se persigna tres veces y acepta su inevitable desenlace. A nadie le importará la pérdida de uno de los tantos homeless que hay por la Ciudad de México, mucho menos uno que trae una playera percudida con estampado de Bimbo.

En los ojos del vago aparecen todas las personas que desamparó y con las que nunca volvió a encontrarse. Su madre, sus queridos hermanos, los amigos que hizo en la infancia y sus primeras novias. La nostalgia le quiebra el alma al cruzarse con su exesposa e hija. “¿Por qué lo hice?, ¿por qué renuncié a ustedes?”, piensa Jaime entre lágrimas que se atoran en su barba desaliñada. Refle­xiona sobre el motivo que lo orilló a tomar tal sentencia para dejarlas por una vida distinta. Todo fue una mala decisión. Actualmente, su retoño debe tener diez o doce años, muy parecida a la edad de la niñita que sigue masticándolo. Ese pensamiento lo hace sonreír, el recuerdo provoca que en el rostro de su atacante vea el de su amada hija.

—Hijita, perdóname por el daño que te hice —murmura Jaime en posición fetal—. Espero que tú y tu madre me perdonen, no quise lastimarlas. Oh, hijita, te ves tan sana y fuerte, me da gusto saberlo. Ven, dame un abrazo antes de irme.

Jaime pierde el conocimiento al no resistir más la agonía. El derrame de sangre es abismal y su pierna puro hueso. Con el estómago a tope, Dianita se pone de pie, se limpia la boca con la manga de su suéter y se saca unos trozos de carne que tiene estancados entre los dientes. Observa el bulto humano con la ceja enarcada y le pregunta si todavía está vivo. Nadie contesta, lo único que se escucha es el gemido de un perro que necesita ser esterilizado. La joven mira a cada extremo de la calle y decide irse, lo hace sin recoger su desorden. Hasta el próximo alimento.

Bajo el frío de la mañana, una curiosa muchedumbre atestigua cómo es recogido el cadáver del teporochito a medio comer. Los paramédicos piensan en el fastidioso protocolo que tienen que cumplir a rajatabla, a veces son tentados a tirar el cuerpo en algún terreno baldío o aventarlo del vehículo en movimiento. Quizá en otra ocasión, por ahora lo transportan con toda comodidad en la ambulancia.

—Puta madre, dejará oliendo a mierda la unidad —se queja paramédico uno—. No sé para qué perdemos el tiempo en sujetos inútiles como estos.

—Son personas —dice paramédico dos, quien resulta ser el más piadoso—, no importa en qué contexto se encuentren, nosotros estamos para ayudar. Que eso te ­entre en la cabeza.

—No me vengas con tu choro de buen samaritano —responde paramédico uno, cruzándose de brazos—. ¿En serio crees que a alguien le importe este tipejo? Es un parásito de la sociedad.

—Nadie vendrá a buscarlo, pero no podemos dejarlo así. ¡Es un ser humano! ¿Quiénes somos nosotros para juzgar sus decisiones? Exacto, nadie.

—Puras pendejadas —reprocha paramédico uno, al mismo tiempo que se coloca un cubrebocas para disuadir el mal olor.

—¿Ya vieron su pierna? —pregunta paramédico tres, mientras le toma fotos con la cámara de su teléfono—. Es una locura, como si alguien le hubiera arrancado la carne con los dientes.

—Muestra respeto —lo regaña paramédico dos y le da un zape en la mollera.

—¿Respeto? Ahora sí me has hecho reír —dice burlón paramédico uno.

—Ignoro por qué trabajas aquí, no comprendo cómo puedes pensar de esa manera.

—Chale, ya te dije que no salgas con esas tonterías, el único que sabe por qué estoy metido en este bisne soy yo y no se lo explicaré a nadie. Cada quien con sus asuntos, ¿no?

—No sé ustedes, pero yo estoy aquí para estar cerca de esto —dice sonriente paramédico tres, acercándose más a la pierna para tomar fotos desde un mejor ángulo.

Los paramédicos discuten hasta llegar al hospital, una disputa que se prolongará en el tugurio que acostumbran ir en su tiempo libre.

En otro punto de la ciudad, dentro de una camio­neta último modelo que circula por alguna zona de alta alcurnia, va sentada Dianita, sosteniendo su lonchera de My Little Pony sobre las piernas. El chofer en turno es su mamá; ante la falta de personal, su marido le ordenó llevarla al colegio. Por lo regular era don Emilio, fiel sirviente que trabajó para la familia por diez años, quien cumplía esa misión, pero por cuestiones “deshonestas” que nunca quedaron claras, fue despedido. ¿Y el papá? El señor está por cerrar un negocio importante quién sabe dónde, así que no tiene tiempo de “jugar” a la casita. La niña aborrece por igual la compañía de ambos. El padre, un vejete de calva pronunciada que acosa a sus secretarias para sentirse joven, aunque lo rechacen, sabe cómo propagar su virulencia de otras formas. Cada vez que no logra imponer su autoridad, acude a los sitios más profundos de internet para satisfacer su libido, por lo general en foros donde se comparten fotografías de infantes que recrean el Kamasutra. Por otro lado, la madre es una señora que todavía goza de ir de antro y cambiar de guardarropa cada semana en las boutiques más prestigiosas de Nueva York o Los Ángeles. Además de grabar videos para YouTube donde da consejos espirituales y presume sus viajes por el mundo. Hoy por hoy cuenta con 500k suscriptores. Eso sí, rara vez llevan a Dianita de paseo, prefieren dejarla en casa para que se enfoque en sus estudios, siempre bajo los cuidados de su niñera de columna encorvada. No quieren que ingrese a una de las piojosas universidades públicas del país, la niña tiene que mostrar su pedigrí y aspirar al nivel de un Harvard o un Cambridge. Tre­menda cagada.

Cada día soporta menos y aumentan las ganas de devorarlos. Pero cuando eso sucede, cuenta hasta diez y deja que toda la furia desaparezca. En el caso de su mami, su carne debe tener un sabor artificial por el bótox y silicón que circula por su organismo. No hace falta hablar del contenido de su papi… ¡Guácala!

Cabe destacar que Dianita es una niña demasiado inteligente, siempre aporta algo nuevo a sus clases. Muchos de sus compañeros la admiran, otros la tachan de egocéntrica. Una auténtica deidad en potencia. A veces corri­ge las pifias cometidas por su anciano maestro cabecita de algodón de Historia, quien apenas puede recordar en qué año está. A pesar de sus intervenciones, es querida por todo el profesorado. Solo hay una persona que le causa problemas, un niño que la atosiga a diario. Se trata del regordete bravucón de Pablito Jr., siempre la empuja o le escupe bolitas de papel bañadas en saliva con aroma a queso, todo por los Cheetos que desayuna cada mañana. Toda una fichita.

La clase de hoy transcurre sin contratiempos, hasta que llega la hora del receso. Momento idóneo para que Pablito Jr. arremeta contra su víctima favorita. Mientras ella permanece sentada en una banca de cemento, aparece el niño chancho para aventarle tierra. Trata de no hacerle caso, aunque la mecha ya no es tan larga como en el pasado. Pronto habrá consecuencias.

—Qué niña tan sucia —dice Pablito Jr. con varias gotas de sudor cayendo por sus cachetes—. Miren lo sucia que está, la cochina no se baña.

Los otros niños se acomodan para tener el mejor lugar posible, no quieren perderse de la puesta en escena.

—No me molestes, por favor —cuchichea Dianita, al tiempo que intenta ocultar la mirada con su fleco.

—¡La niña puerca, la niña puerca! ¿Qué dijiste, niña puerca?

—Te dije que me dejes en paz…

—¿Qué dices? —pregunta el bully con las tetas rebotándole por la risa— ¡No te escucho, niña puerca!

Pablito Jr. se coloca enfrente de la niña con lentitud, poniéndole el culo a la altura de la cara para echarle un pedo que apesta a cadáver en descomposición. Todo por las hamburguesas del McDonald’s que se traga por las tardes.

¡Esta vez sí se pasó de la raya! Dianita adopta el semblante de un buda en meditación, incluso parece que levita a unos centímetros del concreto. A la mitad de un insulto que Pablito Jr. le copió a su papá, la niña de coletas se le va encima a su agresor. Ella sabe que la vio­lencia no es la respuesta, pero a veces es necesaria, sobre todo cuando intentan pisotearte. Con la destreza de un pulpo que ataca con sus ocho tentáculos, Dianita alcanza el brazo del niño-chancho y empieza a morderlo. Su afilada mandíbula atraviesa la carne con facilidad. No pasan ni dos segundos para que el gordinflón de cabello rubio se ponga a llorar como marrano en el matadero. Los alumnos hacen mutis, en sus caritas se refleja el asombro y el miedo al mismo tiempo. “¡Ayuda, ayuda!”, grita el bully con medio moco de fuera. Solo se logra poner orden gracias a los profesores que aparecen alarmados por los gritos. Tardan, pero consiguen separarlos. El maestro de matemáticas estuvo a nada de llevarse un recuerdo de la mordelona. Es él quien la arrastra a la dirección, más por reflejo que por gusto. Mira de reojo a la niña para prevenir cualquier ataque.

No resulta sencillo, pero terminan suspendiéndola, incluso llaman a su casa para dar aviso. Como es de esperarse, su mamá es la que atiende el llamado. “¡Esta pinche escuincla!”, vocifera antes de azotar el teléfono. Tras arribar al plantel, inmediatamente pasa a conversar con el director de la respetable escuela, lo hace con unas gafas Gucci y una pañoleta alrededor del cuello. Le aterra la idea de cruzarse con otra madre de familia que quiera sacarle la sopa. Además de las gafas, porta un vestuario diferente al de la mañana, ahora desfila con un vestido rojo que le queda superentallado, como un salchichón alemán. Toca la puerta que corresponde y accede a la diminuta oficina con aroma a desodorante barato, ese que irrita la nariz por tanto químico. Dianita se queda afuera, viendo un reloj de manecillas que marca las doce. Treinta minutos más tarde, la madre abandona la oficina con más arrugas en la cara, tiene tantas grietas como una casa construida du­rante el Porfiriato. No hay tiempo para hablar, así que se van directito al coche.

—¿Qué diablos te pasa? —pregunta su madre, admirándose de vez en cuando en el espejo retrovisor—. ¿Te crees un animal?

Dianita en silencio.

—¿Eh? ¿Acaso no te hemos criado bien? ¿No te hemos enseñado a comportarte? Yo no recuerdo haber engendrado a una salvaje.

Más silencio.

—Me tienes harta, si no fuera por nuestra reputación, ya te hubiera llevado a un internado.

Aún más silencio.

—¿No vas a decir nada? —persiste, engordando el volumen de su voz—. No te pongas de digna, mejor dame las gracias por venir a solucionar tus problemas. Imagina lo que van a decir las otras madres. ¡Eres una odiosa!

Dianita no quedó satisfecha con la rechoncha mano de Pablito Jr. El hambre y la bravura reaparecen. Es hora de perder el control y atacar con furia. Sentir su verdadera naturaleza. Guiándose por sus instintos, salta del ­ asiento trasero para engancharse al cuello de su madre, es tanta la cólera, que le arranca un pedazo de carne con su dentadura infantil. Los asientos de piel se cubren de tinta roja y gritos de auxilio. En un abrir y cerrar de ojos, la señora cae desmayada y el vehículo choca contra un poste de luz. La cabeza de la conductora termina impactándose contra el parabrisas, lo que provoca un torbellino de ­ sesos. Dianita queda aturdida, aunque ilesa. Se pone de pie y revisa el cuerpo machacado del asiento delantero. Recoge varios trozos de masa encefálica y se los lleva a la boca. El sabor es peor de lo que imaginaba. Sin embargo, no hay tiempo para degustar la comida, tiene que emprender la retirada. Los berreos y el escándalo de los chismosos a la redonda se lo indican.

La ambulancia hace acto de presencia con algunos minutos de retraso, solo para confirmar que la señora de plasticarne no ha sobrevivido. Es el fin de su glamuroso estilo de vida.

—Ay, pobre señora —lamenta paramédico uno—, con tanto por delante. ¡Qué tragedia!

—¿Lo dices en serio? —cuestiona paramédico dos con los ojos entrecerrados.

—Nunca había hablado tan en serio, solo mírala. ¿Por qué les suceden este tipo de cosas a personas tan prometedoras?

—Vete a la mierda, nunca podré entenderte.

—Oigan —dice paramédico tres, pasándose la lengua por sus labios—, ¿creen me puedan prestar su cuerpo por un ratito?

Al caer la noche, Ramiro se recuesta sobre la jardinera que está a la altura del metro Chilpancingo. El gobierno se puso las pilas y cambió la naturaleza muerta por flores que buscan atraer el turismo, el próximo paso es retirar a todos los indigentes de la alcaldía, pero esa es otra historia. Por ahora, el vagabundo se cubre de periódicos viejos para protegerse del frío y acurrucarse con todas las estrellas que le hacen compañía. Está tan tranquilo que se escucha a los grillos apareándose. Se extrae un licor de caña de su viejo saco a cuadros y le da un buen sorbo. Excelente forma de concluir el día.

Merodeando junto a un poste de luz, una niña hambrienta sonríe a la distancia. Entre la oscuridad, se acerca un par de ojos con las pupilas dilatadas. Nada se compara con el sabor de la comida callejera, su alimento favorito.

Portada de "Fauna Snuff", Fidel Blanco. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026.

Portada de “Fauna Snuff”, Fidel Blanco. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026. Disponible aquí.

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