El filtro sepia del estadio azul
Mientras el escalofriante sonido de la fresa tallaba los dientes de su padre, Ara, una niña de ocho años, permanecía pegada al ventanal del consultorio de la calle Indiana en la colonia Nápoles, de la Ciudad de México. Afuera no hay mar ni montañas ni árboles memorables. Lo que se extiende frente al vidrio es el Estadio de la Ciudad de los Deportes, conocido como el Estadio Azul.
Desde el octavo piso de ese edificio café, el estadio, también llamado Azulgrana, parece un cráter incrustado en medio de la colonia. La cancha se alcanza a ver completa: quizá sea verde, y la tribuna verde azul. Todo bajo un filtro sepia que la memoria impone. El estadio está ahí como si alguien lo hubiera construido para que esa niña descubra el futbol, mientras las turbinas del instrumental dental remueven las encías de su padre.
El consultorio dental huele a flúor, a guantes de látex, a saliva. Pero la niña no repara en las manos de la odontóloga ni en la sangre ni en la caries ni en el “iiiii” continuo de las máquinas dentales que zumban como insectos mecánicos, ni todo lo que yo imagino que ocurre. La niña solo mira hacia el estadio como quien descubre un nuevo planeta. La vista es panorámica, de lujo. Se queda hipnotizada. Observa desde su lugar las diminutas figuras que se mueven allá abajo.
La niña pregunta quién juega ahí. Su papá, quien le va al Atlante, le responde que ahí juega el Atlante y también el Cruz Azul. No le precisa que en realidad es la casa del Cruz Azul. La niña pega más la nariz en el vidrio y con el vaho de su respiración lo empaña. Con su dedo dibuja un balón. Ese círculo le provoca algo en el pecho. Quizá el amor empieza así: mirando algo desde lejos sin terminar de comprender por qué ya no es posible quitarle los ojos.
Esa niña, Ara: Fernanda Araceli Torres López, que en 2004 quedó fascinada por el Estadio Azul con filtro sepia, es hoy, a sus 30 años, mi pareja. La mujer que me regresó al futbol después de años de distancia, derrotas y apatía.
La comida familiar
El pasado domingo 17 de mayo de 2026, Día Internacional contra la Homofobia, la Lesbofobia, la Transfobia y la Bifobia, invité por primera vez a su familia a mi hogar, después de seis meses de relación. Ese mismo día se decidió quién sería el rival del Cruz Azul en la final de la liguilla del torneo de clausura 2026.
Yo preparé ceviche peruano para agradecer a la familia de Ara algo importante: haberme abrazado durante el primer 10 de mayo, Día de las Madres en México, sin mi mamá. Mi madre, María Elvia, murió el pasado 22 de agosto de 2025. Desde entonces hablar de madres se me ha vuelto un deporte de alto riesgo. Hay palabras que se sienten como balonazos en el pecho o como ruptura de ligamento cruzado, una de las lesiones más dolorosas en el futbol, según me cuentan las que saben.
Un día antes de la reunión, el sábado 16 de mayo, fui al mercado La Vieja Viga, en la colonia Tránsito, a conseguir pescado fresco. También llevé limones, cilantro, ajos, cebolla morada, chile habanero, ramas de apio y jengibre. No tenía idea de cómo pedir el pescado sierra ni de cómo preparar un ceviche peruano, al estilo chilango-saltillense, digno para las visitas, mi especialidad. Ciertamente quería lucirme ante la familia de la mujer que me ha sostenido cuando el duelo me revienta las rodillas.
El domingo, mientras Ara lloraba picando las cebollas y yo daba vueltas sobre mi propio eje sin saber por dónde empezar, entendí que cocinar es un acto de amor porque, como en el futbol, interviene la técnica, pero también la improvisación, el nerviosismo y la fe.
El primero en llegar fue el tío Chemín con su esposa y su hija, y al final, para hacerla de emoción, mi suegra. Nos sentamos alrededor de la mesa a hablar del Cruz Azul y terminé entendiendo que el futbol no era el tema de la conversación.
El tío Chemín comenzó contando que creció en Villa Coapa, a unos kilómetros del Estadio Azteca que será sede, otra vez, del Mundial de Futbol varonil 2026, como en 1970 y en 1986. El papá de Chemín, don Chema, le iba a los Pumas de la UNAM; y Chemín, al Cruz Azul. A ellos les gustaba ver cómo jugaba Miguel Marín, el Gato, el portero legendario del Cruz Azul. El futbol creó un vínculo indestructible entre los dos. Cuando su papá murió en julio de 2025, su hermana reconoció que entre don Chema y Chemín existía una conexión distinta que no tenía con ella ni con su otro hermano.
El tío Chemín tiene algo de cronista deportivo cuando habla. En primer lugar, la voz; memoria precisa y emoción intacta. Aseguró que el futbol no solo lo unió con su papá, sino con las mujeres más importantes de su vida: con sus hijas, con su sobrina Ara y con su esposa Elvira.
Elvira y Chemín se comprometieron en una final Cruz Azul-Toluca. Él le entregó el anillo en un cuello de una botella de cerveza. Cruz Azul perdió aquella final. Aplicó la famosa cruzazuleada. Es decir, llegar a la final y perderla. Aun así, se casaron. Tienen una hija, quien también asistió a la reunión familiar.
Antes de eso, Torreón, Coahuila, ya los había marcado.
En un partido Santos-Cruz Azul en el antiguo Estadio Corona, Elvira sufrió un golpe de calor. Todavía no eran pareja. Chemín pidió ayuda para auxiliarla mientras ella se desmayaba. Dice Chemín que ahí empezó algo. Como si el futbol pudiera escribir destinos con sudor lagunero y en un ambiente de extremo calor, tolvaneras y brujas del desierto.
Entonces, recordé a mi padre.
Mi papá también fue futbolero. Carlos fue santista y luego rayado. Me acordé de cuando me trajo por primera vez a la Ciudad de México, desde Saltillo, Coahuila, en su tráiler, era 1997, el año en que Santos perdió 4-0 en La Bombonera del Toluca. Me acordé de la Basílica de Guadalupe y de mi mamá. Siempre presente. Mi papá le dio gracias a la virgencita de que yo siguiera viva porque pronto cumpliría 15 años. Mi mamá me cuidó con el apoyo de su madre, mi mamá Tere. Ellas me sostuvieron mientras mi papá iba y venía entre carreteras, cambios de pareja y de camisetas de futbol.
Entendí esa tarde que el futbol también es una forma imperfecta de amor paterno. No todas corrimos con la suerte de Chemín.
Mi chica es portera
Esa tarde, Ara ⎯actriz de cabaret, cantante y activista contra la gordofobia en la colectiva Gordas Expansivas Burlesqueras⎯ contó que su verdadero espíritu futbolero no nació con su papá atlantista sino con su tío Chemín. Fue él quien la llevó a conocer a ras de cancha el Estadio Azul, aquel que conoció desde el palco especial cuando tenía ocho años. Él la llevó a ver un partido real cuando ella tenía alrededor de once. Ara recuerda los choripanes afuera del estadio, los programas de mano del Cruz Azul, los vítores de la multitud, la sensación de pertenecer a un grito, a una ola colectiva. Recuerda sobre todo a Chemín: “una madrezota como de dos metros” emocionado como un niño.
Pero… hubo una vez que el papá de Ara sí la llevó a ver futbol.
Fue a un partido de América-Chivas en el Estadio Azteca. Ara no le iba a ninguno de los dos equipos, pero ese día conoció el Coloso de Santa Úrsula y a Pelé, casual en el Azteca, porque el astro del futbol, el Rey, participó en un homenaje cuando fue embajador de una marca. Recuerda a Pelé, aquel jugador que fue campeón con la selección brasileña en México 70, como una aparición entre la euforia del estadio más grande del país, pero también recuerda el caos.
Esa vez ganaron las Chivas y comenzaron los empujones, los gritos, la violencia ritual que a veces se instala en las tribunas cuando ganan las barras. Ara quedó paralizada. Su papá no parecía notar que llevaba a una niña tomada de la mano mientras se hacía el desorden. La policía terminó sacándoles entre la trifulca. Ara entendió pronto que un estadio podía ser un lugar de fiesta o de lucha libre.
Algo parecido vivió junto al tío Chemín, cuando aficionados americanistas quemaban banderas del Cruz Azul afuera del Estadio Azul, y él la cargó “como costal” para sacarla de ahí. Pero, incluso en esos momentos violentos, Ara descubrió que el futbol también es protección. Que alguien podría levantarte entre el caos y correr contigo para ponerte a salvo.
Ara recordó su infancia, cuando las dos Aras, mamá e hija, se mudaron a Iztapalapa aquella vez que se rompió la relación con su papá. Su mamá la inscribió en el futbol siete en las canchas de la unidad habitacional. Ara ha jugado como portera y como defensa. Después entró a un equipo filial del Cruz Azul en San Vicente Tolentino, cerca de Cuemanco, por donde venden las flores. Su mamá le compró el uniforme completo del Azul: playera, short, espinilleras, calcetines. Todo del Azul, “como el mar azul”. Ara, feliz. Pero un día recibió un balonazo en el pecho y su mamá decidió sacarla del equipo.
“Pensé que le podría dar cáncer”, dijo su mamá, todavía convencida.
Pienso en todas las niñas que abandonan el futbol por miedo o por falta de apoyos. Cuando las mujeres logran entrar al deporte, siempre hay algo que intenta regresarlas a la tribuna. Pero, las mujeres no hemos estado realmente fuera del futbol.
Elvira, la esposa del tío Chemín, fue líder de porras del Cruz Azul por más de veinte años. Organizó grupos de niñas, consiguió uniformes, gestionó boletos para todas, llenó camiones enteros con familias para viajar a cualquier rincón de México para apoyar al Azul. Contó que las mujeres eran quienes realmente animaban al equipo. Mientras los hombres peleaban en la cancha los territorios simbólicos, ellas siempre sostuvieron la red.
Escuchar a Elvira me hizo reflexionar que muchas mujeres han abierto camino en el futbol desde lugares considerados periféricos: las porras, la venta de comida, la organización, la logística, las sobremesas, los cuidados, las estadísticas aprendidas de memoria para demostrar que sí saben de futbol. Como si a las mujeres siempre se nos exigiera estudiar el doble para tomar la palabra.
Ara lo dijo mejor: “Cuando eres mujer en el mundo del futbol la gente cree que no sabes nada”. Sin embargo, ella puede contar la historia del Centavo Muciño al derecho y al revés, mientras muchos hombres apenas recuerdan el marcador del domingo pasado.
El teatro y el futbol
En la Escuela Nacional de Arte Teatral de donde Ara egresó intentaron convencerla de que el futbol era “para nacos”. Entonces ella se aferró más. Descubrió que el teatro y el futbol se parecen porque ambos obligan a experimentar el aquí y el ahora, a confiar en el equipo, a sostenerse mutuamente cuando todo parece que se vendrá abajo, en caída libre.
Ara dijo algo que me atravesó. Dijo que, si no hubiera existido el vínculo familiar construido a través del futbol, salir del clóset lésbico habría sido mucho más difícil.
El futbol le permitió construir primero un lugar dentro de su familia. Antes de decir “mamá, me gustan las mujeres”, “mamá, soy lesbiana”, ya existía la niña que gritaba goles abrazada de la panza de su tío, la niña que coleccionaba programas de mano de los juegos del Cruz Azul, la adolescente que lloraba las finales perdidas. El amor ya estaba dado. Cuando finalmente Ara expresó quién era, su familia ya la conocía.
Pienso mientras escribo este ensayo para Tierra Adentro. Pienso en cómo el futbol, ese espacio históricamente construido como androcéntrico, machista y violento, también puede convertirse en un refugio cuir.
Pienso en las lesbianas que gritan goles, en las tías que organizan porras, en las madres que terminan apoyando al Cruz Azul por amor a sus hijas o cuando sus equipos, como las Chivas, pierden; a las parejas que sobreviven a las pandemias, o a la cárcel, en las familias elegidas alrededor de una mesa con ceviche.
Cruz Azul
El tío Chemín leyó entonces unos versos de “Poema al Futbol” de Walter Saavedra. Los recitó como quien reza:
Como vas a saber lo que es el pánico
si nunca te sorprendieron mal parado
en un contragolpe.
Y luego:
Como vas a saber, querido amigo,
como vas a saber lo que es la vida
Si nunca jamás, jugaste al futbol…
Lo escuché y pensé en el Cruz Azul. En ese equipo nacido de una cooperativa cementera en Jasso, Hidalgo, el 22 de mayo de 1927 (el día de Santa Rita de Casia, según el santoral; el día del clítoris, según las colectivas feministas, y también el día de mi cumpleaños) sin el respaldo de una gran televisora, sin el escudo protector de una universidad, pero sostenido únicamente por su afición. Por gente trabajadora, oficinistas, choferes, profesoras, niñas porteras, mujeres decepcionadas de la vida y familias que siguen creyendo incluso después de saber que es posible perder finales imposibles. Cruz Azul existe porque su gente insiste en creer.
Santos Laguna
Durante años dejé de creer en el futbol porque dejé de creer en el amor. Pero volví a creer cuando Ara se puso la del Santos para gritar: ¡duro, duro, duro Santos duro!, aunque las Guerreras del Santos cayeron 1-0 frente a las Pumas.
Cuando Ara mentó madres y se unió a la porra del Santos conformada por 10 hombres que gritaban: ¡duro, duro, duro Santos duro!, aunque caímos 4-0 ante los Pumas varonil.
Cuando vi, junto a las dos Aras, madre e hija, ganar a la Selección Mexicana de Futbol Femenil a la Selección Brasileña de Futbol 1-0, en el llamado “Gran Jogo”, en el Estadio Azul. Cuando, en ese mismo juego, conocí la genialidad de Esthefanny Barreras, quien en el apellido lleva la genialidad en la portería. Después de ese instante recordé que la Selección Nacional, pero femenil, sí ha llegado a una final mundialista, aunque no oficial por la FIFA, y quedó subcampeona en 1971 frente a la Selección de Dinamarca. Espero con ansia el Mundial Femenil de 2027 en Brasil. Allá nos espera mi amiga Laíse.
Ara me ha hecho recordar que le voy secretamente al Cruz Azul cuando Santos pierde. Que mi primo mayor era cruzazulino antes de que existiera el Santos Laguna. Que las personas más solidarias de mi vida, las que más me han amado y yo también, han sido del Azul. Ara me hecho recuperar la esperanza.
Final
El 24 de mayo de 2026, a sus 99 años, el Cruz Azul alzó su décima copa en el torneo de clausura 2026 de la liga mexicana de fútbol, en el Estadio Olímpico Universitario, con marcador 2-1. La máquina celeste logró lo que parecía imposible: romper la maldición subyacente del verbo “cruzazulear”, perder la final. Quizá irle al Cruz Azul es parecido a vivir poli enamorade: confiar incluso cuando perder parece inevitable. Es una filosofía de vida. Las dos Aras, el tío Chemín, la tía Elvira, Valentina, hija de Chemín, y yo terminamos en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México para celebrar.

“Ara y bandera”, fotografía de Brenda Macías.
Aquí está Ara sosteniendo la bandera del Cruz Azul que el viento convierte en ángel o quizá en ala. Alrededor de nosotras hay personas cantando, que lloran, que se abrazan sin conocerse. La ciudad parece otra. Por unas horas, el tránsito, las prisas, las noticias terribles quedan suspendidas. Ara y yo ocupamos el espacio público con nuestros afectos. Quizá no estamos celebrando una copa sino la posibilidad de imaginar otro mundo posible, una utopía cuir, ese destello de que algo mejor aparecerá en el horizonte y nos invitará a seguir andando. Esa noche, entre banderas, cánticos y abrazos, creí reconocer esa utopía. Miro esta fotografía e imagino a la niña de ocho años pegada al ventanal de la calle Indiana. Ella pensaba que observaba un estadio sin saber que 22 años después levantaría la bandera celeste frente al ángel que no es ángel, sino frente a la Victoria Alada. Quizá de eso se trata el fútbol cuando se vuelve afecto. De insistir. De volver a creer. De correr hacia los espejismos que no terminamos de alcanzar, pero que, por momentos, somos capaces de tocar con las puntas de la imaginación.




