Parar la oreja
“Tengo que entregar mi autoevaluación y calificarme yo misma en el formato. No sé cómo llenarlo. Antes por lo menos llegaba al mínimo, ahorita ya sé que no”, me dijo mi paciente, un hombre mayor, con preocupación en su voz temblorosa. Y continuó su relato usando el lenguaje corporativo lleno de eufemismos para no decir lo que quieren decir: “el martes tuve una junta con mi manager sobre mi productividad a partir de que me llegó la ‘Carta de advertencia’ el año pasado. Ahorita estoy en el ‘Plan de desempeño’ en el trabajo. Ya no logro el mismo desempeño que antes. Siento que estoy fracasando en mi trabajo”. Escucho el tecnolenguaje: manager, plan de desempeño, productividad, carta de advertencia. Pero también escucho la voz temblorosa que trata de habitar una lengua que no tiene lugar para quebrarse y tener miedo. No vaya a ser que la productividad se infecte de esta duda.
Escucho también lo que no tiene lugar: ¿qué otro vocabulario podría aparecer si este hombre no estuviera sujeto a esta escala de rendimiento? Quizás sería más directo, pero quedaría mucho más claro el eufemismo y quien tiene realmente el poder: el jefe de la empresa te quiere despedir y te está poniendo a prueba porque sabe que con la presión te vas a quebrar y va a tener una buena excusa (numérica, objetiva) para correrte.
El miedo es un factor que afecta la métrica, la vergüenza es un indicador de ir por debajo del mínimo. Además, para internalizar más la culpa (el vigilarse y castigarse), la persona debe evaluarse a sí misma. Es más fácil que haya una autoevaluación, nada es entonces tampoco responsabilidad de la empresa, ni la evaluación, ni las consecuencias, ni el castigo. Es, tan solo, el protocolo. Y lo tienes que aceptar.
El hombre me contó después cómo seguirá el proceso de su caso: “mi manager me va a calificar en una escala del tres al cinco, el mínimo es tres. Yo siento que estoy por debajo del tres. Luego me van a contactar de Recursos Humanos, le van a hablar también al manager de mi manager” y luego “tengo un one-to-one con mi manager donde me va a decir cómo va mi desempeño”, para ver si me quedo o, como se dice en el mundo corporativo, “lamentablemente me dejan ir”.1 Como si fuera la empresa la que sufre al tener que “dejar ir” al trabajador, lo que borra por completo la violencia estructural de los procedimientos.
Escucho este tecnolenguaje patético que borra todos los afectos, que nos individualiza y nos culpa, que se entromete en lo más profundo de nuestra subjetividad para robarnos las palabras con las que podríamos nombrar lo que nos están haciendo.
Pero este lenguaje no surgió de las empresas. Es el síntoma de algo mucho más grande: una reorganización de la producción que lleva décadas vaciando el lenguaje para volverlo puro operador: códigos de códigos en “lenguaje natural”. Al capital sólo le importa cuánto valor puede producir el trabajo en una unidad de tiempo. Pero ahora le añadimos una nueva capa a la abstracción capitalista: la transformación y la producción ya no suceden en el campo de los cuerpos y la manipulación material, todo se juega al nivel de máquinas informáticas. La información ocupa el lugar de las cosas y el cuerpo se elimina del campo de la comunicación.2 Darle el valor a algo tampoco pasa ya por el valor de uso ni por la producción, sino por la circulación pura de signos que se reproducen a sí mismos (basta ver cómo escriben las inteligencias artificiales que reproducen signos que anticipan los deseos y decisiones, eliminando toda nuestra subjetividad).
La semana pasada tuve que enviar mi formulario de evaluación anual para tener una reunión con mi supervisora en la universidad tecnofeudalista3 en la que trabajo. Este año, cambiaron el formulario y ahora lo llaman el GROW (que significa CRECER, aunque es un acrónimo de otros términos). La primera pregunta es, como si el formulario te saludara: “¿Cómo estás?”.
Y se supone que debemos contestar con apertura y vulnerabilidad una pregunta que toca lo más íntimo de nuestra existencia. ¿Cómo estoy? Estoy agotada. Estoy decepcionada. Siento impotencia y me siento aislada. No me siento escuchada. Estoy buscando una nueva carrera como conductora de autobuses, porque no soporto que la lógica de cuántos estudiantes hay en una clase determine el valor de lo que quiero transmitir. Porque los estudiantes son los clientes y hay que hacer lo que ellos pidan, aunque ni ellos sepan lo que quieren. No hay remedio. Hay que adaptarse. No hay conversación. A nadie le importa lo que hago, siempre y cuando trabaje más horas que valen menos en un sistema absolutamente opaco que contabiliza el trabajo. Porque al final, no se trata de trabajo ni de darle un sentido a tu vida, sino de productividad. Es cosa de los números y del presupuesto. De la precarización del trabajo cognitivo, sufriendo el mismo destino que todos los otros trabajos. También el pensamiento se precariza. Sobre todo la palabra.
La serie Severance pone en escena esta paradoja mejor que cualquier otra crítica cultural que yo haya leído. En ella, los empleados del piso severed tienen un chip en el cerebro que les permite ser personas completamente distintas dentro y fuera del trabajo: dos vidas sin memoria compartida, sin contaminación posible. El departamento de Refinamiento de Macrodatos no sabe para qué hace lo que hace. Su trabajo consiste en “sentir” números en una pantalla y clasificarlos en carpetitas según una lógica que nadie les explica. No pueden tener contacto con otros departamentos. No pueden preguntar. Si se portan mal, los llevan al break room, que en este caso no es para tomar un descanso, sino para que los rompan. El peor insulto de la manager del piso fue acusarlos de ineficiencia y de deambular como “pollos de libre pastoreo”, y eso, en la lógica de la empresa, fue lo que provocó la revolución. El tecnolenguaje había llegado tan lejos que convirtió los afectos en datos y los datos en trabajo no remunerado de conciencia ajena.
Hacia el final de la sesión le dije a mi paciente de forma tentativa que quizás no tenía un problema de ansiedad. Que lo roto no era él, sino el sistema. Que el formato no puede medir lo que vale una persona. Que la escala del tres al cinco no dice nada verdadero sobre nadie. Que un formulario no alcanza para expresar ¿cómo estás?
Me escuchó. Me dijo que sí. Pero la culpa no se fue. Ese es el logro más sofisticado del tecnolenguaje: no sólo nombra el mundo, lo internaliza, como decía Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Hace que un trabajador sienta como fracaso propio lo que es violencia estructural. Hace que uno quiera llenar mejor el formato en lugar de preguntarse por qué existe el formato o qué abstracción mide, qué crimen justifica.
Y eso no es un problema de desempeño o de productividad. Es un problema de lenguaje. El lenguaje, a diferencia de la métrica, se puede cambiar. Aunque no del todo: como propuso Lacan, no somos nosotros quienes hablamos el lenguaje, sino el lenguaje quien nos habla. Mi paciente no eligió armar su historia con cíclopes gigantes llamados managers o con batallas campales llamadas one-to-one en donde se juega el honor de su productividad. Esas palabras son la novelística contemporánea de los recursos (in)humanos.
Ser conscientes de esta trampa no nos libera de ella, pero es el único lugar desde donde se puede empezar a encontrar una puerta. Empecemos a preguntarnos quién habla cuando hablamos. Y a llamar a las cosas, en la medida de lo posible, por su nombre.
- En inglés la expresión es they regretably have to let me go.
- Ver para un análisis de este tema Franco “Bifo” Berardi, The Uprising: On Poetry and Finance. Semiotext(e), 2012.
- El término “tecnofeudalismo” es desarrollado de Yanis Varoufakis. En Technofeudalism: What Killed Capitalism (2023) Varoufakis argumenta que las grandes plataformas digitales han reemplazado al capitalismo tradicional operando como señores feudales que cobran renta por el acceso a sus infraestructuras. El trabajador ya no solo produce valor: también paga por el derecho de existir dentro del sistema. Un ejemplo muy claro: en mayo de 2026, un incendio en las instalaciones de los Centros de Datos en Almere obligó a cerrar varias a mi universidad en los Países Bajos. La universidad, fundada en 1636, tuvo que suspender actividades porque sus edificios, su red y sus sistemas dependen de una infraestructura digital controlada por empresas privadas. El señor feudal no vive en el castillo: vive en un servidor en un polígono industrial de Almere.




