Reliquias
Para que esto no parezca un elogio a la cantante de moda, voy a empezar con un elegante momento autorreferencial. Hace un par de años escribí un libro que iba sobre los objetos de segunda mano, las visitas lúdicas a los tianguis y, tal vez lo que más me interesaba entonces, por qué conservamos lo que conservamos. Durante el proceso de escritura acumulé muchos datos sobre cultura material y, más específicamente, sobre lo que denominé cultura de la pepena. Entre mis aprendizajes de ese entonces, uno que me pareció fascinante fue que la pasión por acumular y coleccionar no solamente es trasatlántica, sino atemporal.
Tal vez el libro del que más aprendí fue El coleccionista apasionado de Philipp Blom que, a mi juicio, pasó sin pena ni gloria y yo lucho por traerlo a cuento cada que puedo. En uno de sus ensayos, Blom relata que, en el furor renacentista europeo, muchos nobles que se consideraban los sucesores de Aristóteles o Plinio comenzaron a coleccionar ejemplares animales, vegetales y minerales de todo tipo. Era un momento en el que la distinción entre lo mítico y lo real no existía y los coleccionistas se entusiasmaban tanto por troncos antropomorfos y conchas marinas, como por lo que pensaban eran huesos de dragón, cuernos de unicornio y manos de sirenas. En la misma sintonía, lo sacro y lo laico compartían espacio, de modo que recuperar las astillas de la cruz de Cristo era tan importante como taxonomizar diferentes especies de escarabajos. Las colecciones se convirtieron en motores de secularización y fuentes de conocimiento que ya no dependían del clero.
Los eruditos laicos descubrieron que ya no bastaba con sentarse a estudiar tras el escritorio de un monasterio y recorrieron los mercados en busca de nuevos hallazgos. Antes de esto, el coleccionismo estaba limitado a objetos lujosos y bellos que reforzaban la riqueza y el poder de sus dueños. Los mercados significaron un cambio de paradigma: se dejó de buscar lo bello para apreciar lo grotesco, lo raro y lo insignificante.
Hicieron falta varios años y un capítulo del podcast sobre Barroco español que oigo religiosamente, para que viera una relación entre quienes dejaban de coleccionar vasijas de oro y comenzaban a coleccionar objetos insignificantes como pedazos de uñas, y el auge de las reliquias impulsado por la Contrarreforma.
Una reliquia es un objeto receptáculo de lo sagrado. Normalmente consiste en trozos del cuerpo de un santo recién fallecido, aunque también es posible que una reliquia lo sea porque estuvo en contacto con el santo. Esto último ocurría sobre todo cuando el cuerpo no estaba disponible, como sucedía con los mártires. Que sepamos, no existen trozos del cuerpo de Cristo, así que lo sagrado recae en los objetos que lo tocaron durante su martirio.
Las reliquias funcionaban como marcas de prestigio, talismanes y hacedores de milagros. Dice Antonio Rubial, quien entre muchas otras cosas es un experto en reliquias, que su demanda nacía de una necesidad de conseguir curaciones, milagros o protección contra los males del mundo. Las reliquias eran fuente inagotable de bienestar material y espiritual, detenían epidemias, traían las lluvias, curaban enfermedades, expulsaban demonios, y protegían cosechas y animales. Se cree que mucho españoles del siglo XVI confiaban más en las reliquias milagrosas que en las virtudes de la medicina oficial. Francisco González Crussí escribió que en tiempos de la Contrarreforma floreció el comercio de polvo de momia, preferiblemente santificado, usado por sus supuestas virtudes terapéuticas.
Muchas veces las reliquias eran objeto de hurto por parte de los fieles, lo que reforzaba la fama de santidad de sus propietarios. Un aspecto más es que, al ser trozos normalmente pequeños de cuerpo o de materiales diversos, multiplicaban la acción benéfica que se distribuía entre un gran número de personas.
En el contexto católico europeo, comenzó una gran difusión de reliquias e imágenes milagrosas, así como un interés por su coleccionismo en toda Europa, como forma de combatir las críticas de Lutero y Calvino. En el contexto novohispano también hubo una profusión de cultos a las reliquias por parte de muchos caciques indígenas y de varios españoles.
Si bien no se podía comercializar de manera directa con las reliquias, sus traslados eran aprovechados por las autoridades eclesiásticas para bendecir una iglesia o un monasterio, consagrar una nueva fundación o celebrar las festividades religiosas. También reportaba beneficios a las arcas eclesiásticas, dada la costumbre de entregar ofrendas votivas y donativos en agradecimiento a las curaciones o favores que habían propiciado.
Como todo, para que las reliquias funcionaran necesitaban un contraste, que en este caso fueron los objetos perecederos. De acuerdo con Gustavo Curiel, a finales del siglo XVI, los estamentos más acaudalados cifraban buena parte de su prestigio social en la acumulación de objetos que les permitían vivir lujosamente. Las casas de los ricos o de otros personajes en ascenso social poseían tapices, alfombras finas, platería procedente de la conquista del Nuevo Mundo, cristalería veneciana y muebles de un lujo que rayaba en lo obsceno. Estos objetos abarcaban salas, salones, letrinas y baños, recámaras, tocadores, salones de juegos, cocinas, despensas y coches. El lujo no abarcaba únicamente los espacios domésticos profanos, sino que se destinaba también para los ámbitos religiosos, como los oratorios particulares. Esto ocurría pese a los votos de pobreza impulsados por las órdenes mendicantes y las reformas a la corrupción del clero que se discutieron en el Concilio de Trento.
Frente a todos estos objetos lujosos que en muchos casos también tenían un valor utilitario claro, muchas órdenes religiosas comenzaron a buscar la columna, la cuerda, la ropa blanca que le pusieron a Cristo, las varas con que lo azotaron, la corona, la caña, la lanza, la esponja, los clavos y, finalmente, la cruz. Estos objetos adquirían valor por su contacto con Cristo. Si se despojaban de esa característica, su existencia las convertía automáticamente en basura.
Aunque las reliquias enfrentan una idea de lo sagrado contra la caducidad terrenal, paradójicamente la parte material es lo que las ancla al mundo y son objetos capitalizables y vendibles. Qué hay de diferente, entonces, entre conservar la uña de una santa y guardar las muelas del juicio en una cajita en forma de ratón. Qué distancia media entre conservar un montón de astillas y guardar un mechón de pelo o el cordón umbilical de un recién nacido. Solamente una vida virtuosa. Pero lo que puede parecer sórdido para algunos (en 1543 Calvino escribió un tratado para prohibir las reliquias), es un acto de amor desde otro punto de vista.
Ahora pienso mucho en que quien guarda boletos del metro descontinuados, folletos de las ciudades que visitó o camisetas firmadas por excompañeros del colegio tiene entre sus manos reliquias cotidianas.




