Tierra Adentro
Producción del primer antibiótico, la penicilina; Fotografía de la exposición del Palacio de la Découverte titulada "Penicilina", 1946. Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Producción del primer antibiótico, la penicilina; Fotografía de la exposición del Palacio de la Découverte titulada “Penicilina”, 1946. Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Miré con resignación el par de puntos blancos. Al fondo de mi boca, enquistada como un signo funesto, enrojecía mis amígdalas una discreta placa de bacterias. En espera de salir al cine, Tristana se impacientaba en uno de los sillones de la sala. No había tiempo para una visita al médico. Esperanzado en un auxilio antiséptico, sin meditarlo casi, revolví una gaveta hasta dar con la sustancia que buscaba: yodopovidona. Tras comprobar la fecha de vencimiento impresa en la botella, me dispuse a mezclar una cucharada del líquido opaco en un vaso de agua. Hice gárgaras con el gesto desganado de quien sabe que perderá una apuesta.

Ya en la sala del cine, quise reírme de la afición nostálgica que llevó a Steven Spielberg a diseñar, para su última película, alienígenas ojones e hidrocefálicos tan similares a los que ha producido Hollywood desde el inicio de los tiempos. Pero mi cuerpo no respondía. Pude apenas tiritar entre bocado y bocado de palomitas. El refresco me supo igual de insípido que las escenas finales de Disclosure Day.

Al día siguiente, Tristana me encontró convertido en una masa febril. Deslizó, al ver mis ojos vidriosos, un diagnóstico con el que disimulaba una burla:

—Tienes gripe de hombre.

Es decir: era víctima de una afección viral común y corriente cuyos síntomas exageré por mi incorregible condición genital. Desconozco qué tan fiables sean los estudios en los que se concluye que los hombres sufrimos más los resfriados por factores hormonales que atenúan nuestro sistema inmune, pero evité legitimarlos. Aferrado al cachito de dignidad que me restaba, argumenté que mi malestar no lo provocaba un virus, sino una bacteria. Supuse que una receta médica terminaría por reivindicarme.

Bastó caminar un par de minutos para toparme con un local de Farmacias Similares. Sudoroso, vi el contoneo bobo de la botarga del Doctor Simi y me invadió el mismo entusiasmo que debieron tener los marineros del pasado al atisbar un faro a la distancia. Hice fila para ser atendido en el consultorio anexo. El médico encargado era un treintañero que, quizá como muchos otros en su condición, se conformó con dar consultas generales mientras lograba acomodarse en una especialidad. Vigilaba su trabajo una imagen hecha con inteligencia artificial en la que el fundador de la compañía se abrazaba con la mascota publicitaria.

  —Tienes gripe —concluyó después de hacerme sacar la lengua y apuntar con una linternita—. Es probable que la placa que notaste en tus amígdalas fuese comida acumulada. Mejor evitemos los antibióticos.

Asentí. ¿Quién era yo para cuestionar el diagnóstico de un profesional de la salud? De paso celebré que el médico evitase caer en el vicio común de los consultorios adyacentes a farmacias: recetar toda clase de tabletas con tal de agotar un inventario y cumplir cuotas de venta. En nuestro país, al menos, este problema era tan grave hace unos años que la Ley General de Salud ahora obliga a que los antibióticos sean dispensados, inexcusablemente, con una receta médica que debe retenerse tras la venta del producto.

En mi paso por el laboratorio de la doctora Ikuri Álvarez Maya, cuando aún me dedicaba a la investigación biotecnológica, pude familiarizarme con algunos de los mecanismos de resistencia antibiótica que llevaron a las autoridades mexicanas a regular de forma más estricta la venta de fármacos. Mientras yo estudiaba la genómica de la bacteria responsable de la enfermedad de Lyme, la mayor parte de nuestro equipo de trabajo se ocupaba de analizar la epidemiología de la tuberculosis farmacorresistente. El suyo era sólo uno de los incontables monstruos diminutos que han encontrado la manera de eludir todo tratamiento disponible.

Alexander Fleming no tenía modo de prever los efectos evolutivos que su descubrimiento desencadenaría en las comunidades de patógenos del futuro. Los antibióticos funcionan porque explotan diferencias entre las células bacterianas y las humanas. Los betalactámicos, como las penicilinas, interfieren con la síntesis de la pared celular, mientras que las fluoroquinolonas, entre las que se cuenta el ciprofloxacino, alteran la replicación del ADN. Sin embargo, los bichos microscópicos, tan vivos como quien lee esta línea, son capaces de usar las artimañas de la selección natural para sobrevivir a los comprimidos con los que buscamos eliminarlos.

Los mecanismos de la genética nos rigen a todos por igual: los patógenos no están exentos de sufrir mutaciones espontáneas. El problema de las bacterias es que ellas producen enormes poblaciones y se dividen con rapidez; antes de administrar el antibiótico pueden existir unas cuantas células con una mutación que les otorgue más chances de supervivencia ante el fármaco. Si bien las bacterias susceptibles disminuyen o mueren, las resistentes pueden seguir multiplicándose porque han perdido a buena parte de sus competidoras. Por eso el medicamento también funciona como un inesperado filtro ecológico.

Toda exposición a un antibiótico ejerce, en alguna medida, una presión selectiva. No existe un tratamiento antibiótico neutro desde la perspectiva de la evolución. En una infección bacteriana que requiere tratamiento, aceptamos un costo evolutivo y ecológico porque obtenemos un beneficio clínico incontestable: controlar el contagio, impedir complicaciones y, claro, salvar la vida del paciente. Si cometemos el error de consumir antibióticos para tratar una infección viral, como la influenza, pagaremos prácticamente el mismo costo sin obtener ese beneficio. Hacerlo es tirar a la basura nuestros comodines farmacológicos en el juego de la evolución.

Tras un par de días de inefectivo paracetamol, mi garganta se había inflamado en proporciones que complicaban hablar y alimentarme. La noche estaba por caer cuando decidí buscar una segunda opinión. Tristana me acompañó a buscar un consultorio que se encontrase abierto y no tardamos en dar con uno, oh sorpresa, adosado a una farmacia. El médico miraba el partido de Uruguay contra España cuando me vio entrar. De nuevo tuve que sacar lengua en espera de que me alumbraran la boca. El veredicto era claro:

—Tienes una infección. ¿No notaste la incomodidad en tu garganta desde antes?

Salí del lugar con la dignidad recobrada y una caja de levofloxacino. Vencí la etiqueta de hombre llorón con gripe: era, sí, un hombre llorón, pero víctima de un pequeñísimo monstruo evolutivo que dignificaba mis mocos. Efectivo, el tratamiento hizo lo suyo en cuestión de días. Me pregunto si en el futuro tendré la misma suerte.

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