Tierra Adentro
Foto tomada de la base de datos de Google

50 años de la publicación de su primera novela Los dominios del lobo

 En marzo de 1971 un joven escritor madrileño publicó su primera novela, una novela extraña para la época porque, a diferencia de la mayoría, ésta no hacía ninguna alusión a la Guerra Civil, a Franco ni a España, sino que se remontaba a los lejanos años veinte en los Estados Unidos. Los dominios del lobo surgió como un divertido homenaje a los años de oro del cine hollywoodense, el cual manifestaba la sensación de hartazgo de toda una generación no sólo frente a las condiciones socio-económicas de una España cerrada al mundo, sino hacia la literatura que se escribía al respecto: el realismo social y la novela de denuncia.

Si bien es cierto que en su ópera prima Javier Marías aún no había confeccionado el estilo tan característico de su obra —la prosa acaracolada que petrifica un solo instante a fuerza de ritmo, citas y reflexiones; un estilo que mucho le debe a sus lecturas de W.G. Sebald, Thomas Bernhard, Juan Benet y Laurence Sterne; un estilo que perfeccionó al grado de convertirse en el escritor más complejo que se lee con mayor facilidad—, es cierto que a sus 19 años tenía otras intenciones narrativas, relacionadas con sus labores como guionista, que se interesaban particularmente en sintetizar con la mayor agilidad posible un sinfín de tramas intrigantes y endemoniadamente cómicas. El joven Javier Marías renovó una literatura que parecía estancada, basada en tres principios a los que se ha mantenido fiel cincuenta años más tarde: 1) Cuanta más flexibilidad, libertad y atrevimiento se tenga al escribir una novela (sin caer en pedantes charlatanerías) más probabilidades tendrá ésta de ser releída una y otra vez; 2) “Sólo se queda sin misterio lo que jamás lo ha tenido en realidad”; y 3) El humor que perdura es alérgico a la cursilería.

En 1971 la publicación de Los dominios del lobo no sentó bien a esas mentes que creen que para que una historia sea interesante debe apelar al presente inmediato, a las tragedias mediáticas, a las temáticas de moda. A todas esas poéticas trasnochadas, Marías les propinó una simbólica bofetada al interesarse, en plena dictadura, por una familia criminal de Pittsburgh desmigajada en la geografía estadounidense que delinque por igual en el Chicago mafioso, en la California glamurosa o en el sur derrotado tras la Guerra de Secesión. ¿Y el franquismo? ¿Y los oprimidos? ¿Y el mensaje final? Marías sentó las bases de una nueva narrativa ignorando intencionalmente todos los hechos noticiosos de su tiempo. Lo que no quiere decir que Los dominios del lobo no sea una novela crucial; lo fue en la España a principios de la década de los setenta y lo es ahora, cincuenta años más tarde, en el malogrado siglo XXI.

Resulta muy curioso que, en nuestros días, obras que se venden como el culmen de la modernidad resulten caducas y anticuadas al día siguiente, mientras que obras clásicas de hace cincuenta, cien o doscientos años conserven toda su vigencia. Los dominios del lobo posee esa intemporalidad, lo que no significa que estemos frente a una obra maestra o se le pueda considerar un clásico literario. Sencillamente se trata de una gran primera novela que inauguró la espléndida carrera de un escritor que le dio la espalda al camino fácil y prefirió confrontar lo establecido.

El humor cínico y veloz de Los dominios del lobo retrata un universo lejano para reinventar las circunstancias inmediatas, como lo hizo Borges en su primer libro de cuentos, Historia universal de la infamia, o Vernon Sullivan en Escupiré sobre vuestras tumbas. Javier Marías, apasionado del cine clásico estadounidense, quería compartir con un país cerrado al mundo estas historias distantes que tanto le fascinaban. Así surgió Los dominios del lobo, como una plática fraterna que se ahorra los detalles soporíferos y dinamiza lo más posible los giros dramáticos o cómicos, quizá invirtiendo ciertos desenlaces melodramáticos para reinventarlos con un humor cruel que se atreve a reírse de todo: asesinatos, estafas, engaños, esclavitud y traiciones.

Marías no se enfrentó con la censura franquista, tan estricta por esos años, pero sí lo hizo con la censura de la industria cinematográfica estadounidense de otra era. Por medio de la ironía convirtió sus tramas favoritas (El buscavidas, Lo que el viento se llevó, Con la muerte en los talones, Esplendor en la hierba) en un continuo desfile de historias sin moralejas, sin giros remilgados, sin condenas solemnes. Es decir, hizo casi todo lo contrario a lo que hacen los productos culturales didácticos y sentimentaloides que se celebran hoy en día. Porque parece que en la actualidad solo hay dos modelos de obra que suscitan interés: los que retratan a las víctimas o los que ejercen de victimarios. Estos últimos abogan por una hiperviolencia explícita, una competencia de sadismo, que patalea desesperada por hacerse un hueco en la mente distraída del espectador. Por suerte, tampoco es éste el caso de Los dominios del lobo. La historia de la familia Taeger no cae nunca en el sadismo facilón, los personajes son violentos, pero puede que en toda la obra no haya un solo insulto verbal; habrá algún disparo, pero no aparecen los ríos de sangre ni la tortura simplona, elementos de los que se abusa grotescamente en las series más aclamadas y en las novelas más aplaudidas de la actualidad.

Si bien Javier Marías ya no tiene nada que ver con ese joven escritor de 19 años —ha pasado mucho desde entonces: dio clases en Oxford, tradujo el Tristam Shandy, escribió un puñado de obras maestras, es miembro de la RAE, su obra ha sido traducida a 46 lenguas y ha vendido más de 9 millones de ejemplares— algo conserva el autor consagrado, próximo a cumplir los setenta, de ese joven rebelde que aún hace rabiar a todo el mundo. Lo que preserva Javier Marías es el humor inteligente, que no se perdonaría hacerle perder el tiempo a ningún lector con excusas o perogrulladas y, sobre todo, la valentía, el no tener miedo de confrontar al diario en el que escribe, a su misma editorial, o a sus colegas novelistas y académicos cuando está en desacuerdo con ellos.

Si bien pocas veces comparto sus puntos de vista en cuestiones políticas —su aversión infantil a Podemos, su irracional defensa del Rey Juan Carlos I, su plena ignorancia en asuntos de América latina—, suelo estar completamente de acuerdo con su criterio en asuntos culturales. No creo que en México haya una autoridad intelectual con esa osadía, que es muy sana para combatir el ensimismamiento de la élite cultural.

Pongo un ejemplo, cuando llegué a Madrid había una campaña masiva de los medios para canonizar a una poeta a la que querían entronizar a la altura de Alejandra Pizarnik, Gabriela Mistral o Rosario Castellanos. Su libro estaba en todas partes, su cara figuraba en los escaparates, sus versos en los vagones del metro y en las paradas de autobús. Yo la leía y no me parecía gran cosa, pero todos los opinólogos la alababan como si fuera la reencarnación de Sor Juana. Unas semanas después, Marías soltó su opinión al respecto, que era muy parecida a la mía y a la de tantos que habíamos callado por miedo a quedar mal o por dudar de nuestro entendimiento poético: ¿de veras ésta es la mejor poesía? Bastó con que Javier Marías cuestionara su calidad para que numerosos críticos respiraran aliviados y expresaran su verdadera opinión. No es que fuera una mala poeta, pero sin duda no era esa leyenda que la prensa nos intentaba vender. Y es que los medios en España (que tienen una influencia enorme en América latina) siempre hacen lo mismo, le rinden una exagerada pleitesía a la última novedad de acuerdo a la conveniencia ideológica de sus autores. La prensa los promociona como clásicos imperdibles, lo que suele llevar a que el lector sincero se sienta constantemente estafado. Una opinión escéptica como la de Javier Marías resulta indispensable para desmitificar estas campañas tendenciosas, le pese a quien le pese.

Recientemente otro de sus artículos dominicales generó controversia cuando manifestó que todos esos novelistas que se quejaban de la corrupción de los políticos deberían confesar su propia corrupción en el medio editorial al recibir premios amañados —o sea, casi todos los premios de las grandes editoriales—. Posteriormente ahondó en la cuestión de los premios, alegando que éstos ya no tienen el menor prestigio, pues hoy en día se otorgan con base en la identidad del autor (currículo, género, orientación sexual, raza, procedencia) y nunca consideran la calidad de la obra. El mismo Marías se jacta de jamás haber participado en un certamen literario —con excepción del Premio Herralde, que devolvió y lo suprimió de su semblanza—. Frente a esta postura he de matizar un detalle que seguro no le gustará a Marías pero que es un factor actual que quizá no tiene en cuenta.

Algunos escritores que no son hijos de alguien influyente, y que no tuvieron el privilegio de que sus primeros lectores fueran Juan Benet, Carlos Barral, Vicente Molina Foix y Rosa Chacel, el único medio que tienen de publicar en una editorial de renombre, la única esperanza de ver su imaginación convertida en libro, son los premios literarios. Es probable que Javier Marías no sepa que el mundo editorial ya no funciona como en 1971, cuando mandabas una obra a dictamen y si era buena se publicaba con mejor o peor suerte. Al día de hoy ninguna editorial acepta manuscritos no solicitados, lo que significa que si no tienes influencias en el medio no puedes acceder a él, y las pocas editoriales que rastrean autores nuevos los admiten según su grado de influencia en las redes sociales. De modo que los premios que tanto aborrece Javier Marías son la primera y tal vez la última esperanza del autor primerizo que no quiere malbaratar su melodrama biográfico en el supermercado de las redes.

Javier Marías lo tuvo fácil para acceder a la literatura, pues provenía de una familia cercana al campo cultural, lo que no significa que, a diferencia de tantos, su obra no se mereciera la publicación. Coincido plenamente con Roberto Bolaño cuando afirmó que Marías es el mejor prosista en español de su tiempo, así como coincido con Alberto Olmos cuando dice que el Premio Nobel, más que darle prestigio a Marías, le devolvería prestigio al Premio Nobel, tan desvencijado en los últimos años. No obstante, me atrevería a afirmar que, si Marías no hubiera tenido contactos de cuna en el mundo cultural probablemente Los dominios del lobo, el principio de una grandiosa trayectoria, jamás hubiera visto la luz, y es probable que ahora no existiera su obra tal como la conocemos.

Afortunadamente, su obra existe y sigue tan vigente como hace cincuenta años. A estas alturas, tal como veo el panorama, me queda claro que un escritor como Javier Marías no se repetirá en muchos años, y si lo hace, es probable que este autor hipotético (atrevido, crítico, mordaz, valiente, contestatario e insobornable) pase desapercibido en la era en la que triunfa el que más se rasga las vestiduras.