Compilado a partir de un “espíritu generacional”, como asegura en el prólogo Diego Trelles Paz (Perú, 1977), también a cargo de la selección, los veintitrés autores latinoamericanos reunidos aquí escriben sin una estética ni ideología compartida, pero sí con el trasfondo histórico que definió el rumbo finisecular del siglo XX y el comienzo deL XXI. El embarazo durante la adolescencia, la pérdida de la virginidad, el ligue en una ciudad extranjera, el descubrimiento de los gozos del cuerpo, el amor, la búsqueda del padre, la locura y enfermedad son los temas de estos veintitrés cuentos, narrados, la mayoría, a través de voces en primera persona que tejen una rica polifonía de idiolectos del terruño.
Debido a su organismo narrativo hermoso, a su sensibilidad poética o porque retrata la asfixia de su país, tres relatos sobresalen del resto: “Hojas de afeitar” de Lina Meruane (Chile, 1970); “Náufraga de Naxos” de Ariadna Vásquez (República Dominicana, 1977) y “Huracán” de Ena Lucía Portela (Cuba, 1975). También hay otro cuya inteligente confección podría convertirlo en el favorito de muchos: “Variación sobre temas de Murakami y Tsao Hsueh-Kin” de Tryno Maldonado (México, 1977).
¿Quién de estos escritores se quedará en la historia? Imposible saberlo. Quizá la única forma de alcanzar la eternidad, ya lo decía Sábato, es ahondando en el instante… y aquí vive una intensa fugacidad.
Cartas ajenas es el cuarto libro del ensayista y narrador Geney Beltrán Félix (Culiacán, Sinaloa, 1976) y su primera novela. Antes, Beltrán Félix publicó los ensayos El biógrafo de su lector (2003), Elsueño no es un refugio sino un arma (2009) y un libro de relatos. Señalo la bibliografía porque creo que, justamente, Cartas ajenas reelabora elementos de estos dos géneros. Los incorpora, los re-ubica. Dividida en dos partes y un epílogo, con una prosa concisa, violenta, casi impecable, articulada en capítulos breves como cuentos, la novela se sitúa en una populosa —y a veces sórdida— ciudad latinoamericana, para narrar el recorrido de una serie de personajes que, deslindados en apariencia, se vinculan a partir de una ruptura en la cotidianidad. Me explico mejor: un hombre (Marioralio) regresa a su trabajo en la oficina de correos, ha perdido una mano, se ha ido de viaje. Ya se nos ha anticipado sobre su “necesidad existencial” de abrir cartas ajenas. Y esta especie de parquedad del personaje —desencantado, contenido, sobre todo eso, contenido— lo hará enredarse con las historias que lee. Buscará a las personas de los remitentes, se involucrará en las situaciones, e irá formando, de esta manera, su propia identidad.
Este es el detonador de la trama. Que en un primer momento, entiendo, puede resultar un disparate. Sin embargo, precisamente a fuerza de estas coordenadas un tanto inverosímiles, la prosa va forjando un mundo donde lo real nunca es estable, donde lo real siempre se moviliza: se torna huidizo, se quiebra. Para decirlo de una vez: estos corrimientos que crean las palabras construyen a lo largo del relato una suerte de realismo extrañado. Que habilita el hecho de que los personajes puedan estar mintiendo, o estén locos, o que en la superficie tersa de su cotidianidad irrumpa, fatalmente, lo fantástico. De esta manera, todos los niveles operan en simultáneo dentro de la narración, la ahondan, la complejizan. En tanto la escritura (las cartas) van conformando el primer vínculo por el cual Marioralio se acerca a la vida de los otros: a un hombre que se suicida luego de la muerte de su amante; a unas gemelas desesperadas; a un viejo brutal que busca impiadosamente a su hijo. Cada personaje es también la propia historia del empleado de correos, él se cifra y se organiza de acuerdo a lo que sucede con los demás. Pero, en contrapunto, casi toda la novela es sostenida por la oralidad. Se apoya en diálogos y monólogos internos, habilita la duda, la ironía, el sarcasmo, mostrando así una dinámica verbal intensa y, por momentos, conmovedora. Por eso, haciendo pie en este entrecruzamiento de claves, creo que la conocidísima frase de Paul Eluard calza en Cartas ajenas: “Hay otros mundos pero están en este.” Lo fantástico, en este caso, se vuelve “posible”, realidad palpable, es uno de los modos de la interpretación. Este es el caso de las gemelas, cuya historia inquietante parece desarrollarse fuera de los límites de nuestro universo euclidiano. O el de la empleada de correos, quien “dice imponer” la muerte próxima a cualquiera que se enfrente a ella, con sólo mirar a los ojos.
La segunda parte se articula como el envés de la parte anterior: es más discursiva, más ensayística, tiene una interioridad marcada, que resitúa al personaje principal en un protagonismo más nítido y enfático. Ahora, por fin, Marioralio habla. Claro que lo había hecho antes, pero, precisamente en este sector del libro, es la palabra de él la que va a desatarse con ferocidad: leemos, entonces, la historia de la pérdida de su mano y de su viaje; el enredo con los demás trabajadores en la oficina de correos, su “desencanto furioso” con la sociedad. Una perspectiva apocalíptica que exige cambio y renovación. Un monólogo esculpido dentro de una atmósfera brumosa, irreal, necesaria para hablar, justamente, de la realidad. Y aunque quizá la transición que va de la primera a la segunda parte exigía una gradualidad más marcada, un desarrollo más extenso, lo cierto es que en esta novela de Beltrán Félix la palabra siempre “cuenta”. Y me refiero a las acepciones posibles del término contar: la que remite a la narración clásica de un relato; y sobre todo, la que implica darle peso a las palabras, “apreciarlas”, “proponer” una mirada que busque movilizar la realidad del lector. Y esto último no es un rasgo menor. Para nada menor. Es una de las piedras madres por la cual se torna valioso este libro.
Los diarios personales son un género literario que nos hace cuestionarnos sobre nuestros motivos para leerlos: ¿Se trata de buscar a la persona detrás del artista? ¿O de encontrar los verdaderos orígenes de su obra? ¿O quizá de atisbar aquellas obras que quedaron para siempre sin terminar? ¿O simplemente de una curiosidad morbosa por ver al autor en tierra firme, lejos de su pedestal? Cuando el interés al escribir un libro, o un diario personal reside exclusivamente en retratar a un ser humano que goza de fama literaria, en este caso, el esposo de la autora del diario, es difícil para el lector encontrar algo de interesante en esas páginas. El libro de Jessie Conrad cae en esta categoría de diario en que la única razón para leerlo es el chismorreo literario, el deseo de enterarse de los pormenores de la vida cotidiana de Conrad, la cual no es para nada ni remotamente tan fascinante como los mundos creados por el escritor, el artista en el que se convertía al poner pluma en papel.
Que la biografía está bien escrita, no hay duda; la autora es, al parecer, de estas escritoras relegadas a la sombra por haber vivido exclusivamente para ser la esposa de un autor reconocido. Que su crónica de la vida cotidiana es fidedigna y un retrato por demás objetivo de una mujer que se casó con Joseph Conrad cuando apenas lo conocía, cierto. Que muestra el gran sentido del humor con el que esta joven manejaba el difícil temperamento de su marido, incuestionable. Es interesante la sinceridad con la que Jessie declara su condición “de esposa y madre del escritor aquel. Al depender tanto de mí, Joseph Conrad me despertaba el instinto maternal y hasta el fin de sus días me presté a ser el amortiguamiento que lo separaba del mundo externo.” Conrad es mostrado en su fragilidad de ser humano, “el hombre de los eternos cambios de humor”, lo llama su esposa. También ella se muestra como era vista por Conrad, quien odiaba su “hipertrofiado sentido del humor”, el cuál él consideraba un gran defecto de su timidez, pero Jessie consideraba una virtud que muchas veces aligeró las discusiones y los contratiempos en sus vidas. Las partes más humorísticas, quizás, para un lector ávido de detalles del mundo literario de ese entonces son aquellas en las que Jessie señala las mentiras y desviaciones en que cayó Ford Madox Ford una vez que su amigo falleció, y muestra cómo él era más abnegado que su esposa misma, cómo intentó borrarla por completo de sus recuerdos de Conrad y cómo pareciera que en cuanto él murió, se sintió dueño de su obra y declaró haberlo ayudado mucho más de lo real.
En este libro hay también breves resplandores de la inspiración de algunos de sus cuentos y obras, de un paseo, por ejemplo, en el cual vieron a los que se convertirían en Los idiotas; pero como Jessie misma lo dice, pocas veces Conrad escribía sobre lo que veía o vivía en ese momento, por lo tanto se vuelve un trabajo de ociosos descubrir estos instantes entre las páginas y páginas del diario donde se habla mucho más de las reflexiones de Jessie sobre cuánto gastar en muebles, qué casa alquilar para vivir, qué hacer para contenerse una vez más y no explotar ante la completa falta de empatía de su esposo, incluso en los momentos más precarios como dar a luz a su hijo, cuando Joseph Conrad se fue sin prisas en busca del doctor y se quedó con él a desayunar una segunda vez, asegurándole que no había prisa por volver al parto. Y si de lo que se trata es de sentir empatía por la situación de Jessie como mujer por completo sometida a los designios de su esposo, con unas veinte páginas sería suficiente: son innecesarias las más de cuatrocientas. El libro sólo puede ser apreciado y disfrutado por dos clases de lector, para quienes seguro sería de gran utilidad: uno interesado en la vida cotidiana de finales del siglo XIX y principios deL XX, o uno increíblemente obsesionado con Conrad, con saber los pormenores de su carácter y su salud, los ataques de mal humor en los que caía antes de que le viniera un ataque de gota, la cara de niño entusiasta que puso al recibir un libro de Henry James, los desplantes secretos de Ford Madox Ford contra su mujer y muchísimos detalles más, inservibles sin embargo si de lo que se trata es de entender sus grandes obras.
En su conocida “Advertencia al lector”, mediante la cual hace explícita la finalidad de sus Ensayos, Michel de Montaigne escribe: “Quiero que me vean en mi manera de ser simple, natural y común, sin estudio ni artificio. Porque me pinto a mí mismo. Mis defectos se leerán al natural, mis imperfecciones y mi forma genuina en la medida que la reverencia pública me lo ha permitido.” Él es la materia de su libro: sus páginas son el resultado de una profunda, desenfadada e irónica indagación sobre sí mismo; examen de aquello que comparte con la humanidad, sus virtudes y sus taras, sus ambiciones y sus fracasos. Sin embargo, los Ensayos no van más allá, en sus revelaciones personales, de lo que permite la “reverencia pública”. Pero hay escritores que descienden de la tradición ensayística de Montaigne, como Phillip Lopate (Nueva York, 1943), autor, entre otros libros, de una indispensable antología de ensayos personales, Retrato de mi cuerpo, que se proponen abiertamente tensar los límites de una conducta aceptable en primera persona. Quieren de veras pintarse a sí mismos al natural; autorretratarse o encontrarse mientras ensayan.
A esa estirpe de escritores pertenece Guillermo Espinosa Estrada, quien a través del ensayo ha logrado presentarse desnudo ante el mundo con una sonrisa desparpajada: la sonrisa de la desilusión, el escudo protector de quien nada tiene que perder. Por eso los doce ensayos reunidos en su primer libro La sonrisa de la desilusión, se desarrollan (porque ese es el propósito), a la manera de una stand-upcomedy routine, en la que el ejecutante desnuda su personalidad frente al público lector, revela aquello que otros dejarían oculto, y exhibe aquí y allá muchas de sus ilusiones perdidas, sus fracasos, sus manías, sus varias ineptitudes para la vida y su soledad. No obstante, en lugar de ceder al drama por las múltiples caídas, el autor elige la risa (o la risa lo elige a él), ese gesto de incivilidad, para relatar en cada ensayo momentos de plena felicidad y el anuncio del desengaño.
Los ensayos de La sonrisa de la desilusión parecen anclas lanzadaspor el autor al suelo de una vida y un pasado difícil de olvidar, cargado de expectativas y de fugaz felicidad. Acaso por ello los recuerdos de la infancia atraviesan las páginas del libro, porque son los niños quienes “corren apasionadamente detrás de los sueños y se despreocupan de toda realidad” (Robert Louis Stevenson). ¿Qué son las ilusiones si no sueños y estrellas en altamar? “Mi risa”, confiesa el narrador de estos ensayos que también son memorias, “es una máscara que oculta —primero— mis verdaderos sentimientos, pero casi al mismo tiempo revela —al observador— mi angustia.” También es una manera de resistir, de buscar la felicidad aun en las grietas de la tragedia. Fabular para impedir que la realidad, en muchos sentidos cruel, arrebate todo aquello que el narrador ha hecho suyo, como muchos de nosotros, a temprana edad: un viaje, un amor, los personajes entrañables de una Sitcom, la ingenuidad y la felicidad “siempre por venir” de la comedia romántica, la ligereza de la comedia musical, etcétera. “Me resisto a distanciarme de algo que ha terminado por ser tan íntimo”, escribe en uno de los ensayos, pero la afirmación puede extenderse al resto.
“La risa supone el examen libre de las inconstancias del mundo, sus imposturas, sus caprichos, su carácter inevitablemente ridículo […] La risa arrasa lo establecido y venerable; devasta lo habitual y lo reverenciable”, apunta Jesús Silva-Herzog Márquez en “Hobbes y la risa” (El Malpensante, núm. 109).
Guillermo Espinosa Estrada o William Thornway, personaje del que se vale el autor para contar una especie de autobiografía oculta entre los matorrales del ensayo, opone muecas de sonrisa frente a una realidad que se empeña en mostrar su cara trágica, derrotista, seria. No para ignorar el dolor, sino para sobrellevarlo, para impugnarlo. Aquí no caben los embaucadores de la autoayuda ni los “mercachifles del bienestar”, para quienes, incluso en la desventura más inefable, sólo existen la felicidad, los abrazos y las falsas sonrisas. Eso es una farsa; y sus promotores, farsantes. La felicidad no dura toda la vida: se refugia en instantes, en momentos, en apenas trozos de felicidad. Y son esos alientos de plenitud los que William Thornway quiere recuperar al relatar su historia; tablas a las que se aferra con humor descarado en medio del naufragio. Detesta a los optimistas, pero los envidia “en su espejismo”.
La solemnidad y la pedantería se cultivan y se reproducen entre los espíritus refrigerados, entre individuos doctos que aborrecen el aire libre, el movimiento, el paseo, la chacota. Nada más ajeno a William Thornway, cuya educación sentimental procede, en buena parte, de la comedia, la errancia y ¡la televisión! (exclamarían, poniendo el grito en el cielo, los escritores afectados, esos que disfrutan a escondidas de “la caja idiota”). No es extraño que a nuestro narrador le seduzca la comedia musical: “Hay algo en su banalidad que rezuma ludismo, ligereza”. Para el que carece de convicciones firmes, este tipo de comedia, con su baile, melodía e historia de amor, es lo contrario de la pesadez: agilidad, movimiento del cuerpo, danza, alegría, vuelo de pájaro, libertad, flotación, sonrisa. “La comedia musical no sólo logra suspendernos en el aire, también aplaza la ejecución de lo serio”. El espíritu de la pesadez no sólo lleva sobrecarga moral, también ha renunciado al magisterio de la risa y a cierta inocencia infantil (“Inocencia es el niño y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí”, afirma Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra).
La sonrisa de la desilusión, a través del ensayo, la crónica, la memoria y la autobiografía (con una inteligencia, un humor y una voz muy particulares que abrevan de Montaigne, Jonathan Swift, Stevenson, Hazlitt, Laurence Sterne, Chesterton y Lopate, por mencionar unos cuantos), captura instantes de felicidad infantil y juvenil que han quedado en el pasado y al mismo tiempo muestra una lucha tenaz del narrador, ayudado por el martilleo de los recuerdos, por no separarse de aquello que algún día, antes de la desilusión, lo hizo feliz (la comedia romántica, una mujer, la televisión, una composición para piano…).
En el último párrafo del primer ensayo, “Burladero”, hay una frase que podría ser la “Advertencia al lector” de este libro: “Nada de lo que yo diga puede ser tomado en serio.” Comedian al fin. Disfruten la función.
Emboscadas de la lengua, pactos verbales rotos incontables veces, los textos reunidos bajo el irónico título Nunca cambies. Poemas 2000-2010 de Inti García Santamaría son un ejercicio constante de contradicción. El “ingenuo” llamado a la estabilidad que los preside pareciera tomado del álbum de un preparatoriano, que se despide de un amigo o de una amada (de un sí mismo, un ánima, da igual), cerrando una aventura “inolvidable” para abrir otra más. “Nunca cambies, corazoncito” es el espejismo inicial que se le presenta a quien abre estas páginas y, después de tropezar con una dedicatoria robotizada —“Para la 74 / Para la 86”— , se interna en el primer volumen de poemas aquí compilado: Corazoncito (2004). Dicción encontrada, candidez rayana voluntariamente en la cursilería, la lectura pronto se apoya en la rebeldía de lo inconcluso, manifiesta en un epígrafe de Witold Gombrowicz acerca de un escritor que descree del Arte (así, con mayúscula), del cual tomo un fragmento: “Y no escribirá porque ya está maduro y consiguió la forma, sino justamente porque es todavía inmaduro y sólo en la humillación, ridiculez y sudor se esfuerza por atraparla.” Inti es un escéptico y se lo agradecemos todos aquellos que miramos con recelo la Institución Poeta en México. “Estival”, el excelente poema que abre Corazoncito, lírico y narrativo, dibuja una historia que vertebra los ires y venires de un lenguaje en constante usurpación de cualquier fijeza, con trazas recurrentes de ironía: “porque ninguna carta guarda la voz que descubrimos”, “hoy comprendes nuestro canto nunca estuvo / en la cueva que inventamos en su honor / sino en la necesidad de retener”, “cuando hablo contigo estoy diciendo a todos / una frase interminable que tus labios me dieron / un estilo para hablar de nuestras horas perdidas”, “no es posible traducir tu lenguaje sin traición”. Ese tú invocado (reconstruido aquí con fragmentos de un discurso de por sí fragmentario) hará eco inmediatamente en la serie de cinco poemas con idéntico título, “Bonita”, una suerte de Pretty Woman enrarecida (que resuena también en el poema “diecinueveaños”¸ Trilce ix referido, y el eco de la prehistoria de Trilce como práctica de rarefacción): “blusa roja estilo oriental”, “una señorita batata frita”, “Una. Maniquí de porcelana la nena”, etc. A seguir, la sección “Glam” (de glamour, ¿glam-poetry?) repite ese gesto desorientador de la identidad: tres poemas, en caja tipográfica de prosa, titulados “2001”, que tienen inicialmente cara de diario, pero que no lo son, albergan moldes de frases coloquiales que se tensan al entrar en contacto con frases de otra naturaleza: “Negro lo que se dice negro: mi reloj de pared”, “No siempre hablo de ti. También filmo pornografía”, “Tengo unos amigos, pero cada vez ves menos”. Estos non sequiturs son ejemplos de varios otros juegos de lenguaje que Inti realiza. Los “2001” ‘s alternan con tres imágenes de tipos diferentes: el brevísimo “haikú” “Rockstar”: “El niño autista canta / con harapos en la garganta”; el caligrama “gubia”, donde / i es un niño pescador; y “La primera lámina de Rorschach”: “cierra los ojos / su visión es una isla / la mancha más larga de un dálmata en calma […]”. Otros poemas visuales complementan esta faceta imagética: “Palomas (Dj set)” en que varias “y” conforman una parvada; “Avenas locas”, con al parecer unas gráficas sonoras; y dos “Pabellones de niños bipolares”, montajes de fotos del poeta niño con frases adosadas como grafitis.
Nunca cambies rompe otras convenciones editoriales: el segundo “2001” cierra extrañamente con los datos “Ediciones Oxígeno, Caracas, 2004”, referencia desubicada y trunca pues, ¿a qué título corresponden? ¿No hay título o el título es todo el párrafo?; el texto “El consumo de atún y pez espada puede provocar autismo en fetos” es un listado de seis referencias de publicaciones anteriores de poemas incluidos (p. e. “‘Bonita’, ‘Bonita’, ‘Bonita’, ‘Bonita’. El poeta y su trabajo, 9 (2002): 81-85”); “Hasta siempre”, título creativo y no anodino, abraza tres comentarios sobre la poesía de Inti: de Eduardo Milán (“arsenal formal […] que si no seduce espanta”), Jorge Fernández Granados (generación del fragmento, nihilismo, saturación, multimedios, zapping) y Antonio José Ponte (cadáveres exquisitos, promesa de llegada de poemas, titubeos, descoyuntamientos): ¿Por qué no un título que indique que es discurso crítico?
Hasta aquí nada pudo / separarme del cielo (2010), segundo libro compilado, va seguido de unepígrafe idéntico que aclara que se trata de un textotomado de Héctor Viel Temperley: redundanciaextraña. Algunos poemas: “La playa” tiene imágenesfulgurantes: “Los brillos de sal / sobre nuestroscuerpos oscuros / son estrellas / fugaces”; “Cielitolindo” vuelve a jugar con frases fosilizadas; un apartadocon la silueta de un pájaro como título pareceintentar un lenguaje ideográfico y su contenidoson poemas en colaboración con Dolores Dorantesy Hugo García Manríquez, a través de correos electrónicos:descoyuntamientos, incompletudes. El últimovolumen, Cuaderno de los rombos que florecen (2010), no en balde es calificado como extraordinariopor Milán. Inti parece haber atravesado la tormentadel “desarreglo de todos los sentidos”, lospropios y los de los textos. Su gran capacidad parael juego lingüístico, el gesto tipográfico, la rupturade códigos, la ironía y la parodia se han depurado;es decir, no se escalan tan frecuentemente demanera exponencial, en una angustia por hacer alsigno significar más y más. Me explico. Las prosaspoemasde la sección “Cuaderno de los rombos queflorecen” van gradualmente contando una historiade un yo que se dirige a un tú haciendo retrospectivade una pasión que acabó. Los rombos son originalmentede un sofá de los años cuarenta pero unode ellos: “solicitó pedirte que me sedaras y cerramoslos ojos y dos lenguas de higo programaron esamanera de recordar tu rostro en panales dorados”.La voz que narra pide: “Que te metan en una maletacon destino a Lima, la ciudad de las ex novias, yaparezcas convertida en una foto con dos años deantigüedad cuatro años después. Es mi manera deaceptar que los rombos se han convertido en octágonos.No sé si será cierto la próxima vez que lodiga”. Magistral manera de dislocar hacia los objetosla tensión de una furia amorosa condenada alas palabras. “Adentro, hay veces, hay peces y haypasos” sigue en la armonía de esa digresión simbólicaque cierra el penúltimo texto: “Entonces imprimimosun cuaderno de rombos que florecieronen los años 40”. En el último texto, los rombos hanpasado a ser parte de una blusa bajo un techo de palma, pero ya no se sabe si la persona invocada es la misma pues “las mujeres reparten turnos para alejarse de mi camino”. ¿Es un delirio, un daydream o algo que realmente sucedió? La serie cierra con: “Pensé que no podría recordar tus facciones si no era bajo los efectos de una enredadera industrial, pero caminaste hacia mí de la mano de un correcaminos tóxico”. Es justo en ese “correcaminos tóxico”, donde siento aflorar el exceso, porque no es la “enredadera industrial”, ni el “payaso de plástico” de la página anterior, ni las “lenguas de higo” mencionadas. Es un esguince metafórico que quiso ser irónico desaforadamente. ¿Para librarse de un posible romanticismo? ¿Hay límites para la ironía? El segundo apartado, “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”, conserva el equilibrio y la depuración. Hay genomas, edecanes, clonaciones, vectores animales, títulos como “Sesiones Quiñihual [Track 8]” y elegantes cortes de las últimas líneas de cada texto, como si se tratase de “prosas de pie quebrado”. Nunca cambies es un libro complejo pero armonioso. ¿Quién dice que no puede haber armonía poética en nuestra vertiginosa, fragmentaria, multidimensional y cuestionada ultramodernidad?
Odio a esos poetas jóvenes, ilusos, que abanderados por Mario Benedetti ladran versos sin sentido destinados a cambiar el mundo. Se les puede encontrar, con megáfono o sin él, sobre todo en los camiones, aunque los hay que de pronto resultan ubicuos e infestan plazas, cafeterías, monumentos y debajo de las piedras; porque ellos, a pesar de haber nacido al final de los años ochenta o durante los noventa, han descubierto el “arte acción”, y les parece muy contracultural y antisistema contaminar los espacios públicos con sus berridos. Es que están llevando la Poesía a quien no la tiene. Ah.
Se les puede encontrar también en las escuelas de letras, denostando a sus maestros, el programa de estudios y la burocracia escolar, pero incapaces de redactar una tarea sin faltas de ortografía. Son amantes de los puntos suspensivos porque piensan que llenan sus textos de misterio y sensibilidad, acusan al Estado de marginarlos por sus ideales y se autopublican en plaquettes y ediciones cartoneras con títulos como Las llamas de mi fuego, Micorazón se desmorona, o La poesía invade mi ser.
No les gusta leer para no contaminarse. Los únicos escritores que conocen son Sabines y Sabina. La trova los conmueve hasta las lágrimas y les incita a continuar con su labor. Todos se parecen. Los odio por igual.
Los peores son los poetas jóvenes que, además de conciencia social, tienen conciencia ecológica. Son los que escriben poesía verde dando voz a los lamentos de la pachamama. Los odio. Son los que poniendo el ejemplo sobre el cuidado del agua, pueden pasar mes y medio sin bañarse.
Odio a los poetas de mediana edad. Los odio. Esos que ganaron un certamen municipal o una beca estatal y llevan su libro de 1998 a todas partes. Esos que no se pierden ningún evento cultural porque son los únicos momentos en que pueden beber vino, aunque sea barato, y alardear acerca de su próxima obra maestra, esa que llevan escribiendo la mitad de su vida y que revolucionará el lenguaje y nuestra manera de ver a los árboles y las flores. Esos que son titulares en el taller de creación literaria de la universidad local, los editores de la revista de la universidad local; y que participan en toda presentación, conferencia, seminario, charla o debate de la universidad local donde haya café y surtido rico de Gamesa, así sea sobre las últimas investigaciones veterinarias acerca del moquillo en las razas mestizas.
Los odio.
Odio a las señoras ultrasensibles que visten huipil, rebozo y tacones de doce centímetros, esas que organizan los recitales para las glorias del pueblo y aprovechan los últimos minutos de la velada para leer sus sentidos pensamientos y reflexiones en rima sobre la importancia de la niñez, la fealdad de los pobres y el crimen del aborto. Las odio. Odio sus libros impresos con dinero de sus amigas, la Chiquis Corcuera, la Nena Vildosola, la Beba Videgaray y las otras chicas del bingo; esos libros cuya portada es una foto panorámica de la playa, con la autora en primer plano, alzando sus brazos al sol del amanecer.
Odio a los poetas. Los odio.
Odio a los poetas viejos, esos envilecidos por la vida literaria de provincia. Esos que creen que la credencial del Insen les otorga por default el paso a la gloria y posteridad. No importa que no tengan talento. No importa que no hayan publicado en los últimos veinte años. Esos que sobreviven impartiendo talleres por todo el país en donde les pagan por trabajar los textos de los participantes, pero que se dedican a vociferar contra la institución que los contrató, a maldecir a los funcionarios que firman sus cheques y a romper las ilusiones de los asistentes con frases del tipo: “¿Quién te dijo que esta cochinada es poesía?”, “Tú no sabes escribir, dedícate a la carpintería”, “¿Dónde esta mi dentadura?”, o “Esa de las tetas grandes, ¿cómo se llama?”.
Los odio.
Odio a los poetas hipsters, los que sueñan con publicar en La Tempestad y bailan sonidero. Esos que citan a Walser por lo que han leído en Wikiquotes.Los que en las cantinas de mala muerte conversan con los borrachosdel lugar para sentir la miseria humana de primera mano, y les pagan unaronda antes de arrancar su automóvil híbrido. Esos que llegan a sus lecturasen bicicleta, luciendo intencionalmente desaliñados, acompañados de una trophy girlfriend anoréxica y disléxica.
Los odio.
Los odio a todos.
Pero odio mucho más a los artistas multidisciplinarios.
Desde el punto más alto de la ciudadcontábamos las luces que se iban apagando,imaginábamos las manos apretándose en lo oscuro,las palabras pronunciadas en los oídos, la sensaciónde estar parados en el borde de un sueñoy contemplar el salto. Hablamos pocopero ese silencio nos bastó para entenderque incluso la ciudad era finita, con límites claros,y que algún díael desierto alrededor reclamaría los edificios, las calles, los autos,las banquetas. Sin decir nadaprometimos nuestros cuerposy la energía total de nuestro impulso, nos juramosnunca pensar en qué momentoterminaría la fiesta,sino acercarnos uno al otro lo más posibley bailaraunque del cielo cayeran los aviones.
Nunca creí en mi propia historiapero después de ese día dejé de inventarlay me abandoné a lo traslúcido, lo exacto y frágilcomo el rayo de luz que entraba a nuestra alcobapara alumbrar tus pies. Y fui como el polvo visible en ese rayo,ligero, flotando en la vocación de contemplarlas partes de tu cuerpo más parecidas al agua.
Te miraba dormir como quien mira su espalda por primera vezy quería encontrar palabras para despertartesin hacerte abandonar esa armonía. Cómo saber si al dormirno estabas mirando el principio de las cosas, una verdadimpronunciable.
Ya sabiendo cuántas pestañasy cuántas cicatrices teníamos los dos,el tiempo pasó más rápido.
Sólo tú me reconoces hoyaunque no te reconozcas a ti misma. Yo estoy felizde recordarte quién eresen la camay en otros lugares que la pielecha de menos. Como la lluvia
que también es un paíspara nosotros.
Interiores del libro José Guadalupe Carrillo García (1926-2009) de Paula I. Espinoza
Activo desde Guadalajara, el Taller de Ediciones Económicas (t-e-e) es un proyecto que explora las posibilidades del libro como formato. La clave está en el uso de una máquina Risograph cuya calidad de impresión es similar a la de un mimeógrafo. Con apenas dos años de historia, este taller tiene un importante número de títulos a cargo de artistas jaliscienses contemporáneos.
T-e-e comienza como un capricho en donde podemos explorar modelos contemporáneos de práctica editorial independiente. Funcionamos bajo un sistema de publicación de baja escala o small press que engloba toda la cadena productiva en una misma actividad: de la conceptualización a la edición, diseño, impresión y distribución del material: un modelo flexible y económico que permite una mayor capacidad de reacción en el contexto de la práctica editorial actual, lo cual se traduce en una mayor posibilidad de experimentación con contenidos y formatos. Este modelo, dados los procesos y materiales que utilizamos, permite obtener publicaciones de características que sólo son posibles en tiradas cortas. En contraste con las casas comerciales, una editorial pequeña y autónoma como la nuestra puede trabajar con mayor libertad y menos compromisos.
La duplicadora con la cual trabajamos es una Risograph GR 3750 que adquirimos en buenas condiciones con cuatro tambores de tinta: azul, verde, naranja y negro. Esta máquina está diseñada para reproducir ejemplares de un mismo original mediante un sistema heredado de los antiguos mimeógrafos; utiliza tintas directas y es capaz de imprimir sobre una gran variedad de papeles sin estuco. A diferencia de otros sistemas modernos de reproducción, Risograph no requiere de un proceso térmico para fijar las imágenes sobre el papel. Mediante una cama de escaneo, el sistema genera un original o máster que es transferido al cilindro de impresión, y que se descarta una vez se termina el trabajo. La única parte del proceso que no llevamos a cabo dentro del taller es la encuadernación, así que la confiamos a un colega impresor-encuadernador, que además es homeópata.
Debido al poder que se le ha dado a Internet como medio encargado de transmitir información y conocimiento, el libro impreso se ha liberado de la responsabilidad histórica de portador y se encuentra en un momento en el que comienza a cuestionarse a sí mismo como soporte, medio y objeto: punto fundamental en la práctica del Taller.
Inclinarnos a utilizar un sistema de impresión como Risograph no obedece al azar: nos interesa el hecho de que no esté diseñado específicamente para la reproducción de color, pues esto arroja resultados caprichosos en términos estéticos: con la variedad de sistemas digitales y análogos de que se dispone actualmente, la impresión de calidad se asume como un hecho; al momento de imprimir con un sistema con tantas limitantes cromáticas y técnicas, creemos que se recupera la atención en el objeto y su factura: el autor debe adaptar su forma de trabajo a una serie de condiciones tecnológicas que suelen llevarlo a cuestionar su práctica, con lo que obtenemos resultados particulares que en muchos casos representan una salida excepcional dentro de su universo estético. Por los mismos motivos, el destinatario final del libro suele acercarse con curiosidad a un objeto cuyas características distan significativamente de las de un libro desarrollado bajo procesos y convenciones industriales, lo cual vuelve a enfatizar la experiencia con el objeto que, de otro modo, suele asumirse como un portador invisible y protocolario del contenido: las características formales devienen parte fundamental del contenido de la obra.
El empleo de un sistema como el Risograph, que utiliza alternativas a los consumibles de origen fósil, implica trabajar con un modelo que pondera el ahorro de energía y materiales; esto lo vuelve un sistema económico que permite ofrecer ediciones limitadas a precios incluso inferiores a los de un libro comercial en rústica. Aunado a esto, procuramos seleccionar papeles nacionales baratos que en su producción empleen al menos un porcentaje de material postconsumo y eviten el uso de blanqueadores.
Durante el año 2011, el taller publicó tres títulos de la serie Seminario de Tesis I, para la cual invitamos a artistas visuales a utilizar el formato de libro como soporte de obra realizada ex profeso.
Nos interesa trabajar con artistas cuyo trabajo nos parezca honesto y tienda a evadir deliberadamente las convenciones a las que está sujeto el quehacer artístico en la actualidad, ponderando las estrategias marginales y caprichosas. Entre los títulos publicados a la fecha se encuentran libros de N. Samara Guzmán, una joven artista tapatía; Verónica Flores, arquitecta de formación y carpintera por vocación. El tercer título de la serie lo firma Fernando Palomar, uno de los fundadores de la Oficina para Proyectos de Arte (OPA). Los títulos que se encuentran en proceso y cierran el primer episodio de la serie corresponden a Pablo Rasgado, Jaime Martínez y Juan Núñez Lepe.
Historia General de Jalisco es la segunda serie publicada por el Taller y su interés primordial es la plasticidad de la Historia como ciencia humana y la especulación histórica desde una perspectiva empírica. José Guadalupe Carrillo García(1926-2009) es el título con el cual se inaugura esta serie y está conformado por transcripciones de diarios y conversaciones recabadas durante la búsqueda de rastros de un personaje fallecido en un remoto pueblo jalisciense. El documento, que registra la construcción de un personaje ficticio dentro de la memoria colectiva de una comunidad relativamente aislada, forma parte de un proyecto de la Asociación Estudiantil Independiente para la Observación Usufructuosa, un colectivo de artistas asentado en Guadalajara.
Recientemente, el Taller de Ediciones Económicas obtuvo el patrocinio de la Fundación Colección Jumex, gracias al cual se publicará durante 2012 la serie Seminario de Tesis II con títulos de Balam Bartolomé, Emilio Chapela y Miguel Fernández, así como tres títulos de la serie Artes Aplicadas I.
El modelo del Taller nos permite llevar a cabo ejercicios de publicación in situ, como fue el proyecto que desarrollamos durante la feria Cuarta Edición en diciembre de 2011, en el Museo de Arte Carrillo Gil de la ciudad de México, que llevamos a cabo con la colaboración de las editoriales presentes en la feria.
Interiores del libro José Guadalupe Carrillo García (1926-2009) de Paula I. Espinoza.
Portada del libro José Guadalupe Carrillo García (1926-2009) de Paula I. Espinoza.
Portada del libro El gallo de oro de Fernando Palomar. Foto: Taller de Ediciones Económicas.
Interiores del libro El gallo de oro de Fernando Palomar. Foto: Taller de Ediciones Económicas.
Interiores del libro Caja registradora de N. Samara Guzmán. Foto: N. Samara Guzmán.
Nicolás Pradilla y Gabriela Castañeda, editores de T-e-e. Foto: Paloma López.