Después de tanto ardor –tanto tratarde encontrar las palabras y de tocar la carne,la tibieza de ambas, o tan sólouna manera de lidiar con sus efectos–,después de tanto espacio que nos quedacuando lo buscamos, sin importar si lo encontramoso no, pienso, parada en la estación desiertade metro, mientras un cellista solitariomunido de su arco hace que los armónicosgraves retumben por la cueva,que debe ser deseo esto también:dirigirse no al músico(y sin nada de fuego), sino al tren: Sé lento,sé lejano. Déjame que me quedeeste zumbido visceralen los pulmones. Oblígame a esperar.No vengas nunca.
En el nuevo número de Tierra Adentro lanzamos la pregunta ¿Quién ve cine mexicano? A partir del primero de octubre a la venta en todo el país en librerías Educal.
Nuestras vidas están marcadas por la frecuencia con que navegamos en Internet. Nuestra rutina, por el número de entradas y participaciones en las redes sociales. Tal es, a grandes rasgos, el perfil del habitante del siglo XXI, y nuestro imaginario visual resulta cada vez más estridente, irregular. Miles de imágenes pasan por nuestros ojos cada día, los espacios geográficos más remotos aparecen ante nuestra mirada mediante una sencilla búsqueda en la red. Cualquier punto del mundo puede ser enfocado y visto en zoom in/zoom out a través de Google maps. En este contexto de accesibilidad y de sobreproducción de imágenes, cientos de usuarios documentan los aspectos mínimos de sus vidas, sus entornos, por tanto resulta sorprendente encontrar un trabajo fotográfico como el de Paulina Cortés Salgado (Ciudad de México, 1982). Una apuesta por el paisaje que se desmarca de la vorágine de la sobreproducción marcada por lo efímero.
Dotada de una destreza peculiar en el manejo del color, la artista propone la abstracción del paisaje. Parte de texturas y recuadros que descontextualizan una imagen para lograr, por medio de un detalle, la construcción de un paisaje subjetivo. “Algunos autores afirman que uno es el que da forma y contenido al paisaje, también lo caracterizan como dinámico, cambiante. Si el paisaje no es concreto y es determinado únicamente por nuestra vista e imaginario, ¿cómo y dónde estarían las montañas, el cielo, el agua?”, escribe la artista sobre su proyecto que nació en medio del paisaje desértico y marino de Baja California Sur, en regiones como Los Cedros, Tecolote, Bahía de la Paz, Guerrero Negro, Santa Rita, Punta Arena, El Pulguero, Coromuel y San Pedrito de las Palmas.
Criada en un contexto citadino, Paulina se mudó a la ciudad de La Paz en donde redescubrió, literalmente, el horizonte. Ante un territorio expandido refleja ese paisaje íntimo, ars combinatoria de elementos naturales al alcance de su mirada: hielo, arena, agua, bóveda celeste; la intimidad se traduce en el desciframiento de la visión natural, dispuesta en la corteza terrestre y la posible construcción propia de un álbum subjetivo, de una reflexión delicada ante los elementos que prescinden de la presencia humana, a veces aludida sutilmente a partir de las huellas que dejó su paso.
—Mónica Nepote
Fotografías: Paulina Cortés Salgado
Paulina Cortés Salgado. Bosque
Paulina Cortés Salgado. Eclipse
Paulina Cortés Salgado. Estadio
Paulina Cortés Salgado. Horizonte
Paulina Cortés Salgado. Montaña
Paulina Cortés Salgado. Nazca
Paulina Cortés Salgado. Ola
Paulina Cortés Salgado. Osa menor
Paulina Cortés Salgado. Parvada
Paulina Cortés Salgado. Mar
Paulina Cortés Salgado. Reflejo
Paulina Cortés Salgado. Sendero
Paulina Cortés Salgado. Sierra Urbana
Paulina Cortés Salgado. Volcán
De la fotografía como poesía
Una ciudad distinta
Me mudé a La Paz, Baja California sur en el año 2010. Me maravilló el espacio físico: la comunión del desierto con el mar es un paisaje que no se encuentra fácilmente, y crea situaciones y experiencias particulares. A mi llegada comencé a registrar los entornos que me parecían bellos o impactantes. Sin embargo, siempre quedaba insatisfecha con el resultado. Fue así que empecé a reflexionar sobre el tema y a investigar a distintos fotógrafos paisajistas. Me interesé en las observaciones de los filósofos Mariano Ibérico y Georg Simmel.
Los inicios y la primera cámara
Nunca pensé en dedicarme a la fotografía. En un principio mi acercamiento fue más por cumplir con el plan de estudios de mi carrera que por gusto, pero poco a poco me fue atrapando y ahora me dedico a ello. La primera cámara que recuerdo haber utilizado fue una Kodak para rollo de 110 exposiciones, la famosa cámara familiar. En realidad mi primera cámara fue una Canon AE1.
La fotografía como poesía
Cuando leo la frase: “la fotografía como poesía”, pienso en la palabra metáfora. Creo que ambos medios de expresión se unen en esta palabra. Lo que me maravilla de la fotografía es encontrar en una imagen tan parecida a la realidad algo nuevo sobre ella.
El mundo digital
Este tema está sonadísimo en la actualidad y creo no es para menos. Desde sus inicios en el siglo xviii la fotografía ha estado acompañada del desarrollo tecnológico. Pienso que para las personas que nunca se habían acercado a la fotografía o nunca habían contado con una cámara, el desarrollo tecnológico ha significado una nueva manera de mirar e imaginar su propia vida. El elegir qué momento u objeto fotografiar para compartirlo en las redes, es algo que no figuraba en el día a día de hace algunos años. Para mí este cambio es interesante, pues lo veo en mi entorno inmediato con familiares y amigos que antes no tenían una práctica visual y ahora, con la inclusión de una cámara en distintos dispositivos móviles, tienen un acercamiento con la disciplina, tal vez no profesional, pero lo tienen. Por otro lado, para los fotógrafos el desarrollo tecnológico abre una cantidad de posibilidades de creación y tratamiento de la imagen fotográfica que no es posible medir por el momento, lo cual me resulta emocionante. Pienso que la “manera” de hacer foto no ha cambiado: se necesita una cámara y con ella obtenemos una imagen que se editará después. Pienso que la manera de pensar en y concebir una fotografía es lo que está cambiando.
Vi una manada de sapos mirándose entre ellos discutiendo insectos en el cauce de mi reflejo No fue románticoLos trajes blancos apilados sobre el lago y una insignia dorada como el zancudo que distingue la sangre azulde una sustancia babosa deslizándose por las salinas rocosas del istmo nevado de AcapulcoFue mi más triste recuerdo estaba hecha pedazosme sentía grecorromanaUna brisa hermafrodita agitaba las faldasde las sombras del estacionamientoUn olor a aceite me alejó de la escenay entré al cine negroencendí un cigarrilloLa primera luz se encendió y por leyme echaron de este mundo
En 1990 pude morir en cuatro ocasiones distintas a causa de un derrumbe, un río, una navaja y una bala; nunca vi mi vida pasar ante mis ojos.
Crecí quince centímetros y aunque el estirón pareció volverme estúpido tuve la certeza de que si llegaba a medir dos metros todos mis problemas se solucionarían. Pesaba sesenta kilos.
Creía en los ovnis; creía en fantasmas; creía en casi todo aquello que prometiera no ser de este mundo y escribía poemas sobre el espacio exterior y cartas dirigidas a un marciano que no llegarían a su destino y que terminarían en el bote de basura una tarde de depresión postadolescente.
Pasé muchas tardes tirado en el pasto mirando las nubes en espera de un avistamiento y me enteré de casos verdaderos de abducción que resultaron ser falsos pero que yo deseaba con todas mis fuerzas que fueran ciertos. Deseaba abandonar este mundo pero me atemorizaba dejarlo incompleto.
En 1990 me enamoré como un idiota pero eso no es sorpresa porque cada año me enamoraba como un orate; creía en el amor y creía que masturbarme y eyacular en un preservativo que no estaba dentro de ningún sitio aliviaría mi sentimiento de soledad.
Hablé casi todos los días por teléfono porque así podía sostener relaciones que en la vida real no funcionaban. Hablaba durante un promedio de dos horas y el contenido de mis conversaciones iba del último programa de 98.5 FM a los tres deseos que me habría gustado pedir en ese momento y a lo que pensaba sobre la paternidad, los Lakers de los Ángeles y Vanilla Ice. Después de colgar me sentía incluso más solo que antes y me dolían la oreja y el cuello.
En primavera viajé a la sierra de Oaxaca y asistí a un funeral, contemplé de cerca la muerte de dos toros y fui invitado a una boda.
En prevención de una noche de amor decidí ejercitar mi cuerpo. Mi rutina consistía en cuatro series de abdominales, cuatro de lagartijas y cuatro de sentadillas. Podía correr cinco kilómetros en diecisiete minutos y treinta y seis segundos; era muy rápido.
En 1990 me peleé cinco veces y no perdí; cuidaba siempre que mis oponentes fueran más bajos y menos fuertes que yo. En cada ocasión sentí que no quería hacerlo pero al final emergía una violencia de la que no me creía capaz. Muy de madrugada vi un día a un policía muerto; tenía un agujero en la frente y me recordó la foto de un policía muerto que había visto unos días antes en el periódico.
Leí sobre el mundo de las bandas y deseé tener mi propia banda hasta que una noche asesinaron a una chica de mi edad. La gente compró cal para esparcirlo por toda la escena y sobre el cuerpo borrando así cualquier pista para dar con los culpables.
Me declaré a una chica en tres ocasiones y las tres veces me dijo que no. Y “no” fue la palabra favorita de 1990. “No” fue lo que pensé al contemplar el cadáver de mi primo Alberto; mi primo Alberto, que usaba Wildroot en el cabello, Stéfano en el cuello y Listerine en la boca; su mundo era el mundo del baile y las chicas.
Pensé que 1990 sería el último año que pasaría con vida y resultó no ser así. Mis sueños de grandeza tenían lugar en la placidez de mi cuarto a pesar de que lo más grandioso que sucedió ahí, en mi cuarto, fueron mis intentos por bailar como MC Hammer y Michael Jackson.
En 1990 trabajé como operador de una máquina inyectora de plástico hasta que me rompí la frente. Después de suturarme me ofrecieron un cheque y me despidieron.
En 1990 robaba dinero a mi padre como si no existiera un mañana. Al otro día, sin embargo, lo volvía a robar. Compraba cosas porque pensaba que comprar cosas aliviaría mi tristeza por no medir dos metros. Una de las cosas que compré fue un paquete de cigarros con los cuales pretendí peligrosamente tocar el mundo mítico de mi primo Alberto. Compré discos de salsa y los toqué en mi cuarto como una manera de recuperar su recuerdo. Me pareció basura.
En 1990 ocurrió mi primer desengaño en la vida cuando descubrí que no era del agrado de todos. Y las pretensiones a las que me sometí por ello fueron tan grandes que acepté vestir ropa de marca que no era de marca.
Miré mucha televisión.
Soñé con aviones cayendo en picada, con peleas, con chicas.
Fui testigo de un atropellamiento pero no podría decir si el casco que salió volando por los aires llevaba una cabeza en su interior. Todo fue confuso.
Por la forma de las nubes o por el color del cielo era capaz de saber si detrás se escondía una nave nodriza. Soñé con mi propia abducción. Quería dejar este mundo.
En el otoño de 1990 escribí un poema amoroso con las palabras “arrebol”, “lontananza” y “lobreguez”.
Practiqué trucos de magia para impresionar a la gente.
Vi un documental sobre la vida de los insectos.
Animado por largas pláticas sobre el mejor método para satisfacer a una mujer me convertí en discípulo de El Tao del amor y el sexo. La idea central, argumentaba el libro, era no eyacular y esperar el momento de la iluminación.
Asistí a una boda con un traje dos tallas más grande.
En la escuela conocí a un chico cuyos huesos eran frágiles como los de un ave; moriría en 1991 pero en 1990 fue mi amigo.
Me intoxiqué con bacalao, me luxé un tobillo y doné sangre.
Un hombre se lanzó a las vías del metro y desde el interior del vagón escuchamos gritos y huesos que se quebraban.
Fui asaltado a punta de navaja, de pistola y de violencia pura.
En 1990 sentía que allá afuera, en el espacio exterior, habría una mejor vida para mí. Y pensé sinceramente que sería mi último año en este mundo pero resultó no ser así.
Luis Buñuel llamó al cine “instrumento de poesía, con todo lo que esta palabra pueda contener de sentido libertador, de subversión de la realidad, de umbral al mundo maravilloso del subconsciente”. Si deseamos ver buen cine, tenemos la tarea forzosa de alejarnos de las grandes producciones. Tatiana Lipkes, quien guarda una relación estrecha con el séptimo arte, abre a los lectores la ventana de la pantalla al mundo libertador de la poesía.
Toda voluntad de realizar una película poética, y específicamente una película documental poética, está siempre al borde de la estupidez y de la indiferencia. Produce pánico. Siembra terror.
Dziga Vertov
Hyas de Jean Painlevé. Stills de video.
1. Jean Painlevé (1902-1989) nunca se dijo ni cineasta ni poeta. Fue uno de los pioneros del cine animalista y científico. Filmó unas doscientas películas bajo la premisa del descubrimiento y de la admiración. Delante de las cosas, incluso las más ínfimas de la naturaleza, encuentra ecos narrativos y poéticos, se mueve entre lo real y la metáfora. En sus películas de divulgación el científico toma distancia y le cede el lugar a una interpretación completamente distinta. La imagen es lo que está en primer plano, siempre en diálogo con sus observaciones científicas. De esa mezcla nace una relación muy estrecha con la naturaleza, que él no observa como biólogo sino con un sentimiento íntimo, de alguien que forma parte de ésta:
“Automáticamente, cuando veo un fenómeno, intento entrar en él. Trato de que dicho fenómeno me admita, que quiera aceptar mi espíritu. Y, a cambio, intento que se entienda lo mejor posible”.
Jean Painlevé es un poeta de lo infinitamente pequeño. Sus tomas están lejos de ser una coincidencia; las imágenes, que provienen de una elección minuciosa, van mucho más allá: de ellas surgen las leyes que rigen en un mundo desconocido, son poemas extraídos del lado invisible de los acontecimientos. La experiencia que adquiere de la observación minuciosa de cada animal, elaborada durante horas, le permite a Painlevé interrogar a su sujeto desde distintos ángulos, a veces poco convencionales, dejándose guiar por lo inesperado. Dice:
Hacer honestamente lo que sabemos, todo es más fácil cuando simplemente miramos… Hubiera podido crear un set, una atmósfera… no. Nada de crepúsculos ni de olas: un pulpo es un pulpo. El agua es transparente o turbia. La piedra es opaca o brilla. Hay que doblegarse ante las condiciones materiales del mismo modo como hacen los animales. Estas son mis únicas notas.
Al hacer de los actores no humanos el sujeto de sus películas, al introducir una dramatización inherente a la ciencia, Painlevé expande la noción del documental, introduce la dimensión de la ficción científica pero también la expresión emocional de la realidad. Así, Painlevé juega con esos mundos, subraya su diversidad y elimina las fronteras entre el hombre y el animal.
Lo poético está en los hechos, es decir, en la realidad de esos animales u objetos. La poesía está en las imágenes, cómo los vemos desplazarse, trepar o nadar, encontrarse, reproducirse, buscar a sus presas, acechar, atacar y morir.
2. En 2010, Werner Herzog nos sorprendió con su documental La cueva de los sueños olvidados. Y digo nos “sorprendió” porque volvió accesibles convirtiéndolas en formato 3D, las imágenes del interior de la cueva de Chauvet, no por otra cosa. Nos emociona descubrir junto a él ese lugar.
Mucho se ha dicho acerca de estas cuevas, pero nada de ello resuelve el misterio de lo humano. Lo cierto es que la gente que llegó ahí hace más de veinte mil años sabía de nosotros lo que nosotros nunca sabremos de ellos; sabían por qué estamos aquí, mientras que nosotros no sabemos aún qué fue lo que los llevó a ellos ahí. Rimbaud dice en Una temporada en el infierno: “Encontrar el lugar y la fórmula”. Esa fórmula se nos escapa.
Las imágenes que vemos en las cuevas son contradictorias: están básicamente dedicadas a animales salvajes —uros, bisontes, caballos, leones o rinocerontes—, y sin embargo nos muestran un gran contenido humano.
Las cuatro cabezas de caballo, los cuernos de los rinocerontes (uno encima del otro), las ocho piernas de los bisontes indican movimiento, movimiento que está al inicio de todo, incluso del tiempo, que podría ir en cualquier dirección. Pero se necesita ese espacio para introducir el efecto del tiempo en lo que nos provoca una emoción, el estremecimiento.
Herzog pregunta al final de su documental: ¿qué es lo que constituye a lo humano?
Su respuesta:
Una muy buena adaptación con el mundo. La sociedad necesita adaptarse al paisaje, a los animales, a los otros seres humanos, y comunicar algo, inscribir algo para crear una memoria. La invención de lo figurativo es la comunicación entre los humanos, y también con el futuro para evocar al pasado. Transmitir la información mejor que con el lenguaje. Ese invento sigue siendo el mismo hoy en día, por ejemplo con esa cámara. Jean Michel Genest nos confirma lo que suponíamos: Herzog también quiere inscribir su propia memoria en la cámara; sin embargo, se queda allí. Plasma las imágenes de los paisajes y los animales que ya fueron inscritas hace miles de años, pero el lenguaje, desde esos primeros tiempos, quizá no ha cambiado; vemos el principio de lo que es el cine, sí, pero también de lo que es poético.
3. La fuerza de las imágenes, la voluntad conciliadora del sonido y de la música y, sobre todo el montaje es lo que da potencia emocional a la obra de Artavazd Pelechian. Son esas nuevas disposiciones en las cuales se transforman y se reinventan de manera poética los sacramentos, los rituales y las técnicas que unen a los hombres entre sí. Pelechian conserva de las vanguardias de los años veinte la idea de la película como un gran poema audiovisual, una forma misteriosa de la obra que revela y se cruza con los ritmos del mundo y del hombre, uniendo la idea de la velocidad de las máquinas con la de la vida naciente. Pelechian busca antes que nada “demostrar el mundo” para llegar a transmitir esa emoción. El montaje le sirve para una sola cosa: canalizar la energía de toda situación histórica para producir una imagen poéticamente justificable de una humanidad reconciliada consigo misma.
Los mundos de Pelechian están hechos a partir de archivos desmontados y vueltos a montar sin preocuparse por seguir un orden, sin ceder a sus causas y sus efectos políticos, sin buscar el tiempo de la historia. Su cine se sostiene por la fuerza de un esquema rítmico que une los fragmentos discontinuos de la historia. Es la cadencia. Sus películas le dan la prioridad al referente más que a la referencia. Está convencido de que el cine puede “encontrar el movimiento secreto de la materia”. Las acciones humanas deben releerse como una fuerza armoniosa que restaura la unidad ya perdida. La poética de Pelechian consiste en establecer entre las tensiones de los movimientos de las masas y el movimiento de la película, entre cada rostro, cada gesto, la intensidad de un ritmo que abandona lo narrativo.
Su cine describe una nueva historia de la humanidad, reformula los lazos que existen del hombre a los hombres y de los hombres al mundo. Para él, los hombres no pueden actuar más que a partir de los movimientos que los definen. En la película Las estaciones vemos cómo la condición de la experiencia humana del trabajo es sobrenatural. Pelechian le rogó a los campesinos echarse al río con sus animales; y fue más lejos: si Paul Valéry dijo que en un poema había que hacer llover y no describir la lluvia, Pelechian le agrega agua a la lluvia. La poesía responde a un objetivo sencillo: hay que desatar las imágenes, los seres y las cosas de su contexto documental, hay que soltar las estructuras para transmitir la belleza y la fuerza de las obras de la humanidad, la humanidad de Pelechian que se reconstruye a partir de sus propias ruinas.
4. El barrio de Fonthainas, a las afueras de Lisboa, estaba ya en ruinas cuando Pedro Costa llegó a filmar la trilogía de Ossos, En el cuarto de Vanda y Juventud en marcha. Llegó como mensajero, a entregar cartas y regalos que la gente que le había ayudado durante la filmación de Casa de lava le enviaba a sus familiares. Pasó días enteros allí, platicando con los pobla- dores, bebiendo. Había algo muy concreto y al mismo tiempo muy misterioso: una tristeza cercana a la suya. Fonthainas abarcaba a un grupo de gente marginal, perdida, miserable e invisible. Filmarlos significó tratar de entender un mundo completamente ajeno. El reto era lograr pertenecer al lugar y que las imágenes, aunque vivas, mostraran lo que ya estaba muerto. Filmar la apariencia de la verdad en lugar de la verdad. Así, sus películas parecen estar siempre en el presente (Vanda repite constantemente todo lo que fue), quizá por lo que sucede alrededor de los personajes, las ruinas, las cosas que caen, el caminar en círculos. Nada sale de allí. El cuarto de Vanda ya no existe, existe sólo en cine. Y la Vanda de esa película está muerta; en la escena final de Juventud en marcha, ella dice: “Tengo que ir al cementerio, y me voy a quitar el duelo porque estoy en duelo de mí misma”. Esas palabras no son más que redes, pues para Costa la cámara es una pantalla dentro de la pantalla, lo mismo que la palabra para el poeta. De ese modo, entendemos que no trata de hacer poesía: es poesía.
Ventura, otro personaje, es constructor: lo que importa es que el muro permanezca de pie. Ya no, fue derrumbado. Ahora hay un abismo, y ese abismo es lo que nos acerca a Ventura. Y así, la poesía surge entre los planos fijos, en esos espacios restringidos, delineados con luz natural donde resuenan las presencias físicas y las voces moduladas como instrumentos musicales. El equilibrio vuelve, es una imagen en el tiempo más sutil que el poema, que la carta que es el poema:
Una lámpara. “Nha cretcheu, mi amor”. el rostro de Ventura en la penumbra. “Estar juntos de nuevo hará que nuestra vida sea más bonita, por lo menos treinta años más.” No parpadea. “Por mi parte volveré a ti más joven y lleno de fuerza.” Algo blanco sobre su cabeza. “Ojalá pudiera ofrecerte cien mil cigarrillos, una docena de vestidos modernos, un automóvil, la casita de lava que tanto soñaste y un ramo de flores de cuatro cuartos.” La poca luz deja ver un pedazo de muro derruido. “Pero sobre todo, bébete una botella de buen vino y piensa en mí. Aquí el trabajo no cesa. Ahora somos más de cien.” Sigue sin mover el rostro. “Anteayer, en mi cumpleaños, pensé en ti durante mucho tiempo. ¿Llegó bien mi carta? No he recibido tu respuesta.” Estático. “Sigo esperando. Todos los días, todos los minutos aprendo palabras nuevas, bonitas sólo para nosotros dos, hechas a nuestra medida como un pijama de seda fina, ¿no te gustaría?” Oscuridad. “Sólo te puedo enviar una carta al mes. Sigo sin saber nada de ti. Quizás en otra ocasión. A veces tengo miedo de construir estas paredes. Yo, con un pico y cemento, tú con tu silencio, una zanja tan profunda que te empuja hacia un largo olvido.” Sigue. “Duele ver estas cosas tan terribles que no quiero ver. Tu cabello lindo se desliza entre mis dedos como hierba seca. A veces pierdo las fuerzas y pienso que voy a olvidar.” Mira fijamente a la cámara.
Con la apertura de la primera sala de cine, el 28 de diciembre de 1895, en el sótano del Gran Café, Boulevard des Capucines 14, en París,1 nuestra manera de imaginar el mundo cambió para siempre. El cine ha transformado la percepción humana de una manera tan profunda que no es descabellado suponer que incluso haya modificado la manera en que se soñaba antes de su existencia.
Hoy su influjo es tan grande que la mayor parte de las personas que habitan el planeta imagina la vida —empezando por la propia— en términos cinematográficos. Por tal razón dedicamos parte de las páginas de esta edición a ese arte. El cine recoge y da expresión a nuestros deseos, fantasías, temores, pero ya no es (si alguna vez lo fue) sólo un inocente espejo de ellos. Los conduce y los induce.
El cine ha sido utilizado hasta la saciedad como un instrumento para brindar satisfacciones fáciles a un público poco cultivado, habituado a recibirlo todo “en estado de distracción” (la definición es de Benjamin) pero decenas de creadores cinematográficos han demostrado que su capacidad para producir poesía es inmensa.
“Hay una forma de poesía que sólo es posible en el cine”, decía Serguei Eisenstein, y es a propósito de esa poesía posible, de su ausencia o de su presencia en la pantalla, que medita la poeta y documentalista Tatiana Lipkes, a partir de un cuarteto de cineastas —el alemán Werner Herzog; el francés Jean Painlevé; el armenio Artavazd Pelechian, y el portugués Pedro Costa— cuya obra debe conocer todo aquel que se diga cinéfilo.
“Creo que ahora el problema más grave del cine mexicano es la exhibición,” dice Kenya Márquez en un punto de la charla, a la que los convocamos con la intención de que los propios creadores comiencen a hablar públicamente de sus preocupaciones y con ello den lugar a una ref lexión seria, crítica e informada, que involucre a muchos otros actores de la cinematografía nacional, cuyo papel en la vida del país podría y debería ser trascendental.
Otro cuarteto, esta vez mexicano, conformado por tres cineastas y una crítica de cine —Natalia Beristáin, Kenya Márquez, Michel Franco y Fernanda Solórzano—, conversa acerca de lo que implica, según la experiencia de cada uno, hacer cine en México —y exhibirlo.
Otra conversación que anima este número es la que sostuvieron hace un par de meses Alma Guillermoprieto y Juan Villoro en torno de la práctica periodística y, más precisamente, del cultivo de la crónica o reportaje de investigación.
En México, ya se sabe, la crónica es el género fundacional de nuestras letras. Y se sabe también que a partir del siglo XIX alcanza una gran calidad literaria. Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, clásicos del género, son algunos de los autores responsables de ello (véase al respecto el prólogo de Carlos Monsiváis en A ustedes les consta).2
Los periodistas de nuestro tiempo se valen con enorme frecuencia de técnicas narrativas que convierten su trabajo en un objeto verbal perdurable, y ya nadie duda que el periodismo —“literatura bajo presión”, como lo definía Fernando Benítez— sea, en muchos casos, eso, literatura, y que, en sus mejores momentos, sea gran literatura. Tanto los reportajes de Alma Guillermoprieto como las cróni- cas de Juan Villoro son ejemplo de ello.
Cine y periodismo son los dos ejes que vertebran este número, las dos bisagras sobre las que gira la puerta que ahora se abre para ti.
Rafael Vargas
1 Tomamos de Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Ediciones Akal, Madrid, 2004, p. 694
2 A ustedes les consta. Antología de la crónica en México, Ediciones Era, México, 1980.
Cartel Festival Internacional de Poesía Caracol Tijuana
“Poesía es la recreación de todos los sucesos diarios, es abrir un camino neuronal, es llegar a la nada que es todo. Poesía es estar en el presente de todos los tiempos.” Así define la poesía Yohanna Jaramillo, poeta tijuanense y organizadora del Festival Internacional de Poesía Caracol, que se llevará a cabo a partir del jueves 26 hasta el domingo 29 de septiembre entre Tijuana y Tecate. Se realizarán algunas actividades en las dos ciudades: Lecturas de poesía, presentaciones de editoriales, conferencias, tocadas musicales, y también el famoso slam poético.
Envié un breve cuestionario a la poeta, y ahora comparto por aquí los comentarios al respecto:
¿Cuál fue el objetivo inicial para realizar un Festival de Poesía de manera independiente?
El objetivo principal fue llevar la poesía a las comunidades, escuelas públicas y privadas, sacarla de la Institución. No existía en Tijuana festividad poética directa. Nos interesaba mucho como grupo (Poeta No Lugar) traer a la ciudad puntos de vista distintos sobre el género, lograr intercambios de cultura, aprovechando así que la obra del autor con o sin editorial llegara al lector de esta ciudad, así como que la de nuestros autores de Baja California se fueran a otras ciudades, a otros países.
¿Por qué consideras que es importante realizar actividades de esta naturaleza?
Porque así como existen los Low Rider, los ciclistas o los científicos que hacen sus encuentros cada año por poner un ejemplo, es importante por dos cosas: 1) Desde el primer encuentro de Poesía Caracol, me di cuenta del vacío en el que se tenía a la poesía, la tenían catalogada como aburrida, versada, para sólo pocos. Cuando fuimos a las escuelas secundarias, el asombro fue ver a la cantidad de jóvenes que escriben “a escondidas”, se logró que cada uno de ellos nos/se leyeran, así como se logró que hicieran sus propios libros cartoneros, con el apoyo de Margarita González. Hace unos meses me enteré que ya algunos jóvenes están en la Universidad, la literatura me cuentan ellos, les abrió otro mundo, otra puerta. 2) En nuestro oficio, intercambiar ideas con otros escritores que radican en otro punto del planeta amplía la percepción global de cada uno, se arman los rompecabezas y nacen los proyectos.
¿Durante estos ocho años de actividades qué experiencias consideras importantes para continuar –o no- la realización del Festival?
La anterior que comentaba: que los jóvenes año tras año hayan estado al tanto del festival, siguiendo a los escritores. Llegar a las comunidades. En el año 2010 realizamos “Lectura a domicilio” donde en la comunidad de Camino Verde fuimos a cada hogar a leer; también realizamos un taller de escritura a cargo de Lauri García-Dueñas y Javier Norambuena con señoras de la comunidad, fue mágico. Existe un amor-temor a las letras, pero cuando llegan a ellas sonríen, así como cuando se baja uno de un juego mecánico extremo.
¿Cuál es la diferencia entre organizar un Festival y una serie de lecturas entre amigos?
Las actividades, ya que durante cuatro días se logran tres lecturas diarias. No se realizan sólo lecturas, también talleres, presentaciones de revistas o libros y performance. La responsabilidad de los veinte poetas foráneos que nos visitan cada año, así como lo administrativo, conseguir apoyos, etcétera.
¿Cuáles son los criterios más importantes para organizar tu programa de invitados?
Por lo regular, se lee los doce meses a distintos autores, de ahí se trata de invitar a personas que no hayan venido, buscar nuevas culturas poéticas, poetas igual con un recorrido amplio para poder lograr mesas de charla, como este año que nos visitarán José Vicente Anaya, Olga Gutiérrez, así como Roberto Castillo para dialogar en torno al oficio del traductor. El festival es abierto, no hay convocatoria (ni de género, ni edades), el poeta que pueda venir es bienvenido.
Esta octava emisión, el Festival está dedicado como homenaje al poeta tijuanense Roberto Castillo Udiarte. Mejor conocido como “El Johnny Tecate”. Castillo realizará una lectura de su obra y presentará el video El blues del cuervo, realizado bajo la dirección de Sergio Brown, Gidi Loza y Pável Valenzuela. La tradicional lectura en el faro de Playas el sábado 28 de septiembre se dedicará al escritor Rafa Saavedra, en colaboración también con las personas participantes en “Escritores por Juárez”, lectura poética coordinada en esta ocasión por Eugenia Elizondo.
Una de las dinámicas nuevas esta vez, ha sido la participación y apoyo en la coordinación del Festival, del poeta chileno Javier Norambuena quien desde el mes de marzo llegó a Tijuana, para colaborar directamente con la organización.
Cartel Festival Internacional de Poesía Caracol Tijuana
El programa en esta ocasión congrega a poetas de varias latitudes. Se reunirán en Tijuana durante esta emisión: Rocío Cerón, José Vicente Anaya, Roberto Castillo Udiarte, Olga Gutiérrez, Xavier Valcárcel, Abraham Vázquez, Víctor Calavera, Víctor Cabrera, Francisco Muñoz, Anthony Seidman, Martin Camps, Ánuar Zúñiga, Nicole Delgado, Víctor Rosas, Jorge Posada, Daniel Rojas Pachas, René Morales Hernández, Michelle Rodríguez, Ingrid Valencia, María Eugenia López, Jehú Coronado, Serguei Vassallo, Luis Eduardo García, Tania Carrera, Dillon Scalzo, Esther Galindo, Gidi Loza, Patricia Blake, Jocelyn Pantoja, Eugenia Elizondo, Alberto Paz, Jhonnatan Curiel, Bárbara Willem, Iliki Aguirre, Loida Haro, Nancy Bonilla, Mavi Robles-Castillo, Javier Norambuena, Hilda Servín, Patricia Villegas, Jesús García Mora, Félix Eduardo Márquez y Yohanna Jaramillo.