Tierra Adentro
Posiciones. Isidro R. Esquivel.

—Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

       —Yo no —respondió el otro—. ¿Y usted?

      —Yo sí —dijo el primero y desapareció.

George Loring Frost

Desde su nacimiento, la literatura mexicana testimonia una afortunada vitalidad mediante géneros, subgéneros, autores y obras, donde se evidencia la diversidad y la riqueza de sus propuestas estéticas. Muchos son los terrenos fértiles: la novela y el realismo ejemplifican dos de ellos. Sin embargo, existen otras áreas aparentemente infecundas: el subgénero fantástico ilustra esta opinión. El prejuicio no deja de sorprender y, por supuesto, requiere un análisis profundo. Sólo como una hipótesis lúdica, conjeturamos que lo fantástico, como la naturaleza de su discurso, se esconde entre páginas realistas y, a punto de asirlo, se nos va de la manos; sin embargo, basta revisar con mayor detenimiento la producción literaria mexicana para descubrir, semejante al fantasma del epígrafe, su persistencia en la aparente imposibilidad, lo cual examinaremos en las siguientes páginas, mediante el señalamiento de los principales autores, obras y estudios críticos en torno a lo fantástico, lo cual denota una sólida raigambre de este subgénero en nuestro país.

Lo fantástico desempeña un papel imprescindible en la literatura al representar su quintaesencia, pues escenifica “la naturaleza misma de la ficción[1]”. Esta facultad radica en el indisoluble vínculo originado en los correlatos realidad /ficción, natural / sobrenatural, posible / imposible, entre otros, los cuales ponen en juego a lo fantástico al, teóricamente, apelar a conceptos como mimesis, referente o verosimilitud, todos ellos preocupación de la literatura en general y de la fantástica en particular. Muchos teóricos han estudiado este subgénero y la bibliografía es amplia; sin embargo, no todos ahondan en su esencia; por ello, valoramos dos libros: el clásico, pero aún vigente y bien estructurado, estudio de Tzvetan Todorov[2], el cual examina los tres niveles de un texto fantástico: el verbal, el sintáctico y el semántico; asimismo, sobresale una propuesta contemporánea, la de Rosalba Campra[3], quien brinda un estudio profundo al analizar, semejante a Todorov, los niveles textuales, cuya articulación permite el surgimiento de lo fantástico. La obra de ambos autores determina dos ámbitos: el “real” y el insólito, el cual irrumpe fracturando al primero; en dicha ruptura o transgresión, el registro de la ambigüedad resulta definitorio e imprescindible; Todorov lo expone acertadamente: “Tanto la incredulidad total como la fe absoluta nos llevarían fuera de lo fantástico: lo que le da vida es la vacilación[4]”. Esta incertidumbre afecta los planos léxico, sintáctico y semántico de una obra; por ello, matiza, permea y erige las urdimbres de toda obra fantástica. En esa medida, la ambigüedad deviene necesario requisito para lo fantástico al fomentar lo inexplicable, ya sea en una parte o en todo el texto, sin ninguna posibilidad de solución satisfactoria, pues deja cabos sueltos, suposiciones y el sutil barrunto de otras desconocidas respuestas, en donde la finitud humana se enfrenta a lo insondable y sobrenatural del universo.

De este modo, la literatura fantástica en México, como un proyecto estético identificado plenamente, donde se expone la problemática en torno a una construcción mimética y su posterior transgresión, lo cual apela a lo anormal, sobrenatural o insólito, surge a partir de la segunda mitad del siglo XIX con cuentos como “Un estudiante” de Guillermo Prieto (1803-1862[5]), “La mulata de Córdoba” de José Bernardo Couto (1803-1862), “Lanchitas” de José María Roa Bárcena (1829-1908), “El matrimonio desigual” de Vicente Riva Palacio (1832-1896), “La fiebre amarilla” de Justo Sierra (1848-1912), “Rip-rip El aparecido” de Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), “Raro” de Guillermo Vigil y Robles (1867-1939),  “La serpiente que se muerde la cola” y “La novia de Corinto” de Amado Nervo (1870-1919), “ De ultratumba” de José Juan Tablada” (1871-1945), “Homo duplex” de Ciro B. Ceballos (1873-1938), “El papagayo de Huichilobos” y “El amo viejo” de Manuel Romero de Terreros (1880-1968), “El fusilado” de José Vasconcelos (1881-1959) y “La cena” de Alfonso Reyes (1899-1959), por mencionar algunos de los principales cuentos y representantes de esta primera etapa y cuya importancia la indica Ana María Morales: “desde […] el origen del cuento moderno en el siglo XIX, la modalidad fantástica hace su aparición con fortuna y se asienta en las letras mexicanas con una fuerza y recurrencia que pocos estudiosos han aceptado[6]”.

Durante el siglo XX y, en especial, a partir de la década del cincuenta, lo fantástico en México aflora con un mayor ímpetu mediante un corpus definido, con registros particulares y cuya apuesta por cada uno de sus creadores es más precisa y contundente; de igual forma, Ana María Morales lo puntualiza: “Los principios de la segunda mitad del siglo XX son una época de cuentistas destacadísimos que no desdeñaron el acercarse al cuento fantástico. A partir de ese momento, que coincide con el considerado periodo dorado de la literatura fantástica hispanoamericana, hacer una revisión apenas detallada, ya no exhaustiva, sería imposible[7]”. De esta suerte, en los años cincuenta la Literatura Fantástica Mexicana se vio ampliamente impulsada con varias obras, hoy consideradas clásicos de nuestras letras, las cuales constituyen auténticos hitos en la historia de la literatura nacional al enriquecerla con sus propuestas temáticas y discursivas, me refiero a ¿Águila o sol? de Octavio Paz (1914-1998), publicada en 1951; Confabulario de Juan José Arreola (1918-2001) que salió a la luz en 1952; en ese mismo año, se dio a conocer Tapioca Inn. Mansión para fantasmas de Francisco Tario (1911-1977); en 1954 se edita Los días enmascarados de Carlos Fuentes (1929-2012); Alfonso Reyes publica en 1955 sus Quince presencias, libro donde se integra el magistral cuento “La mano del comandante Aranda”; un año después, en 1956, sale a la luz La noche alucinada de Juan Vicente Melo (1932-1996) ; dos años antes se publicaba Las ratas y otros cuentos, primera plaquette de Guadalupe Dueñas (1920-2002), constituida por cuatro textos después incluidos a Tiene la noche un árbol, dado a conocer en 1958; finalmente, en 1959 se publican tres importantes obras: La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco (1939), las Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso (1922) y Tiempo destrozado de Amparo Dávila (1928).

Gracias a este categórico hecho, en cuanto al relevante corpus fantástico surgido a partir de los años cincuenta en México, se observa cierto interés por parte de la crítica e investigación literaria en torno a este subgénero. Esto se advierte, en primera instancia, en las antologías de cuento fantástico mexicano, mismas que son antecedidas por la célebre de Emmanuel Carballo sobre El cuento mexicano del siglo XX (1964), en cuya sección destinada a los autores fantásticos consigna a Juan José Arreola, Carlos Fuentes y Elena Garro[8]. A ésta, se aúna la de Gabriela Rábago Palafox, Estancias nocturnas. Antología de cuentos mexicanos (1987), que abarca cuentos tanto realistas como fantásticos y cuyo denominador común es que “oscilan entre dos mundos[9]”, de este modo, contiene ocho relatos fantásticos de autores nacidos en la primera mitad del siglo XX.

Las antologías sobre el subgénero en el país comienzan propiamente con la clásica de María Elvira Bermúdez, Cuentos fantásticos mexicanos (1986), en cuyo prólogo la autora aborda a los numerosos cuentistas quienes, durante los siglos XVIII y XIX, incursionaron en el subgénero, a ello incorpora una amplia gama de motivos fantásticos, resultando un atractivo estudio aunque con limitado sustento teórico; este prólogo precede a los siete relatos antologados pertenecientes a autores del siglo XX[10]. En Agonía de un instante. Antología del cuento fantástico mexicano (1992), Frida Varinia reúne a 24 autores ordenados cronológicamente, desde José Justo Gómez (Conde la Cortina) nacido en 1799, hasta Humberto Guzmán, nacido en 1948[11]. La Antología del cuento siniestro mexicano (2002) de Rafael David Juárez Oñate integra cuentos decimonónicos, no todos fantásticos[12]. Fernando Tola de Habich y Ángel Muñoz Fernández realizan la antología Cuento fantástico mexicano. Siglo XIX donde, como lo anuncia el título, congregan 31 cuentos decimonónicos acompañados de un breve, pero significativo acercamiento a cada uno de ellos[13]. Ana María Morales colabora en este rubro con México fantástico. Antología del relato fantástico mexicano. El primer siglo (2008[14]) que, de igual forma, compila a 14 exponentes del siglo XIX y cuyo estudio introductorio deviene profundo y teóricamente esclarecedor. Finalmente, la antología más contemporánea es la de Luis Jorge Boone, quien publica Tierras insólitas. Antología de cuento fantástico (2013[15]) y cuyo mérito radica en recopilar a 17 cuentistas contemporáneos; lamentablemente, la colección carece de datos biobliográficos de tales autores[16].

En el caso de la crítica en torno a la literatura fantástica en México, hallamos acercamientos de dos tipos: estudios panorámicos generales o análisis muy específicos sobre algún autor u obra. Así, Luis Leal en su Breve historia del cuento mexicano le dedica, al periodo que va de 1940 a 1955, dos páginas a lo fantástico; entre los autores ahí consignados se hallan Francisco Tario, Octavio G. Barreda (1897-1964), Raúl Ortiz Ávila (1906), Fernando Benítez (1912-2000), Rafael Bernal (1915-1972) y Bernardo Jiménez Montellano (1922-1950[17]). Por otra parte, existe el breve panorama proporcionado por Augusto Monterroso en su ensayo “La literatura fantástica en México”, integrado a la edición crítica a cargo de María Enriqueta Morillas Ventura titulada El relato fantástico en España e Hispanoamérica[18], en donde el también cuentista enfatiza la labor de Francisco Tario, José Emilio Pacheco, Elena Garro (1920-1999), Amparo Dávila, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, María Elvira Bermúdez (1916-1988), Juan Rulfo (1918-1986) e incorpora a esta lista a Emiliano González (1955). Posteriormente, en el 2004, sale a la luz el estudio de Rafael Olea Franco, En el reino fantástico de los aparecidos: Roa Bárcena, Fuentes y Pacheco, cuyo objetivo son los tres autores referidos en el título[19]. Magali Velasco publica en el 2007 El cuento: la casa de lo fantástico[20]; en dicho libro, la ensayista da cuenta de los autores ya enlistados, pero además incluye a Guadalupe Dueñas, Sergio Galindo (1926-1993), Sergio Pitol (1933), Brianda Domecq (1942), Adela Fernández (1942), Luis Arturo Ramos (1947), Álvaro Uribe (1953) y Mauricio Molina (1959). Por su parte, Cecilia Eudave publica en el 2008 el conjunto de ensayos Sobre lo Fantástico en México, donde analiza algunos cuentos de Francisco Tario y de Amparo Dávila, así como Pedro Páramo de Juan Rulfo y Aura de Carlos Fuentes[21].

En cuanto a la producción de revistas dedicadas a la crítica e investigación de lo fantástico en México, existen algunos casos monográficos y, ciertamente, excepcionales. Está Escritos 21, revista del Centro de Ciencias del lenguaje de la BUAP, publicada en el 2000 y cuyos artículos versan sobre diversos asuntos teóricos relacionados con lo fantástico, además de abordar a diversos autores hispanoamericanos, dedicando un solo estudio a una mexicana: Elena Garro[22]. También se encuentra la revista Semiosis 4, del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana, publicada en el 2006 y en donde se estudia a Vicente Riva Palacio, Manuel Payno (1820-1894), Amparo Dávila, Homero Aridjis (1940), Sergio Pitol y Carlos Fuentes[23]. En el 2007, se edita un dossier en la Revista Fuentes Humanísticas, de la Universidad Autónoma Metropolitana, cuyo tema es “Lo fantástico o la irrupción de lo sobrenatural”; no obstante, ningún trabajo versa sobre algún escritor mexicano[24]. Finalmente, ConNotas. Revista de Crítica y Teoría Literaria 11, de la Universidad de Sonora y publicada en el 2008, sólo dedica uno de sus doce artículos a una escritora mexicana: Amparo Dávila[25].

En este rubro, merecen una mención especial los Coloquios Internacionales de Literatura Fantástica, los cuales, a partir de 1999[26], le otorgan un sobresaliente impulso al estudio y a la crítica de lo fantástico, además de considerar terrenos contiguos como lo maravilloso. Uno de los parabienes de dichos Coloquios es la publicación de los trabajos presentados en cada evento. Hasta la fecha existen siete libros y/o revistas que concentran los trabajos expuestos en los seis primeros Coloquios[27]; los estudios reunidos en dichas publicaciones versan sobre teorías contemporáneas en torno a lo fantástico, géneros aledaños y autores y obras específicas de diversos países. De todos los estudios, nos es relevante el de Sara Poot Herrera, “Fantastic-hitos mexicanos. Breve apunte bibliográfico”, incluido en el libro Lo fantástico y sus fronteras, en donde la investigadora enuncia a los principales autores mexicanos, desde 1950 y hasta 1999, que han trabajado esta modalidad discursiva[28]. En general, los escritores mexicanos estudiados en dichas publicaciones son José Bernardo Couto, Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), Josefa Murillo (1860-1898), José Juan Tablada, Ma. Enriqueta Camarillo (1872-1968), Manuel Romero de Terreros, Alfonso Reyes, José María González de Mendoza (1893-1967), Nellie Campobello (1900-1986), Francisco Rojas González (1904-1951), Francisco Tario, Ma. Elvira Bermúdez, Juan José Arreola, Guadalupe Dueñas, Elena Garro, Augusto Monterroso, Amparo Dávila, Carlos Fuentes, Marcela del Río (1932), Salvador Elizondo (1932), Elena Poniatowska (1933), José Emilio Pacheco, Adela Fernández y Cristina Rivera Garza (1964).

Justamente, a partir de las antologías de cuento fantástico mexicano, así como de los estudios en torno a este discurso en el país, se colige un primer hecho: la crítica e investigación literaria ha dirigido sus esfuerzos a los autores nacidos en las primeras cuatro décadas del siglo XX, cuentistas a quienes se agregan René Avilés Fabila (1940), Agustín Monsreal (1941), Felipe Garrido (1942), José Agustín (1944), Ignacio Solares (1945), Martha Cerda (1945), Mónica Mansour (1946), Hernán Lara Zavala (1946), Bárbara Jacobs (1947), Guillermo Samperio (1948) y Óscar de la Borbolla (1949). Todos ellos nacidos en los años cuarenta y cuya obra ha recibido la mirada de investigadores y críticos, muchos de ellos de manera notable e incluso reiterada.

A partir de 1950, el número de escritores y obras en México con una propuesta estética decididamente fantástica es amplio; como lo señala la misma Sara Poot Herrera, “Todo parece indicar que quien se precie de escribir cuentos […] ha de incursionar en el cuento fantástico[29]”. Por ello, en México la literatura fantástica goza de una contundente vitalidad; muestra de ello se encuentra en las obras publicadas durante las últimas décadas del siglo XX y las primeras de éste, todas ellas con propuestas novedosas, de ineludible calidad y valor artístico, en donde sobresalen títulos como La linterna de los muertos (1988) de Álvaro Uribe; Informe negro (1987) y Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno y otros cuentos hueros (1995) de Francisco Hinojosa (1954);  Los sueños de la bella durmiente (1978) y Casa de horror y de magia (1989) de Emiliano González; Mantis religiosa (1996) y Telaraña (2008) de Mauricio Molina; El imaginador (1996) y La confianza en los extraños (2002) de Ana García Bergua (1960); Cuentos para ciclistas y jinetes (1995) de Adriana González Mateos (1961); Ésta y otras ciudades (1991) de Patricia Laurent Kullick (1962); La perfecta espiral (1997) y Como nada en el mundo (2006) de Héctor de Mauléon (1963); Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas (1994) e Historias de caza (2003) de Javier García-Galiano (1963); La materia del insomnio (1991), Nostalgia de la luz (1996) y El libro de las pasiones (1999) de Mario González Suárez (1964); Ningún reloj cuenta eso (2002) y La frontera más distante (2008) de Cristina Rivera Garza; Parábolas del silencio (2009) integrado a los cuentos reunidos, Sombras detrás de la ventana, de Eduardo Antonio Parra (1965); Los placeres del dolor (2002) de Pedro Ángel Palou (1966); Donde la piel es un tibio silencio (1992), Páginas para una siesta húmeda (1992) e Insomnios del otro lado (1994) de Mauricio Montiel Figueiras (1968); La reina baila hasta morir (2008) de Eve Gil (1968) y Técnicamente humanos (1996), Invenciones enfermas (1997), Registro de imposibles (2000) y Técnicamente humanos y otras historias extraviadas (2010) de Cecilia Eudave (1968). A dichos autores se suman otras voces como las de Francisco José Amparán (1957-2010), Jesús de León (1958), Jorge F. Hernández (1962), Adriana Díaz Enciso (1964), Gonzalo Lizardo (1965), José Abdón Flores (1967) e Isaí Moreno (1967), a cuyo quehacer se agregan autores más contemporáneos como Alberto Chimal (1970), Bernardo Fernández BEF (1972), Bernardo Esquinca (1972), Rodolfo J. M. (1973), Paola Tinoco (1974), César Silva Márquez (1974), Luis Jorge Boone (1977) y Omegar Martínez (1979).

Por supuesto, no toda la obra de los cuentistas mencionados es fantástica, lo innegable son sus excelentes ejemplos y su significativa inclinación a este subgénero; aunada a esta precisión, nos quedan en el tintero muchos autores y obras, tanto del pasado como del presente. Sin embargo, esta limitada selección demuestra el objetivo del texto: el cuento fantástico mexicano posee raigambre y tradición, vigencia y actualidad. Si acaso se nota una deficiencia, ésta surge en los estudios críticos y particularmente en la obra de los cuentistas nacidos a partir de los años cincuenta, configurando un período del cuento fantástico mexicano con un insuficiente aparato crítico y de investigación; por fortuna, esta extensa y fértil etapa representa un idóneo caldo de cultivo para investigadores y críticos, quienes tenemos la tarea de estudiar tales obras para enfatizar sus virtudes estéticas, en donde observamos variadas estrategias (la metaficción, la transtextualidad), motivos temáticos (el doble, el tiempo y el espacio) y personajes de afamada tradición (el fantasma, el vampiro) que resurgen con renovados y desafiantes ímpetus en esta cuentística contemporánea, donde se atestigua la persistencia de lo fantástico, pues definitivamente su creación, lectura y estudio resulta un fascinante embrujo, no sólo por las profundas reflexiones que motiva respecto a lo misterioso e inexplicable del mundo y de la naturaleza humana, sino también por su dócil e indómito discurso, por momentos translúcido, por instantes enigmático, pero siempre seductor e inquietante.


[1] Bravo, Víctor Antonio. La irrupción y el límite. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1988, p. 7.

[2] Todorov, Tzvetan. Introducción a la literatura fantástica. México, Ediciones Coyoacán, 1994.

[3] Campra, Rosalba. Territorios de la ficción. Lo fantástico. España, Editorial Renacimiento, 2008.

[4] Todorov, Tzvetan. Op. Cit., p. 28.

[5] De aquí en adelante, se integra el año de nacimiento y muerte de los autores referidos, lo cual se consigna la primera vez que se mencionan.

[6] Morales, Ana María.  México fantástico. Antología del relato fantástico mexicano. El primer siglo. México: Oro de la noche ediciones, Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Coloquios Internacionales de Literatura Fantástica, 2008, p. xviii.

[7] Morales, Ana María. Op. Cit. p. xxxii.

[8] Carballo, Emmanuel. El cuento mexicano del siglo XX, México, Empresas Editoriales, 1964.

[9] Rábago Palafox, Gabriela (recop). Estancias nocturnas. Antología de cuentos mexicanos. México, Instituto Politécnico Nacional, 1987, p. 4.

[10] Bermúdez, María Elvira (Pról. y selec.). Cuentos fantásticos mexicanos. México, Universidad Autónoma de Chapingo, 1986.

[11] Varinia, Frida. Agonía de un instante. Antología del cuento fantástico mexicano. México, Quadrivium editores, 1992.

[12] Juárez Oñate, Rafael David (Ant.). Antología del cuento siniestro mexicano. México, Editores Mexicanos Unidos, 2002.

[13] Tola de Habich, Fernando y Muñoz Fernández, Ángel. Cuento fantástico mexicano. Siglo XIX. México, Factoría ediciones, 2005.

[14] Morales, Ana María. Op. cit.

[15] Boone, Luis Jorge (Selección y nota). Tierras insólitas. Antología de cuento fantástico, México, Editorial Almadía, 2013.

[16] A estas antologías agregamos, de manera secundaria, las de literatura fantástica universal, entre las cuales sobresale, por supuesto, la de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares, es decir, la Antología de la literatura  fantástica (1965), la cual integra sólo a una autora mexicana, Elena Garro con su “Hogar sólido”. A ella sumamos la de Ilán Stavans, Antología de cuentos de misterio y terror (2000), donde se integran relatos de diversa índole, no todos fantásticos; entre los autores mexicanos seleccionados están Juan Rulfo con “Luvina”, Alfonso Reyes con “La cena” y Salvador Elizondo con “La historia según Pao Cheng”. Finalmente, entre las antologías de cuento fantástico hispanoamericano destacan las de Oscar Hahn, El cuento fantástico hispanoamericano en el siglo XIX (1982), cuyo único autor mexicano incluido es José María Roa Bárcena con su cuento “Lanchitas” y, posteriormente, la Antología del cuento fantástico hispanoamericano. Siglo XX (1990) que integra a Amado Nervo con “Mencía”, “El país en que la lluvia era luminosa” y “El ángel caído”; Alfonso Reyes con “La cena” y “La mano del comandante Aranda”; Juan Rulfo con “Luvina”; Carlos Fuentes con “Chac Mool”; Juan José Arreola con “El guardagujas” y “Parábola del trueque”; Augusto Monterroso con “El dinosaurio”; Elena Garro con “La culpa es de los tlaxcaltecas” y José Emilio Pacheco con “Cuando salí de la Habana, válgame Dios”.

[17] Leal, Luis. Breve historia del cuento mexicano. México: Universidad Autónoma de Tlaxcala, Universidad Autónoma de Puebla, 1990, pp. 120-121.

[18] Morillas Ventura, María Enriqueta (Ed.) El relato fantástico en España e Hispanoamérica. Madrid, Siruela, 1991.

[19] Olea Franco, Rafael. En el reino fantástico de los aparecidos: Roa Bárcena, Fuentes y Pacheco. México, El Colegio de México, Conarte Nuevo León, 2004.

[20] Velasco, Magali. El cuento la casa de lo fantástico. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007.

[21] Eudave, Cecilia. Sobre lo fantástico en México. Florida, Letra Roja Publisher, 2008.

[22] Lira Coronado, Sergio René y otros. Escritos 21. Literatura Fantástica. Revista del Centro de Ciencias del Lenguaje BUAP, Enero-junio, 2000.

[23] Eudave, Cecilia y otros. Semiosis 4. Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias, Universidad Veracruzana, Julio-Diciembre, 2006.

[24] Ramírez Leyva, Edelmira y otros. Revista Fuentes Humanísticas 35, UAM (Dossier: lo fantástico o la irrupción de lo sobrenatural), 2007.

[25] Morales, Ana María y otros. ConNotas. Revista de crítica y teoría literaria 11, Universidad de Sonora, 2008.

[26] Promovidos por Ana María Morales y José Miguel Sardiñas.

[27] La literatura fantástica latinoamericana (2002); Lo fantástico y sus fronteras (2003); Odiseas de lo fantástico (2004); Lo fantástico en el espejo. De aventuras, sueños y fantasmas en las literaturas de España (2006); la revista del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana, Semiosis 3 (Enero-Junio de 2006); Rumbos de lo fantástico. Actualidad e historia (2007) y la revista de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Amoxcalli 1. Teoría, análisis y crítica de la literatura hispanoamericana (2008).

[28] Morales, Ana María; Sardiñas, José Miguel y Zamudio, Luz Elena (Eds.). Lo fantástico y sus fronteras. México, BUAP, 2003, pp. 123-139.

[29] Ibíd., p.129.

 


Autores
Estudia el Doctorado en Humanidades, línea Teoría Literaria en la UAM. Catedrática de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana en la UAT. Becaria en tres ocasiones del FOECAT. Ha publicado el libro Lenguas y Campanas (Relato oral de Chiautempan) y los poemarios Evocación oracular y Parpadeo de muerte, además de diversos escritos en libros académicos. Ponente en congresos nacionales e internacionales, entre ellos el VI Coloquio Internacional de Literatura Fantástica (Gotemburgo, 2007), el I Congreso Internacional de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción (Madrid, 2008), el Coloquio Internacional Nuevas Narrativas Mexicanas (Lausane, 2010) y el X Coloquio Internacional de Literatura Fantástica (Lausana, 2013).

La poesía de Luis Felipe Fabre (Ciudad de México, 1974) fue un respiro, una bocanada de aire fresco en la rígida poesía mexicana, su ironía recordaba a la que en su momento, a finales de los años noventa, produjo José Eugenio Sánchez, de manera que resultó novedosa, ingeniosa, principalmente en sus libros anteriores: Vida quieta (ICCM, 2000), Una temporada en el Mictlán (Mantarraya ediciones, 2003) pero sobre todo en Cabaret Provenza (FCE, 2007) y La sodomía en la Nueva España (Pretextos, 2010).

Sin embargo, en su libro más reciente Poemas de terror y de misterio esos recursos que antes fueron afortunados ahora hacen un libro redondo, estable, circular, cuya homogeneidad lo hace un libro monótono: el mismo ritmo, el mismo tono, las mismas reiteraciones, las mismas ocurrencias predecibles, el mismo corte arbitrario de versos, el mismo abuso de los dos puntos como puntuación ya característica…

En Poemas de terror y de misterio, Fabre abusa de sus recursos y el poema queda como un chiste que ya no hace reír cuando lo cuentan por segunda vez. Hace pastiches y parodias lo mismo de la literatura de zombis y de vampiros (la poesía no podía dejar de entrar en la moda) que de las baladas pop, de las religiones con sus santos que representan a la muerte que de “todos los poetas mexicanos tienen su poemita sobre la muerte” o de películas gore (o las del Santo contra las mujeres vampiro, da igual) que de las ejecuciones del narco. Sí, todo con humor, como parodia, pero moda y carcajada fácil al fin y al cabo.

Además, en uno de los poemas de la serie sobre sor Juana hay un error: dice Fabre que “la divina Lysi de sus cálidos versos” (Nervo) era Marquesa de Paredes, lo cual es incorrecto pues María Luisa Gonzaga Manrique de Lara en realidad era condesa de Paredes y adquirió el título de marquesa de la Laguna cuando se casó con Tomás Antonio de la Cerda marqués de la Laguna y luego, juntos, fueron virreyes de la Nueva España (de 1680 a 1688).

Entonces el lector agradece que la noche de los zombis termine con cerrar el libro.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Grafógrafo Ediciones.

La importancia del libro desde su creación. El juego del objeto, la plataforma. La organización comunal que implica gestar actividades y artefactos culturales incluyendo las características de una ciudad y sus habitantes. La participación desde lo privado. En relación al movimiento independiente editorial y librero en la ciudad, aquí la continuación y parte final de la conversación con René Castillo, gestor cultural y editor en la ciudad de Tijuana:

¿Cómo observas la transición de los libros en el soporte de papel a los libros virtuales?

El libro impreso se encuentra en un momento clave para su evolución, sin duda, y la importancia y beneficios que los soportes electrónicos tienen para la industria del libro son de gran magnitud. No obstante, considero que la transición de un formato a otro será más paulatina de lo que muchos creen, y que dependerá en mucho del contexto geográfico y social del que se hable, además, claro está, del factor económico. Si bien la imprenta revolucionó el destino del libro en cuanto a su distribución en las masas, el libro electrónico, que bien puede considerarse un medio mucho más rápido para compartir información ya sea gratuitamente o por paga, sigue estando fuera del alcance de muchos, por lo que los libros vuelven a ser algo para sólo unos cuantos hablando en términos de la población mundial y, para quienes cuentan en la actualidad no sólo con servicio a Internet, sino también con los dispositivos necesarios para una lectura en soporte digital.  Estamos hablando de que el libro impreso, así a la “antigua” como le dicen las nuevas generaciones, hace uso de grandes tecnologías que en su momento marcaron toda una revolución, y que al inicio fueron un objeto de élite, a disposición de pocos y bueno, ahora cualquiera puede conseguirlo si así lo desea; quizás en un futuro se repartan tabletas a cada habitante del mundo y se cuente con una señal abierta cuando caigan los imperios de las telecomunicaciones; mientras tanto yo seguiré leyendo mi edición conmemorativa de El Quijote, impresa, por supuesto.

Sin importar cuál es nuestro soporte “favorito”, ambos tienen beneficios y debilidades que los hacen ser complementarios, y no enemigos. Yo sería, como dicen, un “romántico” que prefiere el olor al papel viejo, sus texturas, el diseño de los cabezales, pero que puede viajar con una biblioteca de miles de títulos en una tablet (aunque en el viaje apenas alcance a leer uno o dos…), porque finalmente hay una practicidad; y viceversa, creo que las generaciones que crezcan en las bibliotecas virtuales serán seducidos por estos viejos objetos en el momento en que tengan la oportunidad de convivir con uno, porque  al final también hay practicidad y tecnología en el libro impreso. Hay pues una balanza, y finalmente se utilizará el soporte que convenga según la situación y el momento en que se encuentre.

¿Cuáles son tus preocupaciones como editor?

Crear libros que por sí solos tengan un valor, como objeto de arte, y que estén a la altura de nuestros autores y público a manera de mostrarles nuestro respeto y compromiso hacia lo que hacemos.

¿Cuál es tu interés principal con tus índices y autores/as?

Que tengan una propuesta y sepan lo que quieren decir. Como en cualquier obra, creo que debe haber un discurso, en nuestro caso buscamos que el discurso del autor y el de la editorial se complementen. El libro-objeto debe rendirle justicia al contenido que resguarda, y viceversa. Hablar de un control de calidad es algo subjetivo, finalmente la selección viene de un gusto personal, de si la obra despertó o no algo en nosotros. Hay obras que traen a tu mente un diseño específico, desde la lectura del título uno está ya maquetando el libro. Como editor tienes la responsabilidad de trabajar obra de “calidad”, pero a mí me gusta pensarlo como la posibilidad de compartir tu visión con otras personas, de sugerirles aquello que tú disfrutaste. Es como ir armando tu biblioteca personal y que otros puedan consultarla.

¿Cuánto tiempo crees que puede tener de vida un proyecto editorial independiente?

El tiempo que estén dispuestos a trabajarlo, como cualquier otro proyecto. El truco es disfrutarlo, hacerlo porque se ama. En el momento en que uno deja de amar lo que hace, todo se muere. Hay que vivir apasionado, es lo que te mueve. De pronto los proyectos se pierden por cuestiones de dinero, por ejemplo, pero el dinero es sólo un factor, y bien puede reemplazarse por otros, aunque parezca imposible. La cosa es tener cabeza para proyectar las ideas, las estrategias, desarrollar proyectos sustentables. Grande o pequeño, funciona igual, hay que tener una visión clara, trabajar y ponerle corazón.

¿Desde cuándo comenzó a generarse la idea de este proyecto?

Mi pasión por los libros ha estado desde niño, pero fue en mi adolescencia cuando empecé a interesarme en hacerlos, más que nada porque coleccionaba libretas –aún lo hago-, y de pronto ya no tenía dinero para seguirlas comprando. Desde chico mi padre me regalaba Moleskines y les agarré el gusto. Después las veía en los aparadores de la Borders y se me iban los ojos, ahorraba para comprarlas; nadie de mis amigos entendía por qué me gustaban tanto esas libretas “simples”. Para mí esa sencillez era un lujo. Desde chico renegaba de los precios de las cosas cuando creía que yo podía hacerlo y con menos dinero, así que fue la cuestión económica la que me llevó a buscar las formas de hacer mis propias libretas, y sólo comprar aquellas cuyos diseños me interesaran de sobremanera, para coleccionar o para deshacer y volver a hacer: cuestión de aprendizaje. Así empecé. Y después había un montón de libros en blanco en mi escritorio. Sigo teniendo terror de escribir algo en mis libretas favoritas, así que pensé que si había otros como yo, pero que en lugar de hacer libretas escribieran historias, podríamos tener objetos bellos. Yo tenía como 14 años y soñaba con tener una cafebrería. Supongo que ahí comenzó todo. Después organicé junto con algunos amigos la entrega panfletaria de historietas, pero nada formal, hasta años después, por el 2008, cuando por falta de presupuesto para pagarle a un diseñador, tuve que diseñar la imagen y carteles de la Feria del Libro Usado que organizamos, y comenzaron a contactarme para realizar más diseños, incluido el de un libro, que se publicaría años después, en el 2011.

¿Cómo y porqué pensaste principalmente en libros?

Los libros siempre han estado presentes en mi vida; yo no podía dormirme si mi padre no me leía o se inventaba una historia para contarme cada noche; después me tocó conocer a un librero de viejo que surtía su biblioteca, Don Ramón Nava y Nava, un señor de barbas blancas que alguna vez me tomó del hombro y me dijo: “¡Chamaco!, algún día tú tendrás la Librería Castillo, ya verás, ya verás”, y se reía. Todavía me sigue diciendo “chamaco” cuando me saluda, y sigue vendiendo libros, y me visita en la cafebrería. Entre él y mi padre me regalaron el gusto y el asombro por los libros, los de empastados y encuadernaciones hermosas, y pues, ¿qué más? yo quería hacer libros así algún día, y que la gente sintiera lo que yo sentí cuando vi esos libros. Es un oficio muy bello.

¿Cuáles son tus expectativas para la editorial?

Consolidar el proyecto en la ciudad y ser un punto de referencia en cuanto al quehacer editorial en Baja California; una de las cosas en las que estamos trabajando es en la proyección de nuestra colección en otras ciudades del país y fuera de él, no tanto por ganar “prestigio” y “reconocimiento”, sino por lograr compartir con más personas lo que nos gusta, y tener la oportunidad de mostrarle nuestro trabajo a otras editoriales independientes y autores con los que pudiéramos llegar a colaborar. Lo primordial es disfrutar lo que hacemos, aprender en el camino  y fortalecernos para estar listos para dar lo mejor en cualquier circunstancia.

¿Alguna idea particular en relación al contexto editorial regional?

Baja California siempre ha tenido un movimiento editorial muy rico, muchos escritores que ahora son publicados por las grandes casas editoriales empezaron autopublicándose en ediciones “caseras”,  estaban los fanzines, las revistas, aunque muchos eran underground. De unos años para acá muchos proyectos empezaron a decaer y de pronto había solamente uno o dos sellos reconocidos y el resto eran publicaciones de revistas. Actualmente comienzan a surgir sellos editoriales con propuestas muy específicas, y eso entre otras cosas, da la posibilidad de crear un grupo de editores que busque la profesionalización del campo, además de que se trabaje en crear públicos para los proyectos. Por otra parte, nos da la oportunidad de apoyar a más escritores de la región y de proyectar el trabajo que se realiza en Baja California a una mayor escala.

 


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Se termina el año en que la industria del disco eligió a Daft Punk para que se convirtieran en sus redentores —en cierta medida lo lograron—, mismo periodo en que artistas adolescentes —mental o físicamente— colmaron de pataletas las secciones de espectáculos —mucho ruido, pocas nueces—. Una vez más las propuestas más atractivas y arriesgadas provinieron de ámbitos menos predecibles. En lo general, puede sentirse la acometida de un relevo generacional —consolidando sus figuras—, que alterna con la incursión de algún viejo héroe que decidió retomar un sitio de privilegio.

Arcade Fire

Reflektor

Merge Records

Los canadienses han dado un brusco viraje estilístico en vez de regodearse en un sonido conocido y aceptado; dejaron de lado a la épica para incursionar en la música de baile y la influencia de los ritmos haitianos. Nada de conformismo y mucho ánimo exploratorio para dar con un disco doble que tiene hasta pespuntes de kraut rock, punk primigenio y low-fi. Utilizaron una campaña viral que catapultó a un grupo encumbrado por su generación hasta convertirlos en un asunto de masas. Su capacidad de riesgo y madurez discursiva los llevan a la cumbre de la música contemporánea. Una obra llena de aristas inesperadas.

Disclosure

Settle

Interscope

Este es el mejor disco de música de baile de los últimos 12 meses. Difícilmente podrá ser superado. Un par de hermanos ingleses jovencísimos tienen el pulso de lo que se necesita de hedonismo para la pista. Han tomado el deep house noventero y lo combinaron con algo de UK garage y 2step. Tiene un punto pop que se agradece y un tufillo de R&B.  Por si fuera poco han colocado en las vocales a un puñado de buenos cantantes, de Aluna Gorge a Jessie Ware, de Jamie Woon a Eliza Doolitle. Consiguen dignificar a la electrónica y librarla de las malas artes de los Dj´s para el vulgo. Aquí hay buen gusto y sentido de una estética sonora del presente.

The Knife

Shaking the habitual

Mute

El periodista español Xavi Sancho define a este interesantísimo álbum como: un disco lleno de ruido, saturado de mensajes, agresivo, intelectual, combativo e intratable como un niño que ha dormido mal y tiene hambre”.  Y todo ello es cierto. He aquí una de las propuestas más arriesgadas –futurista y primitiva a la vez-. 6 años les tomó a los Hermanos Dreijer regresar con la inventiva más fresca que nunca. Experimentación sin límites en la que hay música de todo tipo; desde pop mutante, electrónica y minimalismo, y todavía nos quedamos cortos. Se trata de una experiencia alucinante.

 

 

James Blake

Overgrow

Universal

La experiencia de sentir este álbum es sobrecogedora. Este joven británico de apenas 25 años canta con tristeza y pesadumbre. La belleza de sus canciones es gélida, misteriosa y hasta un poco abstracta. Ha sabido actualizar al soul de un modo futurista. Este londinense combina melodías lánguidas con requiebros de bajos profundos y crepitantes. En él coexisten un altísimo nivel técnico con sensibilidad y elegancia. Se encarga de producir, tocar y grabar todo. Lo suyo cala hasta la médula.

Savages

Silence Yourself

Matador

Poseen uno de los directos más salvajes y potentes de la actualidad y su registro en disco no hace sino convertirse en una apología a los fundamentos del rock (batería, guitarra y bajo). En cuanto al concepto es una acometida del post-punk más duro y afilado, además que exhibe el enorme poderío de un grupo inglés formado íntegramente por mujeres. Son las más dignas herederas del arte de Patti Smith con un poco de Siouxie por momentos. En lo suyo hay una energía desbordante y verdadera.

 

Vampire weekend

Modern Vampires of the city

XL Recordings

El tercer disco ha sido un salto cualitativo hacia la madurez. Ya no son un hype de temporada sino un grupo mucho más ambicioso que no se olvida del africanismo que los inspiró en sus comienzos. Aun rebuscan en elementos de la música de aquel continente pero sus melodías son más pop. Ahora incluso muestran cierto gusto por el clasicismo que se expresa por el uso del clavecín. Además de profundizar en las estructuras y los arreglos, las canciones tienen mayor calado tem+atico. En plenitud de facultades.

 

David Bowie

The next day

Columbia

Tras tantas especulaciones acerca de su estado de salud y 10 años de ausencia discográfica, la vuelta de una de las figuras más icónicas de la música no puede pasar desapercibida y menos si no cae en la trampa de la nostalgia. Cierto es que no impone tendencias por venir, pero se trata de un clavado muy respetuoso a la década de los setenta y su propia obra. Arropado por grandes colegas se abocó a una reinterpretación de algunas de sus estéticas sonoras. ¿El resultado? El duque blanco jamás decepciona.

 

The national

Trouble will find me

4AD

¿Será una cuestión de edad o de sensibilidad? Como es característico en la banda asentada en Brooklyn entregan un puñado de grandes canciones tristes. Sólo que ahora no priva el desamor sino el paso del tiempo e incluso los avatares de la paternidad. Hay quien dice que el grupo tiende a repetirse, pero nadie puede negar que su capacidad para conmover permanece intacta. Son tremendos instrumentistas (el batería es excelente) y el cantante tiene gran personalidad y maneras de crooner. La edad adulta aportando sabiduría y oficio.

 

Arctic Monkeys

A.M.

Domino

Se volvieron unos veteranos siendo todavía muy jóvenes y su quinto Lp establece una especie de refundación. Aparcan las influencias del stoner rock para realizar un homenaje al soul norteamericano con sólidos argumentos. Han sabido lidiar con la fama y con la presencia de lo vintage en su música –lo que no les impide parecer unos teddy boys-. Lo suyo posee una fuerza desbordante y un peculiar instinto para atrapar grandes melodías y estribillos.

 

Darkside

Psychic

Other people/Matador

He aquí el maridaje perfecto entre electrónica y rock a través de las texturas y atmósferas que produce Nicolas Jaar y la guitarra espacial de Dave Harrington. Un proyecto colaborativo que nos hace viajar a través de temas largos y sinuosos mientras nos acordamos de Pink Floyd y Mike Oldfield. Entregan una sesión hipnótica y etérea llena de capas y crepitaciones. Material difícil de clasificar pero de gran intensidad.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

No entiendo muy bien cómo funciona el gusto cinematográfico. De pronto surge una película que divide las aguas y te pone de un lado que no sabías que existía. Los gustos pueden fácilmente apestarte como crítico. Como bloguero o tuitero ni se diga, allí las osadías se pagan con el unfollow. Los gustos suelen meternos en envases y de pronto ya no es posible regresar, salir de tu pequeña jarrita de vidrio. Todos hemos envasado gente, nos encanta envasar gente. Yo tengo amigos que aún no perdonan algunos pecadillos de juventud, como que me gustara la música de Pearl Jam o que hablara bien de The Great Gatsby (Luhrman, 2013). Es más, tenemos palabras designadas para esto: se llaman “gustos culpables”.

El concepto se inventó en la sociedad puritana gringa, donde todo placer lo es. La culpa mezclada en el goce nos aprieta como individuos, nos asfixia, nos pone límites y al final nos hace seres más manejables. Yo sé que piensan que hay cosas reales y objetivamente horribles, como One Direction, Justin Beiber o el remake de Carrie con Chloë G. Moretz, un bodrio donde los haya, pero, cht, el mundo es tan grande…¿y si estamos equivocados?

Me pasó con cuatro películas recientes. La primera y más recalcitrante fue Gravedad, de Cuarón. Era extraño decir que no te gustaba, tan extraño que poco a poco fui perdiendo la capacidad de saber por qué no me gustaba. Esto aquí es lo importante: la sutil entrega de nuestro ser a cambio de no ingresar al envase incorrecto. Es decir, todos estamos envasados, pero mínimo queremos quedar en del lado de los que sí saben, de los ganadores. La volví a ver y entendí qué pasó: es UN diálogo fuera de tono. Uno solo. Cuando Sandra Bullock quiere meterse a la cápsula rusa dice algo así como “¡Cómo odio el espacio! (I hate space!)” Allí se acabó la película para mí. Empecé a ver una cinta de acción cualquiera con Sandra Bullock y ya no era dolor sino psicologización de un personaje plano y bobo al que le suceden cosas terribles. ¿Tenía yo derecho de decirlo? No realmente. Antes tenía que hablar de los otros logros de la cinta, pero cómo hubiera querido argumentar esto ante la corte crítica. ¿No es suficiente un sólo diálogo en una relación sentimental para terminarla? ¿Entonces por qué no en una película?

GRAVITY

En segundo lugar está Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn. Nunca entendí por qué la crítica la trató tan mal. Lo llaman “un guión escueto y raquítico”, “carente de sentido”. (Cito de memoria de algunas críticas que leí en la red). La cinta, desde mi punto de vista, es una obra maestra. Eso es lo que yo le pido al cine: sorpréndeme, enamórame. En mi caso es un poco como buscar amante cada vez. Si quisiera que me contaran lo mismo cada vez, que buscaran la seducción con una frase hecha −de esas que funcionan y están probadas− si quisiera eso, no saldría de mi casa. Quiero que, como Winding Refn, me coloquen detrás de los marcos de la puerta, por ejemplo, como una manera de decirme, “tú acá te quedas”. Quiero diálogos como los del protagonista con su madre, una Kristin Scott Thomas que no para de hipnotizar en esta cinta,  desde su andar barato con tacones caros hasta su boca que lapida a quien la escucha. Esto es cine. No podemos hacer juicios para todas las películas: un guión que le queda raboncito a otros directores es un mero pretexto para Refn. Con esa puesta en escena, los ambientes que logra con los tonos y los colores, las dos o tres líneas certeras con las que los personajes se hacen pedazos unos a otros ¿quién necesita guión?

En tercer lugar está 12 Years a Slave (McQueen, 2013), la favorita para los premios de la academia gringa. La favorita de todo, absolutamente todo el mundo. Mmm. Es devastadora, sí. Pero para ponerlo en términos masculinos, a mí no me logró levantar… ni una ceja. En cambio sufrí mucho. Odié a todos los personajes, a toda la humanidad, a toda la época, el sur de los Estados Unidos. Acabé por preguntarme cómo aquél pasado de esclavitud se relaciona hoy con el norte de los Estados Unidos Mexicanos −que ahora es toda la república−. No puede ser una coincidencia que estén tan juntos. Odié muchas cosas. Pero no es una película que uno desearía ver. En algún lugar de la dirección, tampoco es una cinta hecha con goce, amor o deseo. McQueen es un maestro, pero desde mi punto de vista, no hizo una película memorable. Le tiró más bien a hacer una “gran historia”. Y eso, para mí, es un espectáculo espantoso.

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En cuarto y más importante lugar está The Counselor, escrita por Cormac McCarthy y dirigida por Ridley Scott. A nadie le gustó. La pobre película llega al 5.8 en el IMDB y está incluida entre las 10 peores del año por la revista Time. ¿Quéeee? Yo la considero una de las mejores. (Ya sabemos que no hay que confiar mucho en mí). Pero les explico: algo me noqueó cuando salí de esta película: esas malditas palabras que recibe el abogado (Michael Fassbender) de Rubén Blades por teléfono: “la decisión que te conduce a lo que te está sucediendo ahora la tomaste hace muchos, muchos años”. Madre mía. Es una película “tira netas” y me encanta. Odio la maldita neutralidad. No me importa si como dicen “no queda clara la historia” ¿Eso qué? O si la película se constituye como un pinball narrativo sin pies ni cabeza. Está escrita como una novela, eso queda claro. ¿Y qué les asusta tanto? ¿Ese mashup narrativo es mucho para nuestras pobres cabecitas? Me da un poco de pena que estemos tan acostumbrados a diálogos vacíos, one-liners, efectivos para hacer avanzar la trama y fáciles de entender. Les dicen “diálogos de acción”. Y supongo que aquí no hay mucho porque la acción es poca y desordenada. Me sorprenden también las reacciones de los mexicanos: que es no es realista (dios, ¿qué pasa con la gente y lo real? ¿no es suficiente lo que les pasa a diario?), que nunca sabes realmente lo que pasa (ir al punto anterior) y que está demasiado wordy, un adjetivo para el que no encuentro traducción, pero que significa que tiene demasiados diálogos. ¿Palabrosa? ¿palabrienta? Esta película es así: una novela palabrienta con una gran puesta en escena −las hermosas carreteras en medio del desierto, el minucioso seguimiento a acciones que no son nodales para la trama y un largo etcétera−. El guión de McCarthy también se las arregla para contener imágenes espectaculares como aquella de Cameron Díaz masturbándose en/con el coche ante un embelesado y asustado Javier Bardem. Eso es un escritor y no pedazos.

Lo único que quiero decir aquí es que todo lo antes escrito puede ser nulificado y debatido por cualquiera. Ojalá fuera así. Conviene llegar a esa edad mental. No voy a pensar que alguien es un idiota por estar en desacuerdo con mis gustos (como, de hecho, ocurre casi siempre). Por mucho que esto nos duela el narciso, hay que saber que muchas de nuestras críticas hacen de este mundo algo más totalitario y jodido si van contra el fan y no contra el producto. Conviene recordarlo.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Sin título. Isidro R. Esquivel

3 de diciembre de 2001. Había una gotera en el techo. Surgió de la nada, sin lluvia, sin previo aviso. Entre un comercial y otro, plaf, la gota le había caído en un muslo. Juan José miró hacia arriba. Le hubiera sonado ingenuo decir qué raro. Así que mejor no lo dijo. Últimamente las goteras se formaban en los lugares más insólitos. En las repisas del librero. Bajo las sillas. En los abrigos que colgaban del clóset. En las lámparas. Desde esa perspectiva, que hubiera una gotera en el techo resultaba casi reconfortante. Que no estuviera lloviendo era lo de menos.

Juan José, luego de mirar hacia arriba durante un tiempo que consideró, dentro de los estándares comunes, más que suficiente para manifestar su indignación, se mudó al asiento contiguo. El sofá era grande, de tres piezas. Bien podían convivir, la gotera y él, en armonía. Apuntó al televisor con el control remoto y cambió de canal. Una telenovela. Volvió a cambiar de canal. Justo en ese momento sintió un golpe húmedo en la nariz. Antes de levantar la vista ya se imaginaba lo que iba a encontrar: una nueva gotera.

En esta ocasión tuvo que ponerse de pie. Le crujieron las rodillas. También le dolieron. Arrastró las pantuflas por el piso hasta alcanzar el otro extremo del sofá. Las rodillas le crujieron cuando volvió a sentarse. El dolor, sin embargo, amainó un poco. Cambió de canal. Un programa cultural.

Junto a él, una gota caía constantemente en el asiento vacío. Y más allá, en el otro asiento, la segunda gotera le hacía eco. Plaf, plaf.

Bostezó. Los programas culturales ya no eran como los de antes. No había acabado siquiera de cerrar la boca cuando una gota se estrelló en su cabeza y le escurrió por la frente. Juan José resistió la tentación de mirar hacia arriba. Se puso de pie. Trató de empujar el sofá para alejarlo de las goteras. Pero hubiera resultado más fácil mover un elefante narcoléptico tirado en medio de un camino. O eso le pareció.

—¡Sara!

Plaf, plaf, plaf. Las gotas estaban perfectamente coordinadas. Primero caía una, inmediatamente después la otra y al instante la tercera. Luego, la secuencia comenzaba de nuevo, plaf, plaf, plaf, inalterable.

—¡Fuensanta!

Juan José vio con desolación que no había nadie en la cocina. Ni en el pasillo. Ni media hora antes las voces revoloteaban por la casa.

—¡Claudia!

¿Adónde se habían ido? Resignado, caminó rumbo al comedor. Tomó una silla y la fue arrastrando tras de sí hasta dejarla junto al sofá. Acomodó las nalgas en ella. Relajó la espalda. Y cuando se estaba preguntando si tardaría mucho en aparecer la cuarta gotera, sonó el timbre.

Juan José dejó escapar un suspiro. La insistencia del timbre eclipsaba el plafeteo de las goteras.

Las rodillas le crujieron. Y dolieron. Con pasos cortos, llegó a la puerta. Abrió. Afuera había una mujer de overol blanco. Rumiaba un chicle con la tenacidad de un camello aprensivo. La mujer leyó algo en el sujetapapeles que traía en una mano.

—¿El señor Arreola, Juan José Arreola? —preguntó sin dejar de mascar el chicle.

Juan José parpadeó.

—Necesito que me firme aquí —agregó la mujer mientras señalaba con una pluma algo que había en el sujetapapeles.

Juan José parpadeó.

—Es un paquete. Tiene que firmarme de recibido —la mujer le ofreció la pluma.

Juan José trató de firmar, pero su mano no se estaba quieta.

—Oiga, ¿no es usted el escritor que salía en la tele? —la mujer hizo una bomba con el chicle.

Juan José trazó algo parecido a una firma. La mujer reventó la bomba con los dientes.

—Ese que usaba capas y sombrerotes como de mago. Sí es usted, ¿verdad?

Juan José le devolvió la pluma. La mujer le entregó una caja de cartón. Casi no pesaba.

—A ver, recíteme algo —pidió la mujer con una sonrisa.

Juan José parpadeó. Después, con todo y caja, dio un paso atrás y cerró la puerta.

Las goteras se habían multiplicado. No contentas con invadir el sofá, se extendieron por los otros muebles de la sala. De la parte trasera del televisor salían algunas chispas. El piso se empezaba a convertir en un pantano. Las goteras incluso habían alcanzado el comedor. Mojaron los platos. Los floreros. El mantel. La vitrina.

Juan José, aferrando la caja con ambas manos, miró de izquierda a derecha. No se atrevía a moverse de la entrada. Aunque el problema de las goteras había recrudecido en los últimos meses, era la primera vez que veía tantas juntas. Plaf plaf plaf plaf plaf. Agua por doquier. La hidromolestia. La hidroamenaza.

—La hidrocefalia —había dicho, con una expresión compungida, el médico, quien de plomería no sabía ni jota.

Entre el comedor y la sala había un espacio libre de goteras. Juan José caminó hacia allá. Acercó una silla. Tomó asiento y puso la caja frente a él, en el suelo. Era grande. Como de cincuenta centímetros de alto por cuarenta de ancho. Arrancó la nota que estaba pegada en uno de los costados. Leyó la información en busca del remitente.

Dios, decía.

Dios era quien había mandado la caja. Dirección del remitente: El Cielo. Juan José parpadeó.

Se levantó lo más rápido que pudo y se dirigió a la puerta. La abrió con brusquedad. Salió a la calle. El frío sol de invierno deslumbraba. Juan José se cubrió de la luz con una mano y miró de acá para allá. No había rastros de la mujer de overol. Pensativo, volvió a la casa.

Releyó la nota. Una gota de agua cayó en su mano, entre el pulgar y el índice. Tiró la nota a un lado y a fuerza de jalones y resoplidos abrió la caja. Despacio, como si temiera que en cualquier momento saltara de ahí una migala, asomó la cabeza: al fondo había algo envuelto en plástico burbuja. Juan José, controlando sus arrugas a voluntad, las hizo amontonarse en el entrecejo.

Una gota le cayó en la nuca.

Metió las manos a la caja. Le temblaban. Cosa de la edad, nada de nervios. Pensó, aunque no muy convencido. Sintió las burbujas amoldándose a la presión de sus manos. Y debajo, algo sólido y rectangular. A saber qué. Sacó el objeto con delicadeza. Lo dejó sobre sus piernas y quitó el plástico que lo envolvía.

Ya no había ningún espacio libre de goteras. Los encharcamientos crecían a una velocidad alarmante.

Los labios de Juan José se curvaron en una sonrisa. Cuando terminó de quitar el plástico, le había resultado muy evidente qué era aquello: un ajedrez de madera. Estaba cerrado, de ahí que lo hubiera sentido rectangular en un principio, como un estuche. Lo abrió por la mitad: adentro, las piezas se entremezclaban sin jerarquía alguna.

Conque Dios, ¿no? Juan José se frotó las manos, lleno de expectación. Iba a ser la partida más difícil de su vida. Aunque también la más peligrosa: ¿qué perdería si perdía? Tomó aire. Se tronó los dedos. Pero antes de acomodar las piezas, dejó el tablero en el piso: aún le quedaban dos cosas por hacer.

Se dirigió a un rincón de la sala. El agua le llegaba a los tobillos. Sus pantuflas tuvieron que abrirse paso por la inundación. Al llegar ahí, se quedó contemplando el jarrón donde estaban los paraguas. Tras unos momentos de vacilación, escogió uno negro: combinaba con las pantuflas. Lista la primera cosa.

La segunda era más complicada: necesitaba una mesa baja y pequeña en dónde jugar. Echó una mirada alrededor. Junto al sofá encontró lo que necesitaba. Tiró los adornos que había en la mesita auxiliar y la cargó hasta dejarla frente a la silla. Perfecto.

Tomó asiento. Abrió el paraguas. Y se dispuso a iniciar la partida.

Sin embargo, cuando las piezas estuvieron en sus respectivos lugares, Juan José tuvo un problema: intentó mover un peón blanco, pero no pudo separarlo ni un milímetro del tablero. Probó con otros peones: lo mismo, todos estaban pegados. ¿Qué clase de juego era ése? Trató de arrancar un peón blanco con ambas manos, aunque su esfuerzo resultó igual de inútil que los anteriores. Mientras se preguntaba si necesitaría un martillo, se le ocurrió otra pregunta: ¿y si Dios quería las blancas y por eso no le permitía moverlas?

—Tramposo —masculló Juan José. Estaba comprobado que el porcentaje de victorias favorecía a quienes salían primero en el ajedrez. Encima de que Dios tenía la ventaja de ser omnisciente, omnipotente y omnitodo, también quería salir primero.

Malhumorado, Juan José giró el tablero hasta dejar las piezas blancas del otro lado. No tuvo que esperar mucho: uno de los peones blancos se deslizó por el tablero. Avanzó dos casillas por sí solo, como si una mano invisible lo hubiera empujado. Era uno de los peones centrales.

1.e4.

Chess Board Editor

Juan José tuvo miedo. No porque el peón se hubiera movido solo, sino porque parecía que Dios iba a intentar la temible apertura Ruy Sánchez. Una apertura que había hecho estragos desde el siglo XVI. Una apertura que había coronado a muchos de los campeones del mundo.

Le vino a la mente aquella expresión popular de “meterse con Sansón a las patadas”. Ahora sabía muy bien a qué se refería esa frase. Podía intentar una Defensa Schliemann, pero estaría en el territorio de lo predecible: Dios seguramente se sabía todas las estrategias de memoria. Anticiparía cualquiera de sus defensas y lo aplastaría en unos cuantos turnos. Aquél era un enfrentamiento perdido de antemano.

Juan José contempló con tristeza el tablero. Las gotas que no alcanzaba a cubrir el paraguas explotaban en la superficie de madera. Las gotas eran impredecibles. Incluso para Dios. Tenían que serlo. La sonrisa volvió a sus labios: si a Sansón no se le podía ganar a patadas, entonces quizá con engaños, hasta obligarlo a usar su enorme fuerza contra sí mismo.

Juan José levantó una mano. La condujo hasta el extremo derecho del tablero, por encima de las piezas negras que esperaban con impaciencia su turno. Tomó el peón de la orilla. Y lo hizo avanzar solamente un cuadro.

1.e4 h3.

Chess Board Editor-1

La apertura Clemenz. El mayor de los disparates posibles en el ajedrez.

Dios tardó en mover la siguiente pieza, como si la tirada de su oponente lo hubiera desconcertado.

—No te esperabas el libre albedrío, eh —le dijo Juan José al espacio vacío que había del otro lado de la mesa. Su sonrisa creció aún más. También la inundación, que ya le llegaba hasta las rodillas.

Uno de los caballos blancos dio un gran salto y sobrepasó la hilera de peones que tenía enfrente.

1.e4 h3 2.Cf3.

Chess Board Editor-2

Confirmado: Dios estaba haciendo una apertura Ruy Sánchez. Juan José dejó de sonreír. Después del caballo, seguramente vendría el alfil a aterrorizar a los peones negros. Una de las virtudes de esa apertura era que facilitaba el control de la región central del tablero. Y quien controlara el centro, controlaba todo. La otra virtud era que facilitaba el juego agresivo: desde las primeras tiradas se obligaba al oponente a volverse defensivo y a perder la iniciativa. Pero no a Juan José, quien, con toda la calma del mundo, avanzó un solo cuadro el peón de la extrema izquierda.

1.e4 h3 2.Cf3 a3.

Chess Board Editor-3

A partir de esa tirada ya no había marcha atrás: Juan José, de sobra lo sabía, iba a tener que seguir con su estrategia disparatada hasta el fin.

Dicho y hecho: el alfil blanco avanzó tres casillas.

1.e4 h3 2.Cf3 a3. 3.Ac4.

Chess Board Editor-4

El cadáver de un toro pasó flotando junto a la mesa. Juan José lo contempló con admiración: negro listón, bragado meano, astifino paliabierto. Una hermosura de toro. Tenía el estoque bien guardado en las entrañas. Los ojos abiertos. La lengua de fuera.

—¡Sara, hay un toro muerto en el comedor!.. ¿Me oyes?

Sara no contestó. ¿Adónde se había ido?

El toro se alejó con lentitud, arrastrado por la corriente. El paraguas de Juan José apenas y se daba abasto para contener la tormenta. Además del sinfín de goteras que había en el techo, las paredes también contribuían con pequeñas cascadas.

El tablero se levantó de la mesita auxiliar. Juan José alcanzó a sostenerlo a tiempo. La corriente se llevó la mesa. Juan José tuvo que ponerse de pie: el nivel del agua ya no le permitía estar sentado. Soltó el paraguas. Apoyó el tablero en su antebrazo izquierdo y siguió con la partida.

Estaba perdiendo. Sus peones eran abatidos rápidamente. Incluso había perdido un caballo. El ejército de Dios avanzaba imparable por las casillas del centro. Había dividido la formación de Juan José como un cuchillo que parte una barra de mantequilla. El flanco de rey se encontraba vulnerable, a punto de caer en manos enemigas. Sin embargo, Juan José permanecía tranquilo: todo era parte de la estrategia. O eso se repetía mentalmente una y otra vez.

El paraguas naufragaba de cabeza como una balsa en mar abierto. Libros de todos tamaños flotaron por la sala y el comedor. Como peces con hambre, rodearon a Juan José. Flotaron fotografías de su familia, así como recuerdos de Zapotlán el Grande. Flotaron capas y sombreros, raquetas de tenis, hormigas y flores.

Jaque.

Había llegado el momento. El rey negro se encontraba sitiado. Toda la ayuda disponible había quedado del otro lado, separada por el ejército de piezas blancas. La partida parecía haber llegado a su fin. Juan José levantó la mirada en busca de su oponente invisible, tratando de prolongar ese instante. Si tan sólo pudiera ver la cara de sorpresa que haría Dios. Y entonces sacó el as bajo la manga: un enroque largo. El rey negro se transportó mágicamente hasta la otra mitad del tablero, en donde fue protegido de inmediato por las otras piezas. Dios, en su afán por terminar rápido la partida, había enviado la élite de su ejército tras el rey negro. Sí, había ganado la región central del campo de batalla. Sí, había presionado con una fuerza desmedida en el flanco de rey, diezmando casi por completo las piezas negras. Pero toda esa fuerza constituyó también su debilidad: al olvidarse del flanco de reina, había formado un corredor de punta a punta. Y justo hacia aquel corredor se habían dirigido, poco a poco, las piezas sobrevivientes de Juan José, fingiendo una huida vergonzosa. Ahora el rey estaba a salvo. Y lo que quedaba del ejército negro, listo para un contraataque suicida y fulminante. Juan José soltó una carcajada. El tablero vibró en sus manos.

—¿Qué? ¡Fue una jugada limpia! —protestó Juan José con el agua hasta el pecho.

Las piezas blancas retrocedieron a toda velocidad para proteger el flanco de reina, pero el daño ya estaba hecho: la reina negra, en compañía de un alfil y de dos de sus peones más valientes, había logrado llegar a territorio enemigo. En esta ocasión, el rey blanco era el que buscaba con desesperación dónde esconderse.

Juan José flotó. Se le zafaron las pantuflas y se sumergieron hasta el fondo. Con la mano izquierda sostenía el tablero para que no fuera arrastrado por la corriente, mientras que con la derecha daba manotazos bajo el agua tratando de mantenerse a flote. Sólo unos turnos más. Se decía para darse ánimos. Sólo unos turnos más.

Dios, al darse cuenta de que su ejército no volvería a tiempo, prosiguió con el ataque. La defensa en los dos bandos era prácticamente nula. El juego se había transformado en una carrera contra el tiempo: ganaría el primero en matar al rey del oponente. Los dos estaban en igualdad de circunstancias.

Juan José tragó agua. Tosió. Escupió. El techo ya le rozaba la cabeza. Probó a hundir el tablero. Por suerte las piezas no flotaron, sino que permanecieron ancladas en su sitio. En vista de ello, Juan José inspiró una bocanada de aire. Sumergió la cabeza y movió la reina. Sacó la cara para tomar otra bocanada de aire. Su nariz tocó el techo. La habitación quedaría completamente inundada en cuestión de segundos. Juan José se llenó los pulmones de aire todo lo que pudo. Luego volvió a concentrarse en el ajedrez submarino: en máximo tres turnos la partida iba a definirse.

Jaque mate.

Los periódicos del día siguiente informaron que Juan José Arreola había muerto de un paro respiratorio. Que llevaba años enfermo de hidrocefalia. Algunos incluso enlistaron los títulos de sus obras. Pero ninguno mencionó quién había ganado la partida.


Autores
Ha obtenido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales. Es autor de los libros La Ciénaga de los Sueños (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010) y El jardín de las cosas raras (Editorial Amarante, 2012), así como de diversos guiones cinematográficos que se han llevado a la pantalla grande. Actualmente imparte el Curso de Guión Cinematográfico I en el Instituto de Artes Cinematográficas La Cuarta Pared.

Mérida, Yucatán, 11 de diciembre de 2013. Hoy es miércoles, son las 9:30 a.m., y tengo frente a mí el libro landings que presentaste ayer en la librería Rosario Castellanos de la ciudad de México. Sí, me lo regalaste hace un mes, exactamente, y esperabas que lo abriera/revisara/leyera/devorara de inmediato, con el único fin de que lo comentáramos, aunque fuera por correo electrónico a pesar de que vivimos a muy pocas cuadras de distancia y de que nos conocemos y tenemos afinidades como para sentarnos a tomar un café sin prisa ni acaloramientos, pero no ha habido tal.

Ahora te confieso que no tuve ganas ni de abrir, ni revisar, ni leer ni devorar este objeto porque desde la primera ojeada el libro me movió demasiadas historias y me hizo enojar. Lo cerré furiosa y, además, confrontada con mi propia realidad. Y quizá por eso lo he tenido junto a mi cama todo este tiempo, en la mesita de noche, como un adorno mudo en su inmaculada perfección. Pero hoy amaneció nublado y, por lo tanto, lo volví a abrir. El clima influye. ¡Alégrate! La pausa obligada funcionó, el libro ya casi no me disgusta, ¡al contrario! Ahora lo encuentro emocionante, en el más alegre de los sentidos. Sí, no dudo que pienses que estoy mal de la cabeza porque, según tú, este libro es una joya editorial, un reflejo de nuestra historia, un objeto que arrebata la atención de cualquiera de manera instantánea, pero no es así, a pesar de que como cualquier otro libro tuyo ¡es una bomba!

Querrás saber por qué me causó aversión, y aquí te explico: para empezar, por el estuche blanco en el que viene y especialmente por el lomo firme en el que vemos una numeración del 001 al 010, simples numeritos que en sí mismos me intimidan, lo que significa que me causan miedo, miedo de saber que este ejemplar es el principio, el número 1 de una colección en la que vas a dejar la vida:

THE CONTAINER COLLECTION

La vida es para esto, evidentemente; tú eres uno de los más entusiastas promotores de que matemos o, mejor dicho, ganemos tiempo haciendo lo que nos gusta, pero haciéndolo con el alma, como héroes que dan la vida por la patria. No exagero. Tú eres vivo ejemplo de esta filosofía radical y la predicas a tambor batiente, como un oficial del Ejército, como un dictador marcial que influye temor y ansiedad, del que a veces dan ganas de huir corriendo.

Citaría un párrafo tuyo sobre este tema, pero siendo tan grande el libro, ahora mismo no tengo idea de dónde quedó esa frase loca que te avientas sobre la creación como única razón de vida, o algo así.

Llegamos a la médula, Joan, a la corteza fina de este volumen en el que documentas a fondo qué pasa en la contemporaneidad del arte que se produce en los territorios aledaños a Belize, el epicentro de tu vida.

Belize (con z), para quienes no lo sepan, es un país GRANDE ubicado en la frontera Sur de México. Grande, con mayúsculas. Al sur de la frontera, lo repito a propósito.

Aquí está la belleza de este libro apoteósico, el primero sobre la contundente fuerza de los países pobres de América Central y el Caribe, que principalmente documentará la vida de los artistas de Belize y de lo que tú llamas la Zona de los Huracanes, para asombro y sorpresa de quienes transitan en el mundo del arte sin mirar estas latitudes.

Landings nine, Belize City. Fotografía de Richard Holder.

Landings nine, Belize City. Fotografía de Richard Holder.

Pues sí, Joan, es verdad que estos países son pobres, ni modo, hay que decirlo así. Decirlo es necesario porque después viene la pregunta: ¿Cómo se puede ser pobre y producir una obra que trasciende con poder y fuerza cualquier limitante geográfica/espacial para dejar una impresión de plenitud en todos los continentes del mundo? El libro está repleto de las huellas que dejaron durante los diez años recientes en los 20 eventos/exposiciones con presencia en América –del norte, centro y sur–, en la Unión Europea y Asia.

Gracias a tu empeño, desde luego, y lo escribo para que otros entiendan la agitación que sentí cuando descubrí mi propio pasado contenido aquí, siendo tu cómplice en esta Odisea maravillosa que inventaste hace trece años, cuando aún vivíamos como marido y mujer.

Es la razón de esta carta, pues lo único importante para mí ahora es dejarte claro que te admiro como editor, curador, maestro y artista.

Y antes de seguir, por respeto y cariño (con lo mucho que significa esta palabra entre nosotros) solamente quiero hacer valer la seriedad de que a tus 66 años cumplidos este 12 de diciembre, emprendas el segundo volumen de esta serie inusitada… No habría forma de no celebrarte cuando vislumbras un proyecto magno de diez libros de arte cuidadosamente diseñados e ¡impresos en China! A eso me refería cuando digo que dejarás la vida en esta colección memorable. Muchos sabemos que de tu computadora pasas a la hamaca, y de la hamaca a la computadora, sin apenas darte tiempo para hacer/pensar/dilucidar otra cosa que no sea trabajo.

Evidentemente, muchísima gente puede sentirse orgullosa de ser parte de este gran libro llamado landings, ése es uno de tus grandes méritos: aquí desfilan cien autores, ya sea con textos o piezas de exhibición, y por eso mereces que se te quiera con todo el corazón, aunque esto de los sentimientos te resulte tan fuera de órbita y de contexto en el mundo real, cuando más bien lo que te inspira en el día a día es descargar ideas, frases, recuerdos, maldiciones, etcétera, a cualquiera que se cruce en tu camino, aun cuando no venga al caso nada de lo que dices o tú mismo empieces a hacer consciencia de que sería preferible hacer menos escándalo y, por ratos, guardar silencio para escuchar a los demás, ya no solo por medio de su obra, sino también de sus palabras.

Pero, qué digo, Joan, cuando por lo que muestras en este proyecto has provocado que se vea en el mundo el trabajo de los artistas jóvenes de los territorios vírgenes del arte contemporáneo. Digo el trabajo, simplemente, para evitar esos adjetivos temerarios que tanto te disgustan, y a mi también.

Joan Duran. Fotografía de Eugenia Montalván.

Joan Duran. Fotografía de Eugenia Montalván.

El punto es que quizá ningún calificativo embonaría con el contenido de este libro, indispensable en bibliotecas de toda clase, antojable al tacto.

El título completo nos dice más que la sola palabra landings que en castellano significa aterrizajes. En la portada leemos: landings. new art + ideas from the caribbean and central america 2000/2010.

El título encierra muy bien el amasijo que fuiste creando por años con paciencia tanto por el inmenso conjunto de obras que contiene como por la enorme cantidad de textos que despliega en múltiples idiomas o lenguas: catalán (tu lengua materna), inglés, mandarín, francés, papiamento, maya…

Lo mejor es que no solo publicas textos de escritores, críticos e investigadores, sino que valientemente publicas, incluso, esos correos en los que, en tus narices, la gente te trata como el maniaco/compulsivo que eres… En eso también eres original. Llenaste 464 páginas con maldiciones y extravagancias, obras de arte insospechadas y reivindicaciones morales, testimonios de amor y odio, alabanzas, fotos ingenuas, señales de decadencia, paisajes fantásticos, nubes, juguetes, gestos de hambre, monumentos, sombras… ¡mapas! Aquí todo confluye: desde un minúsculo mercado ambulante del pueblo más ramplón de Nuestra América hasta la excitante perfección de un dedo embarrado de labial dibujando un beso color cereza. Y así, tú que eres tan dado a provocar catarsis, ahora te ensalzas en la melcocha del intimismo, pues no puedo llamar de otra forma tu fascinación por exhibir tu lado más apacible en mil formas diferentes por medio de tus fotografías: en ellas estás tú, y tenía que ser así y no de otra forma.

Venga, pues, Joan, deja que la gente sepa más de ti, ¡aún es posible! Voy a dejarles tus coordenadas para que te encuentren fácil y rápidamente:

www.landingsproject.com y  joanduran@landingsproject.com

¡Feliz cumpleaños!


Autores
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.

El jurado, conformado por Geney Beltrán Félix, Luis Zapata y Jorge Fernández Granados otorgó el Premio Tlaxcala de Ensayo, convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura, Gabriela Conde Moreno (Tlaxcala, 1979), por el trabajo Prosas sin prisa, en el cual ensaya a cerca de sus ficciones favoritas y la cultura pop.

El dictamen a favor de Conde se determinó “por tratarse de ensayos que  revelan una voz literaria inteligente con percepción y agudeza para acercarse a temas propios de la ficción en sus distintas vertientes contemporáneas”.

Gabriela Conde realizó estudios de derecho en Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, UPAEP, y posteriormente de Literatura y Poder, en la Universidad Carlos III, de Madrid. Ganó el premio Tlaxcala de narrativa en el 2003. Publicó un libro de relatos intitulado Espejo sobre la Tierra, y ganó la primera mención del premio Internacional de cuento Melpómene, en Canarias España. Ha publicado en revistas nacionales e internacionales como Ordradrek, VICE  y  Documenta Magazine.

 

La redacción de Tierra Adentro felicita con entusiasmo a una de sus colaboradoras por este reconocimiento.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.