Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2014 [CERRADO]
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Desde mediados del siglo pasado, han existido intentos por organizar la historia y el desarrollo de distintas vertientes de la música mexicana, como la música electrónica, la electroacústica y el arte sonoro. El siguiente ensayo es un recuento crítico y comparativo de los textos e investigaciones relacionadas con la música electrónica desde los años treinta del siglo XX hasta la actualidad, y destaca los métodos, ángulos e intenciones adoptados por instituciones, escritores, investigadores y músicos, en correspondencia con las propias prácticas que han tenido lugar en nuestro país.
De la música electrónica, electroacústica y del arte sonoro mexicanos no podemos esperar una historia, un gran relato. No hay una corriente profunda y única que, como otras de la cultura nacional de la primera mitad del siglo XX, organice las obras, los autores y las experiencias de la música electroacústica y del tratamiento tecnológico del sonido con la coherencia que el abordaje cronológico parece ofrecer cada vez que se ha realizado en artículos, catálogos o diccionarios. Un recuento de nombres y fechas no dice nada, pero nos informa de la dispersión, del discontinuo brote de tentativas que han tenido lugar, cada una sujeta a un contexto social, político o institucional que lo condicionaba de algún modo. Así, de entrada, no hay una línea progresiva, continua, que nos permita aprehender la realidad de la experimentación electrónica en México en todo su heterogéneo e indeciso devenir en la historia cultural, o que nos deje sentir la presencia de una tradición, la aparición de estilos o escuelas que se sustituyen unas a otras, consolidándose. Consolidación de una estética electrónica no hay, sino implosiones sucesivas. Justo los precedentes de la electrónica y el arte sonoro en México que tenemos a la mano nos hacen patente un cultivo caótico de brotes, arbitrariedades, esfuerzos aislados, a veces interconectados, pero no hay una raíz ni una tradición; no hay filiaciones lineales. Hay puntos, hay madejas, hay indicios, obras y voces. Muchas de ellas desaparecen, se transforman en otra cosa al pasar de los años o simplemente no hay manera de comprobar su existencia, quedando a la deriva genealógica de una no-historia. La entrevista se presenta entonces como la herramienta de investigación privilegiada –casi la única–, frente al impasible silencio del corpus documental académico, que apenas y guarda registro de este quehacer, considerado en sus inicios como indigno, inhumano, pero ante todo desarraigado e incomprensible en sus métodos y en sus fines, pero al que se acercaron numerosos compositores, aunque sólo fuera para corroborar su asco hacia la máquina, o su indiferencia. Cuando se rastrea la documentación sobre el tema uno encuentra que estos testimonios, cuando los hay, son básicamente las notas al pie de ese gran relato de la música contemporánea mexicana; se asoman en los minúsculos créditos de sonido o de la musicalización para obras de ballet, teatro, danza o cine. Cuando no, vive este artífice y sus aventuras con la incipiente audio-tecnología en las anécdotas, muchas veces irrecuperables, de aquellos pioneros de los medios de comunicación y su improvisada operación durante las décadas de modernización del país.
Otra vía de acceso –no académica– a la creación con medios electrónicos la encontramos en los relatos subculturales de la música pop o en sus márgenes; músicas que apropiándose de los residuos de la modernidad que llegaba a México, dieron una versión del rock progresivo, del rock en oposición, del HI-NRGY o del tecno pop, desde mediados de la década de los setenta hasta inicios de los noventa, dotando de un rostro cosmopolita al país que no lograba superar su condición de atraso en materia de democracia o telecomunicaciones. Todo esto ocurrió antes del estallido tecno, a inicios de los años noventa, y con el que entran en escena nuevos actores sociales. Con ellos se vuelve a comenzar una historia, hecha de muchas voces, de muchos cuerpos, muy alejada de los fantasmagóricos espacios de la institución humanista, anclada a los sueños futuristas de la primera modernidad nacional; aquella radiante del dínamo industrial y aéreo narrado por los estridentistas, o cantada por los nacionalismos sinfónicos, afanada por reconciliar la magia ancestral indígena con los caballos de fuerza del ferrocarril. Ese futuro y sus imágenes se conserva en los museos y en las bibliotecas, y definitivamente ya pasó hace mucho. La cuestión es si los compositores electroacústicos y los distintos artistas electrónicos lo saben y cuál es su posición frente a él.
Esta memoria sobre la experimentación sonora es todavía un proyecto, y su objetivo no puede ser ni un catálogo ni un monumento, esas formas fastuosas y burocráticas del silencio, de instaurar la amnesia celebrando el recuerdo de algo sepultado o apenas enumerado. Entran en juego entonces otras posibilidades de organizar el cúmulo de antecedentes, la necesidad vital de conformar un archivo y de hacerlo productivo para los fines de aquellos que se internan en la insondable estructura del sonido en el presente. Un presente que parece acabado de llegar, que muchos creen estar inaugurando, convalidando así ideas prometeicas sobre la espontánea generación de estas prácticas artísticas ligadas a lo tecnológico, que en realidad vienen avanzando sincopadamente desde hace décadas hasta donde nos encontramos hoy.
Es natural esta actitud del tecnófilo: no se quiere reconocer el carácter histórico, socialmente construido, aceptar que también es producido por circunstancias anteriores, y que incluso en esta prestidigitación inaugural se corre el riesgo de ser anacrónico. Todos quieren ser los primeros, los fundadores. Sabemos que la emergencia cunde en el continente de la nación bien temperada desde los años veinte hasta el día de hoy, y el artista experimental en México, por lo general, se concentra en lo que hace y no en documentarlo reflexivamente, aunque hoy en día todo se grabe en video. Las instituciones tampoco lo han hecho (salvo por el aliento patrimonialista que sobrevive en algunas de ellas), y aunque lo intentan unas cuantas, la mayor parte de las veces lo hacen guiadas por un afán de crear una imagen ficticia de que México, en las artes, es un país adelantado e incluso innovador, y de que es posible hacer arqueología del futuro. Es el caso del titánico compendio triple en DVD que el Laboratorio de Arte Alameda publicó en 2004, (READY) MEDIA: Hacia una arqueología de los medios y la invención en México. Allí encontramos incluso proyectos que se documentaron pero que finalmente no se llevaron a cabo, o apresuradas y dispares curadurías de “arte sonoro”, que se encargaron sin un propósito claro de interpretación de todo ese material. Es en buena parte un catálogo de buenos deseos, ganas de ser globales y multimediáticos. Es más un ejercicio de imaginación arqueológica que un trabajo de genealogía crítica, tan necesario para poner en crisis un presente que sobrevivió a las fases penosas de la modernidad, y cuyos burócratas, hay que recordar, estaban fascinados con la catalogación patrimonial. México, colección de objetos sublimes para deleite internacional. ¿Qué podemos conocer de la circunstancia que nos conforma en esta experiencia del sentir sonoro, tan ampliamente promovida y practicada en las regiones de la transmodernidad cosmopolita? Habría que echar luz sobre estas prácticas tan extendidas y legitimadas, sumamente difundidas pero muchas veces sin un sentido ni una claridad sobre el lugar que estas ocupan y lo que significan en el momento actual. ¿Por qué su proliferación, hacia dónde, quién se beneficia con estas preguntas?
MAUSOLEO ELECTROACÚSTICO
De todas las artes de vanguardia en México, de las que menos se ha escrito es de las artes sonoras, y sabemos que no hay más que noticias sueltas, algunas de ellas dentro de la órbita académica, otras fuera, muchas generadas por los propios creadores. En esta desordenada constelación de materiales, la única mirada que presenta una cierta estabilidad es la cronológica, que se repite en distintos momentos, y de la que Manuel Rocha Iturbide realizó una magna summa en el 2002, comisionado por el festival Radar, y hasta hoy la más completa relación fechada de eventos relativos a la música electroacústica y electrónica mexicana, que años después dio lugar a una antología triple de discos compactos. Pero antes de avanzar en la lista de obras que intenta historiar la práctica musical electrónica y electroacústica, quiero destacar dos libros que surgen en momentos muy significativos de transición del país: Hacia una nueva música: Ensayo sobre Música y Electricidad, de Carlos Chávez de 1937; y La Electrónica en la música y en el arte, del ingeniero Raúl Pavón, publicado en 1980. Estos dos títulos elaboran con gran elocuencia unas ideas muy pertinentes frente a la realidad tecnológica y su choque con las artes y la creatividad, y sorprende que, salvo el musicólogo, el detective privado o el coleccionista excéntrico, nadie se acerque a ellos, justo en un momento de intensa actividad sónica, pero de muy poca discusión de ideas acerca de la misma, como es el actual. En ambos textos se aborda de manera más o menos sistemática la naturaleza de las tecnologías del sonido y su impacto en las maneras de hacer y disfrutar la música, y de sus vastas aplicaciones en el quehacer sonoro. El primero, de Chávez, es un texto formado por varios artículos, y fue celebrado por Edgar Varese por ser una de los primeras teorizaciones en el mundo de la música acerca de estos temas. Ahí, Chávez realiza una bella reflexión sobre las implicaciones estéticas y técnicas de la inscripción y la reproducción sonora mucho antes que Pierre Scheffer, y plantea varios retos al músico formado en el humanismo y sus jerarquías basadas en el autor y la idea musical, así como en la partitura y el concierto, e incorpora la figura del ingeniero como nuevo agente de creación. El libro, dos veces reeditado en Estados Unidos, se publicó en México hasta 1992, por el Colegio Nacional. Es como si el futuro nos enviara un mensaje desde el pasado, pero nadie tuviera tiempo de escucharlo. El de Pavón es un diccionario muy puntual de pretensiones exhaustivas que describe y enumera los componentes de las audio tecnologías. Una tarea notable para un país oficialmente “en vías de desarrollo” en ese momento, y con una mínima producción musical electrónica, con su laboratorio, que se había fundado en el conservatorio en 1971, ya desmantelado. En ninguno de los dos títulos se reflexiona verdaderamente sobre estos nuevos paradigmas en el contexto mexicano, ni tampoco, al menos en el caso del libro de Pavón, se mencionan los creadores que habían estado trabajando desde la perspectiva electrónica en el país y sus repercusiones. Luego están las tesis de estudios de doctorado de Manuel Rocha Iturbide, Pablo García Valenzuela o Rodrigo Sigal, a las que al día de hoy podemos sumar las de muchos otros estudiantes de doctorado interesados en la electroacústica, como Hugo Solís, por ejemplo. En todos ellos se indagan básicamente aspectos formales del sonido desde las perspectivas tecnológicas de la espacialización, la física cuántica o los medios electroacústicos o informáticos, pero no hay visos de situar o interpretar el hecho sonoro en tanto evento estético y sus posibles conexiones con un entorno más amplio de sentido.
Tal vez la única obra de este tipo que se orienta desde el interés por desentrañar la especificidad del quehacer electroacústico en México sea la del compositor Gonzalo Macías, sobre la historia de la música mixta mexicana, donde reflexiona sobre la estética que surge de las estrategias de compositores como Javier Álvarez, Manuel Enríquez o Conlon Nancarrow. Fragmentos de esta tesis de doctorado, realizada en Francia, fueron publicados en la revista Pauta, que junto a Heterofonía y actualmente también a Sonic Ideas, han sido los principales espacios de publicación para trabajos académicos o de divulgación de la música contemporánea, y en las que cada tanto es posible leer retazos de investigaciones, reseñas o artículos sobre la electroacústica, la electrónica o el arte sonoro. Aquí, sin embargo permanecemos en el mundo aséptico, sumergido y aislado de la academia, desbordada por todos lados por la incontenible creatividad que el acceso a la tecnología impulsó desde hace más de una década, y del que la musicología o el vocabulario exclusivo de la electroacústica no podrían dar cuenta. Existen cada vez más tentativas al respecto, como blogs de aficionados, artículos no especializados en revistas de cultura, pláticas y conferencias en el marco de los festivales que han logrado instalarse en el corazón de la cultura contemporánea en México, pero el abordaje mediante la escritura y la recreación documental es todavía una tarea, que además, como la misma electrónica y el arte sonoro plantearon, no tiene un campo limitado, ni obedece a clasificaciones estrictas o disciplinares, por lo que es muy abigarrado y extenso el horizonte de trabajo, por no decir abismal.
DE INVENTARIOS
Al interesado en las numeralias y fichas técnicas le servirá consultar el Diccionario de compositores mexicanos de música de concierto (1996), de Eduardo Soto Millán. Y podrá obtener datos precisos en el Diccionario Enciclopédico de Música en México (2007), de Gabriel Pareyón; o leer opiniones compactas y editadas bajo criterios periodísticos en Visiones Sonoras, de Roberto García Bonilla, del 2001. Aunque este tipo de resúmenes clasificatorios no logran darnos elementos de interpretación, historiográficamente son muy correctos, y tal vez el texto de Pareyón arriesgue más que los otros en este sentido, por lo que puede ser más enriquecedora su consulta, pero siempre aséptica, como el objetivismo historiográfico impone.
Pero para el asunto que tratamos hay una explicación aún más profunda: no hay realmente, dentro de los cánones, casi ningún autor verdaderamente electrónico a quien incluir a lo largo de media década en estos compendios (salvo por Antonio Russek, Roberto Morales o Javier Álvarez). Incluso hay omisiones (sintomáticas para los trabajos realizados después de los años noventa) de creadores fundamentalmente electrónicos o electroacústicos (el caso de Guillermo Galindo, radicado en Berkeley, California, desde hace años), y que por el mismo hecho de que su repertorio es casi en su totalidad electrónico, ha pasado desapercibido para el radar del academicismo musical mexicano. Tal vez sea mejor opción consultar el catálogo de autores y obras electroacústicas que realizó Alejandra Odgers para graduarse como licenciada de la Escuela Nacional de Música en el 2000. Al menos se recogen con mucha más actualidad los nombres de aquellos mexicanos que se han dedicado al medio tecnológico en la creación de su música. Pero no es más que un catálogo de obras y nombres propios, casi un directorio. Hay un libro extraordinario de entrevistas de Leonora Saavedra, editado por la SEP en 1980, en donde, aunque todavía dentro de la música académica de vanguardia, casi toda instrumental, se abunda en las conversaciones sobre la inminencia de un cambio en la experiencia de la producción sonora, sus instituciones y los estilos y antecedentes de la tecnología en el terreno de la composición. Sin embargo, aún permanece la autoridad del creador, la partitura, la disciplina instrumental como paradigma de la práctica sonora en México. Digamos que se encuentran elementos complementarios para entender la mente del compositor en México en relación al futuro y sus múltiples caminos, apenas entrevistos. Entre ellos vienen Francisco Núñez, Mario Lavista, Rodolfo Halffter, Joaquín Gutiérrez Heras.
La prótesis sin historia
Otro hecho que salta a los ojos es que la música electrónica o electroacústica en realidad la encontramos –cuando se aborda más allá de la mera enumeración clasificatoria– casi siempre como un apéndice de las narraciones enciclopédicas de la historia de la música mexicana. Hay espléndidos e insuperables ejemplos, pero siempre nos encontraremos con la misma relación de hechos y con el carácter residual de la tecnología en el concierto de la música instrumental y acústica de la “nueva modernidad” en las artes sonoras de México, como la llama Yolanda Moreno Rivas, cuyo libro La composición en México en el siglo XX, de 1994, es uno de los mejores y más pormenorizados análisis, tanto histórico como estético, de los caminos que tomó la vanguardia musical desde sus orígenes en el nacionalismo, hasta el rechazo del mismo y sus diversas transiciones a través de los lenguajes y técnicas que llegaron de Europa y Estados Unidos. Otro caso muy anterior es la enciclopedia dirigida por Julio Estrada y editada por la UNAM, La música de México (I. Historia, tomo 5. Periodo Contemporáneo, 1984). En ella se tiene una descripción de los autores y de las obras, así como de las instituciones que impulsaron por un breve y frágil periodo de tiempo (el Conservatorio, el CENIDIM, Radio UNAM) la experimentación electrónica y electroacústica. Pero mantiene este carácter descriptivo, incluso rutinario, sin dejar de ser un antecedente documental útil al investigador, aunque casi exclusivamente en cuanto a la relación de datos que, en el conjunto de la colección, parecen mostrar una cierta progresión de lo prehispánico a la “nueva complejidad” moderna musical. Una narrativa que más que explicar quiere proponer una línea de tiempo evolutiva en los estilos del quehacer sonoro en México, y no una problematización.
Existen trabajos consagrados exclusivamente al hecho electroacústico, piezas menores de divulgación, pero significativos. Uno de ellos es el del compositor Manuel de Elías en la revista Heterofonía, recién fundada por Esperanza Pulido en 1968, cuyo título es “Sobre música electrónica”. En él aborda la llegada de la promesa de un timbre nuevo en el aparato generador de sonido sintético, pero no hay una noción de la situación cultural de estos adelantos en su relación con la música mexicana. Luego están las cuatro páginas que destina el sueco Dan Malmstrom al tema de la electrónica mexicana en su estudio sobre la “música de arte” en México, titulado “Introducción a la música mexicana del siglo XX”, de 1974. Nuevamente verificamos que la electrónica apenas es un apéndice de la música contemporánea orquestal, además de que no hay la distancia documental necesaria, y sus indagaciones llegan hasta 1973, apenas dos años después de que se abrió el primer laboratorio electrónico en el conservatorio por iniciativa de Héctor Quintanar y Raúl Pavón. En esas cuatro páginas lo único realmente importante para el interesado es la constatación de que la modernidad implicaba ciertas condiciones para que ésta se manifestara plenamente en la música, y que la electrónica, en el caso mexicano, mostraba contradicciones económicas y representaba una dudosa ruta para los músicos académicos. ¿Cómo expresar la contradicción de la modernidad mexicana en el sonar electrónico, sus inacabadas revoluciones, sus desigualdades respecto de un progreso material?
En su momento, Mario Lavista redactó un par de artículos sobre asuntos relativos al timbre nuevo de la tecnología, sobre electroacústica, y sobre la necesidad de aceptarla como parte de una corriente irremediablemente moderna y creciente en el mundo musical contemporáneo. En el disco independiente Música electroacústica mexicana, editado por Antonio Russek y Ángel Cosmos en 1984, se incluye uno de estos artículos breves y premonitorios de Lavista. Se tiene también el ensayo de Javier Álvarez, escrito en 1995, compositor que durante sus estudios en Inglaterra descubre inesperadamente el estudio electrónico y se convierte en un autor indispensable de la electroacústica mexicana a nivel internacional, así como de su teorización estética, pero cuya carrera realizó en el extranjero, permaneciendo allá una buena parte de su vida, hasta hace algunos años. Ahí, el creador nos habla de esta escasa pero única fuente de obras y autores que figuran en todas las historias oficiales de la electroacústica. Lo más rescatable del recuento que hace Álvarez son las afirmaciones que vienen hacia el final del texto, en donde habla de la necesidad de “inventar una tradición”, y del joven medio tecnológico como una posibilidad abierta para una generación de compositores en ciernes.
Durante los años setenta y ochenta hay una miscelánea de artículos, publicaciones y abordajes relámpago por parte de distintos personajes del medio, como Antonio Alcaraz y otros críticos y cronistas, pero la mirada y la función se circunscribían a la del periodismo cultural, la reseña o las notas de programa, sin duda un material noble para informarnos, pero la electrónica y la electroacústica son todavía una anomalía. Habrá que internarnos en los territorios la cultura popular para encontrar los subrelatos de ese otro encuentro de la imaginación con la tecnología en México, y las varias formas de significarlo musicalmente. Pero ese, es otro viaje.
La historia que narra Perdido y encontrado de Oliver Jeffers (FCE, 2012) es la de un niño que encuentra fuera de su casa a un pingüino. El niño lo lleva de regreso al Polo Sur, se separan comienzan a extrañarse. Se buscan y reencuentran en el océano para emprender juntos el camino de regreso a casa. En este libro álbum el autor presenta los temas del hallazgo, la soledad, el viaje y las relaciones de amistad. ¿Pero de qué manera lo hace? ¿Cómo funciona la máquina narrativa de un objeto que se sirve de las palabras y el dibujo para contar?
El título. Para hacer encender la máquina, uno debería pensar más bien en encontrado-perdido-encontrado. Pues así es la historia. Un niño abre la puerta de su casa. En el umbral un pingüino. Para que la maquinaria funcione, para que las palabras y las imágenes marchen es necesario detener cierta lógica. Abrir las puertas a un razonamiento donde un niño pueda hospedar a un animal de las antípodas, sin que su madre, sin que sus vecinos o sus compañeros de escuela lo cuestionen. Es decir, una lógica donde ciertos poderes (la familia, la sociedad de los vecinos, la escuela) quedan fuera. Un territorio distinto al que puede vivir un niño en un suburbio. Una lámina donde tres casas, una superficie de césped y una fórmula, “Había una vez un niño que un día encontró un pingüino en la puerta de su casa”, nos llevan a un sitio donde las fuerzas del orden, de lo normal quedan en suspenso. No una utopía, simplemente otro lugar.
Para esto es necesario plantear el flujo encontrar-perder-encontrar.
Encontrar. Aparece un suceso extraordinario (porque uno no anda encontrando pingüinos como encuentra piedras) que descoloca la situación del niño. Situación que lo obligará a emprender un viaje (pequeño Ulises-Gilgamesh). Al llegar a su meta ambos personajes se separan.
Perder. El niño al iniciar el viaje de regreso se da cuenta que la unión con el pingüino existe por haber compartido tiempo, narraciones, aventuras (Ulises que al llegar a Ítaca se da cuenta que lo deseado es seguir el viaje con sus camaradas; Gilgamesh anclado a los vínculos de su amigo).
Encontrar. En el océano el niño desde su barca observa a su amigo que boga sobre un paraguas. Esta máquina narrativa es parte de un flujo. La historia no se cierra. La historia de esta pareja continuará.
La primera imagen del libro. Una maleta sola rodeada del blanco de dos páginas. ¿Qué significa una valija al inicio de una historia? Alguien que llega o alguien que ha dejado un sitio y, un determinado número de personas. El motor de la historia es el movimiento. Lo inesperado. En este caso particular esta maleta es la que el niño y el pingüino apañan para realizar su viaje hacia el Polo Sur. Pero también podríamos pensar que es la maleta que el pingüino carga antes de tocar la puerta del niño. El equipaje que alguno de los dos llevará dentro de un tiempo, porque uno de los términos presentes en este libro es el movimiento. No podemos imaginar que los personajes terminen con un final del tipo: fueron felices (e inmóviles) para siempre. Las imágenes presentes dan cuenta de ello. Vemos al niño y al pingüino pasear, hablar, averiguar, bañarse, leer, construir, navegar, abrazarse. La máquina de historias no sirve si se detiene. Aquí presenciamos no ese otro lugar, sino algo distinto a lo que el poder nos enseña: formas de organización petrificadas en su jerarquía, donde por lo regular se estigmatiza a aquella persona que se atreve a moverse, a viajar, a abandonar a su familia.
El motivo del viaje. El niño cree que el pingüino está triste. Cree que la solución es dirigirse al Polo Sur. ¿Cómo infiere esto? El libro no lo muestra. Esta característica es uno de los logros del autor. Esto es lo que me permite a mí como lector dialogar con el libro. Porque comienzo a hacer conjeturas respecto a lo que pasa por la cabeza del niño. El pasado que le hace pensar que regresando al pingüino a su lugar de origen combatirá su tristeza. La educación que le permite planificar una travesía con una lámpara y un paraguas. La necesidad que tiene el niño de colocar ciertos significantes en ese territorio imaginario, porque lo que une a esa tierra son ciertas marcas gráficas: los libros, un cubo de información sobre objetos perdidos, una marquesina que anuncia “El Polo Sur”. Pero esta característica también tiene que ver con las herramientas del autor, con el aspecto formal. Usa palabras y dibujos. Herramientas no auditivas. Pero este libro está lleno de ruidos. Observamos los diálogos del niño, el ruido de sus caminatas, su movimiento dentro de una tina, los gritos ante un barco; al martillar, al remar, al empujar a su amigo cuando llegan a la orilla del Polo sur.
Advertencia con forma de slogan. Perdido y encontrado es un libro peligroso. En su historia podríamos encontrar formas para imaginar, para modificar lo que pensamos y la forma que vivimos. No es un libro obvio, no dice: cambia esto, o analiza aquello. Es sutil, sólo nos pregunta ¿qué harías si afuera de tu casa encontraras un pingüino?
Creado por decreto el 8 de abril de 1943 e inaugurado el 15 de mayo del mismo año, El Colegio Nacional es una institución que congrega a hombres y mujeres de reconocidos méritos en los campos de las ciencias, las humanidades y las artes. Setenta años han transcurrido desde que lo fundaron quince intelectuales, científicos y artistas mexicanos entre los que se encontraba un músico de cuarenta y tres años: Carlos Chávez. Parte de lo que aconteció aquel día en que El Colegio Nacional abrió sus puertas fue la ejecución de dos obras musicales a cargo del “Cuarteto Lener: Romanza del Cuarteto de Tchaikovsky y Quinteto (Obra 57) de Dimitri Shostakovisch”, según refiere el memorial de la propia institución.
Pero la década de los cuarenta es también significativa para la música mexicana por la muerte de Silvestre Revueltas en 1940; el fallecimiento de Manuel M. Ponce ocho años después, y el giro de estilo en la obra de Carlos Chávez. De entonces a hoy la composición musical en México ha construido un vasto y complejo edificio.
Para celebrar su septuagésimo aniversario, y repasar esos setenta años de vida, El Colegio Nacional dio lugar a la conversación que uno de sus miembros, el músico Mario Lavista, sostuvo con tres notables compositores y estudiosos del panorama musical de México: Aurelio Tello, compositor, director y musicólogo peruano avecindado en nuestro país desde hace tres décadas, a quien se deben invaluables estudios sobre la música mexicana y latinoamericana; Javier Álvarez, compositor multipremiado que ha explorado los extremos de la música tradicional instrumental en relación con la producción electroacústica ligada a la tecnología, y Hebert Vázquez, compositor y estudioso de las formas musicales del siglo XX y uno de los más sobresalientes promotores de la nueva teoría musical.
Esa conversación se realizó la tarde del 17 de octubre de 2013, ante la presencia del público asistente, en el Aula Mayor de El Colegio. Duró casi dos horas, pero podría haber seguido durante días, pues su tema —la composición musical y los personajes que en México le han dado sentido— es inagotable.
El lector puede asomarse aquí a una versión abreviada de esta charla.
Mario Lavista: El Colegio Nacional cumple setenta años de haber sido fundado gracias al talento de intelectuales y científicos mexicanos entre los que estaba un músico: Carlos Chávez, que en esos años se orientó hacia lo que podríamos llamar, en términos generales, neoclasicismo –en el sentido en el que comienza y continúa la composición de su tercera, cuarta, quinta y sexta sinfonías que llegan hasta principios de los años sesenta–. Hay entonces, por parte de Chávez, cierto abandono de la escuela nacionalista tal y como se conocía. Y hay herederos: el “Grupo de los cuatro”, con Moncayo y Blas Galindo a la cabeza, que continúan esa tendencia, esa estética nacionalista.
Digo esto para señalar que después de la Segunda Guerra Mundial hay un cambio importante en la actividad compositiva en México. Pero me gustaría que Aurelio Tello hiciera algún comentario al respecto sobre lo que acabo de decir. ¿Es cierto o es mera conjetura?
Aurelio Tello: Fue una etapa fructífera porque empezaba a cuajar el espíritu de lo que se venía forjando dos décadas antes, el proyecto vasconcelista, la construcción de una cultura nacional. No hubo actividad ni movimiento que no tocara lo nacional vinculándolo con lo universal. Cómo serlo sin dejar de ser “moderno”, palabra que ha atravesado el siglo XX y aún tiene peso. Ser moderno en los años veinte era casi una consigna y los movimientos plásticos, literarios, musicales, pugnaban por construir un arte que, siendo nacional, no dejara de serlo. Esto tuvo mucho peso en el continente (pensemos en el año 1922 y el movimiento de Mario de Andrade en Brasil, donde Heitor Villa-Lobos presenta varias obras; el estreno de Matrero en Buenos Aires, con Felipe Boero, que presenta una ópera con tema folclórico nacional pero universalista. En ese sentido, México se propone una serie de metas a largo plazo. En 1928, la fundación de la Orquesta Sinfónica de México, que permite colocar al país en un plano internacional que no había tenido en el XIX; el proyecto de Chávez de construir una educación musical moderna pero mexicana, o viceversa; la fundación del Taller del año 1931, son hitos. Empiezan a dar color en los años cuarenta, cuando Chávez es reconocido internacionalmente. En los años treinta y cuarenta crece el milagro prodigioso que fue Silvestre Revueltas y aparece una primera generación de compositores herederos de estos postulados y principios de carácter ecuménico con los cuales era posible fraguar el proyecto nacional: José Pablo Moncayo, Blas Galindo, Salvador Contreras y otros; Bernal Jiménez o Carlos Jiménez Mabarak, por ejemplo. Es un momento importante para México porque hay definiciones sociales y políticas. El tránsito de los generales a los licenciados. En la música comienzan a fraguar una serie de proyectos que culminan en la creación del Instituto Nacional de Bellas Artes. En pocos países, ni siquiera treinta o cuarenta años después se había logrado consolidar un espacio para la profesionalización del arte, fomentar la difusión de la música, la cultura en general, incluida la educación. También hubo cierta modernización del Conservatorio Nacional.
Lavista: La creación de coros, por ejemplo.
Tello: Aunque no tuvo tanta repercusión como la creación de orquestas. En varios estados de la República se fundan orquestas sinfónicas que contribuyen a la difusión del repertorio nacional. Xalapa fue, a primera hora, una ciudad con orquesta sinfónica que hoy tiene más de ochenta años y en Guadalajara se consolida también una. La orquesta se vuelve emblemática para la cultura local de los estados de la República, un fenómeno que venía desde antes del XIX pero se concreta con la consolidación del sistema político mexicano, con la institucionalización de la cultura y la creación de los espacios para que se difunda. Es importante señalar la presencia de músicos decisivos, no sólo la construcción de un perfil musical mexicano. Hubo una proyección internacional que colocó al país en una posición de liderazgo. Hablo de Carlos Chávez y de Silvestre Revueltas, dos figuras con el mismo nivel de importancia que Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla en Cuba, o Heitor Villa-Lobos en Brasil o Julián Aguirre en Argentina, países de una cultura nacional vinculada a los movimientos internacionales, a la creación en Europa, en Estados Unidos, con un intercambio y flujo de conocimientos que repercutió en el medio.
Lavista: ¿No te parece que esta proyección sobresaliente que tuvieron Revueltas y Chávez se debió también –a diferencia del nacionalismo del siglo XIX o el de principios del siglo XX donde todavía escuchamos ese roce de faldas de las señoritas bailando un vals, cierto perfume decimonónico– a que es otro México?
Tello: Claro, pero ese nacionalismo del XIX es una búsqueda de respuestas a la pregunta formulada después de la Independencia, cuando ya no éramos indianos ni hispanos, ni vasallos del rey. ¿Pero quiénes éramos? Las respuestas se dieron de muchas maneras: lo folclórico, el color exótico, el paisaje. Se intentó decir “esto somos”, por ejemplo, en los paisajes de José María Velasco, que se han vuelto característicos porque reflejaron lo que los mexicanos veían, el ambiente donde habían nacido o vivido. La naturaleza nos lo había dado y debíamos estar orgulloso de ello. Pero estaba lo otro, que no es natural, lo que se crea: las canciones, la música.
Lavista: Sin embargo, ese nacionalismo del siglo XIX se transforma con la música de Revueltas y Chávez, que hablan de México pero con el lenguaje de la modernidad, descubren un lenguaje propio, hablan de otro México.
Tello: De un México más integral, enriquecido por los aportes de afuera y de adentro, con la visión ecuménica que aceptaba el mundo y se integraba a él, cosmopolita. No sólo Chávez y Revueltas sino José Rolón, una figura que no acabamos de conocer, al menos veinte años mayor que Chávez y Revueltas, que en los años veinte había planteado la posibilidad de construir un arte nacional desde los sonidos jaliscienses y de mariachi, pero imbuido de las técnicas que había conocido en París. De eso no se sabía porque, lamentablemente, el país que emerge después de la Revolución, a pesar de su federalismo, siguió siendo centralista: lo importante pasaba aquí y no en otras ciudades. Cuando empezamos a valorar la música de Rolón, a conocer sus escritos, su revista, sus partituras (Zapotlán, su concierto para piano), entendemos que se anticipó a Chávez y a Revueltas y no tuvo repercusión porque no estuvo en el corazón de las cosas.
Algo que marca la diferencia entre un nacionalismo y otro es que el del siglo XIX es intuitivo, sentimental, romántico, del amor a la tierra, del reencuentro con “lo nuestro”; el nacionalismo del siglo XX es ideología, y por ello está imbuido de contenido teórico que marca las acciones de quienes trabajan en un proyecto de una música nacional. Eso es determinante para marcar la diferencia entre la generación de Gustavo Campa, Felipe Villanueva, Ricardo Castro, Julio Ituarte, Chávez y Revueltas. Ahí. Ahí el eje es Manuel M. Ponce.
Lavista: ¿Cómo consideras a Manuel M. Ponce (a quien le tengo un enorme respeto), que al mismo tiempo trae la bufanda del siglo XIX pero en sus últimas obras tiene algunos hallazgos notable? Sus Canciones chinas, por ejemplo.
Tello: O el Concierto para violín, una obra muy avanzada en su lenguaje que, incluso provocó una ardua polémica que hizo que se le tildara de ser “insincero”, pues no era el Ponce romántico al que todos estaban acostumbrados.
Lavista: Sí, el Ponce de Estrellita y de otras canciones.
Tello: Él fue el eje, la bisagra que unió dos mundos, dos generaciones, dos tendencias, dos maneras de componer. Empezó haciendo la más romántica de las músicas (con la Gavota o su Intermezzo mexicano, el Concierto para piano, por ejemplo) y terminó siendo casi “revueltiano”. Fue una figura importante y decisiva que estableció el puente. También hubo en los cuarenta, y los años siguientes, presencias importantes que marcaron a la música mexicana por ciertos derroteros. La inmigración española, por ejemplo. Músicos como Rodolfo Halffter (quizá el más importante de todos), Adolfo Salazar o Jesús Bali y Gay, Otto Mayer Serra en la musicología, Baltazar Samperio en la investigación o Antonio Díaz Conde musicalizando películas (creó una estética del cine que otros le copiaron). Esta inmigración atrajo técnicas, una visión cosmopolita de la música, una visión peculiar de lo nacional que ya superaba o se distanciaba de lo que Manuel de Falla había hecho en España. Todo ello enriqueció la música de México. Además formaron a otras generaciones.
Lavista: Una de las mejores cosas que le pasó a México es la inmigración española porque trajo artistas maravillosos, no solamente en la música sino en otras disciplinas En la música no vinieron sólo compositores como Halffter sino muchos instrumentistas, maestros, directores de coro. O Emiliana de Zubeldía, una mujer maravillosa.
Tello: Hermosillo no sería el Hermosillo musical sin Emiliana de Zubeldía.
Lavista: Que, además, en otro capítulo de la historia musical, tuvo una estrecha relación con los pianos de Augusto Novaro y su nueva y sorprendente afinación.
Javier Álvarez: La llegada de estos ilustres españoles marca también el inicio de una modernidad en México. No es coincidente ni gratuito que ambas cosas arriben simultáneamente. Subrayan la importancia del maestro, de todos aquellos que coinciden en el momento preciso.
Lavista: Hay que señalar, en relación con el maestro Rodolfo Halffter –que llegó a México en 1939 y comenzó a dar clases casi inmediatamente– que pasó toda su vida dando clases en el conservatorio. Muchos tuvimos la fortuna de ser alumnos suyos a fines de los sesenta. Fue de los primeros que enseñaron en México, desde la academia, un lenguaje que no nos era familiar: el de la segunda Escuela de Viena. En sus clases recomendaba la lectura del Tratado de armonía de Arnold Schoenberg. “El que no lo lea no ha sabido ni sabrá nada de lo que está pasando”, decía. Además, enseñaba la técnica dodecafónica que desde los cuarenta nos abrió a otros horizontes.
Hebert Vázquez: A veces daría la impresión de que nuestro país no hubiera pasado por la experiencia del dodecafonismo. Percibimos claramente el México del nacionalismo y luego un México impulsado —simbólicamente, al menos— por la presencia de Manuel Enríquez, que abraza las técnicas de la vanguardia más allá del dodecafonismo casi en función del modelo de la Escuela de Darmstadt. Sin embargo el dodecafonismo está ahí, como si fuera una cuestión trunca que nos vio pasar del nacionalismo al dominio de Darmstadt, a esta especie de voluntad de un México al día con las técnicas del mundo. Por supuesto, es parte de la ideología de Darmstadt la vanguardia internacional, el pensamiento único.
Tello: Seguíamos tocados por la idea de lo moderno. Para la segunda Escuela de Viena, lo moderno eran ellos. Tomar sus técnicas nos hacía modernos. Para quienes se instalaron en Darmstadt, o en el célebre Festival del Otoño de Varsovia, los modernos eran también ellos mismos, Schoenberg había muerto.
Álvarez: Pero veinticinco años después. Eso también hay que trazarlo y ponerlo en claro. Si me lo permiten, me remontaría inclusive al siglo XIX donde durante setenta años, salvo contadas excepciones, sucedió poco en la música mexicana. No es sino hasta la Reforma cuando empieza a haber visos de una música, de un nacionalismo en ciernes que en realidad –como señalabas, Mario– era un romanticismo nacionalista “color de rosa” como lo calificó Aurelio. En realidad el nacionalismo en México llega tarde, y el nacionalismo emblemático de Revueltas y de Chávez, que es ideológico, medio siglo después. No es de extrañar, como bien apuntaba Hebert, que la llegada del dodecafonismo, de las teorías de la segunda Escuela de Viena se diera también veinticinco años más tarde de lo que debió si nuestros compositores paradigmáticos hubieran adoptado el nacionalismo más o menos a tiempo.
Tello: Eso tiene que ver con el desarrollo de los asuntos sociales y políticos de nuestros países –no sólo de México, que no fue la excepción sino el tono común del continente–. Las independencias dieron nacimiento a repúblicas caóticas. Nadie tenía la respuesta a la situación difícil. Eso explica los golpes de estado en las naciones sudamericanas; la instalación del Doctor Francia, que hizo de Paraguay su hacienda; la llegada, once veces al poder, de Santa Anna como salvador de la patria. Necesitábamos orden y disciplina. Por fin nos dábamos cuenta de que sin la corona o sin el padre éramos unos hijos desobligados. Pero teníamos del otro lado la vena creativa, enjundiosa, fresca, que nos permitió ir saliendo al paso. Desde el voluntarismo de la misma pregunta, en 1840 José Antonio Gómez compone un jarabe para piano, lo que no habían hecho ni los más nacionalistas de Bohemia o de Rusia, y fue antes de Edvard Grieg, de Modest Mussorgsky, de Aleksandr Borodín. También lo hizo Manuel Saumell en Cuba, que en 1840 publica sus contradanzas para piano recogiendo los quintillos cubanos, los ritmos de percusión, y luego lo hizo Ignacio Cervantes.
En México comenzamos a despertar preguntándonos ¿qué es lo nuestro?, ¿qué es eso que llamamos español o europeo? (la pregunta también se la hacían los europeos y los norteamericanos). Toda América fue visitada por Henry Hertz y por Louis Moreau Gottschalk. Hertz era el virtuoso del piano que participó en el Hexameron (el gran proyecto de Franz Liszt que reunió a seis pianistas para componer), y visitó México, Brasil, Chile, Perú… En todas partes decía “A ver, qué es lo de ustedes, canten algo” y él hacía variaciones improvisadas y se ganaba al público. Gottschalk hizo lo mismo: encandilaba con su técnica y capacidad de improvisar. La cualidad de estos pianistas es que se fijaron en “lo nuestro”: Hertz haciendo variaciones sobre Las Mañanitas (que en 1850 ya eran mexicanas), o sobre una variedad de jarabe. Hoy nos queda sólo el Jarabe tapatío de las grabaciones, aunque ya le podíamos decir “nuestro”. A esa constante pregunta se fueron aunando compositores. Ituarte hace, por ejemplo, algo más elaborado. Y en Ponce el nacionalismo es menos folclórico porque hay una vena suya que lo hace componer piezas como Estrellita, que no es una canción folclórica pero suena mexicana donde se la oiga. Lo mexicano está tan asimilado, que un compositor puede componer “a la mexicana” sin que resulte folclórico.
¿En qué medida al querer ser modernos tomábamos lo nacional para construir una obra personal, la idea del compositor como creador de entidades sonoras? Ahí es donde sorprende que tanto Chávez como Revueltas–o los otros músicos– tuvieran la inteligencia de no ser folcloristas, sino de tomar sólo aquello que les parecía esencial e, incluso, en el caso de Revueltas, de inventarlo. Cuando uno oye su entrada de pirekua en Janitzio [http://bit.ly/1gT2Qlt al 0:18], pone el acompañamiento por delante, piensa en técnicas similares a las de los pintores cubistas, donde no hay jerarquía de “melodía por encima del acompañamiento”, todo está en un solo nivel. La frase conque abre la resuelve veinte compases después; está reformulando su presentación de materiales casi de manera plástica, lo que no le quita ni agrega mexicanidad. Eso en su obra fluye desde el viaje que había hecho a Pátzcuaro con José Pomar, donde quedó enamorado de la música de la región.
Lavista: José Pomar, otro músico olvidado.
Tello: Todo tuvo que ver con la idea social, de construir una cultura nacional. Las historias de las músicas que se empiezan a escribir en América Latina en su conjunto también responden a esto. Gabriel Saldívar escribe en 1934 su Historia de la música en México remitiéndose al origen prehispánico. Hay una concepción de que no somos solamente herencia de España sino de algo anterior, y atraviesa lo español, derivará en el mestizaje del XIX y llega hasta el siglo XX. Así lo plantearon diversos autores de Historias de la música. Es el momento en que se fundan los proyectos de investigación. Vicente T. Mendoza escribe su emblemático libro El corrido mexicano, del cual abrevan Chávez, Contreras y otros. Nos damos cuenta de que ahí hay una veta que habla de nosotros, una “manera mexicana” de ser, de hacer, de contar. Tiene que ver con el proyecto de construcción de la música nacional. Eso le tocó cavilar a todos. Pensemos en el año 1935, donde simultáneamente coexisten Silvestre Revueltas, Agustín Lara y Francisco Gabilondo Soler (Cri Cri), y ninguno se siente menos mexicano que los otros. Revueltas en sus escritos siempre lo enuncia, es un compositor mexicano, usa un lenguaje, un humor mexicano. De Agustín Lara uno puede decir que usó elementos del jazz, que el bolero es cubano, pero es un músico mexicano que compuso una manera mexicana de hacer boleros de la cual han abrevado todos los compositores de boleros. Hasta cuando escuchamos sus letras, Cri Cri habla de un personaje mexicano que se lleva a los niños, el “Señor Tlacuache”, que es ropavejero.
Todos estos compositores piensan que nuestra mexicanidad debe mostrarse hacia el mundo. Esto puede ser mucho más anecdótico porque la canción popular siempre se dirige a una enorme cantidad de gente que necesita un lenguaje directo. Ya en las antípodas hay planteamientos teóricos, compositivos, más sofisticados donde lo nacional toca el aspecto técnico y la técnica tiene que valerse de lo nacional de modo que una cosa no traicione a la otra. Ejemplos son la Sinfonía India, Janitzio, o el Huapango, de Moncayo, que se ha vuelto el segundo o tercer himno nacional de México (algunos dicen que el segundo es el Son de la Negra), porque nadie puede negar ni soslayar que en esa composición (aunque él decía que era un arreglo) hay un tratamiento tan “moncayano” que trasciende el presunto arreglo. Se ha vuelto emblemática. He visto a mexicanos que pueden no ir a conciertos, ser ajenos a los planteamientos estéticos, escuchar el Huapango y sentir que la mexicanidad se les sale por los poros hasta el llanto. Moncayo pudo tocar estos asuntos esenciales en una obra ahora clásica, canónica de nuestra música. Creo que eso ha sido interesante en setenta años. Se han ido componiendo una serie de obras que ya forman parte del imaginario colectivo de la sociedad mexicana. Es lo que logran los grandes músicos, así como la 5ª Sinfonía de Beethoven es una obra emblemática para el mundo y no existiría Alemania sin ella.
Lavista: ¿Estás pensando también en los Sones de mariachi, de Blas Galindo?
Tello: En los Sones de mariachi de Galindo, Sensemayá de Revueltas, y en otras obras de ese tipo. ¿Cómo responder a estas cosas que pesan tanto? Las corrientes de ruptura fueron también importantes. Y por la vereda contraria estaba Julián Carrillo, haciendo su lucha.
Vázquez: Aunque totalmente fuera del esquema ideológico.
Tello: Fuera del esquema ideológico del nacionalismo, pero él reclamaba una mexicanidad para su teoría, que fundamentaba en los microtonos de la música prehispánica.
Vázquez: A pesar de todo, la ideología seguía presente y aun alguien como él, que hacía una música tan abstracta, en el fondo tenía que justificarse en función de la ideología imperante.
Tello: O porque su preocupación no era estética sino teórica: ¿cómo dividir los semitonos en sonidos más pequeños? Eso se le ocurrió a varias personas, pero Carrillo lo fundamentó desde una postura de construcción de la música mexicana, el “sonido 13” era el aporte mexicano al mundo de la microtonalidad. Fue importante para quienes se decidieron por opciones contrarias al nacionalismo esquemático del siglo XX.
Lavista: Muchos de ustedes han oído hablar del “sonido 13”. Nunca queda muy claro qué es, y da la impresión de que se agregó un sonido a los 12 y salió el treceavo.
Público 1: La naturaleza de los tonos es perceptible para nuestros oídos, me parece, hasta un dieciseisavo. Otras músicas han usado los microtonos de otro modo. Al tocar una cuerda en el blues el sonido pasa por muchos microtonos. La música árabe o la china, y todas las culturas encontraron sus instrumentos y su música. A Julián Carrillo lo agredían porque lo consideraban peleonero y loco. Se molestaba, pero tuvo razón; inclusive demostró algo cuestionable. Lo hizo con aparatos electrónicos: decía que la escala bien temperada de Bach estaba sucia porque un RE no era puro y tenía algo del tono vecino, que un LA no era limpio y tenía un tono ligeramente manchado de otro color. Entiendo que en nuestro oído los tonos se desdoblan de manera diferente en cada persona y un oído educado empieza a oír más armónicos. Julián Carrillo dice que un DO, al vibrar, se compone de una tercera quinta, séptima, novena, onceava, progresión geométrica, una razón física del sonido. Se enfadaba porque no nos quedaba claro y demostró con los aparatos estos disgustos, pero no le hicimos caso, y deberíamos hacerlo.
Lavista: Usted habla del “sistema temperado”, que occidente elige a partir del siglo XVIII con Bach, pero la música temperada, que se divide en tonos y semitonos, es una creación reciente y duró poco tiempo –el siglo XVIII, XIX y parte del XX–, porque en el XX aparecieron otro tipo de afinaciones diferentes al “temperamento”. Lo que hizo Julián Carrillo es que a esas divisiones, que fácilmente podemos visualizar en el piano al tocar las teclas blancas y negras en una sucesión de semitonos, les añadió una división menor: un cuarto de tono. Entre el DO y la nota que sigue (DO sostenido) hay un cuarto de tono que a su vez se puede subdividir también en octavos de tono, de modo que había dos sonidos más entre en DO y el DO sostenido. Eso es lo que se denomina “sonido 13”.
Tello: A cualquier sonido que rebasara los doce sonidos del sistema temperado se le llamaba “sonido 13”: cuartos de tono, quintos de tono, sextos de tono…
Vázquez: Pero es claro que simbólicamente.
Lavista: Julián Carrillo comenzó siendo un músico romántico muy “a la alemana”. Estuvo en Leipzig, donde compuso sinfonías, conciertos tonales espléndidos, pero después comenzó a manejar la teoría del sonido 13 y a componer obras para los pianos y arpas que él mismo mandó construir. Pero no modificó su retórica musical. Tiene los mismos giros de la música romántica, sólo que en cuartos de tono.
Álvarez: Lo escuchamos en sus cuartetos de cuerdas, que son dos fragmentos cortos: obras que siguen siendo, claramente, románticas pero con inflexiones en cuartos de tono. Hay que hacer una distinción clara entre el Carrillo compositor y el Carrillo teórico. Para mí, el más interesante sigue siendo el teórico. En ese sentido hay que recuperar a ese Carrillo para ubicarnos, a los compositores y a México, en el siglo de la modernidad.
Lavista: Cuando hablo de cuestiones retóricas me refiero a ciertos giros melódicos muy del siglo XIX que están presentes en autores desde Chopin hasta Wagner. Y es curioso percibirlos en Carrillo porque en cuartos de tono se oye desafinado, aunque no lo sea, pues manejarlos no es estar desafinado sino elegir otra afinación, pero si se utilizan las mismas maneras de decir que en la música temperada, el resultado es que lo que se oye no funciona bien.
Vázquez: El melodismo, el tratamiento rítmico, la orquestación, todo es decimonónico y apunta al mundo de su primera etapa juvenil, al mundo wagneriano. Por otro lado, encuentro otra característica en Carrillo: el tratamiento motívico-temático decididamente decimonónico convive con los microtonos, a los que pone en un primer plano musical por medio de reiteraciones permanentes. Ahí es donde rompe con la retórica decimonónica, a partir del presupuesto teórico de compartir sus hallazgos microtonales. Sin embargo, a mi juicio esta reiteración perturba al oyente por entrar en conflicto con el discurso decimonónico que impera en su música.
Álvarez: Creo que no pudo romper con eso. No tuvo tiempo o nunca quiso romper con sus arcaísmos.
Tello: Una metáfora decía que Carrillo vio la tierra prometida pero nunca llegó a ella. Se encontró las herramientas pero le faltó construir su estética. Eso significaba romper con los modelos anteriores de composición: no sonata, no rondó, no desarrollo, no una serie de principios rectores de cierto tipo de música.
Lavista: Excepto, quizás, en el Preludio a Colón.
Tello: Donde justamente no hay desarrollo, no es una obra temática, etcétera. Este ejercicio, sin embargo, tuvo su repercusión en las vanguardias de los años setenta. Los músicos imbuidos de las enseñanzas de los vanguardistas de Darmstadt, de Varsovia, encontraron en el microtono un recurso valiosísimo para componer música pero apartándose de los principios estructurales de la música tonal. Un nuevo sistema, nuevas herramientas, reclamaban nuevos principios constructivos. Tan simple como eso. Carrillo no lo pudo ver. Tampoco era fácil.
Vázquez: Es fácil verlo retrospectivamente. Hay que pensar que este cosmopolitismo nacionalista de Chávez y Revueltas tiene en el fondo un modelo que puede incomodarnos reconocer pero que está presente y es detectable: el modernismo stravinskiano y algunas de sus herramientas para evitar el principio de desarrollo discursivo decimonónico, como los ostinatos, las irregularidades rítmicas. No quiero sugerir con esto que Revueltas sea el Stravinsky mexicano. Ni que la visión europeizante de lo que se hizo en México le dé valor al problema al que nos hemos enfrentado artísticamente no sólo en la música. Tampoco adquiere valor solamente en las iniciativas realizadas en Latinoamérica a nivel artístico cuando pasan a través de la revaloración europea. No es eso. Finalmente, esas técnicas están ahí, y ellos tuvieron un modelo del cual careció Carrillo. Además, él abrazó el microtonalismo relativamente tarde en su vida. Por eso insisto en que no era nada fácil poder visualizar esta revolución del pensamiento que hubiera permitido a los microtonos habitar un campo estético propio, y que implicaba también una renovación a nivel de la rítmica, de la textura.
Tello: Es que las técnicas que conocía Carrillo también eran un piso firme que había que hacer con ciertas formas musicales cerradas, un desarrollo, incluso, “brahmsiano”, de variación; no es el desarrollo ortodoxo clásico de la escuela de Mozart. Esa crisis también la vivió la primera generación de músicos que encontraron la electrónica como fuente. Se pusieron a jugar con los cables, los voltajes y salían sonidos; a eso me refería con los electronic sounds. No hablaba de una música electrónica sino de sonidos electrónicos, que no se obtenían en los instrumentos musicales. ¿Qué hacer con esto? Las primeras obras electrónicas que hizo César Bolaños en Lima hace cuarenta años no tenían pies ni cabeza, empezaban y cesaban donde más o menos la intuición romántica les permitía tener un final pero carecían de estructura y continuidad, estaban vencidas por la tecnología y otros defectos.
Álvarez: Apabullados, diría yo.
Lavista: Entramos a otro campo, otro género musical conocido como música electrónica. También hubo en Francia un movimiento que se llamó música concreta. Al hablar de música electrónica nos referimos a un género que tiene como fuente la producción de sonidos a través de generadores de ondas. Esto trae como consecuencia, primero, la desaparición del intérprete. El compositor trabaja la obra directamente en un laboratorio de música electrónica. La hace, o la hacía, cortando una cinta magnética. El resultado final, la obra, era una única interpretación posible. No había entonces ningún intérprete. Eso fue a fines de los años cuarenta.
Tello: Después de la guerra, en 1948 se estrenó la Sinfonía para un hombre solo de Pierre Schaeffer.
Lavista: En México quizás el pionero es Jiménez Mabarak, que compone en los años cincuenta una obra para una coreografía de Guillermina Bravo. Es la primera obra donde sabemos que utiliza generadores como fuente sonora (al parecer una aspiradora doméstica). Años después, en los setenta se funda en México el primer laboratorio de música electrónica.
Álvarez: Fuera de Jiménez Mabarak, que lo hizo localmente, los primeros músicos mexicanos que produjeron música electrónica lo hicieron en el extranjero: Francisco Savín, con Quasares, obra para órgano y cinta electrónica; Héctor Quintanar, con sus primeros trabajos como alumno en Columbia; Enríquez, ahí mismo, poco tiempo después. Volviendo por un momento a Carrillo, a él le faltó lo que sí logró a hacer Schoenberg, que inventó la teoría del dodecafonismo y quien al principio no sabía cómo deshacerse de la sonata, de las formas que tenía arraigadas en la cabeza, pero lo consiguió posterior y, definitivamente. Carrillo, por su parte, no tuvo tiempo, pero debemos darle chance y celebrar que fue un gran teórico. Lo podemos retomar desde otra perspectiva, habiendo pasado por Darmstadt y la música electrónica: retomarlo de manera mucho más seria y rigurosa.
Tello: Es importante una revaloración de Carrillo porque planteó un tipo de sonoridad que quizá no era compatible con su visión de la música.
Álvarez: Ni con su oído.
Tello: Las nuevas generaciones podrán hacer acopio del bagaje de exploración sonora que hizo Carrillo: los microtonos, cómo utilizar recursos en cierto sentido aún vírgenes. Ahora hay computadoras y software de sonido. Para escribir mi libro sobre la música en América Latina, entre otras cosas, estuve escuchando muchísima música en Internet. No hay joven compositor menor de treinta años que no tenga su página en Myspace y “cuelgue” ahí sus obras. No partituras, sino sonido. Muchos jóvenes que trabajan en esta corriente llamada “acusmática” están en los hallazgos donde estaba Carrillo pero sin los prejuicios de Carrillo.
Vázquez: También sin su aproximación técnica rigurosa. Me cuesta mucho relacionar con Carrillo las iniciativas microtonales posteriores, que se dieron a través del imaginario de Darmstadt y de una manera más libre, más relacionada con un cambio general en el lenguaje musical que afectó la textura, el ritmo, generado en Darmstadt y con el estudio de música electrónica de Colonia, con Stockhausen y los experimentos mediante la tecnología de la época. Pero la gran diferencia, a mi juicio, es que ahora se llevan a cabo de manera musicalmente más intuitiva, más en el ámbito de un diletantismo asociado con hacer música de una manera inmediata que mediante la exploración, meticulosamente rigurosa, de la subdivisión microtonal.
Tello: Creo que hemos entrado a una nueva etapa de oralidad. Hubo un compositor que no sabía de música pero bien que compuso Noche de ronda. Ahora, el compositor que no sabe de música pero escribe, lo hace con la computadora y ya no obtiene una partitura, sino otra cosa.
Álvarez: Pero eso no es música electrónica ni música acústica, ni música acusmática. Sigue siendo música instrumental., más allá de cómo la designemos.
Tello: Pero, en todo caso, hay quienes están inscritos en algo. Es una cuestión de definiciones: cuando un músico de jazz viene del jazz, siempre hace jazz; cuando un músico no viene del jazz nunca hace jazz aunque lo toque. Cuando un compositor no viene de la tradición académica, de la enseñanza, la composición la aprende haciendo un tema con variaciones y luego avanza por su cuenta, pero no está haciendo música de concierto. Alguien que se adentra en solitario siempre se siente parte de un gremio, y eso es algo que tomará mucho tiempo definir.
Álvarez: Creo que el meollo del asunto reside en algo que mencionaste, Aurelio, y es esa necesaria concordancia entre los materiales y el lenguaje. Pretender que en las obras de los pioneros de la música electrónica en México existía esa concordancia sería falaz, pues fue una música hecha con herramientas bastante primitivas –sintetizadores sencillos, generadores simples de ruido y de ondas– pero que sobre todo, en el fondo, era pensada y tenía en su origen una concepción instrumental y, para su desgracia, las herramientas que utilizaron para hacerla no tenían esa capacidad de articulación.
Tengo la teoría de que esa limitación motivó al mismo Chávez a impulsar, poco tiempo después, en 1970, la fundación del Laboratorio de Música Electrónica. Por cierto, me encanta el término “laboratorio” porque ilustra bien la concepción de la época en cuanto a lo experimental: no sabemos qué saldrá de ahí pero como se trata de un lugar cerrado se presta para experimentar con bata blanca. Nadie tiene que enterarse de los resultados si no se dan a conocer… Ese laboratorio fue de gran impacto, a pesar de que duró pocos años: tuvo una existencia bastante caótica. Y te tocó en parte a ti, Mario. Héctor Quintanar lo tuvo a su cargo. Hubo un par de artefactos, un sintetizador Bucla que llegó después. Eran aparatos, generadores de ondas sinusoidales bastante avanzados para la época.
Lavista: En ese 1971 Héctor Quintanar, Manuel de Elías y yo presentamos en el conservatorio el primer concierto de música electrónica en vivo. Llevamos todo el laboratorio y lo pusimos en el escenario. Cada uno de nosotros tenía una pieza que “tocaba” moviendo las manivelas y poniendo y quitando cables; todo se escuchaba a través de las bocinas. El concierto se convirtió en un escándalo porque los maestros esperaban otra cosa, pero fue una experiencia extraordinaria.
Álvarez: Y necesaria para lo que vino después. Si eso lo ponemos en perspectiva junto a la presencia de Manuel Enríquez, ahí hubo una implosión que detonó un movimiento. El mismo Enríquez empezó a producir obras interesantes y extraordinarias.
Tello: Obras instrumentales que tenían una especie de sonoridad electrónica. Eso derivó en una revaloración del papel del timbre. Si uno piensa en una obra como Obertura lírica o Transición, obras fundamentales en este cambio de estética de la música mexicana, el manejo del timbre se da buscando que la orquesta suene como electrónica.
Álvarez: Es justamente el abandono de la concepción instrumental. Manuel Enríquez entendió bien que no había que imponerle una articulación instrumental a un material de naturaleza electrónica. Viols, la obra que mencionaba Mario, combina un violín con sonidos pregrabados de violín que han sido modificados previamente. Por primera ocasión, en vez de tratar de conectar al violín en vivo con los sonidos que salen de las bocinas de manera instrumental, los conecta de manera tímbrica, los hace “primos hermanos”. Esto, escuchado, establece una relación que genera un discurso que organiza, estudia y tiene un poder expresivo que no existía en las obras previas a los 60. En cierta manera, a tu generación, Mario, le pasó lo mismo. Pienso en Contrapunto, una obra que compusiste en Tokio, Japón, en 1971. Es una obra interesante para el momento, porque combina todo tipo de fuentes sonoras; algunas electrónicas –de sintetizadores y generadores de ruido– con pasajes de la 9ª sinfonía de Mahler y canciones de los Beatles.
Tello: Era una corriente de la época, la célebre citatione.
Álvarez: Como las quotations (citas). Lo que resulta interesante de la obra es que algunos de esos fragmentos están presentados al desnudo, tal como son: escuchamos un fragmento y reconocemos a los Beatles; escuchamos otro y aparece un pasaje de cuerdas de Mahler aunque traspuesto; luego tiene algo de música oriental. Es una especie de collage. Lo que es interesante es que está sobrepasado y asumido que el medio puede hacer eso bien. No se trata de tocar o grabar un piano o ver cómo meterlo a la licuadora. Más bien asumir que es una licuadora en la que entrarán imágenes sonoras que tienen una carga poética. En ese mismo sentido hay otra obra de Manuel de Elías, que se llama en latín Non nuovo sed nova (Nada nuevo pero nuevo) que utiliza sonidos de piano y los mezcla con sonidos electrónicos. En ella, poco importa qué instrumento sea, porque el compositor entiende conscientemente que el medio tiene posibilidades propias, y no pretende imponerle un discurso que no le pertenece. Esas músicas de la generación de ustedes apuntan a lo que sucedería años después en la revaloración del timbre, entre otras cosas.
Tello: Fue importante cómo repercutió esto en el oficio de los compositores de la generación de los setenta porque hubo un cambio de actitud. Cualquier obra nacionalista estaba empapada por la ideología. Bastaba tomar un son michoacano, ponerle novenas, armonía ampliada y ya era mexicano, moderno. Estaba listo. Eso se volvió un cliché en muchas partes. Repensar los materiales, los mismos instrumentos: clarinete, violín, flauta, sin que sonaran anecdóticamente a violín, clarinete o flauta, hizo madurar el oficio de los compositores, replantear el lenguaje. La mexicanidad ya no era declarativa sino implícita porque esa preocupación era la de un músico de un país con las limitaciones que tiene el tercer mundo, donde era imposible tener los cuatro helicópteros de Stockhausen o los sintetizadores y sofisticados equipos que hubo en Chile cuando José Vicente Asuar organizó el primer laboratorio de música electrónica en América Latina. Sin embargo, se hicieron músicas interesantes. Pienso en la Música prehistórica de Enríquez, con un tratamiento cuasiorquestal de la sonoridad electrónica. Había una crisis cuando se enfrentaron a estos materiales. El músico tenía que pensar como ingeniero y el ingeniero tenía que hacerlo como músico; uno no quería aprender el solfeo ni el otro saber de asuntos técnicos. Los sintetizadores de teclado y los programas de cómputo vinieron a resolver de algún modo el problema.
Álvarez: Creo que eso pasó muchas décadas después. En el ínterim hubo todavía un proceso: pasamos por Darmstadt.
Vázquez: Es paradójico: Darmstadt es un ejemplo, una imagen a seguir en la composición mexicana de los años sesenta y setenta pero, al mismo tiempo, la esencia de Darmstadt, que es el estructuralismo, la música algorítmica, el rigor estructural, no se encuentra presente en el pensamiento compositivo de nuestros creadores. Por otro lado, ha vuelto un mito la idea del serialismo integral, que es muy difícil de detectar hasta en la música del propio Boulez más allá de Estructuras, para dos pianos, una de las pocas obras realmente seriales de la escuela de Darmstadt. Sin embargo, más allá de la estructuración total, Darmstadt no deja de ser estructuralista en su esencia: la algorítmica está presente, se inventan sistemas de control de alturas, de duraciones, más o menos flexibles. Me da la impresión de que en México este modelo pasa por otro tamiz: el latinoamericano. Es decir, sí se desarrolla un oficio pero poco tiene que ver con el rigor darmstadtiano, con la idea de la construcción total o con el estructuralismo. Es algo más.
Tello: Porque creo que hay una actitud diferente, que el músico latinoamericano (esto no es sólo privativo de México) todavía se concede algo de inspiración en obras de esta naturaleza que le permiten obtener cierta vena local, cierto color.
Vázquez: O incluso una problemática al enfrentar los materiales desde la perspectiva de la ortodoxia europea, que al final redunda en una búsqueda expresiva propia.
Tello: Incluso, bien mirado, cuando Halffter utiliza la dodecafonía, resulta como en Italia Luigi Dallapiccola, cuya música jamás sonará como la música de Schoenberg. No renuncia a las tríadas perfectas.
Vázquez: Un dodecafonismo mediterráneo
Lavista: Él, inclusive, hace un planteamiento dodecafónico muy personal desde su propia estructura, lo que uno oye son sucesiones de acordes totalmente consonantes muy ligados a la tonalidad. Es un dodecafonismo que yo llamaría madrileño.
Vázquez: Justamente, de lo que se está despojando, siguiendo este orden de ideas, es de la ideología, porque es la ideología lo que hace que el dodecafonismo de Schoenberg no sea triádico.
Tello: O de la obligatoriedad del marco teórico. Este es un problema que se volvió común no sólo en la composición sino en las ciencias sociales, por ejemplo.
Álvarez: Claro, pero en los creadores latinoamericanos. Aurelio mencionaba que hay una concesión a una cierta inspiración. Creo más bien que es una concesión heterodoxa, no compatible con los tiempos sociales o con la necesidad de una comunicación con cierto público, con una sociedad que fomente o hubiese fomentado la investigación de tal forma que se volcaran compositores mexicanos a teorizar o a inventar la teoría a su modo y medida. No hubo eso. Creo que los artistas y los músicos mexicanos han tenido la necesidad de actuar y ser expresivos rápidamente. Lo exige nuestro carácter, nuestro temperamento, nuestra idiosincrasia.
Tello: En ese sentido, hay que señalar algunos compositores hitos importantes en la música mexicana que tienden no sólo a componer música sino a crear una estética con lo que componen. Hay muchos compositores pero muy pocos tienen una estética. Revueltas por ejemplo, es un compositor absolutamente coherente. Hay un color sonoro en el conjunto de su obra. No importa si escribe para el teatro, para el ballet o para el cine. No parte de la idea “escribo lo que me piden que escriba”, hace la música que él sabe hacer y en todas las circunstancias suena a Revueltas, incluso en una mala película como La noche de los mayas que gana mucho con su música. En una revisión general de las sonoridades del cine mexicano, creo que es el único compositor que tiene una estética propia de lo que debe oírse, en el mismo sentido que Morricone o Nino Rota.
Enríquez fue otro caso que, como decía Alcaraz, a partir de la poética de lo concreto en construir una especie de sonoridades puras con los recursos tradicionales, construyó un sonido Enríquez. Me parece una de las cosas que en su momento se tendrán que reestudiar y revalorar. Creo que tu obra Mario, camina también por esa ruta.
Lavista: Gracias, celebro que por lo menos camine.
Tello: Acabo de hacer una revisión general de tu obra, Javier, y encuentro una coherencia de principio a fin, incluso en las obras conceptuales, como en Game por ejemplo. Hay una forma de uso del intervalo, un tipo de sonoridad, un lirismo, lo mismo si usas multifónicos o no, o determinados patrones en Canon, como en la Danza de las bailarinas de Degas, la pieza para flauta y piano. Es muy difícil encontrar una voz así. En México se han dado casos, incluso en compositores con abundante obra y, dicho con todo respeto, por ejemplo Galindo no tiene un sonido Galindo; tampoco hay un sonido o un color Bernal Jiménez.
Álvarez: En sus obras corales (escritas para el coro de los Niños Cantores de Morelia) hay una identidad más propia, pero en las obras orquestales quizás esa voz se diluye.
Lavista: El caso de Bernal Jiménez es interesante. Es de los pocos compositores de música religiosa en un momento en el que impera la estética nacionalista que es, fundamentalmente, laica y atea, sobre todo cuando seguía los dictados del comunismo ruso. Jiménez creó la revista Schola cantorum, todo eso en un momento en el que no era bien visto.
Tello: También en un momento de crisis para la música religiosa que hizo que las instituciones religiosas no lo tomaran en cuenta porque eso no era lo que ellas querían escuchar. Se mantuvo y murió en la frontera del cambio.
Lavista: Esa es la ironía de la música religiosa en la segunda mitad del siglo XX, donde hay compositores que continúan escribiendo una gran música religiosa y sin embargo la institución que debe cobijar esas producciones se convierte en una instancia totalmente inculta, desinteresada del gran arte. En México hay, por ejemplo, las estudiantinas que producen escozores en la piel.
Tello: Aunque tienen que ver con el principio ecuménico del Concilio Vaticano II de darle voz y espacio a todas las voces o, como diría José María Arguedas, a “todas las sangres”.
Lavista: Bernal Jiménez es un caso interesante de músico religioso. Aunque otro punto que podemos tratar son los intérpretes. Es muy importante que en México haya buenos intérpretes contemporáneos como los que tenemos hoy: el Cuarteto latinoamericano, el grupo de percusiones Tambuco, el Quinteto de alientos de la Ciudad de México, el Trío Neos. O solistas como Horacio Franco, Luis Humberto Ramos o Wendy Holdaway, todos ellos espléndidos músicos. Para nosotros los compositores es una gran suerte poder tener a una fagotista como Wendy Holdaway, o a Tambuco tocando nuestra música. Cuando hay un buen intérprete se hace evidente en un concierto. Si a un intérprete bueno le escuchamos un repertorio de Beethoven, si toca bien se nota; si no, nos retiramos del concierto pensando en la maravillosa obra de Beethoven y en la porquería de pianista. Si ese mismo pianista toca una música nueva no sabremos si se equivocó. Supongamos que es un estropicio como pianista y hace una barbaridad. En ese caso es posible que razonemos que la porquería era la obra y que el pianista no era tan malo. Esto sucede porque aún no tenemos una tradición interpretativa de esa obra, como ocurre con la música tradicional. Por eso es fundamental que la música contemporánea, la del presente, sea tocada por intérpretes de primera calidad, con un nivel de excelencia como cuando se toca magistralmente a Chopin. Ese nivel existe en México.
Álvarez: La emergencia de estos intérpretes que has mencionado es, considero, un parteaguas que comenzó en los años setenta y ochenta y que, incluso, ha cambiado la fase de la composición en México. Estos intérpretes han permitido y dotado a los compositores, de la posibilidad de tener la certeza de cómo suenan sus obras, de tener la seguridad de que es posible componer lo que sea siempre que esté bien escrito. Y como se trata de músicos de una altísima calidad, han sido el espejo perfecto para los experimentos que ahora se han vuelto identitarios con un número de compositores, lo que a mi parecer, ha sido fundamental.
Vázquez: Estoy de acuerdo contigo respecto a la calidad de los instrumentistas y en la idea de la certeza que permite la comprobación sonora de lo que los compositores vamos experimentando mentalmente. Es una maravilla. Sin embargo, agregaría que hacen falta más ejecutantes de primer nivel. Ha habido tal proliferación de compositores en las últimas dos décadas que esos intérpretes de primer orden no se dan abasto, de modo que, por ejemplo, es común que un mismo clarinetista trabaje simultáneamente en cinco grupos de música de cámara. Ése es el problema. Hace falta responder a este crecimiento exponencial de los compositores que trabajan y que lo están haciendo bien. Me parece que los intérpretes de calidad no han aumentado comparativamente. No sé si esto atañe directamente a la cuestión educativa. Siento que un catalizador muy importante para esta proliferación de compositores han sido los apoyos de estudios en el extranjero del CONACULTA, que a muchos nos permitieron avanzar profesionalmente. Me da la impresión de que los apoyos a los intérpretes se desarrollaron de manera más paulatina y que hubo una especie de retraso en las becas y apoyos que otorga el FONCA.
Tello: Un fenómeno que me parece importante es que la formación de estos grupos generó un repertorio. Muchas obras fueron encargo de los grupos, no propuestas del compositor que pedía que sus obras fueran tocadas. La actitud de muchos de estos grupos fue ir con los compositores y pedirles que compusieran obra porque ellos la iban a tocar. Trabajaron incluso con los compositores. Y su desarrollo técnico, nivel de preparación y dominio de los instrumentos, han hecho posible a los compositores entrever qué tan lejos se puede explorar en recursos, búsquedas, sonoridades, incluido el mismo dominio técnico, todo lo que atañe intrínsecamente a la estructura de la obra.
Álvarez: Los años ochenta son un momento clave que se nos olvida (las cosas pasan rápido). Fue cuando asistimos a la aparición de las computadoras personales. Uno puede preguntarse ¿esto qué tiene que ver con los intérpretes? Esos años marcaron el inicio de la cultura digital. Los compositores que vivimos esa época en activo, de algún modo fuimos también vehículo y parte del cambio, por lo menos en el ámbito experimental y de concierto. Ya nadie tenía que ir a un laboratorio o a un estudio porque fue posible experimentar en nuestra propia casa (para quien la experimentación era lo suyo). Si no, de cualquier modo, lo digital permitió que pudieran escribirse partituras de forma netamente profesional con la posibilidad de distribuirlas con sorprendente inmediatez. Y eso sucedió también con los intérpretes. Aquí es donde lo vinculo con el presente. Todo esto generó un movimiento que se convirtió en algo que hoy resulta excesivo, como señalaba Hebert: hay demasiadas obras y demasiados compositores que son capaces de producir desde la perspectiva democratizadora de la cultura digital lo cual, por cierto, tiene sus pros y sus contras. A la par de todo esto también hay una especie de hibridación estilística en la música que se ha compuesto en México en los últimos años. Se ha perdido, si alguna vez la hubo, una corriente o movimiento dominante. Tenemos un Arturo Márquez que compone un danzón; al mismo tiempo a un Rodrigo Sigal que hace una obra para saxofón y computadora en vivo. Todas estas músicas conviven en el mismo escenario cultural. Son muchos factores los que entran en juego. Los compositores nacidos desde los setentas son hijos de la cultura digital: son de algún modo posmodernos. Hoy, su visión y la conexión que hacen entre los recursos a su alcance y los lenguajes imperantes no siempre tienen claras las fronteras.
Tello: Esas fronteras se han borrado. También son el reflejo del país. Si algo caracteriza a México es que no existe “lo mexicano” –la música mexicana no existe–, existen sociedades mexicanas y un cielo muy grande bajo el cual caben grupos diferentes. He dado cursos en muchos lugares y he visto con sorpresa que la gente de Tijuana jamás había oído el colás o que personas de Veracruz no sabían quiénes era los yaquis. Pero creo que tenemos más conciencia de la diversidad y eso se refleja en la música en su conjunto. Cuando me pidieron hacer un libro sobre la música en México a manera de panorama del siglo XX, había pensado en primera instancia hacerlo sobre la música de concierto, la composición profesional. Sin embargo, hay muchas maneras de ser profesional y hay muchos músicos trabajando que no son de concierto. Existe un altísimo nivel profesional de dominio y manejo de técnicas orquestales (saben todo lo que deben saber pero no hacen música de concierto, es la única diferencia). Por otra parte suenan tantas cosas simultáneamente en un lugar como la Ciudad de México, que lo menos que uno puede hacer es tratar de distinguir qué es qué y quién es quién. Abrimos capítulos para la música indígena real (que existe), para la música folclórica, la tradicional, la canción urbana, la música de mariachi, la música de Mérida. Pero también hablamos de la ópera, de la música religiosa (porque este es un país laico al que no le falta religiosidad), y se sigue cantando “La guadalupana…” en diciembre y forma parte de lo mexicano, si podemos hablar de lo mexicano en la música. En ese sentido la música de concierto se ha vuelto parte de un espectro verdaderamente amplio.
Vázquez: Todo esto a lo que te refieres ya estaba ahí hace veinte o treinta años. Sin embargo había, al mismo tiempo, la tendencia de buscar la consolidación de un lenguaje musical homogéneo y abstracto. Son los signos de la posmodernidad. Ha habido un cambio de paradigma que tiene que ver más con nuestra diversidad como país, que está ahí –y no hay que negarla–, y con la posmodernidad imperante en todas partes del mundo en el presente.
Tello: O los recursos de conocimiento que tenemos hora. Si abrimos una página de Internet nos enfrentamos con la diversidad. Antes, sabíamos que el mundo era diverso y hoy lo podemos constatar. Entras y ves el Gangnam Style y tienes información sobre eso en todas las lenguas del mundo.
Vázquez: Es cierto, pero también hubo un cambio, un rompimiento ideológico muy importante con las tendencias monopolizadoras de la vanguardia de Darmstadt, y va de la mano con todas estas transformaciones globales, por supuesto. Veo muy positiva esta diversidad, este eclecticismo al que te refieres. Me parece muy bueno que convivan diferentes tendencias y opciones para hacer música o para aproximarse a la música. Lo que me preocupa un poco de esta “democratización” de la música a través de la electrónica, de la tecnología, es el abandono del oficio, de la formación, y la cuestión de hacer música inmediatamente, de hacerlo rápido.
Álvarez: Estoy totalmente de acuerdo, lo constato con muchos de mis discípulos, jóvenes que son capaces de armar algo rápidamente en la computadora, algo que tiene sentido, es coherente y todo lo demás, pero que no ha requerido de la cantidad de años de calentamiento y preparación que cualquiera de nosotros ha invertido. Eso por un lado. Por el otro, nos encontramos en una especie de momento barroco. Hoy existe un barroquismo que creo que dará lugar a un montón de retoños que florecerán, de los que sólo quedarán (perdón por la metáfora) los que tengan realmente la fuerza y el compromiso de dedicarse a una profesión como la nuestra, que es eminentemente vocacional.
Tello: Hay cosas a las que no podemos renunciar. Una de ellas es que valorar una obra implica tener razones estéticas y que el tiempo pone las cosas en su sitio. Todo esto que puede ser muy exitoso con el tiempo se decanta. ¿Por qué están ciertas cosas presentes y vivas? Yo veía una vez (estamos en el Año Verdi) un añoso diccionario y en una de las páginas había más o menos cien compositores de ópera en Italia en las litografías que publicaban a fines del XIX, y Verdi está en el penúltimo lugar, es uno de tantos. Cien años después sólo está Verdi.
Álvarez: Esto es en parte a lo que yo me refería con la metáfora de los retoños. Por otra parte, hay un aspecto positivo. Aquí vale la pena mencionar la fundación del Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras (CMMAS), con sede en Morelia, dedicado a la investigación musical, que es el primero en nuestro país (ojalá hubiera más). Se da porque hay esa efervescencia barroca. A la larga, las cosas se van a depurar, pero en este momento es necesario que se genere un mayor acceso, inclusive, al que ya tenemos a través del Internet para que rápidamente, o en un tiempo relativamente corto, en un par de generaciones quizás, podamos ver el resultado de esta proliferación de jóvenes compositores aspirantes que han surgido en parte a causa de las historias de éxito de la generación inmediatamente anterior y de la generación previa a ésta, y así sucesivamente. Supongo que esto se debe en parte porque han visto que ser compositor en México tiene futuro –si supieran–. [risas].
Tello: Quizá también cabe señalar que algo de lo que ha signado la actividad musical en México es que se piensa que “lo importante” pasaba en la Ciudad de México y no en el resto del país. Esto está empezando a cambiar. El hecho de que el CMMAS tenga su sede en Morelia, que en Monterrey haya un grupo de compositores que ya tienen un subsidio permanente en el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León y el CONACULTA, que promueven la música de Monterrey y que, incluso, organizan cursos con maestros invitados y ya no tienen que depender del centro, es importante.
Lavista: Y hay grupos de músicos y de instrumentistas no sólo en el DF. En Mérida está Sequenza Sur. Ya hay en el interior del país grupos de música muy bien armados con gran actividad.
Tello: Me refiero a la actividad de los compositores, a que ya hay núcleos que empiezan a funcionar independientemente de lo que esté pasando en la Ciudad de México. Esta especie de descentralización es justamente una consecuencia de la conciencia de la diversidad, de la posibilidad de que en muchos espacios puede haber muchas cosas que funcionan simultáneamente…
Lavista: Podríamos seguir aquí hablando de la música mexicana de concierto durante días. Pero tal vez debemos abrir la discusión y dar voz a las preguntas o comentarios del público.
Público 2: Buenas noches. Soy físico, aficionado a la música y aspirante a melómano. Mis preguntas son las siguientes: ¿la Revolución mexicana sepultó la música desde la época de Maximiliano hasta el término del Porfiriato? Asistí a una presentación en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes en los Cien años de Ricardo Castro, y ahí se dijo esto. Recuerdo haber escuchado con la Orquesta Filarmónica de la UNAM el Concierto romántico para piano de Castro (me parece que está a la altura de Liszt, de Grieg o de Chopin). Por otra parte también la música de Melesio Morales, de Gustavo Campa, de Juventino Rosas, toda esa música y los valses mexicanos que durante la época de la Revolución y de los grandes muralistas era música irreverente. La otra es ¿quiénes influyeron en Silvestre Revueltas? ¿Él conocía la obra de Stravinsky? Le llamamos el Stravinsky mexicano, y si Stravinsky murió después, ¿conocía la obra de Revueltas?
Álvarez: En cuanto al concierto de Ricardo Castro no sé si estoy del todo de acuerdo con usted. Efectivamente, es un buen concierto porque exhibe un pianismo muy característico que cumple con todas las normas. No obstante, el primer movimiento es un poco exasperante porque es una cadencia completa para el piano, el mismo material que se repite cada treinta y dos compases, o algo así, pero subido un tono, luego puesto en menor, baja un tono, etcétera. Es muy predecible. El segundo y tercer movimientos son, a mi manera de ver, los más valiosos. En ese sentido, difícilmente alcanza la claridad estructural que tiene, por ejemplo, el concierto de Grieg. Pero eso no quiere decir que no me parezca una obra bella o disfrutable. Simplemente lo digo para puntualizar. De hecho fue el primer concierto para piano en México y lo estrenó él mismo al piano. Era un gran ejecutante.
Tello: No olvidemos que no había una tradición de escribir conciertos. El primero, en el continente, fue el de Edward MacDowell, luego vino el de Castro.
Lavista: Ricardo Castro hizo, además, una carrera muy brillante en Europa, fue durante algún tiempo director del Conservatorio Nacional de Música hasta su muerte en 1907; forma parte de esa extraordinaria generación de músicos de salón (como Felipe Villanueva).
Tello: La actitud parricida en nuestra cultura latinoamericana ha sido constante, frecuente y sigue dándose. Llegan unos y sepultan a los anteriores; llegan otros y sepultan a éstos. Toda nuestra historia está hecha de bajar cortinas: llegó la Conquista y se desconoció lo prehispánico, llegó la Independencia y se miró con horror la Colonia, llegaron la Revolución mexicana y el siglo XX y nadie quería comprometerse con el siglo XIX por lo que fuera –Santa Anna, don Porfirio, la música de salón–. Se veía como un siglo reaccionario. Han tenido que pasar cien años para que empiece el interés por el siglo XIX con una mirada que ya no es comprometida con los intereses de entonces. Ahora, por ejemplo, la música de los compositores de los años sesenta se oye poco. Murió Manuel Enríquez y parece que su música hubiera desaparecido (hubo un director mexicano, amigo suyo, que dijo: hay que esperar su momento).
Lavista: Revueltas ha de haber conocido, seguramente, la música de Stravinsky. No sé si Stravinski conoció la música de Revueltas.
Tello: Y se nota por ciertos procedimientos y maneras de construir.
Vázquez: Tal vez sea exagerada esta expresión del “Stravinski mexicano” porque demerita la obra personalísima de Revueltas. Pero sin duda está claramente presente la influencia de Stravinski en su estilo compositivo, al grado de que no cabe la menor duda de que fue un modelo.
Lavista: Revueltas tiene su voz personal.
Público 3: Hablan de sepulturas. Creo que sepultaron a Eduardo Mata, quien dejó muchísima obra, además de su labor didáctica. Yo aprecio la música gracias a Eduardo Mata. No escuché que lo mencionaran
Lavista: Estábamos hablando básicamente de compositores. Eduardo Mata estudió composición dos años en el taller de Chávez. Lo recuerdo muy bien (éramos condiscípulos) y le interesaba la dirección. A la menor provocación organizaba grupos de cámara en el Conservatorio, simplemente para dirigir lo que fuera. La composición en él se fue quedando atrás. Llegó a componer mucha música como ejercicio de composición y muy pocas obras fuera de los lineamientos del taller, entre ellas una sonata para piano muy de la Escuela de Darmstadt, unas piezas con aires del siglo XVIII. En realidad nunca se consideró un compositor. Sabía que era esencialmente un director de orquesta. Fue un talento superior en la música mexicana. Por eso no hablamos de él, concentrados en los compositores.
Tello: No hemos mencionado (no podríamos) a tantos. Quisiera traer un nombre que acabo de descubrir y que me parece un gran músico que ha estado completamente olvidado: Paulino Paredes…
Álvarez: Un fantástico compositor.
Tello: Yo diría incluso que con un nivel de creación superior al de Bernal Jiménez, no de técnica, pero sí un nivel superior de invención en la música donde a veces Bernal flaquea porque suele ser académico, retórico.
Público 4: Pongo esta pregunta en la mesa: ¿qué diríamos que es música? ¿Lo que nos emociona?, ¿lo que divierte a nuestro cerebro?, ¿lo que nos trae recurrencias conocidas?, ¿lo que os sorprende porque nunca lo hemos oído? ¿O todo eso?
Álvarez: Todo eso es música. Dividirlo sería caer en una teología reductiva. El mundo que vivimos nos invita a poder disfrutar de la música de muchas maneras: emocional, intelectualmente, para bailarla. Es un arte del oído.
Lavista: Para bailar, inclusive hay desde Pérez Prado hasta Chaikovski. Hay una definición que el filósofo francés Vladimir Jankélévitch plantea en su Ensayo sobre el virtuosismo: “la música es a la vez un lenguaje cifrado y el misterio de un jeroglífico”. Por un lado plantea que es un lenguaje razonable y por el otro abre la puerta del misterio.
Tello: Yo traería la definición, aunque no sé si lo sea exactamente, de John Blacking, de que “la música es sonido humanamente organizado”. Solamente los seres humanos hacen música. Cualquier otra organización es una metáfora: el canto de los pájaros o los sonidos de la naturaleza, o las locomotoras. La música es la invención del ser humano enfrentado al sonido. Hay mil maneras, necesidades, intereses, para organizar el sonido.
Álvarez: Sin duda la música es un artificio sonoro, pero en la definición deben caber, también, músicas constituidas por silencios. Si no, ¿Cage, qué? La belleza de su obra 4’33” nos permite también colocarlo en la antípoda y poder emocionarnos.
Tello: Hay autores con los que el silencio es la belleza. Escucho la música de Toru Takemitzu, donde hay silencio poético, o las músicas para piano de Federico Mompou. ¿Cuánta música habrá oído Mompou para poder callar y dejar lo esencial?
Lavista: Pero no hemos respondido a la pregunta porque quizá se trata de algo que no tiene respuesta.
Tello: En todo caso es un hecho humano, y como las personas somos tan distintas, con posibilidades tan diferentes, hay músicas muy diversas. No creo que nadie tenga el canon de “lo musical”, o “lo mejor” de la música. Creo que existen dos tipos de música: la buena y la mala música; la que termina y la que cesa.
Público 5: Aspiro a ser estudiante de composición. Mi pregunta en el tema sobre la música electrónica es ¿cómo ven ustedes en la actualidad que se puedan introducir pasajes orquestales con música electrónica?
Lavista: Eso pertenece a un nuevo género de música de cámara que surge al mezclar la música acústica con la música electrónica. Establecer un diálogo que puede darse entre un instrumento y un sonido electrónico o una orquesta y sonidos electrónicos. Sólo cambia el tamaño del conjunto.
Tello: Recuerdo una obra que estrenó Paco Núñez en algún encuentro de sonidos electrónicos. Era para orquesta sinfónica y un solista que estaba sentado delante con su computadora, generando sonidos al mismo tiempo que la orquesta. Todo se puede. El problema en el arte no es el qué si no el cómo.
Álvarez: Me parece muy bien. Es una buena propuesta. Existen ya un número considerable de obras que lo hacen.
Vázquez: Algunas pregrabadas y otras en interacción en tiempo real con la orquesta. Pero la idea de mezclar los sonidos de la orquesta con una fuente electrónica es bastante empleada, trabajada.
Público 6: Hay un soundtrack de la película de Batman donde Zimmer junta la orquesta con muchos pasajes electrónicos. Se me hace que él no es estudiado realmente porque es contemporáneo y eso es un diálogo entre la orquesta y lo electrónico.
Álvarez: Hans Zimmer es un estupendo compositor que por supuesto tiene escuela. Pero sucede que estás hablando de una música compuesta específicamente para un contexto que no es el escenario. Por esta razón se pueden hacer una serie de mezclas y combinaciones virtuales que difícilmente se pueden producir de la misma manera en un escenario, a menos que tuvieras tantas bocinas como instrumentos. En ese sentido debemos ubicar las músicas en su lugar correcto. Es música para cine y está creada para ese medio, y no actúa acústicamente como en el escenario, sino electroacústicamente, mezclada en el estudio.
Lavista: Me parece que debemos dar por terminada esta mesa de discusión. Agradezco a Aurelio Tello, Javier Álvarez y Hebert Vázquez que nos hayan acompañado en esta charla. Y a todos ustedes su presencia. Espero, como ustedes, que tengamos otra charla musical muy pronto. Muchas gracias.
La versión oficial es que en México la literatura realista es el canon, que hay un puñado de escritores que insisten en salirse de este; que son una minoría; que hay un grupo bien ubicado que se dedican a la literatura fantástica (o de la imaginación, insiste Alberto Chimal esperando con el cambio de adjetivo quitarse de encima la idea de los elfos y los duendes) y que están tan bien ubicados que uno puede saltar el renglón y no verlos.
Pero esos “contados escritores” insisten en brincarse las trancas y aparecer en editoriales no especializadas, en colarse por la puerta grande a sellos como Tusquets o Almadía, o peor aún, ser mencionados en estudios críticos que hablan sobre la gran República de las Letras. El presente artículo menciona sólo cuatro que no están “ni con Dios ni con el Diablo”, y por razones de espacio porque bien podrían unirse muchos más a la lista. Entre estos bien podría mencionarse a Mario González Suárez y El libro de las pasiones; a Cesar Silva Márquez y su novela Los cuervos, en inclusive también Juárez Whisky; a David Toscana y El Ejército iluminado o El Sabbath del lobo de Salvador Hurtado.
Annick Prieur, una investigadora noruega, hizo a finales de los ochenta un estudio de campo en Ciudad Nezahualcoyotl sobre un peculiar lugar llamado “La casa de la Mema”. En ella se daban cita una cantidad cambiante de homosexuales y trasvestis que buscaban refugio de la violenta ciudad de México. En ella, según nos relata Prieur, quien vivió seis meses con ellos, existía “un ambiente de libertad y aceptación que no tenían en sus hogares. También se albergaba a personas en apuros, además de amigos y amantes de Mema.” Tal vez esta historia sea el punto de partida con la cual nació Salón de belleza (Tusquets), una de las obras más representativas de Mario Bellatin.
Salón de Belleza tiene muchos puntos de referencia con la Casa de la Mema, como la bondad hacia los extraños, la ayuda para bien morir y la ausencia total de los poderes exteriores, llámese gobierno o iglesia. La Mema y el anónimo narrador de la novela comparten la misma tenacidad por tratar de lograr una autonomía frente al desastre que acontece afuera.
Bellatín se ha distinguido por crear una literatura que se ubica fuera de lo habitual dentro de la literatura mexicana, pergeñando un mundo muy característico, muy personal, cosa que pocos escritores pueden presumir. Sin embargo, en Salón de belleza se sienten ecos de las novelas distópicas en los que los sobrevivientes hacen lo posible para sobrevivir ante el cataclismo de la civilización. Al igual que los cansados habitantes del edifico en el Up side Manhattan de Paria Z, o los maniacos exiliados en el subterráneo en Metro 2033 del ruso Dmitry Glukhovsky, los homosexuales hacinados en un otrora salón de belleza hacen lo posible para sobrellevar lo mejor posible el cataclismo sucedió afuera. El giro que ofrece Bellatín es que estos refugiados no buscan sobrevivir, sino morir con dignidad. Y es esto último, la dignidad, el eje en el que gira la historia.
La novela es además un relato en clave homosexual. El cataclismo al cual se enfrentan podría ser el SIDA y las enfermedades venéreas, además de la exclusión de la sociedad, además de la estética como santuario. El salón de belleza y el trabajo sexual son dos de los pocos reductos laborares a los cuales tiene que recurrir las personas que deciden manifestar su preferencia sexual abiertamente. Frente al trabajo en las calles, el decidirse a ser cultor de belleza es una oportunidad menos peligrosa. El anónimo narrador nos lo hace saber cuando en un recuerdo, su “tío” le dice que lo mejor es organizarse y tener un negocio propio. Así, monta los implementos para el negocio agregando una peculiar característica: peceras.
Las peceras se convertirán en metáfora-reflejo de lo que sucede en el propio salón de belleza convertido en “moridero”. Al igual que la hermosura propia de la juventud los primeros peces que habitan el refugio serán bellos y llenos de glamor, para acabar siendo deslucidos peces resistentes a las inclemencias. Tanto animales como moribundos terminarán confinados un espacio del cual no pueden escapar más que muriendo.
Bellatin se las arregla para poder hablar en un relato tan breve sobre la hostilidad hacía los diferentes, poner en duda la humanidad cristiana, la obsesión actual por el vivir pese a la mala calidad de vida y dejarnos con esa sensación de que el mundo ya se terminó y nosotros somos sólo los sobrevivientes a la catástrofe.
La más reciente novela de David Miklos, No tendrás rostro (Tusquets), cuenta la historia de un grupo de sobrevivientes de un periodo especial llamado “la Violencia”, que intentan hacer su día a día lo mejor que pueden. El protagonista y narrador, un hombre llamado Fino decide emprender un viaje que no parece tener sentido (con el renuncia a la tranquilidad y seguridad de su casa), pero que para él se convertirá, como todo viaje, en una fuente de experiencias vitales.
Miklos logra en su novela hacernos sentir la desolación y la melancolía de un mundo en el que la Violencia arrastro con todo, dejando solamente algunos páramos de tranquilidad. El Palomar, tal vez guiño al entrañable pueblo creado por los hermanos Hernández en sus cómics de Love and Rockets, se vuelve así, uno de los pocos bastiones en el que se puede tener una existencia tranquila. Ahí es que Fino, La Rusa y Blumenthal viven y cuentan los días largos.
La novela adquiere un tono onírico donde la mierda se convierte en piedra, las reglas de una nueva vida son dictadas por una desbordante mujer y donde la Rusa es Dios. Mantra que es repetido hasta que uno acaba teniendo esa certeza.
Luego de que Fino, el personaje testigo y narrador, decide comenzar una búsqueda más allá de El Palomar sabremos qué ha pasado con el resto del mundo. Nos toparemos de frente con personajes extraños que de una u otra forma se han adaptado a esta nueva existencia, algunos formando comunidades con nuevos mandamientos o huyendo del desastre, como el minero Anzures, quien en su monologo nos deja apreciar una musicalidad envolvente. Sin duda uno de los puntos más altos de la novela.
Miklos escribe una historia que dice poco pero que resuena mucho al cerrarla. Uno desea revisitar a ese mundo donde el ser humano intenta no dejar atrás lo poco de la civilización que él mismo destruyó.
No tendrás Rostro se inscribe al igual que la de Bellatin, Salón de Belleza, dentro de ese apartado de la ciencia ficción llamado narración postapocalíptica y que comparten otras grandes historias del género: La sequía de J G. Ballard; La Carretera de Cormac McCarthy; La larga marcha de Stephen King, cada una con su carga de desolación, crueldad y locura. Las distopías e historias postapocalipticas que se han puesto de moda de hace unos años a la fecha desmerecen mucho y acaban siendo un lastre para el género.
Y es que esas novelas juveniles han convertido este tipo de narraciones en el campo propicio de venta de libros a pasto dirigidos a los adolescentes que todavía no se dan el encontronazo con Fahrenheit 451, 1984 o Batalla Royal, por mencionar sólo tres. Ese público meta todavía no conocen las posibilidades fabuladoras y críticas de la sociedad de dichas historias, porque las que consumen son diluidas por la imagen del héroe juvenil que redime a su pueblo.
Bibiana Camacho se asoma a la novela con Tras las huellas de mi olvido (Almadía), luego de un libro de cuentos prácticamente inconseguible debido al sello en el que fue editado. En Tras las huellas de mi olvido Camacho recurre a una narrativa lineal y en primera persona en la que nos narra las desventuras de una adolescente promedio llamada Etél que —como muchas— tiene severas discusiones con su madre, se siente incómoda con la relación que lleva con su novio; aunque se da tiempo para tener algunos encuentros en los que descubre su sexualidad y recorrer los bajos fondos de la ciudad.
En la película argentina La Sonámbula, una mujer viajaba en un mundo tecnificado buscando respuestas a su vida. Siguiendo la lógica de los sueños o de la pesadilla, la mujer deambula de un lado a otro para, al final, darse cuenta que todo el mundo conspiraba para que no se despertara ya que todos los que la rodeaban eran sólo sueños provenientes de ella.
En la novela de Camacho sucede al revés, son las pesadillas recurrentes las que van poblando su realidad, como si hartas de vivir dentro de su cabeza desearan hacerse corpóreas en el mundo de “afuera”. En un mundo completamente cotidiano, —que a veces coquetea con la novela urbana y la negra—, la idea de que la protagonista de la historia tenga la certeza de haber olvidado algo importante nos hace sentir una desazón que no nos abandonará hasta el final.
Esta desazón se incrementa cuando, en un ataque de ansiedad, decide comenzar a hurgar en las pertenencias de la madre para encontrar papeles que ella desconoce y hacernos dudar de su origen. Etél, al igual que nosotros tenemos la sensación de que fue puesta en el mundo como se pone una pieza en el tablero, que su pasado no existe y que es meramente un robot o un fantasma que se cruza con los demás personajes de su drama personal.
Esto se agrava cuando, luego de un evento crucial, Etél decide resguardarse en su cuarto y a cambio recibe total indiferencia cuando antes la relación maternal era invasiva. La historia al ser narrada a partir del punto de vista de la protagonista, no sabemos qué parte de la historia es real, qué es mera suposición o qué en realidad pasó. Como ella, caminamos dando tropezones en medio de pintorescos sujetos: abuelos que se escapan de los asilos, homosexuales que hacen bizarros concursos de belleza y gordas gandallas que resguardan edificios.
Al final la desmemoria, la locura y el hartazgo acaban en sangre. Y pese a lo crucial del desenlace, Etél la sonámbula, sigue con la misma desazón del principio.
Escondido en el estado más pequeño del país, Tlaxcala, se encuentra uno de los más desbordantes cuentistas de la actualidad, Efrén Minero. Amante de los gatos (a los cuales ha dedicado un libro de citas y referencias), Minero ha creado una obra constante que ha madurado hasta hacerse muy sólida. El primer libro de Efrén Minero, Los síntomas del ermitaño (FETA), es en síntesis un alegato de la nostalgia, de la juventud de los setentas, del rock and roll y de los amores perdidos. Es en sí un libro escrito desde la provincia, desde la periferia, sin afanes cosmopolitas, pero inscribiéndose de lleno en la vida contemporánea.
Tlaxcala inunda todos los textos; es su mundo y a partir de él se hace presente. Pero es en sus relatos fantásticos donde el tlaxcalteca da rienda suelta a su talento. En el cuento “Un pedazo de futuro” incluido en Los Síntomas… un inocente burócrata se enamora de una chica con “velo de mariposas”. A este sujeto le es vaticinado un futuro promisorio con la mencionada mujer viviendo en Perú. Pero, cual broma fatal, su porvenir acaba siendo un verdadero infierno de tedio:
La veo de lunes a viernes desde hace veintisiete años, platicamos de las familias o de las actividades amortajantes de la oficina; incluso soy amigo, desde la infancia, de su esposo –quien gentilmente nunca menciona el incidente de la feria— y ¿saben? Ella perdió en algún sitio de la vida su velo de mariposas…
Otro de los cuentos que aparecen en dicho volumen, “Los drovencindos”, se inscribe directamente en la fantasía, toma de Borges (y de otros) la creación de libros falsos mezclado con reales para crear una mitología.
Es inútil intentar su búsqueda en los textos especializados del dilatado espectro de la zoología. En el bien documentado cuanto extenso Tratado de los animales mitológicos del prolijo doctor Jeremy Button no hay noticia de ellos, tampoco los considera don José María Higareda en su libro de los animales extraordinarios.
“Los drovencindos” es, a final de cuentas, la actualización de las leyendas orales que pululan en la Malinche, volcán madre de los tlaxcaltecas, leyendas que van desde la abuela que desaparece en una caverna hasta la serpiente dorada que se traga a los viajeros. Minero emprende un camino para legitimar e integrar en la zoología fantástica a estos seres parecidos a conejos que bailan hasta el hartazgo. Los drovencindos son suicidas que aceptaron unirse a una danza eterna para evitar el sufrimiento.
Sin embargo, esta fantasía no está libre de la problemática en la que Minero parece sentirme más libre: el hastío.
Nadie se convierte en drovencindo sin más ni más. Siempre hay alguien para darle advertencias indicadas. La verdad, mi joven amigo, es que se hace drovencindo el que lo desea. Transfigurarse en drovencindo representa no pocas ventajas, digamos que es liberado del peso de esta realidad, de sus hombros es retirado el peso inevitable en otras circunstancias del dolor, la pena, el llanto; a cambio de pasar cadenas de lustros danzando… carecemos de una conciencia del tiempo que llevamos danzando, pero las sensación de que ha transcurrido una hora se superpone interminablemente con la que nos hace pensar que llevamos centenares de años haciéndolo. Danzar y danzar y danzar en el vacío, sin sufrimiento alguno, es cierto, pero en la vacuidad total que al fin de cuentas… es el más grande.
Es en su más reciente libro, Las grietas del silencio (Impretei), que Minero Zapata se revela como un escritor en pleno uso poder de sus recursos. Ese tono de relato épico, con ecos de libros antiguos y secretos se aprecia en todo el libro. El humor se vacía y queda pegado a muy pocos textos.
En Las grietas del silencio se juega desde el principio con sus autores favoritos. El título del libro retoma los versos de Enriqueta Ochoa “ya no me soporto en las grietas de la espera ni en el sopor del silencio” y se hunde de lleno en esos libros que parecen ser, en una madurez literaria, su único alimento.
Sus cuentos toman ese aire de crónica histórica en donde retoma sus recuerdos, es decir esa Tlaxcala de los setenta y ochenta, pero las convierte en narraciones fantásticas. La historia de un tortero real, la convierte en la de un loco muy cercano al narrador de Dagon, esos acuciosos solitarios que enloquecidos por los incunables se alejan del mundo para tratar de entender la magia pero que acaban en la locura.
Tal parece que la cotidianeidad también produce monstruos. En los relatos de Minero y Camacho se entremezcla mucho de relato urbano y crónica de lo cotidiano pero en ellos se vislumbra la sombra de la duda, de lo ominoso, que de un momento a otro comenzarán a pasar cosas muy poco “normales”. Tal vez sea que la bomba de tiempo de un personaje estalle y decida matar a todos o que el destino les depare un futuro triste e irónico.
Aquí no hay un bosque, libro del poeta jalisciense Baudelio Lara, se presenta como un trabajo que no busca la homogeneidad. En sus páginas encontramos multiplicidad de intenciones, registros, motivos, tratamientos. Lo anterior, a pesar de lo que algunos podrían opinar, me parece una virtud. Tener como objetivo un modelo de libro cerrado y sin grietas, por lo general termina arrojando libros aburridos, ingenuos, y sí, llenos de fisuras. “Try again. Fail again. Fail better”, escribió Beckett. Buena parte de la poesía que ha entendido que el actual proyecto de la humanidad se dirige hacia ninguna parte (o al menos hacia ninguna parte agradable) ha tomado dichas palabras como un reto. En este sentido, el libro y el poema contemporáneos pueden pensarse como un campo de pruebas. Un espacio para las trampas, los intentos, las impurezas y la heterogeneidad. La perfección es una súper modelo anoréxica.
El libro toma algo de esas condiciones, aunque se aleja de los polos de la “escala del riesgo en la poesía”. Los poemas de Baudelio Lara no son experimentales, no son conservadores. Hay un jugueteo a lo largo de todo el libro. El autor pasa de un lenguaje coloquial a uno exquisito; de escribir sobre la colorida épica de la lucha libre a hacerlo sobre la muerte: un sube y baja.
Aquí no hay un bosque tiene seis apartados. En el primero los textos más extensos del libro y los únicos de corte narrativo. Con desenfado el autor construye poemas en los que siempre se “cuenta” algo, y cuyos “protagonistas” son personajes de la cultura de masas y el arte contemporáneo. A diferencia de lo que ocurre con el resto de las secciones, el humor está presente de forma constante.
Fuera de las virtudes de los poemas, hay detalles que restan a la lectura. A veces el autor explica, expone demasiado; otras, parece preocupado por hacer contundentes Y redondos los finales, cuando los textos requerían otra cosa. Más de un poema de la primera sección se habría potenciado si en lugar de esos amarres asomara lo indeterminado.
En el segundo apartado todo cambia. No queda rastro del humor ni de las intenciones narrativas. Lara se mueve con más soltura aquí, donde la atmósfera se torna como el placer que precede al sueño. Inmediatamente después, en “Pre(POSICIONES)”, el deseo y el cuerpo aparecen. A pesar de lo cómodo y seguro que parece estar el poeta, esta sección es uno de los puntos flacos del libro. Hay un dominio del registro utilizado, pero no es suficiente; casi todos los poemas dejan una sensación de déjà vu:
“Hacia el cuerpo el deseo se dirige anhelante. Siempre. Ávido ángel alimentado en su voracidad por la vibración primitiva del fuego y la carne.”
Habría que pensar seriamente en buscar otras formas de abordar la escritura sobre el cuerpo, sobre el deseo. A veces me parece que cierto tono, ritmo y campo semántico tienen exclusividad sobre estos dos grandes motivos de la poesía.
Al terminar esa serie de textos algo importante sucede. La obra se fortalece. Se atisban seis muy buenos poemas, en especial uno de ellos:
aquí no hay un bosque, aquí no hayun silencio que pueda sostener su blancomóvil en la desgarradura de la muerteaquí hay un silencio, aquí hayun bosque, una manera de llenarcon un mirar extraño, el desiertoque se abre, puro, ante tus ojos
Toda la fuerza de ese “mirar extraño” se agolpa en las siete líneas. Nada sobra. No hay nudos. Puro cielo abierto ofreciendo infinidad de posibilidades. Si algo se afirma es para ser negado después. El poema no ofrece certidumbres (la poesía tampoco). Entonces Lara declara sus intenciones, se vuelve progresivamente más ácido y vigoroso hasta el final.
El penúltimo apartado todo es juego. Partiendo del trabajo de otros autores, construye textos alternativos fragmentando, añadiendo o distorsionando el original: la legendaria pieza del artista conceptual norteamericano John Baldessari, “I Will Not Make Any More Boring Art” es intervenida y convertida en bandera del final del libro, de escritura relajada y flexible.
En “Traspié”, la última sección, no hay poemas aburridos, pero sí la pista donde finalmente ocurrirá el choque inevitable entre el sinsentido del mundo y lo humano, con todo y sus paradigmas.
Aquí no hay un bosque se mueve, respira, muta. Aunque a veces los textos se resuelven de formas peligrosamente habituales, me quedo con la manera en la que el autor rechaza desde un principio la fórmula ganadora que produce libros estables, circulares e ilusoriamente uniformes. Los pedazos –siempre desiguales– son una opción interesante.
Lara no escribe desde la pedantería de quien se siente el buzo que extrae tesoros de aguas inefables, más bien del que ha entendido que la poesía no es algo tan serio como suele pensarse. Al final, casi cualquier poeta contemporáneo podría hacer suyas las palabras del poema “Proyecto para un grafitti”, con el que (casi) termina el libro:
prontonadiesabráqueestuve
aquí
“Se trata del lenguaje, del pensamiento del lenguaje, del efecto de este pensamiento sobre las actividades del lenguaje”, decía Meschonnic, y el libro Insumisión, de Eduardo Monga, parece responder al cuestionamiento. Poema de largo aliento, construido a partir de retazos referenciales (en algo recuerda al volcánico Entreguerras, de Caballero Bonald), Insumisión es un recorrido frenético desde el lenguaje. Pero no cualquier lenguaje, lenguaje poético, el lenguaje del misterio. La voz poética corre por dos figuraciones paralelas de una naturaleza completamente distinta. Hay un voz poética que desde la versificación ahonda en los pliegues de una realidad constituida sobre todo de referentes sensoriales. La calle, la luz, los pájaros, el cuerpo. Elementos todos de una demostración de pertenencia a un presente desde el que se sumerge en las indagaciones del lenguaje poético. Existen dos grandes motivos que aparecerán transfigurados a través del desarrollo de este aliento versificado: la reflexión sobre el poema; y el pesimismo de aquel que encuentra al mundo demasiado perfecto. Todo lo que sucede delante de sus ojos se va disolviendo, encontrando múltiples resonancias afectivas en su interior. De algún modo, este método de indagación sobre las posibilidades del lenguaje poético se convierte en un ajuste de cuentas de un estar en el mundo.
La voz desde el aquí y ahora se cruza con poemas en prosa que son, sobre todo, evocaciones. Semblanzas, narraciones, crónicas. Pero no en el sentido ingenuo de corresponder a imitaciones de un segmento de la realidad histórica, sino que recuerdan más a una sesión de espiritismo que a una indagación histórica. Son ejercicios de escritura para traer al presente a una sombra, a un fantasma. Evocaciones desopilantes, como la de Aznar o Ratzinger; dolorosísimas como la que tiene frente al osario de su padre; llenas de imaginación poética como la que describe el proceso a Miguel de Molinos, o el viaje de Fernando Malaspina; todas son una manera de hacer presente un instante fugitivo donde lo real tiene un aparente sentido. Fijar lo impensable o lo nunca visto. Por ejemplo, la glosolalia disparatada y llena de guiños de un Ezra Pound preso. O la conjetura de lo sucedido entre que Paul Celan deja un libro abierto en su estudio y el momento en que su cadáver es encontrado por un campesino a veinte kilómetros de París, todo visto desde un narrador que se sabe de siete años cuando sucedió el suicidio de Celan. Este método de cruzar las circunstancias, reales o figuradas, de los personajes evocados con las propias del yo poético tiene un momento de singular ternura en el apartado dedicado a César Vallejo. Una familia en pleno escucha la lectura de Piedra negra sobre piedra blanca ante la tumba de Vallejo en un París con aguacero.
Estas dos escrituras, revés y cara de un sólo impulso poético, se van tejiendo de una manera efectiva y potente. Los ecos de un mundo terrible, dibujados por un anclaje referencial que es siempre una combinación artera entre lo terrible y lo maravilloso, pero disipados por una experiencia hueca que está cargada de una significancia mayor. La razón de esta Insumisión es la resistencia al mundo atroz que se desenvuelve ante nuestros ojos. En oposición a ese mundo, terriblemente bello, arbitrariamente complejo, se percibe una sucesión de predecesores que se han rendido (voluntariamente o no) ante el misterio de lo poético.
La belleza siempre retarda el sentido, pero una vez que éste llega es terrible y carente. Insumisión se vuelve, así, un testimonio de la fugacidad y de la aventura intelectual como elementos dobles, como revés y cara, de una vida que se encuentra siempre al límite de sí misma, y por eso, vale la pena escribirla.
Los fenicios pudieron legarnos el alfabeto hebreo, pero en la actualidad nadie sabe cómo pronunciar su idioma y los pocos que pueden escribirlo son estudiosos de lenguas antiguas. No hay hablantes del hitita. No hay hablantes del asirio. Pero queda el hebreo. Y el chino.
¿Cómo es posible que haya sobrevivido tan poco de todas las lenguas antiguas en las que se escribieron grandes obras de la literatura; o en el caso de los fenicios, inscripciones fúnebres, así como de todos los descendientes púnicos de los fenicios, siendo que Aníbal era el más grande de todos? Es cierto: han desaparecido miles de lenguas. Hasta el inglés que hablaba Geoffrey Chaucer es hoy una lengua extranjera. Pero el hebreo está vivo. Al igual que el chino, como ya lo he mencionado, aunque lo único que sé del chino es eso: que ha sobrevivido.
Durante la época del Segundo Templo, nuestros ancestros no estaban orgullosos de su lengua. Sustituyeron el maravilloso hebreo bíblico con el arameo, que en el mundo antiguo era una lingua franca; pero –y he aquí una maravilla– cuando un judío polaco se encontraba con un judío marroquí, no hablaban en arameo (lengua en que leían todos los días) sino en hebreo. Cuando se escribían el uno al otro desde los confines del mundo utilizaban el hebreo y no el arameo, que era más cercano al idioma en que rezaban. Tal vez estaban enojados por el “declive” del hebreo en la Guemará y en una buena parte de la Mishná.
El hebreo sobrevivió porque era lo que mantenía unida a la gente. William Saroyan, el gran escritor armenio-estadounidense, escribió alguna vez: “Ya me gustaría ver qué poder del mundo es capaz de destruir esta raza, esta pequeña tribu de gente sin importancia, que ha peleado y perdido todas sus guerras, cuyas estructuras se han derrumbado, cuya literatura no se lee ni su música se escucha y cuyas plegarias ya no son atendidas. Adelante, destruyan Armenia. Vean si pueden hacerlo. Envíen a los armenios al desierto sin pan ni agua. Quemen sus iglesias y sus hogares. Y vean después si no se echarán a reír, se pondrán a cantar y rezarán nuevamente. Observen cómo cuando dos armenios se encuentran en cualquier parte del mundo son capaces de crear una Nueva Armenia”.
El hebreo se habló poco aunque se leyó mucho por varias generaciones. Es una lengua que ha sufrido cambios; los lingüistas expertos afirman que, como el hebreo contemporáneo no es el mismo que el antiguo, los niños de ahora no podrán comprender la Canción de Déborah. Tal vez no conozcan todas las palabras, y la gramática haya cambiado, pero el hebreo es la patria, la piedra fundacional de esta nación. Más que la Explanada de las Mezquitas, el hebreo es la verdadera piedra de toque de la existencia judía; un idioma por el que la gente ha vivido ya más de 3,000 años.
No hay duda de que Eliezer Ben Yehuda hizo grandes contribuciones al nuevo hebreo, pero no lo “descubrió” como suele decir la gente: él y otros más inventaron palabras y las hebraizaron. En hebreo tenemos palabras provenientes del griego, del arameo y otras lenguas, pero lo que fue “importado” ha sido una parte integral de la lengua y ha formado parte del uso de la misma.
Aquello que resulta inadecuado para la lengua queda fuera. Todas las lenguas del mundo han tenido influencia de otras; el hebreo ha permanecido como un sólo idioma con varias reencarnaciones.
Hay palabras escandinavas en las lenguas de los lugares a los que llegaron los vikingos; de hecho la palabra “Rusia” (de rus) proviene originalmente del idioma nórdico antiguo. Uno podría preguntarse ¿por qué el finés guarda tan poca relación con el sueco, el danés y el noruego? Hay quienes dicen que se parece al húngaro, pero ¿cómo nació esta semejanza?, ¿qué se les olvidó en el camino?
El hitita fue la lengua de un vasto imperio que surgió de un vacío histórico, conquistó muchas tierras y venció al poderoso ejército egipcio. ¿Cómo fue que se convirtió en un idioma indoeuropeo en el centro de una región semítica?
El egipcio antiguo quedó en el olvido. El griego antiguo ya no se utiliza y en su lugar ha quedado un idioma completamente distinto. Es cierto que el hebreo bíblico también ha cambiado mucho, pero lo que hablamos actualmente todavía es el mismo idioma. ¿Podría deberse a que durante 1,700 años fue una lengua que se usó para escribir, pero que no se hablaba? Tal vez. Tal vez no. De todas las lenguas antiguas, el hebreo ha sobrevivido porque de tanto deambular, los judíos hicieron surgir un idioma que es la patria del pueblo hebreo.
Cerdeña, Córcega, Creta y Malta son islas de gran tamaño que están muy cerca la una de la otra, pero tienen historias diferentes. En Córcega, por ejemplo, hay dos dialectos: el del norte y el del sur; el dialecto del norte se parece al italiano y el del sur tiene influencias del árabe del norte de África.
¿Qué mantiene viva a una lengua? ¿El poder? Aparentemente no es así. Sobrevivió el idioma de una nación tan pequeña como la de los hebreos, que por muchos años no existió y que nunca fue un poderoso imperio. Más aún, ese idioma ha servido para reconstituir generación tras generación del pueblo hebreo, el cual ha sido diezmado desde los tiempos de los reyes israelitas y judíos. Incluso llevó a la conformación del “Estado hebreo” (según dice el texto de la Declaración de Independencia de Israel).
Tal vez entre los pueblos que son aniquilados en guerras, el deseo de vivir surge y se lleva a cuestas en sus andanzas. Y lo que preservó las lenguas antiguas no fue la religión de sus hablantes sino precisamente esas andanzas, como si dijeran: “¿Cómo podré saber lo que le ha ocurrido a mi hermano, quien ha desaparecido?”
Los judíos inventaron el vínculo entre las personas de todo el mundo, porque durante siglos salían y llegaban cartas desde y a Jerusalén, cartas que constituían un tipo de responsa. Un rabino polaco quería saber qué hacer en el caso de cierta mujer cuyo esposo la había abandonado y sólo un rabino marroquí tenía la respuesta. Y el único idioma que tenían en común era el hebreo, dado que el arameo había desaparecido.
Hay una hipótesis que sugiere que los judíos inventaron el correo internacional para poder encontrar a otros judíos, para pedirles respuestas… para existir. Por lo tanto ese idioma, que se supone debía haber desaparecido, fue el vínculo. El adhesivo de la nación.
No sé por qué desaparecieron tantas lenguas semíticas poderosas, pero quizás les hizo falta un cierto tipo de pérdida: ¿tal vez la base de la existencia de sus hablantes no fue deambular por el mundo? ¿Quizás no extrañaron algo que alguna vez habían sido y que después sólo existía en palabras?
La pobre lengua hebrea que nuestros sabios rechazaron cobró su venganza a través de los maestros y los rabinos, porque ellos también tenían que leer la Biblia y no sólo la Guemará; conocer el hebreo era una obligación. Maimónides, el más grande de todos ellos, hablaba y escribía en árabe, aunque escribió un libro en hebreo: la Mishné Torá. Su hebreo era maravilloso y quizás eligió escribir esta obra en ese idioma porque, en lo profundo de su corazón, buscaba crear una versión nómada, temporal, transitoria, peripatética y alternativa de la Guemará, una de ida y vuelta. Quizás pensó que su libro cubriría la necesidad de los judíos de tener una crónica, para quienes la Guemará y sus comentarios eran difíciles de captar.
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Artículo publicado en el periódico Haaretz.
Traducción de Gerardo Piña.