Tierra Adentro
Habitación 3. Isidro R. Esquivel

El profesor y el laberinto

Hace varios años tuve un profesor que llegó ansioso a la clase. No se le había hecho tarde, ni había olvidado meter papeles para renovar el SNI. El profesor postergó un rato a Roger Chartier y la historia de la lectura para contarnos que acababa de ver El laberinto del fauno, la entonces nueva película de Guillermo del Toro. Hizo un listado de las virtudes narrativas y visuales de la película. Nos dijo que la vería de nuevo. Finalmente realizó una confesión: su nombre aparece en los créditos de Geometría, cortometraje dirigido por Del Toro cuando éste tenía 23 años, en 1987. “Ahora ya lo puedo contar”, nos dijo el profesor, “ya no me da vergüenza admitirlo”. El hombre parecía francamente liberado. Al fin podía voltear sobre su hombro sin miedo a encontrarse con su perseguidor: la vergüenza.

El profesor renegaba de que su nombre apareciera en Geometría (una verdadera piece of shit, como lo dijo alguna vez el mismo Del Toro), sufría por ser parte de la filmografía del tapatío. Al profesor poco le importaba que para entonces Del Toro ya hubiera hecho Cronos (1993) y El Espinazo del Diablo (2001), ambas aclamadas por la crítica; para él, Del Toro era Mimic (1997) y Blade II (2002), churrazos de iniciación hollywoodense.

El prestigio es una bestia tan implacable como celosa. Una carrera como la académica se construye, admitámoslo, sobre el reconocimiento de los pares. También las carreras de muchos narradores. Hay escritores para escritores, como cineastas para cineastas. En un país sin industria fílmica sólida, desde hace, digamos, cincuenta años, un director industrial como Del Toro resulta una rareza. Así, la vergüenza que sentía el profesor por ser una nota al pie en la filmografía de Del Toro tenía una etiqueta doble: por un lado, la comercial-industrial; por el otro, la fantasía. Ambas se enlazaban de maneras perversas en el juicio del profesor, quizá tomaban ahí la forma amenazante de lo popular. No lo sé. El profesor nunca más quiso hablar del tema.

 

De géneros y subgéneros

Desde entonces, Del Toro no ha podido superar El laberinto del fauno. Sigue mostrando que tiene buena mano como contador de historias con una segunda adaptación de Hellboy (2008), el guión de The Hobbit: An Unexpected Journey (2012) y, este año, con una incursión en la tradición japonesa de bestias gigantescas enfrentadas a máquinas humanas: Pacific Rim (que no es más, ni menos, que una gran película palomera de verano). De su filmografía completa podemos sacar una conclusión obvia y otra apresurada, pero quizá sugerente. La obvia: Del Toro ha construido su filmografía sobre la noción de subgénero; la otra: lo mejor de su filmografía es resultado de una suerte de desmontaje y posterior rearmado del subgénero (el horror en Cronos y El Espinazo del Diablo; los cuentos de hadas en El laberinto del fauno).

El género es convención, intención y expectativa. Ningún contador de historias puede evitar el diálogo con las convenciones de los grandes géneros narrativos (los literarios: la novela, el cuento; los fílmicos: la ficción, el documental). Hay en cada narrador un abordaje particular de la tradición, las convenciones históricas y el horizonte de expectativa en el que inserta su discurso. Este abordaje define intencionalidades. En el subgénero el abordaje del narrador frente a la tradición, las convenciones históricas y el horizonte de expectativa necesariamente se especializa. Se sobre-especializa, más bien. En esta sobre-especialización muy fácilmente se puede perder de vista el panorama más amplio del género y el lenguaje.

Ha sucedido. Por eso Hellboy II: The Golden Army y Pacific Rim son grandes historias subgenéricas, perfectamente ejecutadas, respetuosas de las convenciones, conocedoras a detalle de las tradiciones con las que dialogan y, a la vez, de lo que los públicos subgenéricos (fans) esperan. No es poco trabajo el que se requiere para que una historia subgenérica funcione como debe. El prefijo sub no ha de funcionar como juicio de valor, sino como simple indicación de ordenamiento en una clasificación determinada (no hay clasificación que no sea artificial, como artificiales son la cultura y la conciencia). No obstante, pronto se revelan los condicionamientos que el subgénero, en la práctica, puede imponer a la mirada.

 

Desde adentro

El género y, con mayor razón el subgénero, son una suerte de domesticación del lenguaje y el pensamiento. La domesticación es necesaria para el acto comunicativo. Damos formas reconocibles, establecemos estructuras que podamos discernir. El género y el subgénero son cajas de herramientas para ordenar el mundo y entenderlo. Ahora bien, lo que hagamos en el proceso estético con estas cajas de herramientas (conservarlas intactas, vaciarlas con cuidado o con violencia, reordenar las herramientas que contienen, quebrarlas usando esas mismas herramientas y un larguísimo etcétera) es lo que señalará el tipo de creador que somos.

Podemos hacer casi cualquier cosa con las cajas de herramientas, pero todas estas cosas se agruparán en dos lugares de enunciación: desde adentro y desde afuera. El abordaje de los subgéneros suele ser un trabajo de amor realizado desde adentro. Por eso a veces es difícil distinguir entre una autor de space operas y un fan de las mismas. Ser fan es amar con diferentes grados de obsesión. El lector-espectador-fan no sólo decodifica la obra subgenérica, también la involucra con la declaración a veces histérica de su propia identidad. Este fenómeno es consecuencia de la masificación de los discursos culturales, la cultura pop propia del siglo XX. La geekificación de la cultura podría ser su última manifestación. El geek no sólo es consumidor sino coleccionista, taxonomista, taxidermista, guardián y explorador de las minucias del discurso subgenérico. Es la contraparte exacta, complemento del creador sobre-especializado. Entre ambos se construye, pero también se resguarda, una tradición. La convencionalidad es la expectativa e intención última de lo que podríamos llamar una mirada interna del subgénero.

 

Desde afuera

China Miéville es uno de los escritores más importantes de la actualidad, dentro y fuera de los subgéneros. Alguna vez dijo que deseaba hacer una novela en cada subgénero (después matizaría su declaración). En varias ocasiones ha contado cómo para escribir The City & the City (2009) se propuso conocer la forma en que operan las historias de detectives; para Iron Council (2004), la tercera novela de su serie de Bas-Lag, leyó, vio y estudió a fondo infinidad de westerns. Su mirada sobre los subgéneros no es la interna del fan, sino la externa del estudioso. Lo interesante es que Miéville, como mero lector, sí es fan de los subgéneros (¿qué se puede esperar de alguien que creció jugando Dungeons & Dragons?), pero a la hora de plantear su propio abordaje de los mismos decidió dar un paso atrás, un salto fuera.

A los narradores de subgéneros les gusta insistir en que desde estos es posible contar cualquier cosa. Es una verdad a medias. Los subgéneros, como domesticación excesiva del lenguaje, implican limitaciones para la imaginación. Para que la imaginación sea verdaderamente transgresora no basta con que el tema sea ajeno a las representaciones naturalistas-realistas-costumbristas del mundo; a su vez, éstas últimas no son convencionales por sí mismas. No basta llenar el cielo de nuestra ficción con dragones, ovnis o superhéroes, para que la imaginación cimbre nuestras nociones sobre lo posible y lo imposible. Podemos contar historias verdaderamente universales con los subgéneros, pero sólo si salimos de ellos, si nos colocamos en una posición que nos permita mirar hacia el subgénero y, a la vez, hacia la tradición genérica más amplia. Hablando de literatura, ser capaces de aspirar a la novela sin etiquetas, al cuento sin etiquetas. Y esto sólo es posible si aprendemos a dudar de nuestra caja de herramientas, así como de los alcances y beneficios de nuestros amores geeks.

 

La caída del ángel

Por ahí de 2007 encontré en YouTube el tráiler de una película llamada Ángel Caído. El tráiler era un resumen de las obsesiones de todos los imitadores de Tolkien o de Rowling: la infancia, el camino del héroe (a la Joseph Campbell), la magia, el bien y el mal, batallas épicas. Después aparecerían otros videos, algo así como making of de la que prometía ser, en palabras de sus creadores, “El Señor de los Anillos mexicano”. Supongo que lo decían por el montón de pantallas verdes que presumían en su canal de YouTube.

Un año después, revisando el programa de la FIL Guadalajara, vi anunciada la presentación de Ángel Caído, la novela. ¿El escritor? Arturo Anaya, el director de la película. Recuerdo en el stand de Ediciones B de aquel año la figura de dos ángeles alados, uno oscuro y otro blanco (por si el enfrentamiento maniqueo entre el bien y el mal no quedaba claro en la contraportada). La campaña publicitaria de la novela decía algo así como: “Antes de ver la película, lee el libro”. Claro, como Harry Potter o Twilight. Fui a la presentación, no podía perdérmela. Pusieron el tráiler que ya había visto en internet. Luego, Arturo Anaya hizo un listado de todos los sacrificios que había hecho para levantar la producción (incluso vendió su carro). También habló del libro. Lo compré. Sí, lo compré. Llegué como a la página veinticinco. No haré una crítica del libro porque para hacerla tendría que haberlo terminado. Sólo diré que en las primeras páginas leí todo lo que necesitaba leer.

En 2011 se estrenó la película. Como buen perseguidor de experiencias de humor involuntario, fui a Cinépolis Perisur a verla. No me defraudó. Reí, me burlé y comí palomitas. Lo mejor es que no lo hice solo. La sala, ocupada a una cuarta parte de su capacidad, reconocía cada arquetipo medievalista, sabía dónde terminaba el camino del héroe, suspiraba recordando cómo Luke Skywalker, Frodo Baggins, Kal-El de Kriptón o Jesús de Nazaret vencieron a Darth Vader, Saurón, Lex Luthor o Satanás. Todo en clave tropical: mirreyes, catolicismo bucólico y tentaciones juveniles dignas de La rosa de Guadalupe. La película, anunciadísima durante media década, terminó en una sala vacía y sucia esperando a la siguiente función. Las funciones fueron pocas. La guillotina de la distribución cinematográfica mexicana cayó sobre Ángel Caído, sin mostrar respeto alguno por la que pretendía ser “El Señor de los Anillos mexicano”.

 

Dragones exitosos

Se espera que un narrador mexicano cuente historias sobre el narco o sobre el sinsentido de la vida urbana, como en otros tiempos se pedían comedias rancheras y novelas de la revolución (creo que a estas alturas no es necesario aclarar que hay subgéneros que no son fantásticos). Para escribir sobre vampiros hay que llamarse Stephenie Meyer o, por lo menos, Carlos Fuentes. Expectativas, censuras e intenciones. El subgénero enlazado de manera retorcida con el mercado y la identidad nacional.

Pero estos prejuicios no hundieron por sí solos a Ángel Caído (aunque por ahí me enteré de que se prepara una segunda parte, en novela y en película; esperemos que tarde unos quince años en concretarse). Ángel Caído fracasa porque se regodea en los subgéneros que pretende abordar sin siquiera conocerlos; Ángel Caído falla porque no conoce más que la superficie de las tradiciones en las que incursiona. No es ni siquiera el proyecto de un fan, sino de un cazador de coyunturas. Arturo Anaya, el director-escritor, reconoce un boom y se cuelga de él. Como su historia hay muchas. Basta darse una vuelta por el Sanborns más cercano. El visitante dará con más de un librero repleto de novelones épicos, igual medievales que prehispánicos. También hallará novelas de portadas tiernas y oscuras a la vez, rosas y negras, románticas pero “góticas”. En esta ecuación comercial no faltará magia, harta magia por todos lados.

El visitante podrá aprovechar, si el Sanborns en cuestión está en un centro comercial, para revisar la cartelera cinematográfica de la semana. Con mucha probabilidad encontrará el cartel de alguna película del top box office, quizá de superhéroes o de casas embrujadas. De ahí el visitante pasará a Game Planet sólo para notar que los títulos más vendidos son de campañas militares en galaxias lejanas o de juegos de rol cuya máximo logro es la forja de una armadura a partir de mil lingotes de hierro lunar.

Ya en casa, el visitante podrá ver online antes de dormir algún capítulo de Game of Thrones, The Walking Dead o American Horror Story.

No es difícil darse cuenta de que los dragones (súmmum de lo inexistente) dominan la imaginación de la cultura popular. El fracaso de Ángel Caído resulta más estrepitoso precisamente porque es incapaz de aprovechar las condiciones dominantes del gusto y del mercado. La culpa no es del prejuicio de los lectores-espectadores y de la poca atención de la industria cultural mexicana hacia las historias que no son realistas-naturalistas-costumbristas. La pretensión de esta película-novela es imitar, su destino es la intrascendencia. Ángel Caído fracasa porque fue hecha para ser olvidada.

 

La mirada fantástica

Se suele suponer que lo fantástico es un género, como si las novelas de Harry Potter y A Song of Ice and Fire compartieran las convenciones, estrategias e intenciones de los cuentos de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Juan José Arreola; como si fueran lo mismo los jázaros de Milorad Pavić y los hobbits de J. R. R. Tolkien. No son lo mismo porque lo fantástico no es un género, sino una mirada. Pero es ahí, precisamente en la mirada, donde se puede plantear el vínculo a veces no tan evidente entre el catálogo de monstruos de Guillermo del Toro, las ciudades de Italo Calvino, China Miéville y François Schuiten, el revisionismo superheróico de Alan Moore, el ejercicio metaficcional de un especial de “Treehouse of Horror” de Los Simpson, la exploración de los sueños de Jan Švankmajer y Neil Gaiman, el “naufragio” enrarecido de la burguesía de Luis Buñuel, la concepción de la infancia como misterio de Naoki Urasawa, la discursividad del subconsciente de Leonora Carrington y Remedios Varo, el organicismo imposible de Antoni Gaudí, el tiempo que se muerde a sí mismo de David Mitchell, las ucronías políticas de Ken Levine, la teoría-ficción de Reza Negarestani, la pintura mágica de los aborígenes australianos, los grandes relatos mitológicos de los orígenes, todos los textos proféticos incumplidos. Un listado inabarcable, tan amplio como la historia humana, que da fe de una mirada específica, pero a la vez cambiante, siempre dependiente de las condiciones históricas de producción o, mejor dicho, del horizonte histórico de imaginación. No se imagina sólo porque sí y a partir de la nada.

Más que reconocimiento, la mirada fantástica plantea un extrañamiento del mundo y de la realidad, capacidad exclusiva de la especie humana. Recurso y uso peculiar de la imaginación, lo fantástico nos permite ver no sólo lo que está ahí. La mirada fantástica es sólo una forma de la imaginación, no su equivalente. Imaginamos (organizamos a partir de imágenes, ideas, conceptos, datos sensibles) lo que existe, pero también lo que no. Cuando imaginamos lo imposible, lo inexistente, lo invisible, entonces ponemos en marcha la mirada fantástica. Lo fantástico es un modo de acceder a la realidad, porque la realidad no es lo que existe, sino aquello de lo que podemos hacer una imagen mental y, por consecuencia, una representación material. La mirada fantástica va más allá de género y subgénero, atraviesa cada lenguaje, es transversal al discurso, creativo o no. Lo fantástico es un modo de pensar.

 

Abrir el gueto

No me interesa señalar el desprecio del canon y la crítica hacia lo fantástico en el entorno mexicano (la batalla entre “las Huestes Realistas” y “los Amigos Súper Fantásticos” –chiste local en un encuentro de escritores al que asistí el año pasado– puede llegar a ser tediosa, innecesariamente beligerante y poco fructífera). Prefiero pensar sobre los alcances de la mirada fantástica para revelarnos aspectos de lo humano que no conocíamos. Vale la pena preguntarnos con qué efectividad estamos problematizando lo que somos a partir de nuestras historias de zombis y viajes en el tiempo. La pregunta no es si es posible hacerlo (hay una historia de lo fantástico), sino qué tan bien lo estamos haciendo ahora desde nuestras coordenadas. Es necesario abrir el gueto al que los narradores subgenéricos han sido marginados (o, quizás, al que ellos mismos se han marginado) no tanto para ampliar la membresía, sino para salir. No es tarea fácil. El gueto tiene también ventajas: una de ellas, hacerse invisible para la crítica, salvándose así de sus embates y sus serias expectativas; otra, volverse excéntrico y, con algo de suerte, un favorito del fandom y del culto. El precio a pagar, lo sabemos, es la pérdida del prestigio (el reconocimiento de los pares) y la expulsión prematura del canon.

En todo caso, lo único que importa es echar a andar las historias como pequeñas o grandes máquinas de comprensión (que no resolución) de lo humano. Ángel Caído no muestra nada nuevo sobre lo que somos, además oscurece algunas cuestiones con el abuso de simplificaciones. Hay que salir, dar un paso atrás, ejecutar otra mirada, entender cómo funcionan los subgéneros, desmontarlos, desfetichizarlos. Hay que sacar las figuras de acción de Star Wars de sus cajas, jugar con los subgéneros hasta que se ensucien y se rompan. Acaso así imaginemos de nuevas maneras. Podemos hacer algo  con los subgéneros, además de amarlos.


Autores
(Nayarit, 1981) es autor de Juan Peregrino no salva al mundo; ha sido becario del FONCA.
“Love is love and fear is fear everything else is every thing else“, VestAndPage, fotografía de Amaranta Caballero Prado.

La visita fue durante el mes de junio de 2012. Observé muy de cerca la palabra miedo. Escribo observar porque de todos los sentidos, el de la vista, es quizá para mí el más inmediato, aunque debo aclarar que todos –incluido el sexto– fueron sensores altamente participativos durante este viaje.

Observar la palabra miedo desde la perspectiva del arte, en esta ocasión me llevó a entrar en sus andamios, olfatear residuos, verificar estructuras naturales entre la fragilidad y lo impensable. Detenerme por unos días frente a las diversas propuestas y representaciones de los artistas y escritores invitados; además de una experiencia única me permitió concentrarme en reflexionar y visualizar los distintos lugares internos en que el miedo se acumula, esconde, arrincona, gesta, adapta, crea, asimila, desecha, asume o se traga.

Luego de año y medio de dicha experiencia performática, el pasado martes 10 de diciembre, se presentaron el libro Proyecto Líquido Miedo (TURNER, 2013), y el documental realizados en la Ciudad de México. Uno de los objetivos fue replantear el sentido del concepto para reconfigurarlo, a partir de las propuestas de once artistas y nueve escritores invitados por la Fundación Alumnos47.

Bajo la curaduría de Jessica Berlanga Taylor, este proyecto “investigó, a través de diversos formatos curatoriales y experiencias estéticas, la producción y el intercambio de afectos como ejes de existencia que provocan operaciones tanto imaginarias como materiales. Dichas operaciones señalan campos de acciones y son éstas, y sus consecuencias estéticas, poéticas y políticas, las que interesan a Proyecto Líquido.”

Los artistas participantes fueron: Galia Eibenschutz, Meiro Koizumi, Kenneth Anger, Marcela Armas y Gilberto Esparza, VestAndPage, Pedro Reyes, Yoshua Okón, Carlos Amorales y Enrique Jezik; A partir de ellos, los performances se sucedieron secuencialmente en la misma casa, con espacios de tres a cuatro días aproximadamente entre una y otra propuesta. A la vez, nueve escritores, entre narradores y poetas: Julián Herbert, Maricela Guerrero, Alberto Chimal, Luis Felipe Fabre, Gabriela Jáuregui, Rocío Cerón, Cristina Rivera Garza, Daniela Tarazona y la que esto escribe, fuimos convocados también para observar y escribir. Decir a partir de la experiencia estética y de la particularidad directa y sensible que permitió cada acto performativo.

Si bien no se trató de una experiencia interdisciplinaria, dado que cada escritor recreó su propia idea de las piezas observadas-vividas, la dinámica permitió la creación de universos-espejo, de preguntas-respuestas, de acciones-efectos que paliativamente anudaron-desanudaron el concepto “Miedo” desde aristas críticas y reflexiones diversas: El miedo individual, el miedo colectivo, el miedo intrafamiliar, el miedo en lo social, el miedo y la violencia, el miedo y su ficción, el miedo y sus clichés, el miedo y su falta de miedo ante lo ausente y, ante lo que abunda hoy por hoy: miedo.

“DESMONTE” fue la pieza con que Enrique Jezik cerró el programa y al mismo tiempo cerró visible y materialmente la historia simbólica secuencial del espacio: a través de tecnología (máquinas), enfrentó la idea del cuerpo y la memoria para literalmente demoler la casa.

El documental de 90 minutos permite revivir puntualmente varias de las experiencias durante aquel mes de junio. El libro además, permite acercarse a los diversos y múltiples universos que a partir de la palabra, son partícipes directos que extrapolan y sugieren diversas narrativas y poéticas donde el miedo, al fin, entre escombros se esconde, o entre árboles, ejecuta piezas musicales en pianolas.

Sin duda, este proyecto logró conjuntar de manera simbólica pero latente, un intento por detonar respuestas múltiples a la palabra clave hoy día: Miedo.

De Maricela Guerrero, uno de sus textos bajo el título “El tema de la Escrofularia”, que surgió a partir del Proyecto Líquido:

Love is love and fear is fear everything else is every thing else

Te amo. Te duele y me duele pero te amo. Dime si me quieres como yo te adoro. Con amor nos atamos al mundo bailamos sobre el hielo caminamos y dormimos sobre vidrios rotos. Si de mí te acuerdas como yo de ti. Tenemos herramientas: clavos, tijeras, martillos, pinzas, remaches, tenemos el horror de las herramientas para construir y para destruir. Tenemos te amos para repartir a todo el mundo que mire nuestro espectáculo. Tenemos un te amo que se clava en las comisuras de los labios y te hace sonreír de vez en cuando. Tenemos el te amo más allá del horror, te amo en el horror que construimos juntos con herramientas para el amor: cadenas, pijas, cuchillos, afiladeros, lijas, devastadoras: máquinas de afeitar, tenemos molcajetes y palas de madera, estiletes y fragancias. Tenemos herramientas para componer un amor a la medida de nuestro deseo. Marcas para que nunca me olvides, cicatrices para que me tengas en tu pensamiento, ¿te duele? Es una forma de amar, amar y doler, amor y dolor, quien te quiere te hará llorar, el amor se nos hace bolas, yo te amo: eso dije que te amo, que con mi sangre escribo y puedo escribir los versos más aguzados este día: Muñequita linda de cabellos de oro y ni para mí ni para el diablo. De dientes de perla… te amo te amo y la verdad es que quiero que estemos juntos eslabón por eslabón ¿sabes? Unidos como cadenas, el amor es una canción, sofisticamos el lenguaje, la lengua se aguza es una herramienta más para que no me olvides: la verdad es que yo nunca he creído en ti, la verdad es que yo no quería que estuvieras aquí, la verdad es que todo es una convención donde te amo con las herramientas que tengo a mi alcance: un martillo, un cincel, un escalpelo, para que me lleves en la piel: como fuerzas atroces que se unen. Bailemos un baile que dure para siempre, donde seamos tú y yo y nuestro amor y nuestras herramientas, te amo, te amo, te bombardeo con te amos: te golpeo con te amos, te giro con te amos, te atornillo, te desatornillo, te atoro, te engullo, te absorbo con te amos. El amor yo lo llevaba en las orejas en los oídos en los ojos en las manos. Yo no puedo vivir ni contigo ni sin ti, muñequita linda, dime si me quieres como yo te adoro. Sí, te quiero mucho, mucho, mucho, mucho, tanto como entonces, siempre: hasta morir.

*

Página del Proyecto Líquido: http://proyectoliquido2012.wordpress.com/

Nota: “La Fundación Alumnos47 es una organización civil sin ánimo de lucro que congrega y atiende comunidades de aprendizaje, debate y reflexión en torno a las prácticas artísticas contemporáneas y la cultura visual. A partir de programas educativos, artísticos y proyectos sociales, promueve las condiciones de igualdad para el acceso y disfrute de los saberes, así como el acercamiento plural e incluyente de dichas prácticas.”


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Hay hombres que aman las islas, como dice el relato de D.H. Lawrence, y otros que parecen nacidos para contarlas, quizá porque las ínsulas son fronteras, posibilidades, distancias materializadas, mundos posibles y misteriosos por excelencia. Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943-Lisboa, 2012) pertenecía a ambas categorías. Novelista, cuentista, ensayista, profesor, experto en Fernando Pessoa, la vida de Tabucchi quedó unida a Portugal por el amor de una mujer y por las palabras de un hombre multiplicado en muchos seres que aguardaban nerviosos en los escritos de un baúl.

Aunque con estirpe viajera evidente, Dama de Porto Pim, obra brevísima del autor italiano publicada en 1983, no es un libro tradicional del género, como advierte Tabucchi desde su prólogo. El escritor lo trastorna desde varios puntos de vista. Primero, Dama de Porto Pim no es un texto de fidelidad ni memoria realista, sino un libro “inmune a la imaginación que la memoria produce”, una visión personal y con “disponibilidad a la mentira” de un paisaje tanto físico como emocional, desde un ángulo de apasionado asombro. Se trata de la historia mínima y entrañable de un “inútil faro de la noche” del alma, rescatando una evocadora frase de Tabucchi.

La temática de estos folios es tan sencilla como abarcadora. Las ballenas y los naufragios son los polos para narrar una impresión poética y tangencial del archipiélago de las Azores, esos “montes de fuego, viento y soledad” distantes a 1500 kilómetros de la costa portuguesa. Tabucchi no hará un Moby Dick ni una crónica decimonónica ni un documento antropológico que desentrañe las cualidades exóticas o las instituciones sociopolíticas de los lugareños. No se burlará con mordacidad o elegancia de los isleños, como lo hizo en el siglo XIX Mark Twain. Pero tampoco los deificará. Tabucchi se dedicará a contar ese espacio desde la crónica de sus ojos y los de los otros, a medio camino entre la sugerencia y el susurro. Fabricará su isla no con base en verdades económicas, políticas, sociales o científicas, sino guiándose por el delirio personal, el contacto cotidiano, los trozos de conversaciones –reales o imaginadas–, la vida ilustre de un poeta del pasado, la fisiología de las ballenas, las impresiones de una playa, las canciones de pesca y los dioses nativos; para compilar una radiografía anímica totalmente libre y heterogénea de un sitio tan real como fantástico, una Atlántida desperdigada, rocosa y lejana en pleno siglo XX.

El montaje fragmentario estructura la narrativa de Dama de Porto Pim y le da un aire de movilidad y contrastes que seduce al lector. El don de Tabucchi es recrear y maravillarnos con una tierra mágica, una isla de retazos de memoria personal y libresca desde una voz que no se asume erudita ni desdeña mezclarse con los otros, robar y abandonar una charla, tener un recuerdo o, mejor aún, crearlo, construirlo, fingir que está ahí y que es nuestro. Esa voz narrativa, llena de flexibilidad y de poesía, reveladora pero no pedantesca, presa en la sensación del viaje y después volando a otras memorias y personajes periféricos para asistirse en su relato, es una de los logros más impresionantes y disfrutables en el libro.

Como los puntos más brillantes de la obra de Tabucchi, signados por la brevedad y la creación de atmósferas y mundos engendrados por lecturas o duermevelas, Dama de Porto Pim vivirá en la frontera borrosa entre el delirio poético y la historia “objetiva”, esa riquísima parcela narrativa donde la realidad factual y la ficción imaginativa tienen límites más que borrosos, incluso sobrepuestos, felizmente mezclados. “Estilizado libro de frontera”, lo llamó Enrique Vila-Matas y luego describió en brillantes trazos la ficción de Tabucchi: “Elegancia, humor, melancolía. Y la agazapada idea de viajar para derrumbarse en el sueño”.

Esa cualidad soñada del texto permite que los límites impuestos por el realismo más documental y lisiado se quebranten. “Hespérides. Sueño en forma de carta”, texto que abre el volumen, presentará la isla con indudables referencias platónicas, en una descripción mítica donde los insulares se mezclan los dioses y la memoria es sueño, sortilegio, creación. Tabucchi recupera y rehace a su modo el motivo literario de la isla misteriosa, ese enclave donde se unen la crónica de viaje, el ensayo antropológico y la literatura fantástica. Pero lejos de idealizar el terreno, el narrador lo presenta revestido de la realidad más entrañable y limítrofe con el mito: esa que se narra desde los cetáceos como monstruos o apariciones tan maravillosas como cotidianas, desde las pasiones de sus lugareños, desde los naufragios y batallas de antaño, además de las miradas asombradas de sus visitantes.

La fidelidad de la memoria de Tabucchi no es la de una cámara objetiva, sino la de una conciencia literaria que se afinca temporalmente en un territorio abrupto y desconocido. Al sitio no lo unen lazos de sangre, pero sí afinidades secretas y narrativas: contar las Azores es la posibilidad de elegir un naufragio en la escritura, una estación insular que crea asidero, memorias y un mundo breve y condensado en una isla real del fin del mundo.

La facultad de ir libremente desde el cuento hasta el ensayo o la nota geográfica, esa escritura integradora –en continuo diálogo intertextual con fuentes clásicas o con los viajeros que lo precedieron– borra los géneros y crea la sensación de encontrarse con un pequeño manual de miradas oblicuas y voces múltiples. Tabucchi narra la llegada en barco a la isla mediante un cuento minimalista y fragmentario de deuda norteamericana en “Pequeñas ballenas azules que pasean por las Azores”, donde se adivina el fin de un idilio amoroso y la aparición inicial de las ballenas como leitmotiv del volumen; pero luego puede saltar a la vida imaginaria y vaporosa en la mejor tradición de Marcel Schwob en “Antero de Quental. Una Vida” y culminar con un cuento de crimen amoroso como “Dama de Porto Pim”.

Estos tres breves relatos serán las vértebras narrativas de la pequeña ballena de Tabucchi nadando en las Azores, pero su carne y sus músculos estarán en la extraordinaria capacidad del autor para yuxtaponer los fragmentos de otros libros y charlas durante la travesía. Ahí aparecerá el bricolaje narrativo del italiano con toda su capacidad sugerente y poética. En “Otros fragmentos”, el narrador seguirá el recorrido de dos ciudadanos británicos (Joseph y Henry Bullar) para trazar los puertos y poblados insulares y recordará los antiguos navegantes que circunnavegaron la tierra (Joshua Slocum) o la primera mujer ballenera de la que se tiene noticia en las Azores. Asimismo, el libro expondrá manuales y reglamentos de caza ballenera, textos de retórica legal, porciones ensayísticas de Jules Michelet o los escritos oceanográficos de Alberto I, príncipe de Mónaco, y obsequiará a los amantes de la cartografía mapas antiguos y notas geográficas. Luego de intercalar con sabiduría estos materiales, el narrador volverá a su propia voz y será un personaje más al que le cuentan una historia final de amor trágico, para cerrar el libro de manera brillante. Así veremos nacer un artefacto textual fragmentario y poliédrico, pero recorrido por una sutil unidad en su conjunto.

Uno no escoge muchas cosas en su vida, pero la literatura sirve para hacernos un linaje de elecciones, una sangre distinta, un vínculo profundo y simbólico con voces y personajes de otros tiempos y horizontes. Dama de Porto Pim es parte de esa familia oscura, misteriosa, en que se nos convierten algunos libros y sus palabras oraculares. Yo lo consulto o converso con él cada tanto tiempo, en periodos de oscuridad, en tiempos de bloqueo o temporadas de escritura. He leído y releído Dama de Porto Pim muchas veces y varios fragmentos de su prosa brevísima y potente se me han quedado en las telas del corazón, como diría Gelman:

Las morenas se pescan de noche, con luna creciente, y para llamarlas se usaba una canción sin palabras: era un canto, una melodía primero susurrante y luego lánguida y después aguda, jamás he oído un canto tan lastimero, parecía que viniese del fondo del mar o de ánimas perdidas en la noche, era un canto antiguo como nuestras islas, ahora ya nadie lo conoce, se ha perdido, y quizás más vale así porque llevaba en sí una maldición, un destino, como un sortilegio. (79)

Quizá por ello sé que el dios de la añoranza de los hombres del archipiélago es un niño con cara de viejo. Recuerdo los lamentos confusos, las letanías y los susurros de las almas de los náufragos en la isla de San Miguel sin haber estado ahí. He asumido como propio el periplo asombroso de Joshua Slocum, embarcado en el Spray, como el primer navegante que circunnavegó en soledad los océanos y he dejado mensajes en el dique del muelle de Horta con la certeza de viajar con el viento. Y cada cierto tiempo, también, tomo un arpón para vengar la afrenta de un amor perdido en Porto Pim. Toda esa música, ese delirio, esa furia, son tan reales como las Azores de Tabucchi en estas páginas. Bienvenidos a una breve enciclopedia para los navegantes solitarios.


Autores
Adán Medellín (Ciudad de México, 1982). Escritor y periodista, es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010), Tiempos de Furia (Ediciones B, 2013), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) –ganador del Concurso Nacional de Cuento “Sueño de Asterión”– y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018) –con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017. Tradujo en conjunto el poemario Nierika. Cantos de visión de la Contramontaña (Conaculta/UNAM, 2013) de Serge Pey. Su ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en 2019. Ese mismo año, su libro Acéldama obtuvo el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza, que se publica en 2020. Imparte talleres de narrativa y colabora en distintas publicaciones.
Imagen de La imaginación en México.

De la página en Facebook del escritor Alberto Chimal:

Estamos comenzando un nuevo proyecto. Lo verán en este sitio: http://imaginacionmx.tumblr.com
Se llama “La imaginación en México”, proviene de una idea de Raquel Castro y es un censo de autores y obras mexicanos que han recurrido a la imaginación fantástica: un muestrario de esto que no es en realidad un “género” (que es mucho más amplio que un género) y que algunos llamamos en estos días literatura de imaginación.
El proyecto está comenzando. En él habrá notas y enlaces, información sobre libros, y sobre todo semblanzas de autores vivos, cada una propuesta por ella o él mismo, con su bibliografía, una muestra de obra y recomendaciones de otros autores. El proyecto estará funcionando, esperamos, al menos durante todo el año 2014.
Para ver las semblanzas de autores incluidos hasta ahora (van tres solamente, las de los primeros que enviaron sus fichas, pero esperamos muchas más): http://imaginacionmx.tumblr.com/tagged/semblanzas
Para ver el archivo completo en versión compacta: http://imaginacionmx.tumblr.com/archive
Para ver las portadas de otro censo en marcha dentro del sitio: una colección de libros importantes: http://imaginacionmx.tumblr.com/tagged/libros
Para hacer contacto y preguntar cualquier cosa: http://imaginacionmx.tumblr.com/ask
Los invitamos a visitar el sitio, hacer contacto, opinar y proponer.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
El árbol. 4. Isidro R. Esquivel

Para diseccionar lo innombrable, se necesita un escalpelo.

Michel Houellebecq

El sonido plañidero de una sirena se filtró por los resquicios de la habitación advirtiendo el inminente ataque aéreo, pero se encandiló por lo blanco de las paredes y se ahogó en el éter que flotaba en el ambiente.

El doctor Heimlich, ajeno a lo que ocurría afuera, ajustó el cubre-boca y se colocó los guantes quirúrgicos. La blancura inmaculada que irradiaba su cuerpo hacía pensar en un santo o en un fantasma, pero sus ojos negros encendidos delataban su origen terrenal. Eligió un escalpelo de la charola y se acercó a la camilla, donde una mujer se arqueaba.

—¡Eres hermoso! —exclamó con los ojos aun más encendidos— Pero serás perfecto  —murmuró mientras cortaba el cordón umbilical.

La mujer abrió los ojos y, al ver a su hijo en las manos de aquel extraño ser resplandeciente, sacudió brazos y piernas, tratando de librarse de los amarres de cuero que la tenían sujeta a la camilla.

—¡Monstruo! ¡Eres un monstruo!

Los gritos de la mujer se mezclaban con el llanto de la criatura.

Inmune al caos acústico en que se había convertido su quirófano, colocó al recién nacido sobre la fría mesa de disección y cogió una jeringa de la charola.

—Suficiente —ordenó mientras clavaba la jeringa en el pecho de la mujer.

Rimel corrido, uñas rojas descarapeladas.

A los pocos segundos la mujer dejó de retorcerse y el recién nacido, de llorar.

Se despojó de los guantes quirúrgicos y comenzó a escribir, con calma y caligrafía perfecta, en una bitácora. Cuando llevaba más de dos hojas, levantó la mirada, fijándola en la mesa de disección.

—Te llamarás Hans.

Después de escribir dos hojas más, cogió la cámara fotográfica y disparó varias veces, enfocando al pequeño Hans, quien intentaba chuparse el dedo gordo de su pie izquierdo.

Salió del quirófano empujando la camilla. La mujer yacía inmóvil, escurriéndole sangre de las comisuras de los labios.

—Al rato regreso, Hans.

La puerta se cerró y se escuchó una explosión que estremeció las paredes blancas del quirófano.

 

 

Las luces se encendieron iluminando la habitación, sin ventanas ni muebles, de paredes blancas. En un rincón había un escusado y una regadera a presión. Sobre la única puerta colgaba una bocina y dos tubos. En el centro, una incubadora. A lo lejos se escuchaba, aunque amortiguado, el llanto de la sirena.

El doctor Heimlich, ataviado con su resplandeciente bata blanca y su cubre-boca, que sólo permitía verle los ojos y el cabello del mismo color, entró a la habitación empujando un carrito que transportaba la charola de instrumental.

La irrupción provocó que Hans comenzara a llorar, pero el doctor, inmutable como siempre, cogió una mamila y se acercó lentamente a la incubadora.

Los bracitos rechonchos de Hans se estiraron, buscando aferrarse de la botella de cristal. El llanto fue sustituido por el sonido de la deglución. Al terminarse la leche tibia, el doctor Heimlich retiró la mamila y se colocó los guantes quirúrgicos. Hans balbuceaba alegremente hasta que el doctor lo inyectó en uno de sus bracitos. Mientras el contenido ámbar de la jeringa surtía efecto, aplicó yodo a todo el instrumental de la charola. Cuando Hans dejó de balbucear y descansaba lánguido a su lado, se acercó de nuevo sosteniendo escalpelo y tijeras.

Los movimientos del doctor eran firmes, pero suaves. Sólo se escuchaba el chasquido de las tijeras y el sonido inconfundible de la piel al rasgarse.

Colocó el intrumental ensangrentado sobre la charola y se retiró los guantes quirúrgicos. Luego cogió un trozo de venda y se acercó a la incubadora.

—Listo.

Salió de la habitación empujando el carrito. Al cerrarse la puerta, las luces se apagaron y, no tan lejos, se escucharon rágafas de armas de fuego y gente gritando.

 

 

Sí, padre, he recorrido mucho mundo; ¡gracias a Dios que respiro de nuevo aire fresco!

La voz suave y monótona del doctor Heimlich provenía de la bocina colgada sobre la puerta. La habitación estaba iluminada y lucía exactamente igual, salvo que en el centro ya no estaba la incubadora, sino una pequeña cama.

¿Por dónde has estado? ¡Ah!, padre, estuve en la madriguera de un ratón, en el estómago de una vaca y en la barriga de un lobo; ahora estoy con vosotros.

Hans balbuceaba, humedeciendo la venda que sólo dejaba al descubierto boca, nariz y ojos, y movía sus pequeños dedos, como si se tratasen del ratón, de la vaca y del lobo.

Y no te volveremos  a vender ni por todo el oro del mundo.

—Es hora de dormir —concluyó el doctor Heimlich mientras se apagaban las luces.

 

 

Los balbuceos de Hans y el sonido de las sirenas creaban una extraña melodía. Las luces de la habitación se encendieron cuando el doctor Heimlich entró empujando el carrito. De nueva cuenta lucía su bata blanca inmaculada y su cubre-boca, que dejaba escapar algunos mechones de su cabello negro. Se colocó los guantes quirúrgicos, inyectó a Hans, cogió el escalpelo y las tijeras. A los pocos minutos regresaron ensangrentados a la charola. Impregnó yodo en varias bolitas de algodón y las aplicó sobre el rostro de Hans, quien comenzó a llorar.

—Ya, ya —le dijo con voz tranquilizadora mientras se quitaba los guantes quirúrgicos para escribir en la bitácora y fotografiarlo. Al terminar, cortó un trozo de venda con el que cubrió el rostro de Hans y salió empujando el carrito.

Se apagaron las luces y la oscuridad llenó la habitación, sólo se colaba el sonido de los helicóperos sobrevolando la zona.

 

 

Colocó el disco de acetato en el gramófono y se sentó en el sillón mientras tarareaba la melodía de Claro de luna de Beethoven. En una mano sostenía un vaso con whisky y con la otra se mecía el cabello, que comenzaba a teñirse de gris.

 

 

El haz de luz atravesaba la habitación hasta chocar con una de las paredes blancas, donde se extendía proyectando la letra V.

—Ve —se escuchó la voz clara y firme del doctor Heimlich a través de la bocina.

—Ve —contestó Hans desde la cama. Estaba sentado, abrazándose las rodillas. Las vendas con manchas de sangre.

En la pared se proyectó la letra W.

—Doble ve.

—Droble ve.

—¡Doble ve! —el doctor repitió con voz enérgica.

—Doble ve.

El haz de luz desapareció al terminar el abecedario.

—Es hora de dormir.

—No… —murmuró Hans.

—¿Dijiste algo, Hans?

—No, señor.

 

 

Hans, visitiendo únicamente una camisola blanca y su inseparable venda sobre el rostro, corría por la habitación saltando la cama en cada vuelta.

—Ahora con la pelota —se escuchó la voz del doctor Heimlich a través de la bocina.

Cogió la pelota de cuero que estaba sobre la cama y la sostuvo entre sus brazos mientras hacía flexiones.

—Suficiente: a bañarse.

Soltó la pelota y caminó hacia el rincón. Se desnudó, dejando al descubierto una espalda aun más blanca que la camisola. Se despojó lentamente de la venda que cubría su rostro y jaló la cadena.

El agua fría a presión lo hizo titiritar.

 

 

… La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginación adivinaba que ella había negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos…

Hans recitaba a todo pulmón para poder escucharse ante el sonido ensordecedor de la sirena.

… Pregunté a una vieja criada, que cuidaba de la más pequeña de mis hermanas, quién era aquel personaje. ¡Ah, mi pequeño Nataniel!, me contestó, ¿No lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre…

Se llevó la mano al rostro para descubrir que sangraba a través de la venda.

… Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos…

Se detuvo, mirando fijamente la lámpara que colgaba del techo.

—Hora de dormir.

—¡No quiero dormir! ¡Lo que quiero es salir de esta horrible habitación, ver la luna, conocer a mi madre! —contestó Hans, azotando el libro— ¡Y que me quites esta horrorosa venda! —concluyó con voz entrecortada, arrancándose violentamente la venda que cubría su rostro.

Un gas amarillento se liberó de uno de los tubos que colgaba encima de la puerta. Hans comenzó a toser y a frotarse los ojos. A los pocos segundos cayó inconsciente en el piso. El tubo dejó de expulsar el gas, que ya se había apoderado de la habitación, enturbiando la vista.

El doctor Heimlich entró empujando el carrito, pero esa vez portaba una máscara anti-gas. Cargó a Hans y lo colocó sobre la cama. Cortó la venda que cubría su rostro.

—Ya eres perfecto, Hans —murmuró, manos temblorosas, mirada encendida. Apuntó en la bitácora y fotografió su rostro, que limpió con bolitas de algodón impregandas con yodo, para luego cubrirlo con una venda nueva.

Cuando el doctor Heimlich se retiraba, una explosión sacudió el piso haciéndolo perder el equilibrio, pero logró mantenerse en pie. Se quedó inmóvil un par de minutos y salió de la habitación empujando el carrito. Al cerrarse la puerta, las luces se apagaron.

 

 

Escuchaba la triste melodía de un organillo. Percibía el olor a estiércol y aserrín. Dos rostros, que no eran los de sus padres, se asomaron a su cuna. Miradas encendidas, sonrisas dibujándose en su piel rosa y arrugada. Lo levantaron. Su madre lloraba. Su padre dijo unas cuantas palabras y lo cubrió con una cobija. El organillo, el olor a estiércol y aserrín, los rostros y las voces de sus padres se disolvieron hasta ser un simple punto de colores que se aparecía de vez en cuando en sus sueños.

 

 

Hans despertó exaltado: el sonido de pasos apresurados retumbaba en el techo de la habitación, que se encontraba en oscuridad total, salvo por un círculo de luz casi imperceptible encima de la cama. Estirándose al máximo, logró asomar un ojo por el agujero, pero sólo vio reflejado su propio ojo. Pegó el oído en la pared.

—¡No!

Hans cayó de la cama. La voz era tan fuerte y tan diferente de la del doctor Heimlich que lo hizo temblar. El miedo lo abrazó para que no se levantara, pero la curiosidad le tendió su mano. Volvió a pegar el oído en la pared.

—¡Que no!

La voz angustiosa puso nervioso a Hans. Caminó de un lado a otro de la habitación sin saber bien qué hacer. Urgencia cosquilleando en su pecho, en su mente. Se detuvo frente a la cama. Tanteó la estructura hasta dar con una de sus patas metálicas. Se tumbó en el piso y encontró el tornillo que la mantenía fija. Intentó desatornillarla utilizando la uña de su pulgar, pero a medio camino se le quebró. Aunque no podía verla, sintió la lengua cálida de la sangre besando su mano. Se llevó el pulgar a la boca y el sabor ferroso lo colmó de un entusiasmo inusitado. Sacudió la pata de la cama con toda su fuerza hasta que se desprendió de la estructura. Se subió a la cama y golpeó el pequeño agujero que, con cada golpe, se fue agrandando hasta lograr el espacio suficiente para que Hans metiera la mano. La pared falsa se cayó a trozos y Hans salió de la habitación.

 

 

Encontró a la mujer en el mismo lugar donde encontró a las otras. Silencio desgajándose de las paredes. Apenas sus pasos retumbaron en el callejón, sombras se desprendieron de los postes de luz, de los cubos de basura. Le enseñó un fajo de billetes a la primera que se acercó y se dio media vuelta.

 

 

El pasillo estaba ligeramente iluminado por la luz de la luna que se colaba por una ventana alta. Hans estiró la mano, fingiendo que la tocaba. Permaneció embelesado hasta que escuchó de nuevo los pasos y las voces. Tanteó las paredes hasta dar con un interruptor. El pasillo se iluminó de una luz blanca, estéril. En el piso yacía destrozado un proyector. Al fondo, una escalera de caracol lo llamaba.

Al pie de la escalera encontró un espejo de marco dorado. Miró su reflejo mientras se arrancaba la venda. Su rostro era hermoso, delicado, muy blanco; cicatrices casi imperceptibles en la frente y en el mentón; la cabeza rapada.

Se acarició el rostro una y otra vez con la mirada encendida.

—¡Suéltame!

Subió la escalera.

Comenzó a llover, primero unas cuantas gotas golpeteando las ventanas, luego un aguacero que se colaba por las goteras y que amenazaba con reblandecer los cimientos de la vieja construcción.

 

 

Dos sombras forcejeaban. La más grande llevaba una jeringa en la mano que intentaba encajar en la más pequeña, que cargaba una bolsa y escupía maldiciones. La más grande soltó la jeringa e impactó a las más pequeña con un puñetazo en el rostro, haciéndola caer. Diversos objetos del interior de la bolsa rodaron por el piso.

 

 

Hans encendió la luz.

Luz cálida, hogareña, que se se escurría por toda la habitación. Piso alfombrado, paredes llenas de libros. Una chimenea al fondo, donde el fuego crepitaba plácidamente. Un reloj cucú que marcaba las 5:45 y un gramófono reluciente en el rincón.

La sombra más grande se acercó. El corazón de Hans palpitaba con furia.

—Hans…

El doctor Heimlich se quitó el sombrero, dejando que la luz iluminara su rostro atiborrado de cicatrices, con trozos de piel de diferentes colores. Abrió la boca para decir algo, pero el sonido estridente de la sirena se lo impidió. Hans dio un paso hacia atrás, con el rostro desencajado, los ojos a punto de escapar de sus cuencas. El doctor comprendió la reacción y se llevó una mano al rostro y con la otra buscó desesperado el cubre-boca en la bolsa de la gabardina.

—¡Monstruo! ¡Eres un monstruo!

La mujer, desde el piso, disparó al doctor Heimlich. Hans se tiró detrás de un librero, cubriéndose los oídos. El doctor se quedó inmóvil, luego, al ver que la mujer volvía a jalar el gatillo, se acercó y pateó la pistola, que cayó cerca de un librero. Cogió un atizador de la chimenea y lo encajó varias veces en el vientre de la mujer.

Recuperando el aliento, miró a Hans, quien lo apuntaba con la pistola. Soltó el atizador y se acercó al niño con las manos extendidas.

Hans cayó al piso después de jalar el gatillo. El disparo reverberó en la habitación, alojándose en sus oídos. Se levantó. La pistola pegada a su mano, quemando la piel; olor a pólvora, que lo hizo restregarse la nariz. Debajo de los cuerpos del doctor Heimlich y de la mujer, un charco carmesí se extendía sobre la alfombra.

Evitando mirar los cuerpos, Hans recorrió la habitación, acariciando los lomos de los libros. Se detuvo frente a la chimenea, permitiendo que el calor de las llamas sofocara el temblor de su cuerpo. Encima, una pintura al óleo mostraba a una pareja de doctores, de rostros rosas y arrugados. DOCTORES HEIMLICH, leyó en una placa dorada incrustada en el marco de madera. Luego se acercó al gramófono. Manipuló todos los interruptores hasta que sonó la novena sinfonía de Beethoven. A su lado encontró un micrófono y un tubo, por el que miró el interior de su habitación.

Sobre una mesa baja encontró un maletín de cuero y dos bitácoras. Desdeñó el maletín al darse cuenta que guardaba instrumental quirúrgico y se concentró en las bitácoras. Una llevaba, en letra dorada y cursiva, por título HANS y la otra, FRIEDA. Cogió la de su nombre. Apuntes, dibujos, recortes de periódicos y fotografías.

Fotografías que mostraban a un bebé con el rostro deforme, invadido por tumores que, foto tras foto, iban desapareciendo y el bebé aumentando de tamaño, hasta llegar a la última, que mostraba a Hans como lucía actualmente.

Soltó la bitácora y caminó de nueva cuenta por la habitación, tratando de dilucidar lo que había pasado. Se detuvo al ver una fotografía enmarcada que colgaba de una de las paredes. El vidrio estaba roto y la foto agujerada. Mostraba a la misma pareja de doctores de la pintura cargando a un bebé de rostro deforme y mirada triste. Detrás de ellos, un hombre y una mujer de rostros también deformes. Al fondo, la carpa de un circo. Al descolgarla, se percató de un agujero en la pared. Acercó un ojo, pero se alejó instintivamente al ver que otro ojo lo observaba. Cuando se recuperó de la impresión, el otro ojo había desaparecido. Con el mango de la pistola golpeó la pared.

 

 

Detrás de la pared falsa encontró una habitación idéntica a la suya: paredes blancas, sin ventanas, con una bocina y dos tubos colgando encima de la puerta, una pequeña cama al fondo, donde un par de ojos azules se asomaron tímidamente.

—Sal, no te haré daño —dijo Hans con voz suave.

Una niña de tres años salió del escondite. Vestía una camisola blanca y su rostro estaba lleno de tumores, salvo la mejilla izquierda, que sólo mostraba una cicatriz.

—¿Cómo te llamas?

—Frieda —contestó la niña.

—Yo soy Hans, ven —dijo soltando la pistola y estirando la mano.

 

 

Hans metió las bitácoras en el maletín de cuero, cargó a Frieda con un brazo y abrió la puerta. Los rayos solares los encandilaron. Miraron hacia un lado, hacia el otro. Edificios en llamas, gente gritando.

Salieron de la casa.

Al cerrarse la puerta, el techo se derrumbó.

La novena sinfonía dejó de sonar.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Ex alumno de la Universidad de Miskatonic. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías. Es autor de Efímera (Samsara, 2011), Mortinatos (Zona Literatura, 2012), Trilogía Cthulhu (Penumbria/KGB, 2013) y La muerte chiquita (Ediciones del Cruciforme, 2013) Esposo de Ana, padre de tres gatos y director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso.
Tierra Adentro 186. Diciembre de 2013.

Música, video, teatro y poesía es el ofrecimiento de este número de Tierra Adentro, el último del año.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Adair Vigil

Mi pollo abre la boca y no salen muchas cosas Porque Él es Muy Ocupado

Y él me gusta Y yo Lo llevo para arriba y para abajo Para el huesito Para Carlón Para Teatro del Parque

Y él se queda quietecito quietecito Sólo Esperando la hora de que yo libere mi pleigraund Y él

Juega y yo juego

Y después el tranca la boca y no sale mucha cosa NingunaGota Ni el humo

Ni un descuido, una tos, un asco, una barriga llena El grifo

Flojo

Él queda con la piel de quien tiene la piel como la piel de una persona que vive en el sertón Después Él me mira vuelto un joto Vuelto un perro Sudado

Que observa un pollo rostizado después de ver un pollo vivo Y yo lo miro y doy Gracias a Dios porque lo que no falta es comida Ni hambre Ni Poesía

Traducción de Sergio Ernesto Ríos


Autores
(Paulista, Brasil, 1985) es uno de los poetas más interesantes de la poesía brasileña reciente, brillan en su proyecto de la Decalogia ladrona, lo mismo su vocación de una escritura sucia, fracturada por el caló local y los giros del lenguaje.
(Toluca, 1981) Publicó Mi nombre de guerra es albión (2010), Muerte del dandysmo a quemarropa (2012), La czarigüeya escribe (2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Obras Cumbres (2014), Brazuca (2015), Quienquiera que seas (2015), Máquina portadora de cabezas (edición digital, 2018). Tradujo del portugués Bruno Brum a ritmo de aventura de Bruno Brum (2017); Droguería de éter y de sombra (2014) de Luís Aranha; Voy a moler tu cerebro (2010), Paranoia (2013) y Oda a Fernando Pessoa (2017) de Roberto Piva; la antología de poetas brasileños nacidos en los ochenta Escuela Brasileña de Antropofagia (2011). Tradujo del inglés con Diana Garza Islas, Una noche, senté a Donald J. Trump en mis rodillas/Y otras teorías estéticas del siglo XXI (2017), a partir de un ejercicio de Chris Rodley. Imparte los talleres de poesía latinoamericana Periferia de Escribidores Forasteros en la Ciudad de México y Toluca. Trabaja en la librería Mi Primer Día en el Salón de la Fama.
Adair Vigil

Flavio Valerio Aurelio Constantino

Estaba naciendo en un momento preciso:

El astrágalo de una columna corintia se sacudía con los pasos del Restaurador del Este y las hojas de acanto soplaban con tanta,

Tantísima fuerza que se confundían con el aliento de un nabateo a punto de morir, ese que alzaba sus plegarias a un toro joven llamado Baal y no dejaba de mirar, con pena y amor, a su reina Zenobia y no dejaba de mirar tampoco, con pena y disgusto, a Vabalato, el joven desobediente que los llevó a la perdición.

El oro se caía de la columna corintia y Palmira se caía también mientras

Flavio Valerio Aurelio Constantino

Estaba naciendo sobre el río Nišava, una de esas pocas gotas saladas que se vierten en el Mar Negro, la abundancia de agua más apesadumbrada que hemos visto en nuestra vida, cautiva de los Dardanelos y del Bósforo.

Y él, con dolor y sus cadenas, no se alegraba de casi nada,

Casi nada más que con el desengaño de aquellos que vivían en Batumi, los que se sabían más débiles que él y no podían bañarse en el puerto de profundísimas aguas.

Eran ellos, los que nacieron para ahogarse, y era él, quien tenía cuatro nombres.

Por eso, por sus cuatro nombres, Flavio Valerio Aurelio Constantino era también una gota de agua salada que estaba naciendo a los casi tres siglos de nuestra era para gobernar sobre los que se ahogarían.

Flavio Valerio Aurelio Constantino

Estaba naciendo como hijo de Constancio Cloro, el que castigó a los pictos, y de Elena, heredera de la servidumbre, nacida también entre molinos de sal como su retoño.

–Salinas están todas las almas nacidas aquí desde los fenicios del Levante mediterráneo.

Y, hoy por hoy, Elena es una santa, cubierto su manto de albahaca en Andalucía y festejada en la Romería de las Cruces al conmemorarla el 21 de mayo o el 18 de agosto, cuando nos fuimos de aquí pensando que ese día,

Ese día caminamos con la cabeza gacha por una calle de Constantinopla como lo hicieron Zenobia y Vabalato en Roma mientras

Flavio Valerio Aurelio Constantino,

Estaba naciendo.


Este poema forma parte de Constantinopla, libro que será publicado en la colección Lágrima de Batavia de Posdata Editores.


Autores
(Tlaxcala, 1985) participo en 2015 en el Programa Internacional de Escritura de la University of Iowa. Ha obtenido becas y residencias de Open Society Foundations, The Ragdale Foundation y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.