Tierra Adentro
Juan Pablo Ramos, Ingrid Drexel y Agustín Monterrubio

Hay objetos que transforman la vida y hay vidas ligadas a ciertos objetos. La bicicleta, por ejemplo, es un símbolo diverso de la memoria: de la infancia, de instantes felices, de vértigo y peligro, de destino. Es también materia de conversación entre quienes entienden que hay un antes y un después de los primeros pedaleos. El pasado 11 de noviembre, en una pequeña sala de Reforma 175, Tierra Adentro convocó a la campeona ciclista neolonense Ingrid Drexel (que hizo un espacio en su agenda para acompañarnos un día completo en la Ciudad de México), al empedernido ciclista, comunicador y diseñador Agustín Monterrubio (director y fundador de las asociaciones civiles Bicitekas y Jinetes Sampleadores de Imágenes y actual vocero de la organización Bicired) y al pedalero en ciudad Juan Pablo Ramos (director de la revista Cletofilia y coordinador editorial de las revistas Triathlón Plus y Shape México).

La siguiente es la transcripción de la charla que sostuvieron con Tierra Adentro los tres amantes de la bicicleta, en un viaje que va de la memoria a la ciudad, del presente a la pista y de las leyes al futuro de convivencia posible con este medio de locomoción que ha revolucionado, de muchas maneras, aún en la discreción de algún recuerdo, buena parte de la humanidad.

Rodrigo Castillo (Tierra Adentro): Muchas gracias por aceptar la invitación, gracias a por acompañarnos. La idea es que charlemos, que se sientan cómodos, que platiquen alrededor de la bicicleta, cómo es que la utilizan, en tu caso, Ingrid, por ejemplo, como herramienta de trabajo. Hay gente en el D.F., por ejemplo, que se dedica a hacer mensajería en la bicicleta. Contratamos a uno y resultó maravilloso. Creo que las empresas todavía no se acercan con ellos por el asunto de que es peligroso que repartan y los contraten y pueda pasarles algo.

Y hay más cosas. Son ustedes gente que está entregada al mundo de la bicicleta y queremos que esta conversación sea completamente libre. También pueden quejarse.

Luis Manuel Amador (Tierra Adentro): Habíamos hecho en la Redacción un trabajo en equipo, una relación de puntos que podrían ser preguntas o detonantes sobre qué tiene o cómo se relaciona la bicicleta en la vida de cada uno de nosotros y también de ustedes, que están específicamente ligados a un asunto de la bicicleta. Por un lado, Ingrid es una corredora profesional tanto como de ruta como de pista. Por lo menos hasta 2012 se había agenciado  casi 40 medallas de oro para Nuevo León y  algunas de plata. Nos honra mucho que hayas aceptado venir a platicar sabemos que estás súper ocupada, gracias por tu tiempo en el uso de la agenda. También ustedes, Juan Pablo y Agustín, están estrechamente ligados a la vida en bicicleta.

Lo que queríamos saber es, como primer punto, de manera personal sobre todo y profesional, qué representa para cada uno de ustedes, con todo lo que implica representar, la  bicicleta. Cuánta importancia tiene en su vida diaria, dedicándose a lo que hacen y en qué momento comenzó a significar algo para ustedes en la vida.

Ingrid Drexel: Yo empecé con la bicicleta a los siete años. Desde entonces creo que me marcó la vida porque no la dejé. Antes de empezar con el ciclismo estuve en todos los deportes imaginables y ninguno me llamaba la atención. Empecé con la bicicleta primero por diversión o hobby. Conforme fue pasando el tiempo la  cosa se empezó a poner más seria: competencias nacionales, internacionales. Ahora la bicicleta es mi herramienta de trabajo, representa mi prioridad cada día. También la uso como medio de transporte para moverme desde mi casa al área de entrenamiento, en vez de irme en automóvil, la uso para transportarme e igualmente para entrenar y cumplir con mis objetivos.

Agustín Monterrubio: Gracias por la invitación. Para mí la bicicleta representa libertad y diversión. Recuerdo que mi primera bicicleta era una Vagabundo, y para mí era un caballo. Yo salía a mi pueblo, dentro de la gran ciudad, lleno de calles empedradas, que era Santa Úrsula Coapa, en Coyoacán. Mi sensación era que era mi aliada para ser independiente. Yo dormía amarrado a ella, como una conexión, una forma de descubrir el mundo. Siento que desde ese momento comenzó a cobrar significado. Pero cuando la comencé a usar  de forma utilitaria vi que en lugar de ir apretado, incómodo, en un microbús, podía ir divertido, haciendo ejercicio y veloz. Fue cuando descubrí lo que ahora también es una manera de lucha por cambiar las ciudades, de pensar en el medio ambiente: qué estamos respirando y qué estamos haciendo; de ser como un juego y una forma de descubrir el mundo ahora también es una manera de lucha.

Juan Pablo Ramos: Mi primer acercamiento fue el más fuerte al principio, de forma deportiva como a los trece años empecé a hacer ciclismo de montaña. Soy de Tehuacán, Puebla, y hay muchos cerros, lo cual es una maravilla. Desde entonces y hasta que me fui a la universidad a los dieciocho años viví en el cerro. Después, en la universidad estuve cinco años sin usarla (estudié Ciencias de la Comunicación) pero ahí se fue forjando otro interés: trabajar en medios, principalmente impresos. Cuando me vine a la Ciudad de México comencé a  trabajar en una editorial a hacer una revista de ciclismo (Bike donde estuve como corrector de estilo y luego como redactor). Comenzando a ver los movimientos ciclistas urbanos me surgió la inquietud con otros compañeros de hacer un medio especializado o enfocado a hablar de lo que estaba sucediendo en la ciudad y así fue como hicimos Cletofilia hace cuatro años y ahora la bicicleta es además de mi medio de transporte (porque comencé a convencerme a mí mismo de que era la mejor forma de desplazarme en la ciudad) uno de mis trabajos principales. Edito otras revistas pero este es un proyecto personal.  Así que la bici está sumamente presente en mi vida cotidiana.

Castillo: ¿Y de ese convencimiento personal se ha logrado algo? ¿Andar en bicicleta en la ciudad les ha ayudado a tener el convencimiento pleno de que es el transporte que quieren utilizar?

Ramos: Sí, definitivamente, cada día me convence más. No estoy en contra de otros medios de transporte (cuando tengo que llevar cargas, por ejemplo).

Monterrubio: O cuando llueve mucho, se puede contrarrestar con buen equipo, pero no es igual.

Ramos: Digo cargas, pero en lo personal, si tienes que llevar un mueble o revistas o vas con un grupo de amigos que no tienen bici, dices: ¡No!, me voy en coche. Pero en tus actividades: ir al banco, ver a un cliente, ir a una entrevista, te mueves en la bici, la ciudad se te hace más pequeña.

Monterrubio: Yo empecé cuando me movía en bici. Venía de Santa Úrsula a la Roma, trabajaba y todo mundo me decía: “pero va a llover”, “te van a robar”, “vas a llegar sudado”, todos tenían un pretexto.

Drexel: Todos tenían un pero…

Monterrubio: Un pero y un miedo también. Yo balanceaba lo que me hacía sentir irme en  bici  o irme en el metro y prefería siempre hacerles un poquito más de tiempo pero llegar en bici y llegar contento y llegar como con buena actitud. Creo que se ha podido desde hace mucho. De hecho, el momento ciclista de la Ciudad de México son los años 80, cuando Greenpeace junto con la Fundación Arturo Rosenblueth hicieron un movimiento y traían toda una campaña para que los automovilistas voltearan a ver cuando abrían la puerta, que las coladeras en lugar de ser paralelas a las calles fueran perpendiculares… En la ciudad de México hay una historia de lucha por espacios ciclistas y la ciudad no es tan complicada como otras ciudades para andar en bici: hay espacios, es plana, el clima es agradable. Madrid, por ejemplo, es complicada de verdad; los carriles son pequeños y sólo pasa el coche; si te metes, si se te ocurre meterte, estás “pecando”. En la Ciudad de México creo que es posible. El clima y otras cosas se prestan para que normalmente lo hagamos.

Castillo: A pesar de que la ciudad es complicadísima por el nivel de automóviles que hay.

Ramos: A veces esa cantidad te hace más fácil rodar y avanzar porque no se mueven los autos. Más bien, adaptándote a esta falta de infraestructura te queda bien porque no avanzan, vas tranquilo. Si te metes a una avenida donde van rápido y no hay luz o no hay iluminación ni tampoco un carril confinado, eso sí es ponerte en riesgo.

Monterrubio: Yo creo que aquí las complicaciones son las barreras urbanas. También todas las supervías reprimidas, periféricos, y todas esas obras que no están pensadas para que pase un peatón o un ciclista. Esas sí me parecen barreras. Hay zonas que son infranqueables si no tienes bien puesto tu casco y el ánimo debido. Creo que también la ciudad impone barreras de construcción de elementos que han sido pensados para el auto.

Amador: Ya que están con la bici todo el tiempo, ¿cómo es una jornada de ustedes o de cada uno acompañado de su bici, desde que se despiertan?

Drexel: Yo me levanto en la mañana a desayunar. Lo primero que hago es entrenar, aproximadamente entre cinco horas y o cinco horas y media. Todo el tiempo acompañada de mi bicicleta. Llego a la casa, la reviso, la lavo, le doy mantenimiento. Reviso siempre que todo esté bien porque si no, no funciona como debe ni da uno su mejor rendimiento. Eso es en las mañanas y en las tardes si tenemos doble sesión la volvemos a usar, y si no pues tenerla bien cuidada porque la verdad también es como un vehículo, le tienes que estar dando mantenimiento.

Castillo: ¿Tu bicicleta es muy cara?

Drexel: Sí.

Castllo: ¿Qué tipo de bicicleta tienes?

Drexel: Tengo una Felt y una Fuji.

Monterrubio: ¿Y le metes mano?

Drexel: Sí. No soy tan experta pero sí me gusta moverle y sí sé. Pero cuando necesita un mantenimiento más profundo la llevo a una tienda a que la desarmen y le den servicio, pero por lo general si sé y me gusta moverle.

Castillo: ¿Has tenido en algún momento una relación de odio con la bicicleta?

Drexel: Sí. Nosotros como competidores, como llevamos una vida muy pesada, constante y de muchos sacrificios y esfuerzos, etcétera, llega un punto en que explotas y te hartas porque tu cuerpo también se agota de tanta carga. En esos momentos es cuando no quieres ver una bicicleta. Al menos yo, después de dos tres días de que me dicen: “está bien, descansa”, ya la quiero otra vez. Entonces tiene sus etapas de que no la quiero ni ver, pero dura poquito.

Castillo: ¿En qué momento sentiste que odiaste más a la bicicleta?

Drexel: Cuando tenía quince años. Estaba en mi primera etapa de esos viajes de quince años que a las amigas les dan como vacaciones. Nosotros no tenemos vacaciones y no podemos salir. Entonces me invitaban y yo decía “Ay, es que no puedo”. Ni un día con las amigas de mi infancia. No puedo esto y no puedo aquello, y no puedo nada. Ahí fue donde exploté y dije “¡Hasta aquí! Ya no quiero”. La hice a un lado y me aventé como tres meses de descanso y dudaba: “regreso o no regreso, regreso o no regreso”.

Ramos: Creo que es la edad en la que más desertan, ¿no?

Drexel: Sí, la plena etapa de adolescencia. Si la pasaste, ya la hiciste, pero si no…

Monterrubio: ¿Y aprovechaste ese tiempo para pasear?

Drexel: Sí, fui a mil viajes, hice de todo. Obviamente, después de eso piensas “fiestas siempre habrá”, “viajes siempre habrá”, pero no es lo mismo, por la satisfacción que ganas después de todo el sacrificio. Sí con mis amigas que siempre van a fiestas y el antro, pero para mí era simple estar así, en lo mismo. ¡Qué flojera! Hay que hacer cosas diferentes y con algo que te gusta.

Castillo: Una pregunta que quiero hacerte, más en el plano personal: ¿te has imaginado sin la bicicleta?, ¿has pensado qué sería de ti si no fueras una campeona o si fueras ciclista pero no hubieras alcanzado el éxito que tienes?

Drexel: Pues no sé, a lo mejor no seguiría en este deporte porque mi amor también se fue agrandando por el hecho que fui exitosa o me iba bien. Me gusta ser una persona exitosa y ganar. Creo que es lo que quiere todo deportista. No sé. Por algo las cosas se me dieron y ahí la llevo. Pero cuando me he imaginado sin una bicicleta es cuando yo haya cumplido todas mis metas, mis objetivos, lo que quiero lograr. Guardo la bicicleta pero la de alto rendimiento, deportiva, porque obviamente en lo libre andaré de hobbie o para transportarme. Me veo así cuando cumpla todo. Quiero formar una familia y esas cosas, y cargando una bicicleta es muy arriesgado.

Castillo: ¿Y cuál es tu objetivo?

Drexel: Obviamente una medalla olímpica. Ya tuve la oportunidad de estar en los juegos olímpicos donde no hice lo que hubiera querido porque tuve un accidente, pero quiero ir a unos juegos olímpicos no para decir “fui a los juegos olímpicos” sino para estar satisfecha con los resultados y con lo que yo hice, obviamente traer una medalla, ese es mi objetivo.

Amador: ¿Y te han robado una bicicleta?

Drexel: No, por suerte nunca me han robado una bicicleta. Siempre la tenemos muy segura. Por mi casa tenemos una bodega con llave donde guardamos las bicicletas porque yo tengo varias bicis y mi mamá y mi papá también. Gracias al cielo nunca ha pasado nada y cuando viajamos siempre la tenemos muy segura. También hay que estar siempre cuidándola. Si vamos a hoteles y no dejan subirla al cuarto, nos la aseguran o firmamos algo extra que diga que si les pasa algo es su responsabilidad, pero nunca hemos tenido ese tipo de problemas por el hecho de que nos roben.

Monterrubio: ¿Tus papás te indujeron?

Drexel: Yo a ellos. Mi mamá, cuando era joven, hacía triatlón, que de alguna manera involucraba bicicleta. Pero cuando yo empecé, mis papás se empezaron a interesar. Mi papá nadaba mucho y compró una bicicleta. Ahora tiene su grupo. Siempre anda en bici y mi mamá y un tío también; gente cercana a mí se está interesando…

Amador: ¿Y a ustedes dos, les han robado la bicicleta?

Monterrubio: Yo, la verdad, no he perdido una bici en la calle nunca. Nadie me ha robado, sino en mi casa, donde rento. Gente que llega a pedir un cable, de otros departamentos. Ahí dejo mis bicis y tengo ya varias que me han robado. Lo que hago con este tema, como dicen en Colombia: “nunca doy papaya”, no me confío. Me parece que los robos comienzan cuanto te confías. Siempre se la dejo a alguien y le digo: “usted se hace responsable y le doy lo que sea, no importa”. O la llevo conmigo, o llevo mi candado de criptonita, y ya. La dejo donde sea. O traigo conmigo una bici vieja si voy a meterme a un lugar rudo y así nadie la pela. Esa es una buena estrategia.

Ramos: A mí, jamás. Estoy limpio. Por ahora.

Castillo: Como editor de una revista de bicicletas, ¿en qué  momento te fijase que era momento de hacer una revista así, exclusiva, una revista nicho? Ese nicho es, obviamente, comercial. La bicicleta es en parte lo mismo.

Ramos: Primero, porque me encantaba leer revistas de bicis. Antes de trabajar en Bike yo compraba la edición de Bike España

Amador: Quién edita Bike?

Ramos: Motorpress,  que es alemana. En México la hace Editorial Televisa. Estamos ahorrando para comprarla ahora, pero primero tenemos que invertir en nosotros (risas). Leía esa revista y estaba muy clavado en ciclismo de montaña. Esa era “la” revista junto a Sólo bici. Yo sabía que había gente que compraba esa revista de ciclismo y que había más gente a la que le interesaba conocer más marcas y accesorios. Cuando empecé a ver lo que hacían en la ciudad noté que era diferente. Todavía sigo aprendiendo mucho de cómo es el ciclista urbano: en realidad muchas veces no se fija en la bicicleta sino lo que hay alrededor de ella. Entonces, pensamos en hacer un balance e intentamos decirle y enseñarles marcas, distintos tipos de bici, precios, porque eso también ayuda a que se tenga una cultura, pero sí a ofrecerles lo que ellos buscan. Si ya se compraron una bici, muchas veces ya no se compran una en cinco, siete años, o en toda su vida. Si tienen su bici con la que se mueven, seguro la van a adorar hasta la tumba. Entonces, ¿qué les ofreces?: rutas, lugares qué visitar, libros qué leer. Incluso, tenemos una sección donde Armando Vega Gil escribe cuentos, una noveleta por capítulos. Hablamos todo sobre el tema de la bici y, más bien, con todo lo que se puede mover alrededor de este medio de transporte. Así, el subtítulo de la revista conlleva ciclismo urbano y estilo de vida. Eso es invocador.

Castillo: Agustín, ustedes en Bicitekas también tienen una parte editorial, libros que regalan con licencia Creative Commons, como el pdf que nos encontramos del libro Mi ciudad en bicicleta. También el nuevo texto de Ivan Ilich. ¿Cómo dan con estos temas de la bicicleta si están tan cargados en la literatura? ¿A alguno de ustedes le interesa las artes?

Monterrubio: Comenzamos con una revista hace quince años (soy diseñador). En ese momento estaba un reportero de Bélgica que era corresponsal en México. Desde el primer momento nos dimos cuenta de que el arte era importante si queremos influir. Fuimos a ver al delegado de la Cuauhtémoc para proponer una ruta de ciclovías. Él nos recibió y dijo “claro sólo convenzan a los vecinos y vayan a algunas reuniones, que son lo más difícil”. Pensé ¿cómo le hacemos? Hagamos una revista y repartámosla con todos los vecinos que están alrededor de la futura ciclovía. Inventábamos fotonovelas, invitábamos a que la gente escribiera, estuvimos siempre identificando a autores. Por ejemplo Waldo Frank, que escribía de temas sobre cómo modificaba la velocidad el hecho de los coches, cómo modificaba el pensamiento de los ciudadanos. Rescatando textos y modificando cosas, se nos ocurrió que era la forma de llegar a más gente, convencer. Fue como una bola de nieve como empezó la revista. Nos desgastaron y la ciclopista jamás se hizo. Nos dimos cuenta de que había que hacer más sacrificios. Para qué queríamos una ciclopista si nadie la iba a usar. Necesitábamos a gente pedaleando en la calle. Entonces hicimos el paseo nocturno, y se empezó a volver una masa, una escuelita de ciclistas urbanos. Desde el principio empezamos con una onda de publicar. A la gente, en el momento en que lo veía impreso le parecía posible y real. No existió la ciclopista pero lo vieron factible como un proyecto. El periódico Reforma hizo una infografía. La gente decía “¡Ah!, me late”. Un abogado vio esa revista y empezó a dejar su coche, luego se hizo promotor del tema. Se hizo el abocleto de la banda. Una vez se vistió de azteca. Él fue el biciteca. La cultura siempre era el cometido y puede ser un gran asunto involucrarla  para poder llegar a las personas de otras formas, no sólo con datos duros. Jugar un poco, involucrar a las personas con performances, acciones. Una vez convocamos y llegaron siete personas y esas siete nos subimos al segundo piso a protestar en un performance urbano. Esas son las cosas que trascienden y logran algo.

Amador: ¿Y cómo ven, en el presente que les toca vivir como personas involucradas en el ciclismo, cómo era antes y cómo ven que se proyecta hacia el futuro?, ¿hay un buen destino para este proyecto y forma de vida con la bicicleta? ¿Ha mejorado la convivencia entre el ciclista y su entorno desde otros años con la presencia o acompañamiento de este medio de locomoción? ¿ha habido un cambio? ¿En el caso del deporte, hay más apoyo para la gente que quiere dedicarse al ciclismo de manera profesional?

Drexel: En ese campo sí ha mejorado, por parte de las instituciones ya sean estatales o nacionales. Ha crecido mucho el ciclismo profesional. En el mundo del ciclismo ha crecido todo. Pero creo que más bien se trata de un asunto de ciclismo urbano.

Castillo: Cuando mencionas la palabra ciclismo, en tu caso Ingrid, te refieres al asunto profesional de la bicicleta o la competencia, pero ustedes, Juan Pablo y Agustín, también se llaman ciclistas. ¿Qué sucede ahí?

Ramos: Yo lo veo como dos mundos diferentes que comparten una herramienta parecida. Por ejemplo, hay temas en el mundo del ciclismo: deportivo, de ruta, de montaña, cada una es diferente, las  dos tienen dos ruedas, pero de ahí en fuera todo cambia.

Drexel: Geometría, peso, material, todo cambia.

Castillo: ¿Pero el ciclista es el mismo o no?

Drexel: Claro que no.

Ramos: Por ejemplo, no es lo mismo un ciclista de ruta que un ciclista de downhill.

Drexel: Hasta en el área del ciclismo profesional todo es diverso. Y ese ciclismo tiene más diferencias con el ciclismo urbano.

Ramos: Por poner otro ejemplo, el automovilista de fórmula uno, no tiene nada qué ver con el que corre la Carrera Panamericana; y el que corre rallys en la montaña es muy distinto del que conduce todos los días al trabajo.

Castillo: ¿Lo que los diferencia es la técnica?

Ramos: La técnica, la máquina. Creo que en mi caso, aunque sé manejar, ni siquiera podría arrancar un auto fórmula uno.

Amador: A lo mejor lo que cambia aquí es el objetivo, aunque se trate del mismo objeto de uso. De algún modo hay diferentes estilos y los móviles son otros: ganar medallas, competir y salir triunfador, mejorar la vida…

Monterrubio: Rogelio Garza, autor del libro Las bicicletas y sus dueños, decía, justamente, que “es todo”. Una cosa no excluye a la otra. Aún con todo el ruido, y siendo estos temas distintos entre sí, siendo otras personalidades y otras formas de vida, el uso de la bicicleta implica un deporte y un acto político, porque se rompe ciclo del petróleo. No estás siguiendo lo que el mundo te dicta como el medio de transporte en el que debes moverte.

Amador: Además, pones a prueba otro reto: tu cuerpo como motor de ese destino que elegiste.

Monterrubio: Creo que todos los aspectos van en ese sentido. Ahí está tu voluntad (para subir a una montaña, para llegar antes), la voluntad que te mide contra todo, el clima, tu propia pereza o la idea que tienes del éxito. Es como una forma de hacer, aunque suene ambicioso decirlo, seres humanos “chidos” y mejores, buenos ciudadanos. Porque te relaciona con la ciudad y además te forja una voluntad, te pone en contacto y no te aísla del otro. Ves un policía que está ahí, todo el día parado, y lo saludas. Todo cambia.

Amador: Aquí hay algo curioso: dices que tiene que ver con voluntad, pero también no es un medio que te acorace, que te aísle del mundo sino que te vincula con él. Tienes contacto con el aire, estás en presencia del viento. Hay cierta carga poética verdadera en el hecho de andar bicicleta, aunque no lo parezca.

Ramos: Totalmente. Es estar en contacto pleno con lo que te rodea, cuando te trasladas en la bicicleta te mueves con un ritmo, con cada parte de tu cuerpo. Si no empiezas a pedalear  aunque estés en una bajada (para llegar a ella tuviste que haber subido) no llegarás entonces. Es una máquina que mueves con tu propio organismo, no hay nada que te cubra, no tienes un armazón. Además, los sentidos se agudizan y se conectan. Tienes que estar en un estado “aquí y ahora”.

Juan Carlos Kreimer, un escritor argentino, escribió el libro Bici Zen donde dice que andar en bici es estar en un estado de contemplación o de meditación pero al mismo tiempo es estar conectado con todo: lo sabes, te das cuenta.

Nunca he competido, pero supongo que cuando inicias una carrera y la terminas  quizá fue un “ya acabé”, pero al mismo tiempo sabías de la competidora que venía detrás o, en el caso del ciclismo urbano, de pronto llegas a tu destino como sin querer, aunque ibas en un estado relajado y sabías que te pisaba los talones una micro y que el de delante podía frenar en cualquier momento. Estás conectado con todos tus sentidos pero relajado al mismo tiempo. Y no exagero.

Drexel: Vas concentrado en lo que haces, como dice Juan Pablo, estás conectado de cierta forma con el entorno que se va desarrollando. Aunque a veces no te des cuenta de lo que pasa, sabes que puede pasar algo. Sabes si viene un ciclista o si viene un auto; tus sentidos ya lo saben, por el hecho de que manejas mucho la bicicleta te percatas del entorno y de todo.

Castillo: Hay en los deportes, no sé si en todos, el asunto de la “visión periférica”. Ves hacia el frente pero pones atención alrededor.

Ramos: Es lo que dice el autor argentino, “ver con todos los sentidos”.

Drexel: Sí, independientemente de lo que siempre vayas viendo al frente, tu cuerpo y tus sentidos están conscientes de lo que pasa alrededor, sin tener que voltear a cada rato. Y se agudizan esos sentidos,

Monterrubio: Con el tiempo lo vas afinando.

Ramos: Es un tema importante. Algunos políticos promueven manuales o restricciones obligatorias. Por ejemplo el retrovisor. Perdón, pero los espejos retrovisores surgieron para los autos como dos postes que necesitas cuando no vas conectado con tu entorno. No lo entienden a menos que se los expliquemos los que sí nos movemos siempre en bicicleta. Pero ellos nunca se han subido a una y no pueden llegar a comprenderlo

Drexel: Creo que en bicicleta un retrovisor hasta te puede distraer en lo que estás haciendo. Puede causar accidentes. No viene al caso.

Castillo: Hay un proyecto, que publicamos en esta misma revista, de una artista de Guadalajara que se llama Eugenia Coppel. Lo que hace esa chica, ella es fotógrafa, lo que hace es fotografía a través de los retrovisores, imágenes que se reflejan: la catedral, la tienda, los árboles, los paisajes de la ciudad.


Autores
pedalea rigurosamente entre la pista y la licenciatura en Negocios Internacionales que estudia en línea. Comenzó con el ciclismo en segundo de primaria. Después de ese verano, el encargado (que ahora es su entrenador) y la dueña de la escuela de ciclismo le dijeron que no querían que se fuera. A sus ocho años tuvo su primera bici de montaña y a los nueve su primera de ruta, a la que se subió para ganar un campeonato nacional. A los catorce años las cosas se le empezaron a poner más serias cuando fue seleccionada para representar a México en el Panamericano Juvenil de Pista (2008). Desde entonces no ha parado. Tiene tantas medallas de oro que ya no caben en la pared de su cuarto.
es diseñador gráfico y comunicador social. Fundó Bicitekas A.C. y Jinetes Sampleadores de Imágenes A.C. Dirige el estudio de diseño y comunicación audiovisual Designio Editores. Estudió y trabajó en el estudio madrileño del célebre Manuel Estrada. Ha sido diseñador de las revistas Travesías y GatoPardo. También le ha entrado con curiosidad y buena técnica a los videos documentales, experimentales y de ficción. Participa frecuentemente en exposiciones y festivales de arte y cultura con el sello “Artecleta”. Preside el Consejo Directivo de Bicitekas y vocea en la BICIRED. Ambos grupos se hartaron ya de tanto automóvil y sugieren al mundo mejor pedalear. El libro Por mi ciudad por en bicicleta, recoge las voces de los ciclistas del D.F. y es coautor-diseñador del Manual del ciclista Urbano de la Ciudad de México, que circula como plaquette canónica entre ciclistas urbanos.
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Retrovisor. Eugenia Coppel

Hay cosas que se descubren partir de lo estático y otras que necesitan del movimiento. La teoría de la relatividad de Einstein nace del movimiento. Tal vez el gusto por la velocidad de la bicicleta, que a principios del siglo pasado era el tercer objeto más rápido que se había inventado, inspiró a Einstein para refutar trescientos años de física newtoniana. Einstein cambió la idea de la ociosidad estática de un tiempo absoluto a través de una teoría que se basa en un tiempo dinámico, un tiempo vagabundo.

Si la física clásica inició con la ociosa observación de la caída de una manzana, la física moderna inició con la dinámica meditación en bicicleta. Cabe señalar que la caída de la manzana y la epifanía newtoniana son un mito. Newton lo inventó para adjudicarse la paternidad de la ley de la gravedad. Sin embargo el vagabundeo en bicicleta fue uno de los métodos científicos que Einstein más valoró.

“La inspiración es hermana del trabajo diario”, dice Baudelaire. Alva Edison reformularía esa frase de manera más científica: “la ciencia es uno por ciento inspiración y noventa y nueve por ciento transpiración”. Las ideas llegan a partir del trabajo constante. Pero el vagabundeo propicia ese uno por ciento que logra las revoluciones. Los filósofos griegos lo sabían, la máxima expresión de la vagancia en Diógenes, “El perro”, nos dice: “El movimiento se demuestra andando.”¿Y qué es lo buscaba Einstein sino una teoría del movimiento?

También podríamos preguntarnos si Galileo habría podido concebir la teoría de la relatividad einsteniana. Las metáforas son los carceleros de una época y las cosas que inventa el ser humano son producto de esos celadores. Mientras Galileo pensaba a bordo de barcos, Einstein lo hacía montado en su bicicleta. La relatividad es un concepto físico muy importante que responde a la pregunta: ¿serán iguales los principios de la física aquí y en Marte?

Está pregunta no es trivial y Galileo encontró una respuesta en sus principios de relatividad. Einstein hizo lo mismo pero dio una vuelta de tuerca a las metáforas de Galileo.

Imaginemos esa parte de la historia de las ideas que sólo queda en la realidad de su creador. Para hacerlo, volvamos la mirada a Berna, Suiza, en 1905.

Einstein, un joven recién casado que se ganaba la vida aprobando patentes, después de cumplir sus ocho horas diarias de trabajo, montó su bicicleta y decidió regresar a casa. Algo en el camino le hizo recordar el constante llanto de su bebé. Cambió de opinión y decidió dar vueltas sin rumbo fijo, es decir, vagar. Andar a pie le permitía vagabundear a baja velocidad; Einstein gustaba de aumentar la velocidad de esa errancia a través de la bicicleta. Así solía hundirse en sus reflexiones. Probablemente buscaba un atisbo de luz a la idea que desde hacía tiempo le daba vueltas en la cabeza: la teoría de la relatividad de Galileo era falsa. Quizá pensó, mientras pedaleaba: “Sí, seguiré en movimiento hasta descubrir algo”.

Acaso habrá pensado: “Si Newton descubrió cómo se comporta la fuerza de gravedad sólo quedándose acostado fue porque tenía que ser de esa manera, no es necesario caer con el objeto… pero la relatividad es distinta. Todos los objetos se están moviendo sólo que hay que decir con respecto a qué. Es una teoría que se basa en el movimiento, no sólo de un objeto, sino con respecto al movimiento de otro objeto. Tengo que moverme para poder comprenderla o al menos sentirla… ¿Y sí no es necesario sentirla? Si no pudiera percibir que estoy en movimiento, ¿cómo sabría que lo estoy? ¿Y si no sólo se mueven con respecto al espacio sino también con respecto al tiempo?”

Einstein no sabía si su teoría era verdadera, pero tendría que hacer el trabajo del filósofo: encontrar la pregunta idónea para hallar una solución a sus divagaciones. Por el momento él sabía que las soluciones sólo podían vivir en experimentos que desarrollaba en su mente y que se reflejaban sobre el papel lleno de símbolos matemáticos que esa tarde dejó sobre la mesa. “Tal vez si la velocidad de la luz es una constante, el tiempo es una ilusión como todo lo que nos rodea”, junto con esa idea, esa noche, el oficinista regresó a su casa.


Autores
(Oaxaca, 1985) es un amante de la literatura que vive en Oaxaca, físico de profesión, egresado de la UNAM. Realiza labores de difusión de la ciencia y el arte. Forma parte del consejo editorial de la revista El Avispero y Coordina el proyecto Café de las Ciencias en esa misma ciudad.
Vías de tren. Eugenia Coppel.

El más joven de mis hermanos, aunque diez años mayor que yo, trató de enseñarme a pedalear una bicicleta. Yo había cumplido once y era verano. Para esa aventura, salíamos a media mañana a la colonia de junto. Además de deshabitada, había una avenida que la gente usaba para correr, aprender a conducir o andar en bici. La llamaban El Kilómetro porque esa era la suma de ida y vuelta. Ahí, mi hermano pedía que me subiera al asiento y, antes de que estuviera instalado, gritaba: pedalea, cabrón.

Recuerdo que mi miedo estaba dividido en una balanza. Por un lado era el temor al accidente, y por el otro, a la burla de mi hermano. Su carcajada se reflejaba en cada gota de mi sudor. Sus dientes chocando entre sí miles de veces mientras yo trataba de mantener el equilibrio. Un equilibrio que logré mantener dos o tres veces, cien o doscientos metros, después de que él soltaba el asiento que llevaba sujeto al correr detrás o al lado mío, simulando protegerme. De regreso a casa, una vecina que ahora es solterona me decía: hasta que te dignas a subirte a la bici. El miedo social me rodeaba.

Esas veces sentí lo que escribió Julio Torri sobre ir en bicicleta: “En ella va uno como suspendido en el aire”. Caí muchas veces. Traté de hacerlo solo. Hacer el equilibrio. La pieza del arte de andar en bicicleta que más me costó fue esa que hace que uno se mantenga sin caerse. En el aire. Sobre su propulsión. Dentro de su velocidad. Sin romper amarras con la tierra ni con los límites de la tercera dimensión. Parece que la fórmula de mi hermano funcionaba: su presión social aplicada a mi poca destreza hacían de mí un intrépido gozador de la velocidad.

Parecía, hasta que hubo un verdadero accidente. Mi hermano subió a la camioneta donde llevábamos la bicicleta y arrancó. Yo no había subido pero me quedé agarrado de la puerta: me arrastró unos treinta metros. No me soltaba porque en mi cabeza todo eran regaños. No era la primera vez que mi familia trataba de enseñarme a andar en bici. De mi infancia a mi adolescencia me regalaron cuatro bicicletas. Todas tenían rueditas de apoyo. Nunca aprendí del todo. Esa vez estuve cerca hasta que la grava me dejó las rodillas con los huesos expuestos. Pasé el resto de ese verano comiendo helado y leyendo.

En la prepa volví a intentarlo. No pude. El cuerpo era distinto y el miedo mayor. Si el bullying de mi hermano me arrastró, el de mis compañeros me llevó a la hoguera. Me decidí por los deportes de salón o de campo. Jugué futbol americano y luego hice pesas. Descubrí la bicicleta estática. Era una maravilla. Ponía música y entonces era mía esa sensación juliotorriana de ir como suspendido en el aire. Comprendí que, en efecto, el ciclista es un aprendiz de suicida. Para eso, mi suicidio ideal no sería en la velocidad, sino en lo estático: con una pistola o con la cabeza metida en la estufa. Jamás en una bicicleta cruzando cual venadito una vía rápida.

Tengo la idea de que vivo sobre una bicicleta mental. Camino como si pedaleara la ciudad. He recorrido muchos territorios a pie. Así como Thoreau disfrutaba caminar los bosques, yo lo hago en las ciudades y los desiertos. El paso del tiempo, el reconocimiento, la memoria, ser uno mismo con la mirada justa sobre las cosas. Caminar en ciertas ciudades también es ser un suicida. El exceso de tráfico deja fuera a los peatones: incluso a las aceras. Algunos vivimos sobre una bicicleta mental. Sobre un no pedaleo. Un deambular para ir al encuentro de quizá lo más bello: nuestro propio ritmo.


Autores
(Monterrey, 1982) es poeta. Recibió el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes 2009; ha publicado Perro semihundido, entre otros libros.
UDG y Expiatorio. Eugenia Coppel

Así se ve Guadalajara en bici

Galeanas, primaveras, jaracandas. Naranja, amarillo, morado.

Parece que fui daltónica durante los veinticinco años que viví en Guadalajara, y ahora que veo las fotografías de Eugenia Coppel siento que miro estos colores por primera vez. Susan Sontag decía que fotografiar es apropiarse de lo fotografiado, y eso es precisamente lo que esta joven fotógrafa tapatía hace: se apropia de la ciudad mientras la recorre; hace un mapeo de la zona geográfica y, al parecer, de mis recuerdos de infancia. Llega a lugares que son parte de mi turismo sentimental, más que el turismo que el gobierno de la ciudad se ha empeñado en hacer a lo largo de décadas. De esta forma, Eugenia me regresa algo de lo que, siento, he perdido. Seguramente esto le pasará a más e alguno al mirar estas fotografías.

Más que sólo registrar la ciudad de forma lineal, como uno se esperaría que lo hiciera si viaja en bicicleta, Eugenia recurre a su espejo retrovisor, lo que produce un efecto mucho más nostálgico, porque por medio de este dispositivo, la artista (y el espectador) ve las cosas que ha dejado atrás.

En esta serie, Eugenia Coppel recupera algo de la experiencia de reconocer la ciudad desde otro punto de vista que no es ni el del paseo a pie, ni el del automóvil; una perspectiva por la que cada vez más habitantes de la ciudad han optado: el del ciclista. Esto es aún más conmovedor porque parece que incluso Guadalajara quiere volver a Guadalajara y ser de nuevo el pueblo bicicletero que fue a principios de siglo XX.

Doy gracias a Eugenia, a su bici, a su cámara y su espejo retrovisor por recordarnos que siempre que miremos hacia atrás estará esta ciudad aun aquí.

—Xitlalitl Rodríguez Mendoza

EUGENIA COPPEL, LOS PRIVILEGIOS DE LA BICI

Primeros encuentros

De niña tuve dos bicicletas, una rosa y una morada. Ambas fueron juguetes divertidos, pero no creo que les diera un valor especial. Mi reencuentro con ella fue en Toulouse, Francia, donde cursé un año de universidad. Lo primero que hice fue comprarme una bicicleta usada en un mercadillo del barrio árabe. Entonces tuve una relación más cercana con la ciudad. Esa experiencia me animó a seguir pedaleando cuando volví a Guadalajara.

Respirar la ciudad

Ahora vivo en Madrid y tengo una bicicleta plegable que uso al menos dos o tres días a la semana. Curso una maestría en el diario El Mundo, que está en las afueras de la ciudad. Ir en bici me toma casi lo mismo, pero es más divertido que viajar en metro, donde la meto plegada y rodando como una carriola. De regreso me pongo el casco, lentes oscuros, guantes, enciendo una luz roja parpadeante en mi mochila, y me monto en la bici. Pedaleo de regreso, porque son ocho kilómetros desde mi casa y en la mañana hace frío. En algunos tramos me voy por la banqueta y en otros por la calle, según la velocidad de los coches. Los fines de semana la utilizo para divertirme. Pedaleo más lento para conocer y disfrutar y mejor la ciudad.

Mejor la bicicleta

 

La primera necesidad de un reportero es moverse, a veces lo más práctico es hacerlo en bici, más en una ciudad como Guadalajara, donde el tráfico es cada vez más desesperante y el transporte público deficiente. Cuando trabajé en El Informador, que está en el centro de la ciudad, la bicicleta era la mejor opción para desplazarme en distancias cortas y medias.

Cuando no pedaleo

Hay ciclistas radicales que no se mueven sino pedaleando. Cuando no ando en bicicleta me considero bastante flexible. Cada circunstancia requiere un transporte adecuado, y me gusta utilizarlos según lo necesito. Cuando voy al súper o salgo de noche, o cuando visito a mi mamá, que vive en las afueras de Guadalajara, siempre voy en auto. En el centro y las zonas aledañas, uso la bicicleta. Si voy más cerca me gusta caminar. Cuando tengo flojera de pedalear o de buscar estacionamiento, uso el transporte público. En Madrid utilizo el metro y a veces el bus.

Lo que uno ve

He viajado a otros lugares y es interesante observar las diferencias en el uso de la bici: en infraestructura y nivel de organización entre grupos ciclistas, en cuanto a la percepción general sobre la actividad. Hace unos días, cuando el director de mi maestría me vio viajar en bici, me advirtió que tuviera muchísimo cuidado porque “Madrid no es Copenhague”. Nunca he estado en Copenhague, pero sí en ciudades de Holanda. Estoy de acuerdo en que no hay comparación: Madrid tiene pocas ciclovías; no hay un sistema de préstamo de bicicletas (como Ecobici), que sí hay en Barcelona y Sevilla. Ciertamente no se ven demasiados entusiastas de la bici por las calles. Aun así, no está tan mal. Los ciclistas tienen su lugar en el segundo carril de la derecha (el primero es para autobuses y taxis) y los automovilistas son respetuosos. Claro, al tener a Guadalajara como punto de comparación, casi todo es ganancia. Creo que un factor que reduce los riesgos para los ciclistas en Europa es lo complicado y costoso que es obtener la licencia de conducir. A diferencia de México, donde es un trámite barato y no hay examen. Puede parecer banal, pero creo que marca una diferencia importante en cuanto al grado de responsabilidad al conducir un automóvil.

Según el momento

Ahora me considero más fotógrafa, porque me acabo de comprar un lente muy luminoso y lo que más se me antoja es hacer fotos. Pero hasta hace unos días, y durante los últimos dos años y medio, me he considerado más periodista, porque dedico la mayor parte del tiempo a mi trabajo (ahora a mis estudios). Me digo ciclista porque es mi medio de transporte preferido. A veces también soy automovilista, peatona, usuaria del transporte público.

Intereses sostenidos

Me interesan las artes en general, sobre todo el cine, la música, la literatura y la fotografía. Considero un lujo ser reportera de cultura, pues gran parte de mi trabajo consiste en ver exposiciones, ir al teatro, hablar con artistas o intelectuales, ir a conciertos, escuchar conferencias. Este contacto intensivo con la creación contemporánea es una fuente inagotable de ideas e inspiración. Desde hace ocho años practico yoga de manera constante, un ejercicio que considero necesario para estar saludable física y mentalmente.

Curiosidad y silencio

Para un periodista es fundamental la curiosidad, una de las pocas cosas que creo que no se me van a agotar. A veces hay que ser extrovertido, para hablar con gente que sabe mucho, por ejemplo, pero otras veces es mejor pasar inadvertido para no interferir en un ambiente. Hay que saber observar y escuchar. En una primera etapa, escribir una nota o un reportaje requiere estar en contacto con la gente, que es emocionante y divertido; pero el trabajo no se puede completar si no hay después un momento de reflexión o de silencio.

 

Palabras recogidas por Luis Manuel Amador

 


Autores
(Guadalajara, 1985) es ciclista urbana, fotógrafa y periodista por accidente. Sin saber muy bien para qué, cursó la carrera de Estudios Internacionales en la Universidad de Guadalajara. Después empezó a hacer fotos y publicó el libro Ciclovista Guadalajara (Editorial Universitaria, 2011). Consiguió trabajo como reportera de ‘noticias suaves’ (soft news) en el periódico El Informador y actualmente cursa el Máster en Periodismo del diario El Mundo, en Madrid. Es fan reciente de The National, amante de los gatos y aprendiz de yogui que quiere vivir mejor sobre la tierra.
(Guadalajara, 1982) es poeta. Su libro más reciente, Jaws [Tiburón], obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2015.

A partir de una serie de imágenes icónicas sobre bicicletas, Abraham Martínez “cuervoscuro” y Fabián Cobos crearon esta breve historieta para nuestro número de enero. (Sigan el enlace en la imagen para ver el cómic a tamaño completo)

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Autores
“cuervoscuro” (Tampico, Tamaulipas, 1975) es escritor cuyos guiones de cómic han sido realizados y publicados en México dentro de las antologías Smog, Quaentum, ¡#$%& Comics! y la revista Comikaze. Guionista de la novela gráfica digital Femme Fatales y miembro fundador del comic mexicano de ciencia ficción Horizonte Cero. Su obra en prosa ha sido publicada en los libros Escritos de noche y Romina y el rey urraca, participó también en las antologías de ciencia ficción Cuadrántidas y Mundos Remotos editadas por la UANL. En Estados Unidos es un colaborador regular de la revista Heavy Metal, ha publicado también en Planet Lovecraft Magazine, StrangeAeons y coescribió la miniserie Earthbuilders para DC Digital. En Inglaterra ha publicado en Strip Magazine. www.cuervoscuro.com
es ilustrador y artista de cómic, filósofo de formación académica pero artista autodidacta por convicción. Comenzó su formación artística como estudiante de Diseño en la ENAP y como aprendiz con el maestro de cómic Oscar González Guerrero. Ha colaborado con el colectivo 656 Cómics de Ciudad Juárez y trabajó hasta el año pasado con el estudio de cómic Graphikslava. Actualmente es freelance dibujando y coloreando cómics independientes. Ahora está realizando el color para una historia de la revista Heavy Metal en colaboración con el escritor R.G. Llarena, además colorea la segunda parte de la miniserie Black hand, de EricaJ. Heflin, también está por comenzar el dibujo de la segunda entrega del cómic de Billy thePyro, de Brad Burdick. Su trabajo navega por www.fabiancobos.com y anda en twitter: @fabcob y en Facebook como /fabcob donde postea sus cosas.

Quiere la ausencia, no sé por qué, ser contada. En la edición 2014 de la gira de documentales Ambulante −que arranca el 30 de enero al 13 de febrero en el Distrito Federal− pareciera, de manera muy sutil, que es la ausencia el hilo tejedor de esa rebanada de realidad que muestra Ambulante, uno de los festivales más elocuentes que suceden en México cada año.

Una de las cintas claves del festival es The Missing Picture, un documental que estará en la competencia por el Oscar, que rememora a partir de la niñez del director, aquellos años a mediados de los setenta en que Camboya fue aterrorizada por los Jemeres Rojos, el temible Khmer Rouge. Dice su director Rithy Panh que al crecer quiso recuperar su memoria, para asegurarse de que sus recuerdos no eran pesadillas.  Buscó por todos lados esa imagen del genocidio que se llevó a su familia y a otras dos millones de personas, pero la imagen no existe: los Jemeres la borraron con todo lo demás. ¿Cómo pueden dos millones de personas desaparecer sin dejar huella? Y de haberla encontrado, dice Rithy Panh, ¿no habría sido una imagen obscena e insignificante? “Así que la fabrico” dice su voz en off. “Esta película no es una imagen ni la búsqueda de una imagen única, lo que les doy es la imagen de una búsqueda, eso que sólo permite el cine”. Lo interesante del documental de Panh es que se apropia del pietaje propagandístico del Khmer Rouge para contar su historia. Lo yuxtapone con sombríos figurines de arcilla −salidos de un recuerdo infantil− y sólo así logra construir aquella ausencia. Pahn pinta las ropas de negro de sus padres en los campos de concentración y es como si sacara de su memoria una extraña fotografía de lo que nunca sucedió para los Jemeres.

Quiere la ausencia ser contada por todos lados y a todas horas, en Beckett y en Kafka, desde luego, pero también en esos retablos barrocos mexicanos que recargan todo para ahuyentarla. Aunque nunca he leído ese libro, sé que fue la ausencia la que empujó a Georges Perec a escribir La Disparition (1969), una novela que prescinde por completo de la letra “e” (excepto por el apellido del autor). Se trata de un experimento inspirado en la ausente muerte de su madre a manos del nazismo, que habría sido una tragedia de cuerpo entero si tan sólo Perec hubiera recibido un acta de defunción y no el documento que le dieron: L’Acte de Disparition. En algún lugar de los retruécanos argumentales de la trama detectivesca de La Disparition, uno debe empezar a llorar sin saber por qué.

Invito a todos a revisar la programación de Ambulante que este año viene melancólica e indispensable.

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Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Miguel Ángel Burciaga. Fotografía de Eugenia Montalván.

8 de enero de 2014. Esta Navidad no podría haber faltado la nieve en Durango, aunque fuera de mentiritas; por eso fue buena idea decorar los árboles de la Plaza de Armas, frente a la Catedral, con ese toque blanco de luz chorreada entre las ramas, para que alucináramos un invierno fantástico; el clima era realmente propicio para hacernos a la idea de una nevada, y seguimos con mucho frío, aunque ya sin foquitos. Pero ese ambiente de luces, noche buenas y mensajes de amor y paz en las calles matizó el gran concierto que ofreció la Orquesta Filarmónica de Durango el 21 de diciembre, fecha significativa para la ciudad porque se abrió el Teatro “Ricardo Castro” con El Cascanueces de Tchaikovski en una memorable noche para quienes tuvimos el placer de conocer a un talento joven de la ciudad en su debut como director. Se llama Miguel Ángel Burciaga Díaz, tiene 21 años de edad y es músico de tiempo completo desde niño… La expectación era tremenda. Miguel Ángel es conocido, y respetado y querido como pianista; sin embargo, a los 15 años dejó la ciudad para irse a Buenos Aires, y regresó de la mano de Beethoven con su famosa 7ª Sinfonía, esa sutil, gloriosa y célebre obra maestra conmovedora, con cientos de miles de vistas en YouTube.

El Siglo de Durango, patrocinador oficial del concierto, ofreció a sus lectores una publicidad muy acertada: ¡logramos teatro lleno! Vaya, creo que todos compartimos este sentimiento de éxito, pues aquí, como en cualquier otra ciudad del mundo, queda bien hacer nuestro cada gran evento cultural, sobre todo si se trata de consentir a una orquesta que no está todavía perfectamente consolidada a pesar de que se fundó hace cinco años, sus integrantes son músicos de primer nivel y su director, el trompetista Juan Manuel Arpero, hace un trabajo magnífico. El hecho es que la orquesta se arma esporádicamente, invitando a músicos del D.F. y otras partes para un concierto nada más, pues aún no existe el presupuesto que garantice estabilidad para ofrecer un programa dividido en las temporadas de rigor.

Entonces, abrigada, discreta y entusiasta, me colé a los ensayos, y confieso haberme emocionado con la fortaleza y valentía serena del joven músico que se colocó frente a la orquesta vistiendo pantalón de mezclilla, camisa de cuadros y una cola de caballo negra a tono con el ajuar discreto que lo llevó a plantarse en el escenario.

Lo seguí con la cámara durante el ensayo, nunca se distrajo, nunca sonrió, nunca hizo un movimiento en falso: estaba embebido con su debut, y no podría haber sido de otra forma.

La noche del concierto, Juan Manuel Arpero lo presentó con estas palabras: “De corazón, con toda humildad, le doy la bienvenida al maestro Miguel Ángel”.

El chico salió al escenario. Los músicos se pusieron de pie, la gente lo recibió con cariño, él levantó los brazos y Beethoven resucitó de entre los muertos, aunque quizá había hecho acto de presencia con más contundencia en los ensayos, sin duda. Pero fue una noche triunfal, desde luego; con frac, Miguel Ángel brilló con luz propia.

Obviamente le pedí que nos hablara de lo que significó para él este trance, y dijo: “A veces uno tiene el tabú de que la gente no lo va a comprender, pero a los 21 años Beethoven compuso su primera sinfonía y con ella le dio la vuelta a todo el clasicismo; a esta misma edad

Mozart era uno de lo músicos más grandes de Europa, sin embargo Revueltas empezó a componer a los 30 años; más que la juventud, cada uno de ellos encontró el momento de su vida para aportar, crecer y beneficiar a la sociedad”.

–¿Qué granito de arena aportas o aportarás tú?

–Poder difundir la música académica o clásica desde el piano o la dirección es importante, porque esta música no es solo para disfrutar ni tampoco representa pensamientos complicados; esta música demuestra la intención que siempre tuvo la sociedad por avanzar. A mí siempre me llama la atención ese afán de los compositores de revolucionar cada época; me pregunto por qué si ya hubo un Beethoven o un Bach el ser humano tiene la necesidad de cambiar y superarse… La música ha seguido creciendo y avanzando, y cada uno de los compositores dejó un legado sobre el espíritu y la necesidad de expandir el pensamiento y la visión de una sociedad a pesar de que en el momento no siempre fueron bien recibidos. El músico es un motivador de la sociedad y debe de aportar un conocimiento que realmente la induzca a crecer. La música es entretenimiento en cierto sentido, hay momentos para distenderse, para cantar, pero a la gente le hace falta apreciar esta clase de música porque en estas obras se muestra la necesidad de la sociedad de mirar hacia delante.

Miguel Ángel Burciaga Díaz ensaya la 7a Sinfonía de Beethoven2

–¿Cómo te sientes estando frente a la Orquesta Filarmónica de Durango?

–Bueno, esta es una experiencia muy especial porque es la primera vez que dirijo una orquesta profesional, digamos que es mi debut como director, si bien he trabajado con la orquesta en la universidad donde estudio, no es igual que ser el responsable absoluto de la interpretación de una obra, y estoy muy contento; me gusta mucho cómo trabaja la orquesta, y me han recibido de forma muy cálida, y creo que he podido trabajar muy cómodamente con ellos; además, todos son muy buenos músicos, son profesionales muy destacados cada uno en su instrumento, y para mí es un placer ser partícipe de su trabajo.

–¿Ya conocías a la orquesta?

–Sí, desde su inauguración, estuve presente en ese primer concierto, pero también hice dos conciertos con ellos como solista al piano.

–Háblanos de tu carrera, ¿cuánto te falta para terminar? ¿Cuál es el siguiente paso?

–Principalmente soy pianista. Empecé desde muy niño con el piano, me fui a Buenos Aires a los 15 años a especializarme en el instrumento con la maestra Alicia Belleviye, con quien sigo estudiando hasta la fecha, y a los 17 años ingresé a la licenciatura en dirección orquestal en la UCA, Pontificia Universidad Católica Argentina; ahora estoy en el cuarto año de la carrera, me falta uno para recibirme, y de alguna manera me he destacado; de hecho, la universidad me becó por ser promedio elevado, y es una beca que se defiende año con año y que yo tengo desde que arranqué, así que esto me ayudó para que el ingeniero Enrique Escajeda (director técnico de la Orquesta Filarmónica de Durango), quien me ha impulsado tanto en el piano como en la dirección, me abriera esta oportunidad, y el maestro Arpero, director titular de la Orquesta Filarmónica me cedió un espacio y aceptó compartir un programa. Para mí, tener la experiencia de trabajar profesionalmente antes de titularme es muy importante, y es una de las cosas que tiene la música, pues así como juega con el tiempo, que básicamente es su función, también en el ámbito profesional uno puede desarrollarse antes de tener un título, un papel que lo certifiqué, y a mí me queda un año más en Buenos Aires. Mi idea es regresar a México y ver la posibilidad de especializarme, todavía no sé si en piano o en dirección, pero quiero continuar mis estudios en Estados Unidos.

–¿Cómo ha sido tu relación con la música de los 15 años hasta ahora?

–La verdad, no recuerdo nada de mi vida sin música. Empecé a los 4 años con el piano como un compañero o como un juego… Pero cuando me fui a Buenos Aires me di cuenta de lo apasionante que era para mí la música. A los 12 años decidí dedicarme profesionalmente a esto, y a los 15 se me dio la oportunidad de hacerlo abiertamente, y la música es el motor de mi vida. Me ha enriquecido mucho como persona. A partir de la música he entendido a la sociedad, he entendido la función que cumple la música no solo en el plano sentimental o emocional en el público, sino en el desarrollo de una sociedad, y poder participar de eso es una experiencia hermosa. La música es una de las ramas del conocimiento humano que más resalta los sentimientos, pero no deja de tener esa conjunción entre el sentimiento y el pensamiento, que es lo más elevado a lo que puede llevarse el espíritu. La verdad, muchas veces me dicen que me la paso encerrado ocho o diez horas al día estudiando, pero yo no me doy cuenta porque vivo muy feliz haciendo música.

–Si tuvieras que poner en la balanza el piano y la dirección de orquesta, ¿hacia dónde se inclinaría más?

–La verdad, a los dos años jugaba a ser director de orquesta, y me subía a un banquito para imitar a los señores que veía con la batuta; mi madre escuchaba música clásica, aunque no es músico, pero yo sabía que para hacer una carrera había que ser instrumentista, primero, aunque yo era muy chico, y  ahí pasó algo engañoso, yo pensé que el piano iba a ser nada más un trámite para llegar a la dirección, y resultó que el piano se convirtió en el centro de mi vida musical; al piano le debo la formación, la experiencia, el conocimiento y muchas de las satisfacciones que he logrado en mi vida; interpretar el instrumento supera cualquier sensación que haya tenido. De hecho, hubo un momento en el que dije definitivamente me voy a dedicar al piano hasta que ingresé a la carrera de dirección y retomé ese viejo sueño que tuve en la infancia de ser director, y ahora que recién estoy empezando es difícil escoger entre ambas carreras, de algo sí estoy seguro: el piano no lo voy a soltar; la dirección es un campo más cerrado que requiere más tiempo y continuidad, y ahora quizá tenga un poco más de peso en mi vida la dirección porque es muy atrayente, e influyen muchos factores que no me permiten ver cuánto lo disfruto, pero realmente me gusta.

–Siendo adolescente pasaste por un cambio de vida drástico al llegar a Buenos Aires, cuéntanos.

–Sí, fue un cambio radical; había salido pocas veces de Durango (con ocasión de algún concurso), aunque la verdad casi no hacía nada fuera de Analco, mi barrio, pero durante toda mi carrera musical no salí nunca, y de repente llegar a una ciudad tan grande como Buenos Aires, donde el hecho de que hablen español no garantiza nada, y las costumbres son totalmente distintas, la gente me pareció como de otro planeta, por decirlo así, es el otro extremo del mundo, aparte de todo el movimiento cultural que hay, y me costó adaptarme. Tenía 15 años, era muy joven; mi madre se fue conmigo pero igual para ella fue cosa de irse adaptando. Mi maestra es una persona con un carácter fuerte, y la relación con ella fue muy difícil hasta que pude entrar en la dinámica porque si no hubiera estado estudiando, yo no se cómo hubiera podido sobrevivir, pero finalmente me adapté a las costumbres, ahora tengo a mis amigos, me gusta el tango, me adapté a la cultura, y de hecho ahora la aprecio, tanto que la voy a extrañar cuando la tenga que dejar; ya me encariñé con el lugar.

Miguel Ángel Burciaga aunque parece tímido, es un gran conversador, como es evidente. No esconde barajas bajo la mesa, se declara adicto a la buena comida mexicana y también se asume como una persona feliz: “una de las ventajas que tiene la música es que lo que se aprende no está en los libros, pero por las necesidades del mundo moderno es importante tener un título, y por eso entré a la carrera, donde de entrada le dicen a uno que para solventar el gasto y tener una beca debe esforzarse, y es lo que hice. Ahora puedo asegurar que soy una persona muy feliz. Me consta”.

–¿Buenos Aires es otro mundo?

–En Buenos Aires no hay maíz, no hay frijol y no hay chile… Allá no duermen. En la noche la ciudad está totalmente activa, y ¡nadie se ve desvelado! Por cualquier cosa saltan, se pelean en cualquier instante… y en cambio a mí me dicen que soy muy tranquilo, que nunca me enojo.

–¿Cuáles son tus compositores preferidos?

Miguel Ángel Burciaga. Fotografía de Eugenia Montalván.

Miguel Ángel Burciaga. Fotografía de Eugenia Montalván.

–El que más admiro por lo que hizo es Bach, y me gusta todo; soy totalmente parcial para evaluar su música porque a mí me fascina, pero lógicamente otro músico que me entusiasma mucho es Beethoven, de hecho en el piano es uno de los que más he interpretado, y elegí la 7ª Sinfonía para mi debut porque me identifico mucho con él; no sé si en el carácter tengamos algo en común, yo creo que no, pero sí coincido con la fuerza que todo el tiempo le invade, esa expresión, esa tirada hacia delante con la que movió a su sociedad y rompió paradigmas. Otra persona impresionante es Mozart, considerado por todos el gran genio de la música, y tienen razón, nadie pudo haber hecho lo que hizo él en tan poco tiempo y con esa perfección; yendo más adelante uno de los compositores que más admiro es Debussy, lo interpreto bastante en el piano, y me sorprende cómo revolucionó la música y le abrió paso en el siglo XX. Me fascinan casi todos los compositores rusos de finales del siglo XIX; los tachan de anticuados, pero su música expresa algo más lejos de una estética o una técnica. Obviamente el revolucionario Stravinski y, bueno, particularmente me fascina la música de Revueltas; de hecho, una entre las miles de rezones que tuve para escoger la carrera fue poder interpretar como director la música de Revueltas porque él no hizo nada para piano, y lo único que podría llegar a interpretar es la música sinfónica que compuso, extraordinaria y nada fácil. ¡Ojalá pudiera algún día hacerlo! Es muy reconocido en todo el mundo, no pocas personas han dicho que es el mejor músico que dio Latinoamérica.

–Dinos más de Silvestre, ándale…

–Es una persona totalmente singular. Estaba enamorado de México. No llevó al nacionalismo una copia de lo que hacían otros compositores; él disfrutaba ver una banda de pueblo, meterse a un baile en cualquier región o ciudad, y escuchar a los músicos que aprenden de oído, eso era lo que a él le apasionaba, y es la música que tenía impregnada; cuando hicieron estudios de sus obras se dijo que nunca copió ninguna melodía, todas las inventaba y salían como si fuera un mariachi o del director de una banda de pueblo; el humor de Revueltas es singular, encarna el humor mexicano, pues la risa es uno de nuestros más grandes valores. Revueltas lo demostró, por ejemplo, cuando murió García Lorca; muchos artistas le hicieron homenajes luctuosos a través de una obra dramática y desgarradora, pero Revueltas, en cambio, planteó un funeral al estilo mexicano, con los borrachos llegando riéndose, el mariachi desafinado, las notas infantiles burlonas y resultó una de las obras más geniales; admiro esa actitud: ir en contra de todo y decir “yo compongo música y espero que les guste”, sin tratar de congeniarse con los altos intelectuales. A una persona tan grandiosa como él no le preocupaba nada más; de hecho, renuncia a ser director del conservatorio porque no tenía tiempo para componer, y eso no lo haría nadie; es una personalidad, lo único que lamento es su muerte tan prematura, ¡debió haber vivido cien años!

–Por último, define felicidad.

–Se es feliz cuando uno entiende su entorno, con sus problemas y virtudes y sabe cuál es su posición para aportar un granito de arena; también se es feliz cuando se conoce la amistad, y también estando satisfecho con lo que uno tiene. Pero, además, mientras yo pueda hacer música, que es lo que realmente me preocupa, voy a estar bien.

Miguel Ángel tiene un teléfono prestado durante su estancia en Durango. Su número de Buenos Aires no me lo dio, sin embargo, su correo electrónico está disponible para todos:miguel.burciaga92@hotmail.com

 


Autores
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.

José María Pérez Gay (1944-2013) murió en mayo pasado y, según recuerda su hermano Rafael en este libro, en los medios que dieron la noticia fue más recordado por su activa participación en las campañas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador, en particular la de 2012, cuando lo propuso para la cartera de secretario de Relaciones Exteriores. Muy pocas notas hicieron referencia a su actividad intelectual: sus obras literarias, sus investigaciones, sus traducciones de obras fundamentales de la literatura alemana algunas por primera vez vertidas al español e incluso su vida diplomática.

El cerebro de mi hermano en realidad es la historia de dos hermanos enfermos, uno de frecuentes ataques cerebrales, el otro de un cáncer de vejiga, éste último sobrevive y el otro inicia su lenta y larga agonía. Con la condena de los días contados se hace prescindible el recuento de los días de la infancia, las lecturas compartidas, las anécdotas familiares, las creencias políticas durante la juventud. Al que sobrevive, pues, le toca escribir sobre su hermano, recién fallecido. Debe ser, por decir lo menos, una mala jugada del destino que el cerebro haya sido el órgano enfermo en una persona cuya actividad intelectual definía su vida. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi pensamiento”, cita Pérez Gay a Wittgenstein.

Aunque las diferencias políticas los distanciaron durante algún tiempo, no mermaron las afinidades literarias de los hermanos. Los respectivos padecimientos volvieron a acercarlos y, parafraseando a Susan Sontag, la enfermedad adquirió múltiples metáforas. Rafael Pérez Gay (Ciudad de México, 1957), sin pretenderlo, cuenta la historia íntima de su hermano mayor: los frecuentes pleitos con el autoritario padre (el sino de quienes somos los primogénitos), el que todavía muy joven partió a la entonces República Federal Alemana, las cartas cruzadas con la madre, los consejos y regaños al menor. “Esto es lo que yo creo que es la hermandad: ‘dos niños jugando a que son eternos’”, escribe en un momento el menor de los Pérez Gay. Y ya enfermo, el deambular por los hospitales en varias ciudades, los últimos cuidados y el duelo ante la pérdida.

El cerebro de mi hermano es una afortunada mezcla de memorias con el ensayo. Si existe la “microhistoria”, es decir, tomar un hecho pequeño para que represente toda una cosmovisión, tal vez haya algo parecido en el ensayo cuando se cuentan estas historias íntimas y cercanas que develan más de lo que se espera de ellas.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.