No acerté con el tema, quería sobre el amorquería sobre eso, quería sobre sus cejas, hablar sobre sus cejas delgadas, sobre ese lugar imprecisoel momento, en que mi rostro fue al encuentrodel suyo, no acerté con el tema, me decido por la orquesta ambulante del comedor asistencial, por la grasa del antojopor las palabrotas de la valla de seguridad, no acerté conel tema, quería sobre el amor, sobre displaced peopleel amor, no acerté con el tema, la pláticabajo una rama del amor, es la charla bajo una excrecenciala observo abajo y sobre mí, la observo convencidapor el destello, no acerté con el tema, el sitio de más iluminado
A ella le cayó mal desde que él la dejara plantada a última hora para un trabajo de grupo durante el primer año de la universidad. Estoy enfermo, dijo él por teléfono con el tono de voz neutro de quien no reclama simpatía, y ella ofreció hacerse cargo del trabajo. Esa noche, mientras ella regresaba a casa en el auto de su madre –el trabajo hecho y cuidadosamente copiado en un flash memory–, lo vio caminando por la calle de un mercado junto a una chica goth, las manos en los bolsillos y la mirada fija en algún punto en la distancia. La chica le pareció un vampiro con zancos que movía agitadamente las manos mientras hablaba; él, en cambio, se limitaba a asentir, la cabeza un poco inclinada, avanzando hacia la oscuridad de la calle.
La escena la tomó por sorpresa. Se quedó paralizada en medio del tráfico, demasiado aturdida como para decidirse a avanzar o llamar al chico por la ventanilla del auto. Más tarde, mientras cenaba con su madre, regresó una y otra vez a la misma imagen, a la expresión atenta de él y a la chica vestida de negro, semejante a una urraca o una viuda. Sintió náuseas.
Estás rara, le dijo su madre, escrutándola por encima del plato de raviolis. Algo has hecho.
Simplemente estoy cansada.
¿Es un hombre?, insistió la madre, y la chica negó con la cabeza y se puso colorada. La madre acostumbraba a revisar el kilometraje del auto cada día para asegurarse de que no se fuera a otra parte en las horas en que debía estar en la universidad.
La madre prosiguió:
El Enemigo viene disfrazado de ángel, pero su verdadero rostro es terrible. No te olvides nunca de que llevas su marca en la frente. Él conoce tu nombre y escucha tu llamado.
La madre hizo la señal de la cruz y la chica se atragantó con un raviol. Hipó.
Muéstrame las manos, ordenó la madre.
Mamá, protestó nerviosamente, pero la madre insistió. La chica colocó con reticencia las manos pecosas, de uñas mordisqueadas, sobre el mantel a cuadros. La madre las inspeccionó y, con un gesto rápido, se las llevó a la nariz.
Basta, gritó la chica, desasiéndose, y corrió a su habitación. Echó el cerrojo a la puerta y se tiró de bruces en la cama, donde sus muñecas –regalos de su madre que no se atrevía a arrojar a la basura– la observaban con sus implacables ojos de vidrio. Todavía la abrumaba el peso de la traición del chico. Cuando el profesor explicó días atrás que los trabajos se realizarían en grupo, ella se acercó de inmediato a él: lo había escogido. Era la primera vez en su vida que tomaba la iniciativa. Al pensar en lo que había arriesgado mintiéndole a su madre para poder reunirse con él, en lo comprensiva que se había mostrado ante su enfermedad ficticia, en el tiempo que le había tomado hacer la parte del trabajo que le correspondía a él, en el maquillaje estridente de la chica gótica, algo en ella se agitaba como ante la presencia de una víbora. El mundo, de pronto, era un lugar hostil. Quería graduarse con honores, de manera que pudiera postular a un doctorado en el extranjero y así alejarse para siempre de la estricta vigilancia de su madre, de su Ojo que lo abarcaba todo. La mentira del chico era una afrenta personal, un atentado contra el futuro que había diseñado para sí misma, contra su idea de la felicidad y del mundo, y de pronto se sintió impotente y estafada y a punto de llorar.
Corrió al baño, montó el pie sobre el inodoro y se levantó la falda. Tomó la navaja y, sin un solo suspiro, se hizo un corte transversal en el muslo, donde se desvanecían algunas cicatrices antiguas. Luego se dio tres, cuatro, cinco cachetadas veloces, hasta que el espejo del baño le devolvió la imagen de sus mejillas encendidas. Entonces se acomodó el cabello detrás de la oreja, se limpió la sangre del muslo con un pedazo de papel higiénico que tiró al inodoro y luego volvió a la cama, donde permaneció leyendo El maravilloso secreto de las almas del Purgatorio, de Maria Simma, hasta quedarse dormida.
Al día siguiente llegó a la universidad con el trabajo impreso. Había borrado el nombre del chico. Anticipaba su reacción cuando se enterara de las consecuencias de su mentira: el trabajo final era decisivo para aprobar la materia. Lo imaginaba confundido al verse descubierto, tartamudeando excusas para finalmente rendirse ante la evidencia de su engaño. Dejaría que le rogase un poco antes de volver a escribir su nombre en la carátula en un último gesto magnánimo, para enseñarle que ella sabía perdonar. Sólo entonces el orden de las cosas sería restablecido. Sin embargo el chico no llegó jamás a clases y ella entregó el trabajo sin su nombre, y no supo más de él ni intentó acercarse nunca más a nadie.
Por entonces la madre había comenzado a olisquear la ropa interior de la chica a sus espaldas, e insistía en dejarla en la puerta de la universidad y en pasar a buscarla todos los días, a pesar de que se trataba de una precaución inútil. Mi madre tiene razón, pensaba la chica. Llevo una marca que me separa del resto como el fuego. No había forma de borrar la marca, de disimularla. Así que se empeñó ciegamente en conseguir notas perfectas, hasta que una profesora la llamó un día a su oficina y le informó que no le daría la nota máxima aunque hubiera cumplido con todas las tareas.
Usted, señorita, lo que tiene que hacer es aprender a desobedecer, le dijo, mirándola con impaciencia. O mejor dicho, aprender a pensar por usted misma, que no es lo mismo que memorizar.
La chica –que amaba y temía a la profesora– se ruborizó violentamente, apretó la mochila contra el pecho y no dijo nada. A la profesora le exasperaba la docilidad casi inhumana de la chica; quería hacerle ver que la suya era una actitud antiintelectual contraria al espíritu de indagación de la universidad. Ahora que la tenía enfrente se daba cuenta de que sus argumentos se desbarrancaban ante el mutismo de la chica. La fragilidad de la chica –¿o era acaso esa fragilidad otro tipo de voluntad, una voluntad alienígena que se le escapaba?– le causaba repulsión.
Usted confunde inteligencia con memoria, repitió la profesora.
La chica no levantó los ojos. Un temblor imperceptible le cruzó los labios. La luz de la tarde hizo resplandecer las partículas suspendidas en el aire.
Eso era lo que tenía que decirle, dijo la profesora, ya del todo convencida de la inutilidad del encuentro.
La chica murmuró una disculpa y corrió a encerrarse en uno de los baños de la universidad. Las paredes estaban cubiertas de garabatos superpuestos: Puta la que lee esto viva el pichi Yeni ve visiones FEMEN viva el MAS mujeres libres, lindas y locas TE VOY A MATAR PUTA DESGRACIADA. El corazón le golpeaba enloquecido. Se inclinó sobre la tapa rota del inodoro y empujó dos dedos hasta el fondo de su garganta. La comida del almuerzo salió casi sin esfuerzo, convertida en una papilla amarillenta. Utilizó los dedos hasta escupir un líquido amargo que le incendió la garganta, pero el alivio tardaba en llegar. Desde el inodoro, emergiendo en medio de una burbuja de vómito, vio aparecer al Ojo. Carecía de párpado; sin embargo, la chica reconoció en el iris azul oscuro la mirada –¿burlona? ¿amenazante?– de su madre. El Ojo –¿era posible?– sonreía. Largó la cadena. Un chorro de agua se llevó al Ojo y a los restos de la masa amarillenta. Antes de salir del baño, la chica miró varias veces por encima del hombro para cerciorarse de que el Ojo no volviera a aparecer flotando desde las cañerías.
A partir de ese día agudizó todos los sentidos. Esperaba aquello que iba a suceder, porque algo estaba claramente a punto de suceder: debía ser importante para haber despertado al Ojo. El Ojo –así lo había entendido– era la señal. Por eso no sufrió ni se tajeó los muslos cuando la profesora le dio una nota mediocre por el trabajo final –con un solo comentario: “¡Piense!”– ni se inquietó al descubrir a su madre cada vez más absorta en el bordado del camisón que quería llevar puesto al momento de su muerte. Su madre, no tuvo dudas, también esperaba.
Faltaban pocos días para la Navidad cuando se encontró con el chico en una calle del centro. Ella caminaba mirando la nieve artificial de las vitrinas cuando chocaron de frente. Él la saludó como si nunca hubieran dejado de verse en todos esos meses. Durante ese tiempo, notó ella, la cara de él había perdido la redondez de la infancia. Era una cara hermosa, afilada y distante. La cara de alguien que aún no es del todo adulto pero que nunca ha sido un niño. Ella cruzó la mano instintivamente sobre su cartera. Él dijo que iba al cine, ella no se sorprendió cuando la invitó a acompañarlo. Pensó en su madre esperándola en la casa, observando a intervalos cada vez más breves el reloj de la cocina mientras bordaba el camisón a velocidad alucinada, pero ya sus pasos iban tras los del chico. Durante el camino se dijeron poco. Ella le preguntó tímidamente por qué había abandonado la universidad. Él contestó que la universidad lo aburría y que ahora tenía una banda de rock. A esto ella no tenía mucho qué agregar; por suerte el chico caminaba con los oídos cubiertos por los audífonos de su iPod. En la taquilla del cine cada uno pagó su propia entrada. Era la función de la tarde y una pareja de niños se entretenía arrojando pipocas al aire varias filas más adelante. Apenas se apagaron las luces y las letras ensangrentadas anunciaron el nombre de la película, los dedos de él se cerraron sobre su muslo. Tú eres aquel que viene y toma, pensó ella, y un espasmo le recorrió la espalda con la intensidad de un relámpago. En la pantalla un enorme monstruo verde se deslizaba en medio de una selva tenebrosa. Se estremeció. El Ojo acababa de brotar de entre el follaje de los árboles y ahora se dirigía flotando hacia ella; se detuvo a pocos centímetros de su butaca, brillando acusador en la oscuridad. Procuró espantarlo cerrando los ojos. Llevas la marca de tu origen en la frente, le susurró la voz de su madre al oído. Pero la lengua del chico le hacía cosquillas en la oreja. Pequeño cordero en la colina, rezó, corre lo más rápido que puedas, tu vida ni siquiera empieza, ni siquiera ha empezado. El chico le succionó los dedos de la mano, uno a uno, mientras sus propios dedos buscaban el camino hacia la boca de ella y en la pantalla una mujer aullaba, arrollada bajo una cosechadora mecánica que avanzaba enloquecida. Las tripas de la mujer salieron volando a un costado. La chica soltó un suspiro y mordió a ciegas las yemas de esos dedos que hurgaban en su boca. Yahvé Dios hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, chilló enfurecida la voz de la madre, y las butacas del cine se elevaron unos centímetros por encima del suelo. Los niños de la fila de adelante gritaron de placer. El chico se abrió la bragueta, y sosteniendo a la chica por el cuello, forzó su cabeza sobre su verga. La chica empezó a lamer, a chupar, a ahogarse con los pelos de él, que la sostenía por la nuca y los cabellos sin delicadeza alguna, y entonces ella fue tocada por el rayo de la gracia como un haz cegador de luz que la inundaba. Era como si hubiera perdido su vida para reencontrarla en la sala del cine, y entendió que había sido traída al mundo para ese momento, y que todo lo que había sucedido hasta entonces no era otra cosa que una preparación para ese encuentro, para el momento de una revelación que la superaba y ante la cual se rendía por completo, como ante la corriente de un río bajo el sol del mediodía. Era el chico quien la había elegido. El chico había esperado desde el principio de los tiempos el momento en que, a través de ella, echaría a andar los motores de la gran destrucción. El chico era el Enemigo del que siempre le había hablado su madre, pensó, maravillada, y su propia vocación –ahora lo sabía– había sido la de abrir las compuertas del vacío. ¡Qué destino el suyo, el de propiciar la llegada de la noche de los tiempos!
¿Estás bien?, murmuró el chico, algo molesto, subiéndose la cremallera del pantalón, pero a ella –la cabeza aún apoyada en su entrepierna– ya no la alcanzaban las palabras. El Ojo había desaparecido y la chica podía sentir en sus huesos el crepitar de las primeras bolas de fuego que se dirigían hacia la tierra.
Había empezado.
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“El Ojo” forma parte del segundo libro de cuentos de Liliana, Mordor.
Sería interesante ver nuevas obras de arte todos los días. Sobre todo aquellas que funcionan como gestos, comentarios de la vida cotidiana, críticas visuales sobre política, cuestiones sociales o desastres naturales. Porque a veces parece que las obras de arte se pierden en la historia; su tiempo no les permite alcanzar lo contemporáneo.
El artista Damián Ortega se propuso realizar una obra de arte diferente cada día por un lapso de un mes. El diario del Reino Unido The Independent le sirvió como referencia para construir ready mades que tuvieran un tiempo similar a las noticias. Los encabezados, imágenes y fragmentos que el artista encontró en el periódico funcionaron como ideas que el artista transformó en objetos.
Ulysses Way es una bicicleta que sostiene una casa, o al menos los restos de ella. Ortega se basó en una imagen que mostraba las inundaciones en Pakistán en el año 2010. En ella, las personas intentan encontrar un lugar fuera del caos mientras cargan sobre sus hombros los muebles y únicas posesiones que han podido recuperar. El título de la obra es claramente una referencia a la Odisea de Homero, aunque el periplo de los pakistaníes parece no tener un lugar de retorno. Pues la bicicleta apenas funciona como vehículo y más como andamio paralizado en el tiempo. En realidad la bicicleta se convierte efímeramente en una casa que divaga sin rumbo como lo hace Leopold Bloom en el Ulises de Joyce.
Contrario a las obras en donde Ortega fragmenta los objetos, Ulysses Way ensambla en un solo objeto una especie de monumento provisional, como las imágenes en las noticias que se agotan y se olvidan pronto. Y por ello la pregunta que queda abierta es si la obra de Ortega critica la amnesia colectiva o funciona como un memorial. Andreas Huyssen nos recuerda la frase de Musil: “No hay nada en el mundo tan invisible como los monumentos”. Y quizá por ello el acierto de Ortega es hacer la relación entre el carácter efímero de las noticias y la permanencia de la escultura como monumento.
El jueves 13 de julio de 1967, a un kilómetro de la cima del Monte Ventoux, cuando se corría la etapa Marsella-Carpentras del Tour de Francia, el ciclista británico Tom Simpson sufrió un paro cardiaco. Simpson había ganado la carrera París-Niza unos meses atrás y el campeonato mundial de ciclismo en ruta sólo dos años antes. Era, pues, uno de los favoritos de aquel Tour, y en vísperas del 14 de julio estaba entre los líderes del pelotón. Se ha calculado que, aquella tarde, la temperatura en el Monte Ventoux era de cuarenta y cinco grados. Una mezcla temeraria de coñac y anfetaminas causó la deshidratación que provocaría el colapso de Simpson, cuya muerte se declaró a las 17:40 horas. No muy lejos de ahí, pero en 1327, Francesco Petrarca vio por primera vez en Aviñón a Laura de Noves.
Una pequeña historia de bicicletas, corazones rotos, vidas truncadas y mundos por atravesar comienza en este punto. Juan José Arreola, gran aficionado al ciclismo, escribió tras la muerte de Simpson un brevísimo poema en prosa que habría de recoger en Palindroma, libro de 1971. Finitud e infinitud, tiempo y eternidad, realidad e ilusión confluyen en esas cuarenta y tres palabras de Arreola: “Se me rompió el corazón en la trepada al Monte Ventoux y pedaleo más allá de la meta ilusoria. Ahora pregunto desde lo eterno en el hombre: ¿Cómo puedo emplear con ventaja los tres segundos que logré descontar a mi más inmediato perseguidor?”
Poco antes de la muerte de Simpson, en 1964, se habían publicado las “Prosas dispersas” de Julio Torri como tercero y último de sus Tres libros (1964). Arreola, con toda probabilidad, había leído ahí “La bicicleta”, pequeño ensayo del coahuilense. Que lo hubiera leído Simpson no sería nada fácil de probar, aunque imaginar al ciclista británico leyendo ciertas líneas de un remoto prosista mexicano daría, como mínimo, resultados conmovedores. El ciclista, según Torri, es por definición un solitario. El camino que se va recorriendo en bicicleta es metáfora de otro camino: el que se va recorriendo hacia la muerte, ni más ni menos. Eso sí, la muerte a la que se llega pedaleando no es cualquier muerte, a decir de Torri: “El ciclista es un aprendiz de suicida”.
Pero el ciclismo es una cosa y andar en bicicleta es otra. En francés, para echar mano de un caso elocuente, la diferencia es categórica: entre la bicicleta recreativa (bicyclette) y el ciclismo deportivo (vélo) hay una gran distancia. Philippe Delerm trata el asunto con pinzas aristotélicas: “Nacemos bicyclette o nacemos vélo; es algo casi político”. El que nace bicyclette es hedonista, pensativo y un tanto melancólico. El que nace vélo es competitivo, práctico y veloz. El coñac y las anfetaminas, názcase como se nazca, corren por cuenta de Tom Simpson.
Mitad bicyclette, mitad vélo, según se baje o se suba, es el velocípedo que circula por un bello poema de María Baranda que forma parte de Moradas imposibles (1998). También es legítimo decir: mitad Santa Teresa de Jesús, mitad Sor Juana Inés de la Cruz. Aliteraciones, transposiciones y encabalgamientos aceleran la respiración y después la refrenan intempestivamente, como si la voz poética y el oído lector se precipitaran juntos por una cuesta empinada sin perder la gracia: “Hubiera yo veloz por él el mundo / recorrido en velocípedo. […] / De Oriente / a Occidente en velocípedo habría / yo ido hasta ese territorio de aves / y serpientes, por edificios y santuarios, / por puertas interiores y gradas ordinarias, / buscándolo geométrico, animal / que embellece las fachadas”.
De poco sirve preguntarse quién es, en el poema, “él”: ¿un dios, cualquier dios, o un hombre, cualquier hombre? Importa, en cambio, entenderlo como el objeto de un deseo, como el término de un viaje indispensable, como la meta de un camino y acaso de todos los caminos. Y comprender que hasta él se va, por supuesto, en bicicleta: “Hubiera yo por él / naturalista ido periférica / en ese siglo atestiguando / el Nuevo Mundo entre dos ruedas”.
Para Gabriel Zaid, que sabe leer en bicicleta, por sus espléndidos ochenta años
La historia de la bicicleta se remonta a 1696, cuando el matemático francés Jacques Ozanam planteó en sus Récréations Mathématiques et Physics la posibilidad de crear un vehículo capaz de moverse sin caballos, empleando sólo la fuerza de las piernas de su conductor. Un aparato en el que uno podría “ir libremente a donde quisiera” y, al mismo tiempo, hacer un buen ejercicio. Pero no concebía ese aparato con dos, sino con cuatro ruedas, y no imaginaba que su tripulante viajaba sentado, sino de pie, sobre un par de pedales más cercanos a lo que hoy parecería una escaladora mecánica que al estilizado vehículo al que estamos habituados. Por eso en un comienzo se habló de velocípedo (“pie rápido”), y sólo hasta 1860 comenzó a utilizarse el término que ahora nos es común, y que no es sino la sucinta descripción de su rasgo principal: dos ruedas que giran.
Hoy estamos acostumbrados a ella, pero la bicicleta es una máquina que parece surgida de un sueño. Los poetas se dan cuenta de su naturaleza fantástica y con todo tino señalan que algo tiene de insecto (Neruda, en su “Oda a la bicicleta”), algo de quebradiza osamenta (Anne-Marie Coppi, en “Imágenes de la bicicleta”), que es una singular aleación de alambre y viento (Fabio Morábito, en sus “Canciones Defeñas”).
Es un medio de transporte maravilloso, y un espléndido instrumento para hacer ejercicio, como lo anticipaba Ozanam. Pero también —en la medida en que el pedaleo es lo más parecido al paso, que favorece la meditación—, una magnífica manera de estimular la imaginación y la inteligencia.
La bicicleta, dice François Soulages, “es un medio para que el niño salga de la infancia y para que el adulto vuelva a ella.”
En nuestros días vemos con regocijo que el uso de la bicicleta es cada vez más popular en todo el mundo. Como en la encantadora sátira de Cortázar (“Progreso era el de antes”), en la que la historia del transporte se cuenta al revés (los aviones de hélice ofrecen más ventajas que los jets, las bicicletas más que los ferrocarriles y los automóviles, y la cima de las formas de locomoción es de nadar y andar a pie), la bicicleta demuestra su clara superioridad como medio de transporte urbano respecto de los automóviles. No sólo no contamina el aire ni satura y deteriora las calles; propicia que la población sea más sana física y mentalmente, que conviva de modo mucho más amable y que sea mucho más disfrutable el trasladarse.
Si antes, para demeritar a una comunidad pequeña solía decirse que era un “pueblo bicicletero”, en nuestros días, ante el caos y destrucción que han producido los automóviles en nuestras ciudades, esa expresión adquiere una resonancia utópica. Ya quisiéramos ver nuestras ciudades llenas de bicicletas —y tanto mejor si estas fuesen propiedad colectiva.
En este sentido, hay que subrayar que la bicicleta —o, para decirlo mejor: el ciclismo— entraña muchas cosas: no es sólo una opción de transporte individual, una actividad deportiva, una manera de disfrutar el tiempo de ocio, sino una posibilidad de reconstruir la vida urbana, de hacer vida en común con nuestros vecinos, de ser, contra la grosería del dinero y las imágenes que nos impone, más modestos e igualitarios. No es exagerado decir, entonces, que el ciclismo es un humanismo.
En la página inicial de Leer poesía, el gran lector que es Gabriel Zaid se pregunta cómo puede o debe o cabe leerse ese género. Él mismo brinda la respuesta: “no hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente”. Y añade:
“La historia, la sociología, el marxismo, el psicoanálisis, el estructuralismo, la crítica textual, el estudio de variantes, de fuentes, de influencias, la estadística, la lingüística, la semiótica, la hermenéutica, la glosa, la traducción, la parodia, la desconstrucción, la teología, todo puede servir para ver con otros ojos y enriquecer la lectura.”
Con el ánimo de poner en práctica esa multiplicidad posible de lecturas pedimos a cuatro jóvenes poetas que leyeran la primera página de otro gran clásico de Zaid, Cómo leer en bicicleta (del que deriva el título de este número), y redactaran a partir de ella una nueva página, de la misma manera en que Zaid toma como punto de partida unas líneas del artículo “Bicicleta”, de la Enciclopedia Espasa, para contarnos la reacción que tuvo al leer tal artículo en la solemne sala de una biblioteca.
Valga citar in toto la página de Zaid para quien aún no la conozca:
Para montar en bicicleta es preciso no tener miedo, sujetar el manillar con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.
Enciclopedia Espasa, artículo BICICLETA
Siguen detalladas instrucciones para el pie izquierdo y el derecho. Para “evitar irritaciones (prostatitis)”. Para “los neurasténicos”. Así como advertencias si “los riñones no funcionan bien” y reflexiones sobre “las aplicaciones que este rápido medio de locomoción pudiera tener en la guerra” tales como “la creación de cuerpos de infantería montada en bicicletas…” Lo que no viene es cómo seguir tan largas instrucciones: si han de aprenderse de memoria, o ser leídas en voz alta por un amigo que lleve el pesadísimo volumen al galope, él a pie y uno en bicicleta, o si ha de ponerse un atril sobre la misma para ir leyendo… No hemos podido contener la risa. Se oye un largo chiiit, y todos en la sala nos miran. Sí, fue una profanación. La bicicleta se hizo real, nos hizo reales: entró, bárbaramente, como a caballo en una iglesia. Pero si leer no sirve para ser más reales, ¿para qué demonios sirve?
He aquí las páginas que nuestros convocados escribieron. Son, como cabía esperar, totalmente diversas y, por fortuna, imaginativas, juguetonas —arriesgadas cabriolas para saludar a quien ha demostrado absoluta maestría en el arte de leer mientras vuela en bicicleta.
Velocípedo. Kely Rojas González.
¿Cómo leer en bicicleta? (Meditación)
Diego Salas
Si lo que no le gusta es que lo manden, lea. Al cuerpo lo vigilan los obispos, la policía y la programación televisiva. Al habla, los padres, los maestros y los compañeros delatores. Lo que se gana, lo cuida Hacienda; lo que se pierde, el banco. Y por si fuera poco, el narcotráfico se encarga de todo al mismo tiempo. ¿Y al pensamiento, quién lo cuida? ¿Dónde está su ministerio, su actuario o su verdugo? Para eso no hay prisión que lo contenga todavía.
Pensar con las palabras de los otros es abrir una puerta con el pico de un amigo, y darse a la fuga en una noche despejada.
Casco. Kely Rojas González
¿Cómo leer en bicicleta? (Anuncio)
Óscar David López
No sirven las precauciones cuando se trata de montar, señora. Aunque la gente de la clase alta suele utilizar una silla, todo método es poco apropiado.
Yo recomiendo TROTIFY. Sé que piensa que la publicidad es un montaje. Pero déjeme explicar. Hemos revolucionado el mercado.
Hoy más gente decide transformar su bicicleta en caballo. Con TROTIFY su paseo se vuelve una cinta medieval o campirana proyectándose detrás de su trote. Cabalgue pero sobre ruedas.
¿Mencioné que la naturaleza no viene con instructivo? No viva, señora. La vida es un peligro. Mejor haga que su bicicleta relinche con TROTIFY.
Asiento. Kely Rojas González
¿Cómo leer en bicicleta? (Letanía)
Ximena Atristain
Para despertar es preciso no tener miedo, sujetar la taza de café con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para ser libre es preciso no tener miedo, sujetar el mundo con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para decir un poema es preciso no tener miedo, sujetar la voz con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para escuchar una historia es preciso no tener miedo, sujetar la cabeza con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para soltar un golpe certero es preciso no tener miedo, sujetar a la víctima con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para nadar en el mar es preciso no tener miedo, sujetarse de las olas con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para decir te amo o la verdad es preciso no tener miedo, sujetarse a uno mismo con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para leer un libro es preciso no tener miedo, sujetar el objeto con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para hablar con los niños es preciso no tener miedo, sujetar la sonrisa con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para enfrentar el espejo es preciso no tener miedo, sujetar las lágrimas con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para mentir es preciso no tener miedo, sujetar la verdad con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para leer el futuro es preciso no tener miedo, sujetar la vida con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para viajar en el tiempo es preciso no tener miedo, sujetar el presente con flexibilidad y mirar al frente y no al suelo.Para leer en bicicleta es preciso no tener miedo, sujetar la memoria con flexibilidad y mirar al frente y al suelo.
Manubrio con campana. Kely Rojas González
¿Cómo leer en bicicleta? (Desmontaje)
Efraín Velasco
a
a
advertencias
al
alta
amigo
aplicaciones
aprenderse
así
atril
bárbaramente
bicicleta
bicicleta
bicicletas
bien
caballo
chiiit
como
como
como
cómo
contener
creación
cuerpos
de
de
de
de
de
de
demonios
derecho
detalladas
el
el
el
él
en
en
en
en
en
en
entró
es
este
evitar
fue
funcionan
galope
guerra
ha
han
hemos
hizo
hizo
iglesia
infantería
instrucciones
instrucciones
ir
irritaciones
izquierdo
la
la
la
la
la
la
largas
largo
las
leer
leídas
leyendo
lleve
lo
locomoción
los
los
más
medio
memoria
miran
misma
montada
neurasténicos
no
no
no
no
nos
nos
o
o
oye
para
para
para
para
para
para
pero
pesadísimo
pie
pie
podido
ponerse
por
profanación
prostatitis
pudiera
que
que
que
qué
rápido
real
reales
reales
reflexiones
riñones
risa
sala
se
se
seguir
ser
ser
si
si
si
si
sí
siguen
sirve
sirve
sobre
sobre
tales
tan
tener
todos
un
un
un
una
una
uno
viene
volumen
voz
y
y
y
y
crónica roja pasada por té de jazmíno farándula de un autor que carecede amigos, vida o lana para la terapia –que en todo caso, de nada sirve
o tráfico de citas avant la lettreque incitan al público a tocarse el mentón con cara de católicos en misa de latín: polaroid certera de un país anoréxico –no olvidar
que la onda de remos de la Niña la Pinta o la Sancta Maríasigue arrasando nuestras costas: de verdad quisieracomenzar esto diciendo en el principio está mi fin,pero en el paisaje de acá, no hay espaciopara llorar sobre los hilos de la hoja
porque en las costas de Isla Negra yacen cuerpos esperando sus nombres junto a jeringasrestos de afiches presidenciales o metales pesados –no poemas–.
La película sigue filmándose en el fondola superficie hace rato es pura marcha militar.
Por eso te digo que los libros de poesíaque según contratapas se precian de capturarla nervadura, el espíritu revolucionario de una época: son pescados, cheques al portador, letras de Adorno
–sus redactoresmás torpes que Cucurto escribiendo poesía(escena que podría figurar en un museo)versando sobre la nueva experienciade esta forma de nostalgia: un modeloque a todas luces se consumecomo ouroboros en basuco, crack, paco o pasta base
regresando a las preguntas diluidas, quién es el ladrónquien roba versos o funda una escuela, para qué la poesía si las piedras no nos hablansi los cuerpos, si los cuerpos.
Se cumplen 100 años de Rueda de bicicleta sobre un taburete, el primer ready-made, que fue montado por primera vez en Neully. Se harían nuevas versiones en 1916 y 1951: la horquilla y la rueda delantera de una bicicleta, sin llanta, que se encuentran sobre un taburete. Para Marcel Duchamp era algo hermoso, amable e inspirador. Este modesto símbolo de la era de la máquina, de gran economía y diseño, es el motivo de este paseo.
(Sigue el enlace en la imagen para leer el ensayo en PDF)