Filmación de los hechos. Selección de los hechos. Difusión de los hechos. Agitación por los hechos. Propaganda mediante los hechos. Puñetazos de hechos.
Dziga Vertov, Una fábrica de hechos
En esta entrada, aseguré que el plano-secuencia era el sueño húmedo del Kino-Glanz de Dziga Vertov. Me equivoqué.
Denís Abrámovich Káufman fue un director de cine soviético. El más rojo de todos ellos. Nació en 1896, en Białystok, hoy Polonia. Dziga Verov fue su seudónimo, que se traduce como “trompo en movimiento”. Durante su trabajo como cinematógrafo en el régimen bolchevique, se convirtió en uno de los grandes innovadores del cine documental.
Como la mayoría de los cineastas soviéticos de la década de los veinte y los treinta del siglo pasado, desarrolló su teoría del montaje: el cine-ojo (kino-glaz).
Para Vertov, lo importante de una película es que muestre la verdad. Los enemigos para descubrirla eran los actores, los decorados y el guión. Estos elementos, según el cineasta soviético, forman partes de otras disciplinas y son exteriores (y estorbosas) al fenómeno cinematográfico.
El cine-ojo buscaba encontrar la verdad a través del montaje. La posibilidad del cine de descubrir algo real se fijaba en la contraposición de escenas que no estuvieran filtradas por elementos de planeación. En muchas ocasiones, Vertov y sus colaboradores, los kinoks, filmaban sin permiso y, sobre todo, sin una idea estable del producto final. Su objetivo era hacer de la cámara un “supraojo”, un órgano sensitivo que superara las limitaciones anatómicas humanas.
La verdad tenía, para Vertov, que presentarse en la forma del comunismo: lo importante del cine era demostrar una unidad que, a causa de la complejidad del sistema, era poco accesible para las masas. El objetivo era acercar a los individuos, demostrar que era posible la colectividad y que, incluso, ya estaba en marcha.
Por ejemplo, en su kino-pravda (cine-verdad), un noticiero “cinematográfico”, los kinoks mostraban, a través de un rollo reproducido en reversa, que aquel que reparte el pan estaba íntimamente conectado con el segador de trigo. Así, en este kino-pravda, empezamos con pan en un camión, para ir retrocediendo, paso por paso, en la creación de éste. Panaderos, cargadores, caballos, carretas, todo se muestra como parte de un sólo proceso, en el que cada momento es necesario. En otro kino-pravda, se utiliza la misma herramienta para mostrar la producción de la carne; en éste, la regresión es hasta la granja de los toros.
La experimentación (reproducir la película al revés, ángulos de cámara “incómodos”, empalme de fotogramas) era, según el cine-ojo, un elemento fundamental para romper con la mimética del cine y evidenciar sus procedimientos (véase, El hombre de la cámara). Lo importante no era “volver a presentar” lo que estaba allá afuera, sino seccionarlo y, en su ordenación (montaje), descubrir lo que subyacía. Entre más extrañamiento con el mundo “visto” más efectivo sería el concepto que se buscaba inducir en el cine-ojo.
La relación entre las escenas no era, entonces, tramático. Las secuencias, más que unirse a través de una historia, se revelaban en su unidad conceptual. Cada filme de Vertov es un concepto visual, una tesis —si es posible decirlo así— que se autodemostraba.
La trama, parafraseando a Vertov, escondía lo esencial, distraía, se convertía en un elemento más de engaño: “La sabia organización del material documental cinematográfico —dice El trompo en un artículo— permitirá crear unos filmes de propaganda que ejercerán una fuerte presión, sin muecas de actores que aburren y deja escéptico, sin ficción sentimental-policiaca de tales o cuales autores inspirados”. Para los kinoks, el cine-ojo, el documental que organiza la vida, abría los ojos a la vida misma, en vez de ocultarla bajo el velo de personajes, decorados y objetivos.
El cine-ojo no se agota en lo soviético, es decir, no es sólo una postura política que dicta cómo concebir una película y cómo realizarla. Toca lo esencial (aunque a Vertov no le hubiera gustado) de la ficción.
Una ficción se compone de personajes, situaciones y arcos de acción definidos para llevar a estos personajes de un punto A a un punto B. En el transcurso, los personajes evolucionan y, cuando llegan a B, se dan cuenta de qué tan diferentes son. Aristóteles le llamaba al recorrido “peripecia” (cambio de fortuna) y, al reconocimiento del cambio, “anagnórisis”. Lo que sucede en la ficción, según el filósofo, es que ese camino y ese reconocimiento sirven al espectador para que realice una “catarsis” (purificación de sus emociones).
¿Qué puede ser la “purificación de los sentimientos” sino el enfrentamiento con la verdad de nosotros mismos o del mundo, que nos era invisible en nuestra vida cotidiana? Porque la ficción, a través de situaciones controladas y de personajes definidos (i. e., dos artificialidades, porque las situaciones de la vida nunca están bien controladas y nosotros somos personajes complejos, borrosos y demasiado volátiles), logra ordenar la vida, en un nivel que la mera copia: la representa, la vuelve a presentar para que nuestro ojo pueda ver lo que la maraña de la vida oculta.
La ficción es el kino-glaz. La trama hace lo mismo que quería Vertov. Toma fragmentos de lo real (verosimilitud), los reordena y, a partir de ellos, nos hace ver, como diría cierto hombre-león, “más allá de lo evidente”.
Me atrevo a decir que el kino-glaz es el esquema ficcional pero vacío, sin personajes, sin trama, pero que realiza el mismo camino (peripecia, anagnórisis, catarsis) que cualquier ficción.
En las películas de Vertov, la peripecia es el montaje; la anagnórisis, la unidad visual; la catarsis, el reconocimiento del concepto.
La diferencia entre el cine-ojo y la ficción son sus procedimientos y “materiales base”, pero, al final del día, realizan lo que cualquiera arte: volcarnos sobre nosotros mismos y nuestra vida para ver qué rayos hay allí.
Hay bastante de Vertov en YouTube para ver. Agasajo.
Los jóvenes de entre veinte y treinta años en México crecieron durante la sequía de cine nacional más grave que hemos enfrentado hasta la fecha. Entre 1998 y 1999 se produjeron apenas ocho películas mexicanas: el momento bajo de nuestra historia cinematográfica. El declive de la producción nacional tuvo consecuencias en el público joven y genero prejuicios en torno al cine mexicano. Crecimos sin identidad cinematográfica. Aprendimos a valorar a partir de una escala distinta: “está bien para ser mexicana”.
En los últimos años esta tendencia comenzó a cambiar y no se debe tanto a las políticas relacionadas a la producción, sino a la creciente calidad y oferta de los mismos. Confieso que me mostré escéptica ante la idea de que el panorama del cine mexicano estuviera mejorando de manera definitiva (incluso en el 2013, excepcional en términos de taquilla comercial y de premios en festivales internacionales). El cine mexicano suele ser específico en sus intenciones y existen dos vertientes marcadas que pocas veces encuentran un punto medio: el comercial, pensado para llenar salas, y el “cine de arte” que, dirigido a las academias y festivales, hasta hace poco no llegaba al público general. Cabe aclarar que hay muy buenas películas recientes en ambos extremos y que no abogo por un “cine integral” que abarque todos los ángulos y genere dinero y premios por igual. Sin embargo, sería refrescante ir al cine a ver una película mexicana sin pensar “voy a ver una película mexicana”, sólo verla porque queremos, y no como si le estuviéramos haciendo un favor.
Tres largometrajes estrenados el año pasado demuestran que es posible atraer al público a las salas comerciales con propuestas de género diferente, producción e historias que no han sido calcadas de las estructuras hollywoodenses: Heli de Amat Escalante, Club Sándwich de Fernando Eimbcke y Los insólitospeces gato de Claudia Saint-Luce marcan una línea en lo que se denomina “el nuevo cine mexicano” (que cabría renombrar “el nuevo nuevo cine mexicano post 94”).
Evite ver Heli, tercera cinta de Amat Escalante, más de lo que me gusta admitir. En general prefiero perderme las películas que causan más revuelo por su violencia que por otras cualidades. El hecho de que un mexicano ganara por segunda vez consecutiva el premio a mejor director en el Festival de Cannes no cambió demasiado mi postura. Opté por postergar el momento inevitable en el que terminaría viendo la controversial cinta que en muchas reseñas ha sido reducida a una escena de tortura genital y al retrato crudo de una de las muchas realidades del México actual.
Cuando finalmente llegó el momento me sorprendió lo poco que sabía sobre la película a pesar de haber escuchado y leído casi medio año de críticas. Me sorprendió la fotografía; el extraño y contradictorio efecto de tranquilidad y desconexión generado por los planos abiertos y lo impecable de las imágenes, incluso en los más terribles momentos de violencia explícita. Todos estos elementos, en conjunto con la historia simple y contundente de un ajuste de cuentas relacionado al narcotráfico, resultan, en contraste, perturbadores. Las emociones contenidas y la frialdad proyectada por los personajes, así como las actuaciones más autoconscientes que naturales (en muchos momentos la puesta en cámara se siente un tanto invasiva, parecida al tratamiento de un documental), construyen un ambiente de normalidad y cotidianidad que no es producto del “retrato fiel de la realidad”, sino de una estructura y una serie de recursos narrativos muy bien pensados. Al final del día, Heli es una cinta de ficción y, como tal, es una construcción artificial con fines dramáticos.
En más de una crítica leí que el mayor acierto de Heli (y al mismo tiempo desacierto, según sensibilidades) es la fidelidad y crudeza del retrato del México sitiado por el narco, pero el verdadero logro de Escalante fue crear una atmosfera tan compleja que hizo a muchos espectadores confundir la ficción con la realidad, y hasta enojarse por el impacto negativo de la película en el turismo. En muchos medios, tanto nacionales como internacionales, la cinta fue tachada de amarillista por presentar violencia innecesaria. Esta reacción es desproporcionada, pues implica que el público condona sólo cierto tipo de violencia en los medios audiovisuales; la que está cubierta de un velo de irrealidad con efectos especiales o comedia, la sangre casi una sátira de cintas que coquetean al mismo tiempo con la farsa y con la denuncia explicita de manera temerosa, como El infierno, de Estrada. Al parecer no nos molesta ver decapitaciones o ríos de sangre, siempre que toquen un nervio social.
Club Sándwich (2013), tercer largometraje de Fernando Eimbcke, se trata, en contraste, de un melodrama sencillo con tintes de comedia que narra un triángulo amoroso poco convencional entre un par de adolescentes en su despertar sexual y la madre de uno de ellos. Esta película, como las dos anteriores de este director, está repleta de silencios, pausas y momentos de comedia sutíl.
La primera vez que vi la opera prima de Eimbcke, Temporada de patos (2004) pensé en por que nadie había hecho algo similar.El vacío de películas mexicanas dirigidas al público joven habíacomenzado a llenarse con Y tu mamá también y Amores perros,pero quizás el filme con mayor impacto en la creación de identidadde esta generación es, precisamente, la que inaugura lafilmografía de Eimbcke.
Con su tercera película, Eimbcke termina de consolidar un estilo propio para contar historias intimas sobre rutinas interrumpidas momentánea pero profundamente. La atmósfera de Club Sándwich es tangible y contagiosa: calor húmedo que se adhiere al cuerpo como una capa invisible; aire tan espeso que genera conciencia constante de la corporalidad de los personajes. Esta cinta retrata un fragmento crítico en la relación cercana entre una madre, Paloma, y su hijo, Héctor, de manera casi muda a través de gestos y acciones mínimas. Es una historia de crecimiento que no se concentra tanto en el cambio de los adolescentes como en el impacto que este tiene sobre la madre, una mujer que intuye su desplazamiento del centro de la vida de su hijo e intenta aferrarse a su lugar por última vez.
Al igual que Heli, Club Sándwich es una película de emociones contenidas, esta vez en un escenario de barreras difuminadas y sexualidad a flor de piel. El erotismo inocente de los personajes resulta tierno y cómico sin llegar a ser cursi o forzado, lo cual es muy refrescante para películas sobre estos temas.
Los insólitos peces gato (2013) presenta a la “típica” familia mexicana, la que lleva hasta al pez de vacaciones, que ha cambiado en miembros y en estructura, pero no en esencia. Esta película, debut de Claudia Saint-Luce, es un retrato de una madre y sus hijos, azotados por una enfermedad terminal. A pesar de abordar un tema difícil, la vida de una mujer con vih y la presencia de la muerte en el núcleo familiar como un huésped inoportuno en los mejores momentos, esta película no se pierde en la sobredramatización de situaciones cliché. El dolor del imperceptible pero constante decaimiento de una persona con este virus se vuelve cada vez más presente a lo largo de la película, esto no sucede con la tristeza y desolación que adjudicamos a este tipo de personajes. Los insólitos peces gato es una aproximación divertida y profunda a una realidad trágica, la inevitabilidad de la muerte y la tristeza velada de una familia que francamente no sabe qué hacer sin su mamá.
Martha, madre de tres mujeres y un niño, todos de tres padres distintos, es el centro y columna vertebral de la vida de todos. Está al tanto de los amores, obligaciones, intereses y problemas de sus hijas y la autocompasión paralizante no la invade en ningún momento. Esta película está narrada de manera muy efectiva a través de un personaje externo, Claudia, una mujer hermética de la que se sabe muy poco. Claudia entra a la vida de esta familia por casualidad y fortuna, pues trae un equilibrio necesario al caos natural de la convivencia de cinco personas muy distintas. Este personaje escucha a cada miembro de la familia como un espectador sin capacidad de juicio y se convierte en un pilar para todos en los momentos más críticos del proceso de la enfermedad. Es a través de estos encuentros que descubrimos la complejidad de los personajes. Por su lado, Claudia sólo quiere formar parte, aunque sea brevemente, de este extraño muégano familiar.
De las tres películas aquí mencionadas, Los insólitos peces gato es mi favorita. Creo que me hacía falta verlas para convencermede que las generaciones jóvenes de cinéfilos encontraran laidentidad cinematográfica que los nacidos entre la década delos ochenta y noventa no tuvimos.
Estas tres cintas sobresalen no por ser (ni a pesar de ser) mexicanas, sino por ser buenas. Son muestra de un cine capaz de competir, en términos de calidad, producción e historias, con la oferta internacional que inunda las salas comerciales. Sin duda, la lucha que se ha llevado a cabo los últimos años por aumentar el porcentaje de películas mexicanas en pantalla es muy importante para evitar el “semanazo” que tanto daño le ha causado a nuestra industria, pero las buenas películas son buenas aquí y en China (y sobre todo en Francia, donde al parecer nos aman) y poco a poco el cine mexicano por sí mismo será capaz de reconquistar sus salas.
Históricamente, los sellos han dotado de personalidad y mística a la música, se convierten en registro de una época y una generación en particular y, en muchos casos, han sido sinónimo de calidad de géneros o corrientes. Quien esté enterado, sabe que la mejor salsa la tiene Fania Records y que el catálogo de Blue Note alberga el mejor jazz.
En México, los sellos musicales especializados suelen durar poco tiempo, sobre todo cuando son independientes y su catálogo se encuentra más relacionado con las propuestas sonoras arriesgadas o abstractas que con las ventas de cualquier artista pop de alguna de las grandes disqueras. Así, el rock es el género al que mejor le ha ido, pese a que en todo momento existe algo similar a la falta de apoyos y ventas, el principal motor para que los conflictos y la inminente quiebra se manifiesten, ya sea en forma de deudas, disputas o de rupturas abruptas. Levantar y mantener un sello no es tarea sencilla, requiere invariablemente de una dedicación de tiempo y recursos notable, incluso para inversionistas sólidos como Jorge Vergara (Suave Records).
En los noventa, Culebra Records, subsello de la BMG, y Discos Manicomio, perteneciente a Polygram-Universal, eran sinónimo de la escena rockera del momento, con bandas como Cuca, Santa Sabina, Tijuana No, Zurdok, Resorte o La Gusana Ciega. Hoy existen sellos que ya no son tan pequeños y han llevado una notable estrategia de marketing y calidad sonora, como Intolerancia o Terrícolas Imbéciles, quienes ya tienen un lugar importante dentro del rock y otros géneros fusionados que se hacen actualmente en nuestro país.
La trascendencia o aporte de un sello a un género, o a una época en específico, suele tomar años. Al igual que el comparativo entre Sony y la 4ad, las ventas aún no nos pueden indicar si Discos Pentagrama es menos importante que Discos Orfeón, o si Discos y Cintas Denver merece más o menos merito que Noiselab. Lo que sí podemos hacer es tomarle el pulso a los nuevos sonidos y propuestas que se desarrollan actualmente en nuestro país, a partir de sus sellos discográficos, pandillas sonoras o movimientos de edición musical, que parecen dar prioridad, más que a una idea “rentable”, a la música con personalidad y calidad.
N.A.A.F.I. Más que un sello discográfico independiente, N.A.A.F.I. es visto como un grupo de fiesteros electrónicos de avanzada que están en el ojo del huracán, amos de los beats bailables con más sustancia y personalidad del país, y uno de los nombres con las mejores propuestas del momento.
Entre sus filas destacan algunos artistas del norte del país con gran sustancia, como Siete Catorce de Tijuana, Mock The Zuma de Chihuaha o Mexican Jihad, alias Nenuco del Norte e integrante de Los Macuanos, también de Tijuana. Algunos han tendido a comparar lo que hace N.A.A.F.I. con lo que desarrollara en su momento Nortec Collective, pero sin duda N.A.A.F.I. es más casero, desfachatado y, hasta cierto grado, un tanto sórdido.
Abolipop Records. Con doce años recién cumplidos de andar en el camino de la experimentación, la electrónica y el combate ante las inclemencias del mercado, este sello de Zapopan ha dado muestra de artistas que exploran fuera de las directrices habituales de las modas o las tendencias electrónicas del momento. Un sello inconforme con los sonidos pasteurizados imperantes que nos propone indietrónica, punk sintetizado, pop melódico, noise o exploraciones sonoras abstractas a través de distintos formatos, sin que el factor monetario sea un impedimento para hacernos llegar sus fascinantes sonidos. Abolipop es un discreto pero firme referente de la electrónica en México, y un ejemplo de trabajo y constancia, prueba de ello son los álbumes de artistas como Nebula 3, Lumen Lab, Yair López, Israel Martínez o Fernando Vigueras, entre otros.
Cero Records. Digamos que México no es precisamente un bastión de la música de cámara contemporánea, la electroacústica o las nuevas composiciones. Sin embargo, sí tiene un número nutrido de propuestas fascinantes. Andrés de Robina comanda uno de los sellos con mayor calidad del país, dentro de la corriente experimental y de vanguardia. Con once años grabando, editando y distribuyendo sus discos, y pese a las escasas ventas, Cero Records aporta no sólo sonidos y expresiones genuinas dentro del mapa musical contemporáneo, sino que también lleva a cabo una labor de investigación, registro y propuesta profesional dentro de la tradición musical mexicana.
Estados Unidos de América Latina. Punks, novatos y antiprofesionales. Vale Vergas Discos, una disquera referida a sí misma como reaccionaria y radical, repunto en el mapa del rock en nuestro país no sólo por llevar la filosofía del “hazlo tú mismo” a todos lados, sino por tener el tino de lanzar a algunas de las figuras que hoy controlan la escena, como Juan Cirerol, de Mexicali, o artistas de gran calidad en su sonido como Seekers Who Are Lovers, de Monterrey. Lo que en un principio fuera el sueño de unos estudiantes de cine, una pequeña disquera independiente con propuestas originales y extravagantes, ha mutado para hacer sólo casetes (sí, música sólo en cintas) y cambiarse el nombre a Estados Unidos de América Latina. Una vez más, el dinero parece no ser prioridad y si el divertirse y llevar a cabo lo que más les apasiona.
Mula Terca Records. En su página de internet lo dejan claro: “nos importa la música, no nos importa todo lo demás”. No obstante, y pese a ser un sello discográfico relativamente joven, Mula Terca Records va encaminado a ser un referente del punk rock y el metal en México, con bandas que sin haber grabado aún con ellos, ya forman parte de su catálogo. Grupos ya bien ubicados en la escena subterránea mexicana como Gula, Here Comes The Kraken o Después del Odio, o emergentes como Apocalipsis, Cardiel o Los Viejos se encuentran pujando fuerte dentro de la escena local, creando públicos y fortaleciendo la escena.
¿Se puede hablar del mapa sonoro de un país a partir de unos cuántos sellos discográficos? No necesariamente: pese a que es posible tener un número aproximado de la cantidad (miles, más no cientos de miles de ellos), lo cierto es que dicho mapa se está moviendo todo el tiempo. Al igual que con un grupo de trayectoria, las disqueras nacen, se fusionan, se hacen de un nicho, se vuelven artesanales o extienden demasiado la versatilidad de su propuesta hasta diluirse. Y, por supuesto, perecen.
El Distrito Federal sigue estando al frente en cuanto a número de sellos independientes se refiere, el norte del país también trae propuestas interesantes; es costumbre el buen gusto y tino de Monterrey en el tema, y últimamente Tijuana ha estado activa de nueva cuenta, con eventos como el All My Friends, festival cuyo cartel suele estar lleno de grupos independientes, de sellos de medianos a pequeñisimos, con poca experiencia y un rotundo fracaso de ventas, pero que demuestran su capacidad para crear y promoverse como nadie, un ejemplo incluso para las majors. Guadalajara suele tener una participación más discreta, aunque también muy interesante. Recientemente, dentro de este boom de nuevas bandas de metal en México, Morelia y San Luis Potosí han aparecido en el mapa de propuestas interesantes.
Los sellos más notables conforman una microrred bien organizada, conectada del norte al sur de la República, con diálogo permanente tanto con Latinoamérica como con ciertas ciudades de Estados Unidos y algunas de Europa. Redes sociales, “hazlo tú mismo”, hacer lo que a uno le apasiona: la música, el registro sonoro, la organización de tocadas, imprimir flyers y editar discos que nadie más grabaría.
Sí, son contados los casos de “éxito” comercial y de repercusión sonora en nuestro territorio; casi todos mutan a algo extraño, o se masifican perdiendo cierto carácter más del tipo “unos amigos a los que les apasionaba la música…”, y se deciden por una veta en la que la lógica gira en torno a vender para subsistir, una lógica de “la industria”.
Se menciona mucho en el medio que la era tecnológica puso a trabajar a los músicos: plataformas como Bandcamp, iTunes, Spotify o Soundcloud han permitido al artista una relación más cercana con su público y un esquema financiero más directo y conveniente para ambas partes, aunque pese al crecimiento que éstas han tenido, México sigue siendo un país en el que la gran mayoría de personas aún tiene acceso a la música sólo a través de la radio. Algunas disqueras se fusionan o mueren ante la falta de ventas o difusión, pero siempre hay alguien que en este momento dice “reunamos a nuestras bandas favoritas que nadie voltea a ver y hagamos ruido”, y esto quizá sea la clave de tener una escena siempre latente, aunque lo ideal sería que fuera, mínimo, sana y autosustentable.
De cara al futuro, un diagnóstico completo y certero de los sellos independientes mexicanos es sólo una aproximación, una apreciación. Quizás los mejores sellos sean aquellos que decanten su talento y sensibilidad a través de los sonidos, sin otra ambición mayor que esa: grabar un disco de música especial, diferente y única. Los sellos independientes cumplen un papel fundamental, que es el de registro, un idilio con la memoria y la tradición colectiva, que queda para la posteridad. Ese un aporte invaluable.
El mundo de los títeres es tan amplio como desconocido para muchos amantes y hacedores del teatro. Con su arte los titiriteros dan vida y voz a todo objeto inanimado, convirtiendo al mundo en una fábrica de personajes, por ello y debido a su diversidad no es raro que haya surgido la necesidad de reunirlos en un sólo lugar.
En esta ocasión, entrevistamos a un miembro de Titirinet As, uno de los espacios que en un tiempo muy breve se ha posicionado entre los más importantes medios de difusión de dicho sector.
Itzel Lara: ¿Cómo surge la idea de crear una “página” que reúna a todo el gremio titiritero?
Titirinet As: Hace poco más de un año asistí a un espectáculo de títeres y me re encantaron, fue así que me entró la curiosidad de conocer más a fondo este arte, saber más de sus orígenes, saber cómo y bajo qué condiciones se realiza el teatro de títeres en México; conocer de esto me llevó a hacerme otras preguntas, en verdad me parece algo muy interesante… Hice la página y poco tiempo después se integró una creadora que entre las disciplinas que ejerce también está la de los títeres, ella estaba incapacitada por motivos de salud y dedicaba mucho tiempo a Titirinet As.
Afortunadamente ya se restableció del todo y regresó a sus menesteres, lo cual implicó despedirse de la página, aun así estamos muy contentos con el trabajo que realizó.
Después invité a un joven que sí es titiritero y aquí estamos. Debo confesar que el mérito de Titirinet As se debe a él, pues ha manejado con mucha inteligencia la idea. Estamos muy satisfechos porque creemos que hemos podido darle un sentido positivo al Facebook, darle una utilidad por lo menos informativa de quiénes son los que hacen el teatro de títeres, no sólo en México si no en muchas partes del mundo.
IL: ¿Por qué hacer anónimo a Titirinet As ?
T.A.: Creímos que así evitaríamos “suspicacias” y digamos que se ha cumplido en un alto porcentaje, aunque siempre habrá quien desconfíe del que está del otro lado.
Claro, se evita que haya confrontaciones directas entre personas y ha funcionado; en Titirinetas cuidamos siempre que todo se haga con respeto, nuestro fin no es confrontar, nuestra meta es difundir, existe mucha cordialidad con los titiriteros, ellos han aceptado nuestro anonimato porque se dan cuenta que nuestra propuesta es positiva, sin sesgos.
IL: ¿Existen requisitos que se deben cumplir para integrarse a Titirinet As?
TA: No, en lo absoluto, es una página abierta a toda persona interesada en el arte de los títeres, sea titiritero o no.
IL: ¿Cuál ha sido el impacto en la difusión del teatro de títeres que ha provocado la aparición de Titirinet As?
T.A.: Pues sí es impresionante la propuesta, esta red se ha ganado un lugar dentro del medio del arte del títere. Cuando los compañeros comparten algo, algún evento, algún estreno de obra, algún curso o taller ya nos consideran para el apoyo en la difusión y eso es muy bueno para nosotros porque quiere decir que la propuesta por la que creamos este perfil funciona; y no sólo en México, también en otros países de habla hispana y de otros idioma nos tienen de amigos, hasta en Rumania, por ejemplo, India, China, esto es algo muy valioso. Ser un medio de apoyo en difusión al servicio de los titiriteros.
Hemos buscado las estrategias para tener presentes a todos nuestros amigos en nuestro muro, por eso, por ejemplo, implementamos felicitar a los cumpleañeros día a día, ¿si no para qué sirve tener 2 000 amigos si nada más platicas con 20?
Buscamos mantener contacto con todos, es una tarea ardua, como cuando se hizo el censo de titiriteras en México, teníamos que preguntarles a todos. Fue un éxito, tan así que la compañera Elvia Mante lo utilizó para poder avanzar en un censo del mismo tipo en la dirección de UNIMA (Centro Mexicano de la Unión Internacional de la Marioneta A.C.), México, ya que anteriormente no había podido echarlo a andar, así que utilizó el nuestro para retomarlo.
Eso es padre, porque es algo que nosotros hacemos con gusto, sin ningún interés estratégico, desde el anonimato, ¿así que beneficio podemos sacar? Sólo el de ser seguido por los compañeros.
IL: ¿Qué planes tienen para el futuro? ¿Cómo se visualizan de aquí a cinco años?
T.A: Ninguno en específico, estaremos viendo la manera de estar siempre vigentes, buscando hacer cosas novedosas hasta donde se pueda, si algún día los amigos ya no se interesan por lo que hacemos nos vamos como venimos, así simplemente desaparecemos en el anonimato…
La anécdota es conocida: alguien le pidió a Borges que diera su recomendación sobre algún escritor joven. Su respuesta: “¿Joven? Hay uno que se llama Virgilio, y que promete mucho”. La broma esconde otra lectura: una recomendación de Borges consagraría en un instante al recomendado. ¿Que define entonces la valía literaria del aludido?, ¿el espaldarazo o el peso de su propia obra?
Es difícil y casi siempre controvertido llegar a conclusiones, consensos o valoraciones justas cuando nos enfrentamos al juicio de eso que hemos dado en llamar “literatura joven”. El primer bache a sortear está en el nombre mismo: si tal categoría entra en nuestro interés como lectores, escritores o críticos ¿es por ser literatura, por derecho propio, o su valor está anclado a una suerte de condescendencia generacional, más proclive a entregar más promesas que obras maduras?
Ahí reside el debate sobre la literatura “joven”: sus premios y valoraciones, sus justas medidas y los mecanismos por medio de los cuales los principiantes se integran al canon. Discusión trillada. En México esta polémica se reiteró desde finales de la década de 1990, momento en que el aparato de premios estatales y becas publicas creció de forma exponencial. Se modificó de golpe un entorno en el cual el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino representaba el único faro de oportunidad para quienes aspiraban a un esquema de publicación seria, a la distribución efectiva de su obra y a un primer reconocimiento que asegurara el arranque de una trayectoria sólida.
El Nandino funcionó como modelo para una serie de premios nacionales destinados a autores menores de treinta y cinco años. Es un hecho que el amparo del sistema permitió que más jóvenes ejercieran la escritura de manera profesional, incluso cuando los resultados en las obras fueran desiguales y acrecentaran la discusión sobre el valor real de los galardones o de sus beneficiarios. ¿Un premio nacional consagra el valor de una obra o su vocación está únicamente en hacerla pública, poniéndola en los estantes?, ¿se trata de un mero ascenso en escalafón?
Acaso la cuestión de fondo es otra: hay ingenuidad en pensar que el incremento en el número de autores publicados y en los recursos destinados a tal efecto aseguren un aumento de lectores. En otras palabras, un aparato de premios públicos no puede sustituir a una economía del libro sostenida en sus lectores. También es cierto que una generación interesada en escribir más es síntoma de una generación interesada en leer propuestas más cercanas a la sensibilidad de su tiempo y su entorno.
Recién llegaron a librerías tres títulos de autores jóvenes que en 2013 recibieron galardones nacionales y ya forman parte del catálogo del Fondo Editorial Tierra Adentro: Dodo, de Karen Villeda, Musiquito del talón, de Alfonso López Corral, y La líneade las metamorfosis, de Mario Sánchez Carbajal, obtuvieron los premios de Poesía Joven Elías Nandino, el de Cuento Joven Comala y el de Cuento Breve Julio Torri, respectivamente. Leerlos a la par arroja luz en el debate sobre el mecenazgo público: se tratan de propuestas en formación y suficientemente sólidas, cada una tiene sus virtudes, fallas, aciertos y particularidades que ameritan una lectura cuidadosa.
En este entorno repleto de propuestas, pero aún carente de una base suficiente de lectores, la actividad de este sello y de los premios estatales son catalizadores de la literatura emergente. Es importante decir que un aparato de premios públicos no puede sustituir a un mercado del libro basado en los lectores, pero el costo de no impulsar estos programas sería más alto, sobre todo frente al avasallamiento de las grandes editoriales corporativas.
Con Dodo, Karen Villeda (Tlaxcala, 1985) obtuvo el primer Elias Nandino entregado a una poeta en trece años (Gabriela Aguirre fue la última en 2003). En este poema narrativo acudimos a un relato de trasfondo histórico situado a medio camino entre lo lúdico, lo épico y lo erótico: siete marineros, en algún punto entre el siglo xvi y xvii, naufragan en las costas de la Isla Mauricio, en el océano septentrional del sur de África; una región y una época marcadas por la exploración marítima de nuevas rutas comerciales, inmortalizadas en los relatos de Defoe, Stevenson, Conrad o Patrick O’Brian. Su hallazgo está en el uso de la enumeración como un recurso visual y rítmico de plena plasticidad: “Siete barriles desvencijados. Siete barriles como pretexto para catorce brazos. Cuarenta y nueve sacos, sacos de harina de trigo sarraceno para el ánimo púgil. Moscas, un ciento. Siete camisolas que palidecen con siete barriles. Sal por puños. Catorce brazos rivales, siete mares, una escotilla”. Es un recurso del cual la poeta abusa en varios momentos, aunque aporta una musicalidad liquida y juguetona.
Dodo fluye a través de pinceladas fugaces, oraciones ajustadas y ráfagas de calor que a veces son violentas, “Rezamos con más fe ahora que nunca. Hincamos el diente. Le metemos el puño en la boca”, y a veces sensuales, “El Almirante pinta sus labios de sangre. Suena seis marineros sodomizando a una embarazada”, pero siempre brutales. Su fijación por el detalle se despliega en sensaciones y referencias que hacen pensar en una pintura flamenca vista con el filtro de un Robinson Crusoe. Se trata de una “métrica sin números”, basada en la repetición y la acumulación de consonantes agresivas.
El dodo del título aporta dimensión simbólica a un espacio tradicionalmente mítico: la isla desierta, meca de una virilidad salvaje y sudorosa que en Dodo aparece acrisolada en símbolos: el mástil, la madera, la piedra, la sal, el sudor, la sangre. Sin embargo, también es el punto débil del poema: su simbología verbal tiende a volverse criptica e innecesariamente densa en algunos pasajes, expulsando al lector de la atmosfera tan bien lograda hasta ese momento.
En otro cosmos más cercano se despliegan los relatos de Musiquito del talón, del sinaloense Alfonso López Corral (Sonora, 1979). Se trata de una apuesta a contracorriente de la cuentística posmoderna: nueve relatos de factura clásica que denotan un aprendizaje de las texturas de Cormac McCarthy o Raymond Carver, a través de un lenguaje pulido y ajustado que denota una lectura cuidadosa de la obra de Daniel Sada y Eduardo Antonio Parra.
Los cuentos reunidos en Musiquito del talón aspiran a capturar el ethos de un lugar a travésde las vidas minúsculas de personajes casi anónimosque viven atrapados por dramas interiores.Se trata de Navojoa, ciudad natal de LópezCorral, hoy lastimada por la violencia del narcotráficoy por los efectos más perversos de laindustrialización. El narrador acierta al dotarlade personalidad literaria, pero también evidenciael riesgo de repetirse a sí mismo en el futuro.
La virtud más destacable del libro es su evasión de los lugares más comunes de la literatura fronteriza. Aquí, un juglar del corrido recoge y canta historias ligadas al crimen mientras un decorador de interiores se ve obligado a remodelar una desvencijada casona histórica, sospechando que el encargo proviene de uno de los carteles de la región; cerca, una madre y la nuera a la que nunca quiso se ven forzadas a compartir un café para hablar del hijo y esposo que desapareció sin dejar rastro.
Habitantes de una ciudad invadida por la nostalgia y carcomida por su propia memoria, los pobladores de Navojoa parecen atrapados en un limbo bronco donde carreteras, casonas, gasolineras, iglesias y cantinas se erigen como guardianes de historias casi olvidadas. Tiene gracia que el volumen haya recibido el premio Comala ya que su mundo busca hermandad con el de Juan Rulfo: un espacio fantasmal de tierra caliente donde las sombras cuentan su historia y llegan ecos de otro tiempo devastado por sus propias pasiones. Entre los títulos aquí abordados, es este el que exhibe mayor solidez, al ejecutarse con estilo y en conciencia de sus propias limitaciones.
Por último, las piezas breves reunidas en La línea de las metamorfosis hicieron a Mario SánchezCarbajal (Distrito Federal, 1983) merecedordel Premio Nacional de Cuento Breve JulioTorri en 2013. Se trata de un volumen irregularque combina destellos de gran vuelo técnicocon momentos prescindibles; son miniaturasque caminan en la frontera entre el realismourbano y géneros como el terror, la distopía, el thriller o el humor surrealista.
Los textos muestran vocación de fracturar la realidad para después escurrirse entre sus grietas: un hombre ve en el noticiero el reporte de su propio deceso en un accidente; otro lee en un periódico amarillista el relato de un accidente fatal, antes de morir víctima de la misma circunstancia; una familia se resigna a convivir con una sombra sin cuerpo, que perteneció al difunto padre; un vagabundo recorre las calles de una colonia bajo la leyenda de haber matado y comido a sus propias hijas.
Cabe aquí un apunte a la vocación del Premio Julio Torri y a la ambigüedad intrínseca en un género como la minificción. Confundir la brevedad con el boceto o la ocurrencia es confundir gimnasia con magnesia. Por ello, en los últimos años del galardón, el rango de calidad de las obras premiadas ha oscilado entre el formalismo pop (pienso en Motel Bates, de Yussel Dardon, ganador en 2012) y trabajos perdurables que portan la mejor herencia del propio Torri (aquí pienso en Todo esto sucede bajo el agua, de Rodolfo J.M., de 2008). La línea de las metamorfosis se devanea entre un extremo y otro, víctima de su propia falta de unidad, y solo resiste una lectura fragmentaria.
Mientras el Dodo de Villeda denota el estudio atento de la tradición y el entorno histórico a los que homenajea, y Musiquito del talón se alimenta de escuelas narrativas identificables, los cuentos de La línea de las metamorfosis nacen de una variedad de registros más amplia, que van de la nota roja a la ciencia ficción, la mitología del terror —el canibalismo, el doble— o los registros audiovisuales. Son paisajes marcadamente atmosféricos: tristeza, ironía, inquietud, patetismo, reminiscencias lóbregas. Los tres libros coinciden en la búsqueda de efectos precisos en el lector. Curiosamente, su mayor diferencia está en los recursos con los que cada uno construye y articula esos efectos.
Estos títulos son propuestas que no aspiran a la consolidación sino al afianzamiento de estilos y de obras que se proyectan hacia el futuro en rutas bien definidas, con una vocación auténtica de búsqueda y una conciencia clara de sus propias limitaciones. En adelante, sus autores deberán apostar por un esquema de distribución editorial que lleve las propuestas a sus receptores potenciales, a los lectores y que, usando un término de Gabriel Zaid, “el libro sea capaz de iniciar una conversación”, al tiempo que eleve el nivel de esa conversación que es toda literatura. Si eso pasa, la edad del autor importará poco.
Nota del editor: Una errata en el texto original indicaba que María Rivera había sido la última ganadora del Elías Nandino, en el 2000. Hemos corregido este importante detalle en el presente texto.
El Programa Cultural Tierra Adentro informa que los resultados de los premios literarios serán dados a conocer como se indica:
Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2014, miércoles 4 de junio.
Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2014 y Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, jueves 5 de junio.
Esto se suma a nuestro anterior anuncio sobre que el resultado del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014 será dado a conocer el mes de junio del año en curso.
Consulta los principales diarios de circulación nacional y esta página para conocer los resultados.
Existen trabajos físicamente sencillos pero intelectualmente complicados. Lo mismo existen trabajos que requieren de mucho esfuerzo físico pero que necesitan tan sólo la concentración necesaria como para no tener un accidente. Pero hay otro tipo de trabajos que están más allá de lo físico o de lo intelectual: ese es el trabajo de velador. Al velador se le ha bautizado con muchos nombres, o hay otros oficios que implican o engullen al del velador: el conserje, el portero, el guardia o el “poli”. Es preferible la palabra velador a cualquier otro mote, antes que nada, por la singularidad que entraña “velar” por los demás, en cuanto a la vigilancia y en cuanto a que es un oficio que se practica de noche, cuando velar es preciso. Es un oficio nocturno, esencialmente cubierto por el manto de la noche.
Esos personajes, los veladores, los vemos con toda cotidianeidad; pese a la extrañeza del oficio están por todas partes y, de hecho, son parte esencial del funcionamiento de una ciudad. Al parecer no es desgastante estar sentado velando por la seguridad de bodegas, pensiones de autos, estacionamientos, condominios o edificios de gobierno o empresas, pero háganse a la idea de pasar al menos 12 horas sentados, viendo entrar y salir a la gente, ver el mundo pasar desde un cuarto reducido cuando la ciudad se entrega a sus bajas pasiones, desde que el sol se va hasta que vuelve a salir. Es cansado velar. Por el contrario, no creo que la dificultad de su trabajo radique en el aburrimiento; antes bien, el cansancio y la dificultad viene de renunciar no sólo al descanso nocturno, sino renunciar también al placer que se consuma de noche, a aquello que está estipulado hacer cuando el sol ya no devela nuestra euforia.
Como bien dije, no es un trabajo aburrido. Si lo pensamos bien, velar implica el privilegio de la mirada. El velador está en condiciones de construir un inventario peculiar de caracteres, cuanto más si trabaja en un edificio residencial: allí está la familia ejemplar, abatida por la rutina: siempre llegan a la misma hora, sacan el coche cuando van al súper, los sábados por la mañana; allí está el estudiante: sus fiestas peculiares de viernes por la noche, la luz prendida hasta bien entrada la madrugada, la dicha de la pobreza involuntaria; allí está la abuela que no visitan sus hijos; allí está el adulterio inminente o patente, consumándose con el consentimiento de la distracción y el tiempo libre; allí está el soltero empedernido, que todos los fines de semana sale galante para probar de nuevo su suerte; allí está la vecina o el vecino prepotente: siempre atentos para proferir un reclamo, el velador intuye que lo humillan porque ellos, a su vez, son humillados. El velador conoce la vida íntima de quienes viven allí y si su interés es interpretarla no tiene por qué aburrirse.
Para ser franco, mi afinidad por los veladores no fue espontánea. Hace años que leí Auto de fe de Elías Canetti. Los personajes de esta novela, todos, se encuentran afectados por un tipo de locura, una locura sutil que yo calificaría de locura ordinaria. El protagonista, don Peter Kien, es un sinólogo erudito, con una colección bibliográfica más que respetable —de 25 mil volúmenes—. Conoce a Teresa, una doméstica interesada, tacaña y paranoica quien termina por despojarlo de su propio departamento, no sin ayuda de Benedikt Pfaff, el portero: el velador. Aunque todos los personajes sean fascinantes, ninguno me causó más impresión que Benedikt, ni siquiera Sigfried Fischer, un ajedrecista enajenado que vive en un burdel. Benedikt Pfaff, amante del orden, con aspiraciones militares y de espíritu pro-fascista, ha elaborado una teoría para cada uno de los habitantes de su edificio. Sabe a que hora llegan, cuáles son sus inclinaciones, de qué manera viven sus vidas. Además de un puesto de vigilancia estándar, Benedikt construyó otro más discreto y eficaz: un pequeño orificio desde el cual puede ver tan sólo las piernas de las personas que entran y salen. Con sólo ver los pantalones y la forma de caminar sabe de quién se trata, a qué condición pertenece y, digamos, la naturaleza de sus sentimientos.
Benedikt Pfaff es fuerte, pelirrojo, velludo y misógino. Le gusta el orden y el control. Ha encontrado en ese trabajo el pretexto perfecto para hacer lo que siempre quiso: vigilar. Lo que parece más sorprendente es que ha renunciado a toda prerrogativa personal y ha identificado su trabajo con su intimidad. Nunca se le ve haciendo otra cosa, vive para observar desde su diminuto gabinete: allí tiene una cama, allí come, allí se asea. El empeño depositado en su tarea sólo puede ser una forma de demencia. ¿Qué clase de atención y de observación se necesita para poder reconocer a una persona, a un extraño, sólo con ver sus rodillas? La mente de Benedikt Pfaff no se entretiene ni con la televisión: está empeñada en desentrañar hasta el más mínimo de los detalles que percibe. Es un observador de tiempo completo.
¿En qué se entretiene la mente de un velador solitario? Divaga, configura, trama. A veces lee (el libro vaquero, novelas policiales, revistas, periódicos; alguna vez vi a un velador leyendo El jugador, de Dostoievski); otras veces ve la tele; en otras ocasiones deja que su imaginación lo entretenga. ¿En qué se entretiene un velador? ¿Qué clase de pensamientos tiene un velador?
Por el tiempo en que terminé de leer Auto de fe conocí a un velador que me conmovió. Era la víspera de Año Nuevo; de hecho, faltaban dos horas para que fuera Año Nuevo. Mi primo y yo fuimos a dejar una camioneta a una pensión para poder correr despreocupados a emborracharnos. Nos recomendaron esa pensión: “allí encárguele la troca al señor Aguirre”. El señor Aguirre no traía uniforme, traía puesta una playera blanca, fajada, una chamarra negra con forro de borrego, un pantalón almidonado y una botas de ganadero. Su barba era de días y su manera de hablar la de un hombre de pocas palabras.
—¿Cuántos años va dejar la troca?— Nos dijo a manera de chiste, sin mover su gesto imperturbable.
—Nada más dos días— le respondimos.
—Allí estaciónela. Si no puede o no sabe, mejor présteme las llaves.
Después de estacionar la camioneta, pasamos a recoger nuestro comprobante. Mientras escribía la fecha y el número de placas no pude evitar ver la decoración de su cubículo. No había nada en las paredes. Había un catre tendido con un zarape rayado, una televisión diminuta en blanco y negro y una cajita de té Lagg’s. No estaba desordenado, pero estaba lleno de polvo.
—Si vienen en la madrugada por la camioneta nada más toquen en el portón y griten “¡Aguirre!”. Voy a cerrar el portón a la una de la mañana. —Fue la observación que hizo; suficiente información para saber que iba a pasar Año Nuevo allí, trabajando.
¿Qué clase de espíritu se forja cuando se tiene un trabajo como el de velador y cuando se trabaja incluso en los días que consideramos más importantes? Por Elias Canetti nos acercamos a la forma de pensar de cierto vigilante ficticio llamado Benedikt Pfaff. Por ese interés impostado que Canetti despertó en mí al menos conseguí imaginarme las dimensiones de la extraña vida interior de Aguirre, ese velador de pensión que no sonreía.
En el centro de la ciudad hay una galería de nombre La Chicatana. Las chicatanas son hormigas voladoras que nacen durante la época de lluvias y que se comen en salsas Este espacio surgió en el 2011 para difundir a artistas emergentes de distintas disciplinas, justo después de los acontecimientos sociales del 2006. En esa época, muchos artistas callejeros protestaban clandestinamente en los muros de la capital. Después surgieron colectivos como ASARO, Asamblea de Artistas Revolucionarios de Oaxaca, y luego centros culturales como el Espacio Zapata, donde podían mostrar su obra. También buscaban la oportunidad de exponer arte no convencional: grabado, esténcil, grafiti, alejado de las galerías y lo que se consideraba arte oaxaqueño.
César Chávez dirige actualmente La Chicatana. César es artista plástico, se dedica sobre todo al grabado, una técnica de impresión muy noble porque resulta fácil de difundir y por ello constituye, en cierto sentido, un arte democrático. César se considera heredero de lo que llama la generación del IAGO, ya que gracias a esta institución el grabado adquirió relevancia en la capital. El Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca fue fundado por el pintor Francisco Toledo en 1988,cuenta con una biblioteca especializada en gráfica, única en Latinoamérica; el cineclub El Pochote —el primer sitio de esta ciudad donde empezaron a proyectar cine de arte— el Centro Fotográfico Álvarez Bravo y la Fonoteca Eduardo Mata.
El 9 de mayo se expuso en La Chicatana Pájaros, una serie de acuarelas de Gustavo Mora, artista plástico mexicano que reside actualmente en California. En Pájaros predominan los colores oscuros y contrastantes, incluso da la impresión de que esos animales no se encuentran vivos sino muertos y han sido retratados durante su último vuelo. No son dibujos realistas sino figurativos, personales, casi manchas sobre el papel, como tampoco lo son los grabados de César Chávez, característicos por albergar una fauna monstruosa, una serie de visiones esperpénticas sobre la condición humana. Aquí también ha expuesto recientemente Pavel Acevedo, artista oaxaqueño que vive en Riverside y que hace retratos increíbles, retratos a veces monumentales y grotescos. La belleza en ellos es siniestra, un puente que también define lo que consideramos real. Pavel trabaja entre la gráfica impresa y el dibujo, le interesa llevar el rostro por diversas técnicas gráficas para afectar su representación tradicional, para desconfigurarlo o deconstruirlo.
El más reciente trabajo de César se llama Refugios, banquetes y otras perversiones. El título hace referencia a Secreciones, excreciones y desatinos, del fenomenal escritor brasileño Rubem Fonseca, y a Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones de Charles Bukowski. Sus grabados retratan esa misma violencia explorada por los escritores y por el arte en general, mostrando que al centro de todas las acciones humanas se encuentra una naturaleza destructiva, una grieta donde en ocasiones caemos.
Sus personajes se sientan a disfrutar de ese festín maquiavélico, un banquete donde además se devoran a sí mismos, como en el cuento “La carne” de Virgilio Piñera. No obstante, en el mismo terreno destructivo que los hace seres sin espíritu encuentran algo más: el territorio del goce, de los sentidos y placeres, pues esa vorágine ofrece también un poco de libertad. En los personajes de César persiste esa búsqueda voraz, un intento por satisfacer los deseos más elementales y alimentar al monstruo, dejarse arrastrar y seducir por su encanto.
Todo arte es político. Se trata de violentar la materia para crear algo hermoso, de deconstruir el espacio y develar otro mundo, al menos como posibilidad. Hay en él un ejercicio básico del intelecto y del espíritu: decir sí o no es ya elegir una postura, aclararse un panorama. En Oaxaca, esa voluntad sigue siendo motor de lo artístico, acaso por su inmediatez, acaso por su historia o porque si algo caracteriza a este sitio es su diversidad cultural, el hervidero de identidades y formas de traducir la realidad.
La Chicatana y otros proyectos culturales de esta ciudad intentan hacer accesibles diferentes discursos artísticos, que no son otra cosa sino opiniones en torno a los asuntos más elementales como la naturaleza, el deseo, la inconfundible otredad, las identidades contradictorias y el amor. César Chávez me dice que su propósito es generar movimiento y democratizar el territorio artístico, reapropiarlo, o mejor dicho, expropiarlo. Resulta complicado para la gráfica competir con un mercado que pide estéticas ya conocidas, derivadas, por supuesto, de los estilos de los grandes pintores oaxaqueños. En todos los ámbitos, vemos cómo surgen proyectos independientes: editoriales, proyectos cinematográficos, espacios de exhibición y de creación, revistas, encuentros. Quizás esta sea una característica latente en la vida cultural de Oaxaca, una forma de expresar las opiniones y redirigir la mirada hacia las cosas que se dan por hecho, con un propósito de cambio o por lo menos de interacción. El sentido, supongo, se encuentra en aquella vieja enseñanza que promueve vivir lo colectivo, derribar las barreras que impone el individualismo atroz.
Aquí una pequeña muestra de los artistas Pavel Acevedo y César Chávez.