Hace poco más de un mes, comenzó a circular una convocatoria por demás interesante que invitaba a actores y dramaturgos a unos talleres con personas de talla internacional, el nombre: TRANSDrama; las responsables: Silvia Ortega y Carmen Ramos, ambas figuras activas e indispensables de la escena actual, directoras, actrices, creadoras.
En esta ocasión abrimos un espacio para escuchar en su propia voz cómo se ha llevado a cabo la realización de este nuevo espacio para la expansión artística.
Itzel Lara: ¿Cómo surge la idea de TRANSDrama?
Carmen Ramos: Desde el momento que Silvia Ortega Vettoretti y yo decidimos fundar nuestra compañía de teatro, llamada Teatro de los Efímeros, la apuesta siempre ha sido por la convicción y ejecución de que no existen los límites en el espacio escénico teatral, de que el teatro es tierra de nadie y que eso da la ventaja absoluta de convertirlo en un laboratorio constante, zona de libertad y procesos creativos. Y no sólo me refiero a los límites escénicos, sino también a los geográficos. Con esto en mente, tiempo después, ambas fuimos beneficiadas, individualmente, con una beca de residencia para escribir una obra en el extranjero. Yo me fui a Buenos Aires, Argentina, y Silvia a España. Nuestros encuentros virtuales, vía Skype, confirmaron nuestro primer paso contundente para expandirnos más allá del teatro mexicano: compartir lo vivido, pero no como una experiencia anecdótica y personal, sino de hacerlo práctico en el teatro mexicano.
De unos 10 años para acá, la escena mexicana ha crecido mucho, nuevos dramaturgos, jóvenes directores que se arriesgan, actores que se ejercitan como creadores… Todo esto es un proceso que cuestiona ciertos aspectos, por ejemplo, el que un director sólo se enfoque en dirigir tránsito escénico; que los dramaturgos rompan con estructuras clásicas de tiempo y localistas, abriendo su lenguaje a una fuente universal y que los actores dejen de concebirse como simples ejecutantes y aspiren a crear escénicamente, a convertirse en artistas, en generadores de contenido. Sin embargo, muchos adolecen de falta de preparación académica, y no me refiero a la de estar metido tres o cuatro años en un espacio cerrado de aprendizaje, me refiero a aquel conocimiento que es necesario encontrar en el camino de la experiencia profesional, en el que decides parar para reflexionar.
Así fue que ideamos este Seminario, el primero de varios, como un espacio de encuentro, que se caracteriza por reunir a gente que busca dialogar con la creación escénica (en esta ocasión, desde la dramaturgia y la actuación), con personas de gran experiencia, como lo son Sergi Belbel y Alejandro Catalán, que han trascendido el ejercicio de dibujar creativamente lo que es para abrir paso a lo que puede ser.
“TRANSDrama 2014, expediciones dramatúrgicas” representa la necesidad creativa de Teatro de Los Efímeros y de todos los creativos escénicos e invitados que nos hemos encontrado en el camino, gracias a la oportunidad de salir de expedición y hallarnos con aquella gente que desea compartir la ruptura con sus propios límites escénicos.
IL:Cuéntanos un poco cómo ha sido la organización.
CR: Comenzó hace poco más de un año, con Silvia y yo como fundadoras y coordinadoras. Nosotras elaborábamos, de inicio, los contenidos del mismo. Partiendo de la idea de concebirlo como un laboratorio escénico internacional, definimos a nuestros dos primeros tutores invitados, lo siguiente fue buscar el ejercicio del diálogo a través de incluir mesas de reflexión, workshops y masterclasses con ejecutores de la escena mexicana.
Entonces buscamos una sede que nos acogiera y apoyos institucionales interesados, bajo la visión muy clara de no variar nuestro contenido y sin perder nuestra autonomía curatorial. El Centro Cultural del Bosque nos apoyó con la sede, así como otras instituciones se han ido sumando a este proyecto. No hay fin de lucro. Los talleres intensivos tienen un costo porque nuestros tutores deben viajar, hospedarse y entregar un conocimiento que evoca una vida dedicada al riesgo y al perfeccionamiento. Contamos con eventos paralelos gratuitos, además se abrirán al público conferencias magistrales y workshops para conocer a los tutores invitados. Los recursos no son muchos y aunque seguimos en la búsqueda de apoyos de todo tipo, esta clase de seminarios requiere inversión, inversión que seguiremos buscando con tal de hacer los talleres más accesibles y de poder crear un encuentro con más tutores para el siguiente año. Nos hemos ido profesionalizando en el camino. Organizacionalmente ahora contamos con gente en difusión, en logísta, en diseño y enlaces.
También tendremos una publicación, titulada TRANSDrama, expediciones dramatúrgicas, que reunirá relevantes y arriesgadas obras realizadas durante el 2013 y 2014 en Iberoamérica. Contaremos con obras, textos dramáticos, muchos realizados sobre la escena de dramaturgos como Claudio Tolcachir, Francisco Zarozoso, Diego Arámburu, Manuela Infante, entre otros. Se trata de ampliar la cartografía.
IL: ¿Cuál ha sido la respuesta de la gente?
CR: Cuando lazamos virtualmente el anuncio la respuesta inmediata fue de sorpresa y les ha encantado. Nos falta difundir más la convocatoria y en eso estamos. Hay muy poca oferta de entrenamiento actoral profesional, pocas oportunidades de encontrarte con maestros de tal nivel artístico y académico, de rozarte con otras visiones, abrir el panorama, salir de expedición; así que nos toca meter mucha motivación a través de la difusión. Por lo pronto, esta convocatoria ya se abrió y estamos recibiendo muchas aplicaciones, sobre todo para la dramaturgia.
IL: ¿Por qué TRANSDrama ahora?, y ¿qué pueden esperar los teatreros de él?
CR: TRANSDrama ahora porque está dentro de una corriente de gente que quiere explorar sin pudor la escena, sin límites.
Y lo que pueden esperar… yo no diría eso, sino, lo que pueden encontrar: un espacio propio que los saque del encierro de crear solos en casa, o con unos pocos compañeros, y un lugar que incita a abrirse al encuentro con los demás, al encuentro con su propia creación y su postura política y cultural al respecto.
Para saber más de TRANSDrama, pueden visitar su Blog y las redes sociales, Facebook y Twitter.
Fotografía de Carmen Alardín, archivo particular de la familia Garza Alardín.
El pasado 10 de mayo falleció Carmen Alardín (1933-2014), extraordinaria poeta que cantaba a la lluvia, a la infancia, al amor y a la ciudad. Ya sea en su natal Tamaulipas, Nuevo León o el Distrito Federal, lugar en que su obra germinó, Alardín es un ejemplo destacado de lo que significa crear en ausencia y desplazamiento.
A la familia Garza Alardín, por todo lo compartido.
Mi primer recuerdo de Carmen Alardín es de mediados de los ochenta, cuando fue de visita a mi casa. Yo tendría unos seis años y me había llamado la atención que me dijeran que ella era poeta. Nunca antes había conocido a una. Desde entonces comenzó una conversación interminable que siempre he disfrutado. Acompañada de familia, amigos y lectores, Alardín escribía siempre: en cuadernos, hojas sueltas o servilletas de papel. Es una poeta que canta a los misterios del presente; escribe del amor y descubre que éste ha sido magnánimo con ella.
Carmen llegó al mundo el 5 de julio de 1932 en Tampico, puerto asediado por los huracanes. Después de la separación de sus padres, Carmen, muy pequeña, se traslada con su madre a Nuevo León, donde crece. Ahí conoce a Ramiro Garza, escritor y hombre distinguido de la radio nacional, con quien forma su familia. En Monterrey nacen sus hijos y Carmen publica su primera colección de poemas, El canto frágil (1951). En Pórtico labriego (1953) confirma una temprana vocación por el lenguaje.
La familia Garza Alardín se muda al Distrito Federal, donde la poeta estudia literatura alemana en la Facultad de Filosofía y Letras. Publica Celda de viento (1957). Después ingresa al taller literario de Juan José Arreola, cuyo resultado fue Después del sueño (1960) y Todo se deja así (1964), poemarios medulares en su obra.
Alardín logra imágenes poderosas que plantean interrogantes al mundo a partir de la fuerza emotiva:
Para que las estrellas te recuerden,colocaré tu imagen esta nochemirando a la ventana;para que llegue el tiempo de tus pasos,haré que con tus ojos simplifiquesy enciendas las mañanas.
Sigue Canto para un amor sin fe (1976), escrito en un tono oscuro, en torno al movimiento oscilatorio entre los polos de la pasión. En 1982 Carmen realiza un Entreacto en el que explora sus temas más socorridos, como el amor, el deseo y la vida misma:
Si tú me preguntaras por qué vivo,tan sólo con vivir respondería.Dejaría caer esa navajapara marcar mi espacio abierto,y olvidaría todos los quehaceresque no fueran de amoro de silencio.Si tú me preguntaras por qué vivo,por vivirte otra vez,desviviría.
En 1984 aparece La violencia del otoño, un diálogo, cargado de dolor y esperanza a partir de la consagración del instante, que toma la existencia de quien “cansada de contar la misma historia, se fundió en el verano”.
Quién pudiera decir que estamos juntoscelebrando el milagro de las bodas,aunque un fúnebre viento nos transportedonde el camino es grieta que devora.Quién pudiera decir que en un recodode la existencia nos sorprende el rápidocopular de una cámara instantáneay estemos juntos, ¡ah! concomitantes,y encadenada en el papel tu cara.
En La libertad inútil (1992) la voz poética habla desde el inframundo, oscilante entre uno y otro lado del plano existencial. El mar hasta tu puerta (1998) reúne poemas publicados anteriormente y algunos inéditos, como el que le da título a la colección. En Caracol de río (2000) el oficio poético alcanza la plenitud del dominio estilístico: imprime inquietud por la relación con su madre, el paso del tiempo y el trazo de los caminos que hacemos al avanzar.
Eras mi río y me dejaste un caracol.Por él te buscoy en las noches te encuentroporque las noches son para saciarsede las carencias con que crece el día.Eras mi río y nunca te olvidastede reintegrarte con la transparenciadel cuarzo y la geoda,para saber si encuentro esa mañanaque para siempre le faltó a mi vida.
Ese mismo año ingresa al Sistema Nacional de Creadores de Arte. En 2002 el Fondo de Cultura Económica publica No pude detener los elefantes. Miradas paralelas (2004), un ejercicio en el que la voz lírica enuncia pasajes que contienen una visión total y ambigua de la realidad.
El mundo no se acaba cuando cierras los ojos,otro mundo se forma.No eres tú quien dibuja nuestros días;son formas paralelas que conducena invisibles ciudades.
En 2013, La caída del ángel es testigo de la relación de Alardín con el Distrito Federal, su hogar durante casi medio siglo, donde disfrutaba mucho caminar.
No hallarás tu ciudad si no transitasuna por una todas sus aceras.No hallarás tu ciudad si no la llevascimentada en tu llanto y tu sonrisa.Desde que el mundo comenzó ha nacidouna ciudad distinta en cada unode los escombros, y una chispa nuevade ilusión y de asombro entre sus torres.
Recuerdo que Carmen describía trayectos tan largos como los kilómetros que median entre San Ángel y la glorieta de Insurgentes. Se asumía como pensadora peripatética. Las caminatas eran su momento predilecto para la conversación, así fuera en círculos. En cierta medida, al transcurrir ese tiempo circular, pienso que aún conversamos.
Carmen Alardín solidificó su obra al consolidar la pasión por la palabra. Percibía su poesía cercana a la de Emily Dickinson, Elizabeth Bishop y Dulce María Loynaz, Emilio Ballagas, José Carlos Becerra y Jaime Gil de Biedma. En sus poemas podemos encontrarnos a nosotros mismos, descubrir algo más de nuestros procesos interiores a través del diálogo literario: una conversación interminable. Carmen da la oportunidad de conocer una escritura que arde y se consume en sí misma. Ojalá sea pronta la recuperación de su poesía reunida para valorar la labor en marcha del lenguaje.
En mayo de este año, hace apenas dos meses, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ubicó a la ciudad de Monterrey como la más contaminada del país, seguida de Torreón y la ciudad de México. Según el estudio realizado a 600 metrópolis de 91 naciones, Monterrey registra 36 microgramos de partículas contaminantes, 2.5 por metro cúbico. Aunque la contaminación ambiental ha representado un problema desde la Revolución Industrial en el siglo XIX, es desde mitad del siglo XX que han sonado cada vez más fuerte los discursos ecologistas o pro-ambientalistas. Al menos en ciudades como Monterrey, tener conciencia de la relación ser humano y medio ambiente aún implica colocarse a la vanguardia. Según el estudio de la OMS la contaminación en el mundo está empeorando y el 88% de los habitantes de grandes ciudades respiran aire contaminado. Ante el crecimiento de la urbe, las emisiones de la industria y la contaminación de ríos y bosques, algunos grupos sociales conscientes de la actual situación del mundo buscan denunciar o proponer alternativas para convivir de forma sana y equilibrada con el medio que los rodea. Tal es el caso de los activistas medioambientales y los artistas que por medio de su obra expresan los distintos puntos de vista que circundan esta cuestión.
En vísperas del coronamiento de esta ciudad como la más contaminada del país, el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) presenta al público la exposición in/humano, inaugurada el 11 de julio y con permanencia en sala hasta el domingo 2 de noviembre, en ella se reúne la obra de diecisiete artistas de distintas nacionalidades, que por medio de instalaciones de video, audio y arte objeto construyen una visión polisémica del ser humano en su relación con el entorno. La sociedad de consumo, la repercusión y devastación humana del entorno natural y su afectación sobre terceros, como en el caso de especies en peligro de extinción, son sólo algunos de los problemas fundamentales cuestionados en la exposición.
En su sitio oficial, el museo ofrece un recorrido virtual en donde se puede apreciar algunas de las obras expuestas. Dos núcleos integran las piezas de in/humano; en primer lugar, el ser humano y su relación con distintas especies animales. A esta sección corresponden obras de artistas como Catherine Bagnall, que por medio de piezas textiles pretende ofrecer una postura respecto al exterminio de zarigüeyas en su originaria Nueva Zelanda. El mexicano Miguel Calderón ofrece a través de una instalación de audio, a la cual el espectador accede luego de atravesar dos cortinajes hasta un recinto sumido en la oscuridad, una pieza llamada Los pasos del enemigo, la cual refleja el temor y la incertidumbre del ser humano como habitante de un entorno que siempre le ha parecido hostil. Algunas fotografías como las del francés Charles Fréger invitan a cuestionar el sentimiento de superioridad que ha regido al humano y lo ha llevado a la dominación de otros seres, como es el caso de la domesticación de los elefantes. En sus fotografías, Fréger muestra a estos grandes mamíferos decorados con pinturas y ropas exuberantes, evocando una estética de Oriente y sobre cada uno de ellos un individuo igualmente engalanado que, a veces con un cetro, mira con expresión serena el horizonte. La objetivización de otros seres vivos, como en el caso de los elefantes de Fréger que evocan vehículos de transporte barrocamente adornados, plantea la duda sobre la soberanía inconsciente latente en el imaginario humano.
El segundo núcleo de la exposición aborda la relación del ser humano con el paisaje, las plantas y los recursos renovables y no renovables. Hay piezas que ofrecen una alternativa para que las comunidades recuperen la conexión que siempre ha existido entre el ser humano y su entorno natural, como en el caso del Urban Physic Garden, del colectivo Wayward Plants. Este colectivo de creativos incluye a diseñadores, artistas y promotores urbanos, quienes se encargan de producir espacios y eventos que facilitan el intercambio social de la producción de narrativas botánicas y herbales. Recordando la estrecha relación entre herbolaria y medicina, por medio del Urban Physic Garden montado en la ciudad de Londres, la comunidad puede involucrarse en el crecimiento y producción de conocimiento relacionado con las propiedades curativas de las plantas.
Otras piezas en exhibición se concentraban en los estragos ambientales producidos por el crecimiento masivo y desaforado de zonas habitacionales humanas, como las fotografías del mexicano Alejandro Cartagena, en donde se ven edificaciones masivas de viviendas diminutas al estilo de Infonavit creando paisaje de concreto sin árboles; o zonas naturales, como ríos, llenas de basura. También se plantea la reapropiación que el medio natural hace de zonas abandonadas por el ser humano. Por ejemplo, las fotografías del neoyorquino Joel Sternfeld que exhiben unas antiguas vías de tren, en la ciudad de Nueva York, cubiertas de musgo y hierba, creando así un pequeño hábitat ecológico resguardado por el olvido.
Destacaron piezas audiovisuales como la del mexicano Rodrigo Imaz, titulada Hazte miel y las moscas te comen, centrada en Juan Antonio de la Garza Carranza, habitante de un basurero en Cuatrociénegas, en el estado de Coahuila, que vive feliz en la compañía de sus animales. Juan dice que para él no hay día domingo, en general no existen los días y que su sola preocupación es asegurar el alimento para sus animales. Juan vive alejado del vértigo citadino o las preocupaciones materiales de la ciudad. Alternativas de vida como las de este individuo invitan a reflexionar sobre la solidez de la realidad occidental en la que vivimos.
In/humano es una exposición rica en puntos de vista y variada en discursos en cuanto a la representación la relación del ser humano y su entorno. Ninguna sentencia sobre estos escenarios está dada, no hay juicios de valor. Según el curador Gonzalo Ortega, las obras están planteadas a manera de diálogo con situaciones encontradas y es tarea del espectador enfrentarse a la obra y tomar sus propias decisiones.
Ilustración: Camino para jugar, por Marisol Cosmes Guzmán.
I began to believe the true position in life was standing still.
José Ángel Araguz
Verano.
Duermen apacibles en la litera. El mayor arriba, la pequeña debajo. Declina el domingo. Se atenúan los aguafuertes que los impresionaran en la excursión a mediodía:
/ un olmo frondoso, cálido al tacto, de ramas como garabatos marrones, verde turbio las hojas hospitalarias por las que se adentraban, encaramándose, iluminados por el resplandor de sus brazos amarillos, espadas de sol
/ la salpicadura de plata helada, en la charca de los bebederos, que brotaba de las volteretas de un bulldog blanco, sin correa, tiovivo de músculos y espumarajos, la lengua un péndulo de sangre pulimentada por la sed
/ las extenuantes acrobacias y los bailes, los duelos y las competencias de velocidad en la hierba inmensurable, autopista o coliseo sobrevolado por nubes diáfanas de insectos
Duermen.
Fueron dos nuestras caminatas: breve hacia el parque, la de ida; la del regreso, eterna. Las cuadras que las intermediaron, imagino, les laten aún a los hermanos en las plantas de los pies, prolongándoles un dolor adormecido, vibrante de felicidad y de asombros transitorios que pueblan el cinematógrafo alucinante detrás de la pesantez de sus párpados:
/ las banquetas hostiles en declive, o en ascenso, gibas de un colosal dromedario fósil
/ los rines de los automóviles, las aspas cromadas tan cerca de sus rostros, emitiendo zumbidos amenazantes, dinamos vertiginosos que a bufidos de combustible los mecían, ingrávidos al caminar de mi mano y de la de su madre por aceras angostas, en deterioro, al ras de un accidente mortal
/ los contenedores negros con las tapas roídas por la destreza mendicante y famélica de criaturas virales que aparentan ternura de dibujos animados y carcomen con astucia de prófugos los basurales de la ciudad
/ la fetidez vaporosa de los hombres cloaca que renquean la lepra de su indumentaria, que desvarían sorpresas o malas noticias y que las discuten o celebran con fantasmas pertinaces que los consuelan, hombres cocodrilo absortos, aspirando tabaco dulce, que sorben latas agrias, varados en el espejismo del asfalto o en los maderos humedecidos de la banca que publicita milagros plásticos contra la obesidad
Ilustración: Las Mareas, por Marisol Cosmes Guzmán.
Duermen.
Qué otros recuerdos electrizan las extremidades del mayor, de la pequeña en reposo. Los huesos, los cartílagos, dientes y hebras finísimas, capilares, comienzan a crecerles bajo la sábana impredecible de sueños disparatados que los colman y serenan. Su postura, prenatal, los torna cuerpos diminutos en silenciosa expansión.
Oprimo con cautela el interruptor de la lámpara. Ejerzo, con mudo cansancio, la ceremonia paterna de brindar la penumbra. Desde fuera, una intermitencia escarlata se apodera de la pieza. Es el resplandor que noche a noche calca su recuadro en la cortina traslúcida y que reproduce los estrépitos de la emboscada, entre laberintos envilecidos, que nuestro vecino adolescente protagoniza frente a un plasma inmenso, instalado en una recámara con la persiana siempre abierta.
De no ser por mi desidia incurable, o por las fobias pueriles, de franca ridiculez, que me crispan los nervios al cruzar la puerta de acceso a cualquier supermercado, ese parpadeo trémulo, de cacería virtual y espectaculares masacres, no allanaría la más estrecha de las alcobas del departamento. Debo comprar un cobertor voluminoso, una frazada, y colocarlos entre la cortina traslúcida y el amplio vidrio al que no polariza. O sencillamente reemplazarla por otra, de textura impenetrable. Proveer una confortante, absoluta intimidad. Por qué no impido la intromisión de las conflagraciones que perfecciona un ludópata, si dieciocho meses han transcurrido ya desde que alquilamos el primer piso de un edificio que, adujeron las propietarias, supera el siglo de antigüedad. ¿Por qué retardo una compostura de procedimiento tan simple?
Al adolescente lo narcotizan los gráficos en alta resolución que trama su consola. Permanece inmóvil en el sofá, sin apasionarse, marmóreo. Al incrementar sus inventarios de homicida y aventajar niveles, no prescinde del sonido, aunque se priva de aturdimientos modulando el volumen hasta lo indispensable, apenas el rumor de una frecuencia que no lo distrae, y que yo percibo con angustiante claridad. Lo separa del mayor, de la pequeña, no más que un reducido declive de césped que cruje y se reseca entre los dos muros que separan las viviendas, y cuyas ventanas, idénticas, quedan inevitablemente confrontadas. Nítido, contemplo duplicarse un simulacro infinito de combates que se filtra en los ámbitos de la pieza de los niños y ondula sobre los edredones y los barrotes de la litera. La contienda, cruenta e improbable, les desfigura las facciones con el espectral holograma de una guerra encarnizada que parecieran librar adversarios de otro tiempo, remoto y superpuesto al del domingo en que ya principian a desperezarse las horas de mi oscuridad intranquila.
Sirenas ululan frecuentemente, transitando las inmediaciones de Auburn. Tampoco escasean las maniobras aéreas de la guardia de seguridad. A la espera del aullido de las ambulancias, de los canes entrenados para la persecución de criminales, la impaciencia recrudece mis insomnios y me levanto, tiritando, de la cama matrimonial que instalamos mi esposa y yo en la recámara contigua, dividida de la de los hermanos por un panel doble de cedro, corredizo. Es imposible que me recupere del sobresalto aun cuando las brutales detenciones, los fuegos cruzados, las redadas que idealizo no pasen de ser alucinaciones con que me inflige la incertidumbre, y debido solamente a ocasionales rondas de vigilancia. He despertado, incluso durante la madrugada, sin el acicate de un impulso exterior que me perturbe, presintiendo que una ráfaga de disparos habrá de acribillar nuestra paz endeble, hiriéndonos: a los niños, de muerte; a su madre y a mí, de por vida. Cavilo, aterido en mis estanques de sopor, que hacia nosotros va precipitándose la parafernalia de los paramédicos y de los periodistas, que acuden sin dilaciones a preludiar las primicias de las pocas o de las innumerables portadas. Y aguardo el remache de balas perdidas o a mansalva, sin que suceda y sin emprender una medida protectora que, me burlo entonces de mi fatalismo, no mitigaría de todas maneras, por su nimiedad, el daño al que nos condenaría un atentado, un robo azaroso.
Hace un par de meses un autobús de transporte colegial aparcó tres calles al sur, en dirección a los rascacielos y al gran río que bracearan esclavos en fuga durante décadas. Le saltaron el cofre con explosivos. Entreabriendo la puerta del porche, columbré la humareda, la coreografía de los bomberos, el conciliábulo de vecinos intercambiando rictus, conjeturas, testimonios inútiles y exultantes. Los hermanos me preguntaron la causa del olor a diesel, a neumáticos carbonizados. Corrí el seguro y los empujé dentro, impidiendo que se asomaran. Protestaron por mis restricciones tajantes de que no salieran y por mi negativa a brindarles una respuesta dramática que compensara su terca curiosidad.
En época de fiestas navideñas, repeticiones de arma corta, simultáneas, provinieron circundándonos desde otras casas. Mi esposa y yo decidimos taparles los oídos con almohadones, acercándolos a nuestro pecho y permaneciendo alertas aún después de que finalizaran los tiros al aire, todavía por un expectativo lapso de minutos inanes, incluso cuando ya las alarmas antirrobo de los coches hubieron apagado por completo sus desacompasadas estridencias y cuando, desde una distancia nebulosa, un tren iba, parsimonioso, aquietando su silbido.
Ilustración: Telequinesis, por Marisol Cosmes Guzmán.
Duermen, apacibles.
Acecho al adolescente, sin que me avergüence la imprudencia, la recién adquirida costumbre de aborrecerlo, de admirar la rigidez metódica de su abstracción. Mientras espío el exterminio que lo entretiene, adivino, al rape, un cráneo que sobresale del respaldo del sofá y al que cincelan relámpagos y lashes. Lo juzgo adolescente porque del edificio aledaño en que hiberna no salen o entran más que individuos escurridizos que dan la impresión, por el particular azoro de sus miradas, de no sobrepasar en edad la veintena. Los escucho embrutecerse, reventar cervezas o platos en el pavimento. Derrapan a bordo de sillas giratorias, de oficina, o de butacas despedazadas por la cuesta. Queman muebles en torno a pestilentes fogatas de patio trasero que compiten por extinguir a escupitajo y meada. Traduzco a un español que me serpea la sien los improperios, los ruegos de clemencia interrumpidos por vanos que azotan, por tablas de patineta que les truncan la osadía de burdas peripecias, derribándolos para el beneplácito tribal de los más ebrios que incentivan el certamen, secundando rimas de un gangsta rap monocorde que vibra cuadras a la redonda. El jugador no bebe con ellos ni alardea de su misoginia con la broma pésima o el eructo altisonante. Se reserva, huye del cardumen. Opera el amuleto de su control inalámbrico. Destruye, detona y dinamita. Asalta y es emboscado. Resucita cientos de veces y cientos de veces empala o acuchilla. Se condecora y no duerme; no puede, como los hermanos, dormir, apacible.
Sonámbulo indeciso, mortecino tenant que repta en sigilo. Desando con mesura de saqueador mi espacio de alquiler sin que asimile cualesquiera convicciones de pertenencia, siquiera temporal. Hurgo en el frigorífico, agoto de un trallazo la gaseosa púrpura. Bebo del envase, febril, sin obediencia a los modales por los que airadamente censuro en la cena. Mis palmas amoldan el agua tibia en el tocador del baño: dos cuencos enmascarándome. Palmoteo el desvelo de mis pómulos con la camiseta, hasta que casi lo absorbe, y me posiciono en mi trinchera invariable: la hoja doble, centenaria y de cedro, en la que me incrusto al entornarla, para inspeccionar las luces caóticas que serpean en la pieza de los hermanos. Los admiro descalzo y los venero, demencial, rumiando la tibieza de mi carácter, espantándome por las inconfesadas razones que maquino para no cubrir, con los reductos excesivos de papel en el que dibujan, adheridos con cinta, o con cartones, o con los periódicos que devalúan la mortandad humana entre comerciales, ese vidrio, sin una grieta, que frisa el techo, y por el que continúa tamizándose una fantasía futurista de ruinas pulverizadas y de supervivencia entre predadores de pesadilla.
Ilustración: La presa, por Marisol Cosmes Guzmán.
Se tendieron sobre un mantel que impediría, supuse, que los regimientos de hormigas, laboriosos, les estropearan el refrigerio. Concedí que consumiéramos nuestras raciones a la sombra del olmo, como con insistencia me reclamaron. El mayor arrojó, aún sin morderla, una rebanada de pan, sacudiéndose los pómulos, anunciándonos que un escorpión lo picaba. En el asma del llanto echó a correr, desbocándose, acelerando. Nos apresuramos tras él. Quizá no se detenga, preví, palideciendo. (Quizá la inercia del miedo le ocasione a tu muchacho un tropiezo de fracturas irreversibles). Calculé que se decantaría más allá de los arbustos a los que se fue precipitando, ahí donde una escarpa de la colina se me reveló tan pronunciada como para que resultara imposible alcanzarlo antes de que lo desgarraran los incalculables metros de descenso por la pendiente que demarca los límites del parque y que reconstruyo, ahora, en el departamento mientras duermen, apacibles, frente a mí que los escudriño, a salvo ya de aquel pánico que aún demora en abandonarme. Pretendí un tono de voz lo menos histérico que me fue dable articular, deplorando mis incapacidades de mantener el equilibrio a trote:
—¡No es un escorpión… calma!
—¡Alto, ustedes dos! —exclamó mi esposa.
La incógnita instintiva de dónde habría quedado nuestra hija me produjo un súbito mareo, un esguince de nervios, un pulpo de sal venenosa en la columna.
—¿Y ella? —me detuve, con el afán de virar, tambaleándome lo mismo por una desaparición quizá figurada que por lo inclinado de la ladera, sobre la que ya no era capaz de desplazarme.
—¡Está conmigo!
Descubrí que la pequeña, impasible, se apoyaba en el muslo de su madre. Obnubilado por las irrigaciones de adrenalina, enfoqué de nueva cuenta el punto al que me dirigiera. No pude ver sino una hondura circular de setos removidos, indicio que me doblegó, adensando en mi paladar el azufre. Al traspasar aquel follaje, admití, habrá resbalado, abalanzándose a una tortura en picada de rocas incisivas y de zarzales. Me dispuse a despeñarme por la misma ruta cuando noté que las hojas reanudaron su estremecer, y que por una brecha repentina, momentáneamente desbrozándolas, emergió un hombre. Aferraba con la izquierda una correa percudida, sin mascota. Sobre la curva de su espalda, y sin manifestar agotamiento, iba transportando al mayor, que hipaba monosílabos, tallándose un codo y sujeto con una naturalidad que me petrificó, a la solidez indiferente del desconocido, para quien las depresiones y desigualdades en el terreno no representaban inconveniencia.
—Sí era un escorpión, papá, he told me so!
El espontáneo rescatista, un sexagenario de bermudas, gorra deportiva con la visera en hilachas y botas de alpinismo, blandiendo una pelota de tenis en la diestra, nos encaró con reproche y frialdad cordiales, lo que me abstuvo de continuar arrastrando las fórmulas de gratitud que, sin recobrar el aliento, intentaba ofrecerle. Inconmovible ante las exhalaciones de alivio y las reverencias que demudaron a mi esposa, se limitó a interpelarnos en un inglés melifluo y tajante, que reprendía el nuestro, parco e inexperto, mientras el niño lo desmontaba.
—Did you see my little baby around here? A big white bulldog. Did you see her?
El tatuaje cruzándole la garganta ralentizó mi cabeceo afirmativo. Daga era mi asombro.
(¿Era en verdad un escorpión azul, enorme, lo que viste impreso en el cuello cetrino del explorador?).
Duermen.
Incuba, sedentario y corpulento, en el sofá. Infiero que lo acompleja el sobrepeso, probablemente la fealdad. Otro atributo: no enciende la consola si los hermanos, a quienes no ve, están despiertos, como si el único principio de honor que rige su pasatiempo le prohibiera esparcir la molicie habiendo testigos inocentes. La fortuna de no haber entre los habitantes de ambos espacios confrontados una interacción contemplativa será tal vez el cobarde argumento que me absuelve de no vedarles al mayor, a la pequeña, el sofisticado teatro de violencia que no presencian.
Recortado contra las fluorescencias que centellea el plasma, en su nicho de indefectible francotirador, el adolescente somete a los imperios.
En otoño, el escándalo de una disputa callejera hizo que me acodara, espabilado y tenso, sobre la calidez amorfa, mullida, de la matrimonial. Por el intersticio del alféizar, a un palmo de la cabecera, husmeé a los causantes. Una rubia semidesnuda, encaminándose a su anticuado convertible, profería insultos a un grupo de jóvenes arracimados, que la vilipendiaban sin importarles la presencia del policía que la iba custodiando, y quien susurraba claves, insistente, pulgar e índice presionando el botón de un radio en la hombrera. La rubia, sin reprimir las imprecaciones que sus destinatarios corearan y retribuyeran con similar encono y divertimento, revolucionó el compacto al que, presuntuosa, se había subido, arrancando con la portezuela todavía sostenida por el agente que intentaba persuadirla, sin convicción y sin firmeza, e incluso amable, sobre los peligros que al manejar se ciernen sobre los incautos en tales condiciones. Olvidándose de las obscenidades de la conductora que, al final, envalentonada, lo incluyeron, bisbiseó con ahínco en la bocina minúscula. De los jóvenes arracimados, en un revés deliberado de actitud, el policía escogió, señalándolo, a uno para que se le aproximara. You! Yes, you! The brunette one, come here! El resto, en desbandada, desapareció de mi ángulo, vaciando el porche desde donde vituperara y fuera vituperado por la inquilina desaliñada que jamás advertí en desmanes anteriores. Reparé, no sin dificultad, en unas manos que se levantaron, rendidas, y en el uniformado que se acercó con discreta satisfacción a la patrulla que retornaba, quizá, desde cuál de las curvas para mí vedadas, que no reuní el valor o el descaro de localizar, pues el refuerzo al volante, apeándose luego del vehículo, barrió con una linterna los contornos de la zona, imprimiendo una elipsis blancuzca en el intersticio por el que me inmiscuía en la captura voluntaria del menor, a quien el oficial que indultó a la dueña del convertible doblegaba dentro de la unidad, para remitirlo. Al descubrirme la linterna, inmediatamente me deslicé a resguardo de las frazadas, esperando con las arterias descabalándose a que la patrulla se marchara, lo que ocurrió justo cuando noté que los espasmos de la tenaz incandescencia, que se suspendiera durante los preparativos del arresto, aleteaban su habitual visitación e invadían, puntuales, la pieza de los hermanos.
Es, casi, el alba.
Me mantuve de pie, observándolos, y el jugador, hábito por lo demás asiduo, extenuó sus talentos, otra vez, durante toda mi vigilia. Los hermanos han pospuesto el intercambio de acusaciones matutinas que nos anuncian, a su madre y a mí, la intensiva jornada de cuidados que nos depara el inicio de semana. No improvisan su carpa de vodeviles fantásticos ni se lanzan liebres, gatos, leones, equinos de felpa. Tampoco distorsionan las dicciones de su elenco apretándose las fosas nasales. Al desperezarse fijan su mirada en la ventana, sin precisarme aún, concentrados en el despliegue virtuoso del asesino, en la destreza y rapidez con que atomiza sus múltiples objetivos: torsos que salpican, osamentas desmembradas que afectan la extraña numerología de un récord que se multiplica, implacable. Un robustecido avatar que blande armas diversas con ágiles ademanes, y que se aparta del sitio en que, dentro de milésimas, el enemigo colocará otra bomba. Sus predicciones y temeridades calcan, bordándola, toda una secuencia de combustiones multicolores en la cortina translúcida, en tanto el amanecer va desvaneciendo el humus de la imagen proyectada y suministra, poco a poco, claridad al rectángulo del que procede. Tomo asiento en el colchón inferior de la litera y me reúno con los espectadores, a los que no importuna, ni da trazas de ser llamativa, mi presencia. El plasma rebosa demoliciones, aunque repentinamente se paraliza el conteo a contrarreloj, pues el adolescente, incomodado al intuirnos, pausa su Apocalipsis y se dirige, ceremonioso, a la persiana. O no es que nos intuya, sino que alguno de los tres, reflejado en la pantalla, le obstaculiza la mira y, por no infligir un blanco anómalo, opta por contenerse. Lo verifico: no es alguno de los vecinos que pudiera reconocer, y a quienes con disimulo inspecciono si vacían de las cajuelas de sus último modelo las provisiones letales de la marca barata que los enerva cuando el fraccionamiento aparenta tranquilidad, y al que desquician con sus instantáneos aquelarres y su lerda melopea. Fui certero en la premisa sobre la gordura y la fealdad. El jugador es un agotamiento encarnado de morsa, casquete rubio y playera holgada, violácea, con estampados ininteligibles. Nos escudriña con estupefacción y acritud, con un semblante de desconcierto y perplejidad, como si nos reprendiera. Sonríe después, taciturno. Tira de los cordeles de la persiana, que al ocluirse lo va fragmentando en líneas verticales.
—¿Quién es? —me consulta, con entusiasmo, el mayor.
—No, no sé quién sea.
(Pero él, cavilas, él acaba de percatarse).
—Parece amable —tercia la pequeña—. Triste, pero amable.
Reemplazaremos, pronto, la cortina traslúcida por otra más gruesa que nos proporcionen, como tantas veces lo han sugerido, las propietarias. Adaptaremos la litera, desarmándola, en lechos individuales, disponiéndolos en un reacomodo que dificulte la observación de los pormenores que acaecen del otro lado. Al sano crecimiento de los hermanos no lo velarán los resplandores que orquesta la puntería del jugador. La más estrecha de las alcobas, cuando apague la lámpara, quedará para mi consuelo hundida en el terso cofre de una tiniebla hermética, para que rememoren en sueños el claro de pasto al que vamos a volver, para que trepen al olmo, para que la charca los anegue, para que los insectos azulados los fascinen, para que derrapen en la hierba esmeralda y para que…
Un estruendo de caos y destrucción. Un cataclismo. Estampidas de pólvora y voces de ultratumba, robóticas. El volumen a tope. “Revenge!”
Andanadas, disparos persecutorios que mi barricada no amortigua.
“From the grave!”
Los asusta el traqueteo de la ráfaga.
“Double kill!”
Y los hermanos, nuestros niños…
Ilustración: Sucar es destino, por Marisol Cosmes Guzmán.
El Museo Nacional del Virreinato en Tepotzotlán invita a los amantes de la música clásica al Primer Encuentro Biestatal Tepotzotlán – Tamaulipas, presentando a la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Facultad de Música de Universidad Autónoma de Tamaulipas y a la Sinfónica Infantil y Juvenil de Tepotzotlán. Conformada por 45 integrantes, la Orquesta Sinfónica de la Facultad de Música de la UAT ha dado conciertos en diversas ciudades en Tamaulipas, San Luis Potosí, Veracruz y Texas y ha participado en festivales nacionales e internacionales, acompañados de solistas como el Mtro. Félix Parra y la contrabajista Valeria Thierry. La Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil de Tepotzotlán, regida por el Sistema Nacional de Fomento Musical de Concaculta nació en 2005 con el objetivo de constituirse como la mejor Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil del país y así ofrecer un espacio de formación musical a los niños y jóvenes de Tepotzotlán.
Si deseas disfrutar de este concierto asiste el domingo 27 de julio en punto de las 13:00 horas al Templo de San Francisco Javier en Tepotzotlán, Estado de México. Entrada Libre.
Caracterizados por su vitalidad, destreza e impresionante nivel de acrobacia, los Niños Virtuosos del Cáucaso son los herederos inmediatos del Ballet Nacional de Georgia Tbilisi. Con una producción de cuarenta niños y niñas de entre 8 y 14 años, los Niños Virtuosos del Cáucaso interpretan los bailes tradicionales del pueblo georgiano a través de ritmos y movimientos que expresan la vida cotidiana en distintas regiones de Cáucaso, retomando escenas de guerra, momentos heroicos e incluso rituales de cortejo y matrimonio. Para disfrutar de este espectáculo obtén tus boletos en la taquilla del Teatro Macedonio Alcalá en Oaxaca de Juárez, Oaxaca, y asiste a cualquiera de sus dos funciones a las 18:00 o 20:30 horas el próximo sábado 26 de julio.
“En el camino a la escuela” por Gadjoboy2. Publicado bajo la licencia Creative Commons Attribution, Wikimedia.
Lo siguiente no es más que una reacción a unas cartas que Voltaire escribió sobre los cuáqueros en su libro Cartas filosóficas. Como lector, nunca supe descifrar en las descripciones de Voltaire cuándo deja de burlarse de ellos para comenzar su apología. Hace poco releí el libro, porque se presentó la ocasión de editarlo. No sólo me recordó viejas lecturas sino que también, a la postre, me trajo recuerdos de cuando lo leí por primera vez.
La literatura nos da la libertad, casi infinita, de representarnos lo leído a nuestro entender. No nos dice: “tal personaje se ve así”; tampoco nos obliga a concebir las cosas inequívocamente, las descripciones o los retratos suelen ser ambiguos; cuando quiere ser categórica, ella, la literatura, suele afirmar a través de personajes o narradores que no necesariamente representan al autor y que no nos obliga a identificarlos como la verdad o el “mensaje” del libro que estamos leyendo. Por eso la literatura tiene la cualidad de invitarnos a crear nuestra propia representación de lo leído. Ahora bien, cuando leí las primeras páginas de las Cartas filosóficas yo nunca había visto a un cuáquero, pero había visto menonitas, había convivido con ellos; así que cuando un francés del siglo XVIII elogiaba y se mofaba de un grupo de protestantes ingleses yo le asigné a esos rostros evocados los rostros de los protestantes que conocía desde mi infancia.
Cuando era niño acompañaba a mi abuelo a vender la leche de su establo a una quesería de menonitas. La colonia a la que íbamos era una de las más ortodoxas que quedaban en México, y quizás en el mundo. Llevábamos las lecheras de metal en una camioneta Volkswagen gris, cuya única sofisticación, tal parecía, era un estéreo con radio. Mientras esperábamos que vaciaran y pesaran la leche, un grupo de niños menonitas se arrojaban sobre la cabina para sintonizar cualquier estación en éste, conminados por la curiosidad que les despertaba un aparato que para ellos estaba prohibido. Prohibido como la televisión, el alcohol, el caucho neumático, la electrificación, los santos, la altanería, lo contemporáneo; curiosamente, no les estaba prohibida la Coca Cola.
Aproveché las pocas ocasiones que tuve durante mi infancia para preguntar todo lo que podía sobre aquellos seres que me parecían tan extranjeros, y que representaron la primera frontera cultural, a apenas un kilómetro de casa de mis abuelos, en ese pueblo escondido al pie de la montaña, en los valles de Durango. Les pedía que me enseñaran alemán bajo —“Plautdietsch”, como lo llaman ellos—. También les preguntaba, a los que eran bilingües, sobre sus costumbres. Nadie me tomaba en serio, pero la curiosidad me llevó a descifrar unas cuantas cosas que más tarde tomarían sentido. De la infancia recuerdo en especial un detalle: dos niños, vestidos con overoles negros y calzados con huaraches, sin calcetines, recolectaban las lecheras de muchos propietarios de la colonia; éstos dejaban sus lecheras en la entrada de su casa y los niños pasaban en una carreta tirada por una yegua muy desmejorada para llevarlas a la quesería. Las lecheras estaban marcadas con las iniciales de los propietarios. Al ver que los niños pasaban cerca de una hora escurriendo todas las lecheras en otra, me pregunté por qué hacían eso. Mi amigo Isaak Klassen me respondió: “Ese es su pago”. En la quincena, cuando la quesería pagaba la leche, ellos recibían su cheque, completado a fuerza de sobrantes. Cuando le pregunté a Isaak por qué ellos y no otros niños hacían eso me respondió: “Porque ellos son huérfanos. Así se les ayuda”.
Años más tarde regresaría con una nueva mirada, aguzada por la lectura de Voltaire y algunas obras sobre la Reforma protestante. Leí una parte de las obras de Lutero en la traducción de Teófanes Egido, y la biografía, simple pero eficaz, que Lucien Febvre hizo de él. Con ello, Erasmo de Rotterdam perdió en mí todo su protagonismo. Por último, le di un voto de fe a la teología con los comentarios que Friedrich Schleiermacher daba en favor de la comprensión religiosa en Sobre la religión. Cuando volví a las colonias menonitas algunos cambios habían ocurrido. Ya tenían luz eléctrica y podían usar vehículos con caucho neumático. Algunos incluso se compraron camionetas del año. Al parecer, los sacerdotes más ortodoxos habían cedido en cuanto a la tecnificación, para mejorar las ventas del queso y los cereales.
No fue sino hasta ese momento que me di cuenta de que su visión del cristianismo, y por tanto del mundo, era fundamentalmente luterana. Existían diferencias, claro, pues Lutero jamás aceptó el anabaptismo; esto es, creía que el pedobaptismo era lo mejor para involucrar a los niños en una comunidad cristiana. Los menonitas no creen en el libre albedrío. Creen que son salvos únicamente por la gracia de Dios. Aquí, también, abrazan a Calvino. Los menonitas, como los cuáqueros de Voltaire, no hablan de usted. Como ellos, no veneran a nadie. El culto a la personalidad les parece desagradable. Como los cuáqueros, creen en el principio luterano de la libertad de sacerdocio. El ocio y la vanidad, como a Lutero, les parece el origen de todo mal, de todo el pecado en el hombre. Sus casas, iglesias y ceremonias se caracterizan por la sobriedad y la falta de ornamento, en total congruencia con lo que reprochaba Lutero en las 95 tesis. Los menonitas que conocí leían la Biblia luterana, pero toda traducción de la Biblia es admitida por ellos.
Tenía casi 20 años cuando volví a una colonia menonita, que quizá seguía siendo la más ortodoxa. Un amigo de mi abuelo murió y me pidió que lo acompañara al funeral. El cuerpo permanecía en una caja de madera austera, solo; afuera las mujeres cantaban versículos de la Biblia en la traducción canónica. Casi nadie lloraba. No había nada llamativo en la ceremonia, sólo palabras. De pronto alguien se levantó para decir algo, relacionado con la vida del difunto y con las Escrituras. Todo menonita debe leer y entender las Escrituras, pero como ellos mismos dicen: “a Jesús lo conocemos a través de la Biblia, pero se le conoce mejor siguiéndolo”.
Los menonitas son pacifistas. De hecho, en el “apartado E” de excepción al Servicio Militar Mexicano, se puede liberar el servicio “Por condición de menonita”. No pueden pertenecer a ningún ejército, porque creen que “la paz es la voluntad de Dios”. Creen que la devoción a Dios debe ser más fuerte que el patriotismo. El Estado y la religión deben estar absolutamente separados. La Confession of Faith in a Mennonite Perspective, un documento de principios de fe de los menonitas, dice: “Nos oponemos a toda forma de violencia; la hostilidad entre las naciones, las razas, y las clases; el abuso de la mujeres y de los niños; la violencia entre el hombre y la mujer; y la pena de muerte”.
A los menonitas se les concede un año de examen de conciencia para que se acepte de manera voluntaria la fe en Cristo y pertenecer a la comunidad. Recuerdo haber visto a unos menonitas en su año de excepción, antes de aceptar el bautismo, en un baile del pueblo. Se emborrachaban, bailaban torpemente en el centro de la pista con las invitadas de la festejada en sus 15 años. De esos cuatro, sólo uno rechazó el bautismo, pero lo aceptó el año entrante. Ellos escogieron eso. Yo me pregunté: ¿qué escogió la quinceañera?
No me había dado cuenta a qué temprana edad los niños comienzan a trabajar. Quizá no me había dado cuenta porque cuando los veía trabajar yo también era un niño. Cuando volví al pueblo de mis abuelos, después de tanto tiempo, recuerdo haberme sorprendido al observar a un niño de unos 9 años manejando un tractor, solo. Estaba sembrando frijol. El esplendor de la disciplina en el trabajo verdea sus jardines. En su estilo de fincar, las casas están al fondo y hay que entrar por un camino cercado de unos 30 metros. Antes de llegar a la casa de un menonita hay dos parcelas: allí siembran verduras, girasoles (les encantan las semillas de girasol) y flores. El camino de entrada está adornado con cipreses. Si bien un niño de 9 años ya se dedica a trabajar la tierra, sus hermanas de 8 y de 11 son responsables de la cosecha en los jardines; hacen embutidos y alimentan a las gallinas. En La libertad del cristiano, Lutero habla sobre el amor por el trabajo: la visión luterana del trabajo es innegablemente moral. En el caso de los menonitas se convierte en una identidad basada en el cumplimiento de lo que ellos consideran virtud. Alguna vez escuché a mi amigo Isaak Klassen presumir que los menonitas, a diferencia del resto de sus vecinos católicos, “sí somos trabajadores”. De inmediato, un sacerdote que estaba allí lo invitó a pensar en su altanería; no estaba bien que no fuera modesto. Aquello estuvo lejos de parecer un regaño, pero lo era. Los menonitas desprecian las jerarquías.
Es impresionante darse cuenta, en un lugar como en el que crecí, cómo se ha marcado la diferencia social entre los menonitas y las comunidades rurales vecinas; donde vivían mis abuelos, por ejemplo. En ese pequeño pueblo había otros protestantes. De hecho, fue fundado por ellos. Luego llegaron los católicos. Bautistas, metodistas y católicos habitaban ese pueblo de, quizá, mil personas. Hasta donde yo recordaba era un pueblo estancado, pero estable. Luego se despoblaría, al grado de perder más de dos terceras partes de su población. Muchas tierras quedaron sin labrar y se las vendieron a los menonitas. Muchas casas de adobe se vinieron abajo y los que se quedaron, o una buena parte de ellos, viven de algún pariente que les envía dinero para sobrevivir, cuando se trata de ancianos, y para salir a dar la vuelta en la camioneta, cuando son jóvenes. Pocas personas tienen jardín, aunque tengan muchas hectáreas de propiedad. En primavera el pueblo se llena de polvo. De manera contrastante, parece que los menonitas viven en un campo más generoso que permite vivir a modo cristiano. Quizá no sepamos, como dijo Voltaire, “respetar la virtud bajo apariencias ridículas”.
Sé que esto puede no interesar a nadie, pero resulta sorprendente observar la manera en que hasta el más imbécil se jacta de ser ateo, con la soberbia digna de un intelectual. Hay personas que no se inmutan cuando se les habla de decapitaciones, pero que quieren salir corriendo cuando alguien, un Testigo de Jehová, por ejemplo, se acerca a hablarles de su fe. Voltaire, quien de alguna manera es responsable de un mudo desprecio por la fe religiosa, estaba muy interesado en el protestantismo, quizá porque Francia era católica: siempre procedía con polémica. De cualquier modo, me escudo en la primera frase de sus Cartas filosóficas: “He creído que la doctrina y la historia de un pueblo tan extraordinario merecerían la curiosidad de un hombre razonable”.
De ser un género menor a uno capaz de alcanzar a un gran público, los cineastas siguen enfrentándose a trabas económicas y de exhibición. ¿Cómo producir y mostrar material de calidad sin traicionar la ética misma del género?
Dicen que el cine mexicano ha mejorado, que el hecho de que cortometrajes y largometrajes ganen premios nacionales y extranjeros es prueba de su auge. Este optimismo se extiende al documental. Es cierto que hay importantes logros en factura y contenidos; sin embargo, al analizar más de cerca esta efervescencia, puede afirmarse que el documental mexicano ha sufrido un deterioro en su calidad y espíritu independiente, debido a que se usa como medio para difundir los intereses de los grandes potentados del país.
La presencia de Michael Moore dentro de la historia del documental fue muy importante. Su estilo revolucionó la forma de hacer documentales al hacer que el género, tachado de aburrido e impopular, fuera accesible a un gran público. El que los trabajos de Moore se vieran en todo el orbe fue positivo porque su postura ante la realidad sociopolítica es crítica e independiente. Sin embargo, el fenómeno Moore también ayudó a ver en el documental una manera de hacer propaganda. Un caso emblemático es De panzazo (Carlos Loret de Mola y Juan Carlos Rulfo, 2012), que si bien sigue el estilo de los documentales de Moore al plantear una probable causa de los problemas educativos en México, fue muy criticada por el patrocinio del grupo Mexicanos Primero, en cuyo patronato figuran dueños y directivos de los principales grupos de medios, como Televisa.
Lo interesante de un documental independiente radica en que puede ofrecer una versión alternativa a la que generalmente recibe el espectador. Al no estar vinculado directamente con los intereses económicos de una empresa o industria, ni con intereses políticos particulares, el realizador puede decir lo que no dicen los medios de comunicación en sus programas informativos. En México, es encomiable la labor de realizadores como Óscar Menéndez y de productoras como el Canal 6 de Julio, cuyos trabajos siempre han mostrado realidades que televisoras y medios impresos no relatan.
Hay otros factores que obstaculizan el espíritu independiente y ético del documental. La dificultad para obtener recursos —muchas veces proveídos por el Estado—, el deseo de ganar premios y el anhelo de ser famoso mediante la difusión masiva determinan las temáticas y las formas que adoptará el realizador para llevar a cabo su proyecto documental.
¿Cómo logra un director mexicano conseguir recursos para realizar un documental social y, además, ganar premios? Una primera vía es la descontextualización. Un proyecto de temática social obtendrá más recursos económicos, toda vez que no perjudique los intereses particulares de algunos hombres e instituciones de poder en México. Puede exponer el problema pero no a sus responsables.
La segunda vía es apegarse a las modas artísticas. Actualmente se ha fortalecido la tendencia del documental contemplativo, de ritmo lento y fotografía preciosista. El discurso, con algunas excepciones, pasa a un segundo plano en este tipo de trabajos.
Ante este panorama, un camino para el que no quiere traicionar su propia ética es tratar de sacar adelante el proyecto aprovechando las bondades que ofrecen las nuevas tecnologías y el internet. Estos realizadores usan cámaras de precios accesibles pero ligeras —lo cual permite realizar proyectos con un grupo de trabajo reducido— y que graban con muy buena calidad. En el caso del registro sonoro también existen dispositivos a un costo relativamente bajo de excelente calidad. Sin embargo, algunos realizadores desean sacar sus proyectos bajo esquemas de producción tradicionales, con cámaras costosas y accesorios de audio sofisticados. Esto encarece la producción.
En lo que respecta a obtención de recursos, internet ofrece nuevas posibilidades. Tal es el caso del crowdfunding. En México existe Fondeadora, que ha financiado propuestas creativas como La hora de la siesta (2014), de Carolina Platt, un largometraje documental sobre dos familias que perdieron a sus hijos en el incendio de la Guardería ABC (2009), tragedia en la que fallecieron cuarenta y nueve niños.
La exhibición es un tema espinoso. Los documentales mexicanos con más espectadores son los cercanos al discurso televisivo, que tienen grandes patrocinadores. Basta recordar Presunto culpable (Roberto Hernández y Geoffrey Smith, 2011), muy cuestionada por su ética pero que contó con una descomunal campaña publicitaria en Televisa.
Para difundir y exhibir un documental independiente, una primera opción es la venta del producto en librerías y otros establecimientos. La segunda alternativa es la proyección en festivales, cineclubes, universidades, cafés o salas de arte. Internet puede ser una tercera vía; aunque sitios como Youtube o Vimeo tienen restricciones para ciertos contenidos, la libertad que prevalece en la red es mayor que la existente en la televisión o en el cine. Desde luego también existe la posibilidad de colocar los proyectos en salas comerciales. Por desgracia, estos no pueden mantenerse mucho tiempo en cartelera ni atraer a un público mayoritario, en parte por la competencia en desigualdad con productos estadounidenses, pero también por el boicot que ejercen los propios exhibidores contra el cine nacional. Esto se debe, por un lado, a que no perciben como un verdadero negocio la exhibición de cine nacional, pero también a que algunos contenidos pueden considerarse incómodos para sus propios intereses o los de ciertos grupos de poder.
Durante la promoción de El violín (2006), el cineasta Francisco Vargas señaló que las cadenas de exhibición aplican una forma de “censura económica” contra las películas mexicanas. Poco después, Luis Mandoki señaló que Alejandro Ramírez, uno de los propietarios de Cinépolis, se había mostrado renuente a exhibir su documental Fraude: México 2006 (2007) por su temática. El realizador Everardo González denunció un boicot contra Cuates de Australia (2011) por parte de los exhibidores, pues se proyectó en horario compartido con otras dos películas desde su estreno y salió de cartelera antes de siete días, pese a que por ley las películas nacionales se deben mantener una semana en exhibición.
La necesidad de explorar alternativas de financiamiento y exhibición que permitan desarrollar proyectos con la mayor independencia posible es imperante. Para ello, podemos aprovechar las bondades de las nuevas tecnologías y las vías de difusión alternativas. Ésta es la mejor forma de abordar temáticas socialmente relevantes y generar obras que presenten visiones críticas de la realidad.