Después de recorrer varios puntos del Distrito Federal, Rodrigo Castillo y Nur Rubio dieron con la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero, donde hay una liga de futbol femenil llanero. Pegados a la banda, retrataron las historias que suceden dentro y fuera de la cancha, las de mujeres movidas por la pasión del futbol.
El equipo de las jugadoras es caro, pero no todas tienen la posibilidad de comprar botines de marca.
En estos partidos hay apenas un puñado de espectadores.
Paula, tímida medio de contención del Ame.
A los extremos Vanessa y Dulce, pareja dentro y fuera de la cancha. Al centro Kari, estudiante de preparatoria.
Lidia lleva más de diez años defendiendo los colores del Cosmos.
La vanidad no sólo existe en las jugadas.
Las condiciones del campo ocasionan un juego ríspido y poco fluido.
Lidia ve el encuentro desde el área chica, su equipo fue derrotado.
No hay dribbling ni sprints, pero sí entrega en cada uno de los encuentros.
Para los jugadores el futbol es una de las posibilidades para convivir con sus familiares.
Lidia.
Lidia lleva más de diez años bajo el arco. Llegó tarde al partido porque no se dio cuenta de la hora, y Cosmos, su equipo, tuvo que suplir los guantes de Lidia con los brazos débiles de Isabel durante el primer tiempo. Isabel es muy baja si consideramos que la altura promedio de las jugadoras sobre el terreno es de 1.60; lleva una camiseta azul con su nombre en la espalda y el cabello corto con puntas sobre el fleco. La guardameta protege el arco de los ataques rivales, hace esfuerzos increíbles para atrapar el balón en los centros elevados, en los corners donde el esférico viaja a ras de llano, y en el saque de meta donde puede verse en sus facciones el dolor de meter punterazos al despejar. Lidia observa los errores de Isabel, pero no hay queja; ¿cómo hacerlo si llegó veinticinco minutos tarde? “¡Orden!”, grita el técnico desde la línea de banda, a unos centímetros de la tribuna. Pero el desorden es rey, lo que premia que el centro del campo se encuentre por completo despoblado de yerba. Es el alto valle metafísico. Los campos de futbol llanero comparten esa azarosa peculiaridad, que puede vislumbrarse en el nulo uso de las bandas y las esquinas, zonas del campo que pasan desapercibidas para el balón que rueda.
El campo es de extensión irregular. Está delimitado con cal de albañilería que se aplica con una hermosa técnica que consiste en esparcir el talco con un bote de aluminio de trescientos cincuenta gramos con agujeros debajo, sacudiéndolo mientras la cal es espolvoreada en línea semi recta, calculada a ojo de buen cubero. Para pintar el círculo central es importante colocarse a una distancia que permita una visión periférica del punto de inicio, y a partir de él rodear los 9.15 metros (o el equivalente si el terreno es más pequeño). Dicen que para pintar el “círculo perfecto” se tiene que hacer un compás gigante, un método primitivo que consiste en sujetar una cuerda improvisada con agujetas a una piedra ubicada en el punto central. El encargado de tan geométrica labor tensa la cuerda y gira con ella alrededor de la piedra, cubriendo la distancia hasta completar la vuelta. Pero esto es un lujo, usualmente no hay tiempo ni recursos para embellecer el llano.
No es fácil encontrar partidos de futbol llanero femenil en el Distrito Federal. En la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero, Iztapalapa, hay más de dieciocho campos, y sólo uno, el Campo 4, es usado por mujeres los domingos en la mañana. El resto del tiempo es casa de las gambetas masculinas, lo que hace pensar en por qué el futbol femenil no es considerado un deporte importante en nuestro país. Para empezar, la liga de mujeres no tiene nombre y cuenta con un registro de sólo ocho equipos al año, lo que deviene en un torneo poco competitivo y muy corto. El sistema permite que entre ellas se conozcan: saben qué cualidades tienen sus rivales, hablan mal de los equipos contrarios y, como en todo deporte, se escuchan comentarios que rayan en lo racial y cabalgan entre el desmadre y la desacreditación. “Fíjate en la prieta, juega chingón, la mueve, pero es naquita, date cuenta, aquí todas somos naquitas”, dice Vanessa, la 7 del equipo Málaga, quien presume de ser diestra y de jugar cualquier posición defensiva. La versatilidad es su mejor herramienta sobre el llano, corta las jugadas como si cerrara el cuadrilátero a un peleador que huye del nocaut, hace ver fácil el trabajo en colaboración de su zaga. A Vanessa le tocó jugar cuarenta minutos con su equipo y los otros cuarenta restantes “les hizo el paro” a las chavas del Ame, que no se completaron. Málaga ganó 3-0 al rival.
En México, el futbol femenil ha pasado por etapas difíciles a lo largo de su historia, pero cuenta con palmarés decentes, a nivel profesional, semejantes al de la división varonil, que cuenta con una maquinaria económica abrumadora. Las preguntas de las champions son muchas y giran en torno a la falta de resultados de sus colegas masculinos. ¿Para qué prometen si no van a cumplir? ¿No es un espejo de la realidad mexicana? ¿Cuándo veremos levantar la copa del mundo al capitán del tri? “Posiblemente no vivamos para verlo”, responde Eduardo, defensa central del Corona, quien trabaja manejando una combi y como mecánico automotriz. Eduardo sonríe cuando escucha la pregunta “¿qué piensas del futbol femenino, es igual al que juegan los hombres?”. Balbucea y prefiere quedarse callado. El gesto da a entender que es un tema del que no tiene una opinión formada. O quizá sí, pero le afecta pensar que el futbol femenil esté al mismo nivel que el jugado por los Caballeros Águila del Llano. Eduardo afloja los músculos y dice, “va, tómenme fotos a mí, pero también a todo el equipo; yo soy el galán, ya salí en El Metro”. Por su aspecto, Eduardo llama la atención; mide aproximadamente 1.60 y su corte de cabello esconde una cola de caballo amarrada a la nuca, sus costados son cortos y peinados hacia abajo. Durante el partido, Eduardo le grita al Gato, su compañero de look y defensivo: “corre cabrón, no seas pendejo, te quedas colgado”, y es que el lateral derecho del Corona tarda demasiado en regresar después de un ataque fallido. Las paredes, esas armas de la velocidad, y la nula contemplación del futbol profesional, se convierten en malas bromas. Las piernas de los protagonistas sobre el llano no soportan un sprint de siete metros. Por eso Eduardo duda en hablar; es posible que para él las jugadoras que están en la cancha vecina sean igual de lentas que su mancuerna con el Gato.
La mayoría de las futbolistas en la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero son casadas. Sus familiares las apoyan para que practiquen un deporte que se considera rudo, y que en algunos casos se conjuga con su trabajo, Lidia, guardameta del Cosmos, es promotora de Suburbia y madre soltera. Trata de no faltar los domingos. “No te quites, Lidia, más fuerte, abre la cancha, ¡con güevos!”, se escucha decir a su técnico minutos después de que Lidia comete un error grave: un disparo sin fuerza se le fue escurriendo en cámara lenta entre sus guantes Voit.
Lidia es de pocas palabras. Sabe que llegó tarde al partido y que no estuvo lo suficientemente concentrada para detener ese calcetinazo. “Es más agresivo, nos entregamos más que los hombres en la cancha”, dice la guardameta refiriéndose al futbol femenil; “no dejamos de vernos bonitas ni un segundo en el terreno de juego; nos maquillamos, nos pintamos las uñas, nos ponemos pestañas postizas. No quiere decir que por venir al llano vamos a dejar la vanidad… ¿no?”. Tiene razón. Aunque el campo esté lleno de basura —material de unicel, vidrios de caguama, balones ponchados con los gajos rotos, empaques de Doritos, latas de Coca-Cola— y las áreas chicas se estanquen por “la tormentota de ayer”, todas las jugadoras llegan perfectamente peinadas, maquilladas, perfumadas y con ropa deportiva de marca, con esos tachones que cuestan, a veces, arriba de los mil pesos y que no sirven de mucho en los campos terregosos en los que, como dice Alfonso Reyes, “corren sobre él como fuegos fatuos los remolinillos de tierra”.
Dulce es pareja de Vanessa, del Málaga, y, como buena dupla, son la línea final, la defensa implacable a romper. Ambas mantuvieron su meta en ceros. Dulce tiene un año en la liga y trabaja en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, ubicada a un costado de la delegación Benito Juárez. Tiene una licenciatura y es policía de profesión. A sus treinta y cuatro años vive en unión libre con Vanessa. Aún no tiene hijos, pero dice que en un futuro le gustaría tenerlos. Físicamente es superior a todas las demás futbolistas que defienden sus colores en el llano de Iztapalapa; mide 1.75, es robusta y vanidosa como Lidia. Dulce menciona que no venía preparada para fotógrafos y que se siente despeinada; sin embargo, no se le notan los ochenta minutos que ha jugado como titular: las gotas de sudor bajan por su frente y cuello, pero el gel que cubre su cabello sigue tan fijo como cuando se calzó los botines.
En el llano hay chispazos de épica. No hay dribbling, cierto, pero persiste la idea sobrenatural de ser la máxima goleadora de liga, o de hacer la atajada del partido para llevarse la anécdota durante toda la semana a casa. Cuando los partidos terminan, cuentan cómo derrotaron los anhelos de sus contrincantes y salpican con algún guiño una mentira para dar calor a sus palabras. Son antihéroes anónimas que ven al futbol como una tradición familiar y una válvula de escape a la rutina. Ninguna de las futbolistas ha desechado de su vocabulario la palabra familia, o se ha olvidado de decir mi padre, mi abuelo o algún pariente masculino que les inculcó el gusto por este deporte. Desde la tribuna grafiteada y mojada por la lluvia, se puede ver el esfuerzo de estas mujeres que desean conocer algo parecido al triunfo, y anhelan llevárselo a casa para repetirlo dentro de ocho días. Lo más extraordinario es que viven en la incomodidad, lo que las lleva a mentarle la madre al árbitro, a reclamar con energía una mano dentro del área, a no dejarse intimidar por la figura masculina del silbante.
La tentación de obtener fama y reconocimiento masivo es un incentivo para muchos músicos, como el canto de las sirenas era la perdición para los marineros que acompañaban a Ulises en su periplo mítico, así son estos dos factores en el universo musical. Esto no le sucede a Teresa Iturrioz e Ibon Errazquin, ellos han sabido mantener una ética profesional que les indica cuando un proyecto ha llegado a su límite en lo creativo más allá de los buenos augurios comerciales que se divisen en el horizonte.
A través de Las Aventuras de Kirlian y Le Mans, fueron protagonistas de dos grupos de culto que echaron por delante al llamado Donosti Sound que marcara de forma indeleble al indie español, junto a lo hecho por La Buena Vida —otro grupo memorable—, por medio de una incursión que paulatinamente se fue haciendo de seguidores a medida que corrían la década de los noventa.
Aquella discreta y fina movida gestada en San Sebastián no lanzaba manifiestos políticos ni atascaba su sonido con guitarras estridentes. Más bien, apelaba a las melodías dulces, a un pop exquisito que se balanceaba sobre ritmos trotones y cadenciosos. Por momentos tomaba lo sabroso de la Bossa nova, en otros pasajes les gustaba jazzear. Intentaba no perder esa suavidad aterciopelada. Cuando uno se atreve a escuchar atentamente su legado descubre que se trata de material que ha sabido transitar en el tiempo sin que se sienta viejo o pasado de moda. Hay mucho de frescura en este acervo imperecedero.
¿Qué habría deparado el destino para Le mans? Es tarde para dilucidarlo, y no es algo que les importe a los artífices de Single, una mancuerna que ama apasionadamente al pop más inclasificable. Un binomio que trabaja a su ritmo, que se regodea en muchos tipos de músicas y que con cada entrega consigue sorprender gratamente.
¿Qué tal les irá con las ventas? En ningún momento puede pensarse que les preocupen los desplates del mercando. Saben que cuentan con un grupo de fieles, que aunque limitado, entregan su apoyo incondicional. Por si fuera poco, gozan del reconocimiento pleno de la crítica. Cada álbum es celebrado y hasta la fecha no hemos sabido que hayan tenido traspié alguno.
Ibon y Teresa avanzan; se mueven de un lado a otro, aunque no es forzoso que vayan para adelante. No siguen una ruta lineal, por eso es que recuperan un montón de estilos pasados para concebir algo enteramente suyo.
Rea (Elefant, 2014) es ya el cuarto capítulo de un proyecto al que le gusta contar muchísimas cosas en cada entrega. No sólo hacen arqueología musical sino que la senda narrativa es muy variada e incluso el diseño de los materiales se convierte en una obra de arte en sí misma: esta portada es el pináculo, pues es una pintura del genial Javier Aramburu, un joven clásico de la gráfica contemporánea española.
Y es que la historia de Single arrancó con un disco espléndido (Pío Pío,2006) manteniendo siempre el listón en alto. ¿Hacia qué rumbos han orientado sus pesquisas y recreaciones? En general, se dice que se enfocarán en el sonido de los ritmos jamaicanos de la década de los sesenta. Y es cierto, pero no es todo.
A la hora en que nos damos cuenta de que Teresa tenía una ganas locas de contar historias, por una parte, surge la posibilidad de una probadita de spoken word o un rapeo muy básico, pero, por otro lado, aparece también ese aliento de canciones de lírica tan espontánea a la usanza de Vainica Doble, una agrupación de folk hippie que en su momento plantó cara al franquismo con una inteligencia tal que no pudieron ser censurados.
Aun cuando Ibon es un productor de sobradísimos recursos y personalidad, es digno de aplaudir que acá se deje producir por otros locos de su calaña. Es la segunda vez (ya ocurrió en Monólogo interior, 2010) que Single es producido por unos heterodoxo irremediable, como lo son Hidrogenesse, otro dúo formado por Carlos Ballesteros y Genís Segarra, especialistas en electrónica demente pero con amplias miras en su paleta musical.
Juntos han decidido utilizar al máximo su capacidad de abstracción y decantar hasta su esencia misma al lovers rock, la versión romántica del rocksteady, que surgió en Jamaica a finales de los 60; los locales hacían adaptaciones dub de baladas anglosajonas muy comerciales. El resultado en estas canciones hace las veces de una pintura abstracta a la hora de reproducir la realidad. El punto de partida al final es una mera alusión… un eco lejano.
Rea, sucesor de Anexo, el directo editado hace dos años, es de esos discos a los que cuesta separar por partes. Sus nueve tracks son muy parejos, pero a los especialistas no les ha sido difícil señalar dos mitades. En “Modo B”, “Nota mental”, “Siete”, “Virgen del cisne” y “Palmeras” son reconocidas por una brisa caribeña evidente (con influjos del legendario Lee “Scratch” Perry).
En el otro hemisferio, y aun ante las dificultades para fragmentarlo, habrá que destacar “Me enamoré”, donde fluye un torrente narrativo aplicado a la sátira amorosa y termina incluyendo un rapeo rústico. Si esta canción fuera un libro sería Historia del pelo del argentino Alan Pauls.
Y es que siempre hay un dejo literario en su forma de contar; otros de los temas tienen ese sentido del humor parecido al del español Alberto Olmos o bien a ese ordinario sinsentido tan usual en otro argentino, César Aira. Tal vez sea por esos puentes temáticos que decidieron adaptar al compositor uruguayo Leo Masliah y hacer muy bailable a “La moto”.
En esa ruta se mueve la bellísima “Globo de helio”, que tras un inicio acústico agrega el clavicémbalo de Gregori Ferrer (Col.lectiu Brossa) para luego dejarse llevar por secuencias y un ritmo de música disco. No hay límites posibles.
Single representa lo más grandioso de un pop mutante; un universo retorcido con sus propias reglas y metáforas. No rehúyen a resignificar el pasado haciéndonos ver que la música todavía puede provocar grandes torrentes de placer y fantasía futurista.
Estamos hechos de maíz. En el Popol Vuh, después de ensayar con barro y madera, los dioses quiché decidieron probar suerte con esta materia dulce. De maíz se compone nuestra carne, y no es metáfora. Miles de años abalan esa apuesta y nos han conferido, a pesar de las carencias nutritivas que por distintas causas merman a todas las comunidades, una oportunidad en este mundo. Los campesinos han sabido intercambiar semillas para mejorar sus cualidades y crear ricas variantes. Esa diversidad alimentaria es producto de métodos tradicionales donde no cabe totalmente la propiedad privada, donde la vida sigue anclada a su sentido colectivo. Cuando la tierra se trabaja, el cielo se comparte, quizás, un poco más.
Bioartefactos. Desgranar lentamente un maíz se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. En ella participan los colectivos BiosExmachinA, MAMAZ y Desmodium-máquina, así como los artistas Minerva Hernández, Héctor Cruz, Lena Ortega y Alfadir Luna. La curaduría estuvo a cargo de María Antonia González Valerio, quien además coordina BiosExmachinA, taller de fabricación de lo humano y lo no humano, un proyecto interdisciplinario donde colaboran estudiantes de filosofía, historia del arte, biología, física, diseño gráfico e industrial, artes plásticas, ingeniería mecatrónica y agronomía. BiosExmachina busca hacer visible que temas como este no deben abordarse únicamente desde la ciencia sino que además les incumbes a las humanidades y las artes.
Ante esto, la exposición plantea una pregunta: ¿puede el maíz ser un objeto artístico? Estamos acostumbrados a separar el arte de lo cotidiano, los museos y la academia han hecho su parte en esta construcción que separa el todo y busca mantener intactas ciertas estructuras de poder. Sin embargo, el cruce entre el arte y otras vías para violentar la realidad es inevitable, le antecede al objeto mismo en su calidad de discurso social y político. Todo lo que hacemos proviene de una inquietud personal pero también obedece a un tiempo, va hacia el otro para integrarse a un sistema comunicativo y decir algo sobre nosotros. Clarice Lispector escribió en un breve poema: “¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.”
Bioartefactos surge del cruce entre arte, ciencia y tecnología. Yo diría que el arte mismo es medicina para habitar el mundo, para tratar de entendernos dentro de él y con suerte curar nuestras dolencias primigenias, aunque sabiendo de antemano que no podemos curarnos de la vida o estaríamos muertos, sino que más bien curarse es aceptar la marea de sentimientos contradictorios que a veces nos aquejan y la carga de dolor que antecede a todo momento de felicidad o entrega. Lo cierto es que nada nos pertenece y las situaciones más crueles nos preparan para dejar ir todo aquello que consideramos nuestro. El arte también nos permite expropiar territorios censurados: cuerpos, pensamientos y objetos que intentan inscribirse en un campo hegemónico. La ciencia y la tecnología hacen su parte para facilitar la vida y preservarla, para omitir cierto grado de responsabilidad, en su sentido más ontológico y primario, que deviene cuando hacemos cosas para el otro.
Es fácil entender que cuando nuestra existencia se transmute en el umbral último de la muerte, los objetos que nos acompañaron quedarán vacíos, apenas vivos en la memoria de quienes nos vieron interactuando con ellos, llenándolos de una utilidad que quizás no tenían de manera aislada. Lo mismo sucede con el arte. No hace bella la existencia ni la facilita, nos muestra que lo bello está atravesado por una conciencia misteriosa que no difiere entre lo bueno y lo malo, lo útil y lo no útil, acaso se inscribe en un equilibrio de la forma, de la composición, como pasa cuando caemos hipnotizados ante la música, por ejemplo. En todo caso, los objetos artísticos hablan de cruces de miradas, de intersecciones y pequeñas violencias, y por ello podemos decir que constituyen espacios colectivos, plazas habitadas por todos: poemas.
De maíz se sostiene el ciclo vital. Por eso la preocupación de muchos ante la posible liberación de semillas transgénicas. A la larga, esto supondría el exterminio de la variedad agrícola, la transformación de los métodos tradicionales de cultivo y de la vida misma del campo, así como riesgos en la salud de quienes consumimos diariamente alimentos preparados con maíz. Existe una semilla llamada Terminator, cuya destrucción se mide porque una vez cosechada la mazorca la semilla no vuelve a reproducirse, terminando así con el ciclo. Ante este panorama desolador, Bioartefactos convierte el maíz en un objeto artístico para descontextualizarlo, otorgándole una función distinta que haga evidente dicha problemática. Como la ciencia y la tecnología, el arte es útil, otorga claridad a través de ruido, combate violencia con violencia.
“El que controla la semilla, controla la vida”, dijo alguna vez Marietta Bernstorff, directora de MAMAZ (Mujeres Artistas y el Maíz), colectivo que surgió a partir del cuestionamiento en torno a lo que sucede con nuestra base alimenticia. Quizás tendríamos también que preguntarnos quién controla la vida, quién decide lo que comemos, cómo vestimos, qué pensamos. Si hubiera un solo culpable las cosas serían, tal vez, más fáciles, pero vivimos en un sistema multiforme que crece de muchas maneras y se alimenta, ante todo, de silencio. A partir de un mural compuesto de bordados alusivos a este problema, MAMAZ apunta algunas causas que orillan a las especies nativas de maíz hacia su posible extinción: falta de apoyo al campo por parte del gobierno, pérdida de la tradición de siembra por la migración, escasez de agua por el cambio climático y los intereses económicos de las empresas trasnacionales.
En la exposición había también instalaciones con medios vivos. El colectivo Desmodium-máquina reconstruyó el ciclo vital en tres pasos: una mini biósfera donde crecían plantas cuya condensación de agua se traducía en vibraciones que en otro artefacto grababan sonidos en un disco de metal, a la manera de un LP, y terminaban entintados en papel. Al final, el ciclo de la tierra, metáfora de un proceso que hemos hecho invisible, se convierte así en otro tipo de objeto. Los sonidos de la tierra devienen en agentes de conocimiento, en puentes desde donde mirar lo que realmente sucede en el planeta.
Lena Ortega indaga en otro campo, pasamos de la semilla transgénica a la producción de alimentos con jarabe de maíz de alta fructuosa y sus repercusiones en la salud. En un pequeño cuadro se lee una guía para saber alimentar a la familia: “1. Revisa los alimentos de tu casa, 2. Trae al MACO los que contengan jarabe de maíz, 3. Arrójalos sobre la mesa”; así como una lista de algunos alimentos producidos con esta fórmula. El objetivo es informar, a la manera de un comercial televisivo, de qué está fabricado lo que comemos, de dónde viene, qué genera en el organismo.
De la soledad del campo comemos, de esa aceptación y gozo ante lo que significa sentarse bajo la luna y escuchar el viento sobre las hojas. Sentirse pequeño, sumergirse en un valle de estrellas. Apreciar el tiempo como un regalo caótico de, como dice Sábato, un niño caprichoso que destruye hormigueros por diversión. Lo colectivo viene de la tierra, sin nada que nos ligue a ella ese aislamiento ha derivado en desolación y angustia. Del olvido de estas y otras prácticas ancestrales ha nacido el sujeto y sus crisis existenciales. Pérdida de sentimientos genuinos de solidaridad y pertenencia. Algo necesario que marca el fin de una época, quizás. Más que nunca, nos hemos sorprendido desamparados en medio de un mundo que ya no entendemos, ajenos a un orden que necesita la metáfora para poder explicarse a sí mismo pero en cambio recibe dosis de realidades prefabricadas y adormecimientos generales. Vivimos anestesiados.
La exposición estará hasta el 15 de septiembre en el MACO de Oaxaca.
Costa Rica se erige como el gigante de CONCACAF en el mundial de Brasil 2014, por lo que este ensayo cobra una relevancia particular: México conquistó el futbol en América del Norte. Sin embargo, este dominio se desvanece cuando se analizan los resultados en competencias internacionales. Entonces, ¿por qué el futbol continúa siendo el deporte más popular en nuestro país?
La Fédération Internationale de Football Association (FIFA, por sus siglas en francés), que avala los principales torneos de futbol, divide los espacios geográficos en confederaciones para facilitar la competencia en eliminatorias y torneos de clubes. En América existen la Confederación Sudamericana de Futbol (CONMEBOL) y la Confederación de Futbol del Norte, Centroamérica y el Caribe (CONCACAF), donde juega México, aunque suele ser invitado en los torneos de la primera. La selección mexicana, por su infraestructura, solía dominar a todos los equipos de su confederación, por la que ganó el apodo de “El gigante de CONCACAF” (título que ahora compite, a regañadientes, con Estados Unidos).
México es un país futbolero: en un estudio realizado por la agencia Pluri Consultora sobre la temporada 2013-2014, se determinó que la liga mexicana es la cuarta con mayor asistencia a estadios, con un promedio de 24,245 aficionados por partido, sólo abajo de Alemania, Inglaterra y España, y arriba de Italia, Holanda, Francia, Argentina y Brasil. Entonces, ¿por qué no es una potencia a nivel internacional? Si desglosamos la estructura del futbol mexicano, se encuentran todas las deficiencias que lo exponen y expulsan del imaginario colectivo nacional. Estos son los récords de México en mundiales de futbol: más apariciones sin ser campeón, sin llegar a la final y sin pasar a semifinales, aunque quedando regularmente entre los mejores dieciséis. ¿Qué tan buenos somos realmente? ¿Por qué, pese a los resultados, el futbol continúa siendo el deporte más popular?
Los clubes
Un aficionado encuentra en su equipo una razón para creer. Hay quienes dedican su vida a él y pasan por todo tipo de emociones: amor, odio, decepción, felicidad, éxtasis y dolor infinito cuando ven a su equipo perder una final, en el descenso (el castigo que los obliga a dejar la liga en que compiten) o, incluso, desapareciendo. Hay clubes por todo el mundo con más de cien años de vida, trofeos, anécdotas y personajes que construyen su camino. En México existen pocos con tradición verdadera: América, Chivas, Pumas, Cruz Azul y, recientemente, Toluca, Pachuca, León… Sin embargo, el futbol mexicano está encarcelado, lo que ha vuelto difícil que la gente se identifique con equipos que aparecen y desaparecen por la venta de franquicias.
Antes de Santos Laguna, por ejemplo, existía el Laguna, un equipo que vivió sin pena ni gloria entre 1953 y 1978, año en que fue vendido y rebautizado como Coyotes Neza; una década después fue comprado por Tamaulipas para que Correcaminos de la uat se quedara en primera división. Puebla, por su parte, desapareció su franquicia antes de descender en 1999; el Puebla que juega hoy en primera división surge de Unión Curtidores (algo casi imperceptible, pues juegan con el mismo nombre, playera, estadio e infraestructura). El Puebla “original” se convirtió primero en Ángeles de Puebla, después en San Sebastián, para descender a la tercera división, donde desaparecieron. Con él se extinguió Unión Curtidores, un equipo creado en 1928.
Sucedió también con Colibríes de Cuernavaca, Indios de Ciudad Juárez, La Piedad, Toros Neza, San Luis, Jaguares de Chiapas, Gallos blancos de Querétaro, Veracruz e Irapuato, equipos que sufrieron el cambio de franquicia y saltos de primera a segunda división en cuestión de días. El descenso se convirtió en un mito, ya que gran parte de los equipos compran su permanencia en primera división al adquirir una franquicia. Tan sólo en el 2013 cuatro cambios evitaron que Querétaro se fuera a la Liga de Ascenso: Querétaro descendió, por lo que compró a Jaguares y le cambió el nombre a Gallos; Jaguares adquirió a San Luis para conservar la categoría; Veracruz, que estaba en segunda, compró a La Piedad, equipo que había ganado el ascenso, y ahora juega en primera. San Luis obtuvo Querétaro y ocupó el lugar vacío en segunda. Ascendió Veracruz en vez de La Piedad y descendió San Luis por Querétaro. ¿Cómo identificarse con algo que se vende a un precio tan bajo? Para el aficionado, la pasión no es negociable, pero lo es para el empresario, lo que abre grietas entre el público y los clubes.
Ilustración de Damián Flores.
La junta de los dueños
En México, las decisiones importantes las toman los dueños de los equipos con votos en las juntas. Aunque la FIFA prohíbe la multipropiedad, un par de este selecto grupo tiene más de un equipo, lo que se refleja en la cantidad de votos. Ellos deciden al seleccionador nacional y su equipo de trabajo. Sobra decir que casi todos son hombres de negocio sin mucho conocimiento deportivo.
El sistema de competencia
En las principales ligas del mundo se juega un torneo anual de primera división con veinte equipos, que se enfrentan dos veces entre ellos, como locales y visitantes, y gana el que suma más puntos (los peores descienden). En México, durante el mismo periodo, se juegan dos torneos: apertura y clausura. Todos juegan contra todos una vez y los mejores ocho entran a la liguilla, torneo de nocaut, hasta definir un campeón. Es difícil que el mejor se corone, pues puede dominar durante toda la competencia y descuidar un balón en defensa, perder el partido, apagar la luz e irse a casa. Desciende el equipo con peor promedio de puntos en las últimas seis temporadas.
Los torneos son tan cortos que permiten temporadas muy malas sin descender, razón por la que los clubes son proyectos a corto plazo. La competencia en México es relativa: cualquiera puede ser campeón incluso sin un torneo decente. León y Pachuca, por ejemplo, disputaron la final más reciente. El primero, eventual campeón, entró a la liguilla porque Chivas perdió un partido; el segundo porque remontó un 3-0 en contra. Hay que agregar que ambos equipos rinden cuentas al mismo patrón.
Los promotores y el draft
En el draft, cual tianguis semestral, se juntan los directivos de los clubes con agentes de jugadores para intercambiar futbolistas entre todos los clubes. Según estadísticas de Mxsports y ElEconomista, de cara al arranque del torneo de apertura 2013 se gastaron 70.7 millones de dólares en traspasos (nacionales e internacionales). Los números no alarman por la situación del país ni por razones extra-cancha, ya que es un negocio como cualquier otro. El escándalo es que el futbol mexicano no haya mejorado con tal inversión.
México cuenta con algunos puntos altos y un solo título internacional: el que Pachuca ganó en la Copa Sudamericana (2006). Pumas, Cruz Azul, Chivas y América han llegado, de manera aislada y repartidos en catorce años, a alguna final continental. Aquellos logros indican que el futbol mexicano podría trascender a nivel de clubes. Algo que en la realidad no sucede.
Ilustración de Damián Flores.
El tri
La selección mexicana no es la potencia mundial que dice estar cerca de ser; ni siquiera ha ganado una Copa América, una competencia que existe desde antes del mundial y que es el equivalente a la Eurocopa. Desde que México ha sido invitado a participar (pues es un torneo organizado por la CONMEBOL), ha tenido solamente dos participaciones en finales (1993 y 2001), pero ningún título.
México ganó fama con nombres como Hugo Sánchez, Jorge Campos, Manuel Negrete, Luis García y Javier Hernández, jugadores talentosos con la suficiente calidad para trascender internacionalmente. Nada que celebrar. Es el mismo caso de los jugadores históricos que han tenido Irlanda (George Best), Liberia (George Weah), Ghana (Abedi Pelé), Gales (Ryan Giggs), Bulgaria (Hristo Stoichkov) o Trinidad y Tobago (Dwight Yorke),sin mencionar los que llegó a tener la urss.
Otro detalle importante en el desarrollo que, dicen, llevará a México a grandes cosas, es que no juega la mayoría de sus partidos en terreno nacional, salvo (y casi exclusivamente) los de la eliminatoria mundialista, pero compite como local en Estados Unidos, ante rivales más débiles y con mayores resultados económicos por venta de boletos y transmisiones televisivas. Rara vez enfrenta a Portugal, Holanda, Brasil, Argentina o Inglaterra. Es difícil, cierto, hacer el viaje a Europa (aunque México ha tenido hasta ocho jugadores en el viejo continente, los cuales se trasladan a Estados Unidos para un amistoso). En eliminatorias, los rivales del tri son de menor nivel (aunque cada vez más competitivos) en una confederación que ofrece tres boletos y un repechaje a un grupo de seis equipos. México no se codea con las potencias.
¿Deporte nacional?
El deporte más querido del país está kilómetros atrás de lo que pretende. México carece, a nivel internacional y de clubes, de cultura futbolística sólida, historial y pedigree. No existe una liga seria ni un sistema de competencia para desarrollar proyectos que trasciendan porque, gracias al draft o al cambio de franquicias, desaparecen en cualquier momento.
En mundiales, México ha perdido tres veces con Brasil sin anotar gol; en 2006 y 2010 perdió contra Argentina. En ediciones recientes fue superado por Uruguay, Alemania y Portugal. Le hizo un buen partido a Holanda y sacó un punto en el último minuto. De sus últimos ocho juegos mundialistas, sólo derrotó a la peor Francia de los últimos años y a Irán, y logró un empate ante Angola y Sudáfrica. Desde 1994 México ha jugado veinte partidos: ganó seis (ante Irlanda, Corea del Sur, Croacia, Ecuador, Irán y Francia), empató seis y perdió ocho.*
Aun así, muchos venden a México como un país que está cerca de ser una potencia futbolística, cuando realmente no es nada que Irlanda y Turquía no hayan hecho mejor.
Ilustración de Damián Flores.
*[Nota del editor: este texto se escribió antes de la participación mundialista de la selección mexicana. A las estadísticas hay que sumarle el empate ante Brasil, las victorias contra Croacia y Camerún, y la derrota en el partido de Holanda]
México, país amante del arte de las patadas, es David en Copas del Mundo, y Goliat de América del Norte; sin embargo, la selección se dejó alcanzar por rivales que solía dominar, motivo que Rodrigo Márquez Tizano usa para reflexionar sobre la buena relación que el aficionado de a pie tiene con la derrota.
15 de octubre de 2013.
El ataúd del futbol mexicano recibió un clavo en forma de supuesto milagro. El escenario era ideal para un prodigio a lo Chanfle: tras una campaña clasificatoria llena de baches, Chicharito y sus amigos tuvieron a la selección nacional al borde del ridículo en una CONCACAF de risa loca (cuyos mayores reconocimientos provienen de los escándalos de corrupción en los que sus dirigentes se ven envueltos un año sí y otro también).
El partido frente a Costa Rica en San José, última oportunidad para enderezar la nave rumbo a Brasil, fue un fiasco desde el saque inicial. Los ticos controlaron a placer por las dos bandas, apuntalaron la media cancha con pulmones que no dejaron de circular de caja a caja y sus delanteros reventaban balones contra los postes con soberbia, como pregonando que no sólo iban a dejar a México fuera de un Mundial por primera vez desde 1990, sino que su misión era más noble, casi filantrópica. Había que nulificar cualquier idea de superioridad que el equipo rival aún pudiese albergar sobre sí mismo.
Para afianzar el efecto dramático en este guión bolañesco (¿cuál Roberto es el que firma?), Javier Hernández cometió un desliz a puerta abierta. Bryan Ruiz abrió el marcador para Costa Rica cuatro minutos más tarde. Oribe Peralta reaccionó con un gol que hubiera lucido ocasional si no fuera por su fina factura; pero aun con esa gesta solitaria, el juego de México era un atentado contra cualquier ánimo triunfal. Nadie que compita así puede pensar en ganar algo, ya no digamos un partido. Vucetich, director técnico recién llegado y a punto de irse, parecía más timorato que de costumbre y había perdido el color por completo, como un fantasma encorsetado en un traje que otro muerto le heredó. Un segundo gol, obra de Saborío al 64’, nos acercaba más al barranco. A quinientos kilómetros de ahí, en Panamá, los canaleros vencían a Estados Unidos por la mínima. Esa combinación bastaba para que Coca-Cola vendiera muchas menos botellitas conmemorativas este verano.
Luego, el milagro. Lo dijo Vuce: “Gracias a Dios se clasifica”, aunque le faltó aclarar qué religión profesa el tri. México cumplió las tristes expectativas y obligó a los merolicos de la televisión a encabalgar versos con excusas. Sin embargo, no hubo una que paliara el desastroso juego de México, cuyo premio fue arañar la repesca gracias a un gol de último minuto de Estados Unidos. ¿Dónde está la mano santa? En lo que debió ser: quedarse fuera, desaparecer, sacrificar al niño para que alguien tapara el pozo. Pero no, un clavo made in usa se hizo pasar por reliquia y nos invitó de chiripa a la fiesta, orgullosamente gorrones. Acá no olvidamos los milagros, aunque sean fayuqueros, y la sele, el tri de mi corazón, el equipo de todos, resucitó envuelto en una gloria prestada y con remiendos, pero gloria al fin. Y con el gusto de cacarear que disfrutamos el sufrimiento como ningún otro pueblo en el mundo, le dijimos que sí a otros dos partidos de “sí se puede”. Ya en repechaje, recetamos la decena trágica a unos desprevenidos turistas neozelandeses y recuperamos esa prepotencia distintiva que nos vimos obligados a hipotecar en Centroamérica.
La derrota es nuestra idea del mundo. El problema es que ahora ese es nuestro slogan. Ya ni nos preocupamos por perder. Dejamos que otros lo hagan por nosotros, luego les echamos porras. La derrota es negocio de unos pocos. El aficionado de a pie, el que se come los partidos por televisión, ¿gana algo si la derrota se vuelve más tangible? ¿Cabría esperar que el luto futbolero tercie en ese disociación elemental entre compromiso individual y colectivo?
¿Para qué construir una infraestructura sólida? Mejor tener una que rinda dividendos rápido. Es más cómodo para nuestros gobiernos estatales que contemplen la idea de comprar una plaza para la Liga de Ascenso a que se preocupen por otros asuntos. Si la pelota se mancha, la lavamos. No tenemos problemas con la higiene de nuestros emblemas. Queda apagar la televisión y negarnos a participar en un negocio que no ofrece ni felicidad pasajera. Esos equipos que revolotean en liguillas insípidas no tienen nada que ver con los que alguna vez nos encandilaron. Los colores ya no significan nada. Si nos enorgullece llevarnos bien con la derrota, ¿por qué al menos no perder por nuestra cuenta?
Una noche estrellada, en ella un joven grita desesperado al cometa perdido hace cien años.
En casa, mamá no tiene la razón. El perro en una esquina gira treinta y siete veces, después ladra al cometa perdido hace cien años. Hay una supernova llamada Crayola debajo de la cama del hijo. Ahí guarda, además, una caja vacía para cuando lleguen los conejos, las serpientes. Dos hombres se besan y el río se inunda de lámparas chinas. El mundo y su sintaxis arriesgada, sus tibios coqueteos con la felicidad.
Héctor Hernández Montecinos es el poeta de las particulares. Su minuciosa visión de la vida hace de su trabajo una obra como herida abierta, con los colores expuestos y el dolor, con la sorpresa y lo encendido de la sangre, lo podemos tocar y sentir.
La obsesión con el otro abunda en su quehacer. Siempre interpelando al que está detrás del espejo, preguntando el por qué y el cómo. Montecinos se reinventa y parece el hombre de mil máscaras, el poeta impredecible. Ello hace de su poesía un reflejo de niño malo combinado con ternura. Una frontera donde le da voz a personajes marginales y a la membrana estelar en Atacama.
Soy nuevamente un niño pequeño
no hablo ni escucho
mi piel por dentro es de noche
y me alimento del verde soma
me están llamando ¿oyes?
mis células aplauden y glorifican
mis entrañas son tus entrañas
mis humores son tus humores
mis lágrimas son tus lágrimas
mi semen es tu semen
Aquí una entrevista con Montecinos:
¿Qué es un país?
Una porción de deseo y miedo delimitado por una línea también imaginaria.
¿Qué es el bien?
El espejo de la vanidad.
¿Por qué poesía?
Porque destroza el espejo de la vanidad, el deseo y el miedo mediante la imaginación.
¿Utopía o realidad?
Qtopías (utopías de la realidad cuántica).
¿Qué es dios?
Una pregunta singular en expansión desde hace 7.6 billones de años.
¿Eres lo que planificaste ser?
En este plano soy lo que no soñé ser (karma).
¿Quién y cómo es tu mejor amigo?
Mi peor enemigo en vacaciones.
¿Qué es la izquierda y qué es la derecha?
El partido político más largo de la historia moderna.
¿Cuál es el momento de la Historia que consideras más relevante?
Cuando el primer hombre o mujer o niño vio la primera noche estrellada.
¿Por qué las fronteras?
Porque el miedo y el deseo son rentables.
¿Fama?
No smoking, thank you.
¿Publicar en Latinoamérica?
Latinoamericanizar las publicaciones.
¿Dices soy del sur?
Soy del sur.
¿Eres libre?
Y a veces libro.
¿Qué es una ciudad?
Un momento donde la ruina parece monumento y viceversa.
¿Qué piensas de la relación entre poesía y política?
A la poesía le falta más (bio)política y a la política, más poesía.
¿Cómo opera la memoria en el espacio de lo poético?
Un museo: caza de musas.
¿Cómo es la figura de un poeta en el presente?
Adiposo.
¿Qué papel tiene lo poético en la vida cotidiana?
La poesía le copia a la vida y no al revés.
¿Qué pasa con el significado en la poesía, ha cambiado su papel en el presente; es relevante?
Los significados, las verdades y todo lo que parecía importante hoy como la ley, la ciencia, la tecnología, la publicidad cambia, caduca con el tiempo. La poesía, todo lo contrario. Sweet revange.
¿La Historia tiene cabida en la poesía? ¿Si es el caso, cómo se da esa relación?
La poesía es la historia de la intimidad de la Historia.
¿Qué es el hogar?
Capitalismo y esquizofrenia.
¿Qué es la amistad?
Amar a los que no te gustan.
¿Qué es el futuro?
Irse.
¿Eres feliz?
Irse.
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Héctor Hernández Montecinos (Santiago, Chile, 1979) es licenciado en Literatura, doctor en Filosofía. Sus libros de poesía editados entre el 2001 y 2003 aparecen reunidos en [guión] (LOM: Santiago, 2008; Marick Press, Detroit, 2009, en inglés). [coma] (2ª ed. LOM: Santiago, 2009) comprende su trabajo poético de 2004 a 2006. Además han aparecido los siguientes libros antológicos de su obra: Putamadre (Zignos: Lima, 2005), Ay de mí (Ripio: Santiago, 2006), La poesía chilena soy yo (Mandrágora cartonera: Cochabamba, 2007), Segunda mano (Zignos: Lima, 2007), A 1000 (Lustra editores: Lima, 2008), Livro Universal (Demonio negro, Sâo Paulo, 2008, en portugués), Poemas para muchachos en llamas (RdlPS: Ciudad de México, 2008), El secreto de esta estrella (Felicita cartonera: Asunción, 2008), entre otros.
El nuevo libro de Erma Cárdenas (Washington D.C., 1945) es una colección de diecisiete relatos que se presentan como ecos de diversos corridos mexicanos: desde “La Adelita” hasta los narcocorridos. Lo que se relata es de tal familiaridad que incluso las historias se perciben como verídicas y ya conocidas. Hay que subrayar que el disfrute del lector se impulsa en gran medida por la identificación y reconocimiento, para bien o para mal, de las situaciones que se cuentan y que se desarrollan en contextos también típicos de México (cantinas, celdas, haciendas, la frontera norte). Cárdenas no requiere del conocimiento de los corridos o de la historia nacional: el reconocimiento se devela sobre la marcha.
Los cuentos de Voy a contarles un corrido… narran una larga historia que podría ser el relato de un país que encuentra humor en toda situación. Dado que se hace uso de figuras célebres o estereotípicas de las canciones populares (borrachos, mujeriegos, guerrilleras, héroes asesinados, corruptos, maridos cornudos, narcos), y que éstas se reconfiguran en narraciones novedosas que permiten una lectura amena, ágil y memorable, es fácil entender que las experiencias de cada personaje componen el imaginario de un México que crece a lo largo del volumen. Las historias son claras: se habla del amor casi siempre en términos de pérdida (como cuando se muestra la supremacía que el futbol tiene sobre el romance) y de la justicia con tonos tragicómicos.
“El caudillo del sur” es un ejemplo claro de cómo funciona el trabajo de Cárdenas: se relatan los cínicos testimonios de todas las esposas de Emiliano Zapata (o, como sería más adecuado, “la esposa y las queridas”) quienes declaran y reclaman sus derechos tras la muerte del revolucionario, inyectándole tonos nostálgicos a la evocación del suceso histórico. La presencia textual de los corridos también contribuye al disfrute del libro: hacia el final del volumen se presentan narcocorridos que dibujan ciertos aspectos de un México evidentemente contemporáneo. Tal es el caso del cuento “Amor del bueno”, en donde el narrador dice que los protagonistas “salieron de San Isidro, / procedentes de Tijuana. / Traían las llantas del carro / repletas de yerba mala. / Eran Emilio Varela / y Camelia, la tejana”. Claramente, quien haya escuchado los versos de estos corridos (aunque sea por accidente) sabrá cómo entonarlos y podrá disfrutarlos más. Es interesante que los corridos se prosifiquen en narraciones para construir tramas nuevas sobre las que ya se cantan: el corrido que Erma Cárdenas nos cuenta su versión de los hechos, detrás de las ya de por sí “verdaderas” historias que los versos populares inmortalizan. ¿Quién puede asegurar que así no es como ocurrieron las cosas?
La lectura es divertida, placentera y reveladora. La autora no sólo amplía la difusión y ayuda a preservar la forma musical-literaria del corrido: también subraya los modos en que las identidades sociales se cimientan sobre lo que la noción popular decide preservar. Los corridos funcionan como leyendas e historias de origen, por lo que Voy a contarles un corrido… no es sólo un ejercicio de adaptación para demostrar la creatividad en el paso del canto a la narrativa, sino una muestra de perdurabilidad cultural en donde participan todos los relatos que pudieron dar pie al material popular de una nación que, influenciada por revoluciones, narcotraficantes y otros factores, continúa evolucionando y reconfigurándose de forma trágica e irónica.
Fotograma de la película The Truman Show (Weir, 1998).
En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de Walter Benjamin, se lee: “En el caso del cine, el noticiero semanal demuestra con toda claridad que cualquier persona puede encontrarse en la situación de ser filmada. Pero no sólo se trata de esta posibilidad; todo hombre de hoy tiene derecho a ser filmado”.
Lo que dice Benjamin es que, como en la literatura, la barrera entre intérprete y espectador se va difuminando.
Saber escribir brindó los medios a cualquier “ciudadano de a pie” para convertirse en escritor (en productor, diría Benjamin). Sólo hasta la invención de la imprenta y del establecimiento de la prensa como órgano de información y comunicación, esos medios se convirtieron en una posibilidad real: el buzón de sugerencias, las cartas de los suscriptores, quejas, reportes, denuncias, todos estos géneros literarios se crearon por esfuerzos de los lectores de los diarios y revistas.
La distinción entre autor y lector pierde su carácter unilateral. Con los espacios abiertos a partir de la prensa, publicar deja de ser un proceso de selección de élite. Cualquiera puede publicar porque cualquiera tiene derecho a hacerlo. Hoy en día, los blogs personales en internet, por ejemplo, han explotado esta posibilidad.
La materia base de la literatura es el lenguaje escrito; éste se convirtió en la manera de socialización de las comunidades humanas occidentales desde hace aproximadamente doscientos años (las calles tienen una placa con su nombre, los procesos legales son procesos de lenguaje escrito, el correo como medio de comunicación entre particulares, etcétera). Así, una exigencia de la sociedad contemporánea coincide con la materia de un tipo de arte. De repente, una gran parte de la población (en ciudad, por lo menos) se convirtió en semi experta del lenguaje escrito, se volvió escritores que sólo deben refinar su herramienta.
En otras artes, en cambio, ha de aprenderse una técnica aparte: si se quiere ser pintor o escultor, es necesario conocer de perspectiva, combinación de colores, materiales. Algo parecido sucede en arquitectura o música. Sus procedimientos son exteriores a la forma de comunicación principal en la sociedad.
Ser alfabeto en cine, es decir, tener las herramientas para realizar cine —por lo menos, la función de “ser filmado”— no tiene mucho sentido. No se trata de ser un buen o mal actor, la cámara de todas maneras capturará la imagen. Todos, pues, estamos en capacidad de ser filmados. No se necesita más que estar ahí. Los soviéticos fueron los primeros en aprovechar al intérprete no-actor (Eisenstein) y en hacer que la actuación del montaje sustituyera a la del humano (Kuleshov).
El derecho a ser filmado, para Benjamin, tiene un cariz político: el hombre tiene derecho a que se le reproduzca, ante todo, en su proceso de trabajo, es decir, a tener una herramienta que le refleje —como un espejo portátil— y le permita salir de la enajenación del producto de su trabajo (véase los kinopravda, de Vertov).
Frente a esta posibilidad de emancipación, el capital, dice el filósofo, crea el star system: la admiración por ciertos rostros, gestos, apariciones, vestidos, galas, alfombras rojas, los Óscares, los Grammy. En esas figuras, el espectador se olvida de su derecho a ser filmado y, sobre todo, le hacen creer (uno por uno: divide et vinces) que él puede ser uno de ellos, uno de esos stars admirados y respetados (American Idol, Britain got talent, Next top model). Se cancela a través de esta ilusión el camino del autoconocimiento y de la conciencia de clase.
The Truman Show (Weir, 1998) narra la vida de Truman Burbank (Jim Carrey), un inocuo vendedor de seguro de Seaheaven, California, que disfruta del sueño americano: casa propia, trabajo estable, esposa fiel y abnegada. Nunca ha salido de su pueblo natal y tiene el sueño de vivir en Fiji. Truman es el protagonista (aunque él no lo sabe) del programa televisivo más exitoso de la historia. Desde su nacimiento, las cámaras han capturado todos los detalles de su existencia: el primer paso, el primer beso, el primer corazón roto. Truman aparece en un canal que transmite su vida veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
Hay cámaras por todos lados y la población entera de Seaheaven son actores: su esposa, su mejor amigo, su madre. Truman ha vivido treinta años encerrado en el estudio más grande del mundo.
Así, el concepto de intimidad, para Truman, no existe. Es más, tiene una ventaja sobre cualquier ser humano: su memoria vive fuera de él, en millones y millones de cintas y archivos. Sus recuerdos no pueden jugarle ninguna trampa: todo está ahí, grabado y listo para ser consultado.
Truman es, entonces, el más grande de los stars cinematográficos. Millones lo han acompañado durante toda su existencia y, aunque la vida de Truman sucede en una burbuja, tenemos que creerle a Kristoff (Ed Harris), creador del programa: “No hay nada falso en Truman. Está controlado, pero no es falso”.
El señor Burbank se convierte en lo contrario al star system, aun siendo su rey. La identificación que busca el capital con estos rostros bellos y estas vidas glamurosas para distraer y anular el potencial revolucionario del cine tiene que ver con separar a la masa, volverla individuos egoístas, independientes e incomunicados con los otros. Lo que se intenta, usando las palabras de Benjamin, es evitar la conciencia de clase.
Middle class, trabajador, normal, sin ningún artificio, el héroe de millones, el que todos quieren ser o conocer. El poder de Truman radica en que la identificación con él crea la empatía con todos.
Al ser un hombre normal, tan aburrido e interesante como cualquiera de nosotros, verlo a él en pantalla, que sea filmado, es como si nosotros estuviéramos frente a la cámara. La gran tragedia de Truman —pero eso es algo que se descubrirá fuera de Seaheaven— es que no sólo tiene derecho a ser filmado, sino que es su deber.