El cuento, se dice y se repite, actualmente es un género literario difícil de publicar, la queja permanente es que pocas editoriales apuestan por él (a menos, claro, que sea un autor consagrado que se puede tomar la libertad de entregar a su editorial un libro completo de cuentos). El asunto se complica cuando se trata de antologías en las que varios autores, consagrados o no, son reunidos para practicar este género y con esa diversidad de plumas es más difícil llamar la atención sobre él. Sería interesante saber cuáles fueron las razones para que el cuento dejara de tener la importancia que tuvo a finales del siglo XIX y cedió su lugar al género preponderante de la actualidad: la novela.
A contracorriente de esa idea, la editorial Cal y Arena ha publicado desde hace años una colección de antologías de cuento en las que invita a un puñado de escritores dándoles un tema en específico para armar sus historias. Así, han aparecido las antologías Un hombre a la medida, compilada por Claudia Guillén; Almohada para diez, que estuvo a cargo de Mauricio Montiel o Yo es otr@, que compiló Ana Clavel. La antología más reciente dentro de esa colección es Hoteles de paso, que coordinó el poeta Juan Manuel Gómez. Esta curiosa mecánica, de invitar a autores dándoles un tema, puede parecer interesante pero también tiene sus desventajas. Y es que sucede que al darles sólo una línea de acción el resultado puede resultar desigual entre los cuentistas convocados.
En el caso de Hoteles de paso, cuya indicación lógicamente fue que una historia se desarrollara en un hotel, resultan decepcionantes los cuentos de la narradora y poeta Jennifer Clement (autora de La viuda Basquiat, una novela fascinante sobre la amante del pintor neoyorquino), pues la traducción no es afortunada y es inverosímil por varios detalles; el de Laura Emilia Pacheco por ser demasiado elemental y previsible y el de Alberto Ruy-Sánchez por un supuesto erotismo que recurre a una especie de realismo mágico como salida fácil. Incluso el del poeta Juan Carlos Bautista parece repetitivo para quienes hemos seguido sus libros, desde el Cantar del Marrakech hasta Paso del Macho el tema del travestismo está presente y uno pensaría que un cuento por encargo podría ser una buena oportunidad para contar otra cosa. O el de Guillermo Fadanelli, quien entrega un cuento muy menor a lo que nos tiene habituados a sus lectores.
De esa manera, los mejores cuentos en Hoteles de paso, sin duda, son los del peruano Alonso Cueto, el de Miriam Mabel Martínez y la chilena Carla Guelfenbein. El relato de Cueto juega con la autorreferencialidad para luego desdoblarse en algo inesperado (y más sorpresiva es todavía la reacción del propio narrador ante lo que le ha sucedido en el hotel en el que pasó unas noches). Miriam Mabel recurre al juego de voces y construye un relato que resulta una escena cercana, porque seguramente varios lectores se han visto en la circunstancia adolescente de ir en busca de un hotel con el novio teniendo a la hermana menor de chaperona. El de Guelfenbein es envolvente por su ambiente lúgubre y fantasmagórico, lleno de personajes que parecen estar pero que desaparecen inesperadamente y quien en realidad está parece un fantasma. Estos tres cuentos son los que vale la pena leer en Hoteles de paso.
El fin último de las obras de teatro es ser llevadas a escena y ser testigos de ese fenómeno tan peculiar que hace posible que en una función el público aplauda lleno de euforia o que al día siguiente los bostezos inunden el lugar; claro que hay textos tan sólidos y bien escritos, Molière y Shakespeare fueron máquinas generadores de ellos, que son capaces de convencer al espectador más exigente y resistir al peor montaje o al actor más inexpresivo del planeta.
En este sentido, se ha comprobado la eficacia de las lecturas dramatizadas como un método para acercar al dramaturgo, al director y al actor con las personas, es por eso que la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) y la organización Dramaturgia Mexicana, que agrupa a una gran cantidad de escritores del país, se dieron a la tarea de iniciar un ciclo titulado Muestra de Dramaturgia Mexicana Contemporánea. La finalidad es mostrar obras de dramaturgos de diferentes generaciones para que encuentren el camino hacia un montaje.
Edgar Álvarez Estrada, por parte de Dramaturgia Mexicana, y Miguel Ángel Tenorio, por parte de SOGEM, fueron los encargados de coordinar el ciclo.
Por este escenario desfilarán en total 23 textos de escritores de diferentes generaciones, la mayoría de los cuales ya tiene un lugar dentro del quehacer teatral y un público que los frecuenta, como Antonio Zuñiga, Alejandro Román, Silvia Pelaez, Verónica Musalem o Luis Santillán, por mencionar algunos, y otros que se van abriendo paso como Nora Coss. Estos, entre otros, forman parte de la programación a la que quizá le hacen falta personas cuyo nombre no sea tan reconocido, pero cuyo trabajo tenga la calidad y solidez necesaria para ser mostrado. Todos necesitamos siempre al inicio de nuestras carreras apoyo, y si quien lo otorga es la SOGEM y Dramaturgia Mexicana estaría bien darle más preponderancia a los nuevos rostros.
El esfuerzo por promover el teatro contemporáneo es laudable y, por ende, lamentable el hecho de que no se le dé la difusión necesaria y constante tanto en redes sociales como en medios, ya que sería una pena que terminara siendo un espectáculo para familiares y amigos como muchas veces suele ocurrir.
La cita es en el teatro Wilberto Cantón ubicado en José María Velasco Sosa, número 59 en la colonia San José Insurgentes, todos los martes a las 8:30 pm, la entra es libre y culmina el 18 de noviembre.
El 15 de julio inicia en Querétaro el “Festival de la Joven Dramaturgia”, un festín teatral donde se impartirán conferencias y talleres, se realizarán lecturas dramatizadas, montajes de autores jóvenes menores de 35 años y además se presentará la obra ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera que cada año convoca el Instituto Queretano de Cultura y que en esta ocasión ganó la talentosa Mariana Hartasánchez.
Hay que estar pendientes de todas las actividades que ofrece este Festival que ya se ha vuelto un foro fundamental y necesario en el teatro mexicano.
Las actividades se pueden consultar en la página La wiki del teatro.
La entrada a las funciones es gratuita, aunque se requiere boleto.
Fotografía de Mercedes Córdoba, del portal de CONARTE.
Por motivo del XVI Festival de Arte Flamenco en Monterrey, que en esta ocasión duró dos días (5 y 6 de junio), se presentó este sábado en la Gran Sala del Teatro de la Ciudad la bailaora Mercedes Ruiz Muñoz, conocida artísticamente como Mercedes de Córdoba, ganadora en 2013 del primer premio del XX Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba. La acompañaban los cantaores Enrique “el Extremeño” y Pepe de Pura, el guitarrista Juan Campallo y el percusionista local Dayron Cartas.
La fiesta inició a las ocho de la noche con un programa que prometía ser “puro flamenco” según comentó la bailaora en rueda de prensa. El flamenco originalmente gestado por y para minorías, en Andalucía, España, desde principios del siglo XIX ha evolucionado influenciado por otro tipo de danzas, música y teatro, caracterizándolo como un espectáculo y no una forma de arte. En esta ocasión se mostraron el baile y el canto sin dirección escénica de fondo ni elementos extras. Para su presentación la bailaora prometió entregarse, como en efecto lo hizo, “Vivir de lo que amo, que es mi manera de expresarme, es una gran alegría y si puedo llevarlo alrededor del mundo es mucho mejor. En el escenario yo me siento realizada, que no es poca cosa hoy en día porque no todo mundo se siente así con lo que hace” expresó.
El programa constó de tres palos: el taranto, muy estilizado, la alegría y el tercero la soleá, mucho más señorial. Sonó la rondeña Lucrecia, seguida del tango Galaña, luego la bulería Caminando, el taranto 9 de Enero, un intermedio musical y la alegría Tata. Las palmas y la honda queja características del cante flamenco se unieron a la interpretación dancística de Mercedes de Córdoba que maravilló a los asistentes con su técnica y habilidad, sumándose como si ella fuera un instrumento vivo, gracias a la fuerza de su expresión y zapateado. El sonido de los tacones contra la duela, las palmas, la guitarra y el cajón provocaron un desfogue contagioso. Hubo duende, como se le llama al encanto que surge y se presencia en el escenario.
El poeta andaluz de la Generación del 27, Federico García Lorca, define el concepto de duende, en su conferencia Teoría y juego del duende, según palabras de Goethe: como un poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica. Más allá de la técnica o la inspiración, en palabras de Lorca, “para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio”. Se siente, surge como un explosión involuntaria, como ocurrió el sábado en varias ocasiones cuando de entre el público se escucharon las expresiones ¡arza! y ¡olé!, típicas para animar a los ejecutantes. Incluso una japonesa en el asiento vecino, tras notorios intentos por contenerse, terminaba aplaudiendo al ritmo flamenco cada vez que ascendía el ímpetu de la potencia rítmica sobre el escenario. Como dato curioso sucede que en Japón el flamenco es tan popular que incluso hay más academias donde enseñan este arte que en la misma España.
El contraste entre escenario y público fue muy llamativo. Por un lado el flamenco quejumbroso, sensual y apasionado expresaba su encanto original, surgido de la mezcla cultural entre moriscos y gitanos “campesinos sin tierra”, según dice la expresión andalucí “fellah min gueir ard“, de donde se supone pudo venir el nombre de esta danza. Otro posible origen etimológico es la expresión árabe usada en Marruecos fellah-mangu, felahikum o felah-enkum que significa “los cantos de los campesinos”.
El público asistente ilustraba el gusto social que la clase alta local tiene por danzas populares de carácter internacional. La Gran Sala que sólo presta su escenario para exclusivos festivales y representaciones dio lugar al disfrute de la colorida fauna sampedrina. Los habitantes de San Pedro Garza García, el municipio rico del estado, aledaño a la ciudad de Monterrey, son reconocibles debido al acento norteño suavizado debido a la fluidez políglota de los habitantes. Casi todos hablan por lo menos inglés y muchos conocen otros dos o tres idiomas. Abundan los extranjeros de primera, segunda o tercera generación: españoles, argentinos, italianos, alemanes. En San Pedro se encuentran por lo menos dos academias de flamenco, cuyos directores se encargan de la organización y promoción de la cultura flamenca en el área metropolitana. Aunque la división cultural de clases es un fenómeno mundial, eventos como este sirven para recordar que la danza no es un asunto divisorio, al contrario.
En la ciudad hay un nicho de oportunidad para llevar eventos culturales de carácter internacional a mayores públicos, sólo hay que sortear algunas dificultades sobre todo en lo referente a precios. Si bien $200, la entrada general, es un precio justo tomando en cuenta la calidad del evento, resulta excesivo para un público acostumbrado a pagar esa cantidad o más sólo por festivales musicales de todo el día, no por una hora de genialidad. Afortunadamente para los estudiantes, maestros e INAPAM el precio se reducía a la mitad en cualquier locación. Aun así, ojalá para futuros festivales se encuentren maneras de llevar el arte flamenco a un mayor público que sin duda disfrutará este festejo tan apasionante.
Hoy es notorio el auge que ha tomado el documental en nuestro país, más allá de los premios y los festivales. Sin embargo, la discusión es más profunda. Se trata de un género difícil en términos de objetividad, tratamiento de personajes y financiamiento en el que se ven involucrados tanto creadores como espectadores. En este número hemos querido ofrecer un dossier con textos de Ricardo Poery, Ariel Arnal, Monserrat Estrada, Alfonso Virués y Leticia Neria, documentalistas y estudiosos del género, quienes abordan con equilibrio la función ética del documental. Creemos que es un punto de partida para debatir sobre este género en ebullición.
“Jugamos como nunca, perdimos como siempre” es una de las frases que suelen escucharse a modo de consuelo después de ver jugar al tricolor. En medio del furor mundialista, Tierra Adentro entabla una conversación en torno a la crisis siempre constante de ese eterno drama llamado “futbol mexicano”. En un intento por esclarecer el porqué de los fracasos mundialistas —y de la liga mexicana en general—, abordamos críticamente al “deporte nacional” para diseccionarlo. Acompaña esta conversación un cuento del narrador torreonense Jaime Muñoz Vargas, un fotorreportaje de Nur Rubio sobre futbol femenil y una crónica de Mavi Robles-Castillo sobre un memorable encuentro entre los Xolos de Tijuana y el América.
Si es que algo somos, hemos de ser tiempo. Si algún concepto tiene potestad sobre nuestra mísera existencia, debe ser éste. No es ninguna novedad sospecharlo. Lo vemos transcurrir en todos los artefactos que numeran su paso: suena nuestra alarma por las mañanas, garabateamos su nombre en cada calendario, nos deslizamos dentro de él cada vez que queremos saber qué somos. Nos afirmamos paradójicamente no en domeñarlo, con fuerza de dioses, sino en aplazarlo como si fuésemos inmortales.
En lo que a mí respecta, con toda la ingenuidad que me es propia, siempre he querido estar por encima del tiempo. Con ansia espero el día en que de pronto sienta que voy un paso frente a él, tengo ganas que de pronto me tenga algo de respeto, deseo dar por hecho que él, el tiempo, me obedece: pero yo soy el que hace lo que él quiere y él no tiene más que ser para ser obedecido. Lo sé porque suelo quejarme, a altas horas de la madrugada o temprano, antes de salir de casa a cumplir con mi labor cotidiana, ese trabajo involuntario que me mantiene de pie. Me he escuchado mencionar la palabra “procrastinar” con el temor de un pecador que expía una culpa. Me he escuchado lamentarme de la hora, del mes y del año. Y todavía ahora me sigo sorprendiendo de cuánto puede desesperarme y a la vez serme tan indiferente.
No hay nada que nos haga sentir más vulnerables como aplazar todo lo que queremos hacer. Y cuando queremos hacer algo, resulta mucho más difícil hacerlo en cuanto se nos antoja que debemos hacerlo. De pronto la sensación de estar tejiendo, como Penélope, una mortaja aplazada como nuestro placer, es lo que le da sentido a nuestra vida. Nos decimos que debemos volver a Ítaca y hacemos de nuestro placer un Ulises, ¿qué placer? El de la paz de estar con nosotros mismos. Somos nuestra Ítaca y al mismo tiempo somos Ulises y también la mortaja que teje Penélope. Pero la mortaja es eso que se nos exige para estar vivos y que no queremos jamás terminar. Alguien me dijo: “haz esto, Alejandro, debes hacerlo”. Y en ese mismo instante desenmarañé todo lo urdido, pues el placer de estar conmigo se esfumó sin que Ulises hubiera retornado.
¿Por qué procrastinamos? A mí se me ocurre pensar que dejamos para mañana todo aquello que creemos que no tiene ninguna consecuencia radical en el universo si lo hacemos o no. ¿Qué pasa si no nos demoramos en aprender otro idioma? ¿Si no hacemos ese viaje? ¿Si no concluimos esa lectura? ¿Qué sucede si no aplazamos aquello en lo que hemos deseado convertirnos? No pasa nada: la vida sucede su curso, como un trompo da vueltas hasta que su empeño se extingue, hasta que la triste costumbre de ser trompo se agota en la fuerza del brazo que lo puso a girar.
Procrastinar es estar convencidos de la futilidad de todos los actos. Es estar convencidos de la banalidad de actuar, y por descontado, de la banalidad de no actuar. Hubo una vez una provinciana francesa de nombre Emma, Emma Bovary. Algún día quiso tocar el piano, pero nunca concretó su deseo por el simple hecho de tener la certeza de que jamás sería la mejor pianista. En las tardes de desvelo en que nos angustiamos ante nuestras más osadas ambiciones, desesperamos como Emma porque nos convencemos de que jamás seremos dignos de nuestro piano, esto es, de nuestras aspiraciones.
Conozco a muchas personas que dejan las cosas nuevas para otro tiempo. Si compran un par de zapatos, unos calcetines, un saco o un vestido, lo guardan para aquella ocasión especial, para el momento justo: cuando se sientan mejor, cuando cierta persona lo aprecie, cuando el presente sea el necesario. También hay quien se deja a sí mismo para otro tiempo, como la madre que guarda la vajilla para una visita que sí vale la pena. ¿Qué de nosotros mismos guardamos en la alacena a la espera de una ocasión que sí nos amerite?
Hay tantos tipos de aplazamientos como cosas se pueden aplazar. En nuestra vida cotidiana posponemos objetos, como el cuadro que jamás colgamos. También es posible posponer las tareas cotidianas hasta el último momento, hasta la urgencia que no conoce más prórroga que la desesperación. Pero hay una manera singular de retar el tiempo y es posponer las sensaciones: dejar para después el dolor, la dicha y el enamoramiento; creer que somos demasiado jóvenes para esto o demasiados viejos para aquello.
Procrastinar, hay que decirlo, es triste. Procrastinar es el inceremonioso luto que guardamos por las cosas que no han tenido lugar, por aquello que quizá no haremos nunca, pues aplazar no es tal cosa, aplazar es más bien un homicidio dosificado de lo que quisimos de nosotros. A veces nos consolamos pensando que fue mejor haber postergado, pero simplemente nos protegemos de la culpa de no haber padecido ese entusiasmo estúpido con que algunos hacen lo que se proponen.
Cada día en que aplazo mis empeños, así como he aplazado escribir estas tímidas líneas, estoy convencido de que lo hago sólo por dos motivos que se confunden: o procrastino porque en el fondo no quiero hacer nada de todo aquello que debo hacer, o simplemente me asusta que las cosas acaben y, después de haber aguardado tanto, me enfrente otra vez a la incertidumbre de hacer cosas nuevas. Pero no procrastino por el temor a gastarme y acabarme andando, ni por el temor a quedarme ciego por leer en vela. Ahora hay tantos distractores que hasta podríamos procrastinar procrastinando, y el único milagro parece afirmarnos en una acción.
Propongo lo siguiente: procrastinemos, no para no zarpar, sino una vez en altamar jamás llegar a puerto. No aplacemos el viaje, sino el atraque.
Dos goles bastaron para que México no hiciera realidad el sueño del quinto partido. Dos anotaciones que quizá no debieron existir porque sucedieron, como suele pasar en el futbol, después del minuto ochenta. La selección mexicana nunca había estado tan cerca de acariciar cuartos de final e, incluso, semifinales en la copa del mundo. Y digo nunca de manera falsa: el equipo de todos se quedó, de nuevo, en los octavos. Perdió como siempre.
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El México-Holanda era un cambio a la endemoniada Argentina que eliminó al equipo nacional en las competiciones anteriores. Era, todos lo sabíamos, un juego que se antojaba complicadísimo. Los rivales pesan mucho, claro, pero las actuaciones ante Brasil y Croacia ilusionaron como pocas veces. El tri no era esa caricatura de la eliminatoria kafkiana del CONCACAF que calificó al repechaje gracias a un gol tardío que Estados Unidos propinó a Panamá. Tampoco era el equipo perdido y confundido que compitió ante Argentina en Sudáfrica y Alemania. Por primera vez en mi vida, el tri era el tri era el tri era el tri.
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El partido lo viví de diferentes maneras: un poco incrédulo porque veía que los de verde dominaban a los de naranja (Van Persie pasó de noche); con la idea real de un triunfo; con miedo cuando Robben escapaba a la línea defensiva. Por ochenta minutos lo viví como un partido más, sin ninguna trascendencia real y sin maravillarme demasiado. Hubo lapsos del juego en que Holanda estaba deslucida por completo. Ellos no eran los que golearon, para quizá desquitarse por el mundial pasado, a España. Tampoco eran los campeones sin corona. Pero lamento no haberlo disfrutado como debí, una parte de mí supo que el triunfo tenía que ser sufrido o no ser.
14.
Quizá soy muy pesimista, pero para mí el partido cambió cuando Héctor Moreno tuvo que salir de cambio hacia el final del primer tiempo. Es una jugada de lo más interesante: Robben entra al área chica después de que robó el balón, Rafa Márquez y Moreno se barrieron, sólo uno de ellos se levantó. Los dioses del futbol, más que otros, operan de manera misteriosa: en esos segundos previos a que el central mexicano tuviera su lesión, Márquez cometió una falta que pudo marcarse como penal, aunque aún tengo dudas al respecto. El árbitro decidió marcarlo una hora después.
15.
La lesión de Moreno es una que me duele a un nivel muy personal. Antes de ser hincha mexicano, soy puma. Y no puedo negar que mis pumas tristes no tienen mucho que hacer en la selección. Antes del mundial del 2010, el equipo universitario acababa de ganar la liguilla y había tres titulares de la cantera en la selección nacional: Israel Castro, Efraín Juárez y Pablo Barrera. Castro, como muchos otros futbolistas, llegó en buen momento pero aparecerá como una nota al pie de página en los anales de la selección. Efraín Juárez y Pablo Barrera, como Layún o Vázquez el día de hoy, tuvieron partidos que les valió ser parte fundamental de ese equipo. Incluso dieron el salto al futbol británico (al Celtic de Escocia y al West Ham de la Liga Premier, respectivamente), sólo para regresar con la cabeza abajo después de dar penas en Europa. Con Juárez, Héctor Moreno, aún jugador de Pumas y próximo a representar al AZ Alkmaar de Holanda, levantó la Copa del Mundo sub-17 en 2005. Casi diez años después, Moreno es el único jugador en la selección de sangre azul y piel dorada. Su lesión fue un mal augurio.
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Pero entró Diego Reyes, un joven defensa central que se consolidó en el América y recién comienza su carrera internacional, acompañando a Héctor Herrera, en el Porto (equipo que se ha caracterizado por llevar a Europa a grandes jugadores del continente americano para después revenderlos a otros equipos: James Rodríguez —el seguro MVP de Brasil 2014—, Hulk, Falcao). No creo que Reyes lo hubiera hecho mal, aunque las estadísticas indican que hubo muchos más tiros de esquina desde que ingresó al partido. El gol de Sneijder, por ejemplo, se dio gracias a uno de esos.
17.
Pero casi cuarenta minutos antes de la anotación de Sneijder, Giovani Dos Santos, el improbable salvador del equipo mexicano, adelantó el marcador gracias a un gol inesperado. La mayoría de los goles son de jugadas en las que el balón avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre. Pero también existen esos goles que salen de la nada: el de James Rodríguez a los uruguayos, el de Van Persie a los españoles, el de André Schürrle a Argelia y el de Giovani Dos Santos. Gio es ese jugador de gran técnica y buen disparo, pero todavía no atino a descifrar por qué sólo lo hemos visto en destellos (el fenomenal gol del 2011 en Copa América vivirá, mucho tiempo, como muestra de la picardía mexicana). El jugador que porta el diez debería ser menos esporádico que Dos Santos.
18.
¿Qué fue lo que hizo que México perdiera ese fatídico partido? Quizá el jersey de Holanda fue suficiente para que los representantes del futbol mexicano (El Piojo, por desgracia, incluido) se sintieran menos y defendieran una ventaja mínima que no aseguraba nada. Nunca había sido parte de la afición que pedía que terminara el juego para disfrutar del resultado, pero ahí estaba yo, en la recta final del partido, saboreando una victoria que nunca sentí mía, pidiendo que los diez minutos pasaran lo más rápido posibles. Anoto también que el cambio de Dos Santos por Aquino fue rarísimo: sin un compañero con el que Chicharito haga dupla (sea Dos Santos o Peralta), hay poco que el goleador mexicano pueda hacer. Luego vino Sneijder, después seis minutos fatales de tiempo extra. Finalmente llegó Robben, quien se cayó por el mínimo contacto de Rafa Márquez. Quizá el árbitro vio la falta que sí era en el primer tiempo. No puedo asegurar, como dicen muchos a modo de consuelo, que ese segundo penal era una forma de ser justo por la falta que no se marcó. A México le ganaron los árbitros y una parte de mí lo ve apropiado. Somos la cuna del “Tirantes” en la Lucha Libre. La figura de parcialidad no existe.
19.
De todo lo que pasó después del partido, me quedo con tres minutos de video que vi gracias a Luis Reséndiz: una cámara siguió a Arjen Robben minutos después de la jugada que condenó a los jugadores mexicanos. Las imágenes de ese momento dicen mucho de cómo se vivió la jugada. Diego Reyes le reclamó, seguro en inglés, que por qué hacía eso. Robben decía poco, su mirada estaba en la cancha y daba muestras de sincero arrepentimiento. Márquez también se le acerca, el holandés evita todo tipo de contacto. Sus compañeros de equipo se acercan y él mismo decide no intentar vencer a Ochoa. Quizá fue la mejor decisión que tomó porque le daba la oportunidad de redimirse y fallar su tiro o sepultar al equipo mexicano. Llega el gol, cerca del minuto 94, y Robben sonríe. Todos sus compañeros llegan a abrazarlo y a decirle gracias. Él no grita ni celebra el sufrido triunfo naranja, quedó evidenciado ante todo el mundo.
20.
Hay un par de selecciones que, con los mexicanos, regresan a casa después de una actuación más que digna: Chile pagó caro la ruleta rusa de los penales, pero se fue después de enamorar a varios espectadores, y Estados Unidos se despide con una gran actuación del portero veterano Tim Howard, quien nos dio otra alegría a los habitantes del mundo cibernético, #ThingsTimHowardCouldSave. En la ronda de cuartos habrá otros dos equipos latinoamericanos a los que me siento, quizá por ser un poco los underdogs, unido: Costa Rica y Colombia. Del primero no hay que decir mucho, son dignos representantes de la CONCACAF. Los cafetaleros, en cambio, venían con la difícil misión de reemplazar a Falcao. Pero tenemos a James Rodríguez. (Su nombre no se pronuncia yéimes, sino ja-mes).
21.
Colombia se repuso de no llevar al goleador estrella, Radamel Falcao codiciado por todos los equipos después de su paso por el Atlético de Madrid. Actualmente milita en la Liga Francesa, mucho menos exigente que la inglesa, alemana o española, pero con contratos millonarios para sus estrellas. En el AS Monaco, equipo que le dio a Rafa Márquez la oportunidad de jugar en Europa, Falcao juega al lado de James Rodríguez. Si Falcao parece salido del manga Captain Tsubasa, James Rodríguez es un personaje de Doce cuentos peregrinos. Rodríguez, más que colombiano, es un orgulloso representante de Macondo. Para muestra, un gol.
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Cómo explicarlo. Odio a Salvador Izquierdo porque yo debí ocupar su sitio, es decir, yo debí ser el goleador de nuestro equipo. Él no lo sabe. Quiero decir, no sabe que lo odio. Es más: no sabe ni que sigo existiendo. Si acaso le preguntan, he de ser para él un recuerdo borroso, la vaga presencia de un amigo anulado por el tiempo y la derrota. Pero yo debí ocupar su sitio. No otro: su sitio en el equipo, exactamente ése. ¿Y qué pasó? Pues nada, lo que pasa muchas veces: que el destino, ese puto destino que nos toca a tantos, le dio a él la suerte y a mí nada, ya ni siquiera un rostro para ganarme la vida, pues trabajo como botarga en Espectáculos y Promociones S.A., empresa que me contrata para espectáculos y promociones de todo tipo, como el futbol profesional cada quince días. Salvador, en cambio, es el ariete del equipo, un profesional tan exitoso que ya cotiza en millones desde hace cuatro temporadas.
Todo comenzó en la colonia Santa Rosa de Gómez Palacio. De allí somos los dos. Ambos estudiamos la primaria en la López Mateos, y desde aquellos tiempos se veía quién era el bueno para el fut. Ninguno de los dos salió decente para estudiar, es cierto. Los dos éramos unos burrazos. Nos identificamos por eso y porque vivíamos en la misma calle y porque desde los siete años nos atrapó el futbol. Digo nos atrapó y no es una exageración. Nos atrapó. Ni en la escuela estábamos en paz. No nos entraba nada de lo que enseñaban, ni la pendeja tabla del uno, porque todo el cochino día teníamos la cabeza puesta en el balón. No miento si digo que pasábamos las tardes enteras en el callejón vacío. Allí se juntaba toda la bola para jugar de tres de la tarde a once de la noche. Ahora que ya soy grande y el calor me jode metido en esta esponja, no tengo explicación para aquellas jornadas eternas de futbol bajo la lumbre. Como que el sol no nos hacía nada o como que la pasión de cascarear era más grande que cualquier incomodidad. No olvido que en las vacaciones largas comenzábamos al mediodía y a veces terminábamos a las dos de la madrugada sólo porque nos mandaba callar el vecindario. Qué enfermedad, qué tiempos.
Allí, en esas picas sin fin demostré quién era yo. Simplemente, y no me apena decirlo ahora que soy nadie, fui el mejor del barrio. Mejor que todos, mejor que Chava Izquierdo. Además de los partiditos informales tuvimos un equipo que patrocinó la miscelánea Beto. En todos los encuentros demostré toque, habilidad, fuerza, inteligencia, liderazgo, cañón, güevos, olfato anotador. No me echo flores gratis. Me lo decían todos. «Willy, deberías probarte en las básicas»; «Usted tiene pasta de crack, Willy»; «Willy, su talento está para primera». ¿Y qué pasó? Pues lo que pasa a veces nomás por tomar un camino en lugar de otro. Así que mírenme aquí, dentro de esta botarga de animación, baile y baile durante el medio tiempo en vez de recibir ovaciones y billetes. Puta madre.
Jugábamos todas las tardes, dije. Y es cierto: jugábamos todos las tardes, era nuestra diversión más grande y, sin saberlo, nuestro mejor entrenamiento. Yo estaba pues como navajita cuando a los trece años seguí el consejo de mi tío Polo: «Vaya a probarse, Willy, no lo eche en saco roto. Usted tiene madera. Hágame caso». Y le hice caso, pero para sentirme seguro, para no ir solo, para no sé qué, le dije a Chava que me acompañara, que nos probáramos juntos. Y allá fuimos. Llevamos acta de nacimiento, dos fotos tamaño credencial y un permiso de nuestros padres. Nos caló el Banana Muñiz, ex jugador profesional y ahora encargado de las básicas. Primero, lo físico: corrimos con cronómetro, hicimos abdominales y sentadillas; luego, lo importante: nos midió en un partido informal con los chavos que ya estaban dentro. No quiero mamar, pero jugué el partido de examen como si fuera una cáscara en el callejón del barrio, es decir, demostré quién era yo, que muchos me la pellizcaban aunque tuvieran mayor tamaño o un poco de más edad. Chava, en cambio, colgó de un hilo. Al final del partido el señor Banana nos llamó a los dos. A mí me dijo de volada: «Te quedas, muchacho», y a mi amigo casi lo echa: «A ti tal vez te llamaré después, me gusta tu juego, pero…». No sé de dónde me salieron tanates para defender a mi compañero: «Señor Banana, Chava es muy bueno, no sea malo… una oportunidad, es mi amigo, me entiendo muy bien con él». El entrenador la pensó un poco, miró hacia las tribunas vacías y cuando nos volvió a ver fue para decirnos «Está bien, se quedan los dos». Las horas siguientes fueron una fiesta. Chava y yo regresamos al barrio y no faltó que ya nos imagináramos viajando en avión, jugando en la grande, metiéndonos dinero a lo baboso.
Lo que siguió no puedo explicarlo bien. Digamos que pasó esto: Chava sí aguantó los entrenamientos, yo no. Pasados tres o cuatro meses, comencé a faltar. Cuando vi que mi juego desmejoró, traté de arrastrar a mi amigo, convencerlo de que no valía la pena tanta chinga. Me amonestaron: «Una falta más y es suspensión definitiva». Y pasó, falté una más. Creí que estaban jugando, que cuando yo quisiera me volverían a llamar. Pero ese pedo es cruel, me desbalagué un poco con otros cuates y dejé de ver a Chava, quien sí resistió el trajín. Cuatro años después, todos lo saben, debutó en primera y comenzó a figurar. Yo me convertí poco a poco en lo que soy ahora, en nada. No sé cómo, no sé cuándo pasó lo que me pasó. Lo único que sé es que en este momento viene Chava Izquierdo por el túnel y yo soy una botarga que debe saludarlo sin que él sepa quién le da la mano. Yo era el bueno, se supone. No sé qué pasó.