Desolación total entre los amantes de la música hispanoparlante. La partida de Gustavo Cerati (1959) rebasa a una generación, su huella permeó entre seguidores de distintas edades a las que une uno de los más grandes referentes del rock cantado en español. Es tiempo de las redes sociales… las malas noticias corren casi en tiempo real. No recuerdo una sensación similar excepto por los días en que se asesinaron a John Lennon (1980) y cuando encontraron el cadáver de Kurt Cobain tras su suicidio (1994).
Exactamente el mismo día de su fallecimiento me toca publicar una columna en la que doy cuenta de que apenas se acaban de cumplir 30 años de la edición de su primer disco epónimo. Apenas regreso de Buenos Aires —esa ciudad tan susceptible— y a la que “Viajé con la consigna personal de rastrear la presencia de Soda Estéreo en el ambiente en general y que al principio parecía que se trataba de un silueta tan difuminada que apenas era perceptible”. La primera pista fue verlos en la portada de la edición argentina de la revista Billboard, pero no mucho más. La música del azar suele realizar maniobras extrañas. No hay impostura, sabíamos que debía de irse y aun así nos pegó fuerte.
Soda fue el primer grupo que despertó y permitió la feligresía de mi generación; eran los mejores días de Rock 101 y Espacio 59. Cuando Nada personal —su segundo disco— se convirtió en todo un suceso comenzaron a venir al país con frecuencia. De un hotel en Reforma a la Universidad del Valle de México, del Hotel de México a presentaciones en ciudades de provincia y la Alberca Olímpica, entre muchas más. Y nosotros —todavía adolescentes— encontrábamos formas improvisadas de emprender la peregrinación para seguirlos. Era una ruta emocionante y entregada.
Gustavo, Charly y Zeta nos enseñaron que había otra manera de entender al rock en español; una en la que hubiera letras sofisticadas, un sentido de la contemporaneidad y una elegancia y glamour que se deslindaba del gueto barrial. Me tocó verlo en la discoteca Magic Circus aparecer por sorpresa para tocar la guitarra en “La bestia humana” de Caifanes. En la Pub Magazine de Los Ángeles, Benjamín Acosta —con quien colaboraba yo estrechamente— lo trató muy de cerca para dedicarle la portada. Y la española Aixa de la Cruz nombró a su novela De música ligera.
Soda provocó una coyuntura, un cambio radical de estética y posicionamiento. No me canso de reiterar que el trío se pronunció de entrada harto del derrotismo, la tristeza social y la represión, y desde su primer disco pugnaron por un cambio radical de actitud. A través de ellos pudimos entrever que existían grupos como Fricción, Sentimiento Muerto, Los encargados y Virus (cuyo cantante produjo su debut), entre otros tantos. Pusieron en marcha una teoría de los vasos comunicantes musicales.
Llevo alrededor de 30 años obsesionado con el rock en español —hurgando, impulsando, analizando— y siempre consideré al grupo bonaerense como una de las cumbres del rock con letras en el idioma de Cervantes. Tan es así que al momento de diseñar el rumbo de la colección Rock para leer, en la que la revista Marvin hace eclosionar música y literatura, el primer libro dedicado a un grupo hispanoamericano que se prepara será dedicado a Gustavo Cerati –tanto en grupo como en su trayectoria solista—. El volumen, que consta de 19 cuentos, se publicará muy pronto.
Crecí escuchando a Cerati, lo vi crecer como músico, enfrentar sus tormentos existenciales, reinventarse mil veces. Siempre se mantuvo impredecible y sabía deslizarse entre el rock y la electrónica con total suavidad. Disco a disco conseguía poner una gran sobredosis de riesgo e inventiva. No le gustaba repetirse.
Decidí que tenía que recrearlo desde la literatura, imaginar desde mi perspectiva una dimensión ficcional en la que Gustavo se moviera y logré escribir dos cuentos todavía inéditos: Mezcal con Soda y otros tóxicos, además de Tu presencia es mi pesadilla, con el tema “No existes” como un leit motiv.
Fue entonces cuando tuve que clavarme más en su entorno. Imaginarlo escribiendo los temas de lo que sería su tercer Lp, Signos, que aparecería en 1986 y al que considero una de sus más grandes obras. Así descubrí que desde pequeño tenía una gran fascinación por Nueva York —su papá le regaló una vieja postal—; seguí sus pasos por Buenos Aires— averigüe sus direcciones y hasta el acomodo de alguno de sus timbres caseros. Recabé información que luego transformé en literatura y que lo ubicaba caminando por el Bajo Belgrano, supe que se llevó bien con Spinetta —fueron vecinos— y que hasta llegó a ir a algunos partidos del River.
Viajé hasta su ciudad para tener un vistazo fugaz de sus espacios, de sus recovecos… disfrazado de Vila Matas quise entrever una urbe en la que el Gustavo real se fundiera con el personaje –la literatura como el mundo real y viceversa—; el hombre convertido en referente simbólico.
Regresé a México y no tardé en recibir el texto de Paul Medrano que habrá de servir como prólogo de tan ansiado libro y al que en este instante el escritor da una obligada vuelta de tuerca. El texto final no será el que era, pero allí podía leerse:
Para un hombre, lo más temido es la muerte. Para un artista hay algo peor y Alan Moore lo definió muy bien: enfrentarse a la oscuridad simple de la existencia.
La madera artística no se apolilla con facilidad: soporta amputaciones; pérdida de alguno de los cinco sentidos; esquizofrenia; adicciones; guerras; pobreza y hambre. La fuerza creativa no le teme a las dictaduras, a la enfermedad o al escarnio. Sigue adelante. Así ha sido y así será.
El caudal de reacciones no se detiene. El jueves 4 de septiembre Cerati dio sus gracias totales definitivas, pero su legado se esparce entre miles de escuchas de ayer y de hoy. Nunca como ahora encuentro testimonios de verdadera conmoción; quiero creer en la sinceridad de tales expresiones. El paso de Gustavo hacia otra dimensión nos golpeó de veras —más allá de los exabruptos de los infaltables políticamente incorrectos—. La talla del músico no está a discusión; la calidad musical alcanzada fue y sigue siendo muy alta. De los pasajes de su vida privada no requerimos sino meras anécdotas nostálgicas.
Cito una reciente entrevista de Radar (Página 12) con el baterista Charly Alberti para insistir acerca de sus pretensiones: “Lo que hicimos fue decirle basta a ese llanto. Teníamos ganas de experimentar otras emociones y de demostrar que había un mañana. Así que nos aferramos a las canciones para tratar de ir hacia adelante, no para recordar el pasado”.
Gustavo Cerati fue un fantacista que nos hizo imaginar parajes eléctricos llenos de rock and roll y poesía espontánea. Supo imprimirle al rock latinoamericano un halo insólito de épica y magia. La capacidad de soñar e imaginar a través de la música no se debe perder nunca. ¡Larga vida, Gustavo! Debemos convertir a la pesadumbre de hoy en una reverberación de tu guitarra que se escuche por siempre. Nos esperaras en tu ciudad de la furia y allá nos verás volver a verte.
A minutos del anuncio de su partida, su estela es tal que incluso provoca homenajes instantáneos. Cierro está evocación con un pequeño poema del periodista Luis Fernando Alcantar Romero, que con emoción nos pone a volar entreverando canciones:
Gracias totales
desde la ciudad de la furia
yo con mi sobredosis de tv
todavía no pasa el temblor allá afuera
ahí sigue el misil en mi placard
sólo queda poner un disco eterno de música ligera
Fotografía de Gustavo Cerati por Federico Giraldo.
Entre las etnias tzeltales existe un componente no físico en el hombre que le otorga la energía suficiente para existir más allá del cuerpo, acaso una conciencia superior que se observa a sí misma mientras fluye en el mundo. ¿Es que la mente, esa biblioteca borgeana y laberíntica capaz de apreciar la belleza, se extinguirá un día entre silencios? Ch’ulel ha sido traducido al español como alma o espíritu, pero sería mejor decir que se trata de la unión y metamorfosis de dos principios básicos que conviven sin anularse: lo sagrado y lo profano. Para las culturas precolombinas ambos estados del cosmos solían encontrarse fuertemente ligados, definiendo así el destino siempre mutable de los hombres.
Hace unos días se inauguró en el Espacio Zapata la exposición de pintura y grabado en pequeño formato: Formas de espiritualidad maya, de Antum Kojtom. El Espacio Zapata es un taller de gráfica y galería ubicado en el Centro Histórico de Oaxaca a pocos pasos del Espacio Siqueiros y La Chicatana, con los que comparte su origen en las protestas sociales del 2006, cuando un grupo de artistas formaron ASARO (Asamblea de Artistas Revolucionarios de Oaxaca) para apoyar la lucha magisterial. Han pasado ya varios años desde aquellos enfrentamientos, cuando estas calles empedradas se convirtieron en campos de batalla lacrimógena.
Vi la ciudad arder de lejos, estudiaba entonces en el D.F. y dudaba también de las verdaderas intenciones de los maestros. Sin embargo, reconozco en los artistas plásticos que estuvieron ahí un genuino interés por hacer del arte un terreno múltiple donde distintas voces puedan dialogar. Algunos de ellos siguen produciendo gráfica en el Espacio Zapata, otros han escogido caminos disímiles dónde expresar lo que piensan políticamente. La exposición de Antum Kojtom tiene que ver con esa voz que aún resiste la fuerza homogeneizadora de este sistema y pretende extender un puente sólido hacia formas tradicionales de entender la vida y al otro, el papel que el sujeto tiene por sí mismo.
Según la cosmovisión maya tzeltal, el Ch’ulel es un soplo de vida, aliento de aquella parte divina e infinita que no podemos conocer racionalmente y que además tiene la capacidad de desprenderse del cuerpo bajo ciertas circunstancias adversas: mientras dormimos, durante excitaciones fuertes como el susto o el orgasmo, o cuando atravesamos un estado alterado de conciencia como la embriaguez. Humo, cuerpo que se consume con el fuego del día. En la exposición, Antum Kojtom equiparó el Ch’ulel con un nivel de conciencia elevado donde el individuo entiende su misión en la vida y logra integrarse a un orden social, asimilando una cultura heredada de sus ancestros. Las voces de los otros en el sendero propio. El Ch’ulel se ubica en la garganta, el corazón y la cabeza, puntos energéticos a partir de los cuales el individuo procesa el conocimiento y traduce el mundo, mecanismo que no se vive en solitario sino que es resultado de una asimilación cultural.
Quizás esa sea la mayor diferencia entre las comunidades que hemos catalogado como indígenas y la nuestra, sociedad de sujetos posmodernos que conviven bajo otro tipo de lineamientos y restricciones. La libertad es un estado mental que no se encuentra cuando se está confundido, ¿y qué confunde más que no saber quién es uno, qué quiere hacer con los años ganados? Lo cierto es que aquí existe el sujeto como categoría aislada y en constante búsqueda de sí mismo, del espejo y del rostro dónde desviar su carácter fortuito, dónde aventar las cosas que no entiende. Demasiado peso para unos hombros pequeños. Sin embargo, Antum tampoco intenta promover un modo de vida superior a otro, ese ha sido un gran error de todos los tiempos, sino de apreciar la diferencia como la base misma del conocimiento. Capacidad de dejar ir aquello que permanece en la sombra.
Tener Ch’ulel es convertirse en persona, asumir la existencia propia y ajena a partir del lenguaje. Los tzeltales creen que no se nace siendo una persona, esto se logra con aprendizajes sinceros. Se trata de tener una postura frente al mundo, una postura política, si se quiere, para no ir por ahí dando tumbos sin saber qué hacer frente a las atrocidades, las cosas que estrujan el corazón como hojarasca y que no obstante acontecen una tras otra en oleadas interminables de incertidumbre y caos. Y sin embargo, algo podrá hacerse para cambiar el curso de los días. Algo que parece tan simple, tan dado de antemano, como las palabras. Cenizas son los cuerpos que aventamos al viento, dunas de sombra.
Según esto, hay otra vida cuando se comienza a hablar desde una conciencia más amplia y general, cuando el otro desaparece como una categoría distante. Ingmar Bergman hizo una película sobre esta dualidad. Persona (1966) es la historia de una confrontación entre el silencio y la palabra, partes indisolubles que necesitan repartirse uniformemente o el equilibrio corre peligros innecesarios, la persona se desintegra, adopta su locura o se la inventa. Supongo que el Ch’ulel se inscribe en el terreno de la ética, esa práctica poco común en nuestros días, confundida trágicamente con la inservible moral.
Antum Kojtom trabaja con estos supuestos místicos en torno al devenir. De ahí emana su compromiso con el arte como una vía para asimilar la muerte, aquella transmutación inevitable del ser. En 2007, fundó el colectivo Gráfica maya en San Cristóbal de las Casas, donde imparte talleres gratuitos de dibujo, grabado y pintura para niños y jóvenes. Comparte con quienes trabajan gráfica en esta ciudad la noción de que el arte debe ante todo difundirse, ser accesible para casi cualquier espectador. Los diferentes tipos de gráfica constituyen quizás un medio más igualitario de producir, exhibir y vender distintas vías para entender la realidad o por lo menos aceptarla, jugar con las cartas que nos han dado. En todo caso, no se trata de plasmar un mundo fácilmente digerible, la vida es dura y en ocasiones ruin, sino de dialogar con ese lado siempre ambiguo que llamamos oscuridad, sombra, vacío. Dialogar con la luz y el otro que es uno, reproducir un orden variable.
Más allá de su función comunicativa y práctica, ¿sirve realmente el lenguaje cuando se adentra en la zona nebulosa de la memoria? José Israel Carranza tiene la creciente sospecha de que las palabras resultan equivocas e inútiles cuando intentamos fijar un recuerdo. Al pasado, a fin de cuentas, le somos indiferentes.
Tarde o temprano, las reconsideraciones de nuestro pasado terminan por conducirnos, inevitablemente, a la constatación de lo superfluo de nuestra intervención en los sucesos que le dieron forma. Conforme va solidificándose la espesa materia de lo irremediable —y mientras, paradójicamente, se tornan cada vez más evanescentes las voces, los rostros y los lugares con que podríamos reconocerla—, comprobamos cómo se afirma la naturaleza contingente de nuestra presencia en los días señalados por cualquier razón, y algunos incluso, aunque no siempre lo advirtamos, parecen contenernos sólo por accidente, porque fue inevitable que pasáramos por ahí. Recuerdos en los que figuramos tan desvalidos o inútiles como los árboles a cuya sombra transcurren, como los personajes anónimos y borrosos al fondo, como las palabras perdidas que jamás vamos a poder recuperar; tramos de la memoria confundidos, según van quedándonos más lejos, con las proposiciones que ahora nos hace la imaginación —y que aceptamos sin poder evitarlo—, y ello porque, en realidad, nunca tuvimos manera de participar en el orden de los acontecimientos cuyo decurso nos ha traído hasta aquí.
Hace ya algún tiempo vengo cultivando el propósito —seguramente necio, seguramente inservible— de eludir, tanto como sea posible, lo que he dado en llamar “la obcecación memoriosa”: el hábito de referir continuamente mi circunstancia actual a las historias localizables en el desordenado archivo de mi pasado: a la descontrolada proliferación de datos, argumentos, sueños, anhelos, aversiones, errores y también, como quiere el tango que más de una vez he debido repetirme, mis “pobres triunfos pasajeros”. En el amasijo están entreveradas, desde luego, las penas y las dichas de las que nadie se ve libre, y que el mismo río se lleva por igual. No se trata de aspirar a la erradicación absoluta de las informaciones disponibles acerca de mí —de algo deben de servirme, quiero suponer—, ni tampoco es la ingenua pretensión de soslayar o dar la espalda a cuanto haya hecho o me haya ocurrido, pues a menudo tengo ocasión de corroborar —como le sucede a cualquiera, quiero creer— cómo sin tales informaciones uno se aproxima a la condición de fantasma; por lo demás, ya la muerte se encargará de disolver por completo todo rastro nuestro cuando llegue a cumplir su trabajo de limpieza y olvido. (Y me pasa cada vez más a menudo: en las conversaciones con los amigos, cuando el tedio o el desgano de fabricar nuevas anécdotas nos lleva a reconstruir las que protagonizamos en días idos y crecientemente remotos, descubro con alguna perplejidad cómo he extraviado algunas precisiones, cuando no las tramas enteras, indispensables para que la reconstrucción tenga sentido. No sé si sea correcto buscar las causas de mis olvidos en el mero paso del tiempo y acomodarme a la idea de que la acumulación de recuerdos puede ir convirtiéndose en saturación, y que por tanto hay algunos naturalmente desplazados a las carpetas de lo inservible o lo indeseable. Tampoco sé si mi memoria ha comenzado a fallar por causas que no sean atribuibles a la edad, pero en cualquier caso el fenómeno me sirve para afirmarme en la convicción de que nuestra participación en cualquier acontecimiento menos o más determinante de “nuestra historia” es, cuando mucho, una ilusión de índole accesoria y prácticamente prescindible).
Así, entonces, entiendo que uno no puede sino permanecer inerme —y ojalá impasible también— ante el veleidoso comportamiento de su propia memoria. Joseph Brodsky lo dice de manera inmejorable: “La perspectiva de los años endereza las cosas hasta el punto de borrarlas totalmente. Nada nos las devuelve, ni siquiera las palabras escritas con las volutas de sus letras”. Es en un ensayo donde ha comenzado con esta sentencia brutal: “Puestos a hablar de fracasos, intentar recordar el pasado es como tratar de entender el significado de la existencia”. El hecho es que los anticipos de la amnesia que infaliblemente nos aguarda (agazapada, quizás, en la senilidad, o en el accidente que nos deparara una lesión cerebral; paciente, en todo caso, al lado de nuestra tumba), así puedan parecer triviales o hasta cómicos, constituyen la fragmentaria evidencia de que el pasado será siempre una construcción de nuestra fantasía, de nuestra voluntariosa confianza en sus efectos, y una construcción, desde luego, siempre defectuosa, falaz o, por lo menos, incompleta.
■
Claro: el problema de las palabras. Me detengo un poco en él por el presentimiento de que tarde o temprano habré de enfrentar una decepción mayúscula y definitiva si no tomo precauciones ahora mismo. (Quien iba a decirlo: cuando menos estaba dispuesto a ajustar cuentas, de una vez por todas, con un desasosiego que vengo arrastrando desde hace tiempo, salta ahora y se atraviesa en el sendero que iban abriendo estas líneas; por lo visto no va a dejarme sacarle la vuelta, y en estos precisos instantes quizá yo este dilatando con este paréntesis innecesario mi temor de encararlo, e incluso tal vez me lance enseguida a extender por cuatro o cinco renglones más una digresión acerca de la impertinencia acaso implícita en el hecho de reincidir en el pésimo hábito —que siempre he tenido y no habría de abandonarme hoy mismo; con suerte tal vez lo repare en una revisión de lo escrito, cuando llegue, si llega, el punto final que, por supuesto, ignoro donde podré encontrar—, el pésimo habito, digo, de escribir diciendo cómo escribo, y mientras tanto el problema seguirá esperándome, por lo que cierro el paréntesis y mejor veo cuanto antes qué pasará ahora, cuando lo enfrente). Uno, vamos a ponerlo así, cree en la utilidad de las palabras. O, si no cree —tal vez porque ni siquiera se ha planteado nunca la alternativa—, al menos se las arregla sin mayores dificultades con la regularidad con que la palabra no ha demostrado significar “no”, casi siempre, y la palabra sí, casi siempre, “sí”. Jamás faltan las oportunidades de comprobarlo: decimos “Pásame la sal” y la sal llega a nosotros, o “Con permiso” y conseguimos abrirnos paso. O “¿Cuánto es?”, y nos dicen cuanto, o “Te extraño”, y nos devuelven una declaración equivalente o la mirada de incredulidad y el silencio que seguramente nos merecemos —que para el caso es lo mismo—. Pero voy a esto: con más frecuencia de lo que sería saludable reconocer, las palabras demuestran pasmosamente su inutilidad al momento mismo de ser pronunciadas o escritas, y aunque parezcan cumplir inobjetablemente la operatividad maquinal indispensable para la satisfacción de lo inmediato (la sal, abrirse paso), apenas se intenta usarlas para conferir definitividad a un significado, digamos, más complejo —para establecer un recuerdo, por ejemplo: para pactar desde el presente la conmemoración futura de un acontecimiento que suponemos memorable—, casi es posible verlas desvanecerse y desaparecer en la nada de la que provinieron.
Para ilustrar lo anterior quizás convenga desempolvar un pasaje de la Correspondencia sin destinatarios (anotada) de Orfeo López Salazar, antología que reúne alrededor de una quincuagésima parte de las más de catorce mil cartas que este autor escribió a lo largo de cuatro décadas y jamás envió.[1] Se trata de una carta que dice así:
Quién sabe si podrías sospechar que mis cartas están hechas con lo que sobra, lo que puede quedar aparte de todo cuanto verdaderamente tendría que escribirte y no puedo […] Eludo cualquier alusión a ti, a lo que he pensado de ti, y cómo me he obstinado —ya con más cansancio en los últimos tiempos— en cuidar que se pierda lo menos posible. Y no veo que pudiera ser de otra forma: has de estar ausente, como yo lo estoy en las tuyas, en las cartas que no me has pedido que te escriba. Sin embargo, como bien lo has entendido, parece que cada uno sabe que el otro está entendiendo, y así continuamos. […] También me he impuesto no hacerte preguntas, pero de tal modo que no supongas que no quiero saber. El problema es qué creerías tú que yo querría saber; el problema es, como siempre, que lo sé todo; que, como siempre, saberlo todo de nada me sirve. Quizás, para que todo esto siga, sea indispensable que yo no sepa por qué sigo escribiéndote. Y quizás — ahora todo puede suceder, o nada, es lo mismo— alguna vez pueda escribirte, porque tú así lo decidas, lo que verdaderamente debería escribirte, y no estas largas parrafadas armadas con tanta indecisión y tanto vacío. […] De pronto sospecho que estás haciéndome decir más de lo que debería, y pienso en que podrías dejar de responder. Pero ya sé que no escribirás otra vez y que de nuevo quedaré sin saber qué pensar, calculando las palabras precisas y vagas para responderte, armando el vacío que no me pides que vaya construyendo para que no lo veas y no me encuentres en él […].
Su autor comenta:
Ignoro con qué propósito, tuve el cuidado de consignar pormenorizadamente el modo en que las palabras, lejos de despejar ningún enigma y más lejos todavía de facilitarme ningún asidero, propiciaron un desencuentro y me condujeron a apreciar con reverencia las virtudes del silencio. Lo despacho rápido: fue un breve tiempo durante el que fantaseé con sostener una copiosa correspondencia con alguien, y tal era la importancia de dichas comunicaciones que, al principio, me afané escrupulosamente en conferir toda la precisión posible a cada línea, a cada palabra, y en prever cada giro que podría tomar la interpretación de cuanto yo decía. Pronto, sin embargo, caí en la cuenta de que las evoluciones de mi escritura (mi prosa y, tras ella, el trabajo de cálculo, que la lastraba y la envilecía), cada vez más demoradas y concienzudas, partían de una preocupación sostenida e irrenunciable: la altísima probabilidad de que mi corresponsal (que, de cualquier manera, nunca existió) no llegara a entenderme en absoluto. O que llegara a entender cualquier cosa que yo hubiera sido incapaz de imaginar. Ésta es la última carta, que desde luego no envié.
Esta carta me sirve apenas como vestigio para datar el momento decisivo en que me vi despojado de la fe inocente y dichosa que pude, hasta entonces, tener en las palabras —pese a que ahora, a la distancia, yo mismo sea incapaz de comprender qué diablos quería decir. Lo que obtuve al canje, tras renunciar al empecinamiento de despachar sílabas y más sílabas en el necio afán de formular mis razones para nunca comunicarlas, fue una incomprensión que en nada habría diferido de la que habría cabido esperar de perseverar en el balbuceo huero y, por tanto, inservible. Mejor, siempre, callar.
■
La averiguación de este asunto, la inutilidad de las palabras, ha terminado reconduciéndome al fracaso del que habla Brodsky, y que hasta hace un rato era el rumbo hacia donde quería dirigirme. Un hombre descubre, repentinamente, que su presencia no es indispensable para que su vida continúe transcurriendo. Intuye que está en ella poco menos que por casualidad, y acaso porque no ha tenido la ocasión de apartarse a un lado; quizás, incluso, porque hasta este momento ni siquiera había pensado en esa posibilidad: omitirse, dar un paso fuera del cauce de los acontecimientos en que está inscrito, detenerse y limitarse a observar como tales acontecimientos prosperan sin que él, con sus aparentes decisiones y con sus actos, se obstine en intervenir. Y parece tan sencillo. No se trataría, desde luego, de una supresión dramática —por tentadora que resulte para intensificar lo radical del experimento—: es claro que, si se mata, no tendrá forma de verificar los resultados. El juego consiste únicamente en desaparecer. Como Wakefield, aunque con algunas sutiles diferencias: no haría falta que se marchara ni que dejara en su lugar una ausencia que, por lo menos al principio, alteraría el orden natural de sus días. Sólo tendría que remover su voluntad; para ser más precisos, el remedo de voluntad con que, hasta ahora, ha venido suponiendo que su vida lo necesita para hacerse e ir aumentando páginas a su biografía —un volumen que, por lo demás, nadie tendría la paciencia de escribir—. Tal remedo de voluntad consiste, precisamente, en las fórmulas económicas que van datando cada uno de nuestros actos: las palabras donde suponemos que quedan las claves gracias a las cuales perviven los mundos por donde atravesamos alguna vez (y nuestras sombras en ellos): las palabras: los conjuros deficientes con que buscamos regresar a esos mundos, tan irrecuperables como inservible sería nuestra presencia en ellos si nos fuera dado visitarlos de nuevo.
■
Un vistazo a la película El sacrificio, de Andrei Tarkovsky. En la plegaria que, sobrecogido por “un miedo animal”, Alexander dirige a Dios, le ofrece desprenderse de cuanto ama (su hogar, al que prendera fuego; su mujer, su hijo, sus amigos) si “sólo todo vuelve a ser como era antes, como era esta mañana o ayer”. El personaje entiende que la guerra nuclear está por comenzar, y que con ella sobrevendrá la devastación total, de la que nada podrá salvarse. Y añade: “Enmudeceré y nunca diré una palabra más a nadie”. (Antes, en otro momento, ha declarado: “Dios, que cansado estoy de hablar…! Palabras, palabras!…”). Muchas veces he pensado en este negocio —que el Todopoderoso acaso acepta, pues luego de que Alexander ha caído en un profundo sueño lo vemos asomándose por una ventana al mundo, preservado, por lo visto, de la destrucción, y donde continúa ya la vida a la que Alexander ha debido amputar la suya—: pese a que la renuncia con que cumple su parte del trato es tomada por una enajenación súbita e irremediable pues el hombre quema su casa, huye de quienes se le acercan y, sobre todo, se rehúsa a dar ninguna explicación, me siento inclinado a creer que el milagro, por estupendo que haya sido, salió barato. Puesto así, claro, quizá parezca una frivolidad —y tal vez lo sea—: ¿la salvación del mundo a cambio del silencio de un hombre? Lo dicho: las palabras son moneda cuyo valor esta sobreestimado, y apenas podrían servirnos para dar pretexto a Dios de que despliegue Su misericordia. El caso es que yo, como Alexander, aunque sin el apremio apocalíptico de la circunstancia (y, desde luego, sin las implicaciones metafísicas de su sacrificio), voy acercándome a creer que la prescindencia de las palabras, como no sea para conseguir que a uno le sirvan en un restaurante, que un taxista sepa a donde dirigirse o que todo prójimo se haga a un lado y deje pasar a la voz de “Con permiso”, no puede ser tan lamentable como nuestra arrogancia nos podría hacer suponer. Mis razones, con todo, voy apenas trazándolas, pero es una sospecha cada vez más clara, y va afirmándola cada recuerdo que, por impreciso, se me vuelve inútil: cada evocación de mis propios días donde veo cómo me borro, cómo habría dado igual si yo no hubiera estado ahí.
[1] Autor, también, de un breve libro de poemas en prosa, de un manual de apicultura, de una historia incompleta de su región (la otrora Provincia de Ávalos, que tuvo su capital en Sayula) y de unas memorias personales más incompletas aún, pues sólo abarcan tres semanas de la infancia —si bien su composición le tomó buena parte de los últimos doce años de su vida, como puede constatarse en diversos pasajes de su Correspondencia…—, López Salazar estaba al tanto de que su obra fundamental la constituiría la copiosa producción de cartas que fue despachando a lo largo de cuarenta y un años. Los otros libros fueron, por decirlo así, accidentales y carecen de interés, como no sea para un improbable biógrafo. Nació en 1917, en el rancho El Sorgo, aledaño a Sayula, y aparte de su ocupación al frente de una tienda de abarrotes a las afueras de esta ciudad, de la que nunca se mudó, no se le conoce ninguna otra. Viajó poco, apenas a Ciudad Guzmán, a Guadalajara, a Colima y una insólita vez a una boda en El Teúl de González Ortega, en Zacatecas —como consta en una carta—, y los hechos principales de su vida fueron el matrimonio, las llegadas de los hijos (cinco o seis), una jornada de terror cuando las huestes de Pedro Zamora pasaron por Sayula, durante la Guerra Cristera, y la viudez poco antes de su muerte (murió a causa de una cirugía de hernia mal practicada cuando estaba por cumplir los setenta años). No hay indicios de que realizara estudios más allá de los primarios, y sin embargo llegó a convertirse en un buen lector, gracias en parte al acceso que le brindaba a su biblioteca el licenciado Zacarías Aldrete, notario y cronista de la ciudad, pero también gracias a la voluntad del propio López Salazar para hacerse de libros por vía de una especie de distribuidor editorial con quien trabó contacto en Ciudad Guzmán y que distraía algunos volúmenes destinados a las bibliotecas municipales para vendérselos a él. (Esta pequeña pero sustanciosa biblioteca fue vendida por kilo a su muerte, y se dispersó rápidamente entre dos o tres libreros de viejo de Guadalajara, como llegué a saberlo al buscar e interrogar al respecto a una de las hijas en la tienda de abarrotes, que hasta hace unos diez años aún funcionaba y llevaba por nombre El Inframundo). Las cartas, para las que López Salazar había organizado un escrupuloso sistema de archivo en tres grandes muebles alojados en el despacho acondicionado en la trastienda de El Inframundo, y donde también tenía sus libros, un escritorio generosamente iluminado por un ventanal y una máquina de escribir, merecieron que hacia 1982, cuatro años antes de morir, su autor las cribara cuidadosamente a fin de integrar la selección que compondría la Correspondencia sin destinatarios (anotada), volumen de más de mil cien páginas que un editor tapatío tuvo la audacia de publicar, si bien en un tiraje reducido. La publicación venía presentada por un exordio firmado por el Lic. Aldrete, y es la noticia principal (si no la única) sobre la vida y la obra del autor sayulense. Se trata, a riesgo de ser absolutamente injusto con alguien que prácticamente invirtió la totalidad de su vida adulta en semejante empresa, de un libro tediosísimo e intransitable, la consecución de un fracaso monumental que, sin embargo, en su obstinación tiene su recompensa: la prueba irrefutable de que escribir tanto, tan denodadamente, no sirve absolutamente para nada. Cartas cuyos destinatarios jamás existieron o fueron suprimidos, y en todo caso nunca enviadas, destinadas a desaparecer (literalmente: a la muerte del padre, la hija sencillamente sacó los archiveros a un corral y dejó que el tiempo y el sol y la lluvia y quizás algún roedor reventaran las tablas y regaran los papeles por la tierra que pronto los fue absorbiendo y revolviendo con el rastrojo de un cañaveral aledaño), salvo por las que quedaron preservadas en el mamotreto en cuestión. Yo lo encontré, dónde más, en una librería de viejo en el centro de Guadalajara.
Portada de ‘Cevdet Bey e hijos’ (Orhan Pamuk, México, 2014).
Mucho antes de que la Academia Sueca reconociera su obra con el Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk (Estambul, 1952) ya era considerado por la crítica el principal intérprete de la vida política y social turca de fin de siglo. Su obra, que comenzó a ganar espacios en el mercado estadounidense en los años noventa, no había, sin embargo, tenido la misma fortuna en otros países: su primera novela, Cevdet Bey e hijos, que fue publicada en Turquía en 1982, tardó más de 30 años en ser recuperada para los lectores de habla hispana.
Cevdet Bey narra la historia de tres generaciones de una de las primeras familias comerciantes de Estambul. La anécdota es, a su vez, el relato de un pueblo arrojado súbitamente a la búsqueda de su identidad. Cevdet Bey, el personaje, es digno representante de una naciente burguesía que ha obtenido su riqueza al amparo del contacto material y espiritual con Occidente; una clase que por sus aspiraciones encarna la utopía nacional del progreso. Cevdet sueña con tener un hogar y una familia «a la europea», destacar en los negocios, fundar un imperio comercial para los años venideros; el futuro es, para él, un lugar sin límites.
La parte central del libro —la más extensa de las tres que lo conforman— narra el fracaso de esa utopía, la frustración y permanente desarraigo que trae consigo la aventura de «ser como ellos». Libertad, modernidad, revolución: fuerzas que nutren el corazón de un país donde «las almas están cautivas». De la industria a la poesía, del matrimonio a la política, no hay esfera de la vida social que no se resista a soltar las amarras de ese «magnífico déspota que oprime a la gente contra el suelo con su fuerza y su luz deslumbrante»: Oriente. Como el cantero que golpea una y otra vez para trocear la piedra, los personajes del libro golpean —desgastando poco a poco— el muro que esconde el sueño de paz y armonía, el futuro que continuamente les es negado.
Un poeta condenado al fracaso, una esposa resignada, un ingeniero aturdido por la condición humana, un bajá torpe y bonachón, un maestro de piano, una joven melancólica, un violinista, un ministro de agricultura y un pintor son piezas del cuadro que con impecable minuciosidad Pamuk ha trazado en el libro: fruto del trabajo de un maquetista que demuestra en los detalles el amor por su oficio.
¿Puede una obra dar cuenta de la realidad de un país? ¿Puede la experiencia de la novela dar sentido a la historia? Estas son preguntas que Pamuk plantea en su obra, la cual se acerca, por su estilo, al realismo ruso más que a cualquier movimiento literario del siglo XX. La vida doméstica de sus personajes refleja la vida de una nación; sus relatos son producto tanto de la experiencia personal —Pamuk creció en el seno de una familia numerosa en el mismo barrio en el que transcurre la historia— como de la recolección minuciosa de datos, fechas y acontecimientos de la historia turca del siglo pasado.
La novela, cuya sola extensión hará desistir a más de uno, exige del lector la misma paciencia con que fue concebida. El texto abunda en atmósferas de gran riqueza: aromas y texturas que dejan un rastro inconfundible a través de las páginas del libro.
Dueño de una gran sensibilidad y un profundo conocimiento de su entorno, Pamuk ha levantado un monumento a la dedicación, un exhaustivo mosaico de la vida turca, una ventana de extraordinaria nitidez a una cultura ante la cual el lector no volverá a ser indiferente.
Ver películas en streaming o descargarlas es más común que comprarlas en físico. Netflix, Mubi, Moviecity —de parte de los legales— y la Red Torrent, la Edk2 y los servidores de descarga directa— de parte de los libres— hacen que (casi) cualquier película sea descargable.
Una de las cosas (romanticismo puro) que se perdió con esta disponibilidad fue el rush de encontrar una película: ir a Tepito, al Chopo o pedírsela al Virus en el mercado de la FFyL, y, después de tres semanas, por fin alguien te consigue una copia de Nekromantic (Buttgerit, 1988). Ya no hay mérito en encontrar tal o cual película. Que, aunque mínimo y desechable, era mérito.
Algunas veces fantaseo cómo sería buscar una película de Russ Meyer en 1983 (tiempos en los que la descarga de video por internet era remota): ir a mercados de pulga o contactar algún pariente en el gringo para ver si en las grindhouse de Arizona tenían una copia en 35mm.
A lo que voy es que mi nostalgia por una era pasada forma parte de la “nueva generación” de aficionados al video. Los “viejos dinosaurios” —gracias a los cuales están disponibles joyas de lo bizarro (en ambos sentidos) como Vase de Noces (Zéno, 1975) o Chupacabra (Jonnes, 2003)— me juzgarían como un cazador novato, uno que ni siquiera puede jactarse de ser un buscador serio: yo ya nací con las herramientas digitales para descargar una película o de comprarla en DVD, por vías legales o no. (Es más, ya ni siquiera soy de la generación del video análogo, en el que las películas se pasaban de mano en mano).
Sin embargo, recuerdo mis pequeñas conquistas en el mundo de la arqueología cinéfila. Son un manojo de recuerdos.
Empecé mi carrera de desenterrador con una computadora (eso habla de qué tan neófito soy). Allá a finales de los noventas, mi padre llegó con una sorpresa: había contratado internet. La UAEM era la única instancia que daba servicio de internet en Toluca y sólo los empleados de la universidad (mi padre era maestro de preparatoria) tenían posibilidad del servicio. Yo conocía el procedimiento por un amigo de la secundaria: abrías la aplicación del modem, donde ponías un usuario y contraseña y el teléfono de un servidor. El modem marcaba, hacía unos sonidos extraños (algunos más grandes que yo decían que escuchar ese sonido era como meterse un chute de heroína) y un ícono de dos computadoras aparecía en la barra de tareas. Se abría el Internet Explorer, luego un buscador (Google no existía; Yahoo o Metacrawler eran la opción) e iniciaba la navegación.
Esas tardes con mi amigo me hacían sentir actual, como si el mundo que me vendían las películas de ciencia ficción estuviera al alcance de mi mano. Soñé con ser un hacker y poder tener llamadas internacionales gratis con sólo unos “comandos” (como decía mi madre).
En ese entonces, si uno bajaba a la friolera de 3kbps, estaba de suerte. Mi velocidad promedio en Kazaa era de .3kbs. La primera película que descargué fue A Clockwork Orange (Kubrick, 1971). Me enteré de su existencia en un cineclub de la Facultad de Medicina. Era los jueves y la primera ocasión que asistí se proyectó Stalker (Tarkovsky, 1979). Uno de los asistentes, en el debate, mencionó la película de Kubrick como “la última joya del preciosismo”. Nunca he entendido a qué se refería, pero quedé intrigado. Llegué a mi casa, investigué cómo bajar películas y, horas después, descargué el Kazaa (ya conocía Napster, así que el proceso no fue difícil) y me puse a descargar A Clockwork Orange; el programa me daba un estimado de tiempo: 12 semanas y cuatro horas.
Como en ese entonces, el internet ocupaba la línea telefónica, sólo podía descargar por la noche. A las 11, cuando ya mis padres estaban dormidos, encendía la computadora, me conectaba y dejaba la descarga. Al siguiente día, a las 7 de la mañana, debía apagarla para evitar el regaño de mi madre.
Un viernes, estaba con mi amigo Blas. Habíamos comprado para cada uno una botella de Boone´s de duranzo. Cuando íbamos por la mitad, de la bocina de la computadora salió un timbre que nunca había oído. La película se había descargado. Me sentí suertudo: en vez de los tres meses, sólo tomo uno y medio.
Alarmado por el olor a cigarro que salía de mi cuarto, mi madre llamó a la puerta. Nos vio un poco borrachos y embobados frente al monitor. Estaba la escena en que Alex Delarge y los droogies retan a Billy Boy y su banda a una pelea. Mientras mi madre entraba, la chica, a punto de sufrir una violación, salía de escena.
La segunda fue menos casual. El DVD de Dawn of the Dead (Romero, 1978) que compré en los primeros semestres de la carrera (en el mercado de la FFyL) tenía algunos trailers. Entre ellos, estaba el de una película gore que se llamaba Guinea Pig: Flower of Flesh and Bones (Hino, 1985). En distintos foros, se decía que Charlie Sheen, a principios de los noventa, había conseguido una copia y que la confundió con una película snuff auténtica. Notificó al FBI y unos cuantos fueron arrestados, sospechosos de traficar con material ilegal. Al final, se demostró que no era snuff, sino un gore bastante realista (incluso hoy). Estaba, de nuevo, intrigado. Pregunté en la Facultad; nadie la tenía pero me recomendaron ir al tianguis del Chopo.
Con mi novia de ese entonces, nos transportamos desde el Ajusco hasta la Guerrero. Para ambos, la travesía era inédita. Sentí que rompía la ley al preguntar en todos los puestos por Flower of Flesh and Bone, hasta que un pelón, en un puesto muy pequeño, me dijo que no tenía esa, pero sí Mermaid in Manhole (Hino, 1988), que Guinea Pig era una serie de películas japonés hechas a finales de los ochenta por el mangakaHideshi Hino.
Regresé al Ajusco con una copia de Mermaid in Manhole. En el metro, me sentía nervioso, creí que cualquier policía me detendría, haría la revisión de rutina y descubriría esa película pirata con un una foto de una sirena que se pudre en las alcantarillas de Tokio por contraportada. Temblé cuando la puse en el DVD y no la reprodujo. Tardé un par de meses en ahorrar para otro aparato (esta vez, chino y mucho más barato).
Por 2005 o 2006, caminaba por la calle del Carmen, en el Centro Histórico de la ciudad de México. Un grupo de amigos (muy sureños todos) querían comprar algo en ese tianguis. En ese entonces, esta calle era una hipérbole de lo que es ahora: de tanta gente y puestos, los coches simplemente no circulaban por ahí. Recuerdo que creí que, de Metro Zócalo al Museo de la Luz, habían quince o veinte cuadras sólo porque nos tardamos casi una hora en llegar. Nos sentamos a descansar atrás de San Ildefonso y vi la programación del cinematógrafo del Fósforo: la siguiente semana, a las ocho de la noche, proyectarían El barón del terror (Urueta, 1961).
Tanta gente (provinciano yo) me espantó y supe que no podría regresar a ese gentío. Así que decidí buscarla y verla en la comodidad de mi casa. El Virus, dealer cinematográfico de la FFyL por excelencia, me recomendó un puesto en Tepito que se especializaba en películas mexicanas. Me dijo cómo llegar y cómo reconocer el puesto.
Al siguiente fin de semana, seguí las instrucciones del Virus sólo para enfrentarme a un gentío mayor que el de la calle del Carmen. Los vendedores eran más ruidosos y más diversos; los precedía la fama del barrio bravo y peligroso, de que, en los rincones más oscuros pueden comprarse desde una pistola hasta una patrulla. Pero ya estaba ahí, era demasiado regresar hasta el sur sin haber intentado nada.
Encontré, después de una buena hora, el puesto que buscaba. Ahí, una señora (que no se parecía en nada al Virus ni al pelón del Chopo) me dijo que no la tenía, pero que había otro puesto, mucho más adentro del mercado, “De una comadre mía”, donde tal vez la tendrían. Fui más adentro de Tepito y encontré el nuevo puesto. Nada. De nuevo, otra recomendación del puesto “de mi sobrino” y más adentro.
Algunos puestos empezaron a levantarse justo cuando encontré el puesto que buscaba. Ahí, un joven (éste sí se parecía al Virus) me dijo que no la tenía pero que la otra semana me la traía. Regresé al metro y, al siguiente fin de semana, ya tenía en mis manos una copia de El barón del terror con el logo del nueve en la esquina superior derecha.
Cartel de El barón del terror (Urueta, 1961).
Fotografías de Tomás Granados Salinas por Nur Rubio.
El 3 de septiembre el Fondo de Cultura Económica cumple ochenta años de vida. Para festejarlo habrá un lanzamiento de diferentes aplicaciones, sitios y ediciones digitales, además de un seminario sobre el libro electrónico impartido por Michael Bhaskar y Frania Hall. Tomás Granados Salinas (Distrito Federal, 1970), gerente editorial del Fondo, platica sobre las iniciativas digitales de este sello.
Una de las instituciones culturales más sólidas en nuestro país es el Fondo de Cultura Económica; queremos hablar acerca de este FCE más dinámico, que no sólo voltea a ver a las tecnologías digitales sino que hace uso de ellas. ¿Cuál es la visión del FCE para adaptarse a un modelo de negocio digital?
Para el festejo del aniversario número ochenta del Fondo vamos a lanzar varios productos digitales. Déjame decir que la palabra digital es una noción complicada; pensemos sólo en aquello ligado a lo electrónico, porque algunos son libros, otros son aplicaciones, otros son sitios web; en síntesis son —voy a utilizar una palabra horrible— productos. El festejo lo abrimos con algunas publicaciones en libros físicos desde el año 2013 y terminaremos con ediciones impresas y electrónicas en 2015. Lo mismo pasa con estos productos electrónicos. Tenemos ePubs, el formato más usual, lo que nos hace decir que hoy lo más convencional es publicar un libro electrónico. El propósito que se fijó el Fondo de Cultura para este año es llegar a mil títulos en nuestro catálogo. Pongámoslo en contexto: el Fondo ha publicado cerca de diez mil obras, de las cuales entre cuatro y cinco mil se siguen vendiendo. Sabemos que el grueso de nuestra actividad está en dos mil quinientos títulos en papel. De éstos, habrá mil en su versión electrónica, casi la mitad de los que constantemente estamos imprimiendo.
El modelo editorial cambia con velocidad gracias a la tecnología, ¿qué nuevas ideas formula el FCE para capturar el valor de un libro?
Lo ideal para hacer una selección es que ésta, primero, sea de índole intelectual; segundo, con criterios comerciales; tercero, con criterios de derechos; y por último, con disponibilidad digital. Un libro publicado antes de 1996 no existe en versión digital, no hay un archivo PDF. Aquí hay una dificultad, superable por supuesto, porque el texto se escanea, se procesa y se genera el archivo, pero de entrada nos basamos en esos cuatro criterios mencionados. Después está el asunto de los derechos, un tema delicado. A muchos de los autores y a sus herederos les cuesta trabajo entender qué es un libro electrónico. Hay que convencerlos, seducirlos e involucrarlos en este tipo de nuevas ediciones y no es una tarea sencilla. Con las traducciones puedo dar un ejemplo: las más de las veces los derechos se manejan a través de agencias. Hay que encontrar la ruta para saber quién puede darnos autorización y no es fácil. Otro ejemplo es cuando se fusionan editoriales de un libro contratado hace veinte años que hoy pertenece a otra editorial, y que a su vez otro sello en Inglaterra compró esa traducción y ahora nadie sabe quién es el dueño.
Una tarea complicada donde no sólo se involucran personas si no diferentes factores económicos.
Así es, ciertos modelos no estaban claros. Unproblema importante que acabas de mencionares saber cuánto se le paga al autor. En ellibro físico se paga una regalía, un porcentajedel precio de venta al público, independientementedel dinero que ingrese a la editorial.En el caso del Fondo no es igual que lo vendamosen nuestras librerías a ofrecerlo en Gandhi.En el libro en papel no importa por quécanal se venda, lo que le llega al autor comoregalía es lo mismo. Y en el libro electrónicoes un porcentaje de lo que realmente ingresa ala editorial por las ventas de ese producto. Hahabido un cambio importante, pero todavía noexisten estándares para saber cuánto pagar dederechos por el libro electrónico. Los agentesy los autores cada día quieren un porcentajemayor por los ingresos que la editorial recibe.Nosotros no queremos el menor, pero digamosque es una materia en disputa.
¿Piensas que actualmente existe una discusión sobre el libro en México?
En tu pregunta caben más. Un problema de la industria editorial mexicana es su escala. Es muy pequeña a pesar de ser un país gigante. Se ha medido geográficamente o poblacionalmente y nuestra industria para ciento diez millones de personas es minúscula. Nuestra red de librerías es pequeñísima, nuestros editores son poco abundantes. ¿A qué se debe esto? Yo creo que a asuntos de educación, de economía, de hábitos de consumo ya no culturales, sino de entretenimiento. En esencia, nuestro país es geográficamente grande pero nuestra industria no tiene el peso para esa magnitud territorial y poblacional, y me temo que se hace cada vez más chica. En lugar de decir “crece el país, crece la población, hay un mayor número de alumnos, qué bueno para los editores”, me temo que está ocurriendo lo contrario. Aquí hay un problema grandísimo que no le corresponde resolver a una editorial del Estado. A pesar de ello, el Fondo afronta una variedad de problemas con actividades de fomento a la lectura; hacemos muchísimas actividades con niños en las librerías, donde hay cuenta cuentos, por ejemplo. ¿Cuál es la lógica de eso? El cuenta cuentos genera un interés en el niño, después el niño leerá la historia que ya le contaron o leerá otra relacionada y se introducirá al mundo de los libros. Otra actividad es el concurso Leamos la Ciencia para Todos, para que jóvenes de doce a veinticinco años lean libros de divulgación científica. ¿Cuál es la intención? La escuela pone énfasis en la lectura literaria, así que ofrecemos una actividad de lectura no literaria. Es importantísimo que también haya esfuerzos donde la lectura sirva para aprender, para conocer y digerir conocimientos, salirnos de esa idea de la literatura que dice “¡cuánto placer me da!”, sino pensar que leer también me da información y oportunidad de asimilarla.
Otra faceta son las ferias del libro, un asunto paradójico. Qué bueno que haya muchas ferias donde no hay librerías, pero es un asunto “remedial”; es decir, las ferias que resultan eficaces se hacen donde no existen librerías, y eso es lo grave.
A bote pronto recordé el ensayo “¿Cuál es el negocio de la literatura?”, de Richard Nash. Imaginé a las ferias como esos espacios similares a las librerías o bibliotecas donde el libro, al parecer, muere por su quietud.
Acabas de dar con otro tema. Que las bibliotecas puedan asociarse a un féretro, un lugar donde se muere el libro, me parece gravísimo, y eso es un asunto de percepción social. Hay países, digamos los escandinavos o los Estados Unidos, donde la biblioteca pública, la biblioteca de barrio, cumple un papel que en México no existe. Ahí los libros están lejos de estar muertos, circulan, la gente se suscribe a las bibliotecas y sabe que va a encontrar las novedades, hay colas para leer los libros recién llegados. Aquí hay otro problema que, me parece, el Estado debe solucionar.
Regresando al tema electrónico, ¿cuál es la postura del Fondo y de sus editores en cuanto a la piratería de libros, tanto física como electrónica?
Somos muy anticuados y convencionales. Creemos en el derecho de autor. Parece un anacronismo. Hoy hay miles de opciones para el consumo de contenido cultural que no pasan por el derecho de autor. El copyleft, el open access, creative commons, todas estas modalidades son claramente opuestas al derecho de autor y otras no son más que variantes de ese derecho. Nosotros estamos convencidos y respetamos y hacemos respetar el derecho de autor.
La vieja escuela de la edición…
Somos la vieja escuela… y al mismo tiempo estamos en una situación extraña respecto del derecho de autor. La mayor parte de nuestros autores no viven de lo que sus libros les dan, porque son académicos, tienen algún otro ingreso que les permite ganarse la vida sin regalías. Así que esa defensa no es económica, no se trata de ningún autor de best-seller que se opone a la piratería porque va en detrimento de su ingreso. Es un asunto de respeto a la producción intelectual de la obra.
Las incitativas digitales del FCE, ¿han cambiado su relación con los lectores?
Sí, básicamente en saber qué tipo de consumidortenemos. Lo que permite el libro electrónico es la dispersión geográfica. Hoy no vendemos ejemplares de libros impresos en Japón, pero gracias al libro electrónico hay tres consumidores del Popol Vuh y lo compraron con velocidad. En este momento es lo más relevante.
Tomando en cuenta lo anterior, ¿qué tan difícil es comprar en línea en el FCE?
Tenemos dos roles: editores y libreros. Como libreros, en la propia página del Fondo los libros están a la venta, y es ligeramente complicado venderlos porque se involucra a un proveedor externo. Nosotros somos la cara, la imagen a través de la cual se venden los libros, y el proceso es éste: nosotros recibimos la información, se descarga, y después el lector tiene que decidir en qué plataforma lo va a ver. En la pantalla, en un programa o va a descargarlo en un dispositivo móvil. Todo eso lo hace el lector, que requiere una mínima pericia técnica. No es como Amazon que es la máquina perfecta para comprar. En máximo tres pasos tienes ya un libro nuevo en tu librería. Nosotros como editorial estamos en Amazon porque sabemos que hay consumidores que prefieren comprar sus libros ahí. Y se entiende, son negocios concebidos para simplificar el proceso de venta.
Háblanos de las iniciativas digitales del Fondo.
Para este 3 de septiembre vamos a publicar una aplicación llamada Archivo abierto. Ochenta años del Fondo de Cultura Económica. El guión lo hizo Yael A. Weiss, y a iniciativa suya se pensó en hacer un libro para conmemorar los ochenta años del sello. En las conversaciones lo que se pensó fue en decir que el Fondo, en estos ochenta años, tiene un pasado heroico, pero no hay que detenerse en él, sino mirar hacia delante. Publicar un libro es el modo convencional de festejarnos; sin embargo, con el lenguaje de hoy, ¿por qué no hacer ese libro que se tiene en mente como una aplicación? Así surgió la idea, y básicamente es una exploración del archivo del Fondo: cartas, fotografías, dictámenes, audios, documentos que no suelen ser públicos, y que permiten contar la historia de la editorial de manera fragmentaria; no es un relato, es una navegación. Quisimos poner énfasis en eso. Imaginemos una carta en la que Cosío Villegas le escribe a Arnaldo Orfila y en ella hablan sobre el envío de libros de cierta colección, ahí tocas la pantalla y se abre una descripción sobre esa colección con sus autores principales. No hay un solo modo de navegar y todo es a partir de estos documentos de los fundadores del Fondo de Cultura Económica. Esta aplicación va a mostrar las colecciones, los editores de algunos libros importantes; se podrán ver las filiales del Fondo, no sólo cuál fue la relación de la editorial con Argentina, Chile y España, sino las relaciones políticas con sus personajes.
Otra iniciativa estará lista para 2015: en 1886 Joaquín García Icazbalceta publicó el Índice alfabético de la bibliografía mexicana del siglo XVI, el repertorio de los libros impresos en Méxicoen ese siglo, nuestro periodo incunable. En1954, cuando el Fondo cumplió veinte años, leencargó a Agustín Millares Carlo, un bibliófiloy exiliado español, una nueva edición a partirdel material original con todo lo que él, desde1886 y hasta 1954, sabía de estos libros. Así tenemosdos etapas, el primer núcleo que irradiaGarcía Icazbalceta y un segundo anillo conel trabajo de Millares Carlo; ahora nosotros, sesentaaños después, en lugar de hacer un terceranillo en impreso, lo que haremos es una Wikibibliografía del siglo XVI, que va a tener indexadolo que escribió García Icazbalceta, lo que investigóMillares Carlo y se va a abrir a la oportunidad,con un moderador de por medio, de quecualquier bibliófilo, bibliotecario o coleccionistapueda agregar más a lo que se sabe hoy de losprimeros libros impresos en la Nueva España.
Para el 5 de septiembre vamos a hacer un seminario sobre el libro electrónico. Identificamos dos títulos valiosos sobre este tema. El primero de ellos se llama The Content Machine (La máquina del contenido) de Michael Bhaskar, escritor y editor inglés, que ofrece una nueva comprensión del contenido, la publicación y la tecnología, y responde a aquellos que sostienen que la publicación no tiene futuro en la era digital. El segundo libro es de la artista londinense Frania Hall, The Business of Digital Publishing (El negocio de la publicación digital), que discute que en el mundo hay muchos modelos en disputa, no hay un negocio establecido. Hall analiza cuatro subsectores: qué se está haciendo alrededor del libro de texto, del libro de interés en general, qué se hace con los libros de referencia, y habla de modelos que han demostrado ser exitosos o viables. A raíz de la publicación de estos libros, Hall y Bhaskar visitan nuestro país para impartir conferencias para los editores mexicanos interesados en el libro electrónico.
Murales del Centro Cultural La Tallera: Museo Casa Estudio de David Alfaro Siqueiros Fotografía por José Jasso.
El Proyecto Siqueiros: La Tallera, en Cuernavaca, es parte del legado que dejó Siqueiros, además de su obra mural, de caballete, gráfica y dibujo, sin mencionar su archivo personal y biblioteca. En La Tallera podemos encontrar una residencia para artistas, críticos, curadores y académicos, quienes retoman este espacio para dar talleres y conferencias. Les compartimos algunas de sus actividades:
Exposición permanente: David Alfaro Siqueiros
Muralesy Sala poliangular. Obras realizadas por el muralista mexicano en la ciudad de Cuernavaca. Las piezas recurren a lo que llamó “arquitectura dinámica”, recurso basado en la realización de composiciones en perspectiva poliangular.
Murales del Centro Cultural La Tallera: Museo Casa Estudio de David Alfaro Siqueiros Fotografía por José Jasso.
Exposición temporal: Bandera Negra del artista Rubén Ortiz Torres
Rubén Ortiz Torres, nació en la ciudad de México en 1964. Actualmente, y desde hace casi veinte años, radica en California, Estados Unidos. Fue educado bajo un modelo utópico de anarquismo republicano español. Posteriormente, durante la década de los ochenta y parte de los noventa fue influenciado por la escena punk en la ciudad de México. A partir de estas influencias es que su obra muestra una clara relación con el tema del anarquismo resolviéndose a partir de distintos medios como: pintura, dibujo, fotografía, escultura, cine y video, medios desde donde el artista da muestra de sus amplias habilidades técnicas.
Bandera Negra explora desde la crítica y el humor la relación entre diversas versiones de la historia y la cultura popular. De una manera irreverente e irónica hace coincidir la visión de dos culturas como la de México y Estados Unidos, enfatizando su atención en los gestos de sus relaciones fronterizas, así como en algunas de las manifestaciones contradictorias de nacionalismo en ambos territorios.
La exposición se inaugura el 27 de septiembre y se presenta hasta 11 de enero del 2015.
Don’t Tread On Me, por Rubén Ortiz Torres, 2014.
Martes de cine
Martes de cine es un programa de proyecciones que se realiza en colaboración con La Carreta Cine Móvil el tercer martes de cada mes. Por esta ocasión la proyección se realizará el jueves 11 de septiembre a las 20:30 horas
La película a proyectarse esta vez es:
Buscando a Sugar man
Un músico es descubierto en un bar de Detroit a fines de los sesentas por dos famosos productores entusiasmados por sus conmovedoras melodías y letras proféticas. Graban un disco que según ellos va a garantizar su reputación como el artista grabado más importante de su generación. Pero el álbum es un desastre y el cantante desaparece entre obscuros rumores de un espantoso suicidio en el escenario. Sin embargo, aparece una grabación pirata en la Sudáfrica del apartheid y, durante las dos décadas siguientes, se convierte en un fenómeno.
Dirigido a todo público.
Entrada gratuita.
Noche de Museos
Noche de Museos tiene lugar el último miércoles de cada mes. Este día los museos de la ciudad permanecen abiertos ofreciendo eventos especiales. La próxima Noche será el 24 de septiembre. De 18:00 a 21:00 horas.
Dirigido a todo público.
Entrada gratuita.
Taller: Circo y clown
Mediante divertidos ejercicios los niños aprenderán sobre la historia del circo y el clown. El taller es impartido por Didi Sanchezco; los sábados 6, 13 y 20 de septiembre, de 10:30 a 12:30 horas.
Está dirigido a niños de 6 a 12 años. No tiene costo.
La Tallera también ofrece visitas guiadas, las cuales deben solicitarse con siete días de anticipación. Las visitas están dirigidas al público en general y no tienen costo.
Los horarios del Centro son de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas.
Martes a sábado: admisión general es $13 pesos. Domingo entrada libre.
Entrada gratuita a menores de 12 años, personas con capacidades diferentes, estudiantes, maestros y adultos mayores con credencial.
La dirección es Venus 52, frente a Parque Siqueiros,col. Jardines de Cuernavaca, Cuernavaca, Morelos.
México fue pionero en el sistema de becas y apoyos a creadores de arte. En el ámbito latinoamericano, Conaculta se posicionó como el precursor en este tipo de sistema, como líder en recursos financieros destinados a la cultura y con el número más alto de becas otorgadas. La lección que ha dejado es la de un Estado en constante diálogo con los creadores, un diálogo no siempre correspondido por parte de los creadores o de las instituciones.
La concentración (y la desconcentración en los distintos estados del país) de los apoyos en una institución, como se hizo en México, han convertido al FONCA en un paradigma del sistema de apoyos gubernamentales. Países como Chile o Argentina desarrollaron programas similares al mexicano después de cinco o seis años de establecido el proyecto en México. A continuación se muestra una serie de países que no sólo destacan por sus altos estándares educativos, sino también por sus altas inversiones en los creadores de arte.
Argentina
Cuatro años después de creado el FONCA en México, en 1993, el gobierno argentino, a través de su Ministerio de Cultura, creó el Fondo Nacional de las Artes, un programa que comparte el espíritu del mexicano; la diferencia se encuentra en que el estímulo se otorga también a artesanos, filósofos y a proyectos de investigación de corte académico. El apoyo mensual que se otorga es de diecinueve mil pesos mexicanos, aproximadamente, y sólo se da a un creador por disciplina y por año.
Chile
En 1992, se instauró el Fondo Nacional para el Desarrollo Cultural y las Artes (FONDART) y el Fondo del Libro y la Lectura, dependientes del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes chileno (CNCA), órgano rector de las políticas públicas culturales. Estos fondos, que se otorgan anualmente a artistas, también funcionan para los editores y creadores de colecciones editoriales y edición de libros que se unieron a un programa educativo. En Chile, de acuerdo con su programa, no se concibe la creación sin un plan que integre la educación de los lectores. El estipendio es único, anual y ronda entre los cien mil y doscientos cincuenta mil pesos mexicanos. Los pagos más altos son para las artes escénicas.
España
En España, a diferencia de otros países de lengua hispana, la idea sobre los apoyos a los creadores está concebida desde la academia o desde fundaciones culturales. El Ministerio de Cultura español funge, por un lado, como una red de conexión entre creadores y los programas independientes que existen, como las Becas Fulbright o Iberescena; por otro, emite convocatorias con propósitos muy específicos, como la edición de libros y/o revistas culturales, promoción de la lectura, traducción literaria y proyectos de animación de la lectura. En relación con los escritores, el ministerio español se ha sumado a la red HALMA, organización con sede en Berlín que conjunta veintiséis centros literarios en veintiún países de Europa. En colaboración con la asociación, ofrece una beca anual que consiste en una estancia en Bélgica y Hungría.
Colombia
Poco antes de los años cuarenta, Colombia construyó sus institutos culturales gubernamentales. En 1968 se creó el Instituto Colombiano de Cultura, que funcionó como entidad descentralizada que velaba por la creación artística, pero fue en 1997 cuando comenzaron a construir las políticas culturales a través del Plan Nacional de Cultura, aún vigentes, y que contemplan los apoyos a creadores. Su sistema de becas, con un modelo similar al del FONCA, otorga tres tipos de apoyo: a la creación nacional (teatro, literatura, danza, pintura, música, etcétera), a la movilidad internacional de creadores e investigadores de literatura, y un apoyo destinado a la creación literaria, a la lectura y el libro. El apoyo anual es de cien mil pesos, aproximadamente. El monto varía por disciplina y se otorgan alrededor de doscientas becas.
Islandia
Islandia es el país con más escritores, más obras publicadas y más libros leídos per cápita en el mundo. Hay una frase que refleja ese fenómeno: “Todo el mundo da a luz a un libro”. Sorprende que a pesar de ello este país no cuente con un sistema de becas por parte de su Ministerio de Cultura. Como el departamento de gestión cultural español, el islandés funge como una red de comunicación entre artistas e instituciones. Las autoridades islandeses están centradas en la educación de los distintos niveles académicos, desde la educación primaria hasta la profesional. La única aportación del gobierno a los creadores son los apoyos en instituciones académicas como la Universidad de Reikiavik, la Universidad de Islandia y la Universidad de Akureyri.
Finlandia
El sistema educativo finlandés es considerado como el mejor de los evaluados por el informe de 2003 del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE (PISA, por sus siglas en inglés). Se divide en dos tipos de formaciones a partir de los dieciséis años: la teórica, que se imparte en las escuelas secundarias superiores y las universidades, y la profesional, impartida en las escuelas profesionales. Como Islandia, este país cuenta con una gran tradición literaria, aunque aquí se inclina al arte poético. Los apoyos a creadores, como en diversos países europeos, provienen de asociaciones locales o internacionales de escritores, y de su Ministerio de Cultura. A diferencia de Suecia o Islandia, Finlandia sí destina una parte de su presupuesto oficial a becas para creadores de arte (con un sistema similar al mexicano), para asociaciones culturales con proyectos relevantes, y a bibliotecas, teatros, orquestas y museos.
Australia
El gobierno australiano, a través de su Ministerio de Cultura, cuenta con uno de los programas de becas para artistas y fondos para organizaciones culturales más completos en el mundo. Sus políticas públicas, enfocadas a la subvención de los creadores, comenzaron a funcionar en 1986. El australiano se considera uno de los más programas más ambiciosos: además de otorgar apoyos anuales y en todos los estados, cuenta con un departamento que forma lectores y espectadores, otro que cuida de los derechos de autor y con un oficial anticensura que vigila que el gobierno no influya en los contenidos artísticos. Parte de sus programas otorgan recursos para proyectos web y el acceso al acervo cultural en línea, reconocimientos a los editores independientes y apoyo a todas las disciplinas artísticas, donde también incluye televisión, diseño y expresiones indígenas. Para Australia, la cultura es una industria, y con esa visión conformó un sistema de exención de impuestos y de apoyo a pequeñas industrias culturales.
En cada convocatoria se contemplan alrededor de treinta categorías, y se becan de tres a cinco creadores u organizaciones. Las categorías, como jóvenes artistas, incluyen la subvención a programas mercadotécnicos, de desarrollo y propiamente de creación; lo mismo sucede en cada disciplina. Como el proyecto mexicano, el australiano auspicia, por ejemplo, residencias en otros países, investigación académica y apoyos a curadores de arte.
Los apoyos económicos van, aproximadamente, de sesenta y dos mil a trescientos setenta mil pesos mexicanos por año. Los institutos rectores están divididos en cuatro áreas (sur, norte, este y oeste), y cada uno otorga casi mil millones de pesos para alrededor de trescientos quince programas.