Podríamos llamar “los no lugares” a los espacios en los que el arte más reciente desborda sus recursos y soportes tradicionales. No es una experiencia nueva; sin embargo, en este número de Tierra Adentro damos cuenta de los diferentes colectivos que trabajan más allá de la página, del escenario y del lienzo en el dossier “Escenarios mutantes: la resignificación del espacio público”, donde se rastrea el quehacer de algunos artistas y grupos enfocados, principalmente, en intervenir el espacio público desde las artes visuales, la poesía y la dramaturgia.
Desde Colombia, Daniel Ferreira narra la historia de una ciudad a través de lo que ocurre en la Ruta de la sal, al salir de la calle Carrera Séptima en la ciudad de Bogotá. Además, en la sección En primera persona Tedi López Mills, autora de Amigo del perro cojo y del Libro de las explicaciones, entre otros, habla acerca de su inicio como lectora y del tránsito de la poesía a la prosa.
En una época protagonizada por la rapidez y la brevedad, los artistas suelen sentir la necesidad de estar presentes en todo, aun si se trata de una presencia superficial. Quizás haría falta profundizar: más teoría y menos acción. Para examinar las consecuencias de lo anterior y el estado actual del arte en nuestro país, José Jiménez Ortiz, Chantal Peñalosa y Joaquín Segura dialogan para evidenciar lo que ha generado una cultura del desecho y del olvido.
La revista Tierra Adentro llegó a manos de sus primeros lectores en el otoño de 1974. A cuarenta años de este acontecimiento, en el Programa Cultural Tierra Adentro queremos extender la invitación a todos nuestros amigos lectores y colaboradores para que nos acompañen a celebrar este aniversario en el Palacio de Bellas Artes.
En el primer texto editorial de Tierra Adentro se anunció que su propósito era descentralizar la cultura. Con el tiempo, se sumó la misión de dar noticia de artistas jóvenes en toda la República. En toda su historia, las páginas de la revista han sido el escenario para escritores fundamentales en la literatura contemporánea. Desde Roberto Bolaño hasta Fernando del Paso, esta publicación es un censo constante del arte joven.
Este domingo 5 de octubre a las 12 en el Palacio de Bellas Artes, Ricardo Cayuela, Alberto Chimal, Bernardo Fernández Bef, Carlos Velázquez y Rodrigo Castillo harán un recorrido por las distintas etapas de la revista. A cuarenta años de su inicio, el propósito de Tierra Adentro no sólo es dar a conocer autores jóvenes, sino unirlos.
La literatura de Paul Auster seduce por la forma en que imbrica al azar en la consecución de los acontecimientos. En libros como Leviatán, El cuaderno rojo y la trilogía de Nueva York, el hilo narrativo es condicionado por derivaciones provocadas por hechos que de entrada parecerían ser nimios o anodinos. El rumbo del flujo de la vida se va direccionando a través de esos puntos de inflexión. Así las historias pueden tener lados absolutamente contrastantes.
Sirva lo anterior para introducir a Hundred Waters, un grupo norteamericano cuyo destino sufrió un brusco viraje, como en las historias de Auster, cuando conocieron a una de las figuras más polémicas y polarizadas de la electrónica actual, ese mozalbete que mueve masas con su combinación bestial de EDM y Dubstep llamado Sonny Moore, mejor conocido como Skrillex. Quien quedó fascinado con la difícilmente clasificable música que produce el grupo que encabezan Nicole Miglis y Trayer Tryon.
Muy pronto, con Moore al frente, en 2012, realizaron una gira que se completó con Diplo, Grimes, y él mismo —vaya heterodoxia—. Tras la experiencia, convenció a la gente de su sello discográfico, OWSLA, para que reeditaran el disco debut de sus buenos amigos de Hundred Waters, Thistle(2012). Aquellos no podían negarse a la petición de su rutilante y millonaria figura; no tardó en relanzar el material que obtuvo una excelente respuesta por parte de la prensa especializada, pero que no alcanzó una difusión extensa.
Y es que más allá de sus extrañas amistades, Hundred Waters sorprenden por las insistentes comparaciones que suelen hacerles con dos artistas de vanguardia: por una parte, con los brooklynianos Dirty Projectors y sus alucinados y barrocos juegos vocales; por otra, con los puntos del sofisticado universo sonoro de la islandesa Bjork. Por lo que, teniendo a tan bueno referentes, era una cuestión de tiempo que el proyecto fuera creciendo tanto en exposición como en cantidad de seguidores.
De repente a su música se le trató de clasificar como folktrónica, o bien, encasillar en la indietrónica —cuestiones del periodismo especializado—; lo importante es que más allá de asuntos de taxonomía musical, a los escuchas no dejan de parecerles algo muy excitante y sorprendente —¿No es acaso lo que busca un creador?
Ya desde su debut tenían una gran capacidad evocativa a la que han buscado potenciar a través de la sensibilidad de Nicole, quien se encarga de cantar y escribir las letras (y que no sustenta su magnetismo en la belleza física). Así, el grupo de Florida tiene ya publicada su segunda incursión discográfica: The Moon Rang Like A Bell (con el mismo sello y que comparten con Rusko y Crookers).
Doce canciones en las que el grupo deja en claro que puede transitar por distintas vertientes sin perder personalidad. ¿Qué ha permanecido? Pues ciertas variantes de folk, recursos de electrónica de última generación y una soltura para saltar de fragmentos jazz a devaneos de pop freak. La gran sapiencia del cuarteto es encontrar una manera peculiar de ensamblar todo aquello sin que sea consumido por el caos.
En piezas como “Xtalk” —de gran fuerza percusiva— y “No sound” parecería que dejan correr algo del azar que alimenta a Paul Auster para que vaya engranando los elementos, y que, casi sin querer, las partes se vayan acomodando hasta encontrar su forma final. Algo hay también de combinación de tiempos y estéticas; bien pudiéramos tomar a Hundred Waters como el punto de encuentro entre el canto prístino y evanescente de los Cocteau Twins y el abigarrado sonido salvaje de los Gang Gang Dance —que tanto aman lo improvisado.
The Moon Rang LIke A Bell es un disco extenso y vasto; no es fácil de agotar y sus primeros sencillos muestran otros aspectos. Por ejemplo, “Cavity” es más rugosa y crepitante, mientras que “Murmurs” (con excelente vídeo) posee unos teclados clásicos y elegantes acompañando a los vericuetos vocales de Nicole (luciendo a plenitud).
La sensación es que conforme se van sucediendo las pistas van construyendo parajes sonoros y sembrando interrogantes. Porque lo que hacen se afilia a ese tipo de arte que busca más bien sembrar preguntas y no dejar todo en claro o sobreabundar en explicaciones. Muchos autores —como Auster y Vila-Matas— señalan que el arte no debe brindar todas las explicaciones, debe esbozar apenas, tender un cerco para que sea traspasado por el interlocutor.
Así dejo correr las composiciones de Hundred Waters, mientras recupero alguna idea del autor de La músicadel azar: “La verdad es una de las cosas más frágiles del mundo, no sabemos qué sucede realmente. Incluso nuestra propia memoria se destruye mientras trabaja nuestra experiencia”.
Tal vez no comprenda lo que sucede a mi alrededor mientras corra el disco, pero no me cabe la menor duda de que se trata de una experiencia fascinante y llena de misterio. 49 minutos de un desfile interminable de imágenes sonoras entrañables.
Para escuchar The Moon Rang LIke A Bell da clickaquí.
Algún día seremos sólo fotografías. La fotografía como acto donde aventamos todo aquello que no podremos nunca comprender, dice Marina Azahua en Retrato involuntario. Espejos en fuga. Las imágenes invaden cada espacio para formar un inventario sobre lo cotidiano y al mismo tiempo deshacerlo. Incontables imágenes que narran realidades oblicuas. El escritor argentino Macedonio Fernández hacía listas interminables de observaciones diarias. Le llamaba pensarescribiendo, meditaciones ociosas en torno a la claridad del cuarto, el estado del cuerpo sobre la hojarasca, el olor del pan.
En la muestra fotográfica por los 30 años de La Jornada instalada sobre Paseo de la Reforma, en la ciudad de México, hay una imagen que bien podría representar aquellos instantes macedonianos. La fotografía es de un hombre que hace anotaciones en una pequeña libreta, sentado en alguna plaza pública. La ficha técnica describe lo que quizás observaba aquel hombre desde la sombra, una serie de figuras de aspectos interesantes en torno a las más astutas nimiedades. Meditabundo, el retratado tiene la pinta de ser un indigente, contempla cómo la vida se despliega sin control ni sentido.
A veces pienso que en eso consiste la fotografía. Nos deja pasmados ante la fuerza aterradora de lo humano, algunos paradigmas se desintegran a su paso. Siglos de educación oficial caen cuando observamos el otro lado de la sombra y sospechamos que se trata de un espejo. Funcional o no, me gusta pensar que algo se rompe cuando una buena fotografía nos llega de repente y nos confunde. Sobre Paseo de la Reforma la gente camina hacia las entradas de Chapultepec, el Museo de Antropología o el Tamayo. Van a disfrutar el sábado, a estirar las pocas horas que tienen disponibles para pasear en familia. Sin embargo, todos invariablemente se detienen ante esta muestra fotográfica, unos minutos de asombro, de enojo también, ante algunas injusticias que el Estado sigue perpetuando.
Muchas cosas han pasado en 30 años. La Jornada surgió como un proyecto alterno ante el sesgo informativo de los ochentas, cuando un grupo de periodistas renunció al Unomásuno para escribir con mayor libertad. Por supuesto que esta es una línea editorial para tomar en cuenta cuando leemos. La escritura es un acto político, como el arte. La voz nos sirve verdaderamente cuando aceptamos que la realidad es múltiple y por ello podemos moldearla. Sin control ni sentido, nos queda un lienzo sobre el cual construir otra clase de vínculos con el entorno. Sabiendo de nuestra propia crueldad nos resta idear maneras para contrarrestarla. Cenizas somos sobre rostros ajenos, madera para tallar.
120 fotografías integran esta exposición gratuita que se encuentra en el mejor lugar para exhibir: la calle. En 1984, La Jornada se hizo posible gracias a donaciones y apoyos del medio artístico. Los artistas plásticos Rufino Tamayo y Francisco Toledo donaron en especie para solventar gran parte de los gastos, Gabriel García Márquez contribuyó con un reportaje, Vicente Rojo realizó el diseño editorial, Juan Sepúlveda rentó por un año el edificio Balderas 68 para sus instalaciones, Alberto Bitar puso su imprenta a disposición, Manuel Barbachano Ponce les dedicó el estreno de una de sus obras de teatro.
Si la historia se nos presenta embellecida y heroica en publicaciones escolares, la fotografía se erige como uno de los sitios donde esas versiones se cuestionan y nuestra visión del mundo cambia. Familias enteras se arremolinan frente a estas 120 fotografías, unos recuerdan, otros preguntan sobre las causas de tanta violencia. No hay respuesta. Quizás la naturaleza nos dio demasiadas armas para observar qué hacemos con ellas, como en un juego donde difícilmente alguien gana. Supongo que en algún punto hemos de aprender a ser iguales, mientras tanto, nos quedan testimonios de esas batallas.
Una de las fotografías muestra al expresidente Echeverría en medio de miembros del Comité 68, cuando provocativo decidió salir sin guardaespaldas de una reunión donde se había deslindado de la matanza de Tlatelolco y sus secuelas. Los niños piden explicaciones ante las imágenes de marchas, plantones, protestas al desnudo, barricadas en las calles de Oaxaca, mítines zapatistas, suicidios ante la desesperación que deja no encontrar trabajo, visiones de un campo empobrecido y alejado de su realidad cotidiana. Hay algo que cautiva de cada imagen aquí expuesta, impotencia de saber que las diferencias abismales siguen determinando el curso de los días.
Ante lo homogéneo, el instante donde se evidencia aquel dolor añejo de sabernos seres discontinuos, enfermos a veces por este mundo construido a base de rencores. La fotografía es el espacio para dejar de ser en solitario, aun si lo que muestra es un retrato matizado por visiones impuestas sobre nuestro propio cuerpo, aun en ese espacio deforme y esperpéntico encontramos un presentimiento: tal vez aquello que se escapa y está afuera, en el otro igualmente intervenido, somos presencia para siempre.
Esta exposición se encontrará hasta el 12 de octubre en Las Rejas de Chapultepec. Si tienen oportunidad, no duden en verla, evítense las filas infinitas del Tamayo.
The Return of the Living Dead (Dan O’Bannon, 1985).
Todo el año, uno debe ver películas de terror, trash, italianadas, serie B, serie Z, nunsplotation. Pero octubre tiene una vibra especial; es el mes perfecto para desvelarse con chorradas ochenteras o una clásica de Mario Bava.
El objetivo: ver una película de terror por cada día de octubre (y un par de noviembre). Escogí películas que me han divertido muchísimo y que son poco vistas por aquellos que no son fans del género. Por más que quise incluir y recomendar mi película favorita de George A. Romero, Dawn of the Living Dead, creí que sería mejor opción irme por Day of the Dead, que, si bien me gusta menos, es igual de buena pero menos vista.
El mes está dividido en cinco semanas: la zombi, la italiana, la gringa, la de rarezas y la de blanco y negro. Cada uno incluye películas que marcaron mis preferencias cinematográficas. Por ejemplo, está Lucio Fulci (con cuyo nombre me oculto en Facebook), un director italiano que redefinió la manera en que se filman los zombis con su Zombi 2 (en ella hay una pelea entre tiburón y revivido. Genial). Preferí recomendar The New York Ripper, que se puede encontrar en Youtube y es mucho menos vista que su obra sobre no-muertos en el Caribe.
Dejo esta serie de películas como mi mapa para (empezar a) explorar el género.
Semana Zombi
El zombi es el monstruo de mi generación. La fascinación que causa, el deseo de algunos de que explote la epidemia de revividos y las miles y miles de películas que hay sobre nuestros queridos no-muertos se debe a que el zombi, en su forma más pura, es un ente vacío de conciencia, un puro cuerpo sin otra lógica que comer y comer. Es, entonces, lo que el sistema actual busca crear: un consumidor sin criterio, que derroche sus recursos para tener el último iPhone, el último Kindle; que coma lo que esté a la mano
El zombi refleja la situación actual; es el espejo que nos permite ver, por medio de la exageración y la parodia, que el mercado nos quiere convertir en masa, amorfa, sin caras, con miembros sustituibles.
La contaminación de los ríos de Brasil ocasiona que los manglares de un remoto pueblo de Espíritu Santo se conviertan en piscinas tóxicas. Los habitantes, cuyo medio de subsistencia era la pesca y recolección de caracoles, se enfrentan a una crisis alimenticia. Pero ese no es el verdadero problema: el lodo tóxico comienza a revivir a los cadáveres. En medio de la vorágine de zombis, Luis de Machadinha, un flaco pescador, intentará salvar a su amada Raquel.
¿Por qué verla?
Después de Romero, la figura del zombi obtuvo sus caracteres contemporáneos. Sólo 28 days after y Zombi 2 habían aportado algo a la configuración del monstruo de nuestros tiempos. Mangue negro regresa al esquema del revivido romeriano pero lo tropicaliza: sigue la línea asquerosa de Fulci y evita la amenaza hiper rápida de Dany Boyle. Rodrigo Aragão, director de la cinta, mana de las bases clásicas del género y entrega una gran película. Oscura, asquerosa y con uno de los mejores personajes del siglo XXI, la bruja Dona Benedita.
Un sepultero, Franceso Dellamore, descubre que los muertos están regresando a la vida. Él, mientras sigue su línea de trabajo, se empeña en que los enterrados se queden dónde están. Un día conoce a una hermosa viuda y la ya extraña rutina se enrarece todavía más cuando la Muerte (sí, con mayúsculas) le da una salida a su predicamento: “Si no quieres que los muertos regresen, empieza a matar a los vivos”.
¿Por qué verla?
Dos elementos más del cast hacen de este film una visión imperdible: la viuda, interpretada por Anna Falchi (y sus escenas topless), bailarina, cantante, actriz, Miss Italia: toda una mujer renacentista; y Gnagi, el fiel compañero de Dellamore, que es interpretado por François Hadji-Lazaro, el Black Francis francés. El final es extrañísimo, influenciado seguramente por los finales ultra raros de los maestros italianos (Fulci, Bava, Argento), de quienes Michele Soavi, el director, fue colaborador.
Dos empleados de una bodega médica empiezan a hablar de The Night of the Living Dead. Uno de ellos, Frank, asegura que fue una película basa en hechos reales. Para demostrárselo a Freddy, lo lleva al sótano de la bodega, donde está un contenedor del ejército con un zombi congelado. Estúpidamente, abren el contenedor y el gas revive a uno de los cuerpos congelados. Deciden cremarlo. Las cenizas forman una nube y llueven sobre el cementerio vecino. Miles de muertos vivientes invaden la ciudad.
¿Por qué verla?
Es una película de terror-comedia a la altura de, ni más ni menos, que Shaun of the Dead. El soundtrack es ochenterísimo hasta más no poder; los diálogos, los personajes y los maquillajes están cosidos con esmero y lupa. Es una película perfectamente balanceada. Además, Linnea Quinley, una de las mejores screem queens, hace un striptease sobre la tumba de algún afortunado, sólo para después ser devorada (desnuda) por un montón de zombis cachondos. Tuvo varias secuelas (malas como leche echada a perder), de la cual sólo es memorable la segunda: es una copia de la primera con los mismos actores en los mismos personajes (¿?).
Cuba ha sido invadida por una ola de zombis. Juan, junto con una banda de renegados, se les ocurre un negocio: matar a los parientes zombis que la gente no quiere matar.
¿Por qué verla?
Su eslogan lo dice todo: “Juan de los Muertos: Matamos a sus seres queridos”. Además, es el primer largometraje cubano sobre zombis. Hay una escena de amistad entrañable: el mejor amigo de Juan, Lázaro, es mordido. Es sólo cuestión de horas para que se convierta y tengan que decapitarlo. El último deseo de Lázaro es hacerle sexo oral a Juan, quien se sorprende, pues nunca sospechó que su amigo de toda la vida fuera homosexual. Cuando está a punto de ceder, Lázaro le confiesa que estaba jugando. Gran broma para antes de morir.
Junk (5 de octubre)
¿De qué va?
Un grupo de ladrones se cuela a un edificio abandonado, sólo para descubrir que es un laboratorio donde se descubrió la forma de revivir a los muertos. Por otra parte, el ejército, que no sabe exactamente qué sucede en el laboratorio, decide destruirlo. Cuando un grupo de élite llega para terminar el trabajo, tienen que formar equipo con los criminales para derrotar a los zombis.
¿Por qué verla?
Parece que con los japoneses no hay medias tintas. O hacen Trono de sangre (Kurosawa, 1957), una meditación estética que reelabora Macbeth, o hacen Junk, película donde los zombis vuela, hablan, vomitan líquidos verdes y son radioactivos. Junk es un desorden, un exceso; y por eso es tan buena
Dead Snow (6 de ocubre)
https://www.youtube.com/watch?v=55uGN58UOkk
Película completa https://www.youtube.com/watch?v=lpmJ0we9zoQ
¿De qué va?
Un grupo de amigos llegan a una cabaña, situada en lo más profundo de una montaña nevada de Noruega. Se proponen pásarsela bien y punto. Durante la noche, un hombre toca a su puerta (¿quién camina a esas horas por un pasaje desierto?) y les cuenta la historia del lugar: durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de nazis —Einsatzgruppen— se estableció en el lugar y torturó a la población local. Después de la victoria de los aliados, los Einsatzgruppen huyeron hacia las montañas y murieron congelados. El frío empieza a ceder, la nieve a deshacerse y los nazis a regresar de la muerte.
¿Por qué verla?
¿En serio? ¿No es obvio que por los zombis nazis? Aunque no sea un concepto original (ya Shock Waves exploraba los revividos del Tercer Reich), Dead Snow tiene grandes elementos gore y, además, por situarla en una locación con tanto blanco, la sangre y las tripas resaltan. La película lleva el esquema “muchachos-drogadictos-y-promiscuos-asolados-por-un-asesino-o-cosa-sobrenatural” a otro nivel.
La epidemia zombie es un fenómeno mundial; los sobrevivientes son cada vez menos. Un grupo de militares, junto con científicos y algunos civiles, ocupan un refugio subterráneo, en el cual intentan seguir con la vida y, al mismo tiempo, investigar a los no-muertos y poder recuperar el mundo.
¿Por qué verla?
Ésta es la tercera entrega del Dead Series romeriano que se inició con The Night of the Living Dead. No goza de tanta fama como sus dos hermanos mayores, pero empieza a proponer una tesis sobre la inteligencia del zombi: incluye la posibilidad de que el no-muerto no sea tan vacío de conciencia como se nos había hecho creer. La escena cuando un zombi escucha unos walkman es imperdible.
Conocí a Jaime Mesa una noche en Acapulco, cuando presentamos el fabuloso libro de Iris García, Ojos que no ven, corazón desierto (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Al término de la charla literaria, nos refugiamos en un bar donde concluí que era un tipo de buena leña.
Volví a verlo años después, en Puebla, durante un encuentro de escritores de Tierra Adentro. Afuera del hotel donde nos reunieron (el hotel favorito de Daniel Sada, nos contó el propio Mesa), entre cigarros y cervezas, hablamos de libros en proceso, del estado de ánimo y de literatura. Ahí nos platicó un poco sobre su siguiente novela. Mesa hablaba de ella con el entusiasmo de un obseso. Aspiraba fuerte el humo del cigarro para seguir contándonos de la reconstrucción de su vida sentimental y el proceso creativo.
De mis amigos en común con Jaime Mesa, todos destacan por su congruencia: vive y escribe como piensas. No hay una postura del macho intratable, bebedor entusiasta o ajonjolí de todos los moles. Jaime Mesa es Jaime Mesa. Punto.
Cuando leí Los predilectos, recordé aquella noche en Puebla en la que Mesa nos adelantaba un poco sobre la historia de este libro. Lo recordé porque lamento mucho no haber puesto la suficiente atención como para conocer de viva voz la fórmula precisa para contar una historia.
En el capítulo 4 de Watchmen, el Dr. Manhattan, insatisfecho con su nueva vida como ente capaz de manipular la energía de la materia, se va al planeta Marte, donde reflexiona sobre la vida y la nada. Manhattan afirma: “Este planeta desierto: es tan maravilloso, completamente en silencio”.
Mesa, al igual que Manhattan, construyen a partir de nada. Ficción en el sentido más preciso. El poblano suelta la rienda del caballo literario, no porque no sepa domarlo, sino porque sabe que las mejores historias no están amarradas a la realidad.
En Los predilectos, una novela actual, si se quiere, nos recuerda que no es necesario mencionar el D.F. o Monterrey para darle credibilidad; no destaca ningún grupo musical que sirva como pretexto para presumirnos su melomanía; no hay guiños a películas o programas de televisión, que le den al autor un escalón para obligar a la gente a mirarlo hacia arriba; nada de eso.
Al igual que el Dr. Manhattan, que comienza a manipular los elementos del planeta rojo para construir un castillo de cristal, donde piensa vivir lejos de los humanos, Jaime Mesa comienza desde cero la historia de Scarlett Kunzen, una mujer de apenas 30 años, hastiada de la vida.
Todo es ficción y esto lo menciono como un atino.
En Apuntes del subsuelo, Dostoyevski afirma: “el hombre, quien quiera que sea, siempre y en todas partes, prefiere hacer lo que le da la gana a lo que le aconsejan la razón y el interés… y a veces es absolutamente imperativo que lo haga”.
Eso ocurre con Kunzen, quien durante un tiempo, cuando era hermosa, se aficionó a las fiestas donde los seropositivos (gift givers) tienen sexo con quienes desean contagiarse de VIH (bug chasers). Luego, ya obesa, decide internarse en una clínica de rehabilitación para perseguir una obsesión que la persiguió desde muy joven: ser madre.
En la clínica conoce a los miembros de una exitosa banda de rock, quienes hartos del éxito y la fama, toman la reclusión como un respiro a sus ajetreadas vidas. Su encuentro en esas condiciones marcará sus existencias, no por sus afinidades, sino porque descubrirán su patetismo.
Kunzen irá de obsesión en obsesión, insatisfecha con su vida. En determinado momento expresa: “dejar el alcohol, las drogas, la comida, el sexo no tiene nada de gracia, es inútil si no tienes algo más con que llenar esos espacios. Y realmente hay pocas cosas interesantes con que hacerlo”.
Mesa deja trasminar una notable influencia de la literatura norteamericana. No por nada, su personaje principal –femenino, sí, pero asombrosamente tridimensional– tiene una visión platónica de sí misma, algo muy Fitzgeraldiano.
Pero el verdadero valor de Los Predilectos no es su trama atinadamente ficcionada, ni su excelsa primera persona del narrador, ni sus entrañables reflexiones sobre la vida, la muerte o la procreación. No. Sino la coherente postura del autor hacia la ficción, la vida y la procreación. Mesa se tomó muy en serio la sentencia de Scarlett Kunzen: “si no tienes un objetivo claro las cosas difíciles se vuelven imposibles”.
Traducir un poema va más allá de traspasar palabras de un lenguaje a otro; esa experiencia de producción de sentido implica sacar un artefacto cultural de su engranaje para insertarlo en otro y tratar de hacerlo funcionar. A partir de su labor con el portugués, Cristobo sugiere que cada poema y cada poeta reclaman una traducción propia, específica.
¿Qué es traducir?, ¿de qué tipo de experiencia hablamos al referirnos a la traducción de poesía? Curiosamente, esto es algo que en general no podemos responder cuando comenzamos a traducir a un poeta. Traducir un poema suelto, o una selección de diversos autores en la que cada uno de ellos está representado por un texto, implica con frecuencia un trabajo de “legibilidad” que nos pide concentración sobre un punto: que el poema siga funcionando en la lengua a la que lo traducimos (en mi caso, el castellano). Es cierto que estaremos atentos también a otros factores como la musicalidad, los silencios que penden sobre el texto, el tono más o menos familiar en el que el escritor se expresa, pero casi siempre la maquinaria de producir sentido nos exigirá, incluso inconscientemente, que repongamos al máximo esa capacidad del poema de articularse como un engranaje cultural dentro de un sistema común de interpretaciones y valores, que es lo que frecuentemente llamamos “contexto de lectura”. En una lengua (y un mecanismo de producción literaria) ajeno al de su ejecución original, el poema, cuando aparezca aislado, será presentado como un artefacto autónomo, correctamente expresado: una miniatura de sentido cuya cohesión interna será inherente a la percepción de que el traductor ha hecho un buen trabajo, incluso cuando esto sea discutible.
Pero el caso es distinto al trabajar con series de textos más amplias, un libro de poemas del mismo autor o incluso varios poemarios compilados, antologados o en toda su extensión, para ser editados conjuntamente en la traducción. En esas situaciones es posible intentar una traducción no sólo como forma de transportar un sentido entre dos lenguas, sino también involucrarse más específicamente en algunas de las claves lingüísticas alrededor de las cuales el autor ha establecido sus (des)preocupaciones, el tipo de terreno sobre el que ha montado su campamento. A veces, incluso, es el propio poeta quien se ha encargado de filtrar en sus textos algunas frases que parecen dirigidas específicamente al traductor: “Presta mucha atención a lo que no digo”, dejó escrito Paulo Leminski (Curitiba, Brasil, 1944-1989), uno de los autores que he tenido la suerte de traducir recientemente. ¿Qué es lo que Leminski no dice? Atraído por la poesía concreta, los haikus, el grafiti y el lenguaje publicitario (profesión en la que se desempeñó), Leminski no solamente se destacó por su alto grado de precisión en espacios verbales reducidísimos (como en los mínimos tres versos: “luna a la vista / ¿brillabas así /sobre auschwitz?”), sino también por ser extremadamente específico en su vaguedad, como en el título de uno de sus primeros poemarios: “no fuese eso y era menos / no fuese tanto y era casi”.
Otro ejemplo bastante claro de esto se da en un poema de su autoría que dice:
um dia
a gente ia ser homero
a obra nada menos que uma ilíada
depois
a barra pesando
dava pra ser aí um rimbaud
um ungaretti um fernando pessoa qualquer
um lorca um éluard um ginsberg
por fim
acabamos o pequeno poeta de provincia
que sempre fomos
por trás de tantas máscaras
que o tempo tratou como a flores
En general, se ha traducido la última estrofa agregando un elemento en el segundo verso (“acabamos siendo el pequeño poeta de provincia”, “acabamos como el pequeño poeta de provincia”) que falta en el texto original. Esto es significativo porque quien traduce está decidiendo, quizá sin saberlo, completar un sentido que en portugués está ligeramente suspendido: si vamos a servirnos de aquello que no está escrito, sería tan posible leer “acabamos como” cuanto “acabamos con”, es decir, terminamos con él, lo que, a su vez, crea dos posibles comprensiones. Esas, me parece, son cosas que Leminski “no dice”, y sobre las cuales nos pide que prestemos atención.
Pero si con Leminski la instrucción —atender a lo no dicho— es clara, cuando traducimos a Marcos Siscar (Borborema, Brasil, 1964) la consigna es bastante más ambigua. “Eres tú quien sabe”, nos dice el título de unos de sus poemas, adivinando las dificultades que encontramos para tomar ciertas decisiones: los versos sin puntuar, la ambigüedad del texto, el carácter anfibio de ciertas inflexiones verbales que podrían atender tanto a un “você” como a una tercera persona (y que muchas veces han sido traducidas al castellano equivocadamente como concordando con un “usted”), nos sitúan en una encrucijada en la cual, casi inversamente al procedimiento utilizado con Leminski, lo importante no es no producir textualmente aquello que el poema calla, sino ser capaces de mantener el mismo nivel de potencialidad de todas, o casi todas, las lecturas que el poema podría sugerir. Así, por ejemplo, en el poema mencionado, se enuncia casi una poética de la traducción aplicada a sí mismo por Siscar:
Eres tú quien sabe
eres tú quien sabe tú decides
si hoy es día de revancha eres tú
quien sabe tú me hieres
cuando pienso que avisas tú
mientes cuando callas otorgas
eres tú quien sabe ¿tú no
yerras la esfinge que me encierra?
A partir de la necesidad de que esos versos sigan teniendo sentido en castellano, el traductor debe invisibilizarse, retirarse como sujeto interpelado por la pregunta del poema. Esto sólo puede hacerse, desde mi punto de vista, apostando simultáneamente por todos los sentidos posibles para el texto, por cuanto decantarse por un tipo de traducción será prolongar la duda de errar la esfinge; es decir, tomar una decisión contraria no sólo a la estructura de los poemas, sino a sus propios contenidos.
La experiencia de traducir, entonces, será una respuesta individual frente una serie de textos para los cuales podremos identificar una solución temporal que venga a organizar unas prioridades de trabajo; un modo de encontrar nuestras propias guías dentro del texto para personalizar lo que una traducción pueda ser en cada caso.