Tierra Adentro
Fotografía por Xava du.

Viaje de Tres en el D.f.

 

Si bien es cierto que resulta difícil levantar un montaje, año con año, más de un centenar de obras ven la luz y brindan al espectador —esa especie que se resiste a morir— una gama de opciones bastante interesante. Propuestas que van desde el teatro tradicional hasta los montajes de clásicos imperdibles, pasando por las puestas en escenas más arriesgadas, son presentadas en centros y casas culturales, teatros del gobierno o espacios independientes. En cada Estado se está gestando el teatro, ciudades como Querétaro, Guadalajara y Nayarit han sobresalido en ello, pero ¿qué sucede en el resto del país?

Esta cuestión dio como respuesta, desde hace nueve años, un proyecto que se pensó para brindar al público del D.F. un panorama de lo que ocurre hacia el interior de la República —cada emisión incluye diferentes ciudades—  su  nombre: Festival Otras Latitudes.

A partir del próximo 20 de septiembre y hasta el 2 de octubre, el teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque brindará de manera gratuita funciones de lo más representativo de los nuevos creadores y de las principales compañías teatrales de Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca y Veracruz.

En esta emisión, podremos ver los montajes de autores como Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (LEGOM), David Gaitán, Verónica Maldonado y Abraham Oceranski.

Una grata sorpresa fue descubrir que desde Jalisco viene el entrañable montaje Viaje de tres con dramaturgia de Jorge Fábregas. Un texto que vio por primera vez la luz en la ya tan reconocida Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia, en el 2011, con una lectura dramatizada, que después tuvo temporada en Jalisco. Viaje de tres fue publicado el año pasado por la Editorial Los Textos de la Capilla y ahora forma parte de este proyecto.

Obra cuya temática es el amor como escudo contra la batalla de la muerte y que además aborda con humor el doloroso peregrinar que sufren los familiares de enfermos terminales que se aferran a cualquier oportunidad por mínimo que parezca. Un padre enfermo, un hijo y una “asistente” o “enfermera” que viajan en autobús para visitar a un curandero que, según han escuchado, tiene la cura contra todo mal. En el camino, lleno de encuentros y desencuentros,  los tres conocen un poco más de la naturaleza de la vida y se saben endebles.

Vale mucho la pena que los defeños nos acerquemos a la cartelera del Festival y en especial a este montaje que se llevará acabo en los últimos días del Festival, 11 y 12 de octubre.

La programación completa se puede consultar aquí.

 

ACOTACIÓN:

Para los interesados en los concursos de dramaturgia, acaba de salir la convocatoria de Los Antinavideños, monólogos humorísticos cuya temática es la época decembrina.

El premio incluye la publicación de los tres primeros lugares en la Editorial Los Textos de la Capilla, (con el debido pago por derechos de autor), una pequeña temporada en el teatro La Capilla y una remuneración económica para el primer lugar.

Las bases completas están en línea aquí.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
El Puente Colorado une el centro de Mexicali con Pueblo Nuevo por el oeste. Fotografía por Paulina Sánchez.

De la ciudad subterránea al abandono

 

Bajo el “Tango”, el centro histórico de Mexicali, reposa La Chinesca: un barrio subterráneo desde el que los inmigrantes chinos manejaban la economía de manera clandestina a inicios del siglo pasado. Entre las décadas de 1920 y 1930, la Ley Seca en Estados Unidos dejó un derrame económico importante que hizo que el centro viviera un repunte. Elma Correa narra el lento declive de esta zona desde entonces hasta el terremoto de abril de 2010, a la par Paulina Sánchez lo registra visualmente.

 

La garita vieja de Mexicali ha sido un proveedor constante de deportados que todos los días llegan al centro de la ciudad sin más pertenencias que lo que llevan puesto, y en la búsqueda de refugio han contribuido al deterioro de sus inmuebles desocupados. Esto, y la falta constante de mantenimiento, dan como resultado construcciones de más de cien años que apenas se pueden sostener. El sistema de alcantarillado y drenaje, desde la calle Melgar en la Plaza de la Amistad —la pagoda que representa la comunión entre China y Mexicali— hasta la avenida Justo Sierra —el Paseo de la Reforma que nos merecemos, llena de hoteles de cinco estrellas, casinos y antros—, nos regala a todas horas la peste de sus aguas negras. A medida que nos alejamos de la garita el paisaje cambia. Del centro histórico a cualquiera de las tres carreteras por las que se puede entrar a Mexicali o abandonarla, se observa la urgencia por merecer el título de capital del estado. Las vías rápidas, los puentes, los fraccionamientos que venden el estilo de vida californiano, la fachada futurista de los edificios más recientes y sus dos garitas —que ostentan el galardón del cruce fronterizo más transitado del mundo— parecen construidos más para probar que esta ciudad puede ser modernidad, sueldos altos y confort. Como si alejándose del primer cuadro, y colonizando la periferia, pudiéramos olvidar su origen.

Los pioneros llegaron aquí escapando, y los pocos que no eran perseguidos venían de paso, sin intenciones de quedarse. Por ciento once años, Mexicali ha buscado ser reconocida como un triunfo del hombre sobre la adversidad del clima. Esa es la base de todo su orgullo: ser la ciudad que capturó al sol. Los primeros chinos que llegaron a esa ciudad cuando apenas estaba sugerida fueron los siete sobrevivientes de la tragedia del cerro El Chinero: un grupo de cincuenta chinos que huía de la persecución xenófoba de Sinaloa y Sonora intentaba llegar al puerto de San Felipe, pero el guía perdió el rumbo y vagaron durante días por el desierto. Cuarenta y tres orientales murieron de hambre y sed en distintos puntos del camino. Esos siete sobrevivientes fueron los primeros en abrir el paso en los campos de algodón a los braceros chinos. Debido a la incomunicación del Distrito Norte con el resto del país y a la escasez de habitantes mexicanos, en Mexicali era urgente la mano de obra barata que ellos representaban.

Centro naturista San Miguel, en Azueta y Juárez. El resto del edificio está abandonado. Por Paulina Sánchez.

Centro naturista San Miguel, en Azueta y Juárez. El resto del edificio está abandonado. Por Paulina Sánchez.

En 1904 la Southern Pacific Way introdujo el ferrocarril y se realizó el primer trazo urbano, del que aún subsisten seis calles: Lerdo, Juárez, Hidalgo, México, Melchor Ocampo y Morelos. Conforme la ciudad se fue expandiendo, las principales actividades comerciales se mantuvieron en ese primer cuadro, que quedaba delimitado hacia el norte por la frontera y al oeste por un barranco artificial, excavado a fuerza de dinamita en el intento de controlar la inundación de 1905. De manera que, al mismo tiempo que la ciudad crecía, ese sector permaneció, de alguna forma, separado simbólicamente. Dada la cercanía con los campos de trabajo del Valle Imperial, a veces se le conoció con la expresión popular de “Tango”, una deformación del downtown del idioma inglés, que terminó por constituir el “centro” de Mexicali en el imaginario de sus habitantes, sin estar geográficamente en ese lugar.

En esa ubicación particular se estableció el barrio chino, La Chinesca, que era el punto donde se desarrollaban las mayores transacciones económicas, ya que la comunidad china representaba el grueso de la población. La organización interna de los chinos era un sistema de asociaciones para apoyarse unos a otros y fortalecer su influencia. Se agrupaban de acuerdo a su apellido, región de origen, tipo de trabajo, etc. Desde el momento en que emigraban ya estaban afiliados a una asociación y se sometían a su reglamento, que normaba desde la designación de las labores que se realizarían en Mexicali y su función en y para la comunidad, hasta el control de los gastos personales. Cada asociación tenía su propia forma de resolver los conflictos entre sus miembros, sin acudir a las leyes mexicanas.

A la zona donde se concentraba La Chinesca y sus alrededores se le conocía como “el pueblo”, ya que los cachanillas —gentilicio surgido de la abundancia de esta planta en la región— debían trasladarse desde la periferia para realizar sus trámites cotidianos. Era tan común llamarla así que, cuando se levantaron los caseríos del otro lado del barranco, se nombró Pueblo Nuevo a esa colonia. Para conectarla con el área comercial, a través de la grieta se construyó el puente Colorado, que se conserva en la actualidad.

Los empresarios estadounidenses que tenían intenciones de asentarse en el Valle Imperial, particularmente en el límite fronterizo, sabían que el sistema de riego que corrió por primera vez el 14 de junio de 1901 convertiría esas extensiones en un emporio agrícola, y que necesitaría de mucho trabajo para sostenerse. Así nació la ciudad de Mexicali, en simetría bilateral con Calexico, su gemela angloparlante. Sus nombres se formaron de anagramas contrarios con las palabras México y California, como si las sílabas estuvieran viéndose al espejo. Calexico quiere decir: “donde termina California y comienza México”. Mexicali debe significar lo contrario, pero al ser la ciudad más septentrional del territorio mexicano, es el lugar donde termina Latinoamérica y comienza el primer mundo (aunque por cuestiones poético-climáticas, se haya popularizado que América Latina termina en Playas de Tijuana, ahí donde las rejas de la franja divisoria se pierden en el Pacífico).

El mercado “El Ahorro” fue la primera tienda de abarrotes de Mexicali, ahora abandonada. Los sótanos y túneles de la estructura están inundados. Por Paulina Sánchez.

El mercado “El Ahorro” fue la primera tienda de abarrotes de Mexicali, ahora abandonada. Los sótanos y túneles de la estructura están inundados. Fotografía por Paulina Sánchez.

Estas dos ciudades paralelas estuvieron separadas en su momento sólo por “el bordo”, un montón de tierra que se elevaba sobre las tuberías de los canales que transportaban el progreso que domaría al desierto. No había aduanas ni se necesitaba pasaporte para recorrer ambos poblados como si fueran uno. La única diferencia visible era que en Calexico vivían los patrones, mientras que a Mexicali llegaban los pioneros que serían contratados por empresas agrícolas como la California Development, Imperial Land y la Colorado River Land Company.

Durante las décadas de los veinte y treinta Mexicali tuvo un gran impulso. En ese periodo se construyeron la mayoría de los edificios que ahora se consideran patrimonio cultural: la aduana, el Hotel Imperial, la casa de juegos El Tecolote, el parque Héroes de Chapultepec, la escuela Cuauhtémoc (hoy Casa de la Cultura), el palacio de gobierno (hoy Rectoría de la UABC), el edificio de correos, el edificio Guajardo, el panteón de los Pioneros, la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe, la primera Biblioteca Pública (hoy Archivo Histórico del Estado), el Palacio Municipal (hoy Facultad de Artes de la UABC), las escuelas Leona Vicario y Benito Juárez, el Mercado Municipal, la Cervecería Mexicali y el Banco Agrícola Peninsular (hoy sede de Bellas Artes), entre otros.

Ese esplendor de infraestructura debe agradecerse a la Ley Volstead o Ley Seca, que promulgaba la prohibición de la venta, producción, distribución y consumo de bebidas alcohólicas en territorio estadounidense, lo que provocó que proliferaran centros nocturnos, casinos, cantinas y cabarets a lo largo de la frontera para cubrir la necesidad de esparcimiento de los norteamericanos. Mientras los yuanes y los dólares se apilaban, también aumentaban los problemas sociales, el alcoholismo y la violencia, resultado de la permisividad y el consumo de licores sin regulación. Para hacer frente a esta situación aparecieron varias ligas moralistas que, con sus exigencias, consiguieron que se levantara un gran tramo del cerco fronterizo entre Mexicali y Calexico, además del triunfo que les significó la clausura —temporal— de las casas de juego más populares.

Las buenas señoras, preocupadas por la poca moral y la atmósfera pendenciera de Mexicali —la mal portada—, podían dormir en paz con sus cuatro pares de faldillas y mallones de manta de tres vueltas que impedían el paso del pecado. En la superficie del “Tango” se observaban establecimientos administrados por chinos de actitud meditabunda, como cafés, restaurantes, casas de cambio, cantinas de parroquianos que no permitían la entrada a gringos problemáticos, abarrotes, tiendas de ropa y zapatos, mezclados con bancos y oficinas administrativas del ayuntamiento de la ciudad.

Todo en orden.

Debajo había un entramado de subterráneos, un laberinto de túneles que los chinos construyeron para protegerse del clima, y después, al estar interconectados con Calexico, para poner en funcionamiento, de modo clandestino, prostíbulos, casinos y fumaderos de opio. También servían como vías para el tráfico de personas y de alcohol, o como albergue temporal para los chinos recién llegados que no se reportaban a la oficina de migración. Esto, controlado por la mafia china desde su base en Macao, junto a Cantón —lugar de origen de casi todos los inmigrantes—, y en colaboración con la facción de la mafia que actuaba en San Diego.

Entrada a un sótano  utilizado como casino  clandestino junto al restaurante Victoria, detrás del Templo Metodista chino. Fotografía por Paulina Sánchez.

Entrada a un sótano utilizado como casino clandestino junto al restaurante Victoria, detrás del Templo Metodista chino. Fotografía por Paulina Sánchez.

Las noticias de esa ciudad bajo tierra fueron un poco secreto a voces, un poco rumor sin confirmar, hasta mayo de 1923, cuando un incendio puso en evidencia esa forma de vida que recuerda a una granja de hormiguitas. Al Capone, Frank Nitti y Lucky Luciano corrían farras, instalaban destilerías y arrojaban billetes verdes desde los balcones de los hoteles más lujosos de Mexicali. Es una coincidencia sospechosa que La Chinesca se incendiara y quedara expuesta cuando los tres gángsters tomaron el control del tráfico de opio y morfina en esta frontera. Con el incendio y el descubrimiento del tamaño de la red de túneles, las autoridades tomaron medidas para limitar a los chinos y evitar que, al recuperarse del incendio —que les reportó pérdidas materiales calculadas en más de tres millones de dólares—, tomaran nuevo impulso en sus actividades, usando prácticas de segregación como restricciones comerciales y la imposición de impuestos especiales.

Ese incendio, y uno más de consecuencias similares en la década de 1960, fueron suficientes para que se propagaran toda clase de historias sobre una ciudad subterránea habitada lo mismo por dragones y monstruos míticos que por guerreros caídos en desgracia o malvados orientales de bigotes y uñas tan largos como su odio. Lo cierto es que después del segundo incendio no quedó un solo chino en los túneles.

El abandono del subsuelo de La Chinesca fue gradual. Como respuesta natural al fraccionamiento de predios y la venta de locales a los mexicanos, se clausuraron pasadizos, lo que cerró la comunicación e impidió el tránsito. Actualmente la mayor parte de los sótanos está inundada y sólo algunos trayectos en lugares específicos hacen las veces de refugio a personas sin hogar.

El restaurante Dong Cheng, uno de los más antiguos, sobrevive pese a que no ha sido reparado después del temblor de 2010. Fotografía por Paulina Sánchez.

El restaurante Dong Cheng, uno de los más antiguos, sobrevive pese a que no ha sido reparado después del temblor de 2010. Fotografía por Paulina Sánchez.

El centro histórico de Mexicali tuvo su primera crisis con la mudanza de los servicios gubernamentales y los grupos empresariales más importantes a mejores instalaciones en sectores modernos de la ciudad. Luego, durante el auge de la industrialización, la llegada de las maquiladoras cambió de forma definitiva los focos de actividad económica. Los comercios sobrevivieron apenas, y cuando parecía que volverían a despuntar vino la devaluación de 1974. Para cuando llegó la de 1994, con la competencia desleal que supuso la inauguración de Plaza La Cachanilla en 1989 —un centro comercial que por casi diez años fue el más grande y moderno del noroeste, al estilo de los malls californianos, y lo nunca antes pensado: con mil seiscientas toneladas de refrigeración—, el centro histórico parecía un pueblo fantasma de estructuras abandonadas o por abandonarse. Muchos de los dueños originales murieron intestados, dejando en el limbo legal sus propiedades. Varios de los predios más grandes, algunos de manzanas completas, configuraron su administración como sociedades anónimas que perdieron pronto el interés porque no eran espacios redituables.

En esas circunstancias, la Falla de San Andrés decidió que era momento de recordar a Baja California que su futuro es convertirse en una isla que terminará estrellándose sin remedio contra Alaska, y el 4 de abril de 2010 nos regaló un terremoto de 7.2 grados en la escala de Richter que sorprendió a todos en el sopor de las tres de la tarde. La sacudida de la Placa Continental contra la Placa del Pacífico dejó a más de cinco mil familias damnificadas y pérdidas de cientos de miles de pesos en daños.

A pesar de que el epicentro se registró en el Valle de Mexicali, el centro histórico fue una de las áreas más afectadas por la antigüedad de su arquitectura. Un conjunto habitacional que representaba un icono de la zona, los condominios Monte Albán, construidos en el límite entre el centro y Pueblo Nuevo, se vinieron abajo, y La Chinesca soportó lo que al parecer fue uno de sus últimos estertores. O tal vez no.

El Hotel del Norte, en la Esquina Melgar y Madero, en la primera calle de la ciudad. Junto a la Plaza de la Amistad y la garita vieja.Fotografía por Paulina Sánchez.

El Hotel del Norte, en la Esquina Melgar y Madero, en la primera calle de la ciudad. Junto a la Plaza de la Amistad y la garita vieja.Fotografía por Paulina Sánchez.

Un grupo de ciudadanos nativos del centro histórico, comandados por un joven comerciante, Rubén Hernández Chen, ideó un plan para rescatar sus calles y callejones. Una reestructuración completa busca revitalizar los comercios, los bares, cantinas, restaurantes y cafés, en colaboración con el Municipio y las autoridades de las instituciones culturales. El plan incluía recorridos guiados por los sótanos de La Chinesca que todavía resisten bajo el peso de los curiosos. Su energía era conmovedora. Los golpes que propina la vida, también.

El año pasado se invirtió una cantidad considerable de recursos y esfuerzo humano para convertir el pasaje frente a la catedral en una especie de Alameda sin álamos donde los mexicalenses pudieran recrearse y salir a pasear en familia. Se remodeló la calle cambiando el sucio pavimento por empedrados bucólicos, se colocaron faroles coquetos y los artistas plásticos de la ciudad —acompañados de los que aspiran a serlo— dejaron su impronta en forma de murales. El resultado no era tan despreciable como uno podría imaginar. Se llevaron a cabo un par de conciertos auspiciados por la municipalidad y algunos festivales de cerveza. Las cosas parecieron funcionar unos meses hasta que el ex alcalde, antes de dejar su cargo, permitió la libre circulación de los automóviles sobre los empedrados y sobre las ilusiones de varios. El conato de resucitación dejó al centro de Mexicali sólo la humillación. Por lo demás, continúa inmóvil, apenas sostenido, viendo pasar los inviernos y los veranos entre ruinas. Reflejo del pasmo de sus habitantes, esa geometría básica y descuidada parece a la espera de que la naturaleza le reclame de una vez el espacio usurpado. El centro es la postal más triste: senil, sin control de sus esfínteres, perplejo y solitario, plagado de pichones.

Brodsky escribió de San Petersburgo, “ésta es una ciudad en la que resulta más fácil soportar la soledad que en ningún otro lugar: porque la propia ciudad es presa de la soledad. La idea de que estas piedras nada tienen que ver con el presente y menos aún con el futuro brinda un extraño consuelo”. Qué suerte que nunca estuvo en Mexicali.

 

 

El Hotel de los Migrantes Deportados,  a un par de cuadras de la línea internacional.

El Hotel de los Migrantes Deportados, a un par de cuadras de la línea internacional.

 

HOTEL DE PASO

Entre 1935–1936 el Hotel Santa Clara abrió sus puertas en el predio donde se estableció la primera aduana de Mexicali. Para la década de los ochenta, su nombre había cambiado a El Centenario. Se rumoraba que había mucha droga, tanto para venta como consumo, y que los pleitos eran cosa cotidiana. Lo que sí es cierto es que fue utilizado durante muchos años como escondite para los migrantes que estaban a la espera de cruzar sin documentos al otro lado. En sus últimos años, el hotel no tenía luz ni agua. A inicios del año 2008 quedó completamente abandonado. Una vez desmantelado, se convirtió en un picadero. A pesar de sus condiciones precarias, dos años después, la asociación civil Ángeles sin fronteras negoció la renta del lugar con el fin de convertirlo en un albergue para los cientos de migrantes que son deportados diariamente.

Descubrí la existencia del Hotel de los Migrantes Deportados en el verano de 2010, cuando trabajé en el registro fotográfico documental del “Tango”. Así fue como nació la idea del proyecto documental HOTEL DE PASO, que concibe al hotel como un eje para contar las historias que hospeda: las dinámicas que surgían en el interior del hotel, cuánta gente entraba y salía y cómo son las relaciones que se crean entre ellos.

—Paulina Sánchez

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Elma Correa es narradora. Aparece en el libro de entrevistas Veintitrés y Uno. Charlas con 23 escritoras de Óscar Alarcón y su trabajo está incluido en compilaciones como Sólo cuento IX, Breve colección de relato porno, Lados B, Cuadernos del Periodismo Gonzo, Narrativa del norte, Pan de muerto, dos números especiales de ficción de Vice, entre otras. Ha publicado textos en revistas como Vice, Punto en Línea, Pez Banana, Shandy, El Septentrión, Tierra Adentro y emeequis. Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018) es su primer libro de relatos.
(Baja California, 1979) es maestra en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO. Es fotógrafa y realizadora documental. Actualmente trabaja en la postproducción de su ópera prima HOTEL DE PASO.

Las obras reunidas en El idiota de palacio refieren a actos violentos de hombres afianzados irremediablemente a políticas tambaleantes que mantienen una única consigna: la lucha armada del hombre frente al hombre. En este libro desaparecen las posturas definidas y en su lugar crece una lista de personajes que se traicionan unos a otros con el fin de hacer más palpables las nociones básicas de justicia, libertad e igualdad. Así, en obras donde el sarcasmo y la parodia se vuelven una constante a la hora de desmantelar el aparato político, en “El idiota de Palacio (o El firmamento tiene más de un sol)” queda plasmado el intento fallido de un general por instaurar la paz en un pueblo sometido por la inseguridad y el desenfreno de grupos delictivos. Por otra parte, “Díptico de un pueblo” muestra las impresiones y el diálogo fatídico de cinco personajes internados en un monte brumoso, donde la tensión prevalece a través del flujo de conciencia. La última obra, llamada “Alusión”, irrumpe con un leguaje sólido y la posibilidad de nombrar algo con mil formas.

UN ADELANTO:

 

El idiota de palacio (o El firmamento tiene más de un sol) 

 

[Versión libérrima a partir de la obra de William Shakespeare].

Los nombres de los personajes shakesperianos bien podrían ser sustituidos por cualquier nombre perteneciente a cualquier país, cualquier guerra, cualquier época o a cualquier indicio de que esté sucediendo una masacre contra un pueblo.

Algunos actores podrían interpretar a más de un personaje, durante la lectura se hará obvio qué personajes juegan un rol secundario. Diez actores serían suficientes para la puesta en escena.

 

Prólogo

Entre cadáveres se cuentan los secretos que sólo significan a los vivos

 

Un cuerpo que son varios cuerpos. Se entremezclan rostros, manos, piernas, dorsos, labios, todos mutilados.

1: ¿Sabes cuántos años tuvieron que pasar para que mis ojos pudieran ver el fin de una guerra?

2: ¡Mis ojos! ¿Dónde están mis ojos?

3: En las manos del nuevo gobernante, quien decidió sacártelos con una navaja porque habías visto cómo subió al poder a través de la ignominia.

4: N o quiere testigos que lo señalen. ¿Y mis manos?

5: Las estoy mordiendo, ¿por qué crees que me cuesta tanto trabajo hablar?

3: Por favor, lleven mi cabeza a mi madre. Ella le suplicó a él para que no me la cortaran, para que me dejaran el cuerpo completo.

2: N o veo, pero agradezcan a todos aquellos que tienen lengua, porque lo mínimo que pueden hacer ahora es protestar.

1: Por eso las cortan, para que nadie diga nada.

5: ¿Para qué quieres lengua si ya estás muerto?

4: Yo puedo dejar de hablar si me devuelven mis manos. ¡Devuélvanmelas!

5: ¿A quién le hablas?

4: A él, es un gobernante y tiene corazón, se va a apiadar de mí.

2: Él no tiene piedad porque nunca vio qué era luchar en el frente y exponer su propio cuerpo. Nunca vio cómo matábamos por nuestro “país”. Él se sentó en la silla el idiota de palacio como se sientan aquellos que no luchan por nada y terminan teniéndolo todo.

3: Fue culpa de ese maldito general idiota.

5: Llámalo, para que esté con nosotros y sepa qué es un cuerpo mutilado.

2: Lo va a saber, no tienes ni idea de lo que le va a pasar por haber decidido lo que decidió.

4: P ero somos hombres y a veces decidimos sin pensar.

3: Una cosa es ser hombres y otra ser idiotas. Quiero…

1: ¡Quiero que se callen!

2: Y que volvamos a la vida para cortar cabezas.

Los cuerpos mutilados se confunden hasta perderse en la nada.

 

Primera parte

Todo en mí está preparado para la dicha

 

Escena 1

Siento un gran dolor en el cuerpo sólo de pensar que esa gente no tiene ninguna forma de consolarse.

 

Sala de tortura. Aarón, Tamora y sus tres hijos están amarrados en unas sillas. Están cansados, agonizantes, sin fuerzas para pelear. Titus, de pie, piensa lo que hará con ellos.

Titus: …La paz. Esa es la palabra: paz.

Aarón: No seas arrogante, general Titus, nos tienes aquí como trofeos de cacería. ¿Nos vas a matar lentamente como matamos a tus hijos?

Titus: Mis hijos murieron como héroes, defendiendo a su pueblo.

Tamora: No los viste revolcarse como perros agonizantes. Suplicaban para que los matáramos de inmediato. Porque si decidieron pelear contra nosotros no se iban a ir así nada más. Sólo se compadece al enemigo si no te tomas muy en serio estas cosas.

Titus: Mis hijos fueron fuertes y valientes hasta el final.

Tamora: Siempre pensamos que nuestros hijos son héroes, hagan lo que hagan. Pero a veces sólo son unos perros que piden piedad. Sin su padre son como corderitos. (Imita a uno de los hijos de Titus.) “Por lo que más quiera, señora, dígale a ese hombre que no me mate”.

Aarón: Y lo maté. Los maté. No se atrevieron a decirme “indio”, pero aun así los maté. Quería que tuvieran conciencia de su cuerpo; primero hice que les cortaran las el idiota de palacio manos. Sé que tienes idea de lo que es la sangre a borbotones; tú has derramado mucha. Pero no te salpicó de frente, te salpicaba como si la sangre te envistiera de señorío. Pero cuando es tu propia sangre la que te salpica, no, no tienes idea. Me hubiera gustado que vieras la sangre de tus hijos. Que olieras el miedo y la sangre mezclada con sudor. Era una joya esa imagen: rostros a punto del infarto por el miedo.

Titus: Indio, hijo de puta. (A punto de estallar, se serena.) Sólo quedan ustedes, y les aseguro que van a sufrir. Eres rabiosa, pero yo sé cuáles son tus miedos, Tamora.

Acaricia con ternura el rostro del hijo mayor de Tamora.

Hijo mayor de Tamora: ¿Qué me vas a hacer, puerco pervertido?

Tamora: A él no lo toques. Tú no me quieres hacer sufrir, lo que quieres es gozar. Disfrazas tu perversión de justicia, tu justicia de venganza.

Titus: ¿Crees que soy un hombre al que le interesan los niños? Si me interesaran hubiera aprovechado lo que sucedió en la guerra para violarlos. Yo mato sólo cuando es necesario, y lo hago para defender a los míos.

Hijo mayor de Tamora: ¿Y qué cree que hacemos nosotros? Matamos para defendernos de ustedes. De las reglas que nos imponen y que ustedes no cumplen, de la justicia que sólo castiga a los que no tienen ningún tipo de poder o ningún arma, y sépalo bien, señor

Andrónicus, yo prefiero estar muerto a seguir siendo humillado por escorias como usted. 

Titus le besa la frente.

 

[Esta obra fue estrenada en diciembre de 2012 por la Compañía Estatal de Teatro de Yucatán, bajo la dirección de Oscar López, con el nombre de Titus o La vida inútil del general Andrónicus].

El Idiota de Palacio

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Mérida, Yucatán, 1980) es director del grupo 2012 TEATRO. Licenciado en Literatura Latinoamericana por la UADY, es autor de los libros Historia de los países (Ayuntamiento de Mérida, 2014), Consejos para cuidar gatos (Paso de Gato, 2013), Vivas Pastrana, médico(Dante, 2011), La cuerda que nos mueve y otras obras de teatro (Ayuntamiento de Mérida, 2008), entre otros. Obtuvo el Premio Estatal de la Juventud 2007 en el área artística.

A casi treinta años del terremoto que puso en jaque al Distrito Federal, en Tierra Adentro decidimos volver a ese septiembre de 1985 para explorar cómo ese suceso ha repercutido en el arte. Principalmente abordamos algunas cuestiones a nivel arquitectónico y reflexionamos acerca de la literatura del terremoto, que, por cierto, es escasa. Compartimos un cuento y una pieza dramática que entroncan, cada uno a su manera, con las “Divergencias sísmicas”, una conversación abierta que nos hace recordar que México se encuentra en una de las zonas con mayor actividad sísmica en el mundo debido a la interacción de cinco placas tectónicas. Expertos en la materia ofrecen distintas perspectivas desde sus áreas de trabajo: la sismología, las alertas sísmicas, la prevención y la ingeniería civil.

Para conmemorar sus ochenta años de vida, el Fondo de Cultura Económica trabaja en diversas iniciativas digitales. En entrevista, Tomás Granados Salinas nos cuenta cuáles son los planes de esta casa para transformarse, quizá en unos cuantos años, en el Fondo de Cultura Electrónica.

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ÍNDICE

Dossier
Fisuras en el arte

Y retiemble en sus centros la tierra 
Por Carlos Ortega Arámburo

Reconstruir desde los escombros 
Por Taro Igarashi

La literatura del temblor 
Por Rocío Castro

Anotaciones previas 
Por Itzel Lara

Conversación abierta
Divergencias sísmicas

Xyoli Pérez Campos
Servicio Sismológico Nacional 

Juan Manuel Espinosa Aranda
Centro de Instrumentación y Registro Sísmico 

Carlos Valdés González
Centro Nacional de Prevención de Desastres 

Gerson Huerta
Ingeniero civil

Alejandro Cantú
SkyAlert 

Ensayo

Hospitalidad recobrada
Por Giorgio Lavezzaro

Crónica
Cómo se perdió el centro de Mexicali
Por Elma Correa

En primera persona
Entrevista con Tomás Granados Salinas
Por Rodrigo Castillo

Cuento
el Gran Terremoto intermitentemente predicho 
Por Leonardo Teja

Poesía
Diseño arcaico: la imaginación poética en Clayton Eshleman 
Por Luis Alberto Arellano

La balada del caballero de la noche 
Por Luis Daniel Pulido

Ella se fue de la ciudad 
Por Ben Lerner

Vita 
Por Héctor Hernández Montecinos

La traducción como experiencia 
Por Aníbal Cristobo

Espacios y proyectos
Sie7eocho: colectivo y multidisciplinario 
Por Davo Valdés

Crítica: libros
El proceso Carrión 
Por Roberto Cruz Arzabal

Crítica: arte
Sobre lo terrorífico en el arte digital 
Por Laura Hernández Bazán

Crítica: medios
Netflix vs. la televisión 
Por Ángel Saldaña

Plan Interno de Protección Civil


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ilustración por David Sauceda.

A partir de dos de las acepciones de la palabra “hospitalidad”, Giorgio Lavezzaro intenta recobrar su significado: desde el ejercicio de paciencia del enfermo en un hospital hasta el indigente que es acogido para paliar, aunque sea de manera provisional, sus males. En ambos casos, se trata de dejarse enteramente en las manos del otro.

 

Tres

A Julieta, compañía y palabra,

inquebrantable cada vez

(Del lat. hospitalĭtas, -ātis).

3. f. Estancia de los enfermos

en el hospital.

 

Despertar en la madrugada, temblando. Levantarse a buscar una pastilla, todas ellas, para aligerar la piel convulsa. Dudar frente a la prescripción indicada pero también sobre qué hacer. Regresar, tras el fracaso, a la cama. Palpar la permanencia del temblor desde los pies hasta los dientes. Pensar en la última salida: ir al hospital.

No tuve seguro social durante un tiempo. Implicaba vivir en la incertidumbre frente a la posibilidad de que el cuerpo sucumbiera a la enfermedad o al accidente. Pero ahora que estoy asegurado sé que esto implica una paradoja: no estar seguro de que, en caso de enfermar, se pueda tener atención. La primera vez que caí en una sala de urgencias conocí el eufemismo del lenguaje frente al apremio; no importa si es por una bala o un agujero en el estómago, una fractura o una luxación, un parto o un intento de suicidio, siempre hay filas en donde formarse, gente esperando camas, doctores o el alivio de la muerte. La burocracia que permea en las instituciones hospitalarias fractura el amparo que se espera de un médico.

Es imposible saber esto la primera vez. Fantaseaba con llegar a la sala de urgencias y que estuviera habitada, repleta, por doctores —éticos y profesionales— listos para recibir cualquier enfermedad; que el cuerpo humano ha sido traducido desde sus síntomas, que no hay dudas frente al diagnóstico o el tratamiento; que llamamos doctores a los médicos porque apelamos a ese halo metafísico que los exime del error. Pero no es así, creemos demasiado en los simulacros cinematográficos y, durante la enfermedad, la fe aflora. O el imaginario colectivo se desborda en la figura del médico e imaginamos que ellos dejan de ser humanos, susceptibles de error, por el hecho mismo de que se deposita, ciegamente, la vida en su tacto.

Salir durante la madrugada rumbo al hospital. No saber a dónde ir. Intentar un pensamiento rápido, lúcido. Fracasar. Depender, enteramente, de la pareja. Confiar en que frente al peligro de muerte —fantasma implícito del dolor súbito— ella sabrá qué hacer. Llegar entonces a la sala de urgencias luego del trayecto incómodo, tortuoso, de un lapso que parece inagotable.

Lo primero que me sorprendió al llegar a la sala de espera fue la gente que se acumula y se instala: pacientes, de la enfermedad o de la espera. Lo segundo que me sacudió fue olvidar al mundo y pensar, exclusivamente, en mí. Como si en ese momento no me interesaran los males ajenos, sólo saber cuánto tiempo pasaría entre el dolor y la cura —porque asumía, otra vez víctima de la mentira o la fe, que la encontraría en ese lugar.

Al inicio pensaba con cierta ira, aunque fuera por instantes, que nadie merecía atención antes de mí; deseaba, con la misma rabia efímera, que nadie estorbara mi camino. En ese lapso miraba de soslayo a la gente aglomerada en el mismo cuarto y me parecía inverosímil que todos tuvieran emergencias al mismo tiempo. Después, al ver la fila en la que habría que ser paciente, llegó un cierto alivio —aunque ahora sé que fue producto del azar—: apenas una persona más iba a urgencias, aunque había muchos enfermos en la sala. Luego llegó la espera.

Aguardar. Ver las caras y los cuerpos rápidamente, como en fuga: apenas pasar la vista por los otros como una caricia involuntaria. Ensayar historias detrás de algún paciente. Abandonarlas de inmediato por el dolor que, por un momento, se olvida; como si llegar al hospital implicara por añadidura el alivio. Ver con más detalle quién va delante en la fila. Imaginar qué le ocurre haciendo un collage con los comentarios de los familiares, las imágenes de sus rostros, las facciones del paciente y la fantasía propia. Diagnosticar con premura y juzgar: no es más grave que lo propio. Luego saber la realidad y resignarse. El otro llegó primero.

En los gestos de los pacientes adivinaba su estado. Si en sus ojos anidaba el desasosiego, era un familiar. Era un enfermo, en cambio, si la boca o el rostro se deformaban con el malestar del cuerpo o de la carne viva o de los órganos pudriéndose. Luego intentaba hacer un conteo: diez, treinta, cincuenta personas. Quería saber qué hacían ahí los enfermos que no tenían una urgencia. Pero el dolor descompone el pensamiento y las preguntas quedaban sin respuesta. Frente al padecer propio, la primera vez que se encarna la urgencia parece imposible ser compasivo.

Los minutos se agolpaban, implacables, con el sufrimiento. Cada segundo agrandaba el malestar que antes se había atenuado frente al oasis de la posible mejoría. Un solo paciente antes y, de cualquier modo, esperar. La demora en la atención en la sala de urgencias es la más larga. Luego de estar estático por un tiempo la inquietud se desborda; fue posible pasar al médico, al fin, pero en esa ocasión, la ironía derrumbó la fe.

El médico residente me revisaba de acuerdo al manual (pasante en toda forma, casi médico de estancia pasajera en ese hospital). Hacía las preguntas que se deben formular según los síntomas referidos —o a los que sí prestó atención—. Cuando el residente no encontró la respuesta que buscaba, llegó la verdadera ironía, plagada de angustia: el médico no sabía qué hacer. Entonces no quedó sino atender a la improvisación: las preguntas necias, los callejones, las pruebas de gabinete o lo que ordene el médico —aun si la orden sólo sirve para que el residente ensaye: como en los partos en que una incisión es innecesaria pero se foguea, una y otra vez, hasta que la navaja hiende la carne, pues el interno necesita aprender a usar el escalpelo en un paciente vivo.

Recordar de pronto la toma de un medicamento nuevo. Pensar en sus efectos secundarios. No. Eso no es. Hay algo mal. Sentir un dolor tan preciso que abarca todo el cuerpo; aunque se focaliza en un órgano particular, migra por todos los sistemas, infectando al organismo. Provoca el temblor.

Le dije al médico cuál podría ser la causa desde el ínfimo saber que todos albergamos —la intuición—: le comenté del medicamento y el dolor insistente debajo de las costillas, pero algunos doctores cuentan con párpados al interior del oído y los pueden cerrar a voluntad —sea por el juicio experto que acalla al profano, sea por la presión o el cansancio—; como si no hubiesen escuchado nunca aquel adagio que dicta “lo doctor no quita lo pendejo” o como si, presas del terror que provoca el equívoco en materias sanitarias, se negaran a escuchar sus propios errores.

Obedecí las indicaciones porque no tenía otra opción: estaba en un edificio de Salubridad, sin seguro médico o manera de pagar atención privada. Sólo quedaba aguardar o tener confianza en que el médico hallaría la respuesta; por eso no me importó que la solución fuera someterme a un electrocardiograma cuando el dolor provenía del hígado —aunque en ese momento no era posible saber que me dolía ese órgano porque el conjunto de los síntomas no parecían abrazar esa idea—. El médico no había escuchado que sentía un dolor agudo debajo de las costillas, del lado derecho; o lo escuchó pero no pudo estructurar alguna hipótesis que le permitiera formular el diagnóstico.

Entonces sentí la resignación hasta el órgano del cuerpo en que palpitaba la agonía —porque con los fantasmas desbordados tenía la idea, fugaz pero terca, de que podía morir.

Ilustración por David Sauceda.

Ilustración por David Sauceda.

Tomar el cuerpo propio junto a la orden del doctor arrastrando el paso. Acudir a otro departamento del hospital sólo para ver que el técnico no está. Enfrentarse, otra vez, a la espera. Desear desde el suplicio no ser más paciente, sea porque de pronto la enfermedad se agote, se canse o termine de surgir, o porque ya no se tenga que permanecer —en el hospital o en la vida—. Mirar, desde la “atención” médica, cómo transcurren residentes con el tempo raudo, personas que parecen hacer su servicio o prácticas profesionales con el cronómetro en los pasos. Imaginar, desde la impaciencia, que sólo buscan liberarse del asunto de servir con la acumulación de horas.

Le pregunté a cada hombre o mujer uniformada por el técnico que debería estar en cardiología, pero fue igual o menos productivo que contar las líneas en el suelo. Cada enfermera o residente o especialista o médico parecía tener algo mejor que hacer: estaban por comer o tomar algo —iban con sus meriendas o cafés en mano, sin voltear a ver—, estaban por terminar su turno o, incluso, verdaderamente atendían a otro paciente que, para este punto, parecía la excepción más que la norma. El resultado era el mismo. Se yaga al decir “señorita”, “disculpe”, “perdón que lo interrumpa”, “¿podría ayudarme?” y otras fórmulas que buscan llamar, ya sin fe, un milagro: recibir atención dentro del hospital. Se llaga al escuchar “ahora no”, “estoy ocupado” o el silencio, sin mirada o gesto alguno, cuando el personal hospitalario pasa de largo. A veces la espera hace más daño que la enfermedad misma.

Luego de minutos que pesaron como horas, llegó el encargado; noté que era un practicante más —aunque a todas horas los residentes reciben su instrucción novel en la práctica médica, recibe la novatada quien fantasea con que en algún momento del día una eminencia curará el malestar: los doctores también necesitan aprender—. Luego me sometí a indicaciones frías como la plancha de metal en la que me tendí. “Quítese la camisa. Quítese objetos metálicos. Sí, también la cadena y el anillo”. Cada orden se sentía como si el muchacho dijera “me interrumpe, quiero regresar a lo que estaba”. Fue un ejercicio de conformidad. Guardé silencio mientras el técnico puso, desde su celular, música a todo volumen; dimití de la palabra y acaté el modo en que la realidad se me imponía, a puñetazos.

Desear, con las pocas fuerzas que se acopian, que el mal migre hacia el personal hospitalario. La primera vez que se enfrenta la manera en que la burocracia muta e infecta cualquier edificio gubernamental, la rabia invade el cuerpo, lo afecta más que la enfermedad. Querer entonces que cualquiera encarne el malestar propio, el médico profano, los residentes o los técnicos sordos, y que el personal pruebe la espera desde el otro espectro de la burocracia.

Luego del silencio retorné a la sala en donde la multitud aguardaba, mientras el médico residente, ahora desaparecido, volvía a su consultorio. Cuando estuve ahí, una sensación transmitida desde el ambiente se filtró por mi nariz: olía a enfermedad. Luego de que la madrugada se hizo más oscura con el giro de las saetas del reloj, el dolor se hizo tolerable, no porque disminuyera sino porque se fue convirtiendo en norma. Con la costumbre del mal en el cuerpo es posible ignorar, por ratos, su opresiva estancia en el organismo. Entonces pude volver la vista a los pacientes e intenté, como al principio, descifrar sus motivos de consulta.

La respuesta llegó con el arribo de un nuevo enfermo, sitiado en una camilla. Los camilleros hablaban encima suyo creyendo que la enfermedad lo hacía olvidar el español. “Tiene el estómago perforado”, dijo uno como si fuese algo cotidiano  lidiar con un agujero en las vísceras o como si, con ese gesto, pudiera convencer a alguien —¿a quién?— de que el enfermo fuera atendido pronto; “no viene con familiares”, remató con cierto pesar, acaso porque debía acompañarlo mientras lo archivaban o quizá porque era nuevo, como yo, y no sabía qué hacer. “No hay cama disponible; hay otro enfermo con la misma situación que llegó primero”, contestó el otro, monótono, conforme con el sistema hospitalario, acostumbrado. La revelación me golpeó desde la mirada enferma de quien agonizaba frente a mí, solitario, desde la angarilla: los otros pacientes no tenían una emergencia, simplemente no tenían otra opción más que permanecer: estaban ahí, como el recién llegado, aguardando que una cama se desocupara —por la salvación o la muerte—, presos de la inmovilidad.

A veces, la enfermedad misma es más tolerable que la espera. Pero otras veces, la espera misma puede curar. Tras el martirio de la (des)atención hospitalaria llegó un hombre claramente malherido —el del vientre horadado—, con el malestar colgando de la voz, y éste parecía mirar el padecer de otro ser humano. ¿Cómo podía compadecerse de alguien más cuando él mismo estaba agonizando? No dijo nada con los labios pero su mirada parecía transmitir el mensaje: él ya había estado ahí antes, sabía lo que enfrentaba al llegar a un hospital de gobierno y por eso podía, o así lo imagino, compadecer a quien sufría más que él, acaso un anciano con la cadera rota o una mujer con una fuente sanguínea brotando de sus sienes. Entonces, casi de improviso, salí del trance de la enfermedad, ese que revuelve los deseos propios hasta la desesperación. Regresó de golpe la compañía que siempre estuvo ahí, no porque se hubiera ido sino porque había dejado de notarla por estar sumido en la incomprensión del sistema. Volví a notarla a ella, quien también preguntó a los doctores, que buscó por sí misma al técnico o que sostuvo mi mano, consuelo máximo en la enfermedad, cuando el temblor no cesaba. De pronto entendí que si no apalabré nada sobre el dolor o la queja, no fue porque haya sido estoico o mudo, sino por el latido que palpitaba cerca, ese que procuró que su voz fuera mi grito o un reclamo. Ella fue quien verdaderamente supo que en el infierno de la espera, enfermos y familiares se vuelven una hermandad.

 

Uno

A papá Enrique, por encarnar la

hospitalidad

1. f. Virtud que se ejercita con

peregrinos, menesterosos y

desvalidos, recogiéndolos

y prestándoles la debida

asistencia en sus necesidades.

 

Despertar en el asfalto, con la testa a punto de romperse. Sentir, desde el cobijo de la calle, la desesperación, la sed que ahoga. La garganta partida en dos emite sólo onomatopeyas de la ciudad o de la bestia interna; chirriar como el óxido o emitir un bramido. Palpar la crudeza del sol a mediodía. Ver la sombra, oasis del ardor, a unos cuantos metros. Percibir que el cuerpo no logra incorporarse. Intentar la memoria, recordar cómo se llegó hasta ahí. Pero la cabeza a reventar, el sol y la sed bloquean las imágenes. Sumirse en la impotencia.

¿Qué pasa cuando se llega a casa y hay un hombre tirado, dormido o intentando el bálsamo del sueño, frente a tu pórtico? ¿Se mide la suerte propia al comparar o llega el franco desprecio y, con él, la manera de nombrar a un hombre borracho que padece resaca? Un indigente. A partir de los conceptos se hace una categoría. Al nombrarlo se puede, casi de forma involuntaria, ensayar escenarios de cómo llegó ahí:

El abuso del alcohol y la falta de trabajo hicieron que su familia, luego de soportar robos y maltratos, lo echara, al fin, a la calle. Verlo convertido en maleante, pandillero o miembro de una banda, asesino a sueldo que, en una mala jugada, terminó en prisión y luego, tras no hallar cómo levantarse, terminó en la calle. Puede ser de otra forma:

La decisión amotinada, inentendible para el mundo. La resistencia última a toda atadura social y llevarla hasta el extremo: la vida sin horarios o reglas que acatar. Pudo ser diferente: La pérdida de empleo, la búsqueda frenética, la soledad; luego el robo, la cárcel, el ciclo que se repite. Esa misma historia puede tener variaciones:

El desempleo, sí, pero luego el hambre. Deambular por medios propios, subir al transporte con dulces o discos, bajar con la misma mercancía y menos voz; luego el desalojo de la vivienda: la calle, al final, luego de la angustia y el extravío en los callejones, la posible locura. Revolver las variantes:

No hay desempleo ni familia, sólo un hombre libre que se instala en la calle, que no necesita nada salvo el hambre y lo que sea que llene el estómago. Sortea el mundo con lo que tiene dentro de un costal: un par de mudas, acaso un cuaderno y una botella de licor; trotamundos o viajero del camino.

Pero luego una especie de reflejo, narciso torcido en los desechos, nos hace ensayar, otra vez:

Sólo un accidente. Una mañana o una tarde sale de casa y un autobús rompe los esquemas y los huesos; luego el hospital, mientras la conciencia regresa. La amnesia, el desalojo hospitalario, la calle; después el rumbo extraviado, la pérdida del lenguaje, de todo contacto con el mundo. Entonces ese indigente se vuelve espejo de una realidad que nos provoca horror: podría ser uno mismo.

Pero fantasear con dejarlo entrar en casa, darle alimento, acaso ofrecerle baño o cama, implica sucumbir a los demonios del miedo. La fantasía del ladrón o el asesino o el monstruo regresa cuando se intenta sortear el bulto del suelo para llegar hasta el portón del edificio. Bien, se piensa, puede que no merezca la calle pero tampoco es menester ayudarlo; quizá se pueda entrar sin que lo note para que cada quién siga en lo suyo. Pero es imposible pasar desapercibido porque el cuerpo en el piso bloquea el paso por completo y, al brincarlo, el bulto despertará.

Sudar el miedo. Sentir la presencia de otro, luego de un día completo de sombras que pasan y regresan. Evocar el dolor en las costillas, quizá rotas o molidas, la visión nublada del recuerdo que empaña la certeza. No saber si los moretones vienen de una caída, un encuentro a golpes o la punta del pie de alguien que arremetió contra la carne trémula. Provocar, con el miedo, el espasmo. Temblar, como si la única defensa del cuerpo fuera moverse, aun en el mismo sitio. Murmurar un rezo. Pedir, a la nada, piedad.

Se entra a casa, solo, pero con la imagen prendida de las sienes. No es posible desprenderse, rápidamente, del cuerpo que habita el terreno que ya no es propio: la frontera que divide la posibilidad de un hogar o un refugio de la calle. Se siente la intranquilidad cuando uno se desviste, sin pudor, en el cobijo que el cemento procura frente al desamparo; esa angustia que vive debajo de la piel, que no admite confort externo, que habita la conciencia. Se usa el baño para vaciar el cuerpo sólo para encontrar alivio y a la vez incomodidad; la imagen del bulto en la entrada, envuelto en el hedor de sus propios desechos, acaso mojado todavía de orina, llega hasta las fosas nasales. Precipitarse, entonces, a la regadera: se tiene la sensación, incluso el asco, de que algo de aquel bulto se pegó, aunque sea el olor. El agua caliente, el jabón y los productos para el cabello no funcionan porque, aunque el aroma se va por completo, hay algo que se metió debajo del humor y sigue palpitando con la niebla que levita de la piel humeante, incluso cuando el vaho de los espejos se ha secado. El disgusto regresa con la cena porque los alimentos llevan, escondidos, el reclamo por un estómago vacío, de días o semanas, y no se sacian con el hambre efímera, apetito “clasemediero”. Luego vienen las arcadas secas, el regusto de la comida, las agruras por el exceso, un malestar que ya no se puede disimular.

Entonces se fantasea con que el malestar es culpa del miserable en la puerta. Se piensa que, aunque éste pueda parecer pacífico, podría traer una horda violenta a su barrio. ¿Qué pasaría si llega otro, otros, con el mismo sino y se instalan, ¡a vivir!, en la entrada del edificio? Se los podría echar —¿es lícito correr a alguien de la calle?—, pero ¿con qué argumento si no han hecho nada, si ni siquiera han llegado? El problema es sólo uno (quien habita en el pórtico), pero ¿y si trae consigo, no una comuna indigente, sino un problema sanitario, chinches o liendres? Es una posibilidad. Uno se quiere convencer o formular argumentos para seguir huyendo de un malestar que viene de adentro. ¿Se debería hacer algo para quitarlo de ese lugar de la calle —¡si es tan amplia, por qué se instaló justo ahí!—? ¿Cómo se recobra la tranquilidad que se ha vulnerado?

Notar el frío, a quemarropa, que saja la piel. Comenzar el bruxismo hasta sentir en la mandíbula castañas, hasta que los dientes se parten y se astillan: castañear. Saberse, de pronto, semidesnudo, sentir la inutilidad del pudor. Luego el sufrimiento irrefrenable del estómago, la disentería que obliga a los sólidos a volverse agua, ceder al impulso del esfínter indomable y derramarse sobre sí mismo. Sentir un alivio mínimo con el calor de la orina que, antes de que el ambiente enfríe, genera una tibieza que se parece al confort. Intentar levantarse, buscar cualquier cosa para limpiar el desastre; rendirse ante la imposibilidad de estar en pie. Luego el mareo, el hambre que roe las vísceras. Las arcadas secas, el regusto del mezcal. La resaca que es más que la resaca, una abstinencia tal que puede matar de sed etílica.

Ilustración por David Sauceda.

Ilustración por David Sauceda.

Es imposible seguir con el simulacro. Hay un resabio de malestar inentendible, una suerte de culpa que provoca insomnio. Como si el único modo de pagar —¿qué, por cierto?— fuera la permanencia en vela, cuidando, desde la fantasía, el malestar del indigente. Luego sobreviene un gesto de rabia, de incomprensión. No hay manera de saber qué ocurrió antes de que llegara a la calle ni cómo llegó hasta ahí; además, no es posible ayudar a todo el mundo —se intenta el consuelo en un lugar común—. Luego, un desfile imaginario de manos vacías regresan al recuerdo; todas las que han quedado extendidas en espera de caridad y que, por una razón u otra, han permanecido esperando luego de que se transcurre, con la vista oblicua o el paso rápido o la sentencia corta: ahora no. Pero no es cosa de uno que exista la pobreza, que el mundo tenga esas vallas infranqueables. ¿Por qué la intranquilidad? Podría ser cualquiera. Vuelve el fantasma. Se siente en la carne el azar incomprensible que nos ha colocado de este lado del muro y nos mantiene ahí.

Una suerte de empatía: se recuerdan aquellas estancias en las clínicas u hospitales, esas veces en que se estiró la mano para pedir clemencia y enfrascarse dentro de la justicia hospitalaria: trato igual para todos sin importar la circunstancia o el padecer. La fragilidad del accidente o la llegada inevitable de la enfermedad, esos instantes que arrastran hasta la sencillez del suelo, hasta los límites de lo humano. Volverse, de un momento a otro, pacientes —categoría similar a la del miserable pero dentro de un hospital—. Descubrirse a merced del mundo o convertirse en menesteroso. No gozar de simpatía ninguna o favores que impidan el suplicio; entregarse a la vulnerabilidad que implica dejarse abrir por el escalpelo o permitir que otro acomode un hueso roto. O verse en una sala desierta, esperando una radiografía y mirar cómo el mundo pasa, sin inmutarse, frente a tu dolor: espejismo del bulto frente a la entrada de casa. Está mal hecho el mundo. Desde ningún flanco de la muralla se ha edificado la civilidad debajo de la civilización.

Rogar porque cese el hambre o los temblores o el dolor. Sentir otra presencia, el daño de su tacto. Sumar escalofrío al pánico. Resistirse al contacto, querer soltarse. Y luego la voz que invita, que intenta ayudar. La desconfianza repta hasta los dientes y el reflejo de morder regresa: castañear. La insistencia de la voz o la mano que ya no lastima. Dejar de resistirse, ceder ante la posibilidad de una muerte pronta o el confort de la ayuda extranjera. En cualquier caso, el alivio. Imaginar qué clase de persona levanta a otra en la calle, en pleno siglo XXI. Acaso quien practica la medicina o la enfermería, alguien de ayuda humanitaria o quien busca desalojar las calles para dar albergue a la fuerza, un policía que traslada los cuerpos. Descartar las opciones de ayuda. Seguir los pasos que arrastran hasta alguna puerta. Disfrutar de todos modos del tacto suave o de la voz que da sosiego. Llegar a un sitio iluminado y perder los ojos, por segundos, frente al bruñido blanco de la luz artificial. Descubrir que es una casa —ni hospital ni albergue ni delegación—, que no es un médico o auxiliar humanitario o policía quien asiste, sino una persona cualquiera. O no cualquiera.

Las dudas y las reflexiones se interrumpen, porque se escucha que, en otro sitio, alguien, desde otra manera de ver el mismo evento, enfrenta el escenario de otro modo. Este es el espectro más insistente, el que quita la calma y llena de preguntas el ambiente: el que habita la contingencia de otra realidad. Porque hace saber que sí se podría hacer algo —quizá minúsculo, sí, pero bastante—: dar lo que se tiene, enfrentar la pequeñez desde la que uno mismo puede amparar a un extraño.

Otro ve lo mismo pero no lo mira igual: él contempla a un hombre en la calle, no a un bulto o indigente o miserable, con el estertor de la resaca; luego intuye el sol, implacable, que aplastó toda sombra durante el día; por fin adivina la sed, el hambre, el dolor de cabeza, porque no es difícil, en realidad, notar el panorama que ha vivido aquel día ese hombre en el suelo —el resto son fantasmas inútiles o desasosiego.

Ese otro le pide a su mujer que prepare algún alimento. El rostro femenino desaprueba el gesto humanitario pero luego es cómplice en la cocina y prepara algo para calmar el hambre mientras el otro dispone el fármaco para la abstinencia alcohólica. El hombre sucio espera en la estancia mientras el otro, que ya lo ha pasado a su casa, prepara un café con brandy, bien cargado, mientras la mujer sirve los platos. Alimento y trago o maná para el apetito. El hombre que ofrece aquellas viandas sabe, en el fondo, que el único mal que puede paliar es el de la cruda. El hombre que era sed, hambre y resaca se vuelve asombro, un pasmo que se ahoga por la avidez al comer y el alivio que proporciona el calor del brandy.

Cobijó al extranjero, debajo de los fantasmas del robo o el asesinato, y reveló a alguien que sufre y, como cualquiera que padece, agradece el alivio. Aquel hombre, quien ofreció lo que podía, dejó que el otro saliera de su casa, satisfecho, conmovido. Ese otro no aspira a la imagen del héroe, esa que implica emancipar del asfalto al “indigente” y volverlo un hombre “de provecho”. El hecho mismo de alterar por un día el padecer de otro es bastante, aunque nos parezca insuficiente y no calme la pobreza o la desigualdad o el hambre de una nación, un pueblo o un barrio.

El hombre de la historia lo sabe: se conforma con ver cómo, por una noche, llegó hasta el límite de sí mismo y una mano vacía se colmó, también por una noche.

Ilustración por David Sauceda.

Ilustración por David Sauceda.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Distrito Federal, 1985) es traductor. Le interesan los géneros literarios como recursos, cree en la docta ignorancia y piensa que entender, cabalmente, la psique es un simulacro frente a la angustia.
Fotografía por Steven Higgs.

A Nicanor Parra le deberían dar el Premio de Poesía Joven. El jurado no tendrá problemas en comprender que la juventud y la poesía no son edades ni vocaciones, sino formas de vivir. La juventud en Nicanor se nota en su desplante verbal, su temperamento sarcástico, su exabrupto, su andanza que va a contracorriente. En definitiva, cumple con el requisito fundamental para el premio: es joven. Además, como lo afirma Julio Ortega en el prólogo a Poemas para combatir la calvicie, Parra “impregna buena parte de la joven poesía, y no sólo en Chile”.

Con tales méritos, nadie dudará en otorgarle ese reconocimiento. Sólo que hay un problema; Nicanor estaría en total desacuerdo por dos razones: es un premio y es de poesía. “La república hideal del futuro” –según comenta el propio escritor–, “suprimirá los premios literarios / pues no somos caballos de carrera”. Si el vocablo “premio” le causa ruido, pronunciar “poesía” es más que un escándalo. O, mejor dicho, ya no hace ruido de tanto que se vocifera: “Poesía poesía todo poesía / hacemos poesía / hasta cuando vamos a la sala de baño”. Entonces, lo congruente es ir en contra de eso; de ahí que Nicanor se asuma como un antipoeta. Este prefijo, “anti”, rejuvenece a la poesía.

El material de trabajo de un poeta es el lenguaje, entidad movible y frágil que, en poesía, corre el riesgo de caer en un frío inexpresable, en un endurecimiento que perjudica y traiciona a cualquier tradición. Colocarle un “anti” es oxigenar y refrescar el lenguaje poético; suministrarlo de nuevos códigos, combinar amenazadoramente los frutos de la versificación canónica con las hablas violentas y múltiples de lo cotidiano. Dicha tarea exige inteligencia y soltura. El antipoeta cuestiona y sacude las palabras para que la tradición no sufra de esterilidad, comodidad y disección:

Durante medio siglo

la poesía fue

el paraíso del tonto solemne.

Hasta que vine yo

y me instalé con mi montaña rusa.

 

El molde, la fórmula y la consigna que se repite automáticamente son síntomas de la vejez. Y no de la vejez humana, sino de la creativa. Para ser justos, todo poeta debería ser un antipoeta. Es indispensable desafiar en montaña rusa al paraíso del tonto solemne. La juventud poética no puede sino disonar, ponerle el pie a las convenciones, montarse en el mundo no para hallar un sitio cómodo en lo establecido, sino para vivificar la tradición. Eso es lo que en cada línea nos recuerda el joven Nicanor Parra.

No se trata de aceptar de manera sistemática la discordancia, pues ya no habría reformulación de ideas sino conformidad por el anticonformismo. Lo imprescindible es tomar conciencia del prefijo “anti” y ser críticos a todos los fundamentos del lenguaje. El visionario brasileño Haroldo de Campos dijo en cierta entrevista de televisión: “un poeta es obligatoriamente llevado a lidiar con la materialidad del lenguaje”. Una tradición existe gracias a que el creador lidia con esa materialidad. Cultivar un modelo de métrica italiana en el Renacimiento hispánico, reincorporar el alejandrino en la poesía modernista, transgredir los ritmos en las vanguardias o proponer un habla empírica y antipoética, son hechos que transparentan esa tensión necesaria entre el artista y su realidad.

Aceptar un molde, por lo tanto, es ahuyentar la potencia poética, pues el poema se funda en el enigma. Cuando el enigma ha sido decodificado y la disonancia ya no es retadora, no hay otra opción más que trazar nuevas vertientes en la poesía. El camino que inició Nicanor Parra hace sesenta años (con su libro Poemas y antipoemas) resultó exitoso, la prueba está que muchos sucesores lo siguen transitando. Pero la enseñanza del chileno es otra. No nos pide repasar el mismo trayecto, sino desafiarlo. Por ello, no sobra citar el consejo que Nicanor les da a sus colegas que inician este viaje:

Jóvenes

escriban lo que quieran

en el estilo que les parezca mejor

ha pasado demasiada sangre bajo los puentes

para seguir creyendo –creo yo

que sólo se puede seguir un camino:

en poesía se permite todo.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(ciudad de México,1987). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado en algunas revistas impresas y electrónicas como La palabra y el hombre, Casa del tiempo y Punto de partida. Es autor del poemario Gris urbano, publicado en 2013 por la UACM. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas durante los períodos 2010-2011 y 2011-2012. Actualmente comparte poesía satírica y burlesca en la fan page Lufloro Panadero.
Fotografía de Nicanor Parra, Valle del Elqui, 1987, Leica M3, Summicron 90mm, Kodak Ektachrome.

Los cien años de Nicanor Parra

 

Además una cosa:
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido.

¿Por qué poesía?

 

Porque un hombre camina junto a una jauría azul. Un hombre avanza con las manos abiertas; un hombre se levanta rojo, con la boca que escupe tierra.

 

Nicanor Parra nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, Chile. Creador de la antipoesía; poeta desenfadado, colérico, desafiante, maníaco, combativo celebra hoy, en vida, su centenario.

 

Se han ido, Nicanor. Despediste a Gonzalo, a Juan, a Vicente, a Pablo. El último de la fiesta, el faro que alumbra la inmensidad.

 

Por ti han pasado la electricidad, la televisión; la prosperidad, las hileras de botas y culatas, la furia, el silencio, los rostros destrozados.

 

Recuerdo un verso tuyo, que leído hace años, quizá no daba muestra de nada:

 

¡A lo mejor soy un sobreviviente!

 

A lo mejor sigues acomapañándonos porque tu corazón es tan grande y tu mente tan generosa que dejarnos solos, en mitad de un desierto asesino, sería irresponsable. Tu poesía es un artículo de primera necesidad.

 

La obra de Parra fuera del lugar común: los exabruptos, la ironía, el humor, es el punto de quiebre para entender la poesía hispanoamericana como un ejercicio de sentido común y compromiso, no sólo con la literatura. Más vale aprender a poner un foco y escribir del foco, que “inventar” la luz.

 

Te definiste como el antipoeta, el antialquimista, el anticonforme y trajiste a la literatura el lenguaje común, sin recovecos, sin trampas; una poesía que mira de frente al lector, lo señala y rabiosamente lo invita al convite, porque esa es su casa, lo ha sido siempre, porque esa es su familia, su lugar seguro.

 

El mundo de la materia viva, del contacto brutal cara a cara, de cuando las cosas tuvieron un nombre y significaban algo, un  siglo completo, una esperanza, quizás ridícula, pero esperanza al fin perviven en la poesía de Nicanor Parra, como él pervive —escombro del siglo XX— a manera de prueba de que alguna vez dos más dos sumaron cuatro.

 

Existe en su obra un quehacer meticuloso con las imágenes sutiles, el verso redondo y efusvio. El discuso de Nicanor nunca está sobrado. El protagonista en la poesía de Parra siempre es el ser humano moderno, la víctima del progeso. ¿Qué es ser Hombre?, se pregunta el poeta y la respuesta es cómicamente triste: el incompleto, el desposeído del Edén, que sale a trabajar, a hacer la vida porque la realidad habita en la Tierra y las respuestas están dadas y hay que laborar sobre ellas.

 

Rara avis en la tradición iberoamericana; más militante de su propia causa, que de las batallas literarias de su tiempo recibió el Premio Internacional Juan Rulfo y en 2011 obtuvo el Premio Cervantes.

 

Hay un tiempo no malgastado, el tuyo, ahora. Nicanor no es pasado, es poesía viva, dicha a gritos, porque entiendes y aún conservas para unos pocos, la idea de que la poesía se canta, no se hace ni dice agazapados. Tenerte en vida es un golpe contundente.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(ciudad de México, 1984). Poeta, narradora y editora. Ha publicado en diversas revistas literarias como Casa del TiempoDédaloSíncopeEste PaísPalestraMaldoror (Uruguay); la revista digital Valderrama y el suplemento cultural Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Su primera obra poética Cosas que nunca dije antes de que estallaran las bombas fue publicada en 2012 por el sello editorial catalán Foc. Fue becaria en el área de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2010).