A partir del terremoto del 85, la ingeniería civil en México despuntó en el ámbito de la investigación y la academia; sin embargo, los resultados no siempre son buenos. Aquí, Gerson Huerta, director de Grupo SAI (dedicados a la supervisión y construcción de todo tipo de estructuras), explica cómo la planeación urbana se dictamina gracias a intereses económicos y no a la estabilidad que ofrece la planeación antisísmica.
Las cosas han cambiado desde el sismo del 85. La ingeniería estructural mexicana tuvo un desarrollo importante y hoy es punta de lanza, en Latinoamérica e incluso en otras partes del mundo. Sin embargo, en el Distrito Federal enfrentamos una doble problemática porque estamos en un mal lugar para cimentar y en una zona de alta sismicidad. No ocurre lo mismo en otras zonas de la República o en otros países, con sismos muy fuertes pero con suelo firme. El resultado es que la ingeniería mexicana está muy avanzada en investigación y en la academia, pero tenemos desventajas en la parte económica. En otros países tienen los recursos para utilizar dispositivos antisísmicos, mejor tecnología; no es así en México: somos capaces de diseñar estructuras que soporten sismos de gran magnitud, pero los recursos destinados a las estructuras son deficientes. Hacemos edificios con muy poco dinero.
Creo que el Distrito Federal debería resistir grandes sismos; los edificios que colapsen, será por otro tipo de condiciones. Además de los edificios existentes desde hace más de treinta años, que no cumplen la actual normatividad, la primera es que el desarrollo urbano no responde a una planeación sísmica, sino a intereses económicos. En la colonia Roma, por ejemplo, se están construyendo edificios que técnicamente no se deberían hacer. Si no lo calculo yo, lo calcula otro, el edificio se hará de todos modos. Al final, se levantan edificios que no deberían hacerse aquí, sino en otras zonas de la ciudad. Obedece a un interés económico de los desarrolladores, en el que está involucrado hasta el gobierno por su condescendencia. Por otro lado existe un problema de arquitectura. La planeación arquitectónica de los edificios, por lo menos en la urbe, responde a las necesidades del automóvil: los estacionamientos condicionan ahora la geometría de un edificio. En donde hace treinta años hubiéramos puesto muros, ahora hay plantas libres porque todo mundo quiere meter coches. Esto ocasiona diseños estructurales bastante audaces —aunque atractivos—, pero si pudiéramos evitarlos tendríamos edificios más seguros. Los arquitectos determinan la forma de los edificios y en ocasiones responden más a cuestiones estéticas o a caprichos personales. A veces llegan diciendo que vieron edificios audaces en Europa o en otras partes del mundo, sin considerar la diferencia de zona sísmica ni cuanto se invirtió en ingeniería antisísmica. Los recursos que se asignan a la ingeniería en un edificio son muy pocos. El desarrollador prefiere invertir más en acabados de lujo que en la estructura misma. Afortunadamente contamos con un reglamento de construcciones, el cual nos protege legalmente si nos apegamos a él. Si se cumple con eso, ya estamos del otro lado. Aun cuando el edificio podría estar mejor.
La ingeniería estructural no es una ciencia exacta. Los números y los cálculos parten siempre de hipótesis (de cómo se comporta el acero o el concreto, por ejemplo). Además hay que contemplar cuantas manos intervienen en los procesos, saber si se le echo más agua al concreto disminuyendo su resistencia, por poner un caso. Nunca vamos a tener todo considerado: las obras son artesanales. Generalmente es un maestro de obra el primero en saber lo que pasa, el primero en encender los focos rojos. Si no se le hace caso, hay negligencia por creer que se sabe todo y que un maestro no tiene nada que enseñarnos. El maestro cuida al residente, el residente cuida al constructor, el constructor cuida al estructurista. Al menos así debería funcionar.
Los edificios que se han construido en los últimos años no deberían tener el mismo destino que los que se cayeron en 1985; las nuevas construcciones tienen mucha más resistencia. El peligro está en todas las construcciones a las que no se les ha hecho nada desde ese sismo, sobre todo los contemporáneos a esa década. Los cambios deberían darse en la reglamentación y en el ordenamiento de la ciudad. Es absurdo que el gobierno no considere a los ingenieros estructurales a la hora de planear el desarrollo de la ciudad. El plan de desarrollo urbano responde a otras necesidades y me parece que es un grave error: hay algo que se llama dinámica estructural que nos dice qué edificios son vulnerables dependiendo del tipo de estructura, número de niveles y del suelo donde se construirán; no sólo es cuestión de poner más varillas o columnas de cierto tamaño, es un fenómeno que se llama resonancia. Es importante que se invierta más en la estructura, que los mismos usuarios tengan más conciencia al respecto. Es cierto que vende más un edificio bonito, con mejores acabados. Pero, si la estructura falla, los acabados se caerán.
Hace falta cultura de la sismicidad en México. Existen reglas sencillas de protección civil que hemos estudiado pero que no se difunden. En vez de eso, abundan los carteles de que hacer en caso de sismo. Dicen “párate debajo del marco de la puerta”. Eso es, muchas veces, absurdo. La cultura de la sismicidad en el Distrito Federal debería ser un tema más serio, para saber que peligros existen en el lugar particular donde vivimos. Por ejemplo, en la UAM han trabajado en mapas de riesgos sísmicos donde se han identificado los edificios vulnerables de la colonia Roma, pero no hay difusión de este trabajo. Sé que habría pánico y que es una parte política-social delicada, pero es mejor a que en el próximo sismo fuerte sea mayor cualquier tragedia.
Hoy contamos con dispositivos que amortiguan los movimientos sísmicos, evitando la resonancia. Durante un sismo, cuando se mueve el suelo, el edificio responde también con movimiento. Es Ley de Newton: la masa se desplaza por la fuerza de inercia. Por el contrario, si el suelo se mueve y no provoca movimientos amplios en el edificio, no se sobreesforzarán las columnas. Eso se logra, por ejemplo, aislando la cimentación, de tal manera que ésta se mueve, pero no la construcción. Otros sistemas amortiguadores tienen control electrónico. Hay mucha investigación y desarrollo en este tema, sobre todo en Japón y Nueva Zelanda, una larga lista de propuestas que se enfocan básicamente a disminuir el movimiento de los edificios. Cuando logremos que el edificio quede estático, se acabara el problema de los daños estructurales.
El sismo del 85 tocó fibras sensibles de la sociedad y significó un cambio muy importante a nivel social, en particular en la ingeniería y la arquitectura. Conozco testimonios de gente que ahora tiene mucho más cuidado con aspectos a los que antes no se les prestaba atención. Entra en juego el dolor: algunos profesores míos, varios años después del sismo, seguían diciendo que lo más triste del mundo es que se cayera un edificio que tú construiste, saber que la gente murió en él. No puedo permitirme eso. Si hoy temblara con la magnitud del 85, la catástrofe sería mucho menor, pero las zonas afectadas serían las mismas de siempre. Quisiera creer que los simulacros nos ayudarán, pero dudo que sea el caso. Estas prácticas no se toman con suficiente seriedad; no se están realizando simulacros que sirvan para cuando suceda el verdadero terremoto, por la ausencia de cultura sísmica. Deberíamos depender más de una conciencia técnica al planear el desarrollo urbano y de una ética para invertir más en la estructura de los edificios.
¿Qué tanto hemos avanzado en cuestiones de protección civil? ¿México está preparado para un sismo de escala similar al de 1985? Carlos Valdés González, Director General del Centro Nacional de Prevención de Desastres, nos habla de lo que pasa antes y después del temblor, la alerta sísmica y las recomendaciones generales para estar más seguros en eventos sísmicos.
Los grandes sismos pueden ser fenómenos que nos obligan a dejar lo que estábamos haciendo. El terremoto de 1985 es el que ha provocado mayor número de víctimas como desastre y mayor costo económico al país, lo que hoy equivaldría a seis mil quinientos millones de dólares. Es por eso que hoy tenemos una visión diferente de los sismos. Podemos anticipar los fenómenos hidrometeorológicos o la actividad volcánica varios días antes de que ocurran, lo que nos permite actuar, enviar gente de protección civil y evacuar a los habitantes. Los sismos son una historia completamente diferente. Cualquier día, en cualquier momento, puede temblar. La prevención puede darse de dos formas: la material, que consiste en revisar la infraestructura con la que contamos, saber bajo que reglamento están, las deficiencias que podría tener el edificio, contratar seguros; y a nivel individual o familiar, incluso en el ambiente laboral: poniendo en funcionamiento el plan interno de protección civil.
El Distrito Federal es un área muy diversa para el comportamiento sísmico, otro aspecto que debe tomarse en cuenta en materia de prevención. El lago de Texcoco fue desapareciendo, aunque hay mínimos remanentes en Xochimilco y cerca del aeropuerto. Este lago sigue inundando y saturando el suelo blando en la zona centro de la ciudad, lo que ocasiona que esas localidades se comporten, básicamente, como gelatina. Si colocamos un recipiente de gelatina en el extremo de una mesa y damos un golpe, podemos ver que la gelatina no sólo da un brinco y se detiene, sino que comienza a moverse. Ese es el comportamiento en la zona centro del Distrito Federal, que conocemos sísmicamente como zona del lago. Por el contrario, en el sur de la ciudad existe un derrame de roca volcánica, por lo que sólo se siente el primer golpe, no el movimiento completo. En la zona blanda, la gente debería estar más preparada.
Otro punto importante es el de las alertas sísmicas. Lo ideal sería que no las necesitáramos; sería deseable que no hubiera alarmas contra incendios porque nadie provoca un incendio, porque revisamos el cableado eléctrico, porque estamos seguros de que las conexiones de gas y todo lo demás funcionan perfectamente. La alerta sísmica es sólo una herramienta. Hay mucha discusión sobre ellas. ¿Cuánto cuestan estas aplicaciones en el teléfono celular? Nada, porque no hay garantía de que transmitan el aviso de manera oportuna. Antes de un sismo no habrá problemas en telecomunicaciones, pero si envió un mensaje a miles de personas, existe la posibilidad de que no llegue a todos cincuenta segundos antes del sismo. Eso puede suceder con las alertas del celular: empiezan a sonar cuando ya pasó todo. Por ello necesitamos saber cómo funcionan, incluso la del Centro de Instrumentación y Registro Sísmico. Estos instrumentos no predicen el sismo, sino que lo registran cuando ya ocurrió. No son sistemas mágicos; están sujetos a su buen funcionamiento, a que la transmisión sea la adecuada, a que no haya robos de estaciones sensoras y de sistemas de comunicación.
Si no estoy preparado y prevenido, cincuenta segundos no alcanzan ni para rezar. En cambio, si atiendo a todas las sugerencias internas de protección civil, pueden sobrarme hasta veinte segundos porque me coloco en el lugar indicado, porque se lo que tengo que hacer. Aunque todas las herramientas son valiosas, no debemos confiar en que por sí solas nos van a salvar la vida si no hemos hecho una serie de ejercicios anteriores. Hay que considerar que un sismo puede provenir de un lugar que no tenga cobertura para nuestra alarma sísmica, por lo que voy a sentir el movimiento, sin que haya habido una alerta.
Cuando revisamos la historia de los sismos importantes, nos damos cuenta que en México han ocurrido más de ciento ochenta sismos mayores de magnitud 6.5 en la escala de Richter en los últimos ciento catorce años. En 2013, por ejemplo, el Servicio Sismológico Nacional registró cerca de cinco mil cien sismos en todo el territorio; un promedio de catorce al día. Se trata de sismos pequeños, pero nos permiten identificar en qué lugares ocurren y cuál es el potencial de sismos mayores. Sin embargo, nadie puede predecir un sismo. Compararnos con otros lugares del mundo no es útil; aquí el sismo importante fue de 8.1, esas son las magnitudes que nos deben preocupar. No tiene tanto sentido pensar en un sismo mayor de nueve; en algunos lugares, un sismo de siete grados es potencialmente dañino. El sismo de Haití, de magnitud 7, provocó cerca de trescientos veinticinco mil muertos y ha impedido que el país termine de reconstruirse. No estamos totalmente preparados, pero al menos los sismos de estas magnitudes no son críticos. Un sismo como el del 85 podría suponer mayor número de daños porque la ciudad ha crecido, y se han habitado muchas otras zonas. Crecen las ciudades, pero el desarrollo no ha sido ordenado.
Debemos insistir en que nadie puede predecir un sismo; la ciencia no ha llegado en ningún lugar del mundo a esa capacidad. Japón tiene la tecnología, el conocimiento y el dinero, pero no les ha ido muy bien desde el sismo de Kobe y después del sismo de 2011 de Tohoku y el tsunami. Si no podemos apostar a la predicción, podemos hacerlo a la prevención. Si las estructuras son seguras, si la gente sabe qué hacer, si existe un plan familiar, las cosas resultarán de forma adecuada ante un sismo. Si sabemos a qué estamos expuestos y cómo atender una situación de riesgo, seremos un mejor país. A Japón le va mejor porque son más ordenados. Les dicen que hacer y no lo discuten. Aquí nos dicen lo mismo y nos quejamos y no lo hacemos. No hay más diferencias, sólo son un poco más ordenados. En el CENAPRED nos encargamos de prevenir desastres, aquellos fenómenos que afectan el quehacer cotidiano, donde la gente no tiene la capacidad para resolverlo internamente. En cuanto llegan todos los que atienden el desastre, intentamos que todo regrese rápidamente a la normalidad. Apostamos a la parte preventiva.
Seguramente vendrán sismos más importantes. Mi sugerencia ante la alerta sísmica es que deberíamos de estar más habituados a lo que hay que hacer y al sonido de la misma. Yo estudié en Estados Unidos, en una zona de tornados, y cada primer miércoles de mes, a las doce del día, hacían funcionar la alerta por un minuto. Recuerdo que estaba uno en el lunch y comenzaba a sonar; esto hacía que tuviéramos siempre presente lo que hay que hacer en caso de tornado. Aquí sólo hacemos un simulacro al año y eso no es suficiente; el sonido de la alerta petrifica a la gente. Cuando suena la alarma todo el mundo se queda estático por varios segundos. Mientras más eficientemente hagamos las cosas que nos han dicho que tenemos que hacer, más fácil será. Lo hemos discutido con médicos. A los doctores les preguntamos qué hacen si están con un paciente, ¿se quedan o salen? Es un tema muy difícil. Mi sugerencia sería que hay que salir porque, viendo las cosas con un poco de frialdad, a mí me sirve mucho más un médico vivo que un médico que intentó salvar sólo a un paciente. También debemos tomar en cuenta los aspectos legales que esto implica, preguntarnos si era posible hacer algo más. Lo mismo sucede con los maestros, cabezas de grupo, ¿deben quedarse con sus alumnos, en vez de abandonarlos en caso de que se sienta un sismo muy fuerte? Podemos prevenir todo esto si llevamos a cabo simulacros; así aprendemos que hacer.
Lo que hay que hacer después de un temblor es salir de los edificios. Es mejor llevar zapatos cómodos, tener a la mano una linterna, actuar de manera eficiente. Existen muchos mitos sobre la protección civil, como el del triángulo de la vida. Éste se practica en Estados Unidos porque ahí los materiales de construcción son más ligeros; por eso, si me pongo al lado de un escritorio, el colapso de esa estructura ligera dejaría un hueco para sobrevivir. En México, las construcciones suelen ser de mampostería (paredes de ladrillo, concreto reforzado o acero). Si se viene abajo un edificio, las probabilidades de que quede un hueco donde resguardarnos serán muy bajas. Hay que cambiar la idea del triángulo por el de la columna de la vida. Buscar las zonas más fuertes; mientras más grande y con más columnas, mejor.
Acerca de las zonas sísmicas, hay algunas en donde la generación de los sismos demora más, por ejemplo en Los Cabos. Hace treinta años en este lugar no había nada; comenzaron a establecerse ahí centros turísticos importantes y, ante un sismo, la gente dice: “Oiga, aquí no nos dijeron que temblaba”. Las personas que habitan Los Cabos vienen del interior de la República, de otros estados, y no saben que ahí hay sismos importantes, de magnitud siete. El Golfo de Baja California es parte de la separación de la gran península, y los sismos son comunes; en Mexicali más todavía: comienza ahí el sistema de fallas de San Andrés y sus habitantes están parados directamente sobre la falla. Mexicali es una de las ciudades en donde las construcciones son más severas, pero también aquí los desarrollos poblacionales crecen en forma explosiva; cuando uno le pregunta a la gente cuántos son originarios de esta ciudad, es difícil encontrar a uno que haya nacido ahí. Todos van llegando de diferentes lugares del país y no tienen idea de qué pasa en un sismo; además, ahí los temblores son más intensos, más violentos, mucho más fuertes que los que sentimos en el Distrito Federal, y todo esto son cosas que necesitamos saber. Debemos informar a la gente, las grandes fábricas deben llevar a cabo simulacros, hay que invertir en capacitación, es todo un proceso que hay que aprender y seguir.
No hay lugar en donde podamos garantizar que no tiembla. Por ejemplo, ahora se ha sentido una serie de sismos entre Linares y Monterrey, y la gente dice que antes no temblaba. Les digo que claro que sí; si vemos este mapa que tenemos en esta pared, la Sierra Madre Oriental sufre un doblez impresionante en este lugar. Esto prueba que en el pasado ahí ocurrieron sismos importantísimos, pero la gente no lo sabe. Los sismos son más frecuentes en la costa del Pacífico que en zonas como Monterrey, o en Delicias, Chihuahua. A la gente que se sorprende con los sismos le digo: “Pregúntenle a los antepasados, pregúntenle a los abuelitos, a los bisabuelos, y les van a decir: ‘Sí, hace mucho sentimos un sismo’”. Incluso en Yucatán se han generado sismos pequeños. ¿Dónde no tiembla? Pues al norte de Canadá, ahí no tiembla pero hace un frío de la fregada. Tampoco tiembla en la parte central de Brasil, pero es una zona inhabitada. Ni en el norte de Rusia, pero ni quien se vaya a meter ahí por el clima. Entonces, si hay zonas donde la sismicidad es muy escasa, pero en términos generales, lo verdaderamente importante es saber qué hacer.
¿Estamos preparados para un sismo como el del 85? Vale la pena que nos lo preguntemos. Protección Civil surgió a raíz de ese fenómeno. Al principio la gente no sabía si éramos un reemplazo de bomberos. Ahora existe la Coordinación Nacional de Protección Civil, y en cada entidad federativa hay una dependencia que se encarga de ello. También tenemos instrumentos financieros que son importantes, como el Fondo Nacional de Desastres Naturales, que actúa ante las emergencias y solventa de inmediato el apoyo, a más tardar en un par de días desde que empieza el desastre. Está por lanzarse —se planea que salga en línea el 19 de septiembre— la carrera de Técnico Básico en Gestión Integral del Riesgo. Se podrá cursar en línea y contempla treinta y tres materias. La idea es que la gente tenga un panorama amplio.
Creo que aún nos queda mucho por caminar. Hemos avanzado desde el gobierno, pero hay que preguntarle a cada una de las personas si lo han hecho también como ciudadanos. Es momento de que la gente sepa qué hacer en caso de sismos, cómo actuar en los simulacros, tener un plan familiar. Quizá después podríamos volver a preguntarnos si avanzamos como personas y responder que sí. Debemos continuar con este esfuerzo porque los fenómenos pueden ser más complicados y diversos. Nuestro grado de vulnerabilidad ha cambiado. Si queremos vivir en las costas, o cerca de un volcán, o en la ciudad, debemos entender que en algún momento nos enfrentaremos al fenómeno y no queremos que se convierta en desastre. Lo único que podemos hacer es entender el fenómeno, aceptar las condiciones de vivir ahí y prevenir.
El CIRES es una asociación civil que opera el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX), que en años recientes alerta sobre sismos a la población de las ciudades de Acapulco, Chilpancingo, Morelia, Oaxaca, Toluca y el Distrito Federal. El ingeniero Juan Manuel Espinosa Aranda, Director General y fundador de este Centro, formado como investigador en la UNAM, explica su funcionamiento, el reto tecnológico y humano que representa su futuro, así como los problemas con las “alarmas sísmicas” y las “apps de alerta sísmica”.
El CIRES fue propuesto por el Dr. Emilio Rosenblueth Deutsch, a través de la Fundación Javier Barros Sierra. Se fundó en junio de 1986 a raíz del terremoto de 1985 en el Distrito Federal, con el objetivo de mitigar daños por sismo al reforzar el trabajo de toma eficaz de datos de los efectos de los temblores en el suelo, desde entonces realiza sus trabajos desde el Instituto de Ingeniería y el Servicio Sismológico Nacional, en la UNAM, con fines de investigación. El número de aparatos que los especialistas en ingeniería sísmica recomendaron se instalaran en un inicio, rebasaba por mucho la capacidad de respuesta del ámbito universitario. Además, se tiene la experiencia de eventuales problemas en el ámbito administrativo de la UNAM, como las huelgas, que ponen en riesgo la continuidad de ciertas tareas: sería desastroso que se perdieran datos por una anomalía administrativa. Por ello, se veía como una ventaja básica que el CIRES fuese una asociación sin fines de lucro, que contara principalmente con el apoyo del gobierno del Distrito Federal, porque es la ciudad más afectada por el riesgo sísmico. Nuestra responsabilidad es buscar que eso se mitigue. En enero de 1986 se publicó Investigación para aprender de los sismos de 1985, un informe técnico en el que se exponen aspectos para investigar diferentes ámbitos en los que el terremoto de 1985 afecto a la ciudad; hemos tenido casi treinta años para prepararnos.
Tenemos a nuestro cargo una red de ochenta instrumentos donados por la Fundación ICA, el Conacyt y el gobierno del Distrito Federal (conocida como la Red Acelerográfica de la Ciudad de México o RACM); esta Red permite obtener el registro de los efectos de los sismos en los diferentes tipos de suelo de la ciudad. Son datos públicos para conocer, estudiar e investigar. El conocimiento obtenido a través del acervo de la RACM ha logrado mejoras sistemáticas en los reglamentos de construcción de la ciudad. Los datos generados por la Red están en función principalmente de sismos fuertes, que son los que preocupan, y sus distancias a la ciudad.
En cuanto a desarrollo de tecnología, fabricamos equipos electrónicos y realizamos los diseños del sistema, aunque se trata de producciones realmente pequeñas. En más de veinte años no ha habido una sola falla provocada por un rayo en las instalaciones a nuestro cargo. Para evitar la corrosión y mejorar la respuesta de los instrumentos, estos operan bajo atmosferas de gas inerte. Proporcionamos desde servicios de operación y conservación hasta diseño y desarrollo de equipos con calidad internacional y refacciones para registro sísmico, incluyendo la renovación de aparatos obsoletos. Formamos recursos humanos de universidades mexicanas, que apoyan las diversas tareas del Centro. Se cuenta además con la asesoría de especialistas en diversas disciplinas y colaboradores con alta disponibilidad y profesionalismo para asegurar que, cuando ocurra un sismo, se tengan los resultados esperados.
La Alerta Sísmica
En 1989, el gobierno del Distrito Federal apoyo el desarrollo y construcción del Sistema de Alerta Sísmica, con el objetivo de proteger a la comunidad escolar y accionar automáticamente algunas medidas de mitigación en caso de que se presentara un sismo fuerte. El sistema comenzó a operar experimentalmente en 1992 en algunas escuelas públicas de formación básica con el apoyo de autoridades de la SEP. La idea original de la alerta funcionó muy bien porque los sismos que llegan a ocurrir en la costa de Guerrero tardan casi sesenta segundos en llegar al Distrito Federal, y los niños eran capaces de realizar acciones de prevención en lapsos menores antes de que el sismo fuera percibido.
La Alerta Sísmica es pionera en el mundo a raíz de que en 1993 se incluyó su difusión pública. Ese año se logró un convenio con la Asociación de Radiodifusores del Valle de México para que retransmitieran la señal de alerta cuando fuera necesario. Desde entonces telecontrolamos muchas de las radiodifusoras del Valle de México y algunas televisoras que han decidido participar. Además de las radiodifusoras, y siguiendo la idea original, la señal llega también a varias escuelas de manera directa. Entre las funciones automáticas que se operan con su aviso, se incluye detener el Metro del Distrito Federal. Es uno de los servicios automáticos que se han logrado involucrar. Empezamos en las escuelas anticipando los efectos de sismos moderados, casi siempre de magnitud mayor a cinco, y llegamos hasta las radiodifusoras con avisos de Alerta Pública si el sismo —según indiquen los parámetros para su pronóstico— se presume como fuerte, posiblemente de magnitud igual o mayor a seis.
El criterio para emitir el aviso de alerta a la población se discutió en grupos multidisciplinarios, cada uno experto en su área. Un sismo de magnitud cinco en la región de Guerrero puede ser percibido por personas que viven en suelo blando del Distrito Federal. Con frecuencia la gente dice: “yo sentí que tembló”, así que se envía un aviso de Alerta Preventiva para estos sismos. Se decidió también que el aviso de Alerta Puública se haría para sismos de magnitud mayor a seis. Debe quedar claro que se trata de un proceso empírico. No teníamos, en ese entonces, ningún referente en el mundo, excepto nosotros mismos.
Contamos con un Sistema Automático Confiable: nadie interviene durante la función final de alertar. Esto se hace automáticamente con software y programas de comunicación muy elaborados que hemos desarrollado en el Centro. Podemos comparar el Sistema de Alerta con un robot y, para asegurar que el robot funciona, tiene que estar haciendo una tarea regular. Si no la hace, nos avisa y revisamos las anomalías. Irónicamente, esto nos convierte en los esclavos del robot, pero con eso logramos un alto porcentaje de éxito.
Ilustración por Claudia Luna.
Desde el punto de vista de la ingeniería, si sabemos dónde se originan los terremotos, podemos colocar sensores en esa región. Como no tenemos la precisión de su localización, instalamos una red densa de sensores que cubren razonablemente las zonas sísmicas probables. Cada sensor utiliza algoritmos de reconocimiento que permiten asignar un rango de magnitud estimado del sismo en el momento en que está empezando a ocurrir para transmitir el aviso de alerta a la población. Actualmente contamos con noventa y seis sensores en servicio. Tal vez con cien sensores adicionales tendríamos la cobertura ideal para la región sísmica del sur de la República Mexicana, que incluya a Chiapas, la zona del Istmo y Veracruz.
Para difundir los avisos de Alerta Sísmica a la población, en 2008 agregamos una herramienta de difusión de avisos de emergencia como la que se utiliza para advertir de peligros naturales en Estados Unidos. La National Oceanic Atmospheric Administration (NOAA) hace la determinación de peligros de diferente tipo, de manera similar a nuestros atlas de riesgo, y transmite avisos a la población que se encuentre en zonas vulnerables. Se trata de radios receptores que, al captar un mensaje de la dependencia a cargo por alguna emergencia, se activan solos, y advierten del peligro. Esa herramienta tiene un grado de desarrollo avanzado y depurado para los fines que fue concebido. Este radio receptor incluye una referencia electrónica para que se tenga conocimiento de en qué lugar del país, ciudad y región está instalado y, dependiendo de los atlas de riesgo, puede alertar sobre diferentes tipos de calamidades. Es una herramienta muy evolucionada, pero que sorpresivamente no servía para avisar de terremotos. Nos dimos a la tarea de revisarla, estudiarla y comprender sus códigos y formatos. Perfeccionamos el radio receptor y lo registramos como Sistema de Alerta de Riesgos Mexicano (SARMEX), y sus mejoras tecnológicas han sido reconocidas internacionalmente, al punto que será propuesto para su utilización en California, Estados Unidos, donde no han liberado alguna alerta sísmica. La forma de alertar sismos a la gente en California sería una copia de lo que hacemos en el Valle de México, lo cual nos parece meritorio.
En México estamos a la vanguardia del desarrollo tecnológico. Se realizó una inversión de cincuenta mil de estos equipos comprados por el Gobierno del Distrito Federal, y otros cuarenta mil adquiridos por la Secretaria de Gobernación, que se entregan a entidades como Guerrero y Oaxaca. Es una herramienta muy elaborada, poderosa y bastante confiable. Además, tiene la ventaja de avisar sobre otros peligros, lo que la convierte en una herramienta ideal como medio de comunicación para protección civil, salud, medio ambiente, etc. Para el caso de sismos, el SASMEX tiene pregrabado el sonido oficial de la Alerta Sísmica. En el mercado sólo hay un distribuidor del radio receptor SASMEX. Se está promoviendo que otras marcas ofrezcan este mismo desarrollo, de manera que pueda ser más económico, ya que ahora es relativamente caro.
Existen otras alertas comerciales, pero no están avaladas por el CIRES. Por ejemplo, SkyAlert presenta varios productos pero sólo uno de ellos ha sido valorado positivamente: SkyAlert USB. Otras compañías ofrecen detectores de movimiento tipo péndulo, que han sido muy cuestionados por su desempeño y servicio. Para regular estas iniciativas comerciales, se prepara a nivel gubernamental una norma sobre este tipo de alertas: que especifique, por ejemplo, la manera de redistribuir la información, de manera que su atraso o su participación no afecte el fin del sistema en cuanto a la rapidez con que se emite la alerta. SkyAlert sólo tiene permiso para retransmitir el aviso de alerta que nosotros generamos en un servicio por medio de radio comunicación tipo bíper. Este no es el caso para el producto SkyAlertApp, cuya aplicación para telefonía celular depende del internet móvil, que no es un buen método dado que su efectividad depende de la demanda, hora del día y del tráfico que pueda haber en la red: si se intenta enviar un mensaje de alerta, este mecanismo de transmisión no da prioridades, porque los teléfonos no están diseñados para esta modalidad. Adicionalmente, SkyAlert ha anunciado que está invirtiendo en sensores, acelerómetros, pero que no tienen la resolución adecuada para medir temblores. A veces los temblores son tan pequeños que hacen falta herramientas de otro tipo para poderlos observar y medir. SkyAlert asume que generar un aviso de Alerta Sísmica es más sencillo de lo que parece, y lo que van a lograr es un servicio que no está certificado ni contrastado con ámbitos serios de la comunidad científica. Es importante que todos los que se sumen a este esfuerzo tengan un mínimo de tecnología y de conocimiento del fenómeno sísmico.[*]
Hay, sin embargo, otra modalidad en los teléfonos celulares. Para comprenderlo, digamos que se trata de un número telefónico comodín que todos los teléfonos celulares reconocen. Cualquiera de los que estemos vinculados a una célula que dirige un mensaje al número comodín recibiremos esa llamada como si fuera un bíper y simultáneamente nos enteramos. Sin embargo, esa función tiene que estar habilitada por el concesionario. El gobierno puede tener la facultad de solicitar al concesionario que le proporcione ese servicio. O el concesionario, en reconocimiento a sus clientes, podría ofrecerlo en las células donde fuese necesario. Esta sería una herramienta que conviene que se integre.
Ahora que el servicio del SASMEX ha probado su utilidad, lo que sigue es incorporar mayor número de herramientas de difusión: a través de radiodifusoras, televisoras, radios especiales, medios de comunicación y dispositivos que surjan, siempre y cuando consideren las restricciones y características para aprovechar el mayor tiempo de oportunidad de la Alerta Sísmica. La tecnología móvil, como lo hemos mencionado, puede servir no sólo para alerta sísmica, sino para advertir de otras amenazas una vez que exista cobertura para la comunicación de datos.
Vamos en la dirección correcta, pero no sé si vamos suficientemente rápido. Es mucho lo que hay que corregir y perfeccionar. Con facilidad nos distraemos porque hay otras prioridades en el día a día y, como se menciona en la sabiduría popular china, “un gran terremoto regresa cuando el anterior ya se nos olvido”. Cuando ocurre un sismo es común que la gente se pregunte cómo obtener un dispositivo o algo que los alerte. Hoy en día contamos con tecnología mejorada y normas de construcción orientadas para reducir daños ante sismos, pero hay que garantizar su continuidad y promover la práctica de simulacros; el éxito de la Alerta Sísmica dependerá en gran medida de conocer que acciones realizar cuando suene la alerta. Este es un tema que escapa a la tecnología y a la ciencia sobre sismos; es un tema de educación, comunicación, sociología, política y cultura de protección civil en torno al contexto de riesgo y sistemas de alerta temprana. Hay escuelas donde algunos profesores no promueven la práctica de simulacros, acciones fundamentales para la cultura de la prevención. A los terremotos no hay que temerles: hay que informarse y tomar medidas de prevención.
[*] Nota del editor: en julio de 2014 el Instituto Federal de Telecomunicaciones emitió un comunicado donde pide calma y prudencia en el uso de aplicaciones para alerta sísmica.
El Servicio Sismológico Nacional fue creado a comienzos del siglo XX y actualmente depende del Instituto de Geofísica de la UNAM, en donde trabaja los trescientos sesenta y cinco días del año. Xyoli Pérez Campos, doctora en Geofísica por la Universidad de Stanford y jefa del SSN, aclara cuáles son sus tareas y disipa algunas dudas y mitos sobre los sismos.
El Servicio Sismológico Nacional es el organismo que se encarga de emitir la información de localización y magnitud de todos los sismos ocurridos en el país, de manera oportuna y con cálculos robustos. De manera oportuna significa: a los cinco minutos de ocurrido un sismo de magnitud mayor a cuatro. Para cualquier sismo menor no necesariamente se genera su información a los cinco minutos, tarda más tiempo.
Esto es con fines informativos pero también de toma de decisiones. Que las autoridades conozcan la localización correcta y la magnitud del sismo les permite detonar protocolos y saber a dónde dirigir los esfuerzos de ayuda y de rescate. La diferencia con el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico, los encargados de la alerta, es que ellos sólo detectan que ha habido un sismo, y que es grande, pero no precisan su localización ni su magnitud. Son dos sistemas muy diferentes. El Servicio Sismológico Nacional tiene estaciones en toda la República —sólo hay tres estados sin estaciones: Tabasco, Tlaxcala y Coahuila—, de tal forma que podemos detectar sismos de magnitudes mayores a 3.8 en cualquier parte del territorio nacional. Esto es una gran diferencia con respecto a la alerta, que solamente está enfocada en sismos de magnitudes intermedias que ocurren en los estados ubicados en las costas del Pacífico.
El Servicio se creó en 1910 y, por decreto presidencial, en 1929 se le encargo a la UNAM. Operamos veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año. Esto es un poco complicado precisamente porque, por un lado, todos los técnicos están contratados bajo los parámetros de la UNAM, en un horario universitario con vacaciones, pero tenemos un esquema de personal de guardia que garantiza la operación continua. No descansamos.
Para mí un día normal en el Sismológico es complicado porque hay muchísimas reuniones de diferentes tipos. Desde cuestiones administrativas, con CENAPRED y Gobernación, hasta reuniones logísticas y de operación con el personal del servicio. Y eso también se combina con mis clases y con el manejo de proyectos de investigación. Es bastante activo.
Actualmente trabajo dos líneas de investigación: estructura sísmica y fuente sísmica. En fuente estamos estudiando el sismo del 18 de abril, viendo cómo liberó la energía, que patrón tuvo, como se deslizó. Todos esos detalles. En lo relativo a estructura, tengo un proyecto muy interesante sobre la placa de Cocos, que tiene una geometría muy particular. Actualmente hay una zona en Oaxaca, Puebla y Veracruz, en la que su geometría no está muy bien definida: ¿cuál es su geometría y por qué ha cambiado? En eso me estoy enfocando ahora.
Este asunto de la geometría de la placa tiene implicaciones muy interesantes, desde qué tipo de sismos se van a tener, porque en unas zonas hay menos sismos que en otras, cómo se relacionan con el vulcanismo. Todo ese tipo de cosas son investigaciones de punta en el mundo.
Sin embargo, existen muchísimas preguntas abiertas que no parece que vayan a tener solución a corto plazo, como la predicción. Hay que plantearse preguntas más simples e irlas resolviendo en periodos de tres, cinco, diez años. Se buscan preguntas que van a dar una respuesta, quizás algo que pueda aplicarse a corto plazo. El problema de la sismología (que es muy diferente a la ingeniería sísmica) es que es demasiado básica. Se trata de entender al sismo en su origen, en su trayecto y en su registro, pero no se va más allá de la superficie. No tiene que ver con los edificios y las estructuras, pero lo que nosotros resolvamos desde la fuente o el trayecto lo van a poder usar los ingenieros para aplicarlo.
Hay demasiadas ramas en la sismología y muchísimos temas de interés, por fortuna. Cada quien va cubriendo una parte. Entonces, una pregunta fundamental puede ser la base para la siguiente, y así se puede llegar a la aplicación en algo que le sirva realmente a la sociedad en términos de su bienestar.
En ese sentido, el del fracking es un tema delicado y no resuelto. No es que el proceso mismo genere una falla, sino que la falla ya existe; entonces el sismo que iba a ocurrir en algunos años, ocurre hoy. No es que la falla por sí sola genere los sismos. Lo mismo ocurre con la extracción o inyección de cualquier fluido; por hundimiento diferencial en las ciudades también se pueden llegar a provocar sismos que van a llegar antes de lo que naturalmente estaban programados.
Para que se libere la energía de un sismo de magnitud siete, parecido al que ocurrió hace algunos días, necesitas treinta y dos sismos de seis. Lo cual no ocurre, siempre hay un déficit de energía liberada. La placa se va a seguir moviendo y acumulará más energía hasta que sea suficiente como para generar otro sismo de esa magnitud u otros más leves. Entonces 1) que haya un sismo grande no quiere decir que no vendrá otro grande después; 2) si hay sismos pequeños no quiere decir que se esté liberando energía suficiente para que no venga uno grande después. Y que ocurran muchos tampoco significa que debemos esperar uno grande. Ese es uno de los problemas de la predicción: no hay un patrón que permita saber qué va a pasar. Sin embargo, hay zonas más propensas a los sismos, como toda la costa del Pacífico o el Golfo de California, incluida la frontera subiendo por Mexicali y hacia Tijuana. También en el centro del país. Por ejemplo, en 1912 hubo un sismo de magnitud 6.9 en Acambay, Estado de México. Xalapa también tuvo uno de gran magnitud, en 1920. Son zonas con un alto potencial sísmico. No existe una amenaza fuerte de sismos muy grandes en el Distrito Federal; sin embargo, su riesgo sísmico es muy alto pues es una zona muy vulnerable debido a las características de su suelo.
Existe mucha desinformación, estamos llenos de mitos y rumores. Una de mis preocupaciones es justamente tratar de difundir información y que se conozca el fenómeno porque, al hacerlo, es menor el pánico y mejor la respuesta.
En la página web del Servicio Sismológico Nacional hay información básica (por ejemplo, tiene un apartado de sismología para niños, y otro con información sismológica general). En septiembre del año pasado salió un libro muy bueno: Lossismos: una amenaza cotidiana, escrito por el Dr. Víctor Manuel Cruz Atienza, que es un investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM. Es adecuado para el público en general y, al mismo tiempo, preciso en lo técnico.
Conquistador nos hace pensar que la ficción todavía puede superar la realidad. En los últimos años la violencia, el tráfico de drogas y el estilo de vida de los criminales —una cruel pero contundente realidad— se han vuelto tema obligatorio en las páginas de libros y revistas. Esta novela trastoca las convenciones del género al desarrollar una épica en la que los versos de la música de banda hacen contrapunto a una trama de traición y venganza. Con lenguaje vivo y procaz, Rafael Acosta cuenta la historia de un ambicioso narcotraficante mexicano conocido como el Chirrín, quien pone en marcha un plan para apoderarse del negocio de las drogas en Europa. Para ello reúne a un comando formado por los más estrafalarios sicarios de los cárteles nacionales, que desatarán una guerra sin precedentes en varias ciudades de España.
Un adelanto:
El inicio
El Juez Vallejo
Detén la acción antes de que la bala entre en el cráneo del guasho, pero después de que ha salido de la pistola. Mira al bato de los ojos verdes, pon atención en su rostro. No es la misma mirada que la de la Perra. La Perra está vaciando su cartucho sobre los cabrones que los persiguen. La Perra lo disfruta. Trae una erección. Cuando acabe todo el pedo, si sale entero, va a ir y se va a buscar a una de sus zorras para ponerle una chinga de varias horas. Tal vez ahora, considerando la intensidad del intercambio, va a buscarse una nueva, un shoshito fresco.
Pero no, el de los ojos verdes no es como la Perra. Él tiene una mirada impávida. Probablemente no lo vieron antes, porque llamaba la atención cómo le estaba cortando la uña con la navaja al guasho, pero el huey de los ojos verdes hacía el corte de la misma forma en la que algunos cocineros hacen esculturas con frutas o verduras.
Al de los ojos verdes le dicen el Juez. Él no disfruta lo que hace, pero tampoco lo odia. Él no lo hace por el dinero. Él es un profesional, en el verdadero sentido de la palabra, es decir, alguien que realiza su profesión porque cree en ella y la haría sin cobrar si tan sólo pudiera. Él sólo hace trabajos puntuales. Él es el único que no trae la nariz blanca. Él es el único que puede andarse con calma mientras los persigue una Avalanche llena de cabrones. Él es el único que no escucha los disparos. Él es el único que no se inmuta cuando el cabrón que va tras de ellos usa la bazuca. Él solamente está hablando con el cabrón que acaban de levantar.
El Juez está haciendo su trabajo, nada más. Es un Gran Jurado del más allá en esta tierra. Es la justicia encarnada, el ángel exterminador. Él sabe si acepta un jale o no. Sólo va tras de los hijos de puta. La verdad, tampoco le falta trabajo. En este mundo, lo último que se acabará será su clientela.
Todos saben que va a averiguar todo lo que haya que averiguar y que luego llevará a cabo la sentencia. Casi siempre es de muerte. A veces lleva un regusto de piedad. Otras, le deja un sabor metálico, como de sangre, cuando siente que las venas se le llenan de venganza. Entonces es cuando hace su trabajo como nadie más. Tiene contratos de Monterrey a Tijuana, de Ciudad Juárez a Michoacán. Al guasho lo está ejecutando con piedad. Tiene peores formas de matar a alguien que con una .22 a la cabeza. La veintidós le gusta. Le ahorra trabajo. Hay menos qué limpiar. Por contraste, a la Perra o al Patán les gusta más la 9 milímetros, tienen una pasión por el salpicadero, por la forma en la que todo surca los aires, como el humo de los cigarros, en un patrón único e irrepetible, impredecible, cada vez que le truenan el culo a alguien. La sangre en el aire hace figuras, pero va más rápido que su cerebro. Es como si una obra de arte apareciera frente a ellos en el tiempo que le toma a su cerebro procesar: “Pa que te acuerdes del Toño Becerra, pinche puto”, y la vieran y la sintieran en toda su profundidad, pero jamás se enteraran de qué fue lo que vieron.
Ahora mismo corren el riesgo de sublimarse en arte aspersivo si la Perra no se chinga a los putos del otro bando que los persiguen, mientras la velocidad de los eventos recupera su paso y el chilango se queda guango, guanguito y luego duro, rígido. El Juez se limpia la sangre y cambia de arma. Julieta, la .22 está muy bien para chingarse a un hijo de puta, pero no para tirarle a un vehículo blindado.
Este puto ya cantó todas las ransheras que sabía cantar. Perra, tápate la cara y voltea pa lante. Cierra los ojos, pinshi patán. El Juez tira hacia atrás una granada y una luz ultraterrena inunda todo. La Avalanche se estrella con un poste. Una Lobo que venía atrás también se impacta con un Chevy que iba cruzando la calle y quedó cegado a su vez. Por hoy se salvaron. Sólo un plomazo en el brazo del Semillón. Un trabajo logrado. A preparar el reporte para el patrón.
Esta es una historia que trata sobre el post-punk y su relación con la política; del primero, subgénero que procede de uno de los estallidos más virulentos en la historia del rock and roll pero que tomó una senda oscura y apesadumbrada, abordará la manera en que pervive. La política servirá como contexto de la situación actual, no sólo de España, ciudad originaria de la banda Ornamento y delito, sino de Europa entera; y a la cual nos acercaremos a través de las letras y el pensamiento de G.G. Quintanilla, músico con formación académica y lector asiduo de algunos de los pensadores sociales más combativos de la actualidad.
El grupo de Quintanilla contiene una rabia poco usual, aun cuando su país patalea para salir de una de las crisis más profundas de su historia, escenario común en otras naciones del continente. Pareciera que no hay tiempo para andarse por las ramas y se tiene que ser lo más rudo y directo posible. La situación es apremiante pues el panorama laboral no ofrece alternativas para una generación que no podrá comprarse una casa y apenas alcanzará algún empleo para sobrevivir (los llamados mileuristas). Además, el asunto de la migración hace más complejo el fenómeno.
Es por ello que han emergido autores que obligan a repensar las cosas con urgencia y sin falsas caretas. Uno de ellos es Owen Jones, un vocero mediático de la nueva izquierda británica que no se inserta en la militancia sino en el debate a través de la escritura, libros y columnas. Apenas comienza a difundirse en español Chavs. La demonización de la clase obrera (editada por Capitán Swing), en dicho ensayo puede leerse: “El neoliberalismo ha corrompido la mentalidad de la gente a través del miedo. Ha dibujado un panorama en el que no hay salida. Fomentó el individualismo y acentuó la idea de que las élites, la gente rica merece tener una posición de privilegio”.
El joven periodista inglés parece poseer el mismo punto de vista que el grupo vasco afincado en Madrid. “Laissez Faire”, una de las canciones de El espíritu objetivo (Limbo Starr, 2014), el sexto álbum de la banda, podría pasar por un manifiesto anarquista o como un alegato en contra de todo: no hay esperanza ni en la familia, ni en las relaciones sociales, tampoco en el arte y, lo que es más, en su perorata, el músico termina por exterminar a su propia agrupación definiéndola como: “grupo de mierda”; lo hace con tal convicción que le creemos a cabalidad.
Ornamento y delito es el comando musical que surgió de la mente de un lector de Slavoj Žižek, Terry Eagleton, Fredric Jameson y otros autores cercanos a la New Left Review, y a quien le ha dado por soltar su pensamiento a través de canciones de hiel y severidad. Musicalmente, toman lo mejor del The Cure de los tiempos dorados del post-punk y lo mezclan con el estilo de Nacho Vegas.
Siguen el manual de instrucciones que Simon Reynolds resumiera en su llamado Post-Punk (Caja Negra Editora, 2013) y lo combinan con el mismo estado de ánimo de otra agrupación muy cercana al asturiano, nada menos que León Benavente (compuesta por los músicos de Vegas; Abraham Boba, entre ellos).
Cuando le preguntan acerca de lo devastadora que puede ser “Laissez Faire”, Quintanilla se concreta en precisar: “No me parece tan omnipotente como lo planteo en la canción. El mercado sólo busca hacer negocio y ganar la mayor cantidad de pasta lo antes posible, ya sea el mercado musical, el mercado de la ropa, el de la vivienda, el de la psicoterapia, el de la educación”.
Aunque no todo en El espíritu objetivoes tan apesadumbrado, también se dan tiempo para acercarse a ese nostálgico sonido de los primeros Depeche Mode (con un poco de New Order) en una más festiva y electrosa “Radio” —aun en medio del caos puede darse una fiesta y acordarnos de quienes alimentaron nuestros años mozos, como Jota de los Planetas, Sr. Chinarro y Fernando Alfaro—. Pero lo mejor del lote entero se concentra en lo que debería convertirse en un clásico inmediato: “Zona algo más” —melódica en su estructura, desencantada en todo su discurso: “se cumple por fin el deseo de los padres… dónde vas a estar mejor que aquí”.
https://www.youtube.com/watch?v=ONigZwJhe7Q
Auscultando el sonido del grupo, un trabajo muy destacado es el del tecladista, quien aporta mayores posibilidades a esas líneas afiladas de guitarras que se prolongan sobre una base rítmica implacable; cuya fórmula se extiende en “Los fantasmas del Windsor”, en la que los sintetizadores se desplazan a sus anchas potenciando los buenos haceres del resto del cuarteto. Algo que desde el principio se expresa.
Abren con “Hidalguía universal”, dándole la vuelta a la tuerca y nos cuentan qué se siente ser un “emigrante” vasco en Madrid, mientras también citan a una Bilbao venida a menos.
¿Qué se les puede reprochar? Lo principal es que lastran lo que muchos grupos españoles: esa manía por fundir la voz con el resto de los instrumentos; no es lo suficientemente clara y se tiene que hacer un esfuerzo extra para comprender el discurso —aquí algo fundamental— y cuando mucho alguna que otra canción prescindible como “Pioneros”, pero no mucho más.
Entre los 11 cortes tienen un sencillo efectivo como “Carnaval armado”, en el que apelan por un “motín urbano” y en el que suelta sin reparo: “las madres de los policías abortan por amor”. No esperemos pues que la radiofórmula celebre sus temas; eso lo harán colegas como Pablo und Destruktion y el propio Vegas.
https://www.youtube.com/watch?v=l9SJVg0OeNs
El reputado periodista, David Saavedra, considera que El espíritu objetivo es: “Un álbum necesario y verdaderamente importante”. ¿Acaso los artistas no deben dar la pelea? ¿No forman parte de la estructura social? La música tiene una faceta política y Ornamento y delito la vuelca en piezas como “El fin de las ideologías”. Ellos testifican que el post-punk puede sobrevivir y actualizarse. No está en los libros de historia ni en los museos; la calle está que arde.
Probé de todo: Prozac, canto gregoriano. La volví a conquistar.
No sirvió de nada. Me pegué un tiro. No sirvió de nada.
Una belleza falta de proporción con la sintaxis
me había roto el culo de blanquito.
Cuando era hermoso y joven y la fortuna me sonreía,
mis dedos estaban en boca de todos.
Diez dedos regordetes en diez bocas regordetas.
Ahora mis dedos no hacen más que señalar.
Ella se pegó un tiro. Y, con el grito estridente de siempre,
su cuerpo negro y lustroso cayó del cielo de siempre.
Cayó como la lluvia. Era lluvia. Llovieron gotas regordetas de lluvia
en mi boca ansiosa y regordeta.
No sirvió de nada.
She left town. Rain ensued. Crows pecked out my contacts. / I tried everything: Prozac, plainsong. I won her back. / It didn’t help. I shot myself. It didn’t help. / A beauty incommensurate with syntax / had whupped my cracker ass. // When I was fair and young and favor graced me / my fingers were in everybody’s mouth. / Ten fat fingers in ten fat mouths. / Now my fingers just point stuff out. // She shot herself. And, with a typically raucous cry, / her glossy, black body fell from the typical sky. / It fell like rain. It was rain. Fat drops of rain rained down / into my fat awaiting mouth. / It didn’t help.