Tierra Adentro
Cartel de La invención de la Hiteria.

Desde ya hace un tiempo las opciones para estudiar y profesionalizarse en materia de teatro comenzaron a ampliarse, escuelas como la Universidad Anáhuac abrió la carrera en Actuación, sin olvidar las materias de Dramaturgia impartidas tanto en la SOGEM como en la Escuela Activa de Escritores y, por último, también podemos encontrar la serie de talleres que proliferaron en la Ciudad de México, impartidos por gente de prestigio y renombre. ¿Pero, qué pasaba con quien deseaba llegar más allá en este nivel escolar? ¿Con quien quería obtener un grado superior al de licenciado dentro del quehacer teatral? ¿Con personas que a pesar de tener la preparación y el talento no poseían un documento oficial y reconocido para progresar en su carrera?

Hace unos años empezó a correr el rumor de que se abriría un posgrado en la Escuela Nacional de Arte Teatral (ENAT): la maestría en Dirección Escénica. La noticia causó gran júbilo entre la gente de teatro que tenía tiempo buscando una especialidad y sobre todo porque la planta docente era por demás prometedora: David Olguín, Martín Acosta y Gabriel Pascal, entre otros.

Cuando por fin se lanzó la convocatoria y el asunto se hizo oficial  no tardaron en surgir las postulaciones. El proceso de selección incluía un propedéutico que concluía con un montaje de alguna escena o de un breve fragmento de una obra. Pocos fueron los seleccionados para formar parte de la primera generación.

Según el testimonio de algunas personas que ahora forman parte de la misma, la exigencia fue mucha y su empeño y esfuerzo les valió desveladas, ensayos a medianoche y fines de semana.

Ahora, dos años después, los amantes del teatro y el público en general podrán ver los resultados de la preparación de los nuevos maestros en Dirección, ya que a partir del 22 de octubre los alumnos presentarán sus puestas en escena como examen final.

Catorce proyectos desfilarán por el teatro Salvador Novo del CENART y estarán producidos por la ENAT, el INBA y los mismos estudiantes. Un esfuerzo en conjunto muy esperado tanto por los aspirantes a la segunda generación como por las personas que estuvieron al pendiente del proceso formativo de estos alumnos.

Esta muestra abre con la obra titulada La invención de la histeria a cargo de Luis Alcocer, licenciado en Literatura y Arte Dramático y ahora maestro en Dirección Escénica.

Luis Alcocer se ha caracterizado por presentar un teatro con bases grotescas, siniestras y llenas de humor negro. Las personas que asistan a este espectáculo pueden estar seguras que serán testigos de un evento teatral particular y único. Pocos son los dramaturgos y directores con una poética como la de este autor originario de Yucatán.

La invención de la histeria es un conjunto de cuatro obras cortas tomadas del libro Florilegio de teatro psicotrónico, del mismo autor, publicado en la editorial El Milagro el año pasado.

La escenografía y el vestuario corre a cargo de estudiantes de la licenciatura de la misma ENAT especializados en dicha área; los responsables de las asesorías fueron: Martín Acosta en Dirección, Gabriel Pascal en Producción, José Santiago Silva e Ignacio Escárcega en Dramaturgia.

Los horarios, a partir del 22 y hasta el 31 de octubre, son miércoles, jueves y viernes a las 20:00 hrs, sábados a las 19:00 hrs y domingos a las 20:00 hrs.

Para mayores informes se puede consultar la página del evento. La entrada será libre y se tienen pensadas alrededor de seis funciones por puesta en escena.

Histeria

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
Fotografía por Herbert Spencer. Tomada de Flickr.

Escribí este epílogo para la tercera edición de mi libro de poemas que aparecerá próximamente en edición limitada publicada en coedición por Indetil, Ameicah y Eternos malabares.

En noviembre de 2008 el impresor puso en mis manos el primer ejemplar de mi libro de poemas, No recuerdo el amor sino el deseo. Han pasado seis años de ese emocionante episodio y en este lapso le han sucedido varias cosas a ese librito. Lo releo ahora por la afortunada circunstancia de que llega a su tercera edición, gracias a la generosidad del poeta Alejandro Campos Oliver, y me vienen a la mente las anécdotas que desencadenaron la escritura de muchos de esos poemas o los momentos y los sentimientos que me embargaban mientras los escribí. Por eso, como Luis Cernuda, creo que yo soy mi primer libro pues me retrata de cuerpo entero o, mejor dicho, retrata aquel que fui, aquel que los escribió, ya que hoy en día me siento muy lejano de esos poemas, los leo con cierta extrañeza, aunque fueron, desde luego, los poemas que quería escribir y publicar.

En estas páginas están reunidos algunos de los poemas que escribí entre 1998 y 2008, periodo en el que escribí también muchos otros más pero que de última hora saqué del libro para darle una unidad temática de acuerdo al nombre general, tomando un verso de Severo Sarduy, que los ampara a todos. Así que además de escribir los poemas uno también tiene que fungir como curador de su obra para ofrecerle al lector una ruta de lectura. En fin, que al tratarse de poemas tempranos es el libro de un poeta que reconoce sus lecturas y su deuda con sus autores titulares: “Días de 1998” es, desde el título, un homenaje a Kavafis y está dedicado a mi “amoroso y porfiado amor primero”, diría Owen. Por cierto, además de Kavafis y Owen, hay mucho de Villaurrutia, de Cernuda pero también de Penna (“Vano combate”), de Gil de Biedma, del peruano Jorge Eduardo Eielson (la primera y tercera parte de “Memorial del cuerpo”), de Auden, de Gonzalo Rojas y en esta relectura incluso encuentro al Carlos Fuentes de La región más transparente.

Cuando apareció No recuerdo el amor sino el deseo hubo pocas críticas que repararan en él (me refiero a menciones, reseñas y esas cosas que algunos poetas buscan con afán), ninguno público. Sólo en privado un par de amigos se manifestaron. Guillermo Fernández me dijo con su característica sinceridad y con unos tequilas encima: “¿Tienes que decirle a todo el mundo que eres puto?”. Y Mario Bellatin: “Lo leí imaginando que Xavier Villaurrutia volvía a caminar por las calles de la ciudad”. Tal vez hubo un par más pero ya no los recuerdo. Y no más de esos y, repito, ninguno público.

El mejor reconocimiento vino de los lectores: esa primera edición ahora prácticamente está agotada (algo que es difícil que le suceda a cualquier libro de poesía); sólo conservo unos cuantos ejemplares como una curiosidad bibliográfica. Don Cellini, profesor de la Universidad de Michigan, hizo su lectura, anónima y lejana, y más tarde me escribió diciéndome que lo quería traducir. Esa traducción al inglés llegó sin que yo la pidiera o la buscara y fue publicada por Floricanto Press en 2013 con el título Desire I remember but love, no. Para preparar esa edición tuve que releer, revisar y corregir el libro luego de no hacerlo desde su aparición y también cotejé las versiones en español y en inglés, lo cual ayudó a que notara algunas modificaciones que quería hacer, y nada más, nunca me propuse alterar el sentimiento o el motivo que los impulsó. Sin embargo, por la distancia y las premuras se fueron varios errores que ahora he querido remendar en esta tercera edición. Así que he vuelto a corregir algunas erratas y palabras que se fueron en la edición de 2008 y después en la versión en inglés, de manera que puedo decir que esta es la edición definitiva de este librito.

Ya no recuerdo dónde escribió Borges: “Tres suertes puede correr un libro de versos: puede ser adjudicado al olvido, puede no dejar una sola línea pero sí una imagen total del hombre que lo hizo, puede legar a las antologías unos pocos poemas”. Las tres tienen altas probabilidades de suceder y uno como poeta no sabe con certeza a cuál está destinado su libro de versos, menos si se trata del primero. Al menos, hasta ahorita, No recuerdo el amor sino el deseo ha corrido con la buena fortuna de llegar a su tercera edición en seis años, lo cual no es poca cosa para estos tiempos que desdeñan la poesía. Lo que suceda después ya no estará en mis manos: una vez más queda en la generosidad de sus lectores.

Ciudad de México, octubre de 2014.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Del proyecto “Ciudadanía Libre”, de Omar Pimienta, que nació a partir de Welcome to Colonia Libertad.

Al examinar el trabajo de dos poetas (Efraín Velasco Sosa y Omar Pimienta), Diana del Ángel da cuenta de una serie de prácticas que desbordan la página y ocupan otros espacios, generando una poética que se inserta en la vida cotidiana con obvias implicaciones políticas.

 

La escritura ocurre, se sale de la página, explora otros soportes, vuelve a la tradición, se reinterpreta, se re-funde con herramientas alternas al texto, interviene en el espacio y nos ocupa. De un tiempo a la fecha las prácticas de la poesía se han multiplicado desde la lectura de un poema frente a un auditorio hasta la puesta en marcha de dispositivos artísticos que nos invitan a leer, oír, escribir, pensar y vivir el acto poético desde variadas perspectivas. Efraín Velasco Sosa (1977) y Omar Pimienta (1978) combinan su labor literaria con otras disciplinas —como la arquitectura y la museografía, el primero; la escultura en yeso y la fotografía, el segundo— para enfrentarnos a creaciones artísticas inquietantes, críticas y lúdicas.

La doble profesión de Velasco Sosa —autor de & mi voz tokonoma (FETA, Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, 2008) y I/25s, Todo el tiempo del mundo (Mamá Dolores cartonera, 2012)— hace natural el desplazamiento de la palabra desde la página al museo o a una peluquería. En Cap. 2, instalación in situ (Gaa. A. Oaxaca, agosto, 2004) lleva al extremo la propuesta cortazariana de lectura activa y nos propone una deconstrucción desde el nivel primigenio del texto: las grafías. Así, cada letra perteneciente al capítulo 2 de Rayuela (1963) fue escrita en una piedra; luego, los fragmentos expuestos en una galería ofrecían al lector la posibilidad y el reto de escribir/construir una obra nueva. Lo que ocurre en Traduttore, traditore (2008) gira en torno a la recepción de la poesía; para ello, el poeta pone en juego su cabellera. El video registra la acción de Velasco en una peluquería llamada Poema, en Oaxaca, donde le pide al peluquero que interprete/traduzca el texto poético en un corte de traducción, inferir el texto original a través del corte. ¿Sería tal vez un poema no rimado, tendría por tema un río a juzgar por la mecha central de cabello que dejó, terminaría con una enumeración caótica? A partir de una idea aparentemente simple y de una ejecución por demás sencilla, esta pieza nos ofrece un juego que no tiene fin y que ha dejado atrás el soporte de la página para instalarse en el cuerpo.

A estos dos proyectos se suman Una pequeña visita al tranquilo pastizal del fondo (2014) y Soy la mujer (2014). El primero, expuesto en Blaffer Art Museum, Houston, responde a una pregunta de su autor: “¿qué pasaba con el texto puesto en el espacio?”. Efraín se vale de la estereoscopia —técnica fotográfica que busca crear una ilusión 3-D a partir de dos imágenes 2-D— y combina texto e imagen, lo que permite al lector fabricar un tercer producto, cuya naturaleza es íntima e imposible de registrar, pues todo ocurre en una mínima fracción de tiempo y tras los ojos de quien mira. El performance Soy la mujer, presentado en Eldorado, Houston, es una pieza donde se superponen distintas apropiaciones de las oraciones-versos de María Sabina. El primer nivel es la grabación sonora clandestina hecha por Robert Gordon Wasson, a la que siguen los registros videográficos de Nicolás Echeverría; a éstos se suma la interpretación vocal en español de Velasco durante la representación, que a su vez es reinterpretada por John Pluecker (escritura) y por Jen Hofer (voz).

Cristina Rivera Garza ha descrito el trabajo de Velasco como “curiosas máquinas estéticas que, no por hermosas, dejan de tener un peso cultural y político de relevancia para la comunidad”. Estas propuestas, hechas con técnicas modernas, apelan a la tradición cultural y literaria. Es el caso de la pieza más reciente del autor, cuya noticia ya circula en las redes sociales, basada en la lectura de El libro del desasosiego (1982) de Fernando Pessoa/ Bernardo Soares por parte de múltiples intérpretes, formados en disciplinas diferentes y radicados en varios lugares; el audiolibro se transmitirá en una radiodifusora pirata. Velasco interviene la poesía para sacar la palabra de la hoja y ponerla en otras circunstancias: desde el arte-objeto al performance, todo “converge en la movilidad, en los soportes y programas escriturales en los que estoy trabajando”, nos dice el oaxaqueño.

Libertad es una de las primeras colonias fundadas en Tijuana; con ese esperanzador nombre se bautizó un asentamiento urbano delimitado por una valla metálica que indica el fin de México y el comienzo de los Estados Unidos, por lo que ha sido uno de los pasos más utilizados —legal o ilegalmente— para cruzar la frontera. Ahí nació Omar Pimienta, autor de Primera Persona. Ella (La Línea / Anortecer, 2004), La Libertad. Ciudad de paso (CECUT / Conaculta, 2006) y Escribo desde aquí (Pre-Textos, 2010). Podría decirse que los caminos de su obra confluyen en Col. Libertad. Los cimientos de ese asentamiento virtual se hallan en La Libertad. Ciudad de paso, cuyos ejes centrales son la ironía y la crítica —Carlos Ramírez Vuelvas, en “Las instantáneas de La Libertad de Omar Pimienta”, analiza los cuestionamientos que sugiere el libro.

“Dicen que los repatriados forjaron la colonia. / Lo creo. / Libertad: sinónimo perfecto de desalojo”. En los versos ya se advierte la necesidad de cruzar los límites impuestos por la hoja en blanco; pero no se trata de un acto cuyo movimiento rompa con lo anterior, sino de una continuidad que en la segunda fase del proyecto cobra forma en la irónica “Lady Libertad 1”. La pieza reproduce uno de los bocetos de Frédéric Auguste Bartholdi, creador de la estatua ícono de Estados Unidos, en donde la figura de la mujer está parada sobre una pirámide precolombina. El juego propuesto en este nivel de la colonia en construcción cuestiona el límite entre arte y artesanía, pues las reproducciones de “Lady Libertad 1” (hechas en colaboración con Víctor Toscano, yesero de la colonia) se ofertan como cualquier otra curiosidad fronteriza al tiempo que se exponen en galerías y museos como obra de arte. En un aspecto político, al retomar el elemento prehispánico, la figura denuncia la marginación de los pueblos originarios del continente en favor de la prosperidad y la democracia estadounidenses.

“Lady Libertad 1”, de unos cuarenta centímetros de altura, rompió su primer molde tridimensional. Por eso don Marcos, herrero, su hijo Omar, el Laguana, el Chino y René —todos habitantes del barrio tijuanense— construyeron un ágora de metal que reproduce la pirámide y sobre ella se montó a “Lady Libertad 2”, una figura inflable que alcanza los diez metros. Esta pieza, desmontable e itinerante, se expone en distintos lugares de la colonia, pues, en palabras de Omar Pimienta, “es en sí un espacio público”. De este movimiento surgió, parafraseando a su cónsul, la emancipación de Colonia Libertad, un territorio de libre tránsito, donde cualquiera puede hacerse ciudadano, tan sólo con entregar el pasaporte (vencido o no) a cambio del Pasaporte Libre. Este último cruce no es el fin, sino la apertura ilimitada de posibilidades en el espacio virtual. Además de ver “Welcome to La Libertad”, video donde se explica la génesis de la pieza central del proyecto, el recién llegado puede acompañar a Pimienta y Gabriela Torres en su búsqueda infructuosa del poeta colombiano Eli Ramírez, seguir la crónica fotográfica de Frontera Diaria o adquirir el Pasaporte. Ello “te valida como ciudadano de Colonia Libertad y te garantiza la libre circulación a lo largo de la superficie terrestre, marina o aeroespacial de ser requerido. Este pasaporte es infinito”; y sólo tenemos que dar nuestro documento oficial, sujeto a renovación. Parece un buen trato.

Para Omar Pimienta “todas las versiones del proyecto funcionan con mecanismos poéticos conceptuales: apropiación, escritura comunitaria, alegoría y, ya en los rasgos personales de poética, ironía, biografía, entre otros rasgos y poéticas”. Su trabajo “explora, a lo mucho, otros soportes pero parte de la misma práctica conceptual”. En efecto, desde el papel hasta el soporte digital hay una secuencia de los distintos cuestionamientos: Col. Libertad se nutre de la misma fuente. No obstante, cada “fragmentación” —para usar una palabra del propio Omar—, se convierte en otro espacio cargado de nuevas opciones como adquirir la ciudadanía en un territorio emancipado, acto político sólo sugerido en los versos, que se transformaron hasta cobrar o, mejor dicho, anular los límites de su forma en la red. El siguiente nivel de Col. Libertad, nos dice el artista tijuanense, es “la escritura comunitaria de la Constitución libre”, basada en la reescritura de artículos de nuestra Carta Magna y de los Bill of Rights estadounidenses. Si bien ya no es el espacio público como tal, esta nueva etapa continúa con las críticas anteriores y gira en torno al texto y su apropiación.

Además de explorar la escritura, estos proyectos también cuestionan las prácticas de lectura. Efraín Velasco le exige a su “lector que invierta algo de su tiempo y que tenga la susceptibilidad de divertirse. Leyendo de arriba abajo y luego hacia el lado, que haga bizco para ver un poema que no existe, que encuentre conmigo el tesoro, que destruya, que construya, que lea en una posición en particular”. Ello nos hablaría de una lectura activa y propositiva; sin embargo, podríamos decir que este mismo esfuerzo nos lo demanda un poema publicado en soporte tradicional. Para Omar Pimienta es difícil registrar la recepción de sus piezas en un espacio que es un “lugar de tránsito entre el descanso y el trabajo, difícilmente un lugar de esparcimiento” como la Colonia Libertad; aunque ahora que está emancipada en la web es posible habitarla y constituirla.

El trabajo de ambos artistas involucra registros como el sonoro, el fotográfico, el plástico, la instalación, el performance, y su punto de partida es un texto o un mecanismo poético; las preocupaciones planteadas por su obra se ocupan de lo político, social e histórico. Los dos, además de estas piezas, han publicado libros en soporte tradicional, lo cual implica que una cosa no anula la otra, sino que la potencia. Estas prácticas nos invitan a emprender una búsqueda más allá de los territorios textuales, para reactualizar el cuestionamiento y el juego como partes esenciales del acto poético; los dispositivos producidos enfrentan al lector, in situ o en línea, a tomar acciones para ser parte de esos proyectos: reescribir, leer, maquinar, liberarse, desdoblar la poesía en el espacio: la palabra espacio poblando el mundo: la palabra, nuestro hábitat sin límites.

“Lady Libertad”, de Omar Pimienta, pieza creada en colaboración con Victor Toscano, yesero y moldero de Colonia Libertad.

“Lady Libertad”, de Omar Pimienta, pieza creada en colaboración con Victor Toscano, yesero y moldero de Colonia Libertad.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Escritora y defensora de derechos humanos. Doctora en Letras por la UNAM. Miembro del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2010 a 2012. Ha obtenido las residencias artísticas del CALQ-FONCA en Montreal (2014), de Fondo Ventura/ Almadía, Oaxaca (2017), del IWP (International Writing Program) Iowa (2021) y de Casa Snowapple (2025). Desde 2002 hasta 2017, formó parte del taller “Poesía y silencio”. Perteneció al Consejo General de Huelga de la UNAM (1999-2000). Ha publicado Vasija (ICM, 2013), Procesos de la noche (Almadía, 2017), Barranca (FETA, 2018), Lucrecias (UHP, 2021), Épica de la semilla (Infolio, 2022), Lengua hierba (Heredad, 2023), Periferia (Almadía, 2024). De 2022 a 2024 realizó una estancia posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Imparte las materias de literatura hispanoamericana y latinoamericana, así como de creación literaria, en el CEPE-UNAM y en la Facultad de Filosofía y Letras SUAyED-UNAM.
WTB© Danny Willems.

“Ruda, brutal, coqueta, irónica, terrible…”, así comienza el texto de la crítica en danza Anna Kisselgoff  (The New York Times, 1987) refiriéndose a la pieza What The Body Does Not Remember (Lo que el cuerpo no recuerda), con la cual debutó la recién creada compañía belga Última Vez del coreógrafo, director, actor y fotógrafo Wim Vandekeybus.

Veintisiete años después de creada, What The Body Does Not Remember, que le valió a Vandekeybus el prestigioso premio “Bessie” así como reconocimiento internacional, continúa confrontando al público con su derroche de música, movimiento y adrenalina.

Gracias a la XVII edición del Festival Internacional de Danza Extremadura Lenguaje Contemporáneo, que por una semana, año con año, entabla en la ciudad de Monterrey un puente con las corrientes más influyentes y actuales de danza contemporánea en occidente, pudimos presenciar el 22 de octubre en la Sala Mayor del Teatro de la Ciudad de Monterrey esta obra. Con ella pudimos comprobar que el paso del tiempo no es suficientes para mermar el aliento agresivo, excitante, tierno, erótico, repentino y accidental que aún ahora hechizó la atención del público regiomontano, como lo ha hecho con el público de muchos otros lugares en el mundo. El cual se sentía movido a aplaudir entre movimientos en numerosas ocasiones, su atención fija en la increíble destreza física de los ejecutantes y en la repetición de acciones despojadas de la estética formal de la danza. Los espectadores quedaron satisfecho con aquella explosión primaria de animalidad, instinto, belleza y precisión hilvanada con la repetición de acciones que iban desde el rudo contacto y lanzamiento de cuerpos hasta el sutil y delicado juego con plumas.

Momentos antes de comenzar la función, el público enmudeció súbitamente, sin previas instrucciones. Por alguna instintiva premonición conducido al silencio y a la expectativa, algunas cabezas voltearon a los lados confundidas, de pronto un rasgueos, luego el golpear de nudillos contra una tabla de madera seguido de más rasgueos y rasguños, poco a poco la música in crescendo dio pie a un cada vez más agresivo eco de movimiento ensamblando por los ejecutantes. Un músico al centro del escenario, frente a una caja de madera, en cada flanco un bailarín retorciéndose en el piso haciendo planchas y giros articulando y desarticulando cada vez más violentamente, combinando la percusión con movimientos enérgicos y entrecortados.

De pronto, la acción cambia, el músico desaparece. Entra un bailarín, seguido de otro y otro, en total nueve intérpretes (Jorge Jauregui Allue, Zebastián Méndez Marín, Aymara Parola, María Kolegova, Livia Balazova, Eddie Oroyan, Pavel Masek, German Jauregui Allue y Revé Terborg) corren de un extremo a otro del escenario, desprovistos de la usual estética atribuida a los movimientos de danza que suele ocupar la imaginación norteña cuando en ese arte. En esta pieza, Wim Vandekeybus forja una estética de lo ordinario hecho extraordinario.

En vez de giros estilizados y formas hechas para enaltecer la grandiosidad del hombre o demostraciones superficiales de expresividad se reitera una y otra vez la construcción y la destrucción de ciclos y la relación entre los elementos activos en el escenario; incluyendo la música, producción original de Thierry de Mey y Peter Vermeersch, cuya capacidad evocativa transporta al espectador y lo empuja a comulgar con los juegos establecidos por los ejecutantes que se confrontan entre sí preservando una individual particularidad de movimiento así como la sensación de ser un sistema activo.

Eran visibles, casi tangibles, las líneas conectado los movimientos precisos de los bailarines siempre en el lugar indicado en el momento justo para atrapar, por ejemplo, bloques de ceniza que en un momento de la obra se lanzan tejiendo un funcional caos de movimiento. Los nueve bailarines se dividen e intercambian tareas evocando con soltura una partitura de movimiento cuya extraordinaria calidad evoca la espontaneidad de las improvisaciones. Los bailarines crean caminos hechos con los bloques que se lanzan para luego atrapar en el último momento, a un instante de caer.

La pieza en su totalidad es un ciclo cuya intensidad incrementa alimentando la sensorialidad de los espectadores. Se crean atmósferas que evocan lo frenético, lo violento o lo sutil. En numerosas ocasiones el público no logra contener la risa ante los juegos construidos por los bailarines. De pronto se inicia un cómico ir y venir de un extremo a otro del escenario intercambiando prendas de vestir o coloridas toallas acentuando el esculpido y armonioso cuerpo de baile. También hay geniales momentos donde los planos espaciales cotidianos se interrumpen con el sencillo gesto de colocar una silla con el respaldo al piso y sentarse en ella con aparente cotidianidad, evocando poses de retratos familiares típicos de la burguesía. Lo cómico interactúa con lo violencia, sobre todo al principio y al final de la pieza cuando los bailarines movidos por el rasgueo y golpeteo de las percusiones o la celeridad frenética de violines explotan su habilidad física y evocativa. Hacia el final de la obra se establece un peligroso juego donde algunos de los ejecutantes intentan pisar a sus compañeros demostrando increíble coordinación, tanto los agresores que se abalanzan sobre sus compañeros como cazadores sobre su presa, como los que están en el piso esquivando los saltos efectuados con tal potencia que de dar en el blanco fácilmente podrían romper algunos huesos.

La pieza no es solo adrenalina al máximo. Es el contenido obtenido a partir de la formas. Lo que el cuerpo no recuerda, o sí en el caso de los bailarines sobre el escenario, es el instinto, los poderes de atracción y repulsión, la capacidad mimética para evocar a la vez lo maravilloso y lo terrible. Para construir atmósferas altamente emotivas, en ocasiones recurriendo a gestos mínimos con alto grado de significación. En palabras de Anne Kisselgoff: “El gesto o movimiento ordinario expuesto de pronto con una profundidad significativa con una temible verdad en ella”.

Para más información sobre el trabajo del artista Wim Vandekeybus se invita a ver un trailer de la pieza What The Body Does Not Remember y visitar la página de la compañía Última Vez.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Monterrey, Nuevo León, México, 1991. Cursa actualmente estudios de Literatura Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Participó como ponente y creadora en los encuentros y congresos organizados por la Red Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura (REDNELL) en D.F., Querétaro, Mérida y Tijuana ininterrumpidamente desde el 2010 al 2012. En febrero del 2013 ganó el Primer lugar en el Slam Poético 3.0: Sobrevivientes del 2012 y participó como jurado en el Slam Poético 4.0: Monterrey es un laberinto (junio 2013). Ha sido publicada en Puño y Letra (Monterrey, 2012), La regia cartonera (Monterrey 2014), Los bárbaros del norte (CONARTE 2014), el periódico Barrio Antiguo (Monterrey 2014) y la página de internet de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUNDEM 2014).
Bogotá. Vista desde carretera a La Calera.

Escribir la crónica de la calle que más conocemos es una tarea difícil. Es lo que sucede cuando se intenta hablar de la complejidad de Carrera Séptima, una avenida emblemática que recorre de nortea sur la zona oriente de Bogotá. Desde el principio, nos cuenta Daniel Ferreira, el camino que recorre Carrera Séptima es un punto crucial para la historia social de Colombia: conocida anteriormente como la Ruta de la sal, esta avenida ha sido escenario de liberación, comercio, atentados y revueltas.

 

VIAJEROS

A todos los viajeros de la primera mitad del siglo XX que vinieron a Colombia, Bogotá les pareció una ciudad ensopada y deprimente. Burroughs culpaba a las paredes sin color, a las gabardinas que se ensimismaban y al aire prístino que penetraba hasta los huesos. Pero quizá el resultado de esta perturbación se debiera al efecto estomacal del Yagé y al hecho de haberse quedado sin cheques de viajero, sin fondos, y, por tal razón, no contar con un prostituto local, apasionado y fogoso, como confesaba por carta a su amigo Allen Ginsberg.

Querido Al:

Bogotá está situada en una planicie alta rodeada de montañas. La hierba de la sabana es de un verde claro, y aquí y allá se levantan sobre la hierba monolitos negros precolombinos. Es una ciudad de aspecto lúgubre y sombrío. El cuarto del hotel es un cubículo sin ventanas (en América del Sur, las ventanas son un lujo), con tabique de madera prensada, color verde y una cama demasiado chica.

Durante largo rato estuve sentado en la cama paralizado por la depresión. Luego salir al aire frío enrarecido para tomar algo, dando gracias a Dios por no haber venido a parar a esta ciudad enfermo por el opio. Tomé algunas copas y regresé al hotel donde un camarero feo y maricón me sirvió una comida que no valía gran cosa.

Al día siguiente fui a la universidad en busca de datos sobre el Yagé.

Christopher Isherwood, un poco más optimista que el anterior —porque viajaba acompañado por su amante, el fotógrafo William Caskey, se alojó en el Hotel Astor y tuvo de guía un cachaco (Arturo) que lo paseó por la ciudad de mostrar (Chapinero,Candelaria) y por recomendación de un antioqueño, Emilio, conoció a los dueños de El Espectador y sus reporteros estrella Eduardo Zalamea y José Salgar—, notó algo que los demás viajeros nunca consignaron: Bogotá era una ciudad acústica, donde todo se oía con nitidez.

Quizá señalaba con ello que el ruido del parque automotor y la producción industrial era mínimo en la época, y que la cortina de los cerros orientales era el telón de fondo de una ciudad aún pequeña y ensimismada como una oreja eufónica.

Algo curioso que señaló Isherwood es el volumen de librerías que había a lo largo de la Carrera Séptima en el año 47. Quedó tan impresionado, que el cronista reprodujo un sofisma que campeaba ya desde entonces: “Hasta los lustradores de zapatos leen a Proust”.

Un paseo por la ciudad ayer por la mañana, corrigió muchas de nuestras  primeras impresiones negativas. El aburrimiento de la ciudad es sólo de los suburbios; el centro de la ciudad está lleno de carácter y de contrastes […]

Bogotá es una ciudad de conversaciones. Al caminar, hay que bordear constantemente parejas o pequeños grupos, concentrados en animadas charlas. Algunos, incluso, se paran en mitad de la calle, deteniendo el tráfico. Suponemos que discuten sobre todo de política. Los cafés viven también repletos; y todo el mundo tiene un periódico, para citarlo o simplemente blandirlo en el aire.

En ninguna otra parte he visto más librerías. […] Bogotá, por supuesto, es famosa por su cultura. Hay un decir, mencionado, creo, por John Gunther, según el cual hasta los pequeños limpiabotas citan a Proust [Marcel Proust].

Así era la “Atenas Suramericana” de mediados de 1940. La triste realidad era que 50% de la población adulta del país estaba sumida en el analfabetismo, una élite gobernaba a la nación desde los barrios coloridos de la ciudad, y la debacle del partidismo estaba a la vuelta de la esquina. Para el prólogo a la compilación en libro de sus notas de viaje, Isherwood escribe:

Este libro se basa en las notas que tomé en mi diario, día tras día, a lo largo de nuestro viaje. Al reescribirlas he modificado tres o cuatro nombres y ocultado las fuentes de buena parte de la información para no comprometer a algunas personas que en su momento fueron lo bastante generosas como para hablarme con franqueza, y hasta con indiscreción. Como no deseo aprovecharme de una ventaja a posteriori he preferido dejar intactos, tal como los anoté en su momento, mis comentarios sobre el doctor Jorge Eliécer Gaitán. Tengo la esperanza de que no parezcan ahora poco delicados ni ofensivos considerando no sólo su trágico asesinato el 9 de abril del pasado año en Bogotá, sino también los actos de violencia que desencadenaron.

A veces lo que ocurre en un día es suficiente para que cambie todo: una vida, un país, una civilización. El arquitecto francés Le Corbusier, en la edad provecta, tuvo a su cargo un proyecto urbanístico para la transformación de Bogotá. La conclusión de su estudio era que había que demoler prácticamente todo el centro para levantar una nueva capital sobre los basamentos, porque Bogotá era inviable, imposible, desordenada, caótica. Las ruinas del Bogotazo permitieron la transformación del centro, sobre las fachadas de la Carrera Séptima entre Plaza de Bolívar y Calle 19 que fueron incineradas por la turbamulta. Debemos a este magnicidio, el de Gaitán, alrededor de ciento noventa mil muertos de la llamada Violencia Bipartidista (1948-1966), y la transformación radical del centro de Bogotá.

Placa conmemorativa asesinato Nicolás Neira, Carrera Séptima.

Placa conmemorativa asesinato Nicolás Neira, Carrera Séptima.

 

MIGRAR

Vivo en Chía: un pueblo convertido en suburbio de la metrópoli. Calculo que he caminado alrededor de mil kilómetros gastando suelas de zapatos sobre el mismo eje de la Carrera Séptima. Ahora creo que la vida urbana se parece a la vida de un hámster: dar vueltas y vueltas en el mismo cubo de vidrio mientras somos observados o servimos a un experimento que consiste en producir dinero para la sociedad, para que se mueva el sistema, o como dice la oración patria: “para que Colombia sea grande, respetada y libre”.

Cada época tiene sus mitos, sus urgencias, su velocidad. Nueva York en Lovecraft es veloz y oscura. París en Hemingway tiene el cielo de Van Gogh y huele a vino. La Habana en Cabrera Infante es un gran cabaret. Berlín en Joseph Roth es acero y piedra y hormigón y guetos, una anticipación de la guerra.

La ciudad no son sus edificios, sino lo que le ocurre a la gente que vive en ellos en determinada época. Mi ciudad no es la misma ciudad de un amigo poeta que recorre las mismas calles que yo recorro de día, convertido de noche en un bohemio que regresa por el andén a trabajar en la Biblioteca Nacional, muy temprano, como funcionario. La ciudad cambia según la mirada, según la hora. Cada quien configura una ciudad personal con todo lo que necesita para ser feliz o desgraciado. Es posible que alguien que viva en Kennedy desde hace diez años haya pasado sólo diez veces por el centro de Bogotá, en diciembre, para ver los alumbrados públicos de luces navideñas. Es posible que un muchacho en el norte muera sin haber ido nunca al sur, y a la inversa.

Todavía es posible caminar por la ciudad y encontrarse el milagro de un lote sin casas, o una montaña con bosque, o un charco donde se detienen los pisingos migratorios. Quiero decir que no todo es cemento, ladrillo rojo y brea. También persiste la luz andina y los cerros orientales de donde vienen las lluvias y el sol. Es imposible, eso sí, ver las dimensiones que ha alcanzado la ciudad desde los cerros donde fue fundada. De la misma forma, es difícil hacer una crónica que destaque las obras públicas, los sitios de interés, las costumbres, las formas de divertirse, las formas de movilizarse en esta época y las paradojas del comercio y de la historia oficial sin hacer una postal de turismo de bajo consumo o una efeméride trágica. Si lograra capturar un fragmento, la instantánea de una calle, del recorrido que hace una sola persona en una tarde de su vida, tal vez ahí estaría dibujada la ciudad. Martín Caparrós dice que la crónica más difícil de escribir es la de tu propia calle.

 

EFEMÉRIDES DE LA SÉPTIMA

1906, 10 de febrero. Calle 40, entre 42 y 45, con Carrera Séptima: tentativa de asesinato al general Rafael Reyes, presidente: primer ataque terrorista de la historia de Colombia. Véase fotoreportaje incluido en el libro El diez de febrero, de autor anónimo, pero escrito al parecer por el propio Reyes, y fotografiado por Lino Lara.

1914, 14 de octubre. Plaza de Bolívar con Carrera Séptima: el general Rafael Uribe Uribe es asesinado a la entrada del Congreso.

1929, 7 de junio. Esquina de la Jiménez con Carrera Séptima: asesinato del estudiante Gonzalo Bravo Páez en manifestación popular por la Masacre de las bananeras (el barrio aledaño aún se llama Bravo Páez).

1948, 9 de abril. Jiménez con Carrera Séptima, edificio Agustín Nieto Caballero: asesinado Jorge Eliécer Gaitán. Conflagración de Bogotá durante dos semanas.

1954, 9 de junio. Calle 13 con Séptima: mueren asesinados varios estudiantes de la Universidad Nacional que se manifestaban en contra del dictador Gustavo Rojas Pinilla.

1956, 5 de febrero. Calle 27 con Séptima: masacre en la Plaza de Toros cometida por el Batallón Colombia el domingo siguiente al que la gente rechifló a la hija del dictador Gustavo Rojas Pinilla.

1961. Escuela Militar, Calle 106 con Séptima: el exteniente Alberto Cendales Campuzano, retenido en el Cantón Norte tras intento de golpe de Estado, escapa de la cárcel con ayuda del jefe del destacamento, teniente Escobar Gutiérrez, y con los ciento treinta soldados de la guarnición, ocho vehículos blindados. Véase Vida, pasiones y fugas de Alberto Cendales Campuzano, de Pedro Claver Téllez.

1973, 23 de junio. Carrera Séptima, Parque Santander: incendio del edificio de Avianca. La gente se lanzaba desde los pisos altos para no morir calcinada. En ese mismo sitio quedaba el hotel Regina, incinerado por la turbamulta el 9 de abril de 1948.

1985, noviembre. Calle 10 con Carrera Séptima: toma y retoma del Palacio de Justicia. Cien muertos, juntando los desaparecidos que fueron vistos vivos en la oficina satélite de Inteligencia Militar.

1986. Calle 62 con Carrera Séptima: masacre del Pozzetto, veintinueve muertos, incluida la madre del homicida, Campo Elías Delgado, exmercenario de Vietnam.

1989, 30 de mayo. Calle 56 con Carrera Séptima: atentado de carro bomba contra Miguel Maza Márquez (perpetrado por el Cartel de Medellín, supuestamente, pero el general sobrevivió).

2003. Calle 77 con Carrera Séptima, bomba al club El Nogal (más de treinta muertos y cerca de doscientos heridos).

2005. Calle 18 con Carrera Séptima, asesinato de Nicolás Neira a manos de la policía antihuelgas esmad (numerosos testigos, sin detenidos).

La Séptima es una efeméride de la tragedia de Colombia. 

CHÍA

Salgo a caminar cuando el encierro invita a sopesar lo que he hecho de mi vida. Tengo mujer. No soy un monstruo. Ella trabaja en una biblioteca, sale temprano y regresa tarde. En ese lapso aterrador en que pienso que por alguna razón esa noche no volverá porque en esta metrópoli desaparecen mil personas al año (¿deudas, divorcios, crímenes impunes, tráfico de órganos y de carne humana?), yo trato de tranquilizarme escribiendo. Para darme ánimos, imagino. En la imaginación lo aterrador siempre le ocurre a otro. Escribo, leo libros, navego por blogs, bancos fotográficos y canales de YouTube y preparo mi comida. La ruta que hago pocas veces varía. El pueblo ha ido modificando su forma en el tiempo que llevo aquí y ya parece un suburbio atestado de urbanizaciones. En donde hace poco había lotes silvestres con sembrados de lechuga, espinaca, coliflores (que siempre me parecieron plantas extraterrestres) y flores que designaba como de lavanda (pero resultaron ser flores de papa amarilla), ahora se construyen colmenas de casas. Hay varias rutas que he hecho en este pueblo: ir a la montaña donde está la iglesia Valvanera para medir la dimensión del horizonte. O ir al pueblo de Tabio, atravesando la sierra del occidente, y pasando por el valle de Riofrío, afluente de Bogotá que viene del páramo de Guerrero, por fincas sembradas de duraznos, pimentones, tomates, agraz, uchuvas, lechugas, repollos, moras, papa y brócoli. Sin embargo, hace meses que sólo hago una ruta, monótona porque siempre me encuentro con grandes extensiones de potreros arrasados por retroexcavadoras, grandes invernaderos para el cultivo de flores, chimeneas de fábricas de productos lácteos y otras altas torres de humo, que no sé lo que fabricarán, cuyos vertederos fosforescentes van a dar al río.

Antes, al pasar por esos mismos potreros me sentía en el campo; ahora me siento en las goteras de una megalópolis que crece como un tumor. Los pronósticos clínicos de la metástasis que hace ese tumor son las vallas publicitarias de anuncios que predican “la tierra prometida” en el “barrio de tus sueños”. Dudo que los sueños de todo ejecutivo y la tierra prometida consistan en trabajar en Bogotá y regresar a dormir junto a una autopista de tráfico pesado en los extramuros. ¿Qué piensa un arquitecto que diseña casas de veinte metros cuadrados para una familia? ¿Lo mismo que piensa el que diseña una cárcel o un matadero? Todas esas vallas publicitarias prometen lo mismo: una familia feliz que se abraza y mira al horizonte sobre un letrero que asegura: “Más que un excelente sitio para vivir es la mejor inversión de su vida, Villadelrío”.

Cuando llegas jadeando a la iglesia Valvanera y ves las cuadrículas de las calles y los meandros del río Bogotá y los conjuntos habitacionales separados por anchas vetas de verde, no dejas de pensar en que un día no habrá más verde y toda la llanura será una plataforma compacta de hormigón y brea: “la tierra prometida”.

Ahora prefiero ir del lado contrario, alejándome de los cerros. Paso por el parque principal, sólo por ver los cafés en los andenes y las dos araucarias gigantes que proyectan su sombra prehistórica sobre la Plaza Principal de Chía, y entrar en la única librería del pueblo. Me acomodé a este pueblo, por eso: porque hay librería. Aquí he comprado libros tan extraordinarios como Vida y destino de Vasili Grossman, y libros tan extraños como Los siete locos de Roberto Arlt.

Luego tomo por la avenida de las quintas convertidas en guarderías, me desvío hasta el garaje de una mansión donde una mano delicada cultiva orquídeas de todos los colores y una mano furtiva trazó en aerosol rojo una pintada que parece un título de ciencia ficción: “desastres en la luna”; enfilo por una calle de condominios, atravieso en diagonal la avenida por donde pasan las tractomulas que acarrean la comida de los puertos a la central de abastos en la capital, paso junto al club de caballos y el meandro del río Bogotá (que a esta altura, cerca al nacimiento, ya huele a huevos podridos y a tintura de pelo), volteo a la izquierda y entro en Centro Chía, junto a la Universidad del Opus Dei, el Puente del Común, el Castillo de Marroquín y el río Bogotá.

La caminata dura, religiosamente, dos horas. A veces llueve y tengo que regresar en microbús. Vale mil pesos el viaje de vuelta al centro del pueblo. Una Coca-Cola vale mil quinientos, para establecer un cálculo estimado en cualquier época. Casi siempre vienen conversando en esos microbuses muchachas que estudian comunicación o psicología en la universidad del Opus Dei. Oyendo esas conversaciones, me enteré que los laicos tienen un índice de libros prohibidos en esa universidad. El primer renglón de la lista de libros prohibidos está ocupado por Memoria de mis putas tristes, de García Márquez. Yo también proscribiría ese libro, no por el tema —que transgredir tabús sigue siendo un mal necesario— ni por el título, que suena bien, sino por haber sido una jugada de editores para estirar a novela lo que es un relato inocuo, y por ser una apropiación desteñida de La casa de las bellas durmientes de Kawabata. Curioso que esas mismas mentes que custodian la moral no prohíban las tangas de hilo brasilero ni los escotes ni los pantalones de mezclilla sin bolsillos traseros en sus estudiantes.

PUENTE

Hoy hace un sol de clorofila que realza la palidez de los sauces y aumenta el escarlata en los pétalos de los geranios. Si me doy prisa, alcanzaré a dar una vuelta por Centro Chía y luego iré hasta el Puente del Común. El del Común es un puente de piedra sobre el río Bogotá. Hasta ahí llegaron los comuneros de Santander que venían dispuestos a tumbar al virrey Flores. En su estructura de piedra, luego de la tradicional repartición de almojábanas y agua panela, los curas convencieron a José Antonio Galán y a los veinte mil manufactureros alzados de no marchar sobre Santa Fe de Bogotá, a cambio de derogar los últimos impuestos exagerados que imponía por decreto la corona. Con esto, convencieron a los alzados de regresar dócilmente a las ruecas de Santander ilusionándolos con unas cuantas promesas vanas. Como garantes, quedaron en la ciudad sus representantes. Una vez disueltas las huestes y la amenaza de sublevación, los líderes fueron reducidos por diezmo, y otros apresados. A José Antonio Galán lo fusilaron y desmembraron y repartieron sus restos en los caminos cruciales que conducían a los pueblos levantiscos de Santander. Los impuestos volvieron a subir. Los líderes estafados y martirizados de la primera revuelta quedaron como traidores ante la historia. Pero el descontento y una necesidad de conspirar a gran escala contra el imperio de los impuestos, quedó flotando en el ambiente. Yo soy, como ellos, un provinciano, de Santander. Me hubiera gustado ser un revolucionario, o un rockero, pero tuve que conformarme con ser escritor.

Tomo agua en los grifos de este centro comercial (Centro Chía) que, me dijo un baquiano, construyó el narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha con otro narcotraficante, el satánico Camilo Zapata, para tener un público cautivo que visitara sus caballerizas. Sólo eso consumo cuando vengo a vitrinear por aquí: pura agua de tubo. Porque no compro nada. Acá todo es más caro. Sin embargo, visito siempre la venta de computadores y la cava de vinos. Me ilusiono fácil con un jerez o con el vino tinto Marqués de Arienzo, o con un nuevo computador portátil. Si después de media hora noto a un empleado que me sigue a pocos pasos y estudia mis movimientos para constatar que no sea yo un ladrón, me le acerco hasta fastidiarlo con la indecisión de mis compras. Cuando se cansa de vigilarme de lejos y se viene a preguntar de cerca si me puede ayudar en algo, le digo que sí, que quiero ver ropa interior. El vigilante me guía a la zona de ropa de interior masculina y le digo que de esa no, que quiero ver ropa interior de mujer. “¿Para un regalo?”. Niego con la cabeza. “Me gusta la ropa interior de mujer”. Me guía al exhibidor y se aleja rápidamente para no contagiarse de mi perversión.

Vitrinas, Carrera Séptima, Centro, Bogotá.

Vitrinas, Carrera Séptima, Centro, Bogotá.

 

DÉCADA

Me pasé la primera década del siglo XXI indignado por el presidente de mi país: un latifundista que puso en venta todas las recursos energéticos y reservas vitales como el agua del Macizo colombiano y el sustrato del Chocó, pacificó a plomo y sangre las zonas más ricas y las convirtió en campos de palma africana, y gobernó en contubernio con criminales de distinto pelaje. Durante su mandato, la cuarta parte del congreso tenía alianzas, contratos y pactos con los paramilitares (escuadrones de la muerte) de las regiones más desangradas de los años noventa: Urabá, Sur de Bolívar, Putumayo, Chocó, Llanos orientales. Cuando se fue Uribe Vélez, sus subalternos más cercanos empezaron a caer presos por hampones, corruptos y genocidas. En esos años, la manzana más peligrosa de Colombia era la misma donde estaba el Capitolio Nacional y sus alrededores. En la Alcaldía de Bogotá, mientras tanto, la plata de las obras públicas se repartía entre concejales, funcionarios, alcaldes y empresas de constructores que especulaban con el valor de la tierra, expulsaban a los habitantes de zonas estratégicas (como el tradicional barrio Santafé, convertido en barrio del crimen para gentrificar el territorio y hacerse con ese corredor situado a cinco minutos del Centro Internacional y del Capitolio, con lotes amplios y avenidas generosas) y dilataban los contratos de construcción de Transmilenio para seguirse apoderando de gruesas tajadas del presupuesto mientras la ciudad se movía a paso de tortuga. Futbol, tetas de silicona, mansiones, esmeraldas, carros, aviones, cocaína y metralletas forman parte del mismo campo semántico: Colombia.

Mi generación, años ochenta, nació y creció en medio de la atrocidad cotidiana, de las bombas del cartel de Medellín, de los ataques de la guerrilla y de las masacres cometidas por paramilitares. Después de ver el Palacio de Justicia arder por los cañonazos del ejército y las ametralladoras de la guerrilla, el video con el asesinato de Luis Carlos Galán y los pedazos del avión de Avianca pulverizado con un explosivo plástico y las partes de los ciento siete pasajeros que iban dentro, después de ver el esqueleto del edificio del DAS desmantelado por un bus bomba, las masacres de Segovia, la de Mejor Esquina, la toma de Patascoy, de Las Delicias, la de Mapiripán, la de Naya, la de El Aro, estábamos listos para oír cualquier desgracia y seguir jugando futbol como si nada. La desgracia era tan rutinaria que había dejado de conmovernos. Había hombres con treinta años de experiencia de guerrillas en la selva que se cambiaban de bando y se volvían asesinos. Había secuestrados con diez años de estar en la manigua, y el país más feliz del mundo después de Dinamarca (donde todos eran felices porque eran alcohólicos) celebrábamos cada año nuevo con muñecos llenos de pólvora que simbolizaban a los presidentes. Teníamos cuarenta millones de pobres y dos ricos en el top de la revista Forbes. No pasaba nada. Cincuenta mil millones de dólares del narcotráfico circulando en el mercado bursátil y amortiguando las crisis económicas de los ochenta, noventa y dos mil. Setenta víctimas por cada cien mil habitantes (cincuenta muertos diarios los días menos violentos). No pasaba nada. Cincuenta muertos diarios desde el fin del frente nacional. ¿Cuántos muertos daban? 50 x 365 x 40. Los suficientes para igualar y sobrepasar de lejos los genocidios de Ruanda y de Sierra Leona y de los Balcanes y situarnos al lado de la Guerra Civil española y de la Revolución mexicana. Pero nuestra guerra seguía negándose en la cancillería, para no empañar la imagen de Colombia ante el mundo. Los militares del glorioso ejército nacional disfrazaban adolescentes de estrato bajo de combatientes guerrilleros y los difundían como muertos en combate. A ese tipo de crímenes los profesionales de la comunicación los llamaban con un eufemismo militar: “Falso positivo”.

Un “positivo” quería decir, en jerga militar, un “subversivo dado de baja”.

Un “falso positivo” quería decir un “falso subversivo dado de baja”.

El nombre del delito era: Crimen de lesa humanidad. El nombre real, descriptivo, era: Civil fusilado por el ejército.

Pero no pasaba nada. Convertimos toda nuestra desgracia en un eufemismo, o en un diminutivo, y todo el dolor en una cifra.

Yo pensaba día y noche en esos muertos, en esas tragedias inéditas. Pensaba en una novela que lo abarcara todo. Una novela final, como un mural mexicano. Una novela que debía ser fiel al horror. Ha sido una época extraordinariamente fecunda para odiar. Lo único bueno de ver estas cosas cuando eres joven es que cada vez te vas haciendo más y más duro; más y más consciente. ¿De qué? De que la justicia no existe, de que la democracia es un contrato con cláusulas financieras y de que el libre albedrío es sólo una hipótesis. Todo lo eligen por ti en un desayuno neoyorquino. Hasta el precio del arroz que compras en el supermercado de la esquina.

El tiempo de la política no es el mismo tiempo de la vida. Diez años de política bélica pueden ser la mitad de tu vida. En diez años aprendes un idioma, tienes hijos o te mata el cáncer. Por eso hay que dilapidar la vida en oficios más nobles, como enaltecer el espíritu mientras pasa el tiempo de la política. Diez años. Llevo diez años en Bogotá.

Gallina, Carrera Séptima, Centro, Bogotá.

Gallina, Carrera Séptima, Centro, Bogotá.

NORTE

En el otro extremo de la Carrera Séptima, sigo sentado fumando en las gradas del Puente del Común. Es un sitio hermoso: un puente de arcos de piedra entre humedales y bosques de eucalipto y sauce que ha resistido más de doscientos años de inundaciones sin moverse. A lo lejos se ve un castillo. Es el castillo que perteneció a la familia Marroquín, construido por el arquitecto francés Gastón Lelarge a finales de 1899. La familia era dueña de la hacienda Yerbabuena, que componía entonces toda la cara que se ve del cerro y el valle del río Bogotá. La expresión máxima del feudalismo vivido en Colombia está en esa expresión de la clase terrateniente: en la hacienda había una mansión, una parroquia y un castillo. Al fondo, el feudo. Alrededor, los vasallos. Pero no le fue bien al patriarca José María Marroquín. Su esposa, Trinidad Ricaurte Marroquín lo tenía todo, pero no era feliz. Cuando se fueron a vivir al castillo, la mujer veía fantasmas y oía voces. Todas las tardes, a la cinco, en la parroquia de la hacienda, repicaban las campanas para oficiar la misa a la que debían asistir todos los miembros de familia tan distinguida y devota. La esposa se alistó con su tradicional corsé, vestido negro, rebozo de encaje, botines de cuero, pero a mitad de la ceremonia pidió permiso al marido para retirarse por una seria congestión estomacal.

El señor feudal dejó ir a la dama con la promesa de que volvería para finalizar el oficio, pero la mujer nunca regresó. Cuando fueron al castillo, tampoco la encontraron en el baño ni en la habitación. Con un mal presentimiento por los recurrentes ataques de llanto injustificado y pánico escénico que sufría la esposa en sociedad, Marroquín ordenó que una patrulla conformada por todos los siervos de su gleba se dirigiera con antorchas a buscar a la mujer por los alrededores de la finca y la ribera del río. La esposa desapareció desde entonces.

La hipótesis que se divulgó en la época decía que se había ahogado en el río y que su cuerpo no apareció, pese a que en ese tramo el río Bogotá discurre sin tiempo, un río de llanura, donde todos los desechos que arrastra van encallando por los meandros. La versión apócrifa que circuló es que el amante de la esposa estaba esperando en la penumbra que descendía, vestido de negro y en un caballo negro que alzaba un casco y lo dejaba caer en las piedras del Puente del Común.

Si es así, pienso, este abandono de hogar debería volverse leyenda. El hijo mayor de la pareja llegaría a presidente de Colombia: un poeta hacedor de palíndromos, autor de una novela curiosa sobre un caballo negro, y el presidente mercachifle que remataría el departamento de Panamá por veinticinco millones de dólares a los Estados Unidos.

El castillo se pobló de fantasmas que la servidumbre de Marroquín aseguraba presentir, y desde entonces el castillo ha pasado por cuatro dueños: Guillermo Villasmil, un narcotraficante satánico y pederasta, Camilo Zapata; y la Fiscalía de Colombia que lo entregó al Distrito de Bogotá para que lo alquile para eventos de música electrónica y black metal. Me gusta venir a este sitio e imaginar esa historia.

¿Cómo era esa mujer? ¿Cómo eran sus sueños? ¿Por qué decidió escapar durante una misa? ¿Cómo se sentía vivir el encierro medieval de su castillo de piedra? ¿Cómo planeó la fuga? ¿Cómo consiguió finalmente engañar a su marido piadoso y desconfiado para escabullirse? ¿Y lo consiguió de veras? ¿Logró salir de ese mundo asfixiante de la vida feudal y piadosa y encontrar a alguien que le llenara los ovarios de amor? ¿Y si no escapó? ¿Si en realidad se suicidó? ¿O si el patriarca Marroquín la mató durante una pelea doméstica y luego la emparedó en una caballeriza? ¿No es ahí donde oyen ruidos de ultratumba y ven la sombra de una mujer con capucha? ¿Y esa ninfa de piedra que está a la entrada? ¿Una estatua con túnica etérea que porta en sus dos manos la antorcha de la luz? ¿Ya estaba cuando vivían ahí los Marroquín? ¿Es una deidad que protege el castillo o una mujer que huye por la puerta principal y deja atrás las murallas que la encarcelan con una linterna?

Me gusta este sitio. Tiene varias capas del tiempo acumuladas. Aquí acaba la Carrera Séptima. Antes se le conoció como Carretera del Norte, y aun antes como El camino de la sal. Se dice que por aquí entró Bolívar triunfante con los llaneros que sobrevivieron desnudos a la batalla del Pantano de Vargas; llegó el conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada en 1500; vino Baraya a sitiar a Antonio Nariño y a Bogotá en los años aciagos de la primera independencia, o Patria Boba. Por esta ruta puede llegarse al centro del poder político en el centro de Bogotá, la Plaza de Bolívar. La Carrera Séptima es la calle de los desfiles, de los magnicidios, de los genocidios, de los atentados. Tal vez llegó la hora de hacer algo fuera de lo común: irme caminando por esa carretera hasta encontrar su final. Pero será otro día, porque ya oscurece. Voy a tomar el microbús para volver a casa y empezar una crónica de paseante inquieto.

 

FOTO

Jean-Baptiste Louis Gros, diplomático francés enviado a La Nueva Granada (Colombia), fue el encargado de tomar la primera fotografía de Colombia en 1842. La fotografía es una perspectiva de la actual Calle Octava tomada desde los predios de la Casa de Nariño hacia los cerros adyacentes a Guadalupe. Su tiempo de exposición fue de cuarenta y siete segundos. La foto se conserva en el Museo Francés de la Fotografía, pero la reprodujo la Revista Semana en su edición especial de julio 14 de 2008, edición 1367. Fue titulada Calle del Observatorio. En ella se ve una calle empedrada con acequia al centro para drenaje de aguas negras, las fachadas de casonas coloniales de dos pisos con ventanas y balcones internos, y las escarpadas faldas del cerro de Guadalupe de fondo. No hay personas reconocibles en la calle. Es un indicio de que fue tomada a una hora en que la ciudad estaba semiparalizada. Por la sombra que arroja la fachada del primer plano y la sombra que aún persiste en las cumbres del cerro que está al oriente, uno puede aventurar que fue tomada a eso de las siete u ocho de un día que parece, a priori, festivo y soleado en el reflejo empedrado de la reproducción.

Calle del Observatorio, Bogotá, Jean B. Louis Gros, 1842.

Calle del Observatorio,
Bogotá, Jean B. Louis Gros, 1842.

En una conferencia dictada por Sergio Becerra en el museo del Banco de la República, el entonces director de la Cinemateca Distrital interrogó así la primera fotografía de Colombia:

Tenemos un país de los océanos cuya capital está en el páramo, qué maravilla. 1846, primera fotografía en Colombia. Tomada por un diplomático francés, en alguna técnica cercana al daguerrotipo. Pero ese diplomático francés tuvo que tomar un buque desde Europa, y llegar muy seguramente a Cartagena o a Colón. En ese momento todavía Colón, Panamá, era territorio colombiano. Y tuvo muy seguramente que embarcarse en champán, o en un vapor por el río Magdalena. Hasta Honda. Lo cual debió haberle tomado mínimo tres semanas. Y luego tomar camino desde Honda a Bogotá, en mula, lo que le habrá tomado mínimo otras dos semanas. ¿Será que en ese mes larguito, no sacó su aparato, para tomar otra fotografía? ¿Tuvo que esperar hasta llegar a la Plaza de Bolívar para tomar la primera fotografía colombiana, habiendo estado en Cartagena, en todo el río Magdalena, en Honda, y en la cordillera hasta Bogotá? No lo sé. Es una duda que tengo (de que sea la primera fotografía tomada en Colombia). Es decir: yo soy diplomático, estoy llegando a un territorio que tengo que registrar, y no lo fotografío. Claro, la relación con la imagen, en el primer hombre, con la primera fotografía, hasta la que nosotros tenemos, no es la misma. Seguramente, ustedes desde su teléfono ya tomaron una fotografía de esa fotografía y la enviaron con un mensaje de texto a las redes sociales.

¿Lo ven? En relación a la técnica, en particular la foto de la fotografía, no es la misma según la época. Lo que quiero señalar con esto, es que es absolutamente sorprendente que la fotografía haya llegado a Colombia veinte años después de inventada. El cine llegó a Colombia un año después de su puesta en público en Francia. Esto da un nuevo cambio de perspectiva de la técnica. Los ensayos concluyentes de la fotografía más o menos llegaron el mismo año y más o menos por la misma época que la conspiración contra Bolívar. 1826, 27, 28. ¿Qué quiere decir eso? Que perfectamente pudiéramos tener una fotografía de Bolívar. Y, sin embargo, no la tenemos. Eso, creo que nos habla del nivel de aislamiento, de la situación de completo hermetismo, de la condición de atraso en que estábamos sumidos, y que seguimos estando, en este país con dos océanos y tres cordilleras: Colombia.

SUR

Esto es básicamente lo que hay hoy en la Carrera Séptima, a segmentos, desde su inicio en el barrio 20 de Julio hasta el Puente del Común, sobre La Caro, puente sobre el río Bogotá:

Calle 12 sur con Carrera Séptima: Billares Pereira, La gran delicia (cafetería), edificio-pasaje Alfonso (inquilinato), fotocopias, jardín infantil, antiguo convento San Agustín, Dian, Casa de Nariño, Ministerio de Cultura, oficinas y biblioteca del Senado, Catedral, Arquidiósesis, Plaza de Bolívar, Palacio de Justicia, Casa museo del 20 de Julio, baños públicos, “El septimazo” (frutería), “Calle Real” (boulevard), calzado Bucaramanga, chance Paga-todo, Foto-Japón, City-tv, Iglesia San Francisco (dos iglesias más: La Veracruz, La Tercera), Banco de la República.

Torre Avianca, Casa Lis (licores y ultramarinos), Librería Nacional, “Totto” (ropa y morrales), Banco de Bogotá, más bancos, churros, pandebonos, pollo frito, Iglesia Las Nieves, Librería Universidad Nacional “UNIBIBLOS”, Empresa de Teléfonos de Bogotá, Personería, “Choripan” (chorizos), Droguería Económica, Cinemateca, Mapa Teatro, Centro Terraza Louis Pasteur (semivacío).

Torre Colpatria, Iglesia, Casino Aladino, “Downtown” (teatro), “Sabrosito” (pollo frito), 4-72 (correos de Colombia), “Subway” (la “mejor franquicia” del mundo: sándwiches), Panóptico (Museo Nacional), Colegio Camilo Torres, Parque Nacional, Distrital y Javeriana (universidades), Hospital San Ignacio, “El punto G” (hamburguesería), “Facelook” (peluquería), “Karateboxeo” (gimnasio), Domino’s Pizza, DHL, “Envía” (servicios postales).

Calle 45 con Séptima: librería La valija de fuego, “Se arriendan habitaciones” (cartel), edificio Ana María, Edificio Sor, “Arriendo casa”, Pan-fino, Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas, “2do acto” (ropa), Piccadilly (lava-seco), Promúsica (instrumentos), Odontología Marlon Becerra, Paradero de bus.

Edificio San Jorge (droguería, pastelería, miscelánea, fotocopias), Meceq (acero inoxidable), Liceo Cervantes, Edificio Parque del Chicó, Parque del Chicó, Servicio Conciliar de Bogotá.

“Su ex es el enemigo que más odias” (mensaje de Spray, gaseosa), “Bazoom” (música, instrumentos), Cueros (venta de pieles), tiquetes aéreos, planes de turismo, peluquería, Hilton Calle 72, Karaoke, Revista Estilo (cartel), Mapfre, Banco Corpabanco, Wall Street Institute, Mercedes Benz, “Edificio para-renta” (anuncio), Lavaseco, El Nogal, La nuez dulce (pastelería), Club El Nogal, Seguros del Estado, Embajada del Perú, apartamentos.

Calle 93 A-58, bosque a la derecha, edificios a la izquierda (sentido sur-norte), puente vehicular, Ejército Nacional Cantón Norte, Cars Wash, casas fiscales (sólo para militares), Olímpica (supermercado de cadena), Edificios El Lago, bahía de parqueadero para carros y motos, Samsumg, ScotiaBank, Cine Colombia, Hacienda Santa Bárbara (Centro Comercial), edificio en construcción, Medicis (sic), CADE Usaquén (recaudo de servicios públicos), Fotojapón, McDonald’s, Kokoriko (hamburguesería), Aristas (venta de apartamentos), Pista de aprendizaje Touring & Automovil Club de Colombia, Se vende apartamentos nuevos (cartel), Gimnasio Femenino, Citröen, edificios, más edificios, Toyota (la Carrera Séptima remonta una pendiente y da un meandro), Arturo Calle (ropa y calzado), Palatino (Centro Comercial), condominio Patarroyo, condominio Cuzezar, condominio Sierra del Moral.

Carrera Séptima número 145-30. Colegio Pureza de María, Campania (residencial), “Bosque de pinos” (pero no es un bosque, sino un edificio), carros usados, edificio en construcción, Nissan, Texaco, Sian-filtros (para carros), Puente Peatonal, Preicfes (cartel), “Ingrese a la UNAL” (cartel), Torre Krystal (centro ventas, apartamento modelo), montañas escarpadas, canteras, paradero de bus, monta-llantas, Coratiendas (supermercado), Salón Tropical (venta de cerveza), La gran manzana (mercado), óptica, puente peatonal, Oilfilters, “Propiedad-privada-nopase”, barrio, Farmasalud de la 166.

Ladrillera Silical, parroquia San Juan Bosco, restaurante parqueadero Don Chucho, Gimnasio José Joaquín Casas, frutas “Surtifrutis”, edificios, “Cuidado: inicio de obra” (oficina, locales, compre sobre planos), Vivero, Colegio distrital Friedrich Naumann, PREUNAL (afiche), Asamblea de Dios (iglesia-garaje), “Que buén proyecto Davivienda” (valla), “Bienvenidos: apartamentos, alcobas” (motel), Suministraves de la 22, Portal de las 7 (Carrera Séptima 186-56), talleres, mercado, barrio El Codito (flecha), Ofertas (Saldos El Codito), demoliciones, cigarrería La Matucana, casas de un piso (en ladrillo).

Carrera Séptima con 192. Mundopiso, recicladora 192, Postes y Faroles Coloniales del Antejardín Forjado, Prefabricados Ganezblock, Colegio y Adiestramiento Canino El Bosque (sabana y montañas y bolsas de basura), finca, bosque, subestación eléctrica, Cabañas Cantarranas, semillero, El Rancho Argentino (carnes a la parrilla), “Teléfono a 50 mts” (anuncio), tienda María C (“cerveza, carbón, artículos varios, merecida atención”), “Peligro: entrada y salida de volquetas”, estatua de la Virgen, Colegio Rosario Campestre, “Este lote no se vende, no se arrienda, no se permuta ¡no se deje engañar!”, estacionamiento de buses escolares, vacas en la vía, hacienda Las Pilas, Club Campestre Bavaria, “Bodas y Eventos Absolut campestre”, veterinaria y club canino, Se vende lotes, Colegio Miguel Antonio Caro, Finca Novita, Centro de Conducta Canina, rancho Garibaldi (eventos).

“Damos rumbo a Bogotá, Bienvenidos, Horario de restricción vehicular-vehículos particulares: domingos y festivos un solo sentido, norte-sur, de 4:00 p.m. a 7 p.m.”, Devinorte inicio, Compañía de trabajos urbanos km7, peaje Fuscal, Nueva Duster, Las Tablitas, puente vehicular, Estación del tren de la Sabana, Universidad Católica de Colombia, Colegio Jorbalán, Castillo de Maroquín, Puente del Común, “CHÍA, ZIPAQUIRÁ, TUNJA” (valla), un carro orillado donde venden dulces: breva y papayuela.

Los límites de la Séptima dan la dimensión de la expansión de la ciudad. Hace cien años había chircales en Barro Colorado (actual Universidad Javeriana); estancos de licor barato a orilla del camino (Panóptico de San Diego, actual Centro Internacional); castillo Chapinero, camino de Suba, actual Unicentro; una carretera de tierra conocida como Carretera Central del Norte, y potreros de haciendas (Santabárbara, El Lago, Usaquén). La Carrera Séptima, Carretera del Norte, Camino de la sal, enlazó los extramuros de la provinciana capital de comienzos del siglo XX: 20 de Julio, San Diego, Chapinero, Usaquén, La Caro. La actual es una ciudad segregada: una ciudad al norte y otra al sur. Una para mostrar, y otra, en el inabarcable sur, para esconder. La que yo he recorrido es la línea que empieza de la Plaza de Bolívar, hacia el norte. El sur, para muchos, es la gran incógnita.

SEPTIMAZO

Todavía ahora, cuando voy a caminar por la Séptima, tengo la esperanza de encontrar algo nuevo. Algo que no haya visto nunca. Una librería nueva como La valija de fuego. Un almacén chino, como el del sótano del Terraza Pasteur. Una película coreana en la cinemateca, o una colombiana pirateada en un ventorrillo callejero. Una mujer desquiciada y borracha que vomite en las galerías del Centro Internacional y cuya silueta me pueda servir para imaginar un cuento que empiece rosa y acabe policiaco. Una revista descontinuada hace años con un artículo de Hugo Hiriart, con una crítica de R. H. Moreno Durán, con un poema de Raúl Gómez Jattin, con un cuento de Roberto Bolaño, con un estudio de Jacques Gilard, con una entrevista a Marguerite Duras. Todavía creo que la ciudad guarda algo sólo para mí. Creo que la ciudad está en la mirada. ¿Qué miras cuando caminas? Si vas por el aire, la ciudad es geometría. Si vas por debajo, la ciudad son ciudades sepultadas. Si caminas mirando la cresta de los edificios, la ciudad es tiempo acumulado. Si caminas mirando las paredes, la ciudad es mensaje. Si caminas mirando lo que hay tirado en los andenes, la ciudad es dolor. Si caminas mirando a la gente, te conviertes en un extra del cine. Mi dama, por ejemplo, nunca mira ropa de las vitrinas, porque de algo se enamora y dice que comprar sin necesidad le produce arrebatos de ansiedad. Ella mira fachadas de edificios, composiciones de calles, gente extraña, decoraciones de cafeterías y restaurantes. Pero de reojo, mira ligueros, helados, artesanías, chalinas, carteras.

Yo miro fritos, letreros, empanadas, talismanes, aglomeraciones de gente en los videojuegos, saltimbanquis, culebreros, peleas, mendigos, rostros, piernas, payasos vergonzosos que sólo son capaces de un humor violento y sexual.

Ella mira todos los espejos y me guiña el ojo y me manda besos. Yo busco libros en el suelo, películas piratas, fachadas de cines porno. Cada vez hay más gente caminando en la Séptima, vendiendo cosas en los andenes: ropa para perros, gatos, patos, conejos, afiches, códigos penales, lentes de sol, sombrillas, baterías, juguetes con luces, ropa china, dulces, helados, cigarrillos, tarjetas con direcciones donde se oferta prostitución, música de los años setenta, de tal manera que da la impresión de que la única tradición bogotana que persiste en el tiempo es el Mercado de Pulgas.

Las paredes están recargadas de publicidad: conciertos en las afueras, la última obra del Teatro La Candelaria, políticos en campaña. Grafitis que conmemoran a los muertos olvidados del genocidio de la Unión Patriótica. Afiches con la foto de gente desaparecida hace dos meses y hace diez años. Gritos, trompetas, insultos, rumores violentos: las manifestaciones de toda forma de protesta social. Hoy, por la reapertura de un hospital; mañana, por un desalojo de bancos; pasado, por una promesa incumplida del gobierno a los trabajadores de la rama judicial; ayer, por la llegada de George Bush; antier, por la anarquía total o por los derechos de la comunidad LGTBI. Hoy por esto, mañana por aquello, pero siempre habrá una protesta social desfilando en la Séptima. Los carros se detienen en los semáforos y una procesión de transeúntes aprovechamos para cruzar, mezclados entre la protesta.

Estamos juntos, pero estamos solos. El azar también baraja a las personas. El destino nos lleva por otros caminos. Nosotros vamos a la Biblioteca Luis Ángel Arango. Luego al Café San Moritz lleno de viejos y oloroso a meados. Más tarde a la librería El Árbol de tinta donde tantos medios milagros nos esperan: primer volumen de La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar, y el cuarto volumen de las obras completas de Borges. Entramos a una galería en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Buscamos una cerveza urgente. Aferro la mano de mi dama y entramos en una taberna. Sacamos las revistas y las películas que hemos comprado para llevar a Chía. Ella parece satisfecha con los poemas de Meira Del Mar. Miro sus manos cuando abren el libro. Parece que tiembla. Miro su pelo. Sus labios que murmuran un poema. Sus ojos intensos. Su sonrisa: ¿qué la habrá hecho sonreír así?

Quiero volver a la que un día

llamamos todos nuestra casa.

subir las viejas escaleras,

abrir las puertas, las ventanas.

 

Quiero quedarme un rato, un rato

oyendo aquella misma lluvia

que nunca supe a ciencia cierta

si era de agua o era música.

 

Quiero salir a los balcones

Donde una niña se asomaba.

Salimos. Caminamos. Cae el sol tras el Edificio Colseguros. Una parte de la gente vuelve a sus casas y otra sale a devorar la noche bogotana o a ser devorada por ella. Una luz amarilla se proyecta hacia los cerros y los vuelve tibios. Ahora soy menos joven que cuando llegué y todo me agredía y me deslumbraba. Dejé de ir al cineclub de la Universidad Central frente al teatro Faenza cuando descubrí que con el valor de una entrada podría comprar tres películas piratas en la calle. Cerraron el almacén chino del sótano del Terraza Pasteur con sus dioses milagrosos y sus peines de sándalo. Quitaron el mercado de pulgas de los recicladores en el Parque Tercer Milenio, antiguo Barrio Cartucho. No me gusta ya comer perros calientes con salchichas infladas con harina. Por las noches cierran el tráfico y vuelven peatonal un tramo del centro. Entonces los vendedores ambulantes toman el pavimento y sacan a vender las cosas más extrañas del mundo. Ahí he conseguido unas muñecas de porcelana italiana a las que les debo una temporada de buena suerte. Ahí conseguí una edición de El desierto prodigioso y prodigio del desierto, uno de los libros más extraños que se han escrito en Colombia. Ahí compré una vez un cachorro de perro, para regalárselo a una novia. Ahí he sido lo que siempre quise ser: un escritor anónimo, perdido en una gran ciudad.

Estatua Carlos Lleras Restrepo, Avenida Jiménez entre Carrera Séptima y Octava.

Estatua Carlos Lleras Restrepo, Avenida Jiménez entre Carrera Séptima y Octava.

 

VAGABUNDEAR

Voy por este camino. Año 1900. A mi alrededor sólo casas de finca y burros y vacas y perros. Voy por este camino. Año 1800. A mi alrededor surcos de maíz que buscan el infinito y una casa de adobes, del mismo color de la tierra, y burros y vacas y perros. Voy por este camino. Año 1970. A mi alrededor sólo frentes de casas de chircal y verjas y perros. Voy por este camino. Año 1500. A mi alrededor zarzas con flores carnosas y arbustos de hojas peludas y fango y cantos de pájaro. Voy por este camino. Año 1100. A mi alrededor sólo un lago y una flecha de aves canoras que surcan el cielo. Voy por este camino. Año 2114. A mi alrededor una montaña de detritus y una costra de humo negro. Voy por este camino. Año 1700. A mi alrededor un camino de tierra bordeado de las flores de lavanda de un cultivo de papas y una bocanada de viento. Voy por este camino. Año 2500. A mi alrededor un campo de repollos y naves de la guerra de las galaxias. Voy por este camino. Año 2012. A mi alrededor sólo porterías de edificios y murallas de hormigón y una calle larga atestada de carros a toda prisa y niños que salen del colegio, y perros. Sólo la luz de los pueblos viejos es la misma luz desde hace doscientos mil años. El resto es cambio. Una ciudad dura más que los hombres que nacen o vienen a ella con la secreta pretensión de transformarla. La ciudad no se deja borrar. Es un ente superior, un animal de sangre negra en que nos alojamos como parásitos. Bogotá existía antes de los españoles. Y existirá después de los colombianos.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Stanislaus Bhor (Colombia, 1981) es crítico, escritor y bloguero. Su más reciente libro es Viaje al interior de una gota de sangre (Universidad Veracruzana, 2014), perteneciente a su Pentalogia de Colombia.

Entre una y otra cosa —el acceso ilimitado a la información, por ejemplo—, medio mundo parece estar convencido de ser inteligente. Y esta creencia, tan sólo en apariencia firme, amerita ser sacudida desde sus cimientos de vez en vez. Principalmente por falsa: se necesita un ligero reacomodo de los elementos que conforman nuestra realidad para sentirnos extraviados, fuera de lugar, incapaces de entender el mundo.

Nathan Fielder acomete esa misión de manera frontal. Fielder, compañero de escuela de Seth Rogen —ese otro miembro destacado de la escuela de comedia de improvisación de Judd Apatow—, practica un humor que supera en capacidad corrosiva al de varios contemporáneos suyos, y Nathan For You (Comedy Central) es la vía para irrigar su ácida comedia en puntos inesperados de la sociedad occidental. ¿El plan para lograrlo? Ofrecer asesoría mercadotécnica a pequeños negocios mientras implacables cámaras documentan los resultados. El programa, presentado como un reality show que documenta cómo Nathan Fielder—“graduated from one of Canada’s top business schools with really good grades”— ayuda a esos negocios a salir del bache, es pura y descarada parodia. Ya la introducción tiene un par de chistes que abonan el terreno de las soluciones mercantiles del protagonista. Este es uno de ellos:

 

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Mediante la ejecución de ideas abiertamente estúpidas, o al menos improbables (un Santa Claus que ofrece fotos en verano, una tienda de ropa que sólo deja robar a los clientes atractivos), Nathan Fielder ridiculiza al mercado, a la sociedad y, en un sentido más abstracto, a la propia humanidad. El gran golpe de suerte le llegó con el episodio “Dumb Starbucks”, que fue noticia internacional a principios de año. Dumb Starbucks era el intento de insuflar nueva vida a un café independiente cuyas finanzas iban por los suelos. Bajo el cobijo de una ley que —afirmaba Fielder— permitía usar el nombre de cualquier gran empresa siempre y cuando fuera con fines de parodia, nació Dumb Starbucks, que ganó atención de la prensa porque, bueno, todo era idéntico a un Starbucks, nomás que con el “Dumb” por delante. Los noticiarios lo reseñaron, los periódicos sacaron notas al respecto. Gente se cuestionó la autoría del proyecto —alguien incluso se la atribuyó a Banksy, de quien no habría sido raro pensarlo: basta recordar Exit Through the Giftshop—; hubo una conferencia de prensa que, con todo y risas, logró tomarle el proverbial pelo a todos los presentes. Este era el FAQ que se leía en Dumb Starbucks:

Vía The Hollywood Reporter

Vía The Hollywood Reporter

 

No dejen de verlo.

* * *

El estilo de Fielder, quien además dirige y escribe el programa, bebe directamente del falso documental de improvisación de películas, como la ya mencionada Exit Through the Giftshop de Banksy, I’m Not There de Casey Affleck y, notoriamente, de los personajes de Sacha Baron Cohen en dos de las cintas que ha dirigido Larry Charles: Borat y Brüno.

La diferencia entre estas cintas y Nathan For You —y su triunfo, quizá, su ganancia frente a lo ya establecido en el falso documental— estriba en que, mientras aquellas encuentran la materia de su parodia lejos de lo ordinario —Banksy en el mundo del arte, Casey Affleck en el del hip-hop y Cohen y Charles en el tópico del extranjero excéntrico que viaja a Estados Unidos—, Nathan Fielder lo encuentra en algo tan cotidiano como la gasolinería de la esquina o la tienda de helados del centro. Su minucioso acercamiento a la cotidianeidad, la virtud de sostenerle la mirada al diario acontecer hasta encontrar una debilidad, es, a partes iguales, aterrador e hilarante: viva prueba de que, aunque se oculte a la vista, la imbecilidad alcanza los cimientos mismos de eso que llamamos “civilización”.


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.
Down Where the Spirit Meets the Bone

A veces no basta con que una cantante tenga una voz excelente; en ocasiones no es suficiente que aquella posea una técnica solvente ―lo que se gana con lecciones―, uno, como espectador, lo que desea es encontrar sobre un escenario a una mujer que interprete sus canciones como si le fuera la vida en ello, que sobre la tarima consiga cantar con absoluta verdad en ese preciso instante. Una de esas damas excepcionales es Lucinda Williams, alguien a quien le sobra experiencia acerca de la vida y el dolor.

En el momento en que ella toca ocurre un instante irrepetible de arte. Lo mismo ocurre en sus discos y por ello conmueve, por eso goza de ese halo de culto que sólo despiertan las personalidades inigualables y los artistas de excepción; Lucinda es ambas cosas.

Nacida en Lake Charles, Luisiana, en 1953, creció en una familia cercana al arte ―su padre es poeta― y arrancó su carrera en 1979, con Ramblin, un álbum de versiones de blues y country con el que no pasó gran cosa, al igual que Happy Woman Blues, primero de material inédito. Tuvo que moverse a Los Ángeles para tomar distancia y foguearse. Luego se trasladó a Nashville, Tennessee, y hasta 1988 editaría algo más: Lucinda Williams, que fue un punto de inflexión en su carrera. “Changed the Locks”, que narra una ruptura amorosa, le trajo el primer éxito y a la postre Tom Petty grabaría su propia versión. No pasó desapercibida la manera en que concebía las canciones de desamor. Mary Chapin Carpenter tomó, en 1992, “Passionate Kisses” y no sólo le fue muy bien en ventas, sino que Williams obtuvo el Grammy a la mejor canción de country en 1994.

Mientras tanto el disco Sweet Old World (1992) estaba poblado de referencias al suicidio y la muerte. Nunca tuvo una personalidad sencilla ya que su vida privada era turbulenta. En el estudio, trabajaba muy despacio, pero al menos le iba bien cediendo temas para otros. Tuvieron que pasar otros 6 años para que completara otro Lp: Car Wheels on a Gravel Road, obra que congració a la crítica con el departamento de ventas. Lucinda obtuvo un reconocimiento unánime e incluso el Grammy al mejor disco de folk contemporáneo. Una de la piezas, “Still I Long for Your Kiss”, apareció en la película El hombre que susurraba a los caballos, dirigida por Robert Redford. En este momento realizó una gira compartida con la leyenda Bob Dylan ―encuentro de dos artistas irrepetibles.

La buena racha se prolongó hasta Essence (2001). El cual marcó su encuentro definitivo con el público rockero ―ya que suele bordear distintos géneros―. Algo que en buena medida se debe a “Get Right With God”, en la que el órgano Hammond es tocado por Ryan Adams, figura del country alternativo. Al año siguiente obtuvo su tercer Grammy, por la mejor interpretación femenina de rock.

No es un dato menor que en alguno de sus famosos recuentos la revista Time la haya cataloga como la mejor compositora de los Estados Unidos. Fieta Jarque en un texto titulado Un trago de buena suerte dice con contundencia: “Ha bebido el fondo amargo de muchas copas. Por eso sus canciones huelen a madrugada, a malos tragos en el amor, a soledad y a palabras que se han diluido en ecos. Lucinda William arrastra una carrera de más de treinta años por garitos de todo tipo, pero también conoce las esquinas amables y peligrosas del éxito… Con una voz a veces cristalina y otras sombría, unas letras en el filo de la poesía, y cierto eclecticismo que la lleva del folk al blues, o del country al rock”.

A partir del 2003 publicaría un disco de manera bienal: World Without Tears (2003), seguida por el disco Live @ The Fillmore (2005) y cierra con West, dedicado al fallecimiento de su madre (2007). Apenas un año después presenta Little Honey ―que curiosamente tiene un tono más optimista (por su relación con el productor Tom Overby)―; acerca de aquel disco recuerda: “en general las canciones eran más pop-rock. También hay temas sobre otras personas, como “Little Rock Star” (dedicada a figuras como Pete Doherty y Amy Winehouse)”. No  es menos importante que Elvis Costello hace a dueto “Jailhouse Tears”.

Antes de su más reciente producción, lanza Blessed (2011), en el que retoma su intensidad, fiereza y sensualidad características. Transita con tanta facilidad entre estilos y géneros que es difícil de clasificar; para tratar de solucionar esto, ella se describe como: “una especie de Bob Dylan-Neil Young-Tom Petty femenina. Es que en realidad no hay muchas mujeres haciendo este tipo de música”. Otros tantos coinciden en que sus canciones concentran: “Dolor, sudor, sangre y tinieblas con un aire caliente y turbio que recorre tus huesos”.

Con gran experiencia y sensibilidad acumuladas encontramos Down Where The Spirit Meets The Bone, en el que no tiene tiempo de andarse por las ramas; “Compassion” es un tema dedicado a su padre, Miller Williams, que a sus 84 años sufre de Alzheimer, una figura que leyera sus composiciones poéticas al presidente Clinton, tras su reelección en 1997, además de enseñar escritura creativa; fue él quien le dio lecciones básicas sobre su oficio: “Aprendí muy joven la diferencia entre canción y poesía. Recuerdo que mi padre solía trasnochar en casa discutiendo con algunos de sus alumnos sobre si Bob Dylan era un escritor de canciones o un poeta. Él solía insistir mucho en que había una diferencia. Y la hay. Canción y poesía son animales muy distintos. Algunos compositores pueden escribir poemas, pero son cosas muy diferentes”.

Algunos críticos en los años setenta repetían la consigna: “si no eras capaz de sacar un álbum doble de estudio en algún punto de tu carrera, nunca estarás a la altura de los más grandes”, por ello Lucinda es una mujer de retos enormes. Y he aquí una entrega de 20 canciones que, efectivamente, en Cd es doble, pero cuya verdadera naturaleza es el vinilo y en formato de 3 discos ―todo un homenaje al universo vintage y la vieja escuela.

Para su concepción contó con un desfile de grandes invitados ilustres: Bill Frisell, Tony Joe White, Ian McLagan (teclista de los Faces), los miembros de la banda de Elvis Costello, Pete Thomas (batería) y Davey Faragaher (bajo) y dos de los componentes de The Wallflowers: Stuart Mathis (guitarra) y Jakob Dylan (que hace coros en “It’s Gonna Rain”).

Lucinda podemos encontrar canciones como “Protection”, “Burning bridges” –de lo mejor de su carrera- y “East side of town” que son preciosas. Ahora, apuesta por echar a andar su propio sello discográfico, Highway 20 Records.

Y hay detalles brillantes de principio a fin; de hecho cierra con una versión de casi 10 minutos de “Magnolia”, un original de J.J. Cale, quien es una fuerte inspiración para ella. Ahí están también “West Memphis” que retoma el caso de tres adolescentes mal juzgados y condenados a 18 años de cárcel; “Stand Right By Each Other” con ese acento más roots, más Nashville; y “Everything But The Truth”, con esas guitarras sinuosas, un viejo órgano y referencias soul. En éstas ―como en las anteriores―  Williams declara verdades una tras otra.

La artista, ahora más que nunca, se encuentra en estado de gracia; si es que se propuso lograr su propio Blonde on Blonde de Dylan, su beatlesco Disco Blanco o su Exile on Main Street de los Stones, pues lo ha conseguido con tremenda solvencia e inspiración. Down Where the Spirit Meets the Bone es una obra mayor; el grandioso resumen ―con energía renovada― de toda una vida engrandeciendo la música.

 

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Pasatono, fotografía tomada de su sitio oficial en internet.

“Pasatono era nuestro paliativo emocional para aguantar la ciudad que veíamos como un monstruo”, dice Rubén Luengas en una entrevista refiriéndose al inicio de esta agrupación en el Distrito Federal. La música suele ser un refugio para momentos de aflicción y puede incluso sumergirnos en estados de ensoñación donde el cuerpo se vuelve un instrumento más, una vibración del entorno. Lo sublime, le llamaron a esa capacidad del arte por abrirnos a experiencias de comunión en un mundo fragmentado e inconcluso. Pasatono sabe de esto, y más aún, ha palpado la importancia que tiene la música en la historia.

La chilena se toca sobre todo en la costa chica de Oaxaca y Guerrero, pero también cuenta con una larga tradición en la región mixteca, páramo de nubes y pastizales ocres. Su nombre remite a los migrantes chilenos que pasaron por algunos puertos del pacífico en su camino a California a mediados del siglo XIX. A este oleaje migratorio le llamaron la fiebre del oro, un espejismo que bajo otros términos sigue seduciendo a distintas regiones del país. Esta música mixteca, compuesta de elementos indígenas y mestizos, forma parte del Yaa sii o ‘música alegre’, y acompaña sus celebraciones e incluso sus sepelios.

Pasotono es una orquesta que durante 15 años ha recuperado esta y otros tipos de música tradicional de la mixteca oaxaqueña, lugar de origen de dos de sus fundadores: Rubén Luengas y Patricia García, quienes conocieron a Edgar Serralde en la ciudad de México mientras estudiaban en la Escuela Nacional de Música de la UNAM. Pasotono es igualmente el nombre que los viejos músicos de estos lugares le daban al brazo del violín, lo cual describe esa labor de recuperación que sus ocho actuales integrantes realizan y el cariño que sienten por sus raíces profundas, por aquello que la música significa más allá de entretener por un instante y apaciguar el alma.

El pasado 18 de octubre se presentaron como la Orquesta mexicana en el Centro Cultural San Pablo, en esta ciudad, con la obra Cantos de México, homenaje a la orquesta homónima formada por Carlos Chávez en 1933, y para la cual utilizaron 18 instrumentos indígenas y mestizos: flauta de carrizo, chirimía, clarinete, trompeta, violines, vihuelas, guitarrón, arpa, marimba, teponaxtles, tambor indio, tambor tenor, huéhuetl, sonaja, raspador, pezuñas de venado y gong. Cantos de México también se presentó en la más reciente edición del Festival Internacional Cervantino, con las piezas Lejos de Cosoltepec (Cortázar); El venado (Sandi); Jarabe Ka’u (Luengas); Chapultepec y Cantos de México (Chávez); y Danza de un poeta y el viento (Chapela).

Los miembros de Pasatono también realizan labores de etnomusicología, investigan los orígenes y transformaciones de la música de sus pueblos en un intento por mantener vivas esas tradiciones centenarias. La creación no está así exenta de contexto, como sucede con la música pop. El contexto estructura finalmente una obra de arte y le otorga su valor social y hasta político. Rubén Luengas aprendió a tocar y fabricar el bajoquinto, un instrumento que llegó a México en el siglo XVII y que actualmente ha desaparecido.

Su último disco, Maroma (2014), va en este mismo sentido que valora la identidad de los pueblos y reconoce su multiculturalidad. La maroma es un espectáculo emparentado con las artes circenses sólo que se realiza al aire libre y durante la noche, generalmente va acompañado de música y de actos acrobáticos. Los maromeros han desaparecido casi por completo en la región mixteca, Pasatono ha colaborado con algunos de ellos en piezas que narran sus historias. En Obertura maromera aborda el difícil y casi extinto oficio de hacer reír a la gente por medio de acrobacias e ingenios antagónicos.

Algunas canciones de Maroma forman parte del acervo cultural de la mixteca, otras son de la autoría de Luengas. Con música de este disco, Eugenia León recorre junto a Pasatono esta región como parte del programa Tocando tierra, del Canal 22. Aquí una muestra de este trabajo conjunto donde se aprecia el sincretismo de dicha música.

Aquí la página oficial de Pasatono.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.