La Fórmula 1 insiste, cada vez más, en borrar la frontera entre lo deportivo y el espectáculo, modificando los roles que juegan sus consumidores y espectadores. En este ensayo, Edgar Yepez recorre el discurso subyacente de este impracticable deporte que, a últimas fechas, se antoja accesible y de fácil consumo.
En una entrevista acerca de su último libro, Pyongyang (Random House, 2017), Hernán Vanoli observa que durante todo el siglo XIX y gran parte del XX la utopía se refractó siempre a través del prisma de la política y las instituciones pero muy poco desde el del consumo. Y que lo sugerente, en estas casi dos décadas que van del XXI, es la capacidad ficcionalizadora que tienen las marcas, así como su consecuente capacidad para convertirse en usinas de sentido con un poder muchas veces mayor al del Estado o un partido político.
Más aún, cuando no son ya los tiempos en que a través de mejoras o nuevas funciones añadidas a un producto una marca genera atención sobre sí misma. Ahora, lo que genera presencia de marca y apunta hacia la anhelada capitalización es el discurso añadido a los productos o servicios, discursos capaces de resonar en la mente de los consumidores. Vanoli diría que de lo que se trata es de la capacidad de una marca para construir relatos o ficciones que apelan a nuestros deseos o, más bien, nos los diseñan. El siempre entusiasta creativo de publicidad diría que se trata de storytelling para que la marca pueda vender(se).
Desde esta perspectiva, quizá no haya glosa más interesante sobre la Fórmula 1 que la que toca la forma en que ésta actualiza y comunica sus mitos fundantes, su compleja estructura burocrática tan característica del poscapitalismo, el rol que juegan sus consumidores y, sobre todo, al menos desde el zarismo de Bernie Ecclestone, cómo insiste en borrar la frontera entre lo deportivo y el espectáculo. Es decir, cómo comercializa sus bienes: pilotos, circuitos, escuderías, la competencia deportiva y su historia. En una época no tan lejana lo hacía, exclusivamente, a través de la televisión. En la corriente, mediante un contenido tan ilustrativo como digerible en sus redes sociales, sitio web, app y TV de paga.
Ilustración de Joan X. Vázquez (Xalapa, 1985)
La Fórmula 1 pertenece a esa serie de deportes impracticables, como el waterpolo o el curling, cuya ejecución demanda mucho más que una alberca, un corredor de hielo o cuatro piedras y un Frutsi. Es imposible experimentarlo desde la cancha, se vive sólo a través de la mediación cosificadora de la grada o de un videojuego. Y aun así, durante un Gran Premio, como el caso del de México (el mejor del Mundial por dos años consecutivos según la misma F1), el espectáculo de la F1 convoca hasta 135 mil aficionados en un fin de semana, 400 millones de televidentes anuales entre marzo y noviembre.
La pregunta sobre esa capacidad de arrastre no pasa únicamente por el mito fundante de la Fórmula 1. Es decir, la concepción de sí misma como un espacio donde la integración de la velocidad tecnológica y la voluntad vital del cuerpo se realiza, le dice Sir Jackie Stewart a Roman Polanski, como un matrimonio sin fisuras. Ficcionalizar la dinámica en que la voluntad vital de un piloto conduce ese non plus ultra de la ingeniería, que es un Fórmula 1, viene a hacer las funciones del discurso agregado al producto (a cada uno de los grandes premios de la temporada) que resuena en la mente del consumidor de carreras.
Ilustración de Joan X. Vázquez (Xalapa, 1985)
El éxito de ese matrimonio revela también una ironía que a los neoconservadores aficionados de la F1, a veces, nos gusta pasar por alto. Por un lado, nos fascina ver y teorizar la voluntad vital de los pilotos, unos metódicos (los Lauda, los Prost, los Rosberg) otros mercuriales (los Hunt, los Senna, los Hamilton), pero todos médiums a bordo de la máquina en la alquimia sin pausa de convertir su elusivo talento en velocidad. Y, por el otro, el rechazo atávico a las reformas de la Federación Internacional del Automóvil (FIA) que, a nuestros ojos, contaminan la pureza de la Fórmula 1, la cual en el pasado, siempre en el pasado, fue mejor. Por ejemplo, a los avances tecnológicos que han hecho a los híbridos Fórmula 1 de hoy, más verdes y eficientes que un auto eléctrico promedio, pero que al lograrlo han reducido el estruendo heráldico de los motores y entonces la F1 ya no es lo que era antes. Otro ejemplo, las medidas de seguridad como el Halo se desacreditan por atentar contra la idealizada imagen del piloto en riesgo, montado en los lavaderos de la curva, en contravolante, ya en la plenitud del límite, buscando un par de décimas de segundo sobre la pista.
Deportivamente, la Fórmula 1 del siglo XXI ha estado marcada por períodos de dominación absoluta por alguna escudería cuyo ingeniero en jefe ha logrado encontrar un vacío legal en la reglamentación para producir un auto invulnerable. Ross Brawn y Ferrari, Adrian Newey y Red Bull, ahora Mercedes-Benz con Aldo Costa, Geoff Willis y Paddy Lowe. Aunque fue hermoso ser todos testigos de esas fases de perfección ingenieril-deportiva, en manos de Michael Schumacher, Sebastian Vettel y Lewis Hamilton, para el espectáculo, el negocio, no lo fue tanto.
Ilustración de Joan X. Vázquez (Xalapa, 1985)
Desde 2008, la Fórmula 1 ha perdido más de un tercio de su audiencia, 200 millones de fanáticos aproximadamente. En contexto, Bernie Ecclestone transformó este cuasi deporte de semiatletas en circuitos de provincias europeas en el mega espectáculo globalizado en que marcas y gobiernos están dispuestos a invertir sumas demenciales de dinero. El mercado se abrió a Asia, desapareció el dinero de las tabacaleras pero llegaron nuevos patrocinadores, se inventaron carreras nocturnas y en Medio Oriente. Bernie creía que ni la juventud ni la distribución de su contenido por canales gratuitos (TV e internet) beneficiarían el negocio. Bernie tiene 87 años y en 2014 dejó de ser el dueño y administrador de la Fórmula 1. Su zarismo fue reemplazado por el organigrama de Liberty Media. La Fórmula 1 ahora tiene un director que ve lo comercial, Chase Carey, y otro que ve lo deportivo, Ross Brawn.
Si la división resulta rentable, en lo deportivo y comercial, está por verse. Pero al menos la nueva dirección sacó a la F1 del cementerio de la TV, para llevarla al edén de las marcas, las redes sociales. A diferencia de la época de Bernie, la F1 ahora interactúa con sus consumidores y usa su lenguaje, es accesible y de fácil consumo.
Si deportivamente vuelven las glorias de otros tiempos, está por verse; lo que importa es que son otros tiempos y, siguiendo a Vanoli, lo interesante hoy es la seducción suave de su discurso de tres, cuatro minutos en internet, para después pasar a otra cosa.
En esta serie, el artista oaxaqueño Marco Velasco desarrolla piezas de dibujo, gráfica y pintura para hablar sobre la condición humana. Mediante el uso de las cualidades expresivas de la técnica y de lo sugerente que puede ser la figura del hombre y la mujer, Velasco representa en la serie Condición, sentencia (2017) dilemas que acontecen actualmente en la sociedad mexicana; problemáticas como la segregación social, el abuso a las minorías, el control de masas por parte de los medios de comunicación, la violencia y la pobreza, la alienación del individuo y el abuso de poder. Con formas simbólicas y escenas en movimiento, Velasco capta la atención del que mira y busca que el espectador se identifique dentro de las imágenes al hacer referencia a experiencias, vivencias, dolores y aciertos propios y ajenos propiciando que surja una reflexión en torno a la condición humana.
UNA VEZ me contaste que había un pelícano debajo de una palmera moribundo.
Pasaron unos días y el animal seguía vivo, tenía la boca llena de gusanos y en un acto de conmiseración trataste de romperle el cuello. pero la fisonomía de los pelícanos no permite que se les pueda romper el cuello. Luego trataste de ahogarlo en la playa, pero, los pelícanos, como sabía Arquímedes, son un objeto que si se encuentra parcial o totalmente sumergido, experimentando una fuerza ascendente igual al peso del fluido desalojado, flotan.
¿Cómo se mata entonces a un pelícano que no es un pelícano sino más bien un barco vacío por dentro?
Bidxiga’ i’cu’ ndaani’ ti guisu da’ guendarusiaanda’, bidii bixidu’ ruaa mani’ qui racabia’ galaa guidxilayú, guládxi bi’cu’ yaase’ cayuuna’ ruaa li’dxu’, güe’ gadxe gubidxa jnisa naxhi ca nguiiu nadxibalú, guzi’ ti mistu’ qui gapa laya ne bisiidi’ laa guini’ lá nguiiu ni zé’. Qui chiguseendu’ diidxa’ ra nuube, guluu ti bandá’ biaani’ xtibe lade ñeeu’ ne bixooñe’, de ra guxhiá nisaluna lú be. Casi guiaba gueela’ bitiee ti bido’ ne ca ndaga ñeeu de ra chindou’ ra zuhuaa gueesa cabéza lii, ne gucu ti lari naxiñá’ rini, zándaca qui zabigueta’ nebe lii, xisi la? guendaguti zedandá ne zacaxeexhe’ lu xieeládilu’.
Ritual para un amor desmedido
Mete la cabeza en una olla llena de olvido, besa al pájaro que desconoce la otra mitad del universo, ahuyenta al perro negro que llora en la puerta de tu casa, bebe por siete días el vino de los hombres valientes, cómprate un gato de boca torpe y enséñale a rezar el nombre de tu amado. No se te ocurra mandarle cartas, guarda entre piernas su última fotografía y corre, hasta que el sudor borre su rostro. Una vez que llegue la noche camina en forma de cruz hasta llegar al pie del sauce que aguarda en el patio, y ponte un calzón rojo, esto no hará que vuelva a tu lado, pero al menos, la muerte te sorprenderá dispuesta y sexy.
Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)
En un mundo en el que la tecnología parece indisociable de las personas y su toma de decisiones, este cuento juega con los cálculos y recálculos de un sistema complejo de algoritmos que trata de elucidar todos los futuros potenciales de una posible pareja en ciernes, detonados apenas por una primera cita.
LifeCoaching encendido. Elige el tipo de análisis.
Análisis interpersonal, futuro comprehensivo. Iniciando. Variable dependiente: tiempo. Calculando parámetros principales. Elección predeterminada de voz: Gary 2.0. Comandos personalizados: presiona una vez en caso afirmativo y dos en caso negativo. Aviso: el programa accederá a tu posición espacio-temporal actual, a tus parámetros biológicos y a los antecedentes de comportamiento pertinentes. La información se utilizará para el análisis, pero no se compartirá a través de ninguna red. Le recordamos que dicho análisis sólo es una proyección a futuro; LifeCoaching no se hace responsable por los resultados ni las acciones subsecuentes. Presione CONTINUAR si está de acuerdo.
Parámetros actuales. Baño. Quinto piso, departamento B. Soria 42, esquina con Bolívar, Benito Juárez. Ciudad de México, 03400. 10:30 pm. Hogar de Álex Carreón. Alimentos en las últimas tres horas: una copa de vino en casa, dos copas más en el restaurante, una entrada de falafel compartida, un plato de cuscús y pastel de chocolate, especialidad del chef (5 de 5 estrellas OutToEat).
Proyección. Existe un 80% de probabilidad de que estés en el baño en este momento porque, teniendo en cuenta tus parámetros de riesgo y considerando tu comportamiento en las últimas cuatro citas, te arrepientes de haber aceptado la invitación a su departamento. ¿Es correcto?
Conclusión. Debido a los altos niveles de norepinefrina y adrenalina deberías salir del baño, no aceptar la copa de vino e irte a casa. Excusas posibles. Tu compañera de departamento acaba de llamarte; tu fecha de entrega para el código en el que has trabajado toda la semana fue cambiada para mañana temprano; hay una emergencia en el trabajo. Todas estas opciones tienen un factor de viabilidad del 0.87. Existen 1:3 posibilidades de que él te crea y te diga que te llamará la próxima semana. Como no te quedaste, y a juzgar por su tendencia cita-llamada global, existe sólo un 15% de probabilidad de que te llame de nuevo.
Recalculando.
Sí, sólo 15%. Si te llama, tú no contestarás (97%). El resultado de esta acción será que él no insistirá después del primer mensaje sin respuesta (94%). Hay un 70% de probabilidad de que en dos semanas te arrepientas de no quedarte; no lo buscarás porque tu orgullo influye en tus reacciones en un 65% de los casos. En seis meses, cuando vaya a la oficina para dar mantenimiento a su instalación, te esconderás en el baño (67%) y te escabullirás de la oficina, fingiendo dolor de estómago (65%). Existe sólo un 20% de probabilidad que vuelvan a verse.
¿Es este escenario satisfactorio? Se detectó una respuesta negativa. Recalculando. Se requiere un análisis de antecedentes para continuar. ¿Acepta?
Revisando datos biológicos e interacciones de red.
Tu señal y la de Álex se cruzaron por primera vez de forma personal y no incidental hace mes y medio. El dueño de la Fundación Sm4rt le comisionó una pieza para la puerta de entrada. Tu historial de búsqueda muestra que revisaste su perfil personal diez veces en las primeras 24 horas después de conocerlo.
Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)
Desde entonces, han intercambiado ciento diez mensajes personales. El programa de análisis detectó la presencia de cuatro chistes propios, dos de los cuales están relacionados con la diferencia de sus respectivos trabajos. Uno contiene implicaciones sexuales obvias y el último es sobre El señor de los anillos (la película, no el libro) la cual le recomendaste, ya que no podías creer que nunca la hubiera visto.
Se detectó la presencia de un apodo cariñoso y recurrente dirigido a ti. El mote “ñoñis” hace alusión a tu profesión como programadora y muestra intimidad y afecto. Ese apodo aumenta tus niveles de dopamina. Es una reacción positiva. Álex entregó la instalación el lunes pasado. Se detectó una reacción poco favorable en ti: niveles hormonales bajos, los cuales reflejaban tristeza y decepción, debido a la falta de una despedida adecuada y la ausencia de mensajes durante ese día. Sin embargo, el martes te envió una invitación para cenar comida marroquí: “Restaurante nuevo. ¿Viernes, 8:30?” Tu respuesta fue afirmativa e instantánea, a pesar de la sugerencia que te hice de esperar un par de horas ya que todas las estadísticas indican que lleva a mejores resultados. Tus niveles de feniletilamina, dopamina, oxitocina y serotonina se dispararon en cuanto viste su nombre. Esta combinación química dio paso a la reacción visceral de las cien millones de células del tracto intestinal conocida como “mariposas en el estómago”.
Las lecturas de interacciones no verbales, gestos especulares, cercanía y segregación sincronizada de feromonas durante la cita revelan una compatibilidad mayor al 95%. Se percibieron cambios microgestuales en paralelo, interacción comunicativa, ningún silencio incómodo y secreción de norepinefrina constante. Sus bromas te hicieron sonreír en siete ocasiones e, incluso, reíste en dos. Estos factores son favorables para el comienzo de una conexión interpersonal.
Al salir del restaurante, te abrazó y te tomó de la mano. Eso aumentó tus niveles de oxitocina al doble de su rango normal. Cuando te preguntó si querías tomar algo en su departamento, se detectó un aumento del ritmo cardíaco y niveles de norepinefrina que corresponden a una respuesta ansiosa.
De camino a su departamento, en el taxi, te besó. Dicho instante no arroja un resultado concluyente. Se detectó nerviosismo, ansiedad y excitación sexual y emocional, pero la cascada hormonal que se presentó requiere más tiempo de procesamiento y el análisis aparecerá en la pantalla de inicio.
Al entrar a su departamento, los sensores domésticos le recordaron que había olvidado su ropa en la lavandería del sótano. Se disculpó para ir por ella; tú te encerraste en el baño para comenzar este análisis. Te sugiero que en dos minutos, cuando Álex regrese, le informes que acabas de entrar al baño para ganar tiempo y continuar el análisis.
Se ingresó una pregunta específica.
Existe una probabilidad del 90% de que se produzca una experiencia sexual positiva. De todas tus citas este año, Álex presenta el mayor puntaje físico: un promedio de 0.79 en los últimos dos años (tu puntaje es de 0.68, debido a tu último novio). De acuerdo con tus estándares de belleza, Álex es una de las personas estadísticamente más atractivas con las que has salido. Tus reacciones corporales muestran un factor de atracción física del 0.88. Es el índice de atracción más alto del último año.
Conclusión. Si eliges pasar la noche con él, tendrás un encuentro favorable y placentero (probabilidad del 90%).
¿Desea continuar con un análisis a corto plazo? Para iniciar es necesario acceder a la información de Álex Carreón. Conforme a sus parámetros de seguridad bajos, no es ilegal, pero hay un 88% de probabilidad de que se moleste por este análisis. Presione CONTINUAR si está de acuerdo.
Calculando.
Mañana es sábado. Por su comportamiento en encuentros previos, existe un 78% de probabilidades de que Álex te ofrezca desayunar en su departamento. A juzgar por lo que tiene en la cocina, preparará huevos rancheros con jugo de naranja y café. Su calendario está vacío, pero un análisis rápido revela que no tiene la costumbre de calendarizar el 60% de sus planes.
Tú sí tienes planes. Vas a comer con tu madre en la Condesa. Esta cita está programada desde hace tres semanas. Recomiendo que vuelvas a tu departamento alrededor del mediodía. Sin embargo, con base en pronósticos de comportamiento, saldrás de su departamento cerca de las dos y llegarás quince minutos tarde al restaurante, todavía vestida con la ropa de anoche. El sexo habrá aumentado tus niveles de dopamina y, por tanto, las probabilidades de que la comida con tu madre sea una experiencia favorable se incrementarán, dentro de lo que cabe, si se toma en cuenta la relación entre tú y tu madre quien, como siempre, estará preocupada por tu soledad.
¿Desea continuar con un análisis a mediano plazo por interpolación? Aviso importante: A partir de este momento, los resultados de la proyección están basados en especulación automatizada. Estas proyecciones tienen un índice de confianza del 0.87, dependiente del tiempo. Presione CONTINUAR si está de acuerdo.
Calculando.
Según sus tendencias de comportamiento y al comparar sus prioridades, después de que salgan durante un mes y medio, tendrán su primera pelea debido a que Álex no llegará a una cita por estar terminando una pieza (87%). No llamará (90%) y, cuando por fin se comunique, te quejarás. Él te echará en cara que eres fría y distante. ¿Estarías dispuesta a hablarlo? Al día siguiente de la pelea, se presentará en tu casa con una película y pasarán el fin de semana juntos, sin interrupciones. A los tres meses, por fin le presentarás a tu madre, quien no dejará de mandarte mensajes acerca de sus deseos de conocerlo. Tu madre quedará encantada con él desde la primera comida. Esto te exasperará (100%).
A los nueve meses, se habrán agregado mutuamente al comunicador central de sus respectivos apartamentos, pero tardarás algunos meses en permitir que el sistema central de su casa tenga acceso a tus stats; sus niveles de seguridad serán cada vez un mayor problema. Te preocuparás constantemente y él no entenderá cuál es el problema porque considera que la seguridad de la información es una pérdida de tiempo. Eso te lastimará. Respuesta negativa. Recalculando. Existe un 60% de probabilidad de que se solucione: probablemente él actualice sus parámetros de seguridad y se den entrada a sus respectivos stats. En ese caso, él verá que realizaste este análisis. ¡Cuidado! Has pasado 20% más tiempo en el baño que el promedio (212 segundos) en una primera cita. Te recomiendo que le jales.
Ilustración de Gala Navarro (Ciudad de México, 1987)
Después de catorce meses se percatarán de que él pasa más tiempo en tu apartamento que tú en el suyo (87%); habrás tenido un problema con algún compañero del trabajo y él te aconsejará adecuadamente (65%); te regalará y dedicará alguna de sus obras (90%); él tendrá, por lo menos, una mala crítica (67%) y esto hará que peleen por alguna tontería sin ninguna relación como tu obsesión de agendar y programar todos tus días (35%), su mochila que siempre deja a la mitad del pasillo (40%) o tu necesidad de mayor privacidad virtual (25%). Sin embargo, en tres de cada cinco escenarios encontrarán la manera de llegar a acuerdos y seguir juntos.
El final de tu contrato de renta, el aumento de sus ventas y un ascenso en tu trabajo ayudarán a que consideren mudarse juntos (73%). La probabilidad de que su cohabitación sea positiva es del 80%. Tras analizar las costumbres domésticas de cada uno, recomendaría que rentaran un departamento por lo menos de dos cuartos, de tal forma que él pueda tener un estudio y sus materiales artísticos no llenen la sala, lo que desencadenaría una serie de incidentes y peleas que terminaría con la relación (98%). Considerando el pronóstico de ingresos, probablemente encontrarán un departamento en Cuauhtémoc y se mudarán juntos a los dos años, tres meses ± quince días.
Álex pasará más tiempo en casa y se encargará de las compras y la cocina. Un análisis rápido de sus hábitos actuales muestra que olvidará echarle agua a los platos antes de ponerlos en el lavatrastes. Otros factores de riesgo son: él querrá una mascota (78%); tus horarios no tendrán flexibilidad (90%); él tendrá demasiados compromisos sociales (85%). Ninguna de estas situaciones romperá la relación. Un análisis de efectos positivos indica que, mientras estés con él, viajarás más, harás nuevas amistades y, en varias ocasiones, te encontrarás a las siete de la mañana de un sábado de fiesta en la casa de algún coleccionista de arte (65%) o en el estudio de algún pintor (62%). Él comenzará a recibir más órdenes gracias a que reorganizaste su página personal y su perfil electrónico (89%), también dejará de llegar tarde a citas importantes (77%) y tendrá, por lo menos, dos camisas que no tengan los puños quemados (95%).
¿Continuar a un análisis a largo plazo?
Para evitar sospechas, recomiendo que te laves las manos mientras corre la fase final del análisis. No olvides secarte. La probabilidad de que la cohabitación dure más de dos años es menor al 34%. Al juzgar por la tendencia de sus vidas profesionales, éstas serán divergentes con el tiempo (86%). Hay una probabilidad del 70% de que comiences a escalar posiciones en la compañía, pasando de ser programadora a liderar proyectos cada vez más importantes.
A su vez, por la cantidad de piezas que Álex está vendiendo y galerías que lo están buscando, con una seguridad del 81% en los siguientes tres años tendrá que mudarse a Berlín (38%), Tokio (32%) o Lahore (30%) para avanzar su carrera profesional. Cuando llegue el momento. ¿Consideraría dejar su trabajo? Respuesta negativa. Esto es consistente con tus prioridades en las que señalaste tu crecimiento profesional sobre el personal o romántico. Sin embargo, lo más probable es que pasen un tiempo a larga distancia (50%). ¿Consideraría esta opción? Calculando. Cabe la posibilidad de que vayas a visitarlo y te enamores de alguna de las ciudades (25%, por factores inesperados). A juzgar por tus prioridades, tu necesidad de presencia física y tiempo compartido, es probable que sus pequeños problemas se vuelvan insostenibles con la distancia. Con un 87% de probabilidad, él estará muy ocupado y terminará sus conversaciones a los pocos minutos y tú tendrás poca paciencia al escuchar de las nuevas personas y lugares que lo rodean.
Con una certeza del 70%, quedarte en la Ciudad de México te creará resentimiento, ya que mientras él está experimentado una nueva vida, tú seguirás viviendo en la sombra de su vida compartida. Las visitas y llamadas se volverán más esporádicas; la residencia de un año se aplazará a dos; tú no podrás pedir tiempo en el trabajo por tus nuevas responsabilidades y, en la quinta visita (± una), no encontrarán una fecha cercana para volverse a ver.
Conclusión. La relación tiene una vida máxima de cinco años, dos meses, una semana y tres días, ± nueve horas. El periodo de duelo durará alrededor de un tercio del total. Recalculando. Este número es el resultado de una proyección con un factor de viabilidad del 0.99 si los parámetros previos no cambian. Recalculando. Mi sugerencia final es que no pases la noche con él, salgas ahora mismo de su apartamento y no comiences una relación.
Recalculando. Análisis interrumpido.
Reiniciando análisis.
Parámetros actuales. Baño. Quinto piso, departamento B, Soria 42, esquina con Bolívar, Benito Juárez. Ciudad de México, 03400. 10:37 pm. Se ha detectado un aumento del ritmo cardíaco y en el nivel de serotonina. Álex te llama desde la sala. Respiras profundamente seis veces. Se detectó una nueva pregunta. La compatibilidad es del 95%. Se detectan cambios en la microgestualidad. Se genera una decisión. Recalculando escenarios posibles.
Sistema apagado.
Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)
En pleno mundial de 1974 en Alemania, un sobreviviente del Holocausto judío encara, devastado, a un ex soldado nazi que, contra todo pronóstico, lo recibe con cerveza en mano, un abrazo y una invitación a ver el futbol como si nada. Este texto es el primer cuento del libro El desconocido del Meno (FETA, 2017), ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2017.
Lo encontró por casualidad, en una calle cualquiera. Lo vio de espaldas, por eso lo reconoció; de frente no habría podido, de frente lo habían ultrajado los años inmisericordes, como a él; pero de espaldas era idéntico al que fue treinta años atrás. Lo siguió durante la mañana entera con la esperanza de haberse equivocado, que todo fuera una mala jugada del rencor que ya otras veces había hecho aflorar en una mirada, en un perfil o en los ademanes de un inocente a los odiados, a los malditos, y entre ellos a aquél, Ulbrecht Schweinhart, más que a ningún otro. Pero esta vez no había confusión; al poco le conoció el modo de andar, y cuando pudo mirarle el rostro no le costó revertir la deriva de sus rasgos hasta dar con aquellos que recordaba. Al final, cuando el hombre entró en la miscelánea y se puso a bromear con el tendero, se esfumaron todas sus dudas: aquélla era su risa, un latigazo en la memoria adolorida.
Lo siguió hasta dar con su morada, una casona en la otra orilla del Meno. Se quedó un par de horas sentado en un parque aledaño, mordiéndose los labios, presa del ruido y la furia, del caudal de recuerdos que amenazaba con desbordarlo y reventar su cabeza. Volvió a casa, sacó del fondo del armario una caja con una pistola y se sentó en la cama mirándola, sin atreverse a tomarla. Cuando al fin la sacó, se levantó de un salto y se enfrentó al hombre arrumado que le salió al paso en el espejo; desenfundó, apuntó y guardó el arma varias veces, evitando sostenerse la mirada. Regresó a la cama, se abrazó de la almohada y se echó a llorar, sin recato.
Eran cerca de las ocho cuando volvió a cruzar el río. La casa era grande y vieja, parecía deshabitada; las ventanas de la fachada estaban tapiadas y la madera del entramado era pasto de la carcoma. El hombre se detuvo ante la puerta, vacilante. Se preguntaba cuál sería la mejor forma de proceder: apenas Schweinhart abriera la puerta, soltarle un balazo entre los ojos o en pleno pecho, directo al corazón; decirle primero quién era él, hacerlo repetir su nombre mil veces y luego apretar el gatillo; obligarlo a arrodillarse y suplicar por su vida, luego llevarlo ante los tribunales de Alemania o Israel, daba lo mismo, siempre y cuando aquel desgraciado terminara en la horca.
Al fin tocó.
Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)
Schweinhart, en mangas de camisa y con una cerveza en la mano, abrió la puerta. Antes de que el hombre pudiera decir nada o sacar el arma del bolsillo, Schweinhart le dirigió una sonrisa de pocos dientes y, contra toda expectativa razonable, lo abrazó. Olía igual que en los días del láger.
—¡Null-Vierzen, es usted! ¡Qué grata sorpresa!
—Schweinhart —balbuceó, sorprendido tanto por la inesperada bienvenida como por la facilidad con la que lo reconoció, en apenas segundos, luego de tres décadas; recordaba incluso el mote con el que lo llamaban, los tres últimos dígitos de la cifra marcada a hierro en su antebrazo.
—Pero no se quede ahí; pase, por favor. El partido ya comenzó.
Mientras lo empujaba al interior de la casa a través de habitaciones y corredores llenos de cachivaches, le hizo un resumen de lo ocurrido en el juego hasta ese momento. Alemania había estado más cerca de anotar luego de varios tiros de Wolfgang Overath, Gerd Müller y Rainer Bonhof, pero ese endemoniado Ronnie Hellström había atajado todos. Franz Beckenbauer también lo había intentado con un tiro de larga distancia, sin éxito. Los suecos, por su parte, estuvieron cerca sólo una vez con un tiro libre, nada que inquietara a Sepp Maier. El hombre no entendió de qué le estaba hablando hasta que desembocaron en una habitación en cuyo centro había unas cuantas sillas, una hielera y un televisor puesto en el suelo. Alemania Federal se enfrentaba a Suecia en la segunda ronda del mundial de futbol. Schweinhart lo invitó a sentarse mientras le alcanzaba una cerveza, la cual aceptó, rebasado por el desarrollo del encuentro. Tomó asiento y miró el televisor: la imagen se desplazaba hacia arriba, pero un puñetazo dado por Schweinhart la volvió más estable. El marcador seguía cero a cero.
—Cuénteme, Null-Vierzen, ¿qué le trae a Frankfurt?
—He vivido aquí toda mi vida, excepto por aquel año.
—¿Y decidió volver después de la guerra? Creí que todos ustedes se habían ido a Palestina. O a América.
—No tenía por qué; también soy alemán.
—Claro, claro —bebió de su cerveza y se quedó mirando el partido, luego prosiguió—: Yo estoy aquí desde el 47. Me hallaba en Flossenburg hacia el final de la guerra; supe de buena fuente que iban a evacuar el láger y nos llevarían a Dachau, así que me fingí enfermo. Se llevaron a todos los que podían caminar y a los que estábamos en la enfermería nos abandonaron; tres días después, llegaron los americanos. Unos cuantos meses más bajo la nueva administración y nos dejaron libres. Entonces vine aquí. Soy de la otra Frankfurt, ¿sabe?, pero no quise volver y quedar bajo las zarpas rusas. ¿A usted cómo le fue?, ¿cómo regresó de Polonia?
—Todavía estoy allá —murmuró, pero Schweinhart no le prestó atención. Luego de que Hans-Georg Schwarzenbeck intentara despejar el balón de su área usando la cabeza, Ralf Edström remató de volea al ángulo derecho de la portería alemana, fuera del alcance de Sepp Maier. Suecia se ponía arriba en el marcador. Tras la andanada de improperios de rigor, Schweinhart se quedó en silencio, enfurruñado. Parecía haberse olvidado del hombre a su derecha, quien tampoco dijo nada, asediado por aquellos recuerdos, por la noche y el frío, por un camino nevado que parecía no tener fin. Apartó aquello de la memoria con un largo trago de cerveza, luego miró a Schweinhart. El cabello había desertado de la frente a la coronilla, mantenía su posición tan sólo sobre las orejas y en el cogote, desde donde se había lanzado a la conquista de los hombros y la espalda; le hacían falta por lo menos cuatro dientes y los demás estaban estropeados, tenía una barriga abultada y al parecer estaba enfermo, pues su piel tenía un tono amarillento. Casi nada quedaba del orgulloso ario que, no obstante, había acabado en Monowitz, quién sabe por qué delitos; lo único que conservaba, además de la risa, era su mirada, una mirada de predador en la que brillaba la astucia pero jamás la empatía. Aunque Schweinhart nunca se tentó el corazón para cometer las atrocidades que sus amos alemanes le indicaran, no era de ordinario violento, ni arbitrario, la mayoría del tiempo solía delegar sus responsabilidades en Dabrowski y Krawiec, dos polacos que le eran en todo leales. Aquello que no podía eludir, lo hacía sin pasión, placer o culpa. Quizá por ello, a pesar de su ordinaria mansedumbre, el hombre lo odiaba aún más que a ningún otro, porque asesinaba como quien se hurga la nariz y luego reía, no para burlarse de sus víctimas, no para celebrar sus crímenes, sino, sencillamente y en medio de ese horror, porque era una persona alegre. Aquella risa era peor que todo el odio cerril de los polacos, que toda la sevicia de los SS; aquella risa lo hacía sentir más humillado que cualquier bofetada o escupitajo, anulaba sin más cualquier vestigio de dignidad que luchara por conservar.
Pavel Kazakov pitó el final del primer tiempo, el marcador continuaba a favor de los nórdicos. Schweinhart destapó dos cervezas más, siguieron bebiendo en silencio.
—Y bien, ¿a qué debo el honor de su visita, Null-Vierzen?
—Intento cobrar viejas deudas.
Schweinhart sonrió.
—¿Deudas, dice? No recuerdo deberle nada, ni a usted ni a nadie; quizás a Häfner, el tendero, pero no a usted.
—Dígame algo, ¿se ha escondido en este chiquero todos estos años?
—¿Esconderme?, ¿de quién?, ¿de usted?
—De la justicia, de pagar por los crímenes que cometió en Monowitz.
—Yo ya purgué mis culpas, así lo decretó el tribunal americano. Estoy limpio como un recién nacido —Schweinhart se empinó la botella hasta terminarla, antes de continuar—. Yo ni siquiera soy antisemita, ¿sabe?, ni entonces ni ahora; no tengo nada contra usted ni los suyos, pero estábamos en una situación comprometida, de vida o muerte. Sólo hice lo necesario para sobrevivir. Mire, empieza el segundo tiempo.
Los jugadores, perdidos en la escarcha de estática de aquel viejo televisor, iban y venían por el campo en pos de un balón que no se distinguía. Schweinhart dio al aparato otro puñetazo, pero la imagen no llegó a restablecerse.
—¿En serio? ¿Alegará esa canallada en su defensa?
—Esa canallada no es tal, es la verdad. No estuve allí por gusto, usted lo sabe; también pasé hambre y frío, también estuve a un traspié de la muerte. Maldito cacharro, no logro ver nada —se levantó y dio un puntapié al televisor, esta vez la imagen se volvió más nítida.
—Las condiciones en las que usted se encontraba no eran las mismas, había diferencias: para usted era el fondo del perol con el potaje, para usted una parte de todo aquello que sus allegados conseguían “organizando”; nadie lo ultrajaba, se iba a dormir la siesta en mitad de la jornada y dejaba la porra en manos de aquellos dos polacos degenerados. Comparado con lo que yo viví, con lo que vivimos miles de “nosotros”, sus días allá fueron unas vacaciones. Usted no dejó jamás de ser una persona, Schweinhart; yo conozco su nombre, el nombre de los polacos; usted no sabe de mí nada más que estos malditos números.
—No me odie por haber sido ingenioso. Pero tiene razón, no conozco su nombre. ¿Usted se llama?
Antes de que pudiera contestar, Overath remató desde el manchón penal un balón perdido por Gerd Müller. Hellström no pudo detener aquel disparo y golpeó el suelo con rabia. Schweinhart se levantó, dio unos saltitos y se dirigió a la hielera por otra cerveza. Aún estaba de espaldas al televisor cuando los alemanes robaron de nuevo el balón y se lanzaron al ataque por la banda izquierda; Berti Vogts logró colarse al área rival por la derecha, pasó en corto para Hoeness, éste retrocedió hasta quitarse la marca de Björn Nordqvist y centró al área. Müller, de espaldas, cabeceó el esférico al suelo, Bonhof lo alcanzó y tiró al arco: Hellström se lanzó por el balón y aunque logró rozarlo, no consiguió sacarlo del campo. La pelota rebotó en el poste izquierdo y, tras recorrer toda la portería sobre la línea de meta, acabó por golpear el poste derecho y meterse a la red.
—Eso les enseñará, así es como se juega al futbol —chilló Schweinhart, fuera de sí por la emoción; pero no hubo tiempo de celebrar, pues no bien el balón se puso en juego, Edström centró al área alemana y aunque Schwarzenberg intentó repeler de un cabezazo, el balón acabó en los pies de Roland Sandberg, quien adelantó el balón para quitarse la marca de Bogs y tiró con la izquierda, haciendo morder el polvo a Maier. Schweinhart se dejó caer en su silla—. Bueno, esto lo volverá más interesante. ¿Pero qué pasa, Null-Vierzen? Tres goles en tres minutos y usted no parece emocionado.
—Nunca me ha gustado el futbol, no le encuentro el sentido.
—Yo siempre lo he amado. Mi padre me llevó a Berlín en el 36, consiguió boletos para los partidos de la olimpiada en el Post-stadion. Vimos a Alemania golear a Luxemburgo nueve a cero y a Polonia derrotar a Hungría por tres goles. Teníamos fe en que Alemania llegaría más lejos, que ganaríamos el oro, pero los noruegos nos derrotaron en cuartos de final —se llevó la mano al mentón y se la pasó por el cuello—. Él estaba ahí, ¿sabe?
—¿Quién?
—El Führer. Estaba ahí con toda su camarilla. Desde nuestro lugar en las gradas sólo se distinguía de los demás por la mancha parda del bigote. Fue lo más cerca que nunca estuve de él. Esa tarde decidí, y así se lo hice saber a mi padre, que sería futbolista profesional y que algún día ganaría para Hitler la medalla de oro o la copa del mundo, o ambas. No se vaya a reír, tenía catorce años. Pero iba en serio: entrené como energúmeno, con miras a los Olímpicos en Helsinki y al mundial del 42, que sin duda se celebraría en el Reich, sin importar lo que quisieran los sudamericanos. Pero ya ve, vino la guerra y todo se fue a la mierda. Malditos ingleses entrometidos.
El hombre, que escuchaba la evocación sin mayor interés, sintió que las entrañas se le incendiaban al escuchar aquello.
—¿Los ingleses?, ¿va a culparlos de la guerra?
—¡Por supuesto! Si nos hubieran dejado en paz luego de la campaña de Polonia…
—¡Y un cuerno! ¡Usted es un cínico hijo de puta o un imbécil descerebrado si se atreve a afirmar esa infamia!
—Baje la voz, y mida sus palabras, recuerde que está en mi casa.
—No voy a callarme, estoy harto de callar y de ver cómo todos buscan justificarse: que si fueron los ingleses, que si fueron los rusos, que si fueron los jerarcas del partido, que fue Hitler y sólo Hitler. Nadie asume su culpa, nadie se hace responsable, nadie quiere mirarme de frente y pedirme perdón o explicarme por qué decidieron tomar parte en ese crimen monstruoso, sólo apartan la vista y afirman que fue alguien más; ellos sólo cumplían órdenes, sólo hacían lo necesario para sobrevivir. ¿A costa de qué, Schweinhart?
—Cálmese, no sea dramático.
—No lo soy, sucede que usted es de piedra, no siente ni puede imaginar lo que sienten los otros; vengo hasta aquí, usted me deja entrar y me pone delante de este cacharro tratándome como si fuéramos viejos amigos, como si no lo hubiera visto matar con sus manos, como si no me hubiera cruzado el rostro a bofetadas. ¿No ve que me estoy muriendo de rabia? ¿No entiende que he venido a matarlo?
—¿A mí?, ¿por qué?
—¿Todavía lo pregunta?
—Yo no le hice aquello, Null-Vierzen; busque a los verdaderos culpables. Vaya y mate a Hitler, él fue quien ordenó la destrucción de su raza.
—No diga estupideces, Hitler está muerto.
—¡Qué va! El tío Adolf escapó de Berlín y se largó a Bavaria disfrazado de Groucho Marx; lo acompañaban Goebbels y Bormann vestidos de Laurel y Hardy. Himmler se afeitó el bigote y trató de pasar por Harold Lloyd, pero su cara mofletuda lo delató; no le quedó más remedio que recetarse su propia medicina.
—¿Está loco? ¿Todo es una broma para usted? Porque yo hablo en serio, mire.
Sacó el arma del bolsillo y apuntó a la cabeza de Schweinhart, pero él, sin pestañear siquiera, siguió mirando la televisión y bebiendo su cerveza.
—Por favor, no se ponga en ridículo. Usted no es capaz de usar esa pistola.
—Usted no sabe nada de mí; no pretenda conocerme porque no es verdad.
—Lo conozco mejor de lo que cree; usted es incapaz de matar, aunque le fuera la vida en ello, no podría. No es ese tipo de hombre. Ahora baje eso. No se le vaya a escapar un tiro y entonces lo lamentaremos los dos.
El hombre siguió apuntando, pero Schweinhart permaneció imperturbable. El brazo se le cansó, la mano empezó a hormiguearle y los ojos se le anegaron de lágrimas. No pudo apretar el gatillo. En el juego, los alemanes se hallaban en el área rival; Hoeness centró a Müller, Kent Karlsson lo marcaba y consiguió arrebatarle el balón, pero Bernd Hoezelbein lo recuperó y pasó de primera intención a Jürgen Grabowski, quien tiró a portería y consiguió anotar. Schweinhart, loco de alegría, saltó de su silla con los brazos alzados, el disparo lo tomó por sorpresa.
—¿Qué demonios? ¿No le dije que bajara el arma?
—Lo siento, me asusté.
—¿No ve que intento disfrutar del partido? ¡Maldición!
—Lo siento —repitió el hombre, derrumbándose sobre su silla.
—Olvídelo, hombre, no pasó nada; la próxima vez no cierre los ojos al apretar el gatillo.
Luego de un momento de silencio en el cual Schweinhart no se dignó a mirarlo, el hombre preguntó, con voz entrecortada:
—¿Cómo lo hace?
—¿Qué?
—No pensar en ello, reír, andar por el mundo como si no hubiera estado allí. ¿Cómo lo hace?
—No es tan difícil, dese cuenta: ya pasó, acabó hace treinta años, ¿qué sentido tiene? A estas alturas muchos de los que entonces murieron ya habrían muerto de todas formas. Nadie puede quitarnos nada que el tiempo, al final, no vaya a arrebatarnos; ni siquiera Hitler.
—Pero no en ese momento, no de esa manera. Pensando de ese modo justificaríamos cualquier iniquidad. ¿Dónde quedaría la justicia?
—Deje la justicia a Dios, que sea Él quien se encargue de eso.
—¿Y si Dios no existe, Schweinhart?
—Entonces, con mayor razón, lo que pasó no tiene importancia. Vamos, Null-Vierzen, mírese el rostro; ha dejado que el rencor le devore las entrañas. Yo no soy un modelo de belleza, pero he vivido, me he agotado a mí mismo abrazado a la llama de la vida; comí, bebí y forniqué en exceso, no me he quedado con ganas de nada. ¿Y usted? Si no fue para vivir, ¿para qué se salvó? ¿Por qué no dejó su lugar a otro? ¿Qué diablos hace aquí?
—Recuerdo, intento dar testimonio por los que murieron.
—Hágalo si quiere, pero no se permita seguir en el láger, no permita que Hitler le robe el resto de su vida; esa sería la mayor injusticia y nadie se la estaría infligiendo sino usted mismo. ¿Eso que le dije sobre el tío Adolf y sus secuaces? Se esfumaron hace tanto tiempo que lo mismo da lo que pasó realmente. Dígame usted, ¿cómo hubiera querido que Hitler terminara?
Ilustración de Andrés López M. (Ciudad de México, 1991)
El hombre apretó la mandíbula hasta que los dientes le dolieron. Lo había pensado ya, había soñado con ello, lo había pen¬sado muchas veces durante noches enteras.
—Me hubiera gustado que los rusos lo atraparan vivo, lo metieran en una jaula y lo exhibieran como un animal en todos y cada uno de los pueblos a los que su ejército, como la plaga, llevó el dolor y la muerte; que lo arrastraran hasta Moscú y así, metido en esa jaula, Stalin lo conservara como mascota por el resto de sus malditas vidas. Entonces, muerto al fin, que su cadáver fuera pasto de los cerdos. Ése es el final que merecía.
—Hecho, eso pasó; que nadie lo convenza de otra cosa.
—No. Se pegó un tiro sentado en su sillón. No debió morir así, no después de tanto mal. Debió sufrir más, mucho más.
El hombre se soltó a llorar, como lo hiciera horas atrás en su recámara. Schweinhart dio el último trago a su cerveza y se quedó mirando la etiqueta; era la última.
—De nuevo el asunto de la justicia. Escuche, si le parece bien, hagamos lo siguiente: dejaré que sea usted quien me lleve a los tribunales a buscar la justicia que tanto necesita. A fin de cuentas no me queda mucho tiempo, estoy enfermo del hígado y moriré en unos meses, qué más da que sea en la horca. Sólo le pido que sea después del mundial; estoy seguro de que vamos a ganarlo y no quiero perdérmelo ni enterarme desde una celda. Cúmplame ese capricho.
—¿Qué sentido tiene? Si Alemania gana el mundial, lo último que querrán es traer esos asuntos del pasado.
—Seguramente así será, pero podemos intentarlo.
—Creo que debo irme —el hombre se levantó y caminó hacia la puerta de la habitación—. No debí venir, sólo conseguí probarme una vez más que soy un cobarde. En Monowitz me decía que era imposible, pero me prometí tomar venganza si lograba salir con vida. Ya ve cómo resultó.
—No es un cobarde, simplemente es un buen hombre. Nada se puede hacer contra eso. Pero quédese, faltan pocos minutos; luego podríamos salir a comer algo, celebrar.
—En otra ocasión, quizá. Cuando venga a entregarlo a la justicia.
—Se me ocurre otra cosa: tengo boletos para el próximo partido de Alemania que será aquí, en el Waldstadion. Pensaba ven¬der uno porque no tengo a quién llevar. Es suyo, si lo quiere.
—Ya le dije que no me gusta el futbol.
—Eso es lo de menos. Jugamos contra Polonia; véalo como un ajuste de cuentas con sus amigos Dabrowski y Krawiec; le aseguro que vamos a patearles el trasero. Piénselo, al menos.
—Lo haré.
—Excelente, compañero, lo acompaño a la puerta.
Inge Eiderstedt, desesperado ante la inminente derrota y la insistencia germana en su área, le metió una zancadilla a Müller quien, aunque alcanzó a esquivarla, se tiró a propósito. Pavel Kazakov marcó penal. Schweinhart miró el televisor, miró a su visitante e hizo una mueca de angustia. El hombre se encogió de hombros.
—Quédese, Schweinhart; recuerdo el camino.
—El partido es el 3 de julio. Confírmeme antes de esa fecha, por favor. Venga cualquier día por la tarde, aquí me encontrará.
—Bien. Hasta entonces.
Mientras se alejaba, oyó a Schweinhart celebrar el gol. Salió a la calle. Aunque era noche cerrada, decidió detenerse de nuevo en el parque. Quería reflexionar sobre lo ocurrido, por qué no pudo disparar y por qué se sentía tan triste y a la vez tan aliviado. ¿Acaso Schweinhart tenía razón y todo aquello había dejado de importar? Después de todo, el mundo entero estaba en Alemania, jugando al futbol, olvidado de lo que aquella nación les había hecho, olvidado de los horrores, de la sangre y el fuego, de los campos en los que sólo se cosechó muerte, día tras día, mes tras mes, sin tregua, sin por qué, sólo porque sus líderes creyeron que podían hacerlo impunemente.
Todo el mundo volteaba hacia otro lado mientras él se empeñaba en recorrer aquel camino blanco e infinito. Quizá Schweinhart tenía razón y lo mejor era ceder, olvidar, vivir.
Vivir.
Dejaría de ser un paria, iría a ese partido, se volvería amigo de Schweinhart; después de todo y dadas las circunstancias, no lo había pasado tan mal en su casa. Volvería al día siguiente y esta vez él invitaría las cervezas.
Esa misma noche se tiró al río.
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)
Los relatos para niños que escribió Clarice Lispector no pueden ser considerados una parte menor de su obra, sino que son centrales dentro su narrativa. Martha Riva Palacio Obón explora el abisal y tumultuoso imaginario de la brasileña y nos muestra que la infancia será siempre un territorio amenazante.
Más de una vez me he topado con textos que califican la literatura infantil de Clarice Lispector como un desvío en su trayectoria que debe leerse con benevolencia, pero nunca con la misma atención que se le prestaría al resto de sus libros. Por ejemplo, en el prólogo de una de las ediciones en español de ¿Cómo nacieron las estrellas? se incluye, cual si se tratara de la entrada al infierno de Dante, la siguiente advertencia:
Los cuentos infantiles de Clarice Lispector representan un doble desafío para los padres, maestros y otros mediadores: superar el respeto y conocimiento que tengan de su obra y entrar con los niños en este aspecto más maternal y juguetón de unos relatos que parecen contados por una abuela en una ronda. [1]
Pareciera que la literatura infantil, al igual que una niña que olvida que no debe interrumpir una conversación entre adul¬tos, debe pedir constantemente perdón por atreverse a existir. Bicho raro, se filtra por las grietas del canon exponiendo —para incomodidad de muchos— la verdadera hondura de esa abuela capaz de abarcar toda la experiencia humana con sus rondas. Así que no, a los cuentos infantiles de Clarice Lispector hay que tratarlos con el mismo respeto con el que abordamos el resto de su obra. Son parte de la conversación y sin ellos no es posible apreciar cabalmente la visión de una de las autoras más emblemáticas del siglo XX, con todos sus matices y contradicciones. Hay que dejar que la selva crezca en maraña. No importa si es el Amazonas o una maceta en un apartamento de Río de Janeiro. ¿Será que podremos establecer de nuevo un diálogo sin prejuicios entre su literatura infantil y adulta y disfrutarlo?
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)
Antes que nada, habría que tener cuidado de no confundir lo sencillo con lo simple. Los relatos infantiles de Clarice se alejan de lo literal y se adentran en lo simbólico. Parafraseando a Walter Benjamin, [2] narran con precisión lo extraordinario, pero sin forzar la conexión psicológica; permitiendo así que cada quien saque sus propias conclusiones. Para comprenderlos hay que tomar en cuenta también sus silencios:
Una vez, en el mes de enero, había muchos indios que desarrollaban sus actividades habituales: cazaban, pescaban, combatían. Pero no hacían nada en las tabas: solo tumbarse en las redes, dormir y roncar.
¿Y la comida? Solo las mujeres se encargaban de prepararla y de tener todo para comer. [3]
Lo no dicho, lo que se infiere. Situaciones que se dan en dos tiempos: el cósmico y el histórico. Mujeres que habitan en un mundo previo a la creación de las estrellas pero que también podrían ser cualquier ama de casa del siglo XX o XXI, para el caso. Lo mismo sucede con “El negrito pastor” en el que lo fantástico se funde con lo real. La octava historia de ¿Cómo nacieron las estrellas? trata sobre fuerzas sobrenaturales pero contiene también un testimonio sobre la esclavitud y el pasado colonial en Brasil. El final es feliz, pero Clarice pone en duda la moraleja que ha acompañado a este relato durante siglos. Después de todo, nos aclara que el villano se hinca ante la Virgen por miedo y no por arrepentimiento:
¿La moraleja de esta historia será que el bien siempre gana?
Bueno, todos sabemos que no siempre sucede así. Lo mejor es que nos vayamos arreglando como podamos y tratemos de encontrar una manera de ser buenos y quedarnos con la conciencia tranquila. [4]
Las reglas del juego no siempre son fáciles de comprender y cuando creemos saber qué sucederá, surge lo inesperado. Es un hecho que, en la literatura infantil de Clarice, los seres humanos —en especial, los adultos— no siempre salen bien parados. En La vida íntima de Laura, por ejemplo, un extraterrestre siempre preferirá establecer contacto con una gallina porque considera que ésta, a diferencia de nosotros, no es cuadrada. Habría que tener, tal vez, criterio de… pollo.
Los relatos para niños de Lispector parten del mundo ordinario y nos transportan, sin que nos demos cuenta, hasta esa franja donde los objetos cotidianos son y no lo que aparentan. La selva de ¿Cómo nacieron las estrellas? forma parte de una geografía intangible que nace de los lugares comunes, provocándonos desconcierto; está poblada por criaturas anfibias que viven y mutan entre lo real y lo imaginario. Bichos que son hormigas, onzas, niños, astros, dioses. Son doce leyendas brasileñas al modo de Clarice, en las que retumba con fuerza la voz de esa abuela sabia que trae todo el trópico a cuestas. Sus historias, en apariencia sencillas, apelan a nuestro inconsciente colectivo. Bichos que son también arquetipos. Clarice es experta en cartografiar esos mundos imaginarios que –como dice Vlady Kociancich– todos tenemos en la cabeza y sin los cuales nuestra experiencia se vería empobrecida. [5] Mundos que se empalman con la vida cotidiana en donde los niños de la selva siempre harán hasta lo imposible por evitar que los regañen:
Cuando las indias regresaron se asustaron porque les pareció que sus hijos subían hacia el cielo por los aires. Decidieron subir también ellas atrás de los chicos para, luego, cortar la liana por debajo de ellos.
Sucedió entonces algo que solo ocurre cuando creemos: las madres se cayeron al suelo transformándose en onzas. En cuanto a los curumins, ya que no podían volver a la tierra, se quedaron en el cielo, transformados en brillantes y redondas estrellas. [6]
Una voz de bufona que trastoca las relaciones de poder, dentro y fuera del libro. Vulnerable, irreverente, fumadora empedernida, es por momentos adulta y niña. En textos como La mujer que mató a los peces, Clarice interpela a los niños desde una posición igualitaria en la que ellos pueden o no decidir aliarse con ella. Estos últimos tal vez no son la figura central del relato pero sí del debate que se construye al margen, en el que la ironía juega un papel fundamental: “Les contaré antes unas cosas muy importantes para que no se pongan tristes con mi crimen. Si tuviese la culpa se los diría, porque yo no miento a las niñas ni a los niños. Solo miento a algunas personas mayores porque es la única manera de tratar con ellas”. [7]
En los cuentos infantiles de Clarice encontramos el germen de esos grandes temas, que también explora en su obra para adul¬tos. Uno de ellos, como plantea Sonia Monnerat, [8] es la propia infancia; entendida ésta no como un proceso reversible regido por la tensión constante entre la formación del yo y su aniquilación:
Ella estaba en su primera infancia y sin miedo a que la angustia sobreviniera; estaba en estado de encantamiento por los colores orientales del Sol que dibujaba figuras góticas en las sombras (…). Descubriendo lo sublime en lo trivial, lo invisible bajo lo tangible — ella misma deshecha como si hubiese sabido en ese momento que su capacidad de descubrir los secretos de la vida natural todavía estaba intacta. [9]
Para Lispector, la infancia nunca termina del todo y a lo largo de sus libros desarticula aquellas estructuras internas que sustentan la ilusión del yo como una continuidad. Cualquier cosa, hasta una cucaracha bajo la puerta, puede catapultarnos a ese momento terrorífico en que deseábamos y temíamos ser absorbidos por esa masa informe a la que luego aprendimos a llamar mundo. El bicho —que en su nombre tiene en sí algo indefinido, ya que puede referirse a un ave, insecto o protozoario— representa la irrupción de lo abyecto en nuestra vida cotidiana. Lo abyecto es el crujido de la concha de un caracol bajo la suela de nuestro zapato o el silencio de un pez muerto de hambre; es lo que, como diría Julia Kristeva, “nos confronta con esos estados frágiles en donde el ser humano erra en los territorios de lo animal”. [10] En ¿Cómo nacieron las estrellas?, por ejemplo, lo abyecto huele a selva virgen. Es el territorio de Curupira, el escupe-fuego, azote de cazadores furtivos:
No es un cangrejo, pero sus pies salen hacia atrás, como si estuviera caminando al revés. Nadie sabe nunca dónde está. ¿Huye siempre? Puede ser. Y de repente surge como una aparición aterradora. Cuando se va, no deja rastros en la tierra. Si solo se oye un susurro en lo matorrales, pueden estar seguros: es él. [11]
Bichos que también son fósiles vivientes, memoria encapsulada de un pasado distante en el que nos hicimos esa primera pregunta que nos permitió ser nosotros mismos. Porque como reflexiona Lori, la protagonista de Aprendizaje o El libro de los placeres, somos la continuación de un impulso que inició hace millones de años. Nuestra historia es la de ese instante en el que la materia inerte cobró vida por primera vez… “Como si pasara del hombre-mono al Pithecanthropus erectus. Y entonces no había medio de retroceder: era la lucha por la supervivencia entre misterios. Y a lo que más aspira el ser humano es a volverse un ser humano” [12].
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)
Lo abyecto nos produce terror porque nos reconocemos en él:
El horror será responsabilidad mía hasta que se complete la metamorfosis y el horror se transforme en luz. No la luz que nace de un deseo de belleza y moralismo, como antaño, cuando no sabía lo que me proponía; sino la luz natural de lo que existe, y es esta luz natural lo que me aterra. Aunque yo sepa que el horror, el horror soy yo ante las cosas. [13]
A lo largo de su obra, Clarice Lispector explora desde distintos ángulos los mecanismos que nos permiten procesar esos impulsos primitivos que amenazan con desintegrarnos. Para resguardarse de ese placer extremo que se parece demasiado a la angustia, Lori recurre a la rutina. La repetición como un baño de muerte para adormecer los nervios al rojo vivo. En contraposición a eso, la protagonista de La pasión según G.H. elige crear a partir del caos y fabricar incluso palabras que le permitan transcribir lo incomprensible. En una dimensión mítica, sin embargo, operan otras leyes y es posible jugar con fuego sin quemar¬se. Como sucede en el relato de septiembre de ¿Cómo nacieron las estrellas?, basta con nombrar en voz alta a nuestros demonios para exorcizarlos:
Bueno, lo mejor es empezar confesándote que soy un poco cobarde, sí, tengo mis temores. Y te vas a reír de mí cuando sepas qué es lo que temo tanto. Es… bueno, es… (Voy a tomar mucho coraje y decirlo de una vez.) Tengo mucho miedo del… ¡Saci Pereré! Qué alivio haberlo confesado. Y qué vergüenza. [14]
Pero el goce no consiste en anunciar únicamente al lobo sino en intercambiar lugares con él. Si con el Curupira la autora decidió mantener su distancia, con el Saci Pererê sucede todo lo contrario. En este relato que inicia con un tono similar a La pasión según G.H., la narradora se desdibuja hasta convertirse en ese demonio de una sola pierna que tanto miedo le inspira. Se invierten los papeles y ella es ahora el monstruo. Clarice, de gorra roja y una sola pierna, se apropia del corazón mismo de la jungla:
Una vez me vengué. Cuando me pidió fumar, le di. Pero mezclé con el tabaco… un poco de pólvora (no demasiada, porque yo no quería matarlo). Y cuando dio la primera pitada, ¡se oyó el estruendo!
Porque yo también soy un poquito Saci Pererê… de él aprendí las mañas. [15]
En el universo de Lispector, no sólo es necesario reconocer la existencia del bicho sino que hay que intentar descifrarlo aun si esto —como se plantea en La pasión según G.H.— significa perderse en un infierno. Cobrar conciencia de que existe vida más allá de la escala humana implica reconfigurar nuestra concepción del universo y de nosotros mismos de tal forma que podamos revelarnos también como un organismo vivo. Rastrear nuestra historia de vuelta hasta el último ancestro en común del que surgen todos los bichos del mundo:
Tener bichos es una experiencia vital. Y a quien no convivió con un animal le falta cierto tipo de intuición del mundo vivo. Quien se rehúsa a la visión de un bicho tiene miedo de sí mismo (…) Pero yo no humanizo a los bichos, creo que es una ofensa —hay que respetarles la naturaleza— soy yo quien me animalizo. [16]
El último estertor de una criatura, el forcejeo mudo de un cuerpo que no ha sido atravesado por el lenguaje. Devolver la mirada al otro es reconocer también su fragilidad. En Aprendizaje o El libro de los placeres, Clarice vuelve a esa lucha entre la vida y la muerte, la poética del cuerpo y lo abyecto:
Lúcida y calmada ahora, Lori recordó que había leído que los movimientos histéricos de un animal apresado tenían como intención liberarse, por medio de uno de esos movimientos, de la cosa ignorada que le estaba apresando —la ignorancia del movimiento único, exacto y liberador era lo que volvía histérico a un animal: apelaba al descontrol—; durante el sabio descontrol de Lori ella ahora había tenido para sí las ventajas liberadoras que procedían de su vida más primitiva y animal…[17]
Descontrol y agonía que también se lee entre líneas en La mujer que mató a los peces; donde, antes de confesar su crimen, la narradora explica ante un tribunal imaginario de niños que en realidad ella es buena con los bichos. Bichos que han vivido desde siempre con ella y que han llegado, muchas veces, sin ser invitados. Al final, sin embargo, no le queda otra opción más que reconocer su falta:
Deben de haber pasado hambre, como nosotros. Pero nosotros hablamos y reclamamos, el perro ladra, el gato maúlla, todos los animales hablan con sonidos. Pero los peces son tan mudos como un árbol y no tenía voz para reclamar y llamarme. Y cuando fui a verlos estaban quietos, delgados, coloraditos, y, desgraciadamente, muertos de hambre.
La muerte, nos dice Walter Benjamin, es el respaldo de todo lo que el narrador puede contar. [18] Es la historia natural contenida en todos sus relatos y a los que volverá una y otra vez. En La mujer que mató a los peces, Clarice Lispector no sólo no teme dirigirse a los niños con esa autoridad que le brinda la muerte sino que, a través de la protagonista, nos recuerda que también nosotros somos capaces de matar lo que queremos. Tal vez por eso es mejor dejar que los bichos anden sueltos por el mundo sin tratar de poseerlos:
A los pájaros los quiero en los árboles o volando pero lejos de mis manos. Tal vez algún día, en contacto más prolongado en Largo do Boticário con los pájaros de Augusto Rodrigues, llegue a ser íntima de ellos, y pueda gozar de su levísima presencia. [19]
La literatura infantil de Clarice Lispector es también un instante suspendido en el tiempo que —si sabemos prestar atención— nos habla de la fascinación que ésta sentía de joven por las historias y los bichos. Aunque llegó a Brasil cuando tenía poco más de un año de edad y creció en el trópico, Clarice también cargaba con el exilio de su familia, el horror de los pogromos, la muerte de su madre y los efectos transgeneracionales de esa violencia que arrasa con todo y no se detiene sino hasta conseguir aniquilar al otro. Bicho extraordinario, su primer nombre contenía toda la amplitud del verde: Chaya, vida en hebreo. En una entrevista de grande, ella menciona que siempre tuvo la “saudade de ser bicho”. [20]Saudade, nostalgia intraducible al español. La palabra en sí nos deja mirarla únicamente de reojo. Tristeza exquisita, mágoa, morriña, melancolía de no poder aprehender la levísima presencia del otro. Ya sea persona o bicho. Bicho tal vez del Amazonas, mutante feérico que en sí mismo —en su ADN— es relato puro. Saudade que tiene algo de placer y que se remedia, tal y como hacía Clarice, paseando una tarde por el Jardín Botánico de Río de Janeiro para participar ahí —en un acto gratuito— del misterio de la savia que recorre como sangre los troncos oscuros y rugosos de los árboles. [21]
A veces, cuando decido ser de mente abierta como una gallina, alcanzo a vislumbrar entre líneas el asombro que debió sentir esta niña de origen ucraniano cuando se percató por primera vez de que compartía la casa y el mundo con un bicho.
Aviso al Saci: por favor, no quieras vengarte de mí poniendo pólvora en mi tabaco ¡porque yo les meteré fuego a todos los matorrales!
[1] Clarice Lispector, ¿Cómo nacieron las estrellas? (Buenos Aires: V&R Editoras, 2014), 60 pp. En realidad, salvo por este detalle, es una buena edición y, por lo mismo, muy recomendable.
[2] Walter Benjamin, “The Storyteller”. En Selected Writings: Volume Three (Belknap Press, 2006), 480 pp.
[5] Vlady Kociancich, “El escritor, el lector y la literatura”. En Encuentro Internacional de Cultura Lectora, tomo II (México: DGP-Conaculta, 2012), 41-46.
Dentro de la prolija obra de Clarice Lispector, Agua viva —a pesar de su brevedad— ocupa un espacio significativo. Karla Montalvo desenreda la madeja narrativa de estas páginas inclasificables, contándonos de la propensión orgánica que las anima, en la que escritura y cuerpo permanecen co(n)fundidos.
Se suele hablar del gran libro, de la obra maestra, de aquel poema, aquel cuento, aquella colección o novela en la que el o la escritora llegó a su cumbre. Pero hay autores de los que es difícil —por no decir imposible, incluso fuera de lugar— afirmar semejante cosa. Clarice Lispector es una. La obra de la escritora brasileña puede leerse como una serie de búsquedas estéticas, espirituales, expresivas, que en conjunto no forman una línea ascendente, sino, más bien, ondulaciones, digresiones, tanteos que se abren paso en la oscuridad, a través de la tierra, en distintas direcciones. Cada una implica dificultades o estados distintos.
En 1973 Clarice publicó Agua viva, que ocupa un lugar especial dentro de esas búsquedas. Se trata de una muy particular. Es posterior a La pasión según G.H. (1964) y a Aprendizaje o El libro de los placeres (1969). Nádia Battella Gotlib y Benjamín Moser, biógrafos de Lispector, coinciden en que le llevó tres años de trabajo, aunque en términos de extensión es bastante breve (menos de cien páginas en algunas ediciones). Aprendizaje…, en cambio, como cuenta Battella, fue escrita en nueve días. La pasión… en no más de un año. Si bien había trabajado en la edición de La ciudad sitiada (1948) el mismo tiempo, tres años, esa obra tiene el doble de extensión. La manzana en la oscuridad (1961), uno de sus textos más largos, lo trabajó y editó en once versiones. Pero con Agua viva el asunto era otro: “Lo interrumpí —dice Clarice— porque no llegaba a lo que quería alcanzar”. [1] Según Olga Borelli, la gran amiga y secretaria de Lispector, ésta nunca había dudado tanto antes de entregar un manuscrito a un editor. “Este librito tenía 280 páginas—dijo Clarice en una entrevista—; lo fui cortando —y torturando— durante tres años. Ya no sabía qué más hacer. Estaba desesperada. Tenía otro nombre. Era tan distinto… Era Objeto gritante, pero no funcionaba. Prefiero Agua viva, algo que burbujea. En la fuente…”.[2]
Fue un proceso tortuoso, frustrante, largo, aunque eso no se transmita en la lectura, que suele ser fluida e hipnótica.
Una de las primeras versiones se llamó Más allá del pensamiento, tenía 151 páginas y contenía varias referencias autobiográficas. En la siguiente, Objeto gritante, esas referencias fueron eliminadas, pero curiosamente creció en páginas. El miedo y las dudas venían, podemos intuir, de que en términos forma¬les Agua viva es un texto sumamente radical. Monólogo, diario ficcional, narración poética, ensayo, no cuenta una historia, no tiene una trama en el sentido convencional del término. Según Moser, [3]
Olga Borelli la ayudó a encontrar la estructura final del libro. No es extraño: al no tener una historia, una trama, su mayor dificultad radicaba justo en el orden de ese fluir del yo y de sus instantes.
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)
Más allá del pensamiento, como título, apela a esa parte abstracta, ensayística del fluir; Objeto gritante, a la personificación de ese objeto textual. Agua viva, por su parte, sugiere el organismo. Algo que “burbujea”. Algo que vive. La propuesta va más allá de no contar una historia. Se trata de una manera de entender y de indagar la relación de la palabra con la realidad. Cuando se escribe, ¿se copia el mundo?, ¿se representa? En esta obra, se crea. Se genera. Al menos, es la intención. Agua viva no es un libro, es un organismo. Algo así como un Frankenstein, pero que no pretende humanidad; no trata de imitar la forma, el cuerpo, la apariencia de lo humano. No busca lo autobiográfico, sino lo “bio”: lograr un mecanismo vital. Hacia allá apunta la cita de Seuphor, epígrafe del texto: “Debería existir una pintura libre de la dependencia de la figura —el objeto— que, como la música, no ilustra nada, no cuenta una historia y no lanza un minuto. Esa pintura se contenta con evocar reinos incomunicables del espíritu, donde el sueño se convierte en pensamiento, donde el trazo se convierte en existencia”. El trazo que es. La palabra que vibra, late, respira.
Pero, ¿cómo lograrlo? No de una vez por todas. No llegamos al texto y aquello, lo bio, la vida, el organismo, ya está hecho. No. La obra es el proceso, el intento que nos lleva a ello. Para lograrlo la narradora-escritora parte de sí. De su cuerpo. De su mundo. Recurre, sí, a la representación, pero apenas, con muy pocos elementos, aludiendo, bosquejando. Casi sin descripciones. “Después de un cierto tiempo cada uno es responsable de su cara. Voy a mirar ahora la mía. Es un rostro desnudo”. [4] Mención breve y ambigua, no vemos el rostro, sino el efecto que le produce a ella. Los detalles y la apariencia no se nombran. Pero la narradora alude a sí, a su cuerpo. Ése con el que fuma y teclea en la máquina de escribir… Ése que, aunque a veces le cueste trabajo creerlo, sabe mortal. “Siento ahora mismo el corazón latiendo desordenadamente dentro del pecho” (71). De forma simultánea, el personaje siente su cuerpo y lo escribe. Pero la cita implica dos tiempos, dos planos: el del cuerpo que experimenta el corazón en el pecho y el de la escritura-representación de ese cuerpo. “Para escribirte antes me perfumo toda” (57). Antes: el tiempo fuera de la escritura. Pero que, en cierto sentido, llega a ella a partir del perfume en el cuerpo que escribe. Cuerpo origen. Primigenio. Que se mueve en la realidad del teléfono y los floreros y São Paulo. Esa escritora —pensemos en las primeras versiones donde se hacían claras referencias autobiográficas— se lleva al texto, se desdobla en él: “… intento dar los primeros pasos de una convalecencia débil. Estoy consiguiendo equilibrarme” (23). El cuerpo que llega a las palabras intenta avanzar en ese otro plano. La experiencia del cuerpo en el lenguaje, en esa realidad creada, es una experiencia menos limitante que la del cuerpo “real”. Es menos estable, también. No, no es uno, es muchos. Cuerpos varios, sólo posibles en la escritura, cuerpos que aparecen como en un caleidoscopio: “… soy caleidoscópica, me fascinan mis mutaciones centelleantes que aquí caleidoscópicamente registro” (37). La narradora pasa de tener el cuerpo de un animal, “…lamo mi hocico como el tigre después de haber devorado el venado” (27, las cursivas son mías), a tener un cuerpo vegetal, “De madrugada despierto llena de frutos” (42), “Mis raíces están en las tinieblas divinas” (76). Incluso, a través de la analogía, sugiere uno mineral: “No pienso, como un diamante no piensa” (46). Pero después dice: “Brillo nítida. No tengo hambre ni sed: soy” (46, las cursivas son mías). Se ha convertido en un diamante y, sin embargo, un punto y seguido después, vuelve a transformarse: “Tengo dos ojos que están abiertos. Hacia la nada. Hacia el techo” (46). Un ser que no piensa, brilla y pareciera ser esa piedra que no tiene hambre ni sed pero que en el fluir, al crearse a sí misma, de pronto, adquiere ojos. ¿O los recupera?
Pero ella no es la única que se desdobla. Hay un tú al que le habla: “Hoy por la tarde nos encontraremos. Y no te contaré ni siquiera eso que escribo y que contiene lo que soy y te regalo sin que lo leas. Nunca leerás lo que escribo” (78). Un tú que es al menos dos, ése con el que ella se verá en la tarde —y fue su amante— y, aquel otro, al que se dirige en el texto. Él también se desdobla, ella lo desdobla: “Te estoy dando la libertad. Antes rompo la bolsa de agua. Después corto el cordón umbilical. Y estás vivo por tu cuenta” (38). La narradora ayuda a ese tú a nacer en el plano de la escritura. Pero ese nacimiento no está expresado en términos abstractos, sino corporales: la bolsa, el cordón… Es ese mismo espacio donde ella, de pronto, dice: “… tengo a mis pies todo un mundo desconocido que existe pleno y lleno de rica saliva” (34). Mundo construido en el lenguaje — en la voz—, que se conforma de saliva, elemento que está en la frontera entre el cuerpo y la enunciación. Y ahí el lector también adquiere otro cuerpo, otra existencia.
Pero, como dije más arriba, en ese plano, en el de la palabra, hay una mayor inestabilidad, no sólo por las variaciones, sino, también, porque la narradora establece otros intentos, búsquedas en distintas direcciones, para multiplicarse, despersonalizarse, perderse en ese nuevo organismo que está creando:
Dentro de la caverna oscura centellean colgados esos ratones con alas en forma de cruz los murciélagos. Veo arañas peludas y negras. Ratones y ratas corren espantados por el suelo y por las paredes. Entre las pie-dras el escorpión. Cangrejos, iguales a sí mismos desde la prehistoria, a través de muertes y nacimientos, que parecerían bestias amenazadoras si fuesen del tamaño de un hombre. Cucarachas viejas se arrastran en la penumbra. Y todo eso soy yo. (17)
Los murciélagos cuelgan, los ratones y las ratas corren, las cucarachas se arrastran. Acciones que implican el cuerpo de los animales, al tiempo que los caracterizan. Un espacio que contiene múltiples seres vivos, formas y acciones. Cuerpo diverso, lo mismo animal que piedra: es ella. La cita va de lo múltiple e impersonal a lo singular y personal. Pero a veces la dirección es la opuesta: “Y si digo ‘yo’ es porque no me atrevo a decir ‘tú’, o ‘nosotros’ o ‘uno’. Estoy obligada a personalizarme empequeñeciéndome pero soy el eres-tú” (15). O, más adelante, con una forma más radical: “Yo es” (40). “Yo es” alude a los desdoblamientos, a la capacidad de multiplicarse y sucederse en un caleidoscopio y, al mismo tiempo, a la posibilidad del yo de introducirse como parte de ese nuevo ser que es la obra. Acto que, al mismo tiempo que la constituye, la despersonaliza. Yo es, como ese nombrarse en el texto y a la vez convertirse en él. No deja de nombrarse (yo), pero al mismo tiempo se transforma en algo distinto (es): la obra. “¿Qué soy en este instante? Soy una máquina de escribir que hace sonar las teclas secas en la húmeda y oscura madrugada. Hace mucho que ya no soy humana. Quisiera que fuese un objeto. Soy un objeto. Soy un objeto que crea otros objetos y la máquina nos crea a todos nosotros… si tengo que ser un objeto, que sea un objeto que grita” (91). Se introduce en ese nuevo organismo como un yo, para sucederse, mezclarse, multiplicarse, transfigurarse. Ser escritura: “Lo que te estoy escribiendo no es para leer; es para ser” (41). La propuesta de la que hablaba: no quiere crear un libro, un texto; no busca copiar la vida o representarla, sino crearla, hacerla: “… ésta es la vida vista por la vida” (16). Se pierde en las palabras para que éstas logren vivir por cuenta propia, sin dependencia del referente. Un organismo, como vemos, que a su vez está hecho de múltiples cuerpos. Escritura-cuerpo: “Sé qué estoy haciendo aquí: cuento los instantes que gotean y son de sangre gruesa” (25).
Nuevo organismo, con su propia corporalidad.
“Veo que nunca te dije cómo escucho música: apoyo levemente la mano en el fonógrafo y la mano vibra y transmite ondas a todo el cuerpo: así oigo la electricidad de la vibración, sustrato último en el dominio de la realidad, y el mundo tiembla en mis manos” (13). La acción de sentir la música a través del tacto, del cuerpo todo, es un elemento que ayuda a configurar en el texto la forma en que la mujer quiere ser leída: “También con todo el cuerpo pinto mis cuadros y en el lienzo fijo lo incorpóreo, yo cuerpo-a-cuerpo conmigo misma. No se comprende la música: se escucha. Escúchame entonces con todo tu cuerpo” (12). El personaje pinta con el cuerpo, aunque lo que busque sea fijar lo incorpóreo, aquella parte inasible de la realidad. Y es que para experimentar lo inefable se requiere de un cuerpo: “Espero que vivas ‘X’ para que sientas esa especie de sueño creador que se despereza a través de las venas. ‘X’… sólo le sucede a lo que tiene cuerpo. Aunque sea inmaterial necesita de nuestro cuerpo y del cuerpo de la cosa” (84). Y, así como pinta y escucha música, espera que el lector la escuche. De esa forma, llama la atención sobre el sonido del texto, sobre su dimensión material. El sonido se percibe tanto con el oído como con el tacto. “Y si tengo que usar aquí palabras, tienen que tener un sentido casi únicamente corpóreo, estoy en guerra con la vibración última” (13); “Al escribir no puedo fabricar como en la pintura, cuando fabrico artesanalmente un color. Pero estoy intentando escribirte con todo el cuerpo… Mi cuerpo incógnito te dice: dinosaurios, ictiosauros y plesiosauros, con sentido tan sólo auditivo…” (14). El cuerpo del lenguaje, su parte material, sonido, vibración, es el cuerpo que ella descubre en la escritura, al que traslada lo inefable de sí. Los dinosaurios, los ictiosauros y los plesiosauros no se mencionan en términos figurativos, sino en cuanto a su materialidad, su sonido. La relación entre el sonido y el cuerpo es clara. Así, la narradora conforma un cuerpo más.
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)
Ese cuerpo incógnito, hecho de sonido, es una línea recta. No puede ser de otra forma, pues el lenguaje es sucesivo, no simultáneo. “Lo que digo es puro presente y este libro es una línea recta en el espacio” (20). No importa si entre las palabras que se suceden hay o no lógica o relación causa-efecto, concordancia temporal o gramatical, de todas formas, una palabra sigue a otra, y otra la sigue a ella. “Hay una línea de acero atravesando todo esto que te escribo” (43); la sonoridad de las palabras es la columna vertebral de ese ser múltiple y cambiante que llamamos Agua viva.
Para verlo, para entenderlo como una unidad, sin embargo, se requiere mirar desde el aire: “Este texto que te doy no es para ser visto de cerca: obtiene su secreta redondez antes invisible cuando se ve desde un avión en vuelo alto” (29). Unidad que respira, late, que tiene su propia anatomía; un organismo en tensión constante consigo mismo, con sus diversas partes. Por un lado, la línea recta, implacable en su naturaleza sucesiva, lo atraviesa y lo sostiene; por otro, la capacidad del lenguaje de crear imágenes, de representar, rompe esa linealidad: “Se me ha ocurrido de repente que no es necesario tener orden para vivir. No hay ningún patrón que seguir y ni siquiera existe el propio patrón: nazco” (41). Es en ese nivel —en el de la representación, en el de la capacidad del lenguaje para crear imágenes— donde la narradora puede romper con lo lineal. Así, logra establecer otra forma: no nace al inicio sino cuando quiere, muere o fracasa en el intento, vuelve a surgir. Se trata de otro orden, que escapa a la rigidez del tiempo y de la narración convencional. “Lo que te escribo no tiene un comienzo: es una continuación” (55). Continuación de la vida, probablemente del cuerpo de la narradora-escritora. Y, como se llega a sugerir, lo que escribe continuará en el cuerpo del lector. Así, ese otro cuerpo, que es la obra en su conjunto, se crea con menos límites y fronteras que el “real” o humano.
Multiplicar el cuerpo a través de la escritura es un acto vital. La narradora, más que multiplicarse ella misma como individuo, multiplica la existencia. Lo cual tiene mayor sentido si consideramos que hacia el final dice que no quiere morir y se rebela ante esa dimensión. Podría parecer contradictorio que quiera huir de la muerte a través de la multiplicación del cuerpo; podría pensarse, por ejemplo, en capturar el alma, categoría que, por otra parte, sí menciona y en dicotomía con el cuerpo. Sin embargo, la narradora no copia el cuerpo primigenio, aquel que pertenece a la realidad de la máquina de escribir; más bien, a partir de él y de esa acción física que es escribir, crea otros seres, cambiantes, independientes que, cada vez que un lector los lea, surgirán.
Por eso, como dije al inicio, Agua viva no es un cuerpo terminado, tampoco una unidad que se advierta desde el principio. Se va haciendo, generando, y el lector requiere distancia para percibirlo como tal. El proceso se origina en el cuerpo que escribe. Ese cuerpo, temeroso de la muerte, busca salir de sí, volverse otros, dar vida, expandirse, ir más allá de sus fronteras y lograr el mecanismo de lo vivo. Mecanismo, porque la narradora sabe que se trata de un artificio: “No, todo esto no sucede en la realidad sino en el dominio de… ¿un arte?, sí, de un artificio a través del cual surge una realidad delicadísima que pasa a existir en mí: la transfiguración me ha sucedido” (23). Así, entre la tensión de lo individual y lo múltiple, entre el cuerpo de quien escribe y los cuerpos de la escritura, la narradora crea un organismo que triunfa sobre la muerte. O, al menos, así será mientras haya un lector dispuesto a crearse con él.
Notas
[1] Nádia Battella, Una vida que se cuenta. Bibliografía literaria de Clarice Lispector. Trad. de Álvaro Abós (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2007), 453.
[3] Cfr. Benjamin Moser, Why this World. A Biography of Clarice Lispector (Nueva York: Oxford University Press, 2009).
[4] Clarice Lispector, Agua viva. Trad. de Elena Losada (España: Siruela, 2003), p. 39.
Nota del editor: La revista Tierra Adentro usa el manual de estilo Chicago- Deusto para citar documentación; sin embargo, de esta cita en adelante, la autora utiliza la misma fuente (Agua viva de Lispector) y, por lo mismo, decidimos dejar el resto de sus referencias sin notas al pie, sólo señalando la página entre paréntesis, para privilegiar la fluidez de la lectura.