Tierra Adentro
Ilustración de Julissa Montiel

Colgó el teléfono y se concentró al volante. Ese es el momento que Carola recuerda como el principio, aunque en realidad todo empezó con su primera vez. Sucedió casi un mes antes, con un güey con el que parecía que empezaría a salir, pero eso ya no importa.

La preocupé con mi llamada, sé que casi no me entendió porque apenas y podía hablar del llanto. Me dijo voy para allá, fiel en las buenas y en las imaginarias. Durante esas horas las dos pensamos en Londres, en la noche que prometimos junto con Alina que ninguna de las tres se casaría jamás, ni se embarazaría, que seríamos jóvenes y libres por siempre, que no dejaríamos el alcohol y las drogas por nada ni por nadie.

Creo que estoy embarazada, le dije, estoy embarazada y es el fin de mi vida. Y de alguna manera lo sería, pues con un hijo todo termina: adiós antros hasta la madrugada, adiós sueños profesionales, adiós cuerpo firme y hombres deseosos, adiós. Me causaba pánico contárselo a mi novio (apenas llevábamos seis meses), a mi jefe de la oficina y a mis papás. Me aterraba que fuera cierto.

Recuerdo estar sentada en el piso, abrazándome las piernas afuera de la farmacia Las Américas. Sentía los ojos ardiendo y la cara mojada. Lloré aún más cuando la vi llegar.

—¿Ya la compraste? — me preguntó.

Negué. Susurré que no, que no podía. Háztela conmigo, le supliqué, y, a pesar de que era estúpido, accedió. Entramos a un Sanborns y nos metimos al baño. Era un cubículo para discapacitados, yo apañé el escusado y ella tuvo que hacerse la prueba meando en el lavabo. A pesar del nervio, nos reíamos. Una, dos, tres: un par de chorros de pipí contra la cerámica. Me temblaban las manos y la boca, esos tres minutos de espera fueron el silencio más largo de aquella tarde, seguidos de un alivio tan grande, grité ¡Negativa! Y nos abrazamos y lloré tranquila. Agarré las pruebas para tirarlas a la basura y la escuché decir “vámonos”, pero no me moví, quedé petrificada. ¿Ésta es la tuya?, pregunté agitando una prueba, su prueba, con las dos malditas rayas rojas. Tenía que estar mal.

Fuimos a la farmacia a comprar más; la segunda le salió positiva y la tercera y la cuarta también.

—Pero si solo lo hice una vez y fue con condón y no se rompió y creo que ni se vino adentro. Es obra del espíritu santo o de satanás. ¿Qué hago? Puta madre, no hay salida, no debí hacerlo nunca. Mi mamá tenía razón, mejor hasta el matrimonio.

Todo esto lo decía Carola sin hacer ni una pausa y respiraba tan agitada que pensé que iba a explotar, como un pollito. Yo tomaba sus manos calientes entre las mías.

—Hay una solución, algo que podríamos hacer, aunque no te guste.

—Toni, para mí no es opción — me dijo con tremenda jeta.

Estaba molesta. No quería demostrarlo, pero la enfureció quedarse con mi suerte, como si al hacernos la prueba al mismo tiempo en ese baño hubiéramos confundido a Dios y se hubiera implantado un huevo en la matriz equivocada. Ese día no hizo más que repetirse lo mismo una y otra vez. Incluso cuando nos despedimos, la escuché murmurando: pero sólo lo hice una vez y fue con condón y no se rompió…

Se desliza sobre el mar, está sobre un par de esquís, pero ninguna lancha arrastra su cuerpo. Debe ser el mar muerto, piensa, porque flota sin dificultad y ahora que se fija también es color rojo. Sabe que no debe caerse, que en aquel mar hay algo terrible. Toca el bulto que le estira el vientre, lo presiona con fuerza y en un instante es como si nunca hubiera estado ahí. Se agacha para tocar el agua y al agitar la superficie deja al descubierto un rostro de ojitos hinchados. El agua en realidad es sangre y ella flota porque está parada sobre una fosa de cadáveres, de fetos, algunos mutilados, todos berrean y al mismo tiempo empiezan a gritar: mamiiii.

Al día siguiente pasé por ella para llevarla al doctor. Tenía ojeras profundas y cara de que no se bañó que, aunada a su mal humor, me dejó claro que había pasado una mala noche. En lugar de ir al hospital quiso que fuéramos a la Merced, que le habían contado de una curandera que tal vez podría ayudarla, que ahí tenía su changarro.

—¿Quién te contó eso?

—Internet — me contestó muy confiada.

Después de una pausa agregó:

—Algo está mal. — Y de ahí ya no pude sacarla.

Ay, Carola, te miras incrédula en el espejo ese vientre plano. Nunca has matado nada ¿qué harás ahora? Tú no lo querías, no lo pediste; y hay tantas que sufren y lloran por estar en tu lugar. Cada vez que cierras los ojos ves ese rostro arrugado, marchito, con el pelo hecho nudos que despide un olor a cebo acumulado con los años. Los dientes casi amarillos. Cuando atravesaste la cortina de conchas y la viste ahí, sentada de piernas cruzadas sobre una almohada, agitaba el humo del incienso mientras recitaba en náhuatl o en otomí o en maya unas palabras que a ti te sonaron a conjuro, a salvación. En ese momento sentiste paz, ¿recuerdas? Pero en cuanto te tocó con esos dedos secos quisiste salir corriendo. Nada de eso, jamás permitirás que una bruja te meta las manos entre las piernas. Acercó esa cara de anciana a la tuya, podías inhalar sus pensamientos cuando dijo: Mija, tu niño no es de hombre, sino de maldad y de miedo, es un tumor que debe extirpase o te comerá viva, mientras duermas sentirás que una rata te roe los órganos, tic tic tic, para salir por tu ombligo, tic tic tic. Saliste corriendo, como si alejarte del sonido de esa voz borrara su mensaje, pero crees que decía la verdad. Me dices que lo que hay en tu cuerpo es oscuro, que no es una persona. Sientes una tarántula o una solitaria que se alimenta de ti, que te debilita para hacerse más fuerte para tomar control de tu cuerpo, de aquello que más quieres.

Le dije que se mudara a mi casa hasta que naciera la criatura. Ya que estuviera aquí, veríamos qué hacer. Tal vez adopción, tal vez hacernos cargo entre las dos. Así de amigas éramos: problema de una, problema de dos. En las siguientes semanas su panza creció a la par de sus pesadillas, no volvió a descansar desde el día del Sanborns. Nunca entendí por qué no quiso ir con un médico común y corriente, más después del susto con la chamana. Ella contestaba cosas rarísimas. ¿Qué tal que aparecía un reptil en el ultrasonido? ¿Y si su hijo era del diablo? Tal vez le salía Huitzilopochtli vestido de guerrero rasgándola en dos y se reía, y yo con ella, sin saber si era broma o no. Miraba su panza en el espejo y luego la encontraba pensativa en la cocina, absorta mirando un bote de vinagre, o un cuchillo, o la canasta de limones.

Está acostada sobre la cama. No reconoce el cuarto, se le hace extraño verse a sí misma ahí durmiendo. No puede moverse. Ella es una pared de la habitación, entiende, solo puede estar y contemplarse. La ventana está abierta y el árbol de afuera se agita con el viento, creando siluetas sobre la colcha, sombras que por instantes figuran monstruos. Una de las formas se desprende de la cama y se sienta sobre la ventana como un mono. Desaparece poco a poco su apariencia espectral para solidificarse, se va definiendo el volumen y el contorno de un ser cubierto de piel de elefante, reseca y gris; se le hacen rollos debajo de la panza y el cuello. Brinca a la cama y destapa a la chica, deja al descubierto su cuerpo desnudo que de tan blanco contrasta en la oscuridad. Entonces la acaricia con garras puntiagudas. Ella se estremece, pero no despierta. El demonio se agarra la piel que parece lonja y se la baja como si fuera un pantalón, dejando al descubierto un falo de hielo. Ella lo ve todo desde la pared, su cuerpo inerte sobre la cama, las garras del monstruo extendiéndole las piernas para insertarle ese pedazo congelado, su rostro agobiado por alguna pesadilla, pero, de cualquier forma, dormido. La pared grita y grita. Nadie escucha.     

Se despertó asustada y gritando del dolor, y ahora sí, ignoré sus reclamos. La subí al coche y manejé directito al hospital.

***

Carmen, hoy tuve el caso más extraño en urgencias, yo creo que desde el internado. Hace unas semanas llegó una joven con contracciones, tenía la cara roja y apretada del dolor. Hacía unos ejercicios de respiración raros, diferentes a los del psicoprofiláctico. La acompañaba una amiga, al principio pensé que eran pareja, a ella le pregunté quién había sido el doctor de la paciente hasta el momento, ya sabes, para llamarle. Me dijo que nadie, que solo habían ido con la Pachita. Debe tratarse de una aprendiz porque esa chamana lleva muerta como treinta años.

No me veas así, nosotros tenemos que saber de esas cosas, siempre hay que andar remendando los desastres que le deja la superstición a la gente. Lo extraño era que estas no parecían el tipo de persona que cae en esos engaños, no. La amiga traía una bolsa cara y ya sabes. La embarazada pegaba tales gritos que no pude analizarla y decía pura idiotez: ¡No me toques! y ¡sácamelo, es el diablo, sácamelo! y ¡si lo sacan nos matará a todos! Así que la sedé para poder revisarla. Según le indicaron a la enfermera la paciente tenía al menos seis meses de embarazo, pero cuando le hice un ultrasonido… ¿Qué crees? No había nada ¡Nada! Una panza llena de líquido, tal cual. Le hicimos un pequeño corte y salió una cascada de agua, a presión de manguera. Con razón le dolía tanto… Lo peor es que no era líquido amniótico, era una porquería café y espesa, parecían aguas negras. Un olor asqueroso llenó la sala, nos tuvimos que salir y llamar al pobre de Justino para que limpiara el desmadre. Luego regresé a desinfectarla, pues ve tu a saber qué traía… Despertó horas después gritando ¿Dónde está? ¿Dónde está? Es normal cuando las madres pierden la conciencia durante el parto. Llamé a la otra chica para que la acompañara a escuchar las noticias… Le expliqué que no estaba en ningún lado porque no había nada, nunca lo hubo. Se trata probablemente de un embarazo psicológico, extraño, pero suceden. Ella insistió que no era posible, que dónde lo había dejado. Había que aniquilarlo, sino él nos mataría a todos. ¡A todos! Iba a pedirle a la enfermera que la sedara de nuevo cuando me dijo con voz llorosa, ya no de loca sino con mucho miedo: Doctor, si no encontró nada, entonces sigue adentro de mí, se lo ruego, se lo suplico, sáquemelo… y pues ya, la dimos de alta.

Y hoy, dos semanas después, me contaron que entró a urgencias ahora con una herida en el estómago. Una cortada que parecía más bien un hoyo. Dicen que no se lo hizo ella misma, sino que le pidió a su amiga el favor. Ahora una está en recuperación y la otra está detenida. Qué cosas ¿no?


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
Ilustración de Jal Reed

La escuché decir que así era mejor, que la belleza debía morir joven para poder permanecer. Que si los bellos envejecían, poco a poco descubriríamos que no eran perfectos, y nadie quiere eso; hay que recordarlos grandes, hermosos.

Qué gran y absoluta estupidez. Es una idiota.

Queríamos salir. Conocer, a lo mejor no el mundo, pero sí muchos lugares. El poco dinero que teníamos lo habíamos ahorrado desde hacía mucho tiempo para cuando fuera el momento adecuado. Escapar. Eso decía él. Lo repetimos tantas veces que terminé por creerlo. ¿De qué o de quién? No sabíamos. Había que hacerlo, no parar de movernos, porque es sabido que la tristeza siempre va detrás de ti, a veces a diez kilómetros, a veces a metros, pero siempre con paso firme. Así que todo el tiempo pensábamos en irnos, en simplemente partir un día, y para eso necesitábamos dinero, porque en este mundo solo consigues largarte si tienes los recursos para moverte.

Cada que podíamos nos encerrábamos por la noche en alguno de los cuartos. En mi casa había que ser silenciosos, pero en la suya parecía no importar tanto. Nos quedábamos juntos y siempre había una sensación de festejo. No parábamos de tragar porquerías: pizza, hamburguesas, tacos, hot dogs; solo una vez tuvimos la brillante idea de hacernos un huevo. Subimos de peso, pero no nos importó, pues nos imaginábamos que las largas caminatas que hacíamos juntos compensaban tanta harina y tanta grasa en nuestro cuerpo. Además, solo lo hacíamos cuando podíamos compartir la noche.

Cerrábamos las cortinas. Las de su cuarto eran tan gruesas que al principio parecía que estábamos en completa oscuridad, como si el universo nos hubiera tragado y escupido en un lugar sólo para nosotros, al que ni la luz era capaz de penetrar. Nos deslizábamos y comenzaban los besos, las caricias y las mamadas. Nadie se la metió a nadie jamás, no porque no quisiéramos, más bien creo que nos daba miedo que doliera. Habíamos escuchado, y por supuesto visto, el placer que, una vez acostumbrados, podíamos obtener, pero no nos animábamos a dar ese paso. Pero una lengua es un regalo del cielo, de la naturaleza o de lo que sea que nos haya puesto aquí. Si el placer de un pene cogiéndote es como un trueno, el de una lengua queriendo entrar en ti es como una canción.

Ya fuera cuerpo, culo o pene entre los labios, el mundo se iba abriendo. Los ojos comenzaban a comprender la oscuridad, distinguiendo las siluetas, las sonrisas, los destellos de los dientes. En medio de la oscuridad, nuestras cogidas eran un pequeño génesis en el que poco a poco se iba haciendo la luz. Nuestras miradas se iban acostumbrando a esos chispazos que venían desde el mundo exterior, o a lo mejor desde nosotros. Nunca he comprendido la vida mejor que en medio de esa penumbra.

En el cuarto de al lado, seguro que ella nos escuchaba, claro que lo hacía, no puede ser de otra forma. La primera vez que le deslicé mi lengua desde los testículos hasta el ano en un movimiento, gimió tan fuerte que había que ser prácticamente sorda para no darse cuenta. Y ella nunca fue tonta. Nunca. Las sábanas y almohadas quedaban entre cafés y amarillas por el sudor, la saliva y la mugre que acumulábamos durante el día. Teníamos esos pequeños paraísos y aun así queríamos escapar, decir “a la mierda, nosotros no queremos ser un ejemplo de nada para nadie”.

Lo bueno de los sueños que no se cumplen es que siempre puedes pensar que si los hubieras perseguido, habrías tenido éxito…

¿A dónde íbamos a irnos? ¿Cuánto tiempo? ¿Y si después de dos meses o dos semanas juntos a toda hora descubríamos que ya no era lo mismo y en realidad todo estaba en nuestra mente?

Tal vez ella lo sabía y por eso no se entrometía, nos dejaba vivir engañados, a puerta cerrada, imaginando que, si no el amor, por lo menos el cuerpo podía ser el reino de lo absoluto, de lo verdadero. Tan verdadero que, aunque el orgasmo solo dure unos segundos, deja un tatuaje en la memoria. Tan verdadero que sólo sobrevive a esa burbuja de tiempo-espacio en la que dos que se quieren se tocan. Ella debió tenerlo claro, y por eso nos aguantaba. Por eso nunca preguntó sobre las manchas de fluidos en la cama. Ni por el olor que salía de nuestros cuerpos al momento de ir al baño.

Estoy seguro de que se dio cuenta del odio que causó en mí cuando la escuché decir que así era mejor. Que la belleza debía morir joven para poder permanecer. Que si los bellos envejecían, poco a poco descubriríamos que no eran perfectos, y nadie quiere eso; hay que recordarlos grandes, hermosos.

 

Estúpida. ¿Por qué no lloraba igual que yo? No se lamentó de ya no encontrarlo al abrir una puerta ni de habernos quedado sin un quinto al despedirte. Solo estuvo callada, casi borrándose. La idiota me daba mi espacio, igual que siempre.

Escapar. Así se sentía este odio a todo. Darte cuenta de que la desdicha estaba mucho más cerca de lo que siempre supusiste. Que, aunque se viera a cien metros, con un simple pasito podía meterse en tu camino.

Escapar.

Me levanté de golpe. No como una canción, sino como un trueno. Y justo cuando estaba por largarme, ella lo dijo:

–Puedes quedarte si quieres. No he cambiado las sábanas. Siguen oliendo a ustedes.

 

Lo hice.

Y era verdad.


Autores
Dramaturgo. Egresado del Colegio de Teatro de la UNAM. Fue Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de dramaturgia en los periodos 2018-2020 y representante mexicano en la Residencia de creación Dínamo 7 de Interdram (Chile). Sus obras han tenido montajes y lecturas en distintos recintos, encuentros y festivales en México y Chile. Por mencionar algunas, se han montado sus obras El dilema del erizo (2017), Memoria en el Asfalto (2018-2019) y Que la vida iba en serio (2020; seleccionada para el ciclo Conexión inestable de Teatro UNAM y la Universidad de Buenos Aires), entre otras. De 2016 a 2018 trabajó como asistente e investigador en el programa "Descorche. Conversaciones con los que hacen nuestro teatro" para el Centro Nacional de las Artes.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

Lo he escuchado en los salones de clase, en las conversaciones y reclamos. Si leer es una actividad que poco apetece a algunos es porque, según dicen, resulta muy aburrida dado que no tiene los efectos especiales del cine, los colores vibrantes de los videojuegos o la experiencia física a la que nos someten tantas otras ocupaciones. Eso arguyen quienes nunca han encontrado algún aliciente en los libros, pero incluso ciertos lectores suelen reprocharles a los textos algunos defectos asociados con el tedio: detestan las enumeraciones largas (dignas del Antiguo Testamento), les repelen las palabras raras (en desuso), desestiman referencias que desconocen (pues resultan casi crípticas). Rechazan, para decirlo pronto, los obstáculos.

Entiendo que resulte sencillo asociar la diversión al ocio y la satisfacción rápida. ¿No es ése, hoy mismo, el camino más al alcance? Somos particularmente intolerantes con el aburrimiento casi al punto de desconocerlo, pues los teléfonos se han convertido en apaciguadores que nos regalan gratificaciones instantáneas. No obstante, cuando los días (más ahora que nunca) se suceden uno tras otro con una monotonía pasmosa, con el mismo sonsonete del reloj, leer esos libros aburridos tan ajenos a nosotros parece la mejor manera de acceder a un ritmo distinto que corte de tajo con la uniformidad insípida. Poner un pie en otro mundo ayuda a descansar del propio, verlo con frescura. Pensar con otra cabeza acalla ese rumor mental que se vuelve pesado si no es interrumpido por una voz diferente.

A manera de ejemplo confesaré que encuentro muy divertido husmear en los libros no literarios de épocas pasadas. Me da la sensación de colarme a donde no pertenezco, como ese reflejo involuntario que los curiosos solemos tener al asomarnos por las ventanas de una casa con las luces prendidas. Los libros viejos son tesoros para comprender otras costumbres. El Manual de Carreño (Venezuela, 1853) es una lectura inagotable, su deficiencia estriba en que no se le puede leer de una sentada, pues se corre el riesgo de experimentar ataques de pomposidad, buen gusto y refinamiento. (Ninguna de esas tres cosas se las deseo a nadie). Nunca dejará de sorprenderme que codifique con tal minuciosidad las interacciones humanas al punto de parecer, más bien, un código penal. En el apartado sobre la etiqueta del baile señala: “No es lícito a un caballero invitar a bailar a una señora con quien no tenga amistad; a menos que el afecto se haga presentar ocasionalmente a ella, en la forma que quedó establecida en el párrafo XII de la página 167”. Para aprender a ligar, el joven lector tiene que regresar sesenta páginas. Qué falta de decoro, me gustaría decirle a su autor.

Manuel Antonio Carreño advierte de los deberes morales, aseo general, arreglo interior de la casa, temas de conversación, duración de las visitas, banquetes, entierros, compostura de la mesa, juego… Incluso señala la forma más conveniente de levantarnos por la mañana: “Guardémonos de entregarnos nunca al rudo y estéril placer de dormir con exceso, y no permanezcamos en la casa sino por el tiempo necesario para el natural descanso”. Agrega posteriormente: “es signo de mal carácter y muy mala educación, el levantarse de mal humor”. Me pregunto qué pensaría de nuestros hábitos. Aún con más intriga, me gustaría saber cuáles son los textos que damos por sentados ahora y que resultarían motivo de risa o asombro para un ser humano de otro tiempo.

En los libros que parecieran condenados al hastío (manuales, catálogos, crónicas, ciencia antigua, hagiografías, tratados, gramáticas) hay una potencial lectura vívida. Permiten satisfacer la curiosidad ávida de otros territorios, se puede jugar a leerlos como si fuesen literatura. De hecho, bajo una premisa similar la magnífica Wislawa Szymborska mantuvo durante muchos años una columna de reseñas que redefinen el género mismo por su capacidad inventiva. Con el ingenio que la caracterizó, se propuso el ejercicio de escribir sobre los libros que jamás interesarían a la crítica: modelos de redacción, de divulgación científica, históricos, pseudociencia (Piedras preciosas: embellecen y sanan), diarios, superación personal (Cómo dejar de preocuparte y empezar a vivir). Más que hacer resúmenes o juicios críticos, sus textos se convirtieron en reseñas de su propio acto de leer: habla de las ideas que le detonaban, lo que le hubiera gustado que se incluyese o, incluso, boceta libros inexistentes que le encantaría encontrar alguna vez.

(En sintonía con la autora polaca, hace poco descubrí que un poeta mexicano al que admiro mucho se decidió a reseñar el máximo libro de consulta: “Esta inquietante obra titulada Diccionario de la lengua española es una obra bastante conocida, escrita por diferentes autores. En la mayoría de las ediciones el contenido está distribuido a doble columna y, aunque parezca muy tradicional en su formato, es una obra muy transgresora: no hay un orden específico para leerla, ustedes pueden pasar libremente de la página 50 a la página 324, luego regresar a la 126″).

La reseña de imaginación nos recuerda que la lectura es también un acto creativo. No sólo recibimos mensajes dictados por otro, sino que nos convertimos en interlocutores, estamos insertos en un diálogo. Leer es conversar. (Quizá por eso el ensayo, el género platicador por excelencia, se vuelve una manifestación por escrito de esa misma voluntad: no sólo absorbe, sino que crea; resignifica las voces de los otros).

¿Qué libros nos faltan por explorar y traer a la conversación? ¿Qué otros textos viven aún ocultos entre paréntesis? La mejor razón para lidiar ingeniosamente con nuestro aburrimiento es que puede devenir en un hallazgo. Hay un placer gozoso en inventar la literatura, disfrutarla como un juego; descubrir que incluso en la prosa más estéril el paso del tiempo ha comenzado a revestir a las palabras con un sutil halo de fantasía.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.
Portada Tierra Adentro ilustrada por Rosario Lucas

Acercarnos a primeras obras es siempre un misterio y al mismo tiempo un deleite, estamos acudiendo a indagaciones primigénias, cargadas de instinto y de una búsqueda real, sin los manierismos y las mañas que nos dan, algunas veces, el tiempo y la llamada trayectoria. Como lectores, siempre estamos ante una apuesta: elegir dedicar nuestro tiempo a un autor o autora con algunos libros publicados, optar por leer publicaciones canónicas u obras de autores clásicos o darles una oportunidad a los nuevos autores y acercarnos a ellos, casi sin ninguna expectativa, esta elección puede llevarnos a grandes sorpresas.

Sapos en la lluvia (FETA/2021), el primer libro de la novísima escritora Ghada Martínez, es una muestra de esto, es decir, un conjunto de cuentos cargados de instinto, pericia que sorprenden a su lector. En esta ópera prima, su autora nos presenta seis cuentos de largo aliento con paisajes en los que conviven la infancia y lo terrible que se susurra, se intuye, se guarda.

Sus personajes se contienen ante lo siniestro y casi impronunciable que está siempre cerca, en casa, en la intimidad de la familia, en los secretos. Y esta contención no es otra cosa más que la certeza de que no hay otra salida. Guardamos silencio o eso nos dijeron, para no hacer daño con una verdad que rompería con el orden establecido y lastimará al otro que nos oye pronunciándola.

Son cuentos que se narran desde diferentes voces y ópticas; la de un niño, la de una maestra, la de una adolescente cristiana, por mencionar algunas, pero en todas ellas se puede percibir la pérdida de la inocencia, es decir, nadie está a salvo en este libro.

Los vínculos de los personajes con la madre serán un hilo conductor definitivo desde el cual se desenvuelven. Son madres terribles, tiránicas, cómplices, que prefieren mirar hacia otra parte antes que hacer algo que confronte su propia existencia o rompa con enseñanzas heredadas por sus congéneres. En estos relatos, la autora desmitifica la idea de la madre santa y protectora y la hace incluso una fuente de violencia más.

No obstante, no solo la figura de la madre es puesta al ruedo, en Sapos en la lluvia, encontramos que en general, los vínculos familiares, que se nos han presentado como sagrados e intocables son sometidos al escrutinio de la narradora, para decirnos que la familia glorificada y perpetuada como un lugar seguro, no lo es tanto, dicho de otro modo; el lobo se viste de oveja en nuestro propio techo.

En estas historias, la autora también da un vistazo a los rituales religiosos y a la fe cristiana, ciega a necesidades reales, como sucede en “El vestido de los domingos”, en el que el personaje se avergüenza de la sobreexposición física y espiritual a la que es sometida.

Los ambientes en los que se construyen estas atmósferas son oscuros, sórdidos en muchas de las ocasiones. Sus personajes están perenemente sometidos al abuso sistemático y a la violencia como el pan de sus días, sin encontrar una salida o un remedio más allá de ser resilentes al maltrato. La derrota y la soledad serán denominadores comunes en estos relatos.

La autora logra incomodarnos y replantearnos el silencio y la complicidad de quien permite ser vulnerado hasta el extremo de desconocerse a sí mismo, como es el caso del

personaje central de “La madre espera” o del pequeño Arturo, el protagonista de “Caminitos de tierra”, el primer relato de Sapos en la lluvia. Ambos sometidos a violaciones e improperios recurrentes, negados a una justicia:

“Arturo sabe que si se queda quieto todo es más rápido. Cierra los ojos, aprieta los dientes y aguanta en silencio. Después de un rato Vicente le arroja el carrito azul sin una rueda y le dice que no puede contarle a nadie porque si se enteran de que es puto le va a ir como en feria. Los tres chicos salen del cuarto. Arturo se levanta lentamente, siente tantas ganas de orinar que le duele. Observa los hilillos cafés que bajan por sus muslos, caminitos de tierra y sangre seca”.

Solamente con seis relatos, porque no necesita más, Ghada Martínez, explora, asedia y somete a su lector hasta volverlo espectador, a la manera de los circos romanos, de la tragedia y el dolor que viven los otros.

Es una narradora que se permite mostrarnos la brutalidad en su forma más descarnada y pura en Sapos en la lluvia, sin endulcorarnos la violencia o el abuso con trucos literarios rebuscados o juegos del lenguaje que confundan a su lector. Y es justo esto uno de los más grandes aciertos en estos relatos: mostrar uno de los rostros más reales y por lo tanto más necesarios de narrar de la existencia humana, quiero decir, por desgracia: el de la brutalidad.

Y lejos de lo que podría esperarse a la hora de retratar barbarie y violencia, Ghada Martínez no recurre al morbo o al melodrama que podría resultar de las tramas en las que sitúa a sus personajes, por el contrario, echa mano de la lucidez y la lógica, incluso de la objetividad a la hora de relatar la crudeza de las vejaciones que sufren, que prefieren contener.

Sapos en la lluvia, es un libro perturbador, pero también que nos da la posibilidad de confrontar nuestra realidad con la otredad, la desigualdad de libertades e incluso nos plantea y nos invita a salir de nuestra zona de confort para descubrir panoramas nuevos en nuestra literatura mexicana, cada vez más poblada de libros de escritoras jóvenes, ambiciosas y arriesgadas como Ghada Martínez.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Portada Debolsillo, Mantra de Rodrigo Fresán

El lugar donde transcurre la novela Mantra de Rodrigo Fresán ya no existe. Probablemente nunca existió. El Distrito Federal, la Ciudad Monstruo que puebla las páginas del monstruo del autor, ha desaparecido. Ahora está ocupada por otra urbe con la que comparte la misma mitología, el tiempo y el imaginario: la CDMX. Y ambas transpiran el mismo pasado fantasmal: otra ciudad, la antigua Gran Tenochtitlan.

El autor de Mantra no existe ya, el editor tampoco. Esta obra fue ideada en Barcelona por un español: Claudio López Lamadrid, quien falleció en 2019. Le encomendó la tarea de hacer un fresco de las dimensiones de un Guernica a un argentino autoexiliado en Cataluña. Digo que el autor de Mantra ya no existe porque fue un prototipo que se utilizó en un solo experimento. Tal fue su misión, y luego desapareció. Y así entre estos tres elementos que ya no están con nosotros, el Distrito Federal, el autor y el editor, Mantra a 20 años de su publicación ha alcanzado su cenit: es una aparición espectral.

Por sus primeros cuentos, por Esperanto y, por sus múltiples artículos, se sabía que Fresán eran un gringólogo consumado. Escritores, series de televisión, músicos: el pedigrí gringo del autor es inconmensurable. Lo abarca todo, desde autores desconocidos, hasta las grandes leyendas, pasando por un conocimiento de la cultura rock que reverencia por encima de todas las cosas a Bob Dylan. Pero nadie sospechábamos que con ese Fresán gabacho conviviera en el mismo cuerpo este otro aspecto: el mexicano. Su conocimiento de lo mexa es tan deslumbrante que pareciera que ha vivido varias vidas, todas en México. Como una especie de revancha del karma que lo obliga a reencarnar siempre en este país.

Desde su portada, la foto de un niño con una máscara de luchador, Mantra ejerce su poder de seducción. La Lucha Libre es una parte central de la vida emocional de este país. Antes que la figura del narco fuera admirada por los oprimidos, era El Santo, el Enmascarado de Plata, el héroe que todos los mexicanos idolatraban. Partiendo de una imagen, cuya carga simbólica es doble, la foto que como la magdalena de Proust dispara la historia, y la del niño como un homenaje a los álbumes de barajitas de luchadores, conocemos a Martín Mantra, hijo de dos actores de telenovelas, otro fantasma que carga una pistola.

El viaje de la Ciudad de la Furia a la Ciudad de la Transa, con escala en Barcelona, lo hace Fresán enmascarado. Y es el súper poder que le otorga el ocultar su identidad lo que le permite escribir la mejor novela sobre la Ciudad de México de los últimos 25 años. Quizá sea verdad eso de que hay que alejarse un poco de las cosas para poder observarlas más detenidamente. Pero Mantra también produce el efecto de que Fresán es más mexicano que una lata de jalapeños de la Costeña. Pareciera ser que él siempre ha estado en México. O que México siempre ha estado en su interior. No es difícil imaginarlo de niño, sentado un domingo por la mañana frente al televisor viendo En familia con Chabelo.

Mantra es un experimento, es una parodia, es un homenaje, es una carta de amorodio a la Ciudad Monstruo. Es la ciudad que él inventó. De la vida que él se inventó para sí mismo. Porque queda claro que Martín Mantra es un alter ego de Fresán. Es un largo, larguísimo viaje de peyote en el que él vislumbró su vida como si hubiera sido mexicano. Y las visiones de este viajezote son el auténtico jardín de las delicias chilango. Mantra es como el mole. Una bomba para el estomago, pero al que no podemos resistirnos, aunque sepamos que al día siguiente las agruras nos estarán matando. No lo perdonamos. Y hasta nos dobleteamos.

Mantra es una reencarnación en sí misma, en la que todo cabe: Cortázar, vampiros aztecas, el metro, los Godínez, los vendedores ambulantes, las estatuas de Reforma, los hoyos fonquis, Burroughs, Rulfo, Comala City, López Tarzo, y un largo etcétera que se va desdoblando por las páginas de este platillo servido a rebosar. Que a cada bocado te hace repetir con fascinación. La primera reencarnación es el mismo Martín, la segunda el mundo de los muertos, en el que Rulfo se revela como el Santo Patrono y máxima autoridad en la materia. Y por último la presencia de ese otro santo maldito que fue William Burroughs. Momento en el que Fresán se quita la máscara para sacar a bailar su lado más beatnik.

Y es que, si Chabela Vargas es mexicana, el Tío Bill lo es también. Y no podía faltar en ese platillo la presencia del perpetrador de uno de los momentos más locos de la historia de la literatura: el asesinato de su esposa. Porque esas cosas sólo suceden en nuestras tierras. Esos episodios llevan tatuada la leyenda Made in Mexico. La misma Mantra sólo pudo ocurrir aquí. Narrada por un escritor que no existe, editada por un editor que ha muerto y desarrollada en una ciudad que dejó de existir, pero en la que en su actual reencarnación todavía se encuentran los tacos de tripa bien dorada más chingones y sabrosos del universo.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Ilustración por Zauriel

En cuanto vio el primer meme sobre ser Libra, Inés percibió una sensación invadiendo su cuerpo por completo, para después salir de sus labios, quedito: “chale”. El meme en cuestión: Un periquito con cara de achicopalado y la leyenda “¿Por qué lxs Libra son tan inestables?”

—No sé — respondió Inés para sí misma —, pero sí somos.

A partir de ese momento los memes sobre la inestabilidad del signo Libra se hicieron más recurrentes “Quién sabe”, llegó a pensar Inés, “a lo mejor los he notado más desde que me di cuenta del primero”, y es que la leyenda de este no dejaba de invadirla cada que se quedaba a solas con sus pensamientos. ¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Why the fuck?

CRACK

Inés se contempla a través del espejo, como ella, roto, roto. Seca la sangre de su mano con el pantalón, abre la puerta del baño y regresa hacia su supuesta vida.

Dos días después los nudillos le ardían, eso la puso de mal humor.

—¿Qué te pasó en la mano? — le preguntó mamá.

—No sé. — respondió Inés.

—¿Cómo que no sabes?

—Pues no sé.

—Ni se te ocurra empezar a alzarme la voz, pendeja. — dijo mamá, entre dientes.

—Bueno.

¡ZAS!

Inés, sobándose el cachete enrojecido: (No digas nada, no digas nada, no digas nada, ya.viste.sus.ojos.son.los.de.cuando.no.razona, no digas nada, no digas nada)

—¡PUTA!

¡ZAS!

—Ojalá te hubiera abortado, es lo que pensaba hacer — dijo mamá.

Inés no dijo nada, nomás salió corriendo y con eso dijo todo.

Corrió hasta el primer OXXO que vio abierto, agarró una botella de Tonayán y se acercó al mostrador.

—Pasan de las 11, señorita, ya no podemos venderle eso.

Inés miró los ojos del dependiente y supo que no le haría nada. Así que volvió a salir corriendo.

Rostro borroso: Inés, ¿Podemos hablar?, no es justo que vengas a mi casa así de borracha y te quedes ahí nomás, sentada sin decirme nada.

¡PUAJ!

— ¿Qué? — le respondió Inés, cortante, a su tío.

El tío de Inés se debatía entre mirar a su sobrina a los ojos y mirar el charco de vómito que le dejó en la alfombra.

— ¿Qué pasó, pues? — preguntó el tío.

— ¿Quién es mi papá? — quiso saber Inés.

Cuando vio en los ojos de su tío que no le iba a decir nada, volvió a salir corriendo.

Inés mete la llave quedito, procurando no hacer ruido, no quiere volver a entrar a casa pero a veces unx se queda sin lugares a dónde huir.

—¿Dónde andabas? — Preguntó mamá al verla entrar —son las 2 de la mañana.

—Con mi tío Rubén — respondió Inés.

—Hueles un chingo a alcohol y traes arañazos en los brazos.

—Los árboles de la panorámica abrazan muy fuerte, duele mucho, pero escuchan cuando no hay nadie que abrace ni escuche, aparte la vista está bonita.

—Perdón por lo que dije hace rato.

—Fuiste honesta.

—Tú también.

—No, mamá.

—Me marcó tu tío, me dijo lo que le preguntaste.

—¿Y me vas a responder eso?

—Pues ya ni modo.

—Ah.

—Lo conocí en una fiesta, tu abuela acababa de morir ese día, así que le hice como tú, salí corriendo a ver si así se me olvidaba que dolía; me encontré un grupo de gente que había visto de lejos por amistades en común, estaban planeando ir a un evento de eso del 14 de febrero, así que me les pegué, estando ahí, viendo a los demás besarse y pensando en mi mamá, me sentí terriblemente sola, así que me encerré en el baño con el primer wey que me encontré, no le pregunté su nombre y no lo volví a ver, nueve meses después naciste tú.

—¿Por eso soy Libra?

—¿Qué?

—O sea que vivo cayéndome a pedazos porque a ti se te ocurrió revolcarte con un desconocido.

—Si lo quieres ver así es un asunto muy personal tuyo, uno tiene la culpa de lo que le pasa y lo sabes, aparte, tú ni tienes nada, nomás te haces wey

—Ojalá tuviera una mamá normal, no una enferma, como yo.

—PUES PERDÓN POR SENTIRME MUERTA SI NO VIVO AL LÍMITE.

—Te perdono, mamá.

Mamá llora e Inés se aguanta las lágrimas

—¿Y ahora qué? — pregunta mamá.

—No sé, pero al menos tenemos un comienzo.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Ilustración por Zauriel

Reinaldo Trotamundos tiene el cuerpo gris. Sus brazos asimétricos y de colores se mueven con la fuerza del ímpetu que el monstruo pone en sus palabras. Su pelo se enrosca en increíbles rizos que no pierden el estilo por más actividad que tenga. Habla rápido y se gira de un lado a otro en cada oportunidad. Sus ojos siempre están abiertos. Es sencillo preguntarse cómo un alma entera cabe dentro de un pequeño monstruo hecho de una calceta.

Marilinda, su creadora, también es de colores. Quiero decir, es una mujer normal. Pero cada tanto publica en redes sociales alguna fotografía suya con una máscara gruesa, quimérica, que la convierte en otra un poco más parecida a Reinaldo que a ella misma. También es sencillo preguntarse cómo una mujer, con una sola alma, puede parecer tan distinta a sí misma solo con usar un atavío como lo es una máscara.

Marilinda, además, es escritora. Al leerla parece que crea desde ese lugar en el que es mitad ella y mitad Reinaldo. Petinaq Ri Or, su cuento incluido en la antología Ficciones mínimas (Dendro Ediciones, 2020), sucede en un plato de comida y se convierte en una batalla en favor de una emancipación. Sería sencillo pensar que esto no lo imaginó ella, sino Reinaldo. Pero, en lugar de eso habría que darse cuenta de que el títere de calceta, aun teniendo una personalidad independiente, intereses, gustos y opiniones propias —le gusta comer papas fritas con chocolate, la música que lo arrulle por la noche, el crecimiento de sus patitas y su bufanda de Perú―, nació de su creadora con un objetivo que quizá aún no descubrimos. Por ahora, Reinaldo hace amigos y amigas, enseña a leer y a crear manualidades. A veces enseña a las personas a convivir con sus miedos, como lo hace él. En este punto, sin lugar a dudas, podríamos decir que esos hábitos, en el monstruo y en la monstruóloga, nacen del mismo lugar, y quizá es eso lo que les conecta más allá de que una dé vida al otro. Reinaldo, además, ha sido activista durante la escasez de vacunas contra covid en Guatemala, su país de origen.

Al menos este monstruo, con sus patas asimétricas y de colores, su cuerpo de calceta y sus ojos de botón que podría protagonizar los malos sueños o hacer travesuras para legitimarse como uno de aquellos espantos, en realidad no es tan monstruoso. Y como Reinaldo, hay muchos ejemplos que aún tienen un lugar en la memoria y el presente de las personas: los muppets, los wuzzles, Guaripolo y todos los personajes de 31 minutos. ¿Podríamos decir que hay humanidad en los monstruos?

No muy lejos de este instinto monstruoso está Lola Ancira.

Carl Gustav Jung planteó la idea de los arquetipos instalados en el inconsciente colectivo de las sociedades como una especie de memoria heredada que permite al ser humano ocupar distintos lugares dentro de un grupo de personas. Uno de los más interesantes es la sombra, contraparte indispensable de la persona. La sombra, es aquella parte del ser humano que debe esconderse porque no es aceptable entre sus iguales, porque rompe con la moral y lo socialmente correcto. La sombra, es ese monstruo que se sienta de manera permanente sobre un hombro y nos habla al oído cuando cree que le haremos caso. Esa sombra que es tan individual como universal, le cuenta a Lola las historias que convierte en cuentos, con las que conectamos porque nos atraviesan de alguna manera. El vals de los monstruos y Tristes sombras son solo un par de ejemplos de la manera cómo Lola explora esta profunda oscuridad en lo humano.

Cerca de Lola, en sentido literal y figurado, podemos encontrar la narrativa de Iliana Vargas quien, desde hace más de veinte años, ha dedicado sus letras a la construcción de un universo que oscila entre géneros, personajes, mundos y, sobre todo, monstruos. De esos monstruos impactantes que aparecen en las situaciones cotidianas, impensables. Iliana tiene la gran habilidad de construir tal atmósfera, tal tono, que, aunque comprendemos la imposibilidad de la existencia de estos monstruos, en realidad creemos que existe una posibilidad de que puedan ser reales.

Iliana pertenece a ese grupo de escritoras cuyo universo contiene algo tan universal que le permite situarse en diferentes latitudes y coordenadas de realidad. Sus textos han sido publicados en medios digitales e impresos como Antología virtual de minificción mexicana, Asfáltica, Axxon, Azoth, Blanco móvil, Brevedades literarias, Entremaresmagazine, La rabia del axolotl y Tierra Adentro, entre muchos otros. Sus libros son Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (CONACULTA/FETA, 2012), Magnetofónica (Ediciones y punto, 2015), Habitantes del aire caníbal (Editorial Resistencia, 2017) y Yo no voy a salvarte (Ediciones Eolas, 2020).

Muy al sur del continente americano, encontramos a Cynthia A. Matayoshi. Psicoanalista de profesión, Cynthia ha publicado poesía, ensayos sobre literatura japonesa y ha formado parte de antologías en su país. La sombra de las ballenas (Marciana Editorial, 2019), además de su primera novela, es la construcción del universo que nació, entre otros orígenes, de su propio inconsciente. Tenemos en ella personajes humanos, quiméricos y monstruosos, hilvanados con el hilo que los une a un mundo claroscuro en donde los extremos se diluyen, en donde se ven obligados a oscilar entre lo bueno y lo malo, entre el día y la noche, entre el pecado y la bondad. Hay quien afirma que La sombra de las ballenas es una novela inclasificable, que a veces atraviesa una película de Hayao Miyazaki y otras un auténtico barrio japonés situado en Argentina desde largo tiempo atrás. Se dilucida una mitología propia, íntima, un universo independiente del nuestro.

Marilinda, Lola, Iliana y Cynthia son las monstruólogas que elegí para mencionar en este texto. Pero no se me malentienda: justo en este momento, en muchos lugares del mundo hay otras escritoras que construyen sus propios universos monstruosos, porque cada una tiene una manera particular que comprender/emprender/representar/nombrar a los monstruos que habitan en todas las personas. Y esas podríamos ser: quien escribe esto y quien lo lee.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
Ilustración por Zauriel

I

Hemos fundado al mundo a partir de algo inexistente. Y no hablo del amor, sino de las matemáticas.

(Aquí es donde saltará una banda de epistemólogos alarmados a decirme que las matemáticas son más reales que la puta madre que me parió. ¿Les parece mejor, queridos filósofos de la ciencia, que intercambie la palabra inexistente por intangible? Bien, entonces. Prosigamos).

Mario Bunge, como todo hombre que alguna vez ha sabido hacer buen uso de sus neuronas, nos legó varias verdades humildes que podrían pasar por obvias; pero, que más bien permanecen en las sombras del cerebro porque rara vez nos detenemos a reflexionar alrededor suyo. Una de ellas es esta: no hay números en la naturaleza. Sobre el aire no divisamos a un tres agitando sus alas, entregado a la majestuosidad bucólica de un doce elevado a la segunda potencia. Hablamos, más bien, de tres aves que vuelan encima de un terreno con 144 metros cuadrados de superficie.

El mundo es un concepto abstracto que se nos escapa de los dedos y del ábaco. Inventamos a las matemáticas para redescubrir a todo lo que ya estaba ahí. Armados de siglos y de demostraciones fallidas, hemos usado al cálculo y a sus variaciones para complicarnos la existencia gratuitamente y así reducir el aburrimiento de las horas, el progreso de la civilización ha sido un mero efecto secundario.

Por ello, en la intimidad de mi corazón, estoy seguro de que a Fermat no le parecería mínimamente extraño el hecho de que sus aportaciones terminaron siendo aplicadas en la carísima transacción del GIF de un gatito animado, trescientos años después de su muerte.

 

 

II

Es más que difícil acomodar oraciones en un texto como este, las palabras bitcoin y blockchain no pueden ser pronunciadas o tecleadas sin que se inaugure una discusión ridícula entre gente que cree que Elon Musk salvará a la Tierra y gente de sensibilidad social afiladísima. Les juro, por esta vez, que no tengo ánimos belicosos. ¿Perdonarán los economistas y los libertarios el atrevimiento de este escritorcillo al que le delegaron la redacción de un ensayo? Ojalá, oh internet, que sí.

 

 

III

Satoshi Nakamoto —pseudónimo de lo que no se sabe si es una persona o, bien, un grupo— es el responsable de la creación del protocolo Bitcoin y de su sistema de referencia. En 2008, a través de un artículo que carecía de grandes formalidades en su enunciación matemática, Nakamoto dio a conocer el sistema de producción criptográfica sobre el que se fundamenta una de las mayores formas de dinero digital basadas en la interacción peer to peer. Al haber prescindido de la intervención reguladora de un banco estatal, el Bitcoin nació como una propuesta de descentralización del sistema financiero global, planteaba transacciones libres entre individuos, quienes no necesitaban de ninguna entidad intermediaria.

     El blockchain (una base de datos replicada que se implementa dentro de un sistema de información distribuida entre diferentes usuarios) es lo que vuelve posible la gestión de la contabilidad de transacciones que usan monedas virtuales. Gracias a la conjunción entre estructuras algebraicas complejas y muchos malabares aritméticos, el blockchain asegura que se almacenen, transmitan y confirmen datos ordenados a través del tiempo.

Al día de hoy, es claro que los esfuerzos de descentralización del Bitcoin y de otros tipos de criptomoneda no se limitan al mercado: buscan, también, una autogestión de la información. Desde el inicio, uno de los actos políticos más evidentes de la implementación del Bitcoin fue crear una red de validación comunitaria en el manejo de datos.

“Validación” es la palabra clave a la hora de hablar de los NFT. Un Non Fungible Token es una unidad de información que se caracteriza por la propiedad que indica su nombre: no es fungible. Tradicionalmente, se ha designado como fungible a todo aquello que se consume con el uso o que se puede sustituir por cualquier otra cosa que pertenezca al mismo género: la gasolina y el dinero físico son ejemplos de bienes fungibles. Los NFT se valen del sistema de blockchain para hacer las veces de un sello de autenticidad: él los valida.

Una pieza de arte se puede convertir en un NFT de forma sencilla: primero hay que digitalizarla en un archivo, luego registrarla a modo de “nodo” en blockchain y finalmente acuñarla. Convertido en NFT, el archivo de la pieza de arte adquiere un valor que se determina por aspectos como su rareza y su historial de propiedad.

Ser dueño de un NFT no te convierte en el único ser humano que puede disponer de la obra de arte: lo único que ocurre es que te vuelve el dueño de un archivo validado como el original.

La venta por 600,000 dólares del NFT de NyanCat no hizo más que popularizar la explosión del mercado del cryptoart. Intrigados por el precio superlativo de un GIF viejo, los internautas continuaron sorprendiéndose con noticias posteriores acerca de videos, tuits e ilustraciones que fueron ofertados en cantidades similares. Este año, por ejemplo, el NFT de Everydays: the First 5000 Days se vendió por más de 69 millones de dólares.

Carezco de una ouija que me permita sintonizar a Marx o a Friedman para preguntarles qué opinan acerca del fenómeno del cryptoart. Me limito a recoger las dos opiniones que se balancean en las cajas de comentarios de Facebook:

  1. El hecho de que haya gente dispuesta a pagar por cryptoart es una de las muestras más contundentes de nuestro fracaso como especie pensante.
  2. Las personas que compran NFT lo hacen porque disponen de lo que se necesita para ello. ¿Cuál es el problema con coleccionar archivos como si se tratara de jarrones o joyas?

Pero usted, hipotético lector, no se gaste las articulaciones del pulgar en Twitter: mejor busque un meme del que pueda sacar provecho. ¿Es acaso usted el que grabó la caída de Edgar o el que redactó el post sobre el vagabundo y la rata empapada en thinner?

¿Qué espera, entonces? Vaya a su computadora más cercana y hágase rico.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.