Tierra Adentro
Ilustración por Isabel del Valle

Conversación en el encierro

 

En mi departamento, tengo un pequeño balcón que da a una pequeña calle. Esa pequeña calle está en una pequeña zona agitada, junto a una enorme terminal de metro. Desde ahí, llevo dos semanas viendo la vida pasar. 

 

En ese tiempo, solo he salido de mi casa para comprar comida y solventar mi adicción al agua mineral y a los cacahuates enchilados. Todo mi trabajo se puede hacer a distancia, toda mi distancia no ha impedido que reciba un sueldo; y mi sueldo me permite vivir tranquilo y cómodo entre cacahuates y aguas minerales. 

 

La vida que veo pasar, claro, es sólo esa pequeña porción de vida que pasa bajo mi balcón. 

 

Los recogedores de basura que, al estar sentados sobre el camión, me miran a los ojos; el repartidor de gas que cree que no lo veo cuando orina en un bote escondido detrás de las bombonas; un cacomixtle que vive entre las grietas del edificio de enfrente y sale por las noches a masticar sobras humanas; las parejas que se pelean y se persiguen; los borrachos que tienen que sostenerse en una pared para no caer mientras luchan por entender las letras de un celular que quiere seguir bloqueado; los patrulleros como animales nocturnos con extraños colores y ruidos en territorios de caza incomprensibles; los mensajeros de comida que pudo ser lenta, pero que llegó rápido; uno que otro corredor (por supuesto, superior a todos); personas que pasean a perros en pijama; pijamas que pasean a personas no humanas; personas que pasean a perros en traje; personas que van apuradas a trabajar; otros que van comiendo rápido para que la boca del metro se los trague; personas que inundan mi balcón con olor a marihuana cuando pasan, fumando, despreocupadas por el ritmo casual de esta pequeña calle. 

 

Mi rutina cambió y con el cambio, caigo en la costumbre. Me olvido, poco a poco, del ritmo de la calle, de estar en el transporte público, de caminar tendido, de cargar una mochila, de la convivencia de oficina. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que estoy detenido frente a la vida que pasa bajo mi balcón. Ese pequeño espacio de intrusión de mi departamento en el exterior, ese lugar que, como decía Mia Couto, es la parte de la casa que sueña con ser mundo. 

 

El filósofo Bifo conversa con nosotros, de lejos, con un texto: “Lo que provoca pánico es que el virus escapa a nuestro saber: no lo conoce la medicina, no lo conoce el sistema inmunitario. Y lo ignoto de repente detiene la máquina. Un virus semiótico en la psicósfera bloquea el funcionamiento abstracto de la economía, porque sustrae de ella los cuerpos.” 1

 

Desde mi balcón estoy en la calle, pero suspendido. La breve distancia me puede alejar esas sensaciones de ras de piso: el olor del asfalto, del mofle, del metro, de la calle, los perfumes que te atraviesan y se van, o el olor de los cigarros de pepino, firma invisible que los oficinistas dibujan en el aire para anunciar que se acabó la hora de comer. Puedo dejar de pensar en muchas interacciones y dejarme ir en esta nueva rutina como costumbre tranquila; pero no puedo dejar de pensar que la vida sigue y que soy yo el que está suspendido.

 

Frente a mi balcón hay tres cosas que nunca se detienen. 

 

A la izquierda, casi al principio de la calle, está un centro de reunión de doble AA. Ahí, jóvenes y adultos, se juntan todos los días de la semana para hacer ejercicio, bailar con una extraña euforia de sobriedad, convivir con familiares, preparar de comer, lavar los platos, hablar mucho y fumar más. 

 

En el medio de la calle, hay un estacionamiento privado para los oficinistas que trabajan en el rumbo. Don Rodolfo es el encargado bonachón, verdadero dueño de la cuadra, que conoce a todos, acomoda los coches, habla por celular y, si regresa alguien muy temprano a casa, lo amonesta con extraña competencia: “¿Qué? ¿A poco tan rápido ya estuvo?” 

 

A la derecha, finalmente, hay una construcción. Tres torres de condominios entre dos enormes avenidas, junto a una terminal de metro, en un lugar en donde ya no caben más coches. Tres torres de condominios de lujo que tendrán un automóvil o dos por departamento. Un infierno en potencia que se eleva, sin concesiones, todos los días, un poco más. Entre menos sol llega a mi balcón, más me doy cuenta de lo inevitable: ese cielo, claro, también está vendido. 

 

Estas tres actividades no paran. Yo trabajo en casa y ellos trabajan, frente a mi balcón, fuera de casa. 

 

Las reuniones de los alcohólicos no pueden detenerse. El riesgo está calculado: la distancia aquí resulta más peligrosa que el contacto. El estacionamiento no cierra a pesar de que son las nueve de la mañana -eso que antes llamábamos hora pico- y Don Rodolfo barre un cuadrado de cemento vacío, sin propósito, cancha de frontón distópica que extraña el peso de las llantas. La construcción no para a pesar de las advertencias gubernamentales y la importante diferencia entre lo que es y no es esencial. Supongo que los trabajadores de la construcción no tienen un contrato, que les pagan en efectivo, que están construyendo un espacio de lujo que los niega; y supongo que para todos los involucrados, los que sobreviven y los que se enriquecen, estar levantando esta conquista del cielo es, en efecto, esencial.

 

Desde mi balcón soy testigo de una extraña, pero habitual, confianza, de cierta bravuconería: personas que no creen que el coronavirus sea real, otras que saben que no es muy letal y pues la vida es un riesgo, las que se han controlado la diabetes que ni se siente con un refresquito diario, los que, envalentonados, frente a un posible riesgo y las órdenes de una autoridad difusa, se burlan de las precauciones, desprecian a los precavidos. La vida se entrega a manos juntas o se pierde, nada de andarse chiquiteando.  

 

“Por primera vez, la crisis no proviene de factores financieros y ni siquiera de factores estrictamente económicos, del juego de la oferta y la demanda. La crisis proviene del cuerpo.”2

 

Desde aquí sé que una distancia evidente me separa de los alcohólicos, de Don Rodolfo, del obrero que veo, minúsculo, flotando y cincelando el cielo. No puedo culpar a nadie por no estar en casa, por estar trabajando frente a mi casa, mientras puedo seguir observando la vida pasar desde el balcón. No puedo culpar a nadie y no es una cuestión de comunicación. 

 

Parar, por supuesto, es un privilegio.  

 

La pandemia se toma como política hasta que se convierte en algo real. Al principio, siempre parece ser una forma de canalizar un racismo apenas escondido frente al origen (todos hablan de esa culpa falaz de los chinos por comer una sopa de murciélago aunque, como dijo Bifo y Burroughs, todo virus siempre es extranjero); de culpar al gobierno en turno de toda ineptitud mal comprendida; de vender posturas de oposición en materia de salud pública, de economía, de prevención; una forma de darle poder al poder acusándolo de maquiavélicas mentiras y manipulaciones. Después, cuando la realidad se instala, parece que la política comienza a esfumarse. ¿De qué sirven las opiniones de pasillo cuando la muerte deja de ser teórica, estadística, filosófica y se planta como evidencia? 3

 

“Resignémonos. De repente, esta parece una consigna ultrasubversiva. Basta con la agitación inútil que debería mejorar y en cambio solo produce un empeoramiento de la calidad de la vida. Literalmente: no hay nada más que hacer. Entonces no lo hagamos.”4

 

Las redes sociales, de pronto desamparadas de contenido, se han convertido en un caparazón vacío. Estos monumentos discursivos al ego, a la construcción de un ethos, a la configuración de una imagen digital, se quedan de pronto huecos cuando la vida de todos se estanca. Nadie es excepcional en calzones. Un mundo de gente en pijama es un mundo sin aspiraciones de lujo o venta de experiencias irrealizables. ¿No le sobra una monedita para un pobre influencer sin trabajo?

 

Desde mi balcón pienso que la calle sería un lugar menos hacinado si muchos trabajaran desde casa. 

 

“La nada se traga una cosa tras otra, pero mientras tanto la ansiedad de mantener unido el mundo que mantenía unido al mundo se ha disuelto. No hay pánico, no hay miedo, sino silencio. Rebelarse se ha revelado inútil, así que detengámonos.”5

 

Tal vez esta sí sea una revolución silenciosa, inesperada, que deseábamos sin conocer su sencilla forma de inmovilidad: podemos “imaginar lo posible, ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable.” 

 

Este grado mínimo de separación en la imagen de mi balcón me hace pensar que la inmovilidad puede convertirse, en efecto, en una fuerza revolucionaria. La suspensión delimita nuevas definiciones de lo que son las actividades esenciales. Porque no se trata de algo intransitivo (¿lo esencial para quién? ¿Lo esencial para qué?). La suspensión convierte al tiempo en un privilegio: pensar a largo plazo es más evidente cuando no se vive al día. La suspensión calla las aspiraciones de las redes sociales y vuelve ridículo el constante combate de nuestros egos. La suspensión, finalmente, convierte a los políticos en títeres de lo real: ellos sobran cuando los científicos faltan. 

 

Bifo tiene una idea interesante. Tal vez, la suspensión es una revolución de la resignación, de la pasividad, frente a un mundo que, a pesar de su estancamiento, no se detiene. 

 

“La revolución ya no era pensable, porque la subjetividad está confusa, deprimida, convulsiva, y el cerebro político no tiene ya ningún control sobre la realidad. Y he aquí entonces una revolución sin subjetividad, puramente implosiva, una revuelta de la pasividad, de la resignación”6

 

En este ritmo lento del encierro, la vida sigue allá afuera, en otra parte. Y, desde mi balcón, pienso que, aunque nada cambie, algo de esta experiencia, como yo, se mantendrá suspendida. Ahí está la sospecha de otra cosa, un perfume de novedad en el aire, una incomodidad pasajera que te dice que, aunque todo quede igual, todo ya es diferente. 

  1.  Franco “Bifo” Berardi, Cronaca della Psicodeflazione, Nero Editions, 16 de marzo 2020, trad. Emilio Sadier
  2.  Franco “Bifo” Berardi, Cronaca della Psicodeflazione, Nero Editions, 16 de marzo 2020, trad. Emilio Sadier
  3. Sólo hay que ver el texto de hace un mes de Giorgio Agamben como evidencia de que los grandes pensadores, incluso, politizaron apresuradamente.
  4.  Franco “Bifo” Berardi, Cronaca della Psicodeflazione, Nero Editions, 16 de marzo 2020, trad. Emilio Sadier
  5.  Franco “Bifo” Berardi, Cronaca della Psicodeflazione, Nero Editions, 16 de marzo 2020, trad. Emilio Sadier
  6.  Franco “Bifo” Berardi, Cronaca della Psicodeflazione, Nero Editions, 16 de marzo 2020, trad. Emilio Sadier
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Fotografía cortesía de la autora
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