Tierra Adentro

Poesía

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Te hubiese abierto la puerta alguna vez.
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Camarada cordial: abandona un momento tu plácida muerte y abrázate a los brazos que quisieran tenerte y no te tendrán más.
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Mapa de cómo escuchar Aranjuez mientras se descubre el Nuevo Mundo a Octavio Paz con la devoción de sus hijos literarios   Epopeya del beso   Por tu manera de no poder besarme beberías el Concierto de Aranjuez en un borde medieval del Guadalquivir: pelea Rodrigo por mirar el olor de la sombra bajo tu libertad de nombrar: Atlántico: puerto: un chopo de agua: se hizo a la mar un loco caballero y flotamos en una música de Jacques Brel: en el cine dos amantes querían besarse e invadir Sevilla por el soplo anochecido de un instrumento árabe: serían la sede de los juglares tus labios: embestir jabalíes o pasar el desierto con la memoria de octosílabo: roer un mismo verso: Santiago de Compostela 1126: la penumbra de cada hombre transcurre siempre hace casi mil años: querrán besarse por última vez con ese alejandrino que se parte en un teatro cuando se persigna Inés: lluvia del trópico: el Quijote llueve sobre la locura de mudarnos sin la Mancha a otros mundos: de Nuestro dios el rezo será diseñado para un muro gótico a través de la carta que Alfonso el sabio escribió con los suaves músculos de Dido: ya pasaron ocho siglos y no se sabe nada de este querer besarnos: es un abismo que alimenta la vista constelada en un castillo desde tu mano con la mía: decimos saberlo porque en realidad nunca partiste en la audacia de árboles que contagió a Christoforus el genovés: un chopo de agua: parte un bosque muerto a ese mundo: la tierra al fin es redonda: redondos tus ojos son el recuerdo de la manera en que se vuelve el otoño: un chopo de agua: extrañarás mi piel de agua por el brillo del caparazón de la madre que deja la playa para que otros hijos den brillo a la luna: la nueva luna salió de la arena estelar que se ve en la Tierra de Fuego: alguien escribe sobre un mercado o Tianguis: un chopo de agua: te conmueve un hombre de armas que llora antes del fin de la ciudad: al pie del árbol siguen haciendo calles y cafés al aire libre: una vitrola grabó un reflejo Barroco del Guadalquivir: me gusta esperarte en la Plaza más antigua de cada ciudad que visito: bajo la apología del tiempo: no sé qué será de mi cuerpo si escuchas.
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¿Qué es pensar un espacio? ¿Cómo se transita mentalmente una región? ¿Cómo se vive un espacio transfronterizo? El imaginario colectivo ¿se piensa entre dos ciudades o junto a una línea divisoria? ¿De qué lado? Muchas preguntas sugieren el hecho de vivir en una frontera (geográfica, política, económica y cultural).
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Luza Alvarado construye aquí, en un estilo inscrito en la tradición poética urdida por autoras originarias del sur del continente –como Marosa Di Giorgio–, un discurso acerca de la soledad, la insatisfacción, y la imposibilidad para relacionarse, pero también, del valor de saber reconstruirse, a partir de un diálogo (quizá, una batalla) con la Cándida.
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¿Qué o quién me guiaba? No buscaba a nadie, buscaba todo y a todos: vegetación de cúpulas azules y campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas: festín de formas, danza petrificada bajo las nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en tránsito hacia su forma venidera, piedras ocres tatuadas por un astro colérico, piedras lavadas por el agua de la luna; los parques y las plazuelas, las graves poblaciones de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y gorriones y cenzontles, los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos, tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente; calles que no se acaban nunca, calles caminadas como se lee un libro o se recorre un cuerpo; patios mínimos, con madreselvas y geranios generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del canario; los figones celeste y las cantinas solferino, el olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos poderes duermen encerrados en botellas multicolores; la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán carrasposo; la feria y los puestos de fritangas donde hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos de chiles tornasoles; las frutas y los dulces, montones dorados de mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas sangrientas, ocres colinas de nueces y.
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La ciudad de León, en Guanajuato, lleva algunos años trabajando a favor de dinámicas, actividades y espacios culturales.
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Una vez más la cúpula del recinto del Ex Teresa Arte Actual, así como los salones del Palacio de Minería y el Centro Cultural España fueron invadidos por la poesía pero esta vez, más que nunca, de manera sonora.