Ojalá un día la noche me sorprenda
en el tinaco del Hotel Cecile:
el tambo gigante,
las aguas negras que cubren el cuerpo de Elisa Lam,
flotando luego de muchos días,
cuando la sangre y los fluidos y el vapor de la putrefacción
se colaron hasta las regaderas de los huéspedes.
La madurez te vuelve
siempre un poco más místico
mientras tu pupila
(la lente que persiste)
se achica y detiene
los acercamientos
como en pausa comercial
así es la conciencia
se ensancha en la frente
empieza a palpitar
un tercer ojo expandible
hilado por las cuentas
de vidrio que arroja la fe
el destino la reverencial mutable
olorosa a incienso
acumulación
capitalista frente a ti
en el Mercado.
Querido Santa,
Cada día tu navidad me derrota,
cada minuto que paso en centros comerciales,
con villancicos hasta la corona
como la corona que mi familia colgará en el umbral.
A media noche, aterrado, débil y ponderando
extraños tomos de vetusto folclor olvidado—
se mecía mi cabeza, casi en siesta, cuando una aldabada
sonó, como de alguien llamando a la puerta de mi habitación.