Tierra Adentro

Redacción Tierra Adentro

La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

El poeta y novelista Daniel Saldaña París organiza para el Museo Universitario del Chopo una serie de lecturas en un ciclo llamado "Karaoke Sor Juana.
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Miembro del Sistema Nacional de Creadores desde el 2011, Agustín Meza, director, dramaturgo y docente, un día decide meter su vida en una maleta y mudarse a Querétaro para empezar desde cero su actividad teatral allá.
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La obra poética de Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998) es parte de su pensamiento, pues, como varios críticos han dicho, Paz ante todo fue poeta, de manera que incluso de su poesía pueden surgir discrepancias.
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La noche del lunes 2 de diciembre de 2013, convocados por Tierra Adentro, se reunieron en el Museo Nacional de Antropología tres notables estudiosos de nuestra historia: Xavier Guzmán Urbiola, subdirector general de Patrimonio Artístico Inmueble del Instituto Nacional de Bellas Artes; Héctor de Mauleón, subdirector de la revista Nexos, y Antonio Saborit, director del Museo Nacional de Antropología.

Existe sobre la calle sexta de esta ciudad un pequeño oasis.
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En un poema de Árbol adentro, “1930: Vistas fijas”, Octavio Paz retrata las calles y plazas de su adolescencia, un barrio de Mixcoac y una Ciudad de México que, debido al desaforado crecimiento de la urbe, no existen más del modo en que lo hacían durante la primera mitad del siglo xx.
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El corpus literario de Octavio Paz está regido por la fidelidad a sí mismo: son sus cambios los que expresan la continuidad y la lógica interna de una obra en constante reescritura.
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¿Qué o quién me guiaba? No buscaba a nadie, buscaba todo y a todos: vegetación de cúpulas azules y campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas: festín de formas, danza petrificada bajo las nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en tránsito hacia su forma venidera, piedras ocres tatuadas por un astro colérico, piedras lavadas por el agua de la luna; los parques y las plazuelas, las graves poblaciones de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y gorriones y cenzontles, los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos, tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente; calles que no se acaban nunca, calles caminadas como se lee un libro o se recorre un cuerpo; patios mínimos, con madreselvas y geranios generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del canario; los figones celeste y las cantinas solferino, el olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos poderes duermen encerrados en botellas multicolores; la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán carrasposo; la feria y los puestos de fritangas donde hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos de chiles tornasoles; las frutas y los dulces, montones dorados de mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas sangrientas, ocres colinas de nueces y.