Tierra Adentro

“La universidad es una prisión. Aplasta la creatividad y la imaginación”, dijo Jet, estudiante de último año de cultura y lengua española en mi universidad, al explicar su collage en clase. Se disculpó y se sonrojó al hablar de esa sensación de opresión. “Bueno, excepto esta clase”, dijo en voz bajita, excusando a la propia asignatura de escritura académica que yo enseño y de la que forma parte. Pero su modestia no impidió que fuera incisivamente crítica.

La educación universitaria es una momia, un cuerpo decrépito cubierto de vendas que cubren su cadáver y ciegan el camino. A duras penas permiten ver una salida. Dos brazos por delante, la momia ancestral camina y carga en su interior el saber del pasado, que de alguna manera se preserva y milagrosamente todavía no se ha descompuesto. Y es que el conocimiento que proclamamos transmitir en la universidad tiene un arraigo medieval: un día te darán un título y un grado académico enmarcado que colgarás en tu oficina (o dejarás amarilleándose en tu ático, como en mi caso) y te permitirá comprobar que eres el amo supremo de ese saber acumulado. Un título que, inflado de falso valor, solo es el testimonio de que sufriste lo suficiente como para comprobar tu martirio. Como para constatar que ya te domesticaron, que puedes pensar dentro de las exigencias de LA Institución.

La momia educativa aplasta en el collage de Jet las palabras creatividad, imaginación y resistencia. Va camino a una casita en donde dos figuras informes de color se contorsionan y aplastan sus extremidades para poder caber dentro de las paredes. Jet dibujó los barrotes de una prisión sobre la casa que limita a las dos figuras. Quiero pensar que las dos figuras somos tanto los profesores como los estudiantes, haciendo lo imposible, achicando nuestra voz, nuestras ilusiones e ideas para caber en donde no cabemos.

Un globo aerostático sobrevuela la prisión, vigilando como ojo panóptico lo que sucede. Como todo globo, dentro de su circunferencia, dentro de esa vigilancia, no hay nada: hay un vacío, puro aire. Pero ese vacío lo infla todo, se asegura de que su propaganda divina (“reflexión”, “obligatoria”, “citar”), enviada desde las alturas, se cumpla. No se entromete directamente, sino que asume que debes saber y si no pretendes lo suficientemente bien que sabes, serás castigado.

La paradoja más grande es que le encargan enseñar una clase de escritura académica a la profesora más cínica. No soporto el protocolo y fórmulas del género académico. Es un formatito que, aunque lo domino, decido no seguir, una y otra vez. Y eso ha tenido consecuencias, una y otra vez, en mi carrera académica. Mi decisión de no citar, de no conformarme con escritura mediocre, de no adecuarme al canon de las exigencias de la prisión.

En la universidad neoliberal se impone un pensamiento uniforme, un énfasis en la técnica, el método, los objetivos, las herramientas, la evaluación y la evaluación de la evaluación. Yo pierdo, mientras tanto, como Jet, todas las ganas de estar dentro de una prisión con tantos caprichos. Quizás hablo desde el hartazgo, pero no dejo de pensar en renunciar por segunda vez a la universidad: aplasta mi curiosidad, mis ganas, mi rebeldía y, sobre todo, lo más doloroso, mis ganas de jugar. Es una profesión imposible, como dijo Freud.

El hecho de que sea imposible no quiere decir que renuncie a seguir fracasando.

Intento, entonces, alterar los modos admitidos de enseñar. Para salir de la automatización, del saber heredado y momificado. Transmitir una experiencia que conlleva un saber perforado. Aceptar la incertidumbre. Preguntar, no responder. No elaborar productos a evaluar, sino intervenir en los modos de hacer y pensar, en donde el proceso siempre imperfecto del quehacer, los cortos circuitos, son lo importante.

Pero me estrello contra los muros que también hablan de otras maneras:

“Por supuesto que es divertido hacer algo creativo, pero, al mismo tiempo, quiero graduarme con buenas calificaciones. Me preocupa, quiero graduarme cum laude. Por eso quisiera saber qué se espera de mí en esta tarea creativa”, dijo durante mi clase de psicoanálisis y literatura de la maestría una estudiante, la única que dijo que no había estado nunca en ningún tipo de terapia psicológica. Pero que debería, urgentemente.

Escucho en su ansiedad la expectativa de la institución: que el globo aerostático marque los criterios para superar el nivel y que te den una palmadita en la espalda, una buena calificación que ponga en números, en una escala, el valor de tu conocimiento, qué bien que lo hiciste, un trabajo excepcional. Ahora puedes ir a congresos para lucirte y que nadie te entienda porque usas jerga de un teórico incomprensible con un poquito de Lacan también, porque ya puedes decir que lo leíste. Espolvoreas un poco de discursos de moda, algo de feminismo, unas gotas de ecocrítica, un ángulo de análisis desde la precariedad racial y económica decolonial del sur global y listo, ya eres lo suficientemente marginal y astuto como para entrar en la prisión también.

Escucho también en la frase el núcleo de la pedagogía mercantil: no se aprende, ni se enseña, sin evaluación. Solo cuando hay una calificación se controla la calidad de la enseñanza y se puede aseverar que cumple su obligación de fabricar aprendizaje. La lógica detrás es que aprender y evaluar se comprueban con tasas y medidas claras, rúbrica de por medio, para justificar algo que siempre será subjetivo. Enseñar entonces es una línea cualquiera de producción y eficacia, un producto (el conocimiento, validado por un título) que da un cierto estatus y que permite acceder a poder comprar aún más productos para mantener ese mismo estatus. Y mientras tanto, sigue tomando tu producto anestésico de la angustia que obtura la falta generadora de todo deseo.

Escucho a mis estudiantes, escucho a Jet. Las notas disonantes de su descontento individual, y también el malestar generalizado con un sistema que nos transforma, tanto a los estudiantes como a los profesores, en eslabones cuadrados y sosos en una cadena bien aceitada para la efectividad numérica, pero que corta las alas de toda creatividad.

Pero escucho también la resistencia. A pesar de saberse momificada, abrir una manera diferente de imaginar y de crear. Nuevas experiencias y conversaciones para seguir insistiendo en las formas críticas de nombrar e inscribir el descontento para reventar el globo, desde adentro.

Similar articles