José Martí decía que el objetivo de su escritura era: “hacer llorar, sollozar, increpar, castigar, crujir la lengua, domada por el pensamiento, como la silla cuando la monta el jinete” y remataba con: “eso entiendo yo por escribir”.
Autómatas ajedrecistas, perros que viajan al otro mundo, asesinos incidentales, amores turbulentos y fantasmas sin esperanzas: los personajes de este libro son seres atormentados, monstruos que al mismo tiempo respiran la angustia de estar vivos y disfrutan del atractivo terror de la muerte.
Al leer por segunda vez Barranca, de Diana del Ángel, pienso que es una obra con una cantidad monumental de elementos de los cuales hablar, y que la configuran, más que como un objeto de estudio, como un sujeto: complejo, de múltiples voces, traumas, obsesiones, deseos y, sobre todo, con alma.
Con Principia, Elisa Díaz del Castelo propone una forma única de habitar el mundo encontrando en la ciencia una veta prometedora para la imagen y el pensamiento poético.