Tierra Adentro
Ilustración realizada por Rosario Lucas
Ilustración realizada por Rosario Lucas

En 2022 recibí la invitación para colaborar en la realización de los textos de sala de Fuimos, Somos y Seremos: Identidades y disidencias sexuales en Querétaro, la primera exposición sobre la historia del colectivo LGBTI+, en mi ciudad natal. Yo me integré tardíamente a las sesiones de trabajo con el grupo de curadores y organizadores, quienes me mostraron, de entrada, las obras a exponer. En ese momento pude percatarme de dos cosas; la primera, de que había sido invitade para cubrir una cuota, ya que me asumo como persona no binarie y querían integrar a otras identidades al equipo. Segunda, de que la colección hasta entonces conformada daba cuenta en su mayoría de las experiencias de hombres homosexuales cisgéneros. Los materiales eran principalmente fotografías, notas en periódicos y atuendos de algunos personajes emblemáticos del mundo del espectáculo y del arte gay locales. La pregunta que rondaba en la mesa era si dichos objetos tenían la calidad de “obras de arte” para ser expuestos en el Museo Regional, administrado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). El cuestionable estatus artístico y estético del pequeño acervo dio lugar a la decisión de traer obra de arte plástica, cuya técnica artística y originalidad no fueran discutibles y, con ello, otorgarle prestigio a la exposición para que representara dignamente la historia de la diversidad sexual queretana.

Esta situación me llevó a reflexionar sobre la noción de archivo, puesto que el conjunto de obras curadas para una exposición museística configura un repositorio que contiene lo que se considera importante para una comunidad. Entonces, algunas preguntas se abrieron: ¿qué cosas tienen la calidad para ser archivadas?, ¿quiénes suelen ser las personas con el privilegio de archivar? ¿qué tecnologías se emplean como soportes para ese material?, ¿en qué lugares se resguarda?, ¿de qué maneras los archivos benefician a las comunidades?, entre otras.

Con temor a ser desinvitade, expuse mi punto de vista: necesitamos abrir las categorías de obra de arte y de archivo con el propósito de hacerlas democráticas, incluyentes y preservadoras de las huellas de las experiencias de quienes solemos estar excluides de los archivos que configuran la historia legitimada. En otras palabras, descolonizar sus significados y las prácticas que conllevan. Hallar los rastros de las vidas LGBTI+ en piezas consideradas de alta cultura requiere de un trabajo de arqueología del arte queer/cuir y, hasta cierto punto, resultaría anacrónico dado los tiempos que corren de fuertes críticas a la distribución desigual de los privilegios y del poder. Es decir, hoy en día hablar de alta cultura en grupos de la disidencia sexual es sinónimo de occidentocentrismo, de la hegemonía de la blanquitud o de la colonialidad estética del arte.

Los archivos que dan cuenta de las experiencias de vida de las personas lesbianas, trans*, no binaries, homosexuales, intersexuales, bisexuales y otras, no han solido estar en lienzos pintados al óleo, ni en fotografías de gran formato con marcos fastuosos, tampoco expuestas en recintos culturales de prestigio o incluidas en acervos de instituciones reputadas. Por el contrario, se encuentran en soportes ordinarios y convencionales donde la misma forma se entreteje con la memoria que las personas LGBTI+ consideran importante para contar la trama de sus historias personales. Su exhibición no ha tenido muros, sino paredes; no ha requerido la legitimación de terceros que avale su valor estético, sino que desborda emociones, luchas o momentos de algarabía. En muchos casos, su permanencia en el mundo se debe a que son archivos secretos, escurridizos, efímeros o furtivos, características que les han posibilitado escapar de la destrucción, el escarnio o la persecución de sus creadores en contextos de homotransfobia.

Siguiendo esta lógica, pudimos llevar a cabo tres acciones para sacar adelante la exposición. Primero, abrimos la convocatoria para que personas de distintas identidades dentro del paraguas LGBTI+ prestaran al museo sus objetos valiosos; sus archivos personales de los que se sienten orgulloses. Segundo, reconocer la importancia de las distintas materialidades que conservan la memoria disidente sexual y lo que aportan al imaginario de la comunidad. Tercero, revalorizar el hecho de que la “baja cultura” ha sido el ámbito que ha dado espacio a las formas de expresión de la sexualidad no normativa y le ha dado forma y sentido a los distintos grupos que conforman las siglas LGBTI+. Con estas decisiones, hasta cierto punto, logramos descentrar la mirada “Gay”, caracterizada por estar despolitizada, homonormada e impregnada de los valores neoliberales de quienes ocupaban los puestos institucionales de poder. De este modo, se dio cabida a otro tipo de archivos cuyos objetos y materiales lograron interpelar a la amplia comunidad.

Sin saberlo en su momento, estas prácticas se acercan a lo que el filósofo de la tecnología Andrés Maximiliano Tello denomina como políticas de anarchivismo. Revisando la etimología de las palabras que reúne este neologismo, es revelador que archivo y anarquía compartan la raíz griega arkhê (en griego ἀρχή), que significa comienzo, origen, principio, autoridad, mandato. Mientras que el archivo conserva y ordena, la anarquía implica la ausencia de principio, la ausencia de reglas, la ausencia de jefatura y la ausencia de autoridad. Si pensamos en la memoria de las comunidades LGBTI+ en el contexto mexicano —y más aún en el interior del país—, el anarchivismo es un ejercicio de recuperar materiales que dan cuenta de vidas consideradas históricamente inadecuadas y de cuerpos menospreciados. Es una práctica que desestabiliza la legitimada y normalizada violencia archivadora. Es una operación activa realizada desde los lugares autorizados del Estado, la cual institucionaliza los sistemas de clasificación y subordinación en los registros de la memoria social, puesto que selecciona y excluye.

No recuerdo, por ejemplo, que en la historia oficial de la conquista de América haya habido destacadas figuras homosexuales; que en la Independencia haya luchado alguna honorable persona trans; que en los murales sobre la Revolución mexicana aparezca alguna notable lesbiana, o bien, que en la Época de Oro del Cine Mexicano se haya filmado la historia de alguna honrada familia homoparental. Más bien, se trata de una larga historia de infrarrepresentación que se traduce en la normalización del menosprecio y del rechazo de quien es diferente a lo heterosexual, cisgénero, blanco y de clase burguesa. Por eso, reunir objetos cargados de la memoria disidente sexual es “profundizar en los movimientos que desestabilizan el sueño del ordenamiento orgánico de los registros y de los regímenes sensoriales que delimitan los modos de vida en un espacio-tiempo determinado” 1.

Para Tello, la máquina social de archivo es una máquina mitológica que reproduce los principales mitos fundadores de una colectividad, es arbitraria e impone una única memoria. Sin embargo, considera que es necesario generar cisuras en esa memoria molar y absoluta por medio de “máquinas nómadas”, que eviten o subviertan la instauración de un poder organizativo. Esto implicaría un desplazamiento de la forma canónica de concebir la memoria y lo perdurable y, parafraseándolo, representaría una pesadilla para cualquier orden social que se pretenda vigente.

Regresando a la exposición, recuerdo lo problemático que fue recabar los objetos para el museo, ya que la mayoría de las personas de la comunidad dudaban del proyecto. El hecho de que sus piezas de valor personal fueran a ser exhibidas en un recinto del Estado levantaba suspicacias; aunado a esto, algunas otras no deseaban hacerse visibles en la sociedad. Al final, hubo más objetos expuestos pertenecientes a las identidades más aceptadas en la sociedad como son los homosexuales y las lesbianas, y muy pocos representando las vidas trans, no binarias, travestis, intersexuales, asexuales o bisexuales.

Sin lugar a dudas, el ejercicio de hacer una exposición de la memoria marica es en sí mismo una práctica archivística organizativa, que también excluye y revela las jerarquías existentes entre las diferentes identidades del colectivo LGBTI+, aunque vayan contrapelo de las lógicas hegemónicas. Está en tensión con la maquinaria institucional del Estado y la maquinaria capitalista. Es decir, sus criterios de selección no escapan a las políticas del museo que determinan lo que en él puede mostrarse, tampoco de la valoración mercantil de los materiales de los soportes de la memoria, sin olvidar el contexto social en el que se lleva a cabo. Sin embargo, siguiendo a Tello, considero que las tecnologías de inscripción nómadas de los objetos que suelen componer los archivos de la memoria marica tienden a no instituir un poder archivístico sobre sus registros. Por ejemplo, recuerdo una colección de muñecos Ken, de Barbie; una colección de la revista lésbica llamada Las amantes de la luna; una colección de Fanzines LGBTI+; bordados en punto de cruz de un chique no binarie; las alhajas de una travesti; una serie de visores de fotografías miniatura sobre la infancia lesbiana; una colección de condones de la década de 1990; actas de cambio de nombre de personas trans, entre otros objetos.

Estos materiales distan de ser obras de arte, su valor no está en la excepcionalidad de la técnica con que están elaboradas, más bien, se trata de soportes que no son simples medios o intermediarios neutrales, puesto que están cargados de afectos. En ellos, “operan ensamblajes de cuerpos, afectos y tecnologías que alteran los registros de identidades, posiciones y funciones rotuladas en la máquina social que distribuye la producción general del cuerpo (y los corpus)”. 2 Mirar una colección de condones de la década de 1990 implica pensar en la pandemia del sida, en la sexualidad estigmatizada, en los reducidos espacios públicos para los afectos disidentes y “dispara una multiplicidad de afectos y de efectos en los cuerpos en los que resuena”. 3 Estos archivos desobedientes se despegan de “lo visible de la máquina social del archivo” 4 hegemónico, son lo invisible, lo que no se ve. Así, las alhajas travestis, los bordados no binaries o las revistas lésbicas, son máquinas sociales nómadas que “no adhieren ni se articulan en torno al origen y el mandato, sino que encarnan un movimiento anarchivista, una agitación de los regímenes sensoriales del archivo, de la institución de los sistemas de clasificación y subordinación en los registros de la producción social”. 5

A este mismo ejercicio, el filósofo argentino Eduardo Mattio lo denomina el archivo marica local, para hacer explícitas, por una parte, las maneras en que funcionan las economías afectivas disidentes y, por otra, para “exhibir los términos en que disputan las gramáticas emocionales hegemónicas”. 6 Mattio señala que, incluso, los archivos maricas reúnen emociones cifradas en códigos no convencionales, que escapan a las formas ya conocidas y legitimadas como posibles para expresarse. Por ejemplo, un(a) visitante del museo, hombre o mujer heterosexuales y cisgénero, probablemente tenga problemas para hallar los códigos de lectura que le informe sobre la densidad emocional y afectiva adherida a la colección de muñecos Ken, de un maricón cualquiera. Mientras tanto, para alguna persona disidente sexual, dicha pieza puede desprender una prolija trama de emociones que conectan con sus experiencias de desacato, ocultamiento, goce o sensualidad. Se trata de una suerte de gramáticas emocionales pegadas en lo pequeño y momentáneo que, por su condición de efímeras, tienden a escapar al régimen emocional que impone la esfera social normativa.
Por su parte, les sociólogues queer españoles Fefa Vila y Javier Sáez se refieren a esta práctica como hacer contraarchivo, porque implica desafiar el ordenamiento de la memoria, impuesto por el poder dominante heteropatriarcal. “Supone cuestionar los orígenes blancos, heteros y cisexuales para permitir abrir otros futuros con esas imágenes, recuerdos, libros, obras de arte, poemas, panfletos, casetes, revistas que nunca se archivan, porque son abyectos” 7 , porque pertenecen a las personas de cuerpos que no importamos: a las lenchas pobres, las jotas torcidas, las trans, las personas migrantes, las personas con sida, las personas queer provenientes de los pueblos, etcétera. No obstante, estas personas producen materiales estéticos y políticos que deben ser recordados y cuidados, ya que dan cuenta de vidas cuyas estrategias para construir la trama de sus historias han implicado formas de lucha y resistencia con una dimensión estética.

Estos contraarchivos fluyen en otra lógica porque no son ingenuos; su propósito no es perdurar, sino emerger, conectar y desaparecer. La exposición en el museo fue temporal y esa cualidad de “objetos de museo” de dichos materiales ahí mismo terminó. Tal vez los objetos ya no sean considerados museificables porque, desde su origen y desde los significados que se le dieron, no fueron concebidos para eso. Puede ser que ahora estén en algún rincón perdido de una casa, o simplemente ya no existan. Lo importante es que pudieron salir a conectar con otros cuerpos y permitir la imaginación política de un grupo de personas disidentes sexuales, para experimentar emociones de pertenencia.

De este modo, tanto los anarchivos, el archivo marica, como los contraarchivos son materiales desobedientes que generan otros corpus, cuya característica principal es estar inacabados, ser arbitrarios e inusuales, estar abiertos y muchas veces ser incoherentes. Presentan otra temporalidad capaz de interpelar de maneras extrañas a personas consideradas también extrañas y desviadas. Son conjuntos de datos donde la frontera entre la forma y el fondo se difumina para generar significados en conjunto. En el contacto con ellos tienen la capacidad de desprender emociones que son comunes en un colectivo. Son corpus también distintos entre sí, disímiles, contradictorios, heterodoxos, incompatibles e imposibles, porque vienen de identidades construidas con estas mismas características. Su cualidad de estar siempre en fuga, de ser volátiles, es concomitante con las experiencias que agrupan; escabullirse ha sido una de las estratagemas que las personas del espectro LGBTI+ hemos logrado sofisticar a golpe de repetición.

Pero, ¿qué ocurre con los archivos desobedientes que tienen como soporte lo digital? ¿Qué actores entran en la escena? ¿Qué características tienen? Son algunas otras preguntas que se abren al pensar en las distintas materialidades que pueden tener actualmente los archivos. Siguiendo a la física estadounidense Karen Barad, la materia no se limita a entidades físicas concretas, sino que incluye relaciones espaciotemporales que constituyen los fenómenos observados. En este sentido, la materia no se define simplemente por sus propiedades físicas, sino que se entiende como una red de relaciones y agencias que se despliegan en el mundo. Así, la memoria humana, el recuerdo, la oralidad, son materialidades que han funcionado milenariamente como soportes de las tradiciones de muchas culturas. Ocupan un lugar en el mundo y tienen agencia porque transforman tanto la realidad de las personas como sus relaciones, además, poseen un peso y un valor. Lo mismo ocurre con los datos que se coproducen entre les usuaries, las plataformas y los algoritmos, si nos trasladamos ahora al campo de la cultura digital.

En estos términos, un archivo que me parece interesante porque da cuenta de la producción cultural de colectivos y proyectos de la escena no oficial, underground e independiente en México, es Desobediente. Archivo digital del Museo Universitario del Chopo, al que se puede tener libre acceso desde la página del museo. En él hay una sección dedicada a las experiencias de las vidas LGBTI+ en la ciudad. Se trata de un repositorio que, como acervo, da cuenta de los intereses, luchas y memoria que han dado sentido a la comunidad a través del tiempo. En cuanto a su materialidad, son fotografías, ilustraciones, flyers e imágenes que aluden a eventos que sucedieron en algún momento de la vida física. Leídos desde la cultura digital, son datos y metadatos que informan sobre un colectivo específico, cuyo contenido no deja de pasar por la curaduría del museo. Es decir, un tercero ha determinado lo que se publica en la página de la institución, tal cual sucede con aquello que se expone en las salas del recinto. Estos registros son hijos de este tiempo, caracterizado por la plataformización de la sociedad, la datificación de la cultura y la era del capitalismo de vigilancia.

Llevamos al menos 20 años en el país realizando anarchivos cuya materialidad hemos llamado computacional, electrónica, informática o digital, dependiendo de la precisión que ha ido alcanzando el lenguaje de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. El acceso a internet y la hiperconectividad han dado paso a que colectivos politizados, comunidades organizadas, grupos de activistas, etcétera, puedan construir contraarchivos sin la jerarquía de la mirada del curador de una institución, sin la legitimidad institucional y, por lo tanto, sin utilizar sus recursos. Sin embargo, estos archivos digitales están sujetos a las condiciones que las plataformas determinan; por ejemplo, un usuarie de algún colectivo queer/cuir, al subir las fotografías de su último performance en Instagram, está obligade a hacerlo como imagen vertical de tamaño 1080 x 1350 píxeles, con una relación de aspecto de 4:5. Si es una publicación horizontal, debe tener 1200 píxeles por 628, con una relación de aspecto de 1,91:1. El texto que contextualiza la imagen debe ser corto, entre más corto mejor, y puede llevar etiquetas a través de hashtags y gráficos de emojis. Además, solo puede colocarlas en los formatos permitidos: en el feed, como historia o como reel.

Esto no es todo, esta imagen, que hipotéticamente es parte de un contraarchivo LGBTI+, es un dato con sus metadatos (datos que informan sobre los datos, por ejemplo, los comentarios de una publicación de Instagram o los de un video de YouTube), susceptibles de ser utilizados por terceras empresas para generar predicciones sobre este grupo. Sirven además para generar productos y diseñar nuevas necesidades para dicho colectivo con características en común. En otras palabras, estos archivos digitales tienen la cualidad de no pasar por el filtro de un curador, como sucede con aquellos generados desde las instituciones, pero están al acecho de las empresas de las plataformas y de las marcas anunciantes.

El sociólogo de la tecnología Nick Couldry señala que la tecnología digital más que replicar la cultura, la replantea y presenta nuevas formas de lo social. De igual forma, los archivos desobedientes digitales presentan otras posibilidades para los colectivos de la disidencia sexogenérica, ya que son “máquinas nómadas” con agencia para emancipar por momentos a las personas de los regímenes curatoriales institucionales. Estos archivos representan la oportunidad de abrir el imaginario social, a partir del empleo de otras herramientas y otros materiales, para insertar nuevas maneras de ser queer/cuir. Además, pueden conectar con un espectro más amplio de personas y, por lo tanto, ser también intervenidos y apropiados. Pero, simultáneamente, corren otros riesgos propios de la arena digital.
De este modo, tanto los anarchivos convencionales como aquellos de materialidad digital, son datos que no necesariamente prescriben la vida de las personas disidentes sexuales, pero sí contribuyen a la construcción de una memoria social y afectiva que reivindica la diferencia y legitima otras maneras de habitar el mundo. Los archivos desobedientes son una suerte de lámparas que arrojan luz hacia el futuro, trazan rutas hacia mejores condiciones de vida; son mapas que cartografían luchas de las cuales se puede seguir aprendiendo. Son materiales con los que la comunidad LGBTI+ busca contribuir a la transformación de la realidad precaria y violenta que actualmente experimentamos.

Fuentes
Barad, Karen, Cuestión de materia. Trans/Materia/Realidades y performatividad queer de la naturaleza, Barcelona, Holobionte Ediciones, 2023.
_, Meeting the Universe Halfway: Quantum Physics and the Entanglement of Matter and Meaning, Durham, Duke University Press, 2007.
Couldry, Nick y Andreas Hepp, The Mediated Construction of Reality, [s. l.], Polity Press, 2016.
Mattio, Eduardo, “Sentimientos maricas. Notas para una gramática emocional disidente”, en Tramas y Redes, núm. 5, (Buenos Aires, diciembre de 2023).
Rodríguez Cano, César Augusto, “Minería de datos y análisis de redes sociales: malabarismos de una experiencia de investigación”, en La imaginación metodológica. Coordenadas, rutas y apuestas para el estudio de la cultura digital, Dorismilda Flores-Márquez y Rodrigo González Reyes eds., México, Tintable Editorial, 2021.
San Martín, Celina, “Reseña de Anarchivismo. Tecnologías políticas del archivo, de Andrés Maximiliano Tello. Adrogué: La Cebra, 2018. 320 páginas”, en Corpus. Archivos virtuales de la alteridad americana, núm.2, vol. 9, ( [s. l.], diciembre de 2019).
Tello, Andrés Maximiliano, Anarchivismo: tecnologías políticas del archivo, Adogué, Ediciones La Cebra, 2018.
van Dijck, José, et. al., Platform Society. Public values in a Connective World, Londres Oxford University Press, 2018.
Vila, Fefa y Javier Sáez eds., El libro de buen amor. Sexualidades raras y políticas extrañas, Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 2019.
Zuboff, Shoshana, La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder, Barcelona, Paidós, 2021.


Autores
Nivs Trejo-Olvera es investigadore en las áreas de cultura digital queer/cuir, literatura al margen del canon, políticas de la disidencia sexogenérica y cultura visual. Su trabajo abarca prácticas etnográficas multisituadas, hermenéutica y métodos digitales. Es docente en la Facultad de Lenguas y Letras de la Universidad Autónoma de Querétaro. Estudió el Doctorado en Estudios Críticos de Género en la Universidad Iberoamericana, la Maestría en Letras Hispánicas en la Western Michigan University, y la Maestría en Estudios de Género en la UAQ.
"Autorretrato", 1923. Óleo sobre cartón. Por Abraham Ángel (1905 - 1924). Imagen de dominio público.
“Autorretrato”, 1923. Óleo sobre cartón. Por Abraham Ángel (1905 – 1924). Imagen de dominio público.

En estas últimas semanas una exhibición de arte, Abraham Ángel. Entre el asombro y la seducción, ha generado gran expectación entre la comunidad LGBTTTIQ+, con especial afluencia del público joven. En esta muestra se presenta la incomparable obra y la singular vida de un hombre gay que decidió ser artista, a pesar del contexto abiertamente homofóbico que imperaba en el medio cultural del México posrevolucionario. 

Más allá de la cuota de visibilidad que en los últimos años han ofrecido los espacios culturales a las sexodivergencias, llama la atención que se conmemore el centenario del deceso no solo de un artista homosexual, sino de un hombre totalmente ajeno a los estándares hegemónicos: moreno, de cabello rizado, proveniente del interior del país y con una expresión de identidad que bien podríamos referir hoy como queer, en tanto su rechazo a las normativas y etiquetas de género de su época.

Esta exposición no solo reintroduce a Abraham Ángel en el relato de la historia del arte moderno mexicano, ya que han pasado más de tres décadas de la última muestra individual que se le dedicó, sino que justo ahora nos podemos acercar a este personaje desde una perspectiva más plural y abierta, en la que él y sus vínculos afectivos nos permiten entender las lógicas de resistencia creativa de un sector de la comunidad LGBTTTIQ+, de la década de 1920, frente a la hipermasculinizada y heteropatriarcal visión del México que proyectaba particularmente el muralismo.

Entre el 14 de marzo y el 14 de julio de 2024, en la sala C del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, se presenta Abraham Ángel. Entre el asombro y la seducción. Esta exposición llega a nuestro país tras estrenarse inicialmente en Estados Unidos, después de ser la primera exhibición de este pintor en aquel país. Con curaduría de Marc A. Castro, la muestra fue gestionada por el Museo de Arte de Dallas en mancuerna con el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL). 

Abraham Ángel, el llamado niño pintor, fue un artista mexicano que desarrolló una carrera corta, truncada por una temprana y confusa muerte. A veces, una partida temprana termina por deparar una fama inusitada, no obstante, en el caso de Abraham Ángel, en tan solo tres años de producción, logró crear una estética singular que le otorga un lugar entre los creadores más excepcionales de la llamada Escuela Mexicana de Pintura. Hoy en día, se tienen únicamente documentadas 241 obras de su autoría, de las cuales cuatro se encuentran perdidas y registradas tan solo a través de reproducciones de revistas de la época.

Una parte fundamental de esta exposición es precisamente el trabajo de gestión de este proyecto, ya que a pesar del reducido número de pinturas convocadas ―19 de Abraham Ángel y siete más de otros artistas del mismo periodo― presentan un panorama diverso en cuanto a su conservación. 

En el INBAL se resguardan 11 trabajos de Ángel que forman parte de los acervos del Museo Nacional de Arte y del Museo de Arte Moderno, obras que inicialmente constituían parte de la colección de Francisco Sergio Iturbe, un coleccionista, miembro de la comunidad LGBTTTIQ+ y apoyo de una serie de artistas que no formaban parte del canon hegemónico del gobierno posrevolucionario, como Manuel Rodríguez Lozano y Mardonio Magaña. En un inicio, también ayudó a José Clemente Orozco, a quien Iturbe encargó el mural Omnisciencia, ubicado en el descanso de la escalera de la afamada “Casa de los Azulejos”, sede de uno de los restaurantes más concurridos de la Ciudad de México. Esta obra se erigió como el primer mural del movimiento muralista mexicano pagado por un particular, justo en un momento en que la obra de Orozco sufría de agresiones y rechazos.

Iturbe constituyó un fuerte impulso a las carreras de estos creadores disidentes, incluido Abraham Ángel. De hecho, él le ofreció a Manuel Rodríguez Lozano, pareja y maestro de Ángel, un estudio en la calle de Puente de Alvarado, que también fungía como espacio de exhibición de los trabajos de estos artistas. Dichas obras pasaron a formar parte de la colección de Francisco Sergio Iturbe, constituida desde 1923 hasta mediados de la década de 1930. Al momento de su muerte, en 1957, una parte considerable de ese acervo fue adquirido por el gobierno mexicano. 

El resto de las obras provienen de museos del interior del país, los cuales han puesto por casi un año en préstamo piezas nucleares de su colección en respuesta al centralismo de nuestra cultura; este acto es de reconocerse. Otros cuadros forman parte del patrimonio de museos norteamericanos, resultado de la expansión que tuvo el arte mexicano en la década de 1930, gracias al trabajo de espacios como la Galería de Arte Mexicano, encabezada por Inés Amor. 

Abraham Ángel, Autorretrato, 1923, óleo sobre cartón, Museo Nacional de Arte.

Al iniciar el recorrido nos confrontan una fotografía y un autorretrato de Abraham Ángel a los 18 años. Pese a su corta edad, la tensión de sus labios y la coquetería de su mirada nos dan cuenta de su seguridad; pareciera que nos expresa el saberse parte de una comunidad artística que comienza a reconfigurar al país desde la plástica. De hecho, en el año de factura de su autorepresentación, 1923, Abraham Ángel aparece en una fotografía en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, cuna del muralismo mexicano, precisamente en el momento de develación del mural de Jean Charlot, La caída del templo mayor. Ángel se muestra contiguo a algunos de los nombres más célebres de la pintura mexicana, como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Carlos Mérida, Roberto Montenegro y Adolfo Best Maugard.

El autorretrato de 1923 nos permite también adentrarnos a los elementos clave de su obra, marcada por representaciones de personajes en un primer plano muy próximo, que parecieran estar desapegados del paisaje del fondo. A la par, la figura de Ángel se presenta en un tono realista, pese a los colores un tanto ilusorios de su rostro; en contraste, la factura del horizonte corresponde a un estilo más sencillo e incluso ingenuo, con una fuerte incidencia del arte popular, en donde unas discretas casas parecen tener el mismo tamaño de una catedral o unos extraños y gigantescos árboles poseen un follaje más parecido a nubes o torundas de algodón. Todo esto enmarcado por colores intensos que permiten ahondar en la sensación fantástica de la obra.

Esta falta de realismo y antiacademiscismo de Ángel hace de su trabajo una propuesta fresca e innovadora, incluso ahora, a una centuria de su creación. Hubo que esperar casi una década, al trabajo de María Izquierdo, para nuevamente encontrarnos con una obra que palpita novedad e insolencia frente a los cánones.

Abraham Ángel a temprana edad se decanta por la poesía hasta que conoce al pintor Adolfo Best Maugard, quien forma parte del proyecto cultural que José Vasconcelos promovió desde la Secretaría de Educación Pública del gobierno posrevolucionario como jefe del Departamento de Dibujo y Trabajos Manuales.

Best Maugard impulsó la educación artística en México al preparar a 150 maestros —entre ellos, Rufino Tamayo, Manuel Rodríguez Lozano, Agustín Lazo, Julio Castellanos y Abraham Ángel—, para difundir en las escuelas primarias un método de dibujo compuesto de siete líneas o trazos básicos, con el que se esperaba reivindicar el arte precolombino y las creaciones populares, con el fin de promover un arte “verdaderamente mexicano”.

Este método recibió fuertes críticas por cuanto se consideraba que estandarizaba las expresiones artísticas y constreñía la mexicanidad a expresiones folclóricas. No obstante, el sistema Best Maugard permitió a los jóvenes artistas comenzar a delinear su propio estilo, el cual, sin embargo, en la mayoría de los casos tardaría un par de años en madurar, hasta ofrecernos algunos de los momentos claves de la pintura mexicana, como es el caso de Tamayo.

En cambio, ya desde 1921, vemos emerger con tan solo 16 años, con una inusual destreza, la obra conmovedora y plenamente moderna de Abraham Ángel, quien en su trabajo más antiguo, Concepción, aprovecha la gramática visual de Maugard para crear un espacio multidireccional donde aves, insectos y un colorido ser humano, flotan libremente creando una obra de carácter primitivista y espontáneo, acorde a las búsquedas vanguardistas internacionales de la época. 

Basta con comparar una serie de mariposas que pintaron Abraham Ángel y su pareja y mentor Manuel Rodríguez Lozano, para entender la originalidad y frescura del trabajo de este joven pintor. Mientras el insecto de Lozano pareciera corresponder a un elemento decorativo, propio de una jarra o un plato proveniente del arte popular, haciendo resonar la crítica de Orozco a que este tipo de métodos solo nos conducirían a una especie de jicarismo, las mariposas de Ángel son de una exuberancia y fantasía inusitadas, son seres antropomorfos alados, que en su intento por robar el polen de una flor, son atacados por una serpiente bicéfala. Las formas ondulantes de cada uno de los personajes hacen una especie de danza del espacio pictórico.  

Es precisamente a través del método Best Maugard que se manifiesta el encuentro de amor y aprendizaje entre Manuel y Abraham. Tras una larga estancia en Europa y ocho años de matrimonio, Manuel Rodríguez Lozano y Carmen Mondragón deciden separarse. Ella comienza una relación con Gerado Murillo, el pintor y vulcanólogo conocido como Dr. Atl, quien empieza a llamarla Nahui Ollin; por su parte, Manuel conocería a un joven Abraham Ángel, a quien le lleva casi 10 años, pero queda cautivado por el orgullo con que expresa su identidad sexodivergente. Así, Manuel rompe con la estructura heteronormada con la que había crecido en sus días como cadete militar, permitiéndose por fin amar a otro hombre.    

Abraham nació en El Oro, Estado de México, como el menor de cinco hijos de un minero escocés que terminó por abandonar a su familia. El hermano mayor, Adolfo, se hizo cargo por medio de un trabajo en la Compañía de Luz, a la cual deseaba que también ingresara Abraham Ángel Card; no obstante, cuando este anunció sus inclinaciones artísticas se creó un desacuerdo que hasta el día de hoy se escribe como el motivo de la expulsión del hogar y por el cual Abraham dejó de usar su apellido para firmar sus obras. 

Sin los sesgos y las censuras de otras épocas, actualmente podemos entender a cabalidad la ruptura familiar, al imaginar la valentía y sinceridad con que este joven anunció a sus parientes que se iría a vivir con su maestro para ser artista y porque estaba enamorado de él. 

Eligió a Manuel por encima de todo y de ello no queda duda cuando se mira el retrato de Lozano, pintado por su Ángel en 1922. A través de las fotos de la época, es indudable el atractivo de Manuel Rodríguez Lozano, sin embargo, al momento de ser pintado por Abraham Ángel, salía de una larga convalecencia, producto de una tuberculosis pulmonar que le diagnosticó el doctor Gastón Melo. A pesar de la barba crecida que da cuenta del decaimiento, la imagen de Lozano es un retrato de amor y un cuadro votivo en el que Ángel parece pedir por su salud.

Abraham Ángel, Retrato de Manuel Rodríguez Lozano, 1922, temple barnizado sobre cartón, Museo de Aguascalientes.

Precisamente, la entrada en escena de Manuel Rodríguez Lozano permite a Abraham Ángel el acercamiento a fuentes no academicistas como los exvotos, obras de pequeño formato, pintadas por gente sin instrucción artística, en las que se agradece o se pide un milagro. Son trabajos de carácter metafísico, inundados de irrealidad como los paisajes que Abraham Ángel pinta de Tepito, Iztapalapa o Cuernavaca, en los que, por encima de un perspectiva ortodoxa, juega con una superposición de planos, la cual provoca que el tamaño de los objetos no se reduzca al encontrarse más lejanos.  

Abraham Ángel crea así un caprichoso universo que parece exhalar un aliento de nostalgia por estos lugares que dan cuenta del paso del mundo rural hacia la urbanización del país. Las casas de adobe, las calles sin pavimento, las antiguas catedrales, las pulquerías y los firmamentos dominados por montañas, que parecieran aludir melancólicamente a su infancia, comienzan a ser invadidos por cables de luz y torres radiofónicas.

Para parecerse al carácter no ostentoso de los pequeños exvotos, tanto Lozano como Ángel deciden recurrir al cartón2 como soporte pictórico, sin embargo, una vez más Abraham Ángel toma su propia dirección, al resolver pintar cuadros de gran formato, en los que principalmente retrata a personajes que provienen de su núcleo familiar. Son seres monumentales que, por la frontalidad con que son dispuestos, en algo recuerdan a los hieráticos retratos costumbristas del siglo XIX, aunque son inundados por una fantasía cromática, inusitada para el arte mexicano. 

Si bien la mayoría de los artistas cercanos al método Best Maugard recurren al colorido del arte popular, en el caso de Abraham Ángel sus piezas resaltan, se intensifican, por su uso de colores complementarios, es decir, aquellos que se encuentran opuestos en el círculo cromático y que, al reunirlos, acentúan y destacan los elementos pintados; en donde aparece un paisaje dominado por árboles verdes, Ángel dispone una vereda roja y una mujer de rostro y prendas rosáceas, mientras que en un firmamento que se perfila violeta, destacan la tierra, la ropa amarilla —enmarcada por una ventana azul— y el vestido naranja de una chica. 

Este uso tan particular de los colores solo era posible de encontrarlo en ese momento en la pintura europea de vanguardia, tanto de los postimpresionistas como de los fauvistas, a los que Lozano tuvo acceso en su vida parisina y con los que seguramente inundó la mente de Ángel, ávido de devorar y apropiar el mundo plástico que se colocaba ante sus ojos.  

Son de destacar las mujeres que protagonizan los cuadros La chica de la ventana y La mesera; aparentemente situadas en ambientes semirurales, poseen una inusual extensión del cabello hasta la altura de la mandíbula, el llamado corte bob, que en la década de 1920, popularizaron las flappers, mujeres de clase media que procuraron romper con las normas sociales impuestas. 

En México, el rechazo a esta moda quedó inmortalizado en el artículo de agosto de 1924 de El Universal, “La tragedia de las pelonas”, en donde se les señalaba de perder su feminidad al llevar el cabello corto. La rebeldía de las mujeres retratadas por Ángel se ha interpretado como metáfora de la vivencia de su propia orientación sexual disidente.

Esta situación ambivalente entre retratos urbanos y rurales marca también la postura de Abraham Ángel ante el extendido indigenismo que se procuró en el México posrevolucionario, cual símbolo del renacimiento de las culturas antiguas. Piezas como La india o Los novios son en apariencia retratos etnográficos de la pervivencia de nuestras raíces precolombinas, cuando en realidad, al mirar los atuendos de los personajes, damos cuenta que son personas mestizas. Algo semejante ocurrió durante el concurso de la India bonita en 1921, en el las concursantes, a pesar de poseer rasgos indígenas, provenían de espacios urbanos.

Abraham Ángel, Los novios,1924, óleo sobre cartón, Colección particular.

El cuadro Los novios es además un caso singular entre los óleos que se conservan de Ángel. Junto con el retrato de Manuel Rodríguez Lozano, estas piezas son las únicas que poseen su marco original, decorado por el artista, a lo que se suma que pertenecían a otro joven creador, que desarrolló de forma temprana un particular estilo al adscribirse al método Best Maugard: Miguel Covarrubias. 

Este óleo presenta con claridad el manejo de la perspectiva alzada con que Ángel marcaba la distancia entre los objetos; en vez de insertarlos en la profundidad del espacio, estos van ascendiendo. Lo anterior podría considerarse un error técnico, sin embargo, fue un recurso utilizado por vanguardias como el cubismo y practicado por el mismísimo Diego Rivera en los murales de la Secretaría de Educación, durante la época contemporánea de Abraham Ángel. Es esa combinación entre una obra aparentemente ingenua, pero con un aire avant-garde lo que dota de originalidad al trabajo de Ángel al paso de los años.  

Su vinculación con el método Best Maugard y su relación con Manuel Rodríguez Lozano no solo le permitieron estar al día con las innovaciones estilísticas, sino también le dieron acceso a diversos artistas, particularmente al grupo que con el paso de los años se integraría a la revista Contemporáneos, muchos de ellos vilipendiados por su homosexualidad. 

Escritores como Xavier Villaurrutia y Salvador Novo admiraron el trabajo de Abraham Ángel. De hecho, es de resaltar la rebeldía y el orgullo con que Ángel y Novo vivieron sus identidades, a diferencia de otros hombres gay de la época que preferían resguardarse en los patrones de comportamiento asignados a los varones. En la exposición es posible ver una pintura academicista de Roberto Montenegro que retrata a Villaurrutia como un dandy en la tónica de Oscar Wilde, mientras Lozano a medio paso entre arte clásico y de vanguardia nos muestra a un Salvador Novo en bata, recorriendo en coche la ciudad por la noche, en ese horario en que son permisibles todo tipo de relaciones. 

Abraham Ángel, El cadete, 1923, óleo sobre cartón, Museo de Arte Moderno.

En un sentido similar, Abraham Ángel retrata a un cadete, recordándonos las filias que hacían Novo y Villaurrutia para tener encuentros fugaces con hombres de bajos recursos; sin embargo, la obra también podría estar rememorando el tiempo en el que Manuel Rodríguez Lozano estudiaba en la academia militar y fue elegido por Carmen Mondragón como el cadete más apuesto. Si pensamos en un militar pintado por algunos de los muralistas, apostaríamos por un hombre de cuerpo vigoroso, mientras que el cadete de Abraham Ángel se mira frágil, delgado y ocupado en su apariencia, al levantar el cuello de su gabardina roja, como si se preparara para un encuentro prohibido en la tolerancia nocturna.   

De Abraham Ángel también se muestra un retrato homoerótico del caricaturista Hugo Tilghman, en el que se exaltan sus atributos físicos y se le presenta mientras juega tenis, un deporte propio de clases privilegiadas, pues por entonces al grupo de los Contemporáneos se les acusaba de burgueses y maricones. 

La relación entre Lozano y Ángel entró en crisis, producto de la aparición del nuevo protegido de Manuel, Julio Castellanos. Cegado por los celos, Abraham Ángel perdió la vida el 27 de octubre de 1924, a causa de una sobredosis con cocaína. En ese momento, el médico y amigo de ambos artistas, Raoul Fournier, declaró que había perdido la vida por una cardiopatía congénita, aunque medio siglo después reveló la verdad a Oliver Debroise, quedando la duda de si fue un accidente o un suicidio.

La recuperación de la figura de Abraham Ángel se dio en el contexto del surgimiento de la pandemia del VIH y de la persecución de la comunidad LGBTTTIQ+. A pesar del rescate de su obra, se priorizaron los detalles confusos de la muerte de Ángel y se acusó a Manuel Rodríguez Lozano de esta, señalándolo de infame y cobarde por dejar a cargo del entierro a la familia del joven artista.

La relación de estos dos creadores estuvo marcada por sinsabores como la de cualquier otra pareja, mas es indudable que Lozano cobijó a Abraham Ángel, lo llevó a vivir con él, confió en su obra e, incluso después de haberlo perdido, pintó su retrato en las claves estilísticas de Ángel —colores encendidos y un hombro que parece dislocado—, además de escribir el primer estudio de su trabajo, presentar en 1925 sus pinturas en Buenos Aires y París, y convencer a Iturbe de coleccionar sus piezas, lo que permitió que actualmente las resguarde el Estado mexicano.

Alfonso Reyes habría de comparar la fugaz e impactante obra de Ángel con la del poeta Arthur Rimbaud, un muchacho desconocido y pueblerino, quien al igual que el mexicano estuvo enamorado de su mentor Paul Verlaine; no obstante, cuando se escribió de la partida de Abraham Ángel, poetas como Tablada solo refirieron la separación del maestro y alumno, en un tiempo en que hablar del amor entre personas del mismo género parecía prohibido.

Abraham Ángel, Me mato por una mujer traidora, 1923, óleo sobre cartón, Museo de Arte Moderno.

Incluso se considera que en uno de sus últimos cuadros, Me mato por una mujer traidora, nos ofrece una clave sobre su situación emocional y su incapacidad de declararlo abiertamente. No obstante, por encima del sufrimiento, la obra es de una fantasía que no se guía por reglas académicas o veristas; los tamaños incomprensibles, los colores encendidos, la perspectiva irreal y los personajes que parecen flotar, al pensarlos a la distancia, parecen proponer una especie de protosurrealismo a la Chagall, justo en este 2024, que también se cumple el centenario de este movimiento. 

Nos quedamos con la ansiedad de saber qué más hubiera creado Abraham Ángel, pero tal como el nombre de su última pintura, solo nos reta a “seguir adelante” con el rescate de su quehacer artístico y celebrar que un museo federal abriera una de sus salas a un hombre homosexual, moreno, de provincia, por ser un espléndido pintor.


Autores
Doctor en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con una estancia de especialización en curaduría en la Universidad 3 de Febrero, de Argentina. Actualmente, es miembro del departamento de curaduría del Museo de Arte Moderno (MAM), donde se desempeña como curador, investigador y gestor cultural. Su línea de investigación se concentra en las relaciones entre las vanguardias europeas y el arte moderno latinoamericano, con especial énfasis en las colecciones de los museos de arte mexicano y el análisis con perspectiva de género.
Ilustración realizada por Iurhi Peña
Ilustración realizada por Iurhi Peña

Durante el porfiriato, se publicaron en la prensa un gran número textos sobre hombres que por sus acciones públicas y diversiones cotidianas se salieron de la heteronormatividad, lo que contrastaba pronunciadamente con las imágenes del campesino humilde y del aristócrata, tipos que, a decir de los autores de la época, eran los constructores del orden y progreso, con su trabajo y sus valores sociales.

Así, era frecuente que los domingos aparecieran en las columnas dedicadas a las lectoras narraciones de los ocios, los hábitos de consumo y la galantería de los jóvenes en la antigua Ciudad de México. En ellas se relataban las faltas al buen tono, las cuales fueron denunciadas por autores anónimos y editores que utilizaban las narraciones periodístico-literarias para señalar las prácticas que les parecían riesgosas, no tradicionales y sí muy femeninas de estos caballeros, y así, en contraste, recordar con moralejas y metáforas cuáles eran los hábitos y las costumbres correctas

Una de las características más sobresalientes de estos relatos fue la necesidad de nombrar a este grupo de hombres, lo que provocó desde diversos análisis hasta debates sobre cuál era el mote correcto, destacando palabras como gomoso o lagartijo, apodos de origen francés que se castellanizaron y fueron reutilizados por los columnistas. Muchas veces, estas “nuevas” palabras se entremezclaron y confundieron con otras como afeminado y maricón, de mayor uso en la época, las cuales referían a diversos fenómenos: desde la flojera y la inutilidad hasta los hábitos y gustos “delicados” de los jóvenes.

Con la divulgación periodística de la redada policiaca del Baile de la Paz, mejor conocido como el Baile de los 41, los conceptos se asociaron con el afecto físico, erótico y amoroso entre hombres, transformando así su significado y representación como un fenómeno de lo que poco después fue llamado homosexualidad, cuando en un inicio eran representaciones de masculinidades diversas.

Los periódicos, las crónicas y lo literario

La relación entre la prensa y lo literario puede referirse a diferentes objetos de estudio y aspectos de análisis, pero hay dos que me interesa resaltar. El primero: los periódicos y las revistas, como medio de difusión de crónicas, ensayos, poemas, etcétera, son las principales fuentes históricas sobre estos jóvenes y sus prácticas; es decir, desconocemos la versión de ellos y utilizamos las letras de ciertos columnistas para analizar a un grupo de personas que no han dejado registro de sí mismos. Las publicaciones de la época, más que presentar la realidad, revelan un sistema de valores y transforman el fenómeno que describen o relatan, por ello, necesitamos conocer el contexto de los soportes que difunden estas historias y debemos recordar que fueron una voz pública, no única, pero sí poderosa, debido a la protección y respaldo del gobierno o de un grupo empresarial o cultural.

El segundo aspecto es el uso del lenguaje literario en las noticias: la presencia de las figuras retóricas en el lenguaje público, la utilización de metáforas en el ejercicio de nombrar lo que les parecía nuevo o distinto. Es importante mencionar que el uso del lenguaje literario fue una constante en la vida pública de la época y no es exclusivo de este tema. Carlos Monsiváis, en Historia mínima de la cultura mexicana en el siglo XX, explica que en el movimiento literario que conocemos como Modernismo, propio de la época a la que nos referimos, la poesía “crea una prosa que modifica el periodismo, sitúa ‘lo bien escrito’ y contribuye a la ampliación de vocabulario y el gusto por las alegorías”, es decir, la época porfiriana estuvo poetizada. Pero no solo eso, Monsiváis también menciona que “entre 1884 y 1921 los poetas vitalizan el idioma, regionalizan influencias como el simbolismo, reencausan las ideas sobre el arte, agregan elementos ya reconocibles de sexualidad y erotismo”, ante lo cual podríamos afirmar que los escritores de prensa siguieron sus pasos, pues proponen nombres, traducen apodos, describen e imaginan escenas y escenarios para sus personajes de “verdad”, además de preocuparse por las formas y los movimientos de los paseantes, el cuerpo, los afectos… aunque, sin duda, de forma mucho más tímida que los poetas a los que se refiere Monsiváis. 

Es en Le Trait d’Union, periódico francés de la Ciudad de México, donde aparecen por primera vez los términos gommeux (gomosos) y lézards (lagartijos) como apodos para jóvenes mexicanos. Después serán adoptados, explicados y difundidos en los demás diarios de la época, principalmente en los impresos de la Ciudad de México, entre los que destacan, por la repetición de la palabra gomoso: El monitor republicano, de Vicente García Torres, y El diario del hogar, de Filomeno Mata, ambos de tendencia liberal con críticas y resistencia al gobierno de Díaz; La patria, de Irineo Paz, cercano al presidente, así como los tres diarios católicos del país, La voz de México, El tiempo y El nacional. Todos usan repetidamente el mote. En el caso del término lagartijos se sumaron las publicaciones El chisme, El imparcial, El popular y El porvenir. No todos hablaron del mismo modo de los gomosos y después de los lagartijos; en los momentos más extremos, los medios católicos emprendieron una campaña de castigo contra ellos, los liberales radicales los insultaron y evidenciaron su falta de educación, y los liberales más moderados vieron en ellos aspectos de libertad y de disfrute, pero tarde o temprano también malmiraron o se quejaron de sus prácticas.

Podría sorprender que tanto medios liberales como católicos hayan coincidido en sus apreciaciones sobre el tema, pero hay que recordar que todos están enmarcados en un contexto histórico donde la “conformación de un nuevo individuo comprometido con su nación y patria” se refiere a un modelo varonil que fue reproducido principalmente por la pequeña élite urbana y educada, así que es posible vislumbrar cómo la cultura y el ideal masculino vincularon a polos que en otros aspectos suelen no solo diferir, sino ser opuestos. 

Los orígenes de los motes

Es en documentos franceses de 1870 donde se registró por vez primera el insulto gomoso; el más antiguo de ellos describiendo a “un idiota con una raya en medio de la cabeza como de mujer”, y uno de los más famosos para referirse a Angenor Gommeux y a los hombres que se arreglaban con los productos de la época imperial francesa. En nuestro país, será en junio de 1874 que Le Trait d’Union publique una anécdota, a modo de nota, donde narre la vista de un gommeux al teatro, y será en 1875 cuando se registre el apodo ya traducido al español, en una crónica sobe la Ciudad de México llena de extranjerismos, en el diario de política El eco de ambos mundos, donde se escribió que “en la high life se designa con los nombres gráficos de gomosos, lyones, dandis…” a los hombres que piensan poco y hacen gala de no sentir, que les gusta ser vistos en el teatro, y que durante los paseos fijan su atención en la ropa de los escaparates, en vez de en los ojos de las damas. Fue hasta un mes después, en la columna “Charla de los domingos”, en El monitor republicano, donde el autor anónimo se quejó de que las chicas solo quieren bailar un “magnífico schotis o un vertiginoso wals” con sus novios, dejando sin practicar a los demás pollos, que era la manera común de referirse a los jóvenes más lozanos. Las pollas, pues, dejaban a los aspirantes sin pareja, incluido al gomoso, por lo que el autor solicita: 

como veis lectoras, van dos veces que se me escapa la palabra gomosos, nombre que los parisienses dan a esos animalejos que vosotras llamáis osos. Hacedme favor, si a bien lo tenéis, de aceptar el mismo término y llamar gomosos, no solo a esos bípedos que se miran y se zarandean y se enamoran de su propia persona, sino a todos los pollos en general… queda abolido el nombre de pollo en la raza humana, sustituyéndose por el de gomoso. Así se ayuda al lenguaje universal y se dan nombres más propios a las cosas.

Sin embargo, el consejo no fue tomado literalmente, al menos no por los otros articulistas y escritores, ya que pollo continuó utilizándose para hablar de los más jóvenes y el término gomoso quedó relacionado con los vanidosos e inútiles. 

Es muy significativa la elección de nombres para referirse a grupos de hombres. Los más socorridos de la época son los de animales: el oso, el lion, los cotorros, los gallos… todos ellos congruentes con la taxonomía científica que acompañaba la idea de orden, asentada entonces desde el poder. De igual manera, nombrar a los varones por productos industrializados como pomosos, o bien, mediante el uso de extranjerismos como dandies o dudes, se podría asociar al comercio internacional, elemento clave del progreso, la otra idea imperante del régimen; pero pocos términos fueron tan exitosos como gomosos y lagartijos, y aunque no siempre es fácil definirlos o diferenciarlos, por la cotidianidad del uso de ambos términos en las crónicas, pareciera que al menos los autores, y muy posiblemente los y las lectoras, los diferenciaban sin problemas. 

De todos ellos solo lagartijo aparece en el Diccionario de mejicanismos, de Félix Ramos y Duarte, donde se indica que es una expresión del otrora D. F. y es sinónimo de “lechuguino, galfarro, ocioso, vago, petimetre”, sin embargo, no se explica ninguno de estos otros términos. Llama mi atención que en la edición sí aparece la palabra joto, también mencionada como una palabra propia de la capital, y se define como “afeminado”. Hubo muchos más términos asociados o vinculados con los gomosos o los lagartijos, que trataron de apodar, insultar o describir las actitudes de algunos caballeros, por ejemplo, cuando José Juan Tablada escribió en El universal sobre la vida en el Boulevard en 1891: “tourlourou es sinónimo de ‘lagartijo’, de ‘gomoso’, de ‘fashionable’, de ‘dude’…”. Sin embargo, la mayoría de los términos eran usados como calificativos y no como categorías urbanas, salvo petimetre

Se puede rastrear los antecedentes de los gomosos y los lagartijos en los petimetres novohispanos, con quienes compartían algunas características, en particular su gusto por la moda y por salirse de los estándares de su época. Sin embargo, el término todavía estaba asociado, principalmente, a las élites que podían viajar y que regresaban con modas y vocablos extranjeros, como fue el caso de petit maître, traducido como “pequeño señor” o “señorito”. El concepto fue utilizado ampliamente en España y en la Nueva España, extendiéndose su uso hasta inicios del siglo XIX, en el ya México independiente. 

En un texto publicado en el Diario de México, en 1810, se explica cómo el buen tono educa, pero no con arrogancia, sino con sutileza, a diferencia del tono dogmático de la escuela, y recuerda que es la cualidad que permite ser alegre y regocijarse sin perder la decencia:

los jóvenes indiscretos confunden a menudo con el buen tono, cierto aire exterior, que más pertenece a una extremada petimetrería (permítaseme esta voz) y de que se forman un patrimonio: pero la petimetrería es en parte dependiente de la mayor enemiga del buen tono, que es la vanidad. Sin embargo, si un petimetre lo es sin querer esmerarse en serio, puede pasar; pero si lo solicita, ya no vale nada.

La palabra aparece en varios diarios mexicanos tras la Independencia, con versos y notas como los que escribió Rafael Solagave también en el Diario de México, en 1810: “Amigo querido:/Amigo deseado:/Dicen que en la corte,/anda muy plantado/cierto Petimetre/que no mayorazgo”; o la queja publicada en El mosquito mexicano, en 1835, acerca de que “los afeminados petimetres leen puras picardías y obscenidades, por lo cual había que quemar o quitarles los materiales aunque se vuelvan ignorantes, ya que preferible eso, a que estén corrompidos y sean bellacos”. 

Pero no es sino hasta la década de 1830 cuando el periódico conservador El mosquito mexicano le dedica varias páginas a la moda masculina, dirigiendo sus palabra a los petimetres, donde les recuerda que pertenecen al “sexo feo, o a lo menos bello”, y que por tal motivo son déspotas y llevan la idea de la opresión y la dureza, lo cual está asociado con su manera de vestir: “vamos a tratar de barbas, de patillas, de pantalones, de puros y cigarros, y de otros objetos igualmente propios para probar la tosquedad de quien los emplea y sujetos al imperio de la moda”. Para ese momento había regresado el uso de la barba y del bigote como, se decía, en tiempos de Jesucristo, Herodes y Pilatos; sin embargo, se advertía que si los varones se dejaban crecer toda la barba parecerían cocheros, frailes capuchinos o gente ordinaria, y que si se dejaban crecer las patillas monstruosamente parecerían picadores o toreros, por eso se recomendaba: 

dejar descubierta la parte anterior de la barba y rodearla de pelo artísticamente recortado, frotado y bruñido de modo que baste para formar un contorno o un contraste sencillo, es el non plus ultra de la elegancia en Rusia, y por consiguiente en México, porque los mexicanos no hemos de ser menos que los señores rusos, porque tan dueños somos nosotros de nuestras barbas como ellos de las suyas, y si ellos tienen razones de convivencia, respecto al clima en que viven, para hacerlo así, nosotros tenemos otra razón más poderosa todavía, y es que nos da la gana. 

Es interesante notar cómo el tema de la elección de la apariencia y la moda empieza a ser visto como un asunto de libertad, pero no por ello deja de estar sujeto a reglas para indicar cuál es el buen gusto. Décadas después, el término petimetre caminó de lado de los gomosos y lagartijos, los cuales tuvieron mayor difusión en los impresos que contenían análisis exhaustivos durante el último tercio del siglo XIX, lo que vinculó dichos términos con la prosperidad material y comercial del porfiriato. Si los petimetres fueron reflejo de las élites novohispanas, los gomosos y los lagartijos estuvieron asociados con grupos urbanos no aristócratas ni populares: la naciente clase media.

¿Cómo era un gomoso?

Una de las descripciones más completas de este término fue la que apareció en El álbum de la mujer, donde se afirmó que el gomoso fue un tipo exclusivamente de la época y que no hay que confundirlo con el lechuguino, ni el currutaco, ni el petimetre, ni siquiera con el dandy, ya que todos estos son exagerados en su moda, pero el gomoso también lo es en su forma de proceder y pensar, es decir, “los gomosos lo son por fuera y por dentro”. 

Lo más notorio de la crónica es la oposición entre hombres “verdaderos” y gomosos. Los primeros tienen los atributos del sexo fuerte: “naturalidad, fuerza, sencillez, espontaneidad y desembarazo…”, mientras que “el gomoso es lo opuesto a toda apariencia de virilidad”. Los describen como sietemesinos, que parecen criaturas contrahechas y enfermizas que de fondo no lo son, ya que en realidad son mal vestidos y exagerados; por ejemplo, nunca llevan un sombrero a la medida. Otras de las señas son el uso de un bastoncillo cuyo puño se hace cambiar cada mes; nunca salen sin guantes, para que sus manos compitan con las de las muchachas, y tampoco salen sin corsé y cinturones para lucir la delgadez de cintura más exagerada: “la exhibición de su cuerpo es la misión sagrada… su vida es el ocio…”, por eso se encontraban rondando en las principales calles de las grandes ciudades del mundo. En México, su sede fue Plateros, hoy Madero. 

Es importante decir que sus salidas son una actividad en grupo ya que “el gomoso no se considera hombre sino en corporación”. Los gomosos gustan de decir piropos a las muchachas tímidas, sin embargo, todos les sale mal: el gomoso “cree que seduce y aburre; piensa que le buscan, y le evitan, está convencido de que conquista y repugna”. La descripción, que en realidad es una serie de insultos encadenados, continua profusamente: “tiene figura de hombre y apenas llega a serlo, habla y no dice nada, trata de embellecerse y se hacen grotescos, está entre hombres y le toman por mujer, alterna con mujeres y lo tratan como niño”, firma el argentino Luis Ricardo Fors. 

Si bien algunos han supuesto que los lagartijos fueron la continuación de los gomosos, la verdad es que muchas veces se utilizaron simultáneamente; sin embargo, los lagartijos fue el mote con mayor éxito de la época, agrupando en él al mayor número de calificativos y descripciones para aquellos “hombres con faltas”. 

Rebautizo de lagartijos

Como localizó Clementina Díaz y de Ovando en una nota del 1 de marzo de 1871 en el periódico El mensajero, el término lagartija ya era utilizado para referirse a los escritores que solían difamar, las lagartijas políticas: “Ese nombre merecen aquellos escritorzuelos desheredados de la sociedad: no teniendo oficio ni beneficio toman la pluma e insultan y calumnian a todo el mundo, para llamar a atención con la audacia de sus ataques ya que no pueden hacerlo con talento”. 

Aunque la parte política del término se conservó en algunas notas, la palabra se rebautizó como lagartijos en un texto provocador y muy citado en la época, que se publicó el 9 de marzo de 1882 por Jean-Louis Régagnon, editor del periódico Le Trait d’Union, con el título de “Le lézards de Mexico”. Monsieur Régagnon, recordando la clasificación del conde de Buffon sobre los lagartos, escribió que se olvidó de los tipos mexicanos, que son muchos, y él está puesto a enlistarlos; los primeros de ellos son los lagartos del buen tono:

Camine desde las once de la mañana hasta el mediodía por la banqueta de la derecha de la calle de Plateros y vea a todos esos jóvenes hermosos, bien rizados, bien pomados, vestidos más elegantes que un plato de moda, y que forman grupo de diez en diez, sin preocuparse por las molestias que suponen al tránsito. No están ahí por intereses públicos, tampoco es con intención de protestar los gestos grandes que hacen frente a los postes publicitarios. Se trata simplemente de seguir el “tono adecuado”, de merecer diez veces más fama de elegantes. Cuando ven una niña encantadora, ellos murmuran con voz más o menos suave, levantan los ojos al cielo, ponen la mano en el corazón y le dicen: “hermosa, divina, muy chic”. 

Pero no son los únicos, están los lagartos burócratas: aquellos de las administraciones gubernamentales que solo fuman sin ninguna preocupación; los lagartos del jobardisme: esos que se la pasan en el teatro y escenarios, y las lagartijas de la borrachera: hombres, mujeres y niños que se la pasan en las pulquerías a las afueras de la ciudad. También los cocheros que siempre tardan en llegar a su destino y los diputados que beben antes de defender los intereses del pueblo son lagartos. De hecho, sus colegas, que nunca quieren salir al campo, y Dios, que descansó el séptimo día, también lo son. Estos tipos urbanos tienen en común el ocio, no están trabajando, sino que descansan mientras los demás “construyen la patria”.

De la clasificación de Régagnon, el término que se popularizó fue buen tono, el cual se utilizó para referirse a las clases sociales privilegiadas por su dinero y algo de prestigio, que se caracterizaban por su ociosidad y por vestirse a la moda, de forma contraria a la vida de trabajo, miseria y vestimenta del pueblo, pero que tampoco pertenecían a familias adineradas: gustaban del gasto, pero no podían darse el lujo de ello. Ambas características ayudan a entender que los lagartijos no son una parte de una clase social específica o que se les pueda asociar con una, pero es cierto que se mantuvieron en el límite de identidades y normas, actitud con la cual generaron especulación y malestar. 

Un mes después de que Régagnon publicara su disertación sobre los lagartijos, El monitor republicano sintetizó: “Lagartijas, así llama nuestro colega Le Trat d’ Union a los hombres sin oficio ni beneficio que se instalan en las calles de Plateros para decirles tonterías a las señoras que pasan”. Esto último viene a cuento por una queja que presentó la Señorita C. en The Two Republics sobre cómo al salir sola por las calles de México provocó miradas insolentes y comentarios de “hombres sin educación”. Varios periódicos tradujeron y replicaron la nota dando la razón a la americana, sin embargo, El telégrafo le aclara que ese grupo de “jóvenes y ex-jóvenes en las calles de Plateros, pegados a los aparadores de las casas de comercio”, que causan graves disgustos para las damas, no son parte de la buena sociedad. Le hacen ver que no todo el que lleva levita (prenda masculina parecida al frac, pero que termina recto y no en cola de dos puntas) es un verdadero caballero, puede ser un calavera.

Y por si nos faltara prueba de que Monsieur Régagnon dio nombre a esta fauna urbana de la ciudad porfiriana, Irineo Paz sentencia:

¡Oh lagartijas que os pegáis con tanta calma y estupidez a lo largo de los almacenes de la calle de Plateros, nos debéis eterna recompensa! ¡Os hemos dado vuestro nombre propio y no merecéis otro, sois lagartijas, es decir, bichos inútiles, animales que de nada sirven, ni siquiera para ser delicados!”.

Desde ese momento la palabra fue utilizada en versos, caricaturas, grabados, corridos y calaveritas de Día de muertos. 

Es importante recordar que las descripciones y las quejas que aparecen en los periódicos sobre los lagartijos, al igual que las de los gomosos, son de autores anónimos o de los editores, que hablan por las mujeres o por los comerciantes. En realidad, es la clase media conservadora, como la de los medios de comunicación, la que siente molestia con esos personajes. En una tabla de las siete plagas de la Ciudad de México, publicada en el diario La política en 1887, aparecen en el número 6 los lagartijos, junto con los garitos, las cantinas, los toreros, los compañeros, las espumosas, y los duelistas. Este embate no solo era por lo que representaba, sino también porque, al parecer, las autoridades no hacían nada contra ellos, pese a que su placer era escandalizar. 

Ahora bien, si este placer hacía de estos hombres personas incómodas, ello no quería decir que fueran delincuentes; rompían ciertos esquemas de la heteronormatividad y, al mismo tiempo, de la tradición; no cumplían con los requisitos básicos del hombre porfiriano: liberal, trabajador y discreto, y no representaban ni a la clase popular ni eran propiamente aristocráticos, sino que eran hombres con gusto por las artes y la moda, bebedores felices, indiscretos y seductores, que podrían o no haber sido afeminados. Es importe mencionar que no se les llamó maricones hasta 1901, cuando se les asoció con la redada de los 41. 

Sobre la participación de los lagartijos en el famoso baile tenemos referencias difusas, pero importantes. Tal vez la primera y la más popular fue la Hoja suelta de 1901 titulada “Aquí están los maricones, muy chulos y coquetones”, donde aparece el grabado de José Guadalupe Posada. La imagen de hombres con frac bailando con hombres con vestidos ajustados, todos bigotones, es acompañada por algunos versos:

Hace aún muy pocos días

que, en la calle de la Paz,

los gendarmes atisbaron

un gran baile singular. 

Cuarenta y un lagartijos 

disfrazados la mitad 

de simpáticas muchachas 

bailaban como el que más. 

La otra mitad con su traje, 

es decir, de masculinos, 

gozaban al estrechar 

a los famosos jotitos. 

Este fue uno de los cuatro grabados que Posada realizó sobre el Baile; sin embargo, ya había ilustrado en diferentes ocasiones a los lagartijos: para el número 24 de la Colección de canciones modernas, en 1894; también, para el corrido “Los lagartijos”, y en un grabado titulado “El lagarto”, pero en ninguna de estas tres obras hay sugerencia a la mariconería de los ilustrados, solo destaca la caricaturización de los hombres elegantes. 

El 24 de noviembre de 1901, en la primera columna de El diario del hogar, se ironizó sobre lo triste que había amanecido la calle de Plateros porque lucía desierta. El autor anónimo se preguntó por el paradero de los buenos lagartijos, pero él conocía la respuesta a su pregunta: “¡Estaban enfangados!… ¡Habían ido al baile!”. En la columna se narra cómo los boulevardiers buscaron con ahínco la invitación, provocando que la gente imaginara el evento suntuoso, brillante… como hecho por y para elegantes; por ello, fue toda una sorpresa entre los curiosos saber que el baile clandestino fue organizado por pepitos escapados de Gomorra: “cuarenta y un individuos al parecer de uno y otro sexo, pero que en realidad eran de ambos sexos, como los coros de las zarzuelas de género”. 

Dos días después del baile, la calle ya no estaba desierta, pero sí hubo disgustos. La Patria informó que “en la mañana a la hora que estaba más concurrida la gran avenida, dos elegantes lagartijos tuvieron un serio disgusto que degeneró en una riña plebeya”. Justo debajo de esta nota se escribió sobre el “Baile de los maricones” y se informó que dos de sus participantes fueron enviados a Yucatán y otros seguían presos en la Gendarmería Montada de la ciudad. 

En las notas, como en el imaginario de la época, los lagartijos y los maricones están cerca, pero no siempre entremezclados, y es que, antes del baile de la calle de la Paz, los gomosos y los lagartijos eran parte de la diversidad de las masculinidades porfirianas, que se había desarrollado en las calles, pero también en las páginas de la prensa, y no de lo que ahora llamamos homosexualidad, término que apareció a finales del siglo XIX en Alemania y que no se presentó en la prensa mexicana sino hasta la década de 1910. En La opinión, en febrero de 1908, y en La gaceta de Guadalajara, en marzo del mismo año, se registraron dos sucesos donde su utilizó el vocablo, el primero lo usó como un insulto contra un clérigo de Guadalajara, y el segundo se refirió a una acusación que sufrió el canciller alemán de ser homosexual.

La palabra lagartijo, pues, tuvo que “competir” con otras mucho antes que con homosexual. En una crónica de Rafael López para la Revista de revistas, en junio de 1916, se lee:

confieso que la denominación de lagartijos para indicar a los eternos y elegantes ociosos ha caído ya en desuso. Ahora son más conocidos y elegantes con el mote esotérico de los ‘niños góticos’. Ignoro por qué, y los exégetas en esta materia no abundan. Por lo demás y desde la remota antigüedad sus nombres son múltiples y estrambóticos como los colores de sus corbatas… Sea como lo que fuere, el hecho es que por cuestiones de nombres no hemos de reñir… los ‘góticos’ de este momento efímero son los herederos consanguíneos de cuturracos, lechuguinos, petimetres, mequetrefes, liones, muscadines, incroyables, dandies…

Los niños góticos tuvieron mucho menos impacto que otros términos como los de fifís o rorros, palabras usadas profusamente durante la posrevolución, en parte para evidenciar el gusto físico, amoroso y erótico de un hombre por otro, como podemos ver en la caricatura de José Clemente Orozco sobre los rorros, publicada en El Machete en 1924, y donde es mencionado el escritor Salvador Novo, uno de los mayores representantes de la figura del fifí. Sin embargo, tales términos tuvieron otros significados y no fueron utilizados solo como un insulto por afeminamiento e inutilidad, como sí pasó con los términos petimetre, gomoso y lagartijo, los cuales atravesaron un largo camino temporal en donde se desarrollaron descripciones, insultos y estereotipos de jóvenes con sus gustos y prácticas diversas, que ahora amplían nuestra idea del hombre decimonónico, en especial del porfiriano, donde el paseo, el ocio y el consumo fueron detonadores y estimulantes para las masculinidades diversas. 

Fuentes consultadas

  • Benhumea Bahena, Belén, “Reflexión histórica sobre el ideal del varón moderno del siglo XIX mexicano y su impacto en las masculinidades del siglo XXI”, Dignitas, núm. 40, (México, enero-junio de 2021).
  • Diario de México, (México, 28 de junio de 1810), p. 4. 
  • El Eco de Ambos Mundos, (México, 21 de noviembre de 1875), p.2.
  • El Monitor Republicano, (México, 19 de diciembre de 1875), p.1. 
  • _____, (México, 02 de abril de 1882), p. 2.
  • El Mosquito mexicano, (México, 16 de junio de 1835), p.2. 
  • _____, (México, 01 de enero de 1837), p. 375.
  • El Telégrafo, (México, 09 de abril de 1882), p. 2.
  • El Universal, (México, 14 de junio de 1891), p. 1.
  • La Patria, (México, 16 de abril de 1882), p.3.
  • La Política, (México, 02 de diciembre de 1887), p.3. 
  • La Voz de México, (México, 27 de junio de 1890), p. 2.
  • Le Trait d’Union, (México, 13 de junio de 1874), p.3. 
  • _____, (México, 09 de marzo de 1882), p.3.
  • Littré, Émile, Dictionnaire de la langue française, París, L. Hachette, 1874. 
  • López, Rafael, La Venus de la Alameda, México, Secretaría de Educación Pública, 1973.
  • Monsiváis, Carlos, Historia mínima de la cultura mexicana en el siglo XX, México, El Colegio de México, 2018.
  • Ramos, I. Duarte, Félix, Diccionario de mejicanismos, México, Herrero Hnos., 1898.


Autores
Estudió Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Antiguo participante del equipo editorial de la revista Artes de México y del Colegio de Cronistas de la Ciudad de México. Fue director del Archivo Histórico de Azcapotzalco y coordinador de la Revista Azcapotzalco: Historia, Arte y Literatura. Colaboró con el programa de radio El Cocodrilo MVS. Actualmente trabaja el tema “Masculinidades del siglo XIX”, en la prensa mexicana.
Ilustración realizada por Mrpoper
Ilustración realizada por Mrpoper

A pesar de la sequía que se ha prolongado ya varios años, y ahora se recrudeció con las temperaturas más altas registradas nunca antes, llueve. Poco, pero al fin llueve, gota a gota, jota a jota, agotadas las gotas por la crisis climática y agotadas las jotas por la permanente crisis del capital. Aquella llovizna mínima apenas logra dibujar un cierto arcoíris que se asoma con timidez en nuestro jardín yermo.

A contracorriente del sopor que asfixia cualquier ánimo, las expectativas resurgen incluso en este páramo en llamas que llamamos México. Escribo estas líneas a pocos días de que los comicios se lleven a cabo y que sea elegida -qué duda cabe de ello- la primera presidenta en la historia de este país. No es poca cosa que una mujer rompa el último techo de cristal por primera vez. Tampoco es gratuito. Es producto de los movimientos sociales y de las luchas feministas que han conmovido y sacudido todos los ámbitos públicos, privados e íntimos de la vida; es una conquista de generaciones de mujeres que cuestionaron, se enfrentaron e imaginaron otras posibilidades más dignas para sus vidas; mejores, atractivas y divertidas alternativas contrarias a los roles de género, impuestos por el heteropatriarcado.

En este tiempo urgente, las mexicanas han exigido en todos los tonos posibles y de todas las maneras un alto a la violencia de género que asesina a las mujeres un día sí y el otro también, un alto al asesinato de las mujeres cis y las mujeres trans. Sí, mujeres trans, porque esta revolución de las mujeres será trans o no será. La apremiante exigencia de una vida libre de violencia para las mujeres será uno de los mayores retos para la presidenta electa. Las expectativas son muchas y los cuestionamientos serán permanentes en su gobierno; con seguridad se le exigirá más de lo que se le pidió a cualquier hombre en la presidencia.

El 2024 pasará a la historia de México porque fue la primera vez que se eligió a una presidenta. Pero si todos los reflectores estarán sobre ella, quizá conviene desviar la mirada y prestar atención a otros asuntos que pasan desapercibidos y no están visibles en la plaza pública. Acaso es preferible revisar otras razones por las que este año también es histórico.

Y hay razones para la alegría y la rebeldía, a pesar de todo: en 2024 se cumplieron 90 años del natalicio de Nancy Cárdenas y se conmemoró su 30° aniversario luctuoso. Cárdenas fue una lesbiana de tiempo completo, cuando eso significaba un tabú y poner en riesgo la vida. Ella fue la pionera del movimiento de liberación lésbica y homosexual, mujer de teatro imparable y feminista solidaria. Una mexicana fuera de serie. En este dossier del Orgullo LGBT+ de Tierra Adentro, Ana Clara Muro revisa la poesía de Nancy Cárdenas desde la cercanía y la cotidianidad. La autora nos propone una lectura antisolemne, que es la mejor forma de disfrutar la poesía de Nancy.

Nancy Cárdenas es la abuela rebelde de una generación de autoras lesbianas que escriben sus amores y sus deseos sin rubores, en múltiples intensidades, con ternura y a los cuatro vientos de este jardín. En este número especial, Artemisa Téllez juega a la poesía “Sin decoro” e Ingrid Bringas explora renovadas sinceridades en sus poemas.

Mientras, en el terreno del cuento, Mildred Pérez de la Torre acepta el reto que le planteó Rosamaría Roffiel y nos ofrece una historia con final feliz, un relato que vibra con la ternura adolescente y la primera fascinación por su estrella de rock. Frente a esta frescura juvenil, Paulina Rojas Sánchez encuentra en la vejez y sus achaques el momento cuando todo se rompe, incluso la imagen propia de la protagonista.

Daniel Nizcub también contempla su imagen desde la poesía trans. El poeta afirma: “Las cicatrices/ son las huellas de mis pasos. // Mi jardín florece/ al latir el sol”. Él es el autor de Poesía en transición, el primer poemario trans en México y su obra se disfruta como un manantial fresco. Por su parte, Jesús de la Garza lanza varias provocaciones en su poesía homoerótica irreverente, escatológica y sin pelos en la lengua.

Este número también se puede leer como una revisión de nuestros pasados. Julio Arellano Velázquez hace una fascinante indagación sobre los términos gomosos, lagartijos y fifís, que proliferaron en la prensa del siglo XIX, para referir masculinidades alternativas al macho mexicano todopoderoso. El autor nos ofrece una lectura que atiende a los significados de las palabras en su dimensión de clase social.

Las palabras importan, no son inocentes, porque el lenguaje es una política encarnada en el habla cotidiana. Sobre ello apunta Pablo Antonio Barrera en un ensayo que analiza las estrategias del activismo que busca cuestionar y subvertir los estigmas sobre el consumo de sustancias en la población LGBT.

Además de Nancy Cárdenas, en 2024 también está presente Abraham Ángel, el joven pintor, discípulo y amante de Manuel Rodríguez Lozano. Carlos Segoviano nos da un recorrido por la exposición dedicada a Abraham Ángel en el Museo de Arte Moderno (MAM), con motivo de la conmemoración de su centenario luctuoso. La curaduría de la exposición hace patente el deseo de Abraham Ángel como motor creativo.

Nivs Trejo-Olvera analiza las prácticas en resistencia de los archivos desobedientes como un cuestionamiento a la configuración de los archivos de los museos. Nivs elabora una reflexión sobre la potencia que tienen los objetos de esos archivos para conectar con poblaciones y activar nuevas imaginaciones políticas. Asimismo, Cuitláhuac Moreno se concentra en un fotolibro que puede ser leído como un archivo y una suerte de memoria personal y colectiva: Álbum de familia, del artista visual Antonio Salazar.

Los “aires de familia” es el asunto central del ensayo de Carlos Rodríguez sobre la filmografía de Jaime Humberto Hermosillo. El autor, un cinéfilo agudo y lúdico, señala luces y sombras en las familias heterodoxas de celuloide del cineasta tapatío, quien fue pionero del cine gay en México. Por su parte, Enrique Saavedra presenta un panorama de la vibrante escena teatral LGBT contemporánea. Su crónica da cuenta de la actividad teatral imparable que ha roto la cuarta pared para dejar atrás cualquier clóset.

Destruir las paredes del clóset, incendiar la crítica e imaginar nuevas estrategias políticas es urgente. En el ensayo que cierra este especial del Orgullo, Samy Reyes convoca a una propuesta de “Orgulloco” que no olvide la discapacidad psíquica como un asunto de prioridad para hacer posible las existencias dignas. Samy Reyes concentra sus esfuerzos en escapar de los esencialismos y postula una política para atender la herida psíquica que produce el heteropatriarcado.

Durante este mes, los senderos de la escritura que nos llevarán tierra adentro nos descubrirán un jardín donde se asoma cierto arcoíris. Ojalá estos textos sean provocaciones para las luchas, los placeres y las lecturas compartidas. Así pues, aquí la bienvenida a este jardín, casa común.


Autores
Estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Autor de capítulos de los libros: La memoria y el deseo. Estudios gay y queer en México; Juan Gabriel: lo que se ve no se pregunta y México se escribe con J; prologó los libros Voces del otro lado y Locabulario; su artículo “César Moro, flor de invernadero” está en la bibliografía de la Obra poética completa de César Moro, publicada por la colección Archivos. Su Twitter es @eroerny.
"Bestiario del Bibliófilo (y otras fieras literarias)", Ricardo E. Tatto. Nitro Press, 2023.
“Bestiario del Bibliófilo (y otras fieras literarias)”, Ricardo E. Tatto. Nitro Press, 2023.

Ricardo E. Tatto captura de manera evocadora la esencia de un verdadero amante de los libros, aquel que encontrará material de lectura en cualquier lugar, desde el reverso de las cajas de cereales hasta los panfletos encontrados en la calle. Este concepto de un niño cuya sed insaciable por la lectura lo lleva a consumir todo texto escrito que caiga en sus manos es tanto un testimonio de la curiosidad innata como un reflejo de las circunstancias a veces limitantes en las que muchos lectores crecen.

En México, y particularmente en Yucatán, la descripción de Tatto resuena con profundidad cultural y social. Yucatán, con su rica herencia literaria —que incluye figuras como Juan García Ponce y escritores contemporáneos— ofrece un escenario único donde el contraste entre la tradición literaria y la modernidad tecnológica es palpable. En un lugar donde los cuentos y leyendas mayas aún se transmiten oralmente, el acto de leer cualquier material disponible refleja una transición desde la antigua oralidad a la escritura y, más recientemente, al contenido digital. Este último pensado en su potencial externo del bibliógrafo, cuya pasión por hojear, palar y coleccionar resultan intrépidamente necesarias. Tatto abre preguntas por medio de su cartografía de la variación del tipo de lectores que somos o que en algún momento seremos.

Esto plantea preguntas sobre la evolución de la lectura en la era digital: ¿es el e-book simplemente una nueva “caja de cereal” para el lector imposible, o representa un cambio fundamental en la forma en que consumimos y valoramos la literatura? Desde una perspectiva crítica literaria, la descripción de Tatto acerca del “lector imposible” invita a reflexionar sobre teorías de la recepción y la estética de la recepción, como las propuestas por Hans Robert Jauss. Jauss sugiere que la experiencia literaria de un lector está influenciada por sus expectativas y el horizonte histórico en el que se sitúa. Así, el “lector imposible” no solo está leyendo textos; está también reinterpretando y redefiniendo lo que significa leer en su contexto sociocultural específico.

Además, la figura del “lector imposible” podría ser analizada a través de las lentes de la teoría del “lector implícito” de Wolfgang Iser, que se centra en la participación activa del lector en la creación de significado a partir de un texto 1 La descripción de Tatto amplifica esta teoría: muestra cómo un lector, incluso en un entorno aparentemente estéril de estímulo literario, puede encontrar y crear riqueza de significado en los textos más mundanos y cotidianos. Dicho encuentro entre el lector y el objeto (libro) permite que tengamos una intimidad hacia la nostalgia y el coleccionismo. 

El concepto del “lector imposible” que Ricardo E. Tatto expone en su obra, encapsula una verdad fundamental sobre la lectura como práctica: no se limita a los libros y a los entornos tradicionalmente literarios, sino que abarca todo texto que el lector pueda encontrar. Esto resuena especialmente en contextos donde los recursos literarios son escasos, como lo describe Tatto:

El lector imposible es un niño que, una vez que aprende a leer, no puede detenerse. No importa si en su casa no cuenta con una biblioteca o con lecturas a la mano. El niño comenzará a leer al reverso de las cajas de cereal, las etiquetas del shampoo, las medicinas y, si llega al hogar, el periódico del día (p.31).

Además, este fenómeno se puede explorar desde la perspectiva de la teoría del “horizonte de expectativas”, de Hans Robert Jauss, que sostiene que la interpretación de un texto depende en gran medida de las expectativas y el bagaje cultural del lector. Jauss argumenta que “la experiencia estética de la literatura está basada en la diferencia entre el horizonte de expectativas del lector y el horizonte implícito del texto” (Jauss, “Toward an Aesthetic of Reception”). 2 Para el “lector imposible”, el horizonte de expectativas puede ser inusualmente flexible y abarcativo, permitiéndole encontrar placer y significado en textos que otros podrían considerar no literarios o triviales.

Tatto utiliza su sarcasmo para cuestionar si la facilidad de acceso a los libros digitales realmente enriquece nuestra experiencia de lectura, o simplemente alimenta una acumulación desenfrenada de información que raramente se procesa profundamente. Este tono sarcástico no solo añade una capa de entretenimiento a la obra, sino que también desafía y provoca. Al emplear el sarcasmo, Tatto no solo entretiene, sino que también educa, forzando a los lectores a examinar las implicaciones de sus hábitos de lectura en un mundo cada vez más digitalizado. La sátira se convierte en una estrategia efectiva para explorar temas complejos de forma accesible y memorable, permitiendo que el mensaje de Tatto resuene con mayor impacto.

Además, el uso del sarcasmo refleja un profundo amor y respeto por los libros y la lectura, incluso mientras se burla de sus excesos. Este enfoque es particularmente efectivo en una era caracterizada por la paradoja de la sobreinformación y la atención fragmentada. Al final, la obra de Tatto, a través de su tono sarcástico, no solo es una crítica a ciertos aspectos de la cultura literaria, sino también un homenaje humorístico a la pasión por los libros, que sigue siendo relevante y vital en un mundo dominado por lo digital. Finalmente, la representación del “lector imposible” como alguien que sortea la adversidad y encuentra oportunidades de leer en todas partes también dialoga con ideas sobre el capital cultural de Pierre Bourdieu. Este concepto podría ser crucial para entender cómo los individuos utilizan la lectura para navegar y ascender en estructuras sociales, aun cuando comienzan con recursos limitados. Recomiendo Bestiario del Bibliófilo como una forma de dialogar con el placer y el amor hacia la lectura. 


Autores
Jorge Manzanilla (Mérida, Yucatán, 1986) es licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Guerrero y tiene una Maestría en Escritura Creativa por la Universidad de El Paso, Texas. Autor de los siguientes libros de poesía: Que me sepulten recostado en la palabra (Catarsis Literaria El Drenaje, 2011), Escarnio (Verso Destierro, 2014), Diáfano 23 (FETA, Col. La Ceibita, 2014) y Vitral de todos mis cuerpos (Diablura Ediciones, 2015). Premio Estatal de Poesía “El Espíritu de las letras” en 2015 y 2017, y Creative Writing Awards en El Paso, Texas, mención honorífica en el Premio Binacional Pellicer-Frost entre otros. Becario del PECDA Yucatán en 2014. Poemas suyos han sido traducidos al portugués y además ha colaborado en el New York Times. Actualmente columnista en SuperLuchas.
Retrato de Juan Carlos Onetti en 1981. Fotografía de Elisa Cabot. Recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0 DEED)
Retrato de Juan Carlos Onetti en 1981. Fotografía de Elisa Cabot. Recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0 DEED)

Los libros de Juan Carlos Onetti son tediosos y hasta aburridos. Recurre siempre a narradores que cuentan sin prisa, desganados. En sus novelas no hay nada novelesco, no hay historias y por lo general no pasa nada. Sus personajes no se desarrollan. Muchas veces somos testigos de escenas enigmáticas, en las que no se sabe realmente qué está pasando. Su estilo es muy extraño y hasta resulta artificial: enrarece la sintaxis del español. En pleno siglo XXI, la era de la velocidad y de un sentido existencial que persigue la intensificación de todas las funciones vitales, la obra de Onetti resulta anacrónica. Y, sin embargo, el tedio que provoca la obra de Onetti es precisamente la fórmula de su encantamiento y la razón por la cual lo seguimos leyendo.

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo, Uruguay, en 1909, y murió en Madrid a los 84 años, en 1994. Hoy se cumplen 30 años de su muerte. A pesar de siempre haber sido un escritor relativamente marginal, su aburrida obra sigue más viva que la de otros escritores que se han considerado los imprescindibles y vitales autores “canónicos” latinoamericanos del siglo XX, incluyendo a muchos de los autores del boom. A diferencia de los novelistas latinoamericanos de su generación, se podría decir que Onetti es un antinovelista, porque su estética vacía y ahueca activamente la estructura de la novela, con su insólita manera de dar forma a las ficciones en tanto ambigüedades.

“El aburrimiento, cuanto más profundo se hace, tanto más plenamente esta enraizado en el tiempo, en el tiempo que nosotros mismos somos”,1 dice Martin Heidegger. El tedio es el momento en el que el tiempo se espesa, pesa: los segundos se alargan y nada de lo visible despierta ningún interés. El tedio más insidioso es el que no tiene un objeto, es decir, no el aburrimiento de esto ni de aquello, ni siquiera el aburrimiento de uno mismo, sino el que devora al yo. Ahí precisamente es donde Onetti quiere que nos detengamos: el vacío del tiempo, la ruptura del ensimismamiento.

No es paradójico que mi lectura de Onetti como un escritor del aburrimiento sea también la búsqueda de una estética que vaya en contra de la función de la literatura como entretenimiento. Es decir, el tipo de literatura que se niega a seguir la intensidad pasajera de los temas de la actualidad y a ser solamente una trama que devorar, para luego dormir tranquilos por la noche, porque el mundo sigue siendo lo que ya esperábamos que fuera. 

La obra de Onetti forma parte de un tipo de literatura insistente en su tedio e inutilidad, porque quiere despojarse de su pretensión de entretener, de ser un pasatiempo burgués. Y, al hacerlo, como dice Josefina Ludmer, nos da a leer “ficciones destinadas a dar forma a las ficciones que produce el pequeñoburgués ahogado, por lo general en épocas de crisis”.2 Si el aburrimiento está ligado al tiempo, como dice Heidegger, buscamos siempre superar la sensación que nos enfrenta con nuestro vacío. Para evitar al tiempo mismo, nos entretenemos mediante algún pasa-tiempo. Y dedicarnos a un pasatiempo no es una forma de simplemente pasar el tiempo, sino de hacer que el tiempo pase más rápido. El objetivo es escapar definitivamente del aburrimiento. Y esta podría ser una cualidad de cierto tipo de literatura. La literatura de las tramas, la del desarrollo de personajes, la que explica y resuelve misterios, la que nos sumerge en un mundo sin tiempo, o la que nos saca de nuestro tiempo, para llevarnos a un mundo fantástico o un mundo paralelo, futuro o histórico.

La obra literaria de Onetti busca todo lo contrario: contar la nada, escribir a partir de nodos de significación y nombres difusos que no llegan a ser personajes; mantener el misterio y sumergirnos en un mundo lleno de la nada, de aburrimiento y tedio. Nada le pasa a nadie y no hay nada nuevo. Lo que busca es avanzar hacia la esencia misma del tiempo, en donde nos enfrentamos con que somos partículas en un mundo que carece de propósito. De esa forma, la literatura de Onetti no es una reacción ante la nada, sino la pasión que surge cuando la nada toma cuerpo, cuando la nada es sujeto y permea un mundo.

En este ensayo, derivaré tres postulados narrativos a partir de la obra de Onetti. Estas propuestas provienen sobre todo de mi lectura de sus primeras dos novelas, El pozo (1939), y mi novela favorita, Tierra de nadie (1941), y de sus obras tardías, Hablar al viento (1979), Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993). Otra criatura diferente con su propio mundo onírico, en la que no me enfocaré, es su famosa trilogía de Santa María (la geografía compartida de su mundo imaginario), constituida por La vida breve (1950), El astillero (1961), Juntacadáveres (1964), y muchos de sus relatos breves.

Los narradores son impotentes para tramar y, por lo tanto, crean con la materia prima de su ignorancia

La primera razón por la cual la obra de Onetti es tan aburrida y difícil de seguir es porque sus narradores no cuentan historias. Nadie les enseñó cómo hilvanar historias. No son capaces ni de coser un botón. Son narradores impotentes, poco confiables, que no pueden contar historias. Mucho menos historias que sigan las expectativas de los lectores acostumbrados a las historias con una causalidad simple, predecible. Los narradores de Onetti están obsesionados con lo que se podría caracterizar como la “causalidad compleja”: la causalidad de los sueños, de la deriva de imágenes que se condensan y que van desplazando atmósferas y versiones falsas de relatos ficticios. Por eso, no se puede confiar nunca en los narradores. Son adictos a las versiones divergentes y a las conjeturas. Siempre nos llevan al territorio de la incertidumbre.

Los narradores onettianos tampoco realmente saben cómo tramar un complot, planear una conspiración, pese a que siempre se ven envueltos en algún misterio o enigma que los implica. En las novelas hay siempre algunas referencias contextuales, ecos distorsionados de lo que acontece. Pero sobre todo hay personajes que se confunden en noches llenas de humo de cigarro, cartas y apuestas, tristeza y delincuencia, mujeres imaginadas y delirios de persecución, reflexiones filosóficas y suicidios apenas insinuados. Hay episodios inconexos sin un denominador común. Como bien dice Josefina Ludmer, sin duda la mejor lectora de Onetti, él “escribe para crear ignorancia: la verdad aparece como una función semántica vacía o un atributo de la irrealidad del mundo imaginario”.3 La ignorancia y la sospecha son los dos mecanismos que mueven las historias y el itinerario de los personajes de Onetti.

Para leer a Onetti es necesario estar dispuesto a malentender, a dejarse llevar por la ignorancia que va creando, página a página. Entrar al portal de los sueños y de la incoherencia que se pinta de verdad y de ley, en donde el tiempo se detiene y no hay pasatiempo que nos salve de vislumbrar el vacío.

Cuando la ignorancia construye, el deseo (de saber) irrumpe

Asumimos entonces que no importan los personajes, no importan sus motivaciones (¿las tienen?) ni tampoco su trayectoria. Lo único sobre lo que recae la narrativa de Onetti es en la incesante e impredecible curiosidad y el deseo de saber todo acerca de las historias y rumores de los extraños personajes que aparecen y deambulan. Toda la obra de Onetti es un policial codificado, una historia detectivesca: una adivinanza. Los personajes cuentan sus propias historias y las de otros, leen las pistas y claves, escuchan los rumores, coleccionan las piezas del rompecabezas.

Si “la novela policial está gobernada por la búsqueda de saber”, en Onetti “el relato ofrece resistencia al conocimiento y produce ignorancia mediante un sistema narrativo fraccionado e incompleto, como en negativo”.4 Paradójicamente, en un género en el que el código exige saber, hay una narrativa que se resiste, que esgrime su aburrimiento y su nadería para no ofrecer tal saber. Hace que el saber resista y se siga deseando: nos niega la satisfacción.

Por ello, leer a Onetti es también dudar de nuestra capacidad de lectores, de la capacidad de descodificar un texto y entenderlo. Aproximarse por primera vez a la obra de Onetti implica apantallarnos por su incómodo uso de adjetivos, su obsesión retórica. La madeja de imágenes, reflexiones y repeticiones incesantes en las que el narrador se pierde u olvida lo que estaba contando. Pero esto es sumamente importante, porque Onetti no “se limita a contar una historia, sino, a la vez, a contar cómo, de dónde y por qué esta historia nació”.5 La ignorancia que construye los relatos onettianos nos obliga a ser lectores activos, a tener un deseo de saber siempre insatisfecho. Y por eso lo seguimos leyendo.

La nada no se destruye ni se transforma, solo se crea

La narrativa de Onetti no es acerca de nada. Eso no significa que no se cuente nada, sino que se narra la nada. Y a partir de esa nada, cómo surgen las verdades: el relámpago del acontecimiento. El resto, el residuo, el sueño del pequeñoburgués, pone en marcha la operación significante. Lo que las tramas no pueden absorber, lo que el pasatiempo no puede hacer pasar del tiempo, lo que las identificaciones imaginarias o simbólicas no pueden capturar ni absorber. Lo que sigue provocándonos indigestión literaria. Ese es el motor de la obra de Onetti: una nada que crea. Aparece como sustracción y no puede sino ser un impulso creativo.

Esta cita de Tierra de nadie lo dice de forma concluyente, la invención de una lógica (inexistente), que a tal grado nos hace comprender “forzosamente” lo común, eso que hace que sepamos irremediablemente que la nada afirma, crea:

Acaso esto suceda en tres movimientos, pero son rapidísimos y no es nada difícil que yo los esté inventando ahora para tratar de hacer lógico el suceso. El primero consistiría en sentirse despojado de todo lo social, de lo que uno es ante otros; después se logra asirse aún de lo animal, la sangre, el estómago, los músculos. Pero aquí se comprende forzosamente que todo es común a los hombres y se abandona. Queda entonces uno. ¿Qué hay? Sólo se puede decir con una palabra: nada. Pero esta palabra, aquí, no es negativa. Significa y afirma la existencia de miles de cosas. No se puede explicar ni hay para qué.6

Los invito a aburrirse con Onetti para encontrar algunas de las novelas y cuentos más fascinantes que podrán leer. Quizás así puedan encontrar esa nada que, por un instante, los enfrentará cara a cara con la raíz (el aburrimiento) del tiempo.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

I

Quizá el nacionalismo mexicano es el más apantallable de todos los que existen: basta la adulación mínima para volcar nuestros ánimos y devoción hacia quien la pronuncia. En ciertas parcelas de la Tierra abundan países aguerridos que piensan en la diplomacia como un ejercicio delirante del que siempre hay que desconfiar. Son muchos los pueblos que encuentran estéril la idea de compartirse con el mundo, convencidos generacionalmente de los motivos que respaldan su superioridad. Otros chauvinismos se arremolinan con recelo en el interior de una frontera, fusil en mano y grito por delante. No el mexicano. La mayor seña de nuestra frivolidad patriotera es la urgencia de admiración ajena, ridícula e inamovible.

Se necesita apenas una búsqueda para comprobarlo. Quien entre a YouTube puede malgastar semanas enteras de su existencia consumiendo un género de contenido que explota los vicios de nuestro nacionalismo caricaturesco, nuestra parafernalia de cempasúchil y papel picado, nuestras necedades vueltas tradición. Contenido sobre la mexicanidad hecho, en paradójica exaltación, por extranjeros.

Es suficiente teclear la misma fórmula en la barra de búsqueda para que broten videoblogs de europeos y asiáticos adulando al país, con cientos de miles de visualizaciones (millones en los casos más notables). De unos años a la fecha, las redes se colmaron de influencers a los que no les hizo falta más que darnos besitos en los tanates para que los cobijáramos con cariño y fama. Enumero ejemplos bochornosamente reales de videorreacciones disponibles en YouTube: 

GRINGOS SALTAMUROS: MILES DE ESTADOUNIDENSES MIGRAN A MÉXICO PARA VIVIR EL SUEÑO MEXICANO | REACCION

LA RAZÓN POR LA QUE RUSIA SIEMPRE APOYARÁ a MÉXICO en CASO de GUERRA | RUSOS REACCIONAN a MEXICO

ESPAÑOLES REACCIONAN a MEXICO en 5 MINUTOS **el MEJOR PAÍS del MUNDO!!!!**

COREANA TEMIA IR A MÉXICO HASTA QUE LO CONOCIÓ | AHORA QUIERE SER MEXICANA

¡No tenemos nada como esto en Japón! | Reacción al Grito de Independencia 2022 de López Obrador

Ad nauseam.  

Entiendo que esta gente graba sus videos zalameros por el mismo motivo que orilla a otros a robar con cuchillo en mano o trabajar dentro de una oficina: para no quedarse sin comer. Aprendieron que el nacionalismo es el más redituable de nuestros negocios y la más filosa de nuestras guillotinas.

II

Recuerdo el primero de los incidentes del que me enteré. Tenía diez años y, por fortuna, acceso limitado a internet. Las oleadas de indignación no llegaron a mí por comentarios en Facebook, sino por los gimoteos salidos de la radio y la televisión nacional. A inicios de 2011, los presentadores del programa inglés Top Gear dedicaron unos minutos a burlarse del Mastretta MXT: el primer auto deportivo mexicano de la historia. Aprovecharon la inercia para ironizar las posibles limitantes del auto, pues, al igual que los mexicanos, corría el riesgo de ser perezoso y flatulento.

En un país normal ⸺o al menos en uno en el que no faltasen personas con tres neuronas entre la frente y la nuca⸺ comentarios por estilo habrían sido ignorados o, en su defecto, contestados con un despliegue de ingenio que sirviera para refutar el chiste que resultó ofensivo en primer lugar. En un país normal ⸺o al menos en uno donde la prioridad de la agenda pública no fuera el crimen organizado y la corrupción en toda escala⸺ el tema habría pasado inadvertido. En un país normal, el embajador en turno no le habría escrito una carta a la BBC exigiendo disculpas públicas por unas cuantas burlas de mal gusto que hirieron una susceptibilidad común.

Nuestro orgullo se delató blandengue cuando un incidente tan frívolo nos obligó a justificar entre pataletas, las bondades gastronómicas, turísticas, culturales y arquitectónicas de este gran, grandioso país.  (Grandioso país que tiene la bandera más bonita y el segundo mejor himno del mundo, so-lo-por-de-trás-de-la-Mar-se-lle-sa).

Esta reactividad es un defecto de formación. Lunes tras lunes amontonamos a nuestros niños y niñas bajo la excusa del performance cívico. Tratando de convencerlos de que son los soldados que el cielo le dio a su patria, los convertimos más bien en un ejército de linchadores acomplejados.

Desde la infancia entendemos que el amor por la patria debe ser absolutista. Quizá es por esto que buena parte de la pantomima mexicana consiste en mostrar desprecio por las manifestaciones liminales de la identidad nacional. Recelosos de sus actas, en este lado de la frontera les negamos su mexicanidad a los nacidos en el extranjero y, al mismo tiempo, nos burlamos de sus facciones y de sus apellidos, tan innegablemente iguales a los nuestros.

Al igual que muchas otras, la familia de Yahritza Martínez sufrió de primera mano la cólera del resentimiento mexicanista. A inicios de 2023, los hermanos Yahritza, Jairo y Armando se habían posicionado alto entre los charts de música del país gracias a las canciones con las que fusionaron los géneros del regional mexicano y el sierreño urbano: mezcla común entre otros artistas que comparten la condición de ser hijos de migrantes. El 29 de julio, incluso, el presidente recomendó a la audiencia de su conferencia Mañanera que escuchara Frágil, sencillo en el que los hermanos colaboraron con Grupo Frontera.

Las cosas iban bien hasta que llegó agosto y con él la resurrección de una entrevista vieja que Yahritza y sus hermanos presentaron durante una gira a inicios de año. Con el desenfado esperable en tres jóvenes de dieciséis, dieciocho y veinticinco años, al ser cuestionados sobre su experiencia en Ciudad de México respondieron que no les agradaba el ruido y que no terminaban de acostumbrarse a la comida, pues tenía una diferencia de sazón con la de Washington. De nuevo: en un país normal, sus comentarios habrían pasado inadvertidos. Pero no en este. Tras una viralización desafortunada de la entrevista, surgieron memes que pronto abandonaron la comedia y se empotraron en las holguras del racismo que nos es tan familiar. ¿Cómo era posible que hijos de migrantes michoacanos no aprovecharan la ocasión mínima para llenar de halagos una tierra en la que no se criaron y una cultura de la que no forman parte? ¿Cómo se atrevieron a quejarse de nuestro picante?

Su experiencia de la mexicanidad es tan genuina como cualquier otra y, sin embargo, fue despreciada por no encarnarse del modo fársico que nuestras fantasías exigen. Más les habría valido mentir, simular un amor inexistente por una ciudad ajena, manifestar una nostalgia ficticia por una infancia que no vivieron. Bajo el signo de esta contradicción, nació el fenómeno del que hablé en los primeros párrafos de este texto: de forma acrítica, alabamos a quienes nos alaban, sin importar que sus cumplidos patrioteros sean una versión deformada y más bien patética de la realidad.

III

La escena es dolorosamente común, caricaturesca casi. Un tío —a veces dos— dilata la espera del postre durante alguna cena familiar mientras se pregunta, sobándose el vientre o la mancha de su alopecia, cómo comenzar una discusión innecesaria. ¿Se quejará acaso de la última manifestación de la que se enteró por las noticias? ¿Mirando el tinte del cabello de una de sus sobrinas dirá que a las feministas lo que les hace falta es que se las cojan? ¿Le preguntará al sobrino de al lado por qué siempre viene acompañado por su roomie?

Si la fortuna es amable, se limitará a quejarse de algo abstracto, como el gobierno o la moral en turno. Con la patente del agua tibia en mano, asegurará que las cosas andan mal porque nos rigen políticos corruptos e incompetentes. Y peor: gente que no ama a nuestro país. Iluminado, antes de darle un trago a su Carta Blanca le dirá a quien tenga la desgracia de escucharlo:

—¿Saben qué es lo que necesitamos? Que nos gobierne un cabrón que ame a México, que dé la vida por él. Necesitamos un Maximiliano, otra vez.—


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
“Verano nostálgico”, fotografía de Dani Vázquez. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0

En el delicado y misterioso entramado que se teje en nuestro cuerpo, el sentido del olfato y la memoria tienen un vínculo estrecho. Gracias a que la amígdala y el hipocampo (las regiones cerebrales encargadas de procesar las emociones y los recuerdos, respectivamente) están conectadas con la nariz, tenemos memoria olfativa. Este magnífico puente que une la amígdala, el hipocampo y la nariz, nos permite viajar en el tiempo, al identificar un aroma de nuestra infancia; también, es el encargado de que nuestro corazón brinque al reconocer el perfume de un ser amado, o que nuestros ojos se llenen de lágrimas al percibir un olor que creíamos que estaba perdido para siempre. En la biblioteca afectiva de cada persona hay cientos de botecitos que contienen destilados de los olores que más atesoramos: aquella vela con extracto de pachulí que alumbró tantas noches en nuestra habitación; el jabón de rosas, que recuerda a los cachetes suaves de las abuelas; la humedad del clóset de blancos, que remite a una casa de la infancia; el aroma de aquella crema que utilizamos al inicio del verano, que marcó nuestras vidas para siempre.

***

Hay algunos momentos en la vida que se sienten como un gran caleidoscopio que revela un sinfín de posibilidades de manera simultánea. Una corazonada toma posesión del cuerpo y en apenas un segundo, todo, absolutamente todo, cobra sentido. Uno de mis profesores más queridos de la licenciatura aseguraba que existen dos o tres momentos de esta índole, en la vida de cada persona, aunque yo creo que para quienes ejercitamos el músculo de la creatividad, estas pequeñas epifanías suceden con más frecuencia.

El verano en que me mudé a Nueva York para estudiar una maestría en Poesía, atravesé una ruptura amorosa que me dejó en la ruina emocional durante varios meses. El calor del verano me ahogaba. Los dos o tres conocidos que tenía en la ciudad pronto se mudarían de regreso a su ciudad natal. Me encontraba frente a una soledad insondable y, a la vez, increíblemente emocionante, aunque, de tan grande, a menudo me hacía sentir perdida en un laberinto de oscuridad que parecía no tener salida.

Por las noches, las piernas me punzaban, cubiertas de picaduras de mosquitos. Daba vueltas en mi cama sin poder dormir, entre la tristeza, la comezón y la humedad que me ceñía la garganta. El olor de las tuberías del baño tampoco ayudaba; necesitaba un remedio rápido y económico, si quería mitigar ese tremendo tufo que tomaba posesión de mi cuarto por las noches. A los pocos días de llegar, me dirigí a la tienda de la esquina de mi casa y compré un Febreze de lavanda, para lidiar con el mal olor. Este aroma a lavanda sintética me acompañó durante meses de profunda aflicción y se convirtió en un pequeño oasis olfativo para mis penas. Cada vez que olía ese perfume tan poco sofisticado, creado seguramente por un grupo de ingenierxs en un laboratorio con luces blancas, me invadía un sentimiento inexplicable: un amasijo de éxtasis sensorial, con un regusto de vergüenza. Por más que intentaba cubrir el olor a caño con las partículas de lavanda sintética, detrás estaba siempre el olor a desagüe viejo, igual de nítido que mi tristeza.

¿Por qué insistimos en cubrir lo que nos incomoda? ¿Acaso no seríamos personas más plenas, con mucho más vigor, si no desperdiciáramos esa energía vital en intentar cambiar el estado natural de las cosas? Por el momento no tengo la respuesta a estas preguntas, pero algo en el fondo de mi ser me dice que están íntimamente relacionadas con la sociedad hiperconsumista en la que vivimos, obsesionada con nuestra imagen.

***

Un olor nunca denota una sola cosa, como ejemplifica magistralmente Leila Guerriero, en una de sus columnas compiladas en Teoría de la gravedad:

No era un perfume: era el aroma que tienen los vestidos y las medias y las cajitas de música y los polvos de maquillaje —y las cajas con fotos y los rosarios de primera comunión y las imágenes de yeso de la Virgen Niña— (…): el aroma de mi abuela.

Este pasaje refleja la esencia polisémica y profundamente poética del olor. El aroma, al igual que el poema, nunca es una sola cosa: siempre remite a una multiplicidad de afectos y situaciones.

Hay algo hermosamente inefable que une ambas cosas (poesía y aroma): una hermandad basada en la fugacidad y en la capacidad de abrir portales hacia aquello que de otra suerte sería incomunicable. Cuando leo un poema que me cala por dentro y reconfigura mi forma de ver el mundo, percibo un efecto similar al del reconocimiento de un recuerdo olfativo. Ambos procesos son sumamente íntimos y acontecen, al menos para mí, en el plano de la intuición.

Mi cabeza se estremece con todo el olvido.
Intento decir cómo todo es otra cosa.
Hablo, pienso.
Sueño sobre los tremendos huesos de los pies.
Siempre es otra cosa, una
sola cosa cubierta de nombres.
Y la muerte pasa de boca en boca
con la leve saliva,
con el terror que siempre hay
en el fondo informulado de una vida.1

Este poderoso fragmento, del poeta portugués Herberto Helder2, apunta de manera precisa lo que mencionaba anteriormente: a pesar de las limitantes del lenguaje, el poeta hace un intento por enunciar aquello que de otra forma quedaría innombrado. El poema se convierte en el medio más adecuado para enunciar la falta de un lenguaje que registre cabalmente la experiencia humana. La magia de la poesía reside en que el poema existe a pesar de esa limitación. No hay nada más poético y rebosante de vida que la existencia a pesar de, aunque esta afirmación debe tomarse con una pizca de sal, cuando se trata de experiencias de vida que han sido políticamente marginadas.

No me sorprende que Leila Guerriero haya utilizado el mismo mecanismo retórico que Helder, para hablar del olor del perfume de su abuela. La negación es una vía fértil para nutrir el campo semántico de lo indecible. ¿Cuántas veces, ante la indecisión, no nos han recomendado enunciar aquello que NO queremos? El poder del no puede ser tan enérgico como el del .

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Al empezar la maestría, me parecía contraintuitivo no escribir sobre mi reciente ruptura. Intenté escribir varios poemas que acabaron conmigo; tomando una copa de vino y llorando sola en mi estudio. Una rabia insondable me tomaba presa cada vez que releía las versiones que plasmaban tan toscamente la ruptura. En ellas, mis palabras hacían lucir a mi expareja como un villano malvado, que tenía la moral tan corrompida como un asesino serial. En el fondo, yo sabía que eso no era cierto: mi expareja era un ser humano con sus propios traumas, deseos y limitaciones, quien, a pesar del daño que sus acciones me causaron, me había regalado de los momentos más bellos de mi vida. Este enfrentamiento conmigo misma me hizo pensar en el tipo de escritora que quería ser, y decidí nunca más escribir de una persona para humillarla o degradarla moralmente. Curiosamente, una vez que empecé a hacer las paces con mi dolor, mis poemas comenzaron a acercarse más a los poemas que admiraba: aquellos que problematizan y reflejan la complejidad de la realidad humana de manera honesta.

Así que, lección aprendida: el tiempo lo cura casi todo, incluso la miopía que se desata cuando estamos inmersxs en una emoción. Sé que hay personas que pueden escribir en el ojo del huracán, pero ese no ha sido mi caso hasta ahora.

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Así como mi recorrido poético en Nueva York comenzó con el olor a Febreze, para André Aciman la vida comenzó “en algún lugar con el olor a lavanda”. En el ensayo que forma parte del libro Alibis, el escritor italoestadounidense describe su deseo inconmensurable por encontrar un perfume que replicara el olor a lavanda de su infancia. Para Aciman, la búsqueda de la “lavanda ideal” es una pesquisa fútil, aunque inevitable, ya que en el fondo sabe que el olor que tanto anhela está enterrado en el tiempo, junto con las tardes de su infancia en las que sus papás le aplicaban el aceite esencial que le confería una calma sin igual.

Este entendimiento no lo detiene de pasar tardes en las perfumerías probando distintos modelos de fragancias con despuntes de lavanda. La esperanza de dar con la nota exacta es suficiente para continuar con la misión olfativa. Para quienes sufrimos la condena del síndrome del recuerdo nostálgico, ensayos como el de André Aciman son un abrazo al corazón: textos que convierten la ausencia del tiempo pasado en una pulsión creativa.

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Pienso en la mujer que fui aquel verano en que llegué a Nueva York y me invade una ternura inmensa. Atravesar esa temporada fue definitivamente un reto enorme en mi vida, las personas que estuvieron cerca de mí lo saben. Aún tengo muchas cosas que aprender y me he tropezado varias veces en el camino, pero confío en que mi capacidad para atravesar la oscuridad es infinita.

Siempre he pensado que escribir es una forma de hacer las paces con nosotrxs mismxs. Si no vivimos, nos equivocamos y cambiamos; no tenemos de qué escribir. Así como si no quitamos las ramas que cubren el corazón, no hay espacio para que florezcan emociones nuevas.

Una nostalgia cálida me tiñe al escribir las últimas palabras de este ensayo que solo pudo gestarse gracias al paso del tiempo. Es domingo de Pascua por la noche. La primavera se empieza a manifestar lentamente después de un invierno largo y sumamente arduo. En agosto cumpliré dos años en esta hermosa y compleja ciudad. Pienso, una vez más, en aquella mujer que fui al llegar a Nueva York. Hay pocas certezas en mi vida, pero algo que puedo afirmar sin titubeos es que, aquel verano, el Febreze de lavanda me salvó la vida.


Autores
(CDMX, 1995) estudió una licenciatura en Literatura Latinoamericana. Actualmente trabaja como editora y creadora de contenido freelance para la plataforma de audiolibros Beek y la editorial infantil mexicana CIDCLI. Además, es editora en jefe y fundadora del proyecto literario y de gestión cultural C de Cultura.